39458.fb2
– Ya está ¿no te lo dije?, ahí viene -exclamó el Teniente Silva, los prismáticos bien pegados a los ojos. Alargaba una cabeza de jirafa-. Puntual como una inglesa. Bienvenida, mamacita. Ven, calatéate para verte de una vez… Agáchate, Lituma, si nos pesca se da media vuelta.
Lituma se escabulló detrás de la roca donde estaban apostados hacía lo menos media hora. ¿Era Doña Adriana esa nubecita de polvo, allá a lo lejos, procedente del sector de la costa que llamaban Punta Arena, o sus arrechuras lo hacían ver visiones al Teniente Silva? Estaban en el peñón de los cangrejos, atalaya natural de una playita pedregosa, de aguas quietas, protegida de los vientos del atardecer por un farallón, polvoriento y por varios almacenes de la International Petroleum Company. A sus espaldas, desplegada en abanico, tenían la bahía, con sus dos muelles, la refinería erizada de tubos, escaleras y torreones metálicos y el desorden del pueblo. ¿Cómo había descubierto el Teniente que Doña Adriana se venía a bañar aquí, en la tarde, cuando el sol se enrojecía y el calor atenuaba un poco? Porque, sí, la nubecita de polvo era ella; el guardia reconocía ahora las formas compactas y el andar cadencioso de la dueña de la fonda.
– Ésta es la mayor demostración de aprecio que le he dado jamás a nadie, Lituma -murmuró el Teniente, sin apartar los prismáticos de la cara-. Le vas a ver el poto a mi gorda, nada menos. Y las tetas. Y, con un poco de suerte, también la chuchita y los pendejitos. Prepárate, Lituma, porque te vas a morir. Será tu regalo de cumpleaños, tu ascenso. Qué suertudo eres de tener un jefe como yo, hombre.
El Teniente Silva hablaba como un loro desde que estaban allí, pero Lituma apenas lo oía: Se hallaba ahora más atento a los cangrejos que a las bromas de su jefe o a la llegada de Doña Adriana. El peñón merecía su nombre: había cientos y acaso millares. Cada uno de esos huequecitos en la tierra era un escondite. Lituma, fascinado, los veía asomar como unas movedizas manchitas terrosas, y, una vez afuera, estirarse y ancharse hasta recuperar esa incomprensible forma que tenían, y echarse a correr, al sesgo, de una manera tan confusa que era imposible saber si avanzaban o retrocedían. «Igual que nosotros en lo de Palomino Molero», pensó.
– Agáchate, agáchate, que no te vea -ordenó su jefe, a media voz-. Qué maravilla, ya comenzó a calatearse.
Se le ocurrió que el cerro entero estaba horadado por las galerías excavadas en él por los cangrejos. ¿Y si, de pronto, cedía? El Teniente Silva y él se hundirían en unas profundidades oscuras, arenosas, asfixiantes, pobladas de enjambres de esas costras vivientes, artilladas con pinzas. Antes de perecer, tendrían una agonía de pesadilla. Tentó el suelo. Durísimo, menos mal.
– Présteme, pues, sus prismáticos -rezongó-. Me invita a ver y resulta que se lo ve todo solito, mi Teniente.
– Para algo soy tu jefe, huevonazo -sonrió el Teniente. Pero le alcanzó los prismáticos-. Mira rapidito. No quiero que te me envicies.
El guardia graduó los prismáticos a su vista y miró. Vio a Doña Adriana, allá abajo, pegadita al farallón, quitándose el vestido con toda calma. ¿Sabía que la estaban espiando? Se demoraba así para provocar al Teniente? No, sus movimientos tenían la flojera y el abandono de quien se cree a salvo de miradas. Había doblado el vestido y se empinó para colocarlo en una roca adonde no llegaban las salpicaduras del mar. Tal como había dicho su jefe, llevaba un fustán rosado, corto, y Lituma pudo verle los muslos, gruesos como troncos de laurel, y los pechos que sobresalían hasta la orilla misma del pezón.
– Quién hubiera dicho que, a sus años, Doña Adriana tenía tantas cositas ricas -se asombró.
– No mires tanto que me la vas a gastar -lo riñó el Teniente, arrebatándole los prismáticos En realidad, lo bueno viene ahora, en el agua. Cuando el fustán se le pega al cuerpo, se vuelve transparente. Éste no es un show para guardias, Lituma. Es de tenientes para arriba solamente.
El guardia se rió, por amabilidad, no porque los chistes del Teniente le hicieran gracia. Se sentía incómodo e impaciente. ¿Era por culpa de Palomino Molero? Tal vez. Desde que lo había visto empalado, crucificado y quemado, en el pedregal, tenía la sensación de que ni un solo momento había podido quitárselo de la cabeza. Antes creía que, una vez que descubrieran quiénes y por qué lo habían matado, se libraría de él. Pero ahora, aunque más o menos se hubiera aclarado el misterio, la imagen del muchacho seguía con él día y noche. «Me estás amargando la vida, flaquito de mierda», pensó. Decidió que este fin de semana pediría permiso a su jefe para ir a Piura. Era día de paga. Buscaría a los inconquistables y les invitaría una tranca en el barcito de la Chunga. Rematarían la noche en la Casa Verde, con las polillas. Eso le haría bien, puta madre.
– Mi gordita pertenece a una raza superior de mujeres -susurró el Teniente Silva-. Las que no usan calzón. Mira, Lituma, mira las ventajas de que un hembra vaya por la vida sin calzón.
Le alcanzó los prismáticos y, por más que esforzó la vista, Lituma no alcanzó a ver gran cosa. Doña Adriana se bañaba en la orillita, chapoteando, echándose agua con las manos, y entre lo que ella salpicaba y la espuma de las olitas, lo que se podía divisar de su cuerpo, aunque su fustán se trasluciera, era basura.
– Yo no debo tener su buena vista, o, mejor dicho, su gran imaginación, mi Teniente -se quejó, devolviéndole los prismáticos-. La verdad, no veo más que la espumita.
– Entonces, jódete -susurró el Teniente, llevándose una vez más los prismáticos a la cara-. Yo, en cambio, la estoy viendo como se pide chumbeque. De arriba abajo, de adelante atrás. Y, si quieres saberlo, te puedo decir que sus pendejos son – crespitos como los de una zamba. Y hasta cuántos tiene, si me lo pides. Los veo tan clarito que los podría contar uno por, uno.
– Y qué más -dijo, tras ellos, la voz de la muchacha.
Lituma se cayó sentado. A la vez, volvió la cabeza con tanta brusquedad que se le torció el pescuezo. Aun cuando estaba viendo que no era así, le seguía pareciendo que no había hablado una mujer sino un cangrejo.
– Qué más porquerías van a decir -preguntó la muchacha. Tenía los puñitos en la cadera, como un matador que hace un desplante-. Qué otras lisuras más de las que han dicho. ¿Hay más lisuras en el diccionario? Las he oído todas. Y también he visto las cochinadas que están haciendo. Qué asco me dan.
El Teniente Silva se inclinó para recoger los prismáticos, que se le habían caído de las manos al oír a la chica. Lituma, todavía sentado en el suelo, con la vaga idea de haber aplastado al caer la cáscara vacía de un cangrejo, vio que su jefe no se recuperaba aún de la sorpresa. Se sacudía la arena del pantalón, ganando tiempo. Lo vio, hacer una venia, lo oyó decir:
– Es peligroso sorprender así a la autoridad en su trabajo, señorita. ¿Y si de media vuelta le pegaba un tiro?
– ¿En su trabajo? -lo desafió ella, con una carcajada sarcástica-. ¿Espiar a las mujeres que se bañan es su trabajo?
Sólo entonces se dio cuenta Lituma que era la hija del Coronel Mindreau. Sí, Alicita Mindreau. El corazón le golpeó el pecho. De allá abajo venía la voz enfurecida de Doña Adriana. Los había descubierto, pues, con el alboroto. Como en sueños la vio salir gateando del mar y correr inclinada, tapándose, en busca de su vestido, mientras agitaba el puño hacia ellos, amenazándolos.
– Son ustedes unos abusivos, además de cochinos -repitió la muchacha-. Vaya policías. Son todavía -peor de lo que dice la gente que son los policías.
– Este peñón es un observatorio natural, para descubrir a las lanchas que traen contrabando desde el Ecuador -dijo el Teniente, con una convicción tal que Lituma se volvió a mirarlo, boquiabierto-. Por si no lo sabía, señorita. Además, los insultos de una dama son flores para un caballero. Dése gusto, nomás, si le provoca.
Por el rabillo del ojo, Lituma advirtió que, Doña Adriana, vestida de cualquier manera, se alejaba por la playa en dirección a Punta Arena. Cadereaba, con pasos enérgicos, y, de espaldas, todavía les hacía ademanes enfurecidos. Seguro estaría mentándoles la madre, también. La chiquilla se había quedado callada, mirándolos, como si súbitamente se hubieran, eclipsado su furia y su disgusto. Estaba entierrada de pies a cabeza. Imposible saber de qué color eran la blusita sin mangas y el pantalón vaquero que llevaba, pues ambas prendas, igual que sus mocasines y la cinta que sujetaba sus cabellos cortos, tenían el mismo tono ocre grisáceo de los arenales circundantes. A Lituma le pareció todavía más flaquita que el día que la vio interrumpir en el despacho del Coronel Mindreau. Casi sin busto y con las caderas estrechas, era lo que su jefe llamaba, despectivamente, una mujer-tabla. Esa naricita pretenciosa, que parecía poner notas a los olores de la gente, le pareció aún más soberbia que aquella vez. Los olía como si ellos no hubiesen pasado el examen. ¿Tendría dieciséis? ¿Dieciocho?
– Qué hace una señorita como usted entre tanto cangrejo -dijo amablemente el Teniente Silva, dando el incidente por concluido.
Guardó los prismáticos en su funda y se puso a limpiar sus anteojos oscuros con su pañuelo.
– Esto está un poco lejos de la Base Aérea para venir a pasearse. ¿Y si la muerde uno de estos bichos? ¿Qué le pasó? ¿Se le pinchó una llanta?
Lituma descubrió la bicicleta de Alicia Mindreau, también empastada de polvo, veinte metros allá abajo, al pie del peñón. El guardia observaba a la muchacha y trataba de ver, a su lado, a Palomino Molero: Estaban cogidos de la mano, se decían cositas tiernas mirándose embebidos a los ojos. Ella, pestañeando como una mariposa, le susurraba en. el oído: «Cántame, anda, cántame algo bonito.» No, no podía, era imposible imaginárselos así.
– Mi papá sabe que han estado sonsacándole cosas a Ricardo -dijo bruscamente, con tono cortante. Tenía la carita alzada y sus ojos medían el efecto en ellos de sus palabras-. Aprovechándose de que estaba tomado, la otra noche.
El Teniente no se inmutó. Se calzó los anteojos oscuros con parsimonia y empezó a bajar el cerro, hacia la trocha, dejándose deslizar como por un tobogán. Abajo, se sacudió la ropa a manazos.
– ¿El Teniente Dufó- se llama Ricardo? -preguntó-. Le dirán Richard, entonces.
– Sabe también que han ido a Amotape, a hacer averiguaciones donde la señora Lupe -añadió la muchacha, con una especie de burla. Era más bien. bajita, menuda, con unas formas apenas insinuadas. No se podía decir que fuera una belleza. ¿Se había enamorado de ella Palomino Molero sólo porque era quien era?-. Sabe todo lo que han estado haciendo.
¿Por qué hablaba así? ¿Por qué decía las cosas de esa manera tan rara? Porque Alicia Mindreau no parecía amenazarlos, sino, más bien, burlarse de ellos o divertirse en sus adentros, como si estuviera haciendo una travesura. También Lituma bajaba el cerro ahora, a brinquitos, detrás de la muchacha. Entre sus botines corrían los cangrejos, en enrevesados zigzags. En todo el rededor no había nadie. Los hombres de los depósitos debían haber salido también hacía rato, pues las puertas estaban cerradas y no venían ruidos de adentro. Allá abajo, en la bahía, un remolcador surcaba el mar, entre los muelles, despidiendo un rizo de humo gris y hacía sonar su sirena cada cierto trecho. Hormigueaban grupos humanos en la playa.
Habían llegado a la trocha que, desde el peñón, conducía hasta la reja divisoria entre las instalaciones de la International y el pueblo de Talara. El Teniente cogió la bicicleta y la fue arrastrando con una sola mano. Caminaban despacio, los tres en una misma fila-. Bajo sus pies crujían los cascajos o algún cangrejo aplastado.
– Los seguí desde la Comisaría y ustedes ni se dieron cuenta -dijo, de la misma manera imprevisible, entre furiosa y burlona-. En la reja, no me querían dejar pasar, pero los amenacé con mi papá y me dejaron. Ustedes ni me sintieron. Los estuve oyendo decir todas esas lisuras y ustedes en la luna. Si no les hubiera hablado, todavía podría estar espiándolos.
El Teniente asintió, riéndose bajito. Movía la cabeza de un lado a otro, festejándola.
– Cuando los hombres están entre hombres, dicen lisuras -se disculpó-. Vinimos a hacer una inspección, a ver si caía algún contrabandista. No es nuestra culpa que -a algunas talareñas les dé por venir a bañarse aquí a esta misma hora. Ésas son las coincidencias de la vida. ¿No, Lituma?
– Sí, mi Teniente -asintió el guardia.
– En todo caso, estamos a sus órdenes para lo que se le ofrezca, señorita Mindreau -añadió el oficial, azucarando la voz-. Usted dirá. ¿O prefiere que hablemos en el Puesto? A la sombrita y tomándose una gaseosa, se conversa mejor. Eso sí, le advierto que nuestra Comisaría no es tan confortable como la Base Aérea de su papá.
La muchacha no dijo nada. A Lituma le parecía sentir el paso de la sangre por sus venas, lento, espeso, rojo oscuro, y oía latir su pulso y sus sienes.
Cruzaron la reja y el guardia civil de turno -Lucio Tinoco, de Huancabamba- saludó militarmente al Teniente. Había también tres centinelas del servicio de seguridad de la International. Se quedaron observando a la muchacha, sorprendidos de verla con ellos. ¿Ya se había corrido la voz, en el pueblo, de lo de Amotape? No por culpa de Lituma, en todo caso. Él había cumplido escrupulosamente la orden de su jefe de no decir una palabra a nadie sobre lo que les contó Doña Lupe. Pasaron frente al Hospital de la Compañía, con sus maderas relucientes de pintura verde. En la Capitanía del Puerto, dos marineros hacían guardia, con fusiles al hombro. Uno de ellos le guiñó el ojo a Lituma, como diciendo: «Qué juntas son ésas.» Una bandada de gaviotas pasó muy cerca, aleteando y chillando. Era el comienzo del atardecer. Por entre las escaleras y barandas del Hotel Royal, el único del pueblo, Lituma vio que el sol comenzaba a ahogarse en el mar. Una tibieza grata, hospitalaria, reemplazaba a las brasas del día.
– ¿Sabe el Coronel Mindreau que ha venido a visitarnos? -insinuó delicadamente el Teniente Silva.
– No se haga el idiota -alzó la voz la muchacha-. Claro que no sabe.
«Ahorita lo sabrá», pensó Lituma. Toda la gente mostraba extrañeza al verlos pasar. Los seguían con la mirada y murmuraban.
– ¿Vino sólo a decirnos que el Coronel se enteró que estuvimos platicando con el Teniente Dufó y con la señora Lupe, de Amotape? -insistió el Teniente Silva. Hablaba mirando al frente, sin volverse hacia Alicia Mindreau, y Lituma, que se había retrasado, un poco, veía que ella tenía también la cabeza derecha, evitando dar la cara al oficial.
– Sí -la oyó responder. Pensó: «Mentira.» ¿Qué había venido a decirles? ¿La mandó el Coronel? En todo caso, parecía que le costaba trabajo; o, tal vez, se había desanimado.
Había fruncido la cara, tenía la boca entreabierta y las aletas de su naricilla arrogante palpitaban con ansiedad. Su piel era muy blanca y sus pestañas larguísimas. ¿Era ese aire delicado, frágil, de niña mimada, lo que había enloquecido al flaquito? Fuera lo que fuera aquello que había venido a decirles, se había arrepentido y no se lo diría.
– Muy amable de su parte el venir a conversar con nosotros -murmuró el Teniente, hecho un almíbar-. Se lo agradezco, de veras. Caminaron unos cincuenta metros más, en silencio, oyendo el graznido de las gaviotas y la resaca del mar. En una de las casas de madera, unas mujeres abrían los pescados y les sacaban diestramente las vísceras. Alrededor de ellas, los colmillos afuera, brincaban unos perros, esperando los residuos. Olía fuerte y mal.
– ¿Cómo era Palomino Molero, señorita? -se oyó decir, de pronto. Se le erizó la espalda de sorpresa. Había hablado sin proponérselo, de sopetón. Ni el Teniente ni la muchacha se volvieron a mirarlo. Ahora, Lituma caminaba medio metro detrás de ellos, tropezando.
– Un pan de dios -la oyó decir. Y, luego de una pausa-: Un angelito caído del cielo.
No lo decía con voz temblorosa, teñida de amargura y nostalgia. Tampoco con cariño. Sino con ese mismo tono insólito, entre inocente y burlón, en el que a ratos brotaba una chispa de cólera.
– Eso mismo dicen todos los que lo conocieron -murmuró Lituma, cuando el silencio empezó a hacerse muy largo-. Que era buenísima gente.
– Usted debió sufrir mucho con la desgracia de ese muchacho, señorita Alicia -dijo el oficial, luego de un momento-. ¿No?
Alicia Mindreau no respondió nada. Atravesaban un grupo de viviendas a medio construir, algunas sin techo, otras con las tablas de la pared a medio colocar. Todas tenían terrazas, levantadas sobre pilotes, entre los cuales se metían lenguas de mar. Comenzaba la marea alta, pues. Había viejos en camiseta sentados en las escaleras, niños desnudos recogiendo conchas, y corros de mujeres. Se oían risotadas y el olor a pescado era fuertísimo.
– Mis amigos me han dicho que yo lo oí cantar una vez, en Piura, hace ya tiempo -se oyó decir Lituma-. Pero, por más que trato, no me acuerdo. Dicen que cantaba lindísimo los boleros.
– Y la música criolla igual -lo corrigió la muchacha, moviendo la cabeza con energía-. También tocaba regio la guitarra.
– De veras, la guitarra -se oyó decir Lituma-. Era la obsesión de su madre. Doña Asunta, una señora de Castilla. Recuperar la guitarra de su hijo. Quién se la robaría.
– Yo la tengo -dijo Alicia Mindreau. Se le cortó la voz de golpe, como si no hubiera querido decir lo que había dicho.
Estuvieron callados de nuevo durante un buen rato. Avanzaban hacia el corazón de Talara, y a medida que se internaban en el nudo de viviendas, había más gente en la calle. Detrás de las rejas, en la cumbre del peñón del faro y en Punta Arena, donde estaban las casas de los gringos y de los altos empleados de la International, ya se habían prendido los postes de luz, pese a ser aún de día. También allá arriba de los acantilados, en el Tablazo, en la Base Aérea. En un extremo de la bahía, la torre de un pozo de petróleo tenía un penacho de fuego, rojizo y dorado. Parecía un cangrejo gigante, remojándose las patas.
– La pobre señora decía: «Cuando encuentren la guitarra, encontrarán a los que lo mataron» -se oyó decir Lituma, siempre a media voz-. No es que Doña Asunta supiera nada. Pura intuición de madre y de mujer.
Sintió que el Teniente se volvía a mirarlo y se calló.
¿Cómo es ella? -dijo la muchacha. Ahora sí se volvió y, por un segundo, el guardia vio su cara: entierrada, pálida, irascible, curiosa.
– ¿Se refiere a Doña Asunta, la madre de Palomino Molero? -preguntó.
– ¿Es una chola? -precisó la muchacha, con ademán impaciente.
A Lituma le pareció que su jefe soltaba una risita.
– Bueno, es una mujer de pueblo. Lo mismo que toda esa gente que estamos viendo, lo mismo que yo -se oyó decir y se sorprendió de la irritación con la que hablaba-. Claro que no es de la misma clase que usted o que el Coronel Mindreau. ¿Eso es lo que quería saber?
– Él no parecía un cholo -dijo Alicia Mindreau, suavizando el tono y como si hablara sola-. Tenía el pelo finito y hasta algo rubio. Y era el muchacho más educado que he visto nunca. Ni Ricardo, ni siquiera mi papá, son tan educados como era él. Nadie hubiera creído que estuvo en un colegio Fiscal, ni que era del barrio de Castilla. Lo único que tenía de cholo era el nombre ese, Palomino. Y su segundo nombre era todavía peor: Temístocles.
A Lituma le pareció que su jefe volvía a soltar una risita. Pero él no tenía ganas de reírse con las cosas que decía la muchacha. Estaba desconcertado e intrigado. ¿Tenía ella pena, furia, por la muerte del flaquito? No había manera de adivinarlo. La hija del Coronel hablaba como si Palomino Molero no hubiera muerto en la forma atroz que ellos sabían, como si aún estuviera vivo. ¿Sería medio chifladita?
– ¿Dónde conoció a Palomino Molero? -preguntó el Teniente Silva.
Habían llegado a la espalda de la Iglesia. Ese muro blanco servía de pantalla al cinema ambulante del señor Teotonio Calle Frías. Era un cine sin techo ni sillas, al natural. Los clientes que querían ver la película sentados tenían que llevar sus propios asientos. Pero la mayoría de talareños se acuclillaban o tumbaban por tierra. Para pasar el cordel que limitaba el espacio imaginario del local, había que pagar cinco reales. El Teniente y Lituma tenían entrada libre. Los que no querían pagar el medio sol, podían ver la película gratis, desde fuera del cordel. Se veía, pero bastante mal, y daba tortícolis. Ya había mucha gente instalada, esperando que oscureciera. Don Teotonio Calle Frías estaba armando su proyector. Sólo tenía uno; funcionaba gracias a una toma ideada por él mismo, que distraía electricidad del poste de la esquina. Después de cada rollo, había una interrupción, para que cargara el siguiente. Las películas se veían entrecortadas y resultaban larguísimas. Aun así, siempre tenía lleno, sobre todo en los meses de verano. «Desde lo del flaquito, casi no he venido al cine», pensó Lituma. ¿Qué daban esta noche? Una mexicana, cuándo no: «Río escondido», con Dolores del Río y Columba Domínguez.
– En el cumpleaños de Lala Mercado, allá en, Piura -dijo de pronto la muchacha. Se demoraba tanto en responder que a Lituma se le olvidaba a qué pregunta respondía-. Lo habían contratado para cantar en la fiesta. Todas las chicas decían qué bonito canta, qué linda voz. Y, también, qué buen mozo es, no parece cholo. Cierto, no lo parecía.
«Estos blancos», se indignó Lituma.
– ¿Le dedicó alguna canción? -preguntó el Teniente. Sus modales eran increíblemente respetuosos. A cada rato le descubría una nueva táctica a su jefe. Esta última era la de las buenas maneras.
– Tres -asintió la muchacha-. «La última noche que pasé contigo», «Rayito de Luna» y «Muñequita linda».
«No es una chica normal, es chifladita», decidió el guardia. La bicicleta de Alicia Mindreau, que el Teniente Silva arrastraba con la mano izquierda, se había puesto a chirriar, con un chirrido hiriente, que aparecía y cesaba a intervalos idénticos. A Lituma el recurrente ruidito le crispó los nervios.
– Y bailamos -añadió la muchacha.Una pieza. Bailó con todas, una vez. Sólo con Lala Mercado, dos veces. Pero porque era la dueña de casa y la del cumpleaños, no porque le gustara más. A nadie le pareció mal que bailara con nosotras, todas querían que las sacara. Se portaba como gente decente. Y bailaba muy bien.
«Gente decente», pensó -Lituma, apartándose para no pisar una estrella de mar reseca, cubierta de hormigas. ¿Al Teniente Silva lo consideraría Alicita Mindreau gente decente? A él no, por supuesto. «Cholo por mis cuatro costados», pensó. «Del barrio de La Mangachería, a mucha honra.» Tenía los ojos medio entornados y no estaba viendo la tarde talareña que ahora cedía el paso a la noche bastante de prisa, sino el bullicio y la elegancia de la sala y el jardín, repletos de parejas jóvenes, bien vestidas, en ese barrio de blancos vecino al arenal donde estaba el bar de la Chunga -Buenos Aires-, en esa casa de la tal Lala Mercado. La parejita que bailaba en aquella esquina, mirándose fijo, hablándose con los ojos, eran Alicia Mindreau y el flaquito. No, imposible. Y, sin embargo, ella lo estaba contando:
– Cuando me sacó a bailar me dijo que apenas me vio se había enamorado de mí -la oyó decir. Ni siquiera ahora había melancolía o tristeza en su voz. Hablaba rápido y sin corazón, como si transmitiera un recado-. Me dijo que siempre había creído en el amor a primera vista y que ahora sabía que existía. Porque se había enamorado de mí ahí mismito me vio. Que yo podía reírme de él si quería, pero que era verdad. Que ya nunca querría a otra mujer en el mundo más que a mí. Me dijo que aun cuando yo no le hiciera caso y lo escupiera y lo tratara como a un perro, él me seguiría queriendo hasta su muerte.
«Y así fue, pues», pensó Lituma. ¿Estaba llorando la muchacha? Nada de eso. El guardia no podía verle la cara -seguía andando un paso atrás del Teniente y de ella pero su voz no era llorosa sino seca, firme, de una severidad total. Al mismo. tiempo, parecía que hablara de alguien que no era ella, como si todo eso que contaba no la concerniera íntimamente, como si no hubiera sangre y muerte en esa historia.
– Me dijo que iría a darme serenatas. Que, cantándome todas las noches, haría que yo me enamorara de él. -siguió, luego de una corta pausa. El chirrido de la bicicleta producía una angustia inexplicable a Lituma; lo esperaba y, al oírlo, le corría un escalofrío por el cuerpo. Oyó a su jefe. El Teniente piaba como una avecilla.
– ¿Ocurrió así? ¿Pasó así? ¿Cumplió su palabra? ¿Fue a darle serenatas a su casa, en la Base Aérea de Piura? ¿Terminó usted enamorándose de él?
– No sé -contestó la muchacha.
«¿No sabe? ¿Cómo puede no saber eso?», pensó el guardia. Buscó en su memoria la vez que había estado más enamorado. ¿Fue de Meche, la querida de Josefino, esa trigueñita de cuerpo escultural a la que nunca se atrevió a declararse? Sí, ésa había sido. ¿Cómo no saber si uno está enamorado o no? Qué tontería. O sea que era chifladita. Medio locumbeta, medio tarada. ¿O se hacía adrede la idiota para confundirlos? ¿La habría instruido el Coronel para que actuara así? Ninguna hipótesis lo convencía.
– Pero Palomino Molero fue a darle serenatas a la Base Aérea de Piura, ¿no es cierto? -oyó musitar dulcemente al Teniente-. ¿Muchas veces?
– Todos los días -dijo la muchacha-. Desde la fiesta de Lala Mercado. No falló ni un día, hasta que a mi papá lo trasladaron aquí.
Unos churres con hondas estaban acribillando a hondazos al gato del Chino Tang, el bodeguero. El gato maullaba, aterrado, corriendo de un extremo a otro del techo de la bodega. El Chino Tang se apareció en una esquina, armado de una escoba, y los churres volaron, riéndose.
– ¿Y qué decía de esas serenatas su papá? -pió el Teniente Silva-. ¿Nunca lo pescó?
– Mi papá sabía que iba a darme serenatas ¿acaso es sordo? -repuso la muchacha. A Lituma le pareció que, por primera vez, Alicia Mindreau vacilaba. Como si hubiera estado a punto de decir algo más y se arrepintiera.
– ¿Y qué decía? -repitió su jefe.
– Que yo, sin duda, era para él la Reina de Inglaterra -afirmó la muchacha con la seriedad mortal que hablaba siempre-. Cuando yo se lo conté, Palito me dijo: «Tu papá se equivoca.-Tú eres para mí mucho más que la Reina de Inglaterra. La Virgen María, más bien.»
A Lituma le pareció escuchar por tercera vez la risita contenida, burlona, del Teniente Silva. ¿Palito? ¿Así lo había rebautizado a Palomino? O sea que ese apodo ridículo, Palito, era nombre decente, y Palomino o Temístocles nombres cholos. «Puta, qué blancos tan enredados», pensó.
Habían llegado al Puesto de la Guardia Civil. El guardia de turno, Ramiro Matelo, un chiclayano, se había marchado sin dejar ningún aviso y la puerta estaba cerrada. Para abrirla, el Teniente apoyó la bicicleta contra el tabique.
– Pase usted y descanse un rato -rogó el oficial, haciendo media reverencia-. Podemos convidarle una gaseosa o un cafecito.
Era ya de noche. Adentro del local, mientras encendían las lámparas de parafina, estuvieron un momento en sombras, chocando contra las cosas. La chica esperaba, quieta, junto a la puerta. No, no tenía los ojos brillantes ni húmedos. No, no había llorado. Lituma veía su sombra esbelta dibujada contra la pizarra donde se clavaban los partes y comisiones del día y pensaba en el flaquito. Tenía el corazón encogido y un desasosiego enorme. «Esto que está pasando no me lo puedo creer», pensó. ¿Les había dicho todo esto sobre Palomino Molero aquella figurita inmóvil? La estaba viendo y, sin embargo, era como si la chica no estuviera allí ni hubiera dicho nada, como si todo fuera algo que él mismo inventaba.
– ¿No la cansó la caminata? -El Teniente estaba encendiendo el primus, en el que había siempre una tetera llena de agua-. Pásale una silla a la señorita, Lituma.
Alicia Mindreau se sentó a orillas del asiento que le alcanzó el guardia. Daba la espalda a la puerta de calle y a la lámpara de la entrada; su cara permanecía a media sombra y un nimbo amarillo circundaba su silueta. Así, parecía más churre de lo que era. ¿Estaría aún en el Colegio? En alguna casa de la vecindad freían algo. Una voz borrachosa canturreaba, lejos, algo sobre Paita.
– Qué esperas para servir una gaseosa a la señorita, Lituma -lo riñó el Teniente.
El guardia se apresuró a sacar una Pasteurina del balde lleno de agua donde tenían las botellas para que se conservaran frescas. La abrió y se la alargó, disculpándose:
No tenemos vasos ni cañitas. Tendrá que tomársela a pico de botella, nomás.
Ella recibió la Pasteurina y se la llevó a la boca como una autómata. ¿Era chifladita? ¿Estaría sufriendo en sus adentros y no podía manifestarlo? ¿Se la notaba tan rara porque, tratando de disimular, se volvía antinatural? A Lituma le pareció que la muchacha se había quedado hipnotizada. Era como si no se diera cuenta de que estaba allí con ellos ni se acordara de lo que les había contado. Lituma se sentía abochornado, incómodo,- viéndola tan seria, concentrada e inmóvil. Tuvo susto. ¿Y si el Coronel se presentaba de repente en el Puesto, con una patrulla, a tomarles cuentas por esta conversación con su hija?
– Tenga, tómese también este cafecito -dijo el Teniente. Le alcanzó la taza de latón en la que había echado una cucharada de café en polvo-. ¿Cuánta azúcar le pone? ¿Una, dos?
– ¿Qué le pasará a mi papá? -preguntó con brusquedad la muchacha. No había sobresalto en su voz sino como un relente de ira-. ¿Lo meterán en la cárcel? ¿Lo fusilarán por eso?
No había cogido la taza de latón y Lituma vio que su jefe se la llevaba a la boca y tomaba un largo trago. El Teniente se sentó, de costado, en una esquina de su escritorio. Afuera, el borracho, ahora, en lugar de cantar, desvariaba sobre el mismo tema: las rayas del mar de Paita. Decía que lo habían picado y que tenía una llaga en el pie. Buscaba una mujer compasiva que le chupara el veneno.
A su papá no le va a pasar nada -afirmó, negando con la cabeza, el Teniente Silva-. ¿Por qué le pasaría algo a él? Lo más seguro es que no le hagan nada. Ni piense en eso, señorita Alicia. ¿De veras no quiere una tacita de café? Me he tomado ésta, pero le preparo otra en un segundo.
«Se las sabe todas», pensó Lituma. «Es capaz de hacer hablar a un mudo.» Había ido retrocediendo discretamente hasta apoyarse en la pared. Veía, sesgado, el fino perfil de la muchacha, su naricilla solemne, calificadora, y entendió de repente a Palomino: no sería una belleza pero había algo fascinante, misterioso, algo que podía enloquecer a un hombre en esa carita fría. Sentía cosas contradictorias. Quería que el Teniente se saliera con la suya e hiciera decir a Alicia Mindreau todo lo que supiera; a la vez, no entendía por qué, le daba pena que esa chiquilla fuera a revelarles sus secretos. Era como si Alicia Mindreau estuviera cayendo en una trampa. Tenía ganas de salvarla. ¿Sería, de veras, chifladita?
– Al que tal vez le hagan pasar un mal rato es al celosito -insinuó el Teniente, como si estuviera muerto de pena-. A Ricardo Dufó, quiero decir. A Richard. ¿Le dirán Richard, no? Claro que los celos son un factor que, cualquier juez que conozca el corazón humano, consideraría un atenuante. En lo que a mí respecta, yo creo que los celos son siempre circunstancias atenuantes. Si un hombre quiere mucho a una hembrita, es celoso. Yo lo sé, señorita, porque sé lo que es el amor, y yo también soy muy celoso. Los celos perturban el juicio, no dejan razonar. Igualito que los tragos. Si su enamorado puede probar que le hizo lo que le hizo a Palomino Molero porque estaba obnubilado por los celos -ésa es la palabrita importante, clave, ob-nu-bi-la-do, recuérdela- puede que lo consideren irresponsable en el momento del crimen. Con un poco de suerte y una buena defensa, puede. O sea que tampoco por el celosito debe usted preocuparse mucho, señorita Mindreau.
Se llevó la taza de latón a la boca y sorbió ruidosamente el café. En la frente le había quedado el surco del quepis y Lituma no le podía ver los ojos, ocultos tras los cristales oscuros: sólo el bigotito, la boca y el mentón. Una vez le había preguntado: «¿Por qué no se quita los anteojos en la oscuridad, mi Teniente?» Y él le respondió, burlándose: «Para despistar, pues.»
– Yo no me preocupo -murmuró la muchacha-. Yo lo odio. Yo quisiera que le pasaran las peores cosas. Se lo digo en su cara todo el tiempo. Una vez, se fue y volvió con su revólver. Me dijo: «Se aprieta así, aquí. Tenlo. Si de veras me odias tanto; merezco que me mates. Hazlo, mátame.»
Hubo un largo silencio, entrecortado por el chisporroteo del sartén de la casa vecina y el monólogo confuso del borracho, que se alejaba ahora: nadie lo quería, entonces iría a ver a una bruja de Ayabaca, ella le curaría el pie herido, ay, ay, ay.
– Pero yo estoy seguro que usted es una persona de buen corazón, que usted no mataría nunca a nadie -afirmó el Teniente Silva.
– No se haga el estúpido más de lo que es -lo fulminó Alicia Mindreau. Su mentón vibraba y tenía las aletas de la nariz muy abiertas-. No se haga el imbécil tratándome como si fuera otra imbécil igual que usted. Por favor. Yo ya soy una persona grande.
– Perdóneme -tosió el Teniente Silva-. Es que no sabía qué decir. Lo que le he oído me muñequeó. Se lo digo con sinceridad.
– O sea que no sabe si estuvo enamorada de Palomino Molero -se oyó murmurar Lituma entre dientes-. ¿No lo llegó a querer, pues, ni un poquito?
– Lo llegué a querer más que un poquito -replicó la muchacha con presteza, sin volverse a mirar en la dirección del guardia. Tenía la cabeza fija y su furia parecía haberse evaporado tan rápido como nació. Miraba el vacío-: A Palito lo llegué a querer mucho. Si hubiéramos encontrado al Padre, en Amotape, me hubiera casado con él. Pero eso de enamorarse es asqueroso y lo nuestro no lo era. Era una cosa buena, bonita, más bien. ¿También usted se hace el idiota?
– Vaya preguntas que haces, Lituma -oyó murmurar a su jefe. Pero comprendió que no lo estaba reprendiendo; que, en realidad, no le hablaba a él. El comentario era parte de su táctica para seguir jalando la lengua de la muchacha-. ¿Tú crees que si la señorita no lo hubiera querido, se hubiera escapado con él? ¿O te crees que se la llevó a la fuerza?
Alicia Mindreau no dijo nada. En torno a las lámparas de parafina revoloteaban cada vez más insectos, zumbando. Ahora se oía, muy próxima, la resaca. Seguía subiendo la marea. Los pescadores estarían preparando las redes; Don Matías Querecotillo y sus dos ayudantes harían rodar El León de Talara hacia el mar, o remarían ya, más allá de los muelles. Deseó estar allá, con ellos, y no oyendo estas cosas. Y, sin embargo, se oyó susurrarle
– ¿Y su enamorado, entonces, señorita? -Mientras hablaba, le parecía hacer equilibrio en una cuerda floja.
– Su enamorado oficial, querrás decir -lo corrigió el Teniente. Dulcificó la voz al dirigirse a ella-: Porque, ya que usted lo llegó a querer a Palomino Molero, me imagino que el Teniente Dufó sería sólo eso. Un enamorado oficial, para cubrir las apariencias delante de su papá. ¿Nada más que eso, un biombo, no?
– Sí -asintió la muchacha, moviendo la cabeza.
– Para que su papá no se diera cuenta de sus amores con Palomino Molero -prosiguió escarbando el Teniente-. Ya que, por supuesto, al Coronel no le haría ninguna gracia que su hija tuviera amores con un avionero.
A Lituma, el zumbido de los insectos que chocaban contra las lámparas lo crispaba igual que, antes, el chirrido de la bicicleta.
– ¿Él se enroló sólo para estar cerca de usted? -se oyó decir. Se dio cuenta que esta vez no había disimulado: su voz estaba impregnada de la inmensa pena que le inspiraba el flaquito. ¿Qué había visto en esta muchacha medio loca? ¿Sólo que era de familia encumbrada, que era blanquita? ¿O lo hechizó su humor cambiante, esos increíbles raptos que la hacían pasar en segundos de la furia a la indiferencia?
– El pobre celosito no entendería nada -reflexionó en voz alta el Teniente. Estaba prendiendo un cigarro-. Cuando empezó a entender; se lo comieron los celos. Se ob-nu-bi-ló, sí señor. Hizo lo que hizo y, medio loco de susto, de arrepentimiento, fue donde usted. Llorando: «Soy un asesino, Alicita. Torturé y maté al avionero con el que te escapaste.» Usted se lo increpó, le hizo saber que. nunca lo había querido, que lo odiaba. Y, entonces, él trajo su revólver y le dijo: «Mátame.» Pero usted no lo hizo. Tras los cuernos vinieron los palos, para Richard Dufó. Encima, el Coronel le prohibió que volviera a verla. Porque, claro, un yerno asesino era tan impresentable como un cholito de Castilla y, de remate, avionero. ¡Pobre celosito! Bueno, tengo la historia completa. ¿Me equivoqué en algo, señorita?
– Jajá -se rió ella-. Se equivocó en todo.
– Ya lo sé, me equivoqué a propósito -asintió el Teniente, humeando-. Corríjame, pues.
¿Se había reído ella? Sí, con una risita breve, ferozmente burlona. Ahora estaba seria de nuevo, sentada muy tiesa a la orilla del asiento,, con las rodillas juntas. Sus bracitos eran tan delgados que Lituma hubiera podido circuirlos con dos dedos de una mano. Así, medio en la sombra, con ese cuerpito espigado, filiforme, se la podía tomar por un muchacho. Y, sin embargo, era una mujercita. Ya había conocido hombre. Trató de verla desnuda, temblando en bazos de Palomino Molero, tumbada en un camastro de Amotape, o acaso sobre una estera, en la arena. Enroscaba sus bracitos alrededor del cuello de Palomino, abría la boca, las piernas, gemía. No, imposible. No la veía. En la interminable pausa, el zumbido de los insectos se hizo ensordecedor.
– El que me trajo el revólver y dijo que lo matara fue mi papá -añadió la chica de corrido-. ¿Qué le van a hacer?
– Nada -balbuceó precipitado el Teniente Silva, como si se hubiera atorado-. Nadie le va a hacer nada a su papá.
Ella tuvo otro arrebato de ira:
– Quiere decir que no hay justicia -exclamó-. Porque a él debieran meterlo a la cárcel, matarlo, pero nadie se atreve. Claro, quién se va a atrever.
Lituma se había puesto rígido. Sentía a su jefe también tenso, anhelante, como si estuvieran oyendo el ronquido de, las entrañas de la tierra que anuncia el temblor.
– Quiero tomar algo caliente, aunque sea ese café -dijo la muchacha, cambiando una vez más de tono. Ahora hablaba sin dramatismo, como chismeando con amigas-.Me ha dado frío ó no sé qué.
– Es que hace frío -se atolondró el Teniente Silva. Dos veces repitió, asintiendo, con movimientos de cabeza innecesariamente enérgicos-: Hace frío, hace.
Demoró buen rato en ponerse de pie y cuando lo hizo y se dirigió al Primus, Lituma advirtió su torpeza y lentitud. Se movía como borracho. Ahora se había muñequeado, no antes. También él estaba atolondrado con lo que acababa de oír. Forzándose, pensaba siempre en lo mismo. ¿O sea que, después de todo, pese a que decía que el amor era asqueroso, se había enamorado de Palomino Molero? ¿Qué adefesio era ese de considerar que enamorarse era asqueroso y querer no? A él también le había dado frío. Qué bueno hubiera sido tomarse un cafecito caliente, como el que su jefe le estaba preparando a la muchacha. Lituma veía, en el cono de luz verdosa de la lámpara, la lentitud con que las manos del Teniente vertían el agua, echaban las cucharaditas de café en polvo, el azúcar. Como si no estuviera seguro de que los dedos le fueran a responder. Vino hacia la muchacha con la taza cogida entre las dos manos, sin hacer ruido, y se la alcanzó. Alicia Mindreau se la llevó a la boca en el acto y bebió un trago, alzando la cabeza. Lituma vio sus ojos, en el frágil, vacilante resplandor. Secos, negros, duros y adultos, en esa delicada cara dé niña.
– O sea que… -murmuró el Teniente, tan despacio que Lituma apenas podía oírlo. Había vuelto a sentarse en la esquina de su mesa y tenía una pierna apoyada en el suelo y otra balanceándose. Hizo una larga pausa y añadió, con timidez-: O sea que ese al que odia, ese al que le desea las peores cosas, no es el Teniente Dufó sino…
No se atrevió a terminar. Lituma vio que la muchacha asentía, sin la menor vacilación.
– Se arrodilla como un perro y me besa los pies -la oyó exclamar, con la voz alterada por uno de esos intempestivos ramalazos de furia-. El amor no tiene fronteras, dice. El mundo no entendería. La sangre llama a la sangre, dice. El amor es el amor, un huayco que arrastra todo. Cuando dice eso, cuando hace esas cosas, cuando llora y me pide perdón, lo odio. Quisiera que le pasaran las peores cosas.
La calló una radio, a todo volumen. La voz del locutor era atropellada, hiriente, con interferencias, y Lituma no entendió palabra de lo que decía. La reemplazó el baile de moda, «el bote», que estaba derrotando a la huaracha en las preferencias de los talareños:
«Mira esos pollos que están en la esquinaaaa…
Que ni siquiera me quieren miraaaar…»
El guardia sintió un acceso de rabia contra el remoto cantante, contra quien había encendido el aparato de radio, contra «el bote» y hasta contra sí mismo. «Por eso dice que es asqueroso», pensó. «Por eso separa enamorarse de querer» Hubo una larga pausa, ocupada por la música. Otra vez Alicia Mindreau aparecía tranquila, olvidada de su furia de hacía un instante. Su cabecita seguía levemente el compás del «bote» y miraba al Teniente como esperando algo.
– Ahora acabo de saber una cosa -oyó decir a su jefe, muy despacio.
La muchacha se puso de pie:
– Ya me voy. Se me ha hecho tarde.
– Ahora acabo de saber que fue usted quien nos dejó el anónimo, aquí en la puerta -añadió el Teniente-. Aconsejándonos que fuéramos a Amotape a preguntarle a la señora Lupe qué le había pasado a Palomino Molero
– Me debe estar buscando por todas partes -dijo la muchacha, como si no hubiera oído al Teniente. En su vocecita, metamorfoseada de nuevo, Lituma descubrió ese acento travieso y burlón que era lo más simpático, o lo menos antipático, que había en ella; cuando hablaba así parecía en verdad lo que era, una chiquilla, y no, como un momento antes, una mujer adulta y terrible con cara y cuerpo de niña-. Habrá mandado al chofer, a los avioneros, a las casas de la Base, a las casas de los gringos, al Club, al cine. Se asusta cada vez que me demoro. Cree que me voy a escapar de nuevo, jajá…
– O sea que había sido usted -añadía todavía el Teniente Silva-. Bueno, aunque un poco tarde, muchas gracias, señorita Mindreau. Si no hubiera sido por esa ayudita, todavía andaríamos en babia.
– El único sitio donde no se le ocurriría que estoy es la Comisaría -prosiguió la muchacha-. Jajá.
¿Se había reído? Sí, se había. Pero esta vez sin sarcasmo, sin ofensa. Una risita rápida, pícara, de churre palomilla. Era chifladita, por supuesto, qué iba a ser si no. Pero la duda atormentaba a Lituma y a cada segundo se daba respuestas contrarias. Sí, era; no, qué iba a ser, se hacía.
– Claro, claro -susurraba el Teniente. Tosió, aclarándose la garganta, arrojó la colilla al suelo y la pisó-. Aquí estamos para proteger a la gente. Y a usted más que nadie, por supuesto, siempre que nos lo pida.
– No necesito que nadie me proteja -replicó, secamente, la muchacha-. A mí me protege mi papá y él basta y sobra.
Estiró con tanta fuerza hacia el Teniente la taza de latón en que había tomado café que unas gotitas sobrantes salpicaron la camisa del oficial. Éste se apuró a coger la taza.
– ¿Quiere que la acompañemos hasta la Base? -preguntó.
– No, no quiero -dijo ella.
Lituma la vio salir rápidamente a la calle. Su silueta se retrató en la difusa claridad exterior, mientras se montaba en la bicicleta: La vio partir, pedaleando, oyó un timbrazo, la vio desaparecer haciendo eses en el fondo de la callecita desigual, sin pavimento.
El oficial y el guardia permanecieron en el mismo sitio, callados. Ahora, la música había cesado y otra vez se oía, como una ametralladora trepidante, la espantosa voz del locutor.
– Si no hubieran prendido esa radio concha de su madre, la chiquilla seguiría hablando -gruñó Lituma-. Sabe Dios qué cosas más nos hubiera dicho.
– Si no nos apuramos, mi gordita nos va a dejar sin comer -lo interrumpió el Teniente, incorporándose. Lo vio calarse el quepis-. Vamos de una vez, Lituma, a llenar la panza. Estas cosas a mí me abren el apetito. ¿A ti, no?
Había dicho una cojudez, porque la fonda se quedaba abierta hasta la medianoche y debían ser apenas las ocho. Pero Lituma comprendió que su jefe había dicho eso para decir algo, que había hecho una broma para no estar callado, porque debía sentirse tan raro y revuelto como él. Recogió la botella de Pasteurina que Alicia Mindreau había dejado en el suelo y la echó al costal de botellas vacías que el Borrao Salinas, botellero y ropavejero, venía a comprar cada fin de semana. Salieron, cerrando la puerta del Puesto. El Teniente masculló que dónde se había mandado mudar el guardia de servicio, que ahora, en castigo, acuartelaría a Ramiro Matelo sábado y domingo.
Había luna llena. La luz azulada del cielo iluminaba clarito la calle. Caminaron en silencio, respondiendo con las manos y movimientos de cabeza a las buenas noches de las familias congregadas en las puertas de las casas. A lo lejos se oía el parlante del cine, unas voces mexicanas, un llanto de mujer, y, como música de fondo, el ronroneo de la resaca.
– Te habrás quedado medio cojudo con lo que has oído, ¿no, Lituma?
– Sí, medio cojudo me he quedado -asintió el guardia.
– Ya te dije que en este trabajo aprenderías cada cosa, Lituma.
– Pues está siendo verdad la profecía, mi Teniente.
En la fonda, había seis personas comiendo, todas conocidas. Cambiaron venias y saludos con ellas, pero el Teniente Silva y Lituma se sentaron en una mesa aparte. Doña Adriana trajo una sopa de menestras y pescado y, más que ponérselos delante, les aventó los platos, sin responder a sus buenas noches. Tenía la cara enfurruñada. Cuando el Teniente Silva le preguntó si se sentía mal, por qué ese mal humor, ladró:
– ¿Se puede saber que hacía en el peñón de los cangrejos esta tarde, pedazo de vivo?
– Me pasaron la voz que iba a haber un desembarco de contrabandistas -respondió el Teniente Silva, sin pestañear.
– Un día va usted a pagar todas esas gracias, se lo advierto.
– Gracias por la advertencia -le sonrió el Teniente, frunciendo los labios con obscenidad y mandándole un beso-. Mamacita rrrrica.