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6

Ése fue el primer signo de la resurrección del viaje o de la continuidad de la vida, cosa en la que desde siempre me he resistido a creer. Y, poco después de asistir a la representación excepcional de Norma en compañía de Alberto Villaró, recibí un pequeño sobre amarillo cuyo remite era y aparte indiscutible de mi deambular por Oriente: Gudrun Holdein. Valle del Saúco. Así pues, la señora Holdein había realizado su deseado viaje a España.

Debo decir que me estremeció recibir ese sobre de la señora Holdein, que preludiaba, acaso, un encuentro con ella que no me resultaba en absoluto sugerente. Ya sólo leer su espantoso nombre me estremeció. Hubiera preferido recibir otro tipo de noticias. De Ishwar, desde luego. Abrí el sobre y leí las líneas que la señora Holdein había escrito en una tarjeta, anunciándome su paso por Madrid y, como yo había temido, pidiéndome que le concediera un breve rato de mi tiempo, porque tenía algo que darme. ¿No recordaba las fotos que me había sacado en la piscina? Pues habían salido muy bien, ya lo vería. Me llamaría por teléfono y me las llevaría adonde yo quisiera, porque además tenía otra cosa para mí.

Enviarme esa nota anunciándome su llamada y adelantándome el motivo de ésta era un signo de educación que yo no discutía, pero el detalle de esa otra cosa que tenía para mí, de la que no decía nada más, ni qué era ni quién se lo había pedido, en el caso de que se tratara de un encargo, parecía deliberadamente misterioso y me intrigó, a pesar de que yo hubiera preferido no sentir ninguna curiosidad por aquel nuevo encuentro con la señora Holdein. Me parecía algo fuera de lugar, y lo era.

Así que su llamada, días después, no pudo sorprenderme, ni su insistencia en entregarme las fotos, aunque se calló, astutamente, lo de la otra cosa. Me propuso que comiéramos juntas en uno de los excelentes restaurantes que había en Madrid, de los que le habían hablado no sólo en El Saúco, sino unos amigos alemanes que visitaban España con frecuencia. No sé si esperaba mi negativa, pero supo reponerse a ella y me preguntó entonces qué era lo más conveniente para mí. Como le había dicho que durante esos días yo tenía mucho trabajo (inventé unos informes urgentes e importantísimos), la invité a casa a tomar café después de comer, me hacía un favor si aceptaba, le dije, y además, conocería a mis padres. Sé que los extranjeros valoran mucho la hospitalidad. La señora Holdein agradeció la invitación y después de pedirme algunos datos que la orientaran para encontrar nuestra calle, se despidió con mucha amabilidad y diría yo que satisfecha.

En cierto modo, yo también lo estaba, porque había eliminado, al menos, la posibilidad de ver a la señora Holdein a solas.

Al día siguiente, a las cuatro en punto, apareció la señora Holdein en nuestra casa. Yo había comunicado lacónicamente a mis padres que íbamos -los incluí a ellos- a recibir una visita, sin extenderme en dar unas explicaciones que de todos modos no hubiera sabido dar. Decidí que las cosas salieran como buenamente pudieran y confiar en el buen sentido de mi madre, bien dotada para una conversación intrascendente. Pero mi padre, que había fruncido el ceño al informarle yo de la visita, en cuanto vio aparecer a la señora Holdein, murmuró no sé qué y se despidió, sin duda a tomar café, coñac y puro en cualquier bar de nuestra calle. Sospeché que lo tenía planeado y que ya se había preparado para abandonarla casa aprovechando la confusión que se produce en las presentaciones. El caso fue que nos quedamos solas las tres mujeres, la señora Holdein, mi madre y yo, alrededor de la mesa camilla, frente a la bandeja del café, que me apresuré a servir, un poco sonrientes y envaradas mi madre y yo mientras la señora Holdein paseaba su eterna mirada complacida por el cuarto, demorándose en los objetos predilectos de mi madre.

Mujer de recursos, en seguida se puso a hablar y le contó a mi madre cómo nos habíamos conocido. Hablaba un español sucinto y limitado, algo cómico, que surtió efecto en mi madre, quiero decir que le gustó y casi se contagió de él. En seguida empezó a conjugar los verbos en infinitivo y a eliminar partículas poco esenciales, creyendo que ya que la señora Holdein hablaba así la entendería también mejor a ella si utilizaba parecido lenguaje. Después de esa introducción, la señora Holdein me tendió un sobre que sacó de su bolso, tal vez el mismo bolso o al menos tan grande como el que llevaba en Delhi.

– Son las fotografías -dijo-. Creo que son buenas.

No era modesta. Debía de pensar que la franqueza y el juicio imparcial son posibles y admisibles aplicadas a lo que uno mismo hace. Y las fotos eran buenas, francamente. Las miré muy deprisa porque sentía sus ojos complacidos clavados en mí, y se las pasé a mi madre que las alabó con entusiasmo, dejando caer una serie de exclamaciones y elogios, pronunciados muy alto y muy despacio, y algunos de ellos en infinitivo.

La señora Holdein nos habló después de su visita a El Saúco, donde había pasado unos días con su antigua pupila, en un encuentro emotivo que había removido todos sus recuerdos de juventud. Se había decidido a hacer al fin aquel viaje tantas veces soñado porque había tenido que ir a Johannesburgo, donde había asistido a un congreso contra el apartheid promovido por fundaciones privadas dedicadas a estudios sociales. No se me había ocurrido convocar a Gisela a ese café y la eché de menos, porque esos temas hubieran propiciado una profunda y larga conversación entre ellas. Mi madre, sin embargo, no estaba preparada para esas discusiones, por lo que se limitó a asentir, aprobatoria.

Pero poco después, tal vez cansada de hablar tan alto, tan despacio y de tan mala manera, mi madre se levantó y desapareció, murmurando una excusa indescifrable. La señora Holdein y yo nos quedamos súbitamente calladas, yo, desde luego, reprochando a mi madre su desaparición inesperada, y ella pensativa. Abrió su bolso de nuevo y me dio un paquete del tamaño de un puño, envuelto en papel de seda color fucsia.

– Pasé por Delhi -sonrió con cierta timidez- y me encontré con el muchacho hindú, Ishwar. Le dije que iba a venir a España y me encargó que le diera esto.

Algo de eso había esperado yo, la verdad, por lo que abrí el paquete con algo de emoción. Al fin, Ishwar daba señales de acordarse de mí. Una cosa era que la historia hubiera terminado y que supiéramos los dos que de prolongarse hubiera terminado peor, y otra cosa ese absoluto olvido. Dentro del papel, había una bolsa de raso de rayas de muchos colores y dentro de la bolsa una pulsera de plata, un brazalete ancho y liso.

– Me ha dicho que mires su interior -dijo la señora Holdein.

La obedecí. Había un dragón y una inscripción grabados.

– Es tu nombre en uno de los dialectos hindúes -dijo ella-. El dragón significa vitalidad y misterio.

Se había acercado a mí para ver la parte interior del brazalete.

– Póntelo -dijo.

De nuevo la obedecí, aunque me costó cierto esfuerzo meter el brazalete en mi muñeca porque era de esa clase de brazaletes que no se abren y que sólo tienen una ranura que presumiblemente tiene que bastar, pero como era totalmente rígido y muy ancho, la operación resultó difícil. Sentí los dedos de la señora Holdein junto al brazalete, en mi muñeca. El brazalete ya estaba en su lugar, no había que ayudarme a ponérmelo. Pero ella aún se me acercó un poco más. Vi sus ojos azules muy cerca y escuché sus palabras, que sonaron temblorosas en un tono muy bajo.

– Querida, ¿por qué no me acompaña a hacer una excursión a Toledo? Me han dicho que no debo dejar de ir, pero me gustaría tanto que usted viniera conmigo.

Me levanté. Había empleado el "usted", pero la proposición parecía bastante íntima.

– Ya le he dicho que estos días tengo mucho trabajo -dije, mientras servía más café en las tazas.

En aquel momento entró mi madre y aunque bendije su aparición volví a reprocharle que se hubiera marchado.

– Deberíamos haberle presentado a Gisela -dijo mi madre, que no se sentó, como si quisiera poner término a la visita de la señora Holdein-. Es una amiga nuestra alemana. En realidad -sonrió- es más española que nosotros, pero nació en Alemania. Vive aquí desde pequeña. Se hubieran entendido en su propia lengua.

La señora Holdein fue perceptiva a la posible intencionalidad del gesto de mi madre y sin duda aún más al rechazo con que yo, segundos antes, había respondido a su invitación, de forma que se levantó, aunque con una sombra de confusión en los ojos y manchas de color en sus mejillas.

– Siento haberlas molestado -dijo, ya en la puerta-. Para mí ha sido un placer visitarlas.

– No nos ha molestado -dijo mi madre-. ¿Por qué iba a molestarnos? Me encanta recibir visitas.

Algo más animada, la señora Holdein me envió una mirada que contenía diversos sentimientos: perdón, súplica, y todavía ciertas esperanzas. Estrechó nuestras manos y desapareció en el ascensor.

– ¿Por qué habrá dicho que su visita podía molestarnos? -volvió a preguntar mi madre, de vuelta al cuarto de estar-. ¡Qué raros son los extranjeros!

Se fijó en el papel color fucsia y en la bolsa de colores.

– ¿Qué es esto? -preguntó.

– Un regalo. Me lo manda un amigo de Delhi.

Le enseñé la pulsera, que ella miró sólo un instante.

– Debe de pesar mucho -dijo.

Me llevé a mi cuarto las fotos que me había entregado la señora Holdein y las miré más despacio. Recordé la polvorienta y bochornosa tarde de verano en que fueron tomadas y el cansancio que tenía yo después de haber hecho mis quinientos metros nadando. En una de ellas, la mejor, la que me gustaba más, yo sonreía levemente mirando al frente, a quien me quisiera mirar. Al fondo, el edificio blanco del hotel tenía una tonalidad rosada.

Las palmeras, casi totalmente negras, se recortaban contra el cielo gris. Y una suave luz caía sobre mi cuerpo mojado. La señora Holdein, antes de sacarme esa foto, me había dicho: "Mira al objetivo y piensa en algo bueno". Aún me acordaba de lo que había pensado: el ancho río marrón detenido a espaldas del Taj Mahal. Me sentía cansada, no sólo por los quinientos metros de crawl en la piscina, sino por la noche pasada en la habitación de Ishwar, cansancios, los dos, agradables y dulces. Y el río había acudido a mi cabeza, lleno de fango y apenas con corriente, Dios sabe en qué asociación de ideas.

De todos modos, yo me había alejado ya de todo eso y no podía identificarme con aquella mirada que, acaso, me producía nostalgia porque me hacía pensar que aquel momento había sido perfecto para mí. Esa persona que me miraba estaba completamente conforme con su destino, el instantáneo, preciso destino que estaba viviendo. Y, en mi cuarto de Madrid, en pleno mes de diciembre, yo estaba muy lejos de sentir algo parecido. Resulta bastante extraordinario ver en una imagen que te reproduce algo que no eres, y aun te surge la duda de si no eres en realidad así, como otra persona, aunque sea en otro tiempo, no tan lejano; a fin de cuentas, te ha captado, y tú lo ignorabas. En todo caso, si alguna vez yo me había sentido así, como la fotografía mostraba, eso se había acabado. Había perdido lo que me había dado identidad, coherencia y paz. De forma que la fotografía, aun siendo muy buena, me molestaba, porque señalaba una cualidad perdida, irrecuperable. Y tuve la impresión, algo inquietante, de que una doble mía andaba suelta por el mundo, sin saber con qué consecuencias, en aquella fotografía que se podía mostrar, observar y tocar.

También me asombraba que en la foto yo estuviera en traje de baño -aunque, cubierto con una toalla que rodeaba mi cuerpo, no se veía, pero yo casi podía sentir su humedad caliente- y que acabara de salir de la piscina, donde había estado nadando produciendo un ruido que Ishwar había escuchado, pensando que era yo quien nadaba, desde su cuarto, donde yo había pasado una noche feliz. Aquella foto, en suma, no era una foto, sino una historia y me molestaba que pudiera exhibirse así, sin ningún pudor, ante cualquiera. Porque detrás de mí, se veía un pedazo de agua de la piscina, y el edificio del hotel, con algunas de las ventanas abiertas, entre ellas, la de la habitación de Ishwar. Lo que me asombró y me estremeció fue que la foto contuviera todo eso con tanta precisión. Yo había estado en Delhi, en aquella piscina, a esa hora de la tarde. Yantes y después del momento en el que me había bañado y nadado en la piscina, también había estado allí.

Los recuerdos volvían, los signos, las señales de la continuidad de la vida, sólo demostrada en algunas ocasiones.

A lo largo del invierno, Alberto Villaró me llamó varias veces para proponerme todo tipo de planes: cines, teatros, conciertos, más óperas, cenas. Casi siempre le decía que no, pero en alguna ocasión acepté, en parte, porque su amabilidad me desarmaba y, como lo veía poco, me olvidaba que la materia central de su conversación era su mujer o las mujeres, asuntos sobre los que conocía demasiado bien su opinión y sobre los que prefería mantenerme callada y, en parte, porque algunas de sus proposiciones no eran intrínsecamente malas y a veces coincidían con un momento mío de tedio, momento que amenazaba con eternizarse. Pero debo decir que cuantas veces acepté una invitación de Alberto, me arrepentí. Llegué a una conclusión: quería que conociera a Cecilia. Tenía esa idea fija en la cabeza. Nuestras despedidas se cerraban con una invitación tendida para comer en su casa. Así conocerás a Cecilia, decía. Yo no tenía ningún interés por conocer a Cecilia ni por comer en su casa. Sospeché que lo que Alberto quería era provocar, ya tardíamente, los celos de Cecilia, demostrarle que él tenía sus propias amistades femeninas y que aunque ella quisiera separarse de él, él no era un hombre acabado. Por lo que Alberto me contaba, Cecilia ya había encontrado un piso y se iba a trasladar en seguida. De un momento a otro, les concederían la separación. La situación parecía irreversible y eso le irritaba. Se notaba en el tono de su voz. Por mucho que se esforzara en dejar bien claro que entendía y apoyaba a las mujeres y que estaba profundamente de acuerdo con la causa femenina, el abandono de Cecilia le ofendía y le exasperaba. Y cuanto más era él capaz de entenderla, a ella y a todas las mujeres, más injusta debía de parecerle la marcha de Cecilia que, a lo que yo colegía, no se separaba de él porque aborreciera a los hombres en general, sino porque se había cansado de Alberto Villaró, él solo.

La última vez que acepté una invitación de Alberto fue para ir a una recepción oficial, y la acepté porque tenía la seguridad de que Fernando asistiría a ella. Nunca me lo había encontrado en público mientras duró nuestra aventura -¿cómo llamarla o llamarlo? Lío resultaría una palabra más apropiada, pero es demasiado expresiva. No era ningún lío; erasencillo, corto y molesto. Aventura tiene unas connotaciones de excitación, emoción y riesgo que, aunque eran parte esencial de nuestros encuentros, fueron disminuyendo, languideciendo y al final sólo era su recuerdo lo que me sostenía e ilusionaba. Aventura o lío, da lo mismo, hay que llamar a eso de algún modo-, pero ahora que hacía tiempo que la aventura había terminado, me sentía con fuerzas para enfrentarme a él y que él viera que yo seguía existiendo, sin tener ningún plan, ningún proyecto, entre nosotros. No me había hundido. Existía y tenía amigos y tal vez otros líos y aventuras. Yo era una persona solicitada o, al menos, tenía con quien ir a los sitios. Quería, como Alberto respecto ala mujer que dentro de nada iba a salir de su casa con unos papeles en los que se anulaba el nexo que había existido entre ellos, devolver a Fernando la imagen de una persona no vencida.

Entramos, al fin, Alberto y yo en el salón donde se daba la recepción más hermanados de lo que él podía suponer, abrigando parecidas intenciones.

Nada más entrar, vi a Fernando, rodeado de muchas personas, como era de presumir, porque es difícil que un político se quede solo en una recepción. Y en seguida vi a su mujer, en otro grupo, que le dirigía miradas de control. Sin duda, ella estaba al tanto de sus líos y a lo mejor un día se cansaba de desempeñar su papel sufridor, ese ingrato papel de únicamente resistir.

Decidí mantenerme a una distancia relativa de Fernando. Quería saber si vendría a saludarme. En un determinado momento, quedamos frente a frente. Me miró, sorprendido, como si eso, verme, fuera la última cosa que hubiera esperado en el mundo. Reaccionó, apartó de su lado, con ese gesto amable e indiscutible tan propio de los políticos, a la persona que le cerraba el paso hacia mí, y se acercó, con una sonrisa en los labios y la mano extendida. Me retuvo la mía, me miró intensamente. Se interesó mucho por mi vida. Todo muy de prisa. Al despedirse, me dijo, casi al oído:

– Me gustaría verte un día. Pronto. ¿Te llamo o me llamas?

– Te llamaré -le dije.

Fue lo único que se me ocurrió decirle. No iba a decirle: Vete a la mierda. Tampoco era para tanto. Sencillamente, él pensaba que nuestra relación, aventura o lío, no había terminado. A lo mejor ni se había dado cuenta de que se había interrumpido, ocupado como siempre estaba en campañas, reuniones y viajes. Si después de verme en la recepción y desear verme a solas en una de aquellas habitaciones cubiertas de moquetas doradas y verdes de los hoteles a los que me llevaba, se quedaba con la remota esperanza de que yo iba a llamarle y no le llamaba, ésa era mi pequeña venganza. Muy pequeña.

Un poco abatida, pero no demasiado, y más por mi falta de reflejos -una frase ingeniosa, una proposición desconcertante- que por la actitud de Fernando, que sólo me demostraba que era el mismo, inmutable, eterno ser, volví junto a Alberto que me cogió del brazo y me susurró:

– Aquí está Cecilia. Te la voy a presentar.

¿Cómo son las abogadas? Muy parecidas. Los abogados también se parecen. Y unas a otros. Algo más guapa, tal vez, de lo que yo había imaginado, pero el mismo aire de seguridad, de fortaleza, y llevaba la ropa que debía llevar y los zapatos y el peinado y las joyas no auténticas pero de buen gusto con que se adornaba. Me miró desde la cumbre de su profesión, su prestigio y su futura e inmediata separación. A fin de cuentas yo estaba con un hombre del que ella se había hastiado. No compadecí ni sentí por Alberto ninguna solidaridad, porque él la miraba un poco temeroso, cuando, supuestamente, debía de enorgullecerse de mí. ¿No era yo su valedera? Me había visto hablar con Fernando y podía haber captado que no había habido mucha inocencia en aquella breve conversación. En fin, yo era una chica, una mujer, que causaba buena impresión. Pero me traicionó. Frente a Cecilia, sintió temor. La miraba de soslayo, tratando de calibrar su desprecio. Ambos me parecieron lamentables, en sus papeles ancestrales de verdugo y víctima.

– Te llamas Aurora, ¿verdad? -dijo una voz.

Me volví un poco hacia la izquierda y vi a un chico al lado de Cecilia. Lo había visto acercarse hacia nosotros, pero como había concentrado mi atención en Cecilia, ni siquiera lo había saludado. No lo conocía, no lo había visto en mi vida, pero algo en sus ojos, además de lo que acababa de decirme, me hizo mirarlo más.

– No me conoces -dijo-. Pero yo a ti sí. Es una larga historia.

Por la forma en que siguió mirándome y se me acercó más, comprendí que esa larga historia podía empezar en cualquier momento. Hay veces que pasa eso. Un hombre se te acerca y te dice que te conoce, que ha soñado contigo, que tiene una larga historia que contarte y que te incluye a ti. Me pasó una vez. Me estaba pasando. Tal vez era lo más normal del mundo.

A Cecilia no la volví a ver. A Alberto, sólo al final, cuando nos fuimos. Entretanto, estuve escuchando a aquel chico, Alejandro.

– Sé que parece increíble, pero te conozco de unas fotografías. Asómbrate todo lo que quieras, pero voy a contarte cosas de tu vida. Estuviste unos días en Delhi el verano pasado y coincidiste en el hotel con una señora alemana que te sacó unas fotos. La señora Holdein. -Se me quedó mirando, observando mi reacción-. ¿La recuerdas?

"Da la casualidad -siguió, después de mi asentimiento- que la señora Holdein fue la institutriz de mi tía Carolina y estuvo visitándola antes de Navidad. Se dejó una colección de fotografías en un cajón, el mismo cajón que, días después, utilicé yo. La tía Carolina la alojó en el cuarto que yo suelo ocupar cuando voy a visitarlas, a ella y a mi madre. Pasé parte de las navidades en El Saúco. No sé si te lo estoy explicando bien. El caso es que las fotos llamaron mi atención. Estuve mirando mucho rato a todas esas personas en traje de baño, porque había a su alrededor un clima de misterio, puede que fuera por la luz; no se podía determinar si pertenecía a la caída de la tarde o al amanecer, aunque no parecía probable que la gente se bañara en la piscina al amanecer. Hice copias de las fotos y trabajé con ceras y acuarelas. Sobre todo, trabajé con la tuya. Hice toda una serie con ella. ¿Te gustaría verla?

– ¿La serie? -pregunté, mientras trataba de asimilar todo lo que me había dicho.

– Eso es, la tengo en el estudio.

– ¿A qué te dedicas?

– Soy pintor -hizo un gesto vago con la mano-. Ahora he vuelto al collage, a partir de la serie que hice con tu foto. Me gustó mucho.

– Todo esto resulta bastante sorprendente -dije-. La señora Holdein me visitó a su regreso de El Saúco, creo que fue a primeros de diciembre. No la conocía mucho y su llamada me sorprendió. Me había olvidado de sus fotos. Nos conocimos en el hotel de Delhi. En realidad, fue ella quien se acercó a nosotros.

– No conozco a la señora Holdein -dijo Alejandro-, pero puedo asegurar que la visita que hizo a mi tía fue muy oportuna. Dejó tus fotos en el cajón.

– Es raro que tuviera tantas fotos -dije.

– Eso es lo menos raro de todo. Pudo hacer nuevas copias. Ella debía detener los negativos. Y seguro que pensó que había perdido las fotos -dijo Alejandro-. Lo verdaderamente increíble es que yo te haya encontrado. Pero la vida está llena de casualidades.

Anotó mi número de teléfono y dijo que me llamaría. Quería que viera los collages.

Los tres días que pasaron sin que yo recibiera su llamada me hicieron recordar el significado de muchas palabras empalidecidas y gastadas. Sobre todo, la palabra "emoción". Sabía que me llamaría, porque su historia era tan complicada como la mía. Los dos teníamos en nuestro haber nuestra respectiva cadena de casualidades. El punto de partida de mi cadena era Gisela, la invitación para ver Norma, y sus posibles maquinaciones para que conociese a Alberto. Alberto me había conducido, sin proponérselo, sólo porque quería presentarme a su mujer, hasta Alejandro. La señora Holdein era el primer eslabón de la cadena de Alejandro. Así, Gisela y la señora Holdein estaban finalmente ligadas, como yo había intuido la primera vez que sentí los ojos azules de la señora Holdein clavados en mí. Las dos nos habían empujado a aquel encuentro, cada una por su lado, pero profundamente de acuerdo, sincronizadas. Las fotos al borde de la piscina habían alcanzado al fin su destino; desde el mismo momento en que habían sido tomadas, habían empezado a moverse, a ir hacía él. La señora Holdein, sabiéndolo, había dicho: piensa en algo bueno, mira al objetivo. Mira a esa persona que te va a mirar. Era el azar, pero parecía un complot.

Si Alejandro no me llamaba, todo eso se disolvía, no se cumplía, y ya habíamos recorrido demasiados pasos. Así que me llamó. Me llamó y fui a su estudio a contemplar mis fotos de nuevo. Tinta de todos los colores me cubría. Estaba bañada de colores y acabé por no reconocerme. Mejor.

Aquella tarde de invierno se inició allí, en el estudio de Alejandro, una nueva aventura, una historia de amor; pero no lío, porque Alejandro no era un hombre casado y estaba perfectamente libre de compromiso y, no es por hacer alarde de ello, pero más de una vez me propuso que me casara con él.