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El complot del 20 de julio de 1944 no puede entenderse sin conocer a fondo la personalidad de su máximo impulsor, Claus von Stauffenberg, la auténtica figura clave de este episodio histórico.
El descontento contra Hitler en el seno del Ejército necesitaba de un potente reactivo para manifestarse y él, Von Stauffenberg, sería ese elemento imprescindible para que la mecha de la conspiración prendiese. Eran muchos los que participaban de la necesidad de dar ese vigoroso golpe de timón al destino de Alemania, pero nadie se atrevía a tomar sobre sus hombros esa responsabilidad. El conde Von Stauffenberg se ofrecería a asumir ese papel.
¿Qué llevó a ese aristócrata a poner en riesgo su vida y el porvenir de su familia para intentar derrocar al régimen nazi? Con el fin de encontrar la respuesta a esta cuestión es necesario conocer su biografía, pues ella es la que proporciona las claves para comprender su comportamiento en esos momentos trascendentales para la historia de Alemania.
Claus Philipp Maria Schenk, conde de Stauffenberg, nació el 15 de noviembre de 1907 en la población bávara de Jettingen. Era el tercer hijo del conde Alfred Schenk von Stauffenberg. Sus hermanos Berthold y Alexander, mellizos, habían nacido dos años antes que él. Claus tuvo también un hermano mellizo, Konrad, pero falleció al nacer.
Su familia procedía de la primitiva nobleza suava. La ascendencia de ese tronco familiar, sin interrupción alguna, comienza en 1382, con Hans Schenk von Stoffenberg (sic). Pero sus orígenes podrían remontarse incluso más atrás, hasta 1262, cuando por primera vez quedó constancia documental del apellido, con Hugo von Stophenberg. El castillo que dio el nombre de Stauffenberg, hoy en ruinas, se encuentra en los alrededores de Hechingen.
Su bisabuelo, el barón Ludwig von Stauffenberg, poseía el título hereditario de consejero de la corona de Baviera. Fue elevado a la categoría de conde en 1874 por el rey Luis II. Según la leyenda familiar, al cumplir el barón setenta años se hizo acreedor de una gracia real; expresó al canciller que aceptaría con gusto cualquier recompensa excepto un título nobiliario. Al parecer, Ludwig se había hecho antipático al monarca por su tenacidad, así que el rey vio la oportunidad de concederle una gracia que le disgustase, por lo que le concedió el nombramiento de conde.
El padre de Claus von Stauffenberg, Alfred, desempeñó durante años un alto puesto estatal, mayordomo mayor del rey de Württemberg, hasta que este cargo fue suprimido tras la caída de la monarquía en 1918. Alfred Schenk von Stauffenberg era un católico convencido, de pensamiento conservador, dotado para las formas estrictas de representación y el ceremonial de la corte.
Pero no hay que tener una imagen presuntuosa de su progenitor, ya que también se desenvolvía a la perfección en las cuestiones más prácticas, como podía ser la reparación de una conducción eléctrica, el tapizado de un mueble o el cuidado de un huerto. Un amigo de la familia, Theodor Pfizer lo recordaba “arrancando la maleza de los caminos, injertando árboles frutales o recogiendo alcachofas”. Esa mezcla entre tradición, dominio de las formas y, a la vez, una actitud eminentemente práctica, pasaría a formar parte de los genes de Claus.
La familia Stauffenberg en 1923. Arriba, el padre, Alfred, y al lado su mujer Caroline. Abajo, de izquierda a derecha: Claus, Berthold y Alexander.
El hecho de que su padre no fuera un aristócrata al uso tuvo quizás su expresión filial en que Stauffenberg mostrara a lo largo de toda su corta vida un carácter indómito. Uno de sus comandantes de división diría de él que el corte de pelo, el arreglo personal y el modo de llevar el uniforme le importaban bien poco. Sus compañeros coincidirían en que prestaba poca atención al aspecto externo. Sin duda, Stauffenberg no pretendía verse reconocido como aristócrata, sino como uno más.
La nobleza también le llegaba a Stauffenberg por vía materna. Su madre era la condesa Caroline Üxküll, bisnieta del mítico general prusiano August Gneisenau (1760-1831). Ella era la antítesis de su padre, pues no compartía con su esposo esa habilidad para afrontar las cosas prácticas de la vida. Podríamos decir que su madre reunía los tópicos que se les suponen a los aristócratas. Criticaba a su marido y a sus hijos que hablasen entre ellos atropelladamente, mediante expresiones sonoras y breves, en lugar de conversar correctamente. Sentía un gran interés por la música y la literatura; era capaz de recitar de memoria largos pasajes de Goethe y Shakespeare.
El rancio origen aristocrático de Stauffenberg no es sólo una necesaria nota biográfica, sino que es un hecho clave para comprender la naturaleza del complot impulsado por él, y su posterior represión. Hay que tener presente que la relación entre los nacionalsocialistas y la nobleza era extraordinariamente tensa. Los aristócratas sentían una mezcla de prevención y desprecio por los nazis; las diferencias de clase eran abrumadoras, puesto que buena parte de los cuadros nacionalsocialistas estaban formados por personas procedentes de sectores obreros o de clase media. El observar cómo gentes con escasa cultura y desconocedores de las buenas maneras accedían a puestos de dirección política que durante siglos habían estado reservados para ellos, produjo sarpullidos en la aristocracia.
A su vez, los nazis estaban convencidos de que no lograrían moldear a su antojo la mentalidad de los nobles, pues ésta estaba ligada a la tradición, al contrario que las masas obreras, a las que era más fácil inculcar nuevos principios. Sabían que nunca se ganarían a los aristócratas para su causa. De hecho, al principio de la guerra, Himmler y Goebbels habían dado a entender que después de la contienda se llevaría a cabo una ejecución en masa de los nobles alemanes en el Lustgarden de Berlín. El propio Himmler confesó en una ocasión a su masajista su convencimiento de que “los príncipes no son mejores que los judíos”. Un informe en poder de Martin Bormann, el secretario de Hitler, fechado el 22 de julio de 1944, dos días después del atentado, calificaba a la nobleza de “sarna y epidemia intelectual de la nación”.
Con este caldo de cultivo, es más fácil entender la oposición decidida del conde Stauffenberg al régimen nazi, así como la reacción desmedida del aparato represor nazi al conocer la presencia de un aristócrata en el puente de mando del complot.
Claus pasó los primeros años de su vida en Stuttgart, asistiendo al Liceo Eberhard-Ludwig, que contaba con una larga tradición pedagógica. El ideario de esta escuela se basaba en el espíritu humanista, que caló en el joven Stauffenberg, despertando su interés por los clásicos. En sus tiempos de soldado leería textos antiguos en la lengua original, lo que sorprendía a sus compañeros.
Hasta finalizar sus estudios de bachiller, Claus manifestó su intención de ser arquitecto -curiosamente la misma vocación de Hitler, el hombre al que intentaría matar años después-, y llegó a pensar en ser músico. Claus tocaba el violoncello y daba conciertos para la familia junto a sus hermanos, e incluso llegó a actuar fuera del círculo familiar. Pero un día llegó a la conclusión de que nunca destacaría en ese campo, por lo que renunció para siempre a interpretar música.
El derrocamiento de la monarquía al final de la Primera Guerra Mundial supuso un terremoto para la familia. Tuvieron que trasladar su vivienda en la segunda planta del palacio de los condes y duques de Württemberg a una casa más modesta en la ciudad. Los padres observaron con preocupación el desplome casi instantáneo de las barreras sociales en la posguerra y la influencia de las nuevas ideas en sus hijos.
Stauffenberg se sentía perteneciente a una élite, pero ni él ni sus hermanos aspirarían a un reconocimiento social por el mero hecho de su origen noble, tal como intentaban transmitirles sus padres, sino que más bien lo considerarían un estímulo para asumir responsabilidades.
Pese a que Claus enfermaba con cierta frecuencia, no dudó en adherirse a grupos juveniles junto a su hermano Berthold, para realizar excursiones y participar en trabajos voluntarios. Su padre no veía con buenos ojos estas actividades, ni tampoco contempló con entusiasmo la relación de sus hijos con el poeta Stefan George. Berthold y Claus, y poco después también Alexander, fueron admitidos en el círculo de amistades del poeta. George tendría una influencia determinante en Stauffenberg, y éste lograría transmitir el entusiasmo por su poesía al resto de conjurados.
George no sólo enseñaba poesía, sino que intentaba trasladar a sus pupilos el deseo de impulsar la capa espiritual de Alemania por encima de la dispersión espiritual, moral, política y artística que podía percibirse entonces claramente en la sociedad germana. El poeta odiaba el pensamiento burgués, los convencionalismos, la religión impostada o el falso patriotismo, y a cambio ofrecía la vinculación a unos nuevos y más auténticos valores. La conciencia nacional de George no tenía nada que ver con las ideas racistas de los nazis y su nacionalismo vulgar. La ética del poeta era una ética de la acción, una necesidad de la vida, en la que cada uno debía entregarse a su deber. Este mensaje halló en Stauffenberg terreno abonado para germinar. Los planteamientos de Stefan George tendrían una importancia decisiva a la hora de conformar los cimientos ideológicos del complot del 20 de julio.
El escultor Frank Mehnert realizó este busto de Claus von Stauffenberg en 1929.
De los tres hermanos, Berthold era el más brillante intelectualmente; estudió Derecho y llegaría a ser una figura jurídica relevante en la Marina alemana. Alexander estudió también Derecho, pero finalmente se decidió por la Historia.
En marzo de 1926, Stauffenberg terminó el bachillerato. Sus notas fueron brillantes, pese a que, al haber padecido varias enfermedades, había tenido que quedarse en casa durante largos períodos, recibiendo clases particulares. Las mejores notas las alcanzó en matemáticas, historia y francés. La peor calificación, un “suficiente”, correspondió a la asignatura de latín.
Como se ha apuntado, durante su adolescencia, Stauffenberg había expresado su deseo de ser arquitecto, incluso poco antes de acabar sus estudios de bachillerato; sin embargo, de forma sorprendente, decidió hacerse oficial. Se desconoce la motivación que le llevó a este cambio brusco. Se ha hablado de la posibilidad de que fuera Stefan George el que le hiciera variar en sus intenciones iniciales; la vida militar era vista en la Alemania de ese momento como un camino para intervenir, de un modo u otro, en el rumbo de la historia de la nación, y quizás Stauffenberg se vio impelido a tomar esa responsabilidad.
Stauffenberg entró como cadete en 1926 en el Regimiento 17º de Caballería en Bamberg, una unidad que estaba ligada por tradición a su familia. Tras pasarse un año realizando los trabajos más simples, como marcaba el reglamento de la formación de los oficiales, al año siguiente fue enviado a la escuela de infantería de Dresde.
Tras esa temporada, marchó a la escuela de caballería de Hannover. De su estancia en esta escuela ya contamos con testimonios sobre su personalidad. Gozaba de gran confianza de sus jefes y de inmediato se hizo popular entre sus compañeros, que le escogieron delegado de la clase. Demostró una habilidad innata para interceder en los conflictos que se producían.
Destacaba también Stauffenberg por la armonía de sus rasgos, lo que le valió servir de modelo para un busto esculpido por el joven escultor Frank Mehnert, una obra que su futura esposa se encargaría de conservar. En ese busto pueden apreciarse las características descritas por otro escultor, Ludwig Thormaelen, integrante del círculo de poeta Stefan George: “Una de las cosas que llamaba la atención en Stauffenberg eran los ojos; permitían reconocer su firmeza y nobleza de espíritu, su viveza y bondad. Eran azul oscuro metálico. El óvalo de la cara era ancho sin ser redondo. Sus acusadas mandíbulas, junto a la barbilla saliente, le daban aire de firmeza, mientras que la ancha frente atestiguaba su serenidad y reflexión, su gran capacidad de observación, su fuerte voluntad y decisión. Tenía una nariz muy bien formada y una boca firme. Tan sólo las mejillas podían parecer sensibles. Posteriormente adquirieron el signo de la dureza de la vida del soldado. El pelo, oscuro, brillante y ligeramente ondulado, lo llevaba hacia un lado”.
Su único punto débil era la salud, que aún arrastraba las consecuencias de sus dolencias infantiles, pero su fuerza de voluntad le ayudó a superarse en el plano físico, llegando a alcanzar resultados brillantes en la práctica deportiva. Al acabar ese período de instrucción, regresó a su regimiento de Bamberg, donde fue ascendido a lugarteniente.
El año 1933 sería catastrófico para el destino de Alemania, puesto que vio a Hitler encaramarse al poder, al ser nombrado canciller el 30 de enero, pero para Stauffenberg sería un año extraordinario; el 1 de mayo recibió su nombramiento de teniente primero y el 26 de septiembre se casó con la baronesa Nina von Lerchenfeld. Nina había nacido en Kaunas -entonces en Rusia y hoy en Lituania-, el 27 de agosto de 1913. Conoció a Claus cuando ella tenía 16 años. Como la familia de Claus, la de ella también pertenecía a la nobleza originaria de Baviera.
Stauffenberg y la baronesa Nina von Lerchenfeld se casaron el 26 de septiembre de 1933.
Tras su ascenso, Stauffenberg marchó por segunda vez a la escuela de caballería de Hannover. Allí se manifestó definitivamente su inclinación por la hípica. Junto a su suegro compró un bello ejemplar, Jagd, que le facilitó conseguir el supremo grado de doma de caballos. En 1935 consiguió el grado obligatorio en sus estudios, en cuyos ejercicios de equitación lograría superar a varios de los posteriores vencedores en los Juegos Olímpicos de 1936.
Además de por la hípica, Stauffenberg mostró un interés especial por el dominio del idioma inglés, buscando especializarse como intérprete militar. Pero sus intereses no se centraban solamente en aquello que hacía referencia al ámbito de su profesión; estudiaba también historia, literatura, arte, filosofía, política, y asistía con frecuencia a conferencias y conciertos, además de mantener un amplio círculo de amistades.
En cuanto a sus posiciones políticas en esa época, todo son suposiciones. Se ha especulado con que pudo participar en una manifestación callejera de apoyo a Hitler cuando éste alcanzó el poder, pero las investigaciones de los historiadores no han podido concederle a ese extremo ninguna veracidad. Los testimonios más creíbles apuntan, eso sí, a que Stauffenberg aceptó de buen grado el nacionalsocialismo. Seguramente compartió el sentimiento del resto de oficiales, que su jefe de escuadrón, Hanz Walzer, describió así: “Quedamos sorprendidos por el nombramiento de Hitler como canciller del Reich, y no puede hablarse en absoluto de entusiasmo. Pero esperábamos que terminara con eso la disputa entre partidos y se diera paso a una política recta y estable bajo la influencia del noble mariscal y presidente del Reich (Paul von Hindenburg)”.
Pero disponemos de un testimonio, el del profesor Rudolf Fahrner, que concreta la actitud de Stauffenberg ante la toma del poder por Hitler: “Toda información despreciativa sobre Hitler era recibida escépticamente por Claus von Stauffenberg, que tenía gran interés en conseguir un juicio objetivo. Stauffenberg comprendía que Hitler, pese a todas las bajezas de su carácter, también tenía cualidades excepcionales para una renovación y para conseguir una influencia indirecta sobre hombres de ideales y altos fines”.
De aquí se desprende que en 1933 el joven Stauffenberg albergara esperanzas de que el liderazgo de Hitler fuera positivo para la nación alemana. Pero la llamada “Noche de los cuchillos largos”, por la que las SA de Ernst Röhm fueron decapitadas por orden de Hitler en un sangriento ajuste de cuentas entre los propios nazis, supuso seguramente un aldabonazo en la conciencia de Stauffenberg. Existen testimonios que aseguran que poco después de esos hechos ya comenzó a discutir la posibilidad de una eliminación violenta del régimen nazi. Su jefe de escuadrón afirmaría que Stauffenberg, durante una conversación, se mostró partidario de que esa eliminación se desarrollase “desde arriba, pues una revolución desde abajo, que partiera del pueblo, no podría preverse dada la influencia y los medios de poder del partido”.
Sería muy arriesgado situar en esa charla el origen de la acción que llevaría a cabo diez años más tarde. Otras conversaciones posteriores de Stauffenberg denotarían que su confianza en el nacionalsocialismo no se había borrado de repente. Un compañero de academia aseguraría que a finales de 1936 Stauffenberg “no rechazaba el nuevo espíritu”, y el profesor Fahrner afirmaría que “veía en Hitler el tipo del moderno dirigente de masas, con un asombroso poder de resonancia, que tomaba las ideas que la época le brindaba y era capaz de simplificarlas y convertirlas en eficaces políticamente y, por consiguiente, lograba entusiasmar, provocando entrega y sacrificio”.
Es difícil extraer conclusiones de estos testimonios, puesto que no hay que olvidar que fueron posteriores a la Segunda Guerra Mundial y que, por tanto, estuvieron influidos por el conocimiento de la posterior evolución del personaje, pero podría aventurarse que Stauffenberg se debatía en esa época entre apoyar o no a un régimen que proporcionaba estabilidad, en comparación con la agitada vida política y social de la República de Weimar, pero cuyos valores no correspondían a los suyos propios. Por un lado, debía sentirse disgustado porque el poder estuviera en manos de unos dirigentes que, en ocasiones hacían gala de su incultura, pero por otro debía simpatizar con el movimiento nacional proclamado por ellos.
En septiembre de 1936, Stauffenberg viajó dos semanas a Inglaterra, gracias a sus excelentes calificaciones como intérprete. Allí visitó la célebre escuela militar de Sandhurst, en donde pudo mantener una discusión con los cadetes que estudiaban alemán. En octubre de ese año, fue enviado a la Academia de la Guerra, para prepararse a entrar en el Estado Mayor. En enero de 1937 recibió su ascenso a capitán de caballería.
En la Academia de la Guerra conocería a otro oficial que también participaría en el complot del 20 de julio, Albrecht Ritter Mertz von Quirnheim, al que el conde llamaba Ali, que estaría junto a él en los momentos más comprometidos del golpe de Estado.
Stauffenberg destacó a todos los niveles, pero sobre todo por su tratamiento científico de los problemas militares. Fruto de ello fue un trabajo teórico que regiría como obra básica durante la guerra: “La defensa contra las unidades paracaidistas” [3].
Además de este trabajo escrito sobre tropas aerotransportadas, impartió conferencias sobre el mismo tema, y confeccionó otro sobre el papel de la caballería. Sin embargo, este segundo trabajo no tendría el éxito del primero; sus planteamientos eran demasiado avanzados para esa época, pues consideraba a la caballería como un arma anacrónica, que debía ceder ante el empuje de los carros de combate. Durante su estancia en la Academia de la Guerra mostró interés complementario por la geopolítica y la economía, así como por la historia de Inglaterra y de Estados Unidos.
En el verano de 1938, después de terminar sus estudios en la Academia de la Guerra, fue trasladado a la 1ª División, en Wuppertal, en donde se pondría a las órdenes del teniente general Hoepner, que también tendría un papel destacado en la conjura del 20 de julio. Allí obtuvo el cargo de oficial segundo del Estado Mayor, cuya misión era organizar el aprovisionamiento de las tropas. Desde que ocupó ese puesto, Stauffenberg dio muestras de su particular manera de trabajar; la puerta de su sala de trabajo estaba siempre abierta y todos podían entrar en ella sin anunciarse. Aunque estuviera muy ocupado, Stauffenberg siempre tenía un momento para atender a todo aquél que acudiera a él para pedir consejo o discutir cualquier asunto.
Aparentemente, su método de trabajo era caótico, puesto que su mesa estaba siempre ocupada por montañas de documentos, caminaba por el despacho con un cigarrillo en la mano mientras dictaba una carta o mantenía una conversación, y era interrumpido continuamente por las visitas o las llamadas telefónicas. Pero después de esas pausas reemprendía el trabajo en el mismo punto en el que lo había dejado, y llevaba un control escrupuloso de todo lo que hacía, pues siempre estaba tomando anotaciones.
La presión inherente a las complejas tareas con las que debía lidiar a diario no hacía ninguna mella en él. Un ordenanza aseguró después que Stauffenberg “nunca se dejaba arrastrar por el malhumor, sino que siempre mantenía un tono cordial y afectuoso”.
Stauffenberg, retratado como oficial del 17º Regimiento de Caballería de Bamberg, en 1934.
La entrada en acción de Stauffenberg tuvo lugar en octubre de 1938, cuando las tropas alemanas penetraron en la región checoslovaca de los Sudetes, tras los acuerdos del Pacto de Munich. Su unidad fue recibida con euforia en las ciudades de población alemana, pero con frialdad en las que predominaba la población checa. Stauffenberg estaba encargado del avituallamiento de las tropas y del aprovisionamiento de la población. Este segundo objetivo no era nada fácil, puesto que la región, al quedar desgajada del resto de Checoslovaquia, debía comenzar a recibir inmediatamente los productos básicos desde Alemania, sin una fase de transición.
Stauffenberg se dedicó con gran energía a esta misión, plagada de dificultades. Por ejemplo, de repente a los panaderos les faltó levadura para amasar el pan, o los bares se quedaron sin cerveza. Stauffenberg tuvo que movilizar infinidad de recursos para lograr que la población bajo el control de su unidad no padeciese escasez de artículos de primera necesidad.
Al llegar la Navidad, Stauffenberg, en un encomiable gesto de generosidad, renunció al permiso especial al que tenía derecho para que un compañero pudiera visitar a su familia. Otro gesto que también sirve para trazar su personalidad fue su indignación por el comportamiento de algunos soldados alemanes, que se aprovecharon de la necesidad de la población de los Sudetes de adquirir marcos, para comprarles así sus mercancías a bajo precio. Stauffenberg dispuso de inmediato que se prohibieran esas compras abusivas y que se devolviera lo comprado de forma tan oportunista. Stauffenberg siguió destinado en los Sudetes hasta que estalló la guerra.
Con el objetivo de la invasión de Polonia, su división pasó a formar parte del grupo de ejércitos del Sur, bajo las órdenes del general Gerd von Rundstedt. Ese ejército constituía el lado sur de la tenaza que se cerraría sobre Polonia. La unidad de Stauffenberg no tuvo dificultades para avanzar por las llanuras polacas, pero cuando conoció la entrada en la contienda de Francia e Inglaterra hizo la siguiente observación: “Si queremos ganar esta guerra, se trata de una cuestión de poder mantenerla, y entonces esa guerra, con toda seguridad, durará sus buenos diez años”.
Claus y su mujer, Nina.
Stauffenberg se equivocaba en el pronóstico sobre la duración de la contienda. Pero su concepto de la guerra que acababa de estallar estaba más cercano a la realidad de los que creían, Hitler entre ellos, que ésta se resolvería favorablemente para Alemania tras una rápida y demoledora blitzkrieg (guerra relámpago), ante la que las potencias occidentales permanecerían como simples espectadores, sin atreverse a actuar.
Polonia fue conquistada en menos de un mes, pero Stauffenberg no se relajó. Advirtió que la campaña polaca recién concluida podía ser utilizada como un banco de pruebas idóneo para extraer consecuencias de cara a nuevas y ambiciosas campañas. Así pues, decidió confeccionar una encuesta, comenzando por el comandante y acabando por el último soldado, para conocer las posibles mejoras de armas, equipo, camiones, víveres, cuidado de los heridos, etc. El cuestionario fue elaborado por él mismo y luego se encargó de recoger las conclusiones en un extenso informe.
Otro episodio significativo para conocer su carácter se produjo en febrero de 1940, cuando el puesto de primer oficial del Estado Mayor en su división quedó vacante. Todos estaban convencidos de que Stauffenberg iba a ocuparlo, pero finalmente fue otro el escogido. El nuevo oficial tuvo que enfrentarse a la hostilidad de los demás, que consideraban una injusticia que Stauffenberg no hubiera sido ascendido, pero el propio Stauffenberg se encargó de facilitar su trabajo, favoreciendo su integración en el grupo. Aunque es seguro que ese fracaso personal le doliese, Stauffenberg siguió manteniendo la misma camaradería que antes y dedicándose a su labor como segundo oficial con el mayor esfuerzo.
En la campaña de Francia, iniciada el 10 de mayo de 1940, la 6ª División Blindada, en la que estaba encuadrado Stauffenberg, fue incorporada a la ofensiva de las Ardenas. Durante esta campaña, recibió el nombramiento para la sección de organización del Estado Mayor. Su misión pasó a ser elaborar la organización y la estructura de los altos departamentos del ejército en batalla, del ejército de retaguardia y de los territorios ocupados. En estas complejas labores del Estado Mayor, Stauffenberg se mostró como un excelente organizador. En la sección de organización permanecería hasta mediados de 1943.
Su trabajo le obligaba a realizar continuos viajes, por los que debía inspeccionar las tropas auxiliares, acudir a Berlín a ver al jefe del Ejército, visitar las escuelas de oficiales y tratar temas de su formación u organizar asuntos relativos al personal sanitario. Se ganó muy pronto la confianza de sus superiores, que sabían que podían delegar en él todo tipo de cuestiones, incluso algunas que excedían a su competencia.
Imagen tomada en 1940, cuando Stauffenberg estaba asignado a la 6ª División Panzer.
De él valoraban que alcanzara de inmediato resultados positivos en las misiones encomendadas, teniendo la habilidad de crear a su alrededor un clima de buen humor y simpatía. También agradecían el hecho de que Stauffenberg tuviera valor para hacerles llegar las observaciones que los demás no se atrevían a hacer; era capaz de transmitirles la opinión más áspera de un modo que resultase constructivo, y esa sinceridad era muy valorada.
El constante trato con el cuartel de mando, en contacto con los dirigentes máximos del Ejército, le permitiría más tarde entrar en el círculo de la oposición a Hitler. En ese camino tuvo una importancia capital su amistad con el general Halder desde 1940, uno de los principales opositores a Hitler en el interior de las fuerzas armadas.
Durante el desempeño de sus tareas, probablemente Stauffenberg pudo comprobar que la máquina de guerra germana no era tan perfecta como aparentaba. Pese a los éxitos militares, Stauffenberg se mostraba escéptico respecto a la conducción de la guerra. Se ha conservado una frase que pronunció en 1941 en una conferencia que dio en Berlín, en la Academia de la Guerra:
– Nuestro mando en esta guerra es tan imbécil que no podría serlo más si los mejores oficiales del Estado Mayor hubieran sido encargados de hallar una forma lo más absurda posible.
No obstante, no hay que deducir que durante ese año Stauffenberg desconfiaba ya de la capacidad de Hitler para reconducir la dirección que estaba tomando la contienda. Todavía en abril de 1942, comentó a su antiguo comandante de división, Von Loepner, que aprobaba la decisión de Hitler de intentar tomar Moscú a las puertas del crudo invierno ruso, pues “debía jugarse todo a una carta para alcanzar un objetivo definitivo, y la conquista de la capital enemiga era ese objetivo”. Pero en esa misma conversación, Stauffenberg se mostró crítico con las últimas decisiones políticas de Hitler, que suponían la entronización de la justicia arbitraria, por encima de las leyes.
Pese a que se intuye que en la primavera de 1942 Stauffenberg aún confiaba en la capacidad militar de Hitler, es difícil creer que esa opinión se mantuviese después del verano de ese año. La campaña iniciada el 28 de junio con el objetivo de avanzar, en el sur, hacia el Cáucaso, y en el norte hacia Leningrado, no comenzó con los mejores augurios. Stauffenberg, desde su puesto, tuvo que ser testigo de primera línea de la falta de medios con la que ésta se inició, pues las necesidades sólo pudieron ser cubiertas en parte; un experto en aprovisionamiento como él tuvo que advertir de inmediato que la campaña estaba condenada al fracaso.
El 13 de septiembre de 1942, Stauffenberg manifestó abiertamente su oposición al modo como se estaba llevando a cabo la guerra contra la Unión Soviética. Entre sus amistades afirmaba que se debía renunciar a la concepción nacionalsocialista de que los hombres del Este eran inferiores. Esta crítica la hizo llegar al Estado Mayor en un documento en el que exponía que el trato a la población civil representaba una “provocación irresponsable”.
De forma significativa, esta crítica de Stauffenberg no significó su defenestración, como solía suceder con los oficiales que mostraban algún tipo de disidencia, sino que le supuso el encargo de organizar un servicio especial para las unidades de voluntarios, integradas por armenios, georgianos o cosacos. Sin embargo, los abusos y crímenes contra la población civil continuaron produciéndose, lo que no pudo pasar desapercibido para Stauffenberg.
Stauffenberg con dos de sus hijos.
Sería precisamente durante esa segunda mitad de 1942 cuando Stauffenberg llegó a la conclusión de que era necesario el desplazamiento de Hitler del poder. De esa época contamos ya con manifestaciones inequívocas en ese sentido. En una conversación con su jefe, Burkhart Müller-Hillebrand, exclamó:
– ¿Es que en el Cuartel General del Führer no se encuentra ningún oficial capaz de dispararle?
En otra ocasión, en mitad de una charla en la que uno de los asistentes propuso que lo que era necesario era decir la verdad a Hitler, Stauffenberg le respondió:
– No se trata de decirle ninguna verdad, sino de derrocarle y para eso estoy yo dispuesto.
Los compañeros de Stauffenberg no tuvieron entonces la impresión de que estuviera hablando seriamente de organizar un atentado contra Hitler. Pero Stauffenberg comenzó durante los últimos meses de 1942 a averiguar si existían oficiales influyentes dispuestos a derrocar al dictador.
Conversó con varios generales y mariscales, pero sus tanteos no dieron ningún resultado. Todos le decían que comprendían que las cosas no podían continuar de ese modo, pero ninguno se ofrecía a tomar la iniciativa.
Por ejemplo, el mariscal Von Manstein relataría así su entrevista con Stauffenberg: “Acudió a mí como representante de la sección de organización para hablar de la cuestión del aprovisionamiento de nuestro ejército. Me rogó entonces que tuviéramos una conversación privada. En ella me manifestó su disconformidad con la dirección errónea de la guerra, es decir con Hitler. No pude más que darle la razón, y le dije además que también me daba cuenta de los errores de Hitler y era de desear un cambio en la dirección militar. Yo era partidario del nombramiento de un jefe responsable del Estado Mayor de la Wehrmacht, que era la que debía tener en sus manos la dirección. Yo prometí procurar de Hitler conseguir eso. De sus expresiones no pude colegir de que Stauffenberg actuara contra Hitler, más bien tuve la impresión de que él dudaba acerca de si en el Estado Mayor se podía conseguir algo”.
De estas palabras se desprende claramente que Von Manstein no quiso entender el mensaje que, sin duda, Stauffenberg quiso transmitirle en esa conversación sin testigos. La prueba es que Stauffenberg aseguraría después a su mujer, Nina, que “ésa no es la respuesta que puede esperarse de un mariscal”.
El 1 de enero de 1943, Stauffenberg fue ascendido a teniente coronel. Inmediatamente después fue destinado a África, sin que él lo hubiera solicitado. La guerra en el desierto ya no ofrecía el halo de emoción y romanticismo que habían creado los éxitos de Rommel al frente del Afrika Korps. Los tiempos en los que las divisiones alemanas habían amenazado el Canal de Suez ya quedaban lejos, y los alemanes, arrinconados en tierras tunecinas tras sucesivas retiradas, intentaban únicamente aplazar el momento en el que se verían forzados a abandonar el continente. De todos modos, parece ser que Stauffenberg no acogió este traslado con disgusto.
Stauffenberg (derecha) conversando con el barón von Broich durante la campaña de Túnez, en la primavera de 1943.
Una vez en Túnez tomó posesión de su nuevo puesto como primer oficial del Estado Mayor de la 10ª División Panzer. Visitó a su antecesor, el mayor Bürklin, que estaba gravemente herido. De manera premonitoria, Bürklin le aconsejó que tuviera cuidado con los aviones enemigos.
Stauffenberg se vio sorprendido por el tipo de guerra que se desarrollaba en el teatro africano, pues las tácticas cambiaban continuamente. Ataques, defensas, retiradas, contraataques, se sucedían un día tras otro, pero él supo adaptarse bien a ese cambio. La tropa tuvo siempre la impresión de que estaba bien dirigida, pues Stauffenberg sabía captar de inmediato la complejidad de la situación que se presentaba. Allí se ganó la amistad y el reconocimiento de los soldados. El coronel Heinz Schmidt subrayó su excelente relación con la tropa: “Al poco tiempo era querido por la División a causa de sus cualidades: su lealtad y capacidad de trabajo, así como también su espíritu solidario y su cordialidad. Pese a las muchas tareas que en su puesto tenía, hallaba siempre tiempo para relacionarse con los soldados. Con frecuencia visitaba los regimientos y batallones para hablar con sus comandantes sobre cuestiones de servicio o personales. Tenía gran habilidad y tacto para el trato humano y todo el mundo se sentía de inmediato atraído por él”.
Un joven oficial, Friedrich Zipfel, también señalaría la especial aptitud de Stauffenberg para las habilidades sociales: “Quedé profundamente impresionado por el conde Stauffenberg. Me pareció el ideal de un oficial. Ante él se sentía total confianza y en pocos minutos había logrado romper el hielo de la diferencia de grado. Por otra parte, la justeza y exactitud con que hablaba inspiraban respeto a la autoridad que su comportamiento imponía. Lo característico era que parecía interesado en que todos aprendieran rápidamente cómo debía ejercerse el mando. Esto naturalmente no era habitual entre los jefes. El contacto con los inferiores muchas veces adolecía de rigidez y frialdad”.
A primeros de abril, cuando se contemplaba ya como inminente el final de la campaña tunecina y, por tanto, el fin de la presencia germana en África, a Stauffenberg se le comunicó que debía regresar a Alemania, en donde sería más útil. Pero antes de emprender el viaje, Stauffenberg debía cumplir una misión por la que debía dirigirse a la zona de combate para coordinar una retirada. Así pues, el 7 de abril de 1943, la 10ª División Panzer inició el repliegue de Biar Zelloudja a Mezzouna.
Stauffenberg fue autorizado por el mayor general Freiherr Von Broch para dirigir la retirada desde su vehículo, mientras Von Broch les seguiría una vez que los últimos elementos de la división hubieran cruzado el paso de El-Hafay. Stauffenberg fue advertido nuevamente de que tuviera cuidado con la aviación enemiga, en esta ocasión por Von Broch.
Stauffenberg, acompañado por algunos vehículos blindados, cruzó el paso de El-Hafay y llegó a Sebkhet. En este momento, se le unió la 5ª compañía del 10º Batallón de Motocicletas. Al alcanzar el estrecho terreno entre Sebkhet y el paso de Chabita-Khetati, la caravana de vehículos fue atacada por aviones enemigos; la mayoría de soldados y oficiales tuvieron tiempo de dispersarse por el campo.
Cuando regresaron a la columna, comprobaron horrorizados que el coche de Stauffenberg había sido acribillado. El conde estaba gravemente herido, y fue trasladado de inmediato a un hospital de campaña en Sfax. Mientras un enfermero atendía sus heridas, Stauffenberg, que no había perdido la conciencia, le preguntó su nombre. En el hospital comprobaron que su mano derecha había quedado prácticamente destrozada por una ráfaga de ametralladora, por lo que los médicos decidieron amputarla por encima de la muñeca. Había perdido el ojo izquierdo. Dos dedos de la mano izquierda, el meñique y el anular, también serían amputados. Además, presentaba una ligera herida en una rodilla y en la cabeza, a causa de la metralla.
El 10 de abril fue trasladado al hospital de Cartago. Cinco días más tarde llegó en un barco hospital al puerto italiano de Livorno y enviado por tren a Munich, a donde llegó el 21 de abril, siendo ingresado en el 1º Hospital General. Durante varios días sufrió fiebre muy alta y los médicos temieron por su vida.
Ante la adversidad, Stauffenberg dio muestras de una fuerza de voluntad encomiable. Rechazó los medicamentos que le ofrecían para calmar el dolor y facilitarle el sueño. Los que lo visitaban se admiraban de que su buen ánimo continuara inalterable. Pese a sus problemas de movilidad, pronto logró desnudarse y vestirse con la ayuda de sus tres dedos de la mano izquierda y la boca.
El departamento de personal había previsto, una vez que estuviera recuperado, enviarle a Berlín como jefe del Estado Mayor en la jefatura de la oficina central del Ejército. Allí tendría como superior al general Olbricht, quien también tendría un papel predominante en el complot del atentado contra Hitler. A principios de mayo, Stauffenberg dictó a su mujer una carta por la que aseguraba a Olbricht que en tres meses podría ponerse ya a sus órdenes en Berlín.
Como vemos, una corriente poderosa e invisible, ante la que Stauffenberg nada podía oponer, le llevaba a la capital del Reich y al mismo centro de la conjura para derrocar a Hitler. Como si el destino le hubiera elegido a él para imprimir ese giro dramático al rumbo de Alemania, el ataque sufrido en Túnez era el renglón torcido por el que ahora iba a encontrarse con la oportunidad, un año después, de ser la persona en cuya mano estuviera el futuro de la nación. Con toda seguridad, en el viaje de Munich a Berlín no se le pasó por la cabeza la abrumadora responsabilidad que debería afrontar en una calurosa jornada del verano del año siguiente, ni la oportunidad única de que iba a gozar de destruir la cabeza del régimen que ese momento ya sólo le merecía odio y desprecio.
Pero antes de entrar en la narración de cómo se urdió el complot que desembocaría en el intento de asesinato del dictador germano el 20 de julio de 1944, aún podemos conocer mejor la personalidad del que sería su gran protagonista.
Como se indicó en la introducción, la pérdida de los documentos relativos a su vida no ha permitido a los investigadores conocer con detalle su biografía. Pero, afortunadamente, es relativamente fácil dibujar los rasgos de su carácter, pues la casi totalidad de los testimonios que accedieron a describirle coinciden en sus apreciaciones.
Stauffenberg aparece ante nosotros como un ser diáfano, claro, transparente; no parecen existir en él ni los componentes poliédricos ni esos recovecos oscuros de otros personajes históricos. Todo apunta a la conclusión de que se mostró siempre franco y abierto, pues no hallamos en su carácter zonas de penumbra en los que su actitud pueda contemplarse desde ópticas sujetas a controversia.
Todos los que le conocieron lo describen como una persona optimista, alegre, enormemente trabajadora, constante, que hacía sentirse bien a todos los que tenía a su alrededor. No obstante, es necesario insistir de nuevo en que la casi totalidad de testimonios fueron recogidos mucho tiempo después de su muerte. Es muy posible que los que entonces trabaron relación con él lo hubieran heroificado inconscientemente después de convertirse en un personaje histórico; no podemos descartar que si alguno de ellos recordase algún hecho en que el que la reputación de Stauffenberg no saliese bien librada, lo olvidase o prefiriese no relatarla para no empañar su figura. Pero con todo ello, la coincidencia y la claridad de las descripciones, descartando algún exagerado panegírico, llevan a creer que, efectivamente, la personalidad magnética de Stauffenberg suscitaba siempre la admiración y la confianza de todos aquellos que le trataban.
El escultor Thormaelen valoraba de Stauffenberg el que fuera un hombre de acción: “Rapidez, acción inmediata, dispuesto siempre a la acción que su pensamiento y corazón creyeran que requerían las circunstancias. No se daba en él separación alguna entre pensar y hacer, entre sentir y actuar”.
El carácter alegre y extrovertido de Stauffenberg quedaría reflejado en estas palabras de 1962 del entonces capitán Burkhart Müller-Hillebrand, su posterior jefe en el Estado Mayor: “En aquel tiempo (finales de 1930) conocí en él a un compañero que destacaba por su inteligencia, personalidad y cultura. A eso se añadía su carácter alegre, aunque no por ello superficial, como era en aquellos tiempos frecuente entre muchos oficiales”.
El coronel Bernd von Pezold recordaría en 1963 el magnetismo de Stauffenberg, que se manifestaba en todo momento: “Era imposible que no se destacara de todos, incluso aunque estuviera en reuniones numerosas. Aun sin querer, pronto se convertía en el centro de toda la reunión; de él partía una fuerza de atracción notable. Incluso aunque estuviera debatiendo entre hombres de mediana cultura, lograba trasladar las discusiones a un nivel elevado”.
En 1962, el coronel Wilhelm Bürklin, coincidía con la apreciación de Von Pezold de que Stauffenberg tenía esa capacidad para elevar el nivel de cualquier discusión: “Le caracterizaba su especial camaradería cordial y totalmente natural. Esto era más de valorar por cuanto se reconocía en general su capacidad y dotes por encima del término medio. Toda conversación alcanzaba de inmediato un alto nivel; gustaba además de las discusiones animadas, que no se agotaban debido a su apasionado temperamento”.
Esa admiración por el carácter de Stauffenberg podía llegar a los límites de este compañero suyo, Eberhard Zeller: “Se percibía en él fuerzas geniales inalcanzables, que hacían que siempre estuviera en el lugar dirigente, y que lograra despertar la alegría de estar con él, de trabajar con él. Las sospechas que fuerzas bajas e innobles pretendían hacer recaer sobre él, desaparecían en cuanto se le miraba. Su figura daba la impresión de que en él se conjugaban fuerza y nobleza”.
El que fuera ayudante del general Guderian, Bernhard Freytag von Loringhoven, lo vio solamente en una ocasión, en 1940, después de la campaña contra Francia, en el departamento de organización del Estado Mayor del Ejército, pero dejó en él un recuerdo imborrable, tal como dejaría reflejado en sus memorias, escritas en 2006: “Hablamos unos veinte minutos; no recuerdo cuál fue el tema de nuestra conversación, pero me causó una fuerte impresión. Alto y delgado, lleno de vitalidad, Claus Schenk von Stauffenberg tenía la prestancia de un caballero suabo, una mirada cálida y una presencia inolvidable. Estaba destinado a hacer una gran carrera militar”.
Para finalizar, el mejor resumen de las cualidades de Stauffenberg, y de alguno de sus defectos, sería el informe que su jefe de escuadrón elaboró en octubre de 1933. Su valor radica en que no recoge un testimonio confeccionado décadas después de su muerte, como en los casos anteriores, sino que fue redactado en un momento en el que nada hacía prever que fuera a convertirse en un personaje de relevancia histórica: “Posee un carácter fiel e independiente, con criterio y voluntad propios. Atesora dotes excepcionales por encima de lo común para cuestiones tácticas y técnicas.
Escena familiar en el hogar de los Stauffenberg.
Ejemplar en el trato con suboficiales y con la tropa, se preocupa de la formación propia.
Es sociable y cordial, sin prejuicios. Manifiesta mucho interés por cuestiones sociales, históricas y religiosas. Muy buen jinete, diestro, con amor y comprensión por el caballo.
Junto a esas excelentes cualidades no deben dejar de mencionarse las pequeñas debilidades y defectos. Consciente de sus dotes militares y de su superioridad intelectual, se inclina ocasionalmente a manifestarlo frente a sus compañeros, con los que a veces bromea, aunque nunca llega a herir.
Algo descuidado en su aspecto y vestidos; su porte como oficial debería ser algo más enérgico. Es propenso a inflamaciones amigdalares, por lo que la resistencia física suya se resiente. Desde luego, intenta superar esos inconvenientes con fuerza de voluntad.
Apto para proseguir sus estudios con los mejores augurios”.
Con estos testimonios de primera mano podemos hacernos una idea bastante fidedigna de cómo era Stauffenberg. Sus dotes de hombre de acción, su capacidad para motivar y contagiar alegría a sus compañeros, así como su idealismo y su espíritu elevado, tendrían su máxima expresión en el momento cumbre de su vida, el momento para el que el destino le había escogido.
<a l:href="#_ftnref3">[3]</a> Ver Anexo 1.