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11

Alejandro y yo decidimos pasar el mes de julio juntos, y por medio de un amigo suyo conseguimos una casa frente al mar, en Levante. Pasábamos el tiempo dando largos paseos, tomando el sol, y escuchando óperas. Las óperas eran nuestra música de fondo. Una vez que ya había asistido a la representación de Norma (aunque no en la Scala de Milán), una vez que ya había visto la película Fitzcarraldo, podía considerarme, según la sentencia que James Wastley había pronunciado en el viejo restaurante de Delhi, una aficionada a la ópera, aunque primeriza y moderada. Ante los entendidos, me callaba. Pero como Alejandro nunca había tenido esa afición (le gustaba, y mucho, la música moderna), me ofrecía un campo virgen donde ejercer mi labor de proselitismo.

Los dos éramos perezosos para cocinar, así que almorzábamos en casa de cualquier manera y salíamos a cenar a uno de los muchos restaurantes del pueblo. Ni siquiera desayunábamos en casa todos los días, porque nada más levantarnos nos lanzábamos a recorrer la playa, a esa hora desierta, y muchas veces, a la vuelta, nos quedábamos en la terraza de la cafetería Miami, donde leíamos el periódico y nos tomábamos lentamente el desayuno. Todo era bueno en el Miami: el zumo de naranja, el café y las tostadas. Hubiéramos pagado cualquier cosa por ese desayuno y, para colmo, era barato.

Parte de la mañana la pasábamos allí, hasta que el sol empezaba a molestar. Entonces, después de otro café, volvíamos a casa. Nos bañábamos mirando el porche de nuestra casa, porque nos parecía un verdadero lujo disfrutar de tantas cosas a la vez. Hacía exactamente un año que había ido a Oriente con Mario para huir de un verano recordando a Fernando, pero todo eso quedaba muy lejos, aunque el que yo me encontrara allí con Alejandro era también consecuencia de aquel viaje. Pero en verano todo se detiene y yo estaba cansada de encontrar que mi vida se regía por una serie de coincidencias que escapaban a mi voluntad y a mi control, y aunque entre Alejandro y yo no todo era perfecto y a veces surgía, inesperadamente, un punto que nos hacía apartarnos y observarnos a distancia, había ratos muy buenos. No hacía falta pensar en nada más. No siempre hay que vivir analizando todo lo que ocurre. Alejandro se había llevado lienzos, pinturas y el caballete, y el tiempo que quedaba entre los paseos, las comidas, los baños, las noches y las siestas, él pintaba. Entretanto, yo leía o daba más paseos, o iba al pueblo a comprar algo, o me volvía a bañar o deambulaba por la casa, mientras las potentes y melodiosas voces de las sopranos, los tenores, los bajos recorrían todos los registros de la voz humana sobre un fondo de orquesta a veces solemne, a veces frívola, triste o patética, y siempre grandiosa y consoladora. ¿Cómo no había entrado en aquel mundo antes? James Wastley tenía razón. Sus mitos empezaban a parecerme aceptables, o era que yo me iba acercando a su edad, la edad en que tantas cosas han demostrado ser frágiles, inservibles o inalcanzables.

Ni Alejandro ni yo hablábamos de El Saúco, como si hubiéramos llegado a ese acuerdo de silencio. Ya habíamos comentado suficientemente la desaparición de Félix y yo no tenía muchas ganas de recordar la serie de reuniones y conversaciones familiares que a raíz de los problemas de mi tío Jorge se habían producido en mi casa. Ni siquiera mi madre quería hablar de Félix. Tampoco ella quería volver a preocuparse.

Mis padres todavía estaban en Madrid. Esperaban el regreso de Gisela que, ella sí, estaba de viaje. En Roma, creo recordar. En cuanto Gisela llegara, se irían todos a El Arenal, más unidos que nunca, más dispuestos a defender su descanso y sus diversiones. Yo los llamaba de vez en cuando y me daban noticias del calor. Les gustaba decirme que no se podía ni respirar. A última hora de la tarde, mi padre abría todas las ventanas para que se estableciera una ligera corriente de aire. Hasta ese momento, la casa había permanecido cerrada y en penumbra para que no penetrara ni un ápice de calor sobre el ambiente cada vez más cargado. Pasaban la noche en medio de esa hipotética corriente, envueltos en los ruidos que llegaban de la calle. A las ocho de la mañana, cerraban las ventanas.

Mi padre seguía rigurosamente ese horario año tras año cuando caía el calor sobre el asfalto, y se sentía muy orgulloso de esos métodos que le permitían sobrevivir en el infierno del verano en la ciudad. Pero desde que yo estaba a la orilla del mar, se quejaban más de lo acostumbrado.

– Ya sabes cómo mantengo la casa todos los años -decía mi padre-, pero este año no hay manera. Tenemos que abrir las ventanas antes de tiempo, porque nos ahogamos. Creo que vamos a tener que poner aire acondicionado.

Eso era algo que también decía todos los años. Sonaba como una amenaza, como el final de una época, una traición a los principios fundamentales de su vida, su orden y su prestigio. Como si las cosas pudieran con él.

– ¿Y qué tal allí? -me preguntaba, al fin, con un leve pero inequívoco matiz de reproche, por haberme librado del calor y haberlos dejado luchando contra él. Y antes de que yo pudiera contestar, consciente él de que la pregunta era tan rutinaria y mecánica como en el fondo comprometida o por lo menos aventurada, decía-: Ahora se pone tu madre.

Mi madre me contaba exactamente las mismas cosas que me acababa de contar mi padre. Sólo que como no era ella la responsable de todo aquel método de abrir y cerrar ventanas, lo comentaba con ironía.

– Ya sabes que tu padre se cree que si vivimos a oscuras no pasamos calor. Y no te puedes imaginar de qué humor se pone si Juana o yo subimos una persiana. El calor le descompone, ésa es la verdad. Estoy deseando estar en El Arenal, allí está más entretenido, no se pasa todo el día vigilándonos -suspiraba-. Es como si viviéramos en un cuartel.

Quejarse el uno del otro, eso era lo que consistentemente hacían cuando hablaban conmigo. Ése era el papel que jugaban mejor. Llevaban años entrenándose.

Los llamé un viernes antes de cenar, a esa hora en que ya debían de haber abierto las ventanas y una leve corriente de aire recorrería la casa. El timbre del teléfono se repitió en el vacío. Podían haber salido a dar una vuelta; jamás lo hacían, pero era posible. Así que no me quise preocupar.

Aquella noche fuimos a cenar a un restaurante indio que acababan de abrir. Habíamos conocido al dueño en la playa y él se encargó de organizar nuestro menú. Comimos y bebimos más de lo acostumbrado. Al final, se sentó con nosotros y nos invitó a un par de copas. Nos hubiera seguido invitando a tomar copas hasta el amanecer. Tenía una resistencia extraordinaria. Cuando me levanté, apenas me podía sostener. Alejandro me llevó, prácticamente a rastras, hasta la casa. Creo que vomité por el camino.

No pensé en mis padres, ni esa noche ni a la mañana siguiente, que pasé en la cama, con un dolor de cabeza de esos que te quieres morir. Alejandro hizo café y, más tarde, preparó el almuerzo. Fue a media tarde cuando volví a pensar en mis padres, pero decidí esperar un poco porque todavía no había recuperado la voz: me salía ronca y temblorosa.

Eran las ocho de la tarde del sábado, otra vez la hora en que mi padre abría las ventanas, cuando volví a llamar. Miré el reloj mientras sonaba el teléfono sin que nadie acudiera a cogerlo.

– No puede ser -dije.

– ¿Qué es lo que no puede ser? -me preguntó Alejandro.

– No están mis padres en casa.

– Habrán salido a dar una vuelta, a esta hora empieza a refrescar, ¿no dices que en tu casa hace mucho calor? A lo mejor han ido al cine -sugirió.

No iban nunca al cine. No salían de casa por las tardes; nunca lo habían hecho. Pero en cualquier momento se puede cambiar de costumbres.

Llamé a las nueve. El teléfono seguía sonando, sin respuesta. Llamé a las diez. Nada.

– Es absurdo que te preocupes tanto -dijo Alejandro-. Deben de haber ido a visitar a alguien. Tal vez tu hermana lo sepa.

Mi hermana se sorprendió con mi llamada, pero no pudo darme ninguna explicación. No sabía nada de nuestros padres desde hacía dos días.

– No ha podido pasarles nada, ¿qué les ha podido pasar? Lo hubiéramos sabido. No he salido de casa en todo el día. Además, esta mañana habrá ido Juana. Va todos los sábados y se queda hasta el mediodía. Habrán salido a dar una vuelta. ¿Dónde estás?, ¿desde dónde llamas?

– ¿Tienes el teléfono de Juana?

– No.

Me despedí de ella después de decirle dónde me podía encontrar si acaso conseguía hablar con mis padres y colgué. Estaba decidida a hablar con Juana, quería una explicación a aquel silencio. Yo misma comprendía que podía haber explicaciones razonables para la ausencia de mis padres, pero me empujaba una especie de reto. Recordé de pronto que la hermana de Juana trabajaba como asistenta en casa de Mario. Yo había servido de intermediaria. Pero tampoco Mario se encontraba en casa. Y el teléfono de mis padres seguía sonando en el vacío. Era cada vez más extraño.

– Estará estropeado -decía Alejandro, sin convicción.

– Si estuviera estropeado no daría la señal. Se escucha perfectamente.

Al fin, encontré a Mario y le expliqué lo que pasaba. Tardó un rato en encontrar el número de teléfono de la hermana de Juana, porque lo había apuntado en un papel que había sujetado a la nevera con un imán en forma de oso (lo repitió varias veces) y alguien había metido el papel, finalmente, en un cajón. Después de dármelo, quiso que le hablara de mi vida, pero yo no podía enredarme, a esas horas y con esa sensación de urgencia, en una conversación sobre los sentimientos, que en aquel momento excepcional le interesaban mucho. Debía de haber tomado un par de copas.

Marqué el teléfono de la hermana de Juana. En lugar de una voz de mujer surgió una ronca voz de hombre. No tenía ni idea de quién podía ser porque había oído decir a Juana que su hermana no estaba casada, pero le expliqué como pude a aquel hombre de la voz ronca quién era yo y lo que andaba buscando. Le dije que estaba francamente preocupada. Le hablé de mis padres, de lo viejos e inútiles que eran. El hombre dudó un momento, luego dijo que iba a ver si encontraba el número de teléfono de Juana por alguna parte. Al cabo de unos instantes volvió con él.

– ¿No crees que estás exagerando? -insistía Alejandro-. No puede haber sucedido nada. De las malas noticias se entera uno en seguida. Juana hubiera llamado a tu hermana.

Eran casi las doce. Pero yo, llevada de mi celo indagatorio, marqué el número de teléfono de Juana. Sonó un rato y, finalmente, escuché una voz de niño. Era Pablo, el hijo de Juana. Algunos sábados por la mañana venía a casa con su madre. Tenía doce años. Era un niño muy formal que se pasaba la mañana leyendo Tintines en una silla de la cocina mientras su madre cocinaba y planchaba. Le conté lo que pasaba. Me dijo que su madre había ido a una boda y que llegaría tarde. Le pregunté si sabía si había ido a casa de mis padres por la mañana. No tenía ni idea, porque él había ido a un partido de fútbol y había comido, a la vuelta, un bocadillo. Se había encontrado a su madre en el portal, vestida para la boda. Apenas habían hablado.

– Te voy a pedir un favor, Pablo -le dije-. Para mí es muy importante. Cuando llegue tu madre, sea la hora que fuere, le dices que me llame a este teléfono -se lo dicté-. La estaré esperando.

Me quedé al fin dormida, más calmada, en parte, por los argumentos de Alejandro y, sobre todo, porque había logrado establecer un camino de contacto con Juana. Eso ya era una victoria. A las tres de la mañana me despertó el timbre del teléfono. Era Juana.

– No pasa nada -dijo inmediatamente-. Sus padres están muy bien. Es que se ha estropeado el teléfono. Nos hemos dado cuenta esta mañana. Ya he avisado a la Compañía de Teléfonos. Sus padres me dijeron que llamara y eso es lo que he hecho nada más llegar a casa, pero todavía no deben de haberlo arreglado. Supongo que lo arreglarán mañana. Fíjese qué casualidad, hoy he tenido que ir a una boda. Nunca salgo de casa, y precisamente hoy tenía esa boda, una boda de una vecina. Se lo decía a Pablo: yo, que nunca salgo de casa. El lunes se lo diré a sus padres. No se les ha ocurrido que usted se podría preocupar.

Una vez más, le di las gracias. A ella y a su hijo. Todo parecía razonable. Todo estaba en orden. Yo me había preocupado inútilmente, en un verdadero ataque de histeria que demostraba mi fragilidad: no soportaba que el hilo que me unía con mis padres se rompiera. Además, se había roto de una forma que me exasperaba especialmente: por el teléfono, y eso era lo que había hecho aumentar mi excitación y mi temor, porque pertenezco a esa clase de personas para quienes los teléfonos, antes que instrumentos de comunicación, son un obstáculo. Rara ha sido la vez que, habiendo entrado en una cabina telefónica con el objeto de hacer una llamada imprescindible, el teléfono haya funcionado y, si es que se ha prestado de momento a establecer la comunicación, la ha interrumpido abruptamente en cuanto ha aparecido, al otro lado, la otra voz. El hecho de que el teléfono se hubiera puesto en mi contra, como siempre, y se hubiera obstinado en devolverme el sonido de su timbre en el vacío, lo que resultaba ilógico, ya que mis padres tenían que estar en casa, muy cerca por cierto de él, había exacerbado mi sentimiento de impotencia y de distancia. Había que suponer que mis padres, en casa, yacían sobre el suelo de la cocina -allí fue donde los imaginé- intoxicados a causa de un escape de gas. Pero nada de eso había pasado, y Alejandro brindó por mí.

– Serías una estupenda detective -dijo.

Mis padres llamaron por la mañana. Se disculparon por no haberle encargado a Juana que me llamase, sin haber previsto mi preocupación, y prometieron tenerme al tanto de sus idas y venidas y de las averías de su teléfono. Se comportaron como niños cogidos en falta. En realidad, se les notaba medianamente satisfechos de que me hubiera inquietado por ellos.

A media mañana, bajamos a desayunar al Miami, dispuestos a entregarnos, ya liberados de toda preocupación, a la más perfecta de las inactividades: dejar pasar el día lentamente. En realidad, eso era lo que hacíamos todos los días de la semana, pero el domingo ayuda. Un aire de aburrimiento, una conciencia profunda de la nada, se cierne sobre todas las personas.

Encargamos el desayuno y abrimos los periódicos. Hay días en que uno lo lee todo, las noticias importantes y las enunciadas en letra pequeña, los anuncios, las esquelas. Entre trago y trago de zumo de naranja y de café con leche, entre bocado y bocado de tostada, mis ojos se deslizaron por cada página del periódico, deteniéndose en cada recuadro, para alargar ese rato, para tener la mente ocupada en los acontecimientos del mundo exterior.

En la columna de las noticias breves, vi una palabra que me sobresaltó: Fitzcarraldo. A continuación, leí: "Una mujer y dos hombres han sido expulsados del Nepal por comprobarse que estaban trabajando en el servicio de espionaje soviético. La operación, que llevaba por nombre clave la palabra Fitzcarraldo, fue detectada en África del Sur. Los espías operaban infiltrados en supuestas organizaciones humanitarias".

Nada más. La vista se me había nublado. Todos los datos señalaban a Gudrun Holdein.

– ¿Qué te pasa? -me preguntó Alejandro.

– No te lo vas a creer -le dije, tendiéndole el periódico-. Lee. En la columna de "Breves".

Inclinó su cabeza sobre las páginas extendidas del periódico. Levantó los ojos, interrogante.

– La segunda noticia -le dije-. Fitzcarraldo. ¿No te suena familiar?

– Es la película, claro.

– Es la película que mencionó James Wastley. Creo que te lo conté, esa extraña frase que dijo en el restaurante. Habló de Norma y de Fitzcarraldo. La señora Holdein, como sabes, vive en el Nepal, y dirige un centro de estudios sociales. Cuando vino a Madrid a ver a tu tía, acababa de dejar Johannesburgo. Ella y James eran muy aficionados a la ópera. Todo encaja. Son ellos, tienen que ser ellos.

De repente, sentí un estremecimiento más profundo.

– Ángela -murmuré-. No se sabe cómo se produjo su muerte. La señora Holdein debió de ver a Ángela cuando estuvo en Madrid. Le tuvo que dar la foto.

– Oye -dijo Alejandro-, no te vuelvas loca. Hay muchas coincidencias que no tienen explicación. No sé si esa mujer de la noticia es la señora Holdein. No lo sé y, en realidad, no me importa. Tú no eres espía, yo no soy espía. No vivimos dentro de una película.

– Todo esto es muy raro -dije-. Tú no conoces a la señora Holdein, pero gracias a ella y a sus fotos me conociste a mí.

– Eso no lo planeó nadie.

Bajo el toldo azul del Miami, repasamos los hechos una y otra vez. Yo había entrado en contacto con un grupo de espías en Delhi, de eso no podía haber duda. Que el que uno de ellos, concretamente la señora Holdein, tuviera también una remota relación con Alejandro, podía ser una casualidad y yo estaba dispuesta a admitirlo, pero la misteriosa muerte de Ángela hacía que la breve noticia del periódico me inquietara profundamente.

La policía me había citado en el apartamento de Ángela y yo había visto la foto, enmarcada, en un lugar preferente, pero no había dicho nada, por eludir un problema y una investigación fastidiosa, porque las fotos de la señora Holdein siempre me habían molestado y porque no quería volver a pensar en la señora Holdein.

– Tengo que llamar a la policía -concluí-. Tengo que decírselo.

– Supongo que sí -admitió Alejandro-. ¿Crees que Ángela era también espía?

– Nunca lo hubiera imaginado -dije.

En los ojos de Alejandro se refleja cierta incredulidad.

– ¿No te parece que la policía va a pensar que es muy raro que tanto tú como yo conociéramos a Gudrun Holdein? -se me ocurrió de pronto.

– Necesito un trago -dijo Alejandro.

Aquel día lo pasamos especulando. Cuanto más hablábamos de ello, más desconcertados nos sentíamos. Mis cualidades de detective, recientemente ejercitadas en el caso de la búsqueda de mis padres, no parecían suficientes.

Sonaba el timbre del teléfono cuando atravesamos el umbral de nuestra casa. Eran, de nuevo, mis padres, que querían demostrarme su agradecimiento por mis investigaciones y volverme a decir que lo sentían. Me describieron, una vez más, su cotidiana lucha contra el calor, lejos de toda trama internacional de espionaje.

Nada más colgar, llamé a Mario, para ver si él también había leído la noticia y conocer su opinión respecto al asunto de Ángela, pero no contestaba nadie y recordé que la noche anterior me había dicho que se marchaba el domingo a primera hora. O no me había dicho adónde se iba o yo no le había prestado atención. Había estado un poco cortante con él.

Me concedí un plazo para llamar a la policía. Llamaría el lunes. Por lo demás, en un domingo no sería fácil localizar al comisario que me había interrogado.

Puse la cassette de Norma muchas veces, mientras en mi cabeza se reproducían los lejanos encuentros con Ishwar, James y la señora Holdein, con la esperanza de encontrar una clave en aquella música, pero ¿dónde, cómo? Sus acordes llenaban todavía nuestro cuarto de estar y el sol, ya desaparecido, había dejado una huella de color anaranjado en el horizonte plateado del mar, cuando volvió a sonar el teléfono y volví a escuchar la voz un poco temblorosa de mi madre.

– No te quiero molestar -dijo-, pero es que no sé si he metido la pata. Ha llamado un hombre con acento extranjero, un inglés, ha dicho. Me parece que se llama James, ya sabes que no entiendo nunca los nombres. Ha dicho que ha estado todo el fin de semana llamándote a casa, pero como teníamos el teléfono estropeado no ha podido localizarte. Ha dicho que era muy urgente hablar contigo y le he dado tu número de teléfono. Era un hombre muy simpático, no sé si he hecho mal.

– ¿Hablaba español?

– Muy mal. Pero yo hablé muy despacio y él hablaba con verbos, con palabras sueltas. Pero nos hemos entendido. ¿Quién es?

– No tengo ni idea.

– ¿He metido la pata?

– No.

Todo lo contrario, si es que se trataba de James Wastley. Yo también quería hablar con él. Quería explicaciones.

Aquella noche soñé con Delhi. Por los pasillos alfombrados del hotel Imperial, a una hora confusa de la madrugada, yo iba de habitación en habitación, dando pequeños golpes de alarma. Eso es todo lo que vagamente recuerdo de aquel sueño, porque no lo anoté. Me pareció importante y simbólico, pero no tenía a mano lápiz y papel.

A mi lado, Alejandro dormía apaciblemente. Me puse un chal sobre los hombros y salí a la terraza. Volvía a tener, como me había sucedido a lo largo de aquel invierno, desde que había asistido a la representación de Norma, la fuerte impresión de que mi vida estaba siendo planeada desde fuera, y de que todo lo que me estaba ocurriendo obedecía a un plan, del cual yo no sabía nada. Me pregunté si Ishwar estaría también complicado en el asunto Fitzcarraldo. En todo caso, eso no cambiaba las cosas ni marchitaba el recuerdo. El amor es confuso y jamás se juega en igualdad de condiciones, jamás se sabe cuál es exactamente el papel que le toca a cada uno. Era curioso que pensara en el amor en aquel momento, pendiente de una llamada que tal vez iba a esclarecer una muerte, la misteriosa muerte de Ángela. Pero no era mi muerte, y si aquella historia me afectaba, era, sobre todo, porque había habido episodios de amor. El mundo de los vivos es el reino del egoísmo.