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Capítulo 1 La resistencia

El atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944 fue el gran éxito, y paradójicamente el mayor fracaso, del movimiento de resistencia al régimen nazi. La bomba que estalló ese día en el Cuartel General del Führer, y que a punto estuvo a acabar con la vida del dictador, constituyó la culminación de una serie interminable de esfuerzos, que habían comenzado hacía más de una década, y cuyo objetivo era librar a Alemania de la pesadilla nacionalsocialista.

Antes de ese intento, fueron muchos los que se sacrificaron por conseguir derrocar a Hitler. Hay que tener presente que cualquier acto de rebeldía ante el sistema totalitario creado por los nazis podía tener fatales consecuencias. Un simple comentario crítico con el régimen en un autobús, escuchado por oídos dispuestos a delatar al descontento, podía desencadenar una investigación de la Gestapo. Durante la guerra, sintonizar una emisora extranjera equivalía a una condena a muerte si uno era descubierto. Las denuncias entre la población estaban muy extendidas; los vecinos se denunciaban entre ellos e incluso entre miembros de una misma familia.

Pero sobre los opositores al régimen no sólo pendía la amenaza de los riesgos físicos. El hecho de mostrarse abiertamente crítico con los nacionalsocialistas, y ya no hablemos en el caso de implicarse en algún movimiento de resistencia, suponía padecer un distanciamiento de amigos y compañeros, e incluso de la misma familia, y entrar en un mundo incierto de aislamiento social, ideológico e incluso moral. Como en todos los sistemas totalitarios, la disidencia era una opción que no resultaba recomendable para aquél que quisiera llevar una vida tranquila y sin sobresaltos.

Es difícil imaginar la atmósfera de terror que impregnaba la vida diaria durante la época nazi. Y en ese ambiente opresivo, asfixiante, en el que en cualquier momento uno podía verse arrojado a los pies del aparato represivo del régimen, hubo quien estuvo dispuesto a enfrentarse a él.

Pero en este caso David no podría vencer a Goliat. Como marca la lógica, el fuerte se impondría al débil. En ningún momento, excepto durante las inciertas horas que siguieron al atentado del 20 de julio de 1944, el poder de Hitler estuvo realmente en peligro. La oposición, pese a sus loables intentos de variar el terrible rumbo que estaba tomando la nave alemana, no logró socavar los cimientos del sistema. La falta de coordinación, las dudas, los personalismos, la ausencia de un programa común y, cómo no, el miedo, hicieron que el trabajo de los que se oponían al nazismo no diese su fruto. Pese a que fueron numerosos los políticos, militares y dirigentes sociales que se conjuraron para combatir la marea nacionalsocialista, fueron muy pocos los que pasaron de los conciliábulos a la acción. Significativamente, los mayores logros de la oposición fueron los protagonizados por elementos individuales, actuando a veces casi en solitario.

A continuación conoceremos sucintamente la historia de la oposición al régimen nazi, en la que hay que enmarcar el golpe del 20 de julio. Una exposición más amplia de este movimiento tan heterogéneo rebasaría los límites de la presente obra; por sus propias características, la oposición antinazi fue un fenómeno enormemente complejo, con inabarcables ramificaciones, que incluso llegaban al círculo dirigente del propio sistema, como por ejemplo al jefe de los servicios de Inteligencia del Reich, el almirante Wilhelm Canaris.

DESDE EL PRIMER DÍA

Aunque la resistencia a la dictadura de Hitler se mostró más activa cuando el Ejército alemán empezó a cosechar los primeros fracasos, y especialmente tras el desastre militar sin precedentes sufrido en Stalingrado, la oposición a él y a su régimen había comenzado mucho antes del inicio de la contienda. Se puede afirmar que la resistencia contra el Tercer Reich era tan antigua como éste mismo.

Hitler accedió al poder el 30 de enero de 1933, cuando fue nombrado canciller por el presidente de la República, el mariscal Paul von Hindenburg. Pese a que Hitler, nada más tomar el mando del gobierno, creó los mecanismos para reprimir cualquier contestación, durante ese año pervivieron grupúsculos socialdemócratas y comunistas que intentaron socavar el nuevo régimen, pero la feroz represión lanzada sobre los sectores izquierdistas frenó cualquier posibilidad de acción en los años sucesivos. Así pues, la oposición activa contra Hitler estuvo, curiosamente, en manos de los círculos conservadores. Estos elementos contaban a su favor con que no levantaban sospechas inmediatas, como sí sucedía con los activistas de izquierdas, bien conocidos por la policía, por lo que gozaban de una mayor libertad de acción.

Los resistentes conservadores fueron involucrándose cada vez más en las acciones contra Hitler cuando fue evidente que llevaría a Alemania a la destrucción. Entonces muchos de los que en principio fueron sus partidarios pasaron a oponérsele activamente, favorecidos por el hecho de conocer perfectamente los entresijos del poder y, en algunos casos, el tener acceso directo a su persona. Por ejemplo, existía el Frente Negro, un círculo de nacionalsocialistas renegados y radicales, como Otto Strasser, que a ojos de Hitler era “peor que los judíos”. En la zona alemana en la que dominaban los evangélicos nació la Iglesia Confesional, que pretendía salvaguardar la libertad de la fe frente al totalitarismo del Estado. No obstante, su objetivo no fue, en principio, derribar por la fuerza al tirano.

Gracias a la brutal represión que puso en marcha desde el primer momento, Adolf Hitler logró desarticular todos los movimientos de oposición organizados, como el de la Capilla Roja, impulsado por los comunistas.

Ya en 1937, nació un primer núcleo resistente, organizado por Carl Goerdeler, que había sido alcalde de Leipzig y antiguo Comisario para los Precios. Goerdeler trató de obtener el apoyo de la vieja aristocracia y de la clase militar, que veían con gran recelo el ascenso de Hitler, al no considerarlo como uno de los suyos. Mientras Goerdeler lideró este movimiento de oposición, la doctrina tendía hacia la destitución de Hitler y poner freno de la expansión del Tercer Reich, aunque se mantenía viva la idea de una “gran Alemania”.

Conforme la resistencia crecía y se organizaba, aumentaban las relaciones de sus líderes con las otras potencias. Los ingleses, por ejemplo, disponían de buena información gracias al católico Josef Müller, quien se había puesto en contacto con Londres después de recibir el beneplácito del papa Pío XII. El embajador alemán en Roma, Ulrich von Hassel, que también formaba parte del grupo de opositores al régimen, era otro de estos informadores. De hecho, las diferentes Iglesias alemanas confiaron en la ayuda de los británicos para intentar provocar un cambio en la dirección de Alemania; el contacto a más alto nivel se produjo en Suecia entre el pastor Dietrich Bonhoffer y el obispo Bell de Chichester. Pero la decepción para el eclesiástico germano, y para la resistencia antinazi en su conjunto, fue enorme cuando el obispo inglés le transmitió la respuesta del ministro británico de Asuntos Exteriores, Anthony Eden, a su petición de ayuda: “Los alemanes deben arreglárselas solos”. Eso es lo que acabaron haciendo los alemanes.

MILITARES DESCONTENTOS

El Ejército sería el principal encargado de mantener viva la llama de la oposición. La vieja clase militar se fue incorporando poco a poco a la resistencia y ya había un nombre escogido para tomar las riendas de la nación en caso de que Hitler fuera derribado: el general Ludwig Beck, antiguo jefe de Estado Mayor, dimitido en 1938 por su falta de sintonía con la política expansiva de Hitler.

Pero también se consolidó una trama civil, el llamado Círculo de Kreisau, de orientación socialcatólica, que tenía como líder al conde Helmuth James von Moltke, descendiente del famoso general. El conde Von Moltke, experto en derecho internacional en el Mando Supremo de la Wehrmacht, puso a disposición de un nutrido grupo de disidentes su castillo familiar de Kreisau, en la Baja Silesia. Este grupo reunía a altos funcionarios, científicos, pedagogos, eclesiásticos e intelectuales.

Los miembros del Círculo de Kreisau no eran simples conjurados contra Hitler. Pretendían elaborar un criterio sobre una futura Alemania que sustituyese a la nazi, una vez que se hubiese perdido la guerra y desapareciese Hitler, dos factores que se daban ya por seguros. El programa de reformas elaborado por este grupo llevaba en su seno una clara influencia socialista. Algunos miembros de este círculo de discusión teórica pasarían finalmente al de los conspiradores activos, entre los que figuraría el coronel Von Stauffenberg.

Moltke estaba también relacionado con los militares al ser consejero legal del Servicio de Información del Ejército: el Abwehr. Sería precisamente el Abwehr un puntal de la resistencia antinazi, con nombres como el ya apuntado de Canaris y el de Oster, jefe de Estado Mayor del contraespionaje.

Efectivamente, la resistencia que estuvo más cerca de conseguir su objetivo, eliminar al dictador, sería la que anidaba en el Ejército. Desde su llegada al poder, Hitler había proporcionado a los militares un enorme potencial armamentístico. Además, les había concedido títulos, condecoraciones y favores de todo tipo en cantidades enormes. Pero Hitler y el Ejército se miraban con mutuo recelo. Los militares no podían dejar de ver en el Führer al soldado que no había pasado del grado de cabo durante la Primera Guerra Mundial. Y Hitler observó desde siempre con gran recelo a los oficiales de la Wehrmacht.

Los primeros éxitos de la agresiva política exterior de Hitler, refrendados por los grandes logros militares obtenidos durante la primera fase de la contienda, consiguieron que la mayor parte del Ejército mantuviera su fidelidad al Führer. Pero el fracaso de la guerra relámpago en Rusia en el otoño de 1941, y la consiguiente llegada de una campaña invernal para la que el Ejército germano no estaba preparado, comenzó a provocar las primeras disensiones serias en las altas esferas militares. El malestar entre los altos oficiales iría creciendo conforme avanzaba el conflicto; de él nacería el intento de atentado del 20 de julio de 1944.

LOS COMUNISTAS

Como se ha indicado, la fuerza de la resistencia antinazi procedía de los sectores más conservadores, puesto que los opositores izquierdistas, fácilmente identificables, padecían una brutal represión que les impedía organizarse de manera efectiva. No obstante, este panorama quedaría incompleto sin una referencia a las actividades de los comunistas que intentaron plantear algún tipo de dificultad al régimen de Hitler, como por ejemplo los encuadrados en la organización conocida despectivamente por la Gestapo como la Orquesta Roja, después de que descubriera su existencia en 1942.

La Orquesta Roja no era explícitamente una organización comunista. Estaba mayoritariamente integrada por artistas, escritores e idealistas de todo tipo, pero muchos de sus miembros no llegaron a enterarse de que el núcleo dirigente estaba formado en realidad por comunistas convencidos: el teniente de la Luftwaffe Harro Schulze-Boysen, sobrino segundo del almirante Von Tirpitz, y Arvid Harnack, del Ministerio de Economía del Reich, sobrino del historiador Adolf von Harnack.

La resistencia llevada a cabo por este grupo se concretó en un enorme caudal de información enviado a Moscú, ya que se mantenía en estrecho contacto con el servicio secreto soviético. Los comunistas no tenían los reparos éticos de otros miembros de la resistencia, sobre todo los militares, en cuanto que para aquéllos la alta traición en tiempos de guerra no equivalía a la traición a la propia patria. Para unos y otros el asesinato de Hitler estaba moralmente justificado, pues la muerte violenta del dictador parecía el único medio que quedaba para restablecer el estado de derecho.

Los círculos conservadores de resistencia al régimen apenas prestaron atención a los opositores comunistas. Éstos, por su parte, desconfiaban de la oposición conservadora porque temían que ésta llegase a establecer un régimen militar, pero aun así seguían con mucha atención sus maniobras para estar bien situados en caso de un bandazo político. De momento, la tarea de los comunistas era renovar la lucha de masas en las empresas, la distribución de propaganda marxista en ellas, la formación de células o el establecimiento de contactos con prisioneros de guerra rusos o civiles alemanes recluidos en campos de concentración.

Desde Alemania se tendían también hilos hasta el Comité Nacional Alemania Libre, que funcionaba en Moscú bajo el control de los soviéticos y que tenía como integrantes a oficiales germanos que habían sido capturados.

El balance de estos esfuerzos de los comunistas por levantar a las masas contra el nazismo sería desolador. La propaganda y el miedo ha rían que los trabajadores alemanes siguieran cumpliendo con sus horarios estajanovistas en la industria de guerra casi hasta el último día de la contienda. La ansiada rebelión del proletariado no sería más que una utopía; de hecho, Hitler siempre contempló a los obreros como unos aliados fieles, en contraposición a las clases altas, de las que siempre desconfió.

En suma, los movimientos organizados contra el régimen totalitario de Hitler, si nos atenemos a los resultados, obtuvieron un rotundo fracaso. Las estructuras del nazismo no temblaron en ningún momento, y sólo se desplomaron cuando las tropas aliadas ocuparon el territorio alemán.

De todos modos, ese fracaso global de la oposición no puede empañar la actitud heroica de los pocos que se enfrentaron a cara descubierta al régimen, de aquéllos que no se quedaron en las palabras y pasaron a la acción. Para concluir este capítulo, creo conveniente referir los dos casos más anecdóticos pero más representativos de esa resistencia personal a la barbarie nazi.

Sin contar con medios ni apoyos, algunos jóvenes rechazaron la uniformidad impuesta por ese sistema totalitario y decidieron enfrentarse a él, sin esperanzas de conseguir vencerle, pero con el convencimiento de que estaban haciendo lo correcto; unos fueron los llamados jóvenes del swing y otros los integrantes de la Rosa Blanca.

Hitler durante un desfile, en un acto del Día del Partido en 1935.

Desde el propio Partido Nacionalsocialista surgirían maniobras para apartarle del poder.

JÓVENES CONTRA HITLER

La oposición al nazismo no se daba sólo en el Ejército, las Iglesias o los movimientos obreros. Existía un pequeño pero voluntarioso sector de la juventud que lograba resistir la intensa labor de adoctrinamiento y manipulación que el régimen ejercía en las escuelas. Uno de estos grupos era el conocido como los jóvenes del swing (swingjugend, en alemán), que expresaban su contestación al régimen imitando la última moda inglesa y estadounidense.

Estos chicos swing, que lucían el pelo largo, acostumbraban a llevar abrigos exageradamente grandes, sombreros tipo bombín y un paraguas negro, aunque hiciera buen tiempo. La mayoría de ellos tenía entre catorce y dieciocho años, eran de clase media alta, aunque también los había procedentes de la clase trabajadora, y residían en Hamburgo y Berlín. Para esos muchachos, el mensaje de libertad de la música swing estadounidense les aportaba un poco de aire fresco para sobrellevar la monolítica e irrespirable atmósfera política y cultural de la Alemania nazi, negadora de cualquier atisbo de libertad individual.

Enamorados del baile, estaban al corriente de las últimas novedades del jazz que llegaban de Norteamérica. Esta música era su principal enseña, un género que era considerado ofensivo por la propaganda nacionalsocialista, al ser normalmente interpretado por músicos afroamericanos. El régimen pretendía degradarlo calificándolo de “música negra” y colocándole la etiqueta de “arte degenerado” (entartete Kunst). Pero eso importaba poco a los jóvenes rebeldes, que solían organizar conciertos de jazz, concursos de baile y fiestas en las que sonaban discos recién llegados del otro lado del Atlántico. La libertad que se respiraba en esas reuniones despertaba los recelos de los nazis; éstos enviaban a miembros de las Juventudes Hitlerianas de incógnito, en cuyos informes aparecían referencias a la “depravación moral” que se daba en ellas.

Los swingjugend no aspiraban a convertirse en opositores al régimen. En ocasiones, la rebeldía tomaba la forma de parodia del saludo nazi -Heil Hitler!-, transformándolo en un festivo Swing Heil!, así como la utilización de una jerga cargada de términos en inglés, en unos momentos de exaltación del nacionalismo germano. Las características de este grupo tenían más que ver con un movimiento contracultural que con uno político, pero la confrontación con el nazismo sería inevitable.

Cartel anunciador de la exposición “Música degenerada” (Entartete Musik), celebrada en 1938.

Para los nazis, el jazz y el swing eran contrarios al espíritu alemán.

Algunos jóvenes inconformistas se hicieron entusiastas de esta música como respuesta a la opresión del régimen.

De todos modos, el régimen intentó ganarse a esos jóvenes descontentos promoviendo un jazz germanizado, menos trepidante que el norteamericano, y que debía ser interpretado bajo una estricta regulación. Esa vía de escape tuvo un cierto éxito; en 1940, un concierto de jazz alemán en Hamburgo atrajo a medio millar de jóvenes. Pero el jazz domesticado no sirvió para domar a los swingjugend.

Hitler advirtió la potencial peligrosidad de esa muestra de rebeldía juvenil, que podía transformarse en cualquier momento en un movimiento de rebeldía política. El aparato represivo nazi cayó sobre ellos, lo que les obligó a desarrollar sus actividades en la clandestinidad. El 18 de abril de 1941, unos trescientos swingjugend fueron arrestados por la Gestapo. Los castigos oscilaron entre un corte de pelo al cero, el envío a una escuela controlada o, en el caso de los líderes, el internamiento en un campo de concentración. Paradójicamente, el incremento de la presión policial, así como el cansancio con el orden y la disciplina que imponían las Juventudes Hitlerianas, generó nuevos movimientos contestatarios, integrados sobre todo por muchachos procedentes de las clases bajas, como los Piratas Edelweiss (Edelweisspiraten), aunque la dinámica de estos grupos podía asimilarse al de las bandas juveniles.

La represión también provocó que algunos chicos del swing tomasen conciencia política, llegando a repartir propaganda antinazi. Heinrich Himmler decidió acabar de raíz con el movimiento, por lo que en enero de 1942 impartió órdenes precisas para el arresto y el envío a campos de concentración de todos sus miembros. En una carta dirigida al jefe de la Seguridad del Estado, Reinhard Heydrich, Himmler lamentaba que hasta ese momento sólo se hubieran tomado medias medidas y que era necesario que el movimiento fuera exterminado radicalmente, estableciendo para ello que sus líderes fueran internados durante dos o tres años en régimen de trabajos forzados. Según Himmler decía en la misiva, “sólo mediante la brutalidad seremos capaces de impedir la peligrosa extensión de las tendencias anglófilas, en estos tiempos en los que Alemania lucha por su supervivencia”.

A partir de esa orden de Himmler, la Gestapo llevó a cabo redadas en los locales en los que se reunían los swingjugend, procediendo a la detención de sus miembros enviándolos a los campos de concentración. Los nazis consiguieron su propósito de fulminar ese movimiento opositor, pero el ejemplo de esos rebeldes quedaría como la prueba palpable de que no toda la juventud alemana siguió a Hitler, tal como el Tercer Reich pretendía hacer ver.

Aunque los swingjugend no habían llegado a involucrarse formalmente en la oposición política al régimen, habían existido contactos en Hamburgo con un movimiento juvenil de resistencia que sí estaba dispuesto a luchar contra el nazismo: la Rosa Blanca.

LA ROSA BLANCA

Cinco estudiantes de la Universidad de Munich, Hans Scholl y su hermana Sophie, Christoph Probst, Alexander Schmorell y Willi Graf, a los que se les unió un profesor, Kurt Huber, decidieron unirse para combatir, en la medida de sus escasas posibilidades, el sistema totalitario en el que se veían obligados a vivir. El impulsor del grupo era Hans Scholl; un estudiante de medicina desengañado con el nazismo. Él, al igual que todos los muchachos de su edad, había formado parte de las Juventudes Hitlerianas. Allí descubrió el sentido de la camaradería, la emoción de las marchas entonando cantos marciales o la aventura de las excursiones, pero conforme fue creciendo fue comprendiendo la gran mentira en la que se basaba todo ese adoctrinamiento. Ya en la Universidad, un día recibió una carta anónima en su buzón que contenía un sermón del obispo Galen, quien había condenado públicamente el asesinato sistemático de enfermos mentales. Hans, animado al ver que otros compartían sus ideas, decidió buscar a otros compañeros de estudios que pensasen como él. El fruto de esos encuentros sería la formación de un grupo que sería bautizado como la Rosa Blanca (Weisse Rose), un nombre que quería evocar el concepto de pureza.

Los integrantes masculinos de este grupo conocían la vida en el frente, al haber estado en Francia y en Rusia destinados en los cuerpos sanitarios. No era necesario que nadie les explicase el drama que suponía la continuación de la contienda. Habían sido testigos de las atrocidades nazis contra la población civil rusa y lo eran también de la persecución lanzada contra los judíos, tanto en Alemania como en los países que estaban bajo su dominio. A ellos se uniría más tarde la hermana de Hans, Sophie.

Las líneas ideológicas de la Rosa Blanca eran los principios cristianos y el rechazo al militarismo prusiano. Su ideal era una Europa federada, unida por la libertad, la tolerancia y la justicia. En sus escritos citaban, además de la Biblia, a pensadores como Lao Tse y Aristóteles, y a escritores alemanes como Goethe y Schiller.

En una primera fase, a principios de 1942, las actividades de la Rosa Blanca fueron muy limitadas, reduciéndose al reparto de octavillas mediante envíos masivos por correo en diferentes ciudades de Baviera y Austria, al considerar que el sur de Alemania sería más receptivo a su mensaje antimilitarista. En la segunda mitad del año estas actividades cesaron, puesto que los estudiantes de medicina tenían que pasar sus vacaciones semestrales en distintos puntos del frente oriental. Pero la noticia de la capitulación alemana en Stalingrado el 2 de febrero de 1943 fue la espoleta que puso en acción el grupo, ya reunido de nuevo tras ese paréntesis, al comprender que tarde o temprano toda Alemania sería víctima de un desastre similar al que la Wehrmacht había sufrido a orillas del Volga.

Hans Scholl, uno de los jóvenes líderes de la Rosa Blanca, hermano de Sophie.

La primera acción, casi suicida, fue realizar pintadas antinazis en las calles de Munich. Una mañana, las paredes de la Ludwigstrasse amanecieron mostrando, hasta setenta veces, la consigna “Abajo Hitler”. La Gestapo inició sus pesquisas y, pese a que no consiguió descubrir quién estaba detrás, comenzó a sospechar que el núcleo resistente podía proceder de la Universidad.

Los integrantes de la Rosa Blanca celebraron el éxito de su acción. Animados por éste, decidieron dar otro sonoro golpe, como era llevar a cabo un reparto masivo de octavillas en la Universidad. En ellas se hacía referencia a la reciente tragedia de Stalingrado, cuyos dramáticos detalles habían dejado a la población alemana en estado de shock:

“Trescientos treinta mil alemanes han sido condenados a muerte y a la perdición por la genial estrategia, irresponsable y sin sentido, del cabo de la Primera Guerra Mundial. Führer, te damos las gracias”.

Más abajo podía leerse: “El día del ajuste de cuentas ha llegado. ¡Libertad y honor! Durante diez años, Hitler y sus camaradas han exprimido, estrangulado y falseado las dos grandiosas palabras alemanas como sólo pueden hacer los advenedizos que arrojan a los cerdos los más sacrosantos valores de una nación.” El 18 de febrero de 1943, el ministro de Propaganda del Reich, Joseph Goebbels, proclamaría la guerra total ante un auditorio enfervorizado, con el objetivo de superar el trauma provocado por el revés sufrido en Stalingrado. Pero ese mismo día, en la Universidad de Munich tendría lugar el gran acto de resistencia de la Rosa Blanca. Aprovechando el momento en el que no había nadie en los pasillos, al encontrarse todos los alumnos y profesores en clase, Hans y Sophie Scholl comenzaron a colocar montones de octavillas en el suelo y sobre las balaustradas. Con la mayoría de los folletos ya repartidos por todo el recinto, Sophie decidió subir las escaleras hasta el piso superior del hall central y lanzar los últimos en forma de lluvia sobre los estudiantes, que en ese momento salían de clase.

Pero en el momento el que Sophie realizaba su arriesgada acción fue vista por un conserje, miembro del partido Nazi, que ordenó cerrar de inmediato todas las puertas y ventanas. La policía secreta del Estado, alertada por una llamada telefónica del conserje, acudió rápidamente y arrestó a los dos hermanos. Seguidamente se produjo una amplia redada, en la que caerían los otros miembros del grupo, así como otras personas que habían colaborado en distinto grado con ellos.

Los hermanos Hans y Sophie Scholl, junto a Christoph Probst, comparecieron ante el tribunal cuatro días más tarde, tras ser sometidos a severos interrogatorios. En ellos, los acusados intentaron minimizar el alcance de su conspiración, para proteger a los otros miembros. Insistieron en que actuaban solos, sin la ayuda de cómplices. Durante el juicio, presidido por Roland Freiser, el Juez Supremo del Tribunal del Pueblo de Alemania, se limitaron a reconocerse autores de los hechos de que se les imputaban. Sophie declaró: “Lo que dijimos y escribimos lo comparten otros muchos. Lo que ocurre es que no se atreven a confesarlo”.

Sophie Scholl, en una imagen tomada durante el juicio al que fue sometida, en el que fue condenada a muerte.

Los tres fueron declarados culpables y condenados a ser ejecutados en la guillotina, una pena que se cumplió ese mismo día. Los otros miembros del grupo también serían juzgados, condenados y decapitados cinco meses después. Todos aquellos de los que se sospechaba alguna relación con el grupo fueron sentenciados a penas de prisión entre seis meses y diez años, incluidos los que habían organizado una colecta para la viuda e hijos pequeños de Probst.

Tras la caída del Tercer Reich, la Rosa Blanca se convirtió súbitamente en un símbolo de la resistencia a la tiranía nazi. Por ejemplo, el compositor Carl Orff aprovechó este repentino reconocimiento para alejar de él cualquier sospecha de colaboración con el régimen; declaró a sus interrogadores aliados que fue un miembro fundador de la Rosa Blanca, siendo por ello liberado, aunque lo único que le unía al grupo era que conocía personalmente al profesor Huber.

La Rosa Blanca fracasó en su voluntarioso intento de minar la dictadura nazi, pero su ejemplo serviría a las generaciones posteriores como testimonio de que, aun bajo las más temibles amenazas y con los medios más limitados, es posible poner en evidencia la fragilidad intrínseca a todo sistema totalitario [2]. Mientras que la mayoría de jóvenes alemanes se mostraron inconscientes, indiferentes o incluso entusiastas hacia el nazismo, los hermanos Scholl y sus compañeros habían adoptado un rechazo frontal hacia el régimen que aplastaba su libertad. La brutal represión de que fueron objeto no hizo más que inmortalizar la llama que entonces encendieron.

Monumento a la Rosa Blanca, en la Universidad de Munich.

La Rosa Blanca se limitó a oponerse de manera simbólica a la dictadura. Su resistencia podría calificarse de pacífica, pero hubo otros que no confiaban en que ese tipo de actuaciones fueran a derribar el régimen de terror impuesto por Hitler. Como veremos a continuación, esos otros alemanes estaban convencidos de que sólo con la muerte del dictador se podía acabar con la pesadilla nazi.


  1. <a l:href="#_ftnref2">[2]</a> La plaza en la que se encuentra el hall central de la Universidad de Munich, en donde fueron arrojadas las últimas octavillas, fue rebautizada después de la guerra como “Geschwister-Scholl-Platz” (Plaza de los Hermanos Scholl), en recuerdo de Hans y Sophie Scholl, y la plaza contigua recibió el nombre de “Professor-Huber-Platz”, como homenaje al profesor Huber. Hoy día pueden encontrarse por toda la geografía alemana colegios, calles y lugares que llevan el nombre de los miembros de la Rosa Blanca.