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Capítulo 17 Venganza

En los días siguientes a la dramática jornada del 20 de julio de 1944, la sede central de la Gestapo en Berlín, en el número 8 de Prinz Albrecht Strasse, se convirtió en un infierno para los sospechosos de haber estado implicados en el complot. Las salas de interrogatorios, situadas en el tercer piso, se utilizaban las veinticuatro horas del día. Los gritos de dolor se podían escuchar hasta en las celdas del sótano, en donde decenas de hombres y mujeres esperaban su turno.

El jefe de las SS, el abyecto Heinrich Himmler, extendió la persecución no sólo a los conspiradores, sino a sus familiares. El 3 de agosto, en una reunión de gauleiters celebrada en Posen, Himmler declaró: “Introduciremos una responsabilidad absoluta de parentesco. Nosotros ya hemos procedido en consecuencia y nadie debe venir y decirnos que es algo propio de los bolcheviques. No, esto no es cosa de bolcheviques, sino algo muy antiguo y muy usual entre nuestros antepasados. Para convencerse, sólo es preciso que lean las viejas sagas. Cuando proscribían a una familia y la declaraban fuera de la ley, o si existía en una familia la venganza de sangre, se era del todo consecuente. Si la familia era declarada fuera de la ley y proscrita, decían: “Este hombre ha cometido una traición; la sangre es mala, en ella hay traición y ha de ser exterminado”. Y en las venganzas de sangre se eliminaba hasta el último eslabón de todo el parentesco. Así pues, la familia del conde Stauffenberg será exterminada hasta el último eslabón”. [25]

Hitler, en una fotografía captada al día siguiente del atentado. Aunque aparentemente salió ileso, el dictador sufriría secuelas tanto físicas como psíquicas.

HITLER, FURIOSO

En un primer momento, Hitler expresó también su deseo de desatar una venganza bárbara y cruel sobre los participantes en el complot: “Se debe expulsar y exterminar a todas esas vulgares criaturas que jamás en la historia han llevado el uniforme de soldados”.

Hitler visita en el hospital al general Schmundt, que fallecería pocos días más tarde a consecuencia de las heridas. El atentado provocó en el Führer una insaciable sed de venganza.

El deseo de revancha de Hitler contra los conspiradores no tenía límites. Aseguraba que los “barrería y erradicaría a todos”. Según dejó escrito Goebbels en su diario el 23 de julio, refiriéndose a un encuentro con Hitler celebrado el día anterior: “El Führer está muy furioso con los generales, sobre todo con los del Estado Mayor General. Está absolutamente decidido a dar un ejemplo sangriento y a erradicar a la logia masónica que ha estado oponiéndose a nosotros todo el tiempo y que sólo esperaba su oportunidad para apuñalarnos por la espalda en el momento más crítico. El castigo que se debe imponer ahora debe tener dimensiones históricas. El Führer está decidido a extirpar de raíz a todo el clan de los generales que se han opuesto a nosotros para derribar el muro que esa camarilla de generales ha erigido artificialmente entre el Ejército, por una parte, y el partido y el pueblo por la otra”.

Pero enseguida el dictador nazi se dispuso a diseñar con frío cálculo la representación de su venganza:

“Esta vez el proceso será muy corto. Estos criminales no deben ser juzgados por un consejo de guerra, ante el que se hallan sentados sus ayudantes y donde sufren retrasos los procesos. Todos ellos deberán ser expulsados de la Wehrmacht y comparecerán ante un tribunal popular. Ellos no se han hecho merecedores de una bala de fusil honrada: ¡serán colgados como vulgares traidores! Un tribunal de honor deberá expulsarlos de la Wehrmacht, y entonces podrán ser considerados como civiles, para no ensuciar el nombre del Ejército. Deben ser procesados con la rapidez del relámpago, sin consentirles que hablen. ¡Y a las dos horas de dictarse la sentencia, ésta se cumplirá! Han de colgarlos inmediatamente, sin compasión alguna. Y lo más importante es que no se les conceda tiempo para que puedan hablar. Pero Freisler ya se encargará de todo”.

FREISLER, UN JUEZ INFAME

Hitler llamó a la Guarida del Lobo a dos personajes siniestros. Uno era el juez en el que él confiaba para llevar adelante el proceso; Roland Freisler, el presidente del Tribunal del Pueblo. El otro era Röttger, el verdugo que iba a encargarse de ajusticiar a los primeros condenados.

No sabemos lo que el autócrata dijo a Freisler, pero en vista a cómo se desarrollaron los juicios, es de suponer que le dio carta blanca para ridiculizar, injuriar y degradar a los acusados aún más de lo que hacía habitualmente. De todos modos, no era necesario que Freisler fuera motivado por Hitler para actuar así, pues a lo largo de su infame carrera había dado suficientes ejemplos de cómo se podía reducir a un acusado al silencio más vergonzante.

Roland Freisler, nacido en 1893, había sido militante comunista, hasta que se integró en el partido nazi. Hitler solía referirse a él como den alten Bolschewiken (ese antiguo bolchevique) y también como “mi Wyschinski”, en referencia al implacable juez soviético que dictaba las penas de muerte durante las purgas stalinistas.

Quizás por ese pasado comunista, del que deseaba hacerse perdonar mostrando la fe del converso, Freisler era visto con cierto desprecio por los jerarcas nazis, pero éstos también eran conscientes de que no encontrarían a nadie mejor como Presidente del Volkergerichtshof o Tribunal Popular. Esta institución, cuya relación con la justicia tal como la entendemos nosotros sólo es nominal, fue utilizada por el régimen nazi para dar una pátina de legalidad a sus actuaciones descarnadamente arbitrarias.

El juez Roland Freisler recibió indicaciones expresas de Hitler para que humillara sin límite a los acusados.

El Tribunal Popular se creó en 1934 como un órgano judicial especial encargado del enjuiciamiento y condena de los actos de traición contra el Estado Nacionalsocialista cometidos en Berlín. Dos años más tarde, en 1936, se convirtió en un órgano judicial común y plenamente integrado en la planta jurisdiccional alemana. Los acusados no contaban con una defensa efectiva, se vulneraban las mínimas garantías de imparcialidad y las penas solían ser extremadamente severas; no era infrecuente que un pequeño robo fuera castigado con la pena de muerte.

Freisler accedería a la presidencia del Tribunal Popular en agosto de 1943. Una estadística muy significativa es que el número de sentencias de muerte dictadas por el Tribunal del Pueblo en el año 1941 fueron 102, mientras que en 1944, con Freisler al frente, pasaron a 2.097.

Las actuaciones de Freisler poco tenían que ver con las propias de un juez. Solía dirigirse de manera humillante a los encausados, que normalmente se

Roland Freisler, al inicio de una de las sesiones del Tribunal del Pueblo.

veían obligados a sujetarse los pantalones con una mano, pues tenían prohibido usar cinturón. El acusado carecía del elemental derecho de libre designación de su abogado defensor. El escrito de acusación de la Fiscalía solamente se daba a conocer al acusado y a su abogado unas pocas horas antes del inicio de las sesiones del juicio oral. Era frecuente prohibir todo contacto entre abogado y cliente antes del juicio, de modo que éstos se conocían por primera vez en la misma sala. En los casos de traición y alta traición, el penado no tenía derecho a recibir una copia de la sentencia, sino únicamente a leerla bajo la vigilancia de un funcionario de la Administración de Justicia. Además, era indudable la maestría de Freisler en el manejo de los textos legales, su deslumbrante agilidad mental y, por supuesto, su fuerza verbal abrumadora, unas aptitudes con las que lograba aplastar sin piedad cualquier intento del encausado de demostrar su inocencia.

Una prueba de la catadura moral del hombre que debía juzgar a los encausados por el complot del 20 de julio es que llegó a participar como representante del Ministerio de Justicia en la tristemente célebre Conferencia de Wannsee, donde se decidió llevar a cabo la “Solución Final” del problema judío en Europa, lo que iba a suponer el exterminio de millones de personas.

En febrero de 1943, tal como vimos en el capítulo correspondiente, Freisler dirigió los juicios contra los jóvenes estudiantes de la Rosa Blanca, ordenando la ejecución sumaria de los hermanos Sophie y Hans Scholl, así como de los demás miembros de esta organización disidente. Fue Freisler el que exigió que las ejecuciones fueran llevadas a cabo de inmediato en la guillotina.

EXPULSADOS DEL EJÉRCITO

Con estos antecedentes, es fácil imaginar lo que le esperaba a los implicados en la conspiración para matar al Führer. Pero, tal como se apuntaba, existía un obstáculo legal que impedía a la mayoría de los implicados en la conjura ser juzgados por el Tribunal del Pueblo: su pertenencia al estamento militar. Este impedimento quedó borrado al instante cuando Hitler ordenó que fueran sometidos a un “proceso de honor”, por el que quedaron expulsados de las Fuerzas Armadas. El tribunal estaría presidido por el mariscal de campo Von Rundstedt, siendo vocales el teniente general Guderian y los generales Schoth, Specht, Kriebel, Burgdorf y Maisel [26].

El 4 de agosto, los miembros de este “tribunal de honor” expulsaron del Ejército, de forma vergonzosa, a veintidós oficiales, entre ellos un mariscal de campo y ocho generales, sin ni siquiera tomar declaración a los interesados. El ser expulsados les situaba ya fuera del ámbito de la jurisdicción militar, por lo que quedaban ya en manos de Roland Freisler.

Si ya se ha apuntado que no conocemos cómo fue la conversación entre el dictador alemán y el juez Freisler, tampoco conocemos en detalle como discurrió el diálogo de Hitler con el verdugo pero, teniendo en cuenta el modo inhabitual como se produciría la ejecución, es seguro que le expresó su deseo de que los condenados fueran colgados como reses en una carnicería. De todos modos, el hecho de que, antes del juicio, el autócrata ya estipulase la manera cómo debían ser ejecutados los acusados no dejaba dudas de la naturaleza fraudulenta del juicio.

El propio Goebbels también intervino en el dibujo de los detalles del proceso contra los implicados en el intento de golpe de Estado. Se reunió con Hitler y ambos decidieron que las sesiones no fueran públicas; el ministro de Propaganda se encargaría de que estuviesen presentes en los juicios periodistas leales que escribiesen reportajes sobre las sesiones para el público en general. Goebbels estaba también muy interesado en que se mantuviese la ficción de que los conjurados habían sido sólo una pequeña camarilla, para no involucrar al conjunto del Ejército, con el que se esperaba ajustar cuentas en una fecha posterior.

LAS SECUELAS DEL ATENTADO

La crueldad que desataría Hitler contra los implicados en el golpe llegaría a sorprender incluso a los que lo conocían mejor. Hasta entonces, el dictador había demostrado sobradamente su afición por la venganza y la represalia, tanto contra personas concretas como contra ciudades y comunidades. Pero su reacción contra los que participaron de un modo u otro en la gestación o la puesta en práctica del levantamiento superaría, tal como veremos, esas cotas de iniquidad.

Algunos han explicado ese ensañamiento por una reacción psicológica a consecuencia del atentado. Según testigos, como el general Heinz Guderian, tras ese día su desconfianza casi enfermiza, habitual en él, se tornó en odio profundo. Además, pasó cada vez más de la aspereza a la crueldad, de la inclinación a engañar con falsas apariencias, a la falta de veracidad; a menudo decía mentiras, sin darse cuenta, y presuponía que los que le rodeaban querían engañarle continuamente.

Por orden suya, se comprobaban las medicinas y los alimentos que tomaba para ver si contenían veneno Los alimentos que le regalaban, como chocolate o caviar -que le gustaba mucho-, se destruían todos inmediatamente. Las medidas de seguridad, pese a que se incrementaron, no pudieron modificar en nada la profunda conmoción que le causó el hecho de que algunos de sus generales se hubiesen vuelto contra él. El trato con Hitler, que antes ya era bastante difícil, se convirtió progresivamente en un tormento. Su lenguaje fue haciéndose más violento, perdía a menudo el dominio de sí mismo y se dejaba llevar por sus impulsos.

Además de daños psicológicos, la bomba de Stauffenberg también le dejó secuelas físicas. Pese a la euforia del primer momento al ver que había podido escapar casi ileso del atentado, el paso de los días y los meses demostró que esa primera apreciación era precipitada. Dos semanas después, aún se filtraba sangre a través de las vendas de las heridas de la pierna. Sufría dolores fuertes, sobre todo en el oído derecho, y perdió audición. Se tuvo que recurrir a los servicios de dos médicos especialistas en garganta, nariz y oídos, los doctores Giesing y Von Eicken, pero no pudieron evitar que los tímpanos rotos siguieran sangrando durante varias semanas. Se llegó a pensar que del oído derecho no se recuperaría nunca. Las lesiones en el oído interno afectaron a su sentido del equilibrio, lo que le hacía desviar los ojos hacia la derecha y también inclinarse a la derecha al caminar. No podía permanecer de pie mucho tiempo, temía un ataque repentino de mareo y le preocupaba también no poder caminar erguido.

Hitler pasó a tener la presión arterial muy alta y a padecer malestar y mareos frecuentes. Los que le vieron en las semanas siguientes al atentado coincidían en que parecía viejo y enfermo. En el mes de agosto, el dictador le confesaría a Morell, su médico, que aquellas semanas transcurridas desde el atentado habían sido “las peores de su vida”, aunque tampoco habría que tomarlo al pie de la letra, ya que Hitler solía expresar afirmaciones de este tipo a menudo. Curiosamente, el temblor que tenía antes en su pierna había desaparecido con la explosión, pero a mediados de septiembre el temblor había vuelto.

Pero posiblemente, la secuela más grave del atentado, y más perjudicial para el futuro de los alemanes, fue el reforzamiento de su idea de que era el destino el que le guiaba. Estaba convencido de que la Providencia estaba de su parte; el haberse salvado suponía para él la garantía de que iba a cumplir, pese a todo, su misión histórica. Ese mesianismo le llevó a afirmar en una charla informal ante sus secretarias:

Esos criminales que querían acabar conmigo no tenían ni idea de lo que le habría sucedido al pueblo alemán. No conocen los planes de nuestros enemigos, quieren aniquilar a Alemania para que no vuelva a levantarse nunca. Si las potencias occidentales creen que pueden mantener a raya al bolchevismo sin Alemania se engañan. Yo procuraré que nadie pueda frenarme o eliminarme. Soy el único que conoce el peligro y el único que puede impedirlo.

Pero antes de centrar sus esfuerzos en vencer en los campos de batalla a los enemigos de Alemania, su atención estaba centrada en urdir su venganza contra sus enemigos personales, los que habían intentado apartarle violentamente del poder el 20 de julio. Y el primer acto de esa venganza estaba a punto de representarse, en forma a la vez de farsa y tragedia, en la sede del Tribunal del Pueblo, muy cerca de la céntrica Postdammer Platz berlinesa.


  1. <a l:href="#_ftnref25">[25]</a> De acuerdo con los principios expuestos por Himmler, fueron detenidos todos los familiares de los hermanos Stauffenberg, incluyendo a un niño de tres años y al padre de un primo suyo, de ochenta y cinco años de edad. Afortunadamente, los deseos de Himmler de exterminar a toda la familia Stauffenberg “hasta el último eslabón” no se cumplirían. La extensión de la responsabilidad a toda la familia sí que alcanzó a otros implicados, como Goerdeler, Von Tresckow, Von Kleist, Yorck o Haeften, entre muchos otros.

  2. <a l:href="#_ftnref26">[26]</a> El Tribunal de Honor militar se reunió por primera vez el 4 de agosto de 1944. En esta sesión y las tres siguientes, celebradas el 14 y 24 de agosto, y el 14 de septiembre, fueron expulsados del Ejército un total de 55 oficiales. El general Guderian escribiría más tarde que participó en el proceso porque recibió orden de asistir, y que lo hizo a regañadientes, faltando a algunas sesiones.