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Sobre la nueve de la noche, llegaron a las inmediaciones del Bendlerblock las tropas del Batallón de la Guardia, comandados por el resuelto Remer. Se apostaron en las calles adyacentes y, sorprendentemente, a los conjurados no se les ocurrió pensar que llegaban con la intención de sofocar el levantamiento; pensaban que acudían a proteger el edificio. Los conspiradores tampoco sabían que unidades acorazadas leales al gobierno se estaban acercando en esos momentos al centro de Berlín.
Pero lo que los implicados en el golpe menos podían sospechar es que la amenaza más inmediata para los sublevados procedía del interior del propio Bendlerblock. Un grupo de oficiales de Estado Mayor, insatisfechos con las pobres explicaciones que proporcionaban los conjurados a las acuciantes dudas que iban surgiendo a cada minuto, acabaron por rebelarse. No sabemos hasta qué punto influyó en esta decisión el sentimiento de fidelidad a Hitler o si, más bien, era una reacción lógica para salvar el pellejo al verse involucrados en una acción condenada al fracaso.
Poco después de las nueve, los integrantes de este grupo, encabezados por el teniente coronel Franz Herber, se procuraron armas sin que nadie se lo impidiese y se dispusieron a doblegar la resistencia de los sublevados desde el interior del Bendlerblock.
Los oficiales llegaron hasta Olbricht y exigieron que les explicara lo que estaba ocurriendo en realidad.
– ¡Olbricht!, ¿qué es lo que está pasando? -preguntó Herber en tono amenazador-. ¿Contra quién debemos proteger el edificio? Tenía entendido que estábamos aquí para proporcionar refuerzos a los ejércitos del frente… pero, en cualquier caso, ¿qué es eso de una conspiración?
El general Olbricht, con gesto apesadumbrado, se dirigió a los oficiales:
– Caballeros, durante largo tiempo hemos observado el desarrollo de la situación militar con gran ansiedad. Nos encaminamos indudablemente hacia una catástrofe. Ha sido necesario tomar medidas… y dichas medidas se están llevando a cabo en este momento. Solicito su apoyo. Eso es todo.
Estas palabras ya no dejaban lugar a dudas:
– ¡Estamos ante un alzamiento! -exclamó el coronel Herner. Los oficiales, apartando momentáneamente su atención de Olbricht, comenzaron a hablar entre ellos. Todos coincidían en que, ante la evidencia de que estaban inmersos en una conspiración, lo que debían hacer era desvincularse rápidamente de ella si no querían correr la misma suerte de los sublevados.
La mejor manera de apartarse del complot era actuar decididamente contra él. El grito de guerra lo dio uno de los oficiales:
– ¡El juramento! ¡Están contra el Führer! Los oficiales leales al gobierno exigieron a Olbricht poder hablar con Fromm, y Olbricht les dijo que estaba recluido en su apartamento. Un grupo salió del despacho y se dirigió rápidamente a liberarlo; blandiendo sus armas, iban preguntando a todos los que se cruzaban con ellos:
– ¿Con el Führer o contra el Führer? Obviamente, todas las respuestas eran afirmativas y el grupo de fieles a Hitler fue creciendo por momentos. Cuando llegaron al apartamento de Fromm, la guardia que estaba encargada de su vigilancia ya se había esfumado y Fromm fue liberado.
Mientras tanto, Olbricht intentaba todavía convencer a los oficiales que el Führer al que permanecían leales ya no vivía:
– Se ha recibido un informe de la muerte de Hitler -explicó el general-. Pero también hay noticias en sentido contrario -acabó por admitir Olbricht, tras una pausa-, la situación es enormemente compleja.
Olbricht no tuvo éxito en su empeño en sembrar la duda entre sus interlocutores y fue detenido sin que opusiese resistencia.
Una secretaria que se dirigía al despacho de Olbricht vio como apuntaban al general. Se detuvo y dio la voz de alarma:
– ¡Problemas! ¡Apuntan a Olbricht! Los gritos atrajeron a algunos oficiales favorables a los conjurados, entre ellos Stauffenberg. Acudieron corriendo, pero se detuvieron en seco al escuchar disparos procedentes del despacho. Los oficiales leales al gobierno les estaban tiroteando, en medio de una confusión terrible.
– ¡Debajo de la mesa! -gritó alguien a las secretarias, que se hallaban en la línea de fuego.
Stauffenberg resultó herido en el brazo, pero aun así pudo amartillar la pistola y disparar.
El coronel retrocedió corriendo y subió al piso superior, hacia el despacho de Fromm, en donde se encontraba el “jefe de Estado” Beck y su amigo Ali Von Quirnheim, además del general Hoepner. Stauffenberg había ido dejando tras de sí un rastro de sangre.
Desde el despacho de Fromm, el coronel que había sido el alma del levantamiento telefoneó una vez más, la última, en este caso al coronel Von Linstow, que se había sumado al golpe en París:
– Todo se ha perdido, todo ha terminado -lamentó Stauffenberg-. Yo mismo he recibido una bala en el brazo.
Luego, Von Linstow oyó a través del auricular ruido de lucha y disparos. Finalmente volvió a escuchar la voz de Stauffenberg, sin aliento, entrecortada:
– ¿Me oye? Mis asesinos están ahí fuera, en el pasillo… Después se hizo el silencio. El propio Stauffenberg u otro había colgado el teléfono. Como veremos después en detalle, el general Stülpnagel, jefe de la conjura en París, al conocer el dramático fracaso de la sublevación en Berlín por boca de Von Linstow, se vería obligado a interrumpir la marcha de la misma en su circunscripción.
El general Fromm formó un consejo de guerra sumarísimo y ordenó el fusilamiento de los principales implicados la misma noche del 20 de julio.
Fue en ese momento cuando el general Fromm, flanqueado por oficiales fieles al gobierno y ansioso de revancha, se presentó en la puerta del despacho del que había sido desalojado unas horas antes. Ahora el corpulento Fromm tenía ante sí a los golpistas, pero en una actitud muy diferente a la que mostraban en el momento de su arresto. Estaban abatidos, conscientes de que habían luchado por una causa perdida.
– Bien, caballeros -proclamó ampulosamente Fromm-. Ahora les haré yo a ustedes lo que esta tarde me hicieron ustedes a mí. Depongan inmediatamente las armas.
No obstante, la afirmación de Fromm no se correspondería con la realidad. Los conjurados se habían limitado esa tarde a destituirle y a encerrarle en su apartamento, proporcionándole un tentempié y algo de vino. Quizás, en un primer instante, la intención de Fromm era recluirlos a la espera de poder ser entregados a las autoridades militares correspondientes, pero es muy probable que enseguida se diese cuenta de que en ese caso los conjurados no tardarían en implicarle en el complot. Aunque Fromm no había participado en él, tenía conocimiento de su existencia y siempre había mantenido una ambigüedad que no le iba a ayudar ahora a mostrarse totalmente ajeno a la conspiración.
– Han sido atrapados en un acto de traición -prosiguió Fromm-. Serán inmediatamente juzgados por un consejo de guerra que ahora convoco.
A Fromm no le quedaba otra opción que garantizarse el silencio eterno de aquellos hombres. Es probable que los sublevados comprendiesen de inmediato el dilema al que se enfrentaba Fromm y, por lo tanto, lo que significaba en realidad ese “consejo de guerra”.
– ¡Abajo las armas! -ladró Fromm-. ¡Se lo digo por segunda vez!
Stauffenberg accedió a entregar su pistola, pero Beck repuso:
– No le permito que me dé una orden a mí, que he sido su superior. Sacaré la conclusión que crea oportuna de esta desgraciada situación…
Fromm, intemperante, añadió:
– Muy bien, haga usted después lo que le parezca. Pero ahora cumpla lo que le ordeno.
– Le ruego que me permita conservar mi pistola para fines personales -suplicó Beck-. Espero que no privará a un viejo camarada de un antiguo privilegio.
Todos los presentes comprendieron al momento lo que esa petición suponía. Beck quería ser él mismo el que pusiera fin a su vida. Fromm, incómodo, accedió con un gesto:
– Bien, pero mantenga la pistola apuntada hacia sí mismo. Beck intentó diferir patéticamente el momento de dispararse en la cabeza:
– En un momento como éste recuerdo los viejos tiempos, cuando… Fromm le interrumpió:
– No nos interesa oír eso ahora. Le ruego que deje de hablar y haga lo que tenga que hacer ¡Vamos! ¡Dese prisa!
Era lógico que Fromm acuciase a Beck para que se disparase. Sabía que si las SS irrumpían en el edificio, se harían cargo de los prisioneros y no les costaría arrancar de ellos una confesión en la que él aparecería de un modo u otro involucrado en el golpe. Sus prisioneros debían estar muertos antes de que eso sucediese.
Beck, tras dirigir una mirada desesperada a todos los presentes, condujo lentamente la pistola hacia la sien izquierda y apretó el gatillo. Sonó la detonación, pero el general no se desplomó. En el último instante había dirigido el cañón hacia arriba, por lo que la bala ni tan siquiera le rozó.
– ¿No lo he hecho bien? -preguntó el suicida con voz trémula.
Fromm se dirigió entonces a un capitán:
– ¡Ayude al viejo! -gritó-. Quítenle la pistola.
– ¡No! -exclamó Beck-, por favor, permítame intentarlo de nuevo. Esta vez no fallaré.
El capitán llevó a Beck a un sillón. Allí, entre sollozos, Beck dirigió nuevamente la pistola a la sien, pero falló otra vez en su propósito. En esta oportunidad la bala sí que le rozó, por lo que comenzó a manar de su cabeza un fino reguero de sangre, pero el disparo no había sido mortal. Beck fue entonces conducido por un sargento a una habitación contigua y los presentes escucharon a los pocos segundos el tiro de gracia.
Todos los conjurados fueron conscientes de que su destino no iba a diferir mucho del que acababa de sufrir el “jefe del Estado”.
– Muy bien -dijo Fromm fríamente-. Si quieren poner algo por escrito, aún les quedan unos minutos.
Con ese gesto, Fromm daba a entender que el resultado de ese consejo de guerra estaba ya más que establecido.
– Sí -respondió Olbricht-, quisiera escribir algo.
El general Hoepner también señaló su deseo de escribir y Fromm invitó a ambos sentarse junto a una mesa redonda. Fromm abandonó el despacho junto a algunos oficiales para representar la farsa de que iban a deliberar, constituidos en un tribunal sumarísimo encargado de juzgar la insurrección.
Al cabo de unos minutos, que seguramente Fromm aprovechó para impartir las órdenes necesarias para organizar la inmediata ejecución de los implicados, éste regresó al despacho. Hoepner colocó su escrito sobre la mesa y Olbricht pidió un sobre y guardó en ella la carta, cerrándolo personalmente.
Ludwig Beck, quien debía haberse convertido en Jefe del Estado, optó por el suicidio, pero falló dos veces y tuvo que ser rematado.
Entonces, Fromm se dispuso a pronunciar la “sentencia”:
– En nombre del Führer, un consejo de guerra sumario convocado por mí ha llegado al siguiente veredicto: el coronel del Estado Mayor General Mertz von Quirnheim, el general Olbricht, el coronel… -hizo un gesto como si no recordase el nombre de Stauffenberg-, y el teniente Von Haeften son condenados a muerte.
– Hay una cosa que quiero decir en mi defensa -dijo sorprendentemente el general Hoepner, que no había sido incluido en el cuarteto de condenados a la pena máxima-. Yo no tuve nada que ver con todo esto.
– Asumo la responsabilidad de todo -dijo, en cambio, Stauffenberg-. Quienes están aquí han actuado como soldados y subordinados. Lo único que han hecho es cumplir órdenes. De ningún modo son culpables.
Fromm simuló no haber oído estas alegaciones. Se dirigió a uno de los oficiales leales, el teniente Schlee, señalando con el dedo a los cuatro que iban a ser fusilados:
– Este caballero, el coronel; el general con la Cruz de Caballero; este coronel del Estado Mayor General y su teniente. La sentencia del tribunal se cumplirá de inmediato en el patio, a tiro de fusil.
– Y escolte a este oficial -señaló a Hoepner- a la prisión militar de Lehrter Strasse -concluyó Fromm.
– ¡No, no soy un canalla! -protestó Hoepner, pese a haberse librado de la ejecución-, ¡no lo soy!
– Lléveselo ahora -ordenó Fromm.
Pasaban unos minutos de la medianoche cuando los cuatro condenados fueron conducidos al muro posterior del patio del mismo bloque de la Bendlerstrasse. Stauffenberg, que aún perdía sangre por la herida en el brazo, fue ayudado por dos hombres.
Cuando llegaron al patio, cuyo suelo estaba salpicado de ladrillos rotos y trozos de pizarra por el efecto de los bombardeos, quedaron deslumbrados por la tétrica luz de los faros de los vehículos del Batallón de Guardia, que habían sido colocados en semicírculo para iluminar el lugar de la ejecución; un montículo de arena extraído de una excavación en el patio.
Placa que recuerda hoy los cuatro ejecutados en el patio del Bendlerblock: Olbricht, von Quirnheim, Von Stauffenberg y Von Haeften, además del general Beck.
– ¡De prisa! -dijo alguien-, acaba de sonar la alarma de un ataque aéreo.
Los pusieron a todos en un costado; serían fusilados de uno en uno. Dos suboficiales adelantaron a Olbricht unos metros hasta situarlo ante el pelotón de ejecución. Este, deslumbrado totalmente por los faros de los vehículos, entornó los ojos para distinguir a sus verdugos.
En el patio resonó una orden y los soldados dispararon sobre Olbricht, que fue impulsado hacia atrás, quedando apoyado su cuerpo contra el montón de arena. A continuación, los dos suboficiales buscaron a Stauffenberg y lo condujeron al mismo punto, sin llegar a tocarle, quizás por consideración hacia su sangrante herida.
Stauffenberg ya estaba delante del pelotón y unos instantes antes de que le disparasen gritó con todas sus fuerzas:
– ¡Viva la sagrada Alemania! [21] Justo en el momento en el que los soldados apretaban los gatillos, su fiel Haeften se arrojó ante Stauffenberg en un gesto instintivo para interceptar el camino de las balas. Ambos cayeron a la vez bajo el fuego del pelotón.
Mertz Von Quirheim fue el cuarto y último en verse deslumbrado por los focos de los coches antes de seguir el mortal destino de sus compañeros. Cuatro tiros de gracia certificaron el cumplimiento de la condena. Pasaban veintiún minutos de las doce de la medianoche. Todo había terminado.
<a l:href="#_ftnref21">[21]</a> Existen varias versiones sobre las últimas palabras de Stauffenberg. En general, está aceptado que fueron las que aquí se reflejan, pero según el historiador Wolgang Müller fueron simplemente “¡Viva Alemania!”, o “¡Viva Alemania libre!” para el historiador Hans Hagen. Según otros, Stauffenberg se limitó a gritar “¡Alemania!”.