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El taximetrista

a Frida y Federico Padilla

Para decir la pura verdad, y para hacer de paso algo de historia, habrá que declarar que él había manejado camiones antes de los veinte años, camiones grandes y pesados aunque capaces de movimientos dóciles, como los elefantes de los circos. En el ejército continuó manejándolos: entonces se trató de las mochas trompas kaki de los camiones militares, uno de los cuales estuvo a su cargo durante quince meses, al que con gran cuidado lavó, engrasó, raspó, pintó, probó y ajustó como preparándolo a caer ya para siempre en manos que no serían las suyas, tratando de dar a entender a la máquina que el minucioso cuidado que le prodigaba debía ser el aliciente de su resistencia futura, el fundamento moral de la misma. Lógicamente, el servicio militar terminó y, de vuelta a su pueblo, pudo comprobar que el pesado "Leyland" que había sabido manejar antes de los veinte años, tenía ahora otro conductor: un muchachón alto, dos o tres años mayor que él, decidido, charlatán, un tipo admirado en el pueblo que terminaría, sin duda alguna y, gracias a su siniestra actividad, convirtiéndose en el propietario del vehículo. Eso no lo desconcertó mucho; nada lo desconcertaba mucho. La nostalgia de la autoridad le hizo sentir durante dos o tres días el obsceno y apremiante deseo de regresar al cuartel, presentarse al jefe de compañía y ofrecerse para una conscripción vitalicia, arreglando por ese camino y para siempre todos los problemas. Un aviso en el diario de la capital produjo un considerable cambio de dirección: necesitaban un chofer con el servicio militar hecho. Él se encontraba en esas condiciones. Viajó a la ciudad y no dejó de experimentar cierto sentimiento de sorpresa al enterarse de que era el único postulante. Al parecer, Coria, el dueño del coche, tenía problemas con la administración del diario. Debido a un capricho, por una cuestión de bonificaciones (la bonificación pertenece al orden de la cortesía, no de las finanzas, porque casi siempre la cantidad que descarga la bonificación ha sido previamente recargada sobre el precio corriente de la venta), estaba debiendo unos avisos. No se trataba de un problema de pesos: era una cuestión de ética comercial y amor propio. Cuando el administrador del diario revisó los primeros ejemplares de la edición y vio el aviso, pasado al taller por un empleado de administración que recibió de rebote una considerable filípica, detuvo la edición y modificó la plancha. El administrador era un tipo empecinado y riguroso: no tragaba a Coria. La relación psicológica que mantenían, la relación fuera de comercio, se hallaba signada por una intolerancia recíproca, una antipatía siempre conectada que daba como resultado una especie de tensión chestertoniana-sha-wiana exactamente al revés. La primera tanda del tiraje, con el aviso insertado en ella, fue al interior de la provincia, a dos o tres pueblos a los que la edición se enviaba antes de ser repartida en la ciudad, con el objeto de que la aparición del diario fuese simultánea en distintos puntos de la provincia. Siendo el único postulante, y demostrando pericia como conductor, y muchos conocimientos de mecánica, lo que significaría mensualmente un considerable ahorro en el rubro reparaciones, Coria le dio el empleo. Así fue en realidad cómo empezó la cosa.

Era alto, muy flaco, de piernas muy largas y brazos largos, y su cabeza era grande y huesuda: la frente, los pómulos, el mentón, las quijadas, la nuca. Algo en la atmósfera de su cara daba la impresión de que siempre se hallaba sonriendo o a punto de sonreír, pero eso era un espejismo producido por la expresión de sus ojos, algo saltones y sin embargo angulados, y de un modo bastante raro de arrugar la nariz, una nariz grande y filosa, pero no ganchuda, que caía a pique sobre unos labios finos y afables de campesino que al sonreír de verdad lo hacían de una manera delicada y demorada, a punto de ceder siempre ante el interlocutor, no tanto por falta de carácter como para sacárselo de encima, en un rasgo de cortesía interesada que le permitía ganar siempre de mano y regresar tranquilamente a sí mismo.

El trabajo terminó por gustarle: alquiló un cuarto con pensión completa en una casa de familia que daba hospedaje a dos o tres inquilinos más, no demasiado lejos del centro, y tomaba el servicio durante ocho horas, de día o de noche, según el aumento o la disminución del trabajo, ya que las noches de la semana sufren la desvaída invasión de esa especie parasitaria y desigual que son los calaveras recalcitrantes y que difícilmente separan del dinero conseguido para cada noche de juerga lo necesario para regresar en taxi a sus domicilios, y en cambio los sábados y domingos, cuando los empleados públicos o bancarios, o las chicas y muchachos de buena familia deciden tirar la casa por la ventana yéndose al cine, o a un baile, o a cenar afuera, o a los bares y confiterías del centro que los feriados permanecen abiertos un par de horas más, la calle se puebla de gente cansada y desilusionada de la expansión social que desea tomar un taxi aunque no sea más que para regresar rápidamente a su casa, desvestirse en medio de suspiros de desaliento y fatiga, y acostarse de una vez por todas para llegar cuanto antes a esa decepcionante tabla de salvación a la que se aferra todo ser humano mentalmente desocupado: el día siguiente. Su experiencia del trabajo diurno era la repetida visión del arribo de los ómnibus de todos los puntos del norte de la provincia, de Rosario, de Buenos Aires y de Córdoba, y los grupos apurados de sucios viajeros precipitándose a las colas de la parada de taxis, arrastrando valijas y criaturas asustadas y desconcertadas, despedidos por las bocas de los andenes de la estación sin una frecuencia regular, en un clima de inercia y desorden, análogo al que uno puede percibir cuando observa cómo se abre la rampa de un lanchón en el puerto para dejar caer una muchedumbre de mojarras todavía vivas en la canasta de una pescadería. En cambio, su experiencia de la noche era diferente y hasta opuesta: se daba el lujo de elegir las calles lejanas del centro para recoger de vez en cuando una pareja (un hombre y una mujer, jóvenes, caminando lentamente bajo los árboles, una noche de verano: un pantalón blanco deslumbrante, y un vestido floreado, amplio y vivo, de colores atenuados por la penumbra, sobre los que cae, mezclándose al desorden artificial de la tela, la sombra diligentemente perforada de los árboles) y llevarla al discreto Averno de un hospedaje clandestino, o bien una familia completa (padre, madre, hijo, nuera, nietos) o un par de matrimonios jóvenes que han dejado por esa noche los chicos en casa de los suegros y que comentan entre bostezos el final del film que media hora después olvidaran como ficción e incorporarán como aspiración de logro imposible en el mínimo y mezquino tejido inseparable de sus vidas. A fin de mes cobraba su sueldo, separaba una cantidad determinada de billetes, iba al Correo Central, hacía un giro con ellos a nombre de su madre y esa noche, antes de acostarse, garabateaba unas líneas que adjuntaba al giro, ensobrando después con sumo cuidado, como lo hace la gente no acostumbrada a escribir cartas con demasiada frecuencia, la hoja escrita con una letra apretada y legible, propia del individuo que ha terminado de un modo normal y satisfactorio el sexto grado primario. A la mañana siguiente, cruzándose desde la parada de taxis hasta el Correo Central, un alto y moderno edificio alzado frente a la terminal de ómnibus, despachaba la carta de un modo frío y diligente al mismo tiempo, como puede hacerlo solamente una persona que cumple con una obligación que nadie, excepto ella misma, le ha impuesto. Su madre y su padre vivían todavía en el pueblo en compañía de la única hermana soltera que le quedaba, una chica menor que él que había tenido la desgracia de ser embarazada a los diecisiete años por un viajante de comercio. Después del incidente la chica había tenido la criatura y el viajante había cambiado de zona. Su padre era también camionero, por cuenta de un cerealista del pueblo que era el propietario del camión. Transportaba trigo y maíz a la ciudad y de vez en cuando se aparecía por la estación de ómnibus, donde el taxi tenía la parada, para entregarle algún paquete enviado por su madre. Si no estaba el coche, su padre lo esperaba. Era también un campesino, alto como él, pero grueso, de un rostro áspero y seco, de unas manos grandes, como de madera, ásperas y rojas. A raíz del incidente de su hermana con el viajante, su padre había adoptado una actitud sádica, que él no había podido perdonarle: determinó no mudarse del pueblo, y se empecinaba en mandar a la chica a todas partes, al almacén, al bar, a la carnicería, sobre todo en los meses en que los signos exteriores del embarazo se habían tornado más visibles. Su hermana había intentado envenenarse, y el chico nació muerto, al día siguiente, a raíz de un parto de emergencia. Eso había sido para la época en que a él lo incorporaron al ejército. Ahora, desde que estaba en la ciudad, su padre adoptaba una actitud tímida y vacilante cada vez que venía a visitarlo. Él intentaba darle un trato afable, pero esa marcada tendencia a la humildad y al reconocimiento de la falta cometida que su padre trataba de evidenciar a toda costa, lo inhibían mucho más que la maldad o el orgullo. Así que, por lo general, sus conversaciones no pasaban de ser trabajosos y pesados intentos de llenar lo mejor posible, sin ningún resultado positivo la mayoría de las veces, media hora de tiempo. Esa situación era el motivo por el cual no iba a su casa más que para las fiestas de fin de año a pesar de que el pueblo se hallaba a menos de cien kilómetros de la ciudad.

De haberlo querido, en un solo día habría podido partir a la mañana en ómnibus, desayunar, almorzar y cenar en su casa, con su familia, y a medianoche acostarse en su cama de la pensión, en la ciudad. No lo había hecho nunca: de su padre no le molestaba tanto la falta cometida como los remordimientos y a esa tensión insoportable creada por la sumisión de aquel hombre que alguna vez le había enseñado con una plácida y orgullosa pericia a conducir aquellos pesados camiones que él había observado y admirado desde los siete u ocho años, se agregaba la conducta irregular de su hermana que se estaba cobrando, ya a perpetuidad, con esa característica usura para la venganza que es más frecuente encontrar en las mujeres que en los hombres, aquella crueldad circunstancial de su padre. Su madre permanecía ajena a todo, era una mujer silenciosa, tímida y anuente. Jamás discutía y lloraba a menudo tratando de que nadie lo advirtiera. Por esa razón él enviaba a su nombre el dinero, aunque estaba seguro de que era incapaz de gastar cinco centavos para ella y de que los billetes que separaba de su sueldo con naturalidad y cuidado cada fin de mes, y depositaba religiosamente sobre el mostrador del Correo Central, eran utilizados en su totalidad por su hermana, que alimentaba con ellos a un atorrante del pueblo, un hombre casado que, además de mantener relaciones con ella, equilibraba los gastos de su casa mediante ese dinero, recuperando de esa manera las horas que perdía haciendo el amor con su hermana (circunstancia que todo el pueblo conocía) en la casa de un amigo soltero.

De ahí que las visitas de fin de año le resultaran tan oprimentes e insoportables y que no permaneciera en su casa más que la Nochebuena y el feriado de Navidad y la noche de fin de año y el feriado del primero de enero. La noche del veinticinco de diciembre regresaba a la ciudad y volvía al pueblo la noche del treinta y uno. Llegaba alrededor de las once. Esperaba el fin de año junto a la mesa servida, tomaba una copa de sidra y comía un pedazo de pan dulce (había observado también que en su casa no encontraba gusto por la comida; que él, que no era goloso aunque sí frugal, no podía sentir en la mesa de su casa el mismo placer que sabía experimentar ante la mesa servida de la pensión en la ciudad) y se iba a dormir para apresurar el día siguiente, que ocupaba realizando visitas a sus viejos amigos del pueblo. Regresaba a la ciudad por la noche. Y ya en el ómnibus, más de una vez, al experimentar ese obsceno sentimiento de alivio que lo invadía apenas el ómnibus se ponía en marcha, había sentido una especie de nostalgia, algo semejante a la amargura, originada por el hecho de que no podía explicar a su familia aunque hiciera un poderoso esfuerzo para lograrlo, que él no se sentía ni ofendido ni enojado por esa situación irregular que ellos pretendían que él aceptara, que no había tampoco ninguna cuestión moral de por medio, y que él le habría permitido a su padre una sumisión mayor o un sadismo mucho más marcado, y a su hermana una disipación sin límites, con tal de que no pretendieran, como lo hacían, obligarlo a él a ser el juez en última instancia de esa causa perpetua que se estaba ventilando en su casa.

Por otra parte, y a diferencia de los otros choferes, no tenía franco. No lo había pedido. No habría sabido qué hacer con él. Es cierto que su trabajo no era estricto ni severo, que nadie controlaba su horario y que, si hubiese querido, habría podido hacer más de un viaje extra con el coche, pero ese no era el asunto. El asunto era que no tenía franco, que no disponía, por ejemplo, de todos los miércoles del mes, para hacer con ellos lo que le diera la gana. Durante los días de trabajo llegaba a la estación, se sentaba ante la mesa del bar, frente a la parada, junto con los otros choferes, y se quedaba oyéndolos hablar sobre mil cosas, los codos apoyados sobre la mesa, la cabeza sostenida por la quijada con la palma de la mano, o bien echado plácida e indolentemente sobre la silla, sin abrir jamás la boca. Nadie se dirigía a él cuando conversaban. No era más que un perpetuo oyente, silencioso, quieto, que ni siquiera ocupaba las manos en encender o sostener un cigarrillo, porque no fumaba, que nunca tomaba otra cosa que no fuese café, o una naranjada en el verano, porque tampoco bebía por iniciativa propia, y cuyo placer mayor consistía en eso: en estar ahí, sentado, en silencio, oyendo a los choferes parlotear sobre mil cosas, sin decir jamás una palabra. Cuando se hallaba en el coche, efectuando un viaje, si por casualidad recordaba el bar de la estación, donde se hallaban en ese momento los choferes desocupados conversando, le recorría la espina dorsal una especie de escalofrío de voluptuosidad, sabiendo que apenas dejara al pasajero podría dar vuelta la esquina, regresar, detener el coche frente a la parada y con un par de largos trancos aproximarse a la mesa, sentarse y permanecer en silencio el resto del tiempo. De haber sido condenado al día franco, habría resuelto el conflicto de la misma manera: se habría levantado temprano, a la hora acostumbrada, habría desayunado rápidamente en la pensión, habría tomado el coche con la banderilla enfundada en la sucia gamuza amarilla con que la cubría cuando se iba a comer y se habría dirigido a la estación; habría detenido el Chevrolet (con un ligero sabor de envidia o de nostalgia en el corazón) unos metros más allá de la parada para no confundir a los pasajeros y se habría quedado el santo día en el bar de la estación, esperando con una desmedida impaciencia la mañana siguiente, en que podría comportarse de un modo similar sin sentirse de ninguna manera un extraño o un intruso entre los otros.

A pesar de no haberle acordado día franco, Coria lo protegía, tratándolo con un aire jovial y paternal al mismo tiempo. Coria era un hombre bajo, algo grueso, de nariz quebrada, y unos ojos grises pequeños y rápidos como los de un pájaro. Había sido boxeador amateur durante un tiempo, hasta que, durante una discusión extraprofesional, le vació el ojo de una trompada a un entrenador, incidente que interrumpió su carrera justo cuando se hallaba a punto de incorporarse al profesionalismo. Su nariz quebrada era el saldo de su rápido paso por el deporte. El incidente con el entrenador lo favoreció en gran medida ya que, interrumpida su carrera, al quedarse sin saber qué hacer, se despertó en él una súbita inclinación por el comercio. Le fue al pelo. A los cuarenta y cinco años era propietario de un coche que explotaba como taxímetro y un puesto mayorista de verduras y frutas en el Mercado de Abasto, atendido por un ex inspector de policía que gozaba de una parte de los beneficios del capital en carácter de habilitado. Coria era un hombre activo y enérgico. A medida que su capital fue creciendo fue haciéndose característico en él un modo de obrar rápido y terminante, con pretensiones de ecuanimidad, que lo hacia jactarse delante de sus amigos de la singularidad de su carácter. Para él las cosas debían hacerse en seguida o no hacerse. Debían, hechas en seguida, hacerse bien. Y hechas en seguida y bien, en la concepción del mundo de Coria, significaba oscuramente hacerlas con el máximo de provecho personal, la más límpida y rigurosa ostentación y el menor peligro posible de ridículo. Sin embargo, y a pesar de todo, en el fondo de su corazón Coria sustentaba una concepción trágica del pequeño comercio, y estaba seguro de que, en cuanto a capital y a posición social, no podría exceder jamás de determinado límite. Eso lo ponía en una situación análoga a la del condenado a muerte que sabe que ningún exceso ni ninguna salida de tono pueden hacerle el menor daño. Lógicamente, esa impunidad lleva en el fondo una carga de amargura muy grande, en especial dirigida hacia los responsables de la situación, e impele en gran medida a exhibir, con fines verdaderamente ambiguos, las causas que han llevado a ese aparente estado de privilegio.

De ahí que la vida de Coria fuese irregular, ociosa y desordenada. Por el Mercado de Abasto aparecía nada más que de cuando en cuando, y se pasaba la mayor parte del tiempo jugando al billar por dinero o bebiendo en los bares del centro. Tenía crédito en todos los lupanares de la ciudad. Como excepción hecha de un hermano que se hallaba en una situación económica todavía más sólida que la de él, Coria no tenía familia, iba muy poco a su casa, viajaba a menudo a Rosario o a Buenos Aires siguiendo la pista de alguna bailarina, o bien para asistir al hipódromo o a alguna pelea de importancia, durmiendo muchas veces donde la noche lo pescaba, incluso cuando se hallaba en la ciudad misma. A veces tomaba de más y entonces se ponía siniestramente sentimental: era capaz de matar al que no escuchaba sus quejas, sobre todo cuando hablaba de su finada madre. Cualquiera le habría tomado el pelo de no haber estado al tanto de que, hallándose fresco, Coria era rápido y astuto para los negocios, y que una súbita mirada de sus crueles ojos grises, en un momento de furia, era algo verdaderamente difícil de soportar.

2

El viento de octubre, cargado de polen, un viento espeso soplando en una atmósfera amarilla desde el principio de la primavera, se detenía solamente al crepúsculo, en una especie de palpitación tensa que disminuía con lentitud; hasta el oscurecer la ciudad permanecía quieta. De noche el viento recomenzaba, arrasando una niebla tenue que el largo atardecer formaba en el cielo, iluminado por una luna tibia y clara, y unas estrellas suaves y cálidas de un inquietante brillo verde. Soplaba hasta el crepúsculo del día siguiente: y entonces, nuevamente, a la caída de la tarde, volvía a detenerse en medio de unos tensos aleteos cada vez más lentos, parecidos a los de una extinción gradual o a los de una derrota.

El viento agitaba los árboles cuando detuvo el coche frente al bar de la estación y vio a Coria en compañía de la mujer vestida con un suéter liviano de color rojo y una pollera negra, ajustada a los muslos. La mujer era joven, de baja estatura, bien formada, y apretaba un monedero y un pañuelo en la mano derecha. Lo miró atentamente, como para saludarlo, y no la reconoció en seguida, pero al poner la palanca de cambio en punto muerto, cerrar el contacto y comenzar a abrir la portezuela para descender, ya había recordado quién era. Coria se había vuelto hacia él, sin aproximarse, y la mujer quedó algo relegada. Dio dos trancos rápidos hacia la pareja mientras la portezuela del Chevrolet se cerraba con estrépito detrás suyo.

– ¿Cómo vamos? -dijo Coria. Su nariz quebrada era una forma obscena entre sus duros y rápidos ojos de pájaro.

Respondió con un tono distraído.

– Bien -dijo, sintiendo que la mujer lo contemplaba.

No la miró. Miró hacia el bar, por encima de la cabeza de Coria. Las cabezas de dos criollos, de piel oscura y olivácea, bajo las alas de unos anchos sombreros de fieltro negro eran visibles a través del ventanal. Volvió la vista hacia la mujer: el viento le sacudía el cabello, levantándoselo por detrás, y ella se había puesto una mano sobre la coronilla de la cabeza para sostenerlo.

– Vamos al bar -dijo Coria-. Vení, Dora.

Caminaron él y Coria delante, detrás Dora. El reloj hexagonal del bar marcaba las cinco y veinticinco. Había mucha gente hablando en voz alta, de modo que un murmullo desordenado llenaba el recinto. Era un largo salón con un mostrador de tres alas, en forma de U, dispuesto en el centro. El rectángulo se cerraba en el fondo del salón con una heladera baja que exhibía tras su vidriera postres, pescados, frutas, aves muertas, quesos y fiambres. En uno de los extremos del mostrador un hombre manipulaba con cierto aire rutinario una caja registradora. Se sentaron en una mesa próxima a la puerta de calle, junto a la de los dos criollos. Ahora vio que llevaban anchas bombachas y zapatillas de goma blancas, nuevas.

Dora se sentó; él no la miraba. Coria se sentó con el brazo extendido hacia él, la palma hacia arriba, indicándole cortés y distraídamente que se sentara. Dora quedó a su costado, Coria enfrente, y por encima de su cabeza, a través de los anchos ventanales que daban a los andenes de la estación, podía ver los ómnibus pintados de diferentes colores, congestionados en los estrechos andenes, y una gran cantidad de gente revisando sus boletos, dándose besos de despedida, corriendo de un lado a otro o haciendo pacientes colas en los andenes correspondientes a los ómnibus suburbanos. Se oían la música y los avisos publicitarios a través de los altoparlantes de la estación, vagamente. Coria pidió cerveza para los tres.

– ¿Ustedes se conocen? -dijo. Señaló a Dora. Él se puso de pie y le estrechó la mano. Dora lo miraba; la miró fugazmente, por un momento y después miró a Coria que bebía un largo trago de fría cerveza dorada. Volvió a sentarse. Bebió un corto trago de cerveza y quedó con el vaso en la mano. El vaso de Dora continuaba intacto sobre su plato. Ella se hallaba rígidamente sentada en la silla.

– Tenés que llevar a Dora a esta dirección -dijo Coria. Comenzó a rebuscar en los bolsillos de su saco sport, de un color mostaza. Sacó un papel con unas anotaciones garabateadas a lápiz sobre su superficie-. A las nueve la traes aquí de vuelta. Yo voy a estar esperando.

Él leyó la dirección y la guardó en el bolsillo de su pantalón, estirando su larga pierna flaca a un costado de la mesa para facilitar sus movimientos. Coria se volvió hacia Dora. Le acarició el mentón haciéndole tiernas guiñadas. Dora le sonrió con pereza.

– Hay gente aquí, corazón -le dijo.

– ¿Esta noche sí? -dijo.

– Sí -dijo Dora.

– Toma un poco de cerveza -dijo Coria.

– No -dijo Dora-. No tengo ganas.

– ¿Aunque yo te lo pida? -dijo Coria. Ponía un rostro siniestramente tierno al decirlo.

– Sí, corazón -dijo Dora, con la misma pereza de antes-. Aunque vos me lo pidas.

Coria lo miró:

– Estoy por casarme -dijo-. ¿Qué te parece?

Él estaba bebiendo en ese momento; lo miró por encima del vaso.

– ¿Con quién? -preguntó. En seguida advirtió que su voz había estado demasiado mezclada con un tono de asombro-. ¿De veras? -dijo.

– Con Dora -dijo Coria- ¿No es cierto, Dora?

– Sí, corazón -dijo Dora.

– Dora no está de buen humor hoy -dijo Coria-. Vas a ver que es una chica excelente. Toma un poquito de cerveza. Sí. Sí. Un poquito -dijo a Dora.

Dora bebió un trago y dejó la copa sobre su platito, con una expresión de desagrado.

– No tengo ganas -dijo.

– Bueno -dijo Coria-. Vayan.

Él terminó de un solo trago su cerveza. Se pusieron de pie. Dora se alisaba la pollera con las manos. Recogió el pañuelo y el monedero de sobre la mesa.

– A las nueve -dijo Coria poniéndose de pie y dándole un golpecito en el brazo.

Salieron. El viento soplaba todavía afuera. Dora se llevó la mano a la coronilla de la cabeza, para no despeinarse. Desde la vereda sintió que Coria lo llamaba. Regresó. Coria lo esperaba en la puerta del bar.

– Dame un poco de plata -le dijo.

Él sacó la cartera y le dio todo lo que tenía en billetes grandes: doscientos cincuenta pesos. Se guardó dos billetes de diez. Si Coria se encontraba en el centro sin dinero se llegaba hasta la estación y le pedía lo recaudado durante la jornada; lo hacía bastante a menudo.

– Perfecto -dijo Coria- Hasta luego.

Entró nuevamente en el bar. Él regresó. Dora lo aguardaba junto al Chevrolet. Él abrió la portezuela trasera, la hizo pasar al interior del coche, y cerró nuevamente la portezuela. Vio por última vez a Coria en el interior del bar, charlando y riendo con el cajero.

Dobló frente al edificio de Correos. Por el retrovisor veía a Dora contemplarle la nuca. Ella desvió la cabeza (detrás suyo, en el retrovisor, la ancha calle empedrada, la larga hilera de camiones estacionados, el sol dorando las copas de los árboles, iban alejándose, agrupándose en una abigarrada y viva mezcla de colores y de movimientos brillantes) y lo miró a través del retrovisor, sonriendo. Se apoyó en el respaldo del asiento delantero, de un cuero color café con leche. Le tocaba el hombro con el codo.

– ¿No te acordás de mí? -dijo, mirándole el perfil primero, y al verlo mirar con atención el camino, sonriéndole después por el retrovisor. Le dio un golpecito en el hombro con la mano libre. En la otra apretaba el monedero, un monederito de plástico floreado, y el húmedo pañuelo floreado-. ¿Me puedo sentar adelante?

El coche dobló frente al parque del Palomar y tomó por la avenida del puerto, hacia el río. La luz solar penetró en el coche con unos reflejos súbitos e intensos, a través del vidrio trasero, refractándose sobre el retrovisor. Lo movió para no encandilarse.

– Al principio no te reconocí -dijo, mirando hacia la calle y comenzando a sonreír. Delante del coche un camión tanque aminoró la marcha para doblar por la primera transversal, frente a la entrada del puerto. Él aminoró a su vez, cambió la marcha, y se colocó detrás del camión. El camión de "Shell" dobló lentamente pesado y cuidadoso y el Chevrolet lo sorteó por la parte trasera, acelerando la marcha junto al cantero central de la avenida. Las palmeras y las tipas se inclinaban agitadas y sacudidas por el viento. Al fondo de la calle, que hacía una curva varias cuadras más adelante, el viento incesante formaba unas vagas nubes de un polvo fino y blanco. El cielo se hallaba límpido y brillante.

– No te reconocí porque estás muy cambiada. Giménez me dijo la semana pasada que estabas otra vez en la ciudad.

– ¿Puedo pasar adelante? -dijo Dora-. Hay mucho sol aquí.

Detuvo el coche. Dora descendió mientras él abría la puerta delantera, pasó adelante y él, estirando el brazo por detrás de ella, cerró la portezuela nuevamente. No arrancó en seguida. La miró. Ella lo miraba sonriendo: ahora tenía los ojos pintados, azules, los labios pintados, y el pelo cortado de una manera diferente. Estuvo mirándola un momento, como para descifrar con lentitud el significado de aquel cambio. Ella se puso de costado hacia él, dejando ver los gruesos y duros muslos, las pétreas rodillas encimadas sobre el asiento. Tenía la piel del rostro algo requemada y tensa, algo gastada.

– Pavote -dijo.

El coche arranco. Él sonreía.

– Estuve por buscarte, -dijo Dora-. Le pregunté a Gabriel. Pasé un par de veces por la estación. No te vi.

– ¿Qué haces ahora? -dijo.

– ¿Ahora? -dijo Dora-. Nada. Lo de siempre.

– ¿Podes? -dijo-. ¿Podes ahora?

– Trato, -dijo Dora, secamente, sentándose derecha y mirando hacia adelante-. Dame un cigarrillo.

– No fumo -dijo, con gran calma. Está bastante enojada, pensó. Pero aquella noche no, aquella noche había estado silenciosa, cautelosa, había estado humilde y como derrotada. Aquella noche del final del último verano la había encontrado en la "Arboleda" sola y callada, cavilando bajo las casuarinas, sentada en un banco semicircular de piedra a una mesa redonda de piedra, junto a las cabañas donde las chicas recibían a la clientela. El propio Gabriel Giménez lo había conducido hasta ella. Le había puesto una fría copa de whisky en la mano, diciéndole: "Es una pobre chica; necesita ayuda; conviene que se vaya de aquí esta misma noche", y lo había sentado junto a ella en el banco semicircular de piedra. Lo recordaba: el final del verano bajo las casuarinas murmurando en el viento de la madrugada, entre los árboles, cuyo verdor refractaba apenas la atenuada y sucia discreción de las lámparas culpables. Ahí le contó ella que la oficina de Correos que atendía en el pequeño pueblo de Misiones había estado siempre exclusivamente a su cargo. Lo repitió varias veces, hasta que él, lo recordaba, supuso que en el corazón de Dora existía algo que le impedía olvidar ese hecho. Se lo dijo. Entonces ella le contó que se había tomado dos días de vacaciones, poniendo un reemplazante, y que al regresar se había encontrado conque el reemplazante había hecho un pago indebido, por cuenta de la Caja de Ahorros, a un hombre que había pasado en automóvil por el pueblo, siguiendo al norte, y que se había presentado con una libreta adulterada. "El reemplazante lo puse por cuenta mía -dijo ella-. Yo le pagaba. Dejé todos los papeles firmados, como si yo no hubiera faltado a la oficina". Cuando se enteró de la estafa pidió diez días de licencia antes de declararla, y se vino a la ciudad. Había viajado más de mil kilómetros hasta la casa de su hermana. Trabajaba en el prostíbulo para restituir el dinero. La hermana y el cuñado creían que ella dormía en la casa de una amiga. Ella no lloró ni adoptó un tono lastimero al contárselo; se lo contó sencillamente, jugando con los botones de su vestido, y casi sonriendo. En realidad no sonreía. Parecía estar sonriendo, pensó ahora, mientras lo recordaba. "Gabriel no sabe nada -había dicho Dora esa noche-, piensa que no sirvo para esto y me parece que tiene razón. No sabe nada y no se lo diría tampoco. No sé por qué se lo digo a usted". Entonces se había quedado mirándolo; ahora lo recordaba. "¿Qué tengo que hacer?". El había respondido sin vacilaciones. "Pierda el empleo o vaya a la cárcel". "Estaba pensando en eso", había dicho ella. "Antes de venir aquí, le aseguro, que ni siquiera con mi novio…" "Eso no importa", recordó que había dicho. "Eso no importa nada".

Las casuarinas silbaban y murmuraban en el viento. Ahora Dora se hallaba sentada junto a él en el Chevrolet. No la miraba: sólo se hallaba escrutando calmosamente la avenida soleada, las palmeras, percibiendo sin mirar, a su costado, la roja mancha del suéter, la rígida figura de Dora, tensa y al parecer ofendida contra sí misma. Había sido diferente aquella noche, pensó, rememorando el sabor de la fría bebida color té, las luces entre la pesada y murmurante vegetación de estío, las cabañas de madera ocupadas de vez en cuando por alguna pareja, la proximidad del río aromando el aire.

– ¿Y con Coria? -preguntó- ¿Qué pasa?

– Lo conocí en la "Arboleda", la primera vez que estuve aquí. Nos encontramos de nuevo la semana pasada. Me quiere con preferencia y me dice que tengo que dejar de trabajar. Es una buena oportunidad, pero a mí no me gusta el trato porque yo quiero ser libre.

– Coria te conviene -dijo-. Para qué diablos querés ser libre.

– No me gusta. Me conviene, sí, y es bueno conmigo, pero no me gusta -dijo Dora, con fastidio-. Dame un cigarrillo.

Él sonrió.

– No fumo -dijo.

– Ah -dijo Dora-. Cierto. -Estaba contrariada. Súbitamente cambió de actitud, se pegó a él y le puso la mano en la nuca-. Cómprame un "Chester" corazón -rogó juguetonamente.

Enrojeció.

– No tengo plata -dijo carraspeando.

Ella volvió a separase de él, ni enojada, ni ofendida, ni despreciativa, ni nada, "Se ha olvidado completamente de aquella noche", pensó sintiéndola cerca suyo. En cambio él se había acordado a menudo de ella: al pasar por determinado lugar, al percibir un olor cualquiera, a veces al llevar a una pareja al amueblado del sur, donde habían estado juntos aquella noche. Si hacía un esfuerzo a veces, si se entregaba a sí mismo con una lenta dedicación, y en estado especial de ánimo, era capaz de lograrlo: ahí reaparecían entonces los dos, mágica y atenuadamente, como enmarcados en un óvalo de polvo, en el bulevar, por ejemplo, junto al gigantesco palo borracho al que se habían acercado descendiendo del coche, en la madrugada, buscando hongos comestibles, porque los dos se habían declarado capaces de distinguirlos de los hongos venenosos; en el coche mismo, respirando el olor común de los cuerpos; aún en la estación de ómnibus, hacia el mediodía asociándolo al momento en que había ido a despedirla.

Ahora pasaban por la usina, separada de la calle por un largo muro oscuro. Sobre el borde de la vereda, los grandes árboles de fronda perenne reverdecida por la primavera se hamacaban en el viento. Una ráfaga de pronto los inclinaba hacia un lado y los mantenía así, temblando y resistiendo por un momento, como si quisiera quebrarlos o vencerlos. Recordaban una cabeza desvalida que una mano obstinada y rigurosa sumerge por la fuerza en el agua.

Dora habló pensativamente.

– Coria es demasiado nervioso -dijo-. Está decidido a darme todos los gustos.

– ¿Cómo se arregló lo del correo? -preguntó.

Ella se alzó levemente la pollera y se hacía viento en la cara con la mano libre, mirando por la ventanilla.

– ¿Qué correo? -dijo-. Ah, sí. Me dejaron cesante. -Lo miró-. Tu consejo -dijo.

Se sintió enrojecer nuevamente. Dora se volvió hacia él mirándolo con una sonrisa tierna y burlona.

– No es nada, corazón -dijo-. El empleo no me importa nada.

– Sin embargo -dijo él con lentitud-, me parece que sí, que te importa.

– Estás empeñado en demostrarme que tengo buen corazón -dijo Dora-. No te hagas problemas. No es así, y te puedo asegurar que vivo mucho más tranquila.

– Ya lo sé -dijo él.

Dora hizo unos gestos de pereza y aburrimiento consistentes en echar los brazos para atrás, tensamente, irguiendo el pecho y hundiendo en él el mentón.

– Para que tanto buen corazón -dijo.

La miró de reojo, sin que Dora lo advirtiera, deseándola. Recordó su vientre y sus senos, sus muslos, aquella noche, al final del verano, y Gabriel despidiéndose de ellos casi con alivio, bajo el letrero luminoso de la "Arboleda". Gabriel era un tipo bastante singular: metido en ese cuarto lleno de

libros al frente del motel, charlando el santo día con esos amigos que al parecer no hacían otra cosa que no fuera estarse echados bebiendo cognac o vino o whisky hasta la mañana. Todos tipos raros, ese Barco, por ejemplo, él lo conocía: un tipo simpático. Lo había llevado más de una vez hasta lo de Gabriel o en algún viaje por la ciudad. Un tipo alto y algo bocón, moviéndose lenta pero nerviosamente.

El vientre de ella, lo recordaba, redondo, atezado, y en el extremo, en la suave pendiente, entre las piernas encimadas en una actitud de abandono delicado, un mechón de vello rubio húmedo y suave. El alivio de Gabriel contenía una mezcla de piedad, de anuencia evangélica. Lo recordaba, bajo la luz verde y roja del letrero luminoso, alzando la mano, la melena rubia y desordenada, los ojos ocultos tras los anteojos oscuros. Podía recordar el trayecto desde la "Arboleda" hasta el amueblado del sur: una atmósfera de luces rojas y verdes mechando aquí y allá la oscuridad, y después, a lo largo de la avenida costanera, desde el camino, las luces de la ciudad, repitiéndose sobre la superficie del río; después el trabajoso puente de cables, hierro y tablones retumbando bajo las ruedas del Chevrolet, y por fin, llana y desierta en la madrugada, la inconmovible y solitaria ciudad.

Ahora doblaban hacia el Club de Regatas.

– ¿Me vas a pasar a buscar a las nueve menos cuarto? -dijo Dora-. Es la casa de mi hermana.

– Ahí fuimos a buscar la valija aquella mañana -dijo-. Me acuerdo perfectamente.

Quedaron en silencio. El coche pasó frente al Club de Regatas, tomó hacia el paseo de la costanera, y allá adelante estaba de nuevo, el trabajoso y pesado puente de cables, hierro y tablones. El sol declinante le daba al agua, de un modo misterioso, una tonalidad semejante a la del acero. Los árboles del parque, del otro lado del paseo, eran atravesados por una luz cuya consistencia parecía ser la de un metal duro, polvoriento y rojizo.

Pero ella se había entregado con una anuencia casi mecánica, silenciosa y perpleja, desnuda, sobre la cama, en el amueblado del sur, pensó recordando el incesante zumbido del ventilador, unos pasos retumbando tras la puerta, a lo largo del sombrío pasillo, el reglamento de la casa, con la cortés advertencia final "¿No se olvida usted de nada?", clavado sobre la puerta de salida. En un momento dado todo aquello había desaparecido, y el recuerdo se convertía en la imagen de un torbellino gradual de cantos afilados mezclándose, de substancias húmedas y pesadas fundiéndose, para ir después ordenándose nuevamente, devolviendo cada cosa al reposo, a su lugar, moviéndose apenas, cada vez menos, hasta detenerse por completo, como en la fase final del ciclo entero de un tiovivo. Y después la melancólica voz de Dora: "Hace frío. Vámonos".

Pasaron junto a la entrada del puente y el Chevrolet continuó rodando por la costanera. Vio el puente alejarse, moviendo el retrovisor. Le costó hacer la pregunta; sentía la lengua pesada y un temblor en el corazón, así como también un calor especial en las sienes.

– ¿Cómo estás ahora? -dijo. No era eso. Se había expresado mal, eligiendo erróneamente las palabras. Intentó hacerlo de otra manera.

– ¿Te cuesta tanto todavía? -dijo.

Ella no lo oyó. Se hallaba al parecer pensando en otra cosa. Había estado mirando por la ventanilla: el paseo, el río, las islas, el terraplén del camino de asfalto serpeando hacia el este desde la salida misma del puente, entre los sauces, y ahora se volvía hacia él con lentitud, la voz todavía insegura y ensimismada, como si hubiera dispuesto sin demasiada decisión comunicar sus pensamientos:

– No me gusta estar con vos -dijo-. En serio. No es que no te quiera. Pensé mucho en vos mientras estuve fuera de la ciudad. Pero no quiero complicaciones. Quiero ser libre y no pensar en nada. ¿Entendido? Lo tengo así decidido. -Alzó una mano y la dejó caer sobre la negra falda de la pollera. -Coria me conviene, es otra cosa.

El sonreía, se sentía sonreír dulcemente, sin dejar de mirar la costanera: los álamos se inclinaban en dirección al río.

– ¿Así que no querés complicaciones? -dijo.

– Así es -dijo Dora-. Ninguna.

– Vaguita -murmuró.

Ella se rió.

– Para un momento, corazón -dijo-. Vamos a bajar.

El miró su reloj pulsera y frenó. Descendieron del coche y caminaron hacia el paseo. Sentía que el viento hacia flamear su corbata y sus pantalones. Dora caminaba adelante, a dos metros de distancia de él, sosteniéndose el pelo con una mano apoyada en la coronilla de la cabeza. El sol declinante emitía unos reflejos horizontales que pasaban sobre el río relumbrando más allá de la otra orilla, sobre el terraplén del camino. Frente a la costanera, sobre la otra calle, detrás de los álamos inclinados ahora hacia ellos, se alzaba, la larga hilera de chalets con sus tejas rojas, sus blancas paredes con ventanales abiertos a unos ordenados y tranquilos jardines de hierba transplantada artificialmente, atravesados por unos vivos y angostos senderos de polvo de ladrillo.

Iba detrás de Dora. Ella miraba con distracción el agua, el puente y el terraplén. Sobre el puente, ahora, pasaban lentamente dos camiones con acoplado y un coche verde. "Dora está hasta la coronilla de todo el mundo", pensó, y recordó el regreso del amueblado del sur: cómo no habían hablado una sola palabra, cómo ella parecía a punto de llorar, cómo fueron a tomar sopa a las cinco de la mañana, de aquella mañana cálida del final del último verano. "De todo el mundo, excepción hecha de mi persona", pensó, sin palabras, recordando más bien esas fugaces miradas de nostalgia y pesadumbre que ella había dejado entrever un momento antes, cuando le hablaba de su libertad. Ahora Dora se hallaba caminando a lo largo del paseo y él la veía yendo detrás suyo, viendo cómo Dora había dejado de sostenerse el pelo, y viendo cómo el viento se lo desordenaba. Su rojo suéter relumbraba concentrando la muriente luz roja de la tarde, y él veía las firmes piernas, la pollera ajustada al trasero redondo y a los muslos; las piernas se afinaban hasta desaparecer en sus zapatos negros, de tacos altísimos. "Está ahí", pensó. Se detuvo. Dora continuaba caminando. Viéndola alejarse regresó una vez más hasta aquella lenta madrugada del final del verano, y entonces comenzó en su interior la corriente cálida y obscena que, sin ninguna palabra, en medio de unos rápidos desasosiegos voluptuosos, lo inducía a pensar: "Habríamos tenido una suerte muy grande si no hubiéramos nacido, ni yo ni ella", hasta que unas tiernas y frágiles risas y voces de polvo y humo cobraron corporeidad en su interior, y lo ayudaron a pensar: "Pero existimos".

Dora se había detenido, apoyada en la baranda de cemento del paseo, mirando el agua.

– Eh -lo llamó.

Se aproximó con lentitud, sintiendo el viento que le daba en pleno rostro.

– Recién saltó un pescado -dijo Dora. El viento encrespaba nerviosamente la superficie del agua-. Lo vi lo más bien. Era dorado y brillante -dijo, y clavó la mirada melancólicamente sobre la superficie del agua.

"Ahora va a levantar la cabeza y va a mirarme", pensó él. "De golpe. Ahora". Fue así, en efecto, pero él se hallaba mirando ya hacia el río. Sintió el movimiento, y continuó sintiendo la mirada de Dora sobre su rostro.

– Ey -dijo Dora, suavemente.

– Era un amarillo -dijo él-. Es raro en esta época. Andan mucho más con el frío. _ "Ahora va a tocarme el brazo".

Dio un paso hacia el costado, fingiendo hallarse distraído. Dora quedó con el brazo a medio camino. "Oiga, chófer" -dijo Dora-, "lléveme para mi casa". Él se volvió sonriendo, hizo una reverencia y Dora pasó junto a él, hacia el automóvil. La siguió de cerca. "A las nueve menos cuarto en punto, eh" dijo Dora sin mirarlo. "¿En punto flaco, eh?" -dijo.

– Perfecto -respondió.

La espalda de Dora era, como todo su cuerpo, firme al tacto y a la vista: una espalda algo hundida, flexible y corta, de saludable piel dura. Recordó a Gabriel, bajo la luz verde y roja del letrero luminoso. El había ido a llevar un pasajero hasta la "Arboleda". Gabriel se hallaba en la cocina, leyendo.

Gabriel no daba la mano como todo el mundo: te tomaba la mano entre las de él, oprimiéndola tiernamente, daba dos o tres pasos nerviosos sin soltarte la mano, como si le costara decidir en seguida de qué manera celebrar tu llegada, y recién después te soltaba. Estaba solo, no se hallaba con él ninguno de aquellos amigos desocupados que iban a visitarlo casi todas las noches, y él, pensándolo, estaba seguro de que ésa era la razón por la cual Gabriel le había confiado a Dora, además de intuir que lo que deseaba realmente Gabriel era poder continuar su lectura sin mayores complicaciones y con la conciencia perfectamente tranquila. Él había conocido a Dora por el hecho casual de que a Barco esa noche se le había ocurrido ir a dormir temprano, o porque se le había presentado la oportunidad de ir a matar el tiempo a otro sitio que no era la "Arboleda".

Subieron al Chevrolet. Arrancó y continuó avanzando hacia Guadalupe, por la costanera. Los techos rojos de los chalets, cuyas sombras se extendían hasta el medio de la calle, brillaban bajo el sol. El asfalto deteriorado de la costanera, lleno de cortes y grietas y manchas de lubricante, era atravesado por las largas y finas sombras de los álamos. Sobre la vereda, en el paseo, sentados en un banco de piedra sin respaldo, conversaban un hombre y una mujer jóvenes. Los vio al avanzar, desaparecieron por un momento de su vista, y reaparecieron en el retrovisor, uno junto al otro, cruzados de piernas, efectuando límpidos gestos en la tarde.

Dora estaba mirándolo; lo sabía. Recordó "Hace frío. Vámonos", y en seguida cómo se vistieron en silencio, rápidamente, y cómo salieron del amueblado comprobando que ya era el alba, un alba azul abierta y muy calma, ascendiendo en el cielo; cómo fueron al restaurante, en silencio también durante todo el trayecto. Tomaron sopa; comieron carne asada con vino tinto. Si a Barco se le hubiese ocurrido ir esa noche a la "Arboleda", pensó, él nunca habría podido recordar "Hace frío. Vámonos", ni la cena en el restaurante, ni tampoco a Gabriel de pie bajo el letrero verde y rojo de la "Arboleda", alzando la mano en un lento, demorado y distraído ademán de saludo; ni tampoco el Chevrolet ascendiendo al liso asfalto, él en el volante, con Dora a su lado, retomando el camino de la ciudad.

– ¿Vivís en casa de tu hermana? -preguntó.

Dora dejó de mirarlo.

– No -dijo-. Vivo en una pensión en el centro ahora. Mi hermana no sabe nada. Mi cuñado sí sabe. No me dirige la palabra. Cuando está presente mi hermana disimula.

– ¿Qué hace tu cuñado?

– Trabaja en el ferrocarril -dijo Dora-. Es una porquería. Menos mal que se pasa la mayor parte del tiempo fuera de la casa.

– ¿Y tu hermana? ¿Qué se cree?

– Cree que trabajo en el hospital provincial, en la guardia nocturna. Soy enfermera. Tengo diploma.

– ¿Y de puta? -dijo-. ¿De puta también Tenés diploma?

Dora le dio un golpe suave en el brazo, con el puño. El miraba el camino sonriendo reflexivamente.

– ¿Por qué me decís eso? -dijo Dora con tristeza.

– No me gusta que lo hagas -dijo, poniéndose rojo.

– Anda al diablo -dijo Dora.

– Dora -dijo-. Coria te conviene. De veras que sí.

La recordó inclinada sobre el plato de sopa. Un brazo no visible, sobre la falda, alzando una y otra vez, con gran lentitud, la cuchara hacia la boca. Detrás de ella, por la ventana abierta de par en par, la cálida mañana del final del verano ascendiendo en la plaza, como ahogada entre los árboles, el comienzo de una mañana extraña y mórbida.

El coche entró en la costanera nueva, una ancha carretera de asfalto, menos poblada que el tramo antiguo. Desde allí el río se abría, ensanchándose al pie de una barranca; la orilla opuesta desaparecía, todo era una vasta superficie de agua resquebrajada por el viento, un agua de un matiz ahora violáceo. El horizonte era una zona imprecisa y blanquecina envuelta por una tenue niebla inmóvil.

– Bueno -dijo Dora-. Terminémosla con Coria.

– No -dijo-. Yo decía.

– Sí -dijo Dora-. Dame un cigarrillo.

El no contestó. De haber estado ese Barco en la "Arboleda" aquella noche, pensó, y en seguida la corriente del obstinado recuerdo devolvió las casuarinas, murmurando en el viento débil, las cabañas de madera entre los árboles, el banco semicircular de piedra, la mesa redonda de piedra, las luces refractadas tenue y suciamente por la grave fronda. "Perder el empleo; ir a la cárcel", recordó. Y la lenta voz reflexiva de Dora: "En eso estaba pensando".

– Y tu cuñado -dijo-. ¿Cómo se enteró?

– Se enteró -dijo Dora.

– ¿De qué manera?

Dora se volvió hacia él.

– Se enteró. Qué sé yo -dijo-. ¿A qué viene el interrogatorio? Me hizo seguir. ¿Qué hay con eso? Él se cree que hace una linda vida. ¿Por qué tiene que meterse conmigo? ¿Qué le importa si yo me divierto a mi manera? Tiene más de treinta años y no sabe nada de nada. Se las tira de santo. La única vez que subió a un taxi en su vida fue para llevar a mi hermana a la maternidad. Pobrecito. -Hizo silencio durante un momento; después suspiró-. Es comunista mi cuñado -agregó en tono explicativo.

– Quién sabe -dijo él, después de un breve silencio-. A lo mejor, tu cuñado…

– Bueno -dijo Dora-. Es mejor que la terminemos.

No respondió. Llegaron al final del ancho pavimento, cerca de la rambla, en la parada de los ómnibus y los tranvías. "Hace frío. Vámonos", recordó. "¿Ya?" "Sí. Vámonos. Vámonos". Y después, humildemente inclinada sobre el plato de sopa, Dora se lo había dicho sin que él le preguntara nada, quedando con la cuchara suspendida a medio camino entre el plato y la boca, con una expresión entre nostálgica y pensativa, en tanto la lenta y mórbida mañana ascendía gravemente detrás suyo, de modo que su oscura figura encogida resaltaba contra la creciente claridad: "Cuando pienso que tengo que acostarme con un hombre me entran unos deseos terribles de morirme: tengo tanto miedo. Me gusta la dulzura. Pero eso no puedo soportarlo. Creo que es algo físico. Una pluma me hace daño. No te lo dije por miedo de que me abandonaras en el camino". "¿Qué?" "Un miedo terrible de que me abandonaras". "¿Qué?" Con los ojos abiertos, la boca abierta, el corazón palpitando fuertemente, la había oído contarle que hasta diez días atrás había sido virgen. Un cliente la había tenido por primera vez en la "Arboleda". Había sangrado toda la noche, creyéndose a punto de morir. La hemorragia se había detenido sola. La mañana del final del verano ascendía lentamente detrás suyo mientras lo contaba, podía recordarlo ahora. Cuando ella terminó de hablar, de golpe, de la misma manera que había comenzado, él se había puesto a hablar confusamente, con gran rapidez, poniéndose colorado, y temblando, como a punto de llorar y había dicho muchas cosas de las que ahora sólo recordaba: "Tenés que volver hoy mismo a tu pueblo y declarar la estafa, aunque pierdas el empleo y vayas a la cárcel".

Dobló a la izquierda, hizo dos cuadras, y dobló a la derecha, internándose en una callejuela de tierra. El Chevrolet avanzaba lentamente, dando bandazos. La de la hermana de Dora era una pequeña casa, no muy nueva, de color amarillo desvaído, con un descuidado jardín al frente y un tejido de alambre que separaba el jardín de la vereda, desde donde se penetraba a la casa a través de un irregular sendero de ladrillos. El Chevrolet se detuvo.

– A las nueve menos cuarto en punto, eh -dijo Dora. Descendió. Él la miraba.

– Sí -dijo, mirándola-. Hasta luego.

– Hasta luego -dijo Dora, rodeando el Chevrolet por la parte delantera y dirigiéndose a la casa.

Arrancó, avanzó en primera hasta la próxima esquina, dio la vuelta, lentamente, dando bandazos, en medio del polvo, y volvió a pasar frente a la casa del cuñado de Dora. Dora ya no estaba afuera; pero la puerta de hierro y vidrios granulados de un color dorado que daba al jardín se hallaba entreabierta. La casa quedó atrás, el Chevrolet llegó al asfalto de nuevo, doblando hacia la izquierda, y de nuevo, entonces, pasó junto a la parada de los ómnibus y los tranvías, cerca de la rambla, entró en la costanera nueva con su ralo caserío a un costado y la vasta superficie violácea del agua en el otro, acelerando después en la recta de la vieja costanera: el paseo, los álamos, los brillantes y limpios chalecitos de techo rojo se desplazaban a los lados del coche. El hombre y la mujer continuaban charlando sentados en el banco junto al paseo, impasibles en el viento, cruzados de piernas, haciendo gestos contra el pesado y trabajoso fondo del puente, cuya boca sorteó el Chevrolet en seguida, disminuyendo la marcha, pasando después frente al Club de Regatas, tomando la avenida del puerto con su lento y complicado tránsito de camiones, hasta que llegó al parque del palomar, avanzó por la Ave nida Rivadavia pasando junto a los fondos del correo y después dobló, disminuyendo la marcha, arrimó a la vereda y frenó en la parada frente al bar de la estación.

Descendió y penetró en el bar. Las agujas del reloj hexagonal marcaban las seis y diez. Coria no estaba. El cajero lo llamó desde detrás del mostrador: era un hombre de pelo rubio y piel blanca, de torpes manos rubias y un fino bigote dorado bajo la nariz.

– Dice Coria que se va a demorar. Va a estar aquí a las diez y media -dijo el cajero-. Dice que puede tomar lo que quiera a cuenta de él.

– Nada -dijo, llegando al mostrador y dando la vuelta en seguida, comenzando a regresar a la calle-. Gracias.

Una pareja acababa de subir al coche. Traían un par de bolsos y una valija. Se sentó frente al volante y volviendo ligeramente la cabeza hacia el asiento trasero preguntó la dirección. El hombre se la dijo. Por el retrovisor vio su rostro: era una de esas caras preocupadas, de color chocolate, llena de arrugas prematuras y de fluctuaciones sombrías. Estaba vestido con un traje marrón, y llevaba una corbata negra. La mujer se hallaba totalmente vestida de negro; era un poco gruesa, de unos treinta y cinco años, los senos desarrollados por la maternidad, abultados bajo el suéter negro. Tenía los ojos enrojecidos, como si hubiese estado llorando mucho, y los del hombre, brillantes e inquietos, evidenciaban un malestar algo vago que le formaba unas hondas arrugas en la frente; al hablar con la mujer movía nerviosa y lentamente la cabeza de un lado al otro. Hablaban de alguien que había muerto. Él podía oírlos; sólo veía el rostro del hombre a través del retrovisor, un rostro oscuro y preocupado. La mujer se echó a llorar. "Es injusto que se haya muerto así", dijo. "Bueno -dijo el hombre con voz tímida y dulce-. No llores". La mujer le respondió con un ligero aire de reproche en la voz. "Sí-dijo-. Es fácil para vos; es muy fácil". "¿No era también hija mía? ¿Acaso no era también hija mía?" dijo el hombre con aire paciente. La mujer se sonó la nariz. "Sabías desde hace tiempo que se iba a morir". El hombre suspiró. "Sí", dijo. "Lo sabía". Hicieron silencio. Vio el rostro del hombre a través del retrovisor: se hallaba a punto de decir algo, estaba al parecer tratando de redondear la frase; después comenzó a hablar. "Es cierto. Yo sabía" -dijo-. "Sin embargo…" -el hombre vaciló; por el retrovisor vio que sus ojos se tornaban brillantes ahora, inmóviles y húmedos-. Sin embargo todo este tiempo vos tenías alguna esperanza. No sabías. Ella estaba viva para vos. Yo sufría porque sabía que la vida de Teresa era imposible. -Hizo silencio nuevamente, por un momento, y después continuó hablando en un tono delicado y reflexivo-. Más adelante, cuando esto pase, vos vas a recordar a Teresa como cuando ella vivía. Para mí, aunque te parezca horrible, no era más que una muerta, siempre, porque yo sabía. Y tenía que tratarla como si estuviera viva. Tenés que creerme", dijo el hombre. La mujer comenzó a llorar, dejando de escucharlo. El hombre se calló. Mirando por la ventanilla (lo vio a través del retrovisor), un momento después, suspiró con pesadumbre, y murmuró para sí mismo: "Es inútil intentar vivir".

Los dejó en una esquina del sur. El viento se había detenido. La ciudad parecía silenciosa e inmóvil. La esquina era una de esas casas bajas, de tipo colonial, sin ochava, pintada de amarillo, con rejas bajas y techo de tejas sucias por la intemperie. Una vieja casa a cuya puerta golpeó el hombre, separándose después de ella hasta quedar junto a su mujer, en medio de la vereda, aguardando que salieran a recibirlos. Él los miró antes de partir: la mujer tenía una mirada distraída, los brazos cruzados sobre el pecho, como si sintiera fiebre o frío, de pie junto a la valija y los bolsos apilados sobre la vereda. El hombre se alisaba nerviosamente el pelo, con una gran mano color chocolate, mirando hacia la puerta.

Arrancó y dobló en la esquina hacia el centro, alzando la banderita roja. La atmósfera estaba tornándose ligeramente azul; solamente al oeste, el cielo y el aire estaban tocados por unos plácidos matices color té. El Chevrolet rodaba lentamente, sorteando los pesados y ruidosos tranvías, a través de calles angostas de grueso empedrado. Los rápidos automóviles pasaban frente a él zumbando, adelantándose rápidamente hasta mezclarse con el abigarrado tránsito del centro. Recordó a Dora: "Hace frío. Vámonos". Pero él se hallaba ahora regresando a la parada de taxis frente a la Terminal: el claustro tranquilo del trabajo, sin un solo día franco (no le interesaba, nada le interesaba demasiado) y comer y dormir, y defecar y fornicar de vez en cuando en algún lupanar de la zona del puerto. Frenó en la esquina: un automóvil cruzó velozmente la bocacalle, desapareciendo en seguida, y entonces reanudó la marcha en segunda velocidad, y pudo asistir a la extinción en su memoria del nostálgico rostro de Dora, registrando en cambio el demorado sabor cálido de aquella voz sibilina, lenta y siniestra que sin palabras ni nada que se le pareciera (un palpitante y pesado coágulo húmedo color ocre estallando), repetía haciéndole entrecerrar los ojos de placer, aquellos inconfesables "no soy nada", "nadie es nada", mezclándose ahora, por primera vez, al recuerdo de aquel sombrío rostro color chocolate que acababa de murmurar, como sin inocencia: "Es inútil intentar vivir". El mundo era transparente y sólido como un diamante tibio, calentado entre almohadones de tibia lana; y el obsceno sentimiento ascendía y descendía modelándolo, alisando la superficie de su conciencia, una planicie semejante al desierto de los santos, vasta y vacua, pero voluptuosamente aceptada. Todo aparecía perfectamente claro y ordenado: levantarse temprano por las mañanas, ir al garage en busca del coche, trabajar durante toda la mañana, hacer un paréntesis para almorzar, reanudar después el trabajo hasta la noche, cenar, y acostarse de nuevo para levantarse a la mañana siguiente: había que tener demasiada mala suerte para que le pasara algo diferente a eso; y cuando lo pensaba, cuando recordaba que hasta entonces, desde que llegara a la ciudad, él estaba viviendo en un mundo ordenado y claro, esas obscenas ondas cálidas lo inundaban una y otra vez, lenta y dulcemente, lo sumergían en una dulce nada que resultaba finalmente blanca y ciega como el limbo.

Llegó al centro. Fue entrando en él de un modo gradual, entre un tránsito cada vez más numeroso de automóviles, ómnibus, motocicletas, bicicletas, tranvías. En las veredas caminaba más gente, cada vez más a medida que se internaba en el corazón de la ciudad, gente entrando y saliendo de los comercios, yendo por las veredas o descendiendo a la calle para sortear grupos de caminantes menos apresurados, y ascendiendo después de dar cuatro o cinco pasos sobre las vías del tranvía, para continuar sobre la vereda su apurado paseo. A medida que se internaba en el centro también los comercios iban haciéndose más numerosos y elegantes: casas de venta de artefactos eléctricos, heladeras, lavarropas, licuadoras, máquinas de afeitar, cocinas, calefones; zapaterías, camiserías, tiendas, bazares, mueblerías, perfumerías de precarias vidrieras iluminadas con luces de colores o cortinados de terciopelo, confiterías, joyerías, armerías, cigarrerías, infinitos e inútiles comercios cuyos letreros luminosos se hallaban ya encendidos contaminando la atmósfera azul con resplandores violetas, amarillos, rojos, verdes y azules. El tránsito se desplazaba lentamente; un camión con altoparlante propalaba música brasileña, mezclándose al murmullo de la gente, a las bocinas de los automóviles, a los motores y a las campanillas de los tranvías.

Detuvo el Chevrolet con el motor en marcha, a mitad de cuadra, tras una larga hilera de vehículos. Vio entonces avanzar a Barco, desde la vereda, con un aire apurado y nervioso; le hacía señas. Se acercó al coche y su gran cara emergió sonriendo en el marco de la ventanilla.

– Hola -dijo-. ¿Está libre?

– Suba -dijo.

Barco abrió la portezuela delantera y se sentó junto a él. Vestía un traje claro y liviano de confección mediocre. Al parecer acababa de higienizarse minuciosamente, y desde su pelo asentado y húmedo una gotita de agua descendía por su frente, dejando sobre ella una pequeña estela brillante. Con un pañuelo inmaculado que extrajo del bolsillo superior del saco se secó cuidadosamente la frente.

– ¿Qué tal? -dijo guardando el pañuelo. En seguida le dio la dirección.

– ¿Hace mucho que no va por la "Arboleda"? -dijo.

– Estuve anoche -dijo Barco-. Vine esta mañana.

El tránsito comenzó a moverse con lentitud. El Chevrolet avanzó en primera, pesado y lento como un escarabajo; un ómnibus dobló en la esquina, a la derecha, en dirección a la Terminal, descongestionando un poco la aglomeración, y los vehículos comenzaron a apresurar la marcha. Cambió a segunda velocidad, detrás de una "Estanciera" azul, pasó la esquina, cambió a tercera sorteando la "Estanciera" que Barco miró distraídamente al pasar, y en la esquina dobló hacia la izquierda. Barco sacó un paquete de "Saratoga" sin abrir, tiró con minuciosa lentitud de la cinta roja, hizo una pelotita con el celofán arrojándolo por la ventanilla, abrió el paquete y le ofreció un cigarrillo.

– No fumo. Gracias -dijo.

Barco extrajo un cigarrillo, se guardó el paquete, y encendió el cigarrillo con un pequeño encendedor dorado. El coche pasó frente a la Jefatura de Policía y el Consejo de Educación, hacia el oeste, y después dobló a la derecha, hacia el norte, bordeando la plaza San Martín.

– Se olvidó de bajar la bandera -dijo Barco, señalando el taxímetro.

– No importa -sonrió-. Es un obsequio de la casa.

– Bueno -dijo Barco-. Gracias. Pero la próxima vez voy a tener que tomar otro coche.

Recordó a Gabriel, de pie bajo el letrero luminoso, alzando lentamente la mano en señal de despedida; y en seguida: "Hace frío. Vámonos", y el banco semicircular de piedra, la mesa redonda de piedra, las cabañas de madera ocupadas de vez en cuando por alguna pareja, las murmurantes casuarinas en el débil viento, la cálida mañana del final del verano ascendiendo tras la cabeza de Dora, entre la grave vegetación de la plaza junto a la cual ahora se hallaban pasando. Era sin duda preferible mil veces no haber nacido, pensó, mientras el Chevrolet dejaba atrás la plaza.

– Tengo una despedida -murmuró Barco en un tono melancólico.

Respondió algo que debía entenderse como una muestra de interés hacia lo que Barco estaba diciendo.

– Una mansión que se liquida -murmuró Barco, hablando como para sí mismo-. ¿Se acuerda de Tomatis?

– El periodista -dijo.

– Exactamente. El mismo. La vez pasada estuvo buscándolo para hacer un viaje a la "Arboleda". No lo encontró. Lo buscó a usted porque andaba escaso de fondos.

– ¿Fue a la estación? Es una lástima. Yo podía haberlo llevado -dijo.

– No se preocupe -dijo Barco riendo-. No le va a faltar oportunidad. Nosotros siempre andamos escasos de fondos.

Siempre habla así, pensó, mitad en serio, mitad en broma y siempre desde afuera, y si por casualidad aquella noche no hubiera faltado, entonces él… Ahora estaba oscureciendo, las luces del alumbrado público se encendieron simultáneamente en toda la ciudad y podían verse ya los puntos rojos de las luces traseras de los automóviles.

– ¿Y esta noche? -dijo-. ¿No va a la "Arboleda?

– No creo -dijo Barco, mirándolo con alguna curiosidad en la penumbra del coche-. Esta noche tengo una despedida. Unas chicas amigas se van de la ciudad. Creo que esta vez no vuelven, Dios quiera que no.

Él se rió.

– ¿Por? -dijo.

– Nada -dijo Barco, mirando la brasa de su cigarrillo y echando un poco de humo hacia ella-. Dios quiera que se acomoden y puedan vivir -agregó, con un tono irónico.

– Vengo de llevar a un matrimonio -dijo-. Parece que se les había muerto una hija, o algo así. La mujer lloraba. El hombre dijo en un momento dado que no se podía vivir.

– En realidad -dijo Barco, moviéndose perezosamente sobre el asiento-, razón no le falta. Lo que me parece mal es que se den cuenta de eso cuando les pasa algo grave. Mientras tanto, viven haciéndole porquerías al prójimo.

– No me dio esa impresión -dijo-. Más bien me pareció que quiso decir que no se podía vivir de ninguna manera y… y nunca.

– ¿Usted qué entiende por vivir? -dijo Barco, algo brutalmente y como si no esperara respuesta.

– No entiendo nada -dijo.

Barco se incorporó y lo miró. Parecía sorprendido. Arrojó el cigarrillo por la ventanilla y se cruzó de piernas. No dijo nada. El coche llegó al bulevar y dobló hacia la izquierda, en dirección al oeste nuevamente. Corrió cinco cuadras por el bulevar, hasta la feria rural, y dobló hacia la derecha entrando en una ancha avenida arbolada, cuyas manos de tránsito se hallaban separadas por las vías del tranvía.

– Después del pasonivel -dijo Barco.

El coche avanzó tres cuadras más, pasando las barreras y saltando sobre las vías del tren. Barco dijo: "Antes de llegar a la esquina" y el coche se detuvo frente a una puerta que comunicaba con un largo pasillo en cuyo fondo se hallaba encendida una lámpara de terrosa luz sucia.

– ¿En serio que no quiere cobrar? -dijo Barco.

– No -dijo-. De veras. Quédese tranquilo. Vaya a buscarme cuando quiera, para ir a la "Arboleda" o a donde quiera. El periodista también.

Barco le estrechó la mano.

– Gracias -dijo.

Abrió la portezuela, a punto de descender, pero se volvió de pronto y se quedó mirándolo.

– Interprételo como quiera -dijo-. Nadie entiende nada. Pero llega1 un momento en que a cualquiera se le puede presentar la oportunidad de vivir: si la deja pasar, o es un estúpido, o es un cretino, o es un santo. -Descendió y cerró la portezuela. Su cara reapareció por la ventanilla-. Hasta la vista -dijo, sonriendo. Se dirigió a la puerta y entró en el largo pasillo iluminado.

Miró su reloj pulsera: eran exactamente las siete y media; oscurecía. A las ocho abandonaba el servicio. Regresó a la terminal, recogió a un pasajero que aguardaba en el extremo de la cola, lo llevó hasta la estación de trenes, y después se encaminó a la pensión. Estacionó, bajó de un salto, se metió en el cuarto de baño, se afeitó, se dio una ducha fría, se puso ropa interior y una camisa limpias, y el saco, la corbata y el pantalón de la tarde, recogió un poco de dinero y regresó a la estación. Eran las nueve menos veinte cuando estacionó unos metros antes de llegar a la parada, cubrió la banderita con la funda de gamuza amarilla y descendió del coche. Fue hasta la puerta del bar de la estación, miró largamente el interior como buscando a alguien entre la concurrencia, y regresó en seguida al Chevrolet.

Ahora el alto edificio de Correos se hallaba bellamente iluminado; dobló hacia la izquierda, pasando frente a los cristales de la planta baja del edificio, un interminable corredor adornado con columnas redondas y amueblado con un mostrador interminable. Había camiones-tanque estacionados en tres hileras, una junto a cada cordón de las veredas y otra en el medio de la calle, separando las manos de tránsito. Entre las frondas de los árboles del parque del Palomar se expandía el rojo resplandor del letrero luminoso de la agencia "Esso". Dobló hacia la derecha, tomando la avenida del puerto. Ahora las palmeras permanecían inmóviles, tocadas vagamente por la luz de los globos del alumbrado, una luz pálida, blanquecina, casi lunar. Dobló frente al Club de Regatas, avanzó paralelamente al paseo, sorteó la boca del puente colgante (las luces rojas de los altos mástiles, contra el cielo límpido, lleno de estrellas, cerca de la clara luna tibia, se encendían y se apagaban rítmicamente, sin cesar, como impulsadas por ráfagas regulares de tiempo) y aumentó la velocidad en la costanera vieja; dejó los faros encendidos. Alguna gente caminaba sobre la vereda del paseo. Había coches estacionados en medio de la avenida. Las blancas fachadas de los chalets fulguraban vagamente a la claridad lunar. Los jardines frontales habían sido casi borrados por la penumbra, que rescataba a la visión algunas puertas y ventanas iluminadas entre los árboles. A setenta kilómetros por hora entró en la nueva costanera. El Chevrolet dejó de vibrar y rodó silenciosamente sobre el liso camino de asfalto. La luna refulgía sobre la vasta superficie del río. Llegó a la parada de ómnibus y tranvías cercana a la rambla, desierta todavía en octubre. Disminuyó la marcha, frenó casi, y dando bandazos dobló hacia la izquierda, pasando a segunda velocidad al tomar la calle, y acelerando levemente. Hizo dos cuadras pasando junto a un ruidoso tranvía iluminado que hacía sonar su dura campanilla avanzando en dirección contraria, y dobló hacia la derecha, internándose en la calle de tierra. Avanzó con lentitud, de nuevo en segunda velocidad, para poder distinguir mejor en la oscuridad, entre los árboles, la casa del cuñado de Dora. Por fin distinguió la puerta de vidrios granulados dorados iluminada por una luz proveniente del interior y detuvo el coche; apagó las luces y descendió.

Caminó por el sendero irregular de ladrillos deteniéndose junto a la puerta; oía voces en el interior de la casa; golpeó las manos. Casi en seguida la puerta de hierro y vidrios granulados dorados se abrió y asomó un hombre joven, de unos treinta y cinco años de edad, bajo, delgado, con una gran cabeza piramidal cuyo vértice era el mentón, y un cabello abundante del color y la consistencia de la paja, mal asentado sobre la cabeza. Tenía una mirada baja y hosca, pero no desagradable. Vestía una camisa de mangas largas arremangadas a la altura del codo y unos pantalones de ferroviario, de un azul descolorido.

– Buenas noches -dijo él-. Venía a buscar a la señorita Dora.

– Un momento -dijo el hombre, cerrando la puerta.

El vio su confusa figura alejarse de los vidrios granulados dorados, hacia el fondo de la casa. "Es para ella", oyó decir a la voz seca del hombre desde el interior. Oyó la voz de Dora sin entender lo que decía. "No sé", respondió la voz del hombre. En seguida oyó el taconeo apurado de Dora, sobre un piso de mosaicos, y de pronto la puerta se abrió, y Dora sonreía.

– Hola, flaco -dijo-. Adelante.

Dora abrió más la hoja de vidrios granulados dorados y se hizo a un lado para dejarlo pasar.

– Hola -dijo, entrando-. Coria va a estar ocupado hasta las diez y media.

Se trataba de una galería de piso de mosaicos, de unos ocho metros de largo, con un techo de cinc sostenido por unas finas columnas de caño, y que terminaba en un alero de chapa con un motivo de flores de lis repetido a todo lo largo de la galería. Sobre la pared se abrían tres puertas iguales, y al fondo, al final de la galería, una puerta más pequeña, iluminada por medio de una luz débil y rojiza. La primera de las puertas a lo largo de la pared de la galería estaba abierta, el interior de la habitación iluminado. Se dirigió hacia ella, oyendo detrás suyo a Dora cerrar la hoja de vidrios dorados. Se detuvo de golpe en el rectángulo de la puerta. El hombre rubio se hallaba sentado ante una mesa leyendo un libro, de costado a la puerta; sobre la mesa había una pila de diarios y detrás, contra la pared, un breve anaquel con libros. El hombre alzó la cabeza y lo miró; estaba solo en la habitación. Se sintió enrojecer.

– Perdone -dijo.

– No es nada -dijo el hombre, sin dejar de mirarlo.

– No, ahí no, vamos para la cocina -dijo Dora, tocándole el brazo.

El hombre continuaba mirándolo, con tranquila impaciencia. Se volvió y siguió a Dora. La puerta del fondo de la que emergía una débil luz rojiza pertenecía a la cocina. En su interior se hallaba la hermana de Dora, una chica regordeta de unos veintiocho años, alta, de grandes senos, tímida, respetuosa y plácida. Había también una nena de cuatro o cinco años que comía un huevo frito arrodillada sobre una silla, sin cubiertos, cortando trozos pequeños de pan con los que absorbía la yema del huevo y se los llevaba a la boca. Ni siquiera alzó la cabeza cuando él entró. La hermana se puso de pie cuando Dora los presentó. Se estrecharon las manos.

La cocina era pequeña y oscura. Había un viejo armario y una heladera eléctrica, blanca, pequeña y reluciente, y sobre una repisa, en la pared, una pequeña radio de baquelita, de un color verde. La nena canturreaba ensimismada mientras comía el huevo frito. Sobre la mesa había una yerbera de madera, con un paisaje pintado sobre la superficie de los recipientes; el mate se hallaba apoyado contra ella pero la pava estaba en el suelo, junto a la silla de Dora, sobre una revista.

Se sentó junto a Dora, frente a la hermana.

– ¿Qué hora es? -dijo Dora.

– Nueve -dijo, mirando su reloj.

La hermana de Dora lo miraba con sonriente curiosidad.

– Hoy entro a las diez -dijo Dora.

– ¿Así que usted va a buscarla todas las mañanas? -dijo la hermana de Dora.

– ¿Eh? -dijo. Enrojeció-. Sí. Todas las mañanas.

– A las siete -dijo Dora-. Me lleva hasta la pensión.

– Mami -dijo la nena-. Quiero otro huevo frito.

– Sí -dijo-. Hasta la pensión. Todas las mañanas.

– Cállese la boca -dijo la hermana de Dora a su hija.

– Vámonos ya -dijo él.

Dora sonreía malévolamente.

– No -dijo-. Quedémonos un momento. Es temprano todavía.

Se oyó toser al hombre rubio en la habitación delantera; era un carraspeo obstinado y distraído.

Recordó a Dora, al final del verano, su encogida figura resaltando contra la mórbida mañana cálida ascendiendo entre los árboles: la cuchara detenida en medio del trayecto hasta la boca, el rostro tocado por una expresión reflexiva y nostálgica: "Sangré toda la noche. Pensé que iba a morirme", hasta que, desplazando el recuerdo, emergió de nuevo aquel calor obsceno y carnal, sibilino y murmurante: levantarse a las ocho de la mañana, detener el Chevrolet frente a la estación, el paréntesis para el almuerzo, el regreso a la parada de taxis, la cena y a la cama.

– Se hace tarde -dijo -. Tengo que ir al centro.

Dora continuaba sonriendo con malevolencia. La hermana desplazaba su mirada del uno al otro con expresión simpática.

– Quédense a hacerme un poco de compañía -dijo-. Antonio toma el servicio dentro de un rato.

De nuevo la lenta mañana cálida ascendiendo; y en seguida, "Hace frío. Vamonos."

Enrojeció. Creyó que iba a sentirse a punto de llorar.

– De veras -dijo-. Todas las mañanas, bien temprano. La espero en la puerta del hospital. Quédese tranquila. La semana pasada, cuando llovió, eso días de frío, nos íbamos a tomar un pocillo de café bien caliente antes de dormir. Yo hacía el servicio nocturno. Voy a tratar de conseguirlo de nuevo. Usted sabe. Al acostarme temprano pienso que Dora tiene que pasar en vela toda la noche y… bueno, no me parece justo. Su trabajo ya… ya hace que uno se avergüence un poco de lo que es, porque ser chofer no es nada comparándolo con el trabajo de Dora. Estar enfermo, moribundo, y sentir cerca de uno a una persona como Dora… Bueno. Usted sabe. Dora es lindísima. Es muy linda su hermana. Yo me… siento, bueno, usted sabe, orgulloso de Dora. Piense en la gente que muere, a medianoche, en el hospital. La soledad es muy grande. Pero con Dora, que es tan linda, al lado de un moribundo… bueno… el hombre puede sentir que a pesar de todo, valía la pena, y se puede… y que se puede…

Dora había dejado de sonreír; lo miraba. La hermana de Dora lo escuchaba con cortés y satisfecha atención.

– Vámonos -dijo Dora.

El se tocó la frente con la mano; su mano temblaba.

– Que se puede vivir -dijo-. Es muy difícil hoy en día vivir. Hay que tener mucha suerte, usted sabe.

– Vámonos -dijo Dora, poniéndose de pie.

– Mami -dijo la nena-. Tengo hambre.

Él no se levantó – Continuó hablando.

– Por mi trabajo conozco a mucha gente -dijo-. Ando mucho. Le puedo asegurar que la gente no puede vivir, señora. Un trabajo como el de Dora es una suerte. No hay mejor momento del día para mí que cuando ella baja las escaleras del hospital y entra en el coche, todas las mañanas. Se lo digo a usted para que se quede tranquila, porque usted es su hermana. Y en esos días de frío, cuando tomamos una taza de café caliente, cansados, con sueño, todavía nos quedan ganas de estar despiertos, nos cuesta ir a acostarnos a dormir, porque de esa manera uno piensa que durmiendo pierde el tiempo, que hay que estar despiertos siempre, porque… parece que la vida no nos alcanzara.

– Es tardísimo -dijo Dora. Le tocó el hombro-. Vamos.

Se puso de pie, mirando a la hermana de Dora.

– Quédese tranquila, señora -le dijo.

– Alguna noche que Antonio esté franco -dijo la hermana de Dora- pueden venir a comer un asado. Nos gustaría mucho.

La nena canturreaba arrodillada sobre la silla. Se oyó de nuevo la tos de Antonio, una tos asentida, olvidada, concedida. Recordó a Dora: "Una pluma me hace daño." Y detrás, verde y cálida, lenta y constante, la mañana del espléndido estío agonizante entre los árboles.

– Cualquiera de estas noche, cuando yo tenga franco -dijo.

La hermana de Dora los acompañó hasta el Chevrolet. Recorrieron la larga galería (la nena quedó en su sitio repitiendo salmódicamente "otro mamá", "otro mamá"; la oía al avanzar hacia la puerta de hierro y vidrios granulados dorados) y cuando pasaron junto a la habitación iluminada pudo comprobar que Antonio había entornado la puerta; por la abertura se colaba una recta franja de luz amarilla de cinco centímetros de ancho. "Perdone", recordó, "no es nada", viendo otra vez en su interior la impaciente y tranquila mirada que el hombre le había dirigido un momento antes.

Subió al automóvil y encendió las luces y el motor.

– En serio. Vengan -dijo la hermana de Dora. Besó a Dora; ésta dio la vuelta por la parte delantera del coche y subió, cerrando fuertemente la portezuela. El extendió la mano a la hermana de Dora, a través de la ventanilla. La hermana se la estrechó.

– Gracias -dijo él, apagando la luz interior del coche-. Hasta la vista.

– Adiós -dijo la hermana de Dora.

Pasó la palanca de cambios a primera velocidad y avanzó lentamente hasta la esquina apenas iluminada por el foco del alumbrado público. El foco emitía una tenue luz circular que destacaba una porción gris de tierra arenosa. Dio la vuelta, lentamente, y retomó la calle en dirección contraria, pasando frente a la casa de la hermana de Dora. Ésta se hallaba todavía en la vereda y los saludó con la mano. Los faros del Chevrolet alumbraban el irregular camino de tierra y desplazaban extraña y velozmente la sombra de los árboles.

– ¿Dónde está Coria? -preguntó Dora, con dureza.

– No sé -respondió con aire tranquilo.

Llegaron a la calle asfaltada. El Chevrolet dobló pesadamente a la izquierda, retomando la marcha por el asfalto con mayor rapidez. El tenue resplandor rojo de la luz del velocímetro tocaba de un modo vago y extraño el rostro de Dora, que se hallaba sentada rígida, sin apoyarse en el respaldar del asiento, las manos cruzadas sobre la falda ajustada de la pollera negra, mirando hacia adelante a través del parabrisas la calle iluminada por los faros desplazándose bajo las ruedas del vehículo. El Chevrolet llegó a la parada de ómnibus y tranvías y, disminuyendo la velocidad en segunda, avanzó hacia el asfalto de la costanera nueva.

– No quiero verlo -dijo Dora-. No quiero verlo más.

– ¿No? -dijo-. ¿Por qué no?

– Porque no, corazón -dijo Dora con dureza, suspirando.

– ¿Dónde aprendiste a decir corazón? ¿Por qué dicen todas corazón? ¿De dónde sacaste eso? ¿Por qué no querés ver más a Coria?

El coche entró en la costanera; aceleró pasando a tercera velocidad.

– De veras que te busqué la semana pasada -dijo Dora, acurrucándose sobre el asiento-. No pude encontrarte.

– Imposible -dijo-. Imposible que hayas ido a la estación de ómnibus y no me hayas encontrado.

– No vi tu coche -dijo Dora.

– Entonces no me buscaste -dijo-. Pasaste por la estación, te fijaste si estaba mi coche, y no estaba. Pero no me buscaste. Ni me esperaste siquiera.

– Bueno -dijo Dora-. Me hubiera gustado verte.

Ahora podía recordar cómo habían salido del restaurante, aquella mórbida mañana del final del verano, y cómo Dora había comenzado a reírse de cualquier cosa, excitada por la falta de sueño. Cómo la había traído hasta la casa de su cuñado, aguardándola en el coche mientras ella iba en busca de la valija (una valija de cartón, bastante vieja, asegurada con un hilo grueso a falta de correa, lo recordaba) cómo la había llevado hasta la estación de ómnibus, alrededor del mediodía, y la había hecho subir, instalándola en el asiento junto a la ventanilla y dándole un fugaz apretón de manos y un breve beso nervioso en la mejilla a modo de despedida. Ella lo había retenido un momento: "Muchas gracias", le había dicho. "Gracias por todo. Si vuelvo alguna vez, espero encontrarte."

– Creo que a vos hay que correrte para el lado que disparas. Alcanzarte y ponerte en vereda -dijo él.

Dora se echó a reír.

– Coria dice que vos sos un poco idiota -dijo.

– Ya lo sé -sonrió.

– Me parece que el idiota es Coria -dijo Dora.

– No. Yo soy el idiota -dijo.

– ¿Por qué le hiciste esa historia del hospital a mi hermana? -dijo Dora.

– Yo soy el idiota, no Coria, no te olvides, Dora -dijo.

– Estaciona por aquí -dijo Dora.

Frenó a un costado del camino, junto a unos pinos oscuros; detrás de su breve fronda brillaba la luna. Las sombras de los pinos se proyectaban sobre el coche y el río estaba lleno de unas cambiantes y frágiles manchas plateadas. Apagó los faros; la roja luz tenue del velocímetro permaneció encendida.

– ¿Qué pasa? -dijo.

Dora no le respondió. Estaba llorando. Intentó acercarse.

– No -dijo Dora, rechazándolo con malhumor-. Déjame.

Esperó. Miró los pinos, la luna detrás, el agua. Respiró el olor de Dora, esperando: un olor cálido que emergía de sus ropas, de su cuerpo, tal vez de sus lágrimas. El mismo estaba todavía oliendo a limpio, y entonces pudo ver claramente la realidad como a un duro diamante indestructible: una piedra transparente, obstinada y sólida. Miró a Dora; continuaba llorando: tenía la cara entre las manos, se hallaba inclinada hacia adelante, encogida, y entonces, esperando todavía, plácido y tranquilo, volvió la cabeza, con aire paciente, dejándola llorar todavía, y de nuevo vio los pinos, serenos, oscuros, esparcidos contra la dura y clara brillantez de la luna. Fue una sensación cálida y breve: nada de movimiento. Era una paz activa y lúcida en medio de la cual las cosas existían, el mundo existía, había espacio y atmósfera que recorrer entre una cosa y otra; había que salir y andar. También él, Dora, Coria, Barco, eran algo y existían. Y ahora él estaba ahí, "estoy aquí", pensó, y volvió la cabeza, contemplando a Dora, miró hacia el río nuevamente, y se dijo: "Nunca olvidaré este momento".

Dora dejó de llorar y se volvió hacia él. El la contemplaba.

– Dora -dijo- Yo quisiera… este día… hoy…

Se calló la boca. El rostro le temblaba.

Dora se echó sobre él y comenzó a llorar nuevamente. La sentía temblar y palpitar contra su cuerpo, apoyó la cara contra el cabello de Dora, palmeándola suavemente en el hombro.

– Bueno, Dora -dijo-. Bueno.

Dora dejó de llorar, no de golpe, sino lentamente. Un automóvil se aproximaba en dirección opuesta, los faros encendidos, cegándolo. Al pasar junto a ellos una voz de hombre gritó algo, una palabra que la velocidad y el ruido del motor hicieron estallar y dispersarse en el mismo momento de ser pronunciada. Al final quedó inmóvil contra su cuerpo, sin llorar ni palpitar, respirando profundamente.

– A Coria lo odio, le tengo miedo -dijo de pronto.

No dijo más nada. Después sencillamente se incorporó, se secó las lágrimas con el pañuelo floreado, sonrió débilmente colgándose de su cuello y lo besó en la boca. Lo besó varias veces: en la boca, en los ojos, en las mejillas.

Él reía y la besaba.

– Vamos a alguna parte -murmuró Dora mientras estaba besándolo-. No tengo miedo. Vamos al camino. No, al camino no. Tengo ganas. No tengo miedo. Por aquí nomás. Vamos a bajar a la playa.

– Sí, sí -respondió mientras la besaba, mientras la acariciaba, moviendo la cabeza como si las palabras de Dora interrumpieran la delicada tarea que estaba realizando al parecer con sumo cuidado. Apagó la luz del velocímetro, estirando el brazo por detrás del cuerpo de Dora, sin siquiera levantar la cabeza.

– Vamos -dijo.

Abrió la portezuela y descendió. Dora descendió por el otro lado. El aire estaba quieto y levemente grávido, algo tibio. Dora rodeó el Chevrolet por la parte trasera y se acercó a él; caminaron hacia los pinos. El cuerpo de Dora palpitaba y temblaba, despedía un aroma cálido, y él lo sentía caminando de su brazo hacia los pinos, detrás de cuya angosta fronda negra brillaba la luz blanca y dura de la luna.

– Estás temblando -dijo.

– Sí -murmuró Dora-. Estoy ardiendo.

El miró con lentitud hacia el río: una parte de su superficie refractaba el resplandor lunar. El agua parecía verde o negra, densa y pesada.

– Te quiero, Dora -dijo.

– Sí-dijo Dora. Lo abrazó y lo apretó contra su cuerpo. Estaban bajo los pinos.

– No -dijo-. Aquí no, Vamos a la playa.

– Donde sea -dijo Dora-. Vamos.

Los pinos se alzaban sobre una pequeña barranca. Unos metros más allá una ancha escalinata de concreto descendía a la playa, extensa y blanca. Descendieron la escalinata. Sobre la orilla se divisaba la silueta de dos o tres botes amarrados a la costa. El agua batía contra ellos produciendo un sonido breve e incansable, repetido rítmicamente. Algo se movió en la costa, en el agua: era un caballo que en determinado momento restalló al resplandor lunar; bebía en la orilla. Después se alejó por el agua, con un chapoteo lento y pesado. Hacia el sur eran visibles las luces rojas del puente y a través del

río, en la lejanía, las luces de Paraná, agrupadas a una regular altura, emitiendo un velado resplandor sobre el negro horizonte del cielo. El aire parecía más fresco cuando comenzaron a caminar sobre la arena. La barranca proyectaba una estrecha franja oscura sobre la playa. Caminaron hacia allí.

– Te quiero, Dora -repitió.

– Aquí -dijo Dora-. Sentémonos.

Se detuvieron bajo la sombra de la barranca. Ahora recordó a Coria, de nuevo. "Me va a quitar el taxi", pensó, y otra vez fue invadido por aquel aire cálido, envolvente, melifluo, expandiéndose por su pecho y sus brazos, un aire fluyendo sin ninguna palabra, y la corriente de la inundación, arrastrando animales ahogados, maderas podridas, tocando la inmóvil arena visible, dejó un cuerpo sólido antes de continuar; dejó escoria; y él pensó: "Al fin de cuentas no es más que una puta. Está caliente. Cuando vea que puede conmigo va a tratar de probar con cualquier otro". Ahora no temblaba; al parecer ni siquiera respiraba. Miró a Dora: el rostro ancho y carnal, la sonrisa rígida, abstraída pero ardiente, una sonrisa conteniendo provisoriamente el futuro inmediato, que parecía emitir en la penumbra unos destellos malévolos. Dora lo abrazó; lo ahogaba.

– Un momento, Dora. Por favor un momento, Dora.

Se separó de ella y se quedó mirándola.

– Sí -rió Dora, sentándose sobre la arena.

Estaba decidiendo. Era claro, había hecho un aparte para decidir, y aunque sabía que interiormente el conflicto estaba resuelto, y que él no era capaz de animarse a reconocerlo, debió todavía recordar a Dora llorando en el automóvil para comprender que era claro que la guerra había comenzado y que, haciendo un aparte para decidir, él había estado a punto de perder la primera batalla.

Comenzó a respirar jadeando y se aproximó a Dora. Dora se abrazó a sus piernas, se arrodilló, y apoyó el rostro contra su vientre. Dios mío, pensó, está de rodillas, quiere humillarse, me parece que yo debería… Se dejó deslizar hasta la arena, con rapidez. Tumbó con suavidad a Dora, jadeando, y se echó sobre ella. Comenzó a mover las manos de un modo valeroso, inevitable y frenético.

Más tarde se hizo a un lado, echándose boca arriba sobre la arena. Se hallaba en mangas de camisa, respiraba con lentitud. Dora permaneció echada a su lado, en silencio, las manos sobre el vientre, mirando al parecer pensativamente las estrellas. También él las miraba. Había tantas, muy encendidas, el cielo estaba tan próximo y espléndido que de pronto sintió ganas de llorar. Dora alzó lentamente el brazo hacia el cielo, estiró los dedos separándolos, y parecía contemplar el cercano cielo estrellado a través de los dedos. El caballo chapoteaba plácidamente en la orilla del agua.

– Me parece que voy a quedar embarazada -murmuró Dora.

– Me gustaría -dijo.

Dora se incorporó hacia él, apoyándose con los codos en la arena.

– Te gustaría, ¿eh? -dijo con una sonrisa malévola.

– Sí-dijo-. Aunque los chicos…

– Qué hombre estúpido -dijo Dora, tiernamente, echándose otra vez en la arena. Durante un momento permanecieron callados.

– Te quiero, Dora -dijo con voz grave-. Es difícil darse cuenta de lo que uno siente.

– Qué no daría por tener un cigarrillo en este momento -dijo Dora. Después se volvió hacia él-. Estarás satisfecho ahora. Soy una estúpida. Estás hecho de la misma pasta que mi cuñado.

El sonreía en la penumbra.

– Dale -dijo-. Adelante. Escucho.

– ¿Qué es lo que escuchas?

– Lo que digas. Cualquier cosa. Adelante.

– Anda al diablo -dijo Dora-. Lindo problema si quedo embarazada. ¿Vas a dar la cara cuando tenga que ir de la partera? ¿No sos de los que se esconden? Me parece que sí; que sos de esa clase.

Se volvió hacia él; él la miraba sonriendo en la penumbra. Dora hizo silencio.

– Escucho -dijo él-. Adelante.

– Bueno -dijo Dora-. Ojalá revientes.

– ¿Terminó? -dijo él.

Dora hizo silencio durante un momento. Estaba plácida y tranquila. El la observaba.

– Mi cuñado la tiene abandonada a mi hermana con su dichosa política -dijo Dora de pronto.

– Sin embargo, me da la impresión de qué tu hermana lo quiere.

– Y, seguro que lo quiere -dijo Dora-. Pero eso no quita que para mí siga siendo una porquería.

– ¿Yo también? -dijo él.

Dora no contestó.

– Sí-dijo él-. Yo también, un poco.

– Y bueno, sí -dijo Dora-. Me revientan los tipos que se las tiran de santos. Después de todo; ¿qué tiene de malo hacer la vida?

Él meditó un momento, después dijo:

– Nada, si el cuero no da para otra cosa -se rió-. Creo que tu cuñado tiene razón.

– Maldito seas -murmuró ella, ríente y malévola. Se incorporó, se echó sobre él, y comenzó a darle golpes suaves con el puño cerrado en el pecho y

en el cuerpo. El apenas se defendía, entorpecido por la risa. Después ella quedó inmóvil, echada sobre él, apoyando la cabeza en su pecho.

– Ahora tenemos que decírselo a Coria. Pienso decirle que hemos decidido casarnos. ¿Está bien?

– Está muy bien -dijo Dora, distraídamente.

– Otra cosa -dijo-. Pienso dejarle el coche. Tenemos que irnos de la ciudad. Me gustaría saber ya la cara que va a poner cuando se lo digamos.

– Me parece que no va a poner ninguna cara -rió Dora-. Nos va a matar a golpes. Y me parece que lo merecemos. Dame un cigarrillo.

– No fumo, anda al carajo con el cigarrillo -dijo él.

– Ah, de veras -dijo Dora-. Pero tengo ganas de fumar.

– Estúpida -dijo él.

– Imbécil -dijo Dora.

Volvió a besarlo. Empezó a moverse sobre su cuerpo. El la dio vuelta, poniéndola de espaldas sobre la arena, y se echó sobre ella. El viento había recomenzado desde hacía unos momentos, y no era todavía demasiado intenso. Contra los botes, el agua golpeaba un poco más violentamente. El plácido cielo estrellado se veló un poco, hundiéndose en el espacio negro. Sus manos fueron a los senos, después al cuello, después tomaron con suavidad la cara, tibia y jadeante, y acercó con una lentitud amorosa su rostro al de ella. No la besó; con gran lentitud apoyó apenas su mejilla sobre la frente de Dora, la apoyó y la retiró en seguida con la misma lentitud, y en su memoria quedó para siempre el recuerdo de ese contacto, leve y preciso, un cuerpo sólido duro y suave como el nácar, que un río, el de los actos, dejaba, retirándose en seguida, sobre el promontorio del recuerdo. No había extrañeza, ni desesperación, ni nada que no fuesen los actos mismos, dotados ahora de una precisión singular, actos que realizaba con todo el cuerpo; con las manos, con el pecho, con las piernas, con las rodillas, con el sexo, con la cara. Fue Dora la que desabrochó, la que dotó ayudando, la que palpó y separó, la que acomodaba, tranquila y dada, presente, sin derramarse un milímetro más allá de la planta de los pies ni de la coronilla de la cabeza. No se besaban, ni siquiera se acariciaban; se tocaban sencillamente como tratando de corroborarse, obstinados en separar por fin y de una vez por todas (la perla refulgiendo sobre la arena cálida en el mediodía del trópico, recién depositada) la evidencia candente y áspera de la presencia. En seguida estuvo dentro de ella; y no fue a nada equívoco que se lanzó, a nada inalcanzable, sino que se deslizó con lentitud, y en seguida estuvo adentro; había sólo una permanencia, genuina, otra vez la brillante materia inquebrantable -sobre el promontorio, de manera que al regresar, con claridad y precisión, una podía reconocer esa playa y afirmar, entre todas las otras cosas que se filtraban como agua por entre los dedos y que impedían el lujo humano del recuerdo; "Yo estuve aquí. He estado aquí. Estoy seguro". No se movió, no hizo nada; estuvo adentro cayendo despacio, entre el silencio palpitante de Dora y su tranquila convicción de que no había abismo. No pensaba nada, había que estar adentro por un momento, sentirlo, y mantener el sentimiento durante el máximo tiempo posible, y cuando la línea se enganchara en el otro extremo y pegara el tirón poniendo la máquina en movimiento, haciendo estallar la inabarcable oscuridad, entonces podría dejarse caer y comenzar, podía dejar de saber que estaba adentro. Miró a Dora: tenía los ojos cerrados y aguardaba, respirando, jadeando. Cerró los ojos y la oscuridad empezó a temblar, invadiéndolo, y solamente cesó cuando él cesó, cuando él fue deteniéndose, dejándose deslizar nuevamente hacia otra cosa que no era la oscuridad. Quedó inmóvil. Buscó el rostro de Dora y la besó, pero jamás volvió a recordarlo, porque se trataba de nuevo de aquel río, al que antes se había negado, fluyendo monótono e inseparable.

Después se echó nuevamente de costado, estirándose sobre la arena y apoyando la cabeza sobre el antebrazo. Soplaba un viento leve, el viento verde y cargado de octubre, realizando un complicado trabajo nocturno; pudo oír echado sobre la arena, el chapoteo rítmico y cada vez más rápido del agua chocando contra las pequeñas embarcaciones de la playa. Bajo la luz de la luna el agua se agitaba y se quebraba, de modo que el reflejo lunar era un atenuado chisporroteo en su superficie. Miró a Dora; su pecho se alzaba y descendía rítmicamente, su respiración emitía unos silbidos prolongados que excedían en longitud y persistencia a los movimientos respiratorios.

– Tengo frío -dijo Dora.

– Vamos -dijo él.

– No -dijo Dora-. Quedémonos un momento más todavía, pero no hablemos.

El enderezó la cabeza contemplando el cielo velado. Oyó la voz pesada y trabajosa de un borracho en las cercanías, sobre la barranca; cantaba:

Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé…

La voz se detenía, como si su dueño necesitara tomar impulso para continuar; era como si el acto de cantar absorbiera todas sus energías; su voz era cálida, espesa, llena de ecos, y conversaba casi la melodía. El abrió los ojos, escuchando:

En el quinientos dosy en el dos mil también…

La voz volvió a detenerse, mucho más próxima. Ahora la sentía casi sobre su cabeza. El hombre se hallaría en ese momento pasando sobre la barranca. El silencio se hizo completo. Sólo oyó el viento y súbitamente, como si no viniera de ninguna parte el motor de un automóvil rodando sobre la avenida. Estaba con los ojos abiertos, afinando el oído, tratando de escuchar. El agua golpeaba los botes en la orilla. La voz del borracho se reanudó tan cerca, de golpe, sobre su propia cabeza que se incorporó de un salto. Quedó sentado con la cabeza vuelta hacia la barranca. La silueta confusa de un hombre con sombrero oscilaba en el borde; cantaba:

Pero que el siglo veintees un despliegue de maldá insolenteya no hay quién lo niegue…

El hombre se calló. Su silueta se movió, sin desaparecer del borde de la barranca. Ahora la silueta abrió las piernas y comenzó a orinar, hacia ellos. El se corrió hacia Dora, oyendo el chorrito al caer sobre la arena, cerca de ellos, recibiendo en el rostro las salpicaduras de la orina.

– Eh, diga, cuidado -grito al hombre. Dora se había incorporado, riéndose.

El hombre no le respondió. Terminó pacíficamente de orinar, hizo unos gestos tranquilos, al parecer para abrocharse la bragueta, y, desapareciendo del borde de la barranca, retomó su pesada salmodia:

Hoy resulta que es lo mismoser derecho que traidor, ignorante, sabio, burro,malandrín o estafador…

– Vamos -dijo él.

Se pusieron de pie, sacudiéndose la ropa. El levantó su saco de la arena, lo sacudió descuidadamente y lo dobló sobre su brazo. Dora se arreglaba mecánicamente el pelo. Se encaminaron con lentitud hacia la vasta escalinata de concreto. Ahora la voz, después de un silencio, se oyó bastante lejos. Fue más alta, casi un grito, y permaneció un momento, pareció suspensa, como la roca de Sísifo, vacilando en la cumbre antes de comenzar a rodar de nuevo hasta el llano:

Todo es igual, nada es mejor,lo mismo un burro que un gran profesor…

Ascendieron la ancha escalinata abrazados, arqueados por el viento, pasaron de regreso bajo los pinos y subieron al automóvil, él desde la vereda, Dora rodeando el vehículo por la parte trasera, deteniéndose un momento sobre el pavimento, con la portezuela entreabierta y mirando hacia adelante, hacia el puente desde donde rodaban dos coches con los faros encendidos que pasaron a gran velocidad junto a ellos antes de que Dora subiera por fin al Chevrolet.

Dora se sentó y cerró de un golpe la portezuela, mientras él encendía la tenue luz roja del velocímetro.

– Tengo hambre -dijo Dora.

El miró su reloj pulsera, aproximando la muñeca a la luz del velocímetro. Eran las diez y doce minutos.

– Podemos comer algo frente al Club de Regatas -dijo-. Tenemos que estar a las diez y media en la estación.

Dora suspiró.

– Bueno, sí, al diablo, vamos -dijo.

Encendió los faros, y después de arrancar el coche avanzó con pesada pericia en primera velocidad, sobre el liso y oscuro asfalto. A setenta kilómetros por hora el Chevrolet entró en la recta costanera antigua, disminuyendo la velocidad a causa de los pozos y las grietas del asfalto. Después sorteó la boca del puente, recorrió dos cuadras pasando frente al Club de Regatas, dobló a la derecha y se detuvo junto al restaurante. Unos grandes árboles se movían con levedad iluminados por los globos del alumbrado que estaban sostenidos por blancas columnas sencillas revestidas de yeso. Apagó las luces. Descendieron. El salón era un recinto de forma irregular, un espacio de superficie mediana cubierto de sillas y mesas de todos colores. El mostrador era de un encendido vicrí multicolor, ancho, alto y sólido. Las mesas carecían de mantel y se hallaban casi todas ocupadas por hombres solos, matrimonios, grupos de matrimonios, grupos de muchachos y chicos, que armaban en común un estruendo atenuado e incesante de risas y conversaciones. Dos mozos caminaban rápidamente entre las mesas, con las bandejas en alto.

Se sentaron en una mesa lejana a la puerta, junto al mostrador, una mesa cuya tabla era de un color rojo intenso veteado de blanco, rodeada de sillas de diversos colores. Al sentarse, Dora paseó su mirada distraída por todo el local.

– Quiero un plato de sopa. Nada más -dijo.

El comió fiambre, Dora su plato de sopa. En eso consistió toda la comida. No pidieron ninguna bebida, ni soda siquiera. El comió con distracción, con lentitud, dejando casi la mitad del contenido de su plato. Miraba a Dora: ésta alzaba con gran lentitud la cuchara llena, después de haber revuelto mecánicamente el pesado líquido de un color verdoso, la llevaba hasta la boca, encorvando el labio inferior, hacia un movimiento breve levantando el mango de la cuchara para vaciar su contenido, la sacaba de la boca, y con la misma lentitud y distracción, la mirada nostálgica tocada por una leve desesperación o tristeza, la sumergía en la sopa para llenarla nuevamente. Estaba mirándola. "Está ahí", pensó, sin ninguna palabra, con temblores, opresiones, con unas profundas corrientes cálidas que, si las arterias y los órganos, si los tejidos y los huesos lloraran, habrían podido tranquilamente parecerse a sus lágrimas.

Dejó de mirarla y comenzó a canturrear en voz baja; era como estar rezando. "Ahora debo preguntarle alguna cosa", pensó, pero no lo hizo. Se llevó un trozo de jamón a la boca (recordando "Hace frío. Vámonos"), masticó su consistencia fibrosa y fría, su gusto salado, canturreando con la boca llena, recogió con el tenedor otro pedazo y, canturreando, con gran lentitud y una sonrisa que sintió crispada, turbia, extendió el tenedor hacia Dora. Dora sumergió la cuchara en la sopa, sin soltarla, y mordió el jamón, sonriendo.

– Gracias -dijo.

Él no resistió.

– Deberíamos apurarnos -dijo-. Coria nos espera.

Dora se confundió levemente, inclinándose hacia el plato y comenzando a subir y a bajar la cuchara con mayor rapidez.

– Sí, en seguida -dijo.

Después salieron; cruzaron el salón irregular entre el incesante y monótono murmullo de la conversación, sorteando las mesas, los chicos, los espejos, andando con apuro sobre el mosaico manchado y pisoteado hasta que estuvieron en la vereda, en la noche, frente al automóvil, en tanto el viento creciente sacudía los árboles iluminados tenuemente por la vaga luz blanca de los globos del alumbrado público. Subieron al Chevrolet. Y de nuevo, otra vez, el viejo coche pasó junto a los interminables murallones de las usinas y de las pequeñas fábricas alineadas a lo largo de la avenida del puerto, las sombras de los árboles desplazándose sobre el empedrado bajo la luz de los faros, la playa de maniobras de los pequeños ferrocarriles portuarios cuya penumbra era hendida aquí y allá por la luz roja o verde de un semáforo, otra vez junto al parque del palomar, cargado de árboles espesos y oscuros, los fondos del alto correo bellamente iluminado, hasta que dobló hacia la izquierda, disminuyó la marcha y aproximándose al cordón de la vereda se detuvo frente al bar de la estación, en la parada de taxis que a esa hora se hallaba completa. Desde el coche vio a Coria charlando con el cajero; Dora intentó abrir la portezuela.

– Yo se lo digo -dijo él.

Dora se volvió.

– No. No se lo digas todavía -dijo.

– ¿Por? -dijo.

– Todavía no. Yo te voy a decir cuándo. ¿De acuerdo?

– De acuerdo -murmuró.

Descendieron. Dora lo hizo primero, encaminándose con lentitud y desgano hacia el bar, y él se demoró todavía un momento en el interior del automóvil: sacó la llave de contacto, abrió y cerró la guantera, apagó las luces, volvió a encenderlas y las apagó nuevamente. Después alzó los vidrios y descendió, cerrando con un golpe suave la portezuela y encaminándose hacia el bar. Las rodillas le temblaban levemente, le pesaba el estómago. El viento hacía temblar también los ligustros raquíticos de la vereda que proyectaban unas suaves sombras cambiantes y frenéticas sobre la vidriera del bar.

Entró: el reloj hexagonal de pared marcaba las once menos siete minutos. Coria había pasado el brazo por sobre los hombros de Dora y la atraía hacia sí diciéndole frases sonrientes en el oído. Se hallaban de pie junto a la caja. Además del cajero se hallaba con ellos un muchachón bajo, de nariz aplastada, con aspecto de boxeador, vestido con un pantalón angosto de gruesa tela color gris y un pullover celeste de cuello alto con un motivo geométrico de un tono ocre que se repetía una y otra vez a lo largo de una ancha franja que rodeaba su tórax. Coria se volvió hacia él sin soltar a Dora, de tal modo que Dora trastabilló y debió volverse junto con Coria. Reía.

– Adelante -dijo Coria-. Gracias, pibe. -Señaló al del pullover-. Este es el Ñato Garcilaso -dijo.

Le estrechó la mano.

– Garcilaso -dijo el Ñato.

Coria se volvió hacia Garcilaso. Miró a Dora.

– ¿A ustedes no los presenté? -dijo-. Dora; el Ñato Garcilaso.

El Ñato estiró mecánicamente la mano.

– Garcilaso -dijo.

– Encantada -dijo Dora, estrechándosela.

Junto a la caja, sobre el mostrador, había dos copitas semivacías conteniendo un líquido color laca, que parecía cognac. Coria las agarró una en cada una de sus cortas y ásperas manos y le alcanzó una a Garcilaso. Este la recibió sin decir palabra, la miró como con desconfianza y se bebió el contenido de un trago. Después dejó la copa sobre el mostrador y metiéndose las manos en los bolsillos se quedó inmóvil y en silencio, mirando el suelo.

– Se retrasaron veinte minutos -dijo Coria. Tenía un aire de satisfacción cuando dejó de beber y paladear la bebida depositando la copa vacía sobre el mostrador barnizado.

– Dora tenía hambre -dijo él-. Quería cenar y… -Miró al Ñato. Del bolsillo superior de su pantalón emergía un cabo de llavero: representaba una calavera, y parecía hecha de un material plástico amarillento. Continuó hablando con los ojos clavados en la calavera-…fuimos a tomar un plato de sopa.

– No importa -dijo Coria-. ¿Trajiste la factura? Después te arreglo. -Miró a Dora-. No se anima a reclamarme lo que gastó. Así es este muchacho.

– ¿De veras? -dijo Dora.

– No -dijo él-. No es eso. No vaya a pensar que yo… fue una invitación mía.

– Pero no, qué barbaridad -exclamó Coria-. No faltaba más. ¿No te parece, Ñato?

– Sí, sí, claro -dijo el Ñato con un aire muy distraído. Ahora cerraba y abría el puño y se observaba con gran atención los nudillos.

– Dale también una propina -dijo Dora.

Coria se mostró sorprendido. Miró a Dora y después comenzó a sonreír condescendientemente.

– Pero Dora -dijo-. Eso no se dice así. Ya sé que le tengo que dar una propina. Nunca olvido favores. ¿No es cierto?

El sintió que el rostro le ardía.

– No -murmuró.

– Ya lo sé -dijo Dora-. Pero dale ahora la propina. -Miró al cajero-. Usted está de testigo. El señor Rampazzo… digo Garcilaso, también. Dale cincuenta pesos.

Coria sonreía confundido.

– Por los servicios prestados -dijo Dora, y se quedó mirándolo.

Permanecieron los cinco inmóviles: el cajero detrás del mostrador, vuelto hacia ellos como empezando a sonreír, o dejando de hacerlo, como detenido en mitad de una sonrisa. Garcilaso estaba con la cabeza gacha, mirándose el puño cerrado, pero inmóvil, con el puño detenido próximo a la cintura, junto a la pequeña calavera amarillenta. Dora parecía arrepentida de lo que acababa de decir: quedó con la boca abierta y los brazos contraídos, mirando a Coria. Él la miraba. Entonces los ojitos de pájaro de Coria comenzaron a sonreír en un súbito golpe de comprensión, y con cuidadosos movimientos, sin dejar de mirar los ojos de Dora, metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacó la billetera, extrajo un billete de cien pesos que ni siquiera miró, y lo extendió hacia él. Continuaba mirando a Dora.

– Coria -dijo él con voz vacilante, sin moverse, sin mirar el billete, sin despegar tampoco él los ojos del rostro de Dora-. Tengo que hablar con usted.

– Me llevó por la fuerza a un amueblado -dijo Dora, precipitadamente, y en seguida se puso pálida y se echó a llorar.

El cajero se volvió rápidamente, apretó un botón, la caja registradora produjo un súbito estrépito breve que culminó con un breve timbrazo.

– Vamos -dijo Coria.

En la vereda él se paró. Coria lo tocó con el pecho. También se detuvo.

– Aquí no -dijo Coria-. Aquí nada. Vamos al coche.

Dora continuaba llorando, él la oía. Coria se sentó frente al volante y Dora a su lado. El y Garcilaso se acomodaron en el asiento trasero. Garcilaso lo miraba en la penumbra del coche.

Coria se volvió hacia él, sin mirarlo.

– Dame las llaves -dijo.

Él las buscó en su bolsillo y se las entregó. Las llaves produjeron un suave tintineo.

– Y me amenazó -lloriqueaba Dora- y me llevó engañada al amueblado, y dijo que iba a pegarme.

Coria le dio un golpe en el hombro. El coche salió de la parada, pasó frente a los andenes de la estación y dobló a la izquierda junto al correo.

– Aquí nada -dijo Coria furiosamente-. Ni una palabra. ' Otra vez el coche comenzó a rodar por la avenida del puerto, y él suspiró, y se recostó sobre el asiento, y cerró los ojos. Los abrió cuando advirtió que estaba atravesando el puente colgante, oyendo el ruido peculiar producido por el Chevrolet al deslizarse velozmente sobre el maderamen. A través de la ventanilla vio el río, los reflejos lunares bailoteando locamente sobre la turbulenta superficie, y más allá las masas irregulares de las islas. Cuando dejaron atrás el puente y el automóvil ganó la lisa carretera abierta entre los sauces cerró los ojos nuevamente, volviendo a suspirar de un modo más inaudible esta vez, y nuevamente se recostó contra el respaldo del asiento. Por las vibraciones de la carrocería y el silbido del viento percibió que Coria aceleraba. "Es capaz de matarme", pensó, pero no con temor, ni con furia, ni siquiera con tristeza: de nuevo fue invadido por esa corriente sibilina y cálida, por ese suave y sibilino mar tibio y pesado en el que se sumergía, y cuyo contacto lo hacía repetir con la regularidad de un metrónomo algo que estaba más allá de todas las palabras y que, redondeando, separado, hecho frase, era parecido a "No soy nada, nadie es nada, todo es inevitable y merecido"; algo que él podía hacer retroceder de un solo modo (las vibraciones aumentaban, el viento silbaba) y entonces recordó a Dora: la cálida mañana del final del verano ascendiendo entre los árboles de la plaza detrás de su figura encogida, alzando la cuchara de sopa, la mirada tocada por unas olas tibias de nostalgia y unos destellos grises de desesperación o de tristeza.

El coche disminuyó la velocidad, fue casi deteniéndose. Con los ojos cerrados percibió unas luces rápidas iluminando el interior del automóvil y oyó un grito rápido y amable que llegaba desde el exterior. "El control policial", pensó. "Ahora va a doblar por el camino de Colastiné norte, va a ir para el lado de la costa".

En efecto, así fue. El Chevrolet salió del asfalto, cosa de un kilómetro más adelante, y tomó un sendero lateral lleno de pozos, avanzando pesadamente. En medio del campo, a unos quinientos metros de la carretera, Coria detuvo el automóvil.

– Abajo todos -ordenó, apagando los faros.

El viento era fresco e intenso. La noche estaba clara, aunque el cielo, estrellado, ahora se hallaba ligeramente velado. Los cuatro se pararon en círculo, dándose las caras apenas discernibles en la penumbra. A lo lejos se oían ladridos de perros y un perezoso acordeón tocando un valsecito. Él miró a Dora; no alcanzaba a ver demasiado. Sólo la oía llorar, quedamente.

– Dora -dijo.

– Ni una palabra -dijo Coria con dureza-. A ver Dora, qué pasó.

Dora dejó de llorar. Garcilaso miró a su alrededor y habló con un tono ligeramente preocupado y reflexivo.

– ¿Cómo vamos a dar la vuelta en un camino tan angosto? -dijo.

Nadie le respondió.

– Fue a buscarme a las ocho y media -dijo Dora-. Me llevó al sur. Me dijo que me estabas esperando ahí. Cuando llegamos me amenazó. Tuve que quedarme. Por eso demoramos.

Coria se volvió hacia él.

– ¿Es cierto eso? -dijo.

El no respondió.

– ¿Es cierto? -dijo Coria.

Entonces tuvo una ocurrencia feroz. Ni siquiera miró a Coria. Se volvió ligeramente hacia el otro, alzó con lentitud el brazo, y señaló el bolsillo superior del pantalón.

– Ese llavero, esa calavera -dijo-. ¿Es de plástico?

No sintió el golpe, supo que se trataba de un golpe entre el pómulo y la oreja, pero no lo sintió. El dolor tampoco. Voló dos metros y cayó sentado sobre la arena. Le chillaba terriblemente el oído. Los otros dos estaban todavía inmóviles, como si en vez de haberle pegado uno de ellos, una succión poderosa lo hubiera absorbido hacia atrás convirtiendo simultáneamente en piedra al Ñato y a Coria. Dora se volvía en ese momento hacia el lado opuesto en que él se hallaba, dándole la espalda. No le costó demasiado levantarse: se apoyó sobre uno de sus largos brazos huesudos, hizo presión y, hop, arriba. Comenzó a sacudirse la ropa, sintiendo la palma de las manos y los fundillos del pantalón llenos de arena. Avanzó hacia el grupo. Le chillaba terriblemente el oído.

– ¿Quién se estará acordando de mí? -murmuró, riéndose.

– ¿Eh? -dijo el Ñato con distracción, ocupado en lanzarse hacia adelante, el brazo derecho estirado y el puño cerrado. El golpe le dio en plena cara pero no lo tumbó: lo hizo elevarse un poco y caer de pie y trastabillar un momento, pero no lo envió a tierra. Con los ojos cerrados se llevó las manos al rostro y se tocó la boca y la nariz con la yema de los dedos, comprobando que sangraba. Todavía no había comenzado el dolor. Retuvo por un momento la imagen del Ñato saltando para alcanzar su rostro: eso si que era un plato: había saltado como una rana, debido a su baja estatura, para alcanzar su rostro. Estuvo a punto de decir algo, referido al asunto, porque en realidad había saltado, él lo había visto, pero de repente su pensamiento se ensombreció. No pensó nada, sólo cayó una sombra sobre su pensamiento, como una sábana corriéndose sobre un rostro que acaba de morir, y ahora lo estaban golpeando sin cesar en el rostro y en el cuerpo: en el pecho, en los brazos, en las piernas, en el estómago. Alzó los brazos frente a la cara, la palma de las manos vuelta hacia los golpes, no porque pensara o quisiera librarse de alguno, sino simplemente porque quería pedir una tregua.

– Un momento. Por favor. A ver, un momento -dijo.

Quería saber quién le había pegado primero. Por nada del otro mundo, pierdan cuidado, quería decirles, no para vengarse después ni para denunciarlo a la policía, sino porque en ese momento lo había invadido la duda, no se había fijado de dónde había provenido el primer golpe y ahora no podía sacarse la duda de la cabeza. Pero ahora no había sombra sobra su pensamiento, ni siquiera duda.

– El reloj -dijo-. Cuidado esa mano. Ojo la esfera.

– Hacete a un lado, Ñato -dijo la voz de Coria-. Hacete a un lado te digo.

– Deme lugar. Deme lugar, don Coria -dijo la atareada voz del Ñato.

La voz temblorosa de Dora resonó en la lejanía.

– Bueno, basta -dijo-. Basta de una vez.

– Ojo esa mano -dijo él-. Ojo Dora esa mano.

En el suelo siguieron dándole con los pies hasta que quedó inmóvil. No se desmayó. Él creyó que no, que no se había desmayado, porque pensaba "No me desmayé", pero cuando comenzó a incorporarse lentamente, cuando comenzó a abrir los ojos y quedó sentado en el suelo con las piernas estiradas, no había ni siquiera rastro de Dora, ni de Coria, ni de Garcilaso, ni del Chevrolet. Estaba solo. Había un silencio total a su alrededor. Soplaba un viento frío. El cuerpo le dolía terriblemente. "Ahora hay que levantarse despacito", pensó (y recordó hacía un momento: apoyar la mano en el suelo y hop, arriba), "y comenzar a caminar". No fue tan fácil como él creía. Volvió a caerse antes de ponerse por fin de pie. Así estaba al pelo, estaba de pie por fin: en la lejanía vio una luz amarillenta, móvil, desplazarse horizontalmente sin parpadear; eran los faros de un automóvil, aquello era el camino. "Bueno", pensó. "Ahora hay que ponerse a caminar". Otra vez cayó una sombra sobre su pensamiento. "¿Adonde?", murmuró apenas estuvo en condiciones de pensar nuevamente, y quedó inmóvil un segundo, cuando la última luz destelló en su interior y pudo sentir que las palabras se formaban sólidas, ásperas, inevitables, pensadas para siempre: "Ahora puede reventar toda la humanidad, conmigo a la cabeza. Ahora soy libre".

Pero ni él ni la humanidad habían reventado, afortunadamente, pensaba ahora, una semana más tarde, sentado frente al volante del Chevrolet: era un sábado, cerca del mediodía, y llovía sin cesar desde el alba, una lluvia fría, invernal, quebrantando el cálido y abierto esplendor de la reciente primavera. Se dirigía hacia la estación de ómnibus llevando dos pasajeros, una pareja de jóvenes: el muchacho era bajo y grueso, de unos veinte años, y ella parecía casi de la misma edad. Les había ayudado a colocar las valijas en el baúl trasero, los ayudaría a bajarlas en la estación. No estaba obligado a hacerlo pero lo haría. Miró a la chica a través del retrovisor: era bellísima y llevaba un impermeable marrón que le iba al pelo, pero se hallaba recostada contra el respaldo del asiento con una expresión grave y pensativa. El muchacho escapaba al campo visual del retrovisor. Con disimulo hizo girar el retrovisor, fingiendo acomodarlo, para ver su rostro. El muchacho no lo advirtió, se hallaba sumamente absorto en sus pensamientos. En seguida puso el retrovisor en su lugar: el del muchacho era un rostro que parecía expresar excitación, desesperación y pesadumbre.

Entonces se entretuvo contemplando el monótono y regular movimiento del limpiaparabrisas arrasando el agua que caía sin cesar sobre los vidrios. La ciudad se hallaba casi desierta; el Chevrolet avanzaba lentamente. Era una mañana de atmósfera verdosa y extraña, muy fría, insólitamente invernal en medio de la primavera, pero él, avanzando en el automóvil, sentía una especie de satisfacción ante aquella obligada lentitud que prolongaba su día, las horas dentro del seno cálido, el envolvente mar que quedaba durante un largo día sin transcurrir, en suspenso, con él adentro. Afortunadamente ni la humanidad ni él habían reventado, pensaba ahora, recordando aquella noche en que llegó caminando con paso de borracho hasta el asfalto, sabiendo que iba a resultar imposible pasar en su estado frente al control policial sin que lo detuvieran, y recordando asimismo cómo vio, de pronto, volviendo la cabeza en dirección opuesta a la ciudad, los resplandores rojos y verdes del letrero luminoso de la "Arboleda". "Qué diablos, el cuerpo me dolía sin asco", pensó ahora, casi sonriendo. Todavía, y había pasado una semana, rengueaba ligeramente de la pierna derecha; todavía, si hacía cualquier movimiento demasiado brusco, el brazo izquierdo le daba tirones. El ojo y los labios se le habían deshinchado en gran medida, debido más que nada a los cuidados de

Gabriel Giménez, pero todavía poseían un color y un volumen demasiado sospechosos. Sin embargo, muchos de los moretones no habían desaparecido. En la frente le quedaban todavía escaras de sangre seca. Recordó cómo, a la luz de los faros de un automóvil, vio avanzar, por la banquina contraria, a dos agentes de policía que seguramente hacían ronda por el camino, y cómo se echó a cantar para que lo creyeran borracho y no herido. Los agentes se habían quedado mirándolo alejarse en la penumbra del camino: él había sentido sus extrañadas miradas clavadas en su espalda, alejándose cantando, debiendo hacer un esfuerzo para regular la voz con el objeto de que no saliera demasiado alta, por temor de que lo detuvieran por escándalo. "En este país no hay a quien recurrir", había pensado, irónicamente, avanzando hacia la "Arboleda". El campo lo rodeaba: sólo algunas casitas ocultas entre los árboles, de blancas fachadas lunares, a los costados del camino, de vez en cuando quebraban la soledad, pero se trataba solamente del campo, la llanura desierta y al mismo tiempo opulenta, aromada por el olor de la humedad llegando en vaharadas desde los riachos tortuosos y ocultos de la zona, mezclado al viento frío; el campo y detrás suyo la ciudad, cercana como al alcance de la mano, un creciente y complicado monumento honrando la todavía absurda batalla ganada a la barbarie y al desierto.

Por fin comenzó a oír la música de la "Arboleda", recordó ahora, y en seguida llegó. Entró por el motel, no por el cabaret. Fue derecho a la habitación de Gabriel: la vasta biblioteca, las reproducciones de cuadros pintados por hombres que él no sabía que se llamaban Van Gogh, Picasso, Klee, Gambartes, el diván-cama lleno de papeles y libros, el suelo sembrado de copas, pipas, botellas vacías o semivacías, la pequeña cómoda con el tocadiscos encima, los sillones de línea moderna.

Gabriel se había puesto de pie de un salto, arrojando sobre el sillón el libro que se hallaba leyendo. Se había puesto pálido.

– ¡Pero si está lleno de sangre! -había dicho-. ¡Dios mío!

– No, no -había dicho él-. No es nada.

– Pero si tiene las manos y la cara llenas de sangre -había dicho Gabriel agarrándose la cabeza, yendo de un lado para el otro sin saber qué hacer-. Pero si tiene toda la camisa manchada de sangre. El saco, mire el saco cómo lo tiene.

– No, no -había dicho él-. Cuidado esa mano. No me toque. Cuidado. Ojo esa mano.

Eso era todo lo que recordaba de la noche. A la mañana siguiente había despertado en el diván-cama, junto a la biblioteca. Casi no podía moverse: sentía horribles dolores en todo el cuerpo. Tampoco podía hablar con facilidad: los labios se hallaban tan hinchados que le impedían emitir otra cosa que no fuesen unos trabajosos sonidos pesados. Gabriel se hallaba a su lado, extendiéndole un mate. Él había tratado de sonreír, haciendo un gesto negativo con la cabeza.

– Le lavé las heridas y le apliqué un poco de hielo en los chichones -dijo Gabriel-. No se preocupe. Nadie se muere de una paliza.

– Me atropello un camión -había respondido él, débilmente.

– ¿Cuántas veces? ¿Cuántos camiones? -había dicho Gabriel, sonriendo.

Todo ese día había estado echado de espaldas, sin moverse, dormitando de a ratos. De vez en cuando oía el bisbiseo de las chinelas de Gabriel y entonces se despertaba: le traía un poco de cognac, algo de comer. Recién al segundo día, a media mañana, había podido incorporarse: se arrodilló sobre la cama y espió el exterior a través del amplio ventanal de la habitación viendo el liso pavimento azul, el campo hacia la costa, los suaves techos rojos de las casitas de Colastiné resplandeciendo al sol. Había niños y perros, jugando, lo recordaba. Desde el exterior le llegaba un opulento canto de pájaros. Ya no soplaba viento, se trataba de un día cálido y soleado. Gabriel había entrado en la habitación en ese momento, trayéndole una taza de café.

Él se sentó en el borde de la cama, trabajosamente, y bebió pensativamente el café. Se hallaba en ropa interior.

– No se levante -dijo Gabriel arrimando una silla y sentándose frente a él-. Quédese un día más en la cama.

Él lo miró.

– ¿Por qué no me pide que le cuente todo? -dijo.

– ¿Cómo se llamaba la novia del camión? -dijo Gabriel-. ¿Los detalles del triángulo amoroso? Siempre el tipo que menos la merece es el que tiene más medios para llevársela con él. Ellas lo prefieren. Menos responsabilidad, sabe. No tienen obligación de comportarse correctamente si él no las merece. ¿Para qué quiere contármelo? Bueno, cuéntemelo si tiene ganas.

Él sonrió.

– No -dijo-. No importa. Pensé que…

Detrás de sus lentes oscuros, el pelo rubio revuelto, el bigote rubio ligeramente achinado, Gabriel parecía observarlo con una perpleja y al mismo tiempo divertida atención.

– Pensó que soy curioso -dijo-. Bueno. No se equivocó. Soy curioso. En realidad, y a mi modo de ver (no lo tome a mal) usted es la última persona del mundo que habría podido meterse en un lío semejante. Yo habría dejado a mi mujer en su cama, me habría ido de parranda, y le habría dado las gracias por haberle hecho compañía durante toda la noche. Si mi mujer me hubiera dicho que usted le tomó la mano, le habría pegado a ella, por faltar a la verdad.

– Me tiene en un mal concepto -dijo él, sonriendo.

– Lo tengo en un excelente concepto -dijo Gabriel-. No porque mi moral rechace el adulterio, sino porque la mayoría de las barbaridades que cometemos con el prójimo son inútiles. La maldad no nos interesa. Mejor dicho la maldad no reside en el perjuicio mismo, sino en la indiferencia con que lo cometemos. Gabriel se había puesto de pie. "No es así, no es nada de eso", pensó decirle. "Si usted supiera: es algo tan diferente, algo que Dora no habría podido soportar", pero no lo dijo. Gabriel lo miraba con simpatía-: No se levante, quédese un día más en la cama. Quédese aquí todo el tiempo que quiera. No hay peligro. No soy celoso y mi mujer está en casa de su madre.

A la mañana siguiente se había levantado. Se afeitó cuidadosamente, en el patio, al sol, oyendo el ruidoso canto de los pájaros, se dio una ducha de agua tibia, se volvió a poner sus ropas lavadas y planchadas lo mejor posible por la lavandera del motel. Fue hasta el camino, paseó lentamente por los senderos amarillos, bajo el cielo azul, entre los árboles, pisó la hierba encendida por pequeñas matas de verbena roja y después fue al patio de la "Arboleda". Ahí estaban las casuarinas, quietas y negras a la luz del sol, las cabañas de dura madera laqueada por la intemperie, la mesa circular, el banco semicircular de piedra. Era casi el mediodía: sobre la mesa y el banco caía la sombra profunda de los árboles y los rayos del sol se colaban entre la fronda depositando sobre la mesa un quieto, extraño, y complicado dibujo. El sol parecía llegar al cénit en medio del silencio total del mundo. Los pájaros se callaron. La marea del recuerdo lo inundó todo, de pronto, la corriente fluyó en silencio dejando unos cuerpos sólidos sobre la ardiente y desierta arena de la playa. "Hace frío. Vámonos". "¿Ya? ¿Tan pronto?", "Sí. Vámonos. Vámonos". "¿No hay ninguna esperanza de…?" "No. No hay ninguna esperanza".

Permaneció inmóvil, estuvo inmóvil durante un momento. Después pasó en seguida. Entonces regresó, moviendo con lentitud las largas y huesudas piernas doloridas y de nuevo recomenzó en su interior esa corriente cálida y obscena que él ya conocía, aquel sibilino llamado que recibió con alivio, aquella ola oscura y pesada, melosa y atrayente, que era el cimiento y el premio de su disponibilidad, y su alto cuerpo golpeado recorrió el patio, con placidez y paz, y pasó al motel, y se encontró con Gabriel en la cocina.

– No me cuente nada -dijo Gabriel, sin dejar de salar un trozo de carne-. Lo vi en el patio. Tengo buena memoria. Lo siento muchísimo. Yo se la presenté.

Él se echó a reír.

– No es nada, hombre -dijo.

– ¿Fue de pesca alguna vez? ¿Le gusta pescar? -dijo Gabriel.

– No fui nunca.

– ¿Quiere unas cañas?

– Creo que no tengo paciencia ni vocación para la pesca. -Lo miró pensativo. Gabriel continuaba salando la carne-. Dígame: ¿a qué se debe tanto cuidado?

Gabriel dejó de salar. Sonrió. Lo miró.

– La noche que usted llegó, después que se durmió, estuvo llamando a Dora a cada rato. A la madrugada vino Barco. Lo miró, se echó a reír, y me contó una conversación que habían tenido el día antes. Estuvo un buen rato al lado suyo. Le aplicaba hielo en los chichones. Dijo que usted es un tipo simpático. No me gustan las declaraciones, pero le confieso que a mí también me cae simpático.

Tomó un poco de sal y la desparramó sobre la carne.

– Un atorrante como yo siente placer de ser amigo de un tipo como usted. -Agregó, mirándolo-. Ahora vamos a comer un asado en el patio. ¿Qué le parece?

Al día siguiente, a la hora de la siesta, vino por fin Coria. Hacía calor. El estaba asomado a la ventana, en camiseta, mirando hacia el asfalto. Reconoció de lejos el Chevrolet. El coche se desvió del pavimento azul, salió a la banquina y se detuvo en medio del espacio de tierra arenosa abierto frente a la "Arboleda". Sobre la negra pintura del coche refulgía la luz solar. Coria venía en mangas de camisa, y estaba mirándolo desde antes de descender del coche, y mientras bajó, cerró la portezuela, y se encaminó hacia él, no le sacó la vista de encima ni un momento. Aquella mirada era una especie de bandera parlamentaria. Coria se detuvo junto a la ventana.

– Hola, pibe -dijo-. ¿Cómo estás?

– Bien -dijo él.

– ¿Muy dolorido?

– Un poco todavía -dijo.

– Bueno -dijo Coria

Miró a Coria: "Debería desear matarlo", pensó. Y en seguida: "El debe creer que está perdonándome".

– Yo no quise perjudicarlo -dijo-. Créame.

Coria lanzó una carcajada. Sus ojitos de pájaro destellaron detrás de su obscena nariz quebrada. Lo palmeó. El lo miró con perplejidad.

– Pero sí -dijo Coria-. Ya sé que no pasó nada.

Él abrió los ojos, en un gesto de gran asombro. Quedó con la boca abierta.

– No vayas a pensar que creí lo de Dora -dijo Coria-. Pero si ella te acusaba de algo tan malo y mentía, quiere decir que había pasado algo mucho peor. Así que decidí cortar por lo sano. No me gusta esa clase de líos.

Primero cerró la boca, después volvió a abrirla para hacer la pregunta.

– ¿Y Dora? -dijo.

– Dora quiere trabajar por su cuenta. Se fue ayer. No sé a dónde. No dejó rastro -dijo Coria. Lo miró un momento-. ¿Querés seguir con el coche?

Él respondió con un aire de marcada distracción, pensando en otra cosa.

– Claro -dijo.

– Entonces vamos -dijo Coria-. Te espero.

El salió de la ventana, dispuesto a vestirse. Se calzó la camisa y comenzó a abrochársela. Se detuvo un momento pensativo. Se aproximó nuevamente a la ventana, arrodillándose sobre el diván. Coria se había sentado en el estribo del Chevrolet, del lado de la sombra, aguardándolo.

– Don Coria -dijo-. Venga un momento, por favor.

Coria se aproximó con un aire de marcado desgano. Se paró a un metro de distancia y lo miró inquisitivamente.

– Quiero un día franco -dijo él.

Coria respondió con rapidez.

– Los domingos -dijo.

– No -dijo él-. Los domingos hay poco trabajo. Los viernes.

Coria suspiró.

– De acuerdo -dijo.

Sonreía recordándolo. La humanidad no había reventado, gracias a Dios. Ahora se hallaba en el claustro, en el limbo aislado y tranquilo, y eso le gustaba. La lluvia continuaba derramándose sobre la ciudad, la lluvia incesante y fría, quebrantando la primavera inocente y plácida. Llegaron por fin a la estación de ómnibus. La chica y el muchacho discutieron un momento, porque ella insistía en pagar y él no quería permitírselo. "Ella no quiere deberle nada", pensó. "Así son algunas mujeres". Los ayudó a bajar las valijas, como lo había decidido. Todavía la chica insistía en no querer recibir favores porque estuvo forcejeando un momento con las valijas hasta que su compañero le dio un suave empujón y ella fue corriendo a refugiarse del agua bajo los andenes desde los que la gente, envuelta en abrigos o impermeables, miraba la calle melancólicamente. Cerró el baúl y subió al coche. Gotas de agua se deslizaban sobre su rostro, y tenía el pelo y el saco lleno de unas pequeñas perlas grises. Sentía las manos húmedas. Pero estaba bien, se sentía perfectamente bien en ese momento. Condujo un trecho con una sola mano, con la otra colocó la sucia gamuza amarilla sobre la caja del taxímetro. Se iba a comer. Era el mediodía. El limpiaparabrisas recorría regularmente el amplio cristal donde las gotas estallaban sin descanso formando unas extrañas imágenes fugaces. Almorzaría para regresar inmediatamente a la parada frente al bar, porque en esos días de lluvia el trabajo abundaba. La herida de la pierna palpitó débilmente y dio un tirón no demasiado doloroso: él sonrió. La semana próxima se sentiría lo más bien, no iba a quejarse ahora por tan poca cosa. Él no era un tipo de esa clase, estaba perfectamente seguro, pensó, sonriendo, y el Chevrolet dobló frente al Correo, acelerando, en la ciudad desierta bajo la lluvia, aquel oscuro y frío sábado lleno de grises destellos mortales manchando de musgo y herrumbe la primavera quebrantada.

1961