39263.fb2 Nunca Sere Como Te Quiero - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 9

Nunca Sere Como Te Quiero - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 9

7

El padre de Jacobo se fue recuperando sin perder nunca aquella segunda piel grisácea debajo de la piel oscura. Veinticuatro horas después del internamiento, abrió los ojos y empezó a hablar y a comer con normalidad. Excepto que tenía miedo de estar allí y sólo hablaba del miedo.

– ¿Crees que estoy muy grave? -le preguntaba a su hijo o a Roncal, según se terciaba, pero, cosa curiosa, nunca cuando estaban los dos juntos.

Le quitaron el gota a gota y comenzó a moverse por los pasillos con una bata de lana, comprada por Roncal, encima del camisón en el que desaparecía su esqueleto.

– Nunca voy a salir de aquí -decía, mirando por los cristales al fondo de la bahía.

El médico de la barba había repetido lo mismo todos los días en la visita. Hasta los análisis, nada que decir. Y Jacobo nunca había dejado de sentir el reproche en cada una de las palabras clínicas que pronunciaba aquel tipo.

Jacobo no fue al Santa Clara durante tres días. En el último, tuvieron la entrevista con el médico, el alta, y Roncal ya se había marchado.

El cocinero metió veinticinco mil pesetas en el bolsillo de Jacobo. Esta vez no había parte para el maestro. Se había puesto enfermo en la primera maniobra y ya no se levantó de la litera. Se lo devolverían cuando les pagaran la baja.

– Cuida de tu padre, pero acuérdate de lo que te dije. Nadie es padre de su padre. Ocúpate de recuperar el tiempo en el Instituto.

Jacobo se limitó a pensar en Christine. Le pareció que ya había perdido para siempre aquellos ojos, que cuando volviese a verla ya no sería la misma. Esa clase de cosas. Tal vez, habían permitido a otro sentarse en su sitio, de la misma manera en que a él se le permitió sentarse a su lado. Las palabras de Roncal tuvieron la virtud de ponerle nervioso, porque de pronto se le ocurrió que tendría que conseguir ocupar su sitio antes que nadie cuando fuera al Instituto al día siguiente. ¿Y si era ella la que había cambiado de posición? ¿Y si le había pasado algo con su sitio, como dijo el Alcatraz?

Cuando ayudó a vestirse a su padre, la tarde en que le daban el alta y en que tenían la entrevista con el médico, Jacobo tuvo entre las manos los pies del enfermo. Se dio cuenta de que nunca había visto los pies de su padre. Quizá los había visto, pero nunca los había mirado. Y también se dio cuenta de que eran dos pies de anciano, mucho más ancianos que su cara. Dos pies con una blancura mate, atados con venas muy azules, de huesos esquinados y dedos prensiles. Los sintió extraños y monstruosos entre sus propias manos.

Su padre, cuando supo que iba a salir del hospital, cambió radicalmente de humor. El médico todavía no les había dado el diagnóstico, pero al maestro eso no parecía importarle demasiado.

– A casa, a casa. Y quince días de vacaciones hasta que vuelva el Gran Sol.

– Espérate a ver qué nos dicen.

– A casa, a casa -y daba botecitos sobre la cama mientras Jacobo le ponía los zapatos.

El médico dijo, sentado en su despacho y sin mirarles apenas:

– Según la biopsia y el contraste radiológico, es una cirrosis con tejido fibrilar al cuarenta y cinco por ciento. Con toda seguridad es de origen tóxico, no vírico.

A Jacobo le pareció que aquella forma de hablar era una forma de decirles que a ellos qué les importaba, que de qué les valía saber lo que estaba pasando. ¿Es que harían algo? ¿Es que aquella calcomanía humana sería capaz de hacer algo aunque lo entendiera?

– No le comprendemos -dijo Jacobo tratando de controlarse.

– ¿Usted tampoco lo entiende? ¿No sabe qué es una cirrosis? -preguntó el médico al hombre mayor.

– Bueno, sí. Sí, claro.

– A mí no me importa saber qué es una cirrosis -dijo Jacobo con los dientes apretados-. No quiero hacer el selectivo de medicina. Yo sólo quiero saber cuál es su cirrosis, qué le pasará a él con ella, qué hay que hacer. Y todo eso dicho de forma que hasta nosotros lo entendamos.

El médico le miró unos segundos y después al padre. Durante esos instantes pareció que trataba de comprender algo.

– El alcohol ha ido matando las células del hígado y estas células han sido sustituidas por un tejido muerto. Prácticamente, el hígado de tu padre sólo funciona al cincuenta por ciento.

Esta enfermedad se llama cirrosis tóxica y se lucha contra ella eliminando la causa. Nada de alcohol. Nunca más. O se acabó el asunto en un par de años.

– Lo he entendido.

– Aún hay más -el semblante del médico había cambiado, a Jacobo le pareció que pensaba que quizá no estaba perdiendo el tiempo del todo-. La sangre ya no circula por el hígado como antes. Al pasar por ahí se queda como estrangulada y busca vías alternativas. Hay que tener cuidado con eso. Tu padre no puede forzar el corazón, porque aunque al corazón no le pasa nada, muchas otras cosas pueden estallar.

– Él es marinero… -dijo Jacobo, volviendo la vista a su padre, que seguía la conversación con una sonrisa absurda en la cara y un poco inquieto, como si quisiera acabar pronto.

– No puede hacer trabajos duros. Si sigue en el barco, tendrá que dedicarse a tareas tranquilas.

– ¿Tareas tranquilas en un barco?

– Eso yo no lo sé. Quiero que venga a revisión dentro de un mes y que se tome tres veces por día estos antinflamatorios -el hombre de la barba se puso a escribir y ya no dijo más.

Nada más sobre la enfermedad. Pero cuando ya se iban, preguntó:

– ¿Vivís solos?

– Sí -contestó Jacobo con una cierta vergüenza, que ya no supo de dónde venía.

Cuando salieron de la Residencia Cantabria para coger el autobús, su padre estaba más contento que nunca.

– Quince días de vacaciones. Esto hay que celebrarlo.

– ¿No has escuchado al médico?

– Claro que le he escuchado. No te preocupes. Nada de alcohol. Pero hay muchas maneras de celebrar las cosas.

– ¿Le has escuchado de verdad?

– Ya te he dicho que sí.

– ¿Y qué es lo que te pone contento? ¿Estar enfermo?

Su padre le devolvió una mirada ofendida que se fue trasformando en una mueca de amargura, como si Jacobo le hubiese quitado algo que era suyo.

Esperaron el autobús que venía de La Albericia en silencio. El maestro escondía la cara y miraba al horizonte de edificios nuevos de la avenida.

– Ya sé que estoy enfermo -dijo al cabo de un rato, con un rencor casi infantil, más que con verdadera aflicción.