39453.fb2
El verano pasado hice un viaje, el más largo de mi vida, por Oriente. No tengo ninguna facilidad para resolver los veranos, ese mes de vacaciones en el que me encuentro libre de mis responsabilidades y deberes y libre y perfectamente disponible para disfrutar de las ventajas que la vida puede ofrecer. No ha resultado sencillo alcanzar esta libertad que, sin embargo, en tantas vacilaciones me sumerge, porque el trabajo, suspendido durante todo un mes, no es la única de mis obligaciones. Desde que mi hermana Raquel, hace muchos años, se casó, estoy a cargo de mis padres, que reservan toda su fragilidad para los momentos críticos, del tipo quesean, aunque sólo se trate de organizar un veraneo, y cobran un aspecto estremecedoramente desvalido en cuanto me ven salir por la puerta. Talvez temen que no vuelva a aparecer, lo que resultaría absurdo y totalmente desmedido, y tal vez, y eso es lo que creo, como no han conseguido encontrar el tono en el que se va a desarrollar su conversación o su silencio, me lanzan una mirada de súplica, de remoto socorro. Lo que yo interpreto, en todo caso, es una petición de aplazamiento: que no los deje todavía, que les dé un poco de tiempo para acostumbrarse a vivir solos, que vuelva, en fin, cuando caiga la noche y prosigamos así algunos meses más, algunos años más, sin plantearnos ningún cambio, sin tener que tomar ninguna decisión.
Nací doce años después de mi hermana Raquel, y mi infancia estuvo marcada por una sucesión de enfermedades que exigió un constante cuidado por parte de mis padres, por lo que ellos me considerarán siempre como una persona delicada y débil a quien han de prestar todo su amparo. Les gusta sentir que me lo dan, pero en alguna parte de sus conciencias algo les debe de decir que el juego se ha invertido hace mucho tiempo. Todo lo que pueden hacer es tratar de acallar sus sospechas, que se esconden tras miradas que fluctúan entre el temor y el reproche.
Pero, desde hace unos años, su veraneo se había resuelto gracias a la ayuda de Gisela Von Rotten. Fue iniciativa suya, harta seguramente de escuchar cada mes de junio esas lamentaciones prematuras y temores de perder el mejor período del año. Mis padres conservan un piso en El Arenal, uno de esos pisos frente a la bahía con mirador de madera pintado de blanco. A los dos les gusta su mirador, desde el que se contempla el mar y los montes verdes y se ve llover sobre todo ello y sobre las calles, y les gusta la humedad y el suave ruido del agua sobre los paraguas, y encontrarse con sus amistades de siempre, cada uno por su lado, levemente autónomos, casi independientes. Es en lo único en lo que están profundamente de acuerdo y, si les quitaran eso, la distancia que los separa podría ensancharse peligrosamente. El problema es que no pueden ir solos, que necesitan a alguien que organice la casa y se ocupe un poco de ellos, y cuando Gisela, hace unos años, se ofreció a acompañarlos, todos vimos el cielo abierto. Apartó de sí al círculo de amistades que la mantenían permanentemente atareada y decidió ocuparse de mis padres.
Gisela tenía una extraña historia a sus espaldas que nunca me había sido contada con precisión, tal vez porque nadie la conocía muy bien. Su padre, un alemán que había venido a instalarse en España, le debía a mi abuelo un gran favor, aunque nunca supe qué clase de favor. El caso es que la familia Von Rotten estaba en deuda con la nuestra. Pero el misterio no era ése, sino un oscuro episodio que había ocurrido en su juventud. Al parecer, su mejor amigo de la infancia había sido un chico vecino suyo, sordomudo, con quien pasaba las tardes. Cuando más adelante dijeron a sus padres que querían casarse se encontraron con una prohibición tajante. Lo que no era seguro era lo que había sucedido después: una fuga o un acto de fuerza, pero el padre de Gisela reaccionó con inapelable firmeza y la familia del chico se esfumó. Más tarde, corrió el rumor de que el chico había muerto y de que su muerte no había sido enteramente natural. Podía haberse tratado de un suicidio, de un dejarse morir. Sea como fuere, este episodio, verdadero, falso o exagerado, no resultaba incongruente con la personalidad de Gisela. Su vida consistía en prestar ayuda a los demás y su conversación giraba siempre alrededor de los grandes problemas de la humanidad y del egoísmo y miserias de los poderosos.
La convivencia entre mis padres y Gisela había resultado perfecta. La presencia de Gisela ampliaba todos los territorios. A mi padre le proporcionaba una excusa para pasar buena parte del día fuera de casa, dando vueltas por el puerto, admirando los barcos que hubieran podido llevarle lejos y sentándose en la terraza del Club de Mar junto a hombres en aquel momento también huidos de sus casas, hombres acabados o nostálgicos capaces de sentir un ligero soplo de vida frente al mar, envueltos en el humo de cigarros prohibidos en sus hogares, y consumiendo tazas de café y copas de coñac, aún todavía más censuradas. Y mi madre era libre, al fin libre, aspiración vieja y repetida hasta la saciedad y que debía de responder a unos remotos, totalmente sepultados y caducos, celos de mi padre.
La libertad de mi madre consistía, en primer lugar, en contemplar la actividad de Gisela, que mantenía la casa impecable: las toallas, traídas de Portugal, inmaculadamente blancas y siempre dobladas sobre los colgadores; las sábanas, también renovadas, guardando la inevitable humedad de la noche bajo la colcha de piqué, pero escondiendo en su pliegue más profundo una bolsa de agua caliente dejada en el último momento; la mesa, bien puesta; la comida, una permanente sorpresa, porque a Gisela le gustaba cocinar y hacer innovaciones. De modo que mi madre seguía pausadamente a Gisela por la casa en una última mirada de inspección y hasta llegaba a creer, por la satisfacción que ella le hacía sentir, que aquel orden era obra suya. Pero no eran éstas las satisfacciones más auténticas de mi madre, espíritu frívolo y huidizo que disfrutaba, como mi padre, más fuera del hogar que entre sus serenas disposiciones. El momento estelar de mi madre era cuando salía de casa, bien arreglada y perfumada, para tomar el aperitivo con sus amigas.
Pero el verano pasado, ese perfecto plan, que nos contentaba a todos y que ya parecía haber adquirido carta de naturaleza en nuestras vidas, falló, se vino abajo. Falló Gisela. Y fue sin duda su generosidad, su disponibilidad, lo que nos perdió. El veraneo de mis padres, que se había iniciado para ella como una obra de caridad, había ido cobrando matices nuevos, no tan desinteresados. En los últimos años, era ella la primera que a finales de junio sacaba el tema de El Arenal como si quisiera cerciorarse de que nada había cambiado y que sus obligaciones seguían en pie, y por el entusiasmo con que se refería a sus planes podía percibirse que ya no se trataba esencialmente de caridad y obligaciones, que ella también había encontrado, en ese favor que nos hacía, una solución a sus propios veraneos. Y tal vez por eso, porque acabó convirtiéndose en un acto voluntario y placentero, pudo renunciar a él cuando surgió un caso más grave que el veraneo de mis padres, un caso de verdadera necesidad, de caridad genuina, que suponía ciertos sacrificios. Renunció a la comodidad de nuestro piso de El Arenal y a todas sus pequeñas satisfacciones porque se sintió necesaria en otro frente. Me lo comunicó por teléfono, sin darme lugar a opinar, lo que también era muy propio de ella.
Tenía que hacerse cargo de un chico, hijo de grandes amigos suyos, que habían muerto, en accidente de tráfico, aquel invierno. El chico tenía problemas. La droga, por supuesto; de eso se trataba. No había nadie que quisiera ocuparse de él, pero las desbordantes energías y el inapelable sentido del deber de Gisela habían hecho acto de presencia. Le habían dicho que no era un caso perdido, que se necesitaba paciencia y dedicación, y ella había decidido intentarlo.
– Por lo menos, intentarlo -me dijo-. Lo hago en memoria de sus padres, que fueron como hermanos para mí.
Hermanos y hermanas de Gisela, ¿cuántos habrá? El caso era que ella ya había hecho sus planes, y para eso me llamaba, no para discutirlos, sino para comunicármelos. Quería decírmelo a mí antes que a nadie. Había alquilado una casa cerca de la clínica en la que el chico iba a ser internado -supuse que a sus expensas-, y se estaba preparando para poder ayudarle y hablar con él, porque lo iría a visitar diariamente; estaba asistiendo a un cursillo para familiares de drogadictos. Drogodependientes, creo que dijo.
Pero no es hora de hablar con ironía de sus esfuerzos ni mucho menos de menospreciarlos, sobre todo sabiendo lo que sucedió después. El caso, en aquel momento, era que acababa de desbaratar mis planes.
– No sabes cómo lo siento -dijo-. Lo siento de verdad. Me gusta mucho ir con tus padres a El Arenal, pero creo que no tendrás dificultad en encontrar a una mujer que organice la casa. Lo pasamos muy bien allí, eso es lo cierto. Tu madre y yo tenemos un grupo de amigas.
Demasiado bien lo sabía yo. En ellas estaría ya pensando mi madre. Pero no tuve más remedio que decir a Gisela que no se preocupara y que ya encontraría una solución, cuando todo lo que se me ocurría por el momento era que tendría que ir yo a El Arenal con mis padres, por lo menos, para instalarlos, mientras buscaba a una persona que pudiera ocuparse de la casa. No había que pensar en mi hermana Raquel. Bastantes problemas tenía con sus cinco hijos y con su insoportable marido. Pasaban los veranos ala orilla del mar, en medio de un calor asfixiante y bajo un sol cegador, porque Alfonso no podía prescindir de sus aficiones acuáticas, que iban desde la pesca submarina hasta el windsurfing. Enteramente dedicado a los placeres que el mar ofrece, indiferente a las tareas de la casa y a las diversiones de sus hijos, no hubiera sido capaz de tolerar la menor alteración de sus planes y mucho menos la presencia de dos personas mayores a las que había que dedicar algún cuidado y a las que la edad les había dado al fin vía libre para permitirse cierta dosis de impertinencia. Yo sabía que Alfonso podía negarse a recibir a mis padres en su apartamento frente al mar, en el caso improbable de que mis padres, lo suficientemente desconcertados por haberse cancelado sus planes, se hubieran plegado a esa abominable alternativa. Pero no pensé en Alfonso, sino en Raquel. No tenía valor para imponerle, sobre sus muchas obligaciones, la presencia de mis padres. Imaginaba que, pese a todo, a pesar del trabajo que su familia le exigía, habría un momento en el día en que ella también se sentiría libre y miraría al mar, al horizonte, alas puestas de sol, y lanzaría un suspiro de dolor, alivio o nostalgia.
Y las cosas no eran tan dramáticas. Más aún, cuando yo no tenía nada que hacer, ningún plan, nadie con quien pasar las vacaciones. Si todos los veranos me sumen en la incertidumbre, aquel año el desconcierto se había agravado, porque el mes de vacaciones se extendía frente a mí un poco inútil, casi amenazador: yo no sabía en qué emplear la libertad que me ofrecía y sobre todo no sabía con quién. Durante meses, había estado debatiéndome en una historia de amor, o una aventura, como se la quiera llamar o valorar, con un hombre casado, un político, para complicar más las cosas; un hombre, en suma, que tenía muy poco tiempo para mí y cuyas llamadas, escasas e imperiosas, yo esperaba fiel y pacientemente, aun a sabiendas de que desembocaban en unos encuentros siempre fugaces e insatisfactorios. Pero había tomado al fin la decisión de no verle más y me había hecho el firme propósito de decirle que no cuando volviera a llamarme, porque alguna vez hay que decir basta y ejercitar la voluntad en un acto de firmeza, inteligencia y sentido común, tantas veces en contradicción con los sentimientos.
Pedí una semana de vacaciones y un atardecer de primeros de julio subí al tren en compañía de mis padres, envueltos en un calor ardiente que prácticamente nos impedía respirar. Mis padres, ya colocadas las maletas en su cabina, se sentaron sobre las butacas, todavía no convertidas en camas, y adquirieron un aire resignado como si en lugar de desear ese viaje que con tanta desgana hacía yo, los hubieran obligado a hacerlo. Ellos no saben que me lleno de inquietud y de tristeza en cuanto piso una estación y, ya dentro del tren, me invade un vago temor a perderme, a sobrepasar mi destino. Me proveí de varias botellas de agua mineral porque, para aumentar la impresión de obstáculo que siempre me producen los viajes, no funcionaba el aire acondicionado en los vagones. Cuando el tren arrancó y lanzó su silbido eterno, todos nos asomamos a la ventanilla, cumpliendo con el rito de las despedidas, aunque no había nadie en el andén que nos dijera adiós. Luego entramos en el compartimiento de mis padres y me senté frente a ellos, como si les estuviera haciendo una visita de cortesía. Mis padres ya habían cenado, pero mi madre había comprado unos pasteles y consideró que ése era el momento más apropiado para tomarlos, mientras el tren atravesaba los arrabales de Madrid y el día se iba despidiendo de nosotros. Yo había pedido un ticket para el primer turno de la cena y ellos me vieron marchar con complacida benevolencia. Ese permiso tácito e innecesario que ellos me daban para ir al vagón-restaurante era inseparable de los incómodos deberes y la irritación que a veces me producía su dependencia.
Y, a decir verdad, la cena solitaria en el vagón-restaurante, en medio de la noche y de retazos de conversaciones provenientes de otras mesas, cuando tenía motivos para sentirme un poco desdichada, podía tomarse como una compensación. Estaba en perfectas condiciones para disfrutar de la lentitud y la exagerada, algo incongruente, ceremonia con que es servida la comida en los trenes cuando todo está a punto de caerse y rodar por la mesa y por el suelo, porque los vaivenes son monumentales.
Cené pensando en Fernando. Reproduje en mi imaginación la última vez que nos habíamos visto. El encuentro había sido más breve que nunca. La habitación del hotel más estrecha y menos acogedora. Era mediodía, pero unas cortinas de color ocre detenían los rayos del sol en la ventana y dejaban el cuarto en penumbra. Ninguno de los dos había hablado mucho. No me había preguntado qué iba a hacer durante el verano. Como siempre, tenía prisa y otras cosas en la cabeza. Mientras, ya sola entre las sábanas, escuchaba el sonido de la ducha en el cuarto de baño y contemplaba el desorden del cuarto, mi ropa y la suya, en parte tiradas por el suelo sobre la moqueta verde oscura, en parte colocadas sobre la silla, me prometí que ésa era la última vez que nos veíamos, aunque no se lo iba a decir; no merecía la pena hacer ninguna declaración. Cuando volvió al cuarto y empezó a vestirse con gestos seguros y rápidos, estuve, sin embargo, a punto de decírselo. Miró su reloj y me preguntó:"¿Es que no te vas a vestir?". Le contesté con otra pregunta: "¿Qué más te da, si tú sales primero?". ¿Qué le importaba a él el tiempo que yo me quedara en la habitación del hotel? Pero Fernando no me había dado la oportunidad de rechazarlo. No había vuelto a llamarme, y mientras cenaba en el vagón-restaurante del tren, camino de El Arenal, sabiendo que para mis padres eso era casi sinónimo de libertad, me sentí desdichada y abandonada. Todo lo que hubiera querido era poder decir que no.
Estuve bebiendo agua toda la noche, muerta de sed y de calor, maldiciendo la avería que nos había privado del aire acondicionado. Sólo al amanecer tuve frío, pero ya no podía dormir. Me vestí y fui a desayunar, aún velando el sueño de mis padres. Pero ese es el mejor momento del tren: el desayuno a las siete de la mañana, sin haber dormido, mientras el campo se desliza vertiginosamente al otro lado de la ventanilla, envuelto en niebla, y se tiene la sospecha de que nadie ha dormido, porque hay personas solitarias en los recodos de los caminos y en las puertas de las casas y, aunque no miren hacia el tren que pasa, se establece entre ellas y los viajeros que las miran una solidaridad íntima, como si todas las personas despiertas a esa hora fueran conocedoras de una clave de la vida que desaparece momentos después, mientras el sol se va elevando en el cielo.
Llegamos a nuestro piso a media mañana. Encendí el calentador del agua e inspeccioné los armarios en busca de la ropa blanca. La mano eficaz y bien organizada de Gisela se dejaba sentir en todos los rincones de la casa. Me había aconsejado que hablara con la mujer del bar de la esquina, que solía conocer a chicas interesadas en trabajar para los veraneantes. Dejé a mis padres ocupados en la tarea de deshacer sus maletas y salí ala calle. El recuerdo de todos mis veraneos en El Arenal estaba allí: en la casa, en las escaleras, en el portal, en la calle, en el bar de la esquina, ahora algo modernizado.
La mujer del bar no mostró ningún interés hasta que no mencioné el nombre de Gisela. Entonces, me sirvió un vaso de vino blanco y se colgó del teléfono. Tuvo largas conversaciones con tres amigas y sólo al final les preguntó si sabían de alguna chica que quisiera trabajar en una casa durante los meses de verano. Explicó bastante bien nuestras necesidades. Queríamos una chica que se hiciera cargo de todo: la casa, la compra, la cocina y la ropa. Los señores eran ya mayores. Yo no le había dicho cuáles eran exactamente nuestras necesidades y deduje que Gisela la había llamado. Cuando al fin colgó el teléfono, me dijo que una chica se presentaría en casa por la tarde. Ella no la conocía, pero una amiga suya había dado buenas referencias, aunque finalmente era yo quien tenía que decidirlo. Se extendió mucho en dejar bien claro que ella no la conocía, sin considerar que yo ya me había enterado de eso oyéndola hablar por teléfono.
Subí a casa algo más reconfortada y propuse a mis padres que comiéramos fuera. Se animaron inmediatamente y algo después estaban examinando el menú y mordisqueando marisco en un restaurante frente al puerto. Por la tarde fui al supermercado y llené la nevera y la despensa de provisiones. No lo hice con mucha energía, pero lo hice. La chica que iba a mandarme la mujer del bar no apareció. Pregunté por ella al día siguiente, mientras desayunaba. La chica estaba enferma, pero vendría, hoy o mañana.
Con toda seguridad. En fin, eso le había dicho su amiga. Pero ella no la conocía, insistió. Se ofreció a subirme a casa el pan y la leche todos los días y una caja de botellas de vino, si es que me gustaba el vino que tenían allí. Acepté.
La chica vino al día siguiente. Dijo que sabía cocinar y que podía ocuparse de todo. Su novio estaba cumpliendo el servicio militar y ella no tenía nada que hacer. Además, quería ahorrar. Nos sonrió y se puso a trabajar. Parecía mentira, pero era perfecta. Se escuchaban sus pasos por la casa y el ruido de la escoba barriendo el suelo. Mis padres salían mucho de casa. Iban juntos hasta el muelle y allí se despedían como dos buenos y apacibles amigos. No podría explicar por qué razón todo eso me deprimía, pero me pareció que estaba tocando el fondo de algo y éstas son, lo sé por experiencia, impresiones peligrosas. Al cabo de unos días, decidí marcharme. No tenía nada que hacer ese verano, pero debía buscar algo, hacer algún plan, llamar a alguien, todo menos quedarme en El Arenal y retroceder al pasado.
En Madrid se respiraba un aire de desbandada general. Todo el mundo hablaba de marcharse, de pagas extraordinarias, de viajes, alquileres de casas y reservas de billetes. Quedé con Mario en un restaurante próximo a mi oficina, porque quería hablarme de su viaje a Oriente. Almorzamos junto a la ventana abierta, viendo pasar a las escasas personas que andaban por la calle a esa hora inhóspita. Me contó sus planes, que en su primera parte eran de negocios y luego se ampliaban según sus apetencias. Y me dijo que fuera con él. Mientras me hablaba, alardeando de sus conocimientos e ilusiones, no sentí por él mucha simpatía, porque su entusiasmo contrastaba demasiado con mi desconcertado estado de ánimo, pero sabía que iría con él porque al menos eso significaba cambiar de escenario y ése es uno de los consejos que suelen darse en casos como el mío.
– No te esfuerces tanto por convencerme -le dije-. Iré contigo. No quiero quedarme aquí y no voy a volver a El Arenal con mis padres.
– Se trata de Fernando, ¿no? -dijo, con expresión aburrida-. A ver si te lo quitas de la cabeza de una vez.
Mario se preciaba de conocerme bien y no daba demasiada importancia a mis obsesiones. Siempre he pensado que me tiene por una mujer fuerte.
Cuando les comuniqué a mis padres que me iba con Mario a hacer un viaje por Oriente, percibí en su respuesta cierta desaprobación. Conocían a Mario e incluso sentían simpatía por él, quien, por su parte, se esforzaba en mostrarse muy amable con ellos, pero hubieran preferido que en mi vida se introdujera una amistad nueva, un propósito de matrimonio. Eran perfectamente contradictorios. Querían y no querían que yo me casara. Partidarios de la normalidad, sabían que el precio de esa normalidad era, también, quedarse solos. Pero no podían decir a sus amistades que yo me iba de viaje con un amigo. Sabía lo que iban a decir. Dirían: se ha ido con un grupo de amigos a hacer un viaje muy interesante. Mi grupo de amigos, Mario, estampó algunas veces su firma en las postales enviadas a mis padres.
El viaje, para mí, empezó en Delhi. Había habido momentos buenos en Kyoto, donde nuestra afición por el pescado crudo fue casi colmada y donde hicimos un exhaustivo recorrido por los templos, obteniendo satisfacciones de un orden más elevado. Observé a Mario reflexionar, meditar profundamente, ante el jardín Zen del Templo de las Cien Lunas y escuché y discutí luego, mientras tomábamos té verde helado en un bar al aire libre, las ideas grandiosas, esenciales, que habían desfilado por su cabeza. Como tantos otros observadores que habían contemplado el jardín antes que él, quería encontrar su sentido oculto, el significado de las piedras que flotaban sobre la grava blanca y bien rastrillada, rodeadas de una estrecha e irregular franja de musgo quemado. Corría algo de brisa porque todavía era temprano y no había demasiados turistas a nuestro alrededor. Estuvimos mucho tiempo allí, hablando de piedras, simetrías profundas y equilibrios ocultos.
Otros dos momentos se destacan entre mis recuerdos antes de la llegada a Delhi. En el vestíbulo del hotel de Hong Kong, unos murales iban informando de la proximidad de un tifón. La gente se agrupaba frente a los paneles para enterarse de que las señales de alarma iban subiendo día a día, pero nadie parecía muy asustado. Al contrario, predominaban las sonrisas. La última noche, coincidiendo con el nivel más alto de las señales de alerta, dimos una vuelta por las calles oscurecidas y fuimos golpeados por el viento que el tifón levantaba. Al día siguiente, después de hacer una ruta turística en autobús, me di cuenta de que no tenía mi bolso. Llamé a la compañía de autobuses y tuve que contestar a un interrogatorio casi policial -no sólo me preguntaron qué hacía allí, sino si estaba sola o acompañada, de dónde venía, adónde iba y qué día pensaba regresar a mi país-, antes de que el bolso me fuera devuelto en el vestíbulo del hotel por un hombre que me sonrió educadamente mientras se llevaba al bolsillo la propina. Me dijo con un acento levemente afectuoso: "Cuídese". Como si yo fuera una turista poco cauta. Inclinó la cabeza y se marchó. Nada faltaba en mi bolso ni en mi cartera y lamenté no haberle dado una propina más generosa. En Hong Kong, que parecía una ciudad vocacionalmente desordenada, proclive a todo tipo de intercambios y que vivía además bajo la agitación que producía un tifón cada vez más próximo, me devolvían mi bolso perdido y se permitían darme paternales consejos.
Pero el viaje para mí empezó en Delhi, como he dicho. Llegamos de madrugada. Un golpe de aire caliente nos recibió al bajar del avión, haciéndonos enmudecer. En cierto modo, parecía de día. Por el calor y por la cantidad de gente que había en el aeropuerto. Tropezamos con personas que parecían dormir y murmurar, con personas que no estaban completamente dormidas ni completamente despiertas, con bultos de ropa o de comida y, al fin, conseguimos sacar nuestro equipaje a la calle, nuestras maletas cada vez más pesadas, en busca de un taxi.
El taxista habló sin parar durante el trayecto, sin preocuparse de ser entendido, y condujo asimismo sin parar, surgiera lo que surgiera en medio de la calle. Por fortuna, todos se apartaban de su camino. Y en aquel taxi que nos llevaba al hotel con tanta prisa en un trayecto que me pareció de todos modos muy largo, me dejé envolver por la atmósfera caliente, llena de olores y ruidos, de la noche y creo que intuí que todos los pasos que había dado para llegar hasta allí eran el preámbulo de algo, y aun cuando entonces no podía saber qué sería ese algo ni las consecuencias que en mi vida tendría, recuerdo que decidí aceptarlo.