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Holly no logró concentrarse durante la última hora de trabajo. Miraba el reloj continuamente, deseosa de que el tiempo pasara más despacio. Por una vez ocurría exactamente lo contrario. ¿Por qué no iba así de rápido cuando aguardaba para abrir uno de los mensajes de Gerry? Por enésima vez aquel día, abrió el bolso para comprobar de nuevo que el mensaje siguiera bien guardado en el bolsillo interior. Como era el último día del mes había decidido llevarse el sobre de octubre a la oficina. No sabía muy bien por qué, pues no tenía intención de trabajar hasta medianoche, y lo normal hubiese sido esperar a volver a casa para abrirlo. Sin embargo, cuando por la mañana se fue a trabajar estaba tan nerviosa que no se vio con ánimos de dejarlo en la mesa de la cocina. Aquel sobre la intrigaba aún más que los anteriores porque era un poco más abultado. Además, de este modo sentía a Gerry más cerca de ella. Sólo faltaban unas horas para volver a reunirse con él y, si bien deseaba que el reloj avanzara más deprisa para poder leerlo, también le daba pavor la cena con Daniel.
A las seis en punto oyó que Alice desconectaba su ordenador y bajaba taconeando por la escalera de madera hacia la libertad. Holly sonrió al recordar que aquello era exactamente lo que ella solía hacer antaño. Aunque las cosas eran muy distintas cuando tenías un marido guapo esperando en casa. Si ella aún tuviera a Gerry, estaría corriendo con Alice hacia la puerta.
Oyó a algunos otros recoger sus cosas y rezó para que Chris entrara a dejar un montón de trabajo sobre su escritorio que la obligara a trabajar hasta tarde y cancelar la cena con Daniel. Ella y Daniel habían salido juntos millones de veces, así que ¿por qué estaba tan preocupada ahora? Sin embargo, había algo que la inquietaba en el fondo de su mente, sentía algo extraño en el estómago cuando oía la voz de Daniel por teléfono, lo que hacía que la incomodara la idea de verlo. Se sentía tan culpable y avergonzada por salir con él que trató de convencerse de que sólo se trataba de una cena de trabajo. En realidad, cuanto más lo pensaba más se concienciaba de que no era más que eso. Pensó en cómo se había convertido en una de esas personas que comentan asuntos de trabajo durante una cena. Usualmente, los únicos asuntos que comentaba durante una cena eran los hombres y la vida en general con Sharon y Denise, o sea asuntos de chicas.
Apagó sin prisas el ordenador y guardó lo preciso en su maletín con suma meticulosidad. Todo lo hacía con parsimonia, como si así pudiera evitar cenar con Daniel. Se golpeó la cabeza… era una cena de trabajo.
– Eh, sea lo que sea, seguro que no hay para tanto -dijo Alice, asomándose a su puerta. Holly se sobresaltó.
Jesús, Alice, no te había visto. -¿Va todo bien?
– Sí -contestó Holly con tono vacilante-. Es sólo que tengo que hacer algo que en realidad no quiero hacer. Aunque en cierto modo sí quiero, lo que no hace más que reafirmarme que no quiero hacerlo porque parece que esté mal aunque en realidad está bien. ¿Entiendes?
Miró a Alice, que lógicamente estaba perpleja.
– Y yo que creía que me pasaba de la raya al analizar las cosas.
– No me hagas caso. -Holly se reanimó-. Estoy perdiendo el juicio.
– Pasa en las mejores familias -apuntó Alice, sonriendo.
– Qué haces otra vez aquí? -peguntó Holly al recordar que la había oído marcharse un rato antes-. ¿Es que no te atrae la libertad?
– Olvidé que tenemos una reunión a las seis -dijo Alice, poniendo los ojos en blanco.
– Vaya. -Holly se sintió un tanto decepcionada. Nadie la había avisado de aquella reunión, aunque tampoco era tan extraño, puesto que no asistía a todas. Sin embargo, sí era raro que Alice asistiera a una sin que la invitaran a ella.
– ¿Es sobre algo interesante? -Fisgoneó procurando fingir desinterés mientras acababa de ordenar el escritorio.
– Es la reunión de astrología.
– ¿Reunión de astrología? -Sí, la celebramos cada mes.
– Ah, ¿y se supone que debo asistir o no estoy invitada?
Intentó no parecer frustrada pero fracasó estrepitosamente, lo que no hizo sino aumentar su vergüenza.
Alice rió.
– Claro que estás invitada, Holly. Iba a pedirte que vinieras, por eso estoy en la puerta de tu despacho.
Holly soltó el maletín sintiéndose estúpida y siguió a Alice hasta la sala de juntas, donde el resto del personal aguardaba sentado.
– Atención todos, ésta es la primera región de astrología a la que acude Holly, así que démosle la bienvenida -anunció Alice.
Holly tomó asiento mientras los demás aplaudían en broma la incorporación de un nuevo miembro a la mesa. Chris se dirigió a Holly:
– Holly, sólo quiero que sepas que no tengo absolutamente nada que ver con esta tontería y me disculpo de antemano porque te veas envuelta en ella. -Corta el rollo, Chris.
Tracey hizo un ademán a su jefe y, provista de un bloc de notas y un bolígrafo, se sentó a la cabecera de la mesa.
– Muy bien, ¿quién quiere empezar este mes? -Empecemos por Holly erijo Alice con generosidad. Holly miró alrededor, desconcertada.
– Pero Holly no tiene idea de lo que estamos haciendo. -Veamos, ¿cuál es tu signo del zodiaco?
– Tauro -contestó Holly.
Todos se deshicieron en exclamaciones y Chris apoyó la cabeza en las manos fingiendo que no se divertía.
– Fantástico -dijo Tracey muy contenta-. Nunca habíamos tenido un Tauro hasta ahora. Bien, ¿estás casada o sales con alguien o vives sola?
Holly se sonrojó al ver que Brian le guiñaba el ojo y que Chris le sonreía alentadoramente. Su jefe era el único de la mesa que sabía lo de Gerry. De pronto reparó en que era la primera vez que tenía que responder a aquella pregunta desde que Gerry había muerto y se sintió un tanto insegura.
– Bueno… no, en realidad no salgo con nadie, pero…
– Perfecto -dijo Tracey, comenzando a escribir-. Este mes Tauro deberá buscar a alguien alto, moreno y guapo y… -Se encogió de hombros y levantó la vista-. ¿Alguna idea?
– Porque tendrá un gran impacto sobre su futuro -terció Alice.
Brian volvió a guiñarle el ojo. Obviamente le divertía que él también fuese alto y moreno, y obviamente estaba ciego si creía que era guapo. Holly se estremeció y desvió la mirada.
– Bien, la cuestión profesional es fácil -prosiguió Tracey-. Tauro estará ocupada y satisfecha con la cantidad de trabajo que se le avecina. El día de la suerte será… -Lo pensó un momento-. Un martes, y, el color de la suerte… el azul -decidió tras fijarse en el color de la blusa de Holly-. ¿Quién es el siguiente?
– Espera un momento -interrumpió Holly-. ¿Esto es mi horóscopo para el próximo mes? -preguntó impresionada.
Todos los presentes se echaron a reír.
– ¿Hemos hecho pedazos tus sueños? -bromeó Gordon.
– Por completo -admitió Holly, decepcionada-. Me encanta leer los horóscopos. Decidme que todas las revistas no lo hacen así, por favor-suplicó. Chris negó con la cabeza.
– No, no todas las revistas lo hacen así, Holly. Algunas se limitan a contratar personas con el talento preciso para inventárselo por su cuenta sin implicar al resto de la oficina. -Fulminó con la mirada a Tracey.
– Ja, ja, Chris -dijo Tracey secamente.
– ¿Entonces no eres vidente, Tracey? -preguntó Holly, apenada. Tracey negó con la cabeza.
– No, no soy vidente, pero se me dan bien los consultorios sentimentales y los crucigramas, muchas gracias.
Tracey miró con acritud a Chris, que respondió moviendo los labios para que leyera la palabra «uau».
– Vaya, pues me he quedado sin horóscopos -bromeó Holly, y se retrepó en la silla, un tanto abatida.
– Muy bien, Chris, te toca. Este mes Géminis trabajará más de la cuenta, nunca saldrá de la oficina y se alimentará de comida basura. Es preciso que busque cierto equilibrio en su vida.
Chris miró hacia el techo.
– Escribes lo mismo cada mes, Tracey-le reprochó.
– Bueno, mientras no cambies de estilo de vida no puedo cambiar lo que hará Géminis, ¿no? Además, no he recibido ninguna queja hasta ahora. -¡Yo me estoy quejando! -exclamó Chris.
– Pero tú no cuentas porque no crees en los signos del zodiaco. -Y me pregunto por qué. -Chris se echó a reír.
Siguieron con los signos zodiacales de los demás y finalmente Tracey se rindió a las exigencias de Brian de que Leo fuera deseado por el sexo opuesto todo el mes y le tocara la lotería. Cuál sería el signo de Brian? Holly miró la hora y vio que llegaba tarde a su cita de trabajo con Daniel.
– Vaya, perdonadme pero tengo que marcharme -dijo excusándose. -Tu hombre alto, moreno y guapo te espera -dijo Alice con una risita-. Mándamelo a mí si tú no lo quieres.
Holly salió a la calle y el corazón le dio un brinco al ver que Daniel venía a su encuentro. Los meses frescos de otoño habían llegado y Daniel volvía a llevar su chaqueta negra de piel y pantalones tejanos. Tenía el pelo negro revuelto y una sombra de barba le cubría el mentón, así que presentaba aquel aspecto tan característico de acabar de levantarse de la cama. Holly tuvo un retortijón de estómago y miró hacia otra parte.
– ¡Te lo dije! -exclamó Tracey al salir del edificio a espaldas de Holly, y se dirigió presurosa y feliz calle abajo.
– Lo siento mucho, Daniel -se disculpó Holly-. Estaba en una reunión y no podía llamar-mintió.
– No te preocupes, seguro que era importante. -Daniel le sonrió y Holly se sintió culpable al instante. Aquél era Daniel, su amigo, no un tipo al que tuviera que evitar. ¿Qué demonios le estaba pasando?
– ¿Dónde te gustaría ir? -preguntó Daniel.
– ¿Qué tal aquí mismo? -dijo Holly, mirando a la cafetería de la planta baja del edificio donde trabajaba. Quería ir al lugar menos íntimo y más informal posible.
Daniel arrugó la nariz.
– Estoy demasiado hambriento para eso, si no te importa. No he probado bocado en todo el día.
Fueron paseando y Holly propuso todas las cafeterías que encontraron a su paso sin que Daniel se decidiera a entrar en ninguna de ellas. Finalmente se conformó con un restaurante italiano al que Holly no pudo negarse. No porque le apeteciera entrar, sino porque no quedaba ningún otro sitio al que ir después de que ella hubiese desestimado todos los demás restaurantes oscuros de ambiente romántico y Daniel se hubiese negado a comer en ninguna de las cafeterías informales y bien iluminadas.
Dentro reinaba un ambiente tranquilo, con sólo unas pocas mesas ocupadas por parejas que se miraban encandiladas a los ojos a la luz de las velas. Cuando Daniel se levantó para quitarse la chaqueta, Holly aprovechó para apagar la vela de su mesa. Daniel llevaba una camisa azul oscuro que hacía que sus ojos parecieran brillar en la penumbra del restaurante.
– Te ponen enferma, ¿verdad? -preguntó Daniel, siguiendo la mirada de Holly hasta una pareja del otro extremo de la sala que se estaba besando por encima de la mesa.
– En realidad no -dijo Holly con aire pensativo-. Me ponen triste. Daniel no reparó en el comentario, ya que estaba leyendo el menú.
– ¿Qué vas a tomar?
– Tomaré una ensalada César.
– Las mujeres y vuestras ensaladas César… -bromeó Daniel-. ¿No tienes hambre?
– No mucha. -Negó con la cabeza y se sonrojó porque su estómago tembló sonoramente.
– Creo que ahí abajo hay alguien que no está de acuerdo contigo.
– Daniel rió-. Parece que nunca comas, Holly Kennedy.
«Eso es cuando estoy contigo», pensó Holly, que no obstante dijo: -Lo único que pasa es que no tengo mucho apetito.
– Ya, bueno, he visto conejos que comen más que tú -bromeó Daniel. Holly procuró encauzar la conversación a terreno seguro y pasaron la velada charlando sobre la fiesta de lanzamiento. No estaba de humor para hablar de sus sentimientos y pensamientos íntimos aquella noche; ni siquiera estaba segura de cuáles eran en aquel momento. Daniel había tenido la amabilidad de llevarle una copia del comunicado de prensa para que ella lo leyera con antelación y pudiera ponerse a trabajar lo antes posible. También le dio una lista de números de teléfono de las personas que trabajaban en Blue Rock, de modo que Holly pudiera incluir algunas declaraciones. Su ayuda fue muy valiosa, ya que le aconsejó cómo enfocar el evento y con quién debía hablar para recabar más información. Holly salió del restaurante mucho más tranquila ante la idea de escribir el artículo. Sin embargo, la asustaba el hecho de sentirse tan incómoda en compañía de un hombre al que consideraba únicamente su amigo. Para colmo, seguía muerta de hambre tras haber comido unas pocas hojas de lechuga.
Salió a la calle a tomar el fresco mientras Daniel pagaba la cuenta con la caballerosidad de costumbre. Sin duda era un hombre muy generoso, y Holly se alegraba de ser su amiga. Lo que ocurría era que no le parecía apropiado cenar en un pequeño restaurante íntimo con alguien que no fuese Gerry. La hacía sentir mal. En aquel instante debería estar en casa sentada a la mesa de la cocina, esperando a que dieran las doce para abrir la carta de Gerry correspondiente al mes de octubre.
Se quedó atónita e intentó ocultar el rostro al descubrir a una pareja a quien no quería ver avanzando hacia ella por la acera. Se agachó para fing¡r que se ataba el cordón del zapato, pero resultó que llevaba puestas sus botas de cremallera y terminó alisando los bajos del pantalón, sumamente avergonzada.
– ¿Holly, eres tú? -oyó preguntar a una voz conocida.
Miró los dos pares de zapatos que tenía delante y levantó poco a poco la vista hasta mirarlos a los ojos.
– ¡Hola! -procuró mostrarse sorprendida mientras se incorporaba. -¿Cómo estás? -preguntó la mujer, dándole un abrazo cortés-. ¿Qué haces aquí fuera con este frío?
Holly rezó para que Daniel se demorara un rato más en el interior. -Bueno… acabo de comer algo aquí -musitó con una sonrisa vacilante, y señaló el restaurante.
– Vaya, nosotros vamos a entrar ahora -dijo el hombre, sonriendoLástima que no hayamos llegado antes, podríamos haber cenado juntos.
– Sí, es una lástima…
– Bueno, te felicito de todos modos erijo la mujer, dándole unas palmaditas en la espalda-. Es bueno que salgas y hagas cosas por tu cuenta.
– Verás, en realidad… -Miró otra vez hacia la puerta, rogando que no se abriera-. Sí, es agradable…
– ¡Por fin te encuentro! -exclamó Daniel, sonriendo al salir del restaurante-.
Ya creía que te habías escapado. -Apoyó el brazo en los hombros de Holly.
Holly trató de sonreír y se volvió hacia la pareja. -Oh, perdón, no les había visto -se disculpó Daniel. La pareja lo miró impávida.
– Eh… Daniel, ellos son Judith y Charles. Los padres de Gerry.