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Esto fue contado en un pueblo de la costa. Estábamos de paso, sentados alrededor de una mesa en la vereda del hotel, y era el final del crepúsculo: era el verano pesado y lento, junto al río hinchándose para reventar en marzo y anegar el incesante y cambiante litoral desde Misiones hasta el Plata. Los dos de la ciudad, enloquecidos por los mosquitos, tomábamos vermouth, comiendo queso y salame, y el dueño del hotel que era también el dueño del cine y de la tienda más importante del pueblo, y el principal acopiador de pieles de la zona, que había invitado, un hombre muy alto de ojos saltones y húmedos, un gigantón algo flácido y crédulo de treinta y cinco años, habló largamente hasta que fue la noche y pasamos al comedor, y él se olvidó del asunto para dedicarse a hablar de la cosecha del arroz y del aumento de las mercaderías. Así que, mientras los mosquitos zumbaban, y todo el crepúsculo espeso y gradual zumbaba entre los árboles increíbles, entre la grave y cargada vegetación y la arena cambiante y pesada, y los gritos, quejidos y silencios prenocturnos, comenzados a oír poco a poco después de ese momento de la tarde inmóvil en que no hay luz, ni obscuridad, ni gritos, ni nada, ni se ve ni se oye nada, supimos cómo el viejo Arce compró en doscientos pesos a Rosita Rolan al propio padre de ella, Cándido Rolan, unos años atrás, en la vereda misma del hotel, llevándosela después para su casa. Supimos, asimismo, que el viejo Arce tenía en ese entonces sesenta y siete años, Rosita quince, y el menor de los hijos del viejo, Domingo, que era el último de los diez que había tenido el viejo con dos mujeres que se habían ido del pueblo o muerto, y era el único que quedaba con él en el rancho, tenía diecinueve años. Así que trasmitimos tanto lo escuchado como lo supuesto y lo dedicamos a Milton Roberts.
Echado en el catre (era de noche), Domingo oía la voz incesante del viejo Arce aproximándose al rancho. Estaba en la penumbra. Acababa de anochecer. A unos cincuenta metros de allí el agua del San Javier venía a morir en la costa, al parecer con un murmullo rítmico y largo.
Por la voz, Domingo supo que el viejo había estado tomando en el hotel y ahora venía con alguien, ya que hablaba sin cesar explicándole alguna cosa a la otra persona que parecía seguirlo en silencio. También por las vacilaciones y los cambios de voz, Domingo adivinaba con exactitud en qué punto cercano a la casa se hallaba su padre, si tropezaba o se tambaleaba, o si se volvía para mirar a la otra persona, imaginando la encogida figura del viejo Arce, con el sombrero de paja, los pantalones y la camisa rotosos, descoloridos y sucios, caminando delante de su silencioso acompañante. No entendía las palabras; oía sólo la voz rápida, exasperada y chillona, dificultosa a veces y entonces Domingo pensaba viendo "ahora salta el zanjón," "ahora cruza el alambrado," "ahora se ríe de lo que acaba de decir y mira al de atrás por un momento"; echado en el camastro, en la penumbra del cuarto en el que se colaba por el ventanuco rectangular abierto sobre la pared de adobe un complicado motivo blanco y negro que la claridad ultralunar proyectaba a través de la fronda de los árboles y que iba a reproducirse inmóvil, como dibujado, como una muestra de tejido arcaico con un marco oblongo expuesto sobre la cortina negra de un museo, un poco más allá del camastro, sobre el piso.
Había estado trabajando en la arrocera hasta las seis, regresando y echándose en su camastro permaneciendo despierto y pensando hasta entonces, y eran como las nueve. Domingo se quedaba distraído muchas veces, donde estuviera, sin que nadie pudiese saber en qué pensaba. El sí. El estaba al tanto de que pensaba en la ciudad, en tomar el gran ómnibus amarillo y rojo de las seis de la mañana frente al hotel y viajar de una vez por todas a la ciudad para instalarse allí con un trabajo fijo y cambiar de vida. Comenzó a oír los pasos: las descoloridas y rotas alpargatas del viejo Arce resonando opacamente sobre el sendero de arena, o quebrando la maleza polvorienta que crecía en las inmediaciones del rancho. Después llegaron y el viejo dejó de hablar. Domingo oyó los golpes de las alpargatas contra el piso de tierra frente a la puerta del rancho y la voz de su padre, próxima y nítida por un momento.
– Pera -dijo la voz a la persona que lo acompañaba.
"Es algún pielero", pensó Domingo, "o a lo mejor es Cándido Rolón; han estado tomando en el hotel", pensó. Se incorporó sobre la cama, sosteniéndose por los codos, en el mismo momento en que la silueta de su padre, le pequeña y oscilante figura, apareció en la puerta, resaltando sobre la grisácea claridad lunar del exterior.
– Domingo -dijo el viejo.
– Acá estoy -respondió, él.
– Bueno -dijo el viejo desde la puerta, con voz ensimismada, habiendo confirmado la presencia de Domingo; y mientras se volvía al exterior:
– Prendé el farol -dijo.
– Pera que prenda -oyó Domingo que el viejo decía a la otra persona; y él se palpó el bolsillo de la camisa, sacó la caja de fósforos y fue a descolgar el farol que pendía del travesaño. Lo trajo consigo hasta la mesa, encendiéndolo; primero se trató de una llamita tenue, más intensa en seguida; después volvió a mermar un poco echando un humo negro pringoso y por último se convirtió en una incandescente lengua blanca de luz inmóvil, que expandía una exigua claridad de un tinte ligeramente verdoso.
El viejo entró sin esperar que él lo llamara, apenas la luz estuvo encendida.
– Pasa Rosa -dijo volviéndose para hablar a la persona que lo acompañaba-. Es la Rosita del Cándido. Es mujer mía ahora -dijo el viejo.
El viejo Arce estaba tomado. Él lo supo apenas escuchó su voz, pero ahora con el sombrero echado hacia atrás dejando ver sobre la frente un mechón de pelo entrecano y como húmedo, viéndole los ojos, chicos y brillantes e inmóviles, como pintados y laqueados sobre su exigua cara color tierra, la certidumbre de Domingo se fortificaba. Cuando tomaba, el viejo Arce se ponía desconfiado y miedoso. No miraba a nadie. A veces le daban accesos de furia y se la agarraba con Domingo.
Rosa emergió en la habitación saliendo de detrás del viejo, como colándose sin que él la viera.
– ¿Qué decís, Rosa? -dijo Domingo-. Pasa y sentate.
– Háganos un poco de comer, chica -dijo el viejo. Por debajo del ala de su sombrero de paja se tironeaba el mechón de húmedo pelo gris, como pensativamente, mirando el suelo.
– Sí, don Arce -dijo la chica, quedándose inmóvil, mirando a Domingo.
Domingo la miraba.
El viejo fue y se sentó en una desvencijada silla de paja junto a la tosca mesa apoyando un pie sobre el travesaño de la silla. Encogido como estaba, su pequeño cuerpo parecía mucho más pequeño de lo que era.
– ¿Qué hay de la arrocera? -dijo como hablando para sí mismo-. Bueno -agregó rápidamente.
Rosita se hallaba de pie, una mano estrujando un pañuelo, el dorso en la palma de la otra a la altura del vientre, de modo tal que los antebrazos se apoyaban en las caderas. Tenía un vestido de algodón estampado con flores azules, abrochado en la parte delantera, apenas ceñido a la cintura. Calzaba unas zapatillas rojas de goma, nuevas. Viéndola Domingo recordó el baile en la pista del club, el último sábado. Recordó la salida del baile, a la madrugada, y lo que él y Rosita habían hecho en el pasto, echados cerca de la costa.
– Ahí hay carne -dijo Domingo señalando el travesaño con la cabeza.
– Haga un asadito si le viene bien -dijo el viejo Arce.
Rosita fue hasta el travesaño y descolgó una tira de carne oreada que dejó sobre la mesa.
– Indíquele la cocina -dijo el viejo a Domingo, tironeándose el mechón de pelo, los ojos clavados en el piso de tierra-. Después vení, Domingo, así te vas al almacén a tráir vino.
La cocina estaba en el exterior, una chocita unida transversalmente a la pared del rancho. Desde hacía por lo menos cinco años el viejo decía que iba a construir una galería para protegerse en los días de lluvia en el trayecto de la cocina al rancho.
Domingo iba adelante; sentía detrás suyo a Rosita.
En la cocina, mientras trataba de encender el farol, dijo en voz baja, en la oscuridad
– ¿Qué decís, Rosita?
– Y, nada -dijo Rosa.
La sintió sonreír tímidamente en la oscuridad. La llama vaciló antes de cuajar, se movía, y después fue una moneda blanca e inmóvil, dura. La cara obscura de Rosa emitía reflejos oliváceos; su nariz mocha brillaba.
Al hacerse la claridad, Domingo observó que ella lo miraba seriamente, con una curiosidad atenta y expectante.
– Bueno -dijo Domingo, señalando unos trastos-. Ahí Tenés todo. Afuera hay leña y el braserito lo vas a encontrar atrás.
Ella lo miraba. Tenía la tira de carne en una mano.
– Dice la Juana que vos le dijiste que se viniera para acá -dijo-. ¿De veras?
Domingo se volvió para irse.
– Por lo que precises llámame -dijo.
Regresó al rancho. El viejo estaba encogido sobre la silla.
– Fíjate que esta chica era un peso para el Cándido -dijo al entrar él, sin mirar hacia la puerta, como si hubiera estado esperándolo-. El andaba pensando en casarla. "¿No conoce un hombre bueno, don Arce, para la Rosa?", me dijo.
Parecía haber estado reflexionando sobre lo que iba a decir. Se había echado tan atrás el sombrero que media cabeza, con su desordenado pelo gris, quedaba en descubierto, y la parte posterior del ala del rotoso pajizo le rozaba la espalda.
– "¿Bueno cómo?" le digo yo -continuó diciendo el viejo-. "Usted sabe, don Arce, un hombre bueno", dice. Ya sabes que yo siempre he sido como un padre para Cándido. "Yo que querés que te diga", le contesté. "Uno sabe como es uno, pero de los demás, quién sabe. Quién dice que no te aconseje y después tengas un sinvergüenza en tu casa". -Miró a Domingo-. Estuvo bien dicho, ¿no te parece?
Domingo miró al viejo pero éste se hallaba con los ojos clavados en el piso.
– Seguro que sí -dijo con algún énfasis.
– Bueno -dijo el viejo-. "Eso no sería culpa suya", dice el Cándido. Entonces yo le dije que para casar a la chica tenía que buscar un hombre asentado, con experiencia, y que él conociera bien: que lo buscara de por aquí, sin ir tan lejos. "¿Usted no sabe quién puede ser, don Arce?", me dice el Cándido. "Y, yo no sé", le digo. "Hombres buenos no abundan en estos tiempos"; miró a Domingo. "¿No te parece que dije bien?", dijo.
Domingo movió rápidamente la cabeza tratando de no encontrarse con la mirada de su padre. Más bien dejó deslizar su mirada por todo el rancho, semejante al interior de una cueva: cerca de la mesa la luz era más intensa que en los rincones, y todo el rancho estaba lleno de cosas, camastros, travesaños, cueros, y también de sombras, y si por casualidad el viejo tocaba con el codo o la pierna la tosca mesa haciendo temblar el farol, todas las sombras y al parecer también todas las cosas se movían en el interior del rancho por un momento.
– Seguro -dijo Domingo sin mirar a su padre.
– "Si usted me aconseja", dijo Cándido, "yo voy a seguir su consejo al pie de la letra" -siguió diciendo el viejo-. "Pero que consejo te puede dar un hombre viejo como yo. Veinte años atrás, todavía. Ahora corren otros tiempos". "Bien dicho, don Arce -me dice-. Usted es un hombre con experiencia: hombres así no abundan en estos tiempos". "Y así como ves, Cándido," le digo, "vivo solo, sin mujer, teniendo que hacerme la comida y lavándome yo solo la ropa. Si no fuera por el Domingo, que de vez en cuando me cocina, me habría muerto de hambre hace rato". "¿Y cómo, don Arce?", dice el Cándido, "usted, un hombre tan bueno, viviendo en esas condiciones". "Bueno", le digo, "la verdad es que yo estaba pensando en conseguirme una compañera, pero sin apuro, ¿sabes Cándido? Primero quiero hacer una galería que cubra la puerta del rancho y de la cocina, para que la pobre no trabaje a la intemperie". El viejo hizo silencio por un momento, como reflexionando. En eso el Cándido me mira fijo -continuó- y dice "¿No quiere tomar un vino, don Arce?" "Cómo no iba a ir. Habíamos estado hablando en la plaza, donde nos hallamos de cruce, y nos fuimos para el hotel. El Cándido no dijo una palabra hasta que llegamos, más, miento, hasta después que tomamos el vino y volvimos a salir, y empezamos a cruzar de vuelta la plaza. Dice: "Don Arce, estuve pensando, ¿sabe? Yo sé quién es el hombre que le conviene a la Rosa ". "Ah", digo yo, "¿y puedo saber quién es?" "Pero cómo no", dice el Cándido, y después, dándome un golpecito en el hombro, me mira muy serio y dice: "Usted, don Arce". Me llevó hasta el rancho, la hizo cambiar a la Rosita y le dijo que se viniera conmigo. Y así fue como me la traje.
– Sí -dijo Domingo-. Déme para el vino.
Estaba de pie frente al viejo, la camisa y los pantalones descoloridos, los brazos separados del cuerpo. Era bajo como su padre, pero mucho más macizo y tenía la piel oscura y brillante. El viejo buscó un momento en sus bolsillos, de sentado, con gran dificultad, y después se puso de pie para continuar buscando; después de dar vuelta los bolsillos delanteros del pantalón de uno de las cuales cayó un paquete de "Colmena" que Domingo vio dar contra el suelo sin moverse para recogerlo, sin hacer siquiera un gesto, con la vista clavada en el viejo, su padre empezó a registrarse los bolsillos traseros haciendo un gesto con la cabeza que al parecer quería decir que no se explicaba dónde diablos había ido a parar el dinero.
– Pero yo no sé -dijo dejando de buscar. Después empezó a acomodarse el forro de los bolsillos y se agachó para recoger el paquete de cigarrillos. Sacó uno y se guardó el paquete-. Bueno -dijo al fin- Cómpralo de tu plata que después yo te doy.
Domingo salió al patio, a la noche. Por la abertura de la cocina veía la gran sombra de Rosa moviéndose en medio de la tenue claridad verdosa que expandía el farol. La noche estaba límpida, llena de estrellas inmóviles brillando sobre la superficie tensa y lisa del cielo. Todo el lugar estaba iluminado por la claridad lunar, y más allá, visible entre los árboles que formaban un angosto bosquecito anterior a la costa, el río era una plácida planicie atravesada por cambiantes reflejos. Domingo se encaminó a la cocina; Rosa estaba salando la carne sobre una mesita. Junto a ella se hallaba el farol.
– Busca leña -dijo Rosa.
– Voy al almacén -dijo él.
Rosa dejó de salar. Echaba sal con la mano sobre la carne y después pasaba la mano para desparramarla. Dejó de salar.
– ¿Es cierto lo de la Juana? -dijo, mirando a Domingo. Éste metió los dedos en la bolsa de sal y después empezó a chupárselos. No dijo nada. Volvió a meter los dedos en la bolsita y volvió a chupárselos, y Rosa todavía lo miraba.
– ¿Cierto? -volvió a decir Rosa.
– Voy al almacén -dijo Domingo, dándose vuelta y saliendo de la cocina.
Los perros se le aproximaron y comenzaron a saltar y a ladrar a su alrededor. Domingo atravesó el espacio abierto frente a la casa y tomó el sendero paralelo al bosquecito, internándose entre la maleza que crecía a los costados de la angosta cinta de tierra arenosa. Los perros llegaron con él hasta el alambrado; él lo cruzó, saltó el profundo zanjón y al retomar el paso normal oyó detrás suyo a los perros, cuyos ladridos comenzaban a alejarse en dirección a la casa.
Regresó con dos botellas de vino, una en cada mano. Cerca de la casa comenzó a sentir el aroma de la carne asándose. Cuando llegó vio a Rosa en el patio, detrás de la cocina, inclinada sobre el brasero del que se elevaba una columna de humo oblicua y lenta. El viejo la contemplaba apoyado en el marco de la puerta del rancho, su figura nítidamente recortada contra la claridad verdosa del interior.
Rosita se incorporó cuando él llegó:
– Eh, Domingo -dijo, pasándose el dorso de la mano por los ojos.
– Domingo -dijo el viejo-. Saca afuera la mesa para comer al fresco. Deja por ahí las botellas.
Domingo dejó las botellas en el suelo y fue hasta el interior del rancho. El viejo le dio paso en la puerta, saliendo al exterior, tambaleando.
Domingo retiró el farol de la mesa y lo colgó del travesaño; al hacerlo todas las sombras se movieron, y como el farol quedó oscilando levemente pendiendo del travesaño, mientras Domingo alzaba la mesa con las dos manos y la llevaba al patio, todas las sombras en el interior del rancho estuvieron moviéndose lentamente; cada vez más lentamente hasta que el farol colgado quedó inmóvil y las sombras se detuvieron.
Domingo depositó la mesa en el patio. Rosa se hallaba inclinada cerca del brasero. El aroma de la carne asándose se mezclaba con el de la humedad, el de los árboles y el de la noche. Detrás de Domingo, contra la claridad rectangular de la abertura, el viejo Arce encendía un "Colmena" y sacudía después el fósforo arrojándolo lejos de sí, hacia la noche. Los perros se hallaban lejos de la casa, moviéndose y ladrando sin cesar, y de pronto, amarillos o verdes, duros como piedras preciosas, sus ojos brillaban.
– Chichos, chichos -les gritó el viejo distraídamente, sibilinamente, avanzando unos pasos para recoger una botella de vino del suelo-. Trái una sillas, Domingo -dijo mirando la botella.
– ¿Quiere que la destape, don Arce? -dijo Rosa viniendo hacia él- Domingo, trái un tirabuzón.
– Está en la cocina -dijo Domingo, yéndose para el rancho. Había dos sillas de paja completamente desvencijadas y un cajón precario. Domingo juntó las sillas por los respaldares, las levantó por los travesaños y con la otra mano alzó el cajón, regresando. En la puerta se puso de costado; sacó las sillas primero, y después el cuerpo, y detrás el cajón. Al salir vio la gran sombra de Rosita en el interior de la cocina. El viejo estaba con la botella en la mano, aguardando junto a la mesa. Domingo distribuyó las sillas y el cajón alrededor de la mesa. El viejo se sentó en una de las sillas.
– Dame el tirabuzón -dijo en voz alta hacia Rosa, en la cocina.
– No lo encuentro, don Arce -dijo la voz de Rosa desde la cocina.
– Vaya enséñele, Domingo -dijo el viejo.
Domingo fue a la cocina. Antes de entrar vio la sombra inmóvil de Rosa proyectada contra la pared y el bajo techo de la choza. Al entrar vio a Rosa con el tirabuzón en la mano, sonriendo malévolamente. Domingo se detuvo.
– ¿Es cierto? -dijo Rosa, en voz muy baja-, ¿eh? ¿Es cierto?
– Dame el tirabuzón -dijo Domingo en voz baja, aproximándose a Rosa. Ella no se movió-. Dámelo te digo -dijo Domingo, tratando de quitárselo. Ella no lo soltaba y se reía.
– ¿Es cierto? ¿Es cierto? -dijo en voz muy baja. Soltó el tirabuzón. Domingo regresó al patio y le entregó el tirabuzón a su padre. Éste se dispuso a sacar el corcho a la botella.
– Rosita -gritó hacia la cocina-. Trái unos vasos.
– Ya va, don Arce -dijo la voz de Rosa desde la cocina.
Domingo se sentó en el cajón, de modo que tenía enfrente el bosquecito y más allá el río. Los perros se movían en el espacio abierto frente a la casa, saltando y corriendo, perfectamente visibles en la claridad nocturna. Ahora toda una franja dorada, la luz de la luna, se había asentado sobre el río, y Domingo podía verla. Sólo el bosquecito permanecía envuelto en una penumbra más densa.
Domingo encendió un cigarrillo. Echó una primera bocanada de humo y después sopló el fósforo. Rosa vino con los vasos: un alto vaso de vidrio verde, un vaso pequeño y panzón y un jarro abollado. El viejo Arce sostuvo la botella con los muslos y de un tirón sacó el corcho. Echó vino en el vaso verde, hasta el borde, y dejó la botella sobre la mesa. Domingo sacó el tirabuzón del corcho, distraídamente y tapó la botella. Los mosquitos zumbaban alrededor de la mesa y el viejo los espantaba con manotazos cortos y negligentes. Mientras tanto alzó el vaso y de un solo trago se bebió tres cuartas partes del contenido.
– Esta semana vamos a hacer la galería -dijo dejando el vaso sobre la mesa, pasándose después la lengua por los labios.
– Sí -dijo Domingo, pensando en otra cosa.
– ¿Y, de áhi? -dijo el viejo a Rosita.
– Ya va, don Arce -dijo Rosita. Fue hasta el brasero y se inclinó para mirar la carne, regresando. Después dijo:
– ¿De veras, don Arce que Domingo está por juntarse con la Juana de lo Baucedo?
El viejo se rió.
– Yo no sé -dijo-. Primero va a hacer la milicia, ¿no es cierto, Domingo? Con el traje de militar va poder elegir mejor. ¿Cuál de las Baucedo decís vos? Si tiene como una docena.
Domingo habló con un tono vagamente rencoroso.
– ¿Ahora por una vez que la vi -dijo- voy a tener que juntarme con ella? Por favor.
A Rosa no le gustó eso.
– ¡Por favor! -repitió.
Comieron. El viejo se durmió antes de terminar la comida. Domingo encendió un cigarrillo y se levantó de la mesa. El viejo tenía las piernas estiradas bajo la mesa, y había entrecruzado las manos sobre el vientre apoyando la cabeza contra el travesaño superior del respaldar de la silla. Continuaba con el sombrero puesto, a punto de caérsele para atrás. La parte visible de su pelo gris estaba revuelta y como húmeda; parecía pegada al cráneo como una peluca. De vez en cuando el viejo se movía, cabeceaba, gruñía, o roncaba.
– Voy a ver si sale algo -dijo Domingo. Rosa no le contestó. Él fue al interior del rancho y dirigiéndose hacia uno de los rincones se agachó donde había una cantidad considerable de redes, líneas y cañas para pescar; había también un mediomundo con sus tiros y su palo. Domingo hurgó un momento entre el revoltijo de elementos de pesca, deteniéndose de vez en cuando con alguna línea para observar sus anzuelos. Por fin eligió una. Con el cigarrillo pendiendo de sus labios, el humo ascendiendo en una lenta columna gris contra su cara, Domingo trabajó cuidadosamente con la línea verificando el estado de los anzuelos y desenredándola. Después se la puso bajo el brazo, enrollada, descolgó el farol del travesaño, entre las sombras moviéndose, y se encaminó afuera, con el farol en alto, dejando tras de sí, en el interior del rancho, toda la sombra.
Rosa limpiaba la mesa. A la luz del farol aproximándose, su rostro fue tocado por un destello malévolo. Domingo dejó el farol y la línea sobre la mesa, pasó junto a Rosa encaminándose al brasero, sacó un pedazo de carne y regresó con él hasta la mesa, mientras Rosa se dirigía a la cocina con los platos y los vasos. El viejo dormía. El sombrero se le había caído por fin. Respiraba profunda y rítmicamente balanceando la cabeza desnuda. Domingo cortó en pequeños trozos la carne y después, llevando la carne en la palma de la mano, alzó el farol y la línea dirigiéndose al río. Al caminar movía el farol, que llevaba en alto aunque la noche era clara y todas las sombras y las cosas se movían rápidamente alrededor suyo. Los perros saltaban y corrían a su alrededor, en silencio.
La costa era una estrecha franja de arena blanca, hecha también como de materia lunar, y matas de pasto ralo. A un metro de la costa, el río se volvía considerablemente profundo. Domingo colgó el farol en la rama de un sauce caído sobre la corriente; el árbol tenía mucha raíz afuera y su tenue fronda era atravesada por la claridad cálida de la luna. Sobre el río flotaba un reflejo fluctuante, quebradizo. Domingo dejó la carne en el suelo y comenzó a desenredar lentamente la línea. Bajo la claridad verdosa del farol su figura se movía inclinándose, dando pasos en una u otra dirección, moviendo las manos que hacían correr diestramente el piolín. Después dejó la línea lista en el suelo, buscó los trozos de carne y encarnó uno por uno los anzuelos. Ató el extremo de la línea a una de las raíces del sauce y después, alejándose unos pasos de la orilla revoleó por sobre su cabeza la línea, arrojándola. Al caer sobre el agua, los anzuelos y las plomadas produjeron un "floop" prolongado desintegrando por un momento el reflejo lunar, y convirtiéndolo en un rápido torbellino de esquirlas doradas.
Se sentó sobre la arena y encendió un cigarrillo, arrojando el fósforo al agua. De vez en cuando se inclinaba sobre la raíz del sauce para probar la tensión de la línea. Los perros habían desaparecido. Domingo trató de escuchar, hacia la casa, en medio del profundo silencio. Le pareció oír la voz de su padre diciendo "Rosa", y a Rosa responderle.
Despertó estirado sobre la arena, y debían ser más de las cuatro. Un silencio impresionante lo rodeaba. Se hallaba todavía semidormido, de modo que le costó un poco recordar que había tirado la línea, se había sentado a esperar y que al parecer se había quedado dormido. Se puso de pie, sacudiéndose la arena de la ropa, y después buscó un cigarrillo en el bolsillo de la camisa, pensando: "Otra vez hoy a la arrocera" y ayer, al crepúsculo, desde la seis hasta las nueve había estado echado en el camastro fumando cigarrillo tras cigarrillo y pensando en la ciudad.
Encendió un cigarrillo. El farol se había apagado. En la oscuridad, ahora un poco mas densa que unas horas antes, la llama del fósforo fue una forma súbita, brillante, que después cruzó el aire en semicírculo apagándose antes de llegar al agua. La incandescencia del cigarrillo era un punto débil de resplandor rojizo en la oscuridad.
"Otra vez hoy a la arrocera", pensó. Era peón. Trabajaba ocho horas acarreando bolsas o bien barría el patio, o hacía mandados a los empleados de la administración, pero él había ido a la escuela hasta cuarto grado y no se conformaba con eso.
Ahora se sentía cansado. Pensó regresar a la casa, y recordó a Rosa y al viejo. Se sentó nuevamente en la arena, con lentitud, como dejándose caer, viendo, al hacerlo, el sábado anterior, a la salida del baile: Rosa lo había escuchado atenta y pensativamente cuando él le habló, con cierta cautela y de un modo muy vago, de su proyecto de irse a la ciudad. Ahora ella se había venido con el viejo. "Justo Rosa tuvo que ser", pensó.
"Otra vez al patio de la arrocera", pensó recostándose sobre la arena. Se adormecía en aquella penumbra quieta, estirado de espaldas, con un brazo encogido sobre el pecho, sosteniendo en la mano el cigarrillo consumiéndose. Le dio una última pitada (el resplandor mínimo de la brasa se hizo más intenso) y arrojó el cigarrillo hacia el agua. La brasa fue desintegrándose en el aire, llenándolo de chispas rojas y fugaces, y al caer sobre el agua se apagó súbitamente. Después Domingo se durmió.
Con el sol muy alto ya detrás suyo, Domingo caminaba precedido por su larga sombra tenue que serpeaba sobre los pastos y el terreno. Detrás quedaba el río (la luz del sol, blanca y quebradiza, temblaba sobre la superficie) y ahora Domingo atravesaba el bosquecito. El sol se colaba por entre la fronda de los árboles y sus rayos caían oblicuamente en el pasto húmedo, al pie de los troncos. Se oía un rico y enloquecido canto de pájaros. Domingo caminaba lentamente, llevando el farol y la línea, y veía ya, al tiempo que hundía sus alpargatas en el terreno compuesto de algo que era tierra y arena al mismo tiempo, al viejo Arce sentado junto a la puerta del rancho chupando el mate que Rosa acababa de entregarle. El viejo siempre se levantaba temprano. Todos los días, al despertar, la primera certeza de Domingo era que el viejo se hallaba junto a la puerta del rancho, en el verano, o en el interior de la choza lateral, llamada la cocina, en el invierno, mateando desde mucho antes que él hubiera comenzado a despertar. El viejo tenía una botella de caña junto a la cama: despertaba, se vestía, iba a orinar largamente en la letrina que se hallaba a diez metros de la casa, detrás, en dirección contraria al río, y después, antes de lavarse la cara, si es que se la lavaba, o poner agua al fuego, tomaba un trago de caña, se hacía una especie de buche o gárgara con él y después se lo tragaba.
Si bien, y como desde que tenía uso de razón Domingo lo había observado, el viejo se levantaba todas las mañanas muy temprano, antes de la salida del sol, hubiera dado lo mismo que lo hiciera al mediodía o a cualquier otra hora. Se quedaba sentado dos o tres horas mateando y fumando, corriendo la silla a medida que el sol avanzaba de modo de quedar siempre a la sombra. Después se iba al pueblo y no regresaba hasta muy tarde la noche, salvo algunas veces en que volvía al mediodía para poner una tira de carne a la parrilla y aguardar que estuviera a punto para mandársela con un poco de galleta y un litro de vino. Si se quedaba en el pueblo siempre se las ingeniaba para que alguno lo invitara con un poco de mortadela o queso, o con una lata de sardinas y unos vasos de vino en el almacén o en el bar del hotel. Si había estado recolectando conchilla o pescando y había vendido el producto de su actividad o tenía en el bolsillo unos pesos que Domingo le había dado para los vicios, era él el que invitaba entonces a algún otro, o bien juntaban el dinero de cada uno y formaban un solo capital que era indefectiblemente comido y bebido.
Así que daba lo mismo que el viejo se levantara a las cuatro de la mañana o al mediodía, y ahora estaba sentado junto a la puerta del rancho, tal vez desde las cinco o las seis, fumando o sorbiendo pensativamente el mate que Rosa, de pie junto a él, con el vestido floreado de la noche anterior, acababa de entregarle. El viejo estaba con el sombrero puesto, las piernas separadas, y un poco encogido sobre la silla. Rosa se hallaba mirándolo, cruzada de brazos, vio Domingo saliendo del bosquecito, entre los perros que habían salido disparando desde detrás de la casa y ahora lo rodeaban saltando y ladrando a su alrededor. Él los ahuyentaba tirándole suaves golpes con el pie y el farol.
Rosa ni siquiera lo miró cuando él llegó junto a la silla baja en que se hallaba sentado su padre. Tomó el mate que el viejo le devolvía y fue caminando indolentemente hacia la cocina.
– ¿Salió algo? -dijo el viejo.
– No -dijo Domingo, pasando junto al viejo y penetrando en el rancho. El camastro del viejo se hallaba desordenado. En el suelo, junto a él, había un espiral consumido: sólo quedaba un trocito incrustado en la base de la lata, y el resto era un montoncito de ceniza intacta en el piso. Domingo colgó el farol en el travesaño y dejó la línea en el lugar donde se hallaban los otros elementos de pesca. Quedó un momento de pie, como pensativo, y se encaminó nuevamente al exterior.
– Esta noche podemos comenzar la galería -dijo el viejo. Ya lo había dicho por lo menos mil veces en los últimos tres años. Hacía referencia al asunto tres o cuatro veces por día.
– Sí -dijo Domingo, mirando hacia el bosquecito.
Rosa regresó con el mate desde la cocina, dándoselo. Domingo lo agarró y comenzó a sorberlo. Miró a Rosa: estaba recién lavada, el rostro todavía un poco hinchado por el sueño, el pelo estirado hacia atrás sobre las sienes, todo mojado. De un borbotón de pelo oscuro sobre la frente, había comenzado a deslizarse una gotita de agua que dejaba sobre la oscura superficie lisa de la frente una estela brillante. La gota se detuvo en el entrecejo. Domingo recordó el último sábado, a la salida del baile, él y Rosa echados sobre el pasto, cerca del agua.
– Ando con ganas de cruzar a la isla -dijo el viejo, como hablando para sí mismo- y probar con la nutria. Lástima que no tenga escopeta. El Cándido tiene dos. Dice que una anda queriendo venderla: dice que con darle cincuenta pesos en el acto y ciento cincuenta más cuando se vaya pudiendo, la entrega. Dice que no hay más que engrasarla para que ande lo más bien.
Domingo terminó de sorber el mate y se lo devolvió a Rosa. Ésta regresó a la cocina. Domingo la miraba alejarse: el vestido floreado producía un tumulto indolente y tembloroso al ser sacudido por las nalgas.
– La conchilla no da para nada -decía mientras tanto el viejo-. Hay muchos juntadores y en el depósito te dan lo que quieren. La nutria sería un buen negocio, ¿no te parece?
Rosita desapareció por la puerta de la cocina, el negligente tumulto floreado, y Domingo se volvió hacia su padre. Éste miraba pensativamente el bosquecito y, más allá, el río.
– Y -dijo Domingo- seguro.
– Ahora claro -dijo el viejo en seguida-. Harían falta esos cincuenta pesos para la entrega. El Cándido vende el arma porque necesita. -Alzó la cabeza y miró a su hijo por un momento; su frente se llenó de arrugas inquisitivas. Rápidamente volvió a dirigir la mirada hacia el bosquecito, aunque no parecía mirar nada en especial, sino reflexionar lenta y vivamente sobre algo-. ¿No podrías pedir un adelanto en la arrocera? -dijo por fin.
Domingo lo miró.
– A los peones no dan -dijo-. Pagan por día.
– Ya sé -dijo el viejo- ya sé.
Quedó pensativo un momento. Domingo lo miraba. El viejo se movió sobre la silla, volvió la cabeza y sus miradas se encontraron.
– No -dijo el viejo- yo decía cobrar un poco del mes que viene, por ejemplo.
Domingo habló con voz muy suave.
– A los peones no dan -dijo.
Rosa regresó de la cocina, secando con el dedo el borde del mate.
– ¿Dónde dormiste? -dijo a Domingo.
– En la costa -dijo él.
Rosa se echó a reír.
– ¿Seguro? -dijo.
Él la miró. Ella lo miraba.
– Seguro -dijo Domingo mirándola. Sus ojos emitieron un leve destello, y también los de Rosa brillaron sonrientes por un momento. El viejo miraba el bosquecito con aire reflexivo, sosteniendo el mate con la palma de la mano, sin sorber. Uno de los perros salió a la carrera de detrás de la casa y cruzando velozmente el patio se internó en el bosquecito.
– Va a hacer mucho calor hoy -dijo el viejo, sorbiendo el mate. Domingo y Rosa dejaron de mirarse.
– Sí-dijo Domingo.
El viejo devolvió el mate a Rosa. Ella se dirigió a la cocina y Domingo la sentía alejarse detrás suyo, las suaves zapatillas rojas tocando el piso de tierra, y "vio" el tumulto floreado, las nalgas prietas y duras debajo, el último sábado.
– No -dijo el viejo lentamente-. Yo decía que si se pudiera conseguir ese adelanto, con la escopeta ya las cosas mejorarían mucho. En todo lo demás se pagaría con la misma nutria. ¿No te parece que digo bien?
– Sí -dijo Domingo. Y después, pensándolo-: ¿Y por qué no junta un poco de conchilla para la entrega?
– También -dijo el viejo, accediendo, en una impostación connivente y prolongada, moviendo pausadamente la cabeza en señal de acuerdo-. ¿Pero no te parece que va a llevar muchos días? Hoy no puedo ir a juntar porque tengo que ir al pueblo por unos asuntos.
– ¿Qué asuntos? -preguntó Domingo rápidamente. El viejo no lo miró. Estuvo como distraído por un momento, como si no lo hubiera oído, y después dijo:
– Unos asuntos.
– Bueno -dijo Domingo- me voy. Hasta luego.
– Hasta luego -dijo el viejo.
Rosita salió de la cocina con el mate.
– Pera Domingo -dijo-. Toma el último.
Domingo se detuvo, agarró el mate que Rosa le entregaba y comenzó a sorberlo. Ahora su padre, desde la silla, lo miraba pensativo, como si no lo viera. Domingo estaba casi de espaldas a él; lo percibía de soslayo. Sentía que su padre estaba mirándolo. Empezó a enrojecer.
– Hace la prueba -dijo el viejo, sin embargo-. Habla con alguno de la administración. A lo mejor te adelanta cincuenta pesos. Con la nutria, y con un poco de conchilla, y tu trabajo en la arrocera, vamos a terminar mejorando un poco. ¿No te parece que está bien pensado?
Domingo regresó al rancho al mediodía. Rosa se hallaba en el bosque-cito. Domingo tenía la cara sucia de tierra y llena de pequeñas estelas oscuras dejadas por las gotas de sudor al deslizarse sobre la dura piel. El bosque-cito era un lugar fresco en medio del intenso calor, tanto por la sombra de los árboles como por hallarse más cerca del agua que la casa. El río, sobre el que esplendía la luz cenital, estaba quieto y casi transparente, o exangüe, de una turbulencia marrón, como equívoca.
Rosa había llevado una silla y la mesa al bosquecito y leía una revista. No advirtió su llegada. Los perros corrieron hasta el zanjón y cuando él lo saltó y cruzó el alambrado, emitieron unos rápidos ladridos y comenzaron a dar saltos y a correr alrededor suyo. Él les hacía señas para que se callaran.
Uno se escurrió bajo el alambrado, saltó el zanjón y desapareció husmeando entre la maleza. El otro se sentó sobre sus cuartos traseros y se quedó mirando a Domingo. Este se inclinó hacia él, sonriendo, y le hizo un gesto indicándole que se callara. El perro lo miraba atentamente, los ojos amarillos muy húmedos y brillantes, la lengua rosada temblando a un costado del hocico negro, las orejas caídas, con un aire de desconfianza y perplejidad. Domingo se inclinó más hacia él, cada vez más, mirándolo, hasta que se vio reflejado en los ojos amarillos del perro. Estuvieron contemplándose por un momento. Domingo sonreía y el perro parecía tratar de comprender, moviendo las orejas, todos los músculos de su cuerpo temblando en una expectante tensión bajo la pelambre grisácea.
– Fuera, chicho -dijo Domingo, con voz suave, muy baja, y el perro jadeaba. Su larga lengua rosada temblaba más vivamente que su cuerpo.
Domingo se enderezó y comenzó a caminar lentamente hacia Rosa. El perro continuó mirándolo con extrañeza. Tres o cuatro pasos adelante Domingo se volvió, mirando al animal. Éste le echó una breve mirada, se escurrió bajo el alambrado y dando un salto hacia el otro lado del zanjón, desapareció entre la maleza.
El silencio total del mediodía fue interrumpido, muy lejos, por la voz de un niño. Domingo caminaba muy lentamente aproximándose a Rosa para sorprenderla. Llegó casi junto a ella; sonreía mirándola, y trataba de contener la respiración para no delatarse. Una torcaz, en algún sitio entre los árboles, volvió a romper el silencio por un momento. Su arrullo fueron dos notas breves y una prolongada. Después hubo silencio de nuevo. Rosa estaba leyendo su revista de historietas con mucha atención. Domingo la veía girar concentradamente la cabeza, con una grave expresión, y volver la página en un solo gesto rápido. Leyó un momento la página y a cierta altura se detuvo y volvió nuevamente a la página anterior como para verificar algo ya leído, retomando después la lectura de la otra página. De pronto se volvió hacia Domingo con cara de sorpresa y sobresalto.
– ¡Oh! -dijo.
Domingo se echó a reír y avanzó tranquilamente hacia ella. Al llegar a su lado había dejado de reírse.
– ¿Y el viejo? -dijo.
– No vino -dijo Rosa.
Domingo la miró. Estaba muy cerca de ella. La cara de Rosa era oscura, brillante y prieta. Tenía los labios gruesos y estriados. Sus ojos eran oscuros.
– Ya sé -dijo Domingo-. Está en el hotel ahora.
– Chupando, seguro -dijo Rosa-. Tanto que hizo para comer el asado anoche, y al final se durmió en la mesa -dijo riendo.
Domingo se rió.
– También. Si no veía del pedo -dijo.
Hicieron silencio. De nuevo se oyó el canto cálido de la torcaz; dos notas prolongadas ahora.
– El viejo es bueno -dijo Domingo, en tono reflexivo-. Está muy viejo, eso es lo que pasa.
Rosa lo miraba y sonreía. Era por lo que se hallaba a punto de decir y se rió más todavía cuando lo dijo:
– Quién iba a decir que yo iba a terminar de madre tuya -dijo.
Domingo miró el río, sonriendo. La luz solar esplendía sobre la superficie del agua. La arena estaba como más blanca, y, aunque opaca, parecía incandescente.
– Ahora que estás con el viejo voy a ver si me voy a la ciudad -dijo.
– Anda al diablo -dijo Rosa, hojeando distraídamente la revista-. ¿Qué tengo que ver yo con don Arce?
– Estás con él -dijo Domingo.
La miró.
– ¿No vas a comer nada? -dijo Rosa. Se puso de pie, acomodándose el vestido en la cadera. No lo miraba-. Vení -le dijo.
Domingo permaneció inmóvil.
Ella lo tironeó de la camisa. "Vení", repitió, encaminándose hacia el rancho.
Domingo la siguió lentamente. Ella caminaba con seguridad y displicencia. El veía el silencioso tumulto floreado en las nalgas, la ancha espalda sobre la que la tela floreada se ceñía. Las zapatillas rojas relumbraban sobre el sendero de tierra arenosa, dejando huellas profundas.
Ella entró en el rancho, no en la cocina. El interior del rancho estaba barrido y recién regado, envuelto en una fresca penumbra. Rosa se detuvo junto al camastro del viejo y se volvió. Domingo se detuvo.
– Vení, Domingo -dijo ella.
Domingo permaneció inmóvil. El silencio era total. Debido a la caminata que había hecho desde el pueblo, Domingo sentía la cabeza y el cuerpo calientes y húmedos; caminaba con frecuencia bajo el sol.
– Me voy a la ciudad, Rosa -dijo lenta y roncamente.
– Anda al diablo -dijo Rosa, y avanzó algo.
… .Y hay huesos enterrados en otro tiempo, y si uno escucha, oye las voces a medida que el suelo cambia. Un buen día los huesos están afuera, sobre la arena. Tienen exactamente el color de la luna. Hay que estar solo, haber mirado largamente las estrellas y oír el primer quejido sin proponérselo, porque las voces se dan a quien ellas quieren, y no a quién las busca, y no dicen palabras sino momentos y noches; se oye como un batir de llamas, y un crepitar de leña, y pasos sobre la tierra.
Junto al raigón, bajo la luz de la luna, Domingo descabezó el pescado dándole de filo tres o cuatro veces con el cuchillo; después lo abrió por el vientre, le sacó los órganos con la mano y los arrojó al agua. El sauce estaba como encalado por la luz lunar. Domingo se puso en cuclillas junto al agua, lavó el gran cuchillo y después se lavó las manos secándose con el pantalón. Mientras recogía las líneas, los pescados y el cuchillo, oyó la voz furiosa del viejo en el rancho. Se incorporó y miró a través del bosquecito el verde resplandor que emergía de la puerta del rancho, tratando de escuchar. No oyó nada más. Comenzó a caminar hacia la casa. Los músculos de su rostro apretado estaban tensos, él lo sentía, y sentía también la misma tensión en todo el cuerpo. Recordó la tarde pasada: su rodilla entre las piernas de Rosa, ella echándose hacia atrás, el cuerpo tirante, y después los dos cayendo sobre el camastro del viejo. Atravesaba el bosquecito. La luna espléndida tendía como pequeños velos claros en la fronda y en el pasto. A veces una porción de arena blanca parecía también un fragmento de materia lunar. No había brisa. Los mosquitos zumbaban en la oscuridad. A medida que avanzaba hacia la casa el aire iba haciéndose más cálido y pesado.
El viejo estaba parado en la puerta del rancho. Los perros merodeaban silenciosos, husmeando la tierra, sus dóciles cuerpos maleables serpeando en la penumbra, el pequeño espacio abierto frente al rancho. Domingo saludó.
El viejo no dijo nada. Estaba apoyado contra el marco de la abertura; no se movía, oscilaba involuntariamente, y no se movió cuando él pasó hacia el interior, mirándolo solamente; lo miraba pasar, los ojos rientes y escrutadores, y Domingo (no lo miraba) tocándolo al pasar de modo que el cuerpo del viejo osciló un poco más, dejándose oscilar levemente un poco más; al rozarlo Domingo atravesando el espacio exiguo de la abertura hacia la claridad verdosa expandida en el interior del rancho, pensó "me está mirando" y de nuevo vio la rodilla entre las piernas, la resistente y tirante anuencia doblándose hacia atrás y el tumulto floreado y jadeante cayendo sobre la cama.
Dejó los pescados sobre la mesa, la carne húmeda y casi palpitante todavía, amarilla y rojiza, y el cuchillo. La gran hoja, cuyo mango era negro, con dos pequeños círculos de cobre, era gris y veteada, de un solo filo.
Regresó.
El viejo no se había movido. Él debió pasar de costado tocándolo, y el viejo oscilaba contra la puerta, la mirada riente, el sombrero echado hacia atrás. Fue hasta el espacio abierto, caminando con lentitud, y quedó ahí, de pie, en medio de la penumbra cálida; encendió un cigarrillo. Primero se palpó el bolsillo de la camisa (los ruidos resonaban en el aire inmóvil), sacó el paquete y los fósforos, se colocó cuidadosamente un cigarrillo entre los labios, guardó el paquete y encendió un fósforo. La llama ascendió hasta el extremo del cigarrillo y al aspirar él, creció un poco. Él la arrojó hacia adelante y la llama cayó al suelo permaneciendo encendida. Domingo miró hacia un costado, hacia la cocina. Había luz, la difumada claridad verde, y la gran sombra de Rosa moviéndose o permaneciendo inmóvil por un momento.
La llama del fósforo se apagó. En el espacio abierto frente a la casa los perros erraban silenciosamente. Se arrimaban a Domingo husmeando sus alpargatas, y después se alejaban de él y él los veía evolucionar, los contornos como vetas grandes o nudos inquietos de la misma penumbra.
– Rosa-dijo el viejo.
Rosa no respondió.
El viejo pareció moverse molesto detrás suyo.
– Rosa-repitió.
Uno de los perros se detuvo. Alzó la cabeza mirando hacia el rancho, con una de las patas delanteras doblada en el aire, el paso interrumpido.
Rosa emergió en la puerta de la cocina. Trataba de acomodarse un mechón de pelo caído sobre su sien, con el dorso de la mano. Al parecer tenía grasa en las manos, o las tenía mojadas, o algo así. Tenía una expresión de enojo en el rostro, como si hubiera pasado algo entre ella y el viejo un momento antes.
– ¿Qué pasa? -dijo de mala manera.
Domingo estaba vuelto ligeramente hacia ella, el viejo detrás suyo. El viejo se dio tiempo, quedando un momento sin hablar, como para que el silencio dejara perfectamente demostrado que él había llamado a Rosa y que ahora Rosa estaba ahí.
– ¿Tengo un hijo o un perro rabioso? -dijo el viejo.
– No sé -dijo Rosa.
Domingo alzó levemente la cabeza. Una gran sombra marrón comenzó a cubrir la luna.
– No. Un hijo no. Un perro rabioso -dijo el viejo.
Avanzó al parecer. Domingo se volvió. El viejo lo miraba.
La nube cubrió toda la luna. No era en realidad una nube; era el extremo de una tormenta que ascendía. El bosquecito desapareció casi; quedó sólo un comienzo de murmullo de brisa, y un tumulto indiscernible de contornos confusos. El río también había desaparecido y los perros eran unas cosas veloces y sólo presentibles moviéndose en la masa negra del patio. En el cielo, hacia el sur, no se veía nada; hacia el norte eran visibles algunas estrellas cuyo brillo había disminuido. Eran unas verdosas piedras opacas incrustadas en un cielo ahora negro.
El viejo Arce y sus ojos sonrientes frente a Domingo, mirándolo.
– ¿No te dije que pidieras un adelanto? -dijo.
Domingo no respondió. Avanzó, fumando, hacia el viejo, pasó junto a él, rozándolo de nuevo, el viejo quedó bamboleándose detrás, y Domingo penetró en el rancho. Sorteó la mesa y fue a echarse de espaldas en el camastro. Por el ventanuco, hacia el sur, vio que relampagueaba. Oyó la voz del viejo.
– Para qué los cría uno -decía en un tono salmódico y pesado-. Rosa. -Al parecer Rosa se hallaba nuevamente en el interior de la cocina, ya que oyó un "Eh", remoto y distraído por toda respuesta-. Rosa -repitió el viejo-. Vení para acá. Vení te digo.
– Lávese la cara, don Arce -oyó Domingo echado en el camastro que respondía Rosa-. Vaya, lávese la cara.
No oyó nada más por un momento. Estaba echado con el antebrazo bajo la nuca, la cabeza vuelta hacia el ventanuco, viendo el cielo negro en el sur, entre los árboles, el sur donde relampagueaba. Oyó los pasos del viejo. Retumbaban sordamente. "Ahora va a hacer algo" pensó viendo "Ahora está yendo para la cocina".
– Si yo te digo que vengas vos vení -oyó decir a la voz pesada del viejo Arce.
Domingo dejó de respirar por un momento.
– ¿No? -dijo la voz del viejo, furiosamente reprobatoria. Y después de un breve silencio.
– Bueno. Ahora vení.
– Lávese la cara, don Arce -respondió la voz de Rosa-. Vaya, lávese la cara. "Ahora está parado en la puerta de la cocina", vio Domingo pensando "Va hacer algo".
– Bueno -oyó decir a la voz del viejo-. Bueno.
Oyó ruidos.
– No, don Arce -comenzó a decir rápidamente la voz de Rosa-. No, don Arce. Le digo que no.
– Deja, Rosa. Deja te digo -decía la voz del viejo.
Domingo saltó de la cama. Tiró el cigarrillo, lo pisó rápidamente, y al sortear la mesa golpeó el vértice con la cadera de modo que el farol tembló, tambaleándose, y todas las sombras se movieron. Él salió al exterior, al aire pesado, las sombras moviéndose detrás suyo por última vez y deteniéndose, y el viejo y Rosa forcejeaban en la puerta de la cocina. El viejo la tenía agarrada de la muñeca, y Rosa le daba golpes cortos y rápidos en el hombro. El viejo estaba afirmado contra el marco de la abertura, con las piernas abiertas, y parecía cómodo en esa posición. Domingo avanzaba rápidamente hacia ellos.
– Pero, pero… -dijo Rosa.
– Deja Rosa -dijo el viejo. Le dio un empujón, soltándola hacia Domingo. Rosa venía como volando hacia él. Domingo la sostuvo, doblándose él también por la violencia del golpe. Los tres quedaron inmóviles, mirándose al resplandor magro de la luz de la cocina. El viejo se enderezó, irguiéndose. Al hacerlo se le cayó por detrás el sombrero. Domingo y Rosa lo miraban. El viejo se agachó recogiendo el sombrero. Lo limpió con el codo y volvió a colocárselo tomándolo con dos dedos por la punta de la copa y ayudándose a calarlo por detrás con la otra mano. Después se acomodó la camisa rotosa y el pantalón. Ellos lo miraban. El viejo avanzó lentamente, pasó junto a ellos y penetró en el rancho. Cada relámpago iluminaba con destellos azules el patio y el bosquecito. Era no como si el bosquecito estuviera ahí, sino como si emergiera de algo y no completamente, cada vez que era iluminado. Parecía uno de esos barcos que en las noches de tempestad sumergen rítmicamente el contorno borroso de la proa en la profundidad del mar negro. Domingo soltó a Rosa y caminó hacia el espacio abierto, donde los perros vagaban inciertos, sus húmedos ojos emitiendo de vez en cuando pétreos reflejos amarillos. "Ahora va a venir, va hacer algo", pensó Domingo. "Está junto a la mesa, inclinado, esperando, decidiendo". Encendió otro cigarrillo. El primer fósforo se apagó debido a la brisa creciente. Encendió otro resguardándolo con las manos. Las manos le temblaban levemente. Por un momento, su piel fue translúcida, casi como el coral. El fósforo se apagó. Quedó la punta incandescente del cigarrillo, una vaguedad rojiza en la oscuridad. Se volvió, de golpe. El viejo estaba en la puerta, mirándolo. Rosa entraba en la cocina, desapareciendo por la puerta. El viejo estaba con una mano apoyada en el marco, el cuerpo inclinado y oscilante. No sonreía. Los ojos sí: sonreían. A pesar de su cuerpo menudo el viejo parecía más macizo, más sólido. Salvo los resplandores de luz verdosa emergiendo de las aberturas de la cocina y del rancho, todo se hallaba a oscuras. La luz de los faroles era absorbida casi inmediatamente por la densa oscuridad del contorno. Domingo se hallaba en el límite impreciso de la claridad.
– ¿Yo no te había dicho que pidieras el adelanto? -dijo el viejo, y como si hubiera estado aguardando detrás, escondida, esperando el parlamento, Rosa reapareció en la puerta de la cocina, y quedó allí, inmóvil. Tenía el dorso de una mano apoyado en la palma de la otra, a la altura del vientre.
Domingo dio un paso.
– No podía -dijo calmosamente. Y después, como si suspirara-: ¿Qué
pasa?
El viejo también avanzó un poco. Ahora nada en él sonreía. -¿Qué me pasa? ¿Qué te importa a vos qué me pasa?
Domingo fumó largamente, echó el humo, y después, como si ayudara al viejo a sacar una conclusión:
– Yo sé lo que le pasa -dijo-. Cándido le reclamó la plata de la Rosa.
El viejo se aproximó y le pegó en la cara. Domingo no se movió. Uno de los perros salió velozmente de la oscuridad y se paró junto al viejo, mirándolo. Domingo arrojó el cigarrillo lejos de sí, con mucha calma.
– Para eso busque la plata en otro lado -dijo.
El viejo volvió a pegarle en la cara.
– Domingo -dijo Rosa desde la puerta de la cocina-. No lo dejes.
– Entra a la cocina -dijo Domingo.
El viejo le pegó por tercera vez. La nariz comenzó a sangrarle.
– Don Arce -dijo Rosa-. Hoy me hizo. Hoy a la siesta yo me dejé hacer. Yo me dejé hacer. Yo misma lo traje para la cama.
– Entra a la cocina -dijo Domingo. El labio superior le temblaba. Él lo sentía. La sangre le corría tibia y abundante por la boca y el mentón.
El perro salió disparado y se perdió nuevamente en la oscuridad.
Entonces el viejo alzó los brazos, con los puños cerrados y empezó a golpearlo en los hombros y en el pecho. Domingo no se defendió. No eran golpes tan violentos. "Basta con dejarme caer", pensó. "Me dejo caer y listo". "Después se va a tranquilizar". Se dejó caer. Cayó arrodillado. El viejo le dio una patada, jadeando, murmurando. Lo tumbó. Desde el suelo vio a Rosa correr hacia el viejo y las piernas del viejo volverse hacia Rosa. Se puso trabajosamente de pie. El viejo no le pegaba a Rosa, la sacudía solamente. La había agarrado por los brazos y la sacudía violentamente, sin pegarle. Por encima del hombro del viejo, Rosa lo miraba casi con sorpresa, a pesar de la violencia de los sacudones.
– Puta -dijo el viejo-. Puta.
Domingo sacudía la cabeza como para despejarse. Se dirigió al rancho, limpiándose torpemente la ropa con las manos, sintiendo detrás suyo a Rosa y al viejo. "No va a pegarle", pensó. Entró en el rancho. Se detuvo junto a la mesa. "No va a…" Vio el cuchillo.
– Puta -oyó que el viejo decía a Rosa. Oyó un golpe. Rosa comenzó a lloriquear.
– Domingo. Me mata. Me mata. Domingo -gimoteó.
Domingo manoteó el cuchillo y regresó corriendo al exterior. Rosita estaba en el suelo protegiéndose la cabeza con los brazos, y el viejo le daba patadas con los dos pies. Domingo agarró al viejo de un hombro, lo elevó y lo dio vuelta. El viejo se encogió. Alzó la vista y vio el cuchillo sesgado en el aire a punto de caer. No dijo nada. Lo miraba con los ojos muy abiertos solamente.
– Oiga. Oiga -dijo Domingo. Movía la cabeza, los ojos semicerrados por la furia. El viejo apenas tocaba el suelo con la punta de los pies. Parecía un muñeco de trapo. Parecía consistir solamente en la cabeza y la ropa. Los pantalones le colgaban como vacíos.
– ¡Escúcheme! ¡Escúcheme! -dijo Domingo. El cuchillo estaba alzado en el aire a punto de caer y el viejo lo miraba. Domingo comenzó a sacudir violentamente a su padre. Rosa se incorporó con lentitud y retrocedió mirándolos. Había como una expresión de terror incrédulo en su rostro y se tocaba la mejilla con una mano. Violentamente sacudido, el viejo intentaba abrir la boca como para decir algo. Miraba el cuchillo.
– ¡Escúcheme! ¡Escúcheme! -dijo Domingo, y arrojó al viejo lejos suyo.
El viejo parecía volar hacia atrás, arqueado. Cayó en el patio quejándose. Quedó tendido inmóvil. Uno de los perros se separó de la sombra súbitamente y empezó a husmear al viejo.
– Entra a la cocina -dijo Domingo. Todo su cuerpo temblaba furiosamente. Rosa quedó de pie en la puerta y Domingo se volvió hacia ella mirándola.
– Bueno -dijo-. Entonces vámonos.
Un relámpago azul iluminó por un momento el bosquecito. Fugazmente se percibieron los troncos grises inclinados, inmóviles e intactos.
– Sí -dijo Rosa.
Domingo entró en el rancho. De un baúl sacó una campera vieja de lana, toda descolorida y un saco muy viejo también. Los dejó sobre su camastro. La nariz había dejado de sangrarle. La roja mancha sobre el mentón y la boca, distribuida como una pequeña mata de barba, se secaba y oscurecía. Salió nuevamente al exterior. El viejo estaba sentado en el suelo, donde había caído, calándose cuidadosamente el sombrero. Domingo fue a la cocina, pasando junto a Rosa, trajo un balde con agua y comenzó a echarse agua en una mano para lavarse la cara. Rosa fue, le quitó el balde y comenzó a echarle agua en las manos. El se lavó refregándose bien la parte manchada de sangre, secándose después con las mangas de la camisa.
El viejo se puso de pie sacudiéndose la ropa. Los miró sin decir nada y fue para el rancho. Domingo se detuvo un momento mientras se secaba viéndolo atravesar la puerta y desaparecer en el interior del rancho. Quedó un momento pensativo. Después continuó secándose.
– ¿Dónde vamos a ir? -dijo Rosa. El labio inferior había comenzado a hinchársele. Lo tenía partido pero no sangraba: solamente era una estría roja, una raya vertical y profunda que dividía la carnosa protuberancia oscura en dos mitades. Rosa sostenía el balde por la manija, conteniéndolo por la base con la otra, como a punto de echar agua. Domingo la miró. Sacó un poco de agua del balde y aplicó suavemente la mano mojada sobre el labio de Rosa. Ella lo dejó hacer entrecerrando levemente los ojos. Domingo retiró la mano y se la secó en el pantalón.
– A la ciudad -dijo.
Rosa abrió desmesuradamente los ojos, en un gesto que parecía mezclar asombro y alegría.
Domingo se alejó hacia el interior del rancho. Cuando entró vio al viejo bebiendo un trago de caña de la botella que sabía guardar junto a la cama. Al entrar él, el viejo dejó de beber y lo miró sin tragar la bebida, haciendo un furioso y lento buche con ella. El fue hasta el camastro, retiró de encima el saco y la campera y regresó al exterior. El viejo lo miraba pasar, la botella en la mano, haciendo su interminable buche con el trago de caña.
Rosa estaba afuera en actitud de aguardar. Ahora tenía en la mano, enrollada, la revista de historietas del mediodía. Con la base del angosto cilindro de papel impreso y rotoso se golpeaba distraídamente la mano libre. Mientras salía, Domingo oyó toser al viejo.
– Vamos -dijo a Rosa.
Le dio la campera.
Comenzaron a caminar. Los relámpagos eran más frecuentes y prolongados ahora y su resplandor azul había adquirido un tinte verde, siniestramente amarillento. Lejos, muy lejos, se oían truenos. Domingo avanzaba adelante, con pasos rápidos, oyendo detrás suyo el leve tumulto de los pasos y los jadeos de Rosa. En medio de la cerrada oscuridad del espacio abierto frente a la casa, Domingo se detuvo dándose vuelta. Rosa siguió caminando, pasando junto a él. Domingo miró por última vez al viejo. Estaba de pie en la puerta contra la verde y difumada claridad que emergía del interior del rancho. Encogido y pequeño, su cuerpo oscilaba involuntariamente. Uno de los perros, sentado sobre los cuartos traseros, el hocico alzado hacia el viejo, se hallaba junto a él. Domingo se volvió y continuó caminando tan rápidamente que en seguida Rosa quedó atrás. Tomaron el sendero paralelo al bosquecito.
Fue en el momento en que llegaron a la esquina del hotel cuando empezó a llover: primero se trató de unas gotas grandes y lentas como lágrimas. En seguida fueron más rápidas, más finas y más tumultuosas. Después empezó el viento y, contra la luz del farol de la esquina, que se sacudía locamente como si colgara de una jardinera, el agua parecía descender en masas, en períodos, con todas las formas posibles y en todas las direcciones. Bajo la luz de la esquina la tierra arenosa brillaba y en seguida comenzaron a formarse pequeños charcos que reflejaban fragmentada y fugazmente la luz del foco. Ellos se guarecieron bajo el angosto portal del hotel. Rosa se echó la campera sobre los hombros primero, después se la calzó, y más tarde se abrochó los dos últimos botones que le quedaban y se alzó el cuello. Aún cuando el viento cambiaba adoptando por un momento una sola dirección, y los remolinos de agua fina descendían rápida y oblicuamente más allá del portal del hotel, ellos, apretados contra la puerta cerrada, sentían sobre el rostro y el cuerpo las salpicaduras del agua constante e incansable. "No va a salir el ómnibus", pensó Domingo.
En efecto, no salió. El alba llegó lentamente; continuaba lloviendo. La atmósfera negra fue tornándose azul, después verde y finalmente adoptó una tonalidad grisácea que no desaparecería hasta la noche. Mientras aclaraba no dejó de llover ni un momento. "No va a salir", pensó Domingo. El alba verdosa parecía originarse en el centro de la plaza. Cuando no dormitaba de pie bajo el angosto portal, Rosa miraba hacia allí con los ojos muy abiertos, con una expresión entre asombrada y pensativa. El alba mostró los árboles lavados, lavándose.
Alrededor de las seis y media vieron por fin al viejo Arce cruzando la plaza en diagonal hacia ellos. Se había puesto sobre el sombrero una arpillera que lo protegía malamente del agua. La arpillera le caía sobre la espalda a modo de capa. Venía caminando ni rápida ni lentamente, sorteando los charcos, sin mirar hacia el portal del hotel, fijándose más bien con una rápida pericia donde ponía el pie, para no resbalar y caer. Por fin llegó a la esquina de la plaza y comenzó a cruzar la calle. Pisaba con la punta de las alpargatas rotosas, los brazos separados del cuerpo para mantener mejor el equilibrio, mirando hacia cualquier parte menos hacia el portal del hotel. Llegó a la vereda. Se detuvo a un metro de distancia del portal. Detrás suyo estaban la calle y la plaza, los altos árboles increíbles, lavados, la lluvia derramándose incansable y sombría.
Domingo cerró los ojos, como fatigado, y en seguida volvió a abrirlos.
– ¿Qué pasa? -dijo.
El viejo carraspeó. No lo miraba.
– Bueno -dijo, carraspeando-. No es para tanto, me parece.
Hizo silencio. Domingo no le respondió. El viejo cambió de posición.
– Me estoy mojando -dijo-. ¿No me hacen un lugarcito en la puerta?
Domingo se corrió hacia Rosa. El viejo se acomodó junto a él y empezó a dar saltitos, como si tuviera frío, frotándose las manos y mirando hacia la plaza. Después quedó inmóvil.
– Estoy muy viejo ya -dijo-. Si vos y la Rosa se van, me voy a morir de hambre. ¿Quién me va a cuidar? ¿Quien me va a hacer la comida? La Rosa con nosotros no deja de ser un adelanto.
Domingo lo miró. Estaba furioso.
– Usted no vuelve a levantar la mano. ¿Estamos? -dijo.
El viejo lo miró por un momento. Después miró a Rosa.
– A tu padre no, Domingo -dijo-. A un padre se le debe respeto. No podes decirme una cosa así.
Domingo no dijo nada.
– Tiene razón -dijo Rosa, muy seria, tironeándolo del saco-. Es tu padre.
Domingo suspiró.
– Vamos -dijo el viejo.
Comenzaron a caminar. Cruzaron la calle. El viejo iba delante, dando pequeños saltos para evitar los charcos. Detrás iba Rosa. Estaba completamente mojada. Llevaba en la mano la revista de historietas, mojada y hecha pedazos. Domingo iba a un metro de distancia de los dos, caminando lentamente bajo los árboles cargados de agua. En mitad de la plaza el viejo se detuvo. Miró a Domingo por encima de Rosa.
– Apenitas pare de llover y haga buen tiempo -dijo- vamos a hacer la galería.
1961