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Los días siguientes

Félix

Julia debía quedarse una semana más en el hospital para observar su evolución. Debían controlarla y hacerle diversas pruebas y unas cuantas sesiones de rehabilitación para recuperar el tono muscular y fue un alivio comprobar que durante ese tiempo la mejoría fue muy positiva. Al principio se resistía a quedarse dormida si no había alguien a su lado al que rogaba que pasado un tiempo prudencial de sueño hiciera todo lo posible por despertarla. Hasta que poco a poco fue tomando confianza y la trasladaron al apartamento.

Fue por su propio pie hasta el coche. Le dieron el alta un martes a la una de la tarde. Su madre le había dejado en el armario metálico ropa limpia y unas sandalias. Un vestido suelto con volantes en el bajo y pequeñas flores rojas y su mochila. Había adelgazado tanto que el vestido se le había quedado demasiado ancho. El día estaba nublado. Félix cogió la bolsa de plástico del armario y echó un último vistazo por si se dejaban algo. Recorrieron el pasillo lentamente. Ese día no vieron a Hortensia y no se pudieron despedir de ella. Julia dijo adiós a todos los que estaban en el pasillo los conociera o no.

– Así que aquí he estado ocho días completamente dormida.

Félix no contestó, no era una pregunta. Julia necesitaba ir haciendo pie en su vida y nadie podía ponerse en su lugar, ni siquiera él. Sentía un gran respeto por lo que le había ocurrido. Tuvieron que bajar al parking en el montacargas. Al cruzarlo, Julia sintió un escalofrío y Félix la cogió por los hombros.

Cuando entraron en el coche, Julia le dijo, «Tengo que decirte algo. Durante estos días he descubierto que soy capaz de hacer cosas que antes ni se me pasaban por la cabeza, algunas horribles».

– Pistabas soñando. No somos responsables de lo que hacemos soñando y además los sueños no tienen sentido.

Julia resultaba extraordinariamente frágil. Tenía el pelo algo sucio sin lustre, los últimos días habían bajado la guardia en el aseo pensando que dentro de poco podría bañarse a placer. Y el cuello y los brazos salían delgados y muy blancos del amplio vestido de florecillas rojas, la cara se le había afilado y la mirada aún nadaba entre dos mares, como diría Hortensia.

– Te lo aseguro, yo era yo. No era distinta de como soy ahora. Y en el sueño era culpable…, muy culpable.

Félix consideró que no valía la pena insistir en que nadie le da ninguna importancia a lo que hacemos soñando. En sueños uno puede hacer el amor con alguien que detesta y clavarle un cuchillo a alguien que ama, por eso había que interpretarlos.

– Pero ahora estás aquí, y aquí no eres culpable. Aquí todo es normal y corriente -dijo Félix temiéndose que no fuera del todo cierto.

Circularon por la carretera del puerto. Julia bajó la ventanilla. Hacía bochorno pero era normal que a ella le gustase, llevaba metida en la habitación muchos días. Al pasar por la lonja de pescado le pidió a Félix que condujese despacio. Lo miraba todo con avidez, de una forma exagerada.

– ¿No seguiré soñando? -dijo completamente desconcertada.

Esta pregunta que en cualquier otra persona habría sonado a frase hecha, dicha por ella inquietaba bastante. Puede que le costase recuperarse más de lo estimado en un primer momento. Incluso podría ser necesaria la ayuda de un psicólogo.

Tardaron en llegar mucho más de lo normal porque le pidió que le enseñara dónde había tenido el accidente y también que parara un momento en La Felicidad, cuyo gran rótulo luminoso ahora estaba apagado. Y la puerta principal, al abrir sólo de noche, permanecía cerrada como una caja fuerte. Julia, a pesar de que se sentía débil, se empeñó en salir del coche y revisar por ella misma las inmediaciones de la discoteca.

– Por algún sitio tendrán que meter las bebidas -dijo-. Seguro que hay una puerta trasera.

Desde allí no podían saberlo porque una valla impedía el paso. Y entonces Julia se empeñó en bordear el local con el coche. Tampoco por aquí se podía entrar, había una valla baja de obra, de construcción mediterránea, una especie de cenefa de cemento con muchos agujeros. Desde luego se veía una puerta trasera y cajas de diferentes bebidas. Julia se cogió la cara con las manos.

– No sé qué me pasa.

– Ya no te pasa nada -dijo Félix.

Félix estaba deseando llegar al apartamento. Sería la primera noche en muchos días que dormiría allí, con la conciencia tranquila, sin dolor, sin temor al mañana, con paz de espíritu. Sin embargo, Julia prefería ir poco a poco, de modo que cuando por fin llegaron a la urbanización, quiso perder un rato contemplando la calle adonde daba parte de los apartamentos antes de salir del coche, y cuando aparcaron respiró profundamente el olor a plantas que en opinión de Félix la humedad volvía demasiado pegajoso. También tuvieron que detenerse en la piscina y en cada pasadizo que recorrían, como si Julia quisiera grabarlos en la mente o mejor dicho sacarlos de ella. Aquello no terminaba nunca. Paciencia, se dijo Félix.

– Así que aquí están Las Adelfas. Son las que en el sueño se llamaban Las Dunas. Estuve aquí y recorrí estos pasadizos, pero jamás habría encontrado el apartamento simplemente por cambiar el nombre.

– Hasta que no estuvieses preparada para despertar no podías encontrar el apartamento. Según el doctor Romano la mente elabora obstáculos y pone piedras en el camino, dificultades para darse tiempo a buscar soluciones. La verdad es que no es fácil saber cómo llegar a lo que se quiere ni dormido ni despierto. Y tú lo has conseguido.

También el apartamento fue escudriñado a conciencia y le interesó mucho la cocina y los utensilios que Margaret, la dueña de la casa, había traído de Inglaterra, algunos de los cuales Angelita no había podido descifrar para qué servían. A eso de las cuatro y media, completamente agotada por el esfuerzo de concentración que llevaba haciendo desde que salió del hospital, se duchó, se puso unos pantalones cortos y una camiseta, se enrolló el pelo con una toalla y se sentó en el sofá delante de la televisión apagada. Angelita le hizo un zumo de naranja y mientras se lo bebía pidió un cuaderno y un bolígrafo y empezó a anotar algo. Llevaba el anillo en la mano. Se lo había ajustado con un poco de algodón. Debió de notar que Angelita lo miraba porque dijo, «Me ha servido de mucho. Fue una gran idea ponérmelo. Ha sido mi talismán y cuando sentía que no lo llevaba todo empezaba a torcerse. Una vez lo extravié y creo que no me he encontrado tan perdida en mi vida. En el sueño era muy luminoso, deslumbrante».

– Si no hubiese sido el anillo, habría sido otra cosa -dijo Angelita-. Lo importante era que tú querías salvarte.

Hasta ahora nadie había mencionado la palabra salvación, a nadie se le había ocurrido. Salvarse, pensó Félix, ¿de qué se salva uno cuando se salva?

Al día siguiente, fue ella quien despertó a Félix. Ya estaba vestida con el mismo pantalón corto de la noche anterior y una camiseta. Félix miró el reloj, eran las nueve de la mañana.

Según Julia, no había dormido mucho, pero el rato que había dormido había soñado con una casa en un acantilado con la que recordaba haber soñado cuando estaba dormida en el hospital. Así que no tenía más remedio que ir a ver si esa casa existía y visitar todos los sitios por los que había ido y venido veinticuatro horas al día durante tantos días. Lo que había vivido suponía un excesivo peso en su conciencia y tenía miedo de volver a Madrid con todos aquellos fantasmas rondándole.

Repartieron el itinerario que había organizado en el cuaderno en cuatro días para que no se cansara demasiado. A veces salían los dos solos y otras, los cuatro porque era una manera de que Angelita y el niño se distrajeran. Julia miraba a su madre sorprendida por su nuevo aspecto pero no le decía nada. De vez en cuando cogía a Tito y lo apretaba contra sí hasta que enseguida se cansaba.

Lo más semejante que encontraron a la casa del acantilado en la dirección del faro era el hotel Regina donde se alojaba Marcus. Por supuesto Félix no le dijo nada. Tal vez Julia había visto este hotel en Internet o en alguna revista y se le había quedado grabado. Era lógico pensar, aunque él no fuera ningún entendido, que muchos sueños se crean por asociaciones.

Julia dijo que le gustaría entrar por lo menos en el vestíbulo, ver el jardín y la piscina y la vista, pero Félix puso todos los inconvenientes posibles ante el temor de que Marcus aún no se hubiese marchado y se tropezaran con él. Desde luego, sería el momento menos oportuno para un encuentro tan emocional. Así que dieron la vuelta y descendieron haciendo eses por una carretera llena de curvas, que según Julia había tenido que bajar corriendo de noche en algún momento de su largo y profundo sueño. En el fondo recorrer los lugares que iban aflorando del sueño de Julia era como visitar los sitios de la infancia, agrandados y deformados en el recuerdo.

Era increíble, pero así fue: Julia se emocionó al entrar en el supermercado.

Contó cómo había sobrevivido los primeros días bebiendo y comiendo en aquel paraíso terrenal. Pasaron por las estanterías de los yogures y de la leche en tetrabrik y todo tipo de envase inventado hasta la fecha. Cogió una botella y bebió de ella, luego la colocó en el carro, pasaron por la sección de ropa, quería comprar unas bragas y unas camisas de cuadros, de dos al precio de una, para Félix. Ahora sí que podía pagarlas y regalárselas. En una de ellas los cuadros eran de color tostado, igual que cuando en el sueño de Félix él y Julia corrían por la playa hacia una casa en un acantilado. Sin saber por qué, Félix no había olvidado el detalle de la camisa, y le pareció una llamativa coincidencia.

– ¿La camisa que me ibas a regalar en el sueño era igual que ésta? -preguntó Félix.

– Sí. Las hay en muchos supermercados y una vez estuvimos a punto de ponerlas en el carro, pero luego tú te echaste para atrás. Te parecían demasiado baratas.

En la sección de charcutería a Julia se le llenaron los ojos de lágrimas.

– No sabéis lo que significa no tener absolutamente nada ni a nadie, encontrarse sola y perdida. Y, sobre todo, no entender nada.

Julia se empeñó en comprar una cantidad enorme de productos que no podrían consumir antes de volver a Madrid. Angelita observaba este comportamiento preocupada y un poco a distancia, pendiente constantemente de su nieto. Félix se calló que también este supermercado había supuesto para él un alivio y en cierto modo un refugio cuando los primeros días venía con Tito a comprar pañales y las cosas más urgentes. También había comprado una esponja para ella, cremas, un cepillo del pelo, champú y gel, pero eso era algo corriente, pertenecía a la vida normal de todas las personas y no merecía ningún comentario. Sin embargo ahora, si lo pensaba bien, también parecía un sueño, un sueño desasosegante como mínimo.

Si a Julia le había servido para mantenerse fuerte y activa para luchar y finalmente despertar, Félix se alegró de haber tomado aquella extraña noche un camino equivocado para llegar a la carretera del puerto y así haber pasado por el gran letrero en que ponía supermarket. Seguro que Julia vio el letrero y se lo grabó en la memoria porque Félix recordaba muy bien que ella dijo mirándolo: «Mañana tendremos que venir a comprar».

Julia iba a tiro hecho, sabía perfectamente qué estanterías buscar y qué productos mirar. Ahora le interesaban las cámaras de seguridad. Les hizo ir al pasillo de los vinos. Hizo que Félix cogiera a Tito con un brazo y empujara el carro con la otra mano para que lo grabara la cámara del techo, mientras que Angelita y ella se retiraban a un lado. Quería reproducir con toda fidelidad parte de uno de aquellos sueños suyos, en que la habían pillado robando en el supermercado y al mostrarle como prueba las grabaciones vio pasar en una de ellas a Félix y a Tito. Contó que se había sentido tan angustiada porque no los encontraba, que descubrirlos de pronto en los monitores fue el mayor respiro de su vida. Supuso una gran emoción pensar que también ellos habían estado allí, tan cerca de ella, y nunca lo olvidaría ni dormida ni despierta. De alguna forma, quería tener un recuerdo de aquel recuerdo. Así que les pidió que esperasen sentados en la sección de jardinería, y al rato volvió con una cinta de vídeo en la mano.

Acababa de comprobar en los monitores de seguridad del supermercado que la cámara del pasillo de vinos los había grabado exactamente igual que en el sueño. Por supuesto, a los de seguridad no les contó de qué se trataba, sólo que le haría mucha ilusión tener una copia de aquel momento y ellos, aunque bastante extrañados, se la dieron. Estaban acostumbrados a los caprichos de los turistas. Ellos no podían comprender que, aunque sonara enrevesado, le estaban entregando la imagen real de aquella otra imagen inventada por el inconsciente de Julia.

Luego se empeñó en ir a la oficina de personal para preguntar si allí trabajaba alguien llamado Óscar. No lo sabían. Francamente, no paraban de contratar gente. Eran empleos temporales, nada fijo, sobre todo en temporada alta. Además, ahora con los trabajadores extranjeros los nombres se complicaban mucho. Óscar, Óscar. Les sonaba, pero a saber de cuándo y de dónde.

También Félix hizo memoria, empezaba a sospechar que nada es tan gratuito en los sueños como parece y que el cerebro juega a combinar todo lo que tiene dentro.

– ¿No se llama Óscar tu jefe en el hotel? Seguramente de ahí viene el nombre.

De acuerdo, sabía que era absurdo buscar a Óscar, pero si hubiese sido para ellos tan real como para Julia, si hubieran hablado con él y le hubiesen mirado a los ojos como ella, entonces pensarían que una simple comprobación nunca está de más. Félix consideraba lo que estaba haciendo Julia más una cura que un rasgo de locura. Le parecía bien, cada uno pone en orden su cabeza como puede y lo que ella había experimentado en esa otra realidad debía de haber sido traumático. Una cosa es el sueño de una noche y otra es el sueño de muchos días, en que las visiones se van mezclando y van creando otras parecidas. ¿Cómo se puede dejar de soñar? Si no pudiésemos dejar de estar despiertos moriríamos, por eso ella tuvo que salir, aunque fuese un segundo, a este mundo y abrió y cerró los ojos en varias ocasiones, para escapar de su largo sueño y respirar, de la misma forma que se necesita cerrarlos y pasar a otra realidad también para respirar.

De todos modos, bajo su aspecto enfermizo y algo confuso, Félix detectaba que ocultaba algo. Veía un gesto raro en ella que hacía en momentos determinados, un tic que se le escapaba y que Félix siempre había dejado pasar de largo, hasta ahora en que la situación había cambiado y ya no podía evitar observar en Julia lo que observaría en cualquier otra persona a la que tuviera que prestar una cierta atención. Consistía en que Julia de vez en cuando apretaba los ojos como si el sol, aunque no hiciera sol, le molestase. Era un acto reflejo que declaraba que se guardaba algo.

La playa era el mejor tónico. Andar por la arena, los baños. El sol le iba dando ese aspecto más y más saludable, y el pelo parecía alimentarse de todas las vitaminas, sales minerales y oligoelementos que había por allí. La dotaba de una luz rojiza. Y más que bella resultaba una criatura extraña, de otro tiempo, de la Edad Media. Lo bueno era que no se cansaba como antes ni parecía distraída ni ausente. Según el doctor Romano el ser humano necesita dormir para que el cerebro se recomponga y sane, de hecho era imposible sobrevivir sin dormir, así que en el fondo lo que le había ocurrido a Julia es que habría necesitado un largo y profundo sueño reparador, y lo había tenido. Casi todo el tiempo transcurrido desde que Julia salió del hospital lo emplearon, aparte de en la playa, en buscar lugares iguales o parecidos a los de su sueño, los pocos que seguramente podía recordar. Era como hacer una excursión a otra dimensión.

La comisaría y la lonja existían de verdad, aunque deformados sobre todo en las partes que Julia no conocía y que en el sueño había llenado con su fantasía, como el interior de la comisaría y los funcionarios que había dentro y que nunca había visto al menos allí mismo, aunque sí probablemente en otro sitio. Y algo similar sucedía con la sucursal bancaria que, por la descripción, la había compuesto con detalles completamente reales.

También disfrutaron bastante del mercadillo. La probabilidad de que en Las Marinas montaran un mercadillo algún día de la semana era muy elevada y lo contrario habría sido raro, porque aparte de una costumbre que se remonta a los zocos árabes era una atracción turística que llenaba todos los paseos marítimos de la costa de puestos de artesanía y gorras, gafas del sol, bolsos y todo tipo de imitaciones de grandes marcas.

El mercadillo real y el del sueño, al igual que la sucursal real y la del sueño, ofrecían pocas sorpresas. Julia había recorrido muchos a lo largo de su vida y sacó el común denominador de todos ellos. No faltaban las flores, la fruta y la ropa diseñada expresamente para los mercadillos. Julia repetía que jamás olvidaría aquel verano ni aquel lugar en que había tenido la experiencia más desconcertante de su vida y que le había hecho ver las cosas de otra manera, de una manera más relativa o menos recta. También callejearon con el coche entre los intrincados complejos residenciales parecidos al suyo. Sin embargo, a lo que de momento no se atrevió Julia fue a aventurarse ella sola lejos del apartamento. Aun sabiendo que el no ser capaz de regresar al apartamento fue un argumento necesario en la pesadilla para darse tiempo a despertar en buenas condiciones, la primera vez que volvió sola de la piscina supuso casi una hazaña. Después se decidió a ir hasta la playa y recorrerla andando y a la vuelta dijo que todo se iba poniendo en su sitio. Hasta el quinto día no fueron a recuperar el coche al taller. Aunque lo habían dejado perfecto como si no hubiese ocurrido nada, Julia aún no se atrevía a conducir.

Fue ese día cuando cenaron en un restaurante del puerto bastante parecido a otro que en el sueño se llamaba Los Gavilanes. En realidad todos los restaurantes eran muy semejantes. Todos tenían cocina, mesas, camareros,

carta. Así que resultaba lógico que en Las Marinas existiera uno como el que describía Julia. Se le veía en una mesa redonda para ocho junto a una gran ventana. Tito donde mejor resistía era en la sillita. Se mostraba contento. Había aprendido a arrojar lo que agarraba con la mano, y Félix se agachaba constantemente desde su asiento para recogerle del suelo los muñecos de goma. Julia contemplaba embelesada a su hijo. De vez en cuando decía: «Es maravilloso que estemos aquí, juntos. No llego a creérmelo». Nadie de los que pasaban ante el ventanal y los miraban un segundo, nadie de los que también cenaban en las mesas contiguas podía imaginarse lo difícil que había sido que estas cuatro personas llegaran a reunirse, nadie podía sospechar que los envolvía una atmósfera especial, una atmósfera que sólo respiraban ellos.

Angelita desde hacía unos días había ido recuperando su vestuario anterior. Y se le veía la raíz del pelo completamente blanca. Ya no se mostraba tan ágil, con tanta energía, ni segura de sí. Era como uno de esos héroes que en un momento de su vida reaccionan con un acto de valentía, de fuerza o de agilidad sorprendentes, sobrehumanos y después vuelven agotados a su estado anterior.

– En la otra vida reservé una mesa como ésta -dijo Julia como quien ha regresado de un largo y exótico viaje y tiene tantas cosas que relatar que no puede evitar que vayan saliendo.

Contó lo que había maquinado para que llamasen desde el restaurante a Félix al ver que unos clientes apuntados en el gran libro de la entrada no acudían. Félix y su madre la miraban sin comprender. Pero había una explicación. En su desesperación al no poder comunicar con Félix, Julia pensó que tal vez otra persona sí pudiese y que Félix al recibir aquella llamada comprendería que era una forma de darle una dirección para encontrarse con ella. En el razonamiento de los sueños nada es absurdo, no como en la vida real en que algunas cosas son absurdas y otras, no.

– Pero el maître no llamó por teléfono, optó sin más por sentar allí a otras personas -dijo Julia.

– Bueno, es lo que suelen hacer -dijo Félix-. Y te digo que en tu lugar, de haberme encontrado en esas situaciones tan difíciles, no habría sabido cómo reaccionar.

– Entonces me llegó el olor de la tarta. Fue una gran idea -dijo Julia mirando cariñosamente a su madre-. Una tarta encaja muy bien en un restaurante. Creo que me iba agarrando a todo lo que podía para encontrar la puerta del apartamento, que no era ni más ni menos que la puerta a esta vida.

– Estoy muy orgullosa de ti -le dijo Angelita dándole enternecida un muñeco a Tito-. Te las has arreglado muy bien y has sabido cuidar de ti. Pocos han pasado por algo tan duro.

Julia agachó la cabeza algo incómoda. Nunca le habían gustado las muestras excesivas de afecto procedentes de su madre. No estaba acostumbrada a ellas y no sabía qué hacer con ellas, cómo corresponder, no tenían ese tipo de relación tan expresiva. Y además, ahora según le había confesado a Félix la abrazaba y la estrechaba en cuanto la pillaba a solas en cualquier lugar del reducido apartamento, lo que le resultaba muy agobiante. No se podía pasar de estar completamente sola y en la indigencia a ser abrumadoramente querida, escuchada, atendida, comprendida y admirada.

De regreso al apartamento con el consabido atasco en la carretera del puerto, Angelita entretuvo a su nieto cantándole canciones infantiles. Era la primera vez que Félix la oía, quizá porque Angelita desde que él la conocía nunca había estado tan contenta como ahora, y le sorprendió mucho lo mal que cantaba. Soltaba tantos gallos y deformaba de tal manera las melodías que a Félix le costaba trabajo reconocer las canciones. Jamás se había topado con alguien con una falta tan absoluta de oído para la música. Se había quedado más noqueado que si su suegra se hubiese arrancado con un aria perfecta. Para Julia no era ninguna novedad y siguió sumida en el paisaje y sus pensamientos. Iba ensimismada en el mar, en la oscuridad a veces brillante que se extendía hasta el horizonte. Hasta que en un momento determinado varias filas de apartamentos lo ocultaron, entonces sólo llegaba el ruido de las olas, rítmico.

Al pasar junto a La Felicidad Julia le pidió que fuera más despacio. Las potentes luces de sus letras oscurecían las estrellas. Le dijo que cuando dejasen a Tito y a su madre en el apartamento podrían volver a tomarse una copa allí, no quería regresar a Madrid sin bailar un poco. Angelita bajó el tono de sus cánticos, desde luego sabría que no era María Callas, pero tampoco era completamente consciente de hasta qué punto. La Felicidad empezaba a animarse a las doce, dentro de una hora, y a ellos les vendría bien un poco de diversión. Félix trataría de no aburrirse o por lo menos de disimularlo para que Julia fuera feliz.

Julia se puso un vestido largo, negro, con la espalda al aire. Le estaba ancho, pero el pelo al cepillárselo cobró tal protagonismo que todo lo demás pasó a un segundo plano. En estos días había recuperado el brillo y los rizos grandes se le disparaban en todas direcciones, mientras que el volumen del cuerpo se había reducido a la mínima expresión. Parecía que hubiese salido del sueño con un aspecto más irreal que al entrar en él. Se retocó a conciencia, se pintó los labios, los ojos y las uñas de los pies. Se empeñó en ponerse tacones a pesar de que aún no se encontraba bastante fuerte. Y se puso el anillo de su madre, el anillo luminoso como ella lo llamaba.

Al verla así, a Félix le pareció un milagro que hubiesen abandonado el hospital para siempre y que esta Julia fuese la Julia de la cama que estuvo al borde de no despertar nunca. Hasta ahora no se había atrevido a tocarla más allá de abrazarla y besarla como un padre o un hermano, su fragilidad lo paralizaba en el terreno sexual. Tampoco podía olvidar que existía Marcus y que ella estaba enamorada de él. ¿Para qué más? ¿Para qué engañarse? Lo único que importaba unos días atrás era que volviera a la vida, ahora que ya estaba aquí todo había cambiado aunque ni ella misma lo supiera.

– ¿Sabes una cosa? -dijo Julia pensativa, dándole vueltas al anillo-. He aprendido a defenderme. Real o no he tenido un curso intensivo de supervivencia.

– Ya no necesitas defenderte, nadie va a hacerte daño -dijo Félix con tono de saber que eso era algo imposible.

Félix se puso la camisa de cuadros tostados que habían comprado en el supermercado. Puesta no parecía tan barata, y a Julia le gustaba, aunque eso ya poco importaba. El caso fue que entre unas cosas y otras llegaron a La Felicidad a la una cuando el ambiente ya se encontraba en su apogeo. El portero les dio las buenas noches. Julia cogió a su marido cariñosamente del brazo. Estaba contenta. En la pista la gente se exhibía y se desahogaba. Se acercaron a la barra a pedir unas bebidas y buscaron un sitio para sentarse. Tuvieron suerte porque encontraron una pequeña mesa en todo el meollo por así decir, cerca de la pista, que era lo que ellos querían, sentirse rodeados de gente alegre y superficial a la que mirar. Parecían una de esas parejas consolidadas, que se conocen tan a fondo que se entretienen más viendo lo que hacen los demás que haciéndolo ellos mismos.

A Félix la música y el alcohol le iban levantando el ánimo más de lo esperado. Aun así a las tres pensó que sería una hora más que prudencial para marcharse a casa, cuando una camisa roja se cruzó en su visión; su forma de moverse le resultaba familiar. La siguió con la vista haciendo un esfuerzo para no perderla en la distancia entre otras camisas, hasta que llegó a un extremo de la barra y se colocó de frente observando el panorama. Era Marcus. Félix creía que ya se habría largado. Había dado por supuesto que terminada la tarea que había venido a hacer, se marcharía a cualquier otro sitio a fundirse el dinero que Félix le había pagado. Un hombre como él podría sentir interés por lugares más excitantes que Las Marinas, donde en el fondo imperaban los jubilados y las familias con niños. Esperaba que Julia no lo descubriera, suponía que éste no sería el mejor momento para un encuentro así. Félix preferiría que Julia se sintiera más fuerte cuando esto ocurriera y después que hiciese lo que considerara mejor para ella.

Julia se levantó para ir al lavabo. Se notaba que disfrutaba de cada paso que daba, de cada cara y cosa que veía, de la música, incluso de la conversación de Félix. Cuando Félix hablaba, ella escuchaba atentamente como si cada palabra fuera decisiva para seguir viviendo. En algún momento de estos días le confesó que todo lo que él solía contarle de su trabajo en la aseguradora y cómo lo interpretaba y sacaba conclusiones le había servido de gran ayuda para avanzar y salir adelante. Y esto era algo que Félix jamás se habría esperado, ni de Julia, ni de nadie. No se tenía por una persona original, ni demasiado reflexiva, le aburría divagar sobre la vida. Casi todo lo que sabía con algo de certeza era fruto de la observación, y la observación le había llevado a pensar que uno no debía hacer más de lo que buenamente podía. Las mayores pifias las cometían los que se pasaban de héroes, de víctimas, de salvadores o simplemente de listos. Era mejor no forzar nada, aunque si era sincero, él en la enfermedad de Julia había sido demasiado osado. Pero ¿y los de Tucson? ¿Hasta dónde habrían pretendido llegar los de Tucson?

Al rato, regresó Julia. No andaba con soltura, no estaba acostumbrada a los tacones tan altos, que se empeñaba en ponerse en situaciones que consideraba importantes. Dejó el bolso en el asiento. Había venido a decirle que el baño estaba hasta los topes y que tardaría en volver. Luego se inclinó sobre él y le besó en la boca. Por un segundo el pelo de Julia le tapó toda la cara y le dejó a oscuras. Julia dio un sorbo al gin-tonic, lo que tal vez aún fuese una imprudencia, pero Félix no le dijo nada, se limitó a seguirla con la vista hasta que desapareció al fondo. Después volvió la atención a la barra. Se habían congregado tantos allí que no localizaba a Marcus. Ojalá se hubiese marchado. Al menos Julia en el lavabo de mujeres estaría a salvo de tropezárselo.

Julia

Al ver a Marcus en La Felicidad el corazón le dio un vuelco espectacular. ¿Qué hacía éste aquí? ¿Y si ella seguía soñando? Tuvo que mirarle tres o cuatro veces para convencerse de que era él. La barba de dos días, la mirada atormentada en sus preciosos ojos grises. Julia tenía este color tan metido en la retina que podía verlo a varios metros de distancia en la penumbra. Estaba detenida junto a una damisela de cerámica pegada en la puerta del baño. Julia se había acercado por el lavabo, no por necesidad, sino por romper el maleficio de la pesadilla. Ya no se sentía peor vestida que las demás, ya era como todas, con dinero, un techo, una cama y un armario con ropa dentro. Sin embargo, tanto dormida como despierta, las cosas nunca salían como las tenía planeadas o como era razonable que salieran. Tal vez obedecieran a un plan, pero era un plan desconocido. Por supuesto el baño había dejado de interesarle, ahora vigilaba los movimientos de Marcus al acecho de alguna posible presa. Lamentablemente conocía por experiencia cómo funcionaba Marcus. Tanto en el sueño como en la vida real él le había echado el lazo para conseguir algo. Digamos que mientras dormía las piezas se habían armado de una forma un tanto burda para dejarle claro que era él quien había robado la tiara de la novia en la vida real. Al robarle el coche en el largo sueño, se había declarado como un delincuente de tercera y aunque podía tratarse de una exageración propia de las pesadillas, Marcus no era un Marcus exagerado.

Casi podría jurar que al principio de conocerse Julia le había gustado, hasta que sin darse cuenta la propia Julia le puso en bandeja la ocasión de hacerse con una joya tan valiosa, y él no resistió la tentación. Lo conoció en la cafetería del hotel. Le sirvió un café y una ginebra y charlaron un rato. Al día siguiente también se dejó caer por allí y se tomó una cerveza. Julia le puso un plato rebosante de almendras saladas, y él le dio las gracias elevando hacia ella sus bonitos ojos. Esa misma noche cenaron juntos. Ella le habló del intenso trabajo que tenía por delante porque era la encargada de preparar un cóctel para los invitados de una boda casi principesca. Se casaba la hija de los dueños de una gran cadena de tiendas de ropa que estaban forrados. A él aquello le interesó aunque Julia estaba tan pendiente de gustarle que no se dio cuenta. En el fondo, todo estaba bastante claro. Siempre es uno el que se engaña por no dar prioridad a las evidencias, como decía Félix, en lugar de a los deseos. Y se dejó llevar. Se enamoró de él, que era lo mismo que decir que Marcus se convirtió en una droga para Julia. Y era evidente que él se había enamorado de ella. ¿Evidente?, ¿por qué evidente?, ¿desde cuándo una ilusión era una evidencia? Luego vino el robo de la diadema y Marcus desapareció. Y apareció Félix, que trabajaba para la compañía que había asegurado la joya. En aquellos días Julia se sentía mal por la ausencia de Marcus. Vivía pendiente de recibir noticias suyas y agradeció los locos días de la boda en que empezaba a trabajar a las siete de la mañana y terminaba a las once de la noche preparando cócteles con que aquellos ricachones agasajaban a diario a sus invitados. Entre unas preocupaciones y otras no se le ocurrió pensar que ella le había contado a Marcus la conversación que había oído entre la novia y el novio sobre el sitio en que la chica pensaba esconder aquella diadema familiar que habían llevado su bisabuela, su abuela y su madre en sus respectivas bodas y que no quería ponerse ni muerta. Sólo verla le daban ganas de vomitar, pensaba enterrarla en un enorme macetero con un bambú que había en su suite y diría que había desaparecido.

Y lo malo fue que cuando culparon al novio y tuvieron que confesar la verdad y sacaron toda la tierra del macetero para rebuscar en ella una y otra vez, la diadema ya no estaba allí. Y hasta que Julia no cayó dormida en Las Marinas y sufrió aquella interminable pesadilla no se le ocurrió sospechar de Marcus. ¿Por qué iba a sospechar de él? Estaba demasiado entretenida en desear verle entrar de nuevo en la cafetería y luego en intentar olvidarle.

En el sueño descubrió quién era. Su inconsciente, más calmado y libre de interferencias voluntarias, había descubierto la verdadera naturaleza de este hombre miserable y mediocre. Apareció un año después de que se largase tras el robo, cuando Julia ya se había casado con Félix y estaba embarazada de Tito. Pero ¿qué es un año cuando se trata de amor? Comenzó a verle. Tomaban café, daban algún paseo y con frecuencia subían a una habitación del hotel.

Aprovechaban para estar juntos en el cuarto que ella y otros empleados usaban para descansar un rato cuando la jornada se hacía demasiado larga. Estaba en la planta baja y daba a un patio interior. No merecía siquiera la pena abrir la ventana, era menos triste con la luz encendida. No eran muchos los que la utilizaban salvo para darse una ducha. Si se echaban en la cama solían hacerlo sobre el cobertor, sin abrirla.

Julia en cambio tenía la costumbre de pedirle a la camarera sábanas limpias, que ella misma cambiaba. Después de hacer el amor con Marcus las quitaba y volvía a poner las anteriores. Al principio él la ayudaba, luego, en lo que ella llamaba segunda época, se negó porque decía que ese ritual le deprimía y se marchaba enseguida, y entonces para Julia la habitación se cargaba de una gran melancolía desagradable, no de la melancolía que a uno le puede gustar porque es triste y alegre a la vez, sino de otra que es triste y amarga a la vez.

– No pienso volver más aquí -solía decir Marcus-. No soporto este ambiente. Me pone enfermo. Con algo de dinero nos podríamos marchar a Grecia unos días, y allí viviríamos la vida de verdad.

Al principio Julia creyó que podría controlar la situación hasta que comenzó a sentirse demasiado nerviosa e irritable, con los sentidos tan embotados que tenían que repetirle las cosas para poder entenderlas, igual que si hubiese una pantalla entre ella y el mundo. Y esa pantalla podría llamarse miedo. Temía cometer fallos y que Félix se diera cuenta de lo que ocurría, pero sobre todo temía que se enterase de que le había mentido, y sobre todo le apenaba que las cosas no fuesen como tenían que ser.

Sin embargo, nada de esto era comparable con lo que vino después cuando Marcus comenzó a necesitar dinero para enviar a su país. Había contraído allí una deuda y tenía que pagarla de cualquier forma. Fue en este momento cuando Julia consideró que debía retirarse. La presión era demasiado grande para cualquiera y más para alguien en su estado. Precisamente apeló a su embarazo para pedirle que dejasen de verse. Ya no podía más, se iba a desmoronar, pero Marcus no quiso. Dijo que se encontraba atrapado y que ahora no iba a aguantar que le diese la patada. A estas alturas Julia reunía fuerza sólo para pensar lo justo y no fue capaz de reaccionar. Y así iba saliendo del atolladero, un atolladero en que cada vez se hablaba menos de amor y más de dinero, mientras tanto Julia trabajaba sin descanso en el hotel para sacar un dinero extra que darle a Marcus.

Él prometía que se lo devolvería con intereses. Julia por su parte, entre la angustia y el exceso de trabajo, iba cayendo en una fatiga continua. Siempre tenía sueño.

Por fortuna, tras el nacimiento de Tito, Marcus la dejó tranquila unos meses. Y ella no le echaba de menos. La paz, la tranquilidad y el no tener que engañar a Félix eran muy superiores a los sentimientos fuertes. Durante la baja por maternidad, se dedicaba a Tito todo el tiempo. Le cambiaba, le daba de mamar y observaba a este pequeño ser que había venido al mundo porque ella y Félix habían querido. Lo normal era que mientras le daba de mamar y entre toma y toma le entrase sueño y se quedara traspuesta o profundamente dormida, hasta que la despertaba el llanto del niño. No lograba recuperarse del cansancio que había ido acumulando desde que conoció a Marcus y ni siquiera se acordaba ya de cuándo no lo sentía. Parecía que los lejanos tiempos en que era una persona como las demás se habían extinguido como los dinosaurios.

Y cuando se acabó la baja y se incorporó sin ninguna gana, a rastras como si dijéramos, al bar del hotel, Marcus reapareció. Estaba más guapo que nunca. La cara más curtida por el aire y el sol y los ojos tan claros que hacían pensar que para volver aquí habría cruzado a nado océanos profundamente azules. Julia, sin embargo, cayó en la cuenta de que la había pillado por sorpresa y que iba más descuidada que en los viejos tiempos. Marcus le preguntó cómo se llamaba su hijo.

– Tito -dijo Julia con gran precaución.

– ¿Está bien?

– Sí, muy bien.

– Me gustaría que hablásemos. No quiero malentendidos entre nosotros.

– ¿Cómo va lo de tu deuda?

– Saldada. Está completamente saldada. No tienes que preocuparte por eso.

Julia acababa de comprender que el problema no era Marcus, sino que ella tenía un infierno dentro que necesitaba arder, lanzar grandes llamas al cielo. Y era de suponer que Marcus también lo tendría. Sólo que Julia no lo manejaba ni lo resistía tan bien como Marcus el suyo. Y empezaron de nuevo a verse, ahora con más complicaciones porque Tito exigía mucha dedicación. Julia llegó a tal grado de confusión que tuvo que implicar a su madre. En varias ocasiones dejó a Tito con ella para poder verle con más tranquilidad. Se planteó incluso la posibilidad de divorciarse de Félix y comenzar una nueva vida con Marcus, si éste hubiese expresado un fuerte deseo de que así fuera, pero no lo hizo porque tenía otras preocupaciones más urgentes. Marcus volvía a necesitar dinero. Resulta que había emprendido un negocio que no estaba saliendo bien. Otra vez el dinero.

«Lo único que te importa es el dinero, ¿verdad?», le dijo un día Julia por decir. Y Marcus le sostuvo la mirada con una frialdad que a Julia le obligó a bajar la suya.

Ahora, retrospectivamente, veía su vida más en conjunto y las conexiones entre las partes le daban aparente sentido a los acontecimientos y una explicación, la explicación de que un clavo arranca otro clavo y un problema tapa otro. Julia tuvo que ir al médico porque se quedaba dormida en cualquier parte. Era exagerado, tenía que tratarse de algo más que cansancio, y lo único bueno de su dolencia era que el asunto Marcus había pasado a segundo plano. ¿Y si estaba enferma? El médico achacó su estado a la depresión posparto. La depresión le habría provocado desórdenes en el sueño. Le recetó pastillas, cuyo efecto no se hacía notar demasiado.

Entre tanto, Marcus dijo que si no reunía dinero suficiente para pagar un local que había comprado tendría que marcharse fuera del país. Y Félix reservó un apartamento en Las Marinas para pasar el mes de julio, lo que a Julia le pareció una gran idea. Ya no podía más, no controlaba su cuerpo y no se sentía capaz de hacer frente a su vida.

Si se había producido la extraña circunstancia de que también él estuviese esta noche aquí, en La Felicidad, sería porque tenían que verse y hablarse. Se apartó a un lado para no molestar a las que entraban y salían del baño, bastante serenas todavía. Sabía que de un momento a otro él la vería, vería su pelo rojo entre las ráfagas de luz. Y así fue, de pronto notó que la luz la iluminaba aquí y allá y que la mirada de aguilucho de Marcus se detenía en ella. Ya no había vuelta atrás. Julia fijó la vista en él para dejarle claro que le había visto y que no podía huir. Así que sin dejar de mirarle avanzó y avanzó. Jamás los tacones le habían resultado tan odiosos. Estaba tardando una eternidad en llegar. Entonces Marcus se apartó de la barra y también anduvo hacia ella. Se encontraron a mitad de camino. Julia se retiró hacia la pared, donde era improbable que los viera Félix. Marcus la siguió, parecía tan asombrado como ella.

– Vaya -dijo-. ¡Qué sorpresa verte aquí! -dijo Marcus.

– Sí, la verdad es que no creía que fuera a volver a verte y menos en Las Marinas. Es una coincidencia increíble.

Julia consideró que ya se estaba embalando a hablar. Marcus era un hombre de pocas palabras y su silencio resultaba un arma bastante poderosa para tirarle a ella de la lengua. Lo lograba sin mover un dedo, sólo creando un intenso horror al vacío. Ahora él la observaba sopesando la situación.

– Ya -dijo-. Imagino que andará por aquí tu marido.

– Sí. Esperaba que me preguntases por mi hijo.

– ¿Por qué? ¿Le ha sucedido algo?

Julia negó con la cabeza descorazonada, no le estaba gustando hablar con Marcus. Aquella penumbra le recordaba la habitación del hotel. Por un lado era un alivio no haberlo matado de verdad, pero por otro le gustaría matarlo con la facilidad con la que lo hizo en el sueño.

– Sé una cosa, Marcus.

Él, como era de esperar, no preguntó.

– Sé que robaste la diadema de la novia.

Hizo como que no recordaba, frunciendo el entrecejo con tanta fuerza que le dejó un surco.

– No entiendo lo que dices.

– Sí que lo entiendes. Robaste la joya y la vendiste y cuando te gastaste el dinero volviste a mí de nuevo. Me importas una mierda.

Marcus sonrió. Por primera vez en su vida, sonrió, y con la sonrisa los músculos se le descolocaron, la mirada le cambió, se hizo más blanda, los labios se le estiraron y le dibujaron unos surcos a los lados un poco ridículos. Julia lamentó que esta sonrisa no le hubiese llegado antes y deshiciese así el hechizo que la había mantenido atada a un sueño, y éste sí que había sido un sueño absurdo. En el fondo todo lo que acababa de decirle, casi ahogándose de rabia, habría carecido de valor y habría caído en el vacío si no fuese por esa sonrisa, que había vuelto el mundo del derecho. Lo estaba viendo como era. Ya no significaba nada. Sólo se dijo para sí, lo hecho, hecho está.

Marcus había sido descubierto y podía liberar su verdadero ser. El Marcus del sueño era el real.

– Crees que sabes algo y no sabes nada. Tu pequeña mente sólo ve cosas pequeñas, hechos pequeños, ideas pequeñas. Tienes fantasías pequeñas y una vida aburrida -dijo Marcus tal vez calibrando su poder sobre Julia.

– ¿Sabes una cosa? -replicó Julia indignada-. Aunque no lo creas, existe una vida en que ya estás muerto. En esa vida yo misma te he matado. He tenido la sensación de haberte matado y de tener que cargar con la culpa. No era agradable, pero tampoco me daba ninguna pena y no me dejabas ningún recuerdo. Ya no tenemos nada más que decirnos.

Cuando Julia emprendió la retirada, Marcus la sujetó por el brazo. Pero Julia ya estaba preocupada por Félix, le horrorizaba que los sorprendiese. No sabría qué decirle ni por dónde empezar a explicarle aquel embrollo que al fin y al cabo ya había pasado, y uno puede hacerse a la idea de que el pasado es sólo un sueño, a veces bueno y otras malo.

– La gente como tú en cuanto puede se deshace de lo que le molesta. Cualquier cosa que le estorbe por insignificante que sea tiene que eliminarla. Piensa en ello.

– Mi marido me espera.

– Es mejor que no le cuentes lo nuestro -dijo con una última sonrisa que acabó por destruirle.

Necesitaba ir al baño un momento para hacer un tránsito entre Marcus y Félix y de camino pensó que a veces es preciso ver nuestra vida desde otra parte, para apreciarla debidamente. Julia tenía la certeza de que en la otra vida no habría llegado a soportar la pérdida de Félix y Tito, le habría resultado insoportable no volver a verlos, no saber dónde estaban y le había angustiado la preocupación que tendría Félix por no encontrarla. Hay lazos demasiado fuertes, que no se puede explicar en qué consisten y que están por encima de las pasiones. Este vínculo era el que la había mantenido unida a ellos desde el otro lado. Así que el precipitar la muerte de Marcus en el sueño podría significar simplemente reforzar esta unión y apartar los obstáculos. Y el tropezarse ahora con el Marcus vivo, aquí en La Felicidad, parecía una broma preparada por alguien que la espiaba en todos los estados posibles y desde todas partes, desde dentro y desde fuera de su cabeza. Ese alguien invisible sabía lo que quería y lo que detestaba Julia, sabía cuándo estaba fingiendo y lo que había significado Marcus para ella. Si los espíritus y los ángeles existieran de verdad todo tendría una explicación y no debería preocuparse tanto, sólo confiar en ellos.

Félix

A los tres cuartos de hora ya no aguantó más y fue en busca de Julia. No hacía tanto que había salido del hospital y temía que pudiera marearse. Sin embargo, en la entrada del baño de señoras reinaba un gran clima de normalidad, así que se limitó a preguntar a una chica que salía si dentro había una chica pelirroja. La joven dio media vuelta haciendo volar la melena, miró dentro y volvió. No, no había nadie de esas características. Entonces tal vez Julia se había despistado y estaba tratando de localizarle. Félix aguzó la mirada lo que pudo. Concentró tanta energía en la mirada que el oído y el olfato perdieron fuerza. Su vista traspasaba las sombras y navegaba entre los desfiladeros que dejaban los cuerpos, incluso los más pegados unos a otros, y llegaba a los rincones más alejados. Y en uno de ellos los descubrió. Se acercó un poco más, aunque no lo suficiente para que lo vieran a él. Los había delatado el pelo de Julia al pasar por allí una ráfaga de luz.

Él tenía una pierna flexionada y apoyaba un pie en la pared. Julia se movía nerviosa de un lado para otro frente a Marcus, que tenía más pinta de tipejo que nunca. Ella hablaba enfadada y él escuchaba. Félix juraría que Marcus no le contaría a Julia el motivo por el que estaba aquí, porque de esta forma siempre encontraría alguna excusa para sacarle a él más dinero. Y si esto ocurría, llegaría el momento en que él mismo tuviera que contarle a su mujer que sabía lo de su relación con Marcus. Y ese momento desde luego llegaría, pero no ahora. Ahora Julia debía recuperarse, ponerse fuerte, resolver el problema que tuviese con ese individuo y entonces, y sólo entonces, Félix le pediría una explicación, o quizá ni siquiera se la pidiese, Félix pediría el divorcio y se acabó. Le dolería en el alma porque se separaría de Tito, pero durante el tiempo que estuvo llevando casos matrimoniales la experiencia le demostró que no hay vuelta atrás y que cuanto antes se tomaran medidas, mejor para todos.

Esperó medio escondido hasta que pareció que se despedían, y se marchó a su asiento junto a la pista. Suponía que ahora Julia sí entraría en el baño. Querría mirarse en el espejo, lavarse las manos, reflexionar un momento, respirar hondo y de esta forma hacer un hueco entre uno y otro hombre, entre una y otra situación, entre unos y otros sentimientos.

Llegó más o menos cuando Félix había calculado. Mientras la notaba venir hacia él, hizo que fijaba la atención en la pista. Ella, antes de sentarse le puso las manos en los hombros, las tenía frías, se las acababa de lavar.

– ¿Has visto a esos dos? -dijo Félix sin mirarla apenas-. Parecen bailarines profesionales.

– Sí -dijo Julia-. Cómo se mueven. ¿Nos vamos ya?

Un cuarto de hora más tarde entraban en los apartamentos. La noche estaba intensamente perfumada, sobre todo al pasar junto al muro, del que colgaba una enredadera de florecillas blancas.

Mientras hablaban y se adentraban por pasadizos camino del apartamento, Félix lamentaba que las cosas no fueran igual que antes, que él mismo no fuese el de antes. En el llamado por Julia curso intensivo todos habían cambiado, incluso Tito había desarrollado algunas habilidades. Ya sabía arrojar objetos, comía puré de pollo y verduras y seguía con la cabeza el ritmo de la música.

Julia se quitó los zapatos para subir la escalera sin hacer ruido.

Félix se había tomado varios gin-tonics y un whisky en la discoteca y los párpados le pesaban. Hacía siglos que no bebía así. Sentía un dulce cansancio. Se cepilló los dientes lo más rápido que pudo para tumbarse en la cama. Se oían en la habitación de al lado las respiraciones de Angelita y Tito. Él, que conocía los aspectos más negros de la vida de mucha gente, debía sentirse contento y satisfecho porque objetivamente hablando en el cuadro familiar no faltaba ninguna pieza. Si no tenía en cuenta que su mujer quería a otro, era perfecto.

A Félix los secretos no le asustaban. Los consideraba parte del trabajo. Cuando se metía en la vida de la gente, llegaba a conocer asuntillos que los más allegados ni sospechaban y esto, aunque estuviese mal pensarlo, le ponía en una posición de superioridad. En cuanto reunía ciertos datos y confesiones, veía sus vidas desde arriba como un pájaro mientras que ellos por mucho que se lo propusieran estaban dentro de la charca. Sin embargo, le incomodaba saber cosas sobre Julia que ella ignoraba que él sabía. Le repugnaba una relación tan desigual y asistir a los esfuerzos de su propia mujer por ocultarle inútilmente lo de Marcus.

Tal vez ésta fue la noche, la de su visita a La Felicidad, en que más apaciblemente durmió Julia, ¿porque se había reencontrado con su amor? Félix no tuvo la impresión de que se despidieran como amantes. No le agradaba pensar en Marcus ni con Julia ni sin Julia, pero no había detectado ninguna emoción positiva hacia aquel individuo por parte de ella, y en los días que siguieron su transformación fue a mejor y a mejor hasta convertirse en aquella Julia con la que creía que se había casado.

Julia disfrutaba de su hijo, de los paseos por la playa, de las cenas en el restaurante del puerto que ellos seguían llamando Los Gavilanes. A veces, su mirada se volvía sombría, o miraba a los lados inquieta, seguramente temiendo encontrarse con Marcus, no con la angustiosa esperanza de encontrárselo, sino con auténtico fastidio y malhumor hasta que se aliviaba y olvidaba. Lo que Julia no sabía es que también Félix miraba alrededor extrañado de que Marcus no se hubiese dejado ver, sobre todo ahora que sabía que Julia había despertado, que se encontraba bien y que entre ella y Félix había más secretos que en los sótanos del Vaticano. Parecía prácticamente imposible que no quisiera sacar provecho. En cualquier caso, y demostrando valentía cada uno por un lado, ninguno sugirió la posibilidad de marcharse de Las Marinas el resto de las vacaciones.

Julia envió a su trabajo, al finalizar julio, la baja que le extendió el doctor Romano. Después de lo que has pasado te mereces diez días de auténticas vacaciones, le dijo. Y Félix pidió diez días por asuntos propios. Lo que resultó inevitable fue cambiarse de apartamento porque éste estaba ya reservado para agosto.

Ocuparon un bajo, que en el fondo era mejor porque tenía un pequeño jardín y no había que subir escaleras con Tito, la silla, la bolsa y la sombrilla. Pero sentían que le debían mucho a los dueños del que dejaban, Tom y Margaret Sherwood. Gracias al instrumental de repostería con que Margaret había provisto la cocina, a Angelita se le ocurrió lo de la tarta, que a Julia le indicó el camino de vuelta al apartamento.

Angelita confesó que aquella mujer llamada Margaret le había dado mucha fuerza, que parecía que el apartamento estaba impregnado de su espíritu y que en un altillo había encontrado ropa de mujer en una caja de cartón donde ponía Margaret y que cuando Angelita se vestía con ella se sentía mucho más joven y más fuerte y que entonces lo que le ocurría le ocurría a una persona que estaba en perfecto estado mental y físico para afrontarlo. Pero al despertar Julia de su largo sueño, había dejado de tener efectividad así que volvió a guardar la ropa lavada y planchada en la caja y la caja donde la había encontrado. Decía que Margaret debía de ser una persona muy positiva y con mucha energía y que todas sus cosas estaban cargadas con esta energía y que pensaba llevarse aquella foto de ella y Tom como recuerdo y dejaría una carta para ellos en el buzón explicándoles lo importante que había sido pasar este tiempo en un apartamento con tanta vida dentro y que en compensación les dejaba un regalo que podían incorporar a la decoración del apartamento o hacer con él lo que quisieran.

Angelita les compró a Tom y Margaret, esos viejos amigos a quienes nunca habían visto y que probablemente jamás conocerían, un frutero muy bonito de barro cocido, que se rompió en cuanto Angelita salió por la puerta camino de Madrid. Se marchó un día antes de trasladarse al nuevo apartamento en el bajo. Era el único que quedaba libre y tenía una habitación menos, así que Angelita dijo que ya era hora de que estuvieran solos y que empezaba a sentirse un estorbo.

Aun vistiendo su propia ropa el aspecto le había cambiado. Se movía con agilidad y se la veía segura del terreno que pisaba. La llevaron al aeropuerto por cortesía, pero no porque lo necesitase o se quedaran intranquilos. En cuanto comprobaron que pasaba el control de seguridad, regresaron. Era mediodía y Julia quería darle de comer a Tito lo antes posible y que se echara la siesta.

El nuevo apartamento olía a detergente. Lo acababan de limpiar y de retirar los rastros de los inquilinos de la quincena anterior. Tito se puso a gritar contento igual que si por un golpe de conocimiento comprendiera todo lo que había sucedido. El jardincito tenía unos metros de césped que teñían de tono verdoso el minúsculo salón. Y quienquiera que lo hubiese limpiado había dejado las puertas abiertas para que se secase el suelo. Pusieron a Tito en la silla mirando hacia fuera. Recorrieron de dos zancadas la habitación, el baño, el cuarto del calentador, donde también había un tendedero de plástico plegado, una cesta con pinzas de colores y una fregona. La distribución era prácticamente igual que la otra, aunque más impersonal. En el buzón figuraba un nombre masculino de resonancia sueca, noruega o danesa. Los muebles eran de mimbre blanco seguramente para no empequeñecer aún más la vivienda. En la cocina no había nada que delatase la personalidad del dueño, sólo en una vitrina junto al sofá se exhibía un juego de café en cerámica búlgara, lo que significaría que habrían hecho un viaje o que alguien se lo había traído como recuerdo. Y había algo más. Sobre la vitrina había una fotografía.

Julia y Félix se quedaron contemplándola boquiabiertos. Era la foto de Tom y Margaret. La misma foto sonriente en el mismo marco de madera. Julia y Félix se miraron sorprendidos. Seguramente con el apartamento entraban algunos muebles y adornos como este marco con la misma foto de prueba, lo que significaba que esas personas no existían. También el florero que había sobre la mesa redonda y el cenicero eran parecidos. Esa foto acompañaba el marco simplemente para que el cliente se hiciera una idea de cómo quedaría su propia foto allí. Y digamos que casi nadie se había molestado en cambiarla.

– Y pensar que he soñado con esa mujer, que he hablado con ella, que hizo la tarta que me condujo hasta aquí. Y todo era real, ella también. Imagínate que ahora también estuviésemos soñando, soñaríamos con cosas y personas que hemos visto en otra vida o en otro mundo -dijo con un tono de voz reflexivo y pausado, místico, en una palabra.

Félix escuchaba a Julia alerta, algo estaba cambiando. Cuando se volvió a él lo miró sonriente, como si por fin lo hubiera aceptado en su vida. Félix dudó si tendría que divorciarse de esta Julia. Si ella había evolucionado hacia otro estado interior, tampoco las circunstancias eran las mismas. ¿Y si dejaba de darle tanta importancia a lo que había descubierto? Al fin y al cabo lo que había descubierto pertenecía al pasado, y ahora ya estaban en el futuro. Había llegado al convencimiento de que hay personas que atraen la información hacia sí, mientras que otras se enteran de lo mínimo. Es una manera de ser, que a veces es mejor no alterar. Después de todo, el mundo se sostenía en tantas mentiras, que si esas mentiras se desmoronaban los cimientos cederían y todos se hundirían, y ante esa perspectiva habría que preguntarse si merecía la pena la verdad.

Llamaron a la puerta a las cuatro de la tarde por el reloj de la mesilla. Julia medio abrió los ojos y volvió a cerrarlos. Estaba consiguiendo dormir muy bien, sin miedo a no despertar, por lo que quizá no fuese preciso recurrir a un psicólogo, o si recurrían sería cosa de poco.

Félix cruzó el pasillo y el verdoso saloncito con enorme pesadez, como si cada una de las pisadas dejase una profunda huella en el suelo. Al segundo timbrazo se precipitó a abrir para que no se despertase Tito y se encontró con un individuo que le resultaba familiar. Llevaba pantalones cortos por la rodilla y náuticos azul marino. Sobre el tronco, un polo negro. Miró a Félix con la cabeza ladeada y en un ángulo que iba de abajo hacia arriba. No le era extraña esta forma de mirar.

– ¿Nos conocemos?

– Le traigo un regalo de Abel. No creo que sepa que murió hace unos días.

¡No me diga! Abel, el paciente del hospital. Ahora recordaba perfectamente al hombre que tenía delante, apoyado en la pared frente a la puerta 403.

– Usted era… -dijo haciéndose a un lado para dejarle entrar. Con los dos dentro, el salón parecía aún más pequeño.

– Cuidaba de él, de que nadie le molestara y de que le atendiesen bien. Nos turnábamos una compañera y yo, ya sabe… Me ha costado dar con ustedes -echó un vistazo al pequeño entorno-. Han cambiado de apartamento.

Félix sintió cierto respeto hacia la profesionalidad y lealtad hacia su jefe de este hombre que cumplía sus promesas, lo que podría significar que el quijotesco Abel gozaría de auténticas cualidades humanas. Así que se sintió obligado a interesarse por él, por cómo falleció.

– ¿Falleció en el mismo hospital? -preguntó Félix.

– A los dos días de salir le repitió el infarto -contestó con la voz práctica de quien sabe que es inútil emocionarse y le entregó un sobre amarillo y acolchado que llevaba en la mano.

– Es mejor que lo abra cuando esté solo -le susurró casi al oído, lo que daba a entender que Félix debía ocultárselo a Julia.

Félix dudó si ofrecerle algo de beber, pero era más fuerte su deseo de que se marchara lo antes posible.

Desde el jardincito lo vio dando la vuelta por el sendero de adoquines rosas hacia la salida. El vello rubio de las pantorrillas le brillaba al sol mientras se ponía unas gafas negras. Los pantalones cortos impecablemente planchados, la alianza en la mano con que le había entregado el paquete lo convertían en un inocente padre de familia, de la misma estirpe de Félix, disfrutando de tiempo libre. Había venido relajado y fuera de servicio a cumplir una última voluntad.

Julia preguntó desde el dormitorio quién era, y Félix contestó que se trataba de un operario de la urbanización. Se sentó en una butaca de plástico verde botella del jardín bajo la sombra del toldo. Había moscones y una abeja danzaba alrededor. Le gustaba el sonido, le recordaba cuando era pequeño y había mucho tiempo por delante para recrearse en cualquier cosa. Palpó el sobre, notó algo abultado como un pequeño libro. El pesado de Abel había estado pensando en ellos después de que se fueran. Ahora que todo había quedado atrás le agradecía ese gesto. Más aún, su presencia en el cuarto y sus comentarios, en ocasiones cargantes, les habían aliviado de la soledad. Lo que no podría saber nunca es qué le decía a Julia, qué secretos le dejaba caer en el oído.

Ya no volvería a la cama. Se tumbaría en el sofá a leer una novela de Margaret que había traído del otro apartamento hasta la hora de ir a la playa. Le encantaba esta vida. Le gustaba tanto que lloraría de alegría. Con la abeja zumbando alrededor, abrió el sobre. Sacó un billetero negro de hombre. Dentro había una nota que decía:

«Ya no os molestará más. Ese tipo no valía lo que te estaba costando. Te lo digo yo.»

Por las ranuras asomaban tarjetas de crédito y la documentación de Marcus. Era la cartera de Marcus. ¿Significaba esto que…? Aguzó el oído para comprobar que Julia seguía en la cama. Había unos tres mil euros en billetes de cincuenta. Permaneció observándolos un segundo, luego los cogió y se los metió en el bolsillo. Tendría que deshacerse de la cartera. De momento la metería en el sobre y lo camuflaría entre sus papeles del trabajo, que era una manera de que a Julia no le llamase la atención.

Abel, Abel, pensó. Ojalá sea una broma, pero si no lo era, gracias. ¿Qué más podía decir? A no ser que Marcus apareciera no podría saber si esto quería decir lo que suponía porque sería imposible localizar al mensajero que le había traído el sobre. Le había pillado por sorpresa, en un momento en que no se le ocurrió ni siquiera preguntarle cómo se llamaba.

Esa noche no irían a Los Gavilanes sino al mejor restaurante de la costa en treinta kilómetros a la redonda y antes pasarían por alguna buena tienda de ropa para que Julia se comprase un vestido bonito. Y desde luego dejaría que el futuro hiciera su trabajo. Pero antes, se acercaría a la playa a darse un baño por fin en paz y con la secreta esperanza de encontrarse con Sandra. Desde que Julia apareció en la urbanización, Sandra se había mantenido a distancia. Siempre la veía de lejos con su pandilla de amigos tatuados. Y le gustaría tanto bañarse con ella, aunque sólo fuera una vez, ahora que ya no sentía ningún tipo de preocupación. Le gustaría verla y estar con ella ahora que el mundo se había vuelto simple otra vez.

Julia

En cuanto Julia dejó de estar obsesionada por Marcus, Marcus desapareció. Tenía razón el doctor Romano cuando dijo que todo lo que existe, existe porque está en nuestra mente. Y que no había peor muerte que la de ser olvidado. En el momento en que su pensamiento lo mató en el sueño, un pensamiento no dirigido voluntariamente, Marcus pasó a mejor vida. Y cuando se lo encontró en la vida real ya era un fantasma, un fantasma molesto. La vuelta a casa estaba siendo muy agradable. Tito estaba morenito y a Félix le había crecido el pelo. Probablemente se lo cortaría nada más llegar. En el hotel le preguntarían por lo que le había ocurrido, pero ella le quitaría importancia y no contaría casi nada. En el fondo lo que deseaba era alejarse de la sombra del robo de aquella joya en el que de forma inocente había participado y que en el hotel siempre la rondaría. Así que trataría por todos los medios de montar su propio negocio. Félix la ayudaría. Gracias a Dios no se había enterado de lo de Marcus ni de nada.

Ya habían perdido de vista la costa, ya había dejado de oler a mar. La vegetación iba cambiando y el sol lo cubría todo de un dorado envejecido. Tenía que darle de merendar a Tito.