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8

El tío Jorge llamó por la mañana y, después de un rato de conversación con mi madre, habló un momento con Félix.

– No te preocupes. Me encuentro bien -dijo Félix-. Dile a Sofía que esté tranquila.

Porque ella no se puso al teléfono. Con seguridad, no estaba tranquila, pero, posiblemente, tampoco se sentía muy preocupada por Félix. Había accedido, según nos comunicó luego mi madre, a recibir al médico.

Cuando Félix salió del cuarto, dijo mi madre en voz baja:

– Todo esto le desborda. Ya le he dicho que no hemos encontrado al chico tan mal. Hubiera podido ocuparse de él perfectamente. Es un chico que no molesta nada.

Cuando llegó el momento de la despedida, dirigió a Félix una mirada de aliento, como si se dirigiera a una empresa difícil y heroica. Esperó en el descansillo, apoyada en el marco de la puerta, a que desapareciésemos por el hueco del ascensor, y en sus ojos se leía que ése era, para ella, un descenso a los infiernos. Félix había despertado sus mejores instintos maternales y compasivos.

Alejandro nos estaba esperando frente al portal. Estrechó la mano de Félix y abrió el maletero, en el que colocó nuestras bolsas de viaje. Félix, sin preguntar nada, se sentó en el asiento trasero del coche.

Mientras nos dirigíamos hacia el Valle del Saúco, y dada la conversación intermitente y cordial que se había establecido entre nosotros, concluí que Félix estaba extrañamente dotado para producir efectos sedantes en las personas que se relacionaban con él. Menos, sin duda, su madre y su padrastro. Su familia. Sonreía suavemente, sin un atisbo de ironía, y decía a todo que sí, menos a la sugerencia de volver a servirse comida en el plato, como pudimos comprobar durante el almuerzo. Parecía únicamente un chico con deseos de agradar. Desde el asiento de atrás, dejaba caer comentarios siempre agradables.

Habían florecido los almendros y su color rosado se divisaba desde lejos, entre las tonalidades verdes del campo. Alejandro tenía un interlocutor nuevo a quien contar la historia de su familia, que yo ya había oído repetidas veces, en mi habitual papel de interlocutora aparentemente atenta, y no desperdició esa oportunidad.

– Ni siquiera sé los años que tiene -dijo, refiriéndose a su tía Carolina-. Hay días en que parece que tiene cuarenta y días en que le echarías más de cien. Es muy habladora, muy ignorante y muy avariciosa. Apenas ha salido de su casa desde que nació. Vive recluida, pero no creo que necesite nada del mundo exterior. En realidad, parece feliz. Es muy dominante. Nadie le ha llevado la contraria en su vida. Le he dicho que acabas de pasar unos exámenes, que has hecho un gran esfuerzo y que necesitas reposo. Ésas son las cosas que ella entiende mejor porque no ha hecho otra cosa en su vida más que eso: reposar. A lo mejor te obliga a tomar muchos vasos de leche y a hacer la siesta. En cuanto a mi madre -añadió-, en ella tendrás a una aliada segura. Le encantan las visitas, todo lo que le aleje un poco de mi tía.

Félix, medio tumbado en el asiento de atrás, sonreía vagamente ante aquella información que no había pedido como si aquellos cuidados que le aguardaban le complacieran. Mi madre, que nunca había disfrutado como anfitriona, se había rendido rápidamente a su encanto y había adoptado frente a él una postura de solicitud. Las mujeres de cierta edad no debían suponer un problema para él. Sus habituales deseos de agradar podían convertirse, frente a ellas, en deseos de ser cuidado. Pero eso eran especulaciones mías. Félix me hacía pensar. Él, a diferencia de mí, había sido un hijo prematuro. Las responsabilidades familiares habían caído sobre mí. Nadie se había responsabilizado de él.

Llegamos a El Saúco a la hora de la siesta. No había nadie por las calles.

– Si quieres venir al pueblo -dijo Alejandro a Félix- tendrás que hacerte amigo del chófer de la tía Carolina. Tiene una Lambretta, pero no le gusta prestarla.

– ¿A qué distancia está la finca? -preguntó Félix.

– A doce kilómetros. Para un paseo, es demasiado largo. Lo ideal es la moto.

Salimos del pueblo y cogimos la desviación hacia la finca. En un poste indicador, unas letras negras sobre un pedazo de madera en forma de flecha decían: "A Nuestro Retiro. Propiedad privada". Sobre el camino de tierra que señalaba la flecha caía el sol de la tarde. A ambos lados del camino el campo se extendía suavemente. Sobre las colinas brillaba el cielo, tan azul como en un día de verano. Una alta tapia de piedra surgió ante nuestros ojos. Por encima de ella se elevaban hacia el cielo azul, recortándose contra él, las copas de los árboles. El camino de tierra bordeó la finca y, después de una vuelta, nos condujo hasta la puerta de la verja que cerraba la finca. Una cadena de hierro oxidado y un enorme candado guardaban ese límite.

Alejandro detuvo el coche y, después de hacernos un gesto con la mano, pidiéndonos paciencia, descendió de él. Llamó al timbre y se quedó mirando la verja. Pasaron un par de minutos antes de que apareciera tras ella un hombre mayor de piel muy curtida y andar encorvado que llevaba una llave de hierro de considerable tamaño. Durante unos segundos la observó, como si no supiera qué hacer con ella. Luego miró a Alejandro y se intercambiaron un saludo. El hombre, al fin, introdujo la llave en el candado y después los dos se aplicaron a la tarea de empujar hacia dentro las hojas de la puerta. Parecían hablar mientras, algo agachados, empujaban.

De nuevo en el coche y traspasado ya el límite de la finca, dijo Alejandro a Félix mientras agitaba su mano en un gesto de adiós:

– Es el padre del chófer, el que puede prestarte la Lambretta.

Estábamos en medio de un bosque. Pinos, cedros, hayas, robles, magnolios y árboles cuyo nombre yo ignoraba nos rodeaban.

– El tío Héctor, el padre de mi tía Carolina, hizo traer árboles de Oriente -nos informó Alejandro-. En El Saúco todos se sienten orgullosos de "Nuestro Retiro" y hablan de la finca como si fuera propiedad del pueblo, aunque la mayoría no la haya visitado nunca. Era el típico indiano que se propuso deslumbrar a sus vecinos. Cuando murió, su mujer se convirtió en una especie de institución. Ocupaba un puesto de honor en los actos oficiales, las fiestas, esas cosas. Pero todos los lazos con el pueblo se cortaron cuando ella murió. A la tía Carolina no le gusta salir de casa. Ahora veréis la casa, en cuanto pasemos la curva.

Era imposible no verla. Era enorme y majestuosa, aunque sus muros estaban desconchados. Tenía a su alrededor profusión de balaustradas, terrazas, escaleras, torreones. Tal y como Alejandro había anunciado, era la típica casa del indiano hecha con el firme propósito de impresionar y deslumbrar.

Salimos del coche y entramos en la casa sin necesidad de llamar a ningún timbre, porque la puerta estaba abierta. El zaguán se correspondía con la fachada de la casa. Había muebles de diferentes estilos, macetas de cerámica chillona, una enorme lámpara de cristal de Venecia y un par de tapices con escenas campestres colgados de las paredes. Y un aire inconfundiblemente indiano en todo: en el mimbre pintado de blanco de los sillones, en las palmeras que surgían de los grandes tiestos de colores, en las esterillas de esparto delante de las puertas. Todo parecía estar concebido para luchar contra el calor que sin duda en El Saúco sería insoportable durante los meses de verano, pero me pregunté qué impresión causaría toda esa decoración en invierno, que debía de ser riguroso en la región. En aquel zaguán se estaba a salvo de un calor abrumador y eterno. Uno sentía que en el exterior los rayos del sol cegaban, aniquilaban.

Podía imaginarse al propietario de la casa, recién llegado de las Indias, obsesionado con la idea de vivir a resguardo del sol. Se podían leer sus gustos y sus aspiraciones en el mobiliario y en la mezcla de estilos que se habían seguido para edificar la casa. A pesar de su gran magnitud y de sus pretensiones de grandiosidad, había algo conmovedoramente inocente y modesto.

Una joven, vestida con una bata azul de trabajo, apareció en el zaguán y saludó tímidamente a Alejandro.

– Las señoras están en la galería.

– Muy bien. Iré a verlas. Entretanto, enséñales los cuartos a los invitados -dijo Alejandro, en un tono autoritario y paternal, de dueño de la casa.

Alejandro desapareció por una puerta. La chica se inclinó para coger nuestras bolsas de viaje, pero tanto Félix como yo las recogimos antes. Levemente desconcertada, la chica empezó a subir las escaleras. Entonces vi que Félix la miraba. Seguía los pasos de la chica sin apartar los ojos de ella. Y había razones para mirarla. El pelo, castaño, rizado y muy brillante, se balanceaba sobre su espalda, recogido en una goma decolores. La chica, de espaldas, era sencillamente perfecta. En lo alto de las escaleras se volvió hacia nosotros en un gesto instintivo, como si quisiera comprobar que la seguíamos. Los rasgos de su cara eran sumamente correctos, el color de su piel muy blanco, pero su expresión no era alegre. Una sonrisa podía cambiar esa cara, pero no sonrió.

Abrió una puerta y dijo a Félix:

– Su habitación.

Félix seguía mirándola mientras entraba en su cuarto. La chica bajó los ojos, murmuró algo y siguió adelante. Abrió otra puerta.

– Ésta es la suya -dijo, y entró conmigo.

Descorrió las cortinas y abrió el balcón. Me mostró la puerta que daba al cuarto de baño y me preguntó si necesitaba algo más. Podía ayudarme a deshacer el equipaje. Yo sólo tenía una bolsa de viaje. Le di las gracias y se despidió.

Me serví agua de la jarra que reposaba sobre el mármol de la mesilla y me asomé al balcón, que estaba situado en la parte de atrás de la casa y daba a un gran jardín. Estaba algo descuidado pero era un jardín diseñado según los cánones de la jardinería francesa. Nada faltaba en él; entre los parterres, que formaban dibujos geométricos y que hubieran necesitado una poda, divisé un estanque, una pérgola, bancos de piedra entre los senderos y, más a lo lejos, una gran jaula vacía. El sol estaba descendiendo y los árboles eran ya oscuras manchas de color que destacaban contra el azul cobalto del cielo. No se escuchaba el ruido de ninguna voz humana, sólo el alboroto que producían los pájaros y, a lo lejos, el rumor de un motor en marcha.

Alguien golpeó la puerta. Era Alejandro. Paseó una mirada de satisfacción por el cuarto.

– He dicho que te instalen aquí porque es el cuarto que más me gusta. El tío Héctor lo llamaba el cuarto de huéspedes, pero él mismo lo ocupaba muchas veces. La tía Carolina lo ha conservado exactamente igual. La verdad es que la casa apenas ha cambiado. Pero se han ido añadiendo cosas. El administrador es muy aficionado a las antigüedades y conoce a todos los chamarileros de la zona. No sé si te has fijado en la cantidad de aparadores, cómodas y arcones que hay en los pasillos y en el zaguán. Antes estaban casi desnudos.

Se sentó en una butaca, dueño de la situación, satisfecho de su papel de anfitrión.

– Verás a mi madre y a la tía Carolina a la hora de la cena. Me han pedido que os salude de su parte. -Me miró, pensativo-. Me pregunto cuál de las dos te reconocerá primero. Han visto la foto muchas veces, aunque no tantas como yo, desde luego.

Cualquiera que le hubiera escuchado hubiese creído que yo era una conocida actriz, una mujer famosa. Pero parecía tan convencido de que yo era alguien en aquel apartado lugar del mundo, que no repliqué.

Un par de horas más tarde, alrededor de la mesa del comedor, pude contemplar a mi satisfacción la hermosa figura de la madre de Alejandro y la más vulgar pero más imponente de la tía Carolina. Su madre tenía cierto aire místico. Era rubia e iba vestida de negro. Lo miraba todo desde lejos y uno sospechaba, mirándola, que no aguantaría mucho tiempo allí y que en alguna parte indeterminada del mundo la esperaba otro tipo de vida.

Al otro lado de los candelabros de plata, de los pájaros dorados que adornaban la mesa, del centro de flores y de la línea de copas, la tía Carolina se movía parsimoniosamente, concentrada en la operación de manejar los cubiertos sobre el plato. Desde su barricada, nos lanzaba miradas indiferentes. Llevaba un traje de seda negro sobre el que resaltaban gruesas cadenas de oro y que reposaban blandamente sobre su pecho como descansan las joyas sobre un cofre almohadillado. Sus manos, blancas y brillantes, eran un muestrario de anillos de oro. Tenía el pelo completamente blanco, recogido en un moño, a la moda de muchos años atrás. No tenía edad. Se había inmortalizado: parecía el modelo de algo.

El administrador estaba sentado a la mesa con nosotros. Hablaba poco y en voz baja y pausada, parpadeaba al mirar a su interlocutor y asentía rápidamente a cualquier comentario que se le hiciese, fuera apoyando o refutando sus palabras. La dueña de la casa no lo miró durante toda lacena y en las pocas ocasiones en las que él dejó oír su débil y respetuosa voz ella se concentró aún más en su plato, en un gesto que parecía deliberado. Había concedido a su administrador el privilegio de compartir aquellos momentos rituales pero no pasaba de ser un privilegio y no había que confundirse. Ése no era, en el fondo, su sitio. Y, curiosamente, me recordó de pronto a Aziz, tal vez por su común relación con el negocio de las antigüedades, y porque los dos eran delgados, bajos y demacrados. Pudiera ser que ese aire de fatiga que los dos tenían fuera algo inherente al comercio de las antigüedades.

Después de la cena, pasamos al salón y observé que el administrador no pasó con nosotros, aunque no se despidió formalmente. Simplemente, no estaba allí. Fue entonces cuando la madre de Alejandro, con la taza de la infusión entre las manos, me miró fijamente.

– Me recuerdas a alguien -dijo-, te debes de parecer a alguien que conozco. Llevo un rato dándole vueltas.

– Aurora conoce a la señora Holdein, la institutriz alemana de la tía Carolina -dijo Alejandro, dispuesto a contar toda la historia de las fotos, pero fue la tía Carolina quien lo interrumpió, ante la mención de la señora Holdein.

– ¡Pobre mujer! -exclamó-. Estuvo visitándome hace poco. Hacía años que no la veía. De no haber estado advertida de su llegada, no la hubiera reconocido. No se casó y anda por el mundo como alma en pena. Fue una mujer muy vistosa. Cuando estuvo en nuestra casa, la gente del pueblo venía a verla. Tenía un pelo que parecía de oro -dijo, acariciando las gruesas cadenas de oro que pendían de su cuello-. Mi padre lo decía siempre: hay que saber envejecer -concluyó.

Alejandro aprovechó su silencio para hablar de las fotos y de la coincidencia que nos había hecho conocernos.

– Muy curioso, sí -dijo la tía Carolina, sin convicción, e inmediatamente fijó su atención en Félix, que había seguido el relato de Alejandro con gran atención.

– ¿Cómo has dicho que te llamabas? -preguntó, sin aguardar respuesta-.¿Qué tal lees?

Félix le devolvió una mirada desconcertada.

– Me gusta que me lean en voz alta -dijo nuestra anfitriona, a modo de explicación-. Si te vas a quedar unos días aquí, hay que buscarte alguna ocupación. Los días son largos y es bueno tener algo que hacer. ¡Tengo ganas de volver a escuchar la lectura de esa novela tan estupenda! -suspiró-. Hace mucho que nadie me lee. Mira -dijo, alzando su mano y apuntando con el dedo índice hacia una vitrina llena de libros-, está allí, en el segundo estante. Es el libro naranja y azul. Cógelo, por favor. Vamos a hacer una prueba.

Félix se levantó, abrió la vitrina y cogió el libro.

– Muy bien -dijo la tía de Alejandro-, te escucho.

Félix se sentó con el libro abierto. Su voz se alzó, clara y potente:

– "1801: estoy de vuelta después de haber hecho una visita al propietario de mi casa, único vecino que pueda preocuparme. En realidad, este país es maravilloso. Yo no creo que en toda Inglaterra hubiese podido encontrar un lugar más apartado del mundanal bullicio. Es el verdadero paraíso para un misántropo; y el señor Heathcliff <strong>[1]</strong> y yo parecemos la pareja más adecuada para compartir este desierto. ¡Qué hombre magnífico! De seguro se hallaba lejos de imaginar la simpatía que me inspiró al sorprender cómo sus ojos se hundían en sus órbitas, llenos de sospechas, en el mismo instante en que yo detenía mi caballo, y cómo sus dedos se escondían con huraña resolución aún más profundamente en su chaleco, cuando le dije mi nombre".

Félix levantó los ojos hacia la tía de Alejandro.

– ¿Sigo? -preguntó.

– Ya es bastante, gracias -dijo ella, con voz satisfecha-. Lo has hecho muy bien.

Nuestra anfitriona nos dirigió una mirada de superioridad, como si estuviera instalada en una tarima o en un púlpito.

– No hay novela comparable a ésta -dictaminó. Algo más condescendiente, volvió a señalar la vitrina-. Es la biblioteca de mi madre. Se pasaba las tardes leyendo, hasta que perdió la vista. Araceli se ofreció entonces a leerle en voz alta. Tiene una voz estupenda, y mucha entonación. Para mi madre, ése era el mejor rato del día. Se pasaba el día esperándolo.

La tía Carolina agitó una campanilla y la joven que nos había acompañado a nuestros cuartos apareció en el salón, vestida con un uniforme negro de raso y el pelo recogido, esta vez anudado con un lazo también negro. Ayudó a la señora a levantarse y le ofreció su brazo, mientras ella murmuraba:

– Es hora de retirarse. En los pueblos nos acostamos muy pronto.

Desde la puerta, sin muchas ceremonias, nos deseó las buenas noches.

Nos habíamos levantado y habíamos contemplado su lento desfile por el cuarto. Nuevamente vi los ojos de Félix prendidos en la chica.

– Voy a tomar una copa -dijo Alejandro, dirigiéndose hacia un armario que resultó ser un mueble-bar- ¿Qué queréis tomar?

Convertido de nuevo en nuestro anfitrión, pidió hielo y preparó las copas. Sirvió a su madre una copa de anís, sin preguntarle nada, y en el momento en que se inclinó sobre ella para dársela, vi que sus miradas se cruzaron, confiadas y cómplices. Los envidié.

Tomamos aquella copa y al fin la madre de Alejandro se levantó y nos deseó las buenas noches. Alejandro volvió a sentarse en su butaca y perdió sus ojos en la pared de enfrente. Su mirada no guardaba ninguna semejanza con la mirada huraña y desconfiada de Heathcliff, ni aquel cuarto era en absoluto parecido al que había habitado Heathcliff. Pero el aire enrarecido de la novela cuyo inicio acababa de ser leído en voz alta se había quedado flotando sobre nuestras cabezas. Y deseé tener las dotes de observación del viajero Lockwood [2] y su capacidad para escuchar serenamente apasionadas historias.

Al día siguiente, después del desayuno, conocimos a Araceli, que había iniciado las lecturas en voz alta en aquella casa. Estaba con la madre de Alejandro en la galería, una prolongación acristalada del cuarto de estar, que rebosaba de plantas y estaba protegida del sol por cortinas de estampado de flores. En medio de tanto color, Araceli no desentonaba. Era difícil decidir qué parte de su atuendo o su maquillaje era más llamativo. Se podía empezar por el pelo rojo o por la sombra morada de sus ojos, o por los zapatos verdes. Se levantó de un salto en cuanto nos vio y dio dos besos a Alejandro. Luego a mí. Me preguntó qué me parecía la casa. Fue la única persona en "Nuestro Retiro" que me hizo algo de caso.

Pero no me dio mucho tiempo a comunicarle mis impresiones, porque la dueña de la casa hizo su aparición y centró todas las atenciones. Seguía vestida de negro, pero con menos cadenas de oro sobre su pecho. Araceli la abrazó como si hiciera mucho tiempo que no la veía, y alabó su aspecto. Sin embargo, en seguida comprendí que aquella visita era cotidiana y que seguramente se intercambiaban las mismas frases todos los días.

– ¿Te vas a quedar a comer? -preguntó la tía Carolina.

– Hoy no puedo. Tal vez mañana -dijo Araceli, con acento apesadumbrado.

– Nunca puedes.

– Tengo mucho trabajo -replicó Araceli-. Y no tengo más remedio que trabajar. Tengo seis hijos y quiero que salgan de aquí. Ya me dirás qué futuro tienen en el pueblo. Pero mañana haré todo lo posible para quedarme. Mañana tengo la tarde libre.

Su amiga la miró con escepticismo.

– ¿Y Félix? -preguntó Alejandro.

– Desayunamos juntos -dijo la tía Carolina con un deje de satisfacción en su voz-. Luego se fue al pueblo. Demetrio le prestó la moto.

Araceli nos miraba interrogante y la madre de Alejandro explicó que Félix era un amigo de su hijo que había venido a reponerse de una enfermedad. La tía Carolina añadió en tono satisfecho y algo retador que era un chico muy educado y que leía estupendamente, con mucha entonación. La madre de Alejandro me sonrió entonces y creí percibir cierto brillo irónico en sus ojos.

Abandonamos "Nuestro Retiro" después de comer. Nos despedimos de las señoras de la casa, encomendando a Félix a su cuidado, subimos al coche y emprendimos el camino de vuelta. Antes de dejar la finca, volví la cabeza. Félix estaba sentado en las escaleras de piedra, como el perfecto guardián de la casa. Sonreía al frente con mirada soñadora. Asomada a una de las ventanas del piso de arriba, vi a la doncella de la tía de Alejandro, con el cabello suelto sobre los hombros. Tenía la cabeza inclinada hacia abajo, sobre la escalinata de la entrada.


  1. <a l:href="#_ftnref1">[1]</a> Cumbres Borrascosas Emily Bronte «Esta claro que Heathcliff es bastante tosco y fiero, pero creo que ahí justamente reside su encanto… Es un tipo peligroso y apasionado con el que no sabes a que atenerte, puede llevarte al cielo o al infierno de manera totalmente imprevisible y un amor tan poco convencional atrae a muchas mujeres. (Confesémoslo de una vez, un hombre DEMASIADO bueno puede llegar a aburrir, tiene que tener algo de chispa!).»(N. del L.)

  2. <a l:href="#_ftnref2">[2]</a> Cuando se comienza la lectura de un clásico como Cumbres borrascosas, hay ciertos elementos que no se pueden dejar pasar. El aspecto psicológico de cada personaje es uno de ellos. Esta obra corresponde a la Inglaterra pueril y puritana de principios del siglo XIX, y el lugar donde se desarrolla se ubica a más de ciento sesenta kilómetros de la capital. La historia que la autora sitúa en este contexto es cruel, cargada de ignorancia, religión y bajezas. Deja deliberadamente al lector la tarea de transitar entre la psicología y la superstición, por intrincados caminos de realidad y fantasía.Los personajes son intrigantes. El señor Lockwood se identifica con la misantropía, lo cual motiva su llegada a ese paraje bien alejado de la civilización. Sin embargo, algunos de sus actos se contradicen con esta actitud. La señora Elena Dean intentará dilucidar por qué. Mientras tanto, el señor Heathcliff, como un amargado y avaro amo de su territorio, rechaza todo tipo de contacto social fuera de los suyos.(N. del L.)