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– Estamos en la parte vieja de la ciudad -me informó Mario, a nuestra llegada al hotel-. Éste es uno de los hoteles más antiguos de Delhi, y todavía conserva el viejo sabor, cuando los ingleses eran los dueños de esta parte del mundo. -Echó una mirada indagadora por el oscuro vestíbulo, las butacas de terciopelo gastado y la alfombra desflecada, color vino, que cubría el suelo.
El recepcionista se tomó mucho tiempo en comprobar las reservas y, cuando ya empezábamos a pensar que nunca íbamos a ser admitidos en aquel recinto, levantó los ojos del registro, asintió, cogió las llaves y nos acompañó al ascensor que se elevó en el hueco de las escaleras haciendo un ruido escandaloso.
Mi habitación, muy amplia, con dos ventanas de guillotina y una chimenea de mármol, no era el tipo de habitación donde uno pasa dos noches y se va. Se podría vivir muy bien allí. El ventilador que pendía del techo indicaba el estancamiento del hotel: no habían instalado aire acondicionado.
A la mañana siguiente, desayunamos, tarde, en la cafetería, y especulamos sobre los viajeros que, con la idea de pasar unos días en el hotel, se habían quedado a vivir durante años. Funcionarios del gobierno o cargos directivos de empresas que, en una lenta búsqueda de acomodo, dejaban pasar los días. Cada vez parecía más difícil dar con la vivienda adecuada y, entretanto, rodeados de las comodidades del hotel, mientras tomaban cócteles en el bar, fumaban cigarrillos en la sala de lectura, repasaban la prensa inglesa, leían novelas o escribían informes y alguna carta un poco desesperada y siempre quejumbrosa, la India iba quedando cada vez más lejos. Hombres nostálgicos, que recordarían siempre, de vuelta a la patria, los días, los años, que pasaron en aquel país exótico que los rodeaba y del que percibían, desde su encierro y su refugio, los ruidos, los olores, y en el que probaron nuevos sabores y donde sus pupilas se llenaron de los colores vivos del exterior que se filtraba hasta ellos; y donde acaso alguna vez conocieron algo más, algo que les sacudió hasta el fondo. Lo recordarían en su madurez, en lentas mañanas ociosas como las que pasaba mi padre en el Club de Mar, también él nostálgico de su vida pasada, vivida o no; de esos países desconocidos que se habían quedado definitivamente sin explorar.
Visitamos la Mezquita y el Fuerte Rojo, aturdidos por el calor, el ruido y la multitud de gente que llenaba las calles polvorientas. Al traspasar la verja del hotel, totalmente agotados, escuché el sonido del agua y las voces elevadas, siempre muy elevadas alrededor de una piscina, y recordé, con alivio, que había efectivamente piscina en el hotel.
Me dejé caer sobre una tumbona mientras Mario iba a nuestras habitaciones a coger los trajes de baño. Un camarero nos trajo té frío con limón y envió a un chico en busca de un par de toallas.
Me tiré de cabeza a la piscina y nadé sin parar durante un buen rato, para liberarme del calor y para sentirme todavía más cansada, porque apenas había dormido aquella noche y cuando el cansancio se apodera de mí necesito asegurarme de que voy a poder dormir, así que trato de cansarme más. Me eché, sin secarme, sobre la tumbona y me tomé el té con limón. Mario había desaparecido.
Al otro lado de la piscina, una señora de edad indeterminada, de pelo blanco y ojos claros, protegidos por unas gafas transparentes, escribía algo en un cuaderno de notas que se apoyaba sobre su regazo. Llevaba un traje de baño azul, un modelo anticuado, con falda. Pero no parecía muy mayor; se había detenido en el umbral de toda edad y se diría envuelta en una especie de calma, de complacencia. Estuve mirándola un rato, porque me recordaba a alguien, pero no daba con quién. Cuando levantó los ojos hacia mí y curvó fugazmente los labios en una sonrisa, lo supe: tenía algo en común con Gisela Von Rotten.
El cielo fue cobrando un color gris plomo, a causa del calor. Los muros del hotel, pintados de blanco, adquirieron una tonalidad rosada. La tarde se había detenido, y parecía que la noche no iba a llegar nunca. Mario seguía sin aparecer. Fui a mi habitación y me preparé un whisky, porque había tenido la precaución de comprarme una botella en el aeropuerto. Hay muchas horas muertas cuando se viaja y no siempre se tienen ganas de buscar un bar en una ciudad que no se conoce. Me duché y me eché sobre la cama, ignorando que el preámbulo de aquella historia, la que me aguardaba en Delhi, estaba a punto de concluir.
Unas horas después conocí a Ishwar. Mario se había pasado la tarde haciendo averiguaciones. Mientras yo nadaba y dormía, había conocido gente y había hecho algunos tratos. Un joven hindú, a quien él le había dicho que era poseedor de una magnífica botella de whisky, había insistido en cambiársela por hachís, material que a él le sobraba. En cambio, no tenía alcohol porque ése era un día festivo y no se podía conseguir alcohol hasta las doce, hora en la que podrían tomarse copas en cualquier bar. Mario había accedido al trato y, así, apareció en mi cuarto, después de golpear mi puerta y sacarme de las profundidades del sueño donde yo estaba perfectamente instalada y donde creo que hubiera permanecido hasta el día siguiente. Pero Mario me sacó de allí, de manera que puede considerársele el responsable último de todo lo que pasó después.
Encendí la luz, abrí la puerta y le di paso, o él lo tomó, dirigiéndose, casi sin mediar palabra, hacia la mesa donde descansaba mi botella de whisky. Había sido idea mía. La había comprado yo. Pero él la cogió dándome una explicación apresurada del trato que había acordado y que en aquel momento no entendí porque no estaba del todo despierta. De todos modos, defendí mi botella con un acendrado instinto de propiedad.
– No te la lleves toda -protesté, comprendiendo que era inútil negársela-.Déjame un poco.
Eso no le pareció del todo mal. Fue al cuarto de baño y llenó un vaso, que me dejó sobre la mesa, junto a un pequeño envoltorio en papel de seda que supuse era la anunciada y no encargada pastilla de hachís. Los tratos son los tratos, aunque aquél se hubiera realizado a mis espaldas.
– Baja al restaurante dentro de un rato. He conocido a gente que te va a interesar -dijo después, guiñándome un ojo, y desapareció.
No tenía muchas alternativas a aquel plan, de forma que lié como pude un cigarrillo de hachís, me volví a duchar, en aquella permanente e inútil lucha contra el calor, me fui fumando el cigarrillo mientras me arreglaba, me tomé el whisky que Mario me había dejado en el vaso, y, finalmente, bajé al restaurante del hotel. Recorrí despacio el pasillo alfombrado de la planta baja, porque no tenía ninguna prisa. En realidad, la prisa de Mario, que había atravesado mi cuarto velozmente y había hablado en tono imperioso, como quien no puede perder ni un minuto de su tiempo, había producido en mí un efecto negativo. El espectáculo de una persona con prisa es irritante, es casi una ofensa para quien no tiene nada que hacer. Entré en el bar, creyendo que era el restaurante. Un cartel escrito a mano informaba, en inglés, que ese día no se servían bebidas alcohólicas. Supuse que debajo, en caracteres indios, decía lo mismo. Miré y busqué sin ver a nadie conocido. Me informaron que el restaurante estaba al final de otro pasillo.
Mientras me aproximaba, llegaron hasta mí las notas de una pieza de jazz. El comedor era bastante amplio, sólo iluminado por lámparas que descansaban sobre las mesas y que proyectaban pequeños círculos de luz sobre los blancos manteles de hilo muy gastados. Una banda de cinco músicos situada sobre una plataforma circular llenaba de acordes el salón. Vi en seguida a Mario, en una de las dos únicas mesas ocupadas del comedor y para las que se ofrecía ese concierto con exclusividad y un entusiasmo digno de todo elogio.
– Te estábamos esperando -dijo, levantándose.
Había muchas personas alrededor de esa mesa, entre ellas, Ishwar. Mario me presentó a sus nuevos amigos, gente que había ido conociendo no sé cómo a lo largo de la tarde, cultivando su evidente capacidad de comunicación, de ser sociable. Saludé a una pareja de españoles que asistía a un congreso, y a una chica, española también, que venía de SriLanka. Y a dos chicos hindúes: Ishwar y Aziz. La mirada de Ishwar me atravesó. Calculé que sería algo más joven que yo, no mucho, y puede que bastante más experimentado que yo. Se notaba en la forma en que miraba, fumaba, hablaba y sonreía. Un chico seguro de sí mismo, que sabía que gustaba y a quien le divertía sacar partido de ello. Yo llevaba el día dando vueltas por Delhi, nadando y durmiendo, y el calor, el olor y los colores que había visto me habían llenado de vagas sensaciones; no sé en qué momento lo decidí ni si lo decidí y tampoco sé si él se propuso conscientemente conquistarme, seducirme o sólo quería pasar un rato lanzando insinuaciones y provocaciones sin excesiva premeditación, pero a lo largo de aquella cena nuestras miradas se fueron haciendo más y más cómplices. Hacía menos de una hora yo estaba terminando el whisky que me había dejado Mario en el vaso y tratando de liar un cigarrillo de tabaco rubio con hachís, para lo que, dicho sea de paso, no estoy particularmente dotada, y, en fin, tenía todo aquello en el cuerpo, el whisky y el hachís, por cierto, muy fuerte para mí, que no soy una fumadora habitual de hachís, además de los colores, olores y calor acumulados por mis sentidos durante el día. Desde que había pisado Delhi había esperado un momento como ése: tener la oportunidad de perder un poco la cabeza. De forma que cuando la cena terminó, las cartas estaban echadas.
Durante aquella cena, sucedieron otras cosas. Comimos lo que Ishwar y Aziz habían encargado y, aunque la prohibición de beber alcohol debía mantenerse hasta las doce, consiguieron, dado que la mayoría de los ocupantes de la mesa éramos occidentales, que nos trajeran cerveza. Y entre el sabor picante de la comida y la cerveza nos fuimos animando, y finalmente no éramos únicamente Ishwar y yo quienes concebimos planes o lanzamos miradas seductoras. No sé si con resultado idéntico al nuestro, pero el que más y el que menos se dedicó a ese juego y trató de ganar alguna batalla.
Producíamos, en todo caso, bastante ruido y la solitaria comensal de la otra mesa ocupada nos lanzaba constantes y largas miradas de curiosidad y cierta envidia. Yo ya conocía esas miradas. Las había recibido aquella tarde, en la piscina. Cada vez que había girado en uno de los extremos, me había encontrado con aquellos ojos azules, protegidos por gafas transparentes, al fondo de los cuales flotaba una sonrisa de complacencia que me había hecho recordar a Gisela Von Rotten. La señora de la piscina, ahora en el comedor, de nuevo enfrente de mí, no pudo en aquella ocasión controlar su curiosidad. Repentinamente, se levantó y, cerca de la puerta, se volvió y se acercó hasta nosotros. En un inglés duro y muy correcto, nos dijo que tenía una cámara Polaroid y que si queríamos podía sacarnos una foto para que tuviéramos un recuerdo de aquel momento. Nos enseñó la cámara, que sacó de un voluminoso bolso.
Los ojos azules de la señora ya no tenían la protección de las gafas y brillaban, como si quisieran reflejar nuestra agitación, en un anticipo de la foto que iba a sacarnos. Le dimos las gracias y nos dispusimos a mirar a la cámara. La señora fue de un lado para otro y disparó varias veces. Nos iba dando las fotos, sobre cuya superficie íbamos apareciendo lentamente. Una vez concluida su tarea, se quedó al borde de la mesa, de pie frente a nosotros, con la máquina entre las manos y una sonrisa en los labios, mientras nosotros contemplábamos las fotos. Mario la invitó asentarse, y ella aceptó de inmediato, como si hubiera estado esperando la invitación. Y me habló a mí, tal y como yo había esperado:
– La he estado observando en la piscina -me dijo-. Dígame, ¿de dónde es?
Antes de que yo pudiera contestar, decidió rectificar la pregunta. Paseó su mirada por todos nosotros y añadió:
– ¿De dónde son todos ustedes?
Cuando le dijimos que la mayoría éramos españoles, asintió, más complacida que nunca.
– Tenía la impresión de que eran meridionales -dijo-. Conozco España y hasta llegué a hablar algo de español. Estuve allí hace muchos años, de institutriz, en un pequeño pueblo del Valle del Saúco, ¿conocen esa región?
Nadie la conocía.
– Desde que me marché, hace ya muchos años, no he vuelto -siguió-, y supongo que todo habrá cambiado mucho. Pero no me he presentado todavía.Me llamo Gudrun Holdein, soy alemana y vivo en Katmandú. Les voy a dar mi tarjeta.
Sacó de su enorme bolso unas tarjetas y las fue repartiendo entre los comensales, mientras ampliaba un poco aquellos datos sucintos. Hacía mucho que no vivía en Alemania. Después de su estancia en España, había vuelto a Bonn, donde había nacido, y allí se había quedado hasta que murió su padre. Entonces decidió venir a Oriente. Vivía en Katmandú desde hacía un par de años. Se dedicaba a realizar estudios sociales, estudios comparativos. Estaba en Delhi de paso. Se dirigía a Calcuta, a un congreso. Pero siempre que tenía que pasar por Delhi, se quedaba unos días en ese hotel, para descansar y ver a algunos conocidos. Se alojaba allí porque no había ningún problema con la comida ni con el agua. La jarra de agua que dejaban diariamente en las habitaciones se podía beber con toda tranquilidad.
Después de darnos aquella información sobre su vida, sus costumbres y la calidad del hotel donde todos nos alojábamos, su nivel de satisfacción, que parecía alto, aún aumentó más.
– Pero no quiero interrumpirlos -dijo al fin, levantándose-. Es muy tarde para mí.
Sobre el mantel sólo quedaban los vasos con restos de cerveza y ceniceros llenos de colillas. Todos nos levantamos y mientras salíamos del comedor, Ishwar se puso a mi lado.
– ¿Estás muy cansada? -me preguntó-. Si quieres, podemos dar una vuelta.
Me fue contando su vida por el pasillo. Había venido a Delhi a reunirse con su socio, un inglés. Se dedicaban a la producción de películas. Tal vez yo no lo sabía, pero el cine era la primera industria de la India. Su socio y él vivían en Londres, pero iban frecuentemente a la India a rodarlas películas, cuatro veces al año por lo menos. Ahora el inglés estaba en Calcuta. Había ido a echar un vistazo a unos escenarios. No sabía cuándo iba a llegar. A lo mejor mañana. A lo mejor pasado mañana. A él no le importaba esperar. Le gustaba la vida de los hoteles. Siempre puedes conocer gente nueva.
Habíamos salido del hotel y seguíamos andando, ahora por la calle. Era medianoche. El calor había dejado de ser sofocante, pero todavía era intenso. A ambos lados de las calzadas, los camastros se alineaban contra la pared. Tendidas sobre ellos, las personas dormían. Algunas de ellas hablaban, murmuraban. Tal vez habían venido a pasar unos días en Delhi, tal vez vivían siempre así.
Unos pasos por delante de nosotros, iban Mario y Aziz, el otro chico hindú. Levantaron el brazo en busca de taxis. Volví la cabeza: los tres españoles nos seguían. Al parecer, todos habíamos decidido dar una vuelta; resultaba difícil recluirse en una habitación con ese calor. Conseguimos tres coches, aunque no resulta correcto llamarlos así; eran unos vehículos de tres ruedas, abiertos por los lados: un híbrido de coche y moto. Ishwar me empujó ligeramente para subir a uno. Vi subir a los otros: a Mario con Aziz y a la pareja de españoles con la chica que había pasado unos días en Sri Lanka.
Aquel vehículo se metió de cabeza en la noche. Daba tumbos sobre los adoquines y nos hacía botar sobre el asiento. A pesar del traqueteo, Ishwar consiguió encender un cigarrillo. Por lo que yo había observado durante la cena, sabía ya que necesitaba constantemente un cigarrillo entre los labios o entre los dedos.
– Hoy se celebra una fiesta religiosa -me dijo-. ¿No te has fijado que hay mucha gente por la calle? -Me había fijado: al final de cada calle, a un lado de cada plaza, surgían siempre varias personas que, sentadas o de pie, se agrupaban alrededor de una hoguera, como si estuvieran a la espera de algo-. ¿Te gustaría asistir a una? La entrada es libre. Cualquiera puede ser purificado. No necesitas ninguna recomendación para entrar y nadie te prestará la mínima atención. No viene mal ser purificado, ¿no crees?
Se alojaba en nuestro hotel y me había dicho muy resumidamente qué hacía en Delhi, y eso era todo lo que yo sabía de él, pero acepté su propuesta porque mientras el conductor nos desplazaba por las calles de Delhi, ya solos él y yo en el interior del vehículo, los vínculos iniciados durante la cena habían ido aumentando. Tenía que dejar que me llevara donde le pareciera, una fiesta religiosa, un café o una discoteca, un lugar donde seguir aspirando el calor de la noche y seguir avanzando hacia lo desconocido, nada o poco sorprendente una vez conocido, pero perfecto ahora en su cualidad de no probado, de terreno incierto.
Mandó al conductor que detuviera el vehículo, y el conductor le obedeció de una forma tan inmediata y brusca que nuestros cuerpos salieron disparados hacia delante. Ishwar me sujetó, y ése fue su primer abrazo.
En la calle, mezclados con las personas que esperaban entrar en una casa -la casa del sacerdote, supuse- iluminada de forma casi agresiva y de la que provenía el sonido atronador de una voz que sin duda recitaba algo, porque el tono era monótono, sin variaciones, hubo otros abrazos, que no parecían intencionados sino inherentes a las circunstancias, pero que yo pude reconocer como lo que eran y sentir que la noche avanzaba dulcemente hacia su término, sus objetivos.
– Yo iré detrás de ti -me dijo Ishwar, mientras la gente nos empujaba más y más-. Así no te pierdo de vista. Cuando llegue tu turno, haz lo que hayas visto hacer al de delante. En realidad, lo único que tienes que hacer es inclinar un poco la cabeza.
Ya en el interior de la casa, el grupo se convirtió en una fila que atravesaba las habitaciones, las escaleras y los pasillos. Olía intensamente a incienso y se escuchaba cada vez con más fuerza el sonido de la voz que recitaba su invariable oración y retumbaba contra los muros de la casa, iluminada hasta el último rincón con velas y lámparas eléctricas, en una intensa lucha por mantener la oscuridad fuera de sus límites. Vislumbré el altar, cubierto de recipientes con frutos y semillas y, sentado frente a él, a un anciano fuerte y musculoso que miraba hacia un punto inalcanzable por encima de nuestras cabezas, e hice, cuando llegó mi turno, lo que vi hacer: me incliné hacia él y él roció mi frente con algo que resbaló sobre mi piel. Una mujer que estaba a su derecha me tendió un cucurucho de papel lleno de frutas y me despidió con una sonrisa fugaz y forzada y un movimiento enérgico de cabeza. La imité y murmuré una frase de despedida. Todo había sucedido muy de prisa, entre empujones.
De nuevo estábamos en la calle, ahora con el cucurucho de frutas entre las manos. Pero algo había cambiado entre nosotros y eso era lo que había tal vez previsto Ishwar al proponerme esa visita a la casa del sacerdote, donde habíamos sido empujados y bendecidos, atronados por la fuerte voz y cegados por las intensas luces, de donde salíamos un poco mareados por el olor del incienso y algo tambaleantes. Atravesamos la calle y volvimos a nuestro vehículo, dejando a nuestras espaldas a las personas ya bendecidas bebiendo alrededor de las hogueras un líquido lechoso que a nosotros también nos habían ofrecido en vasos de hojalata y que yo había rechazado mientras Ishwar sonreía sabiendo sin duda por qué lo rechazaba: por precaución, por temor. Habíamos asistido juntos a un rito, todo lo desordenado y rápido que se quiera, pero un rito que debía tener un sentido del que nos podíamos apropiar a nuestra manera y eso era lo que habíamos hecho, porque habíamos ido solos, haciendo esperar a nuestros ya olvidados compañeros de mesa, dondequiera que estuvieran, haciéndoles incluso pensar que nos habíamos perdido.
Probé la fruta del cucurucho que, desde que tan velozmente y sin muchas ceremonias me había sido entregado, me había hecho evocar el cucurucho de pepinillos en vinagre que mi madre me compraba cuando, muchos años atrás, yo la acompañaba al mercado. Los pepinillos me duraban exactamente lo que duraba el trayecto del mercado a casa y su fuerte sabor me incapacitaba para apreciar después los sabores de la comida, por lo que la cocinera reñía a mi madre, reprochándole su debilidad y falta de resistencia ante mis caprichos de hija tardía y delicada que, por encima de todo, en opinión de la cocinera y del médico, necesitaba comer y engordar. A diferencia de aquellos pepinillos, la fruta de aquel cucurucho era muy dulce, empalagosa, y no pude tomarla porque siento un profundo rechazo hacia los sabores dulces. Sin embargo, Ishwar parecía tener por ellos una marcada inclinación ya que consumió a bastante velocidad la fruta de su cucurucho y la del mío.
Habíamos salido de la fiesta religiosa no sólo bendecidos sino más seguros de nuestras intenciones, que habían empezado a manifestarse en unos abrazos un poco furtivos y casi disimulados y que, en el interior del vehículo, se transformaron en abrazos y besos apasionados que, entre otras cosas, hicieron que volviera a mi boca el sabor dulce de las frutas.
Ishwar hizo detener el vehículo de nuevo, esta vez sin pedir mi opinión, frente a un edificio blanco de estilo colonial, el hotel, me informó, donde habíamos quedado con el resto del grupo y en cuyo sótano había una discoteca. Yo no tenía muchos deseos de unirme a ellos, pero confiaba en la sabiduría que hasta el momento había demostrado mi acompañante.
Aquel hotel era mucho más lujoso que el nuestro, aunque databa de su tiempo. Estaba destinado a otro tipo de clientela. El vestíbulo, pavimentado de mármol blanco y profusamente decorado con divanes de terciopelo rojo, mesas bajas de madera lacada y plantas que surgían de enormes macetones, debía de ser tan sólo un anticipo, ya convertido en recuerdo, del esplendor de las fiestas privadas que debían haber tenido lugar en las habitaciones donde mujeres elegantemente vestidas habían bailado, reído o cantado, sosteniendo copas de champán ante la mirada complacida o codiciosa de sus anfitriones, mientras una nube de opio se extendía por la habitación e impregnaba la ropa de su fuerte olor.
Dejamos el vestíbulo y todo lo que sugería, anticipaba o evocaba, y descendimos por unas oscuras y estrechas escaleras hacia el sótano, la discoteca en la que nos esperaban desde hacía rato Mario y Aziz y a la que el resto del grupo, los tres españoles, no había llegado. Recuerdo muy poco aquella discoteca que sin duda era como cualquier otra, porque no estuvimos mucho tiempo en ella.
Sentí los ojos de Mario clavados en mí y su mano apretando con fuerza mi brazo.
– Nos vamos -dijo-. Levántate y ve hacia la puerta sin mirar atrás.
Me parecieron unas palabras muy extrañas.
– Luego te lo explico -insistió, en tono tajante, imperativo-. Vamos. Tengo mis razones.
Había algo en el tono de su voz que hizo que me asustara. Él mismo me ayudó a levantarme, tirándome del brazo. Fuimos muy de prisa hacia la puerta, atravesamos un cuarto muy oscuro, subimos por las escaleras estrechas y aparecimos al fin en el vestíbulo blanco y rojo.
– No puedo dejar a Ishwar -le dije-. He venido con él.
Mario, sin dignarse a contestar a mis palabras, se dirigió al mostrador de recepción y, en el mismo tono imperioso en que me había hablado a mí, pidió al recepcionista que llamara a un taxi.
– Esperaremos fuera -dijo, seguramente dirigiéndose a los dos, al recepcionista y a mí.
Se sentó en las escaleras de piedra de la entrada.
– ¿Vas a decirme lo que ha pasado? -le pregunté-. No puedo irme así, sin despedirme de Ishwar.
– Estás en las nubes -dijo riéndose-. ¿No te has dado cuenta de nada? Tu acompañante se ha puesto a liar un canuto delante mismo del vigilante. El tipo me puso la mano encima y dijo que iba a llamar a la policía. Ishwar le ha mandado a la mierda. Se han quedado discutiendo. No va a pasar nada, pero es mejor no tener líos cuando uno viaja, sobre todo si se viaja por Oriente.
– ¿Qué crees que le pasará?
– Si ha cometido una estupidez así, tiene que saber defenderse. Ha querido deslumbrarte. Pero no creo que le pase nada. Ni siquiera creo que llamen a la policía, y si es que la llaman, probablemente no vendrá. Pero tienen que asustar. Este sitio pretende ser muy respetable, muy civilizado. No pueden permitir que se fume hachís como si tal cosa. La gente que les interesa no vendría a un lugar así. Ya has visto a la gente que viene aquí. Pero en fin, incluso si la policía viniera, no nos podría pasar nada. No tenemos por qué conocer a Ishwar. De todos modos, cuando las cosas se ponen feas, es mejor marcharse.
– ¿Y Aziz? -pregunté, aunque no me preocupaba en absoluto, pero a veces uno pregunta lo que menos le importa porque, absurdamente, eso es lo que acude a nuestra cabeza.
– Creo que se había ido a comprar tabaco, pero no te preocupes por él. Es un chico listo, ya se las arreglará.
Al fin, llegó el taxi y, como en el día de nuestra llegada que, por mucho que me extrañara, no era otro que el día anterior, nos llevó a toda velocidad por las calles de Delhi. En aquel segundo trayecto hacia el hotel yo sólo temía que lo que se había iniciado aquella noche no llegara a su conclusión. Mario me había apartado de Ishwar por precaución, por cautela, por la misma razón por la que no tomábamos el agua de la jarra que dejaban en nuestras habitaciones y que según nos había informado la señora alemana era perfectamente bebible.
Nada más bajarnos del taxi, a la puerta de nuestro hotel, vi a Aziz, apoyado contra una de las columnas de piedra de la entrada. Fumaba un cigarrillo y sonreía, pero no todas las personas que fuman consiguen tener un aire enigmático, ni siquiera en medio de la noche.
– Os vi salir -dijo-. Me fui por la puerta de atrás. Vi al gorila discutiendo con ese tipo, Ishwar. No parece una persona muy recomendable. Lo acabo de conocer. Dice que está esperando a un productor de cine, un inglés, pero yo creo que miente. En todo caso, puede ser un americano -nos miró con un gesto cómplice, como si todos supiéramos que esa diferencia fuera esencial-. Uno de esos millonarios aburridos que buscan emociones -aclaró, más o menos-. Ishwar debe de ser su gigoló -dijo la palabra varias veces, para que la entendiéramos.
Dijo todo eso, o algo parecido, con la intención, creo, de que yo quedara afectada o advertida, una vez que mi aventura había sido interrumpida.
– ¿Por qué no venís un rato a mi habitación? -nos preguntó en el pasillo-.Todavía queda whisky en la botella.
– Debe de ser mi botella -dije.
No sé si me entendió, porque me miró, interrogante, y no dijo nada.
Pero era, efectivamente, mi botella. La reconocí en seguida, en la habitación de Aziz, mientras él distribuía en tres vasos el poco whisky que quedaba en ella. Me senté en una de las camas y traté de escucharle, porque, como todas las personas que había conocido aquel día, explicó qué era lo que hacía allí. Era comerciante y se dedicaba a las antigüedades. Su padre, viudo, tenía una tienda en Calcuta y él venía a Delhi cada cierto tiempo para visitar a algunos clientes interesados en piezas valiosas. Tenía una carpeta con fotografías. Allí estaba, sobre la mesa. La podíamos ver, si queríamos. Se levantó y nos acercó una carpeta muy gastada, llena de fotografías de viejos baúles y muebles llenos de cajones. Yo no tenía ningún interés por contemplar esas fotos borrosas de muebles, por cierto bastante espantosos, y ni siquiera sabía por qué había entrado en la habitación de Aziz, como no fuera para comprobar, en un extraño afán investigador, que había sido él, como había sospechado durante la cena, el beneficiario de mi botella de whisky. Quería estar sola en mi cuarto y mantener la esperanza de que apareciera o llamara Ishwar.
Les deseé buenas noches y salí de la habitación. Repentinamente, comprendí que estaba muy mareada. Subí al segundo piso y busqué como pude, apoyándome contra las paredes, el número 219. Vencí con dificultad la empresa que surge, ineludible y tópica, en esos casos: introducir la llave en la cerradura. Uno se siente bastante estúpido frente a un problema tan repetido en la historia de la humanidad, desde que existen las cerraduras. Ni siquiera encendí la luz del cuarto. Me eché sobre la cama y me quedé dormida antes de poder lamentarme seriamente de la interrupción de una aventura que me había parecido tan prometedora, sin poder saber, ni siquiera intuir, como durante los días siguientes, sin embargo, empecé a hacer, que por lo menos dos de las personas que había conocido aquella noche tratarían, directa o indirectamente, de forma consciente o inconsciente, de complicar un poco mi existencia.