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Fabricar sueños con la vida
y tejer vida con los sueños.
J. L. Vaudoyer
Los que en atención a mi ancianidad, al usar extremada benevolencia y caridad, llegan a señalarme como santo, desconocen que antes de sentir vanagloria por mi presente, lloro con amargura por el tiempo perdido, las energías dilapidadas, el despilfarro de una vida en contravención de los Mandamientos, que ya nunca podré recuperar.
Tan temeroso de Dios me siento ahora como respetuoso conmigo mismo, pues la vida me enseñó ambos sentimientos como inseparables. Y duele en lo más íntimo del alma que mi falta de humildad me niegue la ventura de comportarme como el siervo de los siervos. Apenas puedo imaginar que otrora fuera mi estupidez tanta que pecara por hablador empedernido, pues que mis palabras y mis obras resultaban el peor ejemplo para los que a mí acudían. Y aun inspirado por los mejores deseos, que duermen siempre en el fondo del alma como un anhelo de perfección, jamás obré como me propuse, sino como Dios dispuso, para que mi soberbia fuera humillada.
Algún tiempo permanecí juramentado de guardar silencio. En más de una ocasión, no obstante, hube de quebrantarlo por lo que consideraba deber, en evitación de grave daño para otros. Aun cuando comprendiese después que sólo eran justificaciones de mi debilidad. Mas es ahora llegado el momento, tras profunda meditación, de no perder el tesoro de experiencia acumulada con los años y las andanzas, provechosa para los venideros hombres, según entiendo. Y como tal la escribo, juzgando que mi Señor quedará servido de cuanto haga para que redunde en beneficio de sus criaturas. Pues promesa hice de unir esta mi historia a la de mis señores, Avengeray y el príncipe Haziel, en que relatan sus particulares aventuras, que las tres son una completa, para que sirvan de ejemplo.
Tanto más tranquila queda mi conciencia que al convertirme en escribidor no quebranto mi servidumbre. Pues prometí no hablar, aunque faltase con harta frecuencia para vergüenza mía, pero de escribir no medió pensamiento ni intención.
Cuando miro hacia mis años pasados véome como charlatán de feria que derrama su palabra en una torrentera salvaje, que más sirve de narcótico del entendimiento que de sano ejercicio inteligente; glotón de andorga redondeada que más correspondía a un timbalero que a un galán, para no escapar de la gula; impenitente cazador furtivo de mujeres, fueran mozas de figón o posada, sin distinguir para el caso si era camarera o milady, que jamás levanté reparos a la ocasión.
Me aterra pensar en el momento en que mi Dios me exija cuenta del uso que hice de la palabra. Embaucador de ingenuos fui ante aquellos que más atención prestaban ociosamente a mi secreta historia que al significado de las palabras, mientras apuraban las jarras por mí pagadas. Comía con ellos para ahuyentar el tedio y, en presentándose, cabalgaba bajo doseles y baldaquinos; me fingía criado cuando era propio, otras veces señor, sobre los camastros, jergones y pajares, buscando siempre fastidiar al prójimo como secreta venganza; que no iba a soportar en mi soledad el displacer que otros me causaban, pues al haber perdido lo que ansiaba despertábase mi resentimiento, aunque lo disimulase, y al no poder vengarme contra los causantes abusaba de los que no habían culpa. Que a tanto llega la ruindad.
En las treinta jornadas crecidas que reclamaba el condado para dejarse pisar, ningún prójimo ignoraba que fui alumbrado por una rolliza posadera que acabó trocando la posada por el castillo, pues bien encelado mantenía al conde, mi padre, por el buen oficio que le desempeñaba en la alcoba.
Gustaba visitarla en cuarto creciente, que era cuando más alta sentía la fiebre, y debía de encontrar con ella remedio santo, pues volvía encalmado. Entonces abundaban los trozos de carne con que regalaba a los mastines.
Del conde decía su físico que era lunático y el influjo de las fases le inducía a consecuencias extrañas. Y no era mala receta, pues de tal modo cuanto hiciera, además de por las ballestas y lanzas de sus soldados, quedaba sancionado por la vía de la ciencia. Que nunca fue mal justificante. Y nadie iba a ser tan osado que le contradijera cuando en callar le iba la vida.
Por grande que sea mi esfuerzo, profunda la concentración, constante el empeño, no he hallado momento en mi vida en que pueda enorgullecerme de mi progenitor. Pues jamás el conde se comportó como un padre.
Hasta su muerte le serví como paje y bufón primero, sintiéndome afortunado por excluirme de los puntapiés tan pródigamente distribuidos entre coperos y criados, y aun alcanzaban a los perros cuantos sobraban, pues la cantidad se correspondía siempre con el enojo.
De mayor me tuvo por escudero, y recorrimos el reino de justas en torneos, que en cada corte se disputaban por los santos patronos, fuera San Edelfindo o Santa Melfrisa, o bien por cumpleaños de bodas reales, por fastos dignos de señalarse y celebrarse, y hasta para que el juicio de Dios dictaminase sobre el honor entredicho de alguna dama venal o no, cuando dos caballeros dilucidaban en combate la querella, dejando lavado con su sangre el honor y la injuria.
Tuviera así ocasión de conocer las cien cortes y adiestrarme en el mundo de la caballería, lo que para disimular mi origen me servía, que mejor eres si bien pareces. Y aunque mis damas fueron doncellas y sirvientas de cámara o cocina, tan bien las trataba que en mi compañía soñaban convertirse en señoras principales, y ello era causa de que me aguardasen siempre mayor número de las que alcanzaba a visitar.
Escogió mi padre un cuarto creciente aciago en que el físico andaba ajeno por el descampado persiguiendo luciérnagas con la pretensión de averiguarles el uso que daban al farolillo, para abusar una noche de la pina escalera de caracol, áspera como una penitencia, tan estrecha que le permitía apoyar los codos en las paredes para ayudarse, pues las tres alcobas que visitó le cogían desparejas: la una en lo alto del torreón, la otra en el sótano y la tercera en el almenar del contrafuerte. Semejante arrebato, después de devorar dos ancas de ciervo y tres azumbres de buen vino Tornay, que era fama levantaba el espíritu de los muertos. El pobre, Dios le haya acogido con benevolencia, al no tener a mano un barbero que le sangrara cuando le tomó el ahogo subiendo aquellos peldaños asesinos, vino en tornarse rojo, después morado, hasta acabar amarillo de cera y rígido, pues doblegarse no lo hizo ni después de muerto.
Como no había lugar para que le llorase, me preocupaba de lo que sería mi porvenir, incierto y tenebroso, por lo que llegué a lamentar su desaparición. Y no fue por cariño. Mas al cabo la incógnita me la despejó el testamento. De mis dos hermanos se confirmó la sucesión al título y posesiones al primero, nuevo conde Montfullbriey; el segundo legítimo vino en ser nombrado cardenal. Procedió según costumbre, pues jamás tuvo una idea original. Y cuando me temía que la misma consideración tuviera para mí que la que se usaba con los bastardos, cual era ignorarlos, me sorprendió con un otrosí que rezaba: «Mando que al tercerón se le paguen de renta quinientos dineros de oro cada luna nueva y se le niegue el nombre y regalías».
Era opinión entre siervos y villanos, que ni siquiera podían imaginar cuánto representaba aquella moneda, que mi renta alcanzaba para llevar vida de señor, y así me consideraron desde entonces. Y aunque todos eran sabedores de mi bastardía, los dineros implicaban un reconocimiento tácito por parte de mi señor padre difunto, todo lo cual les llenaba de confusión y vacilaban qué nombre darme, pues cierto que la opinión del antiguo conde quedaba reconocida, pero todavía ignoraban el parecer de su nuevo señor.
No importaba. Tratábales por compañeros, que al fin ninguna diferencia era apreciable entre nosotros, ya que muchos de ellos tenían legitimado el origen; les sentaba a mi mesa en la taberna y en la posada, convertidas ahora en mi castillo, comportándome como el faraute que era, ya que nunca me dejó mi padre ser otra cosa. El cual al negarme nombre y regalías me transformó en rey, ya que los hombres y las mujeres voluntariamente se convertían en mis vasallos, según se esforzaban en contentarme y rodearme en corte, haciéndoseme más necesario a veces dejarlos que llamarlos.
Alguna influencia lunar debió de quedarme por herencia junto con los dineros, pues a ninguna moza de buen tomar le quedaban ocultos lunares que no le conociera. Cuantas residían en diez jornadas a la redonda aguardaban verme aparecer por aquella ruta que tan sabida me resultaba.
Los posaderos se sentían honrados acogiéndome, y el raudal de su vino se derramaba al empuje de mis dineros. Pues la fiesta siempre estaba bien concurrida, ya que nadie desconocía mi llegada. Y cuando yacían todos borrachos sobre las mesas y el suelo, continuaba en la alcoba, donde todas las mozas de la posada se esforzaban en complacerme, animadas sin duda por los gentiles posaderos, que se desvivían para dar bocados a mi bolsa. Y si escaseaban allí donde iba no había dificultad en llevarlas conmigo, para descubrir juntos ocasiones nuevas y lugares propios, como aquella bodega, que era fama encerraba el más rico tesoro del reino, custodiado por un celoso y experto cancerbero.
Rudo resultaba el bodeguero Puercovín. La única virtud reconocida era poseer aquella prodigiosa gruta poblada de olientes odres y panzudos toneles, verdadera morada de los dioses gustadores del agraz y el embocado, cuya visita negaba a los puros porfiadores, pues proclamaba que jamás los cerdos debían pisar el templo. Ignoro en qué casilla me tendría clasificado, mas cierto era que mis dineros le ablandaban, que a tan espléndido caballero y fino catador correspondía honrarle; se mostraba reverencioso cuando alcanzaba ganancia, mientras humillaba la frente y se embolsaba el oro.
Descendía a la cueva acompañado de las mozas gallardas y reidoras, destripando la ambrosía contenida en los ventrudos cuencos, y cuando las deleitosas tragantadas rebosaban el vino, lo derramaba por entre los senos de las mozas, tan remontados algunos que se saltaban desbocados el escote. Y como Puercovín lloriqueaba desesperado -pues su tosquedad se tornaba en sensiblería cuando de su vino se trataba-, con lamentos de que no merecía el suelo, húmedo y oloroso de tierra roja de mantillo de roble, una sola gota de aquel aloquillo pintón, para evitarle el sufrimiento lo recogía entonces con la boca, mientras se incrementaban las risas de mis bacantes, que me ofrecían sus orondas tetas descubiertas para que les sorbiese el caldillo que por ellas resbalaba. Y tal era el entusiasmo de algunas que me presionaban la cabeza, y al hundirme me faltaba el aliento, con lo que al separarme para tragar ansioso el aire aumentaba la fiesta y porfiaban cada una en hacerme boquear más recio.
Cuidaban mucho de ensalzarme las virtudes que ellas apreciaban, mas sabía yo que me acompañaban al tintín de los dinerillos, que otro fuera el paje si no mediara el oro. Pero disimulaba, pues, ¿qué me importaba si me ofrecían cuanto pudiera solicitarles? Decían ellas que otro más bravo y aguantador no conocían, pues les bramaba como tormenta hasta adormecerme por el cansancio y el agotamiento final.
Más prolongado hubiera sido el disfrute de los plazos si me requirieran algún esfuerzo. No así, y el transcurso de los años me generó empacho, a cuyo amparo nació en mí un sentimiento vano, un vacío en el alma que ya no se colmaba con las compañías, ni con mujeres jóvenes, ni con cualquier inventada orgía. Mi ansiedad se convertía con el tiempo en más profunda y tensa, hasta ganarme una desazón general que acabó sumergiéndome en dudas e infinitos anhelos, mas no acertaba a definir aquella desconocida sensación insatisfecha.
Nunca antes reparara en los frailes, a los que en principio juzgaba enfadosos, después divertidos por aquel empeño en censurarme una vez que hube perdido la protección del conde, mi padre, que antes no se atrevieran, y cierto que encontraba burlesca la señal de la cruz y el vade retro con que me señalaban. Que nunca distinguí si me era dirigido en exclusiva o alcanzaba a la compañía de mujeres y hombres. Aun cuando todavía importaba menos a mis amigos, a los que sólo les acrecentaba la risa y la burla. Y yo acababa invitándoles a acompañarnos, pues mis fiestas abiertas estuvieron siempre a cuantos llegaban; me divertía verles retirarse, apresurados, invocando protección con ensalmos y latines, mientras me exorcizaban como a demonio.
Mas el espíritu taladra la materia como la gota de agua a la roca. Acabaron triunfantes. Y la razón me es ahora evidente: viven asidos al tiempo inmutable y se suceden como los granos de arena en el reloj; ninguno cambia ni se pierde, encuéntrense arriba o abajo. Mientras que entre mis dedos escurría la arena de la vida en una huida sin retorno.
Hasta que ojos y entendimiento se me fueron inundando con la parla de los monjes negros. Más iluminados nunca conociera otros. Insistiéronme en que fijara el alma en lo divino y despreciase el mundo vano. Y aunque no comprendía al principio, sin desentenderme totalmente de mis aficiones, que día a día se me presentaban más pesadas, en una temporada dime en cavilar sobre mi destino incierto. Mis dudas concluyeron un buen día mediante un aldabonazo en la puerta del monasterio más cercano: entre guerrero y fraile, que tal era mi alternativa, me acogí al sagrado y a la cogulla. Me pareció mayor el porvenir.
Gozosa me era la beatitud de mis hermanos frailes. Placentera la paz conseguida, el discurrir de los días consagrados al servicio de Nuestro Señor, alabando su Gloria. Aunque el cambio me resultase duro, pues de sobrarme tiempo y descanso andaba ahora peleando con el sueño, enredado con los nocturnos, levantándome a la media noche para bregar con los siete salmos, y por si faltaban se añadía otro más por la casa real, seguíanle maitines y laudes por los difuntos y por Todos los Santos, misereres y antífonas, vísperas y completas, retiros y capitulares, letanías y lecturas, que apenas quedaba tiempo para el trabajo, y además, como ayunar era obligatorio, al no haber con qué comer se combatía el hambre rezando.
Al fin, me descubrió el enemigo y comenzó un ataque sañudo, vengándose de que le hubiera abandonado -según se consolaba el prior-, pues siendo encendida mi devoción, tanto más violento era el ataque cuanta más calidad hallaban en el cristiano.
Tan espesa cohorte formaban a veces en derredor que no quedaba entre ellos espacio, y su presión me llevaba a desfallecimientos de espíritu y angustias de corazón. Pero nunca me faltaba el consuelo cierto de nuestro santo prior, quien se los conocía de antiguo, pues que soportaba él tan abundante cortejo demoníaco -compañía que nadie osara envidiarle-, siempre presidido por Meliar, al que los suyos intitulaban de abad, pues le estaban sometidas setenta y dos legiones, cada una compuesta de seis mil y seiscientos sesenta y seis que hacían en total cuatrocientos setenta y nueve mil y novecientos cincuenta y tres diablos, ya que Meliar estaba de non, cada legión albergada en el cuerpo de un monje y Meliar en el del santo prior, pues era muy respetuoso con las jerarquías.
Tanta era la soberbia de aquella hueste que para convencerme, y así pudiera juzgar por experiencia, me levantó el prior antes de nocturnos; encontramos que mientras los monjes permanecían en el sueño, reuníanse los demonios a capítulo en la sacristía, donde hacían divertimento con la parodia de imitarnos, contando al su abad Meliar las muchas argucias usadas para turbarnos las conciencias.
Afrentoso en verdad resultaba contemplar aquella multitud satánica compuesta de pequeños monos gesticulantes que batían palmas para incrementar la algarabía, retorciéndose con la promiscuidad de una espuerta de anguilas, con la piel rugosa y escamada de los lagartos. Pero no era fija su figuración sino cambiante; se transformaban sin cesar en mil composturas de simios, de cuervos y de cabritos, ciervos y cabrones, moruecos y unicornios, dragones espantosos y hasta dulces doncellas lascivas, con lo que de tal zarabanda resultaba un contraste curioso que, a las veces, causaba también pavor.
Meliar llegaba hasta el paroxismo, pues para algo era jefe y maestro de demonios, en la provocación a nuestro santo prior, cuya virtud, decía, resultaba perfecta porque era él su morador, y así le dirigía e inspiraba, que no en vano se hallaba poseído de naturaleza angélica y era, reconocido, cabecilla expulsado de los cielos por la espada flamígera del arcángel justo.
Confortábame el santo prior diciendo que me moraba una legión de especialistas, siendo ello un honor antes que vergüenza, y que cada uno de los seis mil y seiscientos y sesenta y seis me provocaba de modo diferente. Así me hinchaban los ojos cuando cumplía oficio de lector, me picaban como si estuviera comido de piojos y pulgas, que también son hijos de Dios, con lo que perdía el sosiego mientras rezaba, me estrangulaban otros la voz para que desafinase en el servicio, y hasta alguno me atacaba por la risa convulsa. Tampoco faltaba quien me excitase con los malos pensamientos, motivo de gran confusión, tanto más cuanto me hacían malinterpretar las santas reglas de nuestra sagrada orden, que llegaba a aplicarlas torcidas, lo que me sumía en desesperanza, por lo enfadoso que le estaba resultando a la comunidad. Pienso, para mí, si sería posible que en solitario nuestro prior mantuviese una entente con Meliar, pues entre señores ocurre diferente que entre villanos. Cuando se me acercaba, convertíase en blanco preferido de mis particulares y especiales moradores, para rechazarle y ahuyentarle, pues sentía que piojos y pulgas le arrancaban la carne hasta dejarle los huesos mondos, tan crudamente que persistencia tal no era sufrida por ningún otro monje, aunque ya cada uno procuraba guardarme la distancia. Con lo que juzgó acertado desistir y me daba vueltas cuando le requería consejo, convencido sin duda de que era yo pieza preferida a la que no convenía acercarse ni disputársela a los demonios, todo por bien de la paz y el sosiego de la comunidad.
Toda la suma de mis desventuras me convirtió en enojo declarado para mis hermanos, y de nada servía la señal de la cruz de todos ellos, tan inútiles como las que me dedicaba el santo prior, que me las aplicaba a destajo, tanto que Meliar debía de reírse en su cuerpo y tendría ordenado, a juzgar por los resultados, que los legionarios no me abandonasen ni se sometieran a la santiguada, antes bien, continuaran con mayor coraje.
Tan prolongado acoso debía tener una culminación, y la llevaron a efecto sacándome un día del monasterio sin que el hermano guardián se apercibiese; me colocaron sobre un mulo al que estimularon mediante un ramo de ortigas bajo el rabo, con lo que no se detuvo mientras le quedaron fuerzas, y no las consumió tanto en la carrera como en las corcovas con las que iba salpicándola.
Cuando me fue posible regresar al sagrado habían transcurrido tres días. Notaron mis hermanos que, en el entretanto, el enemigo parecía haberles concedido una tregua, con lo que bien descansados se ocupaban en ofrecer sus oraciones con la intención de que no encontrase el camino de vuelta.
Preocupado por el beneficio de la comunidad, y hasta no sé si bajo la inspiración del abad Meliar, que parecía profesarme especial cuidado, nuestro santo prior me mandó salir al mundo de alforjero, haciendo alabanza sobre mis especiales dotes mundanas, que aumentarían la provisión de limosnas, que las buenas almas nos proporcionaban para que perseverásemos en los caminos que conducen al cielo, ya que sus dádivas les representaban avanzar con nosotros un trecho en la salvación. Y quién sabe si el Señor me tendría reservado para aquel menester comunitario, tan importante como el que más, y aun pensaba que mucho más que otros que pasaban por distinguidos, puesto que las virtudes que me tenía concedidas apuntaban a ello. Y en nada se es más útil, persistía el prior, que en aquello para lo que se es creado.
Tan persuasivo llegaba a ser el acento, tan fervoroso el cuidado, tan caritativo el encargo, que me olvidé de Meliar y puse mi celo en el cumplimiento.
Primero fue sorpresa y después celebración, cuando mis antiguos compañeros del mundo acertaron a descubrirme en la primera posada donde me recogí para pasar la noche, pues manifestaban que mi ausencia les privara de felicidad, pensando ahora recuperarla pese al hábito y las alforjas de muy buen tamaño con que me acompañaba.
No pude menos que congratularme de tales muestras de bienvenida. Con lo que la ocasión de hablar, comer y enamorar se me brindaba mejor que antaño, pugnando otra vez todos por lograr mis consejos, comer en mi mesa y dormir en mi catre, pues mi caridad de fraile no me permitía, ahora menos que nunca, despedir ni rechazar a cuantos acudían reclamándome el consuelo de mi palabra, la reunión obsequiosa de la mesa, ni siquiera la santa compañía de las mozas garridas -antes por consolarlas en sus desgracias que por otro sentimiento-, pues más lo necesitaban que todos los demás. Y si algunas eran verdaderos demonios, el cambio me favorecía.
Tan presto se propagó la nueva que inundaron la posada, y hasta los furtivos acudieron para obsequiarnos con piezas cobradas en los cazaderos del conde, mi hermanastro, que pronto paraban en los asadores. Volvía a escanciar el vino más añejo de la bodega, pues siendo la ocasión solemne no se regateaba la alegría, siete días puestas las mesas a manteles repletas de viandas y jarras de buen caldo, para que no faltase a cualquier hora, y así la romería no tenía fin.
Rivalizaban las mozas por la noche; unas acudían en solitario, las otras en tropel, temerosas de que el rigor de la orden hubiera mermado mi reconocido y famoso furor de antaño, y encontraron con alborozo que antes bien los años de abstinencia me vigorizaron y cumplidamente podía recuperarse lo perdido.
Para que la feria continuase, cuidaban ellos mismos de reunir limosnas, y repletos los costales, alforjas y talegas, cargaban el mulo y lo encaminaban al monasterio donde siempre era recibido con alabanzas. Y tanto era el provecho de las continuas entregas de mis compañeros, que los frailes brillaban de lucidos y me enviaban parabienes y bendiciones, pues pensaban que al contentarme aseguraban que su barriga no disminuyera de volumen, con lo que se les alzaba la cogulla por delante y les obligaba a caminar con las piernas separadas y los pies abiertos, mientras iba yo quedando enmagrecido y con el ánimo fláccido conforme el vigor acumulado en el encierro ibanmelo consumiendo entre todos.
Antes de transcurrido un año completo batí de nuevo el aldabón. Más bien era una llamada de angustia, según me encontraba. Acudió el hermano portero y no disimuló la grata sorpresa de hallarme, mas fue un primer instante ya que pronto perdió la complacencia. Tomó displicente la rienda e introdujo el mulo con su carga, murmurando que me quedase en la puerta a resultas de lo que dispusiese el prior, puesto que nada entraba ni salía sin su consentimiento. Cuya decisión, por boca del guardián, consistía en que, siendo evidente la voluntad del Señor al dotarme para alforjero, a fin de cumplir su voluntad y con sujeción a la obediencia debida a mi superior y al cumplimiento de la disciplina de la regla, reanudase la colecta de limosnas y ayudase a la comunidad desde fuera. Y me enviaba sus bendiciones.
Como ya me trajera dispuesta una decisión le mandé de vuelta comunicándole se buscase otro alforjero, pues éste se le declaraba eremita y marchaba a ocultarse del mundo en el lugar más solitario. Y no le agregué, para que no se le burlase Meliar, que sin ello ya le causaría enojos, que había jurado no volver a procurarme jamás ocasión de mujeres y guardar silencio, pues de tan prolija y vana palabrería me sobrevinieron siempre las desgracias.
Hallé el lugar solitario tan cabal como pensaba, seguro que alma alguna daría conmigo, apartado en un profundo bosque, al pie de pedregosa montaña, que en su seno me ofreció el seguro refugio de una gruta.
Cuan placentera me resultó la soledad, con sólo el rumor de las hojas, el trino de los pájaros, el murmullo del arroyuelo, el espejeo de la laguna donde se reflejaban las flores y las nubes. Árboles y arbustos me regalaban con sus frutos y me proveían de alimento frugal, que iba almacenando en la gruta. Le añadía la fineza del néctar de alguna colmena descubierta en el hueco de los añosos troncos. Y cuan deleitoso encontraba el transcurso de los días, contemplando en torno mío la gloria de Nuestro Señor, al que agradecía sus dádivas y benevolencias ocupando mi espíritu en larga y santa oración, rogándole por el mundo y ofreciéndole mi modesto sacrificio por el perdón de mis pecados y la salvación de mi prójimo.
Sentíame el más feliz entre todos los mortales cuando una mañana, al penetrar en la cueva para descargar una pesada espuerta rebosante de frutos, pues era época de recolección, me saludó la voz meliflua del buen Benito, cuyas personales vibraciones ya casi tenía olvidadas, capitán de mi particular legión de diablejos que se me aposentaran en los primeros tiempos del convento y creía ya alejados para siempre. ¡Vaya por Dios!, que allí lo tenía de nuevo conmigo, en una espera sonriente -la complacencia se le reflejaba en el rostro-, afectuoso y cordial, con la alegría del que encuentra a un viejo y querido amigo de otros tiempos. Y aunque le repliqué receloso no pareció inmutarse, pues no me olvidaba nunca -me decía-, sino que al dejarme bien encauzado luego de sacarme del convento -aún le divertía el recuerdo de la jugarreta del mulo-, se mantuvo ocupado con otros descarriados que porfiaban en perder salud y vida con cilicios y ayunos. Pero era el caso que Meliar le había reprochado abandonarme, porque su negligencia fue ocasión de que regresase de nuevo por los caminos de la virtud, tendencia que, a fuer de honrado y cabal diablo, sólo producía sinsabores y renuncias. Y para muestra, viérame pobre, cubierto apenas el cuerpo con jirones de burdos andrajos, los huesos pugnando perforar la oscura piel en reclamo de su libertad, el cabello y la barba ralos y crecidos como estopa, escondido en un cubil como airada fiera, hambriento, desaseado, y tal porfiaba en colmar mi desventura hasta ponerme de zarrapastroso como un porquerizo, con lo que abusaba de mi benevolencia, echando en olvido que al fin era mi huésped y con el tiempo le había tomado cierta confianza. Y aquí aparecía de nuevo, contento de hallarme, apesadumbrado de cómo me encontraba, dispuesto a reconducirme por el buen camino, que abandonarlo fuera chifladura mía. Y para conseguirlo trajo consigo a Jacobo, encargado de despertarme la soberbia, a Ludovico, para la gula, a Argimiro para el cuidado de la envidia, Federico en procura de la ira, a Orencio, Avelino, Críspulo, Sisinio, Arcadio, Salvio, Clementino, etc., hasta completar los seis mil y seiscientos y sesenta y seis, alegando la vieja amistad para que no me hiciera remiso, que mucho le importaba no bajar al tercer círculo, el de los que obedecen, cuando se encontraba asentado con gusto en el segundo, el de los que mandan. Pues el Primero correspondía al Soberbio, Meliar.
Le pregunté cómo siendo humilde eremita merecía atraer la legión completa y argumentó en réplica que sólo atendían los pecados de mayor merecimiento, que si hubiera de cuidar de todos los que el hombre es capaz, no encerrara el tercer círculo número suficiente para cubrir las atenciones a uno solo de los pecadores.
Y allí me trajo, cuenta aparte, a Jordino, un rijoso que todo él trascendía a incitación, el cual blasonaba que en cuestión de lujuria nunca fuera yo plato indigesto, sino capaz de devorar cualquier manjar que alcanzaran mis manos. Quien en adelante pobló mis noches con ensueños de vaporosas doncellas envueltas en transparentes tules, y aun sin ellos, mientras yo castigaba mis carnes con el látigo y me resistía a sus artimañas.
Pero una mañana reposada de octubre me sorprendió el inusitado sonido de esquilones. Me percaté de que no era sueño visionario cuando contemplé el paso tardo de algunas vacas. Huí en principio al recordar los peligros del mundo que me arrojaron al bosque. Confiaba, no obstante, en que se trataría de algún hato extraviado que fuera cruzando al paso. Mas hete aquí que pasado algún día las escuché de nuevo, y quise entonces conocer si acampaban perdidas o las dirigía algún vaquero, y para mi estupor descubrí que no vaquero, sino vaquera, y moza galana era, que en el arroyuelo se frotaba los incitantes muslos con manotadas de agua, que demostraba preocuparse mucho del aseo.
Escapé aturdido, sin dejarme ver, y en adelante la espiaba, cuando dormía o arreaba las vacas, mirándose en el espejo del agua, o bien practicando abluciones, pues parecía sentir el mayor placer refrescándose las carnes.
Azorado me encontraba con su presencia, aunque sin percatarme de la atracción, pues ya cada día me era habitual dedicarle un tiempo a observarla ocultándome entre la fraga, desde los tojos y los brezos, tras los troncos, pues su contemplación me acrecentaba el deleite y tal entusiasmo alcanzaba en viéndola bañarse que había de huir para no revelarme.
Con lo que se me azogó la paz; su pensamiento irrumpía entre mis oraciones, su imagen aparecía de continuo ante mis pupilas, aunque tuviera incluso escondida la cabeza entre los brazos y cerrados los ojos en un esfuerzo por olvidarla, atrayéndome, muy a mi pesar, como un imán.
Conturbado me sentía al saberme espoleado por los legionarios, y en especial por el Jordino, que apenas me dirigía la palabra, aunque su actitud, como siempre, trascendía obscena complacencia. Entre todos era éste quien me inspiraba el mayor recelo y disgusto. Sus camaradas de hueste solían comportarse más atentos y agradables, como si no tuvieran gran empeño en mortificarme, pensando, sin duda, que no era necesario añadir a la de las obras la humillación del gesto, por lo que hasta simulaban dispensarme algún afecto, siquiera fuese por aposentarse en mi propio hogar. Incluso Benito, el bueno del capitán, mostrábase afable y parecía encontrarse bien y divertido, gozando las delicias del bosque y la soledad. Llegaba hasta a maldecir a las gentes de los poblados, que consideraba complicados y artificiales, empeñados ellos mismos en crearse obstáculos, que después achacaban a defecto del prójimo. Y debo reconocer aquí que su punta de filosofía no resultaba disparatada.
Me esforzaba yo en ensalzarle las delicias del eremita, y razonaba que pudiendo vivir solo, ¿para qué vivir acompañado? Y en eso parecía estar de acuerdo, dispuesto a no abandonarme nunca si Meliar consintiera, que estaba seguro no lo haría, y por ello se lamentaba, pero cada uno es como es -decía-, y no cumple otra cosa.
Debo hacer constar que con ellos nunca quebranté mi juramento de guardar silencio, pues no nos eran necesarias las palabras para comunicarnos; conversábamos mediante el pensamiento.
El invierno, entre tanto, se anunció rotundo con un manto de nieve que al tercer día se aposentaba hasta en las hojas de los árboles. El bosque se sumió en un profundo silencio. Los animalillos permanecían agazapados en sus madrigueras, como yo en la gruta, rodeado de la hueste en expectativa, todos al abrigo del dulce calorcillo del fuego.
Pensaba si la pastora habría regresado con su hato a la querencia del lejano establo, o si la nieve la habría sorprendido, y andaría acurrucada entre las vacas, al amparo del calor de sus cuerpos o aterida y muerta por el frío. Pues muchos días habían transcurrido sin que la siguiera, y ahora luchaba con mi duda, mientras unos pensamientos me empujaban a salir en su búsqueda y prestarle ayuda como hermana, y otros me incitaban a olvidarla.
Acabó aquella lucha interna cuando se levantó la piel que cubría la entrada de la gruta y desde la blanca noche penetró en el interior la vaquerilla, luego de contemplar lo que desde allí se distinguía. Se acogió a las brasas, que atizó para revivirlas, pues le castañeteaban los dientes y más se parecía a un carámbano que a otra cosa. Sentí a su vista resurgirme la caridad, y hube de reprimir mi primera disposición de ahuyentarla, pues intuía una grave complicación con el Jordino sonriendo, aunque en verdad me encontraba yo mismo más preocupado por el egoísmo que por el servicio que debía a una criatura de Dios. Y esto sí era grave pecado. Así que añadí palos a la hoguera, para conseguir que las llamas cabrillearan sin demora; le di mi alimento, que devoraba, hasta regresarle la color rosada de su carne mientras se la frotaba con la nieve. No acerté a adivinar si pretendía asearse o reaccionar más deprisa: fuese cual fuese la intención, iba quedando de rosas.
Nos contemplábamos sin mediar palabra, ocupada ella en los masajes. Y con la misma naturalidad que debió de usar nuestra madre Eva en el Paraíso antes del pecado, dejaba ante mis ojos cuanto yo temía, haciendo vanos tantos esfuerzos realizados aquellos años para olvidar sin conseguirlo plenamente, pues las evocaciones me brotaban por entre los pliegues del sueño. Aquel diablejo lujurioso parecía morar en mí a perpetuidad y jamás lograría expulsarle.
Sonreía ella cándidamente mientras hurgaba con las suyas en mis pupilas, como si buscase mi aprobación, y me agradó que respetara mi silencio, pues ni una palabra había pronunciado. Prueba de humildad era que ablandaba mi corazón, mientras ella resurgía, renovada, desde la nieve y el fuego. Pronto se animó a conversar con gestos, descubriendo que los usaba tan gentiles y claros que le sobraban las palabras; a fe que resultaba gozoso interpretarla, pues parecía como si un rayo de gloria se hubiese aposentado en la cueva y el invierno se trocase en primavera, según me brincaban de alegres los pensamientos.
Dijo ser muda, lo que me complació porque desaparecía con ello el temor de quebrantar mi juramento, y que hacía tiempo se había percatado de mi presencia y de mi contemplación cuando se bañaba. Que había llegado próxima a la cueva en muchas ocasiones y conocía todos mis pasos, pero respetaba mi libertad y, pues ahora le daba cobijo cuando le era necesario, atizaba el fuego para que se calentase y había compartido con ella mi alimento, me brindaba lo único que entonces poseía y me considerase libre de tomarlo o dejarlo, pues no deseaba otra cosa que aquello que más gusto me diese.
Pasando entonces desde la naturalidad anterior al pecado a la intención incitativa posterior a la manzana, la galana vaquerilla comenzó a despojarse con deleitosa lentitud de sus andrajos. Aun siendo pocos me parecieron eternos. Y no me estaba mirando entonces por lo derecho, sino que de reojo esperaba descubrir mis reacciones, y sin duda se percataba de que me resistía, pues en aquellos momentos me acudían al recuerdo las burlas de Meliar y las setenta y dos legiones de demonios; ignoraba si los seis mil y seiscientos y sesenta y seis continuaban conmigo o se trasvasaron a otro eremita, pues no los sentía, aunque sí a Jordino, que no me abandonaba día ni noche, presente por los pensamientos lúbricos y los ensueños inciertos, y ahora se oponía enconado a mi resistencia, avasallador, pues lo distinguía danzando entre las llamas que a su movimiento se contorsionaban como lenguas de dragones enfebrecidos, con un juego de luz y sombras sobre la carne desnuda de la vaquerilla. Aunque era evidente que ella no lo distinguía, pues ningún recelo mostraba. Y era la cuestión que también yo llegué a olvidarlo conforme me subía la fiebre.
Reventó con un bramido de apocalipsis la represa que me contenía, como se derribarían las murallas de Jericó machacadas por el sonido de las siete trompetas de cuerno de carnero y el clamoreo de los israelitas, y me sepulté en las profundidades del abismo que se abriera ante mí. Y quede esto así, aunque duró todo el invierno, que según andaba de entusiasmado me pareció corto, y gracias que nunca fuera tacaño en almacenar provisión de alimento, que bastaron para los dos con la adición de la leche que proporcionaba una cabra mamía que llevaba el hato; su única ubre semejaba una pirámide invertida, y me despertaba la risa usar una sola mano para el ordeño, como si de media cabra se tratase.
Con los fríos del invierno se marchó nuestra paz: descubrimos un aciago día media docena de cermeños en pesquisa por el bosque, armados de picas y horquetas, hoces y guadañas, que producían temor. Y bien se reflejó el terror en la vaquerilla, quien se sujetaba contra mi cuerpo sin atreverse a abandonar la cueva, pues según me explicó la buscaban para matarla. Huyera del poblado donde la acusaron de brujería, sin que pudiera exculparse con palabras, siendo todo causado por las mujeres, pues algunos de sus maridos la perseguían por los pastizales mientras se hallaba apartada, o bien la sorprendían en el establo donde buscaba el calor de las vacas. Y habían determinado quemarla en la hoguera para liberar a los hombres de sus artes.
Algunos días más tarde dejaron el bosque arreando el hato, que se llevaron completo, menos la cabra mamía, pues abandonó a las vacas en busca de nuestra compañía en la gruta, para dormir y darnos leche. Que parecía reflejar en sus ojos la envidia mientras contemplaba nuestro baile nocturno en la vaga claridad de las brillantes ascuas.
Ya no había en nosotros sosiego ante el temor de que regresaran, lo que estaba ella firme en creer, después que encerraran el hato, y andábamos con mil precauciones para no delatarnos ni descubrirles nuestro refugio. Con lo que la inquietud me robaba el placer que tan generosamente me ofrecía. Sabía ella o adivinaba que, respetuoso con mi promesa, nunca buscaría ocasión de mujer y por eso me lo reclamaba y ofrecía, que en nada se mostraba remisa, y en justa correspondencia gozábame yo en no serle tacaño, con lo que ambos andábamos cumplidos y siempre en silencio.
Después de tantos años de disfrutarlo solitario e ignorado, se me ofrecía ahora el bosque poblado de invisibles enemigos, no ya de la legión de diablos que parecían haber abandonado el campo, quizás porque la fragosidad era mucha y no invitaba a la curiosidad. Hasta que un nuevo día vimos avanzar una fila de doce encapuchados. Tal llevaban de baja la capucha que sólo distinguían los pies del delantero para seguirle. Movíanse, pues, como gusanos, y llegué a pensar en principio que todos ellos debían de ser cegarritas, aunque después supe que lo hacían para no distraerse el pensamiento de sus propósitos. Y sin mirar adelante vinieron a topar con la piel que nos cubría la entrada de la gruta, y el que hacía cabeza, de céltica estatura y continente, rubio el cabello como heno, los ojos azules y el gesto severo transpirando autoridad, levantó el obstáculo y nos halló en el interior acurrucados, temerosos, sorprendidos como zorras en su cubil.
Se aposentaron con nosotros para reponer fuerzas, y se mostraron agradecidos por los frutos que repartimos y el ordeño de la cabra, con lo que se le desató la lengua al céltico que se intitulaba General de la Hermandad de los Halcones Peregrinos, compuesta hasta entonces por seis hermanos y seis hermanas, los cuales, en reposo o caminando, ocupaban lugares intercalados para mejor demostración de que entre ellos no había diferencias. Todos rezaban de tercerones, legítimos o bastardos, pues no distinguían, y consistía su credo en ser criaturas semejantes, que también aceptaban en la regla a los hijosdalgos, aunque ninguno se les sumara hasta el momento, y lo mismo mujeres que hombres, siempre por parejas. Apartados de cualquier título y fortuna se hospedaban en la religión militante y tan fundido con el ser lo llevaban que estaban dispuestos a emplear la cruz o la espada, según sirviera.
Se orientaban ahora sus pasos a protestar por encontrarse los Santos Lugares en poder de infieles, y a Tierra Santa se encaminaban de descubierta, con el ánimo de despertar las conciencias cristianas y sustituir a los infieles en la guarda de los parajes, bañados con las gotas divinas, sudor y sangre, de Nuestro Salvador.
Les servía como guía y norte en su camino una piedra que llamaban ceraunia, caída con el rayo, pero de aquel que cruzó los cielos y resquebrajó las tinieblas en el momento de la Expiración de Cristo, la cual había de conducirles hasta el mismo Gólgota, así fueran con los ojos vendados.
Inquirieron si deseábamos dejar la soledad del bosque para incorporarnos a la Hermandad y seguirles en la peregrinación, preguntando de paso si era doncella la vaquerilla; rompí el silencio de cinco años, pues obligado estaba siendo ella de natural muda, para contestar que casada no era pero que tan buena anacoreta resultaba como el que más, y allí estaba yo para dar fe. Cambié gestos con ella que consintió encantada en seguirlos, por el temor en que vivíamos del regreso de sus paisanos para arrastrarla a la hoguera, y siendo tiempo de interlunio me pareció propio ir donde ofrecían, ya que el bosque había dejado de ser tierra incógnita, sino que más bien amenazaba convertirse en camino de paso.
Como el tiempo corría, urgidos del santo deber, recogimos los alimentos y ordeñamos la cabra. La vaquerilla se despojó de los argamandeles dejando en la maniobra descubierto el abismo, para cambiarlos por el tosco sayal peregrino.
Tengo para mí que los seis hermanos me envidiaron, y en adelante ello fue motivo de displacer, pues las seis hermanas entraron en celos sabiéndose mejoradas. Y quede aquí. Sólo añadiré que, en rompiendo la marcha el gusano, el general entregó a la vaquerilla el gallardetón, que representaba la una punta a los hombres y la otra a las mujeres, y con una bendición nos recibió en la Compañía, pronunciando la sentencia de que entre los hermanos no existía el tuyo ni el mío, según constaba en la regla.
La virtud silenciosa de la vaquerilla era largamente apreciada en la Hermandad, pues a la par que divertía con la graciosa exposición de sus gestos, no enfadaba con el continuo parloteo que acostumbraban las otras. Y todavía la alabanza era más profunda mientras cruzábamos de puntillas la Franconia, que importaba mucho ocultarle nuestro paso al celoso rey, no fuera a incluirnos en la zarabanda papal, que al ser religiosos nos encontrábamos en riesgo.
Como sombras fantasmales cruzamos Roma, no fuera a caer sobre nuestros anillos de gusano el enojo del joven Papa, con su ahora te proclamo y luego te dimito, pues los tiempos eran expeditivos. Y en cada esquina se imponía burlar el acoso de sus esbirros para librar a nuestras hermanas, y a mi vaquerilla, de aquel empeño por santificarlas.
Tras el Benevento y la Lombardía se nos acababa la tierra firme. Como única posibilidad se nos brindaba una larga, débil y bien equipada galea, con sendos bancos de veinticinco remeros y velas triangulares. No hubiera permanecido todavía en puerto de no esperar el completo de los remeros. Nos ofrecimos bajo condición de no luchar y fuimos aceptados, muy a disgusto del capellán que no aprobaba el tributo físico tratándose de hombres de iglesia. Mas el capitán alegó que se imponía zarpar -que tan buenos eran los músculos de un fraile como los de cualquiera otro mientras dormía la brisa-, y que aceptaba no participásemos en la lucha si la había, y ayudaren las hermanas en la comida y la munición.
Dispuso que zarpáramos rumbo a Creta sin dilación, pues ya se había perdido mucho tiempo. Astuto, el saber de la piratería le venía heredado desde el tiempo de las nueve Troyas; blasonaba que en tal arte nadie pudiera mejorar al mismísimo Ulises. Era barco de comercio, de veloz carrera, juguetón sobre las olas como un delfín, con apariencia de pieza suculenta para cualquier corsario sarraceno que se acercase confiado. Mas, aunque fuera un soberbio dromon el que atacase, habría de maldecir su confianza cuando la galea escupía por la proa el azufre y el petróleo, conocido por fuego griego, y le rociaba el puente con jabón líquido, sobre cuyo pavimento viscoso y resbaladizo fracasaban las maniobras de los incrédulos asaltantes, que contemplaban impotentes la huida de la grácil nave. Y por si alguno persistía, aún quedaban los ballesteros con sus flechas, y hasta cal viva si se terciaba, que tratándose de infieles no era cuestión de escatimarles nada en el trato.
Llegamos finalmente salvos a Chipre, después de algunas escaramuzas. Vista con la fe la isla parecía cercana, pero a golpe de remo resultaba muy distante. Desde allí otra modesta nave de cabotaje nos llevó cerca del lugar anhelado.
Con emoción y reverencia hollamos el suelo santo que regara con la sangre de su Pasión Nuestro Señor Jesucristo y Salvador. Qué prodigioso milagro fuera encontrarse Santa Elena la Santa Cruz en una cisterna, junto con los otros instrumentos de la crucifixión, ofrecidos a la veneración de los fieles junto con el INRI. Aproveché el beso al santo madero para llevarme entre los dientes una astilla, y por ello no paré mientes en el anillo de Salomón y el cuerno que contenía el aceite con que eran ungidos los reyes.
Madre de todas las Iglesias, Santa Sión, preferida de los apóstoles; en ella se encuentra el trono de Jacob, hermano del Señor. Fue levantada sobre los restos del templo construido por Salomón, que estuviera recubierto por dentro de oro puro y poblado de querubines. Allí se conserva el pináculo sobre el cual fue tentado Nuestro Señor por el diablo.
En la entrada del valle de Josafat, en pasando el torrente del Cedrón, hallamos la palma de la que los niños cogieron los ramos, y como ellos, igualmente nosotros entonamos el Hosanna y rezamos en la iglesia.
También visitamos el templo del Monte de los Olivos, sobre la gruta donde el Señor inició a sus discípulos en los misterios ocultos.
Bebí del pozo cuya agua fuera apetecida por David, en Belén, y oramos en la basílica de la Natividad, que guarda la gruta donde los pastores fueron avisados por el ángel del nacimiento de Cristo, mientras vigilaban en la noche.
Nos detuvimos, además, en la fuente, cerca de Hebrón, donde Felipe Apóstol y Evangelista bautizó al eunuco de la reina Candace, quien lloró por no ser santificado completo. Y como en tierra tan sedienta todo sucede alrededor del agua, destacable es el pozo de Abraham y las grutas donde habitó, así como el monte hasta donde acompañó a los tres ángeles que iban a Sodoma.
Supe conforme recorría estos lugares que en ellos celebraban un famosísimo mercado al que acudían en la feria anual numerosos paganos, judíos y cristianos, donde cada cual practicaba sus cultos respectivos. Hasta que acertó a visitarlos Eutropia, suegra de Constantino, quien convenció a su yerno para que los prohibiera e hiciere desaparecer todo rastro idolátrico. Con lo que se confirma la vanidad del hombre que inocentemente se considera rey, siendo en realidad gobernado por la mujer, cuando no por la suegra, como lo vio claro César presentando al pueblo su hijo recién nacido: «He aquí al que gobierna el mundo, porque él manda en su madre, y ella en mí».
Dignos eran de ver en Jericó parte de los cimientos de los orgullosos muros derribados, como si fueran de paja, por las trompetas de Josué, hijo de Nun, y cerca se encuentra el lugar donde Elias fue arrebatado al cielo.
Al otro lado del Jordán pude subir al monte Nebó, sobre el que murió Moisés después de contemplar la tierra prometida.
En Galilea nos detuvimos en la aldea de la que fue Abisag Sunamitis, la joven virgen desconocida por David, la que le calentó los huesos ateridos de sus postreros alientos, cuya belleza portentosa despertó las apetencias de Adonias, que colmaron a su hermano y le costaron la vida, pues ya se andaba Salomón con la paciencia corta.
Contemplamos los lugares en Cafarnaúm donde curó el Señor al paralítico y la sinagoga a la que envió al endemoniado, y las siete fuentes abundantísimas donde realizó el milagro de saciar al pueblo con cinco panes y cinco peces, colocados sobre una piedra que es ahora altar y ya sólo se contempla en parte, de tanto llevarse trozos los peregrinos para su salud, que para todo aprovecha. Y mucho temo que pronto los peregrinos acaben con él y pierdan para siempre el remedio santo.
Por los mismos parajes se encuentran los restos de la sinagoga maldita por el Señor, que estaban construyendo los judíos cuando les preguntó en qué se ocupaban y le replicaron displicentes que nada hacían. A lo que contestó el Señor que si nada hacían nada sería para siempre, y así cada noche se les caía lo que edificaban en la jornada. Y de aquí han tomado los gentiles el ejemplo de aquella reina, esposa del pirata Ulises, que se le destejía por la noche lo que aderezaba en el día.
Fue por estos lugares por los que caminando en gusano llegamos a la casa donde el apóstol Mateo ejercía de recaudador, y ello me incitó a poner en práctica la determinación que venía madurando, y aquí debo confesar que en empujarme tuvo parte principal Jordino, que últimamente me instigaba. Porque el general céltico que dirigía la cabeza tenía dispuesto torcer allí el sendero para Tarso y regresar por Constantinopla, olvidando a mis muy queridos monacales de Egipto.
Nunca hubiera ocasión de graves controversias en cuantos años durara el peregrinaje, que a todos nos animaba la vida en común, pues éramos cenobio ambulante. Aunque la paz se mantuviera principalmente por mi particular renuncia, desoyendo los constantes consejos de Jordino que nunca paró de importunarme. Y aunque el general pareciera renuente a dispensarme, siquiera fuese temporal, de la promesa de silencio, porque tenía en duda si su autoridad alcanzaba, algún día se desbocó mi lengua. Entonces dijo que, pues el pecado estaba consumado, mejor sería dispensarme, no fuera que lo repitiese, visto que no era suficiente para contenerme en la disciplina.
Nunca tuviera dificultades para mantenerme en ella mientras fuera eremita en el bosque, ni tampoco cuando la Providencia me regaló a la dulce vaquerilla, cuyos gestos resultaban siempre más graciosos y precisos que los libros de los gramáticos. Pero no acontecía así siendo peregrino, que yo renunciaba en favor de los hermanos a un caudal superior, de clara y confortadora agua, y en cambio era turbia la que recibía, teniendo encima que soportar las burlas de Jordino que mucho me zaherían. Y más de una vez protesté respetuoso porque nunca quedaba hueco junto a la vaquerilla durante la noche, rodeada su yacija de Halcones Peregrinos, custodiada por ellos como un tesoro. Y había de conformarme con otra hermana, arrugada y fláccida, cuando lo que me apetecía era la exuberancia y frescura de la vaquerilla, que además no me enojaba refiriéndome sus muchos pecados, mientras que a las hermanas, sobre recostarse en mi seno, les daba por la humildad y aprovechaban para vaciarme los pliegues de su alma.
Así que en llegando a la casa del Apóstol consumero -ocupaba en el gusano el penúltimo anillo y lo remataba la vaquerilla-, levanté un tanto la capucha para orientarme y conforme torcieron ellos hacia el norte derroté yo al sur, seguido por la vaquerilla con su gallardetón, pues ella no vislumbraba otro panorama caminando que los pies que la precedían, como cada cual. Y debo añadir aquí la secreta complacencia que me produjo emprender el camino divergente, que me hacía recuperar lo que tanto tiempo llevaba perdido. Tampoco debió de causar disgusto a la hueste mi determinación, pues escuché el suspiro de complacencia de Jordino.
Largas eran las jornadas y duro el sacrificio que el desierto interminable imponía; más doloroso todavía me era por la vaquerilla, inmenso tesoro rescatado que volvía a alegrarme con su confortadora dulzura, como las mieles del paraíso. Así proseguimos hasta que nos recibieron los santos monjes catalinos en su monasterio recostado en las faldas del Sinaí, en cuya cima permaneció Moisés cuarenta abrasadores días y cuarenta gélidas noches, mientras en el valle fabricaban el becerro de oro allá por los parajes donde, apacentando el rebaño de su suegro, le hablara Dios desde la zarza.
Nos quitaron las sandalias y nos lavaron los cansados pies, como Nuestro Salvador hiciera con sus discípulos, y mucho se lo agradecimos. Nos reconfortaron además con sus humildes alimentos que nos parecieron manjares tras el largo ayuno del desierto, donde comimos cuantas clases de criaturas el Señor nos puso delante. Todos los frailes nos obsequiaban con camuesas, amén de otras frutillas cultivadas en sus huertos particulares.
Permanecimos en tan santa compañía hasta restaurar nuestras fuerzas, sujetos a las reglas que nos ponían en pie a maitines para comenzar el oficio nocturno, y seguíamos con laudes, primas, tercias, sextas y nonas, concluyendo con vísperas y completas antes de acostarnos, que lo hacíamos con gusto después de la santa dedicación.
Subir a la cumbre del Sinaí nos llenó de emoción: no quise hollarla con las sandalias, pues estaba pisando tierra santa, y las heridas que me producían las afiladas piedras me dolían menos que debieron las lanzadas al costado de Nuestro Señor Jesucristo, que las soportó por todos nosotros. Desde aquella altura contemplaba Egipto, el Mar Rojo, la Palestina, y hasta el Mar Pantélico se adivinaba, desde Grecia hasta Alejandría, y a derecha e izquierda el dilatadísimo país de los sarracenos que parecían poseídos como huestes infernales, pues el diablo nunca ceja en su lucha contra los cristianos, y de ello hartas pruebas tenía. Mirando más cerca contemplábamos al pie el valle donde llovieron el maná y las codornices que calmaron el hambre y confortaron el desaliento del pueblo elegido.
Cruzamos el Mar Rojo y nos adentramos por los áridos desiertos camino del río Nilo, en busca de los primeros asentamientos de mi reverenciado padre San Antonio, fundador primero de los eremitas, que tengo por convencimiento ser la más santa de todas las vidas dedicadas al servicio divino. Sin escatimarle alabanzas a la vida comunitaria, que a poco fundó el no menos reverenciado padre mío Pacomio, quien ya permitió consumir el pan, además de los vegetales, el queso, el pescado, la fruta y el mosto. Con lo que vino a llenarse la Tebaida de monasterios con apretados racimos de monjes, vírgenes y viudas. Lo que impulsó a otros a aumentar su soledad, encadenados a una roca o inmóviles en el suelo, y hasta mantenerse treinta años encima de una columna, y no es que permaneciera ocioso pues desde su altura despachaba con sabios y prudentes consejos a quienes le planteaban problemas espirituales y humanos.
La ruta se nos convertía ahora en más placentera, conforme jornada tras jornada descendíamos por la ribera del río, gozando las maravillas con las que Nuestro Señor nos regalaba. La vaquerilla, quien al encontrarnos en solitario se subía el capuchón y levantaba la vista dejando reír sus ojos claros, manifestaba ahora una alegría que antes perdiera porque, me confesaba con gestos, sólo por disciplina y acatamiento soportara el rigor de la Hermandad, bien fatigosa por cierto, que cada noche la agobiaba con todo su peso hasta robarle la alegría y el contentamiento, aunque nunca rehusara la obligación, pues sobre la disciplina le mandaba el carácter -jamás negara a nadie lo que ella pudiera proporcionarle, que en eso pecó siempre por generosa-. Y no estaría disgustado el diablo lúbrico, el único de la legión que siguió morándome a juzgar por las muestras, que los otros seis mil y seiscientos sesenta y cinco parece que retornaron con su abad Meliar, para martirizar a otros monjes, según colegí por algunas palabras de Jordino, que se consideraba suficiente. Ahora transcurría el día feliz viendo la alegría resucitada de la vaquerilla, quien me contentaba por las noches cuanto podía desear, y además descansaba cuanto me placía. Que sobre servir a Dios con el rezo y el sacrificio, la santa vida y el cilicio, no quedaba otra cosa que mantener satisfecho al diablo para que todos nos estuviéramos en paz; pedíame la vaquerilla con sus desenvueltos gestos que, pues constituíamos una comunidad perfecta, nunca más nos juntáramos con Halcones ni monjes de ningún tipo, que ser eremita le resultaba lo más perfecto, y en ello coincidíamos.
Conforme nos adentrábamos en la tierra de sarracenos sentía más fuerte el mandato de predicarles la santa palabra, y así comencé por atacarles sobre el inventado paraíso de su falso profeta, que les engañaba los sentidos y alentaba la lujuria con el premio de las huríes. Pues por gozarlas en la muerte se dejaban arrebatar la vida. Pero un día nos interrumpieron unos esbirros, llevándonos ante su señor el jedive, retrepado en un sillón de pedrería, oro y pavos reales, colocado sobre una tarima con baldaquín de damasco, y al pie, sobre los escalones echadas, más de veinte doncellas desnudas bajo las transparentes sedas de la China con que se adornaban, las sartas de perlas de Ormuz y las redes de cadenillas de oro con turquesas y rubíes, que entre todo, en vez de cubrir, resaltaban.
A señal del cruel jedive se abalanzaron los eunucos sobre nosotros; nos arrancaron los rústicos sayales y los toscos camelotes que cubrían nuestras vergüenzas, y allá quedamos expuestos a la burla como nos parieron. El jedive participó de la sorpresa general ante la inesperada revelación de la vaquerilla, que reverberaba con su humildad en toda la gloria, mas se repuso rápidamente soltando una carcajada. Se aproximó sin demora a contemplar el tesoro y más abiertamente iba sonriendo cuanto más de cerca la reconocía, pues se le reflejaba en el rostro lo que deseaba, mientras la vaquerilla, lejos de arrebujarse en verecunda timidez, recato por la afrenta que sufría, se mostraba divertida, mientras se lucía tentadora como nuestra madre Eva después de la serpiente, que se daba cuenta de que aventajaba a las que sobre los escalones reposaban, sin necesidad de tules, cendales ni joyas.
Hasta que el jedive con un ademán mandó a las mujeres cubrirla con una capa y conducirla, fuera, y con otro gesto levantó a las bailarinas que se llegaron en tropel y con tierna y sorprendida algarabía me transportaron en volandas.
Apenas si pude percatarme de que la nueva sala donde me condujeron tenía los ventanales abiertos sobre paradisíacos vergeles, donde se exhibían todas las flores y trinaban profusión de delicadas avecillas, y en el centro un estanque con tan transparente agua, que no distinguí hasta ser empujado dentro, y al tiempo caían conmigo hasta una docena de ellas, quienes entretenidas con la diversión, riendo y gritando con gran alborozo, me lavaron y frotaron, llenaron de jabón, me zambulleron y restregaron con tanta delicadeza que acabé soñando si sería aquél el _ paraíso y aquéllas las huríes, que me secaron y tendieron en los mullidos damascos que cubrían el suelo, me perfumaron derramando aceites olorosos por todo el cuerpo, mientras me causaba enervación el humo tenue que se extendía desde los pebeteros, y me transportaba el sabor dulzón del narguilé que unas ponían en mi boca, mientras otras extendían los perfumes con suave tacto sobre mi piel, tensa y vibrante como tambor.
Tal grosor de costras de suciedad me quitaron del cuerpo, pues las tenía como conchas de galápago, que yo mismo me desconocía ahora; no me había contemplado en mi ser natural desde que moré la última vez en posada, antes de la religión. Música dulce sonaba entretanto sin que aparecieran músicos a la vista, mientras intentaba arrancarles a las doncellas los céfiros de tul, propósito que me estorbaban con juegos y risas de gracia sin par, logrando defenderse con extraña y consumada habilidad, aunque las que me bañaron los llevaban pegados a la piel, por efecto de la mojadura, tal y como si no existieran.
Entre las brumas del vapor y los perfumes y los sahumerios me percaté de que era el palacio de pórfido rojo, de jades y malaquitas, de mármoles blancos y rosas, extraídos sin duda de aquel monte que junto al Mar Rojo se levanta, por donde yo había cruzado, el mismo punto que ocupaba Clysma, lugar donde los hijos de Israel atravesaron el mar a pie enjuto, y por milagroso poder de Dios, sobre las mudables arenas han quedado para eterno las huellas del carro del Faraón, que entre rueda y rueda hay veinticinco pies, y cada rueda dos pies de ancho; debía de causar espanto su vista pues parecía capaz él solo de aplastar al pueblo que huía.
Desperté sumergido en un barrizal que debía de ser donde mezclaban la tierra con paja para fabricar ladrillos, y sobre mi piel aquellas costras que ya parecían sempiternas, vestido con el sayal de peregrino. Aunque sentía tal dolor en la espalda como si me hubieran abierto. Después vine en pensar que serían heridas de látigo. Mi primer impulso fue comprobar que conservaba la reliquia del santo madero, y después el estado de la vaquerilla. Mas ella no se encontraba allí. Ni pude hallarla ni encontrar rastro.
Jamás me sintiera tan triste y derrotado. Entre aquella miseria sólo me resultó reconocible el sonido sarcástico de la risa de Jordino, que mucho me molestó, rizándome los nervios como el cascabeleo de ponzoñosa serpiente. Ya que fuera aquél el momento, nunca sospechado antes, en que en mi alma germinó la pregunta de si la vaquerilla había sido alguna vez realidad o sólo creación de aquel diablejo azufrino con pestilencias cainescas, el más enconado y mortal enemigo de mi virtud. Pues que ni siquiera el Soberbio, único habitante del primer círculo, el abad Meliar como se intitulaba con sarcasmo en los días del convento, y de ello me estaba bien seguro, ni mucho menos Benito, que siempre se encaminaba por lo tolerante y persuasivo, demostráranme jamás tan acerba saña. Que sobre cumplir con su obligación, fueron siempre cuidadosos con las formas, en contra de aquel Jordino que no alcanzaba más allá de villano y bellaco, quien, satisfecho de su obra, como era mi evidente humillación y ruina, me ofrecía su desprecio y abandonaba.
Pero quede aquí mi desahogo no vaya a escapar de sus garras para caer en las de Federico y Jacobo, que allá se las entiendan con sus frailes de turno y olvídense de este mísero pecador que tan brevemente descuida la libre esclavitud que su alma debe al Altísimo Señor de la Creación. Quien, sin duda, todo lo ha permitido para humillación de mi ciega soberbia.
Dos días permanecí sobre el barro sufriendo atroces dolores, con la sed tan en ascuas que aun chupando la tierra húmeda seguían abrasadas mis entrañas, sin que ningún sarraceno me auxiliase, antes bien tomaban por divertimiento escupirme y arrojarme piedras. Con gusto las recibiera y entregara mi vida, que era un fin de martirio y hubiera culminado mi deseo de morir si no fuera que antes precisaba de confesión; de otro modo inútil hubiera sido acabar para el solo provecho de mi enemigo que así consiguiera lo que perseguía.
Me incorporé como pude y emprendí la huida camino de Alejandría, donde las naves genovesas y venecianas se citaban para cargar sedas y brocados de China y de la India, joyas, polvo de oro, piedras, especias y perfumes de la Arabia y del Oriente, que las naves indias traen al puerto de Clysma, en el Mar Rojo, allí donde se conservan las rodadas del carro del Faraón cuando persiguió a los israelitas hasta el mismo fondo del mar, que él no llegó a cruzar.
Ufano resultaba Jordino con el éxito, algo cegado con aquella su punta de vanidoso y soberbio tan hiriente; caracoleaba con el mentiroso disimulo de quien pretende esconder su alegría. Y con la reiteración de los espíritus vulgares, no escatimó ocasión durante el regreso, así por mar como por tierra, de poner ante mis ojos unas gráciles pantorrillas, unos muslos tentadores, el portento de unos senos flotantes de gracia en cada movimiento, y otros no menos provocadores fuertemente embridados, como el auriga sujeta los piafantes corceles.
Tal era mi enfado, no sabía si contra Jordino o contra mí mismo, pues siempre me fastidió sentirme gobernado, que no le advertía, y aquella mi repulsión era sincera. De otro modo lo hubiera notado y resultaría inútil. El peor daño que podía infligirle, lo sabía, era la indiferencia, demostrativa de que lejos de haberme esclavizado me sentía libre. Y como jamás concibiera en su soberbia que pudiera resistirle, le sorprendía no me rindiera ante las añagazas que iba tendiéndome inútilmente durante el viaje, fuera con damas de alto bonete, doncellas o criadas, y hasta esclavas, que a todas recurría con tal que existiera excitación, y detallarlo hiciera interminable el cuento.
Gozábame en la creciente preocupación que le observaba. Y tan mohíno llegó a sentirse que al punto apareció Benito en cuerpo transparente, pues venía conciliador el diablo, que no le parecía propio, siendo del segundo círculo, mostrarse tan afable y, si no fuera fingimiento, diríase que hasta humilde. Según expresaba sus ideas dejaba entrever que se hallaba dolido y comprendía mi enojo contra aquel Jordino desconsiderado, sañudo y hostil, que carecía de medida en zaherir el amor propio, lo reconocía, y llegaba a pasarse. Que la humillación es una herida tan profunda que ni siquiera los santos llegan a perdonar, o cuando menos les supone duro esfuerzo. No resultaba discreto el diablejo, lo disculpaba, quizás por inexperto: sólo llevaba mil y doscientos treinta años de incitador lujurioso, lo que es nada contemplado desde la eternidad. Quizás el sobrepasarse se debiera a que el encargo le venía directo de Meliar, quien mucho le encareció se trataba de un plato fuerte que no convenía que dejase escapar. «¿Cómo así -pregunté-, tanto cuidado por un miserable eremita que ansia llegar a su país para sepultarse de nuevo en un bosque ignorado, donde adorar a su Criador y purgar sus muchos pecados?» Benito replicó que los diablejos son gente práctica, que a nadie conceden mayor importancia de la que merecen, apuntando tanto al presente como al futuro. La risa de Benito se dejó sentir, condescendiente. Confesó que era natural que yo fuera ignorante de mi porvenir, pero estaba destinado a alcanzar la sede de obispo, lo que me dejó estupefacto. Y añadió benevolente que no iba a desvelarme ningún otro renglón de lo que para mí figuraba apuntado en el libro de la eternidad, pero que el destino me había escogido para dejar huella trascendente de mi paso. Y podía entenderlo por el mismo hecho de que fuera Meliar quien hiciera el encargo personal a Jordino, que un personaje tal no era un pilimusco para ocuparse de lo irrelevante, sino que atacaba para torcer los designios de Aquel al que no podía nombrar. Añadiendo que sería vano por mi parte, ignorante de las fuerzas que desencadenan la vida y la muerte, oponerme y empeñarme en cumplir mis propios planes, que ya se encontraban trazados por quien podía y por quien los estorbaría. Y como prueba de su capacidad de vaticinio o adivinación me dejó otra: que yo pensaba encontrar mi país tal y como lo había dejado, cuando había de hallarlo tan diferente que me resultaría difícil reconocerlo. Y mal podía, entonces, presentarse todo como lo pensaba.
La primera sospecha fue que trataba de infundirme sentimientos de orgullo y vanidad. Aunque me surgió de inmediato la duda de que nunca antes me mostrase especial inquina, sino consideración; mas era diablejo y bastaba para no suponerle buena voluntad. Escucharle vino a acrecentarme el enfado, pues que su herida era más profunda que la del mismo Jordino, ya que me negaba el albedrío. Razoné yo que si Dios me lo concedía no existiría diablejo, aunque se concitaran de nuevo los seis mil y seiscientos y sesenta y cuatro ausentes a la sazón, más el mismísimo abate Meliar, capaz de privarme de un don divino, que habría de defender enconadamente.
Cuando llegué a la veramar, que era preciso atravesar para llegar a mi país, vínome a la memoria Benito, conforme crecía la dificultad de hallar un barco, puesto que, según me decían, el canal se hallaba dominado por los normandos, a quienes nadie se atrevía a desafiar. Hube, por consiguiente, de procurarme un esquife, que sólo servía para garantizarme el desastre según los augurios de los marineros. Mas puse mi confianza en Dios, armé la vela y una gran cruz en el pequeño mástil y, encomendándome a Nuestro Salvador, puse mi vida en alas de la primera brisa de la mañana.
Siendo tan escasos mis conocimientos marineros decidí abandonarme a la Divina Providencia para que se ocupase de sortearme los peligros, y quedé libre para meditar en las razones de Benito. La idea de alcanzar el báculo me rondaba con persistencia; llegué a pensar si podría venirme por conducto de mi hermanastro segundo, el que fuera nombrado cardenal y al que no había vuelto a ver desde la muerte de nuestro padre, y nos encontráramos separados por el otrosí del testamento. O quizás por el prior del convento, a quien debía visitar a mi regreso para darle cuenta del viaje a los Santos Lugares, y mi reintegro a la vida eremítica en lugar oculto. Si todo ello no estorbaba la consecución del obispado.
El oleaje aparecía más bravo y resuelto conforme nos acercábamos, como si gimiera el mar por el ardor de profundas heridas, pues, tengo para mí, que es ser dolorido y sufriente. Y en vez de los acantilados que pensaba distinguir, una cortina de niebla donde se unían las nubes y el vapor marino ocultaba el horizonte. Conforme nos adentrábamos en ella nos envolvía con su manto húmedo y pegajoso; resonaba en su seno el bramido profundo del mar, rugido sordo de titanes angustiados.
Llegó un momento en que el esquife rindió viaje hundiendo su quilla en la arena. Nada distinguía en derredor cuando pisé el suelo blando y avancé. Subí escarpados desniveles, rodeé rocas que aparecían infranqueables envueltas en la bruma, sin distinguir si era farallón o roca desgajada. Pensaba sólo en avanzar, alejarme del martilleo del oleaje en las rompientes, rumor que fue quedando atrás cada vez más sordo, aunque persistía en mis oídos como la música de fondo de un concierto alucinante, mientras caminaba y caminaba sin encontrar ningún camino. Me hallaba tan solo, inmerso en la niebla, como si ninguna otra persona existiera en el mundo. Pero alguna debía de esconderse más adelante, en el futuro, y continué avanzando hacia su encuentro, búsqueda que fue prolongándose por horas interminables y ciegas.
Eran los oídos quienes me ligaban al entorno ignoto, desconocido, poblado por el agobiante silencio de chasquidos, golpes, derrumbes, agudos, estridencias, salpicado de aullidos de muerte, canes hambrientos, cuervos graznando en demanda de su carroña, de grajas, de lobos. La niebla se desenvolvía, abrazándome, como un monstruo que me ocultaba la incógnita de un porvenir desconocido, opresiva, cargada del olor acre del humo y el rumor de la desesperación.
Cuando encontré un camino, siguiéndole con mis pasos trajo a mi encuentro humeantes ruinas, donde a veces todavía las llamas indecisas acababan la combustión de trozos de maderos, que fueron parte de una vivienda, únicos faros entre aquella bruma de desolación y soledad. Y cada vez que me detuve en procura de vida sólo hallé cuerpos mutilados, violentados, desgajados, como abatidos por una Furia.
Me pregunté qué dragón soplaba fuego y hedor sobre la tierra, pues tal destrucción no parecía humana, sino obra de un Averno desencadenado para purgar los pecados de los hombres, como el Apocalipsis anunciado en las Escrituras para el fin de los tiempos.
Aunque la niebla cerrada y agobiadora, que más me parecía sudario, mantenía la tierra en tinieblas y solamente una débil claridad penetraba desde el sol, adiviné que la noche rondaba próxima y busqué lugar para dormir antes de que se extendiera la ti-niebla absoluta. Fue entonces cuando llegó hasta mí el alarmado graznido de unos gansos que batían sus alas asustados, sonidos que me sirvieron de orientación. Era el lugar un remanso de agua, sin duda formado por la esclusa de un molino, donde escuché un chapoteo y avisté una cabeza humana y unos brazos que se debatían en la superficie. Penetré apresurado en el regolfo y con esfuerzo pude arrebatárselo a la muerte y logré sacarle a la orilla donde quedamos ambos tendidos, él casi inconsciente, yo agobiado por la ansiedad. Me había dado cuenta de que se trataba de un anciano harapiento y barbudo como yo mismo, privado de la vista.
Los gansos ya no se escuchaban, huidos o agazapados entre las hierbas de la orilla, pues era imposible adivinar lo que se ocultaba unos metros más allá, donde la niebla se cerraba. Entre tanto incorporé al desvalido, quien se lamentaba que más agradeciera dejarle ahogarse para concluir tan cruel pesadilla. Y aunque caer al agua fuera accidente, prefería antes morir, pues resultaba ingrato vivir en su vejez colmada asistiendo al fin del mundo, que no otra cosa podía ser, y su voz malsonaba temblorosa y calma, impregnada de desesperación aunque era resignada en su angustia, como hombre acostumbrado a la miseria y al sufrimiento. Me conmovía escucharle, pues coincidían sus palabras con mis presagios.
Era llegada la hora tenebrosa, la noche cerrada, sin crepúsculo, abatida la sombra repentina, sin haber encontrado un refugio. Me dijo el viejo que continuáramos por el camino que conducía a lo que antes fuera villa, ahora ruinas calcinadas, hasta una alegre alquería que tuviera su molino. Asentáranse allí, íbame explicando, más de cincuenta esclavos que un arzobispo dejara libres en su testamento, más otros liberados por sus señores, quienes les colocaron en el cruce de caminos para que escogieran su destino, y compraron luego con sus ahorros aquella tierra. Todos juntos trabajaron la alquería, convirtiéndola en un vergel, con la fe de quien rige su propia vida recién estrenada, olvidadas las penas de la esclavitud, la amargura de soportar amo, que aun resultando bueno no otra cosa es que un carcelero, pues que te mantiene obligado y sujeto por fuerza.
Entre las ruinas se adivinaban los resplandores de algunos pequeños fuegos, al amparo de montones de escombros o cualquier parapeto que los disimulara, llamas temerosas, ocultas, y al penetrar por el laberinto se presentían ojos espías, brillantes carbunclos, surgiendo como las brasas desde la profundidad de un cubil. Pero no eran fieras, sino hombres, quizás mujeres, posiblemente niños, me explicó el ciego, supervivientes de la horrible matanza y frecuentes incursiones de los piratas de sucia sangre, merodeadores salvajes, hombres del norte más allá del mar, sedientos de venganza, que no otro impulso les trajera a la alquería, donde la única riqueza eran las provisiones que ya robaron la primera vez. Ahora seguían buscando sangre, y exprimían el placer de segar la vida de todo ser viviente. Demonios que se complacían en asesinar a los humanos, que ellos no lo parecían, más bien lobos con rabia.
Hallamos una pequeña fogata abandonada por cualquiera que huyera al sentir nuestra proximidad, y acomodé cerca al ciego. Me dediqué a secar mis ropas a la par que combatía el frío, que iba dejándose sentir intenso y doloroso, sin que perdiera la sospecha de ser vigilado por ojos errantes, por sombras desvaídas, que no alcanzaba a descubrir si eran humanas o de algún lobo, hambriento y desesperado, quienquiera que fuese, pues no habría diferencia.
Apenas dos meses antes el lugar apareciera alegre y floreciente. Reía en las pupilas la ilusión, en aquellos mismos que ahora se ocultaban aterrorizados y rehuían cualquier encuentro, cuando una partida de piratas que recorrían el territorio en busca de provisiones asaltó el lugar, abandonado apresuradamente por aquellos hombres que compraron su derecho con una vida de esclavitud. Destruyeron cuanto encontraron al paso, incendiando las viviendas, saciada el hambre con la comida y la sed con el vino. Y tan felices se sintieron después de ahítos, enfrente de la desesperación de los lugareños, según me refería el viejo, la voz temblorosa por la tristeza del recuerdo, que no tuvieron medida. Hasta que ebrios se recogieron en la corraliza donde guarecían el ganado por la noche, arrastrando consigo a las mujeres que tropezaron, cuyos maridos perecieron ensartados en sus lanzas, degollados sus niños. La voz del anciano se velaba al evocar los gritos desgarradores de las mujeres ultrajadas, envueltos entre las carcajadas y el bullicio de aquellos demonios, cuyo placer consistía en procurar a los demás la muerte y la destrucción, en medio de crueles tormentos y violencias, que jamás conocieran una horda tan despiadada.
Vencidos por el vino, que no saciada su crueldad, paulatinamente se impuso el silencio en la corraliza, ocasión que aprovecharon para escapar las pocas mujeres que quedaron con vida, que muchas murieron aquella noche, y las que llegaban pedían desesperadamente que las matáramos nosotros si sentíamos alguna piedad.
Después de una pausa, que aprovechó el viejo para dominar la emoción que le ganara con el recuerdo horrible, me refirió que sin mediar palabra, horrorizados como se encontraban los supervivientes, concibieron la misma idea: amontonar leña alrededor de la corraliza hasta completar tres muros anchos y crecidos, a los que prendieron fuego por múltiples lugares a la vez.
Dos rapazuelos, vencido su temor, se habían llegado, silenciosos y suplicantes, hasta nosotros, pidiendo comida con el gesto. Abrí el zurrón, que portaba casi vacío, y les entregué los mendrugos y un arenque, que devoraron ansiosos. El viejo, con un nimbo neblinoso enrojecido por la luz de la pequeña fogata, me recordó a Eumeo, al que conocía por un libro intitulado la Odisea que leyera cuando el convento.
«No puedo narrarte, forastero -prosiguió el viejo algo repuesto después de la pausa-, aquel horrible espectáculo. Los piratas, empavorecidos, arrancados de su turbio sueño por el calor, el humo y el crepitar de las llamas, se lanzaron desesperadamente intentando saltar el fuego; sus alaridos todavía resuenan en mis oídos. Paréceme que aún contemplo sus figuras de demonio danzando entre las llamas, embrazado fuertemente el escudo y volteando la espada, en desesperado esfuerzo por atravesar una muralla de fuego que había sido levantada para impedirles escapar.
»Y ya no puedo referir otra cosa que los gemidos de muerte y terror entremezclados con el crepitar del incendio. Pues que mis ojos, incapaces de contemplar tanto infierno, cegaron.»
Desaparecieron los niños. Sólo les atraía la comida; pronto comprobaron que nada más quedaba. El fuego se había consumido entre tanto y únicamente restaban brasas. No me atrevía a ir en busca de leña, ni el ciego me lo permitió pues que se escuchaban, ora lejos, otras veces más cercanos, carreras y chillidos, golpes que podían ser hachazos o mandobles de espada, estertores, cuerpos que apresuradamente huían o perseguían, jadeos y carreras despavoridas, junto al escándalo de algún can que ladraba medroso, cacareos de gallinas sorprendidas, el graznido de los gansos asustados y el ronquido de un cerdo perseguido con ahínco, si juzgábamos por el alboroto; todos los ruidos ensordecidos por la tiniebla de la noche.
«Vinieron otros a vengarlos -prosiguió bajando la voz- y regresarán cada noche acompañados de la muerte, mientras quedemos uno con vida. Ya ni siquiera huimos. Esperamos que descubran la madriguera y nos maten. Si os encontráis vivo por la mañana, no os detengáis aquí por más tiempo.»
Alertado como estaba servíame de la niebla como escudo para ocultarme; rehuía tropezar con alguna forma o cuerpo vagamente vislumbrados. Caminé así días y días, desorientado siempre, perdido a veces. Aunque el anciano me trazara el camino que podía llevarme a mi destino. Me ayudaba que los otros paisanos supervivientes, aterrados como yo mismo, huyeran también cuando avizoraban la presencia de otro hombre entre los espesos cendales de la niebla, que transportaba jirones más oscuros flotando en su seno, ya que nadie deseaba aventurarse pues que el prójimo le era desconocido.
Una mayor densidad de humo que irritaba los ojos, oscurecía la niebla y ofendía el olfato con el acre olor de la resina, servía de flámula para señalar los lugares donde existieran villas, viviendas aisladas. Si todavía alguna llama persistía delataba la cercanía de los bandidos, siendo preciso extremar el cuidado.
Caminaba lento, encorvado, la vida puesta en agudizar la mirada para taladrar la niebla, adivinar anticipadamente cualquier presencia enemiga, que todos podían serlo, convencido de que pronto reconocería el territorio donde transcurrieran mis mocedades. El camino real, la posada, el puente de madera asentado' sobre el río, los regolfos de agua para los molinos, las largas filas de árboles que flanqueaban el sendero, el bosque. Dilatábase tanto su vista que ya andaba desesperado pues, cuando cualquier accidente me despertaba el recuerdo, al explorar el contorno lo hallaba tan distinto que no lo reconocía. Difícil resultaba identificar nada, cuando la niebla ocultaba y desvanecía todos los contornos más allá de seis pasos. Creí haber llegado cuando se me ofreció el recodo del río, que pasé y repasé para apreciarlo, destruido el soberbio puente que otrora cruzaba retumbando bajo el brioso cabalgar de mi caballo; se me presentó el bosque-cilio donde tanto haraganeara en mis años, pues que la mansión debía encontrarse a mi izquierda mano, señora sobre la suave colina, rodeada de cercanas viviendas de villanos, almacenes, dependencias y caballerizas, todo ello extenso como un villarejo capaz para varios centenares de almas que entonces lo poblaban.
En tal dirección me encaminé y cuando me espoleaba la ilusión de descubrir las construcciones encontré sólo ruinas; ni un solo muro se mantenía erguido, pues tan arrasada estaba la mansión de piedra como las cabañas de madera, calcinado todo por el fuego. No encontré rescoldos ni cenizas calientes. Tampoco humo. Ni pájaro ni lagartija siquiera. Sólo la fría desolación, sobrecogedora, pues que ni cadáveres vi por no encontrar rastro de la vida que allí bullera en otro tiempo.
Permanecí sentado sobre una piedra acompañado por la desesperanza. En cuanto llevaba visto desde el desembarco, en ningún otro momento me sintiera más desfallecido y derrotado. Pues que la ilusión de regresar al lugar de mi infancia me alentara y mantuviera entre aquella pesadilla. Parecíame ahora llegado el final, y no me importaba morir si Dios tuviera fijado para entonces mi postrer instante.
Tan grande infortunio me abatía. Sobrecogido por el dolor y la desesperación, desarraigado brutalmente de cuanto me había sido caro en el recuerdo y el sentimiento, permanecí durante horas ausente, sumido en tenebrosos presentimientos. Hasta que vine en recordar numerosos lances de mis tiempos jóvenes, que me aliviaron. Concluí recordando al conde Montfullbriey, cuya suerte no me preocupaba mucho, pues que jamás me tuvo en consideración de hermano, sino como lacayo de la más baja condición, hijo de la gran posadera que me llamaba con insulto y desprecio.
Sin que sirvieran estas tristes memorias para encubrir la suave desilusión que me embargaba, por la secreta esperanza de que fuera él quien me facilitase el nombramiento de obispo. Que si no me constituía obsesiva preocupación, alguna que otra vez se me enroscaba en la mente con un interrogante de curiosidad. Aunque, si había de llegar, la Providencia se ocuparía del caso. Pero que fuera antes de apartarme en el monte, pues que una vez allí me encontraría perdido para el mundo. ¿Y debía yo procurarlo también? No acertaba a adivinar lo que fuera más conveniente. Aunque pensaba que quien no vive en la corte pierde los cargos.
Me retiraba por el camino real inquieto por la incertidumbre de lo que me convenía, tan absorto en mis pensamientos que me sobresaltó el inesperado encuentro con un hombre, y pensé era llegada mi hora final. Cerrado me tenía el paso y, espantado, buscaba en derredor por dónde escapar, encajonado como fiera sorprendido en el cubil. Por ello me diera tiempo a descubrir una figura luenga y magra, hirsuta, vestida de ropa talar que se ajustaba bien a lo que podía considerarse una vieja y maltratada cogulla. No imaginaba a un pirata disfrazado de fraile enteco, pues eran gigantes fornidos. Mas nadie me causara mayor espanto.
«¿Portáis contrabando?», fue el saludo, la voz severa y profunda, como bajo de coro, aunque era talludo de figura.
Al reponerme de la sorpresa le pregunté si era fraile. Lo era, y alcabalero, para cobrar arbitrio y peaje a cuantos transitaren por el camino real, privilegio concedido a la abadía por el rey, cuando éste le reconociera las antiguas mandas. ¿De qué abadía me hablaba cuando aquellos terrenos eran del conde?, inquirí, pues me sonaba extraño. Reconoció con ello que yo ignoraba la historia, pues le hablaba de años que ya fueron idos hacía mucho, e invitándome a entrar con él en la cabaña que junto al camino le albergaba, quiso referirme el suceso. Pero antes sintió curiosidad por averiguarme, y al enterarse que venía peregrino de los Santos Lugares, sintióse tan feliz y exaltado que no tenían fin sus plácemes y parabienes, además de procurarme el más cómodo y preferente lugar junto al hogar encendido, que me alivió la tiritona del hambre, pues me reclamaba el estómago su pitanza, harto olvidada durante los últimos días, más por carencia de alimentos que por distracción. Objetó el fraile alcabalero que todavía no era llegada la hora del refrigerio, aunque al encontrarme desfallecido atendería a la necesidad antes que a las horas. Quédele reconocido y pronto satisfecha el hambre, con ser mucha y vieja.
Acabado de comer me mostró su curiosidad por los pormenores de Tierra Santa, y eran de admirar sus exclamaciones y alegrías como si mis palabras confirmaran sus referencias. Que tal parecía un niño que estrenaba jubón. Me maravillaba su facilidad de exaltarse, transitando por el camino de sus propias ideas, como suele ocurrir a los solitarios y a los soñadores.
Cuando llegó el momento en que le referí el bocado que diera al sagrado leño durante la visita al excelso templo, la iglesia de Constantino, puso empeño en que le mostrara la astilla que conservaba en una bolsa de cuero colgada al cuello, y una vez expuesta la adoramos.
Según hilvanaba cuanto me iba refiriendo viene en conocer que el lugar fuera un antiguo asentamiento romano, sobre cuyas ruinas levantaron una iglesia los monjes que llegaron con San Crispolino, mandados por el Santo Padre de Roma para renovar nuestra Iglesia, sobradamente arruinada por herejías y pelagianos. Y cuando florecía la fundación, según se extendía la santa palabra divina entre los pobladores, acudió una salvaje horda que asoló el territorio, siendo saqueada e incendiada la iglesia, quedando reducida a cenizas.
Envió el rey a su ejército para combatirlos, al mando de un conde Montfullbriey, a la sazón famoso guerrero joven y bravo, quien pronto expulsó a los piratas, y recibió el territorio en premio a su valor. El joven conde puso en la reconstrucción de sus dominios las mismas energías y voluntad que empeñara contra los invasores. Construyó nueva iglesia de piedra que destacaba sobre las cabañas de la región. Y también de piedra fue levantada su mansión, encerrado el conjunto con elevados muros que resultaban una maravilla por el arte y la fortaleza, que parecía inexpugnable.
Mas, defecto había de tener alguno, y así fue que el gobierno de la nueva iglesia lo entregó a sacerdotes del clero secular, alegando que ningún superviviente quedaba de los frailes fundadores venidos de Roma, y así nadie ostentaba derechos que se opusieran a su voluntad.
Por el hilo de los tiempos a que se refería colegí que eran los de mi abuelo paterno, a quien le sucediera mi padre, años aquellos de próspera vida que en su última parte ya me era conocida.
Para la época en que mi hermanastro heredase título y propiedad falleciera nuestro rey y ascendiera al trono Edwig, su hijo de dieciséis años. Ninguno de ellos heredara, empero, la energía y espíritu guerrero de sus respectivos antepasados, y tal debilidad fue aprovechada por los piratas, que siempre estuvieran vigilantes de la ocasión, sin renunciar jamás a conquistar y asentarse en nuestro territorio.
Una gran coalición de danés y norses, que aun siendo rivales entre sí se aliaban contra nosotros, se volcó en cruel ofensiva sobre nuestras costas y asolaron el país. El rey que, aunque flojo guerrero, poseía, en cambio, grandes virtudes como gobernante, pues ningún otro procuró jamás tanto el bienestar de su pueblo -regaló territorios y prebendas a los nobles y propició el resurgimiento de la Iglesia-, ordenó al conde asumir el mando de los ejércitos reales añadiéndoles los propios, y le invitó a reverdecer las gestas gloriosas de su valiente abuelo.
Aciago día aquél, cuando los ejércitos se encontraron en el lugar fijado para el combate al primer rayo de sol de una gloriosa mañana, cuya esplendorosa amanecida deseaba iluminar el triunfo de la cruz redentora de Cristo sobre los paganos, poseídos del espíritu destructor de Satán.
Fueron aproximándose las vanguardias parapetadas tras las murallas de escudos -los piratas, con sus horrísonos gritos proclamaban el odio que les animaba-, cuando los líderes cristianos se vieron acometidos por la necesidad de ausentarse en seguimiento del conde, que había dado media vuelta, afrenta e ignominia, baldón cobarde contra su casa tan noblemente ensalzada hasta entonces por virtud de sus valientes antepasados. Abandonadas por sus jefes, las tropas siguieron la traicionera y vergonzosa huida.
Justamente indignado el rey Edwig desterró al conde y a cuantos caballeros le imitaron. Pero, aun siendo tan excelsa su virtud de gobernante iluminado por la gracia, no pudo impedir que la horda mantuviera el territorio por años sometido a la rapiña, el robo, incendio y saqueo, hasta que apenas sobrevivió un alma, convertido en ruinas, desolación y muerte. Tanto como lo era ahora.
Cuando sólo cenizas quedaron sobre la tierra quemada, marcháronse los piratas. De nuevo el país estaba sujeto al rey, que lo pobló con gentes de otras regiones, que se trajeron su ganado.
«Y fue entonces cuando apareció el arzobispo Willfrido, quien gozaba de la confianza real, y por ende protegía a nuestra santa y gloriosa orden regular. Entre las ruinas de la iglesia encontró el arzobispo los documentos de la fundación primera, en que constaban las concesiones que en su día le hiciera el rey, y hasta el mismo mandato del Papa apareció entonces. Presentó tales cédulas milagrosas al joven rey, el cual en presencia de todos los dignatarios de la Iglesia y asistido por los nobles de su consejo, evidenció su espíritu desprendido y volcado en favorecer lo divino, llegando a doblar con sin igual generosidad las mandas de su padre, y hasta las del Santo Padre, añadiendo otros muchos territorios a la abadía, con sus ríos, aguas, vertientes y pantanos, villas y mercados, molinos y herrerías, con derecho de peaje sobre el camino real que atravesaba los límites de la abadía, que les entregó liberados de toda obligación para con el rey, con el obispo y de todo servicio regular. En este territorio, pues, sólo era reconocida la autoridad del Abad y sus oficiales. Y este legado lo declaró con todos sus derechos libres jurándolo por Cristo y por San Pedro, y el arzobispo lo recibió expresando su voluntad de que permaneciera cuanto había entregado y jurado el rey, y anunció la maldición de Dios y de todos los santos, de los dignatarios de la Iglesia más la suya propia, a cualquiera que violare lo dispuesto, que sería castigado con la excomunión a menos que el pecador se arrepintiese.
»No cejaron los sacerdotes seculares, anteriores propietarios de la iglesia, y así se personaron ante el rey para reclamarle su pertenencia, pero fueron rechazados. Era resolución del monarca, joven pero sabio, secundar la voluntad de Roma para mayor gloria de Dios, expresada por el arzobispo Willfrido, que deseaba sustituir a los seculares de costumbres relajadas por monjes pertenecientes a la muy Santa Orden de los Renovadores. Y aunque acudieron a Roma, con lo que importunaron a nuestro Santo Padre, nada consiguieron, pues que no llevaban cartas del rey ni de los dignatarios de la Iglesia que apoyaran sus reclamaciones, de modo que regresaron fracasados. Antes bien, el Papa alabó los regalos y privilegios concedidos por nuestro amado soberano a la orden, y confirmó cuanto había sido dispuesto.
«Contando con la ayuda incondicional de Su Majestad, cuya mano no se cansaba de entregar dádivas, levantó el arzobispo la iglesia y construyó una abadía, con sus dependencias para monjes, almacenes, herrerías y cuanto resultaba necesario, encerrado el conjunto dentro de una fuerte muralla. Toda la obra de piedra, y para mejor resultado mandó traer de Gaul canteros y vidrieros que lograron tan espléndidas construcciones como nunca se contemplaran en el país. Y de estos artesanos aprendieron los nuestros, quienes siguieron después levantando templos con ese hermoso estilo normando que trajeron de allende el mar.
»Muy pronto la abadía se convirtió en centro espiritual de todo el país, del que salieron monjes para poblar otras que iban fundándose hasta contar mil, tan grande era el fervor de nuestro arzobispo e inagotables las mercedes del rey.
»La santa paz de nuestra abadía era el resplandor de la fe iluminando todas las fundaciones de nuestra Santa Orden Renovadora, título concedido por el Papa, encargándole eliminar la relajación del clero secular y levantar la fe en todo el territorio. Nuestro arzobispo rogó al Sumo Pontífice que le enviase el archicantor de San Pedro de Roma para que nuestros cantores aprendieran el arte puro de alabar a Dios, y acudieron de todos los lugares de la orden para que en todas fuera uno el canto, unas las voces, uno el estilo, un solo clamor el que subiera hasta el trono empíreo a pedirle por los menesterosos, en eterna alabanza a Dios Nuestro Señor.
»Mas el enemigo persistió en cultivar el vicio, con ayuda de la envidia y la soberbia, en el corazón de los nobles y cortesanos, amparados en la santidad, paciencia y tolerancia de la corona, con lo que se alzaron contra lo dispuesto por Nuestro Señor Dios de los Cielos y de la Tierra, que elige a algunas de sus criaturas para ungirlas con los santos óleos de la realeza, y llegaron a matar al rey. Tan satánica era su furia que, al no resultarles suficiente ser ellos sus propias víctimas, convirtiéronse en deicidas, que eso supone matar a un rey ungido por Cristo. Y le enterraron vergonzosamente, sin honores, a escondidas, como si se tratase de un ajusticiado, en un hoyo clavado en la tierra, sin señalarlo si quiera con una tosca cruz. Acontecieron los hechos en una cobarde traición perpetrada durante un banquete, en que la víctima creía encontrarse rodeada de sus mejores amigos y siervos. Aquella noche surcó los cielos un cometa dejando a su paso una larga cabellera rubia como un sendero de fuego. El cielo se tornó rojo, bañado en llamas, con estrías de luz por donde brotaba sangre, como las heridas por donde huyó la vida del cuerpo apuñalado del jovencísimo rey, y cada noche se repetía el milagro.
»A poco dejó de brillar el sol y la tierra se cubrió con esta densa niebla que desde entonces nos envuelve, y así vivimos, los que vivimos, en penumbras de desesperanza, porque es la maldición de Nuestro Señor Jesucristo que a todos abarca.
«Para completar su venganza envió Dios una grande horda de piratas, que jamás otra tan crecida invadiera nuestro país, pues fueron 113 los navíos que vomitaron desalmados asesinos. Ellos han destruido el reino, incendiado y asolado en su totalidad; arrasaron nuestra abadía, como has podido ver por tus propios ojos. Soy el único monje con vida y sigo fielmente las instrucciones de nuestro santo abad, quien me señaló por alcabalero en este camino real, y aquí permaneceré mientras se me ordene otra cosa.»
La historia, que refiero abreviada para no cansar con la prolijidad, circunloquios y vacilaciones con que la escuché, me costó más de tres semanas conocerla. Pues siendo el alcabalero lento de palabra, parsimonioso de ideas, confundía los tiempos y entremezclaba personas y hechos. Y todo sucedió respetando las horas canónicas; jamás conociera otro que, viviendo solo, fuera más escrupuloso. Me arrastraba a cumplir con el mismo rigor, y así estábamos en pie para maitines y seguíamos con laudes, primas, tercia y sexta, cuando comía y me hacía comer, y seguíamos con sexta, nona, vísperas y completas.
Tan sobrio era en el alimento, según correspondía a la disciplina y a los tiempos, que cultivaba un pequeño huerto de coles y patatas, nabos y zanahorias, más otras berzas ásperas de sabor; también rabanillos que decía ser ayudativos de la digestión y agudizaban los sentidos, y una mancha de perejil para recogerle la semilla, que resultaba útil contra las ventosidades estomacales y los torcijones de vientre, amén de aplacar, en infusión, el dolor de costado, de los riñones y la vejiga, que ya la edad le producía esos achaques y alifafes. Tenaz era el anciano, que poseía los rasgos y filosofías de los muchos años; aseguraba que no intentaba vivir más sino con mayor salud, pues ello redundaba en mejor servicio de Dios. Y así, junto a las coles y nabos, cultivaba primorosos rosales, al tiempo que razonaba: cuando desaparece la ética debe procurarse al menos la estética. Que nada placía más al Señor que regocijarse con las buenas obras de los hombres, con la belleza y el aroma de las rosas. Y cuando faltaba lo primero, razón de más para esforzarse en lo segundo.
Persistía el fraile en sus lamentos sobre las desdichas de aquel tiempo de paganos y herejes, y aseguraba que el cometa y las noches bañadas en sangre seguían produciéndose allá arriba aunque no nos fuera dable observarlo por la niebla, y no tendría fin el deambular de las sombras de los muertos insepultos entre la bruma hasta reparar la ofensa hecha a Dios. Ni se marcharían los piratas, vagando en busca de vidas que segar y alguna cosa para comer. Se empecinaba en continuar allí cobrando peaje y alcabalas, aunque ningún paisano que todavía conservase la vida pasaba por el camino real, salvo las almas errantes de los difuntos que no recibieran sepultura, que sí pasaban, al decir del fraile, pero a los que no había posibilidad de cobrarles peaje. Mientras se necesitaba el dinero para pagar tributo a los piratas, pues se les había comprado la paz aunque no cesaban en sus rapiñas y ataques hasta recibir el total estipulado, que no se conseguía recaudar. En el entretanto robaban y asesinaban a cuantos sorprendían, como lo tenían por costumbre, pues jamás respetan los paganos pacto alguno, igual si se les paga que no. Aunque de entregarles el tributo, ya se estaría, cuando menos, en derecho moral para reprocharles.
Nunca concluiría aquella situación a menos que los asesinos del joven rey hicieran penitencia y en solemne procesión expiatoria, con los honores que se deben a un ungido, llevaran su cuerpo y le sepultaran con dignidad en mausoleo de piedra labrada, en la catedral de la sede arzobispal.
Si el entresijo de las enredadas ideas del anciano fraile era nido de sorpresas, no fue menor verle salir al paso de un grupo de piratas groseramente vociferantes, armados como les era habitual; escudo, espada, hacha, lanzas, arco, flechas, aljaba y puñal, el casco y la casaca de cuero. Eran los únicos que transitaban por el camino real. Y sucedió de improviso, sin que tuviera la previsión de esconderme; tal fue la sorpresa que me causó verles brotar de entre la niebla, que me sentí paralizado. Me abandonaron las fuerzas, como si me hubiera llegado el último instante de la vida, más allá del espanto y del terror. El fraile exigió el diezmo a los piratas, fuere cual fuese el alimento que llevaran consigo, que lo era robado, sin remedio.
Después me explicó que a la fuerza militar no podía oponerse, pero en lo moral debía exigirles lo mandado por el santo abad, que para ello se encontraba allí. Por ser paganos no iba a permitirles, encima, burlarse de las disposiciones cristianas. Y si eran ellos los únicos que transitaban, mayor el motivo para contribuir al mantenimiento de los hombres dedicados al servicio del Señor.
No me extrañó tanto el atrevimiento de salirles al paso, cuando la sola vista de tan fieros continentes paralizaba de terror, como la sumisión que le tenían, según era evidente, pues lejos de rechazarle o insolentársele, matarle incluso, pagaban voluntariosos y con agrado, hasta con simpatía, como si la imposición les resultase grata, o cuando menos inevitable.
Encontré en buena hora un corralillo disimulado entre unas ruinas cercanas donde el fraile guardaba una docena larga de gallinas, que no sólo no le habían robado, sino que todavía le entregaban alguna de vez en cuando para que engrosara la colección.
Pregunté para qué las quería si no pensaba repoblar la comarca, pues que el gallo estaba separado. Respondióme que lo había castigado por incontinente, y que Dios proveería lo que correspondiese disponer después. Que él en recogerlos tenía obligación y así lo hacía. Y cada cual en su deber y a su debido tiempo, que procuraba cumpliesen también las gallinas las horas canónicas y las que permanecían allí más tiempo ya se encontraban enseñadas, al menos en cuanto al trabajo se refería, que para ellas era poner huevos, comer y guardar silencio. Resultaba el gallo el más indisciplinado, y aunque con el pecado de incontinencia motivos tuvo para expulsarlo, no lo hizo pues le señalaba puntualmente las horas, y yo había observado ser cierto, que a falta de una clepsidra el canto del gallo no resultaba menos ajustado. Así que lo reservaba designado como campanero para la nueva comunidad, con la intención de que si pasando el tiempo no se tornaba más virtuoso, día llegaría en que, creciendo la comunidad pudiera sustituirlo con fraile de reglamento y le expulsara por oficio. Aunque, por ahora, era tiempo de condescendencia.
Tan extraño hombre mantenía su fe en el porvenir. Concluiría aquel tiempo de herejes y paganos, pues habrían de marcharse cuando recibieran el rescate o lo dispusiese Dios, después que aplacaran Su ira los asesinos del rey con la expiación de su pecado, y la vida se reanudaría como antes. Pues no es una fuerza que se acaba, sino una energía que se renueva a cada instante. Aunque aquí pensaba yo que jamás se detiene, cierto, y en cada instante se transforma la faz, de modo que nunca vuelve a ser como era. El fraile persistía en vaticinar que la abadía sería reconstruida, y como otro no quedaba, cumpliría a él encabezar la comunidad como abad, y ya contaba con el gallo Federico para campanero, siéndole el único edecán con que contaba hasta el día. Llegado aquí el discurso me propuso quedarme, pues mucho servicio podía hacerle; por alcanzar puesto relevante en la comunidad no me preocupase, que todos se encontraban vacantes, y así, sería lego, cocinero, agricultor, granjero, lector, hasta archivero y bibliotecario, y aun organista y cantor, que toda la comunidad la descansaba sobre mi persona, y más a gusto no me hallaría jamás en otro sitio.
Detúveme un momento pensando si sería aquél el camino señalado por la Providencia para entregarme el báculo cuando, repentinamente, brilló la luz en mi cerebro: si los piratas le respetaban era por considerarle sagrado, oráculo divino, pues que los dioses se expresan por su boca. ¡Facultad reservada a los locos!
La humedad de la persistente niebla acabó enmolleciendo el buen juicio del santo varón, entre cuyas ideas iba creciendo el musgo al igual que sobre las ruinas que le rodeaban. Aunque en este u otro rincón, al abrigo de una piedra, brotasen algunas margaritas.
Dos meses permanecí en su compañía. Y a fuer de viejo y reconocido cristiano, que me fueron de provecho para la salud del cuerpo y del alma, aunque me pasara el tiempo cantando maitines, trabajando y conversando como señalaba el reglamento, al ritmo de los sonoros quiquiriquíes de Federico, cuya plaza de campanero de la futura abadía nadie se atrevería a discutirle. Que si tan bien cumplía en los tiempos malos, ¿quién podría escatimarle sus méritos cuando de nuevo brillase el sol?
Ya que tenía el cuerpo descansado y el alma tranquila me puse en camino. Entre nabos y coles, amén de algún huevo que alcanzaba a disimularle al viejo, que en controlarlos era muy estricto sin que me explicase para qué los reservaba, si las ponedoras permanecían en viudedad permanente, se obrara el milagro de reponerme de las muchas fatigas y el largo ayuno que hasta allí me trajeran.
La niebla parecíame más cerrada, los vapores que transpiraba la tierra más densos, los jirones que flotaban más renegridos, con lo que el mundo desaparecía en mi entorno.
Encaminé mis pasos a campo traviesa, pues era conocedor desde allí del terreno, aunque todo lo hallase cambiado, que la misma naturaleza no cesa de transformarse, si no es nuestra visión la que transforma las imágenes conforme al paso de nuestras ideas, pues no era aconsejable usar el camino real sabiéndole reservado para los bandidos.
Los ladridos de los perros, quizás fueran lobos, venteaban la muerte. Pensaba que yo mismo no alcanzaría a ser, en aquel mundo fantasmagórico, más que un alma en pena que fuera purgando sus muchos pecados, y que mi cuerpo material se habría desintegrado entre la energía que impulsa al mundo, aunque sentía allá dentro, entre los recónditos pliegues, un penetrante dolor.
Mis pasos se sucedían, con intuición, en pos del convento, cumplidor del deber de comunicar al prior mi viaje a Tierra Santa, entregarle la reliquia de la Santa Cruz, que nunca abandonaba, por ser mi mayor y más decidido propósito el de volver al seno de la montaña, retirándome por vida como solitario y silencioso eremita. Aunque me asaltara la duda, que llegaba a turbarme el sueño, si el tal viaje fuera tan real como la misma vaquerilla lo había sido, como los Halcones Peregrinos, el jedive y las huríes, que no pasaron de hechizos y engaños de la mente, propiciados por aquel diablejo mendaz obcecado en dañar mi salvación atacándome por la lujuria. Y gracias fueran dadas a Dios que por aquellos tiempos parecía protegerme no sólo de Jordino, sino de la legión entera, que bien ocupados se encontraran con otro y de mí no se acordaran, aunque fuera de poca caridad el deseo, por lo que me arrepentía e invocaba el perdón de Nuestro Señor.
Como en lo tocante a sincero jamás me dolieron prendas, diré aquí, pues que viene al caso, que no se me ausentaba la idea de encontrar la vía de mi obispado -si al cabo no resultaba otra burla como tantas, aunque tal desconsideración de Benito no esperaba-, entre las bendiciones y parabienes del prior, que un regalo como el que le proporcionaba bien merecía especial distinción, pues con albergar el convento muchas reliquias, ninguna de tan excelsa significación como la astilla del santo madero.
Como resultaba tan largo el camino y absoluta la soledad, sumido en la niebla que ni por un momento abría resquicio por donde avizorar lo que me rodeaba, lugar había para que las ideas me jugaran al escondite. Así me asaltó el interrogante primero, la duda a continuación, y el temor finalmente, de hallar el con vento en ruinas, asolado como todo el territorio. Aunque pudiera no tropezarlo, puesto que alejado de toda ruta se estaba enclavado, escondido en un pequeño y sumido valle, rodeado de altísimas crestas pobladas de enhiestos pinares, como agujas de un peine donde las nubes desenredaban sus trenzas, que descendían convertidas en sonoras cascadas entre breñas y roquedales, saltarinas y brincadoras, camino del reposo de las tierras bajas. Situado el convento en el extremo del fondo, la mayor de ellas se derrumbaba a su espalda y sus flecos húmedos penetraban la atmósfera del recinto. Siempre aquejara a los monjes la afonía por exceso de humedad, y sobre ello con el perenne batir de la casca da perdieron el gusto de hablar, hasta convertirlo en virtud; si no escuchábamos, ya que el estruendo resultaba asaz fuerte, ¿para qué proseguir con tan inútil empeño?
Dificultoso me resultaba acertar con el camino que descendía al valle: al carecer de perspectiva, imposible resultaba orientarse. Pero a fuerza de andar y desandar crestas, a costa de vueltas y revueltas, pues a las veces una pared roqueña cerraba el paso, con paciencia logré encontrarlo.
Descendí cauteloso, animado por el clamor del agua al desplomarse en el lago; su estruendo servíame de guía. La niebla resultaba todavía más intensa en el fondo del valle, saturada por el vapor de la cascada disuelto en el viento. Así me acercaba con el temor de tropezar sólo ruinas, mientras escrutaba con agudos ojos el rastro del fuego, la denuncia del humo. Pero no hallaba otra cosa que la niebla, húmeda y densa como el vaho de una marmita hirviente, que a poco empapaba mis ropas, condensadas las gotas en mi cabellera y luenga barba, resbalándose hasta mis labios, que bebían con fruición el recuerdo incardinado en las profundidades de mi ser. Aunque debía secarme con frecuencia los ojos inundados por las desprendidas de las cejas.
Me acercaba prudente hacia el fondo del valle donde me dejara asentado el monasterio, el paso cauteloso, por el temor perenne de algún funesto encuentro, y la esperanza de prolongar, con la demora, la ilusión de la expectativa. Conforme ganaba fuerza el trueno de la cascada y la densidad del agua disuelta que me envolvía, aumentaba la preocupación por lo que pudiera encontrar.
Hasta que, al fin, surgió un muro ante mí, desdibujado entre la bruma. Lo identifiqué como pared, aun cuando no sabía de qué parte, ni si se elevaba por encima del par de brazas que alcanzaba a distinguir, y por tanto, si sería sólo un muñón del edificio destruido o si continuaba sosteniendo el techo. No tropezaba cascotes ni ruinas por el suelo, lo que alimentaba mi ilusión.
Caminé, tanteando con la mano el muro que seguía, igual en una dirección que en la opuesta, y aunque me esforzaba en adivinar la altura, inútil resultaba el empeño. Ignoraba si la construcción seguía completa o no. Hasta que hallé una puerta, por la que penetré temeroso y con precaución, pisando leve para no despertar hombre o alimaña, aunque me percatase después de que el fragor de la cascada lo apagaba todo. No sólo mis ruidos, sino los de quien pretendiera sorprenderme, si es que los frailes no existían ya.
Seguía las paredes con el tacto de la mano para no perderme en el laberinto, pues tan cerrada aparecía la niebla dentro como fuera, y al orientarme procuré las dependencias donde pudieran encontrarse los monjes, de los que buscaba el rastro.
Llegué, finalmente, al convencimiento de que el monasterio se encontraba abandonado, notando, no sin extrañeza, que tampoco tropezaba enseres ni mueble alguno, ni siquiera la biblioteca; sólo se ofrecían a mi contemplación paredes desnudas, y por el suelo restos de cosas esparcidas, abandonadas a la carrera, rotas, suciedad, andrajos, montones de paja, y rastros de hogueras para calentarse los hombres o cocinar, desorden, abandono, mil restos sin identificar, como si de un campamento se tratase.
Desalentado, confuso y con afligidos presagios, acabé sentado en un banco de piedra. Trataba de averiguar no sabía qué, sumido en tristes meditaciones. Cuando, pasado un cierto tiempo, me percaté de la proximidad de otro semblante que no me era desconocido. Se trataba de Benito. Permaneció silencioso respetando mi tristeza, y dióme luego una palmada con la que expresaba su contento por hallarnos reunidos una vez más, y de consuelo por mi desesperanza. Me sentía tan infinitamente solo y anonadado que agradecí su gesto y compañía. Y así permanecimos, juntos y en silencio, algún tiempo.
Cuando nos alejamos del monasterio, hundiendo los pies en el blando césped del valle, ascendimos por el pino sendero, mientras la distancia ensordecía el fragor de la cascada.
Me explicó que hasta allí llegara Thumber con su horda de allende el mar, gentes del norte que aun siendo en extremo fiera distinguíase de las otras cuadrillas de danés y norges. Sin duda porque era el único grupo sujeto a severa disciplina por su rey, quien, astuto como un zorro, procedía con cautela y premeditación. Siempre resultaban imprevisibles sus objetivos y propósitos, pues veces había en que permitía a sus hombres conducirse tan salvajemente como les impulsaba la naturaleza, o el mismo demonio, y no era ninguna alusión, y entonces en nada se diferenciaba de las demás cuadrillas de piratas, mientras en otras ocasiones mostraban un respeto que evidenciaba el rigor de la obediencia, el servicio a un proyecto.
Así aconteciera en el monasterio, que no fuera destruido, sino que se llevó a la comunidad entera, con sus enseres y pertenencias, como regalo prometido a un su amigo, rey convertido cristiano, añorante de poseer uno de antigua tradición, que no lo quería nuevo. Thumber le animó a que construyera el edificio, prometiéndole poblárselo con rancia comunidad, y para que todo fuese auténtico los llevó con la biblioteca, herboristería, y las cien dependencias, que sólo dejó las paredes, como viera. No causó el menor daño ni a monjes ni a las cosas.
Quise averiguar si todas las legiones de diablejos, con su abad Meliar a la cabeza, habían seguido a los frailes o permutaran con los que moraban a los norges y respondióme que no aceptaron cambiar, pues que sus compañeros eran groseros y sádicos, que por nada sentían respeto. En todo existen categorías, explicó, que ellos eran refinados y sugerían principalmente por la conciencia y el escrúpulo. Le noté su cuidado para ignorar, o no mencionar al menos, la actividad de los diablejos especialistas, como el Jordino, que mejor era no meneallo. Comprendía que todos gustamos de alabanzas y de dar por no existente lo que nos causa enojos.
Fuime animando al escucharle, lo que me impulsó a preguntarle en confianza si creía él la antigua historia de la rebelión. Rascóse la cabeza, carraspeó dubitativo, y salió diciendo que no alcanzaba él tan atrás, puesto que en el oficio sólo permaneciera veinte millones de años. Insistí en el tema y viéndole impreciso le atosigué preguntando de nuevo si el mal no sería otra cosa que una energía de que se valía la Creación para corregir e impulsar todo hacia su perfección, y si en vez de enemigo no sería aliado. Aquí sonrió, contemplando algo socarrón cómo me santiguaba temeroso del disparate expresado en viva voz, pues dudas eran que me asaltaban con frecuencia, a las que por vez primera había dado forma. Nunca le viera tan circunspecto ni temeroso; me aseguró que no tenía capacidad para analizar y juzgar, sino obedecer a lo que le fuera mandado sin averiguar razones, que lo eran de alto estado. Y como no estaba seguro de que Meliar iba a responderle aunque preguntase, renunciaba. Que entre ellos era la disciplina más rigurosa de lo que pudiera imaginar.
Sumido en reflexiones y preocupado por la suerte de mis hermanos, me preguntaba cuáles pudieran ser entonces las tribulaciones de nuestro santo prior, quien para cualquier cosa andaría ahora propicio, menos para procurarme el báculo. Caminábamos en silencio envueltos en la cerrada bruma.
La otra oportunidad residía en mi hermanastro, y así inquirí a Benito cuál era su sede, poniendo disimulo en el acento y la ansiedad para restarle significación. Reforzó la enigmática sonrisa que ahora solía exhibir desde nuestro encuentro en el monasterio, lo que me causaba incomodidad y disgusto, aunque no lo manifestara. Dijo ser Hipswell. Y como nada podía ocultarle, pues que me leía el pensamiento, le insistí confirmase que alcanzaría el obispado y si sería mi hermanastro quien me lo confiriera.
Después de una pausa, en que pareció meditar la respuesta, me aseguró, con amplia sonrisa inescrutable, que poseía noticias como para sorprenderme, pero tenía prohibido revelarme el futuro. Bastante hubo con Meliar, que le calificó de irresponsable y liviano, quebrantador de normas, y boquerón, aunque mi destino, como el de todos, se estaba a resultas de las impedimentas que interpusiera el maligno, y a que yo mismo no malograse con obras los planes del cielo. No pensaba, pues, arriesgarse ahora a una segunda, que ya no quedaría en regañina, pues pesaba sobre su cabeza amenaza de defenestración y descenso al tercer círculo. Concluyó pidiéndome, y le noté el acento suplicante, que no insistiera, pues que como cristiano no debía desear males a mi prójimo. ¿Y qué era él sino lo absoluto de mis parciales inclinaciones? Un ser igual que yo, visto con aumento. ¿Cabía mayor identidad? Aun cuando no lo creyera, me aseguró, mi salvación pasaba a través de él y mucho me importaba conservarle salvo.
Difícil era adivinarle el pensamiento, pues las mañas del diablo son infinitas, alegando siempre servirte para mejor confiarte y procurar tu perdición. Aunque estaba claro, tras profunda meditación, que pretendía estorbar el nombramiento, pues estaba obligado, pero como amigo se alegraría si llegaba a conseguirlo. Y que, sobre todo, la posibilidad existía.
Así que avivé el paso en dirección a Hipswell en busca del hermanastro que poseía autoridad para nombrar obispos.
Fundaba mi esperanza en que, si no por méritos consanguíneos, a los que el arzobispo jamás concediera virtud -sino que más bien renegara del parentesco-, quizás la sagrada reliquia de la Santa Cruz obrara el milagro, pues resultaba fuerte presea hasta para una catedral, que si todas andaban repletas de reliquias de santos, a los que nadie dejaba reposar disputándose el privilegio de acomodarlos en sus propios sarcófagos, y aun a trozos cuando eran muchos en porfiar, nadie podía ofrecerle una tan prodigiosa y sacratísima como la que llevaba sobre mi pecho colgada en bolsa de badana, que hasta entonces me salvara de todos los peligros -convencido estaba por fe-, que fueron incontables. Pues el mismo demonio se mostraba conciliador y amigo, aunque jamás hablamos de ello, como si me protegiera una fuerza que le contenía.
Incitábame todo a ser más cauteloso, y no sólo de los asaltos de piratas apostados tras la niebla, ya que me advirtió que había de estorbar el nombramiento, que lo tenía por obligación. Con lo que apresuré el paso como deseoso de separarme de su compañía. No cejó él, siempre a mi lado.
Con el tiempo notaba que la bruma tornábase más impenetrable y opresiva. Se desarrollaba en vórtices espesos de vapores con olor de humo y pestilencias infinitas, y traía rumores de almas en pena, gritos que helaban mi sangre, mugidos y aullidos de agonía, carreras, sonido de espadas y galopes de caballos, resplandor de incendios, azufre, hedores insufribles, sombras que surgían y se esfumaban después en formas vagas de niños, ancianos, mujeres y hombres aterrorizados, perseguidos de muerte por demoníacos piratas, cabalgando a veces, otras a pie, embrazado el escudo, en alto la espada o el hacha, concierto infernal donde los gritos infantiles y de las mujeres se confundían con salvajes risotadas, timbres de desesperación.
Pareció desfilar aquella sucesión apocalíptica; tal pavor me infundió que permanecía derribado en tierra. Después hubo calma, disuelto el estruendo en la lejanía. No me había repuesto aún, después de notar que mi acompañante había desaparecido, cuando frente a mis ojos, sobre un ribazo donde me refugiara, avanzó una procesión de teas que apenas eran un pequeño círculo de resplandor entre la niebla que sólo con dificultad permitía distinguir a los hombres que las portaban; a lo que siguieron cánticos y salmodias que me recordaron la Santa Compañía, y así fuime incorporando para seguirles con tal de no continuar perdido y solo, mientras cavilaba la forma de exorcizar aquellas almas en pena.
Pero antes de moverme vi desfilar multitud de frailes rodeados de escuderos con hachones, presidido el grupo por la Santa Cruz, a lo que siguió un féretro tallado sobre las andas cubiertas por un tapiz, que una docena de porteadores llevaban sobre sus hombros. Y contemplé, al resplandor de innumerables antorchas que acabaron iluminando la niebla, que los que cargaban las andas eran caballeros vestidos con armadura, seguidos por sus escuderos que conducían de la rienda los caballos engualdrapados con arreos y armas de guerra. Tras ellos otro numeroso grupo de caballeros montados, todos con armas, seguidos de sus escuderos y tropa. Y sobre aquella fantasmagoría predominaban los cánticos de los monjes, letanías y rezos; un clamor piadoso y expiatorio se levantaba de la larga y nutrida comitiva, que fue desfilando en procesión.
Súbitamente acudiéronme al recuerdo las profecías del alcabalero, y colegí que se trataría del traslado de los restos del rey Edwig, que finalmente se pondrían de acuerdo sus asesinos para reparar la ofensa hecha a Dios. Me incorporé y los seguí.
Caminé por horas tras la comitiva, incesante en sus rezos y cantos, con el resplandor de los hachones que pintaban la niebla de oro y rosa, el difuminar de las formas, el constante y rítmico son de las salmodias, el crujir de las armaduras de los caballeros, y el resonar de los cascos de los caballos que redoblaban sobre el tambor del suelo. Me transportaban en alas de una alucinación hasta perder la noción del tiempo.
Cuando el resplandor de las luminarias fue decreciendo, al no penetrar las tinieblas más apretadas cada vez, indicio de que cerraba la noche, detúvose el cortejo. Apresuráronse los siervos, criados y servidores, a montar las tiendas, otros encendieron hogueras, y al final dividíase la comitiva en tres grupos; el uno de los religiosos, el otro de los nobles, cada cual con sus tropas a mano y rodeado de sus parientes, y el tercero en torno a las andas y el féretro, colocado en catafalco. Acerqué mi curiosidad hasta este último, que no había contemplado todavía de cerca y con cuidado. Allí oraba el arzobispo Willfrido, privado del difunto rey, muy recogido y devoto pasando cuentas del rosario, y le acompañaban varios próceres que fueron cabeza del consejo real, de los que se decía gobernaron, que rezaban con no menos fervor que el príncipe purpurado, rodeados de servidores y criados, soldados, secretarios y parientes. Todos ellos armados, que hasta los monjes asomaban el puño de la espada entre los pliegues del hábito.
Se adelantó una figura, próxima al catafalco, al que dirigió su voz con una entonación y ritmo que le delataba como juglar, y debió de serlo del difunto, por sus lamentos: «¡Vedlo!, triunfante de la horrible muerte que le dieran sus cobardes servidores, quienes más obligados estaban a amarle, del que recibieron espléndidos regalos. No dirigieron sus espadas contra los piratas que invadieron la patria, sino que apuñalaron a su joven rey, el ungido de Dios, sagrado sobre todos los que le debíamos obediencia. ¡Ved aquí los despojos de un gran rey, que mantuvo la paz durante su gobierno, poblado de sabios y prudentes actos! ¡Y viven sus asesinos mientras él yace frío en esta caja, convertido en polvo! ¡Pero Dios le ha reservado su gloria, y sus milagros proclaman su santidad! Que recobran ciegos la vista y sanan sus llagas los leprosos, y quedan salvos los posesos. ¡Gloria al rey Edwig! ¿Qué será de mí, perdido el más amoroso de los amos, el que me confortaba e iluminaba? Días de tristeza y tinieblas vivo desde que sucumbió ante la traición de los que más amaba».
Cuando me acerqué a la hoguera donde aparecían concentrados los nobles, pude escucharles también. Discutían, volaban los reproches, cada quien acusaba de ligereza e irresponsabilidad al otro, de modo que pensé que acabarían luchando. Pero, según vi, quedaba todo por ahora en esgrima de palabras. Aquellos que cargaban al hombro las andas acabaron elevando más la voz que sus oponentes, como asistidos de más poderosas razones, o menos prudencia, más jóvenes e impulsivos. Proclamaban con orgullo que si todavía viviera le matarían otra vez. Porque con ello servían a la legitimidad y libraban al país de su destrucción.
Llegara al trono el rey Edwig al fallecer su hermano, que contaba veinte años, apuñalado por los servidores de los nobles, cabezas del Consejo. Y aunque no constaba tuviera parte en la conjura y crimen, heredó la corona; mantuvo a su lado a los asesinos de su hermano y rey, que continuaron gobernando el reino para su provecho y engrandecían sus propiedades, distinguidos por la generosidad ilimitada, que más era despilfarro, de aquel joven coronado de 16 años, niño aterrorizado por las pesadillas que le asaltaban en sueños, quien veía dirigidos contra él los puñales que mataron a su hermano. Y no encontraba más camino para aplacar a los asesinos y desviar sus dagas sino colmándolos de favores, títulos y posesiones, que ellos devoraban con insaciable avaricia.
Acercóse también al rey el arzobispo Willfrido, que perseguía reconstruir todos los templos, iglesias y catedrales, abadías y monasterios destruidos por los piratas. Y rebuscando documentos antiguos que justificaran las concesiones hechas por otros reyes, sus antepasados, conseguía que renovara lo otorgado. Que el soberano no escatimaba cuanto el arzobispo solicitaba, pues que sintiéndose protector de la Iglesia y ayudando a la santa causa de la extensión de la fe en el reino, nunca le faltaría la protección de Nuestro Señor Jesucristo, y así preveníase del daño que pudiera venirle de sus nobles consejeros, contra los que se le acrecentaba el temor día a día. También redoblaba las dádivas a éstos para aplacarlos, y derramaba a manos llenas regalos y mercedes a la Iglesia para ganarse la protección de Dios.
Tan extensas llegaron a ser las cesiones que cuando un abad reclamaba la ayuda del ejército real contra los piratas que asolaban el territorio, habían de pagarle peaje por transitar los caminos del reino, y tributo por las provisiones e impedimenta, y aun por ocupar su suelo con campamentos, que no quedaba colina ni valle en todo el reino que conservara el rey en propiedad. Y sin duda, perdida la confianza en sus parientes, llamó a la corte a extranjeros que le acompañaron en su soledad y le disiparon el miedo y el terror, pues en todos veía asesinos.
Tan depravados eran los que vinieron que el reino llegó a transformarse en palenque de privados intereses. Como quiera que algunos se opusieron a las leyes monásticas que Edwig había propiciado, muchos monasterios fueron destruidos y los monjes dispersos, y no hubo respeto para las doncellas ni viudas, con lo que se produjeron injusticias y crímenes sin cuento. Mientras, en palacio, asistía el rey a una constante orgía, practicaba quiromancias y embrujos; llegó a la mayor depravación que pudiera alcanzar un monarca, angustiado por la idea de ser asesinado. Y el reino se agitaba en guerra civil; sólo los pobres se escondieron en agujeros para salvar la vida, ya que otra cosa no poseían. Mientras, dos bandos, uno capitaneado por los extranjeros y consejeros del rey, el otro por el arzobispo que proclamaba su empeño de rescatarlo, disputábanse el derecho a suprimir a sus enemigos y gobernar a su antojo.
¿Acaso quedaba otro recurso a los buenos patriotas que eliminar al soberano, pues era él la fuente de toda la tragedia, la ruina del país? Lo mataron, insistían en proclamarlo con orgullo, ya que no había otro medio de acabar con la maléfica influencia de los extranjeros y nobles del Consejo, ni con la hegemonía del arzobispo, quien protegía especialmente al soberano, pues por ningún otro conducto esperaba conseguir mayores recompensas. No existía en ellos arrepentimiento. Y si cargaban con el féretro y accedieron al enterramiento sagrado ante la insistencia de toda la nobleza, fuera por la excomunión que sobre ellos pesaba, y el deseo de que acabase tan larga época de tinieblas, de pestes y epidemias que a todos azotaban y arruinaban, pues que habían ofendido a Dios. Por doblegarse -reclamaban a quienes les discutían-, debían ellos mostrar el orgullo de quien hace un gran servicio a su prójimo, y esperaban recompensa por tan gloriosa hazaña, como fuera dar muerte a tan joven pero depravado rey, que bien muerto se estaba y sólo podía serles causa de gran regocijo.
Llegué a encontrarme dudoso de entender las razones de unos y otros, y acabé alejándome, camino del grupo de monjes reunidos también en torno al fuego, con quienes recé vísperas, tomé una colación que buena falta me hacía pues sentía desmayo, y concluimos con las completas y los salmos misereres en memoria del difunto, de quien encomiaron su entrega en servicio de la mayor gloria de Dios, antes de ser influido por los extranjeros degenerados que lo apartaron temporalmente de sus deberes como ungido del Señor. Que tan mala compañía le había impulsado ocasionalmente a putero, borracho y Dios sabe qué otras aberraciones propias de un rey mundano. Pero reducido a mártir por sus asesinos, sus grandes virtudes habían predominado hasta convertirlo en un santo, y si no tenía vengadores en la tierra, ya Nuestro Padre Celestial lo había restituido en su gloria y extendido su fama entre los menesterosos del mundo, que acudieron al hoyo donde permaneció enterrado para beneficiarse de sus milagros; todo lo cual demostraba que la inteligencia de los hombres y sus conjuras, polvo son comparadas con los propósitos de Dios, que sus culpas más achacadas fueron a la perversidad de los extranjeros paganos que a su natural inclinación cristiana, rebosante de santidad y perfección.
Parecían resonar todavía en mis oídos los lamentos de aquellos santos monjes, doloridos por la tragedia del joven rey, cuando ya el arzobispo entonaba su oración fúnebre en la catedral, adonde llegamos cuatro días después. Colocaron el cuerpo en un sarcófago de blanco mármol; en la cubierta aparecía esculpida la imagen del difunto, con aureola en torno a la cabeza y unos ángeles en derredor, arrodillados y las manos juntas en oración. Se estaban junto al sepulcro los nobles que le quitaron la vida, que no aparecían humillados, sino que la mirada manteníanla firme, provocativa, la sonrisa dibujada en rictus mientras resonaban las alabanzas del orador, ensalzando los milagros del mártir, santificado por la malicia de sus asesinos.
Era impresionante contemplar todo el recinto de la catedral ocupado por viejos y bravos guerreros, hincada en tierra la rodilla, hundida la cerviz, su humillación ofrecida en desagravio, que quién sabe cuánto esfuerzo les costaría doblegarse ante los hombres, que por Dios no hacían problema. Más grandioso todavía, que lo tengo por el más culminante de mi vida, el momento en que se elevó, desde la multitud estacionada fuera, el clamor de que la niebla se disipaba y un rayo de sol penetró, rutilante, por las vidrieras de la catedral, iluminando los pasajes bíblicos en ella representados.
Un gloria brotó de todas las gargantas y voló hacia la cúpula, rotundo y victorioso.
Transcurridos tres días decidí proseguir mi camino. Intenté despedirme de los nobles: apenas si alguno correspondió con un saludo o un adiós, enzarzados como estaban en buscarle sucesor a Edwig, quien debía de arrebujarse cómodo en su panteón. Y tengo para mí que si las almas se desprenden de todo apetito terreno, como se admite, aquellos huesos entrechocarían sonoros, que es la forma de reír reservada a los esqueletos.
Todos tenían en boca la necesidad de encontrar rey, que reino acéfalo desgobierno es, y era sagrado deber procurarlo como mejor servicio redundare para la patria.
Aunque escuchando tan hermosas razones, adivinaba bajo el disfraz de sus palabras la particular intención personal de cada uno por designar al que mejor conviniera a sus intereses. En verdad todos desearían alzarse con el cetro y la corona, pues que otra cosa nunca les proporcionaría mayor poder. Pero ninguno era aceptado por los demás, y así la dificultad se planteaba en términos de hallar quien les sirviera por inofensivo y manejable, o imponerlo con la razón del más poderoso. Con lo cual pensaba que cualquiera de las soluciones sería igual.
Tanta era la urgencia que ya se estaban los nobles tres días en parlamento; debíase al empeño de tomar la delantera al arzobispo, que a su vez buscaba señor que mantuviera lo recibido y aun lo incrementara. Aunque los nobles se preguntaban cómo, pues que la corona se encontraba horra de patrimonio, que ya lo regalara antes en aras de la salvación aquel rey de tan santa recordación, que tres días se llevaban desfilando por su tumba todos los ciegos, mancos, cojos, jorobados y tullidos, cuantos podían arrastrarse, a los que se pedía alguna limosna voluntaria para el culto del mártir y santo, y mantenimiento de las lamparillas que lucían en su memoria, para que fuera más propicio en concederles los milagros solicitados. Y era curioso, criticaban los nobles, que los milagros los hiciera graciosamente desde su agujero en puro suelo, para revelar el lugar donde estuviera ignominiosamente enterrado, y ahora, satisfecho con honores y desagravios, buscara compensaciones. Los nobles, excusado decirlo, se mantenían tan en desacuerdo con el arzobispo que hasta les parecía mal que respirara.
Más considerados me fueron los monjes para la despedida. Enterarse de que me proponía visitar a mi pariente, arzobispo de Hipswell, y procurarme vestimenta nueva, zurrón de peregrino reluciente, báculo rematado con varitas de florecidos narcisos, gigantesco rosario de negras cuentas de ébano y cruz de plata, traído de Roma con la bendición papal, y una sarta de veneras para colgar del cuello, todo fue diligente, que mirándome yo mismo me desconociera. Amén de prestarme barbero para el arreglo de cabellera y barba, empeñado en recortarlos ajustados al uso de aquel año, propósito al que me negué, y tal quedaron como Dios quería, que de otro modo hubiérales hecho crecer menos o en la forma que desease. Tanto hicieron por el arzobispo de mi sangre, que fuera yo desparentado y mucho me temo que recibiera el Dios te acompañe hermano y algún mendrugo por mucho regalo, que me preguntaba cuánto aumentarían por conseguir la santa reliquia si llegasen a enterarse, excepto nombrarme obispo, que no existía vacante, pues tanteé el camino.
Para que su nombre fuera debidamente representado delante del pariente, entregáronme por cabalgadura una burdégana muy apreciada por ellos, de finos remos y dulce andadura, que para otro nunca regalarían, pues para más destacar era rosilla, y tantas virtudes no se reúnen con frecuencia. Se trataba de la mula que había traído de Roma el obispo Roswy cuando viajó allá para recoger el pallium, a la cual había que darle las voces en latín ya que otra lengua no entendía. Y a fe que la criatura valía el capricho, según resultó con el uso. Era su lomo de suave onda, y el pasito teníalo constante y divertido, con lo que el paisaje me resultaba diferente a como lo conociera antes a pie, y muchos eran los años que ya iba recorriendo mundo con el soporte de mis sandalias. Nueva sensación la que ahora me proporcionaba Margarita, que así se llamaba, haciéndome sentir ufano.
O quizás procediera la ufanía del entorno. Resuelto el enterramiento aunque pendiente la sucesión, con lo que las penas de nuestro reino no parecían concluir tan repentino, suspendida quedara la maldición divina invocada por el fraile alcabalero, al que motejara de lunático y ahora justo era reconocerle su sabiduría a la vista del resultado. Que en definitiva es Dios quien desacredita o sanciona los juicios de cada hombre. Dedicábale, pues, un recuerdo con añoranza, y disculpa, que nuestra ingratitud es tanta que mordemos la mano que nos entrega el pan.
Desaparecida la niebla renació transformada la naturaleza tanto tiempo velada. Esforzábase con rápida recuperación, tanto que parecía maravilla o milagro tal como sucediera, que los monjes estaban seguros y así lo proclamaron, ensalzando la gloria de Dios y su voluntad por honrar con prodigios al santo mártir real.
Tantos años como hombre de a pie acomodaron mi visión del mundo a un nivel bajo. Al recorrer ahora los caminos, la condición de peregrino me libraba de abonar peaje; además, al cruzar ahora montañas, valles y ríos, caballero en la fina mula rosilla, parecía que el panorama cambiase. Y los hombres también. Que no es lo mismo contemplar el valle desde el fondo que otearlo desde un picacho. Aunque la impresión era de hollar un mundo en parte desconocido. Y esta superioridad confortaba mi espíritu, gozoso con la vista de las pintadas praderas salpicadas de graciosas florecillas, de fragante hierba, de suaves collados reverdecidos, de alcores poblados de helechos, tojales y retamas, en los cuales se aupaban las enredaderas amarillas que formaban maraña impenetrable, donde las avericas porfiaban en sus trinos que herían el aire fino, vibrante, fresco, terso, con aroma de salvia y espliego, sacudido por el blanco repique de unas lejanas campanas tañendo sordo.
Al coronar la cresta de alguna orgullosa altura elevaba mi alma con plegarias encendidas de fe. Y la naturaleza, en su plenitud, me parecía un cántico de alabanza al Criador. Las aves todas, navegando las alturas, dejaban sentir su llamada, y por el suelo remoloneaban los conejos, saltaban las ardillas, cruzaba raudo y desconfiado el zorro, enhiesto el plumero de su rabo, venteaba el ciervo semiescondido entre brézales y chaparros, manadas de caballos pastaban en la pradera, donde también triscaban los ternerillos junto a la vacada, sonando leves murmullos en alas del airecillo sutil que jugaba entre las hierbecillas y los tomillos florecidos.
Que nunca se me ofreciera plenitud tal en la vida, pues no encontraba rama ni hierba sin flor, ni animal ni ave que no buscase pareja y juguetease con enamoramiento, y la tierra toda parecía poblada por tiernos hijuelos, como un renacimiento sinfónico y glorioso.
Aquella contemplación despertábame sensaciones que creía olvidadas, y hasta pesquisé en torno temiendo la vecindad de Jordino, a quien no había recordado en aquel tiempo de tribulación, pues la tristeza de la niebla y las miserias borraron su imagen de mis ojos. Mas, parecía reivindicar la sangre lo perdido: una energía desconocida desde mis años mozos me inundaba y se hacía más poderosa que mi razón. Tanto fue que llegó a intranquilizarme y turbarme el sueño; procuraba desechar los pensamientos cantando alabanzas a Nuestro Señor al ritmo del blando paso de la mula, que seguía haciendo mérito a su fama.
Rondábanme, pues, las teologías. ¿Triunfaría la muerte? ¿No me parecía que era la muerte generadora de vida? Siendo hijo de un proceso que consumiera millones de años en culminar, ¿cómo imaginaba la implacable condenación eterna cuando no se completara la transformación y me gobernaran, por instinto, los atavismos? No podía olvidar la dualidad humana, de un alma de divina procedencia implantada en una cobertura animal en curso de adaptación. ¿Qué esperaba de mí Nuestro Señor? Nada nace sin objetivo; cada hombre es una pieza del Todo.
Sumido en las burbujas de una naturaleza rediviva, enervado de brisas y aromas, con el rumor de los arroyuelos y la polifonía del silencio natural, poblado de mullidos registros sonoros como palpito de la vida, sufría la leve angustia de mi confusión. No me atrevía a delimitar la voluntad segura del deseo incierto, y se me acre da la esperanza en Dios, que me daría al fin lo que más conviniera a la salvación del alma. Que no había diferencia. Obrar con rectitud, amar al prójimo, y si caía en pecado levantarme de nuevo y caminar. Estar convencido que el mal y la muerte son esclavos al servicio de la vida. Y que el impulso de la naturaleza es la vida. Pues que siendo en el principio la Nada, si le fue inyectada vida sería para que se desarrollase, no para volver a la nada. Y estando la vida encerrada en un círculo, nunca se llega al fin, sino al principio, por la eternidad. De otro modo, ¿para qué despertar la Nada?
Debía desechar aquellas mis teologías ya que nunca me atrevía a exponerlas, pues estaba seguro sufriría persecución y castigo de hereje al salirme de lo señalado. Y quizás esta facultad hiciérame desear la vida recogida y solitaria.
Sin embargo, cabalgaba hacia Hipswell con la secreta esperanza, cobijada en mi corazón, de alcanzar allí el nombramiento, con lo que trataba de convencerme de que sólo ofrecía al destino la ocasión de probarme, si estaba escrito me alcanzara tal honor, siempre para mejor servicio de Nuestro Señor Jesucristo.
Me asaltaba en medio la duda de mi vanidad, cuando estaba seguro de que no existía vida más feliz que escondido en la montaña, donde cabalgaría libre la magia del pensamiento, sin reglas que me ciñeran, compañeros que me señalasen horarios e ideas. ¿Era sabio, pues, andarse con vigilias en procura de obispado que me atase al mundo, para obligarme a vivir en corte, convivir con intrigas y rivalidades, enfrentarme a nobles y religiosos, si quería conservar la independencia, o por el contrario doblegarme a los embates del furioso oleaje que se agita en torno a cada hombre? Y el curso de estas ideas aumentábame la confusión. Pues mientras el alma me empujaba hacia las breñas, el cuerpo se regodeaba imaginando delicias, y se desbocaba en soñar que hasta la púrpura puede ser alcanzada poniéndose en camino. Tendría que mantenerme asiduo y complaciente con religiosos, nobles y hasta reyes. A los que tan reciente contemplara, tan ensimismados mientras expresaban su interés por el bien común que no les quedaba tiempo ni deseo de darme cabida. Sin embargo, analizaba con sorpresa que no les despreciaba. Antes bien me atraían un tanto.
Con precaución, prefería caminar por montañas y collados, que me permitían dominar el paisaje, columbrar cualquier peligro a tiempo, que era el territorio frecuentado por hordas de piratas, que arrasaban cuanto hallaban a su paso, como tenían por costumbre. Distinguía así, siempre en la lejanía, los poblados con sus chozas de madera y, cuando la tenían, una iglesia de piedra enseñoreándose del contorno, como faro para el caminante. Casi todos aparecían destruidos en parte, si no por completo, incendiados y arrasados, quedando en pie, a lo sumo, algún trozo de los muros de la iglesia, el campanario, por no ofrecer la piedra pasto a la combustión. Las personas que llegaba a distinguir se emboscaban, como yo mismo, que todos nos rehuíamos temerosos, no sabiendo si era pagano pronto a quitarte la vida.
Así que, otear aquella mañana la ciudad, asentada en un amplísimo valle, me causó gran contentamiento; representaba alcanzar la meta y comprobar que aparecía intacta, ya de por sí un milagro cuando todo el país aparecía desolado y ruinoso. Pensé si estaría engañándome la distancia y tras los muros se esconderían los escombros de lo que aparecía como ilusión. Pero conforme avanzaba distinguía gran parte de los tejados, los campanarios de unas cuantas iglesias, y otro edificio más voluminoso, sin duda la catedral.
Crucé el valle, no sin cerciorarme una y otra vez de que nadie aparecía, para no encontrarme con él, mas, en cambio, me extrañaba que ninguna otra alma transitara por el camino que se dividía abarcando el perímetro de las cuatro puertas, orientadas a los puntos cardinales. Al llegar, asomóse un soldado centinela inquiriendo el motivo de mi visita. Díjele ser peregrino de paso, y sin más, aunque trabajosamente, abrieron el portalón. La facilidad en permitirme cruzar se debería a que no pensaron que un solo hombre pudiera causarles daño, aun cuando no fuera lo declarado, pues además no portaba armas. Grande era la desconfianza, según observaba al adentrarme por las calles, que asustadas parecíanme las gentes, temerosas de ser vistas, pues se ocultaban en la oscuridad de puertas y ventanas, sin dejar de contemplarme a hurtadillas, con cautela. Y aunque yo aparentaba desenfado y campechanía, avivando a la mula para que golpease el suelo más alegre, no encontraba correspondencia en mis expresiones; permanecían cautamente recelosos y contristados.
Causábame alegría y esperanza no descubrir rastro alguno de destrucción ni incendios. Pues quizás fuera caso único, aunque anteriormente todo lo contemplara sumido en la niebla, que hasta la catedral donde sepultaron al rey fuera milagroso se conservara intacta, cuando la ciudad había sido convertida en antorcha y sólo cenizas quedaron sobre el solar. Mas aquello pregonaba los ocultos designios de Dios.
Encaminaba la burdégana hacia la catedral, sobresaliente su fábrica sobre todas las construcciones, y no se me ocultaba que el corazón repicaba acelerado. Pues que la meta perseguida se mostraba ante mis ojos. Y a ella me acerqué, después de arrendar la cabalgadura para penetrar en el templo y preguntar por el arzobispo, que tanto tiempo ha no veía, desde los años mozos en que por toda dignidad lucía el desenfado de un tolondrón. ¡Y nuestro padre le hiciera cardenal, que tanto puede la cuna!
Desde que pisé la ciudad, aparte los contados soldados que me dieran paso, era yo quien atisbaba gentes, pues ocultos se mantenían. Y solitaria aparecía la sede, como desierta la plaza y despobladas las calles. Indagué por el crucero, ojeaba los altares y capillas, miraba los rincones, separaba las cortinillas de los confesonarios, sin hallar rastro. Hasta que descubrí una figura arrebujada en el coro. Subí hasta él, que no pareció enterarse, sumido en su profundidad.
Me impresionó su vista. Pues acudieron a mi mente, en galope, los recuerdos. Muchos años iban pasados; cierto que nadie, viéndome de peregrino, adivinar podría que fuera yo mismo aquel mozo jaranero y faraute, escandalizador de tabernas y posadas. Pero no ocurría igual con aquel pensador o caviloso refugiado en el coro, como el que huye o busca algo que pudiera habérsele perdido. Que nada más verle de cerca le reconocí; escasa imaginación era precisa ya que, poco avejentado pese al tiempo, se conservaba tan pulido, encintado y relamido como lo fuera de mozo. Personaje imposible de olvidar. Tanto, que no existiera, sin duda, de no existir mi hermano. Completáronse uno con el otro, viviendo como la encina y el muérdago.
Apenas si correspondió a mi alegría ante el encuentro, tal era su tristeza, me fue contando. De jovenzuelo fuera alzado por mi hermano a categoría de paje y alcanzara después a bufón que a nadie divertía; sólo mi hermano lo evaluaba por encima del de Carlomagno, que en humor era reconocido como emperador, aunque mi hermano lo tachara de aprendiz al lado del suyo, que a creer en sus palabras era un genio. O todavía más: el cénit de la genialidad.
Insultábalo mi padre con su tosco y brutal sarcasmo y no podía acercársele sin peligro de recibir algún golpe, por lo que se apegaba más todavía a su amo, a cuya sombra se libraba de los castigos y maltratos, medraba, y sucesivamente se elevara a escudero, valet de chambre, escribano y secretario, y hasta le llegó a nombrar pomposamente chambelán. Con lo que nadie alcanzaba a ver a mi hermano si no mediaba Talcualillo, nombre que le venía de utilizar el término como definitorio de cuanto le atañía o rodeaba, que su salud andaba tal cual, su economía y contentamiento lo mismo, y la vida, que a todos nos merece reproches, le era a él indefinida como la misma palabreja en que encerraba su existencia, pues que a nada, salvo su amo, al que juzgaba excelso, lo consideraba bien o mal, sino… tal cual.
Despotricaba mi padre por las preferencias de su hijo hacia el personajillo, al que propinaba patadas cada vez que se colocaba a su alcance, que no eran muchas pues se guardaba con éxito. Las mofas no son para referidas; quede aquí la cosa. Sólo añadiré que le envió garridas mozas a su recámara, escogidas con muy buen ojo y hasta las probara primero para asegurarse de que cumplirían, y le regresaron con tal desencanto y fracasado ánimo que alguna llegó a perder la alegría para siempre. Aunque de nada sirviera, pues que no alteraba las virtudes del servidor ante su amo, quien le cuidaba como preciada joya.
Por entre la congoja, suspiros y lágrimas que le resbalaban por el rostro, refirió que, tras lo sucedido, sólo el deseo de morir le mantenía vivo. Encontré natural su expresión, que fuera siempre de razones contrarias, y perifrástico. Ni arreándole adelantaba el final de sus relatos; era precisa una gran paciencia para que llegase el desenlace. Que además aparecía enmarañado entre florida y blanda palabrería, interrumpida con pausas y un latiguillo que usaba de ay no quiera vuestra merced saber», lo que me aumentaba la curiosidad de averiguar si acabaría refiriendo el caso o quedaría interrumpido o silenciado. Que así era de caprichoso.
Con el tiempo su voz atiplada lo elevó a chantre solista, encargado de poner en el coro la voz a los ángeles, y si ganó la admiración y el aprecio de cuantos rodeaban al arzobispo, para adularle, también consiguió del pueblo el remoquete de Gargolito, que la gente es cruel y no perdona.
No obstaba para que fuera requerido de bufón en cuantas fiestas organizaba el arzobispo, encareciendo ante los invitados su sabiduría y genialidad, y tengo para mí que todos disimularían y hasta le alabarían por unas habilidades que sólo su amo le reconocía. Pues que sus invitados nunca estuvieron en condiciones de contradecirle; reían con él, alababan si él lo hacía. Con lo que el personajillo vivía empingorotado en categoría de genio, cuando nunca pasara de Talcualillo, y para los maliciosos de Gargolito.
Entre sus palabras, pues, fui desentrañando la historia.
«Mandó el rey saliera el conde del lugar a campaña con el propósito de combatir las hordas de hombres del mar que asolaban el territorio, y partió llevando la mitad de la guarnición, amén de otro numeroso ejército reunido en distintas guarniciones más o menos distantes, situadas en las fortalezas. Mas tuvo resultados adversos en diversas batallas y demandó angustiosamente al arzobispo le enviase cuantos hombres pudiera reunir. Organizó levas y reclutamientos, que a la postre era todo nominal pues en la realidad obligó a cuantos hombres podían llevar sobre su cuerpo la loriga o cota de mallas, embrazar un escudo y empuñar lanza o manejar ballesta. Y como se renovaban las peticiones y el tono de angustia crecía, le envió hasta a los obispos y acólitos, con sus tropas y estandartes, canónigos, chantres y sochantres, sacristanes y monaguillos, a todos los clérigos de las distintas parroquias, y sólo quedamos en la ciudad el arzobispo y yo. Puesto que también envió la escasa tropa que se había reservado hasta entonces en ella salvo dos centenares de soldados para guarnecer las puertas. Mi señor nunca fuera aficionado a las armas, gustando más de los desfiles, justas y torneos, que le ofrecían espectáculo y diversión, que de llevarlas sobre sí, que es dura carrera la guerra, llena de penalidades y sufrimientos. Aunque algunos se la siguen como si les proporcionase placer, y es que a los humanos no llegaremos jamás a entenderlos realmente. Pues nunca comprendí la necesidad de las guerras. Si vuesa merced tiene razón, ¿por qué se la niegan? Y si no la tiene, ¿por qué reclama?»
Hube de confesarle que yo tampoco lo había entendido nunca, pero que, pues sucedía así desde siempre, los locos debíamos de ser nosotros, que pensábamos distinto.
«En medio de tanta urgencia y tribulación como producen las derrotas, nadie tuvo en cuenta a Thumber, que siempre merodeaba por los territorios en guerra sin participar en ella, pues que prefería operar por libre; siempre le había importado más un buen botín que despanzurrar cristianos y destruir o incendiar poblaciones. Decía que el tiempo que luego se ocupa en reconstruirlas se roba a la creación de riqueza, y así tardaban mucho más en acumular lo suficiente para que de nuevo pudiera asaltarles.
«Astutamente logró introducir buen número de sus hombres en la ciudad disimulados como verduleros, panaderos, pastores que traían su ganado para el aprovisionamiento de la carne, otros con frutas, harinas y víveres. Y sin que los centinelas llegaran a entrar en la menor sospecha, pues que no se oteaba en el horizonte la presencia de un solo enemigo armado, ni en solitario ni en hordas o ejércitos, a pie ni a caballo, fueron sorprendidos una noche y muertos en su mayoría, los demás reducidos, quedando los guerreros de Thumber por dueños de la ciudad, inerme en sus manos.
»Inmediatamente acudió el grueso de las fuerzas, que había permanecido acampado en la montaña fuera de la vista, encontrando las puertas francas. Apenas si hubo lucha y no se ocasionaron daños.
«Encerrados en la ciudad los hombres del rey Thumber procedieron a desvalijar los templos del oro y la plata, anunciando el rey que si querían salvar sus propias vidas y a la ciudad de su destrucción e incendio habrían de comprar la paz en 10.000 libras de plata, y para mayor facilidad señaló a cada gremio -panaderos, joyeros, toneleros, curtidores, fundidores, tejedores, sastres, almonedas y boticas, herbolarios y encantadores-, su cuota. A los paisanos señaló la obligación de procurar comida al ejército. Y así sus hombres dedicaron el día a reunir cuanto alcanzaban, -que se les notaba la experiencia en el saqueo-, cobrar alcabalas y reunir tesoros. Anunció que por el arzobispo también pedía rescate, y los gremiales, que siempre fueron muy devotos, anunciaron que igualmente ellos lo pagarían. Con lo que despertaron la risa de Thumber, quien sentenció que, pues poseían tan grandes riquezas, subía al doble el tributo de paz, ya que cuanto encerraba la ciudad le pertenecía. Mientras que el rescate del arzobispo debería llegar de fuera. De modo que enviaron un correo al conde hermano del arzobispo y otro al rey, pidiéndoles enviaran el rescate. Transcurrido un mes, regresaron ambos con el anuncio de haber sido el conde desterrado al continente y el rey asesinado.
»Thumber entregó el arzobispo a sus hombres para diversión, pues no podía dar el mal ejemplo de libertarlo sin rescate y cuanto existía en la ciudad ya se encontraba en sus manos. Estaban los guerreros necesitados de algún entretenimiento, pues que no tuvieron oportunidad de destruir la población y asesinar a sus moradores, que era lo que más les servía de desahogo y distracción, pues la ferocidad les era un sentimiento natural y reprimir la les iba contra su propia naturaleza, pues la represión siempre ha sido mala inductora, y estaban cansados de no tener otro esparcimiento que las mujeres, a todas las cuales habían corrido ya con harta frecuencia, como lo atestiguaban las noches, convertidas en un concierto de carrerillas disimuladas, de escondites y tapujes, aunque otros había enemigos de ocultamientos y gustaban del proceder recto y sin hipocresías. Hallábanse empalagados de tan prolongada paz, con el solo alimento de las mujeres, que todo cansa si se prolonga, y acogieron el obsequio del arzobispo como un generoso regalo de su rey, al que todos admiraban hasta la muerte, y así encendieron una hoguera en la plaza y ataron en el centro al arzobispo, celebrando con él el más atroz de los juegos, el más salvaje de los entretenimientos y la más cruel de las diversiones, todo entre risotadas y blasfemias y obscenidades.
»En tal fiesta se ocupaban cuando desde las avanzadillas que mantenía alejadas para prevenir los movimientos de sus enemigos en evitación de sorpresas, vinieron exploradores apresuradamente mediante relevos a comunicarle que el caballero Avengeray había localizado su posición y hacia aquí venía con todas sus tropas de a pie y a caballo, y calculaban que en un par de jornadas se presentaría ante las puertas de Hipswell. Le dijeron que venía por el este.
»En el entretanto, sin saber cómo pudiera averiguarlo, el rey conocía que yo fuera bufón del arzobispo y se empeñó en que les distrajese tan largas veladas y aburrida espera como les imponía el regreso de los mensajeros enviados al conde y al rey, que tal me parecía que no iban a regresar nunca. Lo que hubiera hecho yo mismo de ser el caso. Mucho temí por mi vida, pues Thumber tenía explosiones de burla en las que manifestaba a sus compañeros no comprender qué pudiera tener yo de gracioso, pues que a poco le producía congoja escucharme. Y que un pueblo poseedor de tan extraño sentido del humor no merecía otra cosa que lo que le estaba ocurriendo. Me esforzaba con ello, temiendo que en un arrebato acabase con mi vida, para lo que sólo precisaba darme una puñada, tan fuerte era que parecía un oso, y el Oso Pagano le llamaban en lengua popular, que lo semejaba por su corpulencia y fortaleza así como por las pieles con que se rodeaba el cuerpo.
»Me mantenía más temeroso el hecho de que tanto él como sus compañeros y todos los guerreros jamás se separasen de sus armas, que llevaban sobre sí mismos aunque les reportara notable impedimento y engorro al no encontrarse en campaña, si bien para ellos fuera continua la guerra, y se manejaban con el cargamento de las armas tan naturales como si fueran plumas de faisán en vez de espadas, lanzas, escudos y arcos, carcaj y flechas, la bolsa con puntas, el arco en bandolera, el puñal y el hacha.
«Mi congoja iba tan en progresión que hubo un momento en que se me saltaron las lágrimas y lloré como un niño, y fue entonces cuando los vikingos rompieron a reír con desenfreno que tal parecía que sufrían un ataque; y cuando comenzaron a calmarse apenas si podían articular palabras y entendí que jamás se divirtieran tanto ni encontraran personaje tan ridículo. Con ello causaron una herida en mi vanidad, tan profunda y enconada que, junto con la muerte del santo arzobispo, me hicieron perder el deseo de continuar viviendo, que me privaron del mejor señor que hubo bajo los cielos, cuyo amor me ataba a la existencia. Perdido mi protector, ultrajado en mi dignidad, nada me quedaba en la vida.
»En llegándole la noticia de la proximidad del caballero, dispuso a sus hombres para la marcha. Se acercó a donde yacía mi señor torturado, entre la vida y la muerte, y contemplándole detenidamente, con un golpe inmisericorde, descargado con la quijada de un caballo, acabó con sus días: comentó que ya había sufrido bastante. No tuvo otra palabra piadosa.
«Dividió a sus hombres en tres columnas que salieron por cada puerta excepto la del este, y nos mantuvimos viéndoles cómo se alejaban y separaban cada vez más, como flechas que al partir de un mismo arco se dirigen a blancos distintos. Aun cuando puse cuidado, fallé en averiguar adonde se dirigían ni cuál sería su punto de reunión, y tengo para mí que Thumber acostumbraba usar de tales precauciones para desorientar al caballero, su eterno perseguidor, que escuchado me tenía disputaban entre ambos un continuo duelo que duraba muchos años, a causa de una antigua historia; con estas astucias procuraba el vikingo estorbarle la persecución, o al menos demorarla, y ello le servía para acrecentar la distancia entre ambos ejércitos.
«Cuando el caballero llegó a las puertas de la ciudad, luego de adelantar sus heraldos y averiguar que los piratas habían huido, dile las noticias, le expliqué el orden de la partida, y sonrió agradecido. Era el caballero personaje de mérito, que se le adivinaba el linaje en sus ojos claros, en su mirar pausado, en su continente. No demostró si le embargaba desilusión por no encontrar a su enemigo, pues que con tantos años de perseguirle ya se había acostumbrado a las astucias de Oso Pagano, del que nadie podía imaginar, viéndole tan tosco y grosero, que fuera capaz de albergar en su cerebro los ardides de que siempre hacía gala, con los que lograba sorprender a sus contrarios. Y nada más conseguí averiguar del caballero, que era parco de palabras y ni siquiera parecía gustar de criticar a sus enemigos. Pues al contrario, hablaba con respeto de aquel rey de piratas.
«Estableció el campamento a las afueras de la ciudad, y al descansar la tropa dos días, durante los que fuera recibiendo partes de sus exploradores, desplazados por delante con el propósito de localizar el camino que hubiera seguido la horda y el punto de reunión, emprendió de nuevo la marcha hasta disolverse en la lejanía.»
Nada me retenía en Hipswell si no era un sentimiento cristiano de hacer compañía a Talcualillo, tan afligido el ánimo por la pérdida de su señor como por la humillación de que harto se lamentaba.
Traté de consolarle y no le abandoné por razón de mi ministerio y por un vago sentimiento afectivo hacia aquel hermano que nunca me lo tuviera -¿o, posiblemente, sí, que tan aficionados somos a juzgar a los demás por los signos exteriores como se nos antoja?-, y al que ahora trataba, bajo la impresión de la tragedia de su martirio, de restituirle en mi corazón algún sentimiento allí perdido, que le pertenecía, por medio de su compañero, que tan querido le fuera. Tan confusos me resultaban mis sentimientos que no sabía cierto si estaba conduciéndome por amor, un amor tardío y a destiempo, o por tranquilizar mi propia conciencia. Lo cierto es que el chantre solista resultaba beneficiado, mientras se apagaba lentamente como el cabo de un cirio que consume el último adarme de cera.
Un día, tan apagada la sonrisa que apenas si dibujó el simulacro de una mueca, me miró a los ojos y musitó blandamente que, encontrándose la tierra saturada de su dolor, se marchaba a rebosar el cielo.
Triste entierro, sin honores ni apenas cortejo, que no quedaba clerecía para oficiarle ni vecinos para acompañarle si no fuera algún anciano, alguna mujer o cualquier chiquillo, lo que seguro le acrecentaba la pena a Talcualillo, si es que lo veía, pues que tan aficionado fuera siempre a la pompa y la ostentosa apariencia de las cosas, a las que concediera mayor importancia que a la realidad, empeñado en ignorarla.
Y de nuevo me sentí dueño de la amplitud del valle, caballero en la fina mula Margarita, al vaivén de su blando paso armonioso, dándome cuenta de la opresión que estaba causándome la ciudad. Pensé que si había perdido la última ocasión de lograr una sede obispal, había ganado en cambio el derecho a vivir en los espacios abiertos, en la naturaleza. Y se me llenaron de aire los pulmones ansiosos, se derramó la alegría por mi interior y borrada quedó de mi mente la idea del obispado y la lucha de los hombres; la renuncia al solo pensamiento ya me hacía feliz y me acrecentaba el deseo de llegar a la escondida montaña donde tenía decidido sepultar mis días. En pos de mi destino caminé a lomos de la mula, días y días, orientándome por la estrella del norte, más y más convencido de la certidumbre de mi porvenir, que no deseaba otra cosa.
Y sucedió que, llevando más de dos semanas de viaje, cuando cruzaba un estrecho vallecillo flanqueado por dos crestas montañosas que delimitaban una especie de desfiladero o paso, vino a mi encuentro galopando con fuerza un caballero, gallardamente cubierto con espléndida armadura, y sobre todo destacaba a mi vista el airón de una crestería de plumas flotando en el viento, que al llegar más cercano pude fijarme en que centelleaban de irisados colores. Pronto comprobé que los ojos eran claros, la mirada pausada y el porte de elevada estirpe. Lo que me recordó, como una iluminación súbita, el personaje descrito por Talcualillo, perseguidor del vikingo Thumber, pues que un tal jinete y caballero no podía tener pareja, seguido de un escudero galopante en bravo corcel, que portaba el escudo, la lanza y la maza.
Desmontó el caballero, y para mi sorpresa, vino a postrarse reverente y puso su mano en mi sandalia, mirándome con arrobada contemplación, murmurando que la profecía estaba cumplida, pues que el santo con aureola resplandeciente se le había presentado. Inquirí la razón de sus palabras y de su conducta, y replicó humillado que en sueños le anunciaron que encontraría la figura de un hombre entregado a Dios, que resplandecería iluminado por un reflejo divino, y cómo desde la altura me había contemplado rodeado de un nimbo de luz, el mismo que ahora brillaba en torno de mi figura, conforme él lo estaba viendo.
Bajé de la mula para expresar al caballero mis dudas, usando de mucho tacto para no herirle con mi incredulidad, pues pensaba si los rigores de la lucha le habrían descabalado algún tanto el entendimiento y soñara con fantasmas, pero juiciosamente insistió, y aunque, al preguntarle al escudero, éste negase ver nada, alegó que la visión le estaba reservada a él y que nadie más tenía por qué distinguirla, que la profecía precisara que sólo la contemplarían los elegidos, y que ello representaría haber quedado ligados nuestros destinos.
Milagro era, no cabía duda, por cuanto atravesaba un país infestado de piratas que, agrupados en ejércitos o desbandados en grupos de merodeadores, saqueaban, incendiaban y asesinaban a cuantos hallaban a su paso, y ya me andaba por la mitad del país vecino sin que nadie me estorbara el paso ni tropezara con nadie, a salvo de cualquier peligro, debido a que me guiaba la mano de Dios. Estaba cierto en la creencia. Y cuando era manifiesto que no precisaba ayuda humana aparecía el caballero asegurándome que sus tropas se hallaban acampadas en la otra ladera de la montaña, en espera del momento de dirigirse contra el rey Thumber en cuanto lo localizase, que era escurridizo como anguila, y que en adelante estaría yo custodiado y protegido por él mismo y por todos sus hombres, y que pues todo se había cumplido debía entender que nuestros destinos quedaban entrelazados para siempre y como tal, salvo mi mejor parecer y con todos los respetos por mi santidad y mi calidad de escogido del Señor, esperaba que yo le acompañase gustosamente.
Mucho me intrigaba que ninguna otra persona hasta el momento observara el dicho resplandor en derredor de mi persona, y ni siquiera el escudero aseguraba que lo distinguía, y esto me hacía pensar que, en efecto, alguna predestinación quedaba establecida para que fuera exclusiva facultad del caballero. Y pensaba también que el halo, resplandor o nimbo, debía de ser originado por la reliquia de la Santa Cruz que conmigo llevaba.
Pero, al estar ya dicho lo principal, no era caso de prolongar la situación, pues que me cogió de sorpresa y no acertaba a pensar cuál habría de ser mi actitud y decisión. Así que, escoltado por ambos jinetes, uno a cada lado, cabalgamos todos tres hacia la montaña para reunimos con la tropa que aguardaba en el campamento.
Con ser tal la devoción que me dispensaba el caballero, parecióme villanía ocultarle que no a santidad, sino a la reliquia de la Santa Cruz debíase la aureola que sólo él había distinguido en torno a mi persona. Y al mostrarle las sagradas astillas fuera destacable la unción en postrarse de hinojos sin separar la pupila del imán que tan poderosamente le atraía, como también a los tanes que siempre le andaban en compañía, y aun el mismo ejército hincó la rodilla. Y sobre aquel mar de cabezas me pareció contemplar el Espíritu de Dios sobrevolando, reflejado en las lágrimas que surcaban los rostros endurecidos por el rigor de mil combates, transparentes por el fuego interno que les devoraba.
La emoción del momento nos penetró a todos. «Esta evidencia -comentó muy seguro un tane- demuestra que nos guía la mano de Dios. Y que nuestro rey logrará la victoria.» «¿Rey, decís?», inquirí. «No extrañaos -replicó orgulloso- que no a caballero, sino a rey servimos, que lo fue coronado por su padre antes de la muerte, aunque él juró no ostentar título de corona ni cetro hasta castigar al infame matador de sus padres, al cual persigue como rayo vengador. Y en cumplirlo apoyamos todos, que es cuestión de honor juramentado a nuestro antiguo señor, el rey difunto, renovado a este joven y nuevo señor por mandato de aquél.»
De mis tiempos de escudero aprendí a conocer los campamentos, sumidos los hombres en esa vaga irrealidad de las vísperas de muerte, cuando todos rehúyen fijar el recuerdo en el presentimiento del mañana. Atmósfera cada vez más densa y deprimida hasta la última noche, cuando las hogueras, el vino y la cerveza caldean cuerpos y ánimas, hasta olvidarse de olvidar la batalla que les aguarda al siguiente día, ya que nada hace tan feliz al hombre como trascordarse de lo que teme. Que unas veces el alcohol, otras el miedo, son fermento de héroes.
Nunca contemplara otro campamento igual, ocupados los guerreros sin descanso en unos u otros menesteres, entusiastas y conscientes de identificarse y participar con su señor, haciendo suya su venganza, con generosa contribución de esfuerzo y disciplina a la eficacia de una máquina que ellos mismos constituían. Y así sus jefes. Pues que el caballero exponía a los tanes el plan, reclamaba de ellos los consejos que su edad y bien probada valentía hacían de oro, aceptaban estos su mandato último y lo transmitían a la tropa. Ensayaban de continuo tácticas y modos de guerra, que eran sin fin los entrenamientos, evoluciones, enfrentamientos incesantes del mismo ejército dividido en facciones. Ensayos en que utilizaban mil estratagemas de engaño, y planteaban un frente defensivo con murallas de escudos para abrirse repentinamente y dejar paso entre ellos a una segunda fila que arremetía ofensiva, incluso a los caballos, o retroceder para dejar frente al enemigo una fila de lanzas apoyadas en el suelo que les era imposible cruzar, antes bien dejaban sus cuerpos y sus caballos ensartados en las agudas puntas de doble filo.
Cada día llegaban exploradores con la noticia de sus averiguaciones, y cada vez salían nuevos jinetes en busca de información, apoyados en las noticias ya recogidas, para intentar localizar al rey pirata. El único y verdadero enemigo.
«Mucho trabajan vuestros hombres», Dijele al caballero.
Respondió lacónico: «Astuto y fiero es su enemigo».
Pasaba las horas estudiando tácticas guerreras, transmitía órdenes, supervisaba todo cuanto importaba, procuraba la intendencia. Y sin preguntarlo adiviné que se instalara allí fuera de las rutas normales para sustraerse a la localización del rey Thumber, quien no cejaría tampoco en averiguar la posición de su enemigo para moverse de acuerdo con el territorio, elegir el lugar y atacar. Que el caballero conocía por experiencia cuan eficaz resultaba su rival en localizarle. Con lo que había de jugar la partida usándole idéntica astucia.
«Debéis de odiarle profundamente», le comenté una vez. Y como si juzgase llegado el momento de revelarme su íntimo pensamiento, atención que supe valorar en cuanto significaba hacia mi persona, me habló con un acento pausado que revelaba serenidad y meditado juicio: «Os equivocáis. Las pasiones debilitan y no puedo dilapidar mis energías. Al contrario, amo todo: la claridad de la luna, los ardores del sol, la oscura noche engalanada de estrellas. A mi ejército. A mis amigos. Puedo amar hasta a un enemigo honrado. Como pagano, Thumber es un bellaco sin honor, un oso capaz de destrozarte con un abrazo. No conoce más freno que los que él mismo se imponga. Pero si jura por Thor jamás quebrantará la palabra empeñada. Como guerrero, en cambio, es el más valiente que conozco. Cruel e implacable. Calculador, astuto, lleno de recursos; jamás se repite. Antes que odiarle le admiro, pues nunca supuse un tan digno contrincante. Como caballero cristiano, lucho contra los paganos que asolan nuestros territorios, asesinan a nuestros hombres, violentan a nuestras mujeres. Como hijo y guerrero me siento obligado a perseguirle con un solo empeño: matarle, o morir».
El continente desapasionado del caballero pregonaba un pensamiento impregnado de normas morales; afrontaba con hidalguía su destino preñado hasta entonces de contrariedades y fracasos, pero sin desmayar en su fe. Acumulaba experiencias que le condujeran hacia el cumplimiento de su destino, que no era otro que el de la justa venganza, hacia la cual se encaminaban todos sus más íntimos pensamientos y esfuerzos. Batalla sin cuartel que, al decir de los mismos tanes, que adoraban a su señor, enfrentaba a los dos mejores guerreros del mundo en una contienda que ya duraba bastantes años, sin que jamás se inclinase a favor de uno u otro, pues que tuvieron muchos encuentros y alternativas, ninguna de ellas decisiva hasta entonces. Tal era la fuerza y la astucia de ambos que corría pareja. Lo cual servía de estímulo al caballero, que ahora veía acrecentada su esperanza al cumplirse la revelación que le fuera hecha.
El caballero mantenía siempre una recta conducta, valiente sin temeridad, incapaz de felonía. Tanta constancia, distinguiéndome con reverencia, no podía menos que agradarme, y así le agradecía la insistencia en probarme que nuestros caminos se habían encontrado en cumplimiento de aquella revelación, que aunque ignorase lo que pudiera suceder después y cuál fuera nuestro destino, sin duda que lo sería común, pues que ya era significativo que solamente él distinguiera aquella aureola. Que si los demás me respetaban era por reflejo del comportamiento de su señor.
Me argumentaba que en vez de sepultar la sagrada reliquia en una cueva solitaria, justo sería permaneciera entre la cristiandad, para que fuera adorada y a su vez le prodigara sus milagros; a tal propósito me prometía un lugar en el ejército, siempre a su lado, escoltado y distinguido, que su presencia junto a la sagrada reliquia tornaría más vigorosos a los guerreros, más valientes los ánimos, más aguerridos los corazones, y que con la protección de la Santa Cruz culminarían en victoria todos los esfuerzos, que no podía ser de otro modo. Y siempre podría yo, hombre consagrado a Dios, llevar a cabo provechosa labor en honor de Nuestro Señor Jesucristo, que si estuvo retirado para hacer penitencia, escogió la vida entre los hombres para luchar y morir por ellos.
Grande, pues, fue su alegría cuando accedí a acompañarle, pues mi destino se me presentaba como una interrogante, ya que siempre me quedaba el recurso de procurar el bosque o la montaña y retornar a mi primera intención. Era de notar que la revelación del caballero sólo señalaba nuestro encuentro, pero ningún otro significado, que todo lo demás ya resultaban especulaciones, guiado por su fervor y la fe; tal era juzgarlo favorable a su empresa, como una aprobación divina. Lo que pudiera existir más allá era lo que me intrigaba, y nunca lo averiguaría de marcharme. ¿Cómo podía estar seguro de que el caballero no era, efectivamente, un iluminado?
Las hábiles manos del herrero me aderezaron una hermosa armadura, me entregaron caballo y escudero, así como todas las armas ofensivas y defensivas: escudo, espada y lanza, con hacha de doble filo, que era arma pagana pero que el caballero no desdeñaba utilizar, antes procuraba gozar de las mismas armas y ventajas que su enemigo. Y me sorprendió un día mostrándome el orgulloso estandarte de oro en que aparecía la Santa Cruz, que llevaría siempre desplegado cuando marcháramos y nos lanzáramos a la batalla.
La necesidad de recuperar la habilidad con las armas, perdida desde mis años mozos, me obligaron a cabalgar, desmontar, esgrimir la lanza, embrazar el escudo, atacar y defenderme con la espada y machacar con aquella terrible arma que era el hacha de doble filo. Y tanto me enardecía que los mismos tanes me ayudaban y aconsejaban, y hasta alguno aceptó jugar de contrincante con lanza y espada, alabando mi destreza. Que me estimulaban, pues no era caso presentarse desarmado, o desconociendo el manejo de las armas, contra enemigos tan poderosos y esforzados, aunque mi misión no fuera la de luchar. Pero llegado el caso nadie habría de defender mi vida mejor que yo mismo. De ello estaba seguro y ponía mi empeño en adiestrarme.
Con los días comenzaron a llegar noticias, que se reflejaron en una mayor actividad en el campamento. Se sabía que entre los danés existía una lucha por la sucesión del trono, y que Horike había sido superado por su hermano, con lo que intentaba ahora conquistar un reino. Arribara con su armada de cincuenta y dos velas al estuario del Disey, donde había sentado sus reales tras apoderarse de la fortaleza y allí permanecía devastando los alrededores. Era evidente que aguardaba. Y no sería otra cosa que fuerzas mayores de algún aliado.
A poco el caballero sabía tanto de aquel ejército que me asombraba con sus comentarios. A no tardar mucho se detectó el movimiento del rey Ethelhave, que había levantado sus tropas y acudía al estuario, progresando con lentitud y precauciones, pues que ni las posiciones ni las perspectivas parecían claras. Sólo el propósito de Horike de conquistar el reino.
La noticia de que Ethelhave solicitaba la alianza llegó en forma de rollo lacrado firmado por el mismo rey, y en él exponía todas las condiciones, ventajosas, en que le recibiría. Supe entonces que el caballero había ordenado a sus exploradores mantenerse atentos, ya que aguardaba un ofrecimiento semejante. Sus presentimientos resultaron tan ciertos que coincidió con el mensaje de otros exploradores; informaron que nuevas velas arribaban al estuario, y esta vez era Oso Pagano el que acudía.
Se produjo como una sacudida en el campamento, y los ánimos se excitaron, como ocurre antes de la tormenta, pues la espera tocaba a su fin. Nada les estimulaba tanto como la proximidad de la aventura, y mayor cuando la aventura se llamaba Thumber.
«¿También aspira el pirata a conquistar un reino?», pregunté ingenuamente. «Tiene el propio: sólo persigue el botín.» Fue la respuesta de un tane.
El caballero llamó a reunión y acudieron todos los tanes; también estuve presente. Comunicó cómo había decidido ayudar al desventurado rey cristiano Ethelhave, combatido en su ancianidad, en peligro de perder el reino. Y ello independientemente de la contienda y rivalidad que mantenía con Thumber, pues esta ocasión, aunque les enfrentase, sólo sería una anécdota donde el bien común se imponía sobre la venganza particular. Todos lo entendieron así. Y el tane que más se cuidaba de mi persona me explicó después que su señor no podía faltar a los principios que guiaban su vida: en el desvalido rey Ethelhave contemplaba a su mismo padre, que también se vio asaltado y desposeído de la vida y del reino.
Levantamos el campamento y nos pusimos en marcha. Ningún guerrero llevaba colocado el casco, que colgaba del arzón. Yo iba sobre mi mula, y a mi lado el escudero conducía de la brida el soberbio caballo con arreos de guerra, y mis armas ofensivas y defensivas con la armadura, pues vestía sólo la cota de mallas. Cabalgábamos a la cabeza de la larguísima columna, sólo precedidos de un orgulloso guerrero que portaba el estandarte de la cruz, ahora enseña de la hueste, grabado además el sagrado símbolo sobre su propia armadura y escudo.
Transcurridas dos jornadas se adelantó el caballero con dos tanes y una escolta para encontrarse con Ethelhave, que también se separó de su ejército para la reunión, dejando atrás la tropa, con sus nobles, obispos y eclesiásticos, conscientes de cuánto se jugaba en la confrontación. Las columnas siguieron marchando paralelas aunque tan separadas que no acertábamos a vernos todavía, confluyendo hacia el lugar del encuentro.
Horas después nos alcanzó de vuelta el caballero y sus acompañantes, y en otras dos jornadas dimos vista al estuario, donde, situados dentro del gran círculo que describía el río, en una inmensa llanura cubierta de olorosa hierba, permanecían apostados los piratas, que nos aguardaban.
Al caballero no gustaba acudir a un campo escogido por el contrario, pero no le quedaba otra alternativa. Observó la posición de su enemigo para convenir con Ethelhave que ocuparía aquella ala para oponerse a Thumber.
Después de una consulta, el rey envió un mensajero a los piratas para comunicarles que la batalla tendría lugar al amanecer del segundo día, si no existía inconveniente; a lo que se mostraron conformes. Quedaron allí los ejércitos; el enemigo asentado en unas posiciones claramente definidas, nosotros ocupados en instalar las tiendas y el campamento. Pero sin prisas ni nerviosismos. Los guerreros me sorprendían por la aceptación de una realidad ineludible. Se les notaba firmes y decididos. Vivir representaba para ellos una continua batalla y solamente les preocupaba la forma de morir. Todos sentían dentro de sí el orgullo de su fortaleza, y la seguridad en sus propias fuerzas se traducía en la confianza del conjunto. Les contemplaba como titanes en reposo, prontos a incorporarse cuando llegase la hora.
Al anuncio de la claridad de la segunda mañana, cada hombre empuñaba su arma y ocupaba su posición. Se contemplaban a través de la aurora naciente, en espera de las órdenes.
Repentinamente despertaron las tropas. Las de Thumber lanzáronse adelante derivando rápidamente hacia el frente de Ethelhave, al propio tiempo que las de Horike evolucionaban hacia las nuestras. Con lo que rápida y hábilmente quedaba invertida la posición del día anterior. Tampoco atacaron de frente para separar a los dos ejércitos, como parecía indicar su posición; un engaño en el que no cayó el caballero. Y no pude reprimir un grito de satisfacción al comprobar su juicio clarividente, que mereció desde aquel momento mi más fervorosa admiración, pues no le conociera más sabio en la guerra ni más prudente en la paz. Comprendía entonces el respeto fervoroso de sus tanes y la devoción de todos los soldados y guerreros, que le adoraban como a un dios poseído de santa ira, esgrimiendo la espada como un rayo de venganza, y así le llamaban sus tropas y el mismo pueblo: Avengeray.
El choque retumbó en clamor de mil gritos y en el estruendo de las armas golpeando los escudos y las armaduras, y una nube de dardos y flechas oscurecieron con su vuelo a los mismos luchadores, que se acometían con fiero impulso.
Nadie fuera capaz de aventurar juicios tras el primer envite, pero se me encogió el corazón al contemplar cómo el muro de escudos de Ethelhave quedaba roto por el látigo de Thumber, cuyas tropas maniobraban con orden y conseguían adentrarse en el campo cristiano a pesar del esfuerzo de los guerreros que acudían a taponar la brecha. Imaginaba angustiado al anciano y débil rey Ethelhave, que me pareció manejado por sus nobles y cortesanos, los cuales sacaban provecho de su incertidumbre.
Conforme giraba la vista hube de gritar un ¡hurra! al contemplar la gloria de Avengeray, cuyo frente de escudos seguía incólume, situados sus hombres sobre el terreno como si ocupasen un tablero de ajedrez, mientras que en el campo adversario se apreciaba la confusión de una masa de guerreros empujando, bravos guerreros piratas de allende el mar, fieros en la paz, demonios en la guerra, aullando como lobos que persiguen a la presa. Y por encima de toda la contienda acudían bandas de cuervos, negros anunciadores de la muerte graznando ávidos de su botín, que habrían de disfrutarlo antes de que acabase el día.
Lo que contemplé entonces bastaría para acrecentar el entusiasmo de cualquiera, pues cuando la primera fila del ejército de Horike se lanzó a un segundo asalto, retrocedió la muralla de escudos nuestra y, pasando por entre los hombres de la segunda fila, dejaron a éstos frente a los lobos carniceros que avanzaban ciegos de sangre, tratando de levantar con los escudos las puntas de las lanzas que les cerraban el paso. Y cuando empujaron para introducirse por debajo fueron clavándose ellos mismos en una segunda defensa de más cortos venablos que les esperaban, y así perdió el rey dañe la multitud de guerreros de su vanguardia. Y antes de que pudiera percatarse de la situación ya se había infiltrado en su campo el grueso de nuestra caballería, que había cruzado por entre sus propios soldados que se abrían y cerraban según la maniobra, que enardecía contemplarlos en sus evoluciones desde aquel otero en que me encontraba, perfecto balcón desde el cual abarcaba todo el campo. Y tal era mi entusiasmo que blandía la espada y largaba mandobles como si estuviera partiendo enemigos.
Era de admirar, aunque sintiera dolor por ello, que los mismos progresos de nuestras tropas los hacía a su vez el rey Thumber contra las de Ethelhave, cuya suerte le fuera adversa desde el principio, y se adivinaba claramente su triste fin, aunque todavía existiera una parte del ejército que no cedía un paso en la contienda mientras otros retrocedían al menor empuje, lo que permitía que fueran rodeando a los que se mantenían firmes. A medio día ya no existía un frente definido ni rastros de ninguna resistencia organizada, sino que combatían por grupos aislados, probando cada cual el valor de su corazón y el vigor de su brazo. Lo que igualmente acontecía a las fuerzas de Horike, tan feroces luchadores que a no tener por enemigo un ejército tan preparado y disciplinado no hubiera conocido la derrota que les iba sobreviniendo poco a poco. Hasta que abandonada toda cautela bajé espoleando mi corcel para incorporarme a la batalla, seguido de mi escudero que soltara la mula en lo alto del alcor.
El estruendo allí era más agudo, los gritos más particulares, el jadeo de los hombres cansados se entremezclaba con estertores y afonías, y ya no podía hacer otra cosa que combatir, repartir mandobles, parar golpes con el escudo, y debo decir que mi escudero parecía cubrirme con su poderoso brazo, machacando a los enemigos a mi alrededor como un titán. Que era clara su misión de protegerme, y a fe que valía él solo por media docena.
Perdida la noción del tiempo, cansado de manejar la espada y de sostenerme sobre el caballo, me fui reuniendo con el caballero que se detuvo un momento para preguntarme qué tal me iba en la contienda, y le repliqué feliz que no permitiría Dios quedase un pagano vivo. Como la batalla parecía dominada llamó Avengeray a sus tanes, y apartándose con ellos, les mandó dar la vuelta con todas las tropas libres para ayudar a los supervivientes del rey Ethelhave, atacando a Thumber por la retaguardia. Pero cuando se adentraron entre el campo de sus aliados sólo encontraron muertos, pues los del Oso va pasaron y se alejaban rápidamente hacia el interior, victoriosos, aunque abandonasen el campo que quedaba poblado por los muertos.
Mandó el caballero que no se les persiguiese pues que la distancia era ya importante, receloso sin duda de que le estuviera tendiendo una emboscada, con lo que la situación se tornaría peligrosa para todos nosotros. Y así recorrió el campo de batalla hasta localizar al rey Ethelhave muerto, también a sus nobles y obispos, todos los cuales se distinguían de los otros guerreros por las armas, escudos y armaduras. En aquel momento, contemplando Avengeray a sus aliados sin vida, que habían perdido con honor pues no cedieron un palmo de terreno, cayéronle lágrimas desde sus ojos ensombrecidos, llenos de dolor por tan horrible espectáculo; se destacaba enhiesto de todos los demás por la cruz que campeaba en su escudo y en el peto de su armadura.
Pronto acudieron los supervivientes del ejército de Ethelhave, quienes salvaron la vida desamparando a sus señores; dirigiéndose al caballero los más principales, se postraron a sus pies y se le sometieron como a señor.
«Derrotados y huidos los paganos, vencedor sois, señor, en la contienda. El reino queda a vuestra merced, pues todo su ejército se encuentra aquí destruido. Nada se opone a que ocupéis el trono y nos aceptéis por vuestros servidores y vasallos.»
Volvióse el caballero al que le hablaba y pausadamente replicó: «Aprended que el rey Thumber es el principal guerrero los paganos, digno enemigo del más destacado entre los Cristianos, y que nunca huye: se retira para incrementar mi deshonor, con lo que es él quien triunfa, hasta el día en que Dios me conceda el cumplimiento de mi venganza. Sabed también que tengo reino que reconquistar y en ello me ocupo. Y conoced, finalmente, que jamás desposeeré a una mujer de lo que le pertenece. Ayudadnos, si queréis, a recoger los cuerpos de vuestros señores y llevarlos al castillo para que tengan las exequias y reciban los honores que les corresponden».
Por la noche recé pidiendo a Dios perdón por mi entusiasmo guerrero, que era pecado gloriarme del daño infligido al enemigo. Ya es bastante causarles la muerte. Que era Avengeray espejo y modelo que, sin proponérselo, me había señalado el camino.
Nunca antes en aquella corte lo contemplaran, pero la fama del caballero Avengeray de todos era conocida, instalado en la leyenda por los juglares que cantaban la historia de pueblo en pueblo, por los mercados y fiestas, así como en los salones de mansiones y castillos, para mitigar el aburrimiento de larguísimas veladas, juntamente con volatineros, tragallamas, saltimbanquis y tragasables, amén de los bufones. A todos los cuales organizaba el espectáculo Monsieur Rhosse, al que los caballeros pretendían humillar llamándole Madame Rose, sin que se diera por aludido. Tañía el tal la vihuela y el arpa con el primor de sus gráciles manos de mariposa, que jamás empuñaron espada, dardo ni venablo, ni embrazaron rodela ni escudo; ni sujetaron su gentil anatomía mallas ni armaduras, cueros ni hierros, ni siquiera la enjoyada daga florentina que lucían los imberbes enamorados del refulgir de la luna. Que eran su preferencia encajes y brocados, arbiter elegantiorum conocedor de los secretos estilos de las antiguas cortes de la Galia y de Flandes, de vaporosas y cristalinas doncellas con azules pupilas de ensueño, en contraste con las gruesas cinturas, los abultados senos, las amplias caderas de estas damas de tez clara y rubios cabellos, de largas trenzas vigorosas, que se proponía transformar. Buscábanle ellas para organizar sus fiestas, que las hacía lucidas y de tono, quedando la dama muy reputada, y le encargaban hasta el diseño de sus vestidos y mantos. Y se murmuraba que de propia mano les hacía las pruebas de otras prendas de su intimidad sin que despertase el recelo de los maridos por juzgarle inofensivo. Y si no lo fuere, ninguna esposa tuvo cuidado en desmentirlo. Y con todo disfrutaban los maridos muy ufanos con sus burlas, sin darse cuenta de que era él quien les marcaba el paso.
También las doncellas de cámara y salón, vanidosillas como sus señoras, solicitábanle muestras originales para adornar o destacar lo que las distinguía, y siendo maestro consumado de las metamorfosis, disponía de tules y vainicas para disimular la escasez de los escotes y sugerir volúmenes escondidos; mucho importaba el engaño pues que los caballeros gustaban de generosos tesoros que las damas no solían ocultarles.
Y aun cuando costumbres y pormenores fui aprendiéndolos después, prefiero figurarlos aquí y ahora para mejor entendimiento del que leyere.
También era muy conocida, a lo largo y ancho del reino, la bien celebrada Ethelvina, esposa del difunto rey Ethelhave. Aunque de diferente modo, pues el pueblo ensalza en unos las virtudes que admira, y en otros critica los pecados que profesa, y así se retrata en sus sentimientos, que llega a representar en sus héroes y villanos, igual que los paganos hacen con sus propios dioses reflejándose en ellos como si fueran espejos.
Tuvo antes Ethelhave dos esposas que no le proporcionaron descendencia, aunque a cambio llenó él de bastardos el palacio, a los que nunca abandonó, sino que, por el contrario, les colmó desde pequeños de títulos, prebendas y cargos, y en eso no se pareció en nada a otro que me sé, y dejemos el caso aquí.
Diole una hija Ethelvina, ya tercera esposa, y conocedora de su rijosidad le tuvo siempre ocupado en el lecho, con lo que, si no logró aumentar el número de hijos legítimos, al menos le mantuvo sin tiempo de incrementar la cuenta de la bastardía. Que siempre tuviera muy claras las ideas aquella mujer. Tan dispuesta, que siendo el rey tímido y apocado en los asuntos de Estado y gobierno, le ayudó a resolver cuestiones hasta poner en solfa la administración, con lo que se hacían todos lenguas del cambio, pues nunca gozara de más autoridad y prestigio, aunque para nadie era secreto que la mano diestra pertenecía a la reina y que Ethelhave sólo intervenía para sancionar lo por ella dispuesto. Sin que hubiera aparente menoscabo, que siempre guardó a su rey y marido el respeto que le debe toda mujer inteligente.
El rey no aspiraba a conquistar otros reinos, ni tampoco en Ethelvina parecían anidar proyectos de tal magnitud, y así todos los esfuerzos fueron encaminados a conservar la paz, que la logró efectiva por bastantes años, pues los otros reyes respetaban la fuerza que había conquistado, ya que siempre inspira respeto.
Hasta que los bastardos crecieron pasando los años y, alentados por nobles ambiciosos y enredadores, al amparo del rey pusilánime, dieron en crear problemas y dificultades, suscitar envidias y conspiraciones, tachando a la madrastra de usurpadora y autoritaria. Y nunca el padre supo atajar a sus hijos, fuera ello flojedad del carácter o excesivo amor que les tuviera. Que siempre fue un enigma, pues tanto o más amaba a su reina Ethelvina como a su hija Elvira.
Considerábanse los bastardos herederos del reino a falta de hijos legítimos, y llegaron a enfrentamientos, apoyados por unos y otros, disputándose los derechos a la sucesión, pues cada uno se creía digno de la primacía. Extendieron sus ambiciones hasta coquetear con otros reyes; en especial con el del Reino del Norte, que por serles fronterizo ambicionara siempre extender sus dominios hacia el sur, desde que ocupara el trono matando al padre de nuestro caballero Avengeray, de quien entonces era el reino. Pero la habilidad y diplomacia de la reina logró siempre superar la inquina, hasta conseguir el apaciguamiento de todos, y con el tiempo parecieron olvidar las rivalidades, aplicándose más a disfrutar las ventajas de su posición, que no ofrecía reparos. Pues ni el sueño les era espantado por preocupaciones de Estado, ni se ocupaban de otra cosa que no fueran cacerías, amén de cortejar a las damas y ejercitarse en los torneos. Quizás influyera la prodigalidad con que les regalaba Ethelvina a cambio de su avenencia. Y así habían permanecido hasta el momento en que el rey tuvo que acudir al estuario con todo el ejército disponible para enfrentarse a la invasión capitaneada por el rey dane, Horike, apoyado por Oso Pagano, el rey Thumber, aliados para perdición del buen Ethelhave, cuyo cuerpo conducíamos junto con el de los cinco obispos, hacia el castillo de Ivristone, tras haber enviado por delante mensajeros que informaran a su esposa de los trágicos acontecimientos, y aun le añadieran que el caballero Avengeray salvara el reino quedando por dueño del campo, y que antes que pensar en proclamarse rey, ya que ninguna fuerza existía que pudiera oponerse a su voluntad, iba a someterse como servidor, con todo su ejército, si por tal era admitido.
Avengeray no olvidaba que Ethelvina era sólo reina en función de su esposo, y que fallecido éste no resultaba heredera obligatoria, antes bien se consideraba que el trono lo ocuparía siempre un varón que pudiera afrontar las graves responsabilidades del Estado y atender a la guerra. Mas, se percataba de que nadie había en el reino más capacitado para gobernar que Ethelvina, según tenía demostrado muchos años atrás, y deseaba no existieran problemas en la sucesión, pues que con ello sólo apoyarían a sus enemigos, que eran muchos, y se encontraban indefensos por el momento. Que cuando hay disputas internas en un reino los vecinos sienten la necesidad de devorarlo. Y bien se conocía Avengeray la rivalidad que existía con los bastardos, que ahora pudieran luchar todos por el trono. Por ello le causó gran alegría recibir a los mensajeros de vuelta, con la noticia de que Ethelvina se había proclamado Señora de Ivristone y Regidora del Estado, y que como tal les daba la bienvenida y les aguardaba; aceptaba la sumisión ofrecida y le prometía distinciones y recompensas. Y refirieron después con cuánto interés había preguntado Ethelvina a los mensajeros cuanto se refería a la batalla, a la alianza, al propio caballero, a sus tanes, a quiénes destacaban en el ejército, interesándose por cómo una tropa tan reducida pudiera conseguir un triunfo tan notorio y providencial. A lo que comentó Avengeray, para que le fuera transmitido, que la fuerza de nuestro ejército se debía a que éramos muchos más que dos mil guerreros: ¡éramos uno solo! Lo que Ethelvina entendió muy bien, pues que pasando el tiempo se lo escuché comentar con elogio algunas veces.
Cuando llegamos a cierta distancia del castillo, tuvo Avengeray el cuidado de dejar apostado el ejército, pues no deseaba llegar a Ivristone con ostentación de fuerza para no malquistarse voluntades ni levantar recelos. Así que allí quedaron los hombres y proseguimos con sólo un tane y sesenta guerreros, para dar cumplida escolta a los muertos y a los vivos.
La guarnición del castillo, más bien escasa de número, nos esperaba en la pradera cercana, y tras los saludos se unieron a nuestra marcha, hasta formar filas para que penetrásemos por el puente levadizo. En el patio interior nos esperaba la señora, acompañada de su hija, y a continuación todo el séquito de damas y caballeros del reino, que lucían de gala para tan señalada ocasión, siendo evidente en las damas la mano de Monsieur Rhosse, quien las había provisto de modelos exclusivos para testimoniar su duelo por el fallecimiento del rey, con lo que se transformaron en un cortejo de viudas negras, con el solo fanal del escote mostrando la color rosada de sus tentaciones, que bien evidentes me quedaban desde la altura del caballo, y no fuera sincero si ocultase que me complació el panorama, abundante en número y variado en la forma.
Descabalgamos cumplidamente ante la señora, apresurándose Avengeray a hincar la rodilla ante ella, en lo que le imité, pues que me llevaba a su lado y presidíamos la cabalgada, que el caballero me hacía ese honor. Muy gentilmente sonrió la señora a Avengeray y se dejó besar la mano, complacida por la humildad del renombrado caballero, al que invitó a levantarse y le tituló Gran Senescal de Guerra, lo que implicaba acceder al mando supremo del ejército, aunque no lo hubiera disponible por entonces. Pero evidenciaba la generosidad y buen ánimo de la Señora de Ivristone, quien recompensaba de inicio al valeroso y perfecto caballero que había salvado el reino y le traía el cuerpo sin vida de su esposo para que recibiera los honores debidos. Y formulados los cumplimientos al caballero volvióse la señora y me invitó: «Adelante, señor obispo», lo que me produjo un sobresalto por lo inesperado. Que no acertaba a pensar si se hallaba confundida, ignorante de mi condición, por lo que declaré: «No soy más que un humilde monje peregrino, altísima señora». «Lo erais antes de pisar el puente de este castillo; al penetrar en Ivristone lo habéis hecho como obispo, que en virtud de mis prerrogativas con Roma os confiero el nombramiento y la sede.»
Tan alejado de mi ánimo permaneciera todo aquel tiempo, en que la acción de guerra atrajera mi interés, que oírme titular de obispo me resonaba en los oídos como una canción extraña, y tan tardo me hallaba en entenderlo que más bien me sentía confuso. Hasta que poco a poco me acudió la realidad ante los ojos, y me pellizcaba para estar seguro de que no se trataba de un sueño, y así creí oportuno manifestar que me sentía muy honrado por su generosidad, pero que cumplía a mi señor Avengeray autorizarme a recibir tan alto don. «Tiempo ha que hubiera yo concedido este título- replicó él- de alcanzarme la prerrogativa. Pero mi Señora de Ivristone viene a remediar mi falta, y así os ruego aceptéis tan alto honor como os ha sido dispensado.»
Aquí vino Ethelvina a aclarar que eran cinco las sedes vacantes, y me aconsejaba tomar la de Ivristone, que sobre exigirme vivir en el castillo, era sede primada y por tanto regía toda la Iglesia del reino, con lo que incluso habría de proveer el nombramiento de las otras sedes vacantes por la muerte de los obispos, cuyos cuerpos acompañaban al del rey, y a todos ellos habían introducido en el patio interior y quedaban situados con la escolta en espera de las disposiciones del caso, que fue llevarlos a la regia capilla y colocarlos en túmulos que con anterioridad habían sido prevenidos.
Cuando la señora y el caballero me lo permitieron, por hacer un aparte para tratar sus problemas, que eran los del reino, apárteme yo mismo con el deán secretario, que ya asistiera a cuatro obispos anteriores y conocía cuanto hubiera de conocerse, y aun tengo para mí que alguna punta de más en asuntos religiosos, pues no existían para él secretos. Lo primero fue llevarme al guardarropa del difunto obispo y ayudarme a cambiar mis toscos ropajes por los que correspondían a mi nueva función y dignidad rectora de la Iglesia. Ya revestido de morado y ufano por la transformación, que a no dudarlo me resultaba grata, inquirí del secretario cuál debía ser el orden para comenzar mi actuación concertadamente, según se esperaba. Replicó con sosiego que, ante todo cumplía legitimar mi nombramiento de obispo y a continuación confirmar los títulos a la Señora de Ivristone, pues se encontraba en régimen de provisionalidad hasta cumplirse los ritos eclesiásticos, es decir, que entre tanto todo existía en el fondo pero no en la forma, que en materia del mundo esta última es lo más importante. «¿Cómo así -argüí-, mientras permanecen muertos insepultos en la capilla?» A lo que respondió que los muertos no suelen tener prisa y que lo importante era conformar a los vivos. Y al presentarme relación de todos los religiosos del reino entre los cuales debía escoger los cuatro nuevos obispos, me sugirió le tuviera a él en cuenta, pues mucho tiempo lo esperaba y méritos tenía acumulados como para ostentar preferencia ante cualquiera de los allí señalados por la señora.
Me acudió rápidamente la inspiración, pues entendía, siendo yo lego en la materia, que con los deberes de primado debía ahora ocuparme de lo concerniente a la Iglesia del reino, que nada de provecho alcanzaría sin la asistencia de aquel viejo deán secretario que llevaba la curia en su cabeza, y le expresé mi disgusto por pedirme marchar en el punto en que acababa de tomar posesión, cuando le estimaba más que a ningún otro por las acaloradas alabanzas que de él me hiciera la señora, y me atrevía a recomendarle que no aspirase a nada que no fuera menos de la sede primada, a la que podría acceder algún día, cuando yo me ausentase. Que más útil podía serle al reino y a la Iglesia actuando ahora de deán secretario como hiciera con mis antecesores, que abandonarme con mi ignorancia. Y que a fin de cuentas tan rápidos eran los acontecimientos y tanto variaban en el transcurso de tan corto tiempo que más esperanzas podía tener él de sucederme que yo de permanecer obispo. Y pensara, además, que en llegando al desarrollo pleno de la curia del reino, la sede primada sería elevada a cardenalato, y quién sabe si el cargo le estaría reservado a él, si todo lo hacíamos concertado y a su tiempo. Con lo que pareció quedar muy satisfecho.
Lo repentino de los sucesos, con mi llegada al obispado cuando tal idea ya me era ajena por completo, que parecía haberlo olvidado, me tenía sumergido entre sueños, sin acabar de poner los pies en la tierra. Diríase que eran los acontecimientos los que me arrastraban, o más bien me dejaba acunar por ellos ya que tan placenteros me eran. Y así transcurrió la ceremonia en que fui consagrado, mediante la lectura de la cédula de mi nombramiento: «Yo, Ethelvina, reina del rey Ethelhave, de glorioso recuerdo, yacente aquí en la capilla donde ha de recibir sepultura, ante Dios y en presencia del Consejo del Reino, de todos los dignatarios de la corte y los religiosos de este reino, habiendo invocado a San Pedro como Padre de la Iglesia y a Todos los Santos para que nos concedan su protección, inspirados por el Espíritu Santo, vengo en nombrar obispo primado…» que me sonaba tan lejana y envuelta en musicalidad celestial, pareciéndome coros de ángeles los que me rodeaban e inundaban mis oídos y espíritu con aquellos sones de íntima melodía. Y livianos dedos de serafines me colocaron el alba y la estola, cargaron sobre mis hombros la capa pluvial, colocaron sobre mi cabeza la mitra y en mis manos el báculo. Y fue la misma Ethelvina quien luego deslizó en mi dedo el rico anillo pastoral, una enorme turquesa como nunca viera antes, cuya contemplación me sacudió tan vivamente que se me despejaron las nubes del cerebro, volviéndome a la realidad, pues hasta entonces permaneciera soñando. La primera idea que acudió a mi mente fue si habrían despojado al difunto obispo, mi antecesor, del anillo que ahora lucía en mi mano. Aunque el catafalco se encontraba situado en segundo lugar, después del rey, y no me era visible desde el altar. Que lo miré con cierta repugnancia, o cuando menos recelo, pues que me recordaba cuan frágiles son las glorias mundanas. Aunque reflexionara de inmediato que era disparate tildar de mundana gloria tal solemnidad religiosa, pues nada se producía sin la voluntad de Dios. Precisaba acomodar mi mentalidad al alto cargo y responsabilidad a que había accedido tan de improsivo, sin tiempo para digerir el cambio.
Y cierto que ya me sentía otro distinto cuando se arrodilló en la grada primero, y en rico reclinatorio después, según el protocolo que muy fielmente seguía el deán secretario que todo lo conocía por experiencias anteriores, mi señora Ethelvina, que venía humildemente a solicitar la intervención de Dios en la sucesión del difunto rey Ethelhave, y luego que fueron elevadas las preces por todos los asistentes, que era la corte completa, escalonados en proximidad a Ethelvina de acuerdo con los protocolos y los cargos y linajes de cada cual, implorada que fue la inspiración del Altísimo, vino el obispo a manifestar -y ya no me sorprendió pensar que el obispo era yo-, que estaba en la voluntad de Nuestro Señor nombrar a Ethelvina Señora de Ivristone y Regidora del Estado, y que así fuera acatada por todos los asistentes, y por delegación los ausentes, y todo el reino la reconociera como tal, quedando sujetos los que se opusieran en una u otra forma a las penas y rigores dispuestos por las leyes civiles y religiosas, que las primeras castigan con la pérdida de la vida terrena, y las segundas con la eterna, pues quien se opone o actúa contra los ungidos, que por el acto y voluntad de Dios adquieren un valor divino, contra Dios mismos proceden.
Cumplidos aquellos trámites, que eran previos según mi deán secretario, y devuelto con ello al reino su estado legal, procedía atender a los difuntos que tan pacientemente aguardaran todo el tiempo. Y con gran pompa y solemnidad fue desarrollándose el rito que cumplía a las exequias de un rey, y el cuerpo de Ethelhave quedó colocado finalmente en el sarcófago preferente que en la capilla de los reyes tenia dispuesto. Y de paso tuve una ojeada para el otro lugar que quedaba vacío a su lado, pensando que estaba bien aparejado para recibir a Ethelvina en su día, que no se sabía cuándo, por la incertidumbre de conocer la voluntad de Dios primero, y por la fugacidad de las glorias terrenas después. Que desde que fuera consciente de mi obispalía me habían crecido los razonamientos filosóficos y morales haciéndome desdeñar cuanto me rodeaba. Aunque era contradictorio cerciorarme al propio tiempo de cuan satisfecho me hallaba siendo centro del reino, como un ombligo, que ahora todo lo veía girar en mi entorno. Pues desde la humildad de mi vida me encontraba ahora encumbrado de tal modo que ya mis ojos se acostumbraban a contemplar solamente las cabezas de mi prójimo, cuando antes les veía siempre los pies.
Llegué a sentirme orgulloso de mí mismo durante la ceremonia. Y ello influyó para que dedicase al obispo difunto, que por la voluntad de Dios dejara la sede vacante que me estaba destinada desde siempre, un funeral casi regio. E intempestivamente acudió a mi cerebro el recuerdo de Benito, que por afecto me reveló aquello que estaba escrito y acababa de cumplirse cuando ya no lo esperaba. Me pareció herejía y satanismo guardarle agradecimiento por sus atenciones. Pero algo se merecía, que a fin de cuentas en obligación de perderme se encontraba, pero nunca se condujo alevoso ni traidor, sino comedido y considerado. Que la suprema lección humana ha sido siempre la humildad. Pues si todos procedemos de Dios, ¿qué somos nosotros sino granillos de arena en una inmensa playa que abarca todo el mundo?
Tengo para mí que por humilde que fuera el obispo difunto, al que me hubiera gustado conocer en vida, su alma no podía menos que sentirse complacida por la ceremonia, que todo el clero se contagió inspirado por mi fervor, pues nada ennoblece tanto como guardar las honras de los que nos han precedido. Quizás porque aspiremos a que, en su día, seamos del mismo modo honrados. Lo cual podría traducirse por vanidad. ¿Pero qué somos nosotros sino vanidad? Lo dice la Escritura. ¡Cuánto trecho me faltaba recorrer todavía para acomodar mi pensamiento, y mis sentimientos ante todo, al nuevo estado!
Finalmente le dejamos acomodado en su sarcófago, en la capilla de los obispos, reunido con sus antecesores. Y aquí me cercioré también de que el siguiente nicho era igualmente magnífico, y con un respingo me separé, que Dios quisiera mantenerlo vacío por muchos años.
Pienso que no solamente los vivos, sino hasta los muertos quedaron satisfechos, ya que tratarles mejor era imposible. Que es cuestión de honor mostrarles afecto y consideración, pues viéndose despreciados y como deshaciéndonos de sus restos por puro trámite entrarían en el otro mundo empequeñecidos, y nunca puede ser aconsejable inaugurar una nueva vida entrándole acomplejado. Que el estilo siempre ha sido importante.
Quedábanme allí los cuatro obispos foráneos encaramados en sus respectivos catafalcos, como esperando turno. Y finalmente les llegara, que con gran fineza sugirióme la señora fuera más oportuno y político enterrarles en sus respectivas diócesis, pues que sus fieles los tenían en gran estima y cariño y así lo reclamaban, y llevarlos se imponía, sin desmerecer los honores que para el rey y el primado se usaran, y así habrían de ser trasladados los restos en procesión, todos cuatro, acompañados por el cortejo de nobles incluidos en la relación que ella misma me entregó de su mano, y al ojearla vine en preguntarme por qué razón se organizaba una sola procesión que habría de recorrer las cuatro ciudades a lo largo y ancho del reino, lo que llevaría mucho tiempo, más el recorrido de grandes distancias, que todo podía evitarse partiendo el cortejo en cuatro grupos, cada uno encaminado directamente a su destino.
Sonrió gentilmente la señora y replicó que de tal modo cada cortejo resultaría de reducida honra, y estaba segura pensarían los feligreses no haberse concedido suficientes honores a su obispo, que eran muy quisquillosos al respecto, y no convenía al nuevo primado ofender de entrada a los clérigos y a los fieles. Lo que se evitaría yendo toda la comitiva junta, pues así siempre sería magnífica, resultando demostrativa y satisfactoria. Que circunstancias había en este mundo en que merecía perder el tiempo y procurar las apariencias, como iría viendo en el desempeño de mi nuevo cargo que con tan buen pie había comenzado, pues que ejerciera como si toda la vida estuviera ensayando. Cumplimiento y parabienes que me halagaron, viniendo de tan eximia señora, quien parecía poseer el don de gobernar con apacible trato y superior inteligencia para que todo resultase concertado en el gobierno.
Por cuanto llevaba aprendido dábame la impresión de cauta y pensadora, que todo al parecer lo tenía previsto, y hábilmente procuraba lo más conveniente para el Estado. Así me lo confirmara mi señor el caballero, a quien referí las instrucciones y mi extrañeza de cargar sobre los nobles y caballeros bastardos la tarea de tan largo peregrinaje por los polvorientos senderos del reino, al que girarían una vuelta entera consumiendo al menos cuatro meses en el retorno. Máxime cuando deberían moverse con numerosas escoltas y séquitos, amén de la lentitud que el transporté de los muertos impone, y el otrosí de dos semanas de funerales en cada población, que habían de efectuarse los enterramientos con muy solemnes ceremonias que enaltecieran a los que habían entregado su vida por la patria, en defensa de su rey y de su Dios.
Avengeray sonrió; manifestó que no debía causarme sorpresa tan grande fasto y pompa, pues que la señora pretendía mantenerlos apartados de la corte todo el tiempo posible, que entre tanto ordenaba levas y reclutamientos para levantar un ejército en precaución de la amenaza de invasión por parte del Reino del Norte, amén de algunas cuadrillas de piratas cuyos jefes andaban también buscando un reino, que la situación era difícil y urgente, y los enemigos no descansaban. Tanto era así que en previsión ya había ordenado a sus tanes situarse con el ejército en la cordillera para cerrar el paso a cualquier intento de invasión, quedando en el castillo el tane más sesenta guerreros para entrenamiento de los reclutas. Que sería su tarea reorganizar un ejército lo más rápidamente posible.
Ausente el caballero las más de las veces, sumida la corte en período de duelo, mi vida fue transcurriendo tranquila, pues ya tenía decidida la sucesión de las sedes vacantes, que la misma Ethelvina me señalara quién tenía más méritos para cada caso, y además despachado cuanto de urgente me presentara el deán secretario, con lo que ansiaba algún divertimento.
Mas no se presentaba ocasión, que las cenas en el castillo transcurrían ausentes de diversiones, pues no había músicos, ni bufones ni saltimbanquis; sólo algún juglar que nos contaba las glorias del difunto rey, que por lo sabido precisaban imaginar muy libremente para encontrarle argumento, pues los anales de su reinado se encontraban huérfanos de hazañas, que salvo en la procreación fuera humilde y apocado. Que no era un contrasentido, pues, ¿quién no tiene dos vidas juntas?
Ocupados los caballeros en mil tareas por el Gran Senescal de Guerra, apenas si aparecían entonces por el castillo, y así la mesa en el gran salón durante el yantar y el cenar, presidida siempre por la señora, ocupábanla las viudas negras, cuyo entretenimiento principal en aquella época aburrida consistía en lucir nuevos modelos de luto inventados por el genio de Monsieur Rhosse, cuya constante palabrimujeriega me tenía colmado, si bien mi estado obligábame a parecer paciente y perdonativo. En lo que destacaba aquel sirveparatodo se ofrecía a mi vista sin recato: los grandes fanales donde lucía la color rosada de las tentaciones mujeriles, que parecía empeñado en que no guardasen secretos, con tal esplendidez los mostraban. Que al resaltar sobre la tiniebla de sus tocas y ropajes negros, me atraían con fuerza, ya que no existía más entretenimiento, como dije. Y es malo dejar al hombre con una sola idea. Pues a poco se torna obsesiva, imperiosa y gobernante. Y como todas estaban obligadas a guardar la compostura del luto de la corte, que no la suya, los secretos y sonrisas, y alguna vez risitas reprimidas, me iban encendiendo, que yo hubiera necesitado también marcharme a la campiña y al campamento para entrenar reclutas y sentir la fatiga del sol y el viento, del cierzo y la helada, donde no apareciese ni una mala cantinera en cinco leguas. Cuando me llamaba la señora sentía el vértigo de su espléndido escote, y aun con la princesa Elvira, que sobre no resultar tan exagerado por ser doncella, también tentaba, que era primoroso.
Así estaba cuando una noche, al penetrar en mi cuarto, distinguí una bella mujer que me sonreía, reclinada sobre mi lecho, ocupada en ordenar las ropas, con lo que ofrecía a mis ojos pecadores la más fuerte tentación que hasta el momento pudiera sentir. Quedamos mirándonos, ella sin perder la sonrisa, yo sin perder la visión que a mis ojos se ofrecía como imán, que nunca lo tuviera enfrente más poderoso. Tuve que apoyarme en el vano para dominar unos mareos que me hundían, mientras el sudor inundaba mi frente. Díjome ser la dueña Miranda, mandada por la señora, que siempre se ocupó de cuidar a cuantos obispos hubo.
Sin que mediara una determinación, por impulso reflejo me fui acercando y llegué hasta ella por la espalda, y cuando le coloqué mis manos pecadoras en las caderas, siguió ella ocupada en arreglar el lecho, como esperando. Y yo la sujetaba cada vez más fuerte, convulsivamente, luchando con mi indecisión y mi infierno.
«¿Cómo así, Reverencia? ¿Tímido sois?», la voz de la dueña era burlona e incitativa.
«¡Ay de mí! -me lamenté casi sollozando-, que juramento hice de no yacer.»
«¿De vuestro agrado no resulto, señor obispo?», y la melodía de su voz era aguamiel que encendía más el fuego que me devoraba la garganta y aumentaba las palpitaciones de mi pecho.
«Me placéis, dueña, y mucho. Pero me hace vacilar la promesa.»
«Pardiez, señor, que os creía más resuelto cuando os acercasteis. Que cada problema tiene solución sin violentar conciencias. De no montar hembras las tuvo el obispo Ingewold, y guerreaba a caballo y viajaba en mulo. Pero no de ser montado. Ea, acabad las dudas. Que dueña cuidé del obispo Ingewold, que Dios tenga en su gloria, y dueña pienso ocuparme de vos, y también del que os suceda, que no conozco qué clase de juramento tendrá comprometido, pero cada obispo presenta su dificultad para contentarle. Aunque nada es imposible. Pero si juramento hicisteis de no yacer con mujer, yo yaceré con vos. Alzad, pues, el telón, e iniciad la representación; de otro modo tanto os valiera encontraros en el bosque abrazado a una encina.»
Tan gallarda y garrida resultaba la dueña, florida en años, que más propia para mi condición no la hallara; deseaba acabara el día y concluyera la cena para encerrarme en mi cuarto, donde a poco acudía. La cual me convirtió en hombre nuevo, feliz; que la señora y todas las damas decían notarme la satisfacción en el rostro. Imagino que ninguna sospechaba la causa, pues que recomendaba a la dueña usara de mucha discreción, que no estaría bien dar escándalo allí donde estaba llamado a dar ejemplo. Insistía ella gentil en que al no quebrantar yo la promesa, pues era ella la que venía a yacer conmigo, nada podía reprocharme la conciencia, y esa satisfacción era la felicidad que sentía. Y que no averiguase más si no quería descubrir lo que me displaciese. Que sabio era disfrutar de lo que se nos ofrece y quien rechaza lo que nos gusta busca su infelicidad.
Tan al pie seguía sus consejos que pasó una temporada sin apenas darme cuenta, deseando se ocultase el sol y prendieran los hachones, y acabaran aquellas interminables veladas en que debía soportar la atención de las bellísimas viudas negras que buscaban en mi conversación algún entretenimiento, pues otro no tenían, siendo yo el único hombre que muchas veces les acompañaba. Y aunque presente tenían mi condición, el olor de varón debía de incitarles a usar picardías, y así intentaban siempre embromarme. Cosa que no les ocurría con Monsieur Rhosse, eterno mariposeador de aquellas damas, al que trataban con la misma intimidad que solían entre ellas, pues que al parecer el aroma no les resultaba diferente.
Hasta que una noche hube de pasarla viudo, pues la dueña no acudió como acostumbraba. Tampoco apareció en la siguiente. Con lo que me creí obligado a preguntar usando discreción, pues la suponía enferma. Mas ni doncellas ni criadas, ni el propio intendente a quien recurrí a última hora, me dieron señas, antes bien, insistieron en que la tal dueña Miranda les era desconocida, que jamás existiera una en el castillo de aquellas señas. Lo que acabó por colmarme de confusión y desasosiego. Y a poco comencé a sentir vergüenza, por alguna sospecha que me estaba acometiendo, aunque no tuviera por entonces una forma definida. Pero de pronto la tuvo, cuando resonó en mis oídos la risa burlona, hiriente, insultante, sardónica, del infernal Jordino. ¡Mísero de mí!, ¿cómo pude olvidar que el maligno jamás cede en su empeño de encenagar las almas? ¿Cómo, tan cándido e incauto que me dejara arrastrar al pecado, engañar por segunda vez y con igual factura, olvidar que aquella lucha perduraría por vida, y que debía llenar de ceniza mi cabeza, llorar, castigar mis carnes para desalojar la lujuria, purificar y santificar mi alma? Que sobre mi orgullo de hombre estaba ahora sentirme merecedor de la sede, llevar con dignidad el báculo, e ir algún día a Roma para recoger el pallium en cuanto los tiempos lo permitieran y la señora me entregase las cartas de presentación que me había prometido.
El ataque de furia contra Jordino primero, contra mí mismo después, conoció alternativas. Predominaba la intención de santificarme, arrepentido de mi flojedad, pero me sentía herido por aquel rebelde diablejo que nada había aprendido de su jefe, y deseaba demostrarle que nunca jamás conseguiría burlarse otra vez de mí, que yo no era su esclavo para contentarme con sueños, que como hombre libre era yo quien escogía mi camino, y así iba a probárselo para concluir de una vez la contienda que nos enfrentaba. Aunque quebrantase mi promesa de no yacer, que me prometía a mí mismo iba a cerrar esta etapa de mi vida, pues al concluirla dedicaría mi empeño a la santificación.
Y así empleé con furia mi honor herido en ojear, hasta decidirme por una brava moza reidora, que en encantos y misterios a ninguna otra iba en zaga, antes las aventajaba con holgura, que accedió a visitarme con ánimo de platicar, según le dije. La tenté bien y hurgué en lo principal en cuanto la tuve allí, y para no alarmarla díjele que de comprobar se trataba que no era ilusión de los sentidos, que ya desconfiara de mi enemigo. Y en sintiendo que de hueso y carne humana era pregúntele si estaba libre. Replicó que libre era, y muy formal, que sólo el difunto rey Ethelhave le pusiera la mano encima, y ahora mi Reverencia, porque señores de tan alta condición mandaban. Que aun cuando tenía enamoriscado a un master corporal de la guardia, no le permitía desliz alguno por mucho que insistiera, que primero era oír la epístola, teniéndolo tan desesperado que perdiera el apetito y el sueño, y aun así no le aplicaba clemencia. Le referí que mucho terror me sobrecogía cuando me hallaba solo en la oscuridad, por lo que haría una buena obra de caridad en acompañarme, y mucho insistí para que no se negase. A lo que contestó que si se lo imponía de penitencia abandonaría al master corporal para venir conmigo cuanto hiciera falta hasta curarme los terrores, que siendo tan medroso no iba a poner reparos para dañarme. «No por penitencia, sino por voluntad vendréis, si lo deseáis», concluí.
Estúvose sonriendo un tanto, como haciendo balance de sus pensamientos, y concluyó con una cierta resolución que vendría bien al master corporal conocer que sólo al rey y al obispo permitiera tratarla en confianza, que más sería respetada así y puede que hasta acelerase, por celos, el matrimonio.
Con lo que, sin más, pasamos a acomodarnos, sin que mediara esta vez favor alguno de Jordino.
Y quede aquí por ahora.
Abiertos los oídos durante el viaje, lo iban conociendo en su peregrinación por las cuatro ciudades del reino. Aun así, cuando regresaron luego de dar sepultura a los cuatro obispos, se sorprendieron al comprobar cuánta prisa se dieran la señora y el senescal que el ejército se hallaba reclutado, reforzadas las principales fortalezas, núcleos importantes de tropas eran instruidas en diversos lugares estratégicos del reino, y donde fuera preciso se levantaban nuevas defensas. En contra de lo que se esperaba, aplaudieron nobles y bastardos la diligencia y el empeño y ofreciéronse a trabajar en la común tarea de asegurar la supervivencia de Ivristone, conscientes según reconocían de interesar a todos resguardarlo contra la rapiña de otros reyes y bandidos.
La sorpresa no fue menor para los que gobernaban, pues les sabían díscolos y enredadores, mientras que ahora mostraban actitud franca y abierta, favorable a la señora, pródigos en alabanzas hacia el senescal, a quien reconocían que no quiso ocupar el trono cuando nadie era capaz de impedírselo. Contrariamente, su ejército cerraba el paso en Oackland, salvando con ello el reino. Lo que demostraba su buena fe, por encima de cualquier sospecha. Y si todavía no bastaba, sus esfuerzos para organizar un nuevo ejército y dotarle de instrucción y cuantos elementos fueran necesarios para transformarlo en operativo, construcción de nuevas defensas y reforzamiento de otras, incremento de guarniciones donde existía mayor riesgo. Nadie del reino estuviera mejor capacitado para lograrlo con tamaña rapidez. Nadie, pues, más obligado que los nobles a colaborar en tan magna tarea, de la que un extranjero les daba ejemplo, por lo que se sometían y quedaban dispuestos a lo que ordenase la Señora de Ivristone, de cuya habilidad como Regidora del Estado en nadie hubo dudas, que ya lo tenía bien demostrado. Y además, la fuerza que ahora representaba el senescal le permitía desarrollar sus proyectos con mayor eficacia y seguridad. Que nunca antes estuviera el reino en mejores manos para afrontar peligros presentes y la esperanza de un porvenir. Y nunca tampoco presentara mayor dificultad para las apetencias de aquella legión de aventureros y bandidos piratas de allende los mares, cuya ansia de poder y riquezas no parecía tener límites.
Transformárase también la corte, que recibió nuevo impulso con el regreso de los nobles, puesto que las damas ya no permanecían solas, y el tiempo transcurrido permitía una mayor vivacidad en las reuniones, conforme se aliviaba el luto. Y bien que lo notaba Monsieur Rhosse, más ajetreado que nunca, pues jamás los acontecimientos fueron tan seguidos y afectaran más al conjunto, para obligarle a renovar los vestuarios de las damas; todas querían sus nuevos modelos a tiempo, que cada una mantenía un taller en su casa, surtido con doncellas, bordadoras y modistas, a las que obligaban a trabajar sin descanso. Ya que, pues regresaban los caballeros al castillo al término de cada jornada luego de ocuparse de los mil asuntos que les iban siendo encargados, gustaban de cortejar a las damas, las cuales deseaban aparecer cautivadoras. Siempre quedaba alguno lejos, revisando guarniciones más distantes, o en misiones especiales, y el que más deseado fuera de ver se llamaba Avengeray, que teniendo la mayor responsabilidad apenas si paraba por el castillo. Al que todos, sin excepción, alababan como artífice del cambio: supervisaba en persona toda la preparación y aun la instrucción de las tropas, punto al que prestaba atención suma; les procuraba intendencia, materiales y armamento, y organizaba talleres de herrería y carpinteros, poniendo en marcha toda la maquinaria de guerra. Y todos estaban seguros del resultado, pues que su propio ejército era el más aguerrido, disciplinado y eficaz de cuantos se conocían, con tácticas nuevas y sorprendentes, que ya no luchaban en masa como se solía hasta entonces.
Las fatigas diarias hacían más apetecible el entretenimiento, y así la corte se afanaba en proporcionar solaz a los nobles cuando regresaban por la noche; las cenas resultaban más animadas y divertidas y al tiempo ya se permitía algún juglar que cantara las glorias invisibles del rey Ethelhave, del que la señora guardaba y hacía guardar reconocida memoria, y así ensalzaban los poetas igualmente la sabiduría y prudencia de la señora y la legendaria valentía del senescal, sin par Avengeray, de quien referían tantas historias como era capaz la imaginación de concebir, y no tenían fin, que el mismo caballero se sorprendió alguna vez al escuchar proezas que jamás había llevado a cabo, según afirmaba modesto. Mientras Monsieur Rhosse presidía, organizaba, montaba distracciones para contentamiento de damas y caballeros, con músicos y bufones.
Prestigiábame, sin duda alguna, el favor con que me distinguiera siempre Avengeray, y así me sentía por doquier colmado de atenciones y mimado por todos, centro de la vida religiosa y social del reino, y especialmente en el castillo nada trascendente se llevaba a efecto sin serme consultado por la señora, que ahora me convirtiera en miembro del Consejo de Sabios en razón de mi cargo, lo que representaba la cumbre de honra que podía alcanzarse.
No me faltaba el respeto y cariño del caballero, que seguía siendo el único en verme rodeado de una aureola luminosa, lo que le daba seguridad de reconocerse predestinado, animándole a soportar todas las fatigas y peligros, pues que le constaba hallarse en el camino recto. Y no escatimaba sacrificios ni esfuerzos, pues que luchando habrían de colmarse sus anhelos y deseos.
Me enervaba la regalía de aquella vida, que contribuía a despertarme sentimientos dispares y encontrados, entre los que uno destacaba con mayor fuerza, y era un cierto remordimiento por encontrarme allí, todas las noches, acomodado con la brava, reidora moza, que andaba dando celos al master corporal de la guardia con el que esperaba casarse, aunque, me aseguraba, esto no ocurriría antes de que yo consintiera, puesto que mientras me quedase un deseo insatisfecho estaba dispuesta a esforzarse en contentármelo. Y a mis dudas de si cumplía refocilarme, siendo tal mi condición, llevando una vida tan galana, me aseguraba un tantico burlona que no entendía mis preocupaciones y escrúpulos pues que en el castillo, si me tomaba la molestia de recorrerlo por la noche, bien abiertos los ojos, apenas existía varón que durmiera con su esposa, y que los cambios eran tan sutiles y mañosos que aparentemente todo estaba en orden, pero que siendo ella camarera doncella interviniera en muchas andanzas y prestase ayuda a muchos encuentros. Que mirase a las almenas y torres para ver cómo hasta los soldados entretenían sus largas guardias con las mozas que acudían a solazarlos, que no iban a ser menos que los señores. Y no fuera a creer que ella le permitiera al master corporal un tanto así, que para eso era muy formal. Y hasta sospechaba la mozuela que se guardaría mucho de poner la mano en el fuego por la mismísima Señora de Ivristone, que se andaba con tal comedimiento por su altísima posición que nadie pudiera comprobar las sospechas. Siendo tal su preocupación y constante actividad por los asuntos del reino, llamaba a sus habitaciones, fuera por el día o por la noche, que no distinguía, bien fuera a sus consejeros (y esto era cierto, que más de una vez fui llamado), al senescal de banquetes, al oficial de guardarropía, al mariscal de caballerizas, y aun al caballero Avengeray, Gran Senescal de Guerra, y unos permanecían allí dentro más que otros. Oportunidad tenía, y de la mejor, aseguraba la moza con cierta envidia en la voz. Y como me atreviera a reñirla por la frivolidad de sus comentarios hacia tan altos personajes, no por el vocabulario un tanto soez que acostumbraba en hablando de estos temas, que era burlona y satírica en extremo, como si en las faltas de los demás justificase las propias, lo que es un sentimiento villano y de baja condición, todavía añadió riéndose de mi disgusto que algunas noches que el caballero rezaba por ausente acudía de incógnito al castillo y por la escala que le era tendida subía al torreón donde la princesa Elvira se hallaba aposentada, y entonces se escuchaba el tañir de vihuela, que en ello el caballero era incluso más habilidoso que Monsieur Rhosse, todo primor pero inútil para estos lances amorosos, que lo sabía ella muy bien, aunque sólo de oídas, no fuera a pensar.
Otros derroteros tomaban las conversaciones en la corte, aunque siempre concluyesen en Avengeray. Y en apareciendo tomábanme como árbitro, pues que le conocía bien y me distinguía con su confianza, que eso lo sabían todos. Incluso con reverencia, que tal les imponía el nimbo de luz. Pero afinaban más mis viejos compañeros, los ancianos sabios del Consejo, quienes se preguntaban si la conducta de Avengeray estaría o no inducida por su odio hacia el rey del Norte, usurpador de su trono, aunque no el asesino de su padre, que todos sabían fuera Thumber quien lo hiciera de su mano. Y si ahora pretendía valerse de Ivristone para reconquistar su reino y el trono, veríanse envueltos en una guerra, no en defensa de su libertad y de los propios intereses, sino de la ajena y privada venganza del caballero. Que público y notorio era tal afán en su vida, a la cual venganza todo lo condicionaba. Y por ende pudiera resultar sospechosa tanta dedicación y esfuerzo, que no paraba un instante, y cuando regresaba al castillo se le veía acudir a los aposentos de la señora cargado de mapas, que se pasaba allí muchas horas, si bien era cierto que la materia era de urgente necesidad y prioritaria. Sin embargo, nunca observé manifiesta enemiga en aquellos viejos y santos varones, cuya obligación era buscarle los entresijos a las razones de Estado, y no tanto sospechar como estudiar para la señora todas las posibles vías, beneficiosas y contrarias, de cuanto afectaba al reino. Y aunque era tal su preocupación y ansiedad por conocer una respuesta a sus dudas, no les privaba de reconocer cuanto de bueno llevaba hecho y hacía en Ivristone, por lo que todos le guardaban reconocimiento. Que tan curados estaban aquellos varones de las vanidades mundanas que pensaba me hubiera servido alguno para cubrir una sede vacante, que mejores dudaba haberlos encontrado. Pues su misma conducta me esforzaba para no desentonar entre ellos.
Más entretenida resultaba la de los cortesanos, que en definitiva se ocupaban de las mismas cosas que los ancianos pensadores, con la diferencia de convertir en maliciosa comidilla los graves problemas de Estado, pues no alcanzaban a más, que otra cosa no les divirtiera. Y era de estas conversaciones de salón de donde nacían los cantares de trova, hasta donde pude entender, con el adorno de la fantasía donde no llegaba la realidad, que para ello cumple la función poética, y concluían que otra más poderosa razón animaba al caballero, y ello se hacía patente en las fiestas de alivio que con harta frecuencia venían celebrándose en la corte, so pretexto de relajar el ánimo de aquellos hombres sometidos al mayor esfuerzo, que todo no iba a ser pensar en la guerra, como argüían las damas, instigadas quizás por su Monsieur Rhosse, que odiaba la bárbara costumbre guerrera y a quien encantaban, por contra, las gasas y tules, y se recreaba en los adornos, plumas y joyas. Y en las blondas y encajes que hacía importar de Flandes, de donde trajera la última novedad que eran los vestidos cerrados desde el cuello a los pies, que apenas si les quedaba el rostro descubierto, y pienso que aquella moda no hacía favor alguno a las damas pues que perdían con ello el mejor encanto de que Dios las había dotado. Y así tenía para mi conciencia que aquella moda no podía ser más que instigación del demonio, y fuera vuecencia a saber de qué ralea sería la legión que poblaba a Monsieur Rhosse, si es que alcanzaba a tanto honor y no le despachaban con un diablejo simple, o dos a lo sumo, por no dar su alma materia para más altos empeños. Lo que no era obstáculo para que se ufanase con el nuevo cargo de Organizador Mayor de Fiestas, Saraos y Ritos Cortesanos, que andaba ocupadísimo poniendo por escrito todas las reglas que en su vida fuera discurriendo, y pensaba convertirlo en un tratado de obligado cumplimiento en todas las cortes conocidas y por conocer, y le había prometido un ejemplar miniado al caballero para que implantase aquellas normas en su nueva corte, cuando la tuviera, que habría de conquistar el día que Dios fuera servido. Y debo resaltar, a fuer de sincero, que el nombre de Dios en boca de aquel ser indeterminado me parecía una blasfemia. Que le llegara el cargo gracias a su clientela, pues las damas todas asediaron a la señora hasta conseguirle el nombramiento, concedido no se sabe si por complacencia o por librarse de tanta importuna, que alegaban ser corriente el cargo en la corte de la Galia y debía por ello implantarse en Ivristone, ahora que se producía el resurgimiento y nadie estaba adornado de mayores méritos para ostentarlo. Y mientras las damas le alababan hasta subirle a los cielos, los maridos le despreciaban tanto que, llevado al mayor extremo, se conducían como si el personaje no existiese, prefiriendo incluso a un bufón o volatinero. Había determinaciones de la señora que resultaban indescifrables, pues no siendo competencia del Consejo llegábamos a ignorar las razones, pero sospechaba que en el caso este, tan aventurado fuera pensar que consintiera por eludir asedios y pérdida de tiempo, como por satisfacción propia, que aun no dedicándole las horas que las otras damas, también llamaba a sus habitaciones a Monsieur Rhosse, que se contoneaba como pavo real y aseguraba hacerle las pruebas de propia mano, sin descuidar un detalle tratándose de tan alta señora, a la que se preciaba llevar mejor vestida que a cualquier otra del reino. Con lo que, misterios de las almas, conseguía el aprecio de las demás, que lo mimaban para que no pusiera en ellas menor interés, y Dios sabe los regalos y concesiones que ello originaría, que ninguna aspiraba a menos que ser probada de propia mano, que las tenía delicadas y musicales, alas de mariposa más bien. Con lo que poco daño podía inferirlas, si es que algo de ello hubiera, que juraría que no. Aunque mejor disfraz no pudiera inventarse, y a fe que estos seres piensan mucho, pues que en definitiva son árbitros en el mundo. Y de ser realidad pienso que las señoras no llevaran tan a la vista sus tratos con el Monsieur. Pero nadie sabe tampoco adonde llega la astucia de una mujer. Que allí se daba una mezcla asaz sugestiva. ¿Y quién podía desentrañar si una era la apariencia y otra la realidad?
Y la otra poderosa razón que animaba a Avengeray, según ponía en boca la malicia cortesana, consistía en una muestra evidente: que en cuanto coincidían el caballero y la princesa se comían los ojos, y con el baile y el permanecer próximos parecían aislarse del mundo, pues ni siquiera notaban que se convertían en centro de atención de toda la corte, mientras sonreían las damas en cuchicheos, más serios los hombres, preocupados con la trascendencia del idilio, aunque todos a uno disimulaban, que era esta virtud cortesana que no podía olvidarse.
Pero los sesudos varones, con el preámbulo de que mi condición de obispo primero, y de consejero después, no podía enturbiar mi clarividencia en el servicio del reino, influido por el amor al caballero mi señor, me preguntaban si era inducido a escalar el trono de Ivristone por amor o por odio. Reconocían que si antes no quiso ocuparlo no era razonable intrigase ahora para conseguirlo, aunque aparentemente todos sus pasos lo conducían a la cumbre. Y si la misma dinámica de los acontecimientos lo empujaban hasta la corona, también podía ser cálculo, que inteligente y bravo lo era. Pero, ¿cuál era el pensamiento de la señora, a quien expusimos estas dudas en la primera ocasión? Advierto que, aun estando seguro por amor filial, de los nobles sentimientos del caballero, mi condición de consejero me obligaba a compartir las preocupaciones de los demás.
Respondió la señora que no se le escapaba, y pues no podía prescindirse del caballero en aquellas circunstancias, razón era que se aprovechase todo para beneficio del reino, que el Estado tiene razones y medios para llegar al fin que persigue. Y nos quedamos sin conocer cabalmente cuál era su pensamiento último. Aunque sí nos eran evidentes sus cavilaciones futuras e inmediatas. Que en aquellos momentos llegaban noticias inquietantes.
El rey del Norte andaba tanteando las defensas, y aunque no dedicara al intento más que modestas fuerzas, manifiesta dejaba su intención. Tropezó con la enérgica defensa de las huestes de Avengeray, asentadas con firmeza en los pasos de Oackland, que era preciso cruzar para adentrarse en las llanuras del reino de Ivristone viniendo desde el norte, y a fe que levantaran allí las mejores defensas que se hubieran contemplado jamás, pues siendo de tan alto valor estratégico nadie dedicara antes al lugar tan cabal estudio y levantara tan fuerte guarnición. Nunca apareció el rey a la cabeza de los atacantes, y no quedaba duda de que eran intentos para medir la resistencia, como un tanteo para ulteriores acciones ofensivas.
Y si en el norte el peligro no parecía tan inmediato, aunque la amenaza era preocupante, no ocurría lo mismo en el sur, donde el reino limítrofe apenas si contaba con fuerza, y lo que era peor, carecía de ambición su rey, y hasta de cualidades legislativas y guerreras, y así se veía expuesto a continuas invasiones y tropelías de las hordas piratas de allende el mar, que le consideraban presa favorita como el reino más débil y desguarnecido, que recorrían de norte a sur como les viniera en gana. No cabía otra defensa que pagarles tributo de guerra, y era sabido que los bandidos piratas lo cobraban y proseguían su salvaje devastación para conseguir mayores riquezas. Tanto que hasta la misma señora hubo de reírse cuando le sugirieron celebrase esponsales con el rey del Sur para organizarle y defenderle el reino, y contestó que con un rey enclenque ya había tenido bastante. Aunque la respuesta de la señora no conjuraba el peligro de la frontera sur, pues los vikingos alcanzaban fácilmente a introducirse en los territorios de Ivristone y atacaban las defensas, que respeto por fronteras y reinos no guardaban, sino que marchaban en pos del botín y de la destrucción, que nadie conocía cuál de los dos les atraía más.
Las fortalezas del sur habían resistido bien los ataques hasta entonces, gracias al genio del Gran Senescal de Guerra, quien sabiéndolas más expuestas las había reforzado en defensas y guarnición, y aunque alguna estuvo en peligro de ser destruida no lo lograron, y cumplieron la estrategia de resistir y rechazar a los bandidos sin abandonar el campo ni aceptar lucha abierta, que Avengeray sabía bien de la eficacia de sus contrarios. Máxime cuando entre todos aquellos ataques llegó a identificar en algunos casos la mano de su mortal enemigo, el rey Thumber, que aparecía y desaparecía con acciones fulminantes, de acuerdo con su habitual estilo. Hasta el punto que situándole en el mapa para conocer o adivinar su próximo ataque, nunca lograba preverlo, pues aquél no mantenía un orden progresivo o regresivo, que para caer en trampas era muy astuto, aprendido sobre la experiencia, pues ya una vez le tomara Avengeray delantera y le colocara en mucho peligro. Sus desplazamientos resultaban tan rápidos que atacaba a 10 o a 100 millas de un día para otro, lo que hacía sospechar al caballero que estaba siguiendo una estratagema para confundirle, como acostumbraba. Pero en cada caso la destrucción que causaba era importante y el botín cuantioso, también en víveres, y asolaba los territorios, con lo que empobrecía el reino y arruinaba a los habitantes, que abandonaban sus pueblos y heredades, lo que originaba perdieran las cosechas.
Al celebrarse un Consejo General, donde la señora escuchó con paciencia todos los pareceres, vino en decir que ante las amenazas a que se veía sometido el reino mantenía la mayor confianza en el Gran Senescal de Guerra, cuya habilidad y valor estaban probados, y que pues la seguridad del reino descansaba en sus manos, había decidido ligarle más fuertemente a la corona, concediéndole la mano de la princesa Elvira, siendo notorio el amor que ambos se profesaban; se complacía en anunciar la boda para dentro de cuatro semanas, cuando oficialmente daba fin el luto por la muerte del rey Ethelhave, y así se celebraría una solemne fiesta.
Si grande fue la alegría de las damas, mayor todavía la de Monsieur Rhosse, sobre quien recaía la responsabilidad de organizar el sarao y vestir a las damas, especialmente a la novia, para lo que se requerían nuevos diseños, con lo que se puso a trabajar sin descanso para llevar los dibujos a sus clientes, quienes sin demora comenzaron a realizarlos en sus talleres, afanándose costureras y bordadoras. Talleres que llegaban a estar animados por músicos para que las mujeres trabajasen con mayor primor y sentimiento. Que la música inspira. Era idea de Monsieur Rhosse, quien insistía en que, en definitiva, hasta las ideas se engendran por el movimiento, y el movimiento es arte.
Mayor actividad nunca se viera en la corte. Y eran, como siempre, las damas quienes la animaban, complacidas en aquel final feliz, y aunque no parecían ocuparse en exceso de la princesa salvo en adivinar las hechuras de su vestido, intentaban sobornar a costureras y bordadoras para averiguarlo, y hasta dedicaban algún mimo especial a Monsieur Rhosse para comprar su indiscreción. Con preferencia cantaban las excelencias del novio, al que además de reconocerle todas las virtudes, le llamaban el Salvador del Reino.
Un día en que me requirió la señora para consultar sobre religión, díjome sobre la boda que no fuera decisión súbita, sino meditada y la más acertada que cabía. Adivinaba que alguna vez habría de entregar el reino a su hija, con la grave preocupación de los bastardos, que no renunciaban a lo que proclamaban ser sus derechos. Uniéndola al caballero podía trabajar satisfecha de cara al porvenir, máxime sabiendo que la boda contaba con el beneplácito de todos, que su misión era aunar voluntades y despertar la ilusión de las gentes para el mayor beneficio del reino. Avengeray había logrado imprimir un ritmo distinto a la vida, pues convirtió a los apáticos en entusiastas y a los reticentes en colaboradores de buena voluntad, quienes se olvidaron de intrigas y conjuras, incluso los bastardos, que se mostraban recelosos.
Aproveché la ocasión para pedirle cartas de presentación con que ir a Roma para recoger el pallium. Contestó que no lo olvidaba, pero tampoco era momento de ausentarse en largo y arriesgado viaje dejando el reino sin cabeza eclesiástica, cuando tantos y tan graves eran los problemas que se encaraban. Y debo dejar constancia de que al concluir cada entrevista se me acrecían las dudas, pues aquella mujer, a fin de cuentas, resultaba un enigma: encantadora y gentil cuando se lo proponía, calculadora en extremo cuando necesario.
Avengeray no ocultaba a nadie su felicidad ante la próxima boda. Bajo su apariencia fría, aunque yo le sabía apasionado y con ilusión, palpitaba una honda inquietud. Y al inquirirle sobre la causa díjome ser preocupantes las noticias que le llegaban desde la frontera sur. Sospechaba alguna forma de traición, ya que en algunas de las fortalezas atacadas había nobles de los antiguos incordiantes, y aunque luego se mostraran de modo que no dieran ocasión a desconfianzas, no obstante, andaba intranquilo. También pensaba que los espías y los bastardos pudieran estar vendidos al enemigo y le desfigurasen las noticias. Lo que podía representar estuvieran sucediendo las cosas de modo diferente a como le eran referidas.
Para conocer la realidad, que mucho le importaba, no cabía otro remedio que enviar al tane con sus sesenta hombres, quien le haría llegar correos fidedignos que le permitieran evaluar la situación, pues que podía estar decidiéndose allí la suerte del reino. Que era Thumber astuto y cruel, capaz de jugarle con todos los engaños, y mucho importaba averiguarlo. Aunque deseaba que todo se debiera a Thumber, y nunca a las traiciones en el propio ejército.
Aconsejé enviara un destacamento desde los pasos de Oackland y mantuviera la escolta en el castillo, pues eran sus hombres de mayor confianza. Lo había considerado, me dijo, pero no quedaba tiempo y que hasta la boda pudiera retrasarse de no adoptar rápidas medidas. Y así dispuso la salida, confiando entre tanto en la guardia del castillo.
Ajena la corte a estas preocupaciones avanzaron los días, hasta que comenzaron a llegar correos con noticias más satisfactorias. Calmóse la inquietud de Avengeray y pudo vestir sus más lucidas ropas cortesanas, que era gloria contemplarle con la indumentaria galana de un guerrero: la cruz que adoptara como emblema bordada sobre el pecho, ceñida la cintura por el grueso cinturón del que colgaba la noble espada de dos filos.
En la pétrea capilla, donde el silencio de los sepulcros marmóreos pesaba sobre cuantos asistían a los esponsales, revoloteaba no obstante la ilusión de la fiesta, pues en cada mujer duerme un poema de amor. Y en mi caso el sentimiento: pues que en algún instante sentí un breve picor en la garganta y los ojos humedecidos, que érame muy caro el caballero, había tomado afición a la princesa y contemplaba el amor en sus rostros y la satisfacción en los demás, muy especialmente en la Señora de Ivristone. De quien había aprendido a dudar si seguía impulsos sentimentales o su conducta obedecía a razones de Estado. Aunque, debo decirlo, tal suavidad empleaba en sus maneras que desconcertaba. Pero no podía desechar la impresión de que era antes Regidora del Estado que madre. Sin que me atreviera a formular esta sospecha con claridad, que todo me resultaba confuso tocante a la señora.
Y en aquel silencio, repito, restalló un tumulto repentino, viéndonos invadidos por multitud de vikingos que penetraron como centellas -embrazados los escudos, espada en mano, otros el hacha-, cuya fiera presencia me conturbó.
Rodearon unos al grupo donde se reunían los nobles cortesanos y los bastardos y les atacaron tan de repente que apenas si alguno tuvo ocasión de desenvainar la espada; cayeron atravesados por los venablos y a golpes de hacha, que todo pareció transcurrir en un segundo. Y en el grupo de los viejos compañeros del Consejo, ancianos venerables, tres que intentaron empuñar la espada, que ya les resultaba pesada, fueron fulminados por los arqueros que brotaron de la parte alta de la entrada, apostados contra la baranda desde la que se dominaba toda la concurrencia, pues que nosotros nos hallábamos en un plano más bajo. Apenas si me percaté de lo que sucediera junto a mí, pues observaba de conjunto aquella acción terrible, en la que perdía su vida la flor de la nobleza abatida por la furia vikinga, sedientos de sangre como lobos. Y cuando miré, descubrí que también estábamos rodeados por furiosos guerreros cuyos rostros reflejaban al demonio, sus ojos brillantes de una luz maléfica, blandiendo sus armas, protegidos todos por el escudo, con lo que formaban un círculo en cuyo centro quedábamos los contrayentes, Ethelvina y yo mismo. Pero sobre Avengeray había caído una red, manejada con infernal habilidad, que le imposibilitaba, y con unos cabos se la sujetaron y ciñeron de modo que sólo tuviera ocasión de empuñar la espada pero no de blandiría, mientras forcejeaba con furia incontenible -que no obstante resultaba inútil-, para desasirse de aquella prisión y arrancar los cabos de las manos de sus carceleros.
Tan de súbito como estaba ocurriendo todo, tronó una gruesa voz allá en lo alto, donde se encontraban los arqueros, tensos los arcos y prontas las flechas para ser dirigidas contra cualquiera que osara atacar. Era un hombre corpulento, tal que parecía un oso, y adiviné como un relámpago que debía de ser Oso Pagano, el rey Thumber, el enemigo mortal de nuestro caballero, que no otro osaría sorprenderle en tal momento, y con astucia de zorro como le era por costumbre, que muchas veces escuchase a mi señor referirse a aquella cualidad de su enemigo, al que no obstante admiraba como guerrero.
«¡Tente, tente Avengeray! -tronó la voz-. ¿A quién defiendes? Éstos querían matarte. Y ellos me llamaron. ¿Es que ya no reconoces a los traidores? ¡Estás viviendo en un nido de víboras!»
La voz de nuestro caballero se elevó, suspendido por un momento su furibundo intento de liberarse de la red, para clamar: «¡Traidor! ¡Bellaco! ¡Suéltame y lucharemos!».
Pero la primera réplica fue una risotada: «¿Me crees capaz de apoyarlos contra ti? Sabes que no hago juego para los demás».
«¡Cobarde! ¡Granuja! ¡Lucha conmigo!», vociferaba el caballero debatiéndose en inútil violencia contra la red.
Oso Pagano parecía divertirse. «¿Para qué voy a luchar contigo? Nada me obliga. No soy caballero cristiano. Puedo mataros si me place. ¡Todo es ahora mío! Dame una buena razón para que no lo haga.»
Las carcajadas de aquel monstruo resonaban en la bóveda, repercutían contra los muros, caían sobre todos nosotros como una losa de piedra que confinase nuestras ideas al marco estrecho y disolvente de una tumba. Nos encontrábamos paralizados, salvo el caballero, furioso en su impotencia, lo que impregnaba de mayor tragedia la situación, por encima de los guerreros muertos. Quizás Avengeray pensaba de ellos que al menos habían muerto con honor mientras él se encontraba humillado, afrentado en su honor, sometido por unos guerreros que ni siquiera eran caballeros ni podían batirse con él en buena lid, delante de su dama, interrumpidos los esponsales, traicionado, vencido, ultrajado en su dignidad de caballero, de amante y de hombre.
Tan inusitado como todo cuanto acontecía se elevó la voz de la princesa, que pareció erguirse de repente, agigantarse dentro de su frágil figura de doncella, que le proporcionó un relieve que hasta entonces nunca tuviera su figura. Pues son las ocasiones quienes descubren al otro ser que todos llevamos dentro.
«¡Yo puedo darte esa razón que demandas!», dijo.
El rey vikingo quedó en suspenso. Todos los circunstantes se movieron para observar aquella silueta adornada con los cándidos velos de novia que de repente se había transformado, situándose junto a su esposo, como si le estuviera protegiendo.
«Sube, princesa, y habla.»
Aunque Avengeray pareció intentar retenerla con un gesto, no pudo impedir que atravesara el círculo de guerreros, que abrieron paso, y se dirigiese hacia las escaleras, hasta alcanzar a Thumber, quien se adelantó para encontrarla.
El caballero quedó inmóvil, petrificado, empuñada inútilmente la espada pendiente junto a su cuerpo, ceñida por la red y los cabos que lo envolvían, que nunca soltaron los guerreros. Y así permaneció todo el tiempo que la princesa se mantuvo en conversación con Thumber, de lo que nadie escuchamos una sola palabra. El tiempo se nos hacía eterno, las miradas todas en la desigual pareja que formaban el corpulento y descomunal rey vikingo, y la frágil figura de la princesa, toda ella fuego en su actitud, en la vehemencia de su expresión y de sus gestos y movimientos, indiferente y burlón Oso Pagano, escéptico, provocador y ofensivo.
Hasta que a una orden de Thumber se movieron los guerreros, para cumplir los deseos de su rey expresados en las palabras que dirigió a sus prisioneros, todos cuantos quedábamos con vida dentro del recinto sagrado. «¡También yo soy gentil con las mujeres, Avengeray! -exclamó riendo; y sus risotadas sonaron más horribles que antes-: Conservaréis todos la vida, pero encerrados en las mazmorras para que no estorbéis, que así lo he prometido a vuestra princesa.»
Al tirar de los cabos para arrastrarle gritó Avengeray con la más profunda ira en su voz: «¡Mátame, bribón! ¡No causes este ultraje a mi honor!». Tengo para mí que de encontrarse suelto se hubiera causado él mismo la muerte, si no la recibiera de manos de sus enemigos.
«No morirás, Avengeray, que el destino te reserva para mayores empresas», le replicó Thumber.
Mientras los piratas arrastraban fuera de la capilla a todos los prisioneros -la señora escoltada por cuatro guerreros, sus damas en un grupo que la seguía, los viejos compañeros del Consejo de Estado detrás de ellas, caminando con dificultad por el peso de los años, afrentados por el deshonor que en su vejez recibían-, dos guerreros vinieron cerca de mí y me ordenaron permanecer quieto, por lo que vi desfilar a todos los asistentes que hacía un rato gozaban con la ceremonia que enlazaría a la gentil princesa y a nuestro caballero.
Contemplaba todos aquellos cuerpos derribados sobre el pavimento en trágicos escorzos, ensangrentados, que Thumber había calificado de traidores contra Avengeray, quienes tramaran su destrucción y su muerte, concertando con el vikingo el golpe que puso en sus manos el castillo. Y quién sabe cuántas maquinaciones fueron llevadas a cabo hasta neutralizar el ejército y la misma guarnición, que les permitiera irrumpir con tanta facilidad, que demostraba cómo todos los caminos les habían sido allanados. Rápidamente recordé los comentarios que mi señor hacía siempre del rey vikingo. Y no debía de andar errado, pues que me parecía que Thumber, siempre desconcertante e imprevisible, pactara con los traidores, pero sin embargo les había castigado preservando la vida de Avengeray, a quien también pudo dar muerte sin fatiga. Y en cambio no existía duda de que no era tal su deseo. Al menos en aquel momento.
No tuve más tiempo para reflexionar, pues desalojada la capilla, donde sólo quedaban piratas, venía hacia mí Oso Pagano, armado de todas armas, el paso decidido pero pausado; a su lado la pálida Elvira, que no obstante parecióme resuelta, seguido por un cortejo de guerreros.
«Casadnos, señor obispo», dijo el vikingo, y mi sobresalto por lo inesperado de sus palabras le hizo sonreír con mayor fuerza.
Tardé en recuperarme de la sorpresa. Examinaba los rostros burlones y sanguinarios de aquella horda pirata de salvajes bandidos paganos, y me pareció ser la princesa Elvira la única, entre todos, que permanecía serena y resuelta, iluminada por una trascendente decisión. A mi interrogante mirada replicó con voz firme: «Pues que aquí nos reunimos para celebrar una boda, casadnos. Lo único que cambia es el novio».
Se me escapa del recuerdo aquella extraña ceremonia que forzosamente hubo de resultar breve pues ya no quedaba en mí entusiasmo ni contemplación de la felicidad de dos contrayentes. Pensaba en mi señor, el infortunado caballero encerrado en una mazmorra, remordido por la rabia de la burla, vencido y deshonrado, sufriendo la terrible incertidumbre del riesgo que pudiera soportar su amada esposa, que lo seguiría siendo espiritual, pues que materialmente había sido imposible.
Y ahora, preguntaba a la princesa con intencionada demora si era libre en tomar su decisión, si deseaba realmente contraer matrimonio con aquel rey extraño, bandido y pagano, cuya personalidad no podía entonces definir, tan contradictoria, capaz de las mayores villanías, de ultrajar todos los sentimientos más santificantes de un cristiano, y de perdonar a un enemigo que deseaba darle la muerte, un enemigo irreconciliable al que debería distinguir con su odio mortal, pues que día habría de llegar en que se enfrentarían y no podrían eludir darse muerte uno a otro, o sabe Dios si perderse ambos en la contienda, tan enconada y sin remedio parecía. Pues, lo juro, dispuesto me encontraba a no seguir si la princesa lo negase, aunque en ello me fuere la vida. Mas Elvira insistió, también demoradamente y con aquella fría serenidad que en ella me resultaba desconocida, antes tímida y vacilante, animándome ahora a proseguir, pues, lo repetía, era su decisión libre y voluntaria.
Lo que siguió puedo apenas recordarlo como un mal sueño, ideas difuminadas por la bruma que creaba mi confusión. Salimos de la capilla. El salón, donde fui conducido tras los contrayentes, que ahora eran esposos -y ésta era la idea que me obsesionaba, pues se celebró el enlace como un robo y una ofensa hecha a mi señor Avengeray-, estaba poblado por los bandidos, que aparecían ahora como divididos en dos. Los unos en plan de guerra, vigilantes y disciplinados, los otros merodeando de un lado para otro, en busca de botín y mujeres: criadas, doncellas de cámara y de servicio, dueñas, amas y mozas, que entre todas levantaban un griterío de histéricos chillidos que contristaban mi alma. Y en el centro del salón estaban arrojando cantidad de pieles que traían del exterior, y sobre ellas levantaron una tienda, también de pieles, que pude comprender era la tienda real de Thumber, que al parecer instalaban el campamento dentro de la estancia.
En derredor iba creciendo el desenfreno de una orgía salvaje: los bandidos bebiendo groseramente en los cuencos y cuernos, constantes sus risotadas, y constantes los gritos de las mujeres ultrajadas que pretendían inútilmente zafarse de las garras de sus martirizadores, sin que hubiera fuerza capaz de librarlas. Que cuanto más se resistían ellas, mayor era el empeño y las risas. Salvaje y terrorífica la bacanal, violenta como de tigres disfrutando de sus presas: una ola de paganismo extendida sobre la cristiandad.
Thumber levantó la piel que cerraba la tienda y con un gesto invitó a la princesa, quien penetró en su interior. Se volvió ella para decirme con frialdad: «Creo que estaréis mejor en la mazmorra, señor obispo, este espectáculo no es bueno para vos. ¡Llevadle!». Por primera vez la veía conducirse como reina pagana, lo que mucho gozaría Thumber.
Me sentí arrastrado, aunque sin violencia, por los hombres que permanecían junto a mí. La luz de los hachones iluminó nuestro descenso, aclarando las tinieblas de aquellos sótanos en lo más profundo del castillo, y finalmente abrieron una puerta y me impulsaron a su interior.
Cuando pude orientarme hacia las voces y gemidos que escuchaba al fondo de la habitación encontré a mi señor Avengeray tendido sobre la paja, sacudido por violentas convulsiones. Se hallaba bañado en sudores y gemía profundamente, enfebrecido y delirante, que sólo le oía palabras ininteligibles, privado de razón y conocimiento.
Y en viendo la infinita miseria que se abatiera sobre nosotros tan inesperada, tuve que hincar la rodilla y elevar mis preces, humillado, rogando con fervor el perdón por todos mis pecados, que nunca antes me dolieron tan hondos, como si fueran llagas malignas que me horadasen las carnes. Pues ninguna otra razón podía ser origen del castigo que sobre todos nosotros había desplomado Dios Nuestro Señor.