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Las uvas maduraron a mediados de septiembre. La alcaldesa le envió a la abuela los primeros racimos, en una bandeja de cerámica con flores azules y amarillas. Venían cubiertas con un paño de hilo bordado. La abuela cogió una entre dos dedos. Era tan fresca y hermosa, como feo y sucio su brillante. La probó, y escupió el hollejo dentro del puño.
– Son acidas -comentó-. Ya me lo figuraba.
Las uvas, con una gota perlada, quedaron olvidadas en la bandeja.
Borja, que me estuvo mirando con ojos malvados durante todo el día, comentó mirando hacia la abuela:
– Las de Son Major serán dulces.
Pero aquellas palabras iban dirigidas a mí. Se lavó delicadamente las yemas de los dedos y las enjugó con la servilleta. Parecía un pequeño Pilatos.
– Sirve el café, Antonia – dijo la abuela.
Nunca contestaba cuando se aludía a Son Major. (Un día le pregunté al Chino: "¿Por qué se enfadó la abuela con San Jorge?" "No sea irreverente, señorita Matia", contestó. Pero entendiendo perfectamente añadió: "¿Y por qué se enfadan los señores y los villanos?" Y frotó chabacanamente el índice y el pulgar.)
– Abuela, ¿podemos retirarnos? -pidió Borja-. Nos gustaría pasear un poco por el declive, antes de la clase…
La abuela me escudriñó, y a mi pesar me ruboricé. "Borja tiene algo que decirme".
– Vete preparando -dijo la abuela-. Mossén Mayol está buscando un nuevo colegio para ti. Y, después del bochorno que nos hiciste pasar con lo de Nuestra Señora de los Ángeles, espero que reflexionarás antes de hacer algo que no debas.
Luego miró a mi primo:
– Tú también, Borja, reanudarás tus clases. Esta situación dura más de lo que pensábamos, y te buscamos un colegio apropiado.
Hizo una pausa, y añadió:
– La guerra no debe interrumpir más nuestra normalidad. La guerra es una cosa horrible.
"¿La guerra?", me dije. "¿Qué guerra? Este silencio podrido, este horrible silencio de muertos".
– Odio la guerra -continuó la abuela-. Debemos vivir, en lo posible, ignorándola.
– ¿Cuándo iremos al colegio? -preguntó Borja, con tal sonrisa que parecía esperar de tan funesta noticia suavísimas mieles, o el cumplimiento de algo muy deseado.
– Después de Navidad -la abuela echó mano de sus grajeas-. Antes no será posible. Necesitáis una buena preparación para no exponerme a un nuevo fracaso.
Miró significativamente al Chino, que inclinó la cabeza. Casi era una forma de despedirle. ¿Qué iba a hacer el Chino en aquella casa, cuando no le necesitáramos? Me pareció que al servir el café a Antonia le temblaron los dedos.
Besamos la mano de la abuela, la mejilla de tía Emilia, y nos retiramos. Corrimos cada cual a nuestra habitación para despojarnos de las incómodas ropas, y salimos de nuevo, hechos unas fachas pero muy cómodos.
Borja ya me esperaba en el declive, sentado bajo un almendro, abriendo y cerrando la navaja de Guiem. El pelo le caía sobre la frente.
– Hipócrita, pequeña canalla -dijo.
Sonreí, fingiendo orgullo ante sus insultos, e inicié el descenso hacia el embarcadero, donde nos aguardaba la Leontina. Él venía detrás. Le oía saltar sobre los muros de contención, como un gamo.
– Traidora, ignorante -continuó él.
Verdaderamente, estaba lleno de rabia, de despecho. Al llegar al embarcadero nos detuvimos. Estábamos sofocados, y respirábamos con dificultad.
– Te expulsamos de la pandilla. ¡Fuera! ¡Fuera los traidores!
Me encogí de hombros, aunque las rodillas me temblaban.
– No quiero ser de los vuestros -dije-. Tengo mis amigos.
– Ya lo sé. ¡Buenos amigos tienes! La abuela se enterará.
– No porque tú lo digas, me figuro.
– No, desde luego: no porque yo lo diga.
– Bien, entonces…
Empezaba a entender a mi primo. No había más que fingir indiferencia ante sus bravatas, para desesperarle. ¿Acaso por eso odiaba tanto a Manuel, porque nunca le demostró interés alguno, ni en favor ni en contra? ¿Acaso por eso mismo adoraba secretamente, apasionadamente, a Jorge de Son Major?
Me cogió tan fuerte por la muñeca que creí me la iba a partir:
– Ven aquí, insensata -dijo. Y suavizó la voz, como cuando nos encontrábamos en la logia, por la noche.
(De pronto parecía que había pasado mucho, tiempo desde aquellas conversaciones, desde aquellos furtivos cigarrillos.)
– Te lo digo por tu bien, más que tonta. ¿No sabes quién es? ¿No sabes que nadie les habla? Su madre… bueno, y su padre, ¿cómo acabó?
Estábamos a mediados de septiembre, con la tierra húmeda, y las hojas castaño doradas, amontonándose en el suelo del declive. Era la hora de la siesta, como aquella otra vez (pero tan diferente). Dije:
– José Taronjí no era su padre… ¡Inocente!
Me eché a reír y empecé a andar por el borde del acantilado. Miré por encima del hombro, y vi cómo me seguía. Oía su respiración agitada:
– ¿Qué estás diciendo? ¡Eres mala!…
Me volví. Sentía una gran alegría en aquel momento.
– No puede ser -dijo él. Estaba desmoronado, temiendo un nombre que yo no había pronunciado-. No es verdad… son habladurías. Él es un Taronjí, un chueta asqueroso… un hijo de…
Nunca decía palabras como aquélla. Se ruborizó, y me dio lástima. "Es lo peor que podía haberle dicho: que Manuel no es hijo de José Taronjí". Borja se sentó en la roca, como sí de pronto no pudieran sostenerle las piernas, o no quisiera que yo adivinase su temblor. Tenía los labios descoloridos, y repitió:
– No puede ser.
Estuvimos oyendo el mar a nuestros pies. Por entre los árboles, hacia la izquierda, blanqueaba la casa de Sa Malene y Manuel.
– Y… ¿es cierto que vais allí? -preguntó.
Asentí con la cabeza, malvadamente, para deleitarme con su pesar. (Y no era verdad, no habíamos ido allí, como él se figuraba. Nunca tuve suficiente valor. Me irrité conmigo misma por mi cobardía. La primera vez, aquella tarde, cuando le dije a Manuel "ven conmigo", él me siguió a pesar suyo, contra su voluntad. Trepamos por el camino sobre el acantilado. A las afueras del pueblo, casi a los pies del bosque, estaba Son Major, sus altos muros brillando en la tarde, por donde asomaban las palmeras, con su verde sucio y desflecado. Y yo, con miedo siempre, al acercarme allí, desde que Manuel me contó: la verdad. A través de la verja pintada de verde, Manuel y yo, muy juntos, mirábamos las flores rojas, como aquella rosa casi negra que se ponía Sanamo en la oreja. Una vez oímos su guitarra. Manuel y yo, sigilosos como ladrones, pegados al muro blanco de Son Major, uno delante del otro, como dos sombras errantes, como dos perros vagabundos. Aquella música de Sanamo, atravesaba los muros y conteníamos la respiración, oyéndole. Aquel susurro, rasgando el aire caliente. Ni una voz humana: sólo la música de las cuerdas, el sol y el viento en la esquina. Una tarde, ya entrado septiembre, estuvimos Manuel y yo apoyados en el muro, mirándonos como desconocidos, acordándome de aquellas palabras que dijo una vez: "Dile que le quiero mucho". El viento gritaba en el acantilado, y Manuel me dijo: "Ese viento loco y salvaje: siempre lo oía cuando venía a Son Major, por Navidad". Me acordé del Chino, que había dicho: "Ese hombre, Dios mío: loco y salvaje", cierta vez que Borja comentó "dicen todos que me parezco a Jorge de Son Major". Y aunque Borja dijera para amedrentar a Guiem y a los suyos: "mi padre puede fusilar todos los hombres que quiera", o "ha mandado colgar de los árboles más hombres que granos tiene un racimo", aunque dijera todo eso, no quería parecerse al tío Álvaro. Quería parecerse a Jorge de Son Major, el del Delfín y las islas griegas. "Ese hombre, ese viento, loco y salvaje".)
– Así que fuisteis a Son Major… así que no son cosas de Guiem.
Seguí asintiendo, aunque en mi interior empecé a flaquear.
– Y a él… ¿le visteis?
No contesté, desfallecida por tanta mentira. Sentía piedad por Borja, aunque no comprendía por qué le fascinaba tanto, por qué fascinaba a todos aquel hombre, si casi nadie le veía nunca.
Borja sonrió, levantando el labio de aquella forma que descubría sus feroces colmillos. Y dijo:
– ¡Vete! ¡Déjame solo! Gran embustera… no quiero verte más.
En aquel momento, la voz del Chino nos llamó por entre los árboles. ("El latín, el odioso latín"). Y dije, para rematarle:
– Manuel podría bañarte en latín. Sabe más latín que Mossén Mayol. Tú y yo, a su lado, porquería.
Volvimos a la casa en silencio. El Chino nos esperaba quieto, con las manos cruzadas sobre el vientre y los ojos ocultos tras los cristales verdes.
Al atardecer vinieron Juan Antonio y los del administrador, silbando por entre los cerezos del jardín.
– ¡Borja, nos están provocando los de Es Guiem!
No eran días de tregua. El cielo aparecía tapado por una nube grande, hinchada y rojiza. Borja saltó de la hamaca, mirándome muy fijo:
– ¿Con quién vas? -dijo, roncamente.
– Contigo.
Se encogió de hombros, sonriendo. Tiró al suelo el libro, que ya no leía, y dijo:
– No es cosa para ti.
El Chino se acercó, nervioso.
– Ven, Chinito, ven conmigo, hermanito -dijo mi primo.
Estaba exaltado, y reía de través, como él sabía hacerlo. Lauro se ruborizó.
Juan Antonio y los del administrador esperaban en la verja. Juan Antonio sudaba:
– ¡Están en la plazuela! Han encendido hogueras y están provocándonos con los ganchos de la carnicería… ¡vamos a darles un escarmiento!
– ¿Y tu amigo? -me preguntó Borja en voz baja, muy cerca del oído-. ¿Con quién anda, con ellos o con nosotros?
El Chino nos miraba. El verde de sus lentes ponía manchas en sus mejillas. Dijo:
– Señorita Matia, quédese usted, se lo ruego… quédese.
– Iré -contesté, más por llevarle la contraría que por verdadero deseo-. Yo siempre voy con Borja.
– ¡Vamos, Chino, señor Preceptor, querido mío! -Borja lanzó una risotada extraña.
El Chino arrancó una ramita del cerezo, y sus manos temblaban:
– No puedo, de verdad, señorito Borja… no puedo… Su abuela…
– ¡Al infierno, la vieja! Vente, amigo. Te queda poco tiempo de estar con nosotros: ya oíste, te van a dar la patada después de Navidad.
Me pareció demasiado cruel, pero estaba muy atormentado, muy herido por lo que yo le había descubierto; y no sabía lo que decía. El Chino no contestó, pero la vena de su frente se hinchó como un río que va a desbordarse. Por primera vez pensé que su odio también podría ser grande y peligroso. Que tal vez su odio podría estallar algún día. Le tendí la mano:
– Conmigo -le dije, con una mueca de burla-. Conmigo, señor.
Lauro el Chino partió entre sus dedos la ramita de cerezo, y oí su pequeño chasquido. Borja, Juan Antonio y los del administrador echaron a correr locamente hacia el pueblo. Despacio, el Chino y yo les seguíamos.
– Un día se meterá en un lío de verdad -dijo el Lauro-. Un día le ocurrirá algo que no podremos ocultar a su abuela, ni a su madre… señorita Matia, si usted tuviese alguna ascendencia sobre él… ¡muchacho loco!
Su voz temblaba, tal vez de ira. Pero mesurada, con la traidora dulzura de la mansedumbre.
"Era de ver cómo prendían en el juego sus carnes, cómo las llamas lamían sus entrañas; cómo se rasgaba su vientre en dos, de arriba abajo, con un brillo demoníaco, y…", decía el libro que Borja encontró en la habitación del abuelo. Explicaba cómo ardían vivos los judíos. Aquella era la misma plaza donde ocurrieron, siglos atrás, aquellas escenas.
Brillaban las primeras estrellas de la tarde y el calor del día cedió a un húmedo relente, bajado del bosque. A aquella hora, las ruinas se volvían siniestras, y era verdad que las losas del centro de la plaza aparecían ennegrecidas y quemada la tierra. Incluso el musgo, que todo lo cubría, tenía un cruento moho de cementerio o de pozo.
Habían prendido las hogueras. La más grande en el centro; otra, hacia el acantilado; la tercera, ya a la entrada del bosque. Los robles, negros y feroces, se levantaban sombríamente en la ladera, y traían el aroma, tan conocido, de los de mi tierra.
Los mohosos ganchos de hierro solían enterrarlos en lugares secretos. Tenían tres: el del propio Guiem (más grande y negro que los otros, que seguramente sirvió para colgar reses grandes), el de Toni de Abres, y el del cojo, que nadie comprendía cómo lo consiguió y no lo cedía por nada del mundo. Cuando los de Guiem desenterraban los ganchos de la carnicería, la guerra empezaba. Provocaban a Borja y Juan Antonio, a los del administrador, a mí y al Chino, de la mañana a la noche. Encendían hogueras en la plaza de los judíos, y si no les hacíamos caso quemaban muñecos de paja, lo que significaba su triunfo sobre Borja y Juan Antonio.
Los ganchos los robaron en la carnicería, heroica y concienzudamente: primero uno, luego otro y otro. Jaime, el carnicero, juró matar al que le robase uno más. Borja y Juan Antonio soñaban con encontrar algún día los secretos lugares en que se enterraban. Para mí, tenían un significado brutal, tal vez porque me traían el recuerdo de la cabeza colgada a la puerta de la carnicería. Aquel ojo de niña hinchado y azul entre afluentes de sangre, mirando fijamente de lado, lleno de odio y estupor, parecía el símbolo de la ira entre Guiem y Borja. Hoy día no puedo pasar frente a una carnicería sin sentir un hormigueo de asco y de temor en la espalda.
En las sombras de la tarde las hogueras se levantaban briosamente. Acudieron algunos muchachitos del pueblo, que arrojaban al fuego ramas secas traídas del bosque. Al ver a Borja y Juan Antonio, seguidos de los del administrador, echaron a correr y se pararon lejos, en hilera, para presenciar el encuentro. En la luz azul las hogueras lo convertían todo en noche.
Tiznado y oscuro, Guiem salió del bosque. Bajó la manga de su jersey hasta cubrirse los dedos, de forma que surgía el gancho, retorcido y siniestro. (El Capitán Garfio luchó con Peter Pan en los acantilados de la Isla de Nunca Jamás. Borja, desterrado Peter Pan, como yo misma, el niño que no quiso crecer volvió de noche a su casa y encontró la ventana cerrada. Nunca me pareció Borja tan menudo como en aquel momento. Hizo la limpieza de primavera, cuando la recogida de las hojas, en los bosques de los Niños Perdidos. Y los mismos Niños Perdidos, todos demasiado crecidos, de pronto, para jugar; demasiado niños, de pronto, para entrar en la vida, en el mundo que no queríamos -¿no queríamos?- conocer.)
– ¡Judas, Judas, Judas!
El Chino se paró a la entrada de la plaza, las manos cruzadas, callado. Vi su tembloroso perfil, con el bigote escaso, ralo, oscureciéndole las comisuras. Y, de pronto, ¡qué joven me pareció! Hasta aquel momento nunca me di cuenta de que era un muchacho, sólo un muchacho; apenas mayor que nosotros, metido de lleno en las sucias cosas de los hombres y de las mujeres; hundido hasta los hombros en el mundo, en aquel pozo al que todos estábamos ya resbalando.
– ¡Judas, Judas!
El nombre venía hacia nosotros, con el aire que empujaba la melena de las hogueras. Un rojo resplandor temblaba, como la superficie del agua removida, sobre las desconchadas losas de la plazuela, en las columnas partidas donde en tiempos se alzó un porche, en las casuchas ruinosas con sus puertas inútilmente cerradas con llave. Y ratas y comadrejas, murciélagos, lagartijas y charoladas cucarachas, correrían despavoridos por rendijas y escaleras rotas. Las cerraduras eran ojos oscuros que sólo miraban hacia dentro, taladrados por hilillos de luz roja; despertando diminutos dragones de sangre fría, como aquel del declive, que tan fijamente me miró. Huirían despavoridos, al olor del fuego, a los gritos de los muchachos.
El Chino temblaba, quizá atrapado en su secreto, que, de pronto no deseaba conocer. Como si aquella carrera desenfrenada hacia el pozo de la vida, que emprendí desde mi expulsión de Nuestra Señora de los Ángeles se viera acechada por insectos, y ratas, y lagartijas, y húmedas lombrices, y rosados gusanos: y deseara gritar y decir: "Oh, no, no, detenedme, por favor. Detenedme, yo no sabía hacia dónde corría, no quiero conocer nada más". (Pero ya había saltado el muro y dejado atrás a Kay y Gerda, en su jardín sobre el tejado.) Y mirando al Chino, a mi lado, sentí mi primera piedad de persona mayor, deseé darle la mano y decirle: "No les hagas caso, sólo son unos niños ignorantes. Perdónales, pues no saben lo que se hacen". Y a un tiempo me avergonzaba de aquel primer sentimiento de adulto y me daba miedo y pena de mí misma, de mis palabras y de mi piedad.
– ¿Quién entra en el bosque? ¿A quién le gusta pasear por el bosque?
Guiem triunfaba. Me parece que habían bebido vino. Tenían todos -Guiem, Ramón, Toni de Abres y el cojo- los labios oscurecidos y las camisas por fuera del pantalón. Sudaban, alzadas sus cabezas redondas, brillando en la noche. Borja estaba solo, de pie (adiós, Peter Pan, adiós, ya no podré ir contigo la próxima Limpieza de Primavera: tendrás que barrer solo todas las hojas caídas), quieto y dorado en medio de la plaza, brotándole de los ojos un reflejo del tío Álvaro ("Fusila a quien quiere, es general y brinda por el rey") y sonriendo con su labio alzado, encogido sobre los pequeños colmillos de caníbal (doña Práxedes, ferozmente indiferente, catando uvas acidas, despidiendo preceptores inútiles). A su lado, míseros guardaespaldas, brutales y cobardes, Juan Antonio (atrapado por el diablo), y los del administrador (a la fuerza, a rastras del aborrecido nieto de doña Práxedes: piadosos por culpa de doña Práxedes, estudiando en verano como los nietos de doña Práxedes). A la entrada de la plazuela, como guardando aquel mundo que se nos escapaba, minuto a minuto, el Chino temblaba.
Borja se metió directamente en el bosque. Lauro echó a correr hacia él, asustado:
– ¡Borja, cuidado! ¡Borja, que no llevas la carabina! ¡Borja, estás loco!, ¡te matarán… te ocurrirá algo, y la abuela…!
Había olvidado el "usted", el "su señora abuela", todo, todo.
Me quedé quieta, esperando. Juan Antonio, cobardón, se adentró poco a poco entre los árboles. El cojo le espiaba esgrimiendo su gancho.
– No es nada -dijo-. No es nada.
Se fueron todos. Sólo quedaba en la plazuela el último crepitar de las hogueras. Borja traía en la mano el chamuscado muñeco de paja, al que habían vestido un jersey astroso para que se pareciese a él. No sé cómo, se le parecía aquel bulto informe y medio quemado, rescatado a última hora por Borja. Sí, se le parecía. Lo esgrimió en alto, en su mano derecha. Tenía encogido el brazo izquierdo y la sangre le caía por la manga. Tenía una hermosa sangre, tan roja que parecía anaranjada.
– No es nada -repitió-. ¡Le di una buena! ¡Para que aprendan! Siempre me echaban en cara lo de la carabina, pues hoy he ido con las manos en los bolsillos…
Estaba pálido pero sonreía. Nunca le vi con los ojos tan brillantes, tan guapo. Guiem le alcanzó con el gancho en el antebrazo. El Chino le envolvió la herida en su pañuelo. No era gran cosa, pero al Chino le caían por las sienes gotas de sudor. De nuevo nos veíamos rodeados por un espeso silencio. Los gritos de horas antes eran algo remoto, como un sueño.
– Entramos… -quería explicar con todo detalle-, y al principio, entre los árboles de ahí mismo, le dije: "Voy sin carabina". Y contestó: "Bueno". Pero no tiró el gancho, y nos escondimos. Yo veía brillar su pelo, entre las hojas. Le seguía por eso… hasta que se me lanzó, de pronto. Bueno, pesa mucho, pero es torpe. Mi padre me enseñó a luchar. Tú ya sabes, Chino, ¿verdad?… Tú sabes muy bien que yo…
– Sí -contestó el Chino.
Y me pareció que estaba profunda y misteriosamente triste.
– No ha durado mucho -dijo Carlos, el pequeño del administrador-. ¡Has ganado en seguida!
– Pero tienen nobleza éstos -observó Juan Antonio-. Hay que reconocer que la tienen. Se han ido sin buscar más…
– Sólo me la tenían jurada a mí -contestó Borja. Y me miró-: Por lo de ese chueta, dicen. Saben que es amigo de Matia.
Miré al suelo. El Chino levantó la cabeza:
– ¡Por Dios, señorita Matia!
Borja se levantó:
– Se creen que Manuel va a ser de los nuestros, porque Matia… Bueno, eso se acabó. ¿Verdad, Matia, que eso se acabó?
Desvié los ojos, y callé.
Volvimos a casa. El Chino iba diciendo:
– Por Dios, venga a mi habitación, mi madre le curará. Así su señora abuela no se enterará de nada…
Faltaba casi una hora para la cena. Entramos por la puerta del declive y subimos silenciosamente a la habitación del Chino.
Encendió la lámpara de sobre la mesilla. Allí seguían las flores, las reproducciones, clavadas sobre el techo abuhardillado, para poderlas contemplar desde la cama. El espejo moteado, sus libros, sus jarros de cerámica, los terracotas y los ciurells de Ibiza. Al encender la lámpara, sus manos largas y amarillas se iluminaron como una gran mariposa. Dijo:
– Esperen… avisaré a mi madre.
Aún estaba la ventana abierta, con un pedazo de cielo fresco, húmedo. Se veía una estrella. Borja se acercó a besarme:
– Matia, Matia, te lo ruego…
Creí que iba a llorar y por primera vez me pareció mucho más niño que yo, aún al otro lado de la barrera, deshecho su aire bravucón, desmoronado. (Como yo misma aquella tarde, junto a Manuel.) Dijo:
– Matia, dime que aquello no es verdad, dímelo.
– ¡Pero si es cierto, Borja! Yo no tengo la culpa. Él es el verdadero hijo de Jorge. Él es el verdadero hijo…
Se mordió los labios. (Aquellos labios que siempre me parecieron demasiado encendidos para un muchacho.) Apretó con la mano derecha su antebrazo izquierdo, que, a buen seguro, no le dolía tanto como aquella revelación.
– No puede ser… ¡Ese tipejo! Tú lo sabes, Matia, Jorge es pariente nuestro. Está enfadado con la abuela, ya lo sé. Pero son tonterías. Él es de nuestra sangre…
– Pero, ¿por qué te importa tanto? -dije, sin poderme contener-. Siento que te duela, pero esa es la pura verdad. Y además lo sabe todo el mundo. Él amaba a Malene, y Manuel es hijo de ellos dos. Luego, casó a Malene con su administrador, para cubrir las apariencias. Todos lo saben. Y les regaló esa tierra que está ahí, estorbando a la abuela… No puedo remediarlo, Borja, la vida es así.
Y al decir esto me sentí estúpida y suficiente. (¡Qué idiotez! Lo oí decir a veces a las criadas: "la vida es así".)
Borja recuperó su orgullo. Levantó la cabeza, mirándome casi con odio:
– Pequeña idiota -remedó mi voz-."¡La vida es así!" Pequeña idiota.
La puerta crujió y entró Antonia. Me pareció que estaba más pálida que de costumbre, casi verdosa. Su, rostro seco y largo, a la luz de la lámpara, acentuaba las sombras de la nariz y de los ojos, dándole aire de careta. Traía algodón, yodo y una jofaina con agua. En el brazo llevaba una toalla de flecos.
– ¡Señorito Borja!… ¡San Bruno nos asista!…
El periquito nos miró con sus redondos ojos irritados, desde la cabeza de Antonia. Su larga cola oscura, sesgada hacia la sien de la mujer, parecía una inquieta y palpitante flor.
– A ver ese brazo… Dios mío, Dios mío…
Y dejó escapar un escondido suspiro, demasiado sincero para referirse a la herida de Borja. "Acaso a veces llore en su habitación", me dije. Allí, en el marco de la puerta, seguía el Chino, sin avanzar, con sus gafas verdes.
– Así, mantenga así, apretado…
Borja apretaba el algodón contra la desgarradura. Me senté al borde de la cama, balanceando las piernas. Borja se puso a silbar bajito. Estaba nervioso y su respiración era entrecortada.
Antonia se volvió hacia el Chino. Su voz llenó el aire, al decir roncamente:
– Pasa, hijo…
Borja y yo miramos al Chino. "Pasa, hijo". Nunca oímos decir a Antonia aquella palabra, nunca le nombró así. "Sabíamos que era su hijo, eso era todo -pensé-. Pero nunca lo sentíamos". Súbitamente, la pequeña habitación se lleno de algo como un batir de alas. La mujer miraba a aquel muchacho -era un pobre, un feo muchacho demasiado crecido sobre sus piernas-, en el quicio de la puerta. El Chino entró y se sentó, los hombros caídos, en una silla. Su frente estaba húmeda, y la mano de aquella mujer -no era Antonia, oh, no, se parecía a la mano de Mauricia, o quizá a alguna otra que yo tuve, o perdí, o sólo deseé-; aquella mano ancha relajó su acostumbrada rigidez, y echó hacia atrás el pelo del muchacho. Él levantó la cabeza, se quitó los lentes, y la miró. Y por primera vez, con qué dolor, o remordimiento -o qué sé yo, tal vez sólo pena-, le vi los ojos. La mirada del uno en el otro, metida la mirada de ella en la de él. Y me acordé, que absurdo, de una frase que dijo mi amigo: "Mi lugar está aquí". (En el mundo, pues, de los hombres y de las mujeres. Y algo se me agarró dentro del pecho, algo que zozobraba, como una cáscara de nuez en el mar.) ¡Ya está! -decía Borja, lejano. (En un mundo de chiquillos malvados y caprichosos, con tozudeces infantiles, con estúpidas rencillas, con admiraciones excesivas por seres como el viento, que quemaron su Delfín en una lejana playa griega.)
– ¡Ya está! Gracias, Antonia. Gracias, Lauro.
Habían quitado aquella fotografía incrustada en un ángulo del espejo. Quizá la guardaron en un libro, en alguna cartera de bordes gastados, en algún bolsillo, sobre el corazón.
El pequeño Gondoliero voló con un sordo batir de alas, y Borja se echó a reír.
Estaba ya acostada, sin Gorogó, con la mano derecha bajo la almohada, fría aún. Por las rendijas de las persianas, a franjas, entraba la noche. Y oí: tac, tac, tac. "No, Borja, por favor", me dije. Hacía mucho tiempo que no íbamos a la logia, de escondite, a fumar cigarrillos y cuchichear. "Oh, no, Borja, ya se acabó todo eso". Pero los golpecitos insistían. Me eché por los hombros el jersey y fui a la salita. La ventana daba a la logia, y salté.
Lo distinguí al otro extremo, acurrucado. El ojo encarnado del cigarrillo brillaba en la oscuridad, como un animal tuerto. Una columnilla de humo se elevaba hacia los arcos. Crucé la logia, agachándome, y me reuní con él. Estaba sentado, con las piernas cruzadas, apoyado en la pared.
– Ven, acércate aquí -dijo, en voz baja.
Tras los arcos se extendía un cielo pálidamente azul, con estrellas espaciadas. Me senté a su lado y rodeó mis hombros con su brazo:
– Matia, tú crees que sabes muchas cosas, ¿verdad?
En vista de que yo callaba, prosiguió:
– ¡No sabes nada de nada!…
Le miré con el rabillo del ojo. Al resplandor de la luna vi el brillo de sus ojos. Su mejilla rozaba la mía.
– Te voy a confesar una cosa -dijo.
Hablaba con aquel tono susurrante que empleábamos siempre en la logia, y, a mi pesar, me sentí de nuevo atraída hacia él y su mundo.
– Te voy a abrir los ojos: eres una niña inocente. Pero, puesto que crees saber tanto… Vamos, te contaré algo. Sabes, el Chino…
Me volvió el miedo. El miedo otra vez, como un vértigo.
– ¡Calla! -dije.
Intenté apartarme de él, pero me retuvo con dureza.
– El Chino -prosiguió-, hace todo lo que yo mando, porque, si yo quisiera le contaría a la abuela otras cosas de él.
A mi pesar, pregunté:
– ¿Qué cosas?
Y recordé la única vez que fui al Naranjal, aquel día en que el Chino, Borja y yo fuimos de excursión, para volver por la tarde. Borja seguía hablando en la oscuridad de la logia, pero casi no escuché lo que empezó a contarme, porque de pronto, como un sueño, me volvía aquel día. Un sueño distinto, crudo y real, con un significado revelador. Sentí un terror que humedeció mis manos y me llenó de frío. Fue en el mes de marzo. Aún no había estallado la guerra y acababan de expulsarme de Nuestra Señora de los Ángeles. Una neblina dorada enturbiaba los ojos, adormeciendo.
(Recuerdo: "Cuando aparezcan las nuevas estrellas nosotros ya no estaremos aquí", dijo el Chino. "Usted, Borja, y usted, Matia, deberían pensar de vez en cuando en estas cosas". El mar estaba muy quieto, con algo misterioso apresado entre las rocas. Si hubiera caído alguna gota hasta la superficie la hubiéramos oído. El Chino estaba muy quieto, mirando hacia el mar, y el cabello le caía a ambos lados de la cara. Se parecía a los de la Santa María, y me dio un vago temor. Parpadeó y le brillaron los ojos. Tenía los lentes en la mano derecha y con la izquierda se frotaba suavemente el caballete de la nariz, donde se le formaban pequeñas hendiduras -"Andrómaca, Tauro"-, proseguía el Chino. Iba nombrando estrellas y estrellas: le salían rosarios de estrellas por la boca. "Deberíais pensar en estas cosas". Los ojos del Chino, como dos luces fijas y amarillas, estaban clavados en los míos, en medio del silencio, atravesando el aire que pesaba sobre el agua. Me acordé de la gran bóveda de Santa María, de su oscuridad y de sus fulgores súbitos. El Chino explicaba cosas que yo no entendía casi nunca: pero él sabía que aquellos de las vidrieras eran sus mártires, algo así como sus hermanos o parientes muertos. Y le dolían o le reprochaban cosas. Estábamos sentados en el suelo. Los almendros invadían la tierra, bordeada de trecho en trecho por la hierba de un verde esmeralda, como el mar. Los almendros ya habían florecido y sus troncos, negros, resaltaban misteriosos entre la nube rosada que adormecía y volvía la luz nublosa, como un pesado vapor. Los olivos brillaban. Los troncos tenían caras, brazos, bocas. La tierra sembrada, recién removida, resaltaba en cuadros más oscuros. "Dios mío, Dios mío -iba diciendo el Chino-. Qué tierra más rica". Parecía que fuera a echarse a llorar, como si el ver aquello le abriera una pena secreta, en lugar de alegría, como a todo el mundo. Seguramente Borja le preguntó algo, porque le oí decir: "Tanta bondad de Dios me hiere". Más allá, entramos al fin en el Naranjal, donde todo parecía dormido. Sólo se tenía que estirar la mano para coger el fruto. No vimos guardián alguno (aún no habíamos llegado a las tierras de los viveros). Si acaso lo había, estaría durmiendo en algún lado, junto a la cenia, "oyendo el rumor fresco del agua, tendido y con los ojos cerrados, junto a su palo". Esta era la imagen de un guardián que me formé de niña, tal vez por verlo así en un grabado o en algún cuento. El Naranjal ofrecía una tupida sombra. Debíamos ir medio agachados entre los árboles, uno delante del otro. La luz se volvía verde oscuro, a pesar del sol alto y redondo. A la izquierda se levantaban las montañas, de un color siena, azul y gris, muy bello y delicado. No había bosques por aquella parte, y Borja dijo: "¿Y los bosques, cuándo vamos a verlos?". Pero el Chino no contestaba. Parecía rastrear algo entre los naranjos, hasta que al fin nos echamos al suelo, cansados. Arrancó una naranja, y la mordió. Le hizo un agujero y empezó a chupar. A poco, el jugo le caía por las comisuras y humedecía su bigote. Me dio mucho asco. Arrancó otra, su olor se metió por mi nariz y cerré los ojos. Súbitamente los abrí y entonces vi como el Chino alargaba su mano y la ponía sobre la pierna de Borja. Medio adormecida, como en sueños, vi cómo se deslizaba despacio, casi con temor. Borja seguía quieto, hasta que bruscamente la apartó, y dijo: "¡Vete, Chino!". El olor de las naranjas despedía algo caliente en medio del frío. Me estremecí, echada entre los árboles. Veía a la derecha el mar, de un azul brillante y oscuro. Desde donde estábamos echados, la tierra parecía balancearse suavemente, serpenteando hacia la playa como una movediza corteza. Casi mareaba mirarla. Parecía formar olas de un tono abarquillado o gris. Más lejos, se alzaban unos árboles, desoladoramente desnudos. "Son higueras", pensé. Recordé la de nuestro jardín. Éstas aparecían limpias, con las ramas brillando bajo la luz, como de metal. Me levanté y salí del Naranjal. Eché a andar. Empezaron a surgir casas aisladas, bloques cuadrados pintados de blanco, con pequeñas ventanas y porches de cañizo. Y, otra vez, las chumberas, los olivos, los algarrobos. Me paré delante de una casa blanca y silenciosa. En la noria, había un mulo ciego. El agua caía de los canjilones a la huerta. Aquel rumor adormecía e inquietaba a un tiempo. Me había alejado bastante del Naranjal, pisaba despacio, con cautela, para no provocar los ladridos de algún perro. Pensé en las estrellas. La mía era mala. "Cosas del Chino. Nos está envenenando con sus mentiras de estrellas, y cosas así". Me acordé otra vez de las vidrieras de Santa María y sentí una punzada, no sabía si de miedo o dolor. Pero me acordé de Fermitín (un niño que murió hacía poco en el pueblo. No le hablé nunca, pero la noticia de su muerte me inquietó. Deseaba ardientemente que no muriera nadie en el mundo, que todo lo de la muerte fuera otra de las tantas patrañas que cuentan los hombres a los muchachos). El sol venía de costado y vi mi sombra en la tierra. Enfrente estaba el cubo blanco de la casa, casi azul bajo el sol, y mi sombra en el suelo, en la breve planicie hacia el mar. Sola, sin árboles, quieta como un árbol en medio de tan grande soledad. Algo parecía decir: "No te das cuenta de nada, nunca te das cuenta…" Volví la cabeza hacia atrás, con un gran deseo de ver los naranjos, bajo los que esperaban el Chino y Borja: y nadie más. (Qué raro, estuve a punto de pensar: "Y Matia también está allí, con ellos".) Como si aquel cuerpo quieto, con su sombra en el suelo, no fuera el mío y estuviese allí detrás, entre Borja y el Chino. Entre el follaje verde oscuro brillaba la fruta redonda, cargada. El Chino no podía mirarla sin alegría, decía: "Tanta riqueza". También Fermitín lo sabía. Cada vez que venía el médico a verle preguntaba: "Y las naranjas, ¿no las han cogido aún". Lo contó el padre de Juan Antonio. Pero, ¿para qué pensar tanto en Fermitín? ¡Para qué! Estaría deshaciéndose debajo de la tierra. Pasos y pasos más allá, muertos y muertos, y por más pasos que diéramos, ¿qué eran, en aquella isla? Entonces tuve miedo de que mi sombra no se moviese más, como si fuera la sombra de una piedra. Levanté un brazo y lo vi dibujarse oscuramente en el suelo. Di un suspiro grande, eché a correr y me alejé hacia el mar. Anduve un rato antes de regresar al Naranjal. Aún no se divisaba la neblina rosada de los almendros, entre los postes negros de los troncos. Noté un pequeño ahogo. "Olivos, almendros, olivos, almendros…". Todo se prendía en los ojos con un brillo que cegaba.)
– Ya lo sé -dije precipitadamente. Y sentía que ardía mi cara-. Ya lo sé, ¡No necesito que me digas nada…!
– Tengo, además, una carta que me escribió, el muy idiota. La tengo bien guardada en la caja de hierro, y él lo sabe…
La risa de Borja sonó baja, hiriente.
– Hace lo que yo le mando… todo lo que yo mando.
Cogí su mano, que apretaba mi hombro, y la aparté.
– Matia -dijo. Y su voz se hizo más confusa-. Quiero que veas una cosa que le he quitado a mamá. ¡Lee esto, tonta! Léelo, y te darás cuenta de que no sabes ni la mitad de nada…
Encendió su pequeña lámpara de bolsillo y me mostró tres cartas, que súbitamente me fueron familiares: su color, su forma, hasta su olor. Y entonces me acordé de haberlas visto en manos de tía Emilia, en su habitación rosada y asfixiante. (La tía Emilia, en su butaca extensible, el perfume mareante, las cartas esparcidas sobre la falda. Bruscamente pensé: "No son las cartas del tío Álvaro…")
– Lee, Matia, y date cuenta.
La maligna luz de la linterna mostraba las primeras frases, los nombres. Aparté los ojos, no quería mirar -era horrible, aquello que estábamos haciendo-, pero sus delgadas y duras manos de ladrón me obligaron a volver la cabeza hacia los papeles amarillentos, y la dañina lengüecilla de luz iluminaba tristísimas frases de unas tristísimas cartas devueltas (igual que devuelve el mar a la orilla los cadáveres). Y oí su voz:
– Lee, tonta, y entérate. Es malo esto que hacemos, pero quiero que lo sepas de una vez…
Era malo robar como robábamos. Era malo martirizar al Chino, era malo que Borja desenterrara los residuos de un amor triste y perdido. Era horrible dejar de ser ignorante, abandonar a Kay y Gerda, no ser siquiera un hombre y una mujer. Pero la maligna lengüecilla de luz continuaba revelándome, aunque no quisiera, el secreto de tía Emilia: "Querido mío, Jorge…" "Amado mío, Jorge…"
(Oh, sucias y cursis, patéticas personas mayores.)
– ¿Te enteras de a quién quería? ¿Te enteras…? "Tuya, siempre tuya…", temblaba la letra de tía Emilia. (Oh, tontísimas, tontísimas personas mayores; y dijo tía Emilia: "yo también dormía con un muñeco hasta la víspera de casarme".)
Pobre Gorogó.
Ahora no puedo recordar cuántas veces vi a Manuel; si de una a otra entrevista transcurrieron muchos días, o por el contrario, se sucedieron, sin tregua. Puedo, en cambio, reconstruir exactamente el color de la tierra y de los árboles. Y, en mi memoria, el olor del aire, la luz entrelazada de sombras sobre nuestras cabezas, las flores ya muriendo, y el pozo con su resonancia verde, a nuestro lado. Huían los pequeños animales de la tierra, y al borde del mar se erguían las pitas, como espadas de un juego definitivamente olvidado.
Nunca nos citamos a determinada hora, en ningún momento. Simplemente nos encontrábamos. Manuel, que no se tomaba nunca un descanso, ni hablaba con nadie, abandonaba todo para venir conmigo. Yo dejaba a Borja, olvidaba mis clases, mi lectura o cualquier orden de la abuela. Caminábamos uno al lado del otro, hablábamos o nos tendíamos de bruces, como en aquella primera tarde, bajo los árboles del declive.
Recuerdo que entré en una zona extraña, como de agua movediza: como si el miedo me ganara día a día. No era el terror infantil que padecí hasta entonces. A veces me despertaba de noche, y me sentaba bruscamente en la cama. Sentía entonces una sensación olvidada de cuando era muy pequeña y me angustiaba el atardecer, y pensaba: "El día y la noche, el día y la noche siempre. ¿No habrá nunca nada más?". Acaso me volvía el mismo confuso deseo de que alguna vez, al despertarme, no hallara solamente el día y la noche, sino algo nuevo, deslumbrante y doloroso. Algo como un agujero por donde escapar de la vida.
Cuando Borja me descubrió el secreto de su madre, algo parecido a este deseo de escapar del día y de la noche me dominó. Algo tan confuso como el incierto deseo de justicia que iba apoderándose en mi conciencia.
Me hubiera gustado abofetear a mi primo y decirle: "No, tú no, pequeño farsante, malvado egoísta, tú no lo puedes ser…" Manuel era el único y verdadero hijo de Jorge.
Como una ladrona, espié cuando tía Emilia salía de su habitación, para entrar en ella sigilosamente. Con la conciencia sucia, cosa que no sentí ayudando a robar dinero a Borja, busqué los retratos del tío Álvaro. Era el padre de Borja, era el padre de Borja. Escudriñé su faz delgada, sus ojos demasiado juntos, los pómulos salientes que dolían sólo de mirarlos. Sí, se parecía. Cuando mi primo abandonaba su aire dulce y lagotero, cuando Borja se enfrentaba a solas con Juan Antonio, Guiem o yo misma, su rostro tenía la misma expresión. Él era (como decían Antonia y Lorenza) "un chico muy guapo, demasiado guapo para ser hombre". Examiné ávidamente sus facciones, sus ojos, su sonrisa. Me decía que no, que se parecía más y más al tío Álvaro. Y yo misma, que le pregunté: "¿Por qué te importa tanto?", me hice a mi vez esta pregunta. ¿Por qué, por qué me importaba tanto que Borja no lo fuera? Y me quedó una gran zozobra.
No me atrevía a mirar a los ojos de tía Emilia, y su supuesto esperar al tío Álvaro se me antojó desde aquel momento algo turbio, espeso, como el perfume de su habitación.
Se murieron casi todas las flores. Sólo quedaban rosas encarnadas, y otras como lirios apretados, de un suave tono malva. Nunca vi el declive tan hermoso como en aquellos días, ni la tierra con aquel perfume, incluso durante la primavera.
No obstante, al parecer, sucedían cosas atroces. A la hora del desayuno los periódicos de la abuela crujían entre sus garras glotonas, y el bastoncillo resbalaba al suelo una y otra vez, como una protesta. Su anillo gris despedía reflejos de cólera. -"Horrores y horrores, hombres enterrados vivos…"-, bebía distraídamente su café, y por sobre la taza, los ojos, redondos y sombríos, reseguían las letras con morbosa avidez. Alguna vez, Borja y yo mirábamos los periódicos. Ciudades bombardeadas, batallas perdidas, batallas ganadas. Y allí, en la isla, en el pueblo, la espesa y silenciosa venganza. Los Taronjí subían en el coche negro y recorrían la comarca. Me acordaba de su primo José Taronjí, y algo se me ponía en la garganta. Desde aquella tarde, ni Borja ni yo habíamos vuelto a la Joven Simón.
El Chino leía los periódicos en silencio, cuando la abuela los abandonaba, arrugados, sobre la mesa. Alguna vez, al ruido de un portazo, o a un soplo de aire demasiado brusco, alzaba la cabeza. Gondoliero venía a buscarle: se posaba en su hombro, en su cabeza, en el brazo, o a veces entre sus dedos, mientras escribía u hojeaba el diario. Picoteaba suave el reborde de su oreja, como si lo besara, y él fingía leer, o escribir, con una indefinible sonrisa.
Seguíamos dando clase en la sala destartalada. Los tres en la mesa grande, cada uno en un extremo, separados como extraños jefes. Parecía como si a ambos lados se extendieran estepas, largas regiones de hielo y distancia, apartándonos. Empezaba a hacer frío. Borja mordisqueaba el extremo de su estilográfica. Yo dibujaba ciudades para Gorogó en los bordes de los cuadernos. En ocasiones, oíamos tocar el piano a tía Emilia. Las notas bajaban como un raro gotear, rodando escaleras abajo.
– ¿Qué harás tú, Chino, cuando nos vayamos al colegio? -preguntó Borja varias veces.
Lauro callaba y sonreía:
– Repase su lección, señorito Borja.
Antonia dijo:
– Ayer por poco apedrean en la plaza a Sa Malene.
– ¿Por qué? -Borja y yo levantamos a un tiempo la cabeza. Una mariposa revoloteaba sobre los discursos de Cicerón, desorientada.
– Por insolente. Pero los Taronjí lo han impedido.
– ¿Qué han hecho? -preguntó el Chino.
Madre e hijo se miraron. En aquel momento Antonia recogía los libros y los cuadernos a un lado de la mesa. Traía una bandeja con la merienda, y fue colocando las tazas. Sólo se oía el ruido de las tazas y las cucharillas.
– Le han rapado el cabello -dijo -. Nada más. La han llevado a la plaza de los judíos, allí donde a veces hacen hogueras los muchachos, y las mujeres le han cortado el pelo. Así han dado ejemplo.
Las manos me temblaron sobre la mesa, y las oculté. Me sentí cobarde, miserable, con ganas de decir: "Manuel es amigo mío, él tuvo en sus manos a Gorogó, y ni siquiera preguntó para qué servía un muñeco así".
Las escaleras crujieron y Antonia se precipitó fuera de la habitación. La abuela bajaba los peldaños, pesadamente. Casi en seguida entró, seguida de Antonia, y se quedó junto a la puerta, mirándonos. Al levantarnos cayeron al suelo, por el lado del Chino, un montón de libros y un insolente lápiz amarillo que rodó hasta los pies de la abuela (pequeños, desbordando su carne de los zapatos). Rojo como una amapola, el Chino fue a recogerlo. Avanzó doblado de cintura, hincó las rodillas y murmuró entrecortadas frases. Era la primera vez que la abuela entraba en aquella habitación, la primera que interrumpía una de nuestras clases. La abuela miró fríamente a Lauro.
– Déjelo -cortó-. ¿Qué ha ocurrido con esa mujer?
Antonia, que estaba quieta y erguida a un lado, parpadeó:
– Señora, esa mujer… parece que se insolentó con los Taronjí. Demostró sentimientos… poco resignados. Es una mala mujer, señora, y le han dado un escarmiento.
– ¿Qué escarmiento?
– Le han cortado el pelo al rape. Usted recordará, tenía un hermoso cabello dorado…
– Pelirrojo -aclaró la abuela-. Sí, lo recuerdo. Pero no dorado, pelirrojo.
Echó sobre la mesa un periódico.
– Aquí se rapa la cabeza, allí se hace esto otro.
Miramos tímidamente la fotografía del periódico. Parecía que hubiera gentes colgadas de algún lado. Pero estaba tan borrosa que resultaba horriblemente cruenta, macabra. Y me vino a la memoria el muñeco de paja que esgrimían los de Guiem en las hogueras, para demostrar que nos vencían. Aquel muñeco informe, con un astroso jersey, que logró Borja recuperar a costa de un desgarrón en el brazo.
Pesada y firme, con su estúpido bastoncillo en la mano, salió la abuela. El Chino cogió apresuradamente el periódico, y lo desplegó. En gruesos titulares, se decía que en un pueblo de la Península habían arrojado el párroco a los cerdos. Imaginé por un momento al hermoso Mossén Mayol, luchando con una piara de cerdos, de los que tanto abundaban en la isla. Feroces animales, de largos colmillos. No lo podía remediar: los cerdos y sus colmillos tenían la misma sonrisa de la abuela, de Borja y acaso mía.
– Hijo, tienes que merendar -dijo Antonia.
Oíamos por segunda vez aquella palabra. "Así le llama -pensé- desde que sabe que le van a despedir."
Sentí los ojos de Borja y me volví a mirarle. En el fruncimiento de sus cejas, en el modo de morderse los labios, hasta en el rizo negro, brillante, que le caía sobre la frente, adiviné lo que me iba a decir:
– Matia, vámonos.
El Chino abrió la boca y la volvió a cerrar. Luego, se sentó con la cabeza baja y dobló el periódico.
Antonia, opaca, como sin alma, vertió el café en las tazas.
– ¿A dónde? – le pregunté, apenas salimos. Hacía frío y me crucé la chaqueta, sujetándola con las manos. Temía lo que me iba a contestar.
– A ver a Manuel.
– ¡No, Borja, no!
Intenté sujetarle por la manga, pero se desasió. Echó a correr delante de mí. Sus piernas, finas y doradas, saltaban sobre los muros del declive. Había un sol maduro, pleno, aquella tarde. Entrábamos en un tiempo dorado, de luz en sazón, con un resplandor rojo y malva, entre los árboles. Un sol cálido como un vino antiguo, que debía tomarse sorbo a sorbo para que no se subiera a la cabeza. Habíamos entrado en el mes de octubre.
Borja se detuvo en la puerta de Manuel, como yo aquella tarde, antes de que se volviera a pedirme que le esperase. Contemplé su nuca con un hoyo en el cogote, y le miré con un gran deseo de que no llamase a Manuel.
Por la puerta abierta veíamos los olivos y el pozo al que echaron un perro muerto. El cielo, me dije, era el mismo que entonces y que siempre; solamente en la tierra cambiaban las cosas. Ahora estaba bañado por la luz resplandeciente de un sol maduro, tardío. Eran, quizá, las cinco de la tarde.
Borja seguía mirando hacia los olivos, pero Manuel no estaba allí.
– ¿Dónde anda ese, a estas horas? – preguntó. Había una gran pasión en su voz, y noté la agitación que le dominaba.
– No sé.
Impaciente, levantó los hombros, y repitió:
– ¿Dónde está, Matia, dónde está? Te arrepentirás, si no me lo dices…
– Te aseguro que no lo sé…
– ¿Pero dónde os encontráis vosotros dos?
Era inútil decirle que no nos encontrábamos de una forma determinada, explicarle (y tampoco hubiera sabido) cómo íbamos el uno al otro sin saberlo ni pensarlo. Era inútil darle cualquier otro razonamiento. Me aterré recordando aquel, día en que me pareció que Manuel iba a decir: "Detente ahí, éste es mi mundo. Detente, ésta es la puerta privada de mi reino", al ver que Borja, zafio y osado ("malvado, malvado Borja") sacudió los hombros y atravesó aquella puerta por primera vez. Aquella puerta que era el gran valladar, el oculto santuario de algo que iba más allá de mi posible amor. Le seguí con el corazón angustiado, apoyándome en el tronco del primer olivo. La espesa verdura ya se había agostado. Distinguí el pozo entre los árboles, cubierto de musgo y orín, como un misterioso ojo de la tierra. La casa tenía un pequeño porche, con un arco. El farolillo aparecía roto, como por una pedrada. Había un gran silencio, en el que se perseguían dos abejas de oro. El velo rosado del sol lo bañaba todo, como un sueño. Y había un olor espeso, dulce como de azúcar de flores o de mosto. Una de las palomas de la abuela, gris oscura, picoteaba en el primer peldaño, junto a un charco.
– Manuel… -llamó Borja.
Las sombras se movían en el suelo. En grandes macetas de barro resaltaba el rojo vivo de los geranios. Todo resplandecía, como si hubiera caído una lluvia de oro, fina y centelleante. Un vidrio de la ventana derecha, espejeaba, azul y verde. Tenían el balcón abierto y se respiraba el gran silencio, como si todos estuvieran dormidos o encantados. El huerto parecía recién regado.
– ¡Manuel! -repitió Borja, con mayor decisión.
La paloma echó a volar, pasó sobre nuestras cabezas y se posó en el muro. Su sombra en el suelo, desde el olivo en que me apoyaba, tenía algo mágico. Sus alas se movían en la tierra. "Todo en el mundo es tan misterioso", pensé.
En aquel momento llegó Manuel. Estaba muy serio, sucio de barro y con los pies descalzos. Se apoyó en el muro y despaciosamente, sin mirarnos, empezó a calzarse las sandalias. Resaltaba la sombra de sus largas pestañas, obstinadamente bajas. Era mucho más alto que Borja; le hubiera aplastado.
– Manuel -dijo mi primo, con violencia-. Vengo a preguntarte una cosa: ¿con quién estás tú, con Guiem o conmigo?
Manuel le miró, y por primera vez descubrí en él un fugaz temblor de cólera. Una cólera tan profunda y dolorida como su tristeza.
– No entiendo -dijo.
Borja se acercó. Noté que estaba temblando, conteniéndose:
– Ven conmigo. ¡Vamos a Son Major!
Por primera vez en la tarde, Manuel se volvió a mí. Borja se interpuso:
– ¡Ven! Ven, si no quieres que te pase algo… Algo peor, aún, que a tu madre.
Deseé que nunca hubiera dicho aquello. Lo sentí como una bofetada. Pero estaba asustada de mi propia cobardía. La piel oscura de Manuel se cubrió de un tinte rojizo, desde la frente al cuello.
– Tengo trabajo -contestó. Borja me miró:
– Dile tú que venga, Matia.
Antes de que yo abriera la boca -y noté un gran fuego cubriéndome la frente, las orejas y el cuello-, Manuel levantó la mano derecha, que brilló, y dijo:
– No digas nada, Matia, no necesitas…
Desvié mis ojos de los suyos, y él mismo inició la marcha.
Primero fuimos a buscar a Juan Antonio, que al oír nuestro silbido se asomó al balcón. Masticaba algo. Seguramente merendaba. Bajó rápido y se colocó al otro lado de Manuel. Siguieron andando, uno al lado del otro, y yo detrás. Parecía, verdaderamente, que lo llevaran como un reo. Manuel caminaba despacio, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo.
Ya salíamos del pueblo cuando nos vio el cojo.
– Ahora irá a avisar a los otros… -dijo Juan Antonio, de prisa.
León y Carlos estudiaban, pero al oírnos vinieron enseguida.
El camino que llevaba a Son Major se levantaba poco a poco sobre el pueblo, hasta el gran recodo de la montaña, sobre el acantilado. Por el camino el sol daba de lleno, como sobre una pared.
Al llegar a Son Major nos detuvimos intimidados. Tal vez nos hubiéramos limitado a quedar así -como a veces Manuel y yo-, pegados contra el muro, mirándonos unos a otros, oyendo al viento; pero aquel día Sanamo andaba por detrás de la verja, e inmediatamente descubrió a Manuel. Al verle, abrió la boca y levantó los brazos al cielo. Pero de su boca no salió una sola palabra. Riéndose, con aquella maligna risa suya, se acercó a la verja, haciendo tintinear las llaves en la mano:
– ¡Manuel, Manuel, hijito mío! -clamó con boca desdentada, mientras descorría el pestillo, con un chirrido. El pelo de Sanamo, largo y gris, se movía al viento.
Manuel, con su aire de reo, que me irritaba, seguía quieto frente a la verja, la cabeza un poco baja. Sobresalía su estatura de todos nosotros: incluso de mí, que indudablemente era la más alta de todos. Allí estaba, brillando raramente al sol de la tarde, que huía ya; dejándole prendido todo su oro en la piel oscura, en el rojizo cabello. Sanamo le miró, como arrobado. Borja, que se sujetaba a los barrotes de la verja con las dos manos, sonreía tratando de ser amable, como cuando pedía algo a la abuela.
– Hola, Sanamo -dijo, con falsa alegría-, ¿podemos visitar a don Jorge?
Sanamo le miró astutamente y sonrió con maldad. Abrió de par en par la verja, como si hubiera de entrar una carroza, y no un atemorizado grupo de chiquillos.
– Pasad -dijo-. El señor se alegrará de recibir a estos guapos muchachos.
Manuel seguía como clavado en la tierra, y Borja le empujó bruscamente hacia adentro.
El jardín de Son Major se nos ofreció, al fin. Era muy umbrío, por culpa de la altura de sus muros. Siempre soplaba el viento allí, y las palmeras se mecían. Las gradas que llevaban a la casa aparecían cubiertas de un musgo verde lagarto. La casa era bonita, con una larga logia de arcos blancos y las ventanas pintadas de azul, pero estaba muy vieja y descuidada. Muros arriba trepaba una tupida enredadera, que le daba un aire húmedo y sombrío. A la izquierda, se alzaban los magnolios, ya sin flores. Sin embargo, había en el aire un raro perfume: como de otras flores, de otras sombras, de otros ecos, que uno no podía entender bien, que casi no se atrevía uno a adivinar. El suelo y todas las hojas parecían recién regados.
Siempre recordaré aquella luz rosada, donde todo parecía sumergido en un vino maravillosamente dorado. Aunque ya no estuvieran las magnolias y se hubieran muerto las flores -excepto las rosas encarnadas tan oscuras y profundas que parecían negras, como de una sangre seca pero aún viva, estremecedora-, estaba todo el aire lleno de un aroma intenso. Sanamo se fue al jardín interior, y a poco volvió riendo como si algo siniestramente gracioso estuviera ocurriendo:
– Pasad, niños, pasad.
Todo él temblaba de pies a cabeza, con una ridícula y salvaje alegría. Algo pareció agarrarse a nuestras piernas y a nuestra voz, pues ninguno avanzó ni, dijo nada. A Borja, se le fue la fanfarronería, y Juan Antonio, Carlos y León, parecían atrapados en su cazurra timidez. Aparecíamos tal como dijo Sanamo, probablemente para mortificarnos: unos ridículos e histéricos niños que suponían una osada aventura ser recibidos por Jorge de Son Major.
– Vamos, guapos, vamos. ¿Qué esperáis? El señor os invita a merendar con él -decía Sanamo, retorciéndose de risa (igual que el viejo Trasgo de Doure, coronado de carámbanos y piñas, cuando la Séptima Princesita del Cerro de los Duendes le tomó por la muñeca).
Solamente Manuel recuperó su naturalidad. Me cogió de la mano y seguimos el tintineo de llaves del viejo de la rosa granate. Detrás de nosotros crujió la arenilla del jardín, bajo los pasos de Borja, Juan Antonio, Carlos y León.
Jorge de Son Major estaba sentado al fondo del jardín, invadido por rosas oscuras. Aquel jardín como sumergido en vino, los altos muros separándolo del mundo, como adherido a la encrespada ladera de la montaña. Había cerezos, otro magnolio y el famoso emparrado, envidia de la alcaldesa y de mi propia abuela. Los racimos colgaban de la pérgola, desde el azul pálido hasta el violeta. Bajo el emparrado había una mesa larga. El sol arrancaba a una botella un resplandor rosado, transparente. Parecía una lámpara. Jorge de Son Major, sentado tras aquella mesa, parecía como seccionado por la cintura, como si fuera un santo extraño. Estallaba la última luz. Manuel me dio un suave tirón de la mano, y nos acercamos a él. No recuerdo qué nos dijo, sólo sé que su sonrisa y su voz era algo tan lejano a nosotros como su leyenda. Sus ojos sombríos, de córnea azulada, como los de Manuel, miraban con cansancio.
Con la mano derecha indicó que nos sentáramos a la mesa. Su pelo era gris, casi blanco, y muy abundante. Tenía la piel morena, casi tanto como la nuca de Manuel y llevaba una raída chaqueta de marino con botones dorados. Sus manos eran grandes, ásperas, de movimientos lentos. En conjunto, resultaba un hombre triste, como desplazado. Uno a uno, nos habló. Primero a Borja y luego a mí, tratándonos como a verdaderos niños. Borja estaba encendido, rígido, procurando alzarse sobre sus pies todo cuanto podía, para parecer lo más alto posible. Jorge nos preguntó por la abuela. (Pensé: "nadie pregunta jamás por mi padre".) Jorge, sentado tras la mesa, nos obligaba a acercarnos a él, como si fuera un obispo o un príncipe irritante. La mano de Manuel y la mía parecía que no pudieran desasirse. No sé quien apretaba tanto los dedos entrelazados; quizá los dos a un tiempo, como si deseáramos asirnos a algo desde nuestra soledad de pronto desvelada.
Jorge apoyó su mano en mi hombro y sus ojos se fijaron en nuestros dedos enlazados. Nunca me parecieron los ojos de Jorge tan semejantes a los de Manuel. Sentí el peso de su mano, y aquel roce me despertó una sensación desconocida. Algo que me retuvo, muy quieta, como incapaz de desasirme de su contacto. La mano de Jorge tenía un raro aroma de cedro (me vino a la memoria la caja de habanos que mi padre olvidó en algún lugar de la casa de campo, y que yo, de niña, acercaba a la nariz deleitosamente). Me pareció que aquel aroma se extendía por todo el aire: lo despedían los racimos, el sol, el vino. O, quizás, no fue su mano; quizá fue solamente aquel sueño que empapaba el escondido jardín de Son Major.
– Y tú -dijo- ¿eres la niña de María Teresa?
Comprendí que mi sonrisa resultaba forzada.
– No te pareces. No, no te pareces nada.
Quizá me dolió que lo dijera. O tal vez sucedió precisamente lo contrario: que me alegró mucho oírselo.
– Voy a estar muy bien acompañado esta tarde… ¡Sanamo!
Le ordenó que trajera más vino y copas. Sanamo obedeció, y añadió almendras, queso y rebanadas de un pan moreno y salado, muy distinto al insulso pan de la isla.
– Este pan lo amasa Sanamo, al estilo de algún país que conoce -dijo Jorge. Y su risa fue maliciosamente coreada por el viejo diablo que le servía. No comprendíamos y nos inquietaba por qué razón se reían, cada vez que se miraban.
Como si alguien golpeara un metal, un batir de alas estremeció el jardín. Por sobre los muros, entraron las palomas grises, blancas y negras, de la abuela. Cruzaron el suelo sus sombras oscuras, y Jorge las señaló con la mano:
– Mirad: las palomas de doña Práxedes.
Sanamo dejó el vino sobre la mesa. Jorge añadió:
– Las palomas vienen a mi casa, y mi gallo blanco, según dice Sanamo, tiene preferencia por la higuera de vuestro jardín… ¿No es así, Borja?
Borja asintió, sonriendo. Jorge se volvió a Manuel por primera vez. Nuestros ojos se clavaron en él. Jorge dijo:
– Siéntate aquí, a mi derecha. Y tú, niña, a mi otro lado.
Nos separó suavemente las manos y colocó a Manuel por encima de todos nosotros, hasta en el tono en que le habló. Miré a Borja, que sólo esperaba aquel momento. ("Qué derrota" me dije.) Me pareció que mi primo estuvo a punto de decir algo. Enrojeció, y el brillo de sus ojos me hizo pensar si sería verdad lo que acaso él deseaba: era aquél el brillo salvaje de los ojos de Jorge. Temí que se abalanzara sobre Manuel, que lo empujara y lo echase de allí, para sentarse a la diestra de su ídolo. Jorge habló, como ausente del mal que acababa de causar a mi primo:
– ¿Y Lauro? ¿Dónde le habéis dejado?
Nuestra risa sofocó aquel instante. Pareció como si solamente al oír hablar del Chino, desapareciera toda nuestra timidez. Sólo Borja continuó lleno de zozobra, de humillación, temblorosos los labios. Manuel seguía mudo, como mirando dentro de sí, como ausente de aquella distinción que hacía Jorge con él. Incluso era el único al que no acarició.
El mismo Jorge nos escanció vino y a Manuel le servía primero. Todos empezamos a hablar. Hasta Juan Antonio, tan serio y taciturno, reía y preguntaba cosas.
Por dos veces más, Jorge mandó traer vino a Sanamo. Su brazo me rodeó los hombros, y apenas si me atreví a moverme, apenas si ninguna otra cosa pude ya sentir más que aquella luz, aquella botella como una encendida lámpara de color de granada y, sobre todo, la presión extraña, desconocida en mis hombros, que me tenía asombrada y me volvía, ante mis propios ojos, una desconocida criatura.
Quizá esperábamos que nos contara grandes cosas. No lo sé. Pero en verdad fuimos nosotros quienes le hablamos. Uno a otro nos quitábamos la palabra. Y él no nos decía nada de las islas griegas, ni del Delfín, mientras nosotros le contábamos las luchas de los dos bandos, nuestras escapadas al Café de Es Mariné…
– Ah, sí, sí -dijo, como recordando algo muy remoto-. Ya me acuerdo de Es Mariné. Decidle que algún día venga a verme.
Sanamo torció el gesto, murmurando.
No supimos cómo, pasó mucho rato. El sol resbalaba tras los muros. Él seguía al extremo de la mesa, con Manuel y conmigo a cada lado. Manuel y yo, de frente, separados por la mesa, nos mirábamos. Manuel era el único silencioso. Comía despacio, mordía aquel pan moreno, como a la fuerza, arrancaba uno a uno los granos de uva, con sus manos oscuras y arañadas. En sus dedos, brillaban las uvas. Insensiblemente, dejé de mirarle a él para mirar a Jorge, y algo ocurría en mí, tan nuevo, que dolía. Jorge no era como lo imaginamos. No era ni el dios, ni el viento, ni el loco y salvaje huracán de que hablaran Es Mariné, el Chino y Borja mismo. Jorge de Son Major era un hombre cansado y triste, cuya tristeza y soledad atraían con fuerza. Viéndole, oyéndole hablar, mirando su cabello casi blanco, sentí que amaba aquel cansancio, aquella tristeza, como nunca amé a nada. Acaso porque poseía cuanto yo deseaba. Aquella precipitada huida, la pena por Kay y Gerda, por Peter Pan y la Joven Sirena, me parecían salvadas. Porque encontraba en el cansancio de Jorge algo como un regreso mío en él, hacia un lugar que ni siquiera sabía nombrarme. Verle allí, con su raída chaqueta de marino, en el jardín amurallado, Jorge de Son Major, refugiado en oscuras rosas, en recuerdos. Deseaba alcanzar, beber sus recuerdos, tragarme su tristeza ("gracias, gracias por tu tristeza"), refugiarme en ella para huir, como él, hundida para siempre en la gran copa de vino rosado de su nostalgia, que me invadía mágicamente. Con las cenizas esparcidas del Delfín, regando flores. Aquello -me dije- tal vez era lo que los adultos llamaban el amor. No podía saberlo, pues nunca amé a nadie. No me atrevía a moverme para que su brazo no se deslizara de mis hombros, para no perder aquel brazo, como si fuera todo lo que me unía a la vida. Deslumbrada por su vida ya completa, quizá por su ausencia de esperanza. Acaso lo único que él aguardaba fuese la visita de la Dama Negra, y yo (pobre de mí, insignificante criatura con mis vacíos catorce años, ¿cómo podría enterarle de que ya no era como Kay y Gerda?) tal vez podría servirle como una muerte pequeña. Desesperada, miraba su cabello blanco y suponía su corazón encerrado tras la vieja chaqueta azul, como un montón de cenizas, igual que el Delfín. ¡Si yo pudiera alcanzar su tristeza y su cansancio, apoderarme de ellos como una pequeña ladrona! Y un dolor vivísimo me llenaba, a un tiempo que un desesperado y terrible amor, como no he sentido después, jamás. Me dolían y me zumbaban en la frente, como abejas, las palabras de Manuel: "Que le quiero mucho". Y me maravillaban, también.
Empezó a caer una lluvia tan fina que en un principio no la apercibimos. Todos hablábamos y parecíamos muy alegres, pero acaso no lo estábamos, ni Borja, ni Manuel, ni yo. (Es Mariné nos dijo: "No tiene más enfermedad que su vejez, pero eso es grave".) Él no era aún un viejo, como yo aún no era una mujer: él no abandonaba aún la vida, como yo aún no había entrado en ella. Me lo repetía, mientras llevaba la copa una y otra vez a los labios. Todos bebíamos, y Jorge se reía de lo que le contábamos. Sólo de tarde en tarde decía alguna palabra. Escanciaba más vino en nuestras copas, y nos miraba: especialmente a Manuel y a mí. Y en medio de nuestra estúpida algarabía, de preguntas necias y necias explicaciones, qué lejano, y sobre todo, qué solo, estaba él. Y me dije: "mucho más solo aquí, entre nosotros, que cuando está con sus rosas y con las palomas". Él no creía en nada, y yo aún tenía que empezar a creer en algo. Me dije: "Como cuando era muy niña, que pensaba: la muerte no es verdad. Nos lo dicen a los niños para engañarnos". (Y me acordaba de cuando metía medio cuerpo en el armario, con el Atlas abierto en la penumbra, y miraba el Archipiélago y me paraba extasiada en cada nombre: Lemnos, Chio, Andros, Serphos… Karo, Mykono, Polykandros… Naxos, Anaphi, Psara… Ah, sí, nombres y nombres como viento y sueños. Soñando yo también, mi dedo recorría en una comba, sobre el azul satinado, desde Corfú a Mytilena. Y las palabras, como una música: él iba en el Delfín, vivía en él, y no pisaba tierra apenas: se iba hasta el Asia Menor…)
Sanamo apareció, trayendo la guitarra. Jorge dijo:
– Vamos al porche, Sanamo.
Asombrados, vimos cómo Sanamo y Manuel -con gesto de quien está acostumbrado a ello y antes lo hizo muchas veces- le cogieron por debajo de los brazos y le ayudaron a entrar en el porche. Miré su espalda, sus piernas que apenas le obedecían. En aquel momento, Juan Antonio acercó sus labios a mí oído:
– Está medio paralítico… ¿no ves? Mi padre lo dice: se está quedando así, poco a poco, y acabará por no poderse mover. Y en cuanto le llegue a la cabeza… ¡paf! Ya está.
Juan Antonio parecía paladear aquellas palabras. Sus dientes y sus labios estaban manchados de vino y de zumo de uvas negras. Entre Manuel y Sanamo le ayudaron a sentarse en el banco, bajo el porche. Todos corrimos a refugiarnos en él porque la lluvia caía declaradamente. Sobre nuestras cabezas, con la súbita huida de las palomas, insólitas entre aquella luz agonizante, sonaron las campanas de Santa María. Rodeamos a Jorge, y me arrodillé a sus pies. Supongo que a todos se nos había subido el vino a la cabeza. Juan Antonio, León y Borja hablaban casi a un tiempo. Jorge y Sanamo se miraban, y de pronto Jorge dijo:
– ¡Es para matar al que se entretiene emborrachando niños!
Sanamo lanzó una ronca carcajada, y empezó a rasguear su guitarra. Todo se llenó de una alegría roja, salvaje, desbordando de la lluvia recia que nos bajaba del cielo como un grito. La melodía de Sanamo era algo tan vivo como las rosas encarnadas. Sanamo dijo:
– Jovencitos, acompañadme…
Borja estaba ronco, y Juan Antonio, y todos -excepto Manuel- intentamos seguir aquella canción, pero nos equivocábamos y teníamos que empezar de nuevo.
– ¿Es andaluz? -preguntaba León.
– No.
– ¿Es italiano?
– No, no…
No quería decir de qué país era la música que interpretaba, como tampoco le gustaba decir dónde nació.
Levanté la cabeza hacia Jorge, arrodillada junto a él. Pero, ¿cómo podía doler tanto su mirada? Desató mi trenza, que me resbalaba sobre la nuca, y por un momento sentí el roce de sus dedos en la piel. Quiso sujetar la trenza de nuevo, pero no supo. Al desflecarse, vi el centelleo de la luz entre el cabello, y le oí decir:
– ¡Qué raro! No es negro, es como rojo…
Cogió un mechón entre sus dedos y lo miró contra el sol. Me pareció que todo aquello sucedía en algún oscuro tiempo de mi memoria. Como todas las cosas en aquel jardín -rosa, oro y grana-, mi cabello entre sus dedos, como un milagro, se volvía leonado.
Dejó caer su mano sobre mi muñeca y la cerró. Secamente dijo:
– Estas manos estaban unidas.
Su otra mano apresaba la muñeca de Manuel, que acercó a la mía, a pesar de que los dos nos resistíamos, como asustados. Manuel entrecerraba los ojos. Algo brillaba en sus pestañas, quizá la lluvia. Estaba serio, como dolorido. Jorge añadió:
– Así.
Y unió nuestras manos. Levanté los ojos y encontré los de Borja, llameando. Sin poder contenerse, se acercó a nosotros, y con sus puños, intentó separar las manos de Manuel y mías, otra vez enlazadas. Jorge rechazó brutalmente a Borja. Y aunque reía había algo cruel en su mirada.
Borja se quedó quieto, con los hombros un poco encogidos. Retrocedió tanto que salió fuera del porche, y la lluvia le caía por la frente y las mejillas, sin que pareciera notarlo. Miraba hacia San Jorge, de forma que éste nunca podría comprender. (Yo sí, pobre amigo mío, yo sí te entendía y sentía piedad.) Intentó sonreír, pero sus labios temblaban, y se cobijó de nuevo en el porche, humillado como jamás le viera nadie. Juan Antonio y los del administrador parecía que nos miraban, a Manuel y a mí, con envidia. Y me dije: "¿Cómo es posible que todos estemos enamorados de él?". Y odié la guitarra de Sanamo, que nos envenenó. Cada vez que Manuel y yo queríamos separar nuestras manos, Jorge ponía la suya encima y lo impedía.
Borja se sentó, con los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos. No sabíamos si lloraba o reía, o simplemente si le dolía la cabeza de tanto como bebió.
Se oía la música de la guitarra de Sanamo, y la lluvia, acabándose. Todo brillaba muy pálidamente, en temblorosas gotas: los racimos verdes, azul y oro, las hojas del magnolio, los cerezos, las rosas de octubre.
Entonces, Jorge dijo:
– ¿Sabéis, muchachos? No creáis que al morir recordaréis hazañas, ni sucesos importantes que os hayan ocurrido. No creáis que recordarais grandes aventuras, ni siquiera momentos felices que aún podáis vivir. Sólo cosas como ésta: una tarde así, unas copas de vino, esas rosas cubiertas de agua.
(Mientras estábamos en Son Major, Guiem y los suyos hicieron hogueras en la plaza de los judíos, y quemaron tres monigotes hechos con trapos viejos. Éramos Borja, Manuel y yo. El Chino nos lo dijo.)