39299.fb2
Stauffenberg, tras salir a paso rápido del barracón de conferencias, llegó en menos de un minuto al edificio de los ayudantes de la Wehrmacht, distante unos doscientos metros. Allí, además de su ayudante Haeften, le esperaba el jefe de transmisiones de las Fuerzas Armadas, el general Erich Fellgiebel, que también participaba en la conspiración. Como se ha apuntado, la misión de Fellgiebel era trascendental para el desarrollo del golpe; una vez consumado el asesinato de Hitler, debía ponerse en contacto telefónico con los conjurados de la Bendlerstrasse para comunicarles la noticia e inmediatamente cortar todas las comunicaciones de la Guarida del Lobo con el exterior.
Cuando Stauffenberg entró en el barracón, encontró a Fellgiebel departiendo con el teniente Ludolf Gerhard Sander, que no sabía nada del complot. El coronel hizo un gesto a Fellgiebel y éste salió al exterior, a esperar junto a Stauffenberg el momento de la explosión. Por su parte, Haeften se hallaba ultimando una gestión para conseguir un vehículo. Para disimular, Stauffenberg y Fellgieble iniciaron una conversación referida a las fortificaciones en el frente oriental, a la que se sumó Sander, que acababa de salir del edificio.
Posición de los presentes en la sala en el momento del estallido del artefacto dejado por Stauffenberg.
De repente, se escuchó una fuerte explosión. Fellgiebel, pese a saber que la deflagración era inminente, no pudo evitar lanzar una mirada de sorpresa a Stauffenberg y éste se encogió de hombros. Sander no pareció inmutarse, puesto que los animales que habitaban los alrededores solían detonar las minas que rodeaban el recinto y lo achacó a ese motivo. Desde allí era imposible alcanzar a ver el barracón de conferencias, ya que había edificios y árboles que tapaban la vista [13].
Imagen zenital de la placa situada en el punto exacto donde se encontraba el maletín que contenía el artefacto explosivo.
Haeften se presentó casi en ese mismo momento con un vehículo listo para emprender la fuga hacia el aeródromo, en donde debían tomar el avión que les trasladaría a Berlín. Pero Stauffenberg se dio cuenta de que tenían también a su disposición el mismo automóvil que les había llevado hasta allí. Los dos subieron a este último. El chófer dijo a Stauffenberg:
– Coronel, se olvida la gorra y el cinturón.
– Usted limítese a conducir, ¡y arranque el coche de una vez! Al pasar cerca del barracón de conferencias, Stauffenberg pudo comprobar las consecuencias de la reciente explosión. Del edificio, ahora en ruinas, salía una densa humareda y una nube de papeles ardiendo. Los heridos intentaban escapar de los restos de la cabaña; posteriormente aseguraría haber visto a unos enfermeros llevarse a una persona en camilla con la capa de Hitler cubriéndole el rostro, como si estuviera muerta [14].
Así quedó la sala de conferencias después de la explosión.
Aprovechando los primeros momentos de confusión en la Wolfsschanze, pudieron cruzar sin ningún contratiempo el puesto de guardia del área de seguridad I. Los documentos personales del coronel fueron suficientes.
Pero el jefe del puesto del área II, al haber escuchado la explosión, había decidido por iniciativa propia cerrar la barrera y no permitir el paso a nadie hasta recibir órdenes. Stauffenberg no logró convencer al guardián para que le dejase pasar; enojado, salió del vehículo y se dirigió a la caseta del cuerpo de guardia y, ante el jefe del puesto, simuló hablar por teléfono con alguien. Volviéndose a él, le dijo:
– Bueno, ya ve usted, puedo pasar. La seguridad aplastante exhibida por el coronel logró romper la resistencia del jefe del puesto; la artimaña funcionó y pudieron así franquear la penúltima barrera.
Pero las dificultades serían mayores en el último puesto de control, el del área III. Poco antes de llegar a él, se dio la alarma en todo el Cuartel General. La guardia de ese puesto, además de mantener cerrada la barrera, había colocado dos obstáculos contracarros interceptando la carretera, con soldados apostados tras ellos. Stauffenberg fue consciente en ese momento de que debía sacar todo el provecho de su acreditado poder de persuasión para poder superar la única barrera que le separaba del campo de aviación.
Tras hacer detener el auto, el jefe del puesto, el sargento Kolbe, del Batallón de la Guardia del Führer, comunicó a sus ocupantes que tenía órdenes tajantes de no dejar salir a nadie del Cuartel General. Stauffenberg intentó convencerle de que debía dejarle pasar, al tener que tomar un avión dentro de pocos minutos, pero chocó con la intransigencia del sargento, decidido a obedecer a rajatabla las órdenes recibidas.
El conde salió del vehículo y, con paso firme, se dirigió a la caseta del puesto, con la intención de repetir el mismo truco empleado en la barrera anterior. Pero el sargento no se dejó impresionar por el impulsivo coronel y fue él mismo el que tomó el auricular, solicitando a Stauffenberg el nombre del oficial con el que deseaba hablar.
Stauffenberg, muy contrariado, le dio el nombre del capitán de caballería Von Mollendorf -con quien había desayunado esa mañana- y el sargento pidió que le pusieran en comunicación con él. Cuando el capitán se puso al aparato, Kolbe pasó el teléfono a Stauffenberg; éste preguntó al capitán el motivo de que se le retuviese en ese puesto de control, pues no podía hacer esperar a su avión. Afortunadamente, Von Mollendorf desconocía en ese momento que se hubiera atentado contra Hitler, por lo que le concedió el permiso para abandonar la Wolfsschanze en dirección al aeródromo. Stauffenberg ya iba a colgar cuando el desconfiado sargento Kolbe le arrebató el auricular y se hizo repetir por Von Mollendorf el permiso. Tras recibir la confirmación del capitán, Kolbe ordenó apartar los obstáculos contracarro y levantar la barrera. Ya nada se interponía entre los conjurados y el avión que debía trasladarles a Berlín.
Stauffenberg ordenó al conductor que acelerase a fondo. A toda velocidad, el coche se dirigió al campo de aviación. Por el camino, Haeften sacó de su cartera la carga explosiva que no había dado tiempo de activar y se deshizo de ella, arrojándola a un lado del camino. Esta acción no pasó desapercibida para el conductor, pues advirtió la acción de Haeften reflejada en el espejo retrovisor; más tarde la referiría a los investigadores del atentado, lo que les permitiría encontrar esa segunda bomba.
Poco después de la una, el automóvil se detuvo a unos cien metros del Heinkel 111 que les estaba aguardando; los dos conspiradores subieron al aparato y en unos minutos, a las 13.15, éste despegaba sin novedad rumbo a la capital del Reich.
A bordo del avión, Stauffenberg y Haeften debieron derrumbarse sobre sus asientos, agotados por la terrible tensión nerviosa que habían acumulado, pero felices y satisfechos, convencidos de que habían cumplido con su arriesgada misión.
Los conjurados creían que habían logrado su propósito de acabar con la vida de Hitler. La bomba dejada por Stauffenberg en la sala de conferencias hizo explosión cuando las agujas de los relojes marcaban las 12.42 [15].
La potente carga estalló tal como estaba previsto. Se produjo un cegador relámpago amarillo y una detonación ensordecedora. Volaron puertas y ventanas, se proyectaron en todas direcciones astillas y cristales, y se alzó una nube de humo. Parte de los restos del barracón estaba en llamas. La explosión derribó a la mayoría de los presentes, lanzando a algunos al exterior de la sala, y había quien tenía el cabello o la ropa ardiendo. Se oían gritos desesperados demandando socorro.
Aparentemente, Stauffenberg había conseguido su objetivo, pero en realidad el efecto de la explosión había sido muy distinto al buscado por él. Como el general Brandt había movido la cartera de sitio, colocándola tras la gruesa pata de la mesa, ésta había hecho de pantalla, dirigiendo la onda expansiva hacia el lado contrario al que se encontraba el Führer.
Esta mastodóntica construcción es el búnker de Hitler, a donde se retiró el dictador tras sufrir el atentado. Los intentos posteriores de volar los gruesos muros del refugio fracasarían debido a su grosor.
Además, como Hitler se encontraba en ese momento totalmente apoyado en la mesa, sosteniendo su barbilla con el codo, la tabla de la mesa actuó como un improvisado y eficaz escudo protector. A Brandt, próximo al artefacto, la explosión le arrancó de cuajo una pierna y su cuerpo quedó acribillado al instante por una miríada de astillas. Estas graves heridas le producirían la muerte. Ese era el destino reservado para Hitler, si Brandt no hubiera cambiado el rumbo de la historia involuntariamente, al modificar el lugar original de la cartera.
Además de Brandt, morirían en el atentado el general Korten, el general Schmundt y el estenógrafo Berger. Los demás resultarían con heridas más o menos graves [16]. Todos ellos quedaron afectados por conmociones cerebrales y roturas de tímpanos, incluso los heridos leves. Sólo hubo una excepción: el mariscal Keitel, que no sufrió ningún daño.
El propio Hitler resultó levemente herido; sufrió conmoción cerebral con desfallecimiento transitorio, perforación de ambos tímpanos, contusiones en el codo derecho, quemaduras en las piernas, erosiones en la piel y unos cortes en la frente. El dictador explicaría más tarde que sintió la explosión “como una llama repentina de una claridad infernal” y “un estallido que rompía los tímpanos”.
Hitler se levantó de entre aquellas ruinas humeantes con la cara ennegrecida, apagándose las llamas de los pantalones y de la parte posterior de la cabeza, que le quedó chamuscada.
Keitel, que en ese momento no podía ver a Hitler debido al humo y a la confusión, gritaba:
– ¿Dónde está el Führer? ¿Dónde está? Al verlo, Keitel se abalanzó sobre él, ayudándole a incorporarse del todo y gritando mientras le abrazaba efusivamente:
– ¡Mi Führer, está usted vivo! ¡Está usted vivo! El mariscal le tomó por los hombros y salió con él de lo que unos segundos antes era el barracón de conferencias. Los otros supervivientes aparecían dando traspiés entre las ruinas humeantes. Todo aquél que podía moverse por sí mismo buscaba ansiosamente salir de allí. Temían que hiciera explosión una segunda bomba, y esto hizo que todos se apresurasen instintivamente alejarse del lugar todo lo rápido que les permitía su estado físico.
Hitler aparecía totalmente cubierto de polvo y con los pantalones rasgados, doliéndose sobre todo de las numerosas astillas que había penetrado en sus piernas y advirtiendo, bastante sorprendido, que su temblor habitual en la pierna izquierda había desaparecido casi por completo. Desentendiéndose de los heridos y rechazando a quienes se apresuraban a prestarle ayuda, Hitler pidió a Keitel que le condujese de inmediato a su búnker, en donde estaría seguro en caso de que el ataque se reprodujese.
El doctor Morell acudió rápidamente al búnker para examinarle. También entró en el búnker Linge, su sirviente. Hitler, que estaba tranquilo, dijo a Linge con una amarga sonrisa:
Un oficial muestra el estado en el que quedaron los pantalones que vestía el Führer en el momento de la explosión. Hitler los enviaría después a Eva Braun para que los guardase como recuerdo.
– Alguien ha intentado matarme…
El mariscal Keitel, después de ayudar a Hitler a que llegase a su búnker, regresó al lugar del atentado. La supervivencia del autócrata le había provocado un entusiasmo incontenible:
– ¡El Führer! ¡La Providencia! ¡Nuestro Führer vive! ¡Y ahora hacia la victoria final! -exclamaba enfebrecido el mariscal.
Below, ayudante de la Luftwaffe de Hitler, que había sobrevivido también al atentado, tuvo la sangre fría, a pesar de las heridas leves que sufría, de correr hasta el barracón de comunicaciones y dar la orden de bloquear todas las líneas telefónicas que salían del Cuartel General, prohibiendo las llamadas que no fueran de Himmler, Keitel y Jodl. Pero esa orden llegó tarde, pues Fellgiebel, como veremos después, ya había podido telefonear a los conjurados de Berlín.
Hitler permanecía sentado en el interior de su búnker, con un gesto de alivio en la cara tras haber superado una prueba tan grave. Se interesó por conservar el uniforme que vestía en el momento de la explosión; el pantalón estaba hecho jirones y la guerrera ofrecía un gran agujero en la espalda. El pantalón sería profusamente exhibido como prueba de que la Providencia estaba con él. Según su secretaria, Christa Schroeder, Hitler le pediría días más tarde que enviase las dos piezas de ropa a Eva Braun para que las guardase.
Nadie tenía aún una idea exacta de lo que había ocurrido. La primera impresión era que el barracón de conferencias había sido alcanzado por una bomba de aviación lanzada desde gran altura. Pero la mayoría se inclinaba por que había estallado una mina supuestamente colocada por los trabajadores que habían estado un tiempo en el cuartel general reforzando el recinto contra los ataques aéreos. Esta hipótesis fue rechazada por Hitler, al intuir desde el primer momento que se trataba de un atentado organizado por el Ejército.
Pasó más de una hora hasta que alguien advirtió la desaparición de Stauffenberg, lo que hizo recaer sobre él todas las sospechas. En cuanto esa información llegó a Hitler, éste vio confirmado su convencimiento de que el Ejército estaba detrás del intento de asesinato. Aseguró entonces que estaba dispuesto a desencadenar una venganza brutal contra los que habían intentado acabar con él. No tardaría en cumplir su amenaza.
Durante el trayecto aéreo entre Rastenburg y Berlín, es de suponer que Stauffenberg no disfrutó del paisaje que podía observarse desde las ventanillas del Heinkel 111. Las suaves ondulaciones de Prusia Oriental, punteadas por pequeños bosques de altos árboles, no debían ejercer en ese momento ningún atractivo para el coronel. Su pensamiento debía encontrarse ya en el lugar a donde se dirigía: la sede del mando del Ejército de Reserva, en Berlín, en donde le esperaban el resto de implicados en el golpe.
Ese lugar era conocido indistintamente por dos nombres; Bendlerstrasse, por la calle en el que estaba situado, y Bendlerblock, en referencia al edificio propiamente dicho. Allí residía el centro neurálgico del golpe. Según lo previsto, en cuanto Fellgiebel telefonease a Berlín para comunicar la muerte de Hitler, desde la Bendlerstrasse se tomarían las primeras medidas para lograr el control de la capital del Reich. Cuando llegase Stauffenberg, el golpe debía estar ya iniciado. Pero el coronel no tenía modo de saber lo que estaba ocurriendo mientras él se encontraba allí, en el aire.
Aspecto actual del patio del Bendlerblock, a donde llegó Stauffenberg en automóvil, procedente del aeródromo de Rangsdorf, a las 16.15 horas.
La impaciencia de Stauffenberg durante su viaje aéreo a bordo del Heinkel 111 tuvo que ser mortificante, al comprobar que la llegada a Berlín se retrasaba. Posiblemente, el aire turbulento de un día especialmente caluroso obligó al aparato a ascender y descender continuamente. El hecho es que el avión tomó tierra en el aeródromo de Rangsdorf entre las 15.45 y las 16.00, con cerca de media hora de retraso. Stauffenberg esperaba encontrar el mismo vehículo que esa mañana le había llevado hasta allí, esperándole para trasladarlo rápidamente a la Bendlerstrasse.
Sin embargo, sorprendentemente, allí no había nadie; estalló en cólera, al no entender cómo era posible que se hubiera cometido ese error, cuando no había un segundo que perder [17]. En ese momento, es probable que por la mente de Stauffenberg comenzara a abrirse paso la inquietante idea de que en Berlín las cosas estuvieran rodando de un modo muy diferente al que él había previsto.
Su compañero, el teniente Haeften, llamó desde un teléfono del aeródromo al despacho de Olbricht y se puso en comunicación con el jefe del Estado Mayor, el coronel Mertz von Quirnheim. Para desesperación de los recién aterrizados, éste no tenía ni idea del asunto del coche. Pero ése era un incidente menor comparado con la petrificante noticia que Quirnheim les comunicó: pese a que hacía tres horas que se había producido el atentado, el golpe de estado aún no había sido puesto en marcha.
Stauffenberg, enfurecido y fuera de sí, cogió el auricular y exigió a gritos que se pusiera en marcha de manera inmediata la Operación Valkiria:
– ¡Hitler ha muerto! -exclamó a viva voz-, ¡yo mismo lo he visto!
Sin rebajar el tono de su enfado volcánico, espetó a su amigo Ali von Quirnheim que cualquier vacilación suponía un suicidio, y que era perentorio lanzar “Valkiria” al instante si no se quería que todo el esfuerzo hubiera sido en vano.
¿Qué había sucedido para que se hubiera producido esa inexplicable parálisis?
En esos momentos, en la Bendlerstrasse reinaba una total confusión, pues no se sabía con certeza si Hitler estaba vivo o muerto. Habían estado esperando la llamada del general Fellgiebel desde la Guarida del Lobo anunciando la muerte de Hitler. Esa llamada se produjo poco después del atentado; Fellgiebel llamó al general Thiele, jefe de las transmisiones de Berlín, pero con tan mala fortuna que éste se encontraba en ese momento ausente, por lo que dejó un mensaje a su secretaria, pero en unos términos un tanto ambiguos. Cuando Thiele recibió el mensaje, poco después de las 13.00, comprendió que algo había fallado, por lo que a partir de ese momento su pensamiento se centró más en cortar amarras con el resto de conspiradores que en ayudar a que el complot triunfase. Thiele se decidió a avisar de esa llamada a Olbricht, por teléfono pese a encontrarse ambos en el mismo edificio, aunque se limitó a decirle que se esperaba un comunicado del Cuartel General del Führer y que no tenía ninguna noticia más. Las ratas comenzaban a abandonar el barco y Thiele era la primera de ellas [18].
Poco después, Thiele volvió a llamar a Olbricht, en esta ocasión para decirle únicamente que se había perpetrado un atentado en la Wolfsschanze. Olbricht no podía estar más tiempo sin saber si Hitler estaba vivo o muerto, por lo que decidió pedir una conferencia telefónica con la Guarida del Lobo. Cuando comprobó que se establecía la comunicación debió extrañarse, puesto que habían acordado con Fellgiebel que, de tener éxito el atentado, éste cortaría de inmediato todas las comunicaciones telefónicas con el cuartel general.
Olbricht ya tenía al otro lado del hilo a Fellgiebel, quien se limitó a pronunciar una astuta frase:
– Ha ocurrido algo terrible. ¡El Führer vive!. Si había alguien a la escucha, creería que con el adjetivo terrible se calificaba el intento de asesinato, no el inesperado fracaso del atentado. Pero seguramente Olbricht no prestó atención a esos juegos semánticos, sino a lo realmente importante: Hitler seguía con vida. Si el dictador nazi estaba vivo, no era aventurado pensar que ellos estarían muertos más pronto que tarde.
Teniendo en cuenta que el complot estuvo a punto de ser descubierto el 15 de julio, después de que se pusiera en práctica de forma precipitada el Plan Valkiria pese a que no se había producido el atentado contra Hitler, Olbricht optó por no hacer absolutamente nada. Esta actitud puede ser comprensible hasta cierto punto ante las desesperanzadoras noticias que llegaban de Rastenburg pero, aunque parezca increíble, Olbricht y Thiele se fueron a almorzar como si nada estuviera ocurriendo. Más que despreocupación, esa apariencia de normalidad era quizás debida a un intento de borrar su participación en una conjura que comenzaba a tomar aires de fracaso.
El general Fritz Thiele, jefe de las transmisiones de Berlín, fue el primero en darse cuenta de que las cosas no iban según lo previsto. A partir de ahí, se dedicó a torpedear el golpe desde dentro del Bendlerblock.
La afirmación rotunda de Stauffenberg desde el campo de aviación de que Hitler estaba muerto vino a romper esa incomprensible inactividad en la Bendlerstrasse. Pero es casi seguro que Olbricht creyese más en las palabras que había escuchado de Fellgiebel desde la Wolfsschanze que el testimonio del coronel. De hecho, Olbricht se mostró remiso a lanzar la consigna “Valkiria” que debía poner en marcha el golpe. El coronel Mertz von Quirheim tuvo que insistir ante Olbricht para que sacaran de un armario blindado las órdenes cuidadosamente preparadas para que fueran transmitidas de inmediato.
Antes de lanzar la Operación Valkiria, era necesario para los conjurados saber si contaban o no con el apoyo del general Fromm, sin duda la pieza clave para el éxito o el fracaso del complot.
Con ese propósito, el general Olbricht se presentó en el despacho de Fromm, interrumpiendo una reunión rutinaria que en ese momento se estaba celebrando con algunos subalternos. Los reunidos salieron del despacho y Olbricht dijo que acababa de llegar de Rastenburg una comunicación urgente:
– Mi general -dijo Olbricht-, le comunico por obediencia superior que el Führer ha sido víctima de un atentado. Hitler ha muerto. Al parecer se trata de un golpe de las SS.
Olbricht propuso al general que difundiera la palabra clave “Valkiria”, con el fin de asegurar el mantenimiento del orden. Pero el astuto Fromm debió advertir algún indicio de inseguridad en su interlocutor, porque se mostró dubitativo a aceptar la veracidad de esa extraordinaria información.
– No hay que precipitarse. ¿Está usted completamente seguro de lo que dice? ¿Quién se lo ha dicho?
Olbricht contestó, sin atenerse a la verdad, que había sido el general Fellgiebel, desde la Wolfsschanze, quien le había dado la noticia personalmente. Fromm, antes de dar el paso de unir su suerte a los conjurados, prefería cerciorarse de que la noticia fuera totalmente cierta. Seguramente supuso que, de haberse producido el atentado, el mariscal Keitel, con el que tenía contacto directo, le habría llamado para comunicárselo. Además, aún debía tener presentes los violentos reproches del mariscal Keitel por lanzar “Valkiria” el 15 de julio.
Así pues, Fromm creyó que la mejor solución para clarificar el confuso panorama era hablar personalmente con Keitel, por lo que pidió que le pusieran en comunicación telefónica con la Wolfsschanze.
Olbricht debía sonreír satisfecho, pues estaba convencido de que a esas horas Fellgiebel había logrado bloquear ya todas las comunicaciones. Pero para enorme sorpresa de Olbricht, Fromm consiguió a las 16.10 establecer línea con Keitel sin ningún tipo de problema e invitó al perplejo Olbricht a seguir la conversación desde un segundo aparato:
– Aquí en Berlín circulan rumores fantásticos -dijo Fromm-, ¿ha sucedido algo en el Cuartel General?
– ¿Qué quiere que pase? -contestó evasivamente Keitel, dejando la iniciativa a Fromm.
– Se dice que ha habido un atentado…
– Todo está en orden -afirmó Keitel-. En efecto, ha habido un atentado pero, gracias a Dios, el Führer sólo ha resultado levemente herido. Ahora mismo está hablando con Mussolini. A propósito, ¿dónde está el jefe de su Estado Mayor, el conde Stauffenberg?
– Todavía no ha regresado de su viaje a Rastenburg -respondió Fromm, sin sospechar en absoluto que su subordinado podía estar detrás del atentado.
Keitel y Fromm se despidieron. Tras colgar los auriculares, Olbricht y Fromm debieron cruzar una significativa mirada. Éste último se dirigió a su interlocutor diciéndole:
– ¿Ve como no convenía precipitarse? No hay ninguna razón para iniciar la Operación Valkiria, así que prohíbo que se adopte ningún tipo de medida extraordinaria.
Olbricht, perplejo y confundido, abandonó el despacho de Fromm. Seguramente Olbricht debía estar inmerso en un mar de dudas. Si se retiraba en ese momento de la conspiración, al igual que Fromm, que actuaba como si nunca hubieran hablado del complot, aún podría albergar esperanzas de que su traición quedase oculta. Pero si optaba por seguir adelante con el plan previsto, ya no habría ninguna posibilidad de volverse atrás.
El encargado de que Olbricht, quizás a su pesar, viese quemadas sus naves, sin que le quedase otra opción que ponerse al frente del golpe de Estado, fue el coronel Mertz von Quirnheim. Tras la reunión, Olbricht explicó a Quirnheim la conversación con Keitel, y es posible que le plantease iniciar una maniobra de discreta retirada. Pero el impulsivo Quirnheim ya había tomado sus propias decisiones; adelantándose al final de la entrevista, había ordenado por su cuenta y riesgo poner en movimiento la Operación Valkiria, actuando de forma improcedente en nombre de Fromm.
Olbricht ya no tenía otro remedio que impulsar la Operación Valkiria, pues estaba en juego su propia supervivencia personal. Can celar el plan una vez iniciado, tal como se hizo el 15 de julio, no evitaría que todas las sospechas recayesen sobre él; se había ido ya demasiado lejos, y había que jugarse todo el destino a una sola carta. Olbricht, junto a Quirnheim, se puso manos a la obra para lograr el éxito. De repente, el Bendlerblock se vio agitado por una actividad febril; como si se quisiera recuperar el tiempo perdido, los conjurados comenzaron a impartir órdenes a toda prisa.
El mayor Von Oertzen fue el encargado de dar las órdenes oportunas al general Von Kortzfleisch, que mandaba la Región Militar de Berlín-Brandeburgo, el cual fue citado urgentemente en la Bendlerstrasse. Para ganar tiempo, el teniente coronel Bernardis impartió por teléfono instrucciones previas al Estado Mayor de la Región Militar.
El general Paul Von Hase, comandante de Berlín, puso en movimiento a las unidades disponibles sin esperar a las órdenes de su jefe, Von Kortzfleisch. Von Hase, de cincuenta y nueve años, estaba plenamente involucrado en la conjura desde que Olbricht lo reclutó a finales de 1943.
Las órdenes iban firmadas por el general Olbricht y el coronel Quirnheim “por encargo del comandante en jefe de la reserva, general Fromm”, pese a no contar, obviamente, con el permiso de este último.
Poco antes de que llegase Stauffenberg, se presentó en la Bendlerstrasse el general Beck, el hombre que debía convertirse en jefe del Estado en sustitución de Hitler. No llevaba puesto el uniforme, para mostrar el carácter civil que quería dar al golpe de Estado.
A las 16.15, el coche de Stauffenberg, procedente del aeródromo, fue anunciado en el patio del Bendlerblock. El coronel, con semblante serio y preocupado, entró a la carrera en el interior del edificio seguido por Haeften y subió de dos en dos los escalones, hasta llegar al despacho de Olbricht. Sin perder el tiempo en saludos, un sudoroso Stauffenberg acribilló a Olbricht a preguntas, sobre todo para saber por qué no había comenzado la Operación Valkiria en su momento, lamentándose de que se hubieran perdido unas horas preciosas.
Olbricht le expresó brevemente sus dudas de que el dictador hubiera muerto en el atentado, basándose en el mensaje transmitido por Fellgiebel desde el Cuartel General, a lo que el coronel exclamó:
– ¡Hitler ha muerto!, ¡yo he visto con mis propios ojos cómo lo sacaban de entre los escombros!
Con tono seguro y triunfante, Stauffenberg hizo un atropellado relato de la explosión en la sala de conferencias, el barracón destruido, las llamas y la humareda.
– No sólo Hitler está muerto, sino que es probable que no haya habido ningún superviviente. La explosión -añadió el coronel- ha sido comparable a la de una granada de 150 milímetros.
Olbricht insistió en que hacía sólo unos minutos había escuchado al propio Keitel, presente en la sala en el momento del atentado, decir que Hitler seguía vivo, lo que indignó al coronel, tanto por lo que él creía una mentira del mariscal destinada a ganar tiempo, como por la ingenuidad de sus compañeros de complot en creerla.
De todos modos, puesto que la palabra clave “Valkiria” había sido lanzada ya, había que seguir adelante con el golpe, sin perder un minuto más. Acto seguido, Stauffenberg tomó el teléfono y pidió hablar con París. Allí, su primo, el teniente coronel Caesar von Hofacker, también participaba plenamente de la conspiración. Hofacker se había puesto de acuerdo con el coronel Fickh para tomar el control de la capital francesa.
Tanto el comandante de París, como los mandos militares en general, así como el comandante supremo del frente occidental, el mariscal Günther von Kluge, veían con indisimulada simpatía la posibilidad de un golpe de timón. De hecho, los rumores de que Von Kluge estaba decidido, a espaldas de Hitler, a entrar en contacto con las potencias occidentales para acordar un armisticio, corrieron como la pólvora, no sólo en el frente del oeste sino también en el oriental. Sin duda, la proximidad de las tropas aliadas, que seis semanas antes habían desembarcado en Normandía, hacía que la confianza en Hitler para conducir la guerra hubiera disminuido de forma apreciable.
Así pues, en París se esperaba la noticia del golpe de Estado para ponerse mayoritariamente de parte de los conjurados. Stauffenberg comunicó a su primo que Hitler había muerto, añadiendo con un fingido entusiasmo que “aquí, en Berlín, ya está en marcha el golpe de Estado, ha sido ocupado el barrio del Gobierno”.
“PARA MÍ, ESE HOMBRE ESTÁ MUERTO”
En esos momentos llegó al Bendlerblock el conde Helldorf, jefe de la policía de Berlín, que había sido requerido telefónicamente por Olbricht, además de otros conjurados, como el conde Bismarck y el doctor Gisevius.
Olbricht comunicó en persona al jefe de Policía de Berlín que el Führer ya no vivía y que la policía debía ponerse bajo el mando de las Fuerzas Armadas. Helldorf empezó de inmediato a dar las órdenes precisas. Cuando el jefe de la policía se marchó, intervino el general Beck para admitir que existían dudas sobre el resultado del atentado y que, pese a las afirmaciones de Stauffenberg, lo más probable era que Hitler aún estuviera vivo. Pero Beck declaró solemnemente el principio que debía regir a partir de ese momento entre los conjurados:
– Para mí, ese hombre está muerto. No podemos claudicar de este convencimiento si no queremos llevar el desconcierto a nuestras propias filas.
Hay que admitir que el análisis de Beck, que coincidía en el fondo con el de Stauffenberg, era el correcto. Si Hitler no estaba muerto, había que actuar como si lo estuviese. Ya no era posible retroceder, había que ir hacia delante con resolución. Beck confiaba en que aún tuvieran que transcurrir varias horas hasta que el Cuartel General pudiera ofrecer pruebas irrefutables de que el atentado había fracasado. Si, llegado ese momento, los conjurados ya habían tomado el control de Berlín, el golpe tendría muchas posibilidades de triunfar.
Pero para que los conjurados pudieran imponerse en la capital del Reich era poco menos que decisivo contar con el apoyo del general Fromm, que unos minutos antes había rechazado unirse al complot después de la clarificadora conversación telefónica sostenida con Keitel.
Con la Operación Valkiria en marcha, había llegado la hora de la verdad, en la que no valían medias tintas; había que obligar al general Fromm a sumarse a la conjura o, en caso contrario, prescindir de él.
Olbricht, acompañado ahora de Stauffenberg, lo intentaría por segunda vez. Ambos irrumpieron en su despacho. Olbricht se dirigió al gigantesco Fromm, que permanecía sentado:
– Stauffenberg acaba de regresar de la Wolfsschanze y ha visto cómo sacaban a Hitler muerto del barracón -afirmó con rotundidad Olbricht-. No hacen falta más pruebas.
– Pues Keitel en persona me ha dicho lo contrario -replicó Fromm.
– ¡Keitel miente! -intervino Stauffenberg-, el mariscal Keitel siempre miente. ¡Yo mismo he visto a Hitler muerto cuanto lo transportaban en camilla!
– Y como está demostrado que el Führer ha muerto -dijo Olbricht-, se ha lanzado la palabra clave “Valkiria” a los comandantes de las regiones militares.
Fromm se levantó de un salto y bramó:
– ¿Cómo? ¡Esto es un caso de desobediencia! ¿Quién ha dado esa orden?
– El jefe de mi Estado Mayor, el coronel Mertz von Quirnheim respondió Olbricht.
Fromm, enfurecido, golpeó con fuerza la mesa y ordenó que se presentase de inmediato Quirnheim. Este apareció y reconoció que había puesto en marcha los planes previstos para evitar que se produjeran disturbios. Fuera de sí, Fromm le dijo que desde ese mismo momento estaba arrestado, y que cursase las órdenes precisas para cancelar la Operación Valkiria ya iniciada.
Von Quirnheim, con gran sangre fría, tomó una silla y se sentó, ante la perplejidad de Fromm.
– No pienso moverme de aquí -sentenció Ali Quirnheim-. Si estoy arrestado, no tengo libertad de movimientos para cumplir con lo que usted me ha dicho.
Antes de que Fromm estallase de ira ante esa provocación, Stauffenberg tomó la palabra y, con toda calma, declaró:
– Mi general, yo soy el que ha puesto la bomba durante la conferencia del Führer. Y le aseguro que la explosión ha sido tan potente que no ha podido sobrevivir nadie.
En un primer momento, Fromm se quedó de piedra ante la confesión del coronel. ¡El jefe de su propio Estado Mayor había cometido el atentado! Seguramente, enseguida ató cabos; ahora entendía por qué Keitel le había preguntado sobre el paradero de Stauffenberg…
Pero el veterano Fromm no perdió la compostura ante esa sorprendente revelación. Dirigiéndose a Stauffenberg, le dijo en tono despectivo:
– Desengáñese, su atentado ha fracasado. Keitel ha dicho la verdad: el Führer vive. ¿Tiene un arma?
Stauffenberg, desconcertado, hizo un gesto afirmativo.
– Bien -prosiguió Fromm-, lo mejor que puede hacer es pegarse un tiro, coronel.
– De ningún modo lo haré -replicó desafiante Stauffenberg.
Olbricht aún confiaba en hacer entrar en razón a Fromm para que se sumase al golpe. Con grandes dosis de ingenuidad, le habló de que era necesario actuar con energía, había que actuar para evitar que el país continuara caminando hacia el desastre. En términos patéticos, casi imploró a Fromm que se uniese al levantamiento.
Por toda respuesta, Fromm exclamó:
– ¿Así que usted también está involucrado en esta conspiración? ¡Está usted arrestado!
– Mi general -respondió Olbricht-, usted no se hace cargo de la situación. No puede arrestarnos porque somos nosotros los que podemos arrestarlo a usted, y eso es lo que hacemos en este momento. ¡Considérese arrestado!
Fromm dio un salto y sacó su pistola, apuntando a Olbricht. Pero en ese instante entraron en el despacho el teniente Von Haeften y otro oficial. Entre todos lograron reducir, no sin dificultades, al corpulento Fromm, que fue conducido a un despacho vecino, en el que quedaría custodiado por el mayor Von Leonrod. Luego se le permitiría trasladarse a sus dependencias, en el mismo edificio, tras dar su palabra de que no intentaría huir.
Algo similar ocurriría con los oficiales que se mostraron reticentes a tomar parte en el golpe. Entre los que quedaron detenidos por los sublevados estaba también el coronel Glaesemer, comandante de la escuela de carros con sede en Krampnitz. Según el plan, sus blindados debían ser la fuerza de choque del golpe de Estado. Pero Glaesemer, al ver que existían serias dudas sobre la muerte del Führer, se resistió a colaborar, por lo que corrió la misma suerte que Fromm.
El general Olbricht dijo entonces al general Hoepner que a él le correspondía sustituir a Fromm en sus funciones. Hoepner había sido destituido por Hitler al caer en desgracia a principios de 1942, prohibiéndole volver a vestir el uniforme. Sin demostrar excesivo entusiasmo, Hoepner aceptó el nuevo cargo ofrecido por Olbricht, aunque demandó una orden escrita, denotando un absurdo puntillismo legalista. Después de ponerse el uniforme que había traído en una maleta -había llegado vestido de civil- se instaló en el despacho de Fromm, desde donde emitiría órdenes en nombre del general depuesto.
Aunque Hoepner ostentaba el poder nominal, éste pasó a ser ejercido de facto por Stauffenberg. El coronel estableció inmediatamente unas estrictas medidas de seguridad en el edificio del Bendlerblock. Colocó en todas las salidas hombres de guardia que sólo permitían el paso a los que poseían una autorización firmada por el propio Stauffenberg.
Pero estas medidas no debían ser demasiado efectivas porque Stauffenberg recibió en el despacho que ocupaba en ese momento una inesperada visita. Se trataba de un jefe de las SS muy fuerte, de anchas espaldas, acompañado de dos individuos vestidos de paisano, funcionarios de la policía criminal, como luego se comprobaría.
– ¡Heil Hitler! -saludó el hombre-. Busco al coronel conde von Stauffenberg.
El coronel, tranquilo y despreocupado, respondió:
El general Erich Hoepner, sustituto de Fromm.
Su falta de resolución fue muy perjudicial para el desarrollo del golpe.
– Sí, soy yo. Diga, por favor.
– Soy el oberführer Humbert Pifrader -se presentó el visitante-. Vengo de parte del Departamento Central de Seguridad del Reich y tengo que formularle algunas preguntas.
Stauffenberg, solícito, se mostró dispuesto a atenderle amablemente, por lo que le rogó que le acompañasen a una sala contigua para poderles atender más cómodamente. El jefe de las SS y sus ayudantes entraron con él en la sala, en donde, para sorpresa de Pifrader, se encontraban a punto dos jóvenes oficiales, el coronel Jager y el teniente Von Kleist, armados con pistolas ametralladoras.
Pifrader y sus acompañantes fueron rápidamente desarmados y puestos bajo vigilancia en una habitación próxima. Entre tanto, los dos guardias de las SS que esperaban en el patio a Pifrader fueron también detenidos.
Poco después hubo otra visita, en este caso del general Von Kortzfleisch, que estaba al mando de la región de Berlín-Brandeburgo. Bernardis le había llamado por teléfono para decirle que debía tomar las medidas previstas en el Plan Valkiria con el fin de evitar que se produjesen desórdenes, pero Kortzfleisch intuyó que algo extraño estaba sucediendo y exigió que fuera Fromm el que le diese la orden en persona.
Cuando Kortzfleisch acudió al Bendlerblock, fue conducido no ante Fromm, que estaba detenido, sino ante su sustituto, el general Hoepner. Kortzfleisch no reconoció su autoridad y se negó a decretar el estado de excepción en la región que tenía a su cargo. Para él, no había ninguna prueba de que Hitler estuviera muerto, tal como aseguraban los conjurados, y por lo tanto seguía vigente el juramento de fidelidad hecho a su persona. Olbricht y Beck intentaron hacerle entrar en razón; replicaron que, en todo caso, Hitler había traicionado cien veces el juramento hecho al pueblo alemán, y que por lo tanto no podía invocar un juramento de fidelidad hecho a un hombre semejante. Pero esta argumentación no minó lo más mínimo la inconmovible resolución de Kortzfleisch de negarse a obedecer a los conjurados, lo que no dejó otro remedio que proceder a su detención.
De todos modos, la obstinada resistencia de Kortzfleisch, pese a ser un importante contratiempo, no había supuesto una sorpresa para los conspiradores, por lo que ya tenían en la recámara un sustituto, el general Von Thüngen, que enseguida tomó el mando de la región militar.
A las cuatro y media ya se había transmitido la primera orden fundamental [19], que llevaba la firma del nuevo comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, el mariscal de campo Erwin von Witzleben -pese a que aún no se había presentado en la Bendlerstrasse-. Esta orden se envió a una veintena de destinatarios, incluyendo los jefes superiores de las tropas combatientes de las regiones militares de Alemania y los territorios ocupados.
Una hora más tarde, el coronel Mertz von Quirnheim envió la segunda orden básica [20], destinada a los jefes de las regiones militares, en este caso con la firma del general Fromm.
En el Cuartel General de Hitler no se disponía aún de noticias concretas sobre lo que estaba ocurriendo en Berlín, pero en la capital del Reich el golpe iba tomando cuerpo. Al fin las cosas se ponían en marcha y un aire de optimismo comenzaba a respirarse entre los conjurados, cuando no una cierta euforia.
Stauffenberg había logrado transmitir su ánimo y su autoconfianza a sus compañeros. Con las decisiones que habían tomado, ya no había vuelta atrás posible, y tenían la sensación de que ya nada podría pararles. Sin embargo, estaban muy equivocados.
<a l:href="#_ftnref13">[13]</a> Otra versión apunta a que los conspiradores no esperaron el estallido de la bomba, sino que rápidamente subieron al vehículo para emprender el camino del aeropuerto antes de que la alarma impidiese el paso por los puestos de control. Según esta versión, que denotaría un comportamiento más lógico de los implicados, cuando explotó el artefacto Stauffenberg y Haeften ya habían pasado por la barrera del área de seguridad I y se dirigían a la del área II.
<a l:href="#_ftnref14">[14]</a> Esta observación de Stauffenberg tiene pocos visos de ser cierta. Si emprendieron la huida en cuanto estalló la bomba, es improbable que al pasar junto al barracón de conferencias ya estuvieran los equipos sanitarios poniendo a salvo a los heridos. También es poco probable que esperasen en el vehículo a que éstos llegasen, puesto que la prioridad era traspasar los puestos de control antes de que se diese la alarma. Así pues, todo indica que fue una fabulación de Stauffenberg para sostener su afirmación de que Hitler había resultado muerto en el atentado.
<a l:href="#_ftnref15">[15]</a> Aunque está comúnmente establecido que la explosión se produjo a las 12.42, realmente se desconoce la hora exacta en la que ésta se produjo. Joachim Fest (Staatsreich, 1994) y Nicolaus von Below (Als Hitler Adjutant, 1980), entre otros, adelantan dos minutos el momento del estallido, pero lo máximo que se puede concretar es que la deflagración ocurrió entre las 12.40 y las 12.50.
<a l:href="#_ftnref16">[16]</a> Para conocer el balance completo de víctimas, ver Anexo nº 2.
<a l:href="#_ftnref17">[17]</a> El que el avión de Stauffenberg llegase a Rangsdorf es un dato sujeto a controversia. Ian Kershaw cree que el Heinkel 111, por motivos desconocidos, se vio forzado a aterrizar en el aeropuerto de Tempelhof o en cualquier otro aeródromo de Berlín, lo que explicaría el hecho de que Stauffenberg no hallase ningún vehículo a su disposición. Si sucedió así, puede que su chófer, Schweizer, le estuviera esperando en Rangsdorf, al suponer que aterrizaría allí.
<a l:href="#_ftnref18">[18]</a> Las versiones sobre cómo se produjeron las llamadas entre los conjurados de la Guarida del Lobo y la Bendlerstrasse son muy divergentes. La aquí referida es una más, sin que tenga más visos de ser cierta que otras. Por ejemplo, algunos apuntan a que la primera llamada desde el Cuartel General de Hitler no la hizo Fellgiebel, tal como estaba previsto, sino su jefe de Estado Mayor, el coronel Hahn. Otras versiones prescinden del capítulo de la secretaria de Thiele y aseguran que éste recibió directamente la llamada desde la Wolfsschanze. Lo único fuera de toda duda es que las informaciones eran lo suficientemente ambiguas como para que los conjurados percibiesen de inmediato que el atentado no había salido según lo previsto.
<a l:href="#_ftnref19">[19]</a> Ver Anexo 3.
<a l:href="#_ftnref20">[20]</a> Ver Anexo 4.