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Durante mucho tiempo, no pasó nada. Nada que tuviera que ver con aquel viaje. Yo ya sabía que el viaje se iba a desvanecer en el momento mismo en que terminara, ese momento que tal vez pueda fijarse cuando se deja la maleta sobre la cama de la habitación, en medio de las cosas, los olores y los ruidos conocidos. Ésa era la colcha color crema de mi cama, y mi armario esperaba acoger mi ropa en sus estantes y sus perchas, sobre la mesilla quedarían los libros, los billetes ya aprovechados, las guías y los folletos inútiles que algún día tiraría a la basura; y la otra mesa, y la superficie de la cómoda y desde luego la colcha de la cama, se irían cubriendo, en cuanto me decidiese a deshacer la maleta, de regalos y objetos difíciles de clasificar. ¿Dónde guardar las pulseras para Raquel, la caja-costurero de mi madre, la máquina de fotos de mi padre, el bolso de Juana? Buscar un sitio para todo eso me deprimía, porque las tiendas donde habían sido comprados esos objetos y otros muchos que todavía no tenían un destinatario claro estaban incongruentemente lejos y esa distancia no nos favorecía, ni a mí, su dueña actual, ni a ellos. Arrancados de su entorno, resultaban pobres y, aunque llenaran las superficies planas de mi cuarto, eran escasos. Escasísimos. Hubiera debido comprar más pulseras, más bolsos, más cajas de madera con incrustaciones de metal, más máquinas de fotos, más blusas de algodón. Muchas más cosas. Había sido mezquina y ahora era tarde para lamentarse, porque ya no se podía volver. Aquellas tiendas en las que había dudado tanto, contemplando y sosteniendo, sopesando y considerando, y de las que había al fin salido con tan pocas cosas, estaban en el otro confín del mundo.
Previendo ese desánimo, estuve mucho tiempo con la maleta bien cerrada sobre la cama. Como el genio de la botella del cuento, el maleficio, al abrir la cerradura, equivalente al tapón de corcho de la botella, se extendería, pudiendo envenenar el aire de la casa, en una nueva versión de la fábula. Contemplé, al fin, ese desparramamiento, ese derramarse de los objetos en mi cuarto. Y rupias, yenes y dólares ensuciando la colcha. Ése era el resto, lo que traía del viaje, ya inservible, y guardaría en una caja de la que nunca volvería a acordarme.
Repartidos los regalos, llegado ese vestigio del viaje a las personas conocidas y amigas, el viaje, como estaba previsto, dejó de existir, desapareció. Los olores sofocantes de la noche India, el traqueteo del taxi por las calles oscurecidas de Delhi, el ruido del agua en la piscina, el suave tacto de la camisa de Ishwar, el aún más suave tacto de su piel, todo se esfumó. La India estaba lejos para mí, tan lejos como para los viajeros que, instalados para siempre en el hotel, en el corazón de Delhi, habían construido sus vidas de espaldas a la realidad que los rodeaba. Ni para ellos ni para mí la India existía.
El resto del viaje, el tifón de Hong Kong y mi bolso recuperado, el jardín Zen del Templo de las Cien Lunas y los bares de la estrecha calle de Kyoto, al otro lado del canal, eran el telón de fondo de ese mágico aunque previsto desvanecimiento. El escenario estaba vacío. Sobre las tablas sucias de madera vieja que hace tiempo se renunció a limpiar, no había nada. Ni actores ni focos. El hueco era lo que quedaba, sostenido por otros recuerdos.
En el aeropuerto de Barajas, después de una larga noche dentro del avión, sin poder dormir, ni comer, ni, sobre todo, volver hacia atrás, me separé de Mario. Hubiéramos podido compartir el taxi hasta su casa, aunque desviándonos un poco de la ruta adecuada, pero no le dejé opción. Actué con todo el egoísmo de que una persona agotada y un poco dolorida es capaz y pedí prioridad en la cola de los taxis. No deja de ser extraño que las cosas acaben así. Que una convivencia estrecha a lo largo de varios días, sobrellevada, y bastante bien, por diferentes países, finalice abruptamente en la cola de los taxis del aeropuerto. Allí dije adiós a Mario, sin pensarlo ni lamentarlo, sin decirme que no lo volvería a ver ni decirle a él, aun menos, que nos llamaríamos al día siguiente, cuando, más descansados, volviéramos a tener ganas de vernos. Porque ni nos habíamos enfadado y, por tanto, no había por qué separarse a la desesperada, ni habíamos roto los límites de nuestra recíproca desconfianza. La intimidad, entre nosotros, era algo que se desarrollaba en un espacio más bien abstracto, aunque tenía contrapartidas muy concretas. Lo fundamental era que nos llevábamos bien. Éramos, los dos, muy formalistas. Íntimamente desordenados, caóticos, unas veces escépticos, otras desesperanzados, rabiosos y apasionados, nos refugiábamos en la misma clase de convenciones. Y sabíamos que eso era lo que nos unía, aunque en seguida podíamos encontrar otros términos más importantes en los que medirnos. Estábamos de acuerdo en muchas cosas, esas cosas imprecisas que determinan la buena relación entre las personas y que en el fondo son reflejo o expresión de las otras, menos trascendentes y más concretas, en las que sin duda coincidíamos: llegar pronto al aeropuerto, hacer amistad con desconocidos, preferir los buenos hoteles a las buenas compras, en el caso de que ambas cosas no pudieran hacerse, los buenos vinos a las buenas comidas, en idéntica y molesta situación.
No llamé, como lo supe en el mismo instante en que me separé de él, a Mario al día siguiente de nuestro regreso. Ni él me llamó a mí. Todo lo que nos unía no era, en ese momento, suficiente. Se había producido algún tipo, impreciso, de deterioro y, a veces, la única solución es dejar pasar el tiempo. Que él se encargue de hacer lo que los hombres por sí solos no pueden. Borra el recuerdo, produce nuevas necesidades; transforma el recuerdo.
Mis padres llegaron de El Arenal descansados y felices. Se habían emancipado de la tutela de Gisela y se sentían, con toda seguridad equivocadamente, capaces de resolver cualquier problema. Empezaban a preguntarse si no deberían trasladarse a vivir allí, si esos días de verano no podrían prolongarse y ampliarse, ya que les daban tantas satisfacciones. Lo único que, aparentemente, retenía a mi padre en Madrid eran sus tertulias en el Casino. Sus puntos de vista tenían que ser silenciados o modificados en El Arenal, porque mi padre no era nacionalista. Le exasperaban los nacionalismos. En El Arenal tenía que mostrarse cauto y conciliador. En el Casino se explayaba. Trasladarse a vivir a la periferia era casi como renegar del centro y de sus ideas políticas. Y, sobre estas razones ideológicas, estaba yo. No me querían dejar sola.
– No te dejaremos sola -decía mi madre siempre, poniendo punto final a las fantasías u objeciones de mi padre.
Resultaba bastante asombroso, hasta un poco cómico, que mi madre pensara que eran ellos quienes me estaban cuidando. Desde hacía años, se creían que seguían desempeñando el papel de padres, como si fuera el único o el mejor papel de sus vidas, y se habían aferrado a él y lo defendían de posibles ataques, frunciendo el ceño y sacando una voz un poco autoritaria, no se fueran a poner en cuestión ciertas cosas. Al final, las razones de su imposible traslado a El Arenal eran otras. No se sentían con fuerzas para ese traslado, pero querían hablar de ello para hacerse la ilusión de que eran todavía personas decididas y fuertes, capaces de emprender una nueva vida, de replantear su rutina y sacar partido a la existencia en plena madurez, por eludir la palabra vejez. Pero poco a poco, conforme avanzara el otoño y nos adentráramos en el invierno, toda esa necesidad de cambio se iría desvaneciendo; no quedaría sino el recuerdo, congelado, hasta el mes de julio, pero de nuevo limitado al verano, sin ampliaciones ni complicaciones. Alguna otra vez habían hablado de ello y posiblemente cada año hablarían más, para luego callarse y pasar las tardes mirando la televisión, donde yo los encontraba a mi regreso a casa, cada noche, frente a la bandeja con los restos de la cena, envueltos en una atmósfera de miedo, impotencia y tristeza, porque su vida, como todas las vidas, se acababa. Las lámparas encendidas arrojaban una luz cálida sobre la decoración tan querida de mi madre, sus cuadros, sus plantas, sus fotografías, su colección de cajas y de cucharillas de plata, y por la ventana todavía se veía el cielo gris, durante mucho tiempo gris antes de volverse negro e invisible. ¿Qué era lo que los entristecía?, ¿su vida, la mía o la vida en general? Por un leve instante, mientras me saludaban en mi cotidiano regreso nocturno, toda preocupación se borraba y una sensación de alivio, que incluso me transmitían a mí, recorría el aire de la casa.
Algo de nuevo había, de todos modos, en aquel otoño. Fernando había desaparecido de mi vida, y todas las llamadas, las esperas, las citas, las anulaciones de las citas, la tensión del permanente e inestable lazo que él me tendía y al que yo me asía con una obsesión insana, habían desaparecido del panorama y sólo de vez en cuando, alguna aburrida tarde de domingo, se me ocurría echarlas mínimamente de menos. No por ellas. Por la emoción.
Gisela volvió a nuestras vidas, se mezcló con ellas como si nunca se hubiera separado de nosotros y confesó a mis padres que estaba cansada y que las batallas que venía librando durante años no eran excesivamente importantes ni habían conseguido resolver los problemas de fondo de su vida. Su confesión no fue así de explícita; únicamente era explícito su cansancio, que no quería analizar, y que dejaba constancia de su vencimiento. Un día la encontré llorando. Mi padre había salido o se había retrasado, seguramente enzarzado en una conversación apasionada sobre los nacionalismos en su tertulia del Casino, sin duda llevando en élla voz cantante, cosa de la que tenía ya pocas oportunidades y que reservaba a ese delicado asunto en el que tenía las ideas especialmente claras.
El caso era que Gisela y mi madre, solas y abatidas, y también a sus anchas, se habían olvidado de encender las luces, y el cielo, que todavía era gris al otro lado de la ventana, dominaba los colores del cuarto de estar, donde ya no se veían los cuadros de jardines románticos de marcos dorados y viejos que tanto gustaban a mi madre porque pensaba que enaltecían el salón y que eran una prueba de buen gusto, ni los cuadros, más visibles y menos umbrosos, de las niñas rubias de los ojos y los trajes azules y los encajes alrededor del cuello, que a ella le gustaban y sobre los que no quería discutir, porque, según decía, ella había sido como una de esas niñas, cosa que ni Raquel ni yo, con nuestros pelos oscuros -el mío indefinido, pero el de Raquel francamente negro- y nuestros ojos marrones, habíamos tenido la suerte de heredar. Para ella eso era indiscutible. La única belleza posible era la de las mujeres y hombres rubios. Ella y su hermano Jorge, para qué íbamos a darle vueltas. Teníamos muchas fotos de ellos, muchas más que de nosotras, de Raquel o mías, o de las dos juntas, más escasas todavía, dada la diferencia de edad. Alguna vez pensé que, durante los nueve meses en los que me llevó dentro de su ser, tuvo que recrearse con la idea de que aquella segunda oportunidad que al fin venía, hijo o hija, la compensaría de la oscuridad de mi hermana Raquel, negra de pelo y de piel, como mi padre. No la compensé, ciertamente, aunque suavizara un poco los tonos. En fin, las niñas rubias de los cuadros, su punto de referencia en cuanto a la belleza infantil, convencionales y cursis, nos habían amargado un poco la infancia. Levemente, porque nos permitíamos burlarnos de ellas con la complicidad de mi padre. Desaparecían de vez en cuando, cuando se pintaba la casa o se cambiaban de marco o de sitio, porque habían recorrido ya todas las paredes del cuarto. Mi padre decía: "¿Y las niñas, dónde están las niñas rubias?". "Las tengo en el armario, bien guardadas", decía mi madre, como si se tratase de un magnífico tesoro. Y en una ocasión las perdió. Fueron tragadas por todas las cosas que mi madre guardaba en el armario, sobre todo, bolsas de ropa que no se usaba y que ella no se decidía a tirar. Aparecieron al fin, al cabo de varios meses. Mi madre limpió los marcos con alcohol, pero las miraba con estupor: hubiera dicho que ésta miraba hacia el otro lado, y que se apoyaba en un árbol y que el lazo del escote era de color lila. La desilusionaron, o tal vez pensó que, al haber desaparecido y haber vivido por su cuenta, enterradas, pero no a su vista, durante algunos meses, no eran las mismas. En cambio, a mí, repentinamente, me gustaron. Ni eran tan rubias, ni tan cursis, ni en realidad tan niñas. Miraban, aburridas, al infinito, llenas de lazos y almidones, pero parecían dispuestas a dar la espantada.
En aquella penumbra en la que no se distinguían ni los jardines románticos ni las niñas rubias, ni las fotos de infancia de mi madre y de su hermano, o las nuestras, ni las cajas de madera ni las cucharillas de plata o los ceniceros que mi padre había ido trayendo de los hoteles en los tiempos en los que viajaba, sólo resaltaban las caras, pálidas, de Gisela y de mi madre. Ninguna de las dos era aficionada a brebajes o bebidas -mi madre, por pura pereza y falta de recursos; Gisela, por ascetismo o constitución-: ni tes, ni cafés, ni vinos ni licores, por lo que no había tazas ni vasos sobre la mesa camilla.
– No, por favor, no enciendas la luz -pidió mi madre, cuando hice girar el interruptor.
– Son las nueve -le dije-. No se ve absolutamente nada.
– No pueden ser las nueve. Acabamos de comer.
– Pueden ser las nueve -dijo Gisela, y miró su reloj-. Se nos ha pasado el tiempo sin darnos cuenta.
Pero ninguna de las dos se movió. Me senté con ellas hasta que Gisela decidió marcharse, lo que aún le llevó un rato.
– No es la misma -me dijo mi madre después-. No sé si te has dado cuenta, pero no es la misma. Este verano lo ha pasado muy mal, ha vivido pendiente del hijo de sus amigos. Parece que el chico está bastante recuperado, pero ella está muy desanimada.
Aquella noche Gisela me llamó.
– No sé si te apetecerá venir conmigo -dijo, un poco dubitativa-, pero tengo entradas para la ópera. Es una compañía alemana, buenísima. Fuera de programación. Ponen Norma. Sólo dos noches. Tengo entradas para el sábado.
– ¿Norma? -me cercioré.
– Eso es.
Mi viaje, enterrado, se agitó en las profundidades de mi conciencia. La frase de James Wastley había sido más o menos ésa: hay dos formas de aficionarse a la ópera. O ver Norma en la Scala de Milán, o ver la película Fitzcarraldo. Tal y como la había pronunciado, no había podido olvidarla. Mientras aceptaba la invitación de Gisela, me dije que esos pequeños indicios, la sola representación de Norma en Madrid y el que yo fuera a verla, demostraban, aunque remotamente, por de pronto, la continuidad de la vida. Vi en ello una señal y, aunque nunca había ido al cine, ni al teatro, y menos a la ópera, en compañía de Gisela, y la idea no era en sí misma excelente ni alentadora, suponía un elemento de sorpresa, de azar, que me sacaba de la monotonía, el vacío y los desterrados recuerdos.
La invitación de Gisela ofendió un poco a mi madre.
– Ella sabe cuánto me gusta salir y las pocas oportunidades que tengo de hacerlo -murmuró.
Mi padre aborrecía los espectáculos de todas clases. Sólo le gustaba conversar en un ambiente de hombres, tabaco y cafés.
El sábado por la tarde, mientras me arreglaba para ir a la ópera, sonó el teléfono. Lo descolgó mi madre y vino en seguida a mi cuarto.
– Es Gisela -dijo-. No puede ir a la ópera, pero dice que te va a dejar la entrada a la puerta del teatro. Ponte al teléfono. Es mejor que hables con ella.
– No puedo ir, ya te lo habrá dicho tu madre -me dijo-. Fíjate qué fastidio -era una palabra que me sonó extraña pronunciada por ella, que tenía un lenguaje tan comedido. Incluso eso era mucho para ella-, pero te voy a hacer llegar la entrada. Le he dado la otra a un vecino mío, muy aficionado a la ópera. Le dejará tu entrada al portero. Espero que disfrutes.
Mi madre aún se ofendió más.
– Podíamos haber ido juntas tú y yo -dijo-. Gisela es muy generosa con sus amigos, pero no tiene un solo detalle conmigo. Como nunca me quejo, debe de pensar que no hay que ocuparse de mí. Sólo le interesan las personas muy desgraciadas. Hace años que no voy a la ópera. ¿Sabes cuándo fue la última vez que fui? Cuando el tío Jorge vino a vernos, hace casi cinco años.
Había muchas cosas que se le podían contestar a mi madre. En primer lugar, no era cierto que no se quejara. Lo que ocurría era que se quejaba tan continuamente y de las cosas más insignificantes y cotidianas, que uno dejaba de oírla. Sus quejas carecían de dramatismo, porque no esperaba que nadie fuera a solucionarlas ni a atenderlas; se alzaban sobre la idea de que eran irresolubles. Eran abstracciones y generalizaciones, y nadie en su sano juicio hubiera entrado en una discusión para convencerla de que las cosas no eran tan negras. En segundo lugar -por ponerle un lugar, tanto da en realidad si en segundo o en primero-, si tanto le gustaba salir, ¿por qué no salía? Podía ella proponerle planes a Gisela, cines, teatros, óperas y comedias musicales. Nadie se lo impedía. Pero se había ido volviendo cada vez más perezosa y no quería tomar ninguna iniciativa. Prefería dejarse llevar o negarse. Y no era cierto, ya no le gustaba salir. Guardaba su reserva de energías para El Arenal. Madrid era una ciudad demasiado grande y demasiado incómoda para pensar en salir y tener que desplazarse por ella. En Madrid se contentaba con sus recados del barrio: la farmacia, el mercado, el tinte, el zapatero; y todos esos recados, que llenaban sus mañanas, la dejaban exhausta y justificada para dejar pasar las tardes inmovilizada tras la mesa camilla. Y, sin duda, le gustaban, porque era su vida de Madrid que añoraría de trasladarse a vivir a El Arenal, y la venía haciendo desde hacía muchos años y conocía la vida de todas esas personas -el farmacéutico, el carnicero, la mujer del puesto de verduras, la chica del tinte, el panadero-, aunque no se sabía todos los nombres, sólo algunos, no necesariamente los más cortos, y hablaba un rato con ellos, intercambiando opiniones de todas las clases, desde los pequeños avatares cotidianos hasta el partido que convendría votar en las próximas elecciones, información que interesa mucho a mi madre y que poseía siempre. Si hay alguien que sabe adónde va el voto del panadero, esa persona es mi madre.
En lo único en lo que había sido sincera al quejarse de que Gisela no la hubiera invitado a ir a la ópera con ella, era en aquel atisbo de nostalgia que había lanzado al aire al rememorar la última y ya lejana visita de su hermano.
El tío Jorge, el único hermano de mi madre, y hermano menor, tan rubio como las niñas rubias de los cuadros ovalados, se había casado tarde, por lo que su presencia entre nosotros había sido casi constante. Comía en casa con frecuencia y aparecía a las horas más intempestivas con una de sus novias, para que mi madre las conociera y les sacara defectos. Tenía un aire inglés, por su físico un poco desvaído pero muy correcto, por la forma en que se vestía, y por un eterno aspecto de estar siempre pensando en otra cosa, lo que a nosotros nos parecía patrimonio de los ingleses. Sus zapatos y sus gemelos relucían. Tenía, como mi madre, puesto que se las regalaba él, billeteras de cocodrilo, tan relucientes como los zapatos y los gemelos. Sacaba de ellas un par de billetes de cien pesetas, los más limpios y almidonados que vi jamás, y nos los daba, creándonos un problema, porque parecía un sacrilegio gastarse ese dinero inmaculado. Cuando, después de haber traído a casa a la última novia, volvía él solo, se sentaba frente a la mesa camilla, junto a mi madre, y dejaba que ella enumerara, uno a uno y sin piedad, los defectos de la última candidata. Eran, todas ellas, mujeres esplendorosas, altas y magníficas.
Al fin, el tío Jorge se había casado y se había ido a vivir a Barcelona. Sofía tenía por lo menos veinte años menos que él y se pasaba el día jugando al bingo o tomando gin-tonics, aunque es de suponer que lo primero no excluía lo segundo. Lo que es seguro es que mientras estaba entre nosotros, las pocas veces que accedía a visitarnos, tomaba gin-tonics y no jugaba al bingo. Y cuantas veces mi madre hablaba con su hermano, él decía: "Sofía no está en casa, está en el bingo". Era tan esplendorosa y alta como habían sido todas las novias del tío Jorge, pero mi madre no le puso ningún defecto porque debió de saber desde el principio que aquella mujer iba a ser la cruz que le había tocado en suerte a su hermano. Posiblemente, lo supo en el instante en que el tío Jorge le comunicó, antes de casarse con Sofía, que ella tenía un hijo. Sabíamos muy poco de aquel hijo, porque siempre había vivido en el pueblo de donde era Sofía, en casa de una mujer que había sido su nodriza. Los padres de Sofía, si existían, debían de llevarse mal con ella, porque nunca se los mencionaba. A mi madre todo le parecía mal: que hubiera tenido el hijo de soltera, que su hermano se hubiera casado con ella, y que el niño siguiera en el pueblo, ahora que tenía una familia. Pero, ciertamente, ese niño no tenía una familia. Si la afición de su madre natural era el bingo y los gin-tonics, la de su nuevo padre era no hacer nada, no tener responsabilidades, trabajar lo menos posible, tomar vermuts con los amigos, calzar relucientes zapatos, estrenar billeteras de cocodrilo.
En la puerta del teatro pregunté por mi entrada. Estaba metida en un sobre en el que estaba escrito mi nombre. Sorprende ver tu nombre escrito en un lugar donde no te conocen de nada. Es lógico, porque es totalmente previsible, encontrar tu nombre escrito en un sobre que sacas de tu buzón, o que encuentras sobre la mesa de la oficina, pero que en un lugar público te den un sobre con tu nombre escrito es una incoherencia que desconcierta un poco. Miré aquella letra: redondeada y perfecta. No muy sugerente, en todo caso. Sin saber nada de grafología, se podía presumir que la persona que había escrito mi nombre tenía las cosas medianamente claras, pocas fisuras en su sistema de valores, poca capacidad para la sorpresa. Y no había subrayado mi nombre. Cuando escribo la dirección en una carta, siempre subrayo el nombre de la ciudad, o del país, si es que la envío al extranjero. Cuando dejo un recado a alguien y sólo escribo su nombre en el sobre, lo subrayo. No está demostrado que esa raya bajo los nombres sea en sí misma buena o mala, pero el hecho de que mi nombre no estuviera subrayado me pareció una mala señal, un signo de egocentrismo.
Me sentía dispuesta a ignorar al propietario de esa letra, y avancé por el patio de butacas, detrás del acomodador, en busca de mi sitio. Enseguida vi que la butaca de al lado estaba ocupada y, mientras me dirigía hacia ella, en el lento trayecto dentro ya de la fila, el hombre que la ocupaba se levantó y me esperó allí, de pie, observando mis movimientos, que consistían en esquivar los pies de quienes ya estaban acomodados en su butaca y no quisieron levantarse para facilitarme el paso.
– Eres Aurora, ¿verdad? -me preguntó, cuando llegué a su lado-. Tu tía te ha descrito muy bien. Soy Alberto Villaró -y me tendió la mano.
– No es mi tía -contesté rápidamente, mientras estrechaba su mano y le observaba y trataba de dejar a un lado mis conclusiones grafológicas de aficionada, dado que aquel hombre era atractivo y parecía deseoso de agradarme.
Me ayudó a quitarme la chaqueta, me cogió el programa, que estuvo a punto de deslizarse al suelo mientras me sentaba, lo sostuvo y me lo devolvió con gestos tan educados, tan inequívocamente amables, que resultaba absurdo mantener mis apresurados, apriorísticos y sin duda torpes juiciosa los que me había conducido la sola lectura de dos palabras escritas de su letra. Aunque fuese mi nombre.
Le di las gracias por haberme dejado la entrada a la puerta.
– Era lo mínimo que podía hacer -dijo-. ¿Quieres creer que llevo un par de días intentando conseguir una entrada para venir a ver Norma? Y hoy, justo cuando regreso a casa a eso de las cinco, lo que es una hora muy rara para mí, pero salí a comer y se me hizo tarde y decidí pasar por casa, pues bien, me encuentro con Gisela en el portal y mientras esperábamos a que bajara el ascensor empezamos a hablar de esas cosas que siempre se hablan entre los vecinos, cómo está la familia, cuándo empieza la calefacción, si habría que pintar el portal y, no sé cómo, salió lo de la ópera. Me dijo que le habían regalado dos entradas y que estaba muy ilusionada porque hacía tiempo que no iba a la ópera y porque era una función excepcional. Demasiado bien lo sabía yo, que llevaba dos días detrás de una entrada. No había transcurrido ni una hora cuando me llamó. De hecho, yo estaba a punto de salir de casa. Me dijo que le había surgido un imprevisto y que no podía, que si quería me daba su entrada. No me podía dar las dos, porque una ya la tenía comprometida. Es más,¿podía hacerle un favor: dejar la entrada a la puerta, a tu nombre? Una cadena de casualidades -concluyó.
Alberto Villaró, vecino de Gisela, me miró, victorioso y satisfecho. Estábamos allí, hundiéndonos poco a poco en la oscuridad, rodeados de gente que se fue quedando callada, envueltos en oleadas de perfumes y leves, reprimidos, sordos ruidos de toses y papeles, porque el destino, el azar, lo había dispuesto así. Yo pensé en James Wastley y en su pomposa frase sobre Norma. Una forma de aficionarse a la ópera. Aunque no estábamos en la Scala de Milán, era Norma. Aquello no podía llamarse una casualidad, sólo un recuerdo. Lo sentí resucitar, junto con el recuerdo del rumor, el olor, el tacto, el sabor de Ishwar.
Mientras, obedeciendo al desordenado argumento de Norma, los actores iban y venían por el escenario, deteniéndose, declamando, clamando, recitando, llorando y pidiendo, mi imaginación avanzó hacia un nuevo encuentro con Ishwar, porque a la imaginación no le gusta retroceder sino adelantarse, inventar. Lo pasado, pasado, y no cuenta; sólo sirve de punto de apoyo.
El fin del primer acto acabó con mis ensoñaciones. El vecino de Gisela y en aquel preciso momento vecino mío, muy solícitamente, y muy satisfecho porque la función colmaba sus apetencias de buen aficionado a la ópera, de espectador entendido, me propuso salir al vestíbulo, donde fumamos un cigarrillo y elogiamos la representación, tal y como hacía todo el mundo a nuestro alrededor.
En el segundo entreacto, Alberto Villaró quiso salir a la calle en busca de un bar cercano porque quería tomar algo y el bar del teatro estaba lleno de gente. Tomamos una cerveza y un sólido pincho de bonito escabechado en un bar vacío, sucio e iluminado de forma cegadora, con luces de neón. Pero él lo debió considerar el lugar apropiado para hacer de sí mismo una presentación más íntima que la meramente formal con que me había recibido en el patio de butacas. Me dijo que era radical y egocéntrico, y tuve que volver a considerar que mis cualidades como grafóloga no eran tan despreciables. Tenía, me confesó, problemas para la convivencia: trataba de ser tolerante con los demás, pero no podía.
Cuando volvimos al teatro llovía ligeramente y Alberto me cogió del brazo con suavidad. No me había dejado hablar mucho, pero no siempre soy comunicativa. Y creo que tampoco soy la interlocutora ideal, a pesar de que muchas personas me escogen para contarme su vida. Escucho a medias y muchas veces ni siquiera escucho, pero ante el temor de ser descubierta en esa involuntaria descortesía, digo que sí con la cabeza y con los ojos, tal vez con demasiada insistencia, lo que supongo produce el efecto de una gran atención.
Eran las doce de la noche cuando salimos de nuevo a la calle, ya terminada la función y de nuevo interrumpidas mis ensoñaciones. Por todas partes se escuchaban murmullos de aprobación y comentarios muy especializados como suelen escucharse a la salida de la ópera, donde todo el mundo compite en conocimientos y sabiduría. Alberto no se dejó amilanar y pregonó con voz potente sus impresiones.
– ¿Puedo invitarte a tomar algo? -me preguntó, abandonando repentinamente su discurso-. Supongo que todos los restaurantes están cerrados a estas horas, pero siempre nos quedan las hamburguesas. Es lo único que se me ocurre.
Mientras esperábamos a que llegaran las hamburguesas, me hizo una breve exposición de su situación familiar. Estaba casado desde hacía veinticuatro años, y se iba a separar. Los dos estaban de acuerdo, Cecilia, su mujer, y él. Tenían tres hijos, dos chicos y una chica, de veintitrés, veintidós y veinte años respectivamente. La chica era la pequeña. Los tres estaban estudiando y eran buenos estudiantes. Cecilia era abogada y era ella quien había tomado la decisión de separarse. Al principio, admitió Alberto con un aro de cebolla rebozada entre los dedos, él se había quedado perplejo, pero lo había acabado aceptando, incluso lo entendía y desde luego estaba dispuesto a facilitar las cosas.
Aquella historia me aburrió terriblemente. Yo también tenía problemas familiares. Para colmo, una vez expuestos los hechos, empezó a teorizar y cuando al fin llegaron las hamburguesas y cuando no quedó mucho de ellas en el plato seguía teorizando. Seguramente para no sentirse solo y abandonado, se sentía impulsado a incluir su experiencia dentro de la corriente general de la vida.
– La mujer está más abierta a la vida -dijo, o mejor dicho, dictaminó- porque está más cerca de ella. El hombre tiene poco que ver con las fuentes de la vida, y en cierto modo lo sabe y por eso teme. Se pone al servicio de la mujer en lo más primordial, que es, paradójicamente, lo menos peligroso. El resto es dominio, o intento de dominio. Sometimiento, guerra, exterminio -le brillaban los ojos-. Pero todo es producto del anquilosamiento esencial del hombre, de su miedo a morir, a ser rechazado: eso es como la muerte. A partir de ahí, el hombre se dispersa en cosas sin importancia, eso que se llama recursos. Son formas de huida, de no querer ir al fondo de las cosas. Toda la ventaja, en el fondo, la tienen las mujeres, aunque no sabéis aprovecharla. Os falta seguridad, ése es el único problema. Pero la seguridad que aparenta el hombre es falsa, y hasta cierto punto, la mujer lo sabe. Ha basado su vida en ella, en su capacidad de decir al hombre que no, de arrojarle del hogar, del lecho.
Supongo que mi mirada se perdió. Éstas son palabras -hogar, lecho- que pueden hacerme perder los papeles. Suenan a manual de sociología, a pretenciosas interpretaciones del mundo. Es mucho más fácil y sencillo decir casa y cama. Por lo demás, ese tipo de generalización ya es de por sí bastante irritante. Supongo que no se puede vivir sin hacer generalizaciones, pero resulta bastante asombroso la capacidad que tienen algunos hombres de lanzar teorías sobre las mujeres -y de paso sobre los hombres, sólo de paso- delante de las mujeres, como si no consideraran la posibilidad de que las mujeres puedan discurrir ellas solas, por su cuenta y riesgo, y sentirse ofendidas y oprimidas si es que tal cosa les gusta, les da la gana o les divierte. Allí estaba yo, mujer, se me mirara por donde se me mirara, escuchando esa magnífica disquisición sobre mi sexo -no toda recogida aquí, ya olvidada-, mirando al infinito, y cerca, según Alberto, de la vida, sin poder aprovechar las innumerables ventajas abstractas que él veía, en general, en mí.
Con todo, podía apreciar en Alberto ciertas cualidades: era un hombre amable, cortés, educado. A lo mejor, estaba atravesando un momento difícil y tenía necesidad de desahogarse, de escucharse a sí mismo, de sentir que sus palabras eran recibidas o escuchadas o atendidas o consideradas. Cuando me dejó en el portal de mi casa, me preguntó si podría llamarme en otra ocasión, tal vez para salir a cenar por ahí, en otro lugar donde se pudiera tomar algo mejor que una hamburguesa. Y le dije que sí, porque, como él había formulado minutos antes, es difícil decir que no a un hombre y porque ese sí a nada me comprometía. Y también porque, a pesar de todo, estaba contenta. Durante la representación de Norma había pensado y fantaseado con Ishwar. Viendo Norma, mi viaje a Oriente había vuelto a mi memoria, con lo cual volvía a vivir. No se había acabado ni desvanecido del todo.
Era Gisela, en el fondo, quien tenía la responsabilidad de esa resurrección. Y mientras subía en el ascensor hacia mi piso, intuí que Gisela había planeado ese encuentro entre Alberto Villaró y yo. Ella, siempre atenta a las necesidades de los demás, debía de estar al tanto de su inmediata separación conyugal y debía de haber pensado que Alberto podía ser una persona adecuada para mí. Al hacernos coincidir juntos en la ópera y brindarnos la posibilidad de que nos conociéramos, nos ayudaba a los dos. No era difícil imaginar a Alberto Villaró entre mis padres, alabando los cuadros de los jardines románticos y las niñas rubias, la colección de cajas de madera y las cucharillas de plata. No había duda deque lo había planeado, tal vez en el mismo momento en que se lo encontró en el portal de su casa, o cuando, ya en el ascensor, hablaron de ópera, o tal vez unos días antes, en una reunión de la comunidad de vecinos de la que, recordé, Gisela era la presidenta.