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14

Empezaba a oscurecer. Abrí, al fin, todas las ventanas, y me asomé a la terraza para mirar hacia abajo y hacia la casa de enfrente. Desde otras ventanas, desde otras terrazas, otras personas observaban la vida que transcurría al fondo de la calle y me observaban a mí. Nuestra terraza era de las pocas que había permanecido intacta en nuestro bloque de pisos. Casi todas habían sido acristaladas; habían servido para ampliar un cuarto de estar algo pequeño. Había polémica entre mis padres y cada cierto tiempo discutían por eso, pero mi madre se negaba a esa ampliación porque, sobre todo, le molestaban las obras, las complicaciones. Alegaba que en verano salía al balcón a disfrutar de la corriente de aire nocturna, pero jamás la habíamos visto sentada sobre el descolorido sillón de mimbre que sacaba a la terraza a mediados de mayo. ¿Qué hubiera podido observar mi madre, a quien con una mirada fugaz le bastaba para creer que había penetrado en el espíritu profundo de las personas? Mi padre, harto de discutir, irritado una vez más, porque había planeado arreglarse allí un rincón especial para él, se daba por vencido y se refugiaba tras una rígida máscara de mal humor, y allí permanecía durante un par de días. Sin embargo, era posible que la terraza se acristalara alguna vez, porque siempre gana quien más insiste, quien se ha marcado una meta y, en realidad, la oposición de mi madre era cada vez menos firme.

Al final, probablemente sería yo quien más lo iba a lamentar, porque había contemplado muchas veces la casa de enfrente, apoyada en la barandilla de hierro, sintiendo un ligero vértigo al mirar hacia abajo, pero reconfortada mi curiosidad al vislumbrar el interior de las habitaciones iluminadas de los otros pisos. Creía conocer de memoria esa fachada de balcones redondeados y barandillas de barrotes horizontales, al estilo de los años veinte. Era una casa que horrorizaba a mis padres; tal vez la consideraban el símbolo de la mediocridad y pensaban que la nuestra era superior porque era más moderna y su portal tenía un aire pretencioso, frente al portal estrecho y lúgubre de la casa de enfrente. La había mirado tantas veces, había lanzado tantas largas miradas hacia sus interiores en penumbra, que me creía capaz de describirla con los ojos cerrados. Pero no era verdad. Con los ojos cerrados no era capaz de decir con exactitud si los bordes de las terrazas del último piso, a la misma altura que el nuestro, estaban rematados con un barrote de hierro. Había ese punto oscuro, por ejemplo. Y otros más: la forma exacta de las ventanas, la situación de las chimeneas o la frecuencia de esos pequeños balcones que sin duda correspondían a un dormitorio. Con los ojos cerrados, sólo podía ver una masa de color, huecos, líneas que se doblaban. Todo muy impreciso.

Una mujer con una bata de flores y espeso pelo oscuro miraba hacia mi casa con infinito cansancio, sin un solo pensamiento al fondo de sus ojos. Estaba apoyada en el alféizar y parecía una estatua. Seguramente, acababa de levantarse de la siesta, una larga siesta de verano, y estaba todavía un poco dormida. Un hombre en pijama, dos pisos por debajo del de la mujer, paseaba unos ojos curiosos por nuestra fachada. Debía de saberse de memoria, en el caso de que su memoria fuese mejor que la mía, la posición de nuestras terrazas y ventanas y tal vez hasta llevaba la cuenta de la conversación de las terrazas en miradores. Me miraba, desde abajo, sin ninguna intención de saludarme, como si yo fuera una maceta o una cortina. Casi todas las ventanas del piso de enfrente estaban abiertas. En un cuarto, una mujer estaba tendida sobre la cama. En otro, tres personas, de espaldas a mí, contemplaban la televisión. Se atisbaban, en otras habitaciones, otros aparatos de televisión. En la terraza de enfrente, apareció una joven con una regadera en la mano. Observó las plantas con concentración y fue vertiendo el agua de la regadera sobre las macetas.

Las vidas de la casa de enfrente, sólo intuidas, eran, todas, envidiadas por mí. No eran, sin duda, tan distintas de la mía, pero todas parecían resueltas, acabadas, en su aburrimiento perfectamente justificado de tarde de verano. Todavía sin completar, como cualquier vida humana, e igualmente dignas de compasión unas y otras, todas parecían asombrosamente autosuficientes a esa hora de la tarde, cuando se inicia el declive de la luz. Mis vecinos reflejaban un interior sin fisuras mientras miraban hacia abajo o hacia la casa de enfrente, la mía. La mujer de la bata floreada y el pelo desordenado perdió repentinamente su anterior cualidad de estatua, ese homenaje a la pereza y a la indiferencia más profundas, y después de apoyar la cara en una de sus manos, paseó la mirada por el fondo de la calle, como si buscara algo.

Imaginé cómo sería mi vida en su casa, siendo yo esa mujer u otra cualquiera, moviéndome por habitaciones ahora desconocidas y que serían las mías. Ése era el vértigo de lo eternamente conocido, de los secretos desvelados. Mejor ignorarlo.

Un chico, asomado a una ventana del cuarto piso, me estaba mirando con curiosidad, invitándome, tal vez, a iniciar un difícil diálogo por encima del hueco de la calle. Y era posible que, por señas, acabara por proponerme una cita en uno de los numerosos bares de nuestra calle. Podía bastar con un gesto. El chico debía de estar cansado de permanecer encerrado en su cuarto. Debía de ser un estudiante harto de tratar de aplicar su inteligencia y su memoria a asuntos que no saciaban su interés. Me sonrió tímidamente, con los labios cerrados, y le devolví la sonrisa, trayéndome el recuerdo de todos mis encuentros con un hombre. Mis historias de amor habían sucedido, todas, hacía mucho tiempo. Siglos. Pero volvieron cuando el chico me sonrió.

Los inicios: eso era lo que yo buscaba una y otra vez. Repetir el comienzo hasta el infinito. Asomada a mi terraza, fui perfectamente consciente de que las historias que más me gustaba recordar eran las que menos habían durado: una sola noche, unas horas; historias efímeras, sin pretensiones, sin proyección, sin consecuencias. En la continuidad, mi vida entera, mi posición en el mundo, se tergiversaba, y los afanes de dominio, provenientes de una u otra parte, perturbaban y acababan destruyendo mi felicidad. La plenitud de ese momento anterior se grababa, autosuficiente y único, en mi interior, tan acabado como el discurrir de las vidas ajenas en mi imaginación.

Sentí la tentación de contarle mi vida al chico de la casa de enfrente en el mostrador de cualquier bar. Contarle, más que nada, todas las desdichas de mi vida, los malos resultados y los decepcionantes finales. La tentación de expresarme, de desahogarme, de que alguien me diera la razón en todo y acabara por concluir que yo me merecía mucho más y que tenía todo el derecho de esperarlo mientras iba cayendo la tarde; todavía quedaba la noche.

Desde alguna casa vecina, llegó hasta mi terraza el timbre de un teléfono que nadie contestó. Recordé la histeria que se apoderó de mí en Jávea al no poder hablar por teléfono con mis padres. Había sentido, allí, sin poderlo dominar, el pánico del vacío, la premonición de la muerte. Insiste, le recomendé a la persona desconocida que llamaba, no abandones.

Días después, Alejandro me llamó desde El Saúco. La tía Carolina había muerto, lo que se venía anunciando desde hacía un mes, pero lo que no se preveía, lo que sorprendió y escandalizó a todos, fue su testamento. Menos a una persona, por supuesto, quien podía haberse sorprendido pero no escandalizado: Ramiro Salas, el administrador, el principal beneficiario.

– ¿Has recibido mi carta? -me preguntó Alejandro.

Por un momento, me desconcertó, porque yo había recibido dos cartas y ninguna de las dos era suya, pero me habían afectado tanto que la sola mención de la palabra me remitía a ellas.

– La recibirás en seguida. Allí te lo explico todo. Ya no soy un rico heredero.

– ¿Cómo está tu madre? -le pregunté.

– Supongo que todavía no se lo cree. Está en Madrid. Quise que se alejara de todo esto, ya te imaginas que ambiente se respira aquí. Pero hay cosas por aclarar y precisar. Me paso el día encerrado con el abogado.

Dos días después, llegó su carta. En ella me explicaba cómo habían sido los últimos años de la vida de su madre.

Mi padre era un hombre insoportable -escribía-. Estaba muy poco en casa y siempre lo recuerdo enfadado, reclamando algo, protestando. Ganó dinero, pero se lo gastó. Pasaba muchas noches fuera de casa. Era un hombre de otra época. Tal vez pensaba que ése era el comportamiento normal en un hombre. Cuando él murió, hicimos números. Estábamos casi en la ruina. Fue entonces cuando la tía Carolina le pidió a mi madre que fuera a vivir con ella, y abrió una cuenta a mi nombre. Supongo que mi madre aceptó por mí, que fue comprada, aunque ella lo niegue. Dice, todavía, que lo hizo por caridad, porque la tía Carolina era la única persona que tenía en el mundo y que las dos debían ayudarse y hacerse compañía. Mi cuenta crecía, entretanto.

Era una carta larga; estaba llena de detalles, de explicaciones. Últimamente, yo estaba recibiendo demasiadas explicaciones. Me empezaban a molestar. Nunca eran las que hubiera esperado.

En el último párrafo, leí:

Hay dos cosas que podemos hacer: aceptar lo que tenemos, que no es en absoluto despreciable, o impugnar el testamento de mi tía y tratar de probar que lo dictó bajo presión. Y hay, por supuesto, un camino intermedio: llegar a un compromiso entre caballeros. El abogado de Ramiro Salas ya lo ha dejado entrever. No quieren problemas. Y hay mucho dinero. Supongo que esto será, al fin, lo que haremos.

Luego decía que tenía muchas ganas de verme y muchos proyectos y muchas ideas. Su madre me tenía una gran simpatía. Siempre preguntaba por mí.

Pensé en la madre de Alejandro y en el rato silencioso que pasamos frente al estanque, sentadas en un banco de piedra. Las únicas palabras que había pronunciado en el brevísimo diálogo que había tenido lugar entre nosotras se habían referido a la belleza del escenario, a las estaciones. No se había lamentado de su vida ni de su suerte y, acostumbrada yo a que normalmente las personas me confiaran sus desdichas con la esperanza o el propósito, en algunos casos, de que yo resolviera sus problemas, agradecí su silencio. Al verme a lo lejos paseando por el jardín, me había hecho un gesto con la mano para que me acercara a ella y me sentara a su lado, pero no esperaba nada más de mí ni buscaba mi consuelo ni mi apoyo. Sean cuales fueren las razones por las que tras la muerte de su marido se había ido a vivir con su prima no necesitaba pregonarlas; las había guardado en su interior y allí permanecían y, olvidadas o no, no perturbaban la paz de su mirada. Ojalá nada consiguiera perturbarla.

Cuando, días más tarde, vi a Alejandro, ya en Madrid, ya dueño de una fortuna bien negociada, no tan vasta como había esperado, pero de dimensiones bastante satisfactorias, me dio otro tipo de información, que mi imaginación ya había anticipado y que explicaba aquel testamento inesperado.

– Tenían un lío -dijo-. Mi tía y el administrador. ¿Te lo imaginas? Supongo que era él quien iba a visitarla a su cuarto. Se deslizaría por los pasillos como una sombra, para lo que no tendría que esforzarse mucho, puesto que tiene ya la apariencia de una sombra. Estoy convencido de que mi tía era una mujer apasionada y él la obedecería, como siempre hacía. O era, tal vez, al revés. A lo mejor, en la intimidad de la alcoba, el juego se invertía, y mi tía Carolina se convertía en una mujer solícita, humilde, servicial, y Ramiro en un hombre dominante, hasta un poco sádico. Años y años guardando este secreto, viviendo solamente para la noche, soportando Ramiro las humillaciones, relegado al puesto de un simple sirviente. Al fin, alcanzó su premio. En cierto modo, se lo ha ganado.

Seguramente, no estaba equivocado. Seguramente, yo también hubiera imaginado esas escenas de haber vivido esa historia tan de cerca como él. Y las imaginaba, porque había conocido a la tía Carolina y a su administrador. Pero no era mi familia ni mi fortuna ni mis planes ni mis obsesiones.

Mi ruptura con Alejandro fue suave. Cada cual se quedó en su mundo, puede que evocando, alguna vez, que hubo buenos ratos durante el largo mes que pasamos a la orilla del mar en un paréntesis que se abrió en nuestras vidas cercadas por viejas historias familiares y una enrevesada trama de espionaje en la que yo me dejé envolver, por razones que analizo una y otra vez un poco inútilmente.

Había acabado el verano. Madrid volvía a recuperar su ritmo de gran ciudad desbordada, que promete más expectativas de las que es capaz de cumplir. Y, dentro de ese ritmo, las personas pierden un poco el suyo, se diluyen en las tensiones de la ciudad, se adaptan a sus reglas, más o menos fácilmente, con más o menos resistencias.

A pesar de que aquel verano me había traído decepciones y momentos difíciles, hubiera preferido que no se terminara, porque el otoño es demasiado melancólico y hay que tener deseos de hacer algo, y alguna meta. Yo no tenía nada. Mi trabajo, mi casa, mi familia. No era bastante.

Mis padres, con el reciente recuerdo de su estancia en El Arenal, estaban contentos. Nuevamente hablaban de trasladarse a vivir allí, nuevamente alegaban, para no hacerlo, que no podían dejarme sola, que era su hija menor, que debían cuidarme.

Gisela Von Rotten, cada vez más unida a mi madre, pasaba muchas tardes encasa. Las dos hablaban, mientras mi padre se refugiaba detrás de viejos volúmenes polvorientos que relataban las guerras del pasado, de la necesidad de vivir en el presente, de ser generosos, de poder perdonar. Gisela continuaba con sus muchas actividades. Mi madre le daba apoyo moral. No estaba acostumbrada a salir de casa para resolver problemas ajenos. Ayudaba si eso no suponía moverse de su butaca. Pero Gisela era benévola con ella. Lo que pedía de mi madre, ella se lo daba. Quería hablar de la miseria del mundo y no ser dejada de lado. Mi madre la escuchaba atentamente. Suspiraba. "Menos mal que existen personas como tú", decía.

Raquel, cuando nos visitaba, también se ponía de su parte.

– Las mujeres -decía, algo irritado, mi padre- siempre halláis consuelo en la lamentación. Parece que os guste que todo esté tan mal.

Olvidaba que durante toda su vida no había hecho otra cosa que quejarse. Las lamentaciones de mi madre y Gisela eran más abstractas. Se habían convertido en dos damas filosóficas.

– ¿Te acuerdas del psiquiatra? -me preguntó un día Raquel con la mirada luminosa-. Al fin, le llamé.

Se veían todas las semanas.

– Jamás pensé que mi vida fuera a cambiar -dijo.

Se planteaba seriamente su separación de Alfonso. No tenía un trabajo, se había desconectado de toda posibilidad profesional, tampoco era rica. Al psiquiatra esas cosas no le importaban. Se había separado de su mujer y estaba dispuesto a casarse con Raquel. Pero Raquel no quería repetir sus errores.

– Qué más te da -le dije-. Los errores nunca son los mismos.

– Lo acabaré haciendo -decía-. Pero prefiero esperar un poco.

Tenía miedo de la reacción de Alfonso y de la de sus hijos. Temía la soledad.

Una tarde todavía tibia, a la salida de mi oficina, mis pasos se dirigieron, apenas sin darme cuenta, hasta la casa de Mario. Me pregunté si estaría allí y si no sería más recomendable llamarle por teléfono y preguntarle si le apetecía verme. A lo mejor, mi visita resultaba inoportuna. Sin embargo, me arriesgué. Si las cosas salían mal, tampoco perdía mucho. Había perdido muchas cosas durante aquel verano. Sería una cosa más.

Pero Mario estaba. Me miró, sorprendido.

– ¿Es que no esperabas verme nunca más en la vida? -le pregunté.

Había pasado el verano en Túnez y me habló de todo lo que había visto con su entusiasmo de siempre.

– ¿Encontraste a tus padres? -me preguntó, medio irónico, porque él me había dado el teléfono de la hermana de Juana, cuando le había llamado desde Jávea.

– No fue fácil. Tenían el teléfono estropeado. No se les ocurrió decirle a Juana que me llamara.

– Vives demasiado pendiente de ellos.

Me ofreció algo de beber. Nos sentamos en el sofá.

– No sabes la cantidad de cosas que han pasado este verano -dije.

– ¿Me las vas a contar? -preguntó.

Estaba deseando contárselas, en aquel momento lo comprendí. Mario era la única persona que podía seguir con atención cuanto yo podía contar. No era fácil explicar las vueltas que había dado la historia desde la aparición de James, y no eludí, por primera vez, ningún detalle. Y, al fin, todo quedó ligado, más ligado de lo que en realidad estaba, porque cuando las cosas se cuentan se transforman y simplifican.

En los ojos de Mario había un destello irónico.

– Todo ese asunto del brazalete acerca del cual todo el mundo miente -dijo-, parece sacado de una de esas óperas que tanto les gustan a tus espías.

– ¿No te lo crees?

– Posiblemente, es cierto -dijo, pensativo, mientras encendía un cigarrillo-. A menudo sucede que lo que parece más irreal y ficticio es lo único verdadero. Pero déjame que añada un nuevo dato a todo lo que me has contado, un dato que es un recuerdo y que puede ofrecer una interpretación más compleja. En todo caso, yo me suelo fiar de lo que mis ojos ven y observan y mis oídos escuchan. Supongo que recuerdas la escena que protagonizó tu espía en el bar del hotel, cuando, recién llegado del viaje, apareció con tu amigo, en tu busca y también en la mía para proponernos salir a cenar. La señora Holdein, con los ojos brillantes y francamente excitada, le preguntó si no se acordaba de ella, a lo que James respondió con un brevísimo asentimiento y una mirada heladora, una mirada que literalmente decía: esfúmate, lárgate, no seas inoportuna. Pero una mirada que sólo tiene lugar entre dos personas que se conocen íntimamente, que han tenido y seguramente tienen un lío amoroso, una relación erótica. O mi intuición ya no sirve para nada o estoy en condiciones de asegurar sin sombra de duda que James y la señora Holdein han sido amantes. ¿Recuerdas la escena?

Asentí. A mí también me había impresionado, y asustado, la frialdad de James, pero en ese momento yo estaba muy atenta a los movimientos de Ishwar y James y buscaba la forma de mantener mi dignidad en medio de aquel enredo.

– La señora Holdein -siguió Mario- debe de ser por lo menos veinte años mayor que James, pero tiene una buena madurez y tal vez se conocieron hace años, eso no lo sabemos. Debió de ser una joven bastante atractiva. El caso es que ella se enamoró de ti, harta tal vez de las humillaciones de que James, a quien ella había reclutado como espía, le hacía objeto, o siguiendo una tendencia natural o porque tú despiertas oscuras pasiones, pero se enamoró de ti. Así que viene a España, te hace un regalo valioso y vagas pero indudables proposiciones amorosas, que tú rechazas, de forma que vuelve a los brazos de James, vencida y triste. James, que se la quiere quitar de encima, decide preparar su caída. Y hay que reconocer que no descuida el menor detalle. En las imputaciones que se le hacen a la señora Holdein no falta de nada. Bueno -suspiró-, el resto lo conoces bien.

– Nunca te ha gustado James -le dije, recordando que esa misma noche que acababa de evocar Mario se había esforzado por ser cordial con James y que no había sido tratado con excesiva amabilidad.

Mario se encogió de hombros.

– Al fin y al cabo -dijo- puedes pensar lo que quieras. La historia no cambia demasiado.

En la interpretación de Mario, James aparecía como un ser frío y maquiavélico y la señora Holdein como una dama muy desdichada, pero Mario no daba demasiada importancia al sufrimiento. Es curioso que las personas capaces de imaginar las mayores y más turbulentas pasiones sean siempre las más alejadas de ellas; lo imaginan porque no les cuesta nada, porque no son conscientes de la carga de dolor que deben sobrellevar.

La historia le divertía, y sería capaz de encontrar nuevas y más complicadas interpretaciones, ejercitando su indiscutible cualidad de observador ingenioso e imparcial. Lo que me asombraba y suscitaba mi envidia era su capacidad de observar a los demás desde lejos, sin implicarse, pero tal vez por eso yo buscaba su amistad, porque sus análisis, por muy exagerados que fueran, me tranquilizaban, me ayudaban a situarme, yo también, al margen de los hechos, y sólo en los momentos de auge, cuando el entusiasmo me dominaba, podía permitirme pensar que estaba equivocado, que había que implicarse, que la vida era eso y que todo lo que no fuera eso no merecía tener el nombre de vida. Pero hay muchas clases de vida, ciertamente.

Las tardes en las que mi padre iba a la tertulia del Casino, mi madre y Gisela hacían planes. No sé cuándo empezó aquella costumbre, pero cobró carácter de hábito y así, una tarde a la semana, mi casa quedaba totalmente vacía. No salían a hacer obras de caridad, sino al cine, al teatro, a la ópera, a conciertos. Durante toda la semana, preparaban aquellas salidas, buscaban entradas, miraban programas, investigaban y comparaban ofertas, descartando una posibilidad, eligiendo otra.

Sonó el teléfono en mi casa vacía, irrumpiendo en mi silencio, en la lectura de un libro, en mis pensamientos dormidos al fondo de la historia que imponía el libro.

Lo cogí, con la vaga y eterna esperanza con que uno coge siempre el teléfono cuando está solo y no espera a nadie. Era una voz de hombre que, de momento, no reconocí. Pero en seguida aquella voz cascada tuvo un nombre: era el tío Jorge.

– ¿Y tus padres? -preguntó, después de interesarse un poco por mí.

Le puse al tanto de las nuevas costumbres de mi madre y de Gisela, que él aprobó con entusiasmo.

– No podemos dejarnos apolillar -dijo.

– ¿Y Sofía? -le pregunté, a mi vez.

– No puedes imaginarte lo bien que está. Es otra. Terminó el tratamiento. Los médicos dicen que está perfectamente curada. -Sin embargo, suspiró-. Está en Sitges con unas amigas -informó, recuperando el tono optimista de su voz-. Los otoños son muy benignos aquí, y a ella le gusta el mar y la playa. Yo no soporto el sol ni la arena. Como decía el abuelo, son cosas de mal gusto -rió discretamente.

Se quedó callado y lo imaginé aburrido, junto al teléfono, marcando números y hablando mientras pasaba la tarde.

– ¿Sabéis algo de Félix? -me atreví a preguntarle.

– Para eso os llamaba, precisamente para eso -dijo-. Hemos tenido noticias. Ayer recibí una carta suya, una carta muy cariñosa. Lo que note imaginas es desde dónde. -Se rió de nuevo y algo en mi interior se agitó-. De Honolulú, ¿qué te parece? Me pregunto cómo ha ido tan lejos. Pero tiene un trabajo en un hotel y parece que el dueño le protege. Asiste a clases nocturnas. Es una carta muy seria. No es que se disculpe por su desaparición, pero nos da explicaciones. Ya le he contestado y le he mandado dinero. No es que a nosotros nos sobre, menos aún después del tratamiento de Sofía, pero tenemos que demostrar nuestra buena voluntad de algún modo, ¿no crees? Quiero estar en contacto con él, eso es lo que le he dicho en la carta, quiero que acuda a mí si tiene algún problema. No le voy a hacer ningún reproche. A fin de cuentas, ¿qué de malo hay que esté en Honolulú?

– Nada de malo. Debe de ser un buen lugar para vivir -dije, casi sin entonación.

– Bueno, espero que no se quede a vivir. Me gustaría que volviera y lo voy a intentar. Lo convenceré. Pero díselo a tu madre -dijo mi tío-. En realidad, llamaba para eso. Os agradecí mucho que me ayudarais. Nunca podré deciros cuánto. Ha sido un año muy duro, pero ahora todo se está arreglando.

Nos despedimos, dándonos sucesivas gracias por todo.

No busqué explicación ninguna a esa última coincidencia, pero como no me lo podía acabar de creer busqué en mi cajón la carta de la señora Holdein. No le había tirado, ni la suya ni la de James, aunque acabé tirando las dos, porque tenía entonces la absurda necesidad de poseer unas pruebas que demostraran que yo había vivido esas historias. Leí, de nuevo, la primera frase que había escrito la señora Holdein: "Le extrañará recibir esta carta mía desde Honolulú, pero he aprovechado el viaje de un amigo para que le envíe él la carta. Desde donde yo estoy, no le llegaría nunca". Era Honolulú -ese nombre que había hecho reír a Mario-, con todas las letras sin sombra de confusión alguna.

Salí a nuestra terraza todavía sin acristalar. Me hubiera gustado encontrar al chico que me había sonreído una tarde de verano, pero su ventana estaba cerrada y no había ninguna luz tras los cristales. De haberlo encontrado, de haberme hecho él algún gesto para citarnos en uno de los numerosos bares de nuestra calle, yo habría aceptado y ante uno de aquellos mostradores sobre los que a última hora de la tarde se agolpaba la gente procurando la atención del camarero y que poco a poco se iban quedando despoblados, produciendo la sensación de estar más sucios y más iluminados cuanto más vacíos, le habría contado algunas de las cosas que, como en una espiral, se habían ido sucediendo desde el último verano. Le habría hablado de la desaparición de Félix, aquella primavera, cuando su padrastro estaba a punto de pedirle perdón por no haberse ocupado de él, y de la carta que al fin había escrito a su padrastro desde Honolulú para decirle que tenía un trabajo serio en un hotel y que asistía a una escuela nocturna, y de la carta que me había enviado a mí desde Honolulú, una carta de una mujer, espía rusa y muy aficionada a la ópera, que yo había conocido en Delhi y que me había sacado varias fotos alrededor de la piscina del hotel, mientras Mario, mi compañero de viaje, andaba de un lado para otro, conociendo gente y ofreciendo mi botella de whisky a cambio de un poco de hachís que yo, a pesar de mi falta de práctica, conseguí fumar, lo que facilitó mi acercamiento a Ishwar en el restaurante del hotel, allí donde la mujer espía empezó a sacarnos fotos, y allí donde habían empezado a prepararse los acontecimientos de la larga noche que pasé en la habitación de Ishwar, desde donde él, en aquel momento tendido en la cama, esperaba la llegada de James, quien más tarde me dio un consejo sobre las formas de aficionarse a la ópera, y desde donde podía escucharse el ruido del agua en la piscina mientras yo nadaba y la mujer me contemplaba pensando ya en el brazalete que iba a regalarme y en la excusa que pondría para hacerlo y en las fotografías que me sacaría poco después y que dejó olvidadas en el cajón de una cómoda y que Alejandro descubrió según me contó mientras yo me iba enamorando de él, por lo cual me atreví más tarde a pedirle que diera cobijo a Félix, el hijastro de mi tío Jorge, en El Saúco, la finca de su tía Carolina, lo que hizo, y de donde Félix, cuando supo que su padrastro, mi tío Jorge, iba a visitarlo, huyó, emprendiendo el vuelo hacia Honolulú, donde había encontrado trabajo en un hotel y donde asistía a clases nocturnas y desde donde había escrito a su padrastro en un tono que mi tío había interpretado como de perdón o reconciliación y desde donde la mujer espía, caída en desgracia, en parte por mi culpa, por el regalo que ella me había dado y yo había dado a James y James a sus perseguidores, me había enviado una carta de amor que ya no esperaba respuesta. En aquel bar vacío de mi calle, ese bar sucio e iluminado con tubos de neón al que mi imaginación me trasladó en compañía del chico que me había mirado desde la ventana de enfrente, yo, a pesar de no tener respuesta para la carta que la mujer me había hecho enviar desde Honolulú, me lamenté de su suerte, aunque ese remite, Honolulú, como a mi amigo Mario, todavía me hacía sonreír, pero no en una sonrisa de amor, no la sonrisa de la fotografía que ella me había sacado mientras yo pensaba en el río marrón y fangoso con el que me había identificado al cabo de un viaje inesperadamente largo en el que me había embarcado sólo por huir de una espera inútil, tan semejante a mi eterno miedo a los veranos que se va diluyendo mientras cae la tarde y sólo queda esperar el refugio, el retiro, la brecha, el ofrecimiento de la noche.