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Sobre las ocho de la tarde, el panorama para los conjurados no era demasiado alentador. El mariscal Von Witzleben, en cuyo nombre se firmaban las órdenes más importantes, no había llegado aún a la Bendlerstrasse. El general Hoepner se encontraba sentado tras la mesa de escritorio de Fromm, deprimido, encerrado en un silencio hermético.
No había noticias del conde Helldorf, que tenía que haber detenido a los jerarcas nazis. Tampoco había noticias del Gruppenführer SS Nebe, que tenía que haber puesto a disposición del golpe a la policía criminal. Ambos se encontraban retenidos en los locales de la policía a la espera de alguna orden. Por otro lado, los carros de la escuela de blindados de Krampnitz sí que se habían puesto finalmente en camino hacia Berlín, pero habían sido detenidos por el Batallón de la Guardia, por orden de Remer.
El general von Witzleben apareció por la tarde en el Bendlerblock, pero se marchó de inmediato, disconforme con el modo como se estaba conduciendo el golpe.
Pese a estas contrariedades, en la Bendlerstrasse no había cundido todavía el desánimo, aunque no eran pocos los que ya intuían la catástrofe que estaba cerca de venírseles encima. Stauffenberg, Olbricht y Ali Quirnheim no paraban ni un momento de impartir órdenes, atender una llamada telefónica tras otra o de hacer alguna corrección de última hora a un comunicado. La emisión radiofónica anunciando la supervivencia de Hitler había provocado un aluvión de llamadas solicitando la confirmación de las órdenes que se habían estado impartiendo hasta ese momento. Por otra parte, desde la Guarida del Lobo, los generales fieles a Hitler habían estado también llamando a los jefes militares advirtiendo de que la Bendlerstrasse estaba en manos de traidores.
De todas partes, de los estados mayores de las regiones militares, de los altos mandos del frente, de los países ocupados, llegaban demandas de explicaciones que no siempre eran atendidas de forma convincente.
En unos momentos en los que era necesario más que nunca mostrarse firmes para conseguir que el complot cuajase, los conjurados evidenciaron una debilidad que fue captada de inmediato por aquéllos que debían cumplir las órdenes que emanaban de la Bendlerstrasse.
Posiblemente, el gran responsable de esa falta de autoridad fue el general Hoepner, el sustituto de Fromm. Hoepner se dio cuenta de que no bastaba poner una firma al pie de una orden para asegurar que ésta fuera cumplida. Tras la noticia radiada en la que se comunicaba que Hitler estaba vivo, Hoepner tuvo que responder a las apremiantes preguntas que le llegaban de todas partes.
Pero Hoepner no tenía la fuerza ni el convencimiento, que sí le sobraban a Stauffenberg, para imponer su autoridad sobre los jefes de las regiones militares. Éstos le referían la orden del mariscal Keitel en la que les prohibía obedecerle, ante lo que Hoepner se limitaba a replicar lastimeramente: “Hagan ustedes lo que consideren que deben hacer”.
Llegaron a darse episodios de humor surrealista, como cuando el jefe militar de la ciudad de Stettin, el general Kienitz, recibió la orden de Keitel antes de que le llegase el comunicado de Berlín. Kienitz telefoneó a Hoepner para salir de su confusión:
– Hoepner, he recibido una orden de Keitel en la que me prohíbe obedecer sus órdenes. Le pido una explicación -exigió Kienitz.
– Le ruego que me explique el contenido de esa orden -contestó Hoepner.
– No puedo hacerlo, pues se me ha exigido guardar el secreto sobre esta cuestión.
– Bien, entonces yo tampoco puedo decirle nada -admitió un resignado Hoepner-. Si usted no ha recibido órdenes de nosotros, ¿cómo las va a cumplir? Por lo tanto, no tiene más remedio que acatar las de Keitel.
Las conversaciones de Hoepner con el resto de jefes militares fueron de un tono parecido. En Viena, en donde las autoridades militares llevaron adelante las primeras órdenes de los conjurados arrestando a algunos funcionarios de las SS, tras escuchar el mensaje radiado y la orden de Keitel trasladaron su inquietud a Hoepner; éste comprendió las dificultades que entrañaba mantener las detenciones, por lo que, desalentado, no insistió y les dijo que cumpliesen las disposiciones de Keitel. Los detenidos fueron liberados.
El teniente coronel Robert Bernardis trabajó hasta la extenuación para que el golpe tuviera éxito.
En otras plazas el levantamiento se saldó con un fracaso absoluto. Por ejemplo, el general al mando de la región de Stuttgart colgó directamente el teléfono a Hoepner tras sostener una breve conversación. En Hamburgo, el jefe de Estado Mayor de la región militar se presentó en la residencia del gauleiter -el jefe del Partido- y le dijo que tenía orden de detenerlo; el gobernador le dijo que debía tratarse de algún estúpido error y le propuso compartir una botella de vino hasta que se aclarase todo, a lo que el militar accedió, y ahí acabo todo.
En la Bendlerstrasse, los ánimos entre los conjurados no eran escasos. La fuerza interior la daba la desesperación, pues eran conscientes de que sólo tenían ante sí dos escenarios de futuro, sin término medio: imponerse o morir. Pero en el desarrollo del golpe se percibía a cada momento la falta de previsión de que había adolecido. En algunos momentos el ambiente en el Bendlerblock era poco menos que caótico; sólo el empuje de Stauffenberg, inasequible al desaliento, mantenía vivo el impulso del golpe.
En medio de esta confusión generalizada, el mariscal Von Witzleben, el hombre escogido por los sublevados para ponerse al mando del Ejército, apareció en el patio del edificio en un Mercedes descubierto.
El militar bajó del vehículo y los soldados de guardia se quedaron impresionados al verlo luciendo el uniforme de gala, adornado con una ristra de medallas. Pero al intentar entrar en el edificio se topó con un estricto capitán que no estaba dispuesto a dejarle entrar si no contaba con una autorización firmada por Stauffenberg.
– ¡Yo soy el mariscal de campo Von Witzleben!
– Por supuesto -ironizó el capitán-. ¿Cómo puedo saberlo?
Ante el enfado monumental del mariscal, el capitán telefoneó directamente a Stauffenberg, que le ordenó que dejase pasar a Witzleben de inmediato. El condecorado militar entró en el Bendlerblock hecho una furia y soltando maldiciones. Caminaba a grandes zancadas con la gorra en la mano, el rostro congestionado y balanceando su bastón de mariscal. El personal iba apartándose a su paso.
Se dirigió sin vacilar al despacho ocupado por Stauffenberg y, a modo de saludo, le espetó:
– ¡Bonita chapuza! (Schöne Schweinerei, das). De inmediato presentó sus respetos con el bastón de mariscal al “jefe del Estado”, el general Beck, también presente en el despacho diciéndole, en un indisimulado tono cáustico:
– Estoy a su servicio, señor. Y enseguida Witzleben comenzó a bramar, dando puñetazos en la mesa:
– ¡Fantástica manera de dirigir una insurrección! ¿Cómo se atreve a implicarnos en algo tan ambiguo? -rugió mirando a Stauffenberg-. ¿Hitler ha muerto o no? ¿Estamos enfrentados a un hecho o a suposiciones infantiles? ¿Cuál es la verdad? ¿Hay algún dato? ¡Nuestras vidas penden de un hilo! En cuanto a usted… -dijo dirigiéndose a Beck.
– Yo no tengo tropas a mi disposición -se excusó Beck, interrumpiendo a Witzleben-, sólo soy un civil…
Witzleben rechazó con un gesto amargo los tímidos pretextos de Beck y continuó situando a Stauffenberg en su punto de mira, recriminándole que hubiera insistido en llevar adelante el golpe de Estado pese a las evidencias de que el atentado había fracasado.
– Keitel miente, Hitler está muerto -afirmó Stauffenberg.
– ¡Vamos! ¿Cómo lo sabe? -preguntó Witzleben, sin esperar recibir una respuesta.
La discusión se prolongó durante unos cinco inacabables minutos, hasta que Witzleben, un poco más sereno, dio por zanjada la cuestión:
– Me lavo las manos en todo este asunto. Ustedes, caballeros, no están capacitados para dirigir un espectáculo de segunda categoría interpretado por monos. Adiós, les veré cuando el verdugo reciba invitados.
A regañadientes, Witzleben estampó su firma en un télex con el que se trataba de confirmar que el Führer había muerto y que se le había transferido el mando supremo sobre la Wehrmacht.
El mariscal, maldiciendo entre dientes, pasó ante Stauffenberg y sus compañeros y bajó al patio para subir en el Mercedes que le había traído hasta allí. De este modo abandonaba a los sublevados, que quedaron desolados al comprobar como uno de los puntales del levantamiento daba ya por fracasado el golpe.
Stauffenberg intentó subir la moral de sus compañeros, reclamando firmeza en unos momentos en los que era difícil confiar en el éxito del complot:
– Si os dais por vencidos ahora, estamos acabados -dijo el coronel-. ¡Por Dios, os pido que confiéis en mí! Me ocuparé de que todo salga bien, pero sólo pido que me concedáis el día de hoy.
Ante la dura realidad de los hechos, Stauffenberg ya apelaba a la fe, a la confianza ciega en una victoria final que a cada minuto parecía más lejana.
Para recuperar los ánimos y las fuerzas, Olbricht pidió a los ordenanzas que les sirvieran una cena fría. Todos se sentaron a comer excepto Olbricht y Stauffenberg, que seguían atendiendo llamadas telefónicas. No obstante, los comensales no tenían demasiado apetito, pues el queso y la ensalada de salchichas de que constaba la cena acabarían casi intactos. Luego se sirvió café.