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PRIMERA PARTE

I

Aunque ha llegado al aeropuerto con tiempo suficiente, este hombre no subirá al avión. Nunca le han gustado las prisas. Prefiere tomarse la vida con calma. Hace tiempo, descubrió que vivía una serie de situaciones relativas: una estabilidad que a veces pende de un hilo, un equilibrio que nunca le ha inspirado demasiada confianza. Al fin y al cabo, un conjunto de incertidumbres que intenta apuntalar.

Al bajar del taxi ha mirado el cielo; un movimiento instintivo de la barbilla, de las cejas que dibujan un arco. En su rostro se refleja la curiosidad. Podría extrañar tanto interés por unas nubes que rompen la nitidez del atardecer: una forma de ocultar la prisa por marcharse, la urgencia de sustituir trazos de niebla por una línea más firme; un azul por otro azul. Toma el maletín, que es su único equipaje. No le gusta llevar demasiados enseres cuando viaja. Va hasta el mostrador de facturación, donde no tiene que hacer mucha cola. Todo está calculado: el tiempo justo que le garantiza el asiento que quiere, una ventanilla para apoyar la cabeza, medio adormecido. La parada en el quiosco donde comprará la prensa, un café en la barra del bar, los pasos por la cinta que le conduce al módulo tres. No dedicará atención a las tiendas que hay en el ancho pasillo que recorre como un autómata. Hace años que no lleva regalos de sus viajes a nadie. Se sienta en una silla cerca de la puerta de embarque, dispuesto a partir.

En el aeropuerto, hay un mundo que transcurre a su alrededor a pesar del gesto de indiferencia con que él lo observa. Existe paralelo a la vida real, pero no se confunde con ella, porque tiene ritmos propios. Es un universo de idas y venidas, de rostros que se cruzan un instante, sin que nadie se esfuerce por retener los rasgos de los demás. Alguien que no tiene nombre ni historia, que desaparecerá hacia destinos que no importan. Hay una sensación de provisionalidad. Cualquier impresión resulta efímera, como un soplo de aire que se lleva los recuerdos, las imágenes, aquel deseo incipiente. Todos están de paso, con el pensamiento en un lugar distinto, con la certeza de que habitan un paréntesis momentáneo, una parada forzosa antes de continuar la vida. Hay muchas historias que empiezan o acaban. Los reencuentros y las despedidas se suceden, como secuencias robadas de una película. Aquella pareja que se dice adiós mientras los dos intuyen que no volverán a verse. Otra pareja se abraza con la percepción de que el mundo se para. Mujeres y hombres que cruzan sus caminos sin mirarse. El azar les da la oportunidad de un encuentro que desaprovechan. Tal vez hacen lo correcto; quizá se equivocan.

Se llama Ignacio y observa el mundo desde una distancia que le permite la contemplación de las cosas. Alejarse le sirve para protegerse de cualquier atisbo de emoción, de una proximidad excesiva. Tiene los cabellos oscuros, con mechones grises. Lleva un traje azul, que le acentúa la línea de los hombros, una corbata discreta, la camisa con los puños impecables. Es una imagen convencional que se ha construido durante años de existencia dócil, sin riesgos. Tiene el gesto adusto, la palabra amable: un contraste que provoca efectos positivos en quienes viven cerca de él. Nadie duda de su palabra. Es fácil liarse de la cordialidad dosificada, del gesto contenido. Sentado, con el periódico en la mano, ve frente a sí, en un ángulo perfecto, la puerta donde ya está anunciada la salida de su vuelo. Dentro de veinte minutos, se levantará de la silla y cruzará la puerta que le conducirá al avión. Apoya la cabeza en el respaldo, mientras le suena el móvil. Sin alterar el gesto, contesta:

– Dime, amor.

Dice «amor» como si la palabra viniera desde muy lejos, empujada por una inercia que la ha despojado de cualquier significado; como si fuera una prenda innecesaria, que no acaba de encajar con el resto del atuendo; unos gemelos de brillantes con la camisa de cuadros que utilizamos para hacer deporte los domingos por la mañana. Dice «amor» y parece que acaba de confundir una palabra con otra. Sería mejor sustituirla por alguna más opaca, aun cuando la opacidad ya se encuentra en la entonación, en la desidia que se percibe. Mantiene el gesto atento, hojea el periódico.

– Claro que me acuerdo. Esta noche tenemos una cena en casa de tu hermana. Sí, la cena de su cumpleaños. Llegaré a tiempo. Una ducha rápida y salimos en seguida. No te preocupes.

Se imagina el agua recorriéndole el cuerpo. La sensación de la ducha del hotel se desdibuja, sustituida por las ganas de refrescarse de nuevo. Los aeropuertos agobian en cualquier época del año. Todo se convierte en una pátina de sudor. El matiz de su voz no ha transmitido la pereza que le da la cena. Ha mantenido el tono en los límites de una estricta amabilidad, para que ella no pueda reaccionar con extrañeza.

– Estaba seguro de que te habrías ocupado del regalo. Me parece una magnífica idea. He dicho que le mandasen un ramo de flores.

Ni se pregunta cuántos años hace que no compra flores. Antes, en un tiempo que ocupa un lugar recóndito en su memoria, gustaba elegir el color, la forma. No se limitaba a marcar un número de teléfono y a encargar a la secretaria que mandara un ramo. Había establecido una complicidad que le facilita la vida. Sus pensamientos no suelen perderse por paisajes de mares ni cielos con gaviotas. Le gustan las cosas concretas, que tienen una utilidad que le hace sentirse seguro, dispuesto a no cuestionarse la vida. Cuando se complacía en la observación de una nube, compraba ramos de flores en las Ramblas. Se paraba las mañanas de sol, decidido a celebrar la vida. Le gustaba tocar los tallos húmedos, en los que adivinaba rastros de agua. Entonces empezaba la selección de aromas. Pero ahora todo eso forma parte de un pasado remoto que ha arrinconado entre sombras de olvido.

Cuando cuelga el móvil, no puede evitar que aparezca un rictus en su rostro. Es un gesto que no controla, un punto amargo, que se aproxima a la desilusión. Si se para a reflexionar, no se siente decepcionado por tantas cosas. No tiene motivos. Aun así, el rostro se le descompone durante un instante, el tiempo justo para descubrir una chispa de incertidumbre. La conversación ha sido breve, pero le deja mal sabor de boca. Esa sensación que es difícil de explicar, cuando tras expresiones inocuas, incluso cordiales, intuimos que se ocultan todos los silencios, las frases que tendríamos que decir y no decimos, los sentimientos que resultaría absurdo contar desde un aeropuerto, cuando lo único que importa es volver de prisa a casa, cumplir los compromisos sociales, adormecerse con la voluntad de no pensar.

En ese espacio conocido no hay lugar para las sorpresas. Están escritas todas las pautas del guión y no tiene intención de salirse de él. Tendrá que esperar, porque no puede hacer otra cosa. Como máximo, dejar que la mirada se le pierda en el rostro de alguien. Hace tiempo que no se fija en la gente. Todos los que le rodean forman parte de una masa induciente que no le interesa. Son presencias poco sólidas que se desvanecerán cuando sea capaz de leer el periódico. Le resulta difícil concentrarse en un punto determinado. Las noticias saltan del papel, y se le escapan. Pasa de una información a otra. La contundencia de una imagen le distrae, pero el efecto no dura demasiado.

Justo enfrente está sentado un hombre. Esos ojos que vagan, distraídos, por el aeropuerto, se han fijado en unos zapatos que no tienen nada especial. Se parecen a los que él lleva. Son zapatos de buena calidad, de marca, casi recién estrenados. Incluso tienen un color semejante: dos tonalidades de marrón parecidas a la avellana. Instintivamente, levanta los ojos. Entonces ve su rostro: un rostro de expresión seria y cabello rizado, oscuro, desordenado. El pelo transforma el conjunto, rompe la apariencia estereotipada, la sustituye por un aire informal. Es como si un soplo de viento lo hubiera golpeado. Lo piensa, con una sensación de sorpresa. Ese hombre, poco más o menos de su misma edad, conserva algo que él perdió. La idea surge con la intensidad de los pensamientos que nos invaden, que se instalan en nosotros y no nos abandonan.

Es alto, más bien delgado. Tiene el rostro enjuto y una sombra de barba le endurece las facciones. La frente queda medio oculta por sus cabellos, pero destaca la mirada penetrante. Ignacio le observa con disimulo, hasta que vuelve a sonarle el móvil en el bolsillo. Con un gesto de impaciencia, comprueba que se repite la llamada anterior. Mientras su mujer le recuerda que irán con el tiempo justo, que no quiere llegar tarde, que ha tenido un día agotador, que ha discutido con los hijos, que ha llamado el vecino del primero, que todavía no ha decidido qué vestido se pondrá, él se siente irremediablemente desgraciado. No es una sensación que haya pasado por su mente, ni que quiera analizar. Es como si navegara a la deriva. La gente desaparece de pronto, y solo tiene frente a sí la visión del mármol con sus vetas minúsculas.

Se pregunta hacia adonde debe de viajar el hombre que tiene enfrente. Se sorprende a sí mismo. Es inusual que se lo plantee. Nunca se interesa por los desconocidos. Tiene facilidad para hacer tabla rasa, para borrar las cosas que considera poco importantes. En esta ocasión es distinto. La curiosidad le vence, aunque no entienda la causa. Tal vez también regresa a casa, aunque no parece compartir su desconcierto. Tiene una apariencia relajada, de persona que no vive en conflicto, que no experimenta tensiones. Por el contrario, él oculta los nervios tras un aspecto inaccesible. Embarcarán por puertas diferentes. Ignacio espera que anuncien el avión hacia Palma. El otro mira, de vez en cuando, la puerta que indica la salida de un vuelo a Roma.

Ve la silueta del avión que le llevará a Mallorca. Casi al mismo tiempo, los altavoces anuncian la salida del vuelo del hombre. Observa cómo se levanta sin prisa. Por un instante, espera que sus miradas se crucen. Es un sentimiento absurdo que se desvanece en seguida, cuando se da cuenta de la indiferencia lógica del viajero. Camina hacia un destino que no tiene nada que ver con el suyo. Le espera una ciudad de piedra; a él, una ciudad cercada de mar.

El desconocido ocupa un lugar en la cola que va acortándose. Este acto, repetitivo y aburrido, le provoca una sensación de pereza. Se imagina que no falta demasiado para que él mismo se ponga en fila. Todo serán rostros extraños que se encuentran compartiendo la misma impaciencia. Se trata de recorrer un espacio de tránsito que separa ciudades. Hace un gesto de nerviosismo contenido; respira profundamente. Le impacienta la inmovilidad, la sensación de no hacer nada, el peligro de que el pensamiento vuele hacia caminos poco oportunos. Una voz anuncia el embarque hacia Palma. Se levantaa rápido para ahuyentar imágenes que no busca. Procura reprimir un desasosiego que no sabría explicar, mientras se dirige a la puerta. Tiene la mirada perdida, casi extraviada por el suelo del aeropuerto, por el mármol que le recuerda el agua en movimiento.

Justo debajo del asiento que ocupaba el desconocido, hay un objeto. Si no hubiera sido por su mirada inquieta, no se habría dado cuenta. Habría pasado de largo y habría dejado atrás ese rectángulo de piel que está en el suelo y que, aunque lo ignore, le va a transformar la vida. La existencia, que puede cambiar de repente, a menudo no gira impulsada por grandes causas, sino por hechos pequeños insignificantes. Quizá una cartera que alguien ha perdido. Se acerca para recogerla. Es un gesto involuntario: esa reacción rápida, el impulso que nos lleva a devolver un objeto a quien acaba de perderlo. No tiene tiempo de procesar la información. No se para a pensar que un billetero es una pista que nos conduce hacia otro. El interés que ha sentido por el desconocido ha sido momentáneo. Cuando está a punto de incorporarse al grupo que parte hacia Mallorca, el hallazgo resulta inoportuno. Es el incidente que todavía le vincula al aeropuerto, cuando en realidad ya se está alejando. Aun así, se impone la idea de que tiene que devolverle la cartera al hombre que estaba sentado frente a el. Da unos pasos rápidos hacia la puerta que todavía anuncia la salida a Roma.

En el aeropuerto, todo el mundo se va. Cuando lo piensa, tiene una sensación de huida. ¿Hacia adonde podría huir él? ¿Qué destino elegiría? Piensa que la inmovilidad propicia ideas absurdas. Reconoce que nunca ha tenido un espíritu aventurero; o quizá sí, hace mucho, mucho tiempo; tantos años que, con sólo pensarlo, se le encoge el corazón. Da unos pasos más y de pronto se para. Aquella larga cola, real, que existía hace pocos minutos, se ha transformado en un espacio vacío. Debajo del panel que lleva escrito el nombre de la ciudad, hay dos azafatas que se ocupan de recoger los últimos papeles. Actúan con la indiferencia de quien repite un trámite, con rapidez por acabar un trabajo nada interesante.

Ignacio se acerca. Lleva la cartera en la mano y la ofrece como si quisiera desprenderse de un estorbo. El objeto es una molestia, y la situación le resulta incómoda. Les dice que la ha encontrado en el suelo, que pertenece a uno de los pasajeros que acaban de embarcar. Debe de habérsele caído, les cuenta, y querría devolvérsela, antes de que el avión despegue y él se quede ahí, con un objeto que no le pertenece. Ellas le hablan sin sonreír, porque cuesta sonreír cuando aparece un imprevisto que rompe la rutina, que incluye un elemento nuevo en un episodio que considerábamos terminado. Le dicen que no puede ser, que el avión ya rueda por las pistas. Le cuentan que tiene que ponerse en contacto con la compañía, dirigirse a la oficina de objetos perdidos, dejarlas trabajar, que deben dedicarse a otros pasajeros, que el aeropuerto es una cadena de vuelos y no se puede parar porque alguien haya perdido una cartera. Naturalmente, contesta Ignacio, y se siente ridículo con aquello que querría tirar en cualquier papelera, antes de que todo se complique todavía más, porque a menudo la vida nos lía sin que lo busquemos, y nos joroba. Lo piensa, mientras da la espalda a las azafatas, que no sabría decir si son rubias o morenas, quizá tienen la piel pecosa, llevan un uniforme feo y tienen cara de insatisfechas.

Casi por inercia abre la cartera. Ve algunas tarjetas de crédito, un documento de identidad del hombre que ya está lejos, un papel doblado. Piensa que siempre hay lo mismo: minucias repetidas que narran un fragmento de la historia de alguien. Ocupa uno de los últimos lugares en la cola que le corresponde.Hará que su secretaria la envíe por correo. Justo cuando se propone arrinconar la anécdota en el olvido, como un episodio que podría no haber pasado, ve una fotografía que reconoce, y que le transforma la expresión y la vida entera. La observa sin acabar de creerlo. Con los ojos, devora la imagen, y tiene la sensación de que el mundo es un caos. La mira de nuevo y se da cuenta de que no puede contener el temblor de los dedos. Se imagina su propio rostro convertido en una máscara. «No puede ser cierto -se dice-. No lo es», se repite, mientras fija los ojos en el rostro que vuelve a ver, tras mucho tiempo. Ha pasado una década desde la última vez que la vio. Eran diez años más jóvenes, con toda una vida por delante, que se abría como la palma de la mano con la que acaricia el rostro de papel.

No ha vuelto a encontrarla. Durante un tiempo, se esforzó: convirtió el deseo de volver atrás en el centro de su vida, en la única meta posible. Habría querido reescribir la historia. Fueron meses de añoranza. Le costó resignarse, aceptar los hechos. Ni los dioses pueden hacer que lo que ha sido no haya sucedido. Aunque los pensamientos se empecinen en borrar los propios actos, nos queda el recuerdo de las palabras que dijimos. La realidad nunca resulta ser como nos gustaba dibujarla en unos cristales empañados. Respira hondo cuando sabe que es ella, aparecida en la vida de un desconocido, en la cartera de un hombre con quien ha coincidido en un aeropuerto. Sabe también que no cogerá el avión que sale hacia Palma, porque todos los cielos del mundo son ahora más azules.

II

El piso es una suma de objetos curiosos que le hacen compañía. Sabe convivir con ellos, sin que sean un estorbo para un presente hecho de idas y venidas. En el suelo, las baldosas se disponen como un tablero de ajedrez; los techos altos, las paredes de estuco. Cuando sonríe, el rostro entero se transforma en unos labios. Cuando mira, los ojos son de fuego. Se llama Dana. Pronuncia su nombre alargando las aes, como si quisiera arrastrarlas, fijarlas en la atención de los demás. Lo hace sin darse cuenta, con una inercia que convierte la palabra en un juego.

Tumbada en el sofá, con los párpados medio cerrados, desafiando la claridad que entra por las cortinas entreabiertas, observa el ángulo que forma la pierna con el sofá, el empeine. Cuando se hunde entre los cojines que huelen de una forma difícil de describir, que es el rastro que ella deja en las sábanas y en las camisas, se olvida del mundo. En ese piso, decorado sin urgencias, no hay relojes. Nunca le ha gustado que le recuerden el paso del tiempo. En la calle, tiene que aceptar el ritmo frenético; en su intimidad, procura esquivarlo. Le gusta imaginarse que las horas no transcurren entre esas paredes. Hubo una época que fue una víctima del tiempo. Procura no pensar en el pasado, como si nunca hubiera existido. Lo oculta entre los pliegues de la falda, en la sombra del escote, en el ramo de margaritas que hay en la ventana. Lo ha convertido en un pañuelo que puede doblar hasta volverlo pequeño, casi inexistente Ahora está y después ya no está. Tiene los cabellos del color de las castañas asadas a fuego lento, para que nos quemen en la boca. A través del patio, oye la voz de las vecinas. Discuten por cualquier tontería. No entiende el significado de las frases. El piso, que es soleado, da a una plaza. Siempre lo había deseado así.

Hoy regresa. En cualquier momento, oirá la llave en la cerradura y la puerta que se abre. Verá cómo se adapta al espacio con una naturalidad que no deja de sorprenderla. Todavía no ha llegado a acostumbrarse al gesto amable, a la palabra tranquila. Pese a los años de vida en común, no puede evitar una cierta extrañeza cuando él llega de un viaje. Tras cada paréntesis, necesita mirarle de cerca. No le cuenta esa sensación de calma, de presencia, que ha acabado imponiéndose a todos los miedos. ¿Cómo podría decirle que, cuando se conocieron, ella era una mujer extraviada? Sin revivir el pasado, cuesta explicar los antiguos sentimientos. No está dispuesta al retorno. Ni tan siquiera por los caminos de la memoria. En un momento de distracción, algún hecho casi olvidado aparece con cierta insistencia. Nunca es un gran episodio, sino un detalle pequeño que, inoportuno, se filtra en el presente. Si fuera un momento clave de su vida, tendría la suficiente habilidad para ahuyentarlo. La costumbre de borrar capítulos es un arma contra el dolor; lo aprendió hace tiempo. En cambio, no puede controlar las insignificancias: esos instantes que nunca se han ido por completo, que vuelven como una vieja canción que se nos escapa de los labios.

Las voces de las vecinas empiezan a tomar protagonismo. Es bueno refugiarse en la inmediatez. Le gusta discernir el sentido de sus palabras, como quien deshace los nudos de una cuerda. No le resulta difícil identificarlas, darles rostro y nombre. Son la del tercero y la del cuarto. Cada una de ellas con su mundo de mezquindades minúsculas sobre sus espaldas, acompañadas por una historia que nunca nadie se interesará en contar. Dos mujeres vulgares que tienen sueños y deseos del mismo color que las baldosas de la entrada. Hace diez años, cuando se instaló en ese edificio, ya vivían allí. Pasaron a formar parte del horizonte sin rendijas que era la vida. Había envidiado sus existencias quietas, sin estremecimientos. Lo pensaba todas las mañanas al despertarse. Lo repetía bajito, cuando el sol se ponía. Habría querido ser como ellas, vivir sin pensar en la vida, lejos de las preguntas y de la añoranza. Eran afortunadas porque podían ocuparse de cosas concretas. Podían impacientarse porque había una mancha de humedad en la pared, porque el marido llegaba tarde, porque llovía demasiado. «Siempre llueve demasiado en las ciudades», se decía.

La lluvia acentúa la percepción de las cosas que nos rodean. Lo piensa mientras observa el arco que dibuja la rodilla. Ocurre como en un coche: por el parabrisas caen gotas de agua que difuminan los contornos de los objetos. Hay que concentrar la mirada para que nada pase de largo, ni una señal de tráfico, ni un semáforo, ni la autopista. Ahora se contempla a sí misma. Lleva una falda que tiene movimiento propio. Se asemeja al agua que se desliza por la ventanilla, que traza caminos. De golpe, desaparece la lluvia. Así también se borran los pliegues de la ropa, cuando la mano los mueve. Con determinación, adentra los dedos en su propio cuerpo. Se acaricia. Los dedos se humedecen. Tiene la sensación de sacar la mano por la ventanilla del coche.

Hace diez años, una mañana de enero llegó a la ciudad. Llevaba un abrigo con los bajos manchados de barro; no había resistido su paso por las calles llenas de charcos. Era una sombra de la mujer que es hoy, una burda copia. En las orejas, unos pendientes que tenían la forma de una concha; las manos temblorosas. Las facciones desencajadas marcaban un rostro triste. Hacía un frío que le recordaba aquel otro frío que había dejado atrás. Se instaló en una pensión pequeña: barandilla de hierro, baldosas oscuras, habitación con un armario. Nadie le hizo preguntas ni manifestó extrañeza. Pasaba las horas en la cama, sin interesarse por las calles ni por la gente que las recorría. Las voces que subían por la fachada hasta la ventana eran el único contacto que establecía con el mundo. Entonces tampoco se entretenía en descifrarlas, pero diferenciaba las tonalidades. Todas las noches se dormía diciéndose: «Mañana empezaré a buscar un piso.» Todas las mañanas se despertaba con una única palabra en el pensamiento: «Mañana.» Arrinconaba la vida en un futuro que no se atrevía a convertir en presente. Fue una época gris, que procuraba no recordar muy a menudo.

La pensión tenía un comedor soleado. Era la única parte del piso por donde entraba directamente la claridad. El resto se reducía a un juego de luces y de sombras, donde predominaban siempre las sombras. Los huéspedes se reunían a la hora de la comida, cuando la calidez animaba las conversaciones y la somnolencia. Se resistió a ir durante semanas. Primero, pedía que le llevaran la comida a la habitación: una bandeja con un plato de sopa, algo de carne o de pasta, un vaso de agua. Lo engullía de prisa, sin apenas darse cuenta, con el deseo de volver a ocultar la cabeza entre las sábanas. Compraba el periódico en un quiosco de la esquina. Alguna mañana se entretenía andando sin rumbo por la ciudad, lejos. Eran pasos que tenían aires de fuga, que no ocultaban las ganas de desaparecer. No se relacionaba con la gente. Sólo algunas frases de compromiso cuando se cruzaba con alguien por los pasillos de la pensión. Era arisca y salvaje, como las cabras que trepan por los montes.

Algunas noches oía murmullos de conversaciones o el chirriar de una puerta. No se preguntaba quién llegaba a esas horas. Nada la animaba a acercarse a quienes vivían a su alrededor. Se limitaba a sobrevivir, a salir adelante con una sensación de derrota que no habría querido contar. A menudo le costaba dormirse. El agotamiento podía vencerla cuando el mundo empezaba a iluminarse. Se refugiaba en el sueño, que era otra forma de huir. Le habría gustado dormir mucho tiempo, hasta que la vida fuera distinta, y ella se transformara en otra mujer. Cuánto deseo de sueño, de inconsciencia absoluta, de dejarse llevar sin nombre ni memoria, sin historia vivida. Todas las mañanas se despertaba con un sentimiento de pérdida. Le costaba retornar al mundo porque el regreso constituía un ejercicio de voluntad que no tenía fuerzas para llevar a cabo. Miraba la ventana y volvía a recordar. Entonces, pensar era una cosa mala.

El comedor tenía una vidriera que se inundaba de luz. Las mesas estaban distribuidas para que la gente no tuviera dificultad a la hora de conversar. Había soperas con los bordes desconchados y servilletas algo amarillentas por la lejía. Sucedió una mañana como cualquier otra. Ningún indicio anunciaba un cambio en su vida. Todo transcurría con la misma fatigosa rutina de las semanas anteriores. Los hábitos que formaban la cotidianeidad se repetían. Tenía la sensación de que la existencia era un círculo: el mundo siempre regresaba al mismo punto. Lo entendía como una victoria de la calma. Había conseguido prescindir de las sorpresas, de aquellos inesperados elementos que interfieren en el mundo más cercano. Era una falsa tranquilidad, estaba convencida. Durante un paréntesis, conseguía creer que no había nada más que una habitación desordenada, las páginas de los periódicos que le hablaban de un universo prescindible, las sábanas que la acogían con la tibieza de su propio cuerpo.

Una nimiedad puede alterar lo que hemos construido con esfuerzo. Lo comprendió aquella mañana de sol, cuando abrió la puerta y se asomó al pasillo. Justo enfrente de ella vio a una mujer. Era menuda, aunque llevara zapatos de tacón. Tenía los cabellos teñidos de un rubio que no ocultaba las raíces oscuras. Movía las manos, nerviosas, dotadas de un movimiento que transmitía una sensación de energía que desbordaba. Las uñas, pintadas de rosa, destacaban en un conjunto hecho de estridencias. Chocaron de golpe. Una que salía sin prisa; la otra que pasaba como un torbellino. Se miraron como se miran dos personas desconocidas. Una con la misma indiferencia con que contemplaba la vida; la otra con curiosidad. Era un encuentro de opuestos: el desinterés con las ganas de saber, la desidia y la voluntad. Podrían haber pasado de largo; ésa era la intención de Dana. Agachó la cabeza y murmuró una excusa ininteligible. En cambio, Matilde no tenía la más mínima intención de borrar el episodio. Hacía días que la observaba desde lejos, que se preguntaba quién era la chica de expresión triste, la recién llegada que parecía no estar ahí, sino haberse quedado en otro lugar, retenidos el pensamiento y el deseo. Había conocido a otros fugitivos. Ella misma lo fue. Se acordaba con una sonrisa guasona, como si se burlara de la vida. Le dijo:

– Buenos días, princesa. ¿Estas son horas de levantarse de la cama?

El tono, entre la ironía y la gracia, la sorprendió. Por vez primera en muchos días, levantó los ojos del suelo y miró la cara de alguien. Vio un rostro que desaparecía tras una sonrisa, surcado por diminutas arrugas alrededor de los ojos. Sin saber por qué, una parte del muro de contención que la alejaba de la realidad cayó. Aquella mujer le inspiraba una confianza que no habría sabido justificar. Perdió el miedo.

– ¿Es muy tarde? -Hizo la pregunta con expresión sorprendida, como si, al regresar de pronto a la realidad, quisiera pedir excusas de una ausencia.

– Casi mediodía. ¿No tienes que ir a trabajar como hacen la mayoría de los mortales en esta ciudad? ¿O tu trabajo consiste en descansar entre sábanas?

Podría haber parecido impertinente, pero la sonrisa comunicaba calidez a las palabras.

– No tengo trabajo. La verdad es que, desde que llegué, no he hecho nada para buscar uno. -Se ruborizó, inexplicablemente avergonzada como una adolescente.

– Parece que no te des cuenta, pero no lo podemos ocultar: las dos venimos de la misma isla. ¿Cuáles son esas cosas que tienes pendientes?

– Puedes imaginártelo: buscar un piso y encontrar trabajo. Pronto mis ahorros se agotarán. Sé que no podré continuar aplazándolo, pero me da mucha pereza. Todo se me hace una montaña.

Tenía la sensación de que se conocían desde hacía tiempo. No le resultaba incómodo salir del mutismo que había sido su forma de relacionarse con el mundo. La consigna del silencio no había sido una elección premeditada, sino que se había convertido en un refugio. Si no se habla, no hay que dar explicaciones. Por eso callaba. La presencia de una mujer desconocida debilitaba las reservas. No las destruía por completo, pero suavizaba las aristas.

Esbozó una sonrisa. Era una situación peculiar: Matilde -entonces todavía no sabía su nombre-, con aquella apariencia que no reunía ninguno de los requisitos que habría considerado normales, había destruido las barreras que la alejaban de la vida. Se preguntó qué era lo normal, cuándo se habían invertido los esquemas que la orientaban. Debían de formar una extraña pareja: una mujer joven vestida con un albornoz de rayas, los cabellos en desorden; otra mujer más mayor, de edad indefinida, que era un estallido de colores y de buenas intenciones. Estaban de pie en el pasillo de una pensión con poco trasiego, a aquella hora. El ademán y los gestos nos delatan. Dana tenía la actitud de quien está a la expectativa; Matilde hacía preguntas con naturalidad:

– ¿Buscas piso? No es una tarea fácil. Tendrás que espabilarte. Quizá podría ayudarte. ¿Cómo quieres que sea?

– No lo sé. -Se encogió de hombros con expresión perpleja, como si pidiera disculpas a la otra por su propia confusión-. No lo he pensado demasiado. Sólo sé que tiene que dar a una plaza.

– ¿A una plaza cualquiera?

– A una plaza que me guste. Siempre he vivido en lugares que daban a calles estrechas. ¿Tú vives aquí?

– Sí, desde hace años. La pensión es un buen sitio, si te acostumbras. Nunca te falta compañía. Eso es impagable.

Le sorprendió la respuesta. No había pensado que la compañía de los demás mejorara la vida. Más bien habría afirmado lo contrario: hay presencias que incomodan, que impiden que se pueda respirar. Miró de nuevo a aquella mujer y, sabiendo que decía una inconveniencia, le espetó:

– ¿Has pensado alguna vez en cambiarte el color del pelo? -La otra no cambió de expresión.

– ¿Y tú?

Pensó que no tendría que haberle dicho nada, que era una estúpida. Las palabras surgieron tímidas, balbuceantes:

– No. La verdad es que no.

– Haces muy bien. Tus cabellos tienen un color magnífico.

Sonrieron, aligerado el ambiente, el aire del pasillo, el cielo que no veían, pero que era azul y sin nubes. Fue el inicio de una amistad que duró mucho tiempo.

Compartían mesa en el comedor. Se sentaban donde la luz no las molestaba en los ojos, sino que las acariciaba. Se acostumbraron a una amistad basada en pequeños gestos. La compañía de Matilde transformó a Dana. Aunque nunca se lo confesó, su vida fue distinta desde que se conocieron. Ella había sido el puente que le servía de regreso a la realidad. Aquella contundencia en las frases, las preguntas directas, sin tapujos, la firmeza en el ademán no le servían para complicarle la vida, sino para enfrentarse a ella. Sin saberlo, Matilde le enseñó que las cosas vistas de cerca nunca son tan terribles, que las palabras se tienen que pronunciar, aunque hagan daño, que no hay nada que pueda provocar el miedo a ser dicho, porque los pensamientos se atenúan si los transformamos en palabras. Es como si los hiciéramos más concretos, menos terribles.

El mantel se llenaba de trocitos de pan que Matilde, con el gesto distraído, desmenuzaba con los dedos. Se iba formando una procesión de hormigas blancas, inmóviles. Eran las migas que ella redondeaba con suavidad, hasta convertir en bolitas de pasta. Aquel sencillo gesto le gustaba. Se pasaban un largo rato entretenidas en la conversación. De vez en cuando, se sumían en el silencio, la mirada perdida en un punto indefinido. La clave de su entendimiento consistía en respetarse. No tenían que esforzarse demasiado, porque ambas podían captar un momento de tristeza o de añoranza. Cada una de ellas tenía una historia que evocar. Había días soleados en que parecía lejana, pero la lluvia les traía de nuevo el recuerdo. Matilde no dejó de teñirse el pelo. Tampoco prescindió de las uñas pintadas de coral. Se reía de ella con afecto, convencida de que era una mujer fuerte. Dana agradecía la calidez de sus conversaciones; constituían la única presencia real que le llenaba la vida.

Tumbada en el sofá de la sala, con las ventanas que dan a la plaza abierta, estirar el cuerpo. Querría liberarse de esa sensación de somnolencia. Espera que él regrese. Cuando oiga el ruido de la llave en la puerta, se alegrará. Tal vez se levante de un brinco y se deje caer en sus brazos. Quizá le espere sin agitarse, inmóvil entre los cojines, la sonrisa juguetona en los labios. Las voces de las vecinas del tercero y del cuarto han subido de volumen. Son como culebritas que saltan, hacia adelante y hacia atrás, mientras invaden la escalera. Hay muchas maneras de apropiarse de un espacio: hay quien lo ocupa con el cuerpo; hay quien lo ocupa con la estridencia de las palabras. Hace mucho tiempo que no las envidia. Ha olvidado aquel sentimiento que queda lejos del presente. Si alguien intentara recordárselo, se asombraría. No tiene un recuerdo demasiado preciso de las ganas de vivir sus existencias, de recluirse en vidas ajenas para salvarse de la propia. Dana se acaricia. Los dedos tienen la suavidad de la música. Conoce su cuerpo con exactitud. Sabe dónde introducir la mano, la presión de la piel sobre la piel. Los pensamientos desaparecen. Todo se difumina. La luz es menos intensa, las voces de las vecinas se han convertido en un eco que no tiene intención de rescatar. Mira al techo y ve una mancha de humedad que tiene forma de nube. Ahuyenta la imagen: lo único que cuenta es el cuerpo que vibra, el deseo de aquel otro cuerpo en la mente, la capacidad de revivir el tacto, aunque no esté. A veces, cuesta capturar el placer. Cualquier minucia hace que, cuando estaba a punto de atraparnos, se nos escape. Está hecho de una materia volátil.

– ¿Me amarás siempre? -preguntaba a un hombre lejano, hacía muchos años.

– Siempre. -La respuesta era rotunda, como si no admitiera ni una fisura por donde pudiera filtrarse la duda.

– ¿A pesar de todo? ¿A pesar de lo que nos toca vivir? -No podía resistir la incertidumbre.

– Tu futuro sólo será conmigo.

Reían, inconscientes, felices.

«El futuro», repite. Lo pronuncia con todos los matices del desencanto. Aquel que nunca tiene que venir, pero que siempre llega. Lo habíamos inventado pero vuelve a sorprendernos. No es como lo soñamos. Las piezas no coinciden. Debe de ser que el futuro imaginado nunca tiene nada que ver con el futuro hecho presente. «No importa, no importa», piensa. Tiene las piernas esbeltas, los pies finos, ganas de besar. A través de la ventana se oyen los ruidos de la mañana. Niños que juegan, gente que sale, el viento entre los árboles. Balancea su cuerpo hacia adelante para abandonar el sofá. Tiembla. Después del amor, aunque sea un amor solitario, siempre tiene frío. Se acurruca, en un esfuerzo por vencer la tentación de volver a los cojines. No hay relojes en el piso, pero intuye que no puede tardar demasiado. Ha aprendido a calcular el paso del tiempo mirando la luz. Está en la ducha, con el cuerpo enjabonado, cuando ve su rostro reflejado en la puerta. El vaho del agua difumina las facciones. Intenta sonreír. Durante un instante, breve como un pensamiento inoportuno, se pregunta cuál de los dos hombres que ha amado acude a su encuentro.

III

Matilde había tenido tres maridos. Cantaba aquella canción que habla de una mujer que había tenido tres hombres a los que mató con veneno. Cuando era sincera, directa como una flecha al corazón, aseguraba que la envenenada había sido ella. Hay ponzoñas que actúan lentamente, que matan poco a poco. Sus efectos son casi imperceptibles. No nos damos cuenta hasta que es demasiado tarde, cuando el egoísmo del otro, su pereza de vivir, la indiferencia o la mala leche nos han dejado exhaustas. Lo contaba con la voz cansada, mientras las manos subrayaban la intensidad de las frases. Hay historias que son difíciles de vivir. Desde que se hospedaba en la pensión, estaba contenta. Antes nunca había tenido la sensación de pertenecer a algún lugar. Entre las paredes del pasillo, en el comedor, en la habitación que había convertido en un decorado de opereta, se sentía cómoda. Las conversaciones con los demás huéspedes entretenían las horas muertas del día. Con los que estaban de paso, mantenía diálogos circunstanciales, divertidos. Con los que pasaban temporadas, había llegado a establecer lazos de afecto, pequeñas complicidades. Jugaba a leer el destino en las manos de los demás:

– Todo está escrito en las estrellas -afirmaba, convencida.

Muchos atardeceres, cuando la luz caía oblicua sobre las butacas de la sala, se instalaba allí, dispuesta a hacer predicciones sobre historias que todavía nadie había vivido.

– Las cosas que no han pasado son las mejores -decía a Dana, que la escuchaba sin evitar una sonrisa burlona.

– ¿Qué dices? No te entiendo. Lo que tiene que venir puede ser bueno o puede ser terrible.

– Nunca nos parece más terrible que lo que ya hemos vivido. Si lo es, no lo percibimos con la misma dureza de antes.

– Eres una bruja extraña, Matilde. Yo no quiero saber lo que tiene que venir. La vida tranquila me gusta.

– El mundo siempre rueda. Todo se mueve, aunque no lo quieras. ¿Te digo lo que veo en las líneas de tu mano?

– Ni pensarlo. -Apretaba el puño y cerraba los ojos como si quisiera ahuyentar pesadillas.

– Es malo no querer saber.

– Es bueno huir de los sobresaltos.

Se reían las dos: Matilde con una risa feliz; Dana con una risa apenas recuperada, que le parecía aprender de nuevo, como si fuera un niño que tiene que empezar los ciclos de la vida.

La luz se desvanecía y la ventana mostraba un panorama de sepias y grises. Las butacas tenían fundas con un estampado de flores. Como las habían lavado muchas veces, habían ido diluyéndose. Primero los pétalos, después las hojas, finalmente los tallos. Tenían la apariencia de querer huir, de escaparse de los cojines y de las telas. Una voluntad alada que nunca se haría realidad. Lo pensaba alguna vez. Las flores estaban condenadas a desaparecer lentamente, hasta hacerse invisibles. Le recordaban su propia vida. Tantas veces había deseado confundirse con la nada, que tenía la impresión de que también ella se convertía en un ser traslúcido, a punto de esfumarse. Los muebles eran de madera, con alguna carcoma insistente. Nadie prestaba demasiada atención. En el suelo, una alfombra desgastada por muchos pasos. La mesita de la televisión donde alguna señora miraba la telenovela de la tarde. Un ramo de flores en la ventana. Cuando hacía frío, encendían una estufa de butano que caldeaba el ambiente. Matilde, que era muy friolera, se acurrucaba debajo de una manta. Pasaron los días y las semanas. Fue un tiempo especial, mientras ella se esforzaba por detener el curso de una vida que continuaba rodando.

Matilde mató al primer marido muchas veces. Lo pensaba de noche, en la placidez del sueño. Se le dibujaba una dulce sonrisa que nadie le había visto antes. Se perdía en un paraíso de sensaciones inexplicables que, en la vida, tenía que ahogar, pero que surgían como un torrente impetuoso cuando cerraba los ojos. Eran el sentimiento de rabia, el deseo de venganza, las ganas de hacer desaparecer al otro por siempre jamás. Los sueños actuaban como una pantalla de cine que multiplica las imágenes. Del mismo modo permitían enfocar sus percepciones con precisión, agrandarlas, dotarlas de fuerza y de relieve; aumentadas, exageradas por el poder de la mente, incluso ella misma era capaz de relativizarlas.

– ¿Qué importancia tiene, en el fondo, que nunca se ocupe de lo que a mí me gusta, que no se interese por lo que yo pueda desear? En realidad, no me gustaría en absoluto tener que contárselo.

Se repetía que los sueños son el consuelo de las mujeres desventuradas, y deseaba de nuevo que llegara la noche.

Matilde movía la melena y sonreía con frecuencia. Era menuda, ágil, con el cuerpo acostumbrado al trabajo. Se dedicaba a servir bocadillos en un bar de mala muerte, donde los clientes eran hombres cansados de vivir; hombres que se parecían al suyo. Se le dibujaban varices de un azul incipiente en las piernas. Había pasado demasiadas horas de pie tras la barra y la sangre trazaba senderos por sus piernas, capricho de una vida poco fácil. El propietario del bar le decía obscenidades. Si tenía ocasión, intentaba manosearle las nalgas con su mano de oso. Ella lo consentía, sin oponer demasiada resistencia. Era como si no estuviera allí, en aquel diminuto antro que le recortaba el pensamiento. El mostrador no dejaba espacio para demasiadas posibilidades de salvación. En distancias tan cortas, la única opción era imaginarse que otra mujer ocupaba su lugar, que otro culo recibía los pellizcos, que unos oídos distintos escuchaban palabras que no quería oír.

Cuando llegaba a casa, estaba agotada. Le dolían las piernas, pero también el corazón, un punto que hay entre el pecho izquierdo y las costillas, que late con vida propia. Se duchaba con mucho jabón, porque quería quitarse los olores del bar: la fetidez de aceite refrito, de tabaco, de posos de café en el fondo de las tazas. Quería liberarse del tufo que desprendían las axilas del patrono, del aliento amargo. Hay olores que cuesta hacer desaparecer. Quedan fijados en la piel durante muchas horas, hasta que el agua, el jabón y la paciencia hacen que pierdan intensidad. Aun entonces perduran en el pensamiento. En realidad, sustituía un olor por otro. En casa, encontraba el rastro del marido. Estaba en el sofá, en la cocina, en las sábanas. «No hay remedio -pensaba-, vivo prisionera.»

Durante el sueño, agarraba un estilete de punta fina. Lo compró en el rastrillo y le aseguraron que había causado la muerte a un conde que tenía el alma negra. En el último momento de su vida lo elevaba de categoría. Como estaba convencida de que su marido no tenía alma, pensaba que, en el fondo, le hacía un favor asesinándole con aquel instrumento especial, en una inmerecida manifestación de respeto. Al fin y al cabo, no le mataba como a un cerdo, sino como a un conde de alma oscura. Tendría que agradecérselo. El secreto consistía en mantener el pulso firme. Tenía que apretar el arma en el puño y calcular con precisión el golpe justo. Ni la incertidumbre, la debilidad o la duda tenían que interferir. Concentraba los sentidos en la acción. Presionaba con todas sus fuerzas, porque aquel hombre tenía un cuerpo como un armario de tres puertas. La sangre le mojaba la mano. Casi como un hilo, porque la herida era profunda y afilada. Sentía que la liberación la invadía. En el momento en que el olor a sangre se adueñaba de la habitación, los demás olores desaparecían. Matilde se dormía con una sonrisa de adolescente ilusionada, como si tuviera quince años y hubiera asistido a una fiesta. Era la expresión de una mujer que estrena vestido para ir al baile, cuando todavía no sabe que pasarán los años y querrá matar al hombre que la invita a bailar, que la abraza en mitad de la pista. Se dormía feliz, mientras el marido se preguntaba en quién estaría pensando, acostada a su lado pero tan lejana en realidad. Ella se revolvía entre los brazos del adolescente que él había sido en otra vida. Mucho tiempo después, acariciaba la hoja de un estilete con el dedo.

En el mercado se sentía la reina del mundo. Iba todas las semanas, con la cesta vacía. Regresaba de forma distinta a como había llegado: cargada con frutas, verduras y pescado, y con las rodillas que le Saqueaban. Le gustaba porque era un universo de colores, un paréntesis que rompía la monotonía de la existencia diaria, aquel reducto de grises que era vivir con el marido, soportar el peso de su indiferencia. «Lo único que le interesa de mí es mi entrepierna», pensaba con aquella capacidad de sorna que la había caracterizado desde siempre. Antes de pararse en el puesto de venta de María, observaba el panorama del mercado. Era una visión espléndida de tonalidades definidas, rotundas. Tenía aquella precisión de colores y formas que no admiten vacilaciones. Respiraba hondo. Así le habría gustado la vida: como un día luminoso. Avanzaba entre las vendedoras, saludándolas por su nombre, mientras intercambiaba un comentario o una sonrisa. Se paraba frente a un cesto de tomates o de melones. Los husmeaba, manoseaba las formas generosas, los sopesaba. Le gustaba imaginarse la pulpa de las fresas deshaciéndose en la boca, el sabor de la alcachofa, oler el aroma de las setas, que era una mezcla de hierba y tierra. Se arremangaba las mangas de la blusa y sentía el calor del sol, cuando le quemaba los brazos. Echaba la cabeza hacia atrás, para que la frente captara la intensidad de aquel ardor.

El puesto de venta de María no era diferente de todos los demás. Tenía la perfección de los bodegones, pero también el desorden de los barcos que van a la deriva. Se mezclaban las sandías, las peras, las ciruelas, las uvas. Hacía años que eran amigas. Compartían una complicidad que invita a entenderse con un gesto casi imperceptible. María estaba casada y amaba a su marido. Era un afecto sencillo, sin grandes complicaciones, nada grandilocuente, que sólo era capaz de expresar en los fogones de la cocina cuando le hacía un buen arroz, cuando escuchaba sus quejas, cuando se abría de piernas y acogía el cuerpo dentro de su cuerpo, con una sensación de ternura que no habría sabido describir. María no entendía a Matilde; Matilde tampoco entendía a María. Le costaba aceptar la resignación, la calma constante, la felicidad hecha de pequeñeces a pesar del otro. Habían crecido juntas en un pequeño barrio de la misma ciudad. La gente tendía la ropa en los balcones y en las azoteas. El aire siempre olía a jabón. Cuando soplaba la brisa, el aroma de la comida recién hecha salía por las ventanas de las casas. Se juntaban fragancias conocidas. Era una mezcla extraña. Quienes vivían allí se acostumbraron. Cuando María se casó con un hombre que era labrador, se marchó del barrio. Dejó atrás las voces de siempre, los rincones de la niñez, aquellos horizontes minúsculos que habían compartido. Se encontraban en el mercado, donde ella acudía a vender. Una tenía el pelo castaño, deseos que no concordaban con la vida que le tocaba vivir. La otra era alta, sonreía con cada sonrisa del marido, le hablaba de preocupaciones poco importantes, hasta que se daba cuenta de que se había dormido. Matilde le decía:

– He vuelto a soñar que le mataba.

– ¡Jesús, María y José, me aterroriza escucharte!

– ¿Qué puedo hacer? Debe de ser el maldito estilete que me vendió aquel hombre cojo. Quién sabe si lo encantó.

– No vuelvas a hacerlo. ¿Me oyes? Eso no puede ser bueno. ¿Cómo puedes tener esos sueños?

– ¿Desde cuándo se eligen los sueños, María? No se eligen ni la vida ni los sueños. Tendrías que saberlo.

– La vida viene como viene, pero siempre tiene cosas buenas. Sólo hace falta abrir los ojos. Los sueños… los sueños, si es preciso, no se cuentan.

– Gracias, mujer. ¿Prefieres que no te hable de ello?

– No. Quiero decir que, quizá, si vives como si no lo soñases, si no piensas en ello constantemente, llegarás a liberarte.

– No sé acallar los pensamientos. Tampoco sé transformar los sueños. Por cierto, ¿son buenos estos melones?

– Son dulces. Se deshacen en la boca.

– ¿Por qué te lo pregunto? Siempre me contestas lo mismo.

– Es la verdad.

No querían empezar discusiones inútiles. María, que era menos impulsiva, procuraba cambiar de tema cuando los ojos de la otra se apagaban. Se conocían demasiado como para perderse en un entresijo de palabras que no las llevaba a ninguna parte. María le hablaba del mundo del mercado. En aquel espacio se sucedían historias de intriga, de lejanías y de reconciliaciones. Entre el morado de las berenjenas, el amarillo de los limones y el anaranjado de las calabazas, surgían otros colores todavía más intensos: el negro de antiguas rivalidades, el verde envidia, el grana del odio. Sabía que la enamoraban aquellas tonalidades reales que saltaban ante los ojos para ser capturadas.

Pasaron los años. Matilde intentó trasladar toda aquella gama de colores a la habitación de la pensión. Del mercado a las paredes que no le pertenecían, aunque las sintiera muy próximas. Los espacios que más había querido no fueron suyos. Los ocupaba tranquila. Como siempre había vivido en casas invadidas por el gris, transformó un lugar de dimensiones reducidas en un arco iris. Puso cortinas celestes, colocó una alfombra estampada con ramos de rosas blancas. Encima de la mesita había una lámpara dorada. La butaca estaba forrada con una tela de un azul intenso. Estaba satisfecha de un espacio que había sabido construir a su medida. Invitaba a poca gente a visitarla. Acudía Dana, con quien estableció una complicidad hecha de sobreentendidos.

El primer marido de Matilde se llamaba Joaquín. Era alto y gordo. Por la noche ocupaba casi toda la cama. A la mujer le dejaba un espacio muy pequeño en el que tuvo que aprender a acurrucarse. Durante años, cuando ya dormía sola, continuó en la misma postura, como si no se atreviera a invadir un territorio extraño. Los hábitos son difíciles de vencer; se había acostumbrado a un espacio exiguo, y a él adaptó el cuerpo. Era un hombre desordenado. Ella dedicaba tiempo en recoger calcetines, calzoncillos, camisetas. Se preguntaba cuántos minutos había perdido. Si hubiera sido capaz de sumarlos, seguro que el resultado sería de incontables horas; horas que podría haber ganado contemplando el mar, o los colores del mercado, o la vida.

Joaquín se levantaba temprano. Era hombre de pocas palabras, porque solía despertarse de mal humor. Desayunaba y se iba sin despedirse. Un gruñido desde el umbral de la puerta. Al principio, ella se esforzaba en atribuirles un significado. Pensaba: «Debe de querer decir "adiós, querida", "volveré tarde, no te preocupes", "que tengas un buen día".» Imaginarlo la ponía de buen humor. Pronto descubrió que no querían decir nada, que eran sonidos guturales que existían al margen de ella, muy lejanos. Él trabajaba en una empresa de construcción y llegaba con la ropa manchada, las uñas ennegrecidas. Volvía hambriento; podría haberse comido una docena de bueyes y siete bandejas de lechuga. Devoraba la cena que encontraba en la mesa puesta con servilletas blancas. Comía con deleite, sin preguntas, sin decirle qué había hecho ni qué había pensado. Sólo bostezaba. Cuando regresaba a casa, era un hombre sin palabras. «Como no tiene demasiadas -pensaba ella-, debe de haberlas perdido por el café.»

Los vecinos decían de él que era una buena persona, siempre dispuesto a hacerles un favor. Ella nunca los contradecía, pero se preguntaba qué había hecho para merecer tantos silencios. No hablaba; no preguntaba. Se limitaba a respirar a su lado, a roncar en la cama, a llenar el suelo del baño de agua que ella recogía con una fregona. El agua era de color marrón; un proceso de transformación que seguía atenta: de la transparencia a la opacidad. A medida que el suelo quedaba limpio, el agua se enturbiaba. Matilde miraba aquel fondo oscuro y pensaba que le gustaría servirle una copa a Joaquín, durante la cena.

Organizaban un baile en el barrio donde había nacido. En un campo, detrás de la iglesia, donde los hombres jugaban a la petanca. Lo celebraban todos los años en San Juan, la noche más larga, cuando se huele el verano. María y Matilde tenían quince años. Se habían pintado los labios, llevaban la melena suelta. Cuando se miraban, se reían sin motivo alguno, porque sí, porque les apetecía. Eran carcajadas transparentes, que el aire del atardecer hacía volar.

Veían la fiesta con unos ojos distintos. Hacía semanas que se habían dado cuenta del cambio: los chicos que conocían ya no eran los mismos. Actuaban de forma diferente. Cuando cruzaban la calle, cuando se sentaban en un banco de la plaza, cuando se asomaban a la ventana, se sentían observadas. Las miradas tenían poderes transformadores, eran un filtro mágico que les cambiaba la vida. Desde que se sabían contempladas, sus cuerpos habían adquirido protagonismo. Matilde se estiraba el jersey, para que le marcara la forma de los pechos. Caminaba con la espalda erguida, la sonrisa provocadora. María, a pesar de su timidez, se dejaba contagiar por el entusiasmo. Cuando se sentaba, los pliegues de la falda se recogían en el inicio de los muslos. Se asomaba la redondez de las rodillas adolescentes, que eran una mezcla de huesos y de luna. Resultaba increíble el poder de unos ojos. Las miradas de los jóvenes renovaban las actitudes de ellas. Despertaban la conciencia del cuerpo, las ganas de vivir. Estimulaban un instinto muy esencial que no habrían sabido describir, pero que se concretaba en desazones. Se movían con cierta agitación nerviosa, respiraban de prisa, hablaban mucho. Los días eran largos; la luz permitía estar en la calle. Cuando regresaban a casa, se observaban como quien mira a alguien desconocido.

En el baile de San Juan, Matilde conoció a Joaquín. Ella llevaba un vestido que le marcaba la cintura. Él era rubio, con los ojos de un verde que parecía irreal. Sonaba una música de orquestina. Las parejas se abrazaban entre un corro de mujeres que andaban, perdidas. Estaban las madres, las abuelas, las vecinas. Los hombres permanecían sentados al mostrador de un improvisado bar donde se servían cervezas. Se abrazaron. Primero con miedo: la poca habilidad de los brazos que toman el cuerpo del otro sin saber. Las manos que ciñen la cintura de ella, mientras la aproximan; los brazos que rodean, indecisos, el cuello de él. Olían a colonia barata. Matilde quizá demasiado. Pese a aquellos perfumes inadecuados, se imponía la curva del cuello, el inicio de la espalda. Giraban con la música: una vuelta y otra; otra más. El mundo entero detenido, para que bailaran.

Compró el estilete en un mercadillo veinte años después. Se lo vendió un hombre cojo, que escupía en el suelo y decía palabras malsonantes. Fueron al grano. Le preguntó cuánto quería, le dio el dinero. No regateó ni por una de las monedas que fueron a parar al bolsillo de él, a la chaqueta deshilachada. Colgaba de ella un botón. Si no hubiera tenido tanta prisa por marcharse, se habría ofrecido para cosérselo. Se fue con paso firme, sin mirar atrás. Se sentía aliviada. El puñal en la cesta, las manos apretando con fuerza el asa, el ánimo recobrado. No fue un acto de locura, ni un mal momento. Estaba segura. Lo había pensado mucho, hasta que se decidió.

La pista de baile no existía para aquellos dos adolescentes que fueron. No había gente, ni casas. Tan sólo una necesidad inmensa del otro: ganas de olerle, de tocarle la piel. Se hablaban al oído. El le preguntó cómo se llamaba; ella quiso saber dónde vivía. Joaquín había ido al baile en una moto pintada de rojo. Con un gesto, señaló el lugar donde la había aparcado. Matilde se sintió absurdamente orgullosa; satisfecha de él y de la moto, como si fueran dos conquistas que llegan a la vez. Giraban abrazados con el sonido de la música. Los brazos se apretaron sin disimulo a la cintura; las manos se perdieron entre sus cabellos. No se atrevieron a besarse, pero lo desearon tanto que fue el mejor beso.

Soñaba que le mataba. El arma en la mano, toda la fuerza para asestar el golpe. Por la mañana, nunca tenía el ánimo apesadumbrado. Acaso sentía algo que, remotamente, se parecía a la tristeza. En el baile del barrio, también hubo un punto de dolor; aquel que nace del deseo que no se puede calmar, la sensación de que se asomaban a un abismo. Daban vueltas en un espacio adornado con guirnaldas de papel. Años después, Matilde se revolvía entre las sábanas, la frente sudorosa por la pesadez del sueño. Hay sueños que son como un cuerpo muerto que se nos cae encima. En el abrazo de la fiesta, ella le sonrió con el corazón en los labios. Por la noche, en la cama de matrimonio, su boca se endulzaba con el sabor de la sangre.

IV

El agua de la ducha se desliza por su cuerpo. El peso de los cabellos mojados hace que incline la cabeza hacia atrás, en una curva que se prolonga hasta la cintura. El espejo cubre toda la pared, el vaho lo empaña poco a poco. La puerta, que ha dejado entreabierta, da a un pasillo. El ambiente es una mezcla de calor y de humedad. Le gusta que el agua casi le queme la piel, inventarse la sensación artificiosa de haber robado el sol.

Un pequeño ruido, casi imperceptible, le delata. Sabe que ha llegado: la llave en la cerradura, los pasos de quien recorre un camino conocido. Tiene una sonrisa en los labios, mientras la espía. Sentirse observada la transforma. Tensa el cuerpo con gracia, separa los cabellos del rostro, e intenta verle también. A través de los ojos medio ocultos bajo restos de jabón, puede intuirle. Vislumbra una presencia en el espacio que, hasta hace pocos minutos, sólo le pertenecía a ella. Primero, le ve a través del espejo. Se dibujan las formas casi diluidas de un cuerpo. Por un instante, la imaginación se dispara. Surge el inoportuno interrogante: «¿Y si no es él, y si fuera el otro?» El otro que regresa como lo hacen los viejos fantasmas, entre una opacidad de nubes bajas, de tierras mojadas, de cuerpos. Se difumina el contorno del rostro, las facciones pierden precisión, los ojos tan sólo se adivinan. Del mismo modo que permite que el agua le limpie el cuerpo, querría que le ahuyentara los pensamientos. Las ideas pueden ser como sábanas colgadas en una cuerda en la azotea: si sopla el aire, adoptan formas que se alejan.

Gabriele regresa con la sonrisa que ella ha aprendido a querer. Está hecho de certezas. Los ojos se le entornan cuando la mira. Son rayas minúsculas llenas de luz. Inevitablemente, Dana sonríe también. Es un contagio espontáneo, que se produce cuando se encuentran. Sin decir palabra, se quita los zapatos, los pantalones, la camisa. Ella le hace un gesto con la mano, una invitación para compartir la ducha. Su piel, empapada, parece hecha de otra materia: húmeda como las serpientes, cálida por la sangre que corre por las venas, por el chorro que desprende espirales de vapor. Ella descubre que tiene los dedos rugosos, como si el contacto prolongado con el agua los hubiera envejecido de pronto. Cada dedo recorre la espalda de él. Le cubre con un gel que huele a verano. Resulta algo irreal, ahora que se imaginan la lluvia en las calles. Llueve fuera, mientras el agua cae sobre sus cuerpos. Con la mano abierta dibuja círculos en su espalda, en las nalgas. Se abrazan. Cuando se besan, tienen los labios turgentes. No saben si por la lluvia o por el deseo.

Dana le da la espalda. Apoya las manos en las baldosas de la pared. Tiene que abrirlas, mientras dobla la cintura. No resulta fácil mantener el equilibrio entre el plato de la ducha y el cuerpo del hombre. Nota el peso y se inclina todavía más, transformada en un animal que espera el ataque del sexo del otro. Cuando la penetra, siente una punzada de dolor. Es un dolor grato, una sensación contradictoria en la que se mezcla el placer y la dureza. Ella se retuerce como si intentara abandonar la naturaleza humana y transformarse en un animal que vibra en cada embestida, que palpita en cada abrazo. Siente que la toman todos los vientos, que se la lleva la lluvia.

Gabriele la envuelve en una toalla. Tiene un tacto áspero y una calidez que invita a arroparse en ella. Los cabellos le cubren medio rostro y tiembla ligeramente, después del amor. Acurrucados en el sofá, uno frente al otro, toman una taza de café. Como en ese piso no hay relojes, ignoran qué hora es. Han perdido la noción del tiempo. Los invade un sentimiento de reencuentro que siempre es grato. Ella querría decirle que le ha echado de menos, que deseaba que estuviera en casa, que se ha sentido sola. Pero no se lo dice. Nunca le describe las sensaciones que él le transmite. Calla, como si le diera vergüenza confesar que le ama, manifestar una dependencia que no sabría explicar. «Lo sabe», se dice. Sobran las palabras. Le mira con ternura, mientras Gabriele la contempla en silencio, esperando esas palabras que calla. «Las frases que no se pronuncian siempre quedan escritas en algún lugar -piensa-. Aunque sea en la memoria de aquel que no se atrevió a pronunciarlas.»

Suena el timbre de la puerta. Es un sonido prolongado, sin intermitencias, que hace que ella salte del sofá y se ciña un albornoz a la cintura, mientras con una mano se aparta el pelo todavía húmedo de la cara. Gabriele actúa sin precipitarse: se pone unos pantalones anchos y una camisa de lino. Va descalzo, porque le gusta la sensación del suelo en los pies desnudos. Se mueve entre el pasillo y la habitación, mientras Dana abre. Los dos saben a quién encontrarán en el umbral. No han manifestado ninguna sorpresa, hecho que evidencia la complicidad que los une; aquel saber entenderse en la cotidianidad, la intuición compartida, las mismas reacciones de quienes se han acostumbrado a vivir cerca. Se han mirado de reojo, han hecho un gesto de desidia o de sonrisa que se adivina sólo en el fondo de los ojos. Cada uno intuye que el otro nunca es completamente sincero, que, en cualquier manifestación espontánea, hay un poco de disimulo, de artificio. No querrían que fuera de otro modo, precisamente porque han aprendido a respetarse todos los silencios.

Él se sirve un whisky sin hielo en un vaso ancho. Prepara la bebida, mientras le llegan voces desde el recibidor, que ella pintó de verde manzana, un día que estaba triste, cuando todavía no se habían encontrado, cuando no existían el uno para el otro, ni ellos ni sus nombres, ni sus historias, cuando sólo existía el recuerdo de la pensión, las conversaciones con Matilde. La voz de Dana avanza como en un eco. Él adivina una pizca de forzada jovialidad, un tono demasiado estridente, que se eleva como si se multiplicara por una caja de resonancia. Quiere parecer contenta, piensa. Pero no lo está demasiado. No debe de haber tenido un buen día.

Todavía lleva el cansancio del aeropuerto reflejado en el rostro. Debe de haberse pasado allí muchas horas, porque el vuelo llevaba retraso. Se ha acostumbrado a esas largas permanencias en las salas de espera en un espacio entre dos ciudades. Con un gesto, aleja los ruidos, las presencias. Cuando vuelve, siempre se propone dejar de lado esa sensación de ida y vuelta que forma parte de su vida, que le da aires de permanente provisionalidad, que le provoca un cierto rechazo y que a la vez le atrae, porque no sabría prescindir de ella. Mira los muebles de la habitación, objetos concretos que recuerda perfectamente de memoria, y suspira.

Marcos y Antonia irrumpen en la sala como si quisieran llenarla de palabras. Son dos presencias contundentes, acostumbradas a captar la atención de los demás. Hay personas que tienen la solidez de los edificios construidos de prisa. Parecen torres de adobe, que se llevaría cualquier vendaval. Entran con la naturalidad de quienes conocen el terreno que pisan, sin distraerse en observar los objetos. Han dibujado una sonrisa que les cambia la expresión. Las sonrisas modifican los rostros de distinta forma. Marcos quiere ser pícaro, pero resulta simpático. Antonia intenta tener un aire dulce, pero el resultado no es exactamente el que ella querría. La suavidad no encuentra lugar en el rostro de marcadas facciones, de pómulos prominentes, de labios finos. Hablan en voz alta, como si se dirigieran a un numeroso auditorio, mientras Gabriele les ofrece una copa.

Entre Antonia y Marcos se establece un combate de palabras. Cada uno intenta vencer al otro en agilidad en las frases, rapidez en la respuesta, ingenio y gracia. Es una curiosa pareja, que basa la relación en una extraña carrera que nunca acaba. ¿Quién será más ocurrente, quién dejará al otro boquiabierto? Dana está convencida de que, en el fondo, se trata de un agotador juego de seducción. Como pretenden sorprenderse mutuamente, siempre están al acecho. No conocen la tregua. Gabriele cree que son estúpidos. No le inspiran una clara antipatía, pero tampoco se fía de ellos por completo. Hace tanto que se conocen, que sería inútil intentar cambiarlos. «Cambiar a los demás nunca ha sido un buen invento», piensa, mientras observa cómo gesticulan. De pronto, se ríe.

– Podríamos escribir un diccionario de gestos sólo con entretenernos en miraros -dice.

– Siempre hemos sido gente expresiva -salta Antonia-. ¿No será un defecto? ¿O piensas que gesticular me puede hacer parecer demasiado… ordinaria?

– De ninguna manera, querida. -Gabriele la mira a los ojos-. Tú nunca serás ordinaria.

– Dana nos comentó que volvías hoy -interviene Marcos, incapaz de quedar demasiado tiempo fuera de la escena-. Insistió en que viniéramos a cenar con vosotros.

– «¡Anda!», le dije yo -replica Antonia con voz de simulada indignación-, «ya llevaremos nosotros algo». He traído queso y vino francés, pensando que os apetecería.

– No tenías que haberte tomado la molestia. He preparado unas ensaladas.

– ¡Magnífico! Buen vino, buena comida, y mejor compañía.

Marcos parece encantado de la vida, de haberse conocido, de encontrarse en aquel salón con sus amigos. Sonríe a diestra y siniestra, como si fuera el único actor en un escenario, en una sala llena de focos que centran en él la atención del público. Es un hombre atractivo, que conoce la seducción que esconde su sonrisa, la forma de mirar con los párpados entornados, ocultando a medias los ojos; unos ojos que Dana conoce sin todos los disfraces que ha adquirido con los años, con lo que le ha dado la vida.

Cuando se instaló en la casa, él vivía en el piso de enfrente: puerta con puerta, un hombre y una mujer solos. Sin embargo, no hubo ni una de aquellas largas noches de invierno, cuando él leía un libro junto a la chimenea, en que se le ocurriera llamar a su puerta para pedirle algo de sal. En aquella época, Marcos devoraba antiguas películas de vídeo en blanco y negro, secuencias llenas de sombras que entonaban con los claroscuros de la escalera. Nunca habría pensado visitar a la vecina con una excusa. ¿Podría haberle dicho, por ejemplo, que era un experto en bricolaje, que podía ayudarla a colgar un cuadro, a clavar las estanterías o a ajustar el grifo del lavabo? En realidad, no era cierto: los tópicos no funcionarían. El hombre tenía serias dificultades para utilizar un martillo y nunca se decidía a colgar las cortinas del comedor.

Cuando se encontraban por la escalera, se saludaban con una sonrisa que no significaba casi nada. Quería decir que tenían prisa, un deseo de huida inexplicable, pocas palabras para compartir, secretos que se callan. Decían algunas frases sobre el tiempo, si el cielo estaba nublado, o si el sol resplandecía. Él le cedía el paso con un gesto de la mano, ella se despedía con otro gesto, a menudo ligero como un soplo de aire. Pasaron meses sin saber sus nombres. Cada uno de ellos ocupaba un lugar minúsculo, casi inexistente, en el pensamiento del otro. Habían hecho las respectivas mudanzas con pocas semanas de diferencia. Ella llegó cargada de paquetes, de cajas que se apresuraba a abrir, decidida a restablecer el orden en las cosas. Era escrupulosa para colocar cada objeto en su lugar: los extremos de las toallas tenían que estar doblados con exactitud, los zapatos ordenados en línea recta, los jerséis apilados en los cajones. Como no era capaz de dominar el caos en que se había convertido su vida, se esforzaba por mantener pulcra la apariencia del piso. Si no podía controlar el universo, por lo menos controlaría los armarios. Una decisión ridícula, si se paraba a pensarla en frío, pero tranquilizadora. ¿Qué importaba -se decía- si el modo en que encontraba ella la calma era una estupidez? No le importaba en absoluto, sobre todo porque no pensaba contárselo a nadie. Matilde, que intuía su casi desesperado afán de armonía, le ayudaba a desembalar cajas, a deshacer paquetes, a abrir maletas.

Al mismo tiempo, como en un juego de contrastes que se producía a pocos metros de distancia, sin que sus protagonistas lo sospecharan, Marcos acumulaba cofres, arquetas y estuches. Le daba una pereza infinita tener que recuperar todo un arsenal de objetos que, inevitablemente, le recordarían tiempos que quería borrar. Sabía que el pasado puede aparecer en cualquier bagatela. Las horas vividas se materializan en los objetos insignificantes, en aquellas cosas pequeñas que llevan el lastre de una historia. Se habituó a utilizar las cajas como sillas, a sacar la ropa estrictamente necesaria, a estar rodeado de libros que se amontonaban en formas diversas según sus necesidades: podían hacer las veces de la mesa del comedor, ocultos bajo un tapete azul; o transformarse en un taburete desde donde él se situaba en posición estratégica para mirar las estrellas o las farolas de la calle, tras los cristales de la ventana; o convertirse en una improvisada escalera que le servía para ajustar la bombilla del salón, siempre de luminosidad oscilante. Durante meses, vivieron existencias paralelas y opuestas. Cada uno intentaba adaptarse al nuevo espacio, hacerse un rincón. Ella abría los armarios y observaba, satisfecha, la distribución milimétrica de la ropa. Marcos no podía dar dos pasos sin tropezar con un bulto inoportuno. Intentaban reconstruir la vida, como quien llega a puerto después de un naufragio.

El tiempo transcurría lentamente. Cuando en la vida hay un cambio de espacio o de intenciones, el ritmo del mundo se para. Acostumbrarse a nuevos hábitos, aprender a crearlos, exige un esmero especial que absorbe la atención. También es una forma de canalizar los esfuerzos, de dirigir los pensamientos y alejar los fantasmas que todavía pululan, sumergiéndonos en el reino de la insensatez. Dana tuvo que aprender cosas sencillas, como el recorrido guiado por la inercia desde la calle hasta su piso. Aspectos aparentemente nada importantes de la cotidianeidad: «¿Dónde están los enchufes en esta casa?» o «¿Qué pinta una columna justo en medio del comedor?». Adaptarse suponía actuar de una forma diferente de la de la pensión, donde todo tenía un aire de provisionalidad. Ahora, un mundo real, aún por construir, sustituía la falta de concreción que había sido su refugio. Mientras pensamos que una situación es transitoria, no se necesitan esfuerzos. Es suficiente dejarse llevar por el presente: ¿qué importa, si no nos gusta el papel de las paredes o sabemos que, entre aquellas sábanas, han dormido otros muchos cuerpos? Estamos, pero no por completo, medio perdidos en un lugar extraño.

Para Marcos, el proceso de reconciliación con la nueva casa fue más rápido. No consideraba necesario entretenerse demasiado ni gastar un exceso de energía. El no había vivido aquel paréntesis que había supuesto la pensión: pasaba de vivir una historia a iniciar otra, casi sin haberlo elegido. Se trasladaba de un piso donde había sido feliz a otro piso que no buscó con interés, que le encontraron unos amigos en un intento de ayudarle a poner tierra por medio, a recorrer aquella distancia que es un bálsamo, cuando la herida no tiene remedio porque es muy profunda; un ungüento que no cura, pero calma.

Los dos padecían mal de amores, pero no lo vivían del mismo modo. Cada historia es un largo camino que sólo conoce quien ha tenido que recorrerlo. Debía de ser la única coincidencia en aquellas dos vidas tan distintas, que transcurrían próximas sólo por casualidad.

Antonia cruza las piernas con la expresa lentitud de quien hace un gesto a conciencia. Con el movimiento, la falda sube unos centímetros, la medida justa para que el inicio de los muslos quede desnudo. Lleva un jersey de lana que le deja al descubierto los hombros, los cabellos cortos, la expresión provocativa en los ojos. Es una mujer que nunca se relaja por completo, como si viviera en un permanente estado de alerta. Dana cree que debe de ser incómodo vivir así, siempre temiendo el ataque de algún ser irreal, de una aparición inoportuna, de quien se siente a su lado. Gabriele ni la mira. Marcos la contempla de reojo, con una expresión que es una mezcla de impotencia y de desazón. Mientras Gabriele les sirve las bebidas, Dana ha sustituido el albornoz por un vestido de punto negro que se ciñe a su cuerpo. Se ha recogido la melena de prisa y el resultado es un desorden de cabellos que caen con gracia, mientras le enmarcan el óvalo del rostro. Bebe Bombay con tónica. Gabriele y Antonia se han apuntado al whisky. El ambiente es distendido.

La escena, representada mil veces, esa noche es diferente. Ninguno de ellos sabría decir por qué. Es como si una función de éxito, que ha llenado el teatro, noche tras noche, que aparece en todas las carteleras con magníficas críticas, de pronto fuese distinta. Diferente de golpe, sin avisos, para sorpresa del público y de los mismos actores. Esta noche, la representación no seguirá los cánones establecidos: se saltará las pausas, incorporará fragmentos inéditos en la voz de quienes la representan, aparecerán inesperados silencios. Dana lo intuye y se pregunta qué pasa. Tiene una sensación que no se atreve a expresar, porque compartirla con los demás significaría concretarla. Gabriele está demasiado cansado para hacerse preguntas. El aeropuerto tiene el efecto de adormecer los pensamientos; es una especie de sedante que actúa con eficacia. Marcos no se da cuenta de nada, demasiado ocupado en encender un pitillo, para inhalar rarezas. Una sutil tensión flota en la sala, a pesar de los quesos franceses, la falda de Antonia, la buena voluntad de Marcos o de Gabriele. Dana se da cuenta pero calla, decidida a intentar reconducir la función por los caminos conocidos.

Un día, por casualidad, él pensó que aquella chica tenía una mirada líquida, unos ojos que eran una mezcla de miel y de amarillo, que podían parecer inquietos, porque nunca se paraban demasiado tiempo en un punto, huidizos. Se escapaban siempre, apresurados. En otra ocasión, ella se fijó en su aspecto de hombre desaliñado. Desde que vivía solo, Marcos llevaba barba de tres días y ropa gastada: chaquetas anchas que el uso había deformado, pantalones de pana. Los dos empezaron a descubrirse poco a poco, con aquella lentitud de encontrarse con alguien y pararse a reconocerle. La tristeza pone vendas en los ojos y nos impide ver lo que nos rodea; nos aísla del mundo. Por eso regresar resultaba tan difícil.

Las frases iniciales se hicieron tímidamente más largas; de la misma forma que toma fuerza un cuerpo demasiado débil todavía, como el niño que no ha aprendido a levantar la cabeza del pecho de la madre, sus conversaciones eran indecisas, temerosas. Un atardecer, ella le preguntó la hora. Al día siguiente, él le ofreció un trozo de pizza que había comprado para cenar. Pocos días después le recomendó una película que acababa de ver, en un cine del barrio. Eran conversaciones balbuceantes, fragmentadas, hechas de paréntesis, porque las penas vividas no sólo se graban en los rostros, sino que nos marcan el tono de la voz.

Una noche de enjuta luna, Marcos volvía a casa. La oscuridad había ganado terreno a la luz, que retrocedía, indecisa. Otra luz se imponía a las sombras: la de las farolas de la calle, que se filtraba a través de la claraboya. Subía los peldaños con la calma de los que no tienen a nadie que los espere. Estaba tranquilo, adormecidos los sentimientos por el frío. En el pasillo, algunos metros más allá de la puerta de su casa, descubrió un bulto que le costó identificar. Era un cuerpo sentado en el suelo, acurrucado sobre sí mismo, con las rodillas dobladas, los brazos cruzados entre los cuales escondía la cabeza, la espalda arqueada. Era la vecina que tenía la mirada líquida como un diminuto río, amarilla como el sol del otoño. Estaba inmóvil. Sólo un leve temblor en la espalda indicaba su presencia. Él también se quedó quieto, indeciso entre la opción de pasar de largo o decirle algunas palabras que le ayudaran a regresar de donde estaba. El dolor de los demás siempre nos da algo de vergüenza. Estamos demasiado acostumbrados a enmascarar las emociones, a vivir en entornos donde todo el mundo las disfraza. Marcos se arrodilló hasta situarse a su altura, mientras cogía su mano entre las suyas. Dana levantó los ojos que estaban hechos de agua y de amarillo. Él se atrevió a decirle:

– Ese no es un buen lugar para sentarse… ¿Te puedo ayudar?

Vio que hacía un gesto de impotencia, mientras señalaba el contenido del bolso, desperdigado por el suelo.

– No encuentro las llaves. Creo que he perdido las llaves de casa.

Articuló la frase como si quisiera expresar otra. Hablaba de las llaves, pero no lloraba por unas llaves perdidas, sino por todas aquellas cosas que se le habían escapado y que no podía contar, por la sensación de derrota.

– El portero debe de tener un duplicado. No te preocupes. ¿Te encuentras bien? ¿Quieres que te acompañe?

– ¿Adonde? No sé adonde ir, ni qué tengo que hacer. No sé nada.

– ¿Qué te pasa?

– Me dejó. Él decía que me quería. Me lo dijo hasta el último día, hasta la última hora, pero se fue. Y ahora, yo…

– ¿Tú, qué?

– Estoy muerta.

Se hizo un silencio. Ninguno de los dos pronunció ninguna palabra, hasta que ella, de pronto, retomó la conversación:

– No sé por qué te lo cuento. Apenas nos conocemos…

– Quizá has descubierto una alma gemela.

– ¿Qué quieres decir?

– Mi mujer también se fue.

– ¿Adonde?

– A ninguna parte. Se murió. Yo también me siento muerto; ella y yo. Los dos estamos muertos desde entonces. Por eso me lo cuentas, porque lo has adivinado. Las tristezas se respiran.

V

Ignacio sabe que la vida le ha sorprendido de nuevo. Tendrá que pasar la noche en el aeropuerto: largas horas por delante que verá transcurrir despacio, con la lentitud de la impaciencia. Lo ha intuido desde el primer instante, cuando la visión de la fotografía le impactó. Hay recuerdos incómodos. Tan sólo basta un gesto para ahuyentarlos. El movimiento contundente, preciso, del que aleja un mosquito que revolotea sobre su rostro. Cuando los recuerdos son dolorosos, nuestra capacidad de reacción es más limitada. ¿A quién le gusta restregarse entre ortigas, o mojar las heridas con el agua de mar? Siempre ha intentado ver la cara amable de las cosas, adaptar las situaciones de la vida a sus necesidades, a lo que, en cada momento, le resultaba más sencillo. Ha sabido construirse paraísos de felicidad artificial que no le han durado demasiado, pero que le servían para ir tirando. Ver el prisma coloreado de las situaciones, cuando nada es como querríamos. Creerse una mentira es una manera de llegar a hacerla realidad.

La fotografía de la mujer que amó en la cartera de un desconocido ha transformado el mundo. ¿Cómo puede ser tan fácil destruir una obra que hemos erigido durante años, aquella máscara de olvido y de reconciliación con el presente que nos protege de la memoria? El efecto ha sido decidir que no regresaría a Palma. Sin inmutarse, ha visto cómo la cola de los pasajeros se acortaba. Se ha hecho cada vez más pequeña, hasta que las azafatas han cerrado el vuelo. Impasible, ha observado que los demás marchaban hacia un destino que, hasta hace pocos minutos, también era el suyo. Así cambian las cosas, cuando un giro casi imperceptible del universo crea situaciones que no habríamos podido prever.

La certeza que nos acompaña cuando todo está decidido ha desaparecido. Creía que la existencia se ordenaba en una serie de secuencias lógicas, el regreso, la cena, la tertulia. De pronto, voluntariamente, ha cortado el hilo conductor que guiaba ese orden. Lo único que puede percibir es la duda. No sabe qué sucederá mañana, ni qué pasará dentro de unas horas, cuando tome el avión hacia Roma, su nuevo destino. Tras la sorpresa, ha tenido la intuición de que no volverá esa noche a la isla; de pronto, una prisa inusual se apodera de una persona de apariencia tranquila, de ademán serio. Es una desazón que no puede razonar, que no justifica nada. Ha vivido diez años en una especie de somnolencia que desaparece ante una imagen en un papel.

Contempla de nuevo el rostro de Dana. Observa el óvalo, la forma de los ojos, los labios que sonríen. ¿Por qué sonríe? Le da rabia la sonrisa que significa una vida lejos de él. Es una reacción visceral que no sabría describir, pero que siente en el estómago. Está celoso del hombre que ha visto, de ese Gabriele que estaba sentado no hace mucho frente a él. Ha leído el nombre en el documento de identidad y lo repite bajito, entre la impotencia y la sorpresa. ¿Cómo se puede odiar a alguien a quien sólo hemos visto unos minutos, con quien no hemos cruzado ni una palabra? «Hay sensaciones que no pueden describirse -piensa-, aun cuando se materializan con absoluta nitidez.» El sentimiento de posesión que nos inspiró otra persona puede reavivarse como un fuego soterrado. Contempla el rostro de ella. ¿Dónde están las huellas que ha dejado el paso del tiempo? Cuesta percibirlas: las ojeras que rodean los párpados, algunas líneas que marcan la expresión de los labios, una mirada más profunda.

En noches insomnes se ha preguntado dónde estaría. Lo que se ignora despierta interrogantes, pero no crea angustia. Hay que sentirse muy cerca de alguien para llevar una fotografía suya en la cartera; imaginarlo le hace daño. Es como si se hubiera metido en el fondo de un bolsillo que ha significado un descenso al infierno. Él no lleva ninguna fotografía de su mujer o de sus hijos; le resultaría incómodo.

El aeropuerto ha ido vaciándose de pasajeros. Embarcan los últimos, mientras está sentado en una silla con un papel entre las manos. El primer vuelo hacia Roma sale a las seis treinta de la mañana. No quiere buscar refugio en un hotel, aun cuando sería la solución más lógica. Ha tardado una década en perder la cordura, pero lo inesperado llega siempre. No quiere marcharse de un espacio que no pertenece a nadie para recluirse en una habitación impersonal donde los antiguos fantasmas desfilarán ante sus ojos. En el aeropuerto, las propias incertidumbres se mezclan con las de los demás. Aquellas que son reales (rostros de hombres y mujeres que han perdido un vuelo, que han padecido retrasos imprevistos, que han recibido una noticia que no esperaban) con aquellas que son igualmente ciertas pero que resultan ambiguas (miradas temerosas, gestos que delatan la inseguridad, sentimientos intangibles de pérdida).

Le ha hecho reaccionar el sonido del móvil en la cartera. Con un gesto decidido, como si quisiera hacer acopio de fuerza, descuelga el aparato. La voz de Marta es impaciente, pero Ignacio la percibe lejana:

– ¿Estás en Palma?

– No.

– ¡Oh, ya me lo imaginaba! ¿Hay retraso en la salida del avión?

– No.

– ¿Qué pasa? ¿Dónde estás? Hace casi una hora que deberías haber llegado. De hecho, mi hermana ya me ha llamado.

– ¿Tu hermana?

– Pero… ¿qué te pasa? Es su cumpleaños. ¿Lo has olvidado?

– Marta… -pronuncia las palabras marcando las sílabas-, no iré esta noche a casa.

– ¿No vendrás? ¿Hay algún problema? Te noto extraño.

– Me ha surgido un imprevisto. No puedo hablar, cuestiones de trabajo. He tenido que cancelar el vuelo. Me quedaré unos días más en Barcelona. Lo siento.

– No entiendo nada. ¿De qué no puedes hablar? Dame una explicación. Me parece que es lo mínimo que te puedo pedir.

– Te lo contaré mañana. Ahora no puedo decirte nada. Adiós.

– Ignacio…

Corta la llamada sin valorar la opción de improvisar una excusa razonable. No está para inventos. Su capacidad para pensar se ha concentrado en un rostro que recupera. Desconecta el móvil, antes de que vuelva a sonar. No quiere hablar con Marta. Se imagina que esa actitud le costará cara, pero ya ha pagado precios muy altos. No escuchará persuasivas voces que le recuerden deberes, obligaciones que cumplió hace diez años, cuando dejó que Dana se marchara muy lejos, hasta el bolsillo de un hombre que tiene el cabello rizado y nombre de arcángel.

Por la noche, el aeropuerto es un curioso desierto. La agitación de la jornada es sustituida por una quietud con intermitencias. Le recuerda un faro: el juego de silencios y de pasos que interrumpen ese mismo silencio. Es como la luz que dibuja círculos sobre el mar, pero que se apaga en un instante de absoluta oscuridad. Mira a su alrededor, mientras observa un nuevo paisaje. En ese lugar, sólo queda esperar a que pasen las horas. El movimiento se aquieta y todo experimenta una metamorfosis. No hay demasiada gente cerca. Son figuras inciertas que ve pasar por su lado, o que intuye hundidas en un asiento. Alguien se ha echado en un banco, estiradas las piernas y oculto el rostro. Es una situación de impasse que calma el remolino de sus pensamientos. No consigue adormecerlos por completo, porque el desasosiego le vence. Sabe que tiene que dejarse llevar por la espera, refugiarse en la sensación de que todavía no puede hacer nada, hasta que la noche sea como la luz de un faro que regresa, y se haga de día.

Han pasado las horas. Entre la lucidez y la somnolencia, permite que el espacio se llene de imágenes recuperadas. Aparecen con la precisión que tienen los viejos recuerdos cuando se los deja en libertad. Dana con su risa que era para él, cuando la vida les sonreía. Cada uno de los gestos perdidos vuelve a través de la memoria, rescata las formas del cuerpo, las palabras, el rostro. Las imágenes de la ausencia esa noche le rodean. No tiene que hacer nada para ahuyentarlas, puede dejar que le invadan por completo, abandonarse a una sensación que tiene algo de reencuentro. No hay testigos de esa reconciliación con los recuerdos. Puede permitirse la impudicia más real, olvidar las actitudes que le han permitido sobrevivir. Nunca se ha considerado un hombre que se deje llevar por la nostalgia. Tenía recursos suficientes para superar un momento de debilidad. Tras mucho tiempo, se rompen las barreras de contención; le colma el pasado.

En el baño, se lava la cara. Rectifica el nudo de la corbata, se ajusta la chaqueta y se mira al espejo. Los altavoces anuncian la salida del vuelo que le llevará a Roma. No piensa entretenerse. Ha calculado cada uno de los pasos que tiene que dar: desde el aeropuerto, un taxi que le conduzca a la dirección que ha encontrado en la cartera. Se imagina que es el domicilio del hombre que busca; tal vez también ella vive allí. El objetivo es encontrarla. Lo que suceda después forma parte de una historia que no se ha escrito todavía. No quiere entretenerse en imaginar los posibles argumentos. Predomina la necesidad de moverse, el deseo de una acción rápida que le lleve hacia Dana. Ha tenido bastante tiempo para reflexionar, años enteros para dar vueltas a un único tema: el sentimiento de haberla perdido. Se imponen las ganas de saltar escollos, de escalar montañas, de hacer proezas. Se siente un hombre distinto. «Es curioso -piensa- el poder que llega a tener un pedazo de papel encontrado por azar.»

Antes de subir al avión, ha acumulado los últimos restos de sensatez que le quedaban. Con la mente fría -inusualmente despejado tras la noche insomne-, llama a Marta. El único objetivo es ahorrarse problemas, aplazar el momento de decir la verdad. Como es un experto en el arte de la simulación, mantiene la voz firme:

– ¿Marta?

– ¿Sí? Ignacio, ¿eres tú? Creo que merezco una explicación.

– Antes que nada, tranquilízate. No tienes ningún motivo para preocuparte. Simplemente, tengo un trabajo complicado entre manos.

– ¿Un trabajo complicado? No te entiendo. Dime dónde estás. Iré hoy mismo.

– No. Te telefonearé todos los días, pero no puedo darte demasiadas explicaciones. Todo está todavía algo confuso. Ha surgido un buen proyecto y he de evitar que alguien se lo lleve.

– ¿Un proyecto? ¿Realmente es un problema de trabajo?

– ¿Qué pensabas? Sabes que a menudo tengo que cambiar los planes.

– Sí, pero todo me parece muy raro. ¿Por qué desconectaste el móvil?

– Necesitaba dormir. Se trata de un proyecto complicado. Tendré que dedicarle toda mi energía. De verdad, me molesta esta actitud tuya. Eres incomprensible, Marta, y me lo pones muy difícil -añadió un punto de dureza al tono de voz.

– Quizá tengas razón. No sé qué decirte.

– No tienes que decir nada más. Ya hablaremos. Un beso.

– Un beso.

La reacción de Marta le resulta molesta. Hace diez años que viven un pacto de recuperada felicidad. Una felicidad entre comillas, con todos los interrogantes del mundo. Nunca hablan de lo que sucedió. No lo mencionan, ni buscan reconstruir la historia pasada. Es como si hubieran abierto una brecha en la vida. Hay un período de existencia que han borrado del mapa: algún diablillo se ha entretenido en recortar el rostro de una persona en todos los álbumes familiares. Pero, en este caso, no hay ningún álbum, sólo la sensación de una presencia que aparece para interrumpirles la cotidianeidad. Viene de vez en cuando; es volátil y huidiza. En el avión, intenta descansar un poco. Apoya la cabeza en la ventanilla, que sólo es un paisaje de niebla blanca, mientras cierra los ojos. Los párpados le pesan y, por un instante, le vence la sensación de agotamiento. La fatiga física gana a la sorpresa que todavía persiste. La búsqueda de reposo no dura demasiado. Se mueve en la butaca, cambia de posición, trata de respirar pausadamente, pero es imposible.

El mundo se ha ido empequeñeciendo, hasta que la tierra ha desaparecido. Se pregunta a quién busca. Diez años pueden ser una eternidad en la vida de alguien. Pueden servir para retomar el ritmo de una existencia diferente.

Por primera vez desde que encontró la fotografía, se cuestiona qué hace, hacia adonde va. Ignora si encontrará a la mujer que persigue con la desesperación de aquel que corre tras un recuerdo, quién sabe si tras un fantasma. ¿Sabrán reconocerse si se produce el encuentro? El ha acumulado disfraces, máscaras. Ella quizá también. Ignora si vuela persiguiendo un espejismo. Son dos desconocidos que han trazado rutas diferentes por espacios remotos. Cuando la azafata le ofrece una bebida, le observa el rostro. Tiene unas facciones correctas, poco interesantes, que intuye olvidará pronto. Hay caras que actúan como un imán, que nos atraen hacia un abismo, porque son imposibles de olvidar. Sabemos que irrumpen en nuestra vida definitivamente. Le ocurrió con los ojos de Dana. Aquella mirada se conserva en la fotografía: la misma profundidad, una expresión idéntica. Lo ha comprendido y ha sabido que nada detendrá las ganas de verla. No permitirá de nuevo que la vida le pase de largo.

Roma le recibe con una vorágine matinal. El tráfico es caótico, ruidoso, circunstancia que tendría que hacerle reaccionar. Actúa con la decisión de un autómata. Todos los pasos están medidos, aunque los dé con una sensación de irrealidad. La claridad del cielo le deslumbra, pero percibe el frío; una frialdad en el aire que invita a despertarse de golpe, a moverse. En el avión, antes del aterrizaje, cuando el mundo adquiría formas precisas, ha decidido su destino. El registro de la cartera, hecho con minuciosidad, le ha dado pistas concretas. Hay un diminuto papel, arrugado, que lleva escrita una dirección. No lo había visto en una primera ojeada, pero decide que puede ser el inicio de su búsqueda. No se dirigirá directamente a la calle que figura en el carnet de identidad del hombre del aeropuerto. No se ve con ánimos de ir a su casa sin tener alguna información previa; sería como lanzarse desprotegido a las zarpas del lobo. ¿Qué le dirá, si le ve aparecer tras una puerta? ¿Le hará un gesto amable, mientras le da la cartera, contándole con una sonrisa que ha cogido un avión para ir a devolvérsela? Se burla de sí mismo, con una risa que se le hace extraña. Existe, además, la posibilidad de que en esa calle no encuentre a nadie. El documento está a punto de caducar. Tiene exactamente diez años, curiosa coincidencia. En la otra dirección, en cambio, no hay nada concreto que la identifique con nadie. Puede significar un primer intento de aproximación, la posibilidad de hacer preguntas, de saber. Tal vez no le sirva de nada. ¿Quizá es la dirección de ella? Todo es posible, en ese laberinto en que se ha convertido la vida.

El taxista no tiene nada que ver con los taxistas italianos de las películas. No gesticula en exceso, ni saca la cabeza por la ventanilla para imponerse al desorden de la ciudad. Tampoco hace preguntas ni inicia ninguna conversación. Ese hecho, que tendría que tranquilizarle, le pone nervioso. Habría preferido un torrente de palabras que le aturdieran, ideas surgidas de un mundo distinto que pudieran distraerle. El silencio sólo sirve para acentuar la confusión. El recorrido es largo, dividido entre la carrera acelerada y la lentitud que propician los otros vehículos. Piensa que debe tener paciencia. El taxista adelanta sin nerviosismos, como si adivinara su desazón y quisiera contrarrestarlo con inesperadas dosis de aplomo.

Para Ignacio, Roma no existe. Sólo es real su impaciencia. Las calles crecen, mientras recorre la ciudad. Tiene la impresión de que todas las distancias se multiplican. A través del cristal, le llegan los sonidos de unas vidas en movimiento que no le inspiran curiosidad. Cuando los semáforos le obligan a pararse, mira a los demás sin verlos. El taxi deja las principales vías y se adentra en un entramado de calles casi idénticas. Las casas son fachadas sin color. El coche se para: enfrente, el rótulo de una pensión. No se lo acaba de creer. ¿Es la dirección que tiene en la cartera? Lo comprueba mientras paga al conductor el importe del viaje. De pie en la calle, midiendo con la vista la altura del edificio, no sabe qué tiene que hacer. Se trata de un viejo hostal,, con un cierto encanto que cuesta describir. En las ventanas bajas hay cortinas. No se percibe ninguna presencia ni hay indicios de movimiento. Cuando se decide a entrar, sale a recibirle una patrona con aspecto triste. Quiere saber si busca alojamiento, y él improvisa un gesto con la cabeza que no sabe muy bien qué significa, pero que ella interpreta a su favor. Escribe el nombre de Ignacio en un registro de entradas. Entonces le acompaña por un pasillo hasta una habitación que tiene el techo alto.

Justo cuando le ha abierto la puerta, mientras se vuelve para marcharse, abandonado el cuerpo a la inercia de un gesto repetido, él reacciona. Le dice que busca a alguien. Lo comenta en voz baja, mientras pronuncia el nombre del desconocido:

– No sé si le conoce -le dice-. Quizá hace tiempo que se hospedó aquí.

La mujer levanta la cabeza, cuando le mira a los ojos. Intuye en su interior un rastro de estupidez. Comprende que no sabe de qué le habla, que tiene prisa. Observa cómo se encoge de hombros, juntando las cejas.

– ¿Por qué le busca? -le pregunta.

– Somos amigos -improvisa con voz extraña.

– Yo no sé nada -responde ella.

Lo dice como si tuviera que justificarle que es cierto, que sabe pocas cosas, pero que no lo siente, porque a menudo es mejor no saber. Ignacio está a punto de darle la razón. Querría decirle que él preferiría ignorar ciertas historias, que querría vivir como ella, con los ojos medio cerrados, para que la luz de la calle no nos haga daño. Se produce un instante de silencio, indecisos los dos. Sin pensarlo, saca la fotografía de Dana.

– ¿La conoce?

– No, ¿quién es?

– Una amiga. ¿De verdad no la conoce? -Es incapaz de reprimir la impaciencia.

– ¿También la busca?

– Sí.

Se siente observado con desconfianza y piensa que todo es absurdo, que la vida es ridícula, que él es el hombre más ridículo del mundo. Se pregunta qué pretende, diez años después.

Una mujer sale de la habitación que hay en la otra parte del mismo pasillo. Es mayor, a pesar de los cabellos teñidos de un rubio llamativo. Le sonríe, como la señora de la casa que da la bienvenida al nuevo huésped. Se acerca con pasos cortos, mientras acentúa el gesto amable. Ignacio se da cuenta de que le observa. Como si fuera un cobaya, inicia un experimento que ha repetido muchas veces. Quiere saber si el recién llegado tiene una actitud receptiva a la conversación. Aun cuando no disimula la curiosidad, tampoco manifiesta las ganas de saber. Nada tiene que resultar fuera de lugar en ese ritual de aproximación que repite de memoria. Está demasiado nervioso para percibir la estrategia. Querría esconder el rostro entre las manos, acurrucarse, dormir. Le sonríe de nuevo.

– Buenos días.

– Buenos días -murmura Ignacio.

– ¿Cansado del viaje?

– Un poco, gracias. Creo que me retiraré a la habitación. Tengo sueño.

– Yo en su lugar no lo haría. No se lo recomiendo. Si ahora se duerme, se despertará por la noche. Cambiar el ritmo del día y de la noche no es bueno. ¿Por qué no compartimos una taza de café? En el comedor se está realmente bien a esta hora.

– No. Prefiero descansar.

– Joven, soy una mujer mayor. He vivido mucho. Sinceramente, su cara no tiene muy buen color -suelta una risita.

– Mejorará si puedo descansar.

– Como quiera. No querría que me malinterpretara: soy una vieja inoportuna. Hace demasiados años que vivo aquí y me tomo unas confianzas poco afortunadas. Discúlpeme.

Matilde esboza una última sonrisa, mientras se dispone a continuar el camino.

– ¿Cuántos años hace que vive en esta pensión? -Él parece haberse espabilado de golpe.

– Muchísimos años.

– Habrá conocido a mucha gente, ¿no? -La pregunta tiene un tono cauteloso que ella identifica en seguida. Se para de nuevo y le mira a los ojos.

– Mucha gente.

De pronto, ha cambiado la situación. Ahora, la prudente es la mujer. Matilde le observa con recelo, tenso el cuerpo. Ha desaparecido aquel interés superficial, que no significaba nada más que voluntad de divertirse. Nota que duda. Intuye que quiere preguntarle algo, pero no hace nada para facilitarle la conversación.

– Busco a una mujer. Quizá la conoce.

– He conocido a muchas mujeres.

– Ella es diferente. Si la ha visto, tiene que recordarla. Tengo una fotografía. Mírela.

Se hace un silencio. Ninguno de los dos dice nada, mientras la imagen del retrato parece agrandarse hasta ocupar todo el espacio. Tienen la frente inclinada, la vista puesta en un rostro de papel. A la vez, se observan con el rabillo del ojo: se vigilan. La actitud de Ignacio es expectante; ella intenta ocultar la desconfianza.

– Se llama Dana -insiste Ignacio.

– ¿Dana? -La pregunta es un intento de ganar tiempo.

– Sí.

– Y tú, ¿cómo te llamas?

Ignacio mira a Matilde. Intuye que esa mujer sabe muchas historias, aunque está dispuesta a callarlas. ¿Conocerá también la suya? Sin darse cuenta, hace un gesto casi imperceptible de súplica. Le pide en silencio que hable. Están en el pasillo de la pensión, incapaces de avanzar o de retroceder. La luz hace un juego de claroscuros en las paredes. Con el pomo de la puerta en la mano, piensa que tiene que encontrar palabras convincentes, que le hagan cómplice, amiga. ¿Su nombre? Se imagina que ha podido adivinarlo, pero no se atreve a decir nada. Actúa con prudencia, como si cada palabra se convirtiera en un conjuro que puede arruinarle la vida. Intenta sonreírle, pero ella no le devuelve la sonrisa. En ese preciso instante, Matilde maldice la hora que le ha llevado a Roma.