39299.fb2 Operaci?n Valkiria - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 9

Operaci?n Valkiria - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 9

Capítulo 5 Los preparativos

En los primeros meses de 1944, la preocupación y el desánimo fueron cundiendo entre los conjurados. Los sucesivos intentos de acabar con la vida de Hitler habían acabado en sendos fracasos; cuando no había fallado el valor del hombre que estaba decidido a atentar contra él, se había producido alguna imprevisible contingencia que había desbaratado el plan. Daba la sensación de que el dictador germano era un coloso indestructible, cuyo aura aniquilaba cualquier intento de destruirle. El convencimiento inconsciente de los conspiradores de que la Providencia estaba de su parte hacía que cada vez fuera más difícil reunir los ánimos suficientes para organizar un nuevo atentado.

Por otro lado, el cerco de la Gestapo se estaba cerrando cada vez más sobre los participantes en el complot. En enero de 1944, la policía de Himmler había detenido a varios miembros de un círculo de opositores cercano a la conjura de Stauffenberg. Afortunadamente para ellos, la Gestapo no logró descubrir los lazos que unían a ambos círculos, pero se extendió la impresión de que en cualquier momento el complot podía ser descubierto. Esta situación llevó a que se extremasen las medidas de seguridad y que se restringiese el flujo de información. Se impartieron consignas para que, en caso de que alguien cayese en manos de la Gestapo, no facilitase información alguna que pudiera dañar a los implicados en el asunto.

Por último, la situación militar de Alemania iba cada día de mal en peor. El frente oriental amenazaba con quedar roto en cualquier momento y en el frente occidental se esperaba el más que anunciado desembarco aliado en el continente. En la península italiana los alemanes se limitaban a resistir las acometidas anglonorteamericanas, sin la más mínima esperanza de pasar a la ofensiva. En cuanto a la guerra aérea, los aviones aliados encontraban todavía menos oposición en los cielos alemanes y la población civil pagaba las consecuencias padeciendo atroces bombardeos. Esto hacía que los conjurados tuvieran cada vez más difícil obtener algún tipo de apoyo entre los Aliados y, en el caso de que el gol pe triunfase, conseguir una paz negociada.

EL “TRABAJO SUCIO”

Así pues, era urgente efectuar el atentado contra Hitler. Stauffenberg llevó a cabo una ingente labor de búsqueda de todo aquél que estuviera en condiciones de poder acercarse al Führer, y que pudiera ser receptivo al planteamiento de asesinar al dictador. Uno de los contactados fue el mayor Meichssner, que tenía acceso al Cuartel General en Rastenburg. Stauffenberg intentó convencerle, pues sabía que Meichssner veía con buenos ojos el derrocar violentamente el régimen nazi, pero el mayor no se encontraba en buenas condiciones, al haber comenzado a abusar del alcohol, por lo que declinó la proposición del conde.

Haeften, el ayudante de Stauffenberg, también rechazó la propuesta de llevar a cabo el “trabajo sucio” -el eufemismo con el que se conocía el intento de asesinato-, aduciendo motivos religiosos. En cambio, no eran pocos los oficiales jóvenes que sí que estaban dispuestos a disparar a Hitler, pero no tenían acceso personal al Führer, o bien se hallaban destinados en un puesto desde el que era difícil actuar.

Se estudió incluso la posibilidad de preparar una entrevista personal de Hitler con alguno de los conjurados, para asegurar así el éxito de la acción. En este caso, sólo podía conseguirse esa reunión si el que la solicitaba era un prestigioso jefe militar que tuviera la plena confianza de Hitler, pero no se halló a nadie que encajase en ese perfil.

A la tensión resultante de la falta de resultados esperanzadores en relación al atentado, se unió la que surgía de los distintos planteamientos políticos de los implicados. De manera un tanto surrealista, las discusiones giraban en ocasiones en torno al número de ministerios con el que debía contar el nuevo gobierno, en lugar de sobre la manera más rápida y eficaz de acabar con la vida de Hitler. La tensión se acrecentaba también por la batalla interna que se daba entre el sector “civil” y el “militar”. Por ejemplo, Stauffenberg reclamó para sí una mayor participación en el diseño de la nueva administración, una intención que fue rechazada airadamente por Goerdeler, el futuro canciller, que exigía que fueran los civiles los únicos que se encargasen de las cuestiones políticas. Por otro lado, la figura de Goerdeler también era discutida, puesto que algunos conjurados, como Stauffenberg, no consideraban que tuviera el carisma necesario para presentarse a los alemanes como el nuevo canciller.

Los debates internos entre los conjurados se producían también en otros terrenos. Existía un sector decidido a hacer la paz con los aliados occidentales y a proseguir la guerra contra los soviéticos, y otro a la inversa. Los planteamientos políticos más conservadores tenían a sus partidarios, sobre todo los de más edad, mientras que los oficiales jóvenes, como Stauffenberg, estaban dispuestos a afrontar políticas arriesgadas, incluso de corte revolucionario, para ganarse el apoyo de las masas obreras. Estas discusiones de altura política demostraban que existía una preocupación por diseñar el futuro de Alemania, no sólo por derribar el sistema existente. Pero a la hora de la verdad, estas controversias bizantinas no resolvían los problemas acuciantes a los que tenían que enfrentarse los conjurados, y lo único que lograban era hacer peligrar la solidez del complot.

CONTACTOS CON LOS ALIADOS

Un aspecto importante para los participantes en la conjura era el de las implicaciones exteriores. Era necesario conocer la reacción de británicos y norteamericanos en el caso de que la Alemania surgida del golpe de Estado propusiese el inicio de negociaciones. Stauffenberg consideraba que el gobierno de Londres debía estar inquieto ante el amenazador crecimiento del poder de la Unión Soviética y que, por tanto, no vería con malos ojos alcanzar un acuerdo con una Alemania libre del nazismo, para poner freno así a las ambiciones de Moscú.

Aunque se ha especulado con que Stauffenberg sentía simpatía por los soviéticos, y que era partidario de hacer la paz con Stalin antes que con los aliados occidentales -lo que le supuso posteriormente ser considerado como un héroe en la Alemania Oriental-, las investigaciones de los historiadores han demostrado más bien lo contrario. Stauffenberg era partidario de alcanzar un acuerdo con los ingleses y estadounidenses y, de hecho, rechazó alguna sugerencia de colaboración procedente del comité Alemania Libre, controlado totalmente por Moscú.

A través de Suecia, un enviado de los conspiradores, Adam von Trott, tanteó la actitud de los aliados occidentales ante un nuevo gobierno alemán. Las peticiones fueron modestas, como por ejemplo la detención de los bombardeos sobre Berlín si el golpe triunfaba, pero ingleses y norteamericanos, especialmente los primeros, se negaron a cualquier tipo de concesión. Cuando el mensaje llegó a Berlín, los conjurados no quisieron creer que esa intransigencia fuera cierta, y la achacaron a una táctica de jugador de póker. Por ejemplo, Stauffenberg estaba convencido de que Churchill variaría esa postura al vislumbrar la posibilidad de un armisticio en el frente occidental, lo que permitiría que Alemania se centrase en defender el oriental, convirtiéndose así en un dique al expansionismo ruso.

Stauffenberg creía, de forma un tanto ingenua, que los aliados occidentales aceptarían la propuesta de paz del gobierno salido del golpe de Estado, por lo que preparó un documento en el mes de mayo, junto al capitán Kaiser, que recogía un total once puntos con los que sentarse a dialogar con los representantes de Londres y Washington:

1. Cese inmediato de los bombardeos sobre Alemania.

2. Detención de los planes de invasión.

3. Evitar más víctimas.

4. Mantenimiento de la capacidad militar en el este.

5. Renuncia a toda ocupación.

6. Gobierno libre y constitución independiente.

7. Total cooperación para el cumplimiento del armisticio.

El primer ministro británico, Winston Churchill, rechazó proporcionar cualquier tipo de apoyo a la oposición germana. Los conjurados pidieron ayuda a los ingleses, mediante contactos en la neutral Suecia, pero Londres sólo pensaba en la derrota total de Alemania.

8. Delimitación de las fronteras de 1914 en el este, mantenimiento de Austria y de los Sudetes, autonomía para Alsacia y Lorena.

9. Colaboración en la reconstrucción de Europa.

10. Juicio de los criminales contra el pueblo.

11. Recuperación de la dignidad y el respeto.

No está confirmando que este documento llegase a manos de los Aliados, pero no es aventurado suponer que, si la entrega se produjo, la propuesta no mereciera ninguna atención. Estaba claro que después de casi cinco años de lucha y con el Ejército germano en retirada en casi todos los frentes, no podía ponerse punto y final a la contienda premiando a Alemania con la conservación de los territorios ocupados durante su expansión.

Además, la renuncia a cualquier ocupación por parte de los Aliados equivalía a reincidir en el mismo error que se había cometido al final de la Primera Guerra Mundial. Si Stauffenberg era un iluso idealista o, por el contrario, era un hábil negociador al plantear esa oferta de máximos, es algo que no sabemos. De lo que sí estamos seguros es de que los Aliados negaron todo apoyo y ayuda a un levantamiento contra Hitler llevado a cabo por los propios alemanes, pese a que, con total seguridad, el éxito de esa maniobra hubiera salvado miles de vidas británicas y norteamericanas.

“CUESTE LO QUE CUESTE”

A finales de mayo de 1944, se intensificaron aún más los planes para eliminar a Hitler, bajo el impulso del general Olbricht. Se obtuvo una cantidad de explosivo de procedencia alemana, que fue guardada en la casa de Stauffenberg en Berlín. Pero ese explosivo no llegó a utilizarse; se cree que el general Fromm, pese a no formar parte de la conjura, frenó el atentado al pedir a Olbricht tiempo para conseguir el apoyo de más generales.

Entonces sucedió un hecho providencial. Como si la corriente arrastrara nuevamente a Stauffenberg hacia su ineluctable destino, el conde fue propuesto por el general Heinz Guderian para sustituir al general Heusinger en la jefatura de la Sección de Operaciones. El que Guderian le calificase “como el mejor del Estado Mayor” convenció a Himmler para la idoneidad de su nombramiento.

Friedrich Olbricht, a la izquierda, durante unos ejercicios de la Escuela del Ejército de Montaña en la primavera de 1944. En esas fechas estaba plenamente centrado en el planeamiento del golpe.

Stauffenberg no deseaba ese puesto, y a punto estuvo de rechazarlo, pero enseguida comprendió las enormes posibilidades que se le abrían. Gracias al nuevo cargo tendría acceso más pronto o más tarde al Cuartel General de Hitler, así que aceptó. Además, pudo colocar a su amigo Metz von Quirnheim en el puesto que anteriormente ocupaba. Excepto el general Fromm, que jugaba con dos barajas, el resto de la cúpula del Ejército de reserva estaba ya bajo el control de los conjurados.

El 7 de junio de 1944, un día después del desembarco aliado en Normandía, Stauffenberg fue llevado por Fromm sin advertencia previa a Berchtesgaden, la residencia alpina de Hitler. Allí, Stauffenberg participaría por primera vez, en calidad de jefe de Estado Mayor del Ejército territorial, en una conferencia de mandos militares sobre la situación de los frentes. Además de Hitler, a la reunión asistirían también Heinrich Himmler, el jefe de la Luftwaffe Hermann Goering y el ministro de Armamento Albert Speer. Stauffenberg fue presentado al Führer y éste le invitó a acercarse al lugar de la mesa en la que estaban extendidos los mapas, en atención a su problema de visión. A la salida de la reunión, estuvo departiendo unos minutos con Speer.

Stauffenberg gozó de la recomendación del general Heinz Guderian para sustituir al general Heusinger en la jefatura de la Sección de Operaciones. Guderian dijo de él que era “el mejor del Estado Mayor”.

Años después, la esposa de Stauffenberg afirmaría que su marido sintió el ambiente “podrido y corruptor”, y que el único dirigente que le pareció normal fue Speer, mientras que a los demás los calificó de “manifiestos psicópatas”.

En esa primera reunión Stauffenberg no intentó atentar contra Hitler. Algunos aseguran que ese día llevaba ya la bomba en su cartera, pero que no tenía previsto activarla porque simplemente deseaba probar sus nervios, pero esto no es más que una conjetura poco probable. Si su cartera realmente contenía la bomba, hay que pensar que quería emplearla. En este caso, no se sabe si no la activó porque no encontró la ocasión de hacerlo o porque le surgieron dudas sobre la conveniencia de seguir adelante con el golpe de Estado después del desembarco aliado. El conde aseguró a algunos conjurados que ya no tenía sentido continuar con el plan, pues los Aliados no aceptarían una paz negociada y que, por tanto, quizás era mejor que fuera el régimen nacionalsocialista el que llevase a la nación a la derrota absoluta, y no ellos.

Pero las razonables dudas de Stauffenberg quedaron despejadas después de que su amigo von Tresckow le dijese estas palabras, que se ha rían famosas: “El atentado ha de llevarse a cabo, cueste lo que cueste. Aunque hubiera de fracasar ha de ser intentado en Berlín. Ya no se trata del objetivo práctico, sino de que la oposición alemana haya intentado el golpe decisivo, ante el mundo y la historia. Todo lo demás, aquí, es indiferente”.

Después de la visita a Berchtesgaden, Stauffenberg acudió a Bamberg para ver a su mujer, Nina, que estaba embarazada, y a sus cuatro hijos; Berthold, Heimeran, Franz Ludwig y la pequeña Valerie. Se cree que la relación entre Claus y Nina no atravesaba entonces por su mejor momento. Él había intentado mantener a su mujer alejada del círculo de conspiradores para protegerla, pero Nina era consciente de que su marido estaba involucrado en un asunto en el que, de no salir como estaba previsto, podía perder la vida. No es difícil suponer que ella le recriminó que pusiera en riesgo el futuro de su familia e, igualmente, no es difícil imaginar la respuesta de Stauffenberg. A la luz de los hechos, entre sus responsabilidades familiares y la defensa de sus ideales hasta las últimas consecuencias, Stauffenberg se inclinó por esto último. No hay que descartar que se viera sometido a un gran sufrimiento al verse obligado a pasar por ese dilema, pero al final se vio impelido a actuar así por su innato sentido del deber. Stauffenberg ya no volvería a ver más a su familia. Tampoco llegaría a conocer a su hija Constanze, nacida el 27 de enero de 1945.

La situación militar germana se agravó más aún el 22 de junio de 1944, cuando los soviéticos lanzaron una gran ofensiva contra el Ejército alemán central. En sólo tres semanas, el ataque ruso derrotaría a 27 divisiones alemanas. El temor a que el Ejército rojo se plantase a las puertas de Berlín en pocos meses era palpable. Los conjurados acordaron que era necesario, en caso de triunfar el golpe de Estado, mantener el frente del este a cualquier precio; para ello era necesario trasladar fuerzas desde el frente occidental.

En ese escenario de tanta importancia estratégica, el frente del oeste, con París como centro neurálgico, los conspiradores contaban con algunos apoyos destacados entre los oficiales del Ejército, dispuestos a facilitar la irrupción de las tropas aliadas para evitar derramamiento de sangre y alcanzar un rápido armisticio.

El jefe de la Luftwaffe, Hermann Goering. Los conspiradores querían acabar también con su vida, pues era el sucesor oficial de Hitler.

LA CONEXIÓN PARISINA

Aunque el centro de la conspiración se hallaba en Berlín, la capital de Francia se había convertido en un punto de atención preferente para los conjurados. De cómo se desarrollasen los acontecimientos en la capital francesa podía depender el éxito o el fracaso del golpe de Estado para derribar a Hitler.

París era el centro de decisiones del frente occidental. Desde allí, el mariscal Günther von Kluge, comandante en jefe de las fuerzas del Oeste, coordinaba los esfuerzos del Ejército germano para hacer frente a las divisiones aliadas desembarcadas en las playas de Normandía el 6 de junio de 1944. Von Kluge había sustituido el 3 de julio al mariscal Von Rundstedt, que, al no haber podido impedir el desembarco de los Aliados ni haberlos arrojado rápidamente al mar, había perdido la confianza de Hitler, siendo dado de baja por “motivos de salud”.

El mariscal von Kluge era una personalidad militar de primer orden, que había demostrado su habilidad táctica mientras estuvo destinado al frente oriental [5]. Allí, estando al frente del Grupo de Ejércitos Centro, había tenido a sus órdenes a algunos de los principales miembros de la conspiración, como el coronel von Tresckow o el lugarteniente de la Reserva Von Schlabrendorff. Von Kluge siempre se había mostrado muy crítico con Hitler, pero nunca se atrevió a dar el paso de integrarse de lleno en la oposición. Aun así, permitió a sus subordinados emprender las acciones necesarias para derrocar al dictador, como el atentado de las botellas del 13 de marzo de 1943.

Ignorante de estas maniobras del mariscal en la cuerda floja, Hitler confiaba plenamente en Von Kluge. Le dio libertad de acción en el oeste y le proporcionó nuevos efectivos. El mariscal se sintió adulado por estas concesiones del Führer, pero su agradecimiento sería mayor cuando, con ocasión de su 60º cumpleaños, recibió de Hitler un cuarto de millón de marcos. Desde su nuevo puesto, Von Kluge siguió mostrándose ambiguo respecto al complot que se estaba gestando. A su vez, los conspiradores tenían sus dudas de que el mariscal se uniese a ellos cuando llegase el momento de la verdad.

En cambio, Stauffenberg y sus compañeros confiaban ciegamente en el general Karl-Heinrich von Stülpnagel, que ejercía las altas funciones de jefe militar de Francia desde marzo de 1942. Stülpnagel había podido comprobar de primera mano los errores cometidos por el gobierno nacionalsocialista en su política de ocupación del país galo, y se había mostrado crítico en muchas ocasiones, lo que le había valido ser tildado de excesivamente comprensivo ante los intereses de Francia.

Otro personaje en el que los conjurados tenían depositada toda su confianza era el mariscal Erwin Rommel, que había sido precisamente compañero de Stülpnagel en la escuela de infantería de Dresde. Los impulsores del complot deseaban tener a Rommel de su parte, en razón de su prestigio y popularidad. Tenían previsto ofrecerle las responsabilidades de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y quizás la de jefe provisional del Estado.

El 15 de mayo de 1944, Rommel y Stülpnagel se reunieron en una casa de campo de Mareil-Marly para tener un cambio de impresiones sobre la actitud a tomar ante el cercano golpe de Estado. Pero Rommel nunca se mostró partidario de la eliminación física del dictador; estaba convencido de que el pueblo alemán, intoxicado por la hábil propaganda de Goebbels, haría de Hitler un mártir. Aun así, los conjurados no se desanimaron y trataron de persuadir al Zorro del Desierto para que se involucrase totalmente en el complot.

Los alemanes en París.

La capital francesa era el punto desde el que se coordinaba la lucha contra las tropas aliadas desembarcadas en Normandía. Su control se convirtió en un objetivo para los conjurados.

Tras el fracaso alemán al intentar contener a los Aliados en las playas, Rommel intentó convencer a Hitler para que intentase alcanzar un acuerdo negociado que evitase la inexorable derrota que se produciría en el caso de seguir combatiendo ante el enorme potencial desplegado por sus enemigos. Pero Hitler le contestó secamente:

– No se inquiete por la continuación de la guerra, mariscal. Piense sólo en su frente de combate.

Todo cambiaría bruscamente el 17 de julio, mientras Rommel hacía su habitual visita al frente. Poco después de las seis de la tarde, su vehículo circulaba por la carretera de Livarot a Vimoutiers cuando aparecieron dos aviones enemigos. El chófer aceleró para tomar un camino que había a la derecha, a unos trescientos metros, para poder refugiarse, pero no le dio tiempo de efectuar esa maniobra. Los aparatos aliados, en vuelo rasante a gran velocidad, llegaron hasta el coche de Rommel. Abrió fuego el primero de ellos, alcanzando el costado izquierdo del vehículo. Rommel sufrió heridas en el rostro y un golpe en la sien izquierda, que le dejó sin conocimiento. El chófer perdió el control del coche, que fue a chocar contra un árbol, para caer finalmente en un foso después de dar una vuelta de campana. Rommel había sido proyectado fuera del auto. El segundo avión lanzó sin acierto algunas bombas. El mariscal tenía el rostro cubierto de sangre y presentaba heridas en su ojo izquierdo y en la boca. Fue atendido de urgencia en un pequeño hospital regentado por religiosas y después fue trasladado al hospital de Bernay, en donde se le diagnosticaron heridas graves en el cráneo.

El Zorro del Desierto había quedado fuera de juego, lo que suponía un duro golpe para los conjurados; su personalidad hubiera resultado decisiva para lograr el apoyo de las tropas del frente occidental una vez desatado el levantamiento. Además, la ausencia del mítico militar restaba peso político a los conspiradores, ya que su enorme prestigio en el campo aliado le convertía en el interlocutor idóneo para unas conversaciones de paz.

Ahora, todo dependía de la actitud del mariscal Von Kluge. Aunque la fiabilidad del general Stülpnagel era absoluta, su radio de acción se limitaba al ámbito administrativo, al no disponer de tropas. Por tanto, la gran incógnita era lo que haría Von Kluge en el momento que llegase a París la noticia del atentado contra Hitler. ¿Se pondría a las órdenes de las nuevas autoridades o permanecería leal a los jerarcas nazis?

El mariscal Erwin Rommel, el mítico Zorro del Desierto.

Los conjurados tenían previsto confiarle la dirección de las Fuerzas Armadas tras el golpe.

STAUFFENBERG, DECIDIDO A ACTUAR

A finales de junio, Stauffenberg se mostró firmemente decidido a realizar él mismo el atentado. Pese a que él disponía ya del ansiado acceso al Cuartel General de Hitler, los conjurados estaban convencidos de que su puesto debía estar en Berlín, dirigiendo el golpe. Pero el conde era consciente de que no podrían encontrar a nadie que hiciera el “trabajo sucio”. Él se encargaría de ello.

No sabemos si antes de esas fechas Stauffenberg había decidido atentar él mismo, pero lo que es seguro que en esa última semana de junio comunicó a sus compañeros que quería hacerlo, y así consta en algunas cartas personales que se han conservado, como en una misiva de su ayudante, von Haeften, en la que aseguraba que “Claus piensa en hacer él mismo el acto”.

A primeros de julio se aceleró el ritmo de las reuniones clandestinas para fijar por enésima vez los detalles del golpe. En esos días se celebraron numerosos encuentros y conversaciones en Berlín, mientras que el general Beck, el futuro presidente de Alemania, continuaba buscando apoyos entre los Aliados para derrocar el régimen, mediante sus contactos en Suiza y Suecia.

Era ya difícil que aumentase aún más la tensión, pero ésta estuvo a punto de estallar cuando el 5 de julio la Gestapo detuvo a Julius Leber, al ser reconocido por un delator de la policía cuando intentaba entrar en contacto con dirigentes obreros con el fin de ganárselos para la causa de los conjurados. Leber, de ideología socialdemócrata, había contado con el apoyo de Stauffenberg y otros compañeros suyos para disputar el puesto de canciller a Beck. No formaba parte del círculo de decisiones, pero estaba claro que para la Gestapo no iba a ser muy difícil tirar del hilo que llevaría hasta el corazón del complot.

Stauffenberg, que había sido ascendido a coronel el 1 de julio, fue presionado para que llevase a cabo el atentado de una vez. Al día siguiente de la detención de Julius Leber, el 6 de julio, acudió a unas conversaciones previstas en el Cuartel General de Hitler en Berchtesgaden, llevando la misma cartera que llevaría el día del atentado, el 20 de julio. Desconocemos también si ese día su cartera contenía la bomba, aunque lo más probable es que sí, en caso de ser cierto lo que más tarde recordaría el general Stieff ante la Gestapo. Stauffenberg estuvo presente en dos conferencias, de aproximadamente una hora de duración cada una, con Hitler, Himmler y Speer, entre otros. Una se desarrolló entre las cinco y las seis de la tarde y la segunda entre la medianoche y la una de la madrugada. Es de suponer que a Stauffenberg no le surgió la posibilidad de activar la bomba.

El 11 de julio Stauffenberg acudió de nuevo a presencia de Hitler, también a Berchtesgaden. A esta reunión, en la que estaba prevista la asistencia de Heinrich Himmler, sí que es seguro que asistió con el artefacto explosivo, dispuesto a hacerlo estallar. Fue acompañado por el capitán Friedrich Karl Klausing, un joven oficial, que le esperaría en un vehículo aparcado cerca del Berghof para poner rumbo al aeropuerto, en donde tenían un Heinkel 111 a su disposición. Stauffenberg asistió a la conferencia de la mañana, que se desarrolló entre la una del mediodía y las tres y media de la tarde. En Berlín los conjurados esperaban la noticia del atentado, pero no sucedió nada.

Cuando Stauffenberg abandonó la residencia de Hitler, explicó al capitán Klausing que no había accionado la bomba porque contrariamente a lo previsto, Himmler no había tomado parte en la conferencia. El jefe de las SS estaba considerado como el sustituto natural de Hitler, pese a que ese honor correspondía formalmente a Goering, así que los conspiradores creían necesario eliminarlo al mismo tiempo que Hitler para descabezar así el régimen nazi.

De todos modos, existen bastantes dudas y contradicciones sobre el supuesto intento del 11 de julio. Las únicas informaciones disponibles sobre este episodio son las procedentes de los interrogatorios efectuados por la Gestapo después del 20 de julio.

Es posible que ese día Stauffenberg se limitara a tantear las posibilidades de realizar el atentado, como si de un ensayo general se tratase, con vistas a una oportunidad posterior. El hecho de que ese 11 de julio su primo, el teniente general Caesar von Hofacker, que debía coordinar el golpe en París, se encontrase en Berlín para reunirse con el general Beck, hace pensar que no se contaba con que Stauffenberg atentara contra Hitler ese día. En cambio, hay otra versión, la que asegura que Stauffenberg, al enterarse de que Himmler no participaría en la reunión, telefoneó a Olbricht unos minutos antes de la una para consultarle si debía seguir adelante con el atentado, y que recibió una respuesta negativa.

La siguiente oportunidad llegaría cuatro días después. El 15 de julio, el general Fromm y Stauffenberg fueron convocados para unas conversaciones militares en el Cuartel General, en este caso en la Guarida del Lobo, en Rastenburg. El conde creyó ver llegado el momento idóneo para realizar el atentado. Acudiría a la reunión con un artefacto explosivo que le había sido entregado a principios de junio. No se ha podido establecer con seguridad el origen de ese material; si era de procedencia británica, alemana, o una mezcla de ambas. Se cree que los conjurados lograron obtener explosivo alemán procedente de un depósito de ingeniería del frente del este, gracias a los hermanos Georg y Philipp von Boeselager, y que el coronel Wessel Freytagh von Loringhoven adjuntó material británico, gracias a sus contactos en el servicio de Inteligencia. Las investigaciones posteriores del Servicio de Seguridad del Reich apuntarían a que todo el explosivo era germano y que la aportación aliada se redujo a los detonadores, pero no hay un criterio claro al respecto [6].

Stauffenberg estaba convencido de que esta vez sí podría hacer estallar la bomba junto a Hitler, tal como lo demuestra el que hubiera hablado con Olbricht de que el plan “Valkiria” fuera puesto en práctica dos horas antes de la comisión del atentado, para no dar tiempo de reacción a sus adversarios.

Ese 15 de julio, Fromm y Stauffenberg, acompañados por el capitán Klausing, aterrizaron en el aeródromo de Rastenburg a las 9.35 horas. Desayunaron en el casino de oficiales, como solía ser habitual en estos casos, permaneciendo allí unos tres cuartos de hora.

Sobre las once, Fromm, Stauffenberg y Klausing fueron conducidos al área central de la Guarida del Lobo, donde tuvieron un encuentro informal con el mariscal Keitel, al que Fromm consideraba su “buen amigo”.

A las 13.00 horas, Fromm, Keitel y Stauffenberg se dirigieron al llamado informe matinal, que se iba a celebrar en un barracón cercano al búnker del Führer. En la puerta departieron de temas triviales con el general de la Luftwaffe Karl Bodenschatz hasta que, unos diez minutos más tarde, llegó Hitler, acompañado por el almirante von Puttkamer, un guardaespaldas y su jefe de fotógrafos.

Keitel saludó de forma servil a Hitler, como en él era habitual. El fotógrafo apuntó y tomó el momento en el que Bodenschatz hacía una ligera reverencia al dictador, mientras se estrechaban las manos. En esa imagen, Stauffenberg aparecería en posición de firmes, con la espalda recta, mirando en dirección a Hitler.

Para romper el hielo, Keitel empezó a narrar a Hitler los detalles de la última cacería en la que había participado, e intentó introducir a Stauffenberg en la conversación, halagando el hecho de que pudiera montar a caballo pese a sus impedimentos físicos. A continuación, todos entraron en el barracón para dar inicio a la reunión.

Esta conferencia duró sólo media hora. Aunque después se celebraron dos reuniones más, igualmente breves, seguramente Stauffenberg no encontró el momento adecuado para armar la espoleta, una acción para la que se requerían unos minutos. Únicamente contamos con el testimonio de Berthold, el hermano de Stauffenberg, para intentar averiguar por qué no se produjo el atentado. En sus declaraciones posteriores a la Gestapo afirmó: “Mi hermano me dijo que las conversaciones fueron interrumpidas de improviso, pidiéndose a Claus que informara personalmente de ciertas cuestiones, por lo que no pudo realizar el atentado planeado”.

Esta hipótesis es verosímil, pero otras fuentes aseguran que, ante la ausencia de Himmler y Goering en la reunión, Stauffenberg salió de la sala para llamar a Berlín y pedir consejo. Esta versión fue la que la mujer de Mertz von Quirnheim dejó escrita en su diario; según su testimonio escrito, poco antes de la reunión Stauffenberg preguntó telefónicamente a Olbricht si debía seguir adelante pese a la ausencia de ambos jerarcas nazis, y tras un intercambio de opiniones bastante largo entre los conjurados se le dijo que no actuase. Pero Von Quirheim actuó después por su cuenta y, tomando el aparato, recomendó a su amigo Stauffenberg que hiciera estallar la bomba de todos modos. Al parecer, Claus coincidió con él en que eso era lo más acertado, pero al regresar comprobó que Hitler se había marchado ya.

Fotografía tomada el 15 de julio de 1944 en la Guarida del Lobo.

Stauffenberg, a la izquierda, observa a Hitler. Cinco días después atentaría contra su vida.

Sea como fuere, antes de dirigirse al aeropuerto para regresar a Berlín, Stauffenberg telefoneó a Olbricht para comunicarle brevemente que el plan había fracasado. Esta noticia produjo en los conspiradores una gran decepción, además de un enfado considerable, puesto que se había lanzado ya la primera fase de “Valkiria”, haciendo caso a Stauffenberg. Rápidamente se abortó el proceso, pero la alarma ya había sido dada. Naturalmente, desde el Alto Mando se pidieron después explicaciones a esa sorprendente puesta en práctica del plan “Valkiria”, pero Olbricht se mostraría eficaz a la hora de convencerles de que no se trataba más que de un simulacro, concretamente “un ejercicio táctico para comprobar la capacidad de acción del Ejército territorial”.

CRECE AÚN MÁS LA TENSIÓN

Los conspiradores pudieron respirar tranquilos, pero estaba claro que no podían permitirse ni un error más. El nerviosismo cundía entre los implicados, que temían verse descubiertos de un momento a otro. Comenzó a extenderse por Berlín el rumor de que “el Cuartel General del Führer va a estallar por los aires”. Era improbable que alguien del círculo de conjurados hubiera cometido esa indiscreción, pero esos comentarios no pasaron desapercibidos a los oídos de la Gestapo, que extremó las pesquisas para descubrir lo que había de verdad en ese más que inquietante rumor. Esas investigaciones pusieron a la Gestapo en la pista del doctor Goerdeler, el que debía convertirse en el próximo canciller en caso de triunfo del golpe; Stauffenberg le aconsejó que se mantuviera escondido y pidió al resto de conjurados ser más prudentes que nunca.

Los días posteriores al frustrado atentado del 15 de julio fueron transcurriendo en medio de una tensión insoportable. Cuando alguno de los implicados en el golpe oía que alguien llamaba a su puerta o a su teléfono, se sobresaltaba al creer que la Gestapo le había descubierto. Era cuestión de días, si no de horas, el que la policía de Himmler procediese a detenerlos a todos. En esas jornadas Stauffenberg se esforzó en aparecer cordial y tranquilo, intentando transmitir algo de serenidad en un ambiente que rezumaba ansiedad.

Por suerte para Stauffenberg y los conjurados, el conde fue convocado de nuevo al Cuartel General en Rastenburg. Debía acudir a la reunión de situación o Führerlage <strong>[7]</strong>. Allí tendría la oportunidad de estar junto a Hitler durante más de dos horas, por lo que dispondría del tiempo necesario para activar la bomba y situarla a su lado. Por fin se presentaba el momento de culminar todo el trabajo realizado en los meses anteriores.

Pero, llegados a este punto, ya no estaba en juego sólo el futuro de Alemania, sino la propia supervivencia de los implicados en el complot. Si regresaba de esa reunión con la bomba en su cartera, tan sólo les quedaría esperar a que la Gestapo se presentase para arrestarlos a todos. Sin duda, ésta era la última oportunidad.


  1. <a l:href="#_ftnref5">[5]</a> El momento más difícil a lo largo de la carrera militar de Günther Von Kluge fue cuando se encontraba a las puertas de Moscú, en diciembre de 1941. Advirtiendo la necesidad imperiosa de una retirada limitada, telefoneó en varias ocasiones a Hitler para que le permitiese ordenar el repliegue, pero chocó siempre con la irracional obstinación del Führer. Obligado a mantener las precarias posiciones defensivas que ocupaban en ese momento, Von Kluge actuó con decisión y logró evitar que los rusos rompiesen el frente y provocasen una desbandada en las tropas alemanas.Aunque Von Kluge era una de las figuras más respetadas en el Ejército alemán, eso no fue obstáculo para que fuera objeto de las envidias de sus compañeros, que lo apodaron “Hans, el sabio” (Kluge Hans), haciendo un juego de palabras con el nombre por el que se conocía a un famoso caballo que, a principios de siglo, había demostrado poseer una asombrosa capacidad para realizar operaciones matemáticas.

  2. <a l:href="#_ftnref6">[6]</a> Los ensayos realizados con los explosivos británicos demostraron su superioridad respecto a los germanos, al proporcionar una gran potencia destructora en un tamaño muy reducido. Además, el sistema de explosión de estos artefactos ideados por los ingleses era sencillo y silencioso, sin desprendimiento del habitual humo delator, pues bastaba con romper una ampolla de cristal que contenía ácido; este ácido se encargaba de corroer un alambre fino que sostenía un resorte, el cual, al saltar tras la rotura del alambre, liberaba el percutor que provocaba la explosión. Este sistema permitía decidir, con un margen de error no muy elevado, el momento en el que debía estallar la bomba; existía una gama de alambres que, dependiendo de su diámetro, tardaban un tiempo determinado en romperse. Aunque hoy día pueda parecer un método muy poco sofisticado, en ese momento era considerado innovador. Stauffenberg dispondría de ese sistema de activación de la bomba para llevar a cabo su atentado.

  3. <a l:href="#_ftnref7">[7]</a> Esa conferencia diaria era el acto central en la vida cotidiana de Hitler; además de ser el eje de su rutina diaria, constituía la máxima expresión de su mando militar. En el verano de 1944, la época en la que se efectuaría el atentado, esas reuniones se celebraban hacia el mediodía o a primera hora de la tarde, normalmente a la una.La llegada de Hitler a la sala se anunciaba con las palabras “Meine Herren, der Führer kommt!” (“Señores míos, viene el Fürher”). Todos los asistentes le saludaban a la manera nazi y Hitler estrechaba la mano a cada uno de los presentes. Con la ayuda de grandes mapas confeccionados por los departamentos de operaciones de los estados mayores, Hitler era informado de las últimas noticias en el frente.Las conferencias se solían prolongar al menos dos horas pero, si la situación lo requería, podían durar hasta cinco o seis. Las Führerlage no se desarrollaban según criterios operativos; cuando un tema centraba su atención, Hitler podía estar hablando durante horas, disertando sobre las características técnicas del armamento o cifras de producción, para lo que tenía una memoria asombrosa. Además, Hitler se implicaba en las decisiones tácticas más insignificantes, dando órdenes de desplazamiento de tropas a escala de batallón o compañía, transmitiéndose de inmediato a los puestos de mando sobre el terreno para su ejecución. Para disponer de más información, el dictador reclamaba mapas más precisos, lo que suponía una carga extra de trabajo. Todo ello hacía que los generales que acudían a estas reuniones diarias se desesperasen al contemplar semejante pérdida de tiempo pero, obviamente, nadie se atrevía a plantear una queja.