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Segunda parte. Aventuras de un caballero desventurado

Tengo en el corazón

como el reflejo de un hermoso sueño

del que ya no me acuerdo

Renard

I

La tarde transcurría pesada e inquieta. Al esconderse en el ocaso, el sol dejó un rubor de nubes enrojecidas. «Mal presagio», musitó mi madre apretándome la mano. A poco la retiré; me parecía impropio sentir debilidad.

Oteábamos la lejanía desde la más alta torre del castillo, acompañada mi madre por sus damas, solitaria la gran llanura que se nos extendía al frente. Ni una florecilla, ni una brizna se movía en el tapiz; denso el aire, rasgado sólo por negros cuervos y lentos buitres, y allá en las cumbres del cielo, el águila real. Todos en busca de sus dormitorios para alcanzarlos antes de que les cayese la noche.

Aun siéndole habitual, mi madre no pudo reprimir un estremecimiento. En la actitud silenciosa y reverente de las damas se reflejaba el respeto por la inquietud expectante de la señora: unos pasos vacilantes e inciertos, de nuevo fija la mirada en la lejanía, angustia en los ojos, en las manos temor.

Cuando las sombras amenazaban borrar los contornos más distantes, el movimiento de las damas y sus gestos alertaron a todos: dejábase adivinar una cabalgata quebrando la soledad del horizonte.

La mano sobre el pecho sujetándose el corazón, crecía en mi madre la ansiedad mientras se esforzaba por adivinar. «Menguada es la hueste, hijo mío. Presagios de derrota agitan mi corazón. Contempla el cielo sangrante y las aves agoreras que pregonan nuestra desgracia.»

Mujer valerosa, resuelta, capaz de sobreponerse a las contrariedades, que sirviera de estímulo y acicate a los valientes guerreros, a mi padre también. Pero sus damas, y yo mismo, conocíamos su propensión a flaquearle el ánimo cuando se sumía en la soledad de la larga espera.

«Delante de ellos soy la reina -me explicaba-. Ante ti, hijo mío, sólo me siento madre: temo por tu suerte, y la de mi esposo, el rey.»

No llegaba la tropa con estandartes ni gallardetes desplegados al viento, como el día que partieran para enfrentarse a Raegnar, hermano sin tierra del rey de los jutos, lanzado a conquistar el reino que no tenía en su patria, y viniera al nuestro con un ejército embarcado en 130 navíos. Más otros aliados que se le juntaron, norses y danés, pues los piratas se unían cuando era necesario, para atacar a los cristianos y, siendo invasores, se ayudaban en sus empresas. Más todavía cuando era Raegnar quien lo solicitaba, respetado por su nacimiento, llamado a convertirse en rey. Ni fueron recibidas nuestras tropas con fanfarrias de trompetas ni ruidosas alegrías, como se suele cuando regresan acompañados de la victoria.

Traían la semblanza de una hueste derrotada, triste y abatida, cargada con la sombra atroz de la sangre y los amigos muertos abandonados sobre el campo de batalla, en manos del enemigo. Rotos los yelmos, destrozadas las armaduras, abollados los escudos, quebradas las lanzas, averiados los arneses de sus cabalgaduras; llegaban pisando con temor, bajas las cabezas, entre los relinchos doloridos de algún animal exhausto y desangrándose por las heridas. Unos levantados, otros caídos sobre la silla, los más escondiendo la mirada, cruzaron el puente que les fuera tendido y penetraron lentamente en el patio del castillo, dejando fuera la mesnada: todos no podían alojarse dentro, donde ya contaba la guarnición.

Acudieron a atender al rey que venía exangüe, desfallecido, y en brazos le llevaron a sus habitaciones. Sobre el lecho, mi madre y el físico se afanaban en despojarle de la armadura y la loriga, quedando descubiertas las grandes heridas, profundas, sangrantes. Ya se ha revestido del valor de una reina y ordena a sus damas traer aguamaniles, lienzos, jarros de agua tibia, vendas e hilas, ungüentos y hierbas; ya se apresta a lavarle la carne abierta, realizarle las curas, coserle el cuerpo desgarrado, cubrirle de emplastos y colocarle hemostáticos y cicatrizantes. Y cuando todo finaliza, recuperarle con caldos calientes, mientras el rey parece defenderse del acoso de las mujeres para atender lo perentorio, pues no hay tiempo, y así lo manifiesta a sus tanes que lo rodean: «Raegnar estará en las puertas con el nuevo día. Doblad las guardias y aprestad el castillo para el asedio y la defensa. Heridos los que quedaron fuera, inútiles para combatir, llevadlos al bosque y ponedlos a salvo para que se recuperen. Después podremos traerlos si es necesario. Aprontadlo todo. Que acuda el amanuense con recado de escribir. Disponed entre tanto un correo: debe llevar al rey Ethelhave una petición de ayuda. Y roguemos a Dios para que el rey de Ivristone acuda en nuestro socorro».

Salen los tanes de la alcoba real y rápidamente se agita el castillo en angustias de actividad. El rey se esfuerza por levantarse, impedido por la reina y el físico.

«Ya sé, señora; me conviene descanso como hombre herido. Pero el reino se encuentra en grave peligro y vuestro rey no puede descansar. Obedeceré, mal que me pese, por esta noche, para no daros disgusto. Mas avisad a Cenryc de que me mantenga informado.»

Cenryc, el más principal del reino después del rey, no pudo cumplir los deseos de su señor, pues le halló vencido por la fiebre y el sueño, sin despertar en toda la noche. Le serenó la naciente luz de la mañana, y aún debilitado por la sangre perdida y dificultado por las heridas, recobró el ánimo y fuera ya imposible al físico y a mi madre retenerle en el lecho. «Importa ahora más defender nuestras vidas que entretenerse en curar rasguños.» Aunque los primeros días se viera obligado a descansar, pues que las fuerzas no le acompañaban tan lejos como pretendía. «Contempla todo bien y no pierdas detalle -me dijo-. Es tu destino el que nos jugamos.» Jamás antes me viera tan cercano a la lucha, y me excitaba. Algo en mi espíritu me empujaba y, siendo nuevo, parecíame como si se cumpliese un hado que me aguardaba desde siempre. El ejemplo y las palabras de mi padre me moldearon para lo por venir. Y ese credo se albergaba en mí, como lo estaba en cada guerrero.

Desde la muralla divisábamos la llanura donde acamparan los enemigos. En algunas ausencias del rey, inspeccionando otras zonas y los preparativos, el fiel y querido Cenryc me mostraba la disposición del campo invasor. El grupo más numeroso pertenecía a Raegnar. Allí se encontraba el contingente de Dinglad, un reyezuelo norse venido de la Hibernia a la llamada de la ambición, que también aspiraba a instalarse y por ello buscaba alianzas que pudieran ayudarle en alguna futura campaña de conquista. El otro grupo lo capitaneaba Culver, un caledonio renegado unido a los enemigos de su raza y de su patria; llamaba a mi padre usurpador y no vacilaba en adherirse a un invasor bandido y pirata, sediento de venganza, maniático de orgías de sangre, un poseso. Ya ni siquiera le animaba un ideal, sino la destrucción y la muerte.

Por último se destacaba Thumber, Rey del Trueno, hijo de rey, Oso Pagano, mote debido a su corpulencia y titánica fuerza. «Es un fanfarrón -explicaba Cenryc-, pero su espada alcanza tan lejos como sus palabras. Raegnar le ha nombrado su paladín. Él es quien ha herido a vuestro padre, mi señor. Ahora se apresta para reanudar el combate: no luchará contra otro que no sea vuestro padre, pues así lo exige su condición y porque es el más valiente entre todos los guerreros cristianos. De entre los paganos, Thumber es el más temible. No persigue conquistar reinos, que ya los posee en su país. Sólo busca botín. Es fuerte y astuto; en la lucha parece poseído por un demonio, digno representante de Thor, su dios favorito, al que invoca.» Las palabras del fiel tane eran de preocupación, aunque serenas.

Conocía la respuesta, pues desde mi interior afloraba a mi pensamiento. Pero me gustaba escucharla convertida en palabras: «¿Siente miedo un guerrero?». Me miró con detenimiento. También mi padre, que había regresado: «Sólo ante el deshonor. Pero si éste llega, un caballero ha de recuperarlo con hazañas dignas de admiración y alabanza que le devuelvan la honra». Era mi padre quien hablaba. Añadió Cenryc: «La muerte no es otra cosa que la culminación de la vida. Lo único que importa a un guerrero es cómo se muere».

Pareciéndome que el campo enemigo se encontraba quieto, Cenryc me mostró cómo se ocupaban en acarrear madera desde el bosque para construir escalas, torres, catapultas y troncos de muy variado diámetro y longitud. Otros se afanaban apilándolos tan cerca de los muros como les era permitido, manteniéndose fuera del alcance de las ballestas, y también levantaban montones de piedras. Los carpinteros trabajaban construyendo todos los elementos, cobertizos y vallas, aprontando el material ofensivo para el asalto. Pronto la actividad era constante y desde la altura de la muralla semejaban un hormiguero.

No menor diligencia existía dentro de los muros. Desde los sótanos y almacenes se trasladaban odres y cubas de grasa, colocándolos cerca de las cabrias que los derramarían sobre los asaltantes, prendiéndoles fuego con antorchas.

El rey y Cenryc se preguntaban la razón de no haberse iniciado todavía el ataque, pues los preparativos parecían concluidos. Barajaban múltiples sospechas, mientras mantenían la esperanza de recibir entre tanto noticias de Ethelhave. Todo se aclaró una mañana; el ejército se aprestaba al asalto, acercándose con sus máquinas.

Sobre su fiero corcel, armado de todas armas, poderoso y desafiante, se destacaba Thumber a la cabeza de la horda salvaje. Retumbó como un trueno su voz, extendido el puño amenazando la muralla y a los que en ella permanecían prontos a defenderse: «¡Aquí os traemos a vuestro mensajero!». Cuatro hombres se adelantaron arrojando al pie del baluarte el cuerpo sin vida. «¡No esperéis ayuda del rey Ethelhave, derrotado en los Pasos de Oackland!» Se incorporó sobre los estribos, abrió el poderoso brazo en un movimiento que abarcaba todo el ejército, y como un rayo lo impulsó hacia las murallas. Semejante a una gigantesca ola, acompañados de horrísono clamor y vocerío, como nunca antes imaginara, se abalanzaron. «Ha pasado el tiempo de las razones», musitó Cenryc.

Vi que solamente una parte del ejército atacaba; acercaban los ingenios y apoyaban las escalas y las torres para intentar el asalto. Thumber seguía a caballo, acudiendo aquí y allá y animaba a los guerreros, a los que empujaban las pesadas torres. Sobre los que comenzaron a llover dardos desde las almenas, que los atacantes procuraban neutralizar con el juego de los escudos, hábilmente manejados para cubrirse.

Por un tiempo ningún asaltante logró poner pie en la muralla; caían derribados, con lo que se amontonaban los cuerpos. El horror de la lucha se incrementaba al insistir en el ataque, pues eran rechazados rociándoles grasa desde las cabrias e incendiando las escalas, torres y hombres. Entre el estruendo se escuchaban gritos de desesperación y de muerte. Sin que nada les frenase, pues el ímpetu iba acrecentándose, excitado por el demonio de Thumber sobre su caballo, hasta conseguir coronar el muro, donde algunos pusieron el pie, batiéndose con salvaje embestida. Tan salvaje como el furor de los defensores.

Parecía alucinación. Mas la realidad sobrepasaba lo escuchado en los cuentos. Los hombres superaban las gestas que se atribuyen a dioses y adalides, hasta empequeñecerlos. Los juglares utilizan su arte para distraer con pequeños detalles, mientras allí se contemplaba un conjunto sublime.

La culminación llegó cuando los atacantes hubieron de suspender la acción, destruidas escalas y torres, derrotados. Sólo siete vikingos quedaron dentro, rodeados, sin posible escape. Dispuestos a morir orgullosamente, como cumple a los valientes guerreros. Cada minuto aumentaba el número de los deseosos de batirse con los vikingos, que realizaban maravillas esgrimiendo sus armas. Jamás contemplara combate igual. Ni olvidarían los defensores cuan caro compraron el triunfo. Pues les vencieron por el número, por la cantidad de golpes que soportaron, por la debilidad de la sangre perdida por tantas y tantas heridas; cayeron atravesados finalmente sin soltar la espada, aferrados al hierro como si formara parte de ellos mismos.

Acabada la lucha por aquel día, los bandidos regresaban a sus campamentos, recogían sus muertos, transportaban sus heridos. En el castillo la actividad era igualmente intensa. Se atendía a los heridos y se retiraban los muertos. Despejaban las murallas de materiales inútiles, restos de los destrozos, y procuraban recomponerlo todo con rapidez.

Aunque nos fuera favorable el resultado, nadie se ufanaba: sólo era un episodio de una guerra que habría de reanudarse con mayor fiereza y acometimiento.

Los preparativos se incrementaron en el campo enemigo durante los siguientes días. Construían más torres de sitio, escalas, cobertizos. Protegiéndose con estos últimos lograron adosarlos a la muralla. Procedieron entonces a rellenar con troncos y piedras algunos sectores del foso. Y los zapadores iniciaron al abrigo su lento trabajo de topos. Pretendían abrir túneles por debajo para derribar paños enteros que les abrieran el paso. Mientras, desde arriba se intentaba destruir los cobertizos, protegidos con cueros y tierra para evitar su incendio, pero arqueros apostados tras paneles móviles hostigaban a los defensores para estorbarles. Así un día tras otro, esperando la noche, pues resultaba más propicia la oscuridad para acentuar el trabajo de zapa.

La preocupación en el castillo aumentaba conforme progresaban los preparativos del enemigo. No existía desesperación ni impaciencia; antes bien se aceptaba como inevitable. Cada quien velaba sus armas. Y aprontaba el espíritu para la muerte. Siendo el aguardar lo menos atractivo. Preferían llegar al combate de inmediato. Que es la espera de la muerte el más cruel entre todos los martirios.

Cuando el movimiento de las tropas delató que había llegado el momento, llamó mi padre a Cenryc y a los otros cuatro tanes principales, de su mayor confianza: «Creo que ha llegado el final: su fuerza es tan poderosa que no podremos contrarrestarla. Tampoco recibiremos ayuda. Pues traer la hueste que quedó oculta en el bosque no es remedio: ni siquiera lograría entrar. Morir todos significaría privar de alas a la esperanza, cuando ante la muerte es lo único que puede consolarnos. He decidido, pues, que tras de nosotros quede sobrevolando la esperanza de una nueva etapa. Acompañaréis al príncipe, mi hijo, y os reuniréis con la hueste del bosque. Organizaréis un potente ejército y, cuando Dios lo permita, reconquistaréis el reino y proclamaréis rey al príncipe».

Mi sorpresa no me impidió observar a los tanes, que escucharon respetuosos. Fue Cenryc, que siempre hablaba en nombre de todos, quien expuso el sentir general: «Señor, nuestro juramento nos obliga a estar junto a ti en los tiempos felices y luchar a tu lado en la desgracia: morir, cuando llega el momento, en tu defensa o en tu venganza. No nos pidas que te abandonemos: el mundo nos llamaría cobardes y caería sobre nosotros el deshonor y la vergüenza». Mi padre, con la seriedad de su inquebrantable resolución, argumentó: «Procurad entenderme: más importante que la vida y el honor sacrificados en defender un mundo que se hunde, es luchar por otro que está en el por venir. Si todos morimos aquí, ahora, no habremos legado ninguna esperanza a los que sobrevivan. Les habremos privado de lo mejor que hemos aprendido. Importa más pasar a la posteridad como forjadores de un mundo que se inicia que como víctimas de otro que concluye. No penséis en vosotros: pensad en ellos».

Cenryc insistió: «¡Es a vos, señor, a quien tenemos jurada fidelidad!».

«Como señor vuestro, y rey, y padre del príncipe, os lo ruego: aceptad la cancelación de nuestro compromiso y acompañadle. Juradle ahora mismo fidelidad: él quedará obligado con vosotros en los mismos términos que yo lo he estado; cumplirá sus obligaciones para con vosotros en cuanto Dios se lo permita. Ésta es mi voluntad, que deseo os ligue hasta la muerte, a vosotros, mis fieles amigos, y a ti, hijo mío, que eres la esperanza que no deseo perder, aunque sólo sirviera para justificar este final que nos aguarda.»

Abrió la puerta y penetró el obispo. Doblaron la rodilla los cinco tanes, mirando a los ojos del rey con determinación, y con profunda voz repitieron: «Señor: por última vez te lo pedimos: no nos obligues a abandonarte ahora, cuando nuestro juramento nos exije demostrarte nuestra fidelidad».

Tal era la autoridad que emanaba del rey, fiel y valiente, que su actitud resultaba inapelable. Era consciente, yo mismo lo sabía, de que vulneraba una tradición de siglos, código de honor de nuestra raza, sin cuyo soporte toda nuestra sociedad habría de reconstruirse. Estaba pidiendo a nuestros mejores servidores un inmenso sacrificio, como era seguir viviendo, y lo pedía desde la fortaleza que representaban muchas horas de alegrías y amarguras compartidas, fuertes lazos anudados con las vicisitudes de una vida.

Los cinco tanes, aguerridos, marcados con heridas de cien batallas, cuyo honor y orgullo era sustento de sus vidas, inclinaron la cabeza y se humillaron ante su señor. Nadie, excepto ellos mismos, podía adivinar el esfuerzo que realizaban, el supremo esfuerzo de la obediencia ciega, aunque no estuvieran convencidos de sus razones. Ignoro si penetraron en la aguda intención del rey, que sólo el transcurso del tiempo me fue haciendo comprensible.

Leyó el obispo las preces y fórmulas de juramento. Concluyó: «Si cumplís, que Dios os lo premie, y si no que os lo demande».

Abrazó mi padre a sus amigos con emoción. Luego a mí, largo, apretado. Los cinco tanes vinieron a arrodillárseme: «Ahora eres nuestro señor, príncipe: dispón lo más conveniente para tus servidores». La emoción me anudaba la garganta. Acerté sólo a abrazarles, más fuerte a Cenryc, mi segundo padre.

Avanzó el rey con blanda sonrisa y tristeza, como cumple a una suprema despedida. Del recamado cojín sustentado por Cenryc tomó la corona y el cetro, entregándomelos. «Recibid en legado estos atributos reales heredados de nuestros mayores. Procurad usarlos con justicia. Y cuando seáis rey no os dejéis nunca arrebatar por la ira: juzgad a todos los hombres con amor.» Desenvainó entonces la espada, pidiéndome pusiera la rodilla en tierra. Proclamó la fórmula golpeándome ambos hombros, y quedé investido caballero. Después me ciñó la espada, al tiempo que decía: «Sé siempre digno de esta espada, forjada en las fraguas del Rhin, de donde procede nuestra estirpe: nunca estuvo al servicio de ninguna deshonra». Parecía haber concluido, mas todavía añadió: «Nadie podrá impedir que seas combatiente en la próxima batalla. Recuerda que te entrego cinco servidores fieles y valientes: sé que los amas y los convertirás también en amigos», y estrechándome fuertemente, concluyó: «Es hora de partir».

Alumbrándonos con antorchas recorrimos el túnel secreto; salimos por la noche a una torrentera que nos ocultaba, que nos permitió alejarnos sin ser descubiertos. Más allá, al amparo de un bosquecillo, nos aguardaban con caballos. Cenryc me ayudó a montar, reverente y silencioso. Cabalgamos raudos, seguidos por los escuderos.

Gran alborozo levantó en el campamento nuestra llegada. Entonces supe que los correos circularon con el castillo sirviéndose del túnel secreto. Y aunque rogaron por volver, el rey no consintió. Me dieron la bienvenida y se condolieron de nuestras noticias. El dolor de lo inevitable nos agobiaba.

El tane Harold, que permaneciera al mando de la mesnada, acudió a despedirse: «Quedaos conmigo. Estoy seguro de que el rey, mi padre, así lo desea». «No me insistáis, príncipe. El juramento me exige estar junto a mi señor. Regreso al castillo, a morir.»

No hallé respuesta. Momentos supremos en que no se utilizan palabras. Resuelto y sereno nos abrazó a todos y cabalgó en la oscuridad. Miré a Cenryc, quien me explicó: «Es su deber, príncipe: es más doloroso vivir deshonrado que morir gloriosamente».

Sentía inmensa pena en el corazón. Agradecía a la reina que no hubiera llorado al despedirme. Sus sentimientos de madre quedaron ocultos. Aparentemente la razón de Estado imperaba sobre todo. La recordaré con inmenso cariño. Supo vencerse a sí misma, Dios sabe con cuánta angustia, dejándome el ejemplo de su temple ante la adversidad. Acudieron a mi mente todos los recuerdos que me ligaban a mis padres, mientras se acrecía el resplandor que en la lejanía horadaba la noche, triste anuncio del incendio que devoraba el castillo. Evocaba a mi padre valientemente luchando contra aquel demonio llamado Thumber. Me consolaba hallarme rodeado de mis cinco tanes, tan cercanos que percibía el contacto de sus personas, como si me protegieran contra las espadas enemigas, ya que no podían salvaguardar a mi padre. Sentía la impresión de que relevando los muros de piedra que se derrumbaban allá en la lejanía, acometido por los piratas, levantaban un castillo humano a mi alrededor con sus cuerpos amigos, fieles compañeros y servidores. Me daba cuenta de que tenía junto a mí sus cuerpos, mas sus espíritus ardían entre las llamas, al otro lado del horizonte. ¡Cuán inmenso les resultaba el sacrificio que se les había exigido!

Pasados los días, cuando hallamos a los pocos supervivientes que escaparon con vida, tras pelear bravamente, supe que mi padre luchó contra Thumber por horas, con fiereza sin par. Hasta que desangrado por las mil heridas le abandonó la fuerza y cayó. Le separó la cabeza del tronco con un solo golpe. Luego, en los aposentos, mató a la reina y a sus damas.

El saqueo devastó las estancias que no fueron pasto del fuego. El botín, distribuido entre la tropa. No pareció retener nada para sí. Se le notaba ahíto, después de un esfuerzo en que vació toda su fortaleza, rodeado de muertos, de fuego, de ruinas, de nada, de todo.

¿Qué ideas cruzarían su mente aquella jornada? Trataba de analizarlo obsesivamente. Me preguntaba si, debajo de las pieles con que se cubría, existiría realmente un hombre.

II

Puede el hombre orgulloso vanagloriarse de no precisar de los demás, de deberlo todo a su propio esfuerzo e iniciativa. Puede, situado en la cúspide, juzgar con desprecio e indiferencia a los que quedaron atrás, consumidos por el esfuerzo de encumbrarle. Puede, finalmente, pensar que si viven, a él lo deben. Líbreme Dios Nuestro Señor de albergar tales sentimientos: cuanto alcancé, al esfuerzo y sacrificio de mis amigos lo debo. Pues ningún hombre se levanta solo, sino apoyado en quienes le rodean. Nadie, aun cuando el hombre lo niegue en su soberbia, es tan independiente de los demás.

Dios me deparó el regalo de mi buen Cenryc, generoso, prudente, amante padre, humilde y sencillo en su grandeza. De no haber dispuesto Dios mi presencia como príncipe, fuera Cenryc el más digno señor de tan excelentes servidores.

Hízome olvidar mi desgracia, agradeciendo al cielo la ventura presente. Que era maravilla contemplarnos vivos cada amanecer, dispuestos a una nueva hazaña, un nuevo empeño, concediéndonos fuerza para soportar las contrariedades, amar a nuestros amigos, considerar humanos a nuestros enemigos pensando que, Dios lo sabe, también sentirían amor por sus hijos y sus esposas, se esforzarían por su reino, se sacrificarían en pro de sus vasallos.

Nunca podré agradecerle suficiente haberme colocado al lado de mi buen Cenryc, dispensador de conocimientos, disculpador de flaquezas e ignorancias, que las tuve y supo disimularlas. Sin un solo gesto displicente, enseñándome sin que los demás notaran mis errores. Que si mi padre me armó caballero, él me transformó en adalid, y si aquél fue mi padre material, éste lo fue espiritual; me moldeó como hubiera hecho con un hijo propio. Al no cegarle la pasión de la sangre, el amor le nacía en el manso regazo de su corazón.

Vuela en mi mente la imagen de mi padre como gigante enfrentándose a los dragones que acabaron arrebatándole el reino y la vida. Cenryc anida en mi corazón como suave bálsamo obligándome a caminar sin amargura, aunque nadie pueda impedirme la tristeza.

A todos mis tanes guardo el amor con que me criaron. Recuerdo con emoción la virtud de Penda, profundamente religioso. Hijo de un rico vasallo, Intendente de la Corte, quien procuró una sede arzobispal para otro hijo, quedando él para servir al rey, aunque más merecía el nombramiento. Pensaba reparar la injusticia y concederle el báculo y la mitra en cuanto alcanzara el trono y tuviera prerrogativas, pues otro mejor dotado no conocía.

Ensalzar también debo la virtud de Alberto, buen conductor de hombres. Sabía hallar la fórmula oportuna para contentar, interesándoles en la misma idea. Todos confiaban en su buen juicio. Componedor de entuertos y consumado avenidor, en lo que era maestro. No vacilaba en inventar lo necesario si el bien común lo justificaba. Al final todos quedaban reconocidos. A él debo el difícil aprendizaje en el arte de la diplomacia, con el desarrollo de una infinita paciencia.

No menos aprendí de Teobaldo, cumplidor inflexible en quien podía confiarse. Me enseñó la importancia de la planificación y el valor de los detalles. Le satisfacía la tarea meticulosa y la previsión. Sufrimientos y desesperanzas nunca se reflejaron en su rostro. Se mantenía equilibrado de carácter. Argüía que el destino era mudable; otros tiempos vendrían y entre tanto no merecía trastocar el ánimo.

Cenryc insistía siempre en que un guerrero debe mantener caliente el corazón y fría la cabeza. Idéntica máxima me exponía Aedan, guerrero improvisador, fuerte y temerario a veces, impetuoso y genial, capaz de alzarse con el triunfo donde otros desconfiaban. Poseedor de intuición y astucia. Me entrenaba con espada y hacha, también con la maza y la lanza. Me reprochaba los arrebatos cuando sólo usaba la fuerza, olvidando que el ataque y la defensa deben controlarse con el juicio. Y en prueba me infligía tan severos castigos que bien pudieran costarme la vida en lucha real. Imprevisible en el combate, mucho aprendí de sus argucias y tretas. Le debo no haber desfallecido nunca, pues afrontaba cualquier momento difícil con inspiración. Y si para ello se separaba alguna vez de las instrucciones recibidas, justo es reconocerle que entonces los resultados superaban lo previsto.

Luchaba también con los otros tanes y hasta con destacados soldados de la mesnada. Deseaba aprender todos los estilos y maneras, que cada cual usa sus astucias. Y aun cuando no siga las mismas el villano que el caballero, ambos pretenden conservar su vida y arrebatar la del contrario. Todos se esforzaban en transmitirme su experiencia y habilidad preparándome para el momento de mi venganza. Que ya no era solamente mía, sino que tal honor comprendía a todos.

Debo mi gratitud hasta al último soldado. Estoy seguro de no engañarme pensando que jamás hubo ejército más disciplinado y encariñado con una ilusión común, espíritu de sacrificio y lucha. Conscientes de que el enemigo era fuerte y difícil de vencer.

Siempre bondadoso, Cenryc trataba de frenarme: «Encomiable es vuestra impaciencia, mi señor, por enfrentaros a vuestro enemigo. Si no fuera así os reconvendría por ello. Mas pensad que el peligro debe afrontarse al menos con una fuerza similar a la de vuestro adversario. Ejercitaos. Luchad. No cejéis nunca. Llegará el momento, cuando os encontréis preparado, y el ejército os responderá con fidelidad. Ved, mi señor, que cuantos os rodeamos seremos siempre imagen vuestra, como reflejados en vuestro espejo. Cuando seáis el mejor guerrero entre los cristianos habrá llegado el momento».

Recuerdo aquellos años como los más felices, a pesar del desasosiego que los fantasmas levantaban en mi interior. Me rebullía en sueños el espíritu de mi padre, el rey, clamando por su venganza, que habría de permitirle descansar en la otra vida, pues hasta entonces le estaría vedado. Mas, en opinión de Cenryc, se imponía la espera.

Ocurría entre tanto que nuestra fama era propagada por los juglares, que cantaban en los mercados y en las cortes cómo el pueblo se sentía amparado por nosotros contra las hordas invasoras, por lo que nos pagaban voluntariamente tributo y nos proveían de víveres, pues acudíamos con la mesnada para defender a los campesinos contra los piratas. También cuando algún señor nos solicitaba como aliado para proteger sus dominios de aquellos salvajes que todo lo asolaban, matando, robando, incendiando. Nos importaba mantener buena armonía con los reinos vecinos, pues que nos permitían transitar por sus territorios sin considerarnos enemigos, antes bien como amigos y defensores de su pueblo. Procuraba Cenryc y los otros tanes ensalzarme como caudillo, crecía mi fama y poco a poco construyeron una leyenda en torno a mi juventud. Y aunque era consciente de que los juglares y los poetas inventan las virtudes que ellos y el pueblo desean encontrar en los héroes, me obligaban a convertirlo en realidad. Con lo que no sabía si la fama iba creciendo con mis hazañas o éstas se realizaban al impulso de mi fama.

Proseguía Cenryc moderando mi ímpetu, y Aedan en propinarme duro castigo con las armas para recordarme la prudencia en el juicio durante la lucha. Aleccionado por estos maestros acudía a los torneos en busca de ocasión de lucimiento: me presentaba con armadura y escudo blanco, sin distintivo alguno, como cumplía a un caballero novel. Sólo en la cimera del casco lucía un airón de plumas de garza, fulgiendo en tornasoles de turquesa y rubí, y pronto me conocieron por ella, pues resultaba como si anduviese coronado por una llama, que representaba en mi juventud el ardor de los sueños. Acudía a las asambleas requerido por damas que sufrían injusticias o deshonor, por doncellas ultrajadas, viudas indefensas, ancianos ofendidos que carecían de fuerza para valerse. Y en tales contiendas el caballero del airón encendido fue cosechando triunfos que resonaban en boca de las gentes, acrecentándose su fama. No existía ya torneo lucido si no me presentaba.

Cenryc atemperaba mi entusiasmo. Empleaba la gracia y la humildad para no molestarme. Pero compartía con él mis ilusiones, mi sueño de enfrentarme a Thumber, que recorría las costas persiguiendo botín. Era fama que, en obteniéndolo, procuraba no causar más daño. Pero todo lo destruía implacable si no lo encontraba. Con lo que el pueblo, espantado, conoció que, cuando se presentaba, la mejor solución era pagarle el tributo de guerra sin esperar. De lo que Thumber recibía un singular beneficio, sin lucha.

Ordené entonces organizar una vigilancia para conocer los pasos del bandido. El pueblo nos ayudaba con noticias de sus movimientos.

Hasta que un buen día tuve colocado el ejército en orden de combate, asistido de mis fieles y queridos tanes, frente a la horda vikinga.

Cumple confesar ahora que en ninguna batalla anterior me impresionó tanto la contemplación del enemigo. Otras veces, aunque valientes, fueron desorganizados y revueltos frente a nuestras filas cerradas, protegido cada hombre por los que tenía a su lado, cubiertos por sólida muralla de escudos embrazados con fuerza, bien colocada la caballería en segunda fila para lanzarse en el momento oportuno, dispuesto por Teobaldo, gran maestro táctico. Mas ahora el adversario presentaba una formación tan segura y organizada como la nuestra. Con lo que se cumplían las advertencias de Cenryc, a mi lado provisto de todas las armas, presto siempre a luchar en obediencia, fuera la gloria o la muerte la que le esperase: no debía fiar solamente de la fama que señalaba a Thumber como fiera cruel y sin discernimiento, sino que atendiese al resultado de sus hazañas, pues la leyenda y la realidad siempre han caminado disparejas.

Bien lo conocí cuando logré situarme ante él, en medio del estruendo de los fieros golpes sobre los escudos y las corazas, el piafar y relinchar de las bestias excitadas por el violento ejercicio que se les pedía.

Furiosamente le imprequé: «¡Oso Pagano! ¡Lucha contra mí, cobarde asesino, sanguinario! ¡Soy hijo del rey Ingewold y debo vengar su muerte con tu sangre!».

Le embestí con denuedo, ciego de furor, incontrolado por la ira. Pues era la primera vez que le contemplara frente a frente, y al alcance de mi espada, desde aquellos aciagos días que le viera cabalgar cerca de los muros del castillo. Había olvidado de repente cuanto me enseñaron mis tanes. Thumber era harto veterano y experto para impresionarse con mi presencia, ni mostrarse afectado por los insultos. Antes bien paró con destreza mis fieros golpes, conteniéndome sin gran esfuerzo aparente, lo que acrecentó mi vehemencia: «¡Luchad, cobarde, luchad!».

«Acostumbraos a acompasar las palabras a la fuerza de vuestro brazo», contestó sin enfado, haciendo evidente que no tomaba en serio mi empuje: «¡Bravo cachorro sois ya, príncipe! ¡Os aseguro que llegaréis lejos!».

Me atacó de súbito con una fuerza incontenible, lo que me obligó a protegerme para esquivar sus mandobles, capaces de derribar a un oso. En la refriega cruzáronse otros combatientes. Y cuando quise devolverle los golpes se había escurrido y entre ambos quedaban otros muchos guerreros. Ya no tuve ocasión de enfrentarle.

Como resultado obligamos a la horda a refugiarse en otros territorios. El pueblo nos aclamaba como sus defensores, pues se libraron del saqueo, de pagar tributo, de cuantas tropelías cometían aquéllos en los territorios que asaltaban. Sobre perder cosechas, riquezas y hogares, soportaban además el ultraje de sus mujeres, la muerte de cuantos infortunados quedaban al alcance de los forajidos, el incendio y la ruina. Los hombres llanos, con carretas de víveres, visitaban el campamento, sin faltar los señores principales para mostrarnos gratitud y declararse servidores nuestros; nos entregaban el tributo que les hubiera exigido Thumber, con el juramento de su amistad. Los campesinos se ofrecían para enrolarse en la tropa, pues en la recluta nunca tuvimos dificultad, antes bien era honor para ellos verse aceptados.

Frente al clamor del pueblo, que me proclamaba héroe por enfrentarme a Oso Pagano y sobrevivir en la lucha sin apenas rasguños, con lo que la singularidad del combate era salpicada de aditamentos fantásticos que engrosaban la leyenda, se hallaba la realidad: pesar profundo por la humillación recibida. Cenryc procuró alejar de mí tal sentimiento. Aedan, cuya opinión sobre las armas resultaba más valiosa que ninguna otra, ponderó las cualidades y sacó enseñanzas de las torpezas. Todos los tanes se mostraban orgullosos de mi proeza a la vez que me alentaban a no desmayar, sacando provecho de la experiencia, yunque de los guerreros. Preciso era persistir en el empeño de una intensa preparación. Pues con ser tantos y tan gloriosos los triunfos acumulados en mi corta vida, sólo la edad me proporcionaría la serenidad que, unida a la fuerza, podía darme la victoria en el combate. Junto con la experiencia, que jamás se improvisa.

Pasaron años empeñados en el duro ejercicio de las armas, a la par que volaba mi fama. Todos reconocían que me aguardaban empresas de mayor empeño; quizás por ello el clamor de las gentes cuando acudía a los torneos, al divisar el airón encendido que flameaba sobre mi cimera, pretendía alentarme, y me proclamaba paladín. Esta dedicación a mi destino me obligaba a excusar la vida cortesana, y rehuir fiestas y saraos para volver a la mesnada, siempre alojada en un campamento del bosque situado junto a un calvero suficiente para permitir el juego de las armas, que a todos nos era constante.

Las noticias del avistamiento de las velas de Thumber, disponiéndose a desembarcar, culminó una paciente espera. Rastreamos cuidadosamente el camino para eliminar los posibles espías que pudieran avisarle de nuestra proximidad, y movimos cautelosamente la tropa hasta situarnos en una espesura próxima a la costa, desde donde divisábamos las rojas velas que distinguían al vikingo. Llegaron a la playa extendidas para facilitar el desembarco con rapidez; causaba maravilla la destreza de aquellos piratas.

Al localizar el navío del rey, que se distinguía por sus aparejos y pinturas, lancé contra él mi corcel que en rapidez competía con el rayo. Thumber había pisado la arena embrazado el escudo y con todas las armas, de las que nunca se separaba. Se apercibió rápido del ataque y revolviéndose empuñó la espada y se desvió de mi trayectoria; ya no me fue posible corregirla, tan exacto fue el quiebro cuando ya me tenía encima. Encabritóse el caballo al fustigarle para una repentina revuelta, lo que aproveché para descabalgar y ponerme frente al enemigo que me aguardaba, bien sujeto el escudo y pronta la espada. Pensé si había notado que al desmontar renuncié a la ventaja que me daba la cabalgadura, para enfrentarme en iguales condiciones. Necesariamente debía percatarse.

A sólo dos pasos para alcanzarle, la espada en alto, grité: «¡Oso Pagano, lucha ahora contra mí!», y sin otra palabra le embestí con una furia que no sabía dónde se albergaba, pues desbordaba mis propios sentimientos Me sentía un dios de mis antepasados, cuyas gestas escuchara cuando niño, pues mi furor no se contenía dentro de límites humanos.

Tanta era la violencia, tan fuertes y seguidos los mandobles, que mi enemigo retrocedía parando los golpes con esfuerzo. Esta certidumbre incrementaba mi valor. Por vez primera me sentía capacitado para enfrentarme con él cumpliendo la dulce y demorada demanda de venganza que fuera norte de mi existencia. Ni siquiera pensaba reconquistar el reino antes de cumplir aquel deber sagrado de serenar el espíritu del rey, errante entre los muertos. Los tanes habían lanzado la tropa contra la larga fila de vikingos, sorprendidos en un desembarco que no habían completado, y se generalizó el combate. En muchos lugares se retiraban los invasores buscando el seguro de los navíos. Y tan clara era nuestra ventaja que el mismo Thumber retrocedía empujado por mi espada en procura de su embarcación, que sus marineros habían impulsado hasta rozar la arena. Logró saltar a bordo con dificultades, pues mi acoso no le daba comodidad. Mas hube de reconocer que la maniobra fue hábil por su parte, y por ello le admiré. Ya sobre la borda se revolvió a salvo, y con actitud que no puedo calificar de irritada ni temerosa, sino de sorpresa y hasta, si no fuera loca presunción, de complacencia, exclamó: «¡Por el dios Thor, que ya habéis dejado de ser cachorro, príncipe!».

Iracundo, furioso por no haber podido matarle, enardecido por el fuego de la pelea, le amenazaba con el acero gritándole: «¡No me llaméis príncipe! ¡Soy el Rayo de la Venganza!». El barco se adentraba en las olas impelido por los remos. Me replicó: «¡Os llamaré Avengeray, si así os place!».

Todos los barcos remaban separándose de la orilla. Mis hombres, muchos de los cuales persiguieron a los piratas dentro del agua y hasta los mismos navíos, regresaron a la playa.

Todavía alcanzó a escucharme: «¡Volveré a encontraros! ¡Os perseguiré hasta el mismo infierno!».

Breve y gloriosa la jornada.

La fama cantó después que fuera el pueblo llano quien me bautizara con el nombre de Avengeray.

III

Los encuentros fueron sucediéndose en el tiempo con alterna fortuna. Me proporcionaron la evidencia de que mi oponente eludía, en cuanto le resultaba posible, una confrontación abierta con nuestras tropas. Aunque el combate personal siempre lo afrontó con la valentía que le era usual. Pues si acostumbraba ceder terreno y dar pasos atrás en la batalla, si su buen juicio se lo aconsejaba, no significaba ningún desdoro para su acreditado valor, que realizaba con estratagemas de combatiente consumado, fuerza de titán y arrojo de oso, que todo en él era descomunal; también el timbre de su voz y el tono hiriente de sus palabras. Nunca perdía el humor, y hasta parecía celebrar las ocasiones en que se encontraba más comprometido durante la pelea. Al menos era su comportamiento cuando luchaba conmigo, incluso alababa mis hazañas y lances cuando eran acertados, como si le regocijara sufrirlos, cuando significaban un peligro para su vida. Extraño personaje que nunca acabaría de entender. A pesar de que los años y los enfrentamientos fueron buena escuela para conocernos, tanto en los modos personales como en las tácticas y argucias que cada cual utilizábamos en el movimiento de las tropas. Sus inagotables recursos de ingenio agudizaban el mío, pues no sólo ansiaba igualarle, sino aventajarle.

Escudriñando por las bibliotecas de los monasterios aprendí el modo en que los griegos superaron a sus oponentes, con ser éstos más numerosos, mediante el invento de la larga y flexible falange. Y cómo posteriormente los romanos les superaron al corregir los defectos que la falange presentaba, de donde surgió el manipulo que les proporcionó la superioridad táctica. La misma sorpresa que experimentó Thumber cuando nos enfrentamos en la siguiente ocasión: «¡Bravo invento, Avengeray! ¡Me aventajaste!», que nunca fuera remiso en la alabanza. «Es invento viejo, Thumber. Pero tú no conoces latín.»

No era ésta la sola ventaja. Valientes y arrojados eran sus soldados, prontos a morir, como si no existiera retorno después de cada envite. Mas los nuestros habían aprendido a pensar y nunca les fueran a la zaga en bravura, como animados por la venganza; maniobraban con facilidad y desarrollaban las tácticas señaladas, con lo que durante la batalla adoptaban los esquemas previstos y aun ajustaban sus evoluciones según nuestras órdenes. Así resultaba imposible a los piratas romper aquellos cuadros sólidos que no presentaban grieta alguna, pues en cayendo un guerrero otro cubría el hueco. Batiéronse, pues, en retirada, y el vikingo reconoció su fracaso. Como éramos dos ejércitos condenados a una eterna rivalidad, más se ganaban las batallas por el planteamiento que por el número de muertos, que ya en nuestro caso no se producían grandes mortandades, pues no se justificaba sacrificar soldados inútilmente.

Influencia tuve en el arte guerrero, pues reyes y grandes señores que mantenían ejército abandonaron poco a poco el ataque masivo, como solían desde antiguo, al reconocer la superioridad de la maniobra, donde un reducido cuerpo de tropa podía resistir a ejércitos muy numerosos. Y aquel que no aceptó el cambio hubo de pagar extremado tributo.

Las batallas se nos tornaron más duras, los encuentros más espaciados, pues si antes el valor individual decidía el resultado, ahora lo hacía el conjunto. Sin que caballeros y paladines renunciáramos a nuestro privilegio de salir por delante a justar y entablar nuestros combates, que en algún caso propiciaban el resultado de la contienda.

Cada vez resultaba más difícil la tarea de encontrar a Thumber. Todavía más sorprenderle. Se extremaba el espionaje, con exploradores propios y espías pagados, y el apoyo del pueblo en nuestro caso, nuestro más eficaz colaborador para conocer sus andanzas y localización.

No menos activo resultaba el vikingo. Infería, por los resultados, que no sólo conocía nuestra posición, sino que adivinaba nuestras intenciones. Lo que no debía ser extraño, pues que zorro más taimado nunca conociera.

Convenía Aedan en que para Thumber cada encuentro le reportaba dificultades, pues arriesgaba y perdía hombres, sin obtener de nosotros botín alguno que le compensara. Siendo tan diferente al nuestro su código de honor, el orgullo de llevar a cabo soberbias hazañas no le gratificaba, como no fuera resultarle más temeroso a sus enemigos. Aunque para los cristianos fuera inconcebible, batirse en retirada, retroceder, ceder terreno ante el enemigo, no significaba para el bárbaro una derrota, ni lo considerarían sus amigos vencido ni deshonrado. Para los piratas sólo tenía significado el resultado final. Cierto que su fama de guerrero valiente y duro le rendía soberbios beneficios al debilitar a sus enemigos, por lo que encaminaba a tal intención sus hechos de armas. Y si continuaba enfrentándose a nuestras tropas cuando le obligaba a ello, era por mantener su prestigio y fama. Pues a pesar de sus bromas y el bien demostrado humor de que se servía, encontraba enojoso nuestro asedio, y en momentos de apuro, cuando mi rabiosa acometida buscaba segarle la vida, viéndose obligado a retroceder y cubrirse, solía exclamar: «¡Sois un maldito empecatado!», mientras su voz mostraba un cierto enfado.

Nuestro mutuo conocimiento había llegado al extremo de esforzarnos en lograr ventaja del vicio ajeno tomando provecho de la virtud propia. Thumber era ambidiestro. Acostumbraba luchar hasta el límite, que nunca le era corto pues su fortaleza le situaba por encima de muchos destacados combatientes. Y cuando el oponente le juzgaba tan cansado como él mismo, cambiaba el arma de mano y proseguía tan recuperado como si de nuevo comenzase. Al enemigo que lo ignorase quedaba poca probabilidad de sobrevivir. Esta cualidad fue la que derrotó a mi padre.

Conociéndole tal condición pugnaba yo por vencerle arrollándole con un impetuoso ataque desde el principio. Y a fe que lograba colocarle en situaciones comprometidas, de las que otro no hubiera logrado escapar; era entonces cuando me llamaba empecatado y empecinado. Cómo lograba sobrevivir a mi corajudo empuje, explicaba su probada maestría. Y cuando menguaba mi acometida inicial, era el momento en que podía desarrollar su fortaleza, incluso llevarse mi vida y con ella la venganza que tan arduamente perseguía. Pero entonces Aedan, para mi disgusto, aprovechaba cualquier incidencia del combate para interponerse y continuar luchando contra el vikingo. Mas me parecía un acuerdo, pues otras veces eran Teobaldo o Alberto los que intervenían, y hasta Cenryc tomaba parte en el relevo. Sospecha que siempre rechazaron, pero maniobra que llevaban a efecto con extremado cuidado, sin dar jamás ocasión a mi desdoro. Y si Thumber llegó a percatarse, nunca hizo mención.

Regañé a los tanes por este concierto, que siempre negaron, aunque lo sabía motivado por su gran cariño. Pues también probaron a combatir contra Thumber desde el principio para mermarle las fuerzas y entregármelo cuando mi fiero ataque tuviera mejores posibilidades de doblegarle, mas también me contradijeron alegando no ser otra cosa que acciones dentro de la batalla, que siempre se presenta de modo diferente. Como fuera, Thumber era para mí el guerrero más admirado, al no conocer a ningún cristiano ni pagano capaz de igualarle, lo que me llenaba de orgullo. Pues un enemigo vulgar y sin relieve me hubiera deshonrado. Ya que el mayor honor de un hombre nace de la calidad de sus enemigos. Por ello nunca consentí se rebajase la condición de Thumber en mi presencia, pues cuando le tacharon de felón y sanguinario atendiendo sólo a sus defectos, enumeré sus muchas virtudes, que siendo pagano los contrarrestaban con exceso. Cortesanos hubo, eternos jugadores del vocablo y del ingenio, extrañados de que admirase al enemigo mortal, asesino de mis padres, expoliador de mi reino. Sin percatarse de que, al vituperarle, era a mí a quien afrentaban. Cierto me estaba en que mi padre, espejo y luz de la caballería, lo entendería así. Pues cuando su espíritu me visitaba por las noches, acostumbraba exponerle mis hazañas y hechos, e insistirle en que eran mi norte e inspiración las reliquias que me entregase, cetro y corona colocados sobre una almohada carmesí orlada de flecos de oro, expuestas sobre un baldaquín ricamente bordado, que siempre aparecía en mi tienda expuesto como un altar, donde moraban las razones que sustentaban mi vida y la venganza que la alimentaba. Y nunca el espíritu del rey, mi padre, desmintiera mis razones.

También mis buenos tanes acudían al altar para rendir cuentas a su antiguo señor de la misión que les encomendara. Todos lamentábamos la cada vez más evidente prueba de que Thumber nos rehuía, y cuando había de aceptar batalla procuraba eludir un ataque frontal, y en vez de empeñar toda su fuerza, evolucionaba de modo que lograba hábilmente escapar incólume. Ante esta seguridad exponía a mi padre la idea de que quizás conviniera cambiar el objetivo. Que sería reconquistar el Reino del Norte, donde todavía subsistía el viejo rey Raegnar, debilitado por los años, que ahora sufría rivalidades y traiciones de los jóvenes nobles, cuya ambición era más fuerte que su fidelidad. Mas el espíritu de mi padre, que se me aparecía en sueños, no quiso resolverme estas incertidumbres. Lo que me llenaba de indecisión al desconocer si mis actos y mis ideas coincidían con sus deseos, si su silencio deberíase a enfado por mi pretensión de aplazar la venganza para mejor oportunidad. Quizás se debiera a lo impreciso de mi proyecto, con lo que persistí en madurar su resolución, mientras mi padre continuaba cejijunto y silencioso en sus apariciones.

Aunque un día tuve la respuesta. El sol había traspuesto la cumbre de la montaña lejana. La tarde quedaba tibia, luminosa, brillante. Un nimbo dorado le prestaba la blandura de un sueño. Sobre la cresta de la sierra predominaba un cuchillo agudo que simulaba rasgar el aire como una aleta de tiburón la superficie del mar. Más allá se dibujaba, contra la claridad difusa, la silueta de una mujer yacente. Y en la ladera, acunado, un pueblecito. En lo alto del cielo, como ojo polifemo, el lucero de la tarde.

Contemplé el trazo de un oscuro sendero, por el que comencé a caminar. Me hundía en una bruma tan apretada que sentía su hálito rozarme el rostro, que palpaba con mis manos desnudas. De repente me cerró el paso un oso gigantesco; a los lados se desplomaban afilados precipicios por donde era imposible escapar. Cuando de súbito apareció un caballero envuelto en mágico resplandor, como una centella luminosa, y el oso se revuelve y desaparece, quedando expedito el camino sobre un sendero abierto a la esperanza. Caminando adelante me condujo allí donde el mundo cambia, donde sólo se formulan preguntas cuya respuesta es la intuición.

Mi gran inquietud desde aquel momento fue esperar que la profecía se cumpliese. Me parecía que claramente mostraba mi predestinación. Mucho me placía, pues, comprobar que toda mi vida no transcurría en balde; antes bien eran mis pasos concertados, mi razón notoria, mi empeño cierto. Que si perseveraba serían abiertos los caminos, viniendo a mi encuentro un ser prodigioso lleno de luz para conducirme al cumplimiento de mi venganza. La figura del oso lo confirmaba. Aunque una duda me acometía: no quedaba claro si el vikingo acabaría huyendo, lo que me causaba desazón y disgusto y sólo pensarlo me contristaba por la gloria que me sería negada, o si finalmente lograría vencerle en combate, dándole muerte. Lo que, desde lo más profundo, allí donde reside la sinceridad del alma, me parecía un triste fin. Porque, así me perdonase el espíritu angustiado de mi padre, si me faltara Thumber, ¿sería tan glorioso mi destino? ¿Es más feliz el hombre concluida la tarea que mientras la realiza? Y aunque fuera justa la venganza y querida por los cielos, ¿qué iba a quedarme después de cumplida? Sin duda reconquistar mi reino. ¿Y después, ya pacificado y reconstruido? Acometer otro empeño, pues debe sucederse la ilusión constante en nuestro corazón para iluminar nuestra vida. Quizás la luz irradiada por el caballero de mi visión representase el espíritu infatigable e indestructible, la confianza ciega en llegar a un fin, que al final el hombre nunca es vencido si no se derrota a sí mismo.

Siendo tales razones obsesivas por aquel tiempo, me sobresaltó una repentina visión, que me pareció sueño. Cabalgaba por un estrecho vallecillo, entre dos crecidas montañas, en busca de alguna pieza que cobrar con el halcón o los perros, durante un descanso del duro ejercicio en el cercano campamento, cuando por una especie de desfiladero surgió una figura iluminada por vivo resplandor. Caballero en una mula de plácido y acompasado paso, despreocupado el continente. Advertí que andaba desarma do y ajeno a los peligros del mundo. Me detuve, para permitir que me alcanzase mi escudero. Le pregunté si contemplaba lo que yo. Sólo alcanzaba a distinguir a un religioso cabalgando sobre una burdégana, que quizás se trasladase de convento o cualquier otra razón de su ministerio. «¿Y alguna señal muy particular no veis en él?» Replicó que afinando la vista se atrevía a decir que era fraile y hasta posiblemente peregrino, y nada más.

Galopé a su encuentro. Descabalgué y me prosterné con reverencia a sus pies, dando gracias a Dios por haberse cumplido la profecía, pues el santo de resplandeciente aureola se me había presentado.

A preguntas del fraile hube de aclararle cómo se me había representado en sueños, nimbado de radiante luz fulgente sobre su cabeza, que le acompañaba por toda la figura hasta envolverle.

El buen fraile, que lo era peregrino y regresaba de Tierra Santa habiéndose salvado milagrosamente de todos los peligros durante muchos años, dijo que nadie antes que yo le encontrase la aureola. Se inclinaba por ello, ante la predestinación, arguyendo que nunca el cielo decide en vano, y pues nos unía, tendría sus planes para nosotros y nos señalaría el camino. Mas él no merecía la devoción que yo le mostraba, pues que sólo era un fraile humilde y pecador; el resplandor nunca se debería a su santidad, sino a la sagrada reliquia de la Santa Cruz que consigo traía. Y como nos la mostraba cuando ya habíamos llegado al campamento, mis valientes tanes y todo el ejército se unieron para postrarse con unción. Se confirmaban en que todo ello certificaba el cumplimiento de la profecía, viéndose victoriosos tras aquellos interminables años de inquebrantable empeño.

Inútil fue mi intento, llevado a efecto con disimulo, para saber si alguno distinguía la aureola que envolvía al peregrino. Ni siquiera Penda, que por espíritu debía de serle el más cercano a todo lo milagroso, observara nada.

Accedió, bajo mi constante ruego, a quedarse con nosotros. Lo que llenó de júbilo a los tanes y a la tropa. Mandé entonces fabricar un precioso joyel relicario para albergar dignamente las sagradas astillas del madero en que recibiera la muerte Nuestro Señor Jesucristo.

Una ilusión renovada penetró el ánimo de toda la mesnada. La larga espera en aquel apartado campamento, fuera de toda ruta, se les hizo más llevadera. Tenía por virtud eludir la localización y desorientar a Thumber, ya que, además, sus espías se delataban por ser extraños, y, aunque imitasen las ropas, les denunciaba el lenguaje. Mientras los nuestros eran nativos, y aun el mismo pueblo llano nos apoyaba. La posición nos favorecía.

Finalmente nos llegaron noticias, difíciles de interpretar en principio. En el Estuario del Disey se había producido un desembarco; arrasaron el fuerte y aniquilaron la guarnición a fuego y espada. Se trataba del rey Horike y su horda de danés, que después se mantuvieron sobre el terreno. Y tal acción sólo podía interpretarse en un sentido.

El rey Ethelhave reunía el ejército apresuradamente, retirando tropas de las guarniciones extendidas por el reino, y avanzaba despacio sobre el estuario, mientras se le incorporaban las fuerzas que había llamado.

La inmovilidad de Horike presagiaba algún nuevo acontecimiento. Nos inquietaba, pues profesábamos a Ethelhave profundo afecto desde los días en que acudiera a la llamada de mi padre, aunque fuera derrotado en los Pasos de Oackland. Y ahora Ethelhave se hallaba en idéntica situación: como antaño Raegnar, venía Horike, príncipe sin tierra, a conquistar un reino. Temíamos por él, pues le sabíamos viejo y combatido dentro de su propio ejército por nobles descontentos e intrigantes. Cada facción luchaba más contra sus rivales que contra el enemigo común.

Crecieron nuestros temores al confirmarse las sospechas: sobre el estuario confluyeron muchas velas, y a poco supimos que el recién llegado era nuestro mortal enemigo. Todos rebullimos de enojo, viendo una repetición de la historia; al fondo, el mismo siniestro personaje.

Opinaban que era momento de hacernos presentes, ahora que habíamos localizado su posición. «¿Conocería él la nuestra?», pregunté a Aedan, quien encogió los hombros con un interrogante. En cualquier caso ignoraría que con el mismo interés seguíamos sus pasos que los del lento Ethelhave. Táctica suicida la del rey cristiano, pues si la horda de Horike ya resultaba peligrosa, con el apoyo de Thumber se convertía en mortal. Mas todos sabíamos que nunca Ethelhave se distinguiera por sus cualidades guerreras, ni su ejército era aguerrido, ni sus hombres fieles.

Los exploradores regresaron con una carta de Ethelhave, lacrada con sello real. Solicitaba mi ayuda y me recordaba aquel lejano día en que él no dudó en acudir a la llamada de mi padre. No hubiera sido preciso evocarme el episodio, pues igual la tropa que los tanes, y yo mismo, conservábamos el recuerdo en el corazón. Y en apoyarle todos estábamos decididos.

Mas, la doble oportunidad de defender a Ethelhave y combatir a Thumber redoblaba nuestra satisfacción. Estábamos seguros de que ahora, con la ayuda de las reliquias de la Santa Cruz, venceríamos: llegado era el momento de cumplirse la profecía y lograr la ansiada venganza, querida por los cielos. Y tal confianza me preocupaba. Ignoraban que el demonio puede entorpecer los designios celestiales y fracasar así nuestras esperanzas, pues Dios no nos concede su favor cuando lo deseamos, sino cuando lo juzga conveniente, si lo merecemos. Aunque en el secreto de mi alma confiaba que la llegada del peregrino nos traía la resolución favorable.

Despaché correos a Ethelhave asegurándole nuestra ayuda. Agradecía sus ofertas de recompensas y regalos, pero lo mismo hiciéramos sólo por reconocimiento de sus méritos. Le señalé nuestra ruta y el lugar de reunión. Y cuando la distancia entre nosotros fue la aconsejable me adelanté para saludar al viejo rey, y asegurarle nuestra fidelidad y disposición. Se mostró satisfecho, pues con nuestra colaboración mantenía la confianza de salvar el reino y la corona.

Al avistar la llanura que desde el mar se adentra, flanqueada al fondo por los brazos del Disey, divisamos al enemigo. Dos grupos de tiendas confirmaban que la alianza estaba reducida a Horike y Thumber. Pedí a Ethelhave el privilegio de situar la mesnada frente a la de Thumber y lo comprendió. Desconocía particularmente la habilidad marcial de Horike, mas el valor y la bravura eran connaturales a todos los vikingos. Al pensar que Horike nunca igualaría a Thumber, le juzgaba menor enemigo para Ethelhave. Aunque mucho temía le resultase excesivo, pese a serle superior en número.

Se dispuso el campamento y las tiendas fueron plantadas. Cuando penetré en mi pabellón, invoqué al espíritu de mi padre, el rey, simbolizado siempre por la corona y el cetro colocados sobre el rico almohadón, para que no nos faltase su asistencia en aquella batalla, ni la de Dios, que juzgaba decisiva para el Reino de Ivristone y para nosotros mismos.

Acudieron los tanes a mi pabellón, después que hube discutido con Ethelhave y los suyos el plan de batalla. Difícil fuera lograr un entendimiento ante criterios tan dispares, pues le faltaba autoridad. La sola contemplación de su campamento ya merecía las críticas de Teobaldo, quien desesperaba que tropa tan desorganizada pudiera enfrentarse con éxito a enemigo tan poderoso, aunque se les reservara los que considerábamos menos fuertes.

El ejército de Ethelhave venía compuesto por soldados de lejanas guarniciones y reclutas arrancados de sus tierras durante la época de recolección. Jamás entre cristianos se emprendieran campañas en tal época, de la que dependía el bienestar del reino, mas los paganos violaban tan antigua tradición sin escrúpulos. Los paisanos se quejaban de ser obligados a arrostrar peligros e incomodidades de armas, y apenas disimulaban su mala voluntad en acudir a la convocatoria del rey. Como no pudieron rehusar, pensaban sólo en salvar sus vidas, cansados de sus señores naturales. Pues, ¿cómo pedir a los demás lo que no estamos dispuestos a darles?

La tropa durmió velada por la centinela. Despachado y revisado lo más conveniente, atendidos los partes que me llegaban y los que mandaba buscar, dormité a ratos para reponer energías con que acometer la jornada que nos aguardaba.

Cuando penetró Aedan, vigilante la noche entera como solía en vísperas de batalla, pues nunca fiaba ni del enemigo ni de nosotros mismos, ya me encontraba en pie. Anunció la hora prima y me dio parte de novedades, reducido a un solo punto: Thumber había intercambiado con Horike su posición en el campo. Al tiempo había adelantado la mitad de la distancia que nos separaba la noche anterior. Tal movimiento realizado en el último momento perseguía evitar que tuviéramos tiempo de rectificar nosotros, por ser Ethelhave lento y poco maniobrero.

Thumber había escogido destrozar a Ethelhave de modo fulminante. «¿Y qué pensáis que hará después?» «Revolverse contra nosotros, que quedaremos entre dos frentes. Confía en la resistencia de Horike», expuse. Le referí que durante la noche enviara exploradores: las naves de Thumber se encontraban a nuestra espalda, escondidas en una revuelta del río, encubiertas tras los islotes, embarcada parte de la tropa. Preveía así que, si acabásemos primero con Horike, pudiéramos situarnos a su retaguardia. Avanzaría entonces hasta el río para reembarcar, al amparo de sus propias tropas.

Explicamos a los tanes la situación. Nuestra ventaja consistiría en derrotar a Horike antes que Thumber a Ethelhave. Esto exigiría de todos los hombres un esfuerzo supremo. La rapidez condicionaba nuestro destino.

Y gracias sean dadas a nuestro Divino Protector pues aunque el enemigo era bravo, resultábamos superiores en preparación. Cuando tras muchas horas de sangrienta lucha, en la que cada uno de nuestros hombres realizó inimaginables proezas, nos desembarazamos de tan incómoda como valiente horda, al volver grupas para perseguir a Thumber encontramos que ya había emprendido su marcha hacia el interior, en procura de sus naves. Dejaba tras de sí un campo sembrado de cadáveres, destrozado el ejército cristiano, al que dividió y combatió por grupos separados, aunque le llevó tiempo y valor quebrantar a los pocos hombres fieles a su rey. Los cuales, al cobrar caras sus vidas, decidieron el resultado de la campaña, pues retrasaron los planes de Thumber y permitieron nuestra victoria sobre Horike. Ethelhave yacía bañado en sangre sobre su propio escudo, y en derredor se encontraban los nobles y los cinco obispos que le acompañaban, pues se agruparon en torno a su rey para morir con honor.

El campo aparecía sembrado de cuerpos retorcidos y vacíos de sangre, cuya contemplación nos llenaba de dolor. En lamentarlo estábamos cuando se nos llegaron cerca algunos caballeros: de rodillas procuraban tocar mi armadura con la punta de sus dedos, al tiempo que nos saludaban y se ofrecían como servidores. Dijeron: «¡Pues que eres el vencedor, ya que permaneces sobre el campo, salud a ti, rey de Ivristone: nadie se opone a tu ejército ni a tu proclamación».

Como se levantaran la visera para saludarme vi que se trataba de los que más discutieran cuando la reunión con Ethelhave la pasada noche, disconformes y protestones, indisciplinados y desafiantes. Lleno de ira les grité con dolor: «¡Hombres sin honra: después de aceptar sus anillos y bebido su hidromiel, todavía pensáis traicionar el cadáver de vuestro señor, yacente a nuestros pies atravesado por la espada!». Pasado el tiempo supe que con estas palabras gané su enemistad, como más tarde se verá: «Tengo un reino propio para disputárselo a un guerrero. ¡No me propongáis que despoje del suyo a una viuda!».

Me separé del grupo de suplicantes, pues me avergonzaban. Ordené a los soldados que recogieran los restos mortales de sus señores para llevarlos a sus moradas, donde les tributarían los honores debidos a los valientes. A los míos pedí reunir los de Ethelhave y los cinco obispos, para conducirlos al castillo de Ivristone.

Escribí un mensaje para mi señora Ethelvina, reina de Ethelhave, informándole del lance y los resultados. Le aseguraba que de mí nada había de temer. Antes bien me tenía y entregaba por su servidor si se dignaba aceptar mi ayuda, y nos dirigíamos al castillo para entregarle los cuerpos del rey y los obispos, y asistir a los funerales, si nos era permitido, para honrar a tan valientes guerreros.

Dos semanas después renové con palabras mi ofrecimiento. Fuimos recibidos con pompa y solemnidad en el patio del castillo. La reina viuda, rodeada de su corte, para mostrarnos su reconocimiento, nos honró, al fraile peregrino titulándole obispo de la sede primaria de Ivristone, con residencia en el castillo, y a mí Gran Senescal de Guerra, que era tanto como situarme en autoridad detrás de ella.

Para nuestros queridos tanes y guerreros nos entregó anillos y territorios, como había prometido el difunto rey.

IV

Cuantas palabras pronuncié y actos llevé a efecto, antes y después de la batalla, me habían precedido. Pues mi señora Ethelvina los conocía puntualmente. Buenos mensajeros debieron de ser los que me enviara.

No era gratuita su fama, que la señalaba habilidosa en el gobierno, inteligente en los problemas, conciliadora en el trato, astuta, sagaz. Hasta sus enemigos lo reconocían; agregaban que a la vez solía ser taimada y falaz, fría de corazón y afectuosa de ideas, según conviniera al cumplimiento de sus planes. Añadían que nunca tuviera ocasión el difunto rey de tomar decisiones, pues le servía ella de apuntador para dictarle lo conveniente en cada caso. Y tengo para mí que, siendo su ánimo apocado, debió de sentirse muy feliz.

Cortos mis años pero larga la experiencia, enseñáronme a tamizar alabanzas de amigos y críticas de enemigos; mi buen Cenryc predicaba que pueden éstas encerrar un fondo de verdad, mas en la forma se adivinan los sentimientos de quien los proclama. Es de hombres prudentes usar cautela entre tanto averigua la realidad.

Su buena información era evidente. No parecía improvisadora, sino mujer de cálculo y meditación. Bien lo proclamaba el título que adoptara de Regidora del Estado. Pues al eludir el de reina, que muerto Ethelhave ya no le correspondía, seguía gobernando como antes. Estaba yo seguro que en aquella semana habría estudiado la situación en detalle y adoptado su decisión. Espíritu enterizo de varón, suavizado con generoso atractivo y encanto femenino. Mujer de mediana edad, poseída de serena belleza que bien podía esconder el más intenso fuego, sin que fuere advertido a menos que ella misma lo revelase. Quizás las maledicencias respondieran a los deseos que era capaz de despertar.

No ocultaré la favorable impresión recibida; se me mostró afable y cortés como gobernante, atractiva como mujer, pues mantenía con ambas cualidades un equilibrio sutil que la distinguía. No conociera hasta entonces otra que la aventajara, sin que hubiera de mostrar la coquetería de las bellas que todo lo valen de la perfección de su rostro, ni la frivolidad de una mente vacía, que era contrariamente un joyel arcano en que guardaba su intimidad. Y así nada de cierto se le sabía.

Colocados en sendos catafalcos se encontraban los restos en la capilla, y el obispo innominado hundido en los preparativos, cuando me convocó la dama en su cámara, cuyo salón era despacho de trabajo con una gran mesa para extender pergaminos y mapas. Donde me mostró los dispositivos y fortalezas, guarniciones y fortines distribuidos por los puntos estratégicos del reino. Todo ello tal como funcionaba hasta el momento en que el rey retiró las tropas para acudir al Estuario del Disey, pues ahora el reino quedaba desguarnecido, destruido el ejército.

«No puede perderse un solo día. Raegnar se encuentra ante la ocasión que ha esperado durante años: tardará en invadirnos el tiempo que consuma en disponer a los suyos. A pesar de su vejez sigue teniendo fama de guerrero determinado y rápido. La primera y urgente tarea que se nos presenta es levantar un ejército. Tengo despachadas órdenes para llevar a cabo las levas: cuantos hombres puedan luchar deben ser alistados. Esta relación os servirá para conocer la situación en detalle. Disponed vos lo más conveniente. Confío en vuestra bien demostrada capacidad. Sois héroe que despierta admiración en los corazones; esto os facilitará la tarea. Sabed que pongo en vuestras manos el destino del reino, pues que ahora mismo ninguna fuerza puedo oponeros. Pero vuestros leales sentimientos han quedado harto demostrados, y os agradezco vuestra leal disposición. Espero, en el futuro, recompensaros con la esplendidez que merecéis, pues nunca hubo caballero más noble que vos.»

Su determinación, la mesura de sus palabras, mostraban un conocimiento exacto de la situación, lo que requería permanente atención y detenido estudio, no sólo especulativo, sino práctico, que permitiera seleccionar los más urgentes peligros.

«Parece, señora, que el punto menos controlado son los posibles ataques de las hordas piratas: no es posible conocerlos hasta que se producen. Requiere esto situar con urgencia guarniciones en las más estratégicas fortalezas de la costa y la frontera sur. Me pondré en camino tan pronto concluyan las honras del rey, vuestro difunto esposo, y los obispos. Es preciso organizar las levas, reunir y situar una fuerza efectiva lo más rápidamente posible.

Llevo conmigo a Teobaldo, mi fiel tane, y sesenta guerreros de escolta, que nos ayudarán en la tarea. Entregadme cédula de mis poderes, que precisaré donde vaya. Y por último, señora, os ruego me facilitéis relación de los nobles en quienes pueda confiar, que a los otros ya los conozco.»

«Olvidáis, señor senescal, el mayor entre todos los peligros que nos acechan: Raegnar.»

«No lo olvidé, señora: si Dios es servido de concederme dos semanas de plazo estará conjurado. Es el tiempo que tardará en llegar mi mesnada a los Pasos de Oackland, que ya cabalga en aquella dirección.»

«Bravo sois: no es falsa vuestra fama. Ni siquiera habéis esperado mi aprobación.»

«Vos misma, señora, acabáis de reconocer que no había un solo día que perder: contaba con vuestra aquiescencia. Mas, dos cosas me preocupan ahora sobre todas, y vais a perdonarme por mi intromisión. Si contáis con hacienda suficiente para el gasto que representa levantar un ejército, armas e instalaciones. La segunda, y perdonadme de nuevo por mencionarlo, es la existencia en el castillo de los nobles señores que han sido siempre vuestros enemigos.»

Lejos de parecer afectada por la gravedad de los problemas, sonreía como si me infundiera ánimo. Me pidió seguirla. Cruzamos la habitación y pulsó un resorte escondido; se abrió un portillo disimulado que daba acceso a un pasillo, y por allí llegamos a una estancia secreta provista de grandes arcones protegidos con anchos flejes de hierro y cuatro cerraduras. Me entregó las llaves e invitó a abrir uno cualquiera. Rebosaba de pedrería, joyas mil y oro amonedado. Riqueza imposible de calcular. «Ved que la hacienda basta -dijo sonriente-, pues todos los arcones que contempláis contienen la misma mercancía. Aunque antes que gastarla recurriremos a los impuestos habituales en virtud de nuestros derechos. Id, pues, tranquilo. Y no mencionéis jamás que tal cosa os he mostrado.»

Regresamos a la estancia anterior.

«El deán secretario ya tiene mi cédula con los cuatro obispos que han de ser nombrados para las sedes vacantes. Todos adictos. Podéis confiar en ellos. Os entregaré una cédula como me habéis pedido. Desgraciadamente no nos quedan muchos nobles ahora: los más fieles han sucumbido en el Disey. En cuanto a los que sobrevivieron, bastardos y nobles, el mejor servicio que pudieron hacer al reino hubiera sido morir.» Tomó asiento y se dispuso a escribir. «No siempre suceden las cosas como debieran, señor senescal: vos mismo lo experimentáis con vuestro enemigo Thumber. Pero Dios nos permite disponer lo conveniente para enmendar las omisiones. Tengo decidido que se lleve en procesión los despojos de los cuatro obispos para hacerles los honores y sepultarlos en sus respectivas sedes. El cortejo será uno; recorrerán, una tras otra, las cuatro ciudades. Con el pretexto de que resulte más solemne. Ello llevará más tiempo. El cortejo estará formado por los bastardos y nobles que ya conocéis del Disey. Nos proporcionará un respiro de al menos dieciséis semanas. Después actuaremos según se presente. Espero os parezca acertado mi plan.»

Era grato observar su temple y previsión. ¿Cómo no podía parecerme? Así lo dije. Con su encanto y atractivo mostraba la serenidad de un volcán dormido. Viéndola no descansaba la fantasía. «Jamás puse mi entera confianza en una persona -dijo reposadamente-; ahora lo hago en vos, pues sois el más noble, fiel y leal caballero que he conocido. Tengo esperanza en vos: llegaremos a realizar juntos grandes proyectos.»

Seguido de Teobaldo y los sesenta guerreros cabalgué durante seis semanas por los caminos del reino. Con las cédulas de la señora se me abrían las puertas de sus condes, nobles principales y caballeros, los más fieles vasallos, a quienes informaba sobre la situación del reino. Parte de ellos estaban enterados de la batalla y sus resultados. Otros lo ignoraban aún, pero no se sorprendieron, pues los augures pronosticaron graves calamidades de acuerdo con el movimiento de las estrellas errantes, el cometa que apareció durante tres semanas seguido de una larga cabellera luminosa, el vuelo de las aves. También los abades de los más importantes monasterios prestaron su apoyo al proyecto de levantar un ejército, que calificaron de cruzada, y juraron fidelidad a la Regidora del Estado, que debían renovar cuando les fuera posible visitar el castillo de Ivristone. Su ayuda sería estimable y valiosa para conseguir hombres y caballos, armas y vituallas, que inmediatamente salían para los puntos de reunión establecidos. Aquellos principales que poseían barcos interesaban especialmente, para lograr así mismo su promesa de ayuda por tierra y por mar. Todos los contingentes de campesinos eran armados por sus señores. Teobaldo apenas descansaba, atareado en enviarlos allí donde se integrarían en guarniciones, para reforzar las fortalezas más estratégicas ya por mí designadas.

Organizamos el viaje de modo que visitamos los lugares de mayor compromiso, y se dispuso fueran reforzadas trincheras y murallas, unas de piedra, otras de tierra, construidos terraplenes, con lo que se ocupaba a los soldados y campesinos en el entrenamiento y mejora de las obras defensivas. También ordenamos se levantaran nuevas fortalezas allí donde el lugar primaba por su valor estratégico para cubrir un paso, defender una amplia zona, en los vados de los ríos, y en montes que dominaban ambas vertientes.

Pronto observé que se carecía de una flota. Si gran parte del peligro del reino nos llegaba por las playas, mediante los desembarcos de los piratas, ¿cómo se explicaba no disponer de barcos que hicieran posible combatirles, perseguirles, transportar tropas y víveres donde fuere preciso? Me parecía suicida aquella impunidad.

Todos los proyectos realizados y los concebidos, así como modificaciones en la estrategia defensiva del reino, los llevaba bien detallados en los mapas para mostrarlos a la señora. Tenía amplio informe que rendirle para darle cuenta de las gestiones realizadas en su nombre, y la buena disposición de todos los vasallos que nunca regatearon esfuerzos. Quienes lejos de manifestar extrañeza por mi cargo, al ser extranjero, comprobaban complacidos lo que sobre mí proclamaba la fama. No menos efecto les producía examinar mi escolta de bravos y disciplinados guerreros, cuya sola visión denotaba la valentía de sus ánimos, la fuerza de sus brazos, la fidelidad de su corazón. Legítimamente me enorgullecía de mis hombres, y al ser estos señores buenos conocedores del arte militar apreciaban su arrojo y experiencia en la lucha, sabedores de ardides que la fama ensalzaba, pues los juglares recorrían todas las mansiones del reino. Era para ellos regocijo y satisfacción, y así lo proclamaban, conocer que nos ocupábamos de organizar un ejército, pues nuestra presencia, decían, hacía menos peligrosa la difícil coyuntura.

Llegué por la noche a Ivristone. Me aseé en mi cámara y cambié mis ropas por otras de corte, sin polvo del camino. Tan rápidamente como pude me presenté a la señora, que a la sazón se encontraba en el comedor acompañada de sus damas y del obispo innominado, todos los cuales mostraron su regocijo al verme. El obispo continuaba rodeado por el nimbo luminoso, lo que renovaba mi esperanza. Aunque ni la señora ni las damas pudieran observarlo, lo que no obstaba para que le considerasen santo, por lo que le tenían en mucha reverencia. Creo que el obispo se ufanaba en su corazón.

Muchas horas hacía que no había tomado alimento. Por ello vínome bien que la señora insistiera en acomodarme a su lado, para dedicarnos a los asuntos de Estado después que acabáramos de yantar. Conociera antes otras cortes, si bien gobernadas por hombres, donde en la mesa servían ciervos enteros, gamos y jabalíes, gansos y ocas asadas, que eran partidos en trozos usando sus propias dagas, arrancados de sus huesos con los propios dedos, que empujaban después en la garganta con tragantadas de rojo vino tomado en enjoyadas copas. Todo en Ivristone resultaba más refinado. Quizás fuera el predominio de las mujeres. Sin duda influido por un cierto caballero llamado Monsieur Rhosse que marcaba la moda, apropiada para damas, así en hábitos de mesa como en costumbres y vestidos de tan altas señoras. Me parecían deseosas de entretenimientos, pues la ausencia de caballeros ocupados en tareas fuera del castillo, y de diversiones debido al luto de la corte, las tenían sumidas en el aburrimiento. Por ello embromaban al señor obispo todo el tiempo y se entrometían con Monsieur Rhosse, que no se alteraba por las ingenuas bromas de sus pupilas, empeñado en implantar los usos de las cortes extranjeras, de lo que era maestro. Causaba risa pensar que el tal arbitro y juez nos llamara bárbaros, mientras nosotros calificábamos con el mismo adjetivo a los habitantes de aquellas cortes tomadas por Monsieur Rhosse como arquetipos del refinamiento y la elegancia.

Al concluir la cena animó la señora a sus damas para que entretuvieran la velada sin excesos; quedaba con ellas el señor obispo para garantizarlo, pues la juventud es propicia al olvido. Y nos retiramos a deliberar.

Junto con los informes de mi viaje le expuse las noticias llegadas de mi buen Cenryc, bien asentado con la mesnada en los Pasos de Oackland, cuya invulnerabilidad quedaba garantizada. Manifestaba no haber sufrido ataque alguno hasta entonces; sólo la presencia de algunos exploradores que huyeron para informar a Raegnar.

Al coincidir mis informes con las noticias que le habían llegado por sus mensajeros y correos, la señora asentía de buena gana a mis proposiciones y criterios. Muy complacida quedaba del gran avance logrado en tan corto plazo, y en verdad resultaba asombroso en un reino que poco antes aparecía desvalido y a merced de cualquier enemigo lo suficientemente osado.

Un clima de entendimiento se abría entre ambos. Una corriente de confianza y simpatía emanaba de aquella mujer tan prodigiosa, evidente en la exposición de los planes que iba concibiendo, segura de que entre los dos podríamos alcanzar grandiosas metas que sin duda nos quedarían vedadas por separado. Adivinaba que todas aquellas ideas eran fruto de una meditación profunda. Y como era la hora avanzada y la exégesis de cuanto apuntaba llevaría tiempo, manifesté que tenía el propósito de ponerme en camino de nuevo al rayar la aurora.

Y como al disponerme a retirarme le dije que podían pormenorizarse tales proyectos en ocasión más propicia, sonriendo comentó que si me marchaba a mis aposentos ambos permaneceríamos solos en nuestras cámaras, con lo que resultaríamos los más sacrificados, mientras los demás pobladores del castillo buscaban compañía. Pues nada sucedía entre los muros que lo desconociera, y hasta el señor obispo se acompañaba de una buena moza. Acabó preguntándome si me aguardaba alguna enamorada. A lo que repliqué negando. Alegó que al no existir obstáculo para ninguno, bien podrían entonces exponerse aquellos planes si me quedaba. «Me honráis, señora, y bien quisiera complaceros y complacerme, pues lo que me ofrecéis bien tentador es al ser vos tan hermosa. Mas, pensad que el respeto al rey difunto me causa incertidumbre.» Se acercó para replicar: «Aunque siguiera vivo el rey, ya desde muchos años trascendía el frío de sus huesos, mi buen caballero Avengeray. Quedaos, si tanto os place como decís y si deseáis que sellemos la alianza que voy a proponeros. Y no sintáis temor, que uso recibir en mi cámara a todos los dignatarios y así nadie extraña que permanezcan conmigo tiempo. Aún más, sólo queda dentro, aparte nosotros, mi fiel camarista, que fue mi nodriza: antes se dejaría arrancar la lengua que murmurar una sola palabra que pudiera comprometerme».

Al rayar el alba me reuní con Teobaldo y los guerreros, preparados en el patio, para iniciar otro viaje que nos llevaría a la zona todavía no visitada. Durante cuatro semanas me acompañó el recuerdo de la gentil Ethelvina, en quien, sobre su cualidad de Regidora del Estado, prevalecían grandes tesoros femeninos. Me despidiera aquella mañana recordándome que esperaba mi regreso, pues tenía mucho que ofrecerme como mujer. Y tan seductora como ella misma aparecían los proyectos expuestos, pues coincidían con los que guardaba en el ánimo desde tiempo hacía, en vista de la constante y tenaz esquiva de Thumber, al que me ligaban los dos juramentos sagrados de conseguir la venganza y reconquistar mi reino, que me eran reclamados constantemente por el espíritu asendereado de mi padre.

Era el caso que mi señora Ethelvina, aunque en vida de su esposo no mantuviera otras aspiraciones que las de preservar la paz, concebía ahora los más ambiciosos planes: valemos de la fuerza que acumularíamos en Ivristone para atacar a nuestro común y odiado enemigo, Raegnar, para acabar con su perenne ansia de expansión que representaría una amenaza incesante. Además de vengar las ofensas que nos tenía hechas, representaba entretener ocupados en la guerra a los bastardos y díscolos nobles que ahora caminaban por los polvorientos senderos con los despojos de los obispos. Aquellos que sobrevivieran a las batallas podían ser dominados posteriormente, eliminando el peligro que siempre constituían. Ningún inconveniente serio se oponía aunque era preciso planearlo cuidadosamente, y escoger el momento más favorable. Consideraba así el aforismo de que la mejor defensa es el ataque. Preveía la necesidad de erigir dos fortalezas en los Pasos de Oackland para mantener una guarnición permanente, y había dictado las órdenes al efecto. Quedaba la amenaza de la mar, y mi señora estuvo de acuerdo en la necesidad de construir una flota, que nos aseguramos se hiciera en los lugares más convenientes. Tanto nos serviría para defendernos contra Raegnar y cualquier horda pirata, como para atacarles.

La imaginación sugería multitud de ideas perfeccionadoras de este plan, secreto entre ambos; importaba, pues la sorpresa resultaría provechosa para el buen fin de la empresa. Ahora cumplía organizar el Reino de Ivristone como trampolín para atacar el Reino del Norte, mi amada y añorada patria, usurpada por Raegnar con la ayuda de Thumber como sicario. Ambos pagarían ante Dios, y por mi espada, su crimen.

Al expresarle mis dudas aquella dulce noche, donde se vieron colmados el amor y mis más íntimas esperanzas, mi señora Ethelvina concluyó que aunque era cierta y probada mi predestinación, no constaba el medio específico de su cumplimiento, y siendo así, ¿no podía realizarse en la forma propuesta por ella? Dios Nuestro Señor confía en que actuemos con fe y energía en defensa de lo que nos importa. Y si encajaba nuestro plan en la lógica de los acontecimientos sin apartarse un ápice de lo que el honor me reclamaba, ¿a qué concebir dudas? La esperanza se abría ante mi imaginación con esplendor. Hasta me parecía una intervención providencial que conducía los pensamientos de todos a un fin. Y además de recuperar el trono que por legítima me correspondía, podríamos constituirnos, unidos, en reyes de ambos reinos, que desde ahora me ofrecía su corazón y su mano, pues se congratulaba en ser mi reina, ya que el amor le había nacido en el momento en que me presenté ante ella por vez primera al llegar al castillo.

Al regresar a Ivristone me aguardaban sus dulces brazos, y en su rostro el resplandor de la felicidad. Aquel semblante sereno y de expresión comedida que le conocían los demás se tranformaba en fuego en la intimidad. Se conducía entonces como si en su interior existieran dos mujeres distintas. Y cada día me cautivaba la expectativa de reunimos por la noche, al amparo de los mapas que portaba para justificar la visita.

Con tan hábil y discreta disposición transcurría el tiempo, en que nos ocupábamos a la vez y de manera preferente de los asuntos de Estado. Teobaldo llevaba sobre sí gran tarea, y al ser tan inflexible cumplidor lograba maravillas en su empeño de perfección. Me dolía no confesarle que todo el esfuerzo serviría para recuperar nuestro amado país, el Reino del Norte, lo que le hubiera llenado de alegría, como a los demás tanes, pero en callarlo estaba empeñada mi palabra y la de mi señora Ethelvina, la fervorosa amante de fuego que yo mismo había de moderar algunas noches con mi ausencia, pues no sería natural despachar nuestros asuntos de continuo. Lógico era suponer que si al principio los problemas se acumulaban, debían espaciarse conforme transcurría el tiempo, a lo que precisaba ajustarse nuestra conducta, aunque con disgusto, pues tanta era su pasión que parecía una venganza. Aceptaba, sin embargo, no pasar a las manifestaciones personales antes de concluir los asuntos de gobierno.

Que cada vez se presentaban más favorables. Incluso los espías que cuidamos introducir en la escolta de los bastardos y nobles nos mantenían informados de cuanto averiguaban sobre tan preocupantes caballeros. Y coincidían con las noticias que nos llegaban de los nobles adictos y los clérigos. Tan moderadamente se conducían que nadie les suponía el menor ánimo de conjuras ni traiciones. Esto nos tranquilizaba en parte. Pues cuando regresaron a Ivristone mostraron clara admiración por los destacados progresos experimentados en los asuntos de guerra durante aquella ausencia. Grandes alabanzas hicieron de mis trabajos y desinterés al dedicarme a una tarea que me era extraña. A la par ensalzaban las dotes de mi señora como Regidora del Estado, y le reconocían unas virtudes sin par; encomiaban que estuviera el Estado mejor regido que lo fuera jamás por hombre alguno.

La sinceridad quedaba manifiesta al solicitar ellos mismos del obispo la ceremonia religiosa para rendir pleitesía a la Señora de Ivristone y jurarle fidelidad, pues omitieron el compromiso cuando las exequias del rey, por lo que deseaban ahora enmendar el olvido. Que sabíamos no lo fuera, aunque pareciera sincero su arrepentimiento. Y aun cuando guardásemos nuestras reservas sobre tan destacado cambio, que más parecía milagroso que natural, el obispo innominado insistió en que llegada era la hora de la reconciliación, y pues se sometían y juraban obediencia a la señora motu proprio, justo era acogerlos con calor y reconocimiento. Luego comentaría el caso con mi señora y convinimos en asignarles destinos que los mantuvieran muy ocupados, hasta asegurarnos de la rectitud de su proceder. Sin olvidar con ellos una secreta vigilancia.

El regreso de los caballeros transformó el aire de la corte. Las bellas esposas competían en renovar sus ropas para ganar en atractivo, con lo que Monsieur Rhosse suspiraba por un instante libre, requerido de continuo por sus dientas. Debía disponer, además, cenas y veladas, animadas ahora por mayor concurrencia, y como el alivio del luto ya lo permitía, acudían músicos y juglares.

Los caballeros suspiraban cada día por concluir sus tareas para regresar al castillo, si bien algunas veces la obligación les retenía fuera por más tiempo.

Sucedía más de una vez, cuando me encontraba en los campamentos, que al salir de mi pabellón durante la noche atraía mi atención un brillantísimo lucero que se destacaba entre la multitud de bellas luminarias que poblaban el cielo, a las que empalidecía. Así quedaron mis ojos prendidos aquella noche, cautiva mi atención, mi ánimo suspenso, al contemplar la bellísima, delicada, grácil y etérea joven que era Elvira, la hija de mi señora Ethelvina, que en contadas ocasiones viera antes y me pareciera sólo una niña. Lucía ahora en la constelación que componían todas las damas de la corte, con ser todas muy agraciadas, como señora del firmamento de la hermosura, ante cuyo resplandor quedaba cegado, doncella celestial cuyos movimientos, acompasados a la música, la revelaban como una diosa de la armonía. Pues le habían insistido para danzar al son de los acordes que tañía Monsieur Rhosse, con lo que cobró vida esta sin par criatura que imaginé recién creada, que por maravilla fijó en los míos sus ojos, y se fundieron nuestras miradas. Al acabar, que lo hizo ante mí, tuve por gentileza y rendición besarle la mano, y si me dejara llevar por el impulso de mi corazón la estrechara entre mis brazos y le prometiera amor eterno, pues el alma se me suspendía al contemplarla, anudada a la suya por el hilo sutil de los ojos. Al fin hubo de separarse para acudir a los requerimientos de otras damas, otros caballeros, a recibir un efusivo y cariñoso beso de su madre, allá en el otro extremo donde se hallaba reunida y rodeada por sus ancianos consejeros, entre los que se destacaba el obispo. No era frecuente que asistieran a una cena, mas aquella noche lo hicieron a requerimiento de la señora.

Fuera casualidad o predestinación, no lo sabía: la estancia de Elvira se encontraba situada en la torre oeste, por encima de mi propia cámara, al nivel de la muralla, zona controlada por mis sesenta guerreros, los cuales hacían la centinela de noche. Esto me permitió discretamente, retirados que fueron todos los moradores a sus habitaciones, salir al adarve y pulsar la vihuela en una cálida serenata de amor, encaminada a las ventanas que celaban la visión de tan divina doncella, descubierta para bálsamo y deleite de mi alma regocijada en su contemplación. Y así me reclamaba imperiosa su visión nuevamente, que desde separarnos todo me parecía oscuro, salvo el recuerdo. Y eran estos sentimientos los que vibraban en las cuerdas y en el tono de mi voz.

Cuando desde aquella gloriosa ventana descendió una escala, que se deslizó blandamente junto al muro de piedra, me pareció que no manos y pies me impulsaban, sino alas, hacia el encuentro del ángel que me había cautivado.

V

Apenas si el acontecer de cada día lograba la atención de mi mente desde que descubriera el amor de Elvira, que sólo alentaba en espera del momento nocturno de reunimos en su alcoba. Nunca otro ser ha bebido felicidad mayor en los labios de su amada. Juntos éramos una llamarada, que nos incendiaba el espíritu y nos transformaba, pues entre los besos se nos trasvasaron las almas. De nuevo me sentía niño pues surgían en mí, incontenibles, los pueriles, primeros sentimientos de la infancia.

Tres noches iban de comunión amorosa en que cada detalle de nuestras vidas cobraba valor nuevo, una nueva significación, y los primeros recuerdos adquirían relevancia inusitada. Olvidado de la severa responsabilidad, redescubriéndome, me producían estos sentimientos un sincero y puro placer, despojados de cuanto pudiera enturbiarlos, convertidos en cristal. Tal era, también, el ánimo de mi dulce, amada Elvira.

Imposible nos resultaba reconciliarnos con el sueño, pues el regocijo de hallarnos juntos lo ahuyentaba. Tan jubilosa era nuestra felicidad que contemplarnos, sonreímos y mostrarnos uno a otro los pensamientos que nos afloraban, nos producían una permanente fiesta. Desmenuzábamos los más remotos recuerdos, que adquirían un semblante diferente; hallábamos escondidos matices que yacían olvidados, como si cobraran vida para convertirse en lazos que anudaban nuestra unión. Todos surgían ahora como hitos que señalaban nuestro encuentro, y convertían el fu turo en presente, no menos feliz por esperado, que el logro nos acrecentaba la dicha.

Infantil candor el de Elvira que desgranaba la espiga de su alma, los sobresaltos y presentimientos, intuiciones y sospechas, dulces agobios y repentinas congojas, con los que me mostraba la intimidad de sus sentimientos, que habían encontrado plenitud. Y tan puros deseaba entregarle los míos que quise hasta despojarme de aquella pequeña sombra, leve infidelidad que suponía la aventura con Ethelvina, que juzgaba conveniencia diplomática ante todo, pues la vida y la sociedad nos impone sus reglas en algún momento, sin que nuestra alma se entregue. Forma parte, más bien, de la máscara con que el tiempo nos disfraza, sin que el yo íntimo participe. Le referí cómo durante aquellos tres días no consiguiera verla, lo que había intentado para comunicarle el amor que rendía a los pies de Elvira, único y primer amor. Mas fuera inútil; Ethelvina se encontraba enferma. La anciana camarista sólo permitía el paso al físico, al astrólogo y a los augures, que al parecer eran consultados por la señora, sin que nadie averiguase la naturaleza de su indisposición. Ni siquiera al obispo le fue permitido visitarla. Y como estaba seguro de que carecía de mayor importancia, que de otra forma se supiera, me congratulaba de aquella feliz circunstancia, pues la reclusión de Ethelvina nos permitía a Elvira y a mí concentrarnos en nuestro goce.

Tampoco en aquellos tres días abandonara Elvira sus habitaciones, pensando sería más intensa su dicha si la mantenía secreta. Mas su rostro fue acusando creciente tristeza conforme escuchaba mis palabras. Se afectó tan intensamente que comenzó a conturbarse, para seguir con profundos y sordos gemidos, hasta romper en aguda congoja. Acabó sacudida en irreprimible llanto; mostraba una desesperación tan honda que la paralizaba. Y concluyó, pese a mis esfuerzos por consolarla con dulces mimos y palabras, caricias y abrazos que la confortasen, con la voz quebrada en murmullos, húmeda en sollozos que aumentaban las lágrimas, manifestándose invadida por tristes presagios sobre nuestra felicidad, que lloraba perdida.

Juzgué en principio deberíase su dolor a la quebrantada salud de su madre, mas el lamento insondable que ahora expresaba me produjo asombro, pues se convertía en desesperación por el riesgo de nuestro amor, con lágrimas tan amargas como si la noticia lo hubiera desintegrado en el olvido.

Me esforzaba en calmarla. Trataba de infundirle el aliento de mi cariño, multiplicarle las caricias, la ofrenda de mi alma, que era la suya, tan unidas caminaban. Sin comprender realmente el fundamento de aquel dolor repentino. Hasta que formuló en palabras los ominosos presentimientos que la embargaban, convencida de que la enfermedad de su madre no era otra cosa que la cólera, intensa y terrible, de su amor traicionado, pues que Ethelvina tendría inmediato conocimiento del idilio nacido entre nosotros, ya que nada escapaba a su información. Y como era soberbia, aunque disimulada, el ataque de despecho, celos y miedo por el amor perdido, la habría herido en la profundidad de su ser. Elvira estaba convencida de que Ethelvina se sentiría mujer antes que señora y regidora, y sobre no perdonar a su rival, quienquiera que fuese, habría concebido negros designios para arruinarla. No existía barrera capaz de contenerla, y su desesperada iracundia sería tan grande que ninguna determinación le parecería horrible para eliminar a su enemiga. Enviaría esbirros para ahogarla, sicarios que la apuñalasen, o se valdría del veneno; no probaría alimento ni bebida sin que antes lo hiciera la camarera. Pues sus sentimientos de hembra ultrajada habrían de superar al afecto de madre.

Tan ajustados a las leyendas escuchadas en las largas noches de juventud eran los presagios de Elvira, que me impresionaba su desesperanza. Sabía que el despecho de una mujer había originado hecatombes sin que las detuviera el amor filial. Y esto me hacía temer por las dos, que no por mi vida. Aunque, ¿para qué desearía vivir si me faltaba Elvira? En medio de su efusión de lágrimas, invadida por un abatimiento inútil, me pedía que cuidase de su propia seguridad. Y era de notar que más sentía ella mi propio riesgo que el suyo, que aceptaba como consecuencia inseparable del amor que me había entregado.

Grave y difícil se me presentaba. Hubiera preferido enfrentarme a Thumber, que aun siendo pagano nunca descendiera a la traición, aunque su astucia le separase del recto comportamiento según el código de la caballería cristiana. Mas al ser un valiente, su honradez no le permitía llegar al deshonor. Mil veces más noble que la complejidad palaciega, sembrada de rencores, envidias y traiciones, como un sendero plagado de víboras. A lo que se unía la furia homicida de la exasperación de una mujer, rival en el amor. Recordé entonces las Brunildas y Frigas, mortandades originadas por el desenfreno de las más atroces pasiones, y ninguna más intensa ni mortífera que el despecho de amor, incendiado en rencores infinitos, hasta desencadenar la fuerza vengativa de los dioses. Así el terrible y magnífico Wotan, que en su propia hija engendró a Thor, además de una multitud de dioses.

Pensaba si mi destino estaría unido a aquel dios al que Thumber profesaba fe, quien en su furor medía a grandes pasos la vastedad de habitaciones de su castillo, y representaba la serpiente en Ethelvina, a la que imaginaba urdiendo astutos planes en el secreto de su cámara para lograr la destrucción de Elvira, y quién sabe si también la mía. Llegaríamos a morir todos en un designio terrible. Pues cuando vuela el rayo desde el poderoso brazo nadie sabe cuánto alcanzará a destruir. Me percataba entonces de que el día era jueves, que le estaba consagrado a Thor.

Busqué a Teobaldo, mi fiel tane, al que puse secretamente al corriente de los temores de Elvira. Dispusimos entonces centinelas en todos los lugares que accedían a la cámara de mi amada, de modo que nadie pudiera llegar hasta ella. Lo que no era difícil, pues que aquella ala del castillo la teníamos bajo la guardia directa de nuestros guerreros.

Resultara milagroso, pues apenas colocados los vigilantes fueron detenidos dos enviados de Ethelvina, disfrazados de monjes. Quienes pararon rápidamente en una mazmorra. Lo cual se convertía de súbito en evidencia de un peligro real. Ya no eran sólo temores y excitaciones de la natural debilidad de un alma enamorada. Quedaba obligado a intervenir para evitarnos algún daño cierto.

Nada más aconsejable que enfrentarse con la raíz del mal. A cuya resolución encaminé mis pasos. Averigüé, antes de tratar de que Ethelvina me recibiera, que le aquejaba un ataque de humores malignos para los que le había sido aplicada una triaca que los encalmara, pues era mal propio de las responsabilidades de gobernar, según dictamen del físico.

Aún transcurrieron dos días de incertidumbres; antes se negó a recibirme. Me acosaban entre tanto los crecientes temores de Elvira, quien descubría en el cielo las ciegas estrellas en frenética carrera, vaticinio cierto de graves acontecimientos. Lo que le hacía pasar las noches convulsa; me sujetaba fuerte con sus amorosos brazos, pues que la confortaba la seguridad de mi pecho, único refugio efectivo que encontraba contra el peligro que presen tía, sin conocer la detención de los dos esbirros de su madre, que habían dejado escapar el secreto al sentir la tortura en sus carnes. Me sorprendía hubieran negado cualquier empeño de matar a Elvira, pues sólo pretendían llevarla a presencia de Ethelvina, que la requería. Y esto, lejos de consolarme, me aumentaba la preocupación, pues nada peor que desconocer los propósitos del enemigo. Que en cierto modo así consideraba a la señora por aquellos días.

Si me atrevía a desafiar su enojo se debía al apoyo de mis caballeros. Como Teobaldo era, además, capitán de la guardia del castillo, había logrado disciplinarlos y mantenerlos sujetos a su mando. Pienso que estas circunstancias debió de tenerlas en cuenta Ethelvina cuando decidió recibirme. Le había pasado recado con la vieja camarista que asuntos improrrogables de Estado urgían tratarlos sin más demora. Pues en verdad tenía noticias de que Raegnar atacaba los Pasos de Oackland, aunque más parecían intentos de pulsar nuestras defensas. También en algún punto de la frontera sur sufríamos ataques de piratas que fueron rechazados, y aún habíamos de lamentar algunos desembarcos que causaban gran daño, pues arrasaban la tierra por el hierro y el fuego, como solían.

Aunque la color era más pálida que usaba, Ethelvina conservaba su dignidad y mantenía la faz serena. Pusiera gran cuidado en los vestidos y en la compostura de su belleza. La encontré sentada en su escritorio, rodeada de pergaminos y mapas, trabajando. Como si los cinco días transcurridos los hubiera pasado allí.

Me preguntaba si aquella actitud sería o no favorable. Juzgaba más temible el odio reconcentrado y disimulado que una explosión de celos. Me cumplía, como caballero, iniciar las explicaciones, si es que ella admitía una situación real. Debía, pues, conducirme con tiento. Me percataba de que era aquélla la tesitura más dificultosa que afrontara en mi vida, capaz de generar terribles consecuencias. De las que dependíamos Ethelvina, Elvira y yo mismo, además de la política general del reino. Y mi futuro, con los planes secretos que nos llevarían a conquistar el Reino del Norte. Que cada vez era más conminatorio el espíritu de mi padre, afligido por lo que llamaba mi flojedad en iniciar el combate y matar a su asesino y debelador. Pues hasta que no sucediera andaba irredento por los oscuros senderos de las cavernas sin fin, al no estarle permitido entrar en el Valhalla y participar en los gloriosos combates incruentos donde se entretenían los guerreros, ni asistir a las orgías sagradas de los héroes, ni beber el hidromiel que les ofrecía Odín por mano de las valquirias, mientras no quedase limpio su honor y su honra. Esta mancha le separaba de la sagrada morada de los dioses y de los héroes. Lo que me causaba espanto y desasosiego, pues le había insistido en que me marcase el camino. Antes de fundirse en la sombra me había advertido que se hallaba cansado de su vagar incierto, y que, si preciso fuere, abandonara la senda de la rectitud, sin olvidar que entonces se tornaría el camino cada vez más tortuoso. Lo que representaba una encrucijada en mi vida.

Todo ello poblaba mi cabeza de confusos sentimientos, y me preguntaba cuáles serían los de ella mientras escuchaba de mi boca la situación general del reino. Hubo un momento, en aquel esfuerzo por ocultarnos los pensamientos que nos obsesionaban, en que era obligado decidir sobre alguno de los aspectos del plan secreto contra Raegnar, cuya figura aparecía como una trama en el telar de nuestro futuro. Llegamos a la certidumbre, sin palabras, de que nos era imposible proseguir sin clarificar antes el fondo de nuestro problema, que aun sin mencionarlo se encontraba interpuesto entre nosotros.

Se cruzaron nuestras miradas. Ambos éramos conscientes de haber llegado al instante inaplazable de la confesión. En aquel momento sonaba en mis oídos la frase escuchada el primer día: nada sucedía en el castillo que ella ignorase. También la había repetido Elvira. ¿Qué pensaba? ¿La perdición de Elvira; la mía acaso? ¿Qué propósito perseguía enviando a los dos esbirros para traerla a su presencia? ¿Qué habría decidido respecto a mí? ¿Tenía en cuenta que me hallaba asistido por la fuerza de mis guerreros, con el mando y la obediencia de la guarnición del castillo, cubiertos todos los accesos a las habitaciones de Elvira, y que al oponerme a sus designios la habría traicionado, primero como mujer, después como Señora de Ivristone? ¿Era consciente de que podía forzar su renuncia al trono que disfrutaba como Regidora del Estado? Aunque tenía por cierto que supusiera encender una guerra civil, pues la obedecían los nobles y contaba en el reino con muchos partidarios. Lo que significaba un destino incierto. Y como conclusión, mi secreto deseo de que siguiera adelante nuestro proyecto, la invasión del Reino del Norte, para lo que precisaba de su amistad.

Estas y otras razones constituían una vorágine de pensamientos y sentimientos, meditados y repetidos cien veces, que calculaba exponer en aquel momento. Y al llegar el instante decisivo, huyeron de mí las palabras; acerté sólo a mirarla fijamente a los ojos y exclamar esta razón suprema que todo lo encerraba, más profundamente y con mayor elocuencia que cualquiera otra de las imaginadas: «Amo a Elvira».

Me contempló sin enojo, con un esfuerzo por entender mis razones:

«La dulce niña que destinaba para alcanzar alguna provechosa alianza con su matrimonio. Aunque jamás pensara en vos. Y por conservaros le habría dado muerte. Si no fuera porque el astrólogo me aseguró que todos los astros me eran favorables si sabía afrontar la realidad de los hechos. Lo que me llevó a desear que tomara los hábitos, que vos habéis estorbado. Sabed que también la amo, como madre, mas no me obliguéis a decidir como mujer: quizás la sacrificase antes que perderos.»

Me daba cuenta de la forma esquemática en que había encerrado, con breves palabras, sus sentimientos. También me apercibía de la gran aflicción que debía de soportar. Se le adivinaba una furiosa lucha interior de poderosas emociones encontradas. Combate cruel y decisivo entre la pasión y los celos de una mujer, y la contenida prudencia de un gobernante. Muy caros le eran ambos proyectos: proclamarse Reina de los Dos Reinos, y matrimoniar conmigo. Y ambos se hallaban en peligro. ¿Qué le quedaba si renunciaba a los dos? Debía, pues, meditar serena, calculadamente. Y así, entre el semblante pálido y ojeroso se le reflejaba una determinación.

«Contristado me encuentro, mi señora», fue lo que acerté a comentar, pues aunque incontables vidas llevo prendidas en el filo de mi espada y en la punta de mi lanza, me sobrecogía su dolor, y me causaba estremecimiento su entereza y aflicción, que todo lo leía en su rostro.

Al fin pareció dominar en ella una resolución. Me cogió la mano y me llevó hasta la alcoba; nos detuvimos junto al lecho, revestido de rico dosel y baldaquino. Me había dejado arrastrar blandamente, intrigado por conocer su decisión.

«De ser otra la dama ambos tendríais los labios sellados por el silencio.» Hablaba resuelta, con hondo sentimiento. «Representáis mucho en mi vida para que pueda olvidarlo. Tampoco lo que confío conseguir con vuestra ayuda. No puedo renunciar a vuestro amor y tampoco al doble título de Reina de Ivristone y Reina de los Dos Reinos. ¿Podéis vos?»

Breve fue el lapso entre su pregunta y mi respuesta. Mas lo suficientemente extenso para que cruzara mi mente un tropel de ideas. El amor que sentía por Elvira, tan fuerte como la vida misma. El honor de mi difunto padre, el rey. La suerte del reino. Mi porvenir, pues no había conseguido hasta entonces otra cosa que acumular experiencia, pero fracasado en el empeño de vengarme de aquel gran burlador que era Thumber. El destino de mi hueste, la de mis fieles tanes. Raegnar. El trono del Reino del Norte, que difícilmente alcanzaría solo. Me sumergía todo ello en horribles dudas, pues con rectitud nada había logrado hasta entonces. ¿Podría yo renunciar a todo ello? Acabé replicando a su pregunta: «No puedo».

Se dulcificó la faz de Ethelvina, cedida la gran tensión de su espíritu. Se acercó a mi cuerpo, su rostro tan próximo al mío que me envolvía con su aliento, y me transmitía su cálido influjo: «Quedaos esta noche. Se reforzará con ello nuestro pacto».

En aquel instante, no antes, me percaté cuan ridículo había sido vestir loriga y ceñir espada y puñal, receloso de cualquier traición de aquella dama que ahora sonreía mientras me despojaba de tal indumento guerrero en forma tan natural que no podía azararme. Sin embargo, me sentía íntimamente grotesco. ¿Conocía que de acuerdo con el consejo de Teobaldo había alejado a todos los nobles, pretextando misiones importantes, para desasistirla, llegado el caso, de estos partidarios y sus respectivas escoltas? Pues tenía comprobado que Ethelvina no envió mensaje alguno en solicitud de ayuda, ni siquiera a los bastardos y nobles díscolos que fácilmente se hubieran unido para derribarme o combatirme cuando menos.

Recuperó aquella noche su felicidad. Cuando me disponía a marcharme, antes de las primeras luces de la mañana, me despidió con estas palabras: «Corred a los brazos de Elvira. Referidle que no renuncio a vos. Que tampoco me importaría compartiros con ella si fuera yo vuestra esposa, pues al fin soy madre. Y que del mismo modo permitiré vuestro matrimonio si ella consiente. Contádselo. Y decidle también que acuda a mi cámara para sellar el pacto».

No oculté a Elvira mi satisfacción por tan feliz desenlace. Sin revelar el plan secreto contra Raegnar, pues que mi honor me obligaba a guardar la discreción jurada con Ethelvina, le expuse cuanto me era permitido mencionar; confiaba en que se regocijase al desaparecer, tan repentinamente como habían surgido, los peligros y obstáculos levantados contra nosotros. De tal modo que Elvira conocía ahora mis esperanzas y las de nuestra señora.

Persistió en la desconfianza, pues insistía en conocer a su madre mejor que cualquier otra persona. Alegaba que mantendría su palabra mientras le conviniese, pues ningún juramento la obligaría cuando cambiase su voluntad. Porfié, no obstante, en que la visitara como había requerido. Y se diera cuenta -en esto la insté a guardar secreto conmigo bajo juramento- de que en cuanto concluyera lo más perentorio, acometería con rapidez la invasión del Reino del Norte, del que conseguiría hacerla reina. Y una vez conquistado, mantendríamos con Ethelvina las ligaduras que deseáramos, pues que entonces las posiciones habrían cambiado favorablemente. Mientras que ahora dependíamos de su voluntad para el cumplimiento de nuestros designios. Tuviera presente que tanto nos importaba a ella como a mí salvar nuestro amor como lo más valioso que entre ambos existía, para lo que cualquier sacrificio habría de resultarnos leve.

Elvira acabó aceptando concluir un acuerdo con nuestra señora. Y si Ethelvina se reservaba en mente quebrantarlo cuando le pareciese, nosotros, con la misma reserva, convendríamos en cumplirlo mientras nos fuera conveniente. En cuanto a mí, personalmente, también desarrollaba el doble juego para lograr mi felicidad y mis sueños y deberes, torciendo los caminos. ¿Qué importaba si me llevaban a buen fin? Teobaldo usaba aquel recurso y por ello era alabado.

Ethelvina aguardaba, con atavío de reina por su riqueza y esplendor. Su belleza imponía serenidad, enfrentada a la frescura e ingenuidad de Elvira. Al observar los acicalamientos extremados de ésta, me daba cuenta de que entre ellas se imponía la rivalidad, pues lucían tanto su belleza como las artes femeniles pueden para realzarla. Y sin duda lo creían más importante que la solemnidad del encuentro, de tanta repercusión sobre nuestro futuro y el de los reinos.

Ethelvina habló primero, después de contemplarme agudamente: «Conocéis la materia, hija mía. Os lo he propuesto como madre, pues que os amo. Ya que como mujer os consideraría rival y nada me detendría. Incluso encendería la guerra si con ello consiguiera el triunfo».

Fue Elvira una completa sorpresa para mí. Al hablar reveló una meditación profunda de las palabras y los actos. Pensé que había madurado en una sola noche, pues que se acostó niña.

«Acepto, señora, a condición de que la boda con mi señor Avengeray tenga lugar tan pronto concluya el luto de la corte.» La decisión de palabras y gestos le confería un aspecto solemne, como jugador consciente de cuanto arriesga en cada envite. Diríase que se mantenía hierática, sin dejar traslucir la profundidad de sus sentimientos.

«Habréis de prometer solemnemente, con la mano sobre los Evangelios, que jamás os opondréis entre mi señor Avengeray y yo.»

«A condición de que prestéis todo el apoyo del Reino de Ivristone, así en tropas como en armas y víveres y dinero, para la causa de mi señor Avengeray: reconquistar el Reino del Norte, que le pertenece por legítima. Y ello en cuanto mi señor os lo demande, siempre que Ivristone no se encuentre en guerra con otro reino.»

«Lo concedo, si ha de existir un pacto de por vida entre los Dos Reinos y os comprometéis a defenderme como Señora y Regidora de Ivristone.»

«A condición de que vos, señora, apoyéis igualmente a mi señor Avengeray con todos los medios del reino cuando ocupe el trono del Norte. Contra los enemigos, así por tierra como por mar, y tal ayuda consista en una verdadera alianza, de guerra.»

«Lo concedo si aceptáis libremente que visite vuestra corte cuando guste.»

«A condición de que reconozcáis en documento mis derechos al trono de Ivristone, y los de mi señor Avengeray, cuando faltéis vos.»

«Lo concedo, siempre que mi muerte no se deba a la violencia ni traición.»

La tenacidad por parte de Elvira, pienso que debió de asombrar a Ethelvina, quien prometió muchas de las cosas que tenía convenido conmigo llevar a efecto. Comprendió que las exigencias de Elvira no significaban conocer el plan, sino que eran propias de su deseo de salvaguardar mis intereses, que habrían de convertirse en suyos por el matrimonio. La que hasta entonces había sido una tierna hija, flor y crisálida al propio tiempo, de súbito se transformaba, sin transición, en una reina. Serena, majestuosa, reflejaba un influjo heredado quizás de su propia madre, dormido en su sangre hasta aquel momento. Rivalizaba contra ella, quien mantenía la autoridad de su gesto, la dignidad de su cargo.

«Este pacto permanecerá secreto, y habremos de jurarlo con las manos sobre los Evangelios. También vos, mi señor Avengeray.»

Impusimos las manos como queda dicho, y pronuncié con clara voz:

«Consiento.»

Igualmente lo repitieron ellas.

Ethelvina requirió la pluma y procedió a redactar el documento, pues su mismo carácter de secreto no permitía encargar su escritura a amanuense ni escribano alguno.

VI

Lucha en dos frentes, sometido a gran tensión de ánimo: la ambición me empujaba hacia Ethelvina; el amor, imán poderoso, me atraía hasta Elvira. En ambos me complacía luchar.

Era la de Ethelvina una convivencia grata; concebía y desarrollaba en su compañía los planes de Estado y los mil proyectos que su imaginación fértil discurría. Sazonado todo ello con la pasión que salía de la alcoba y le circulaba como fuego por las venas hasta encenderle el corazón, entusiasmada con los preparativos, ya casi concluidos, para el ataque.

Como Raegnar tanteaba esporádicamente nuestras defensas en los Pasos de Oackland, y los piratas no cesaban en sus incursiones merced a bandas reducidas que asolaban los territorios, causaban la muerte de los paisanos y la desolación de sus casas y las cosechas, nuestros movimientos de tropas quedaban justificados: despliegue defensivo, reforzar guarniciones y cubrir puntos estratégicos sin levantar sospechas en el enemigo, ignorante de los verdaderos propósitos que nos guiaban.

La felicidad despertaba la imaginación de Ethelvina, que urdía planes sin cesar, unidos los tres en un destino. El poder y la gloria habrían de agigantarse conforme las tropas engrandecieran el reino.

Me contagiaba su entusiasmo. Contribuía a que acudiese a ella con mayor ardor, pues encontraba una regidora inflamada por el arrebato de sus planes de Estado, y una mujer sabiamente caldeada de pasión. Lo que había acrecentado su belleza, pues ahora irradiaba luz.

Mas, sería ambición lo que me impulsaba hacia ella. Pues amor, que brotaba poderoso en mi interior y me renovaba, me llevaba hasta los brazos de Elvira. Quien vivía en tal excitación que apenas si el sueño le cerraba los párpados alguna vez; pasaba las noches entre congojas y temores. Tenía por cierto el daño que podía recibir y recelaba. Pues de morir, explicaba, Ethelvina tendría resuelto el porvenir que ansiaba.

Insistía yo en que ningún daño le sobrevendría de su madre, que la amaba. Apenas si concedía crédito a estas palabras, pues juzgaba que mi propósito era sólo consolarla. Suspiraba y se estrechaba entre mis brazos. El problema, pues el daño era ineludible, consistía en conocer hasta dónde sería capaz de alcanzar. Para concluir que Ethelvina no reconocía límite: acabaría aniquilándola. Y su gran sentimiento era pensar que entonces me vería privado de su amor, y mi existencia sin oriente. Sacrificaría gustosa su vida por favorecerme, si estuviera en su mano. Porque Ethelvina era fría, audaz, inteligente, maquinadora y realizadora en la sombra de astutos planes. Todo lo cual ya me era sabido. Mas, conocía su complacencia con la situación derivada de nuestro acuerdo. Mientras Elvira se perdía por el vericueto de la adivinación, intranquila por ignorar los proyectos, el modo y momento en que su madre desencadenaría la venganza, con lo que vivía en un permanente terror. Pues inútiles resultaban mis esfuerzos para tranquilizarla, refiriéndole los planes de Ethelvina que nos incluían a los tres. Elvira llegaba a decir que, en casándonos, cuando fuera a la guerra se refugiaría en un monasterio hasta que pudiéramos reunimos en una nueva corte, lejos y a cubierto de su madre.

Me confortaba pensar que su estado era propio de su juventud y desconocimiento de los tortuosos caminos de la vida. Aunque me causaba gran sufrimiento. Lo que me empujaba a participar de corazón y con calor en los planes de Ethelvina, que colmaban mi ambición. Y he de confesar, pues me prometí escribir esta historia con sinceridad, que su rendido amor me halagaba, lo que me inducía a participar de su entusiasmo por el futuro glorioso que estábamos construyendo. Nos compenetrábamos hasta incardinarse en mí su ambición.

Cuatro semanas transcurrieron, unas lentas, otras vertiginosas, entre la entrevista y el plazo señalado para nuestra boda. Representaron una escalera por donde ascendían todas las expectativas. Y pues cuanto estaba sucediendo entre nosotros lo desconocían en el castillo, por el obispo innominado supe las dudas que los ancianos consejeros plantearon a la señora: notorio era que en su momento no me guió ambición por el trono, sin embargo ¿no parecía mi actual conducta un intento de llegar a él a través de la princesa Elvira? ¿No podía juzgarse, entonces, que desarrollaba un calculado proyecto, tanto más peligroso cuanto poseía el mando supremo de todo el ejército? ¿Hasta dónde era prudente arriesgarse a tal posibilidad?

Replicó la señora que eran razonables sus dudas, pero al no ser posible prescindir de mí sin grave quebranto para el reino, usaba de todos los recursos que el Estado puede esgrimir para conducir los acontecimientos en su provecho. Con lo que concluyó la reunión sin revelarles sus ideas. Y me quedó la preocupación de si se debía a esperar el momento apropiado para descubrirles nuestros proyectos, o si, como se temía Elvira, obedeciera a otras razones que hasta yo mismo ignoraba, pese a la extremada confidencia de nuestras relaciones. Incierto resultaba, mas tenía cuidado en no declarar mis pensamientos al obispo, y los ocultaba también a Elvira. Pero vestía cota de mallas y portaba espada y puñal. La guardia permanecía día y noche en los accesos a la cámara de mi amada, y estrechaba los cuidados con Teobaldo, pues visitaba con él la guarnición del castillo, a la que se mantenía en permanente entrenamiento, todo a punto.

Las ideas de la corte recorrían otro sendero. La proximidad del fin de aquel período de luto acrecentaba la animación de la cortesanía. Las cenas cada vez eran más lucidas, mayor el ánimo de las damas reflejado en el creciente ritmo desplegado en sus talleres de modistas y bordados, donde las criadas trabajaban sin descanso para dejar dispuestos los modelos diseñados por Monsieur Rhosse, quien andaba más ocupado que yo mismo. Con lo que parecía muy feliz.

Lograba convencer a Elvira alguna noche para acudir a la cena. Aunque accedía sólo por contentarme. Entonces brillaba con el candor y la belleza que la ensalzaban sobre todas las otras damas, lo que les despertaba la envidia. Se hacían lenguas del amor que me mostraba, así al contemplarme con los ojos entreabiertos de ensueño o mientras danzábamos o conversábamos, que lo hacíamos sin palabras, y era entonces cuando más unidos nos sentíamos. Hasta olvidarnos de todos y sentir la pura expresión de la felicidad.

Mis preocupaciones en nada se parecían a las que imperaban en la corte. Si los ataques de Raegnar no revestían peligro, las noticias procedentes de la frontera sur me causaban inquietud. Nunca he sentido temor por la guerra. Enfrentarme a un ejército, aunque fuera numeroso y fuerte, me estimulaba siempre. Pero desconocía ahora la clase de enemigo que nos estaba atacando. Un panorama confuso. ¿Cuál era el número y quiénes sus líderes? ¿Cuáles sus planes y ambiciones? Parecía como si nuestras guarniciones resultasen incapaces de controlar la situación en sus territorios, de facilitarnos, cuando menos, informaciones ciertas y fidedignas. En tal incertidumbre me debatía cuando recibí noticias más concretas que, si iluminaron mi desconcierto, aumentaron mi intranquilidad: entre las hordas aparecía Thumber, maestro en la estrategia, zorro astuto, Oso Pagano. Los partes revelaban que de un día para otro atacaba a 100 millas de distancia. ¿Cómo resultaba posible desplazarse a tal velocidad? Demostraba su habitual astucia y lograba espléndidos botines. La región estaba siendo asolada a hierro y fuego, lo que no era usual en el vikingo, quien respetaba el territorio y a los habitantes si lograba buen recaudo, pues, ¿de dónde iba a obtener botín la siguiente vez, si no? ¿O estaría preparando la invasión de algún aliado?

Se evidenciaba la ineficacia de los informadores o de sus fuentes, los capitanes de las guarniciones; alguna de ellas estuviera en peligro de exterminio. Me asaltó la sospecha de que todo pudiera obedecer al propósito de confundirme. Lo suponía enterado de mi estancia en Ivristone y la tarea que me ocupaba. Al empobrecer el reino con aquella táctica lograba a la vez un efecto más inmediato: las guarniciones habían de ser avitualladas desde lejos.

Ethelvina convocó una asamblea con los ancianos consejeros y cuantos nobles pudieron acudir. Describió con alguna exageración los peligros que corría el reino, la amenaza de sus enemigos, la justificación de nuestro rearme y el fortalecimiento del ejército real, la colaboración que se esperaba de todos los nobles y el apoyo debido para cubrir las necesidades del Estado, que se desvelaba en un esfuerzo continuo. Anunció que mantenía su absoluta confianza en el Gran Senescal de Guerra y, pues la seguridad del reino se hallaba en sus manos, en vista del gran amor que profesaba a su hija, la princesa Elvira, según era notorio en la corte y en todo el reino, había decidido ligar al caballero Avengeray a la Corona, mediante el matrimonio con la princesa, enlace que se celebraría al concluir el período de luto habido por la muerte del glorioso y nunca bastante llorado rey Ethelhave.

Gran habilidad tuvo para escoger el momento apropiado de exponer la situación que cumplía a nuestros planes, cuando el peligro exterior explicaba todo el esfuerzo que se llevaba a cabo para reforzar al ejército y las fortificaciones, con lo que se pretendía no despertar sospechas en los enemigos exteriores y justificarse ante los súbditos propios, a la vez que se lograba el apoyo económico de la nobleza, y sus aportaciones en hombres, armas y víveres. De igual modo estaba calculado aprovechar otra oportunidad para alegar la necesidad de invadir el Reino del Norte, obligado por aquel Raegnar viejo e inhábil, combatido internamente por sus propios nobles, a los que sin duda pensaría mantener ocupados.

El anuncio de la boda no calmó los temores de Elvira, terne en sospechar maquinaciones de su madre, por lo que se debatía en una constante fiebre de noches convulsas en mis brazos, único refugio a sus pesadillas y terribles presagios.

En la corte, la noticia obró la renovación de sus ilusiones para una fiesta que ya vaticinaban desde antes. Aunque ahora los preparativos de cada dama se veían acelerados. Era llegado el momento estelar de aquel Monsieur Rhosse, quien jamás ciñera espada ni embrazara escudo, ni se ocupara de más artes que las femeniles, mimado y querido por las damas tanto como vilipendiado por los caballeros. Pese a lo cual ascendiera a dignatario cortesano, que hasta despachaba con Ethelvina en su cámara, honor a pocos reservado, por lo que se preciaba ser su más ferviente servidor, y además de confeccionarle vestuario con tanta pompa y lujo como ninguna otra dama pudiera alcanzar, alardeaba de merecer su amistad, de prestarle destacado interés y considerarla la más bella. Como esta última razón resultaba cierta, pensaba si con ella se ofenderían las damas. Aunque tenía aquel hombre la virtud de no levantar despechos femeninos, pues presumían que respondían sus palabras a obligada lisonja hacia la señora. Si alguna vez embromé a Ethelvina me replicó con un mimo, e intentaba apaciguar unos celos que yo no sentía pero que ella se gozaba en suponer, declarando que el galán era tan delicado, sensible e inofensivo como cualquiera de sus doncellas. Pero un genio que convenía cultivar, pues se bastaba para mantener distraídas a todas las damas de la corte, con lo que les impedía, al desarrollar su frivolidad, pensar en cuestiones de mayor importancia que pudieran envenenar la mente de sus esposos, a los que nosotros procurábamos mantener ocupados. A los que al evitarles el ocio se impedía también lo dedicasen a robar y saquear, o asesinaran a quienes les estorbaban, y cometieran tropelías con sus huestes.

Peor todavía si se ocupaban en perseguir doncellas, promover traiciones y complots. O embriagarse en los banquetes, lo que era fuente de mil conflictos, pendencieros y revoltosos, asaltantes de caminos emboscados para sorprender a sus enemigos y matarles y robarles, violar a sus mujeres, o asesinarlos durante una partida de caza, por los bosques y los caminos. Que todo ello servía de divertimento de nobles holgazanes.

Aprovechaba yo alguna ocasión, ahora que las damas tan ocupadas parecían, para salir al bosque con una docena de escuderos, sin olvidar mis halcones y perros para perseguir al corzo y al jabalí, cazar el zorro, ejercitar el caballo y realizar ejercicios de armas. Entre tanto aguardaba noticias del sur, donde enviara mensajeros con la esperanza de aclarar la situación. Preocupaciones desconocidas para casi todos; apenas si las comentaba con mi fiel Teobaldo y el obispo, pues ambos me guardaban la reserva, y con Ethelvina, que siempre me esperaba.

Más difícil resultaba ahora Elvira, ocupada con sus doncellas, bordadoras y modistas en la confección de sus vestidos y toda su ropa, que cuidaba no fuera vista por nadie, y menos todavía por mí, a quien no estaba permitida la entrada en evitación de los daños que pudieran originarse. Aunque Monsieur Rhosse entraba y salía a su antojo, exultante de satisfacción ante mí por su facilidad de movimientos y mi veda. Elvira, con amorosa mirada, decía ser necesario para que no cayese sobre nosotros maleficio alguno, aunque le apenara. La única condescendencia que se permitió conmigo Monsieur Rhosse, sin duda para endulzar mis dificultades, consistió en confesarme que el vestido de novia prometía ser el más famoso y bello que jamás luciera una princesa.

Si alguna noche logré reunirme con ella fue por poco tiempo, y relajada de la tensión volvíanle los recelos sobre su madre. Me insistía en la amenaza de alguna maquinación, me pedía que no retirase la centinela apostada para defenderla, y exigía a su camarista probar cualquier alimento y bebida antes de tomarlos. A la vez que persistía en que llevase la cota de mallas y fuese armado, pues que en ropas de cortesano me encontraría indefenso contra los sicarios.

Inquietudes que estaban lejos de coincidir con las mías. Sospechaba que los bastardos y nobles provocadores desplazados en las guarniciones del sur tramaban alguna traición. No olvidaba en el Estuario del Disey me había ganado su enemistad, aunque después simularan amigable reconocimiento y pacíficos deseos de colaboración. ¿Estarían vendidos y me enviarían falsos mensajes? Thumber les era buen aliado, todos deseosos de perderme. Podía estar sucediendo todo de modo diferente a como lo mostraba la información que me llegaba.

Concluí decidiendo que mi buen tane con los sesenta guerreros marchase a la frontera sur, para recorrer las guarniciones y el territorio y enviarme noticias fidedignas. Teobaldo y el obispo coincidieron en el riesgo que suponía dejar Ivristone sin su protección. Estimaban preferible que se avisara a Cenryc para que lo hiciera desde Oackland. Esto hubiera consumido el doble de tiempo, ya que Oackland se encontraba al norte del reino. Y la situación no hacía aconsejable ninguna demora. ¿No se encontraba bien entrenada la guarnición del castillo, obediente al mando? Teobaldo asintió. Insistí en que era suficiente. No conocíamos movimiento alguno de tropas enemigas tan cercanas que constituyeran peligro. Se trataba además de una expedición que apenas llevaría tres o cuatro semanas. Requería una pronta resolución para no demorar los preparativos del ataque contra Raegnar, de lo que no podía hablarles. Tan adelantados se encontraban ya, que la fecha de la invasión había sido fijada. Mas no podíamos aventurarnos hacia el norte sin conocer exactamente la situación en el sur. Tampoco podía retrasar la boda con Elvira, pues de no celebrarse antes del ataque, ignoraba por cuánto tiempo se dilataría. Nadie podía prever si la guerra se resolvería con rapidez o tendría una duración superior a lo esperado.

Elvira no soportaría por mucho tiempo la tensión a que se encontraba sometida. Me imponía, pues, aceptar el necesario margen de riesgo si quería se realizase conforme a lo previsto. La guerra me ligaba tanto con Ethelvina como con Elvira, pero ésta confiaba en la salvaguarda que le supondría nuestro matrimonio. Proyectaba reunimos con la mesnada, de la que tanto tiempo llevaba separado, para iniciar la invasión; ella decidió que si era obligado separarnos se refugiaría en el monasterio más cercano a Oackland, escondido en la montaña, en espera de mi regreso. O de reunimos allí donde la llamase.

Los años, al borrar la ceguedad de las pasiones, permiten distinguir la trascendencia de cuanto antes quedó incierto. Al repasar ahora mi pretérito reconozco que fuera mi mayor error desoír los consejos prudentes de mi buen Teobaldo y del obispo. Pues ello significó condicionar mi porvenir y el de cuantos de mí dependían. Que cada cual somos pequeña parte de un engranaje general y cualquier acción se propaga modificando el entorno en el espacio y en el tiempo. Muchas cosas serían diferentes si el más humilde de los hombres no hubiera nacido nunca.

Momento supremo fue aquel en que nos presentamos en la capilla para la ceremonia, rodeados de la fastuosa corte. El rostro de Elvira irradiaba felicidad, olvidados por el momento sus temores y presagios. También Ethelvina aparecía encalmada, bella; destacaba entre el cortejo de sus damas, que aun siendo más jóvenes y todas hermosas, ninguna la igualaba. Lejos de parecer preocupada, mantenía, como toda la corte, aire de fiesta.

Debía de ser yo, con seguridad, el más preocupado, aunque también procuraba disimularlo: todavía no me habían llegado noticias concretas de Teobaldo.

Las damas mostrábanse espléndidas con los vestidos y adornos diseñados por Monsieur Rhosse, quien resplandecía de vanidad como ninguno, gozándose en su obra. El número de caballeros era proporcionalmente reducido, limitado a los ancianos consejeros y algún noble venido desde sus territorios para ser testigo de tan magna ocasión. Tampoco esperaba más, pues todos atendían cargos y obligaciones que les retenían lejos.

Por ello me sorprendió la repentina entrada en la capilla de los bastardos y nobles que les eran adictos, si bien penetraron con discreción, y se situaron al fondo. Llevé mi mano a la empuñadura de la espada en movimiento instintivo, aun cuando me dominé al observarles el semblante pacífico. Sólo leía en sus rostros como un reproche por no haberles llamado, invitado a la ceremonia, cuando eran familiares y se hallaban presentes sus esposas. ¿Cómo coincidieron para venir, si se encontraban en lugares distintos? Dominado el furor que me produjo su repentina aparición, me prometí ocuparme de ellos al acabar la ceremonia, pues falta de disciplina, y grave, era.

Encaré el altar junto a Elvira. El obispo, revestido de pontifical, se aprestaba a iniciar la ceremonia. Es difícil reflejar los sentimientos que me embargaban. Recuerdo una sensación de hallarme flotante en el espacio, desligado del pasado, presente y futuro, como si la vida se ciñese a aquel preciso instante en que nuestras almas se fundirían en una, como el obispo nos explicaba los últimos días, al ensayar la ceremonia que deseaba tan perfecta que no aceptaba improvisación alguna, como el momento más importante de su vida. Fiel me era, en verdad, el obispo innominado.

Y apenas había iniciado los prolegómenos cuando le interrumpió grande estruendo de hombres de armas, quienes irrumpieron como rayos que desencadenan una lluvia de fuego que a todos nos envuelve.

Al volverme sufrí tan profundo choque que me creí poseído de locura. Pues el cambio experimentado me hundía, desde la gloria de mi felicidad, en lo más profundo del averno. Infierno representado por aquella horrenda horda vikinga, armados de hachas de doble filo, picas, espadas y arcos montados con la flecha pronta a volar, embrazados los escudos, cubiertos de pieles y sobre la cabeza el casco que les distinguía, tantas veces contemplados en el campo de batalla. Con mayor rapidez que se tarda en comprenderlo rodearon a los bastardos y sus acompañantes, a los que atacaron de muerte. Tan fulminante la acción, cogidos de sorpresa, que apenas si alguno tuvo tiempo de desenvainar la espada. Cayeron con la cabeza partida en dos merced a un tajo del hacha de doble filo. Pienso que la carnicería había concluido antes de que mis pupilas se percatasen del conjunto.

Otro grupo de arqueros, situados en la escalinata central, por lo que dominaban el recinto desde su altura, dispararon contra algunos caballeros ancianos del consejo que intentaron blandir las armas. En un segundo la muerte sembró de cuerpos el pavimento, tan rápida que apenas si tuvieron tiempo de exhalar un grito de agonía, que fue devuelto por los muros pétreos de la capilla.

El instinto llevó mi mano a la espada, mas una red hábilmente manejada cayó sobre mí y quedaron mis brazos sujetos y yo prisionero. La espada ceñida a mi pierna, desenvainada pero no blandida, inútil en su desnudez. En derredor se agitaban los furiosos vikingos, algunos de los cuales sujetaban los cabos de la red que me embarazaba. Comencé a forcejear dentro de aquella prisión con una furia nacida desde la desesperación que acababa de poseerme. Inútil todo esfuerzo: la tensión de los cabos me convertía en un fardo abominable.

Observé movimiento en la parte superior de la escalinata, entre los arqueros vigilantes, y apareció la figura descomunal del rey Thumber. Avanzó hasta la balaustrada: nos contempló con satisfacción no disimulada, distendido por una mueca triunfal su amplio rostro cruzado de cicatrices. Me percaté de que era el único que no portaba armas. Alterar su hábito en ocasión tan singular revelaba la seguridad que sentía. Era una provocación, un insulto. Pero estos razonamientos tardé en concebirlos. Entonces notaba solamente que a su lado caminaba el escudero con las armas.

La expectación despertada le hacía gozarse del golpe maestro logrado merced a su proverbial astucia. Libaba en aquel instante el hidromiel glorioso al contemplar envuelto en una red a su mortal enemigo, humillado, vencido, ultrajado en su dignidad de hombre y en su honor de caballero cristiano, el cual soportaba una vergüenza que impregnaría hasta el último recoveco de su espíritu, y le haría morir con el estigma de esta indignidad. Pudiera ser que la leyenda convirtiera la hazaña en mi favor, me mostrase virtuoso al soportar con humildad la desventura, me considerase un elegido del cielo. Inclusive que los demás olvidasen, mas el deshonor quedaría impreso en mí por el resto de mi existencia. ¿Lo olvidaría mi amada Elvira? Lucía pálida como si la hubiera visitado la muerte, fijos sus ojos en Ethelvina, inmóvil, serena y bella, que hasta parecía trascender de sus pupilas una liviana sonrisa enigmática, como si en vez de sorpresa existiera regocijo. ¿Era traición maquinada por ella? La sospecha me resultó un golpe tan fuerte como si me destrozasen el cráneo de un mazazo, después de penetrar el casco de acero. La misma interrogante aprecié en el rostro de Elvira, cuyos temores se veían cumplidos. Tan bien dispuesta fue la celada que la tropa quedó neutralizada sin lucha, pues no había señal de combate. El mismo Thumber no empuñaba arma, con ser fama que no la soltaba ni en sueños, para mi humillación.

La visión del odiado enemigo, consumada la mayor de sus burlas, me causaba furor. Me revolvía dentro de la ominosa red, los cabos tensos por las manos de los guerreros. Me llenaban de oprobio entre todos. Soñaba el imposible de libertarme y arrancarles, de un solo tajo, el alma. O volver contra mí la espada, pues la desesperación me empujaba a matar o morir. La contemplación de aquellos cadáveres sobre el pavimento me enajenaba.

Me llegó la voz potente del vikingo, que resonó como un trueno contra los muros: «¡Tente, Avengeray, tente! ¿No has adivinado que ellos me llamaron? ¡Estás encerrado en un nido de víboras! ¡Envuelto en traiciones!».

No era mi situación propicia a alcanzar el significado de sus palabras. Recuerdo que le dirigía insultos; pedía me libertase y aceptara luchar. Me enardecía que Oso Pagano despreciase mi furia con risotadas y replicara con razones que yo no escuchaba ni podía encontrarme en disposición de comprender. Sólo demandaba luchar, luchar, matarle o morir. «¿Por qué voy a luchar contigo? Yo no soy cristiano. No me obligan tus famosas reglas de caballería. No sueñes, Avengeray. Sé práctico. Todo es mío ahora; puedo matarte si quiero. ¡Dame, si no, una buena razón para que no lo haga! Y acéptalo como una decisión del destino, que manda sobre nosotros. ¿Qué quedaría del bien en este mundo si no lo fustigase el mal?»

No reflexionaba. Por primera vez en mi vida me encontraba indefenso, incapacitado, convertido en impulso irrazonable. Y mi fortaleza, justo es reconocerlo, comenzaba a debilitarse, consumido por el arrebato de mi pasión, como la pez arde en la antorcha hasta consumirse. Pues mi tensión era un derroche de energías que me estaba conduciendo a la nada.

La voz de Elvira, con una firmeza que jamás antes le reconociera, resonó junto a mí. «¡Yo te daré esa razón que demandas!» Y se encaminaba a la escalinata para subir hasta Thumber. Ni podía evitarlo ni conocía sus pensamientos; sólo me apercibía de su desesperación. Debía de considerarse amenazada de muerte por la traición de su madre, como tanto temiera. Y desearía suponer que también recelase por mi vida e intentase desesperadamente salvarme. No sabía. Pues ya mis reflexiones eran más instintivas que racionales. Me abandonaban las fuerzas. Sentía oscurecérseme el cerebro.

Recuerdo haber clamado a gritos me matasen para librarme del deshonor. Con la espada inútilmente sujeta a lo largo de mi cuerpo, enfundado en la red, debía de ofrecer el espectáculo más bochornoso que pudiera concebirse, sombra ridícula de un caballero deshonrado por la más ignominiosa de las burlas. No podía pensar en otra cosa que la muerte.

«¡Llevadles a las mazmorras! -escuché tronar la voz potente de Oso Pagano-. ¡Conservarán la vida por haberlo prometido a mi señora la princesa Elvira!».

«¡Mátame, mátame, mátame!», es mi último recuerdo, la voz vacilante, las piernas negándose a sostenerme.

Sentí que me arrastraban. Me elevaron en peso, y así no hube de pisar los pétreos escalones. Descendimos. Después se abrieron puertas chirriantes y me envolvió un hálito denso y húmedo de paja podrida.

Me arrojaron sobre el heno.

VII

Tres semanas permanecí privado. Pero referiré los acontecimientos por el orden en que sucedieron, según conocí después, para evitar confusiones al que leyere.

Desconfiado en la guerra y en la paz, el fiel Teobaldo marchó hacia el sur receloso por dejarme con la única protección de la guarnición del castillo. La atención fija en los bastardos y sus amigos, contra los que jamás dejara de prevenirme, y a fe que andaba cierto.

Destacó exploradores tan pronto hubo avanzado lo suficiente, pues deseaba obtener una orientación cabal antes de alcanzar las guarniciones. Éstos le confirmaron, según regresaban apresuradamente, que unos antes y otros a continuación, los bastardos y sus compañeros se ausentaron de los enclaves. Nadie conocía su destino, pero sí que cabalgaban en la misma dirección.

No esperó más. Mandó volver grupas y, con paradas sólo para que descansaran los caballos, pues los caballeros dormían sobre la marcha, emprendieron el regreso al castillo. Por el camino envió mensajeros a las fortalezas con órdenes de que convergieran un millar de soldados sobre Ivristone. Pues si ignoraba lo que pudiera suceder sospechaba gran traición. Como a los otros tanes, su honor le impulsaba a salvaguardar a su señor, mientras se reprochaba haberme dejado sin protección adecuada, aunque fuera por obediencia.

Seguido por aquella tropa cabalgó delante con su escolta de sesenta guerreros de nuestra mesnada, pues el menor número y la ansiedad por mi suerte les concedía mayor velocidad.

En la amanecida del día siguiente al que se consumara el asalto avistaron Ivristone. Pero los invasores habían huido. Avisados por los vigías, pues Thumber no podía descuidar la vigilancia en semejante ocasión, abandonaron el castillo de retirada. Teobaldo sólo encontró las ruinas del saqueo, esparcidos cortinajes y muebles, arrancadas lámparas y panoplias, derribados los escudos y armaduras, restos afligidos de una tormenta que le estrujó el corazón al contemplar los cuerpos inertes de gran número de servidores, encadenados y heridos, atados a las columnas para ser testigos de aquella noche de orgía pagana en que sus mujeres fueron forzadas, las cuales aparecían destruidas, errantes unas, inmóviles otras, envueltos todos en un infierno de gemidos y lamentos, perdido el vigor de los cuerpos y la conciencia del alma.

Sumido en sombríos presagios mandó desatar a los desgraciados y prestarles alguna ayuda. Dedicóse él a buscar entre los cadáveres esparcidos por el gran salón y otras dependencias, y hasta en la misma capilla, donde todavía le causó mayor confusión encontrar los cuerpos de los bastardos y los nobles levantiscos. Acostumbrado a enfrentarse gloriosamente con la muerte en el campo del honor, le sobrecogía aquella hecatombe. Y le atenazaba el corazón cada vez más no encontrar signos de lucha en todo el recinto, ni mis restos, ni los de nuestra señora Elvira, ni tampoco a Ethelvina. Por lo que concibió la idea de que la horda pirata nos había arrastrado como cautivos para solicitar rescate. Y quedaba fuera de toda duda que les acompañaron los guardias del castillo, pues ni uno solo aparecía. Dispuso que el cuerpo de guerreros de Ivristone se desplegase en seguimiento de los piratas. Pero retuvo trescientos soldados para engrosar nuestra mesnada. Y con tales fuerzas pensó seguir a Thumber, pues ninguna duda tenía sobre el autor de tan audaz y salvaje hazaña, culminada gracias a la traición de los cristianos. Si bien le confundía haber encontrado los cuerpos sin vida de los bastardos y sus secuaces, a los que pensaba autores de la felonía. Cuestión que no podía preocuparle ahora en exceso, pues que se imponía salir en mi defensa sin perder tiempo.

Montaba el caballo cuando le avisaron que su señor, Ethelvina y sus damas, los ancianos consejeros supervivientes y hasta nuestro santo obispo, yacían sepultados en las mazmorras, adonde acudían criados para liberarles. La cabalgada de Ivristone ya se había adelantado en persecución de los huidos. Él bajó al sótano para comprobar las noticias.

Ethelvina abandonó la celda con premura tan pronto abrieron la puerta. Dejó atrás a sus damas, que ya eran viudas. Subió aceleradamente por las pinas escaleras en procura de sus dependencias, donde tuvo la inmensa alegría de comprobar que los piratas no descubrieran la cámara secreta en que reposaba intacto el tesoro. Esto le valió las críticas de la corte, pues lo había antepuesto a conocer el destino de su propia hija, por la que no llegó a preguntar ni manifestar preocupación alguna en aquellos instantes iniciales.

Sus damas corrieron a encontrar los restos de sus esposos muertos en la capilla. Les lloraban desconsoladamente, con grandes manifestaciones de dolor. Nunca podríamos sospechar si por las mentes de tan frívolas hembras cundía la idea del modelo de tocas de viuda que debería confeccionarles Monsieur Rhosse, el cual surgió todo medroso, empavorecido y entumecido por la larga permanencia en el escondite que le salvara la vida. Aunque pienso se hubiera librado igual, pues que los bárbaros sienten la misma reverencia por los indefinidos que por los locos, a los que consideran sagrados. Mas Monsieur Rhosse debía de ignorarlo cuando no pensó en cerciorarse. Y pues fuera testigo de la noche salvaje se convirtió en el descriptor único e ideal; los demás le atosigaron para que, sin abandonar sus expresiones características, sus aspavientos y desprecio por la violencia, malos modos y obscenidades de semejantes bárbaros paganos, relatase cuanto vieran sus ojos, que todavía no lo creía él mismo. Tamaño había sido el espectáculo. Fueron las viudas quienes más le estrecharon para que lo contase, salpicado el relato con gestos provocados por el horror y la abominación de lo contemplado. Pensaba, por la insistencia que ellas ponían en forzarle a explicarse, que pudiera existir alguna secreta complacencia, que enigmas existen en los espíritus que jamás llegaremos a desentrañar. Y aquellas damas bien demostrada me tenían su livianeza, aunque otra apariencia se esforzasen en mantener cuando se encontraban en el salón con Ethelvina.

Ya me rodeaban algunos servidores cuando llegó Teobaldo. El santo obispo permanecía arrodillado a mi lado, sumido en oraciones. También Teobaldo inclinó la rodilla tras comprobar que me hallaba con vida; resbalaron por sus mejillas las lágrimas y besaba mis manos y mi cara dando gracias a Dios por haberme salvado.

Mientras lamentaba el estado en que me encontraba y maldecía a los traidores y a nuestro mortal enemigo, mandó que una docena de soldados me trasladaran en sus brazos a la cámara, arriba, donde Ethelvina cuidó de que fuera acondicionado y atendido. Mas Teobaldo no permitió que me tocasen otras manos sino las suyas y las de nuestros guerreros, algunos de los cuales permanecieron en el aposento, apartados pero visibles, y con otros guarnecieron todos los accesos exteriores. Aun con gran respeto por su condición de mujer y de regidora, hizo ver a Ethelvina que mientras su señor permaneciese inconsciente cumplía a él mi salvaguarda, lo que entendió la señora, que respetaba a Teobaldo y le comprendía. No obstante extremó su celo, y en compañía de sus doncellas atendió al menor de mis cuidados. Los físicos y sanadores dictaminaron que no había daño alguno en mi cuerpo y que el reposo recuperaría mi espíritu y me devolvería a este mundo.

Lo que, afortunadamente para todos, sucedió por fin. Aunque todavía transcurrieran algunos días antes de darme cuenta de la tragedia, de la burla a que me sometiera aquel azote de Dios: tras humillarme y deshonrarme me había arrebatado a mi muy amada esposa, la santa Elvira, mi queridísima doncella. ¿Cómo pudo transformarse de repente, pues era débil y sutil, hasta dominar el tumulto e impresionar al demonio vikingo, al que sabía mi enemigo mortal, y llegar a contraer con él matrimonio? ¡Golpe funesto fuera conocer la historia! Dudaron en contármela, mas finalmente el obispo cumplió el que resultara el más penoso de todos sus deberes, que tanto me dolió su propio sentimiento como mi sorpresa, rabia y estupor. ¿Pues cómo consintiera ella desposarse con un tal salvaje? ¿Dónde quedaba nuestro amor?

Nunca existió caballero más infortunado que yo. Condensadas todas las desgracias en su plenitud se derrumbaban sobre mí. Atormentado por desconocer las razones de Elvira, me era incomprensible su determinación cuando existía entre ambos un secreto que nos ligaba para siempre. El santo obispo me contemplaba compasivo, e intentaba aliviar mi dolor con el reflejo balsámico de su santidad; me confortaba con santas palabras de Dios y de los Evangelios, de los sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, cuando en torno suyo se le derrumbó todo el mundo en que se había desenvuelto, pues era su dolor mayor que mi dolor ya que no hubo jamás otro semejante, ni lo habrá.

Resultaba posible hablar libremente, pues hacía días que los guardas de vista abandonaran la cámara donde me encontraba ahora sólo con el obispo. ¿Llegaba él a comprenderlo?

«Me doy cuenta cabal, mi señor, pues que conozco vuestro secreto, que me revelasteis durante vuestro delirio en la mazmorra. Y he cuidado que nadie más lo conozca: habéis perdido una esposa y un hijo.»

Demandé al obispo considerar la materia secreto de confesión y así lo hizo. Aunque no aclararlo contribuyera a que Teobaldo y otros me considerasen torpe.

Todavía se sucedieron muchos días antes de que se me permitiera abandonar el lecho. Atormentado por la sola ocupación de pensar, medir, pesquisar los móviles y motivos que desencadenaron los acontecimientos. Me di cuenta de la indiferencia de Ethelvina por la suerte de Elvira, aunque se mostrase amorosa en cuidarme. La tropa que saliera en persecución de Thumber regresó fracasada, pues nunca lo alcanzaron. Se habían llevado a Elvira con sus doncellas, y nada sabíamos.

¿Sería cierta la sospecha que me surgía? ¿Habría sido traición de Ethelvina? Me parecía leerlo en el fondo de sus ojos. Y capaz lo era, si ello servía a su ambición. Más todavía si lograba eliminar a su rival, como sospechaba Elvira. Dudas, horribles dudas que me laceraban sin que hallara explicación. Aunque no lograba unir la consecuencia entre el comportamiento de Ethelvina, si obra suya era la traición, y la decisión de Elvira, pues que con ello no solamente servía a los deseos de su madre, sino que revelaba un desamor hacia mí que me era imposible admitir. Pues nos unía el hijo que llevaba en sus entrañas, nuestro hijo secreto, al que lloraba ante el presentimiento de que jamás lograría conocerle.

La guarnición del castillo era numerosa. Ahora se incrementó por la llegada de Cenryc al frente de un millar de guerreros de nuestra mesnada. Se pusieron en marcha tan pronto les llegó la noticia. Cenryc hizo valer su autoridad para que Aedan, Alberto y Penda cubrieran los Pasos de Oackland con el resto de las tropas, pues todos querían acudir para reunirse con su señor, morir o perseguir a Thumber para vengarme, como estaban obligados.

Le contemplaba ahora, acrecentada su prudencia y sabiduría por los años, fuerte y vigoroso todavía, famoso guerrero cuya espada era justamente temida. Mostraba honda alegría al encontrarme salvo, por lo que me abrazaba y besaba y humedecía mis mejillas y manos con sus lágrimas. Mucho me confortó, pues seguía amándole como a un padre.

Enterado por Teobaldo de cuanto ocurriera quiso levantar mi ánimo y el de Ethelvina, informándonos de que contaba con una extensa red de espías en el Reino del Norte, a los que ayudaba el pueblo, que odiaba a los vikingos. Sabía que Thumber poseía un refugio para invernar en un lugar escondido y protegido de la costa, donde quedaban las tropas que no regresaban a su país. Raegnar le apreciaba, como es sabido, por la ayuda recibida para la conquista del reino. Cenryc estaba seguro de que se había marchado al refugio sabiendo que Avengeray, con toda la tropa, le perseguiría si se mantenía al descubierto y era localizado. No así en el secreto refugio, bien disimulado, donde los barcos quedaban ocultos desde el mar por unos promontorios que encerraban una profunda ensenada. Podíamos reunir la mesnada y atacarle para acabar con Thumber y su horda, y rescatar a la princesa.

Tan evidente era su propósito de infundirnos una ilusión como la dificultad de llevarlo a cabo. Pero se los agradecí, bajo promesa de considerarlo, y mucho insistí en que sus noticias me daban la vida. Lo que resultaba cierto, pues de nuevo retornó la esperanza, haciéndome resurgir desde las profundidades de mi cavilación.

Quedó Ethelvina cuando todos salieron. Nos contemplamos. Era el primer momento en que nos encontrábamos solos desde el suceso que nos atormentaba. Se me acercó amorosa y murmuró que, al existir esperanzas de recobrar a Elvira, levantase el ánimo, pues era llegado el momento de poner en marcha nuestro plan secreto, ya que todo estaba dispuesto, incluso la justificación de nuestra invasión. Difícil fuera encontrar motivo más convincente para levantar en armas a todo el Reino de Ivristone, unidos todos en espíritu. Debíamos contar con recuperar a Elvira, pues, caso contrario, de nada valdría sumirse en la desesperación, aunque siempre me ayudaría a olvidar con la inmensidad de su amor. Con Elvira o sin ella podíamos ser felices. Ahora tomaríamos ventaja de la ocasión para formar el País de los Dos Reinos y llegar a convertirme en el rey más poderoso del territorio.

Ethelvina era efusiva en sus besos y caricias mientras me hablaba, con la intención de contagiarme su entusiasmo y seguridad. Nos aguardaba una tarea ingente que bien merecía el esfuerzo de sobreponerme a la adversidad, pues que el final se nos ofrecía glorioso.

Me parecía que no deseaba la aparición de su hija, aunque disimulase y lo supeditara al futuro. En el fondo de su intención adivinaba sus ambiciosos proyectos circunscritos a nosotros dos, si bien nombrase a Elvira para tranquilizarme. O quizás los proyectos los concebía para ella sola, y me incluía como un colaborador imprescindible para lograrlos. ¿Estaría al fin en lo cierto Elvira, cuyas terribles sospechas consideré siempre producto de su debilidad e inocencia?

Volcánica y ambiciosa se me aparecía Ethelvina, poseída de pasión. A duras penas lograba contenerse, disfrazar el fondo de sus íntimos pensamientos, limitados en el punto que la astucia le aconsejaba para no poner en peligro su consecución. Aunque lo peor era, y ahora en la distancia del tiempo me doy cuenta, la desaparición de los ideales conforme al paso de los años, combatidos por la cruel disyuntiva de comer o ser comido. Cuerpo y alma, elegir era mi problema. Sostenía un combate supremo entre los instintos de mi cuerpo y las inclinaciones de mi alma, para descubrir con pesadumbre, y hasta con horror, que todavía era más fuerte la ambición que el deber mismo.

Estuve sumido todo el día en profunda meditación. Cuando apareció Ethelvina hube de reconocer que sus cuidados habían contribuido más que los de cualquier otro a fortalecerme y animarme. Le hice presente que era sospecha de la corte, así como de mis fieles tanes y aun no mintiera añadiendo que de mí mismo lo era también, que participara en la traición y fuera ella quien la acordara con Thumber. Nunca la encontré más convincente. Antes que impresionarse reaccionó más amorosamente que nunca, con la mayor expresión de sinceridad y dulzura en sus palabras. «¿Cómo pensáis tal monstruosidad, Avengeray? Lo comprendo en los demás, pero me duele escucharlo en vos. Si hubiera sido mi propósito mataros, Thumber no os hubiera perdonado. Olvidáis que yo os necesito y os amo más que a nada en mi vida. Creedme. Os soy fiel. Y os deseo. Quisiera permanecer siempre a vuestro lado. ¿Cómo podéis explicar tal sospecha?»

«Porque Thumber no obró como vos deseabais. No pensabais matarme, sino a Elvira.» «Volved en vos, Avengeray -replicó paciente y sin perder el tono dulce de su voz y el gesto amoroso, que me parecía más bella que nunca en aquel instante- Elvira no fue muerta, recordadlo. Y fue ella quien decidió el casamiento con Thumber. Quizás se dio cuenta de que no os amaba lo suficiente.» «No es así, sino que al creer que pretendíais matarme se sacrificó comprando mi vida con su matrimonio. Ésa fue la causa de que Thumber os traicionase, pues se ciñó a sus deseos y no a los vuestros. Lo que debíais sospechar desde el principio a poco que le conocierais.»

No se alteró su semblante, mas pareció meditar. Y pasados unos instantes dijo: «Voy a demostraros mi inocencia, Avengeray. Os juraré sobre los Santos Evangelios que ignoraba totalmente la traición y nunca tomé parte en ella. La maldición de Nuestro Señor Jesucristo caiga sobre mi alma si miento. ¿Me creeréis entonces?».

«Creeré. Pero el juramento debe ser hecho en la capilla, en presencia del obispo y mis fieles tanes Cenryc y Teobaldo.»

El semblante bello, sonriente y afable, no demostraba preocupación alguna aunque estuviese ocupada en cuestiones graves que afectaban al Estado y a su alma. «Lo haré, pues que me lo pedís. Pero algo debéis darme a cambio: un juramento secreto ante mí, sobre los Sagrados Libros: si una vez reconquistado el Reino del Norte no halláramos a Elvira, nos uniremos en matrimonio y seremos proclamados reyes de los Dos Reinos.»

Trajo los Evangelios e hicimos el juramento, que quedó entre los pactos secretos que presidían nuestras relaciones desde el principio. Informé al obispo y a los tanes de la jura que había de hacernos la señora. Una semana después tuvo lugar, cuando ya los médicos me autorizaron a abandonar la habitación. Satisfizo a los tanes, quienes mantenían su expectación sobre la propuesta que me hicieran de atacar el refugio de Thumber con nuestra mesnada, pues para nada contaban con las fuerzas de Ivristone. Me reclamaban, de tal modo, que olvidase los lazos que me ataban y me ocupase de nuestras propias obligaciones, a las que estábamos sujetos por el juramento hecho a mi padre, el rey, antes de morir.

Gran contento recibieron ambos tanes y el obispo cuando conocieron en presencia de Ethelvina y en reunión privada en la cámara de la señora, que no solamente recordaba el compromiso, que me era sagrado, sino que ni por un solo momento había dejado de procurar su mejor realización. Así, además de nuestra mesnada, contábamos con todas las fuerzas de Ivristone pues era la señora nuestra aliada, ya que tanto como a mí mismo le importaba recobrar a su hija.

Cenryc me abrazó emocionado y me confesó que su alegría resultaba más crecida que la de los demás por cuanto había sospechado que la blandura de la vida cortesana tenía relajados mis deberes. Comprobar lo infundado de la sospecha le reforzaba en el orgullo que sentía de hallarse ligado a un señor tan fiel para sus amigos como para sus enemigos.

Afrontadas las tropas y la escuadra que mandáramos construir, y los barcos aportados por los nobles, sólo importaba discurrir la táctica apropiada. Y como eran mis tanes expertos en concebir campañas guerreras, pronto maduramos un plan. No escatimaban su satisfacción al disponer de una tan numerosa fuerza, bien equipada y con abundante intendencia en depósitos de alimentos distribuidos por el país para subvenir a las necesidades de una tan grande concentración. Además, contarían los víveres que pudiéramos recoger sobre el terreno. Que no iban a faltarnos dentro del Reino del Norte, pues me aseguraba Cenryc la colaboración de los paisanos y campesinos, que nos aguardaban siempre como libertadores, pues jamás perdieron la esperanza de mi regreso, que era una leyenda entre aquel pueblo que recordaba su historia.

Dispuse que los dos millares de hombres concentrados en las proximidades del castillo fueran embarcados para atacar el refugio de Thumber. Mandamos desplazar tropas hacia los Pasos de Oackland y se enviaron mensajeros al genial Aedan, como cabeza de la mesnada, para que se procediera en la siguiente forma: reservada suficiente guarnición para custodiar los pasos, el resto debía adentrarse en el Reino del Norte al mando de Alberto y, emboscados por la zona montañosa, dirigirse al refugio secreto del pirata para cerrarle el paso hacia el interior del territorio cuando fuera atacado desde el mar. Llegado el momento, y a tal fin se dispuso la sincronización necesaria, podríamos atajarle desde un principio mediante un ataque simultáneo. Excusado quedaba recomendar gran secreto. Cenryc encareció mucho se valiese Aedan de la red de espías para propalar noticias convenientes, a fin de conseguir que el pueblo llano colaborase matando a los de Raegnar, para impedir que conocieran los movimientos de nuestra expedición.

A un tiempo, las tropas de Ivristone, compuestas por diez mil soldados, al mando de Aedan y Penda, avanzarían sobre el castillo de Vallcluyd, mas no tan deprisa que sorprendieran a Raegnar, a quien debían atraer sin perder nunca el contacto con nosotros, para entablar batalla cuando hubiéramos concluido con Thumber y pudiéramos situarnos a su retaguardia, para aniquilarle también con un doble ataque. Revisado el plan cuidadosamente, todas las órdenes fueron cursadas, con la esperanza de que funcionase eficaz y dentro de los plazos señalados.

Nos llegó desde Oackland la respuesta de Aedan: la mesnada se encontraba dispuesta y los mensajeros prontos, con suficientes relevos para asegurarnos la comunicación dentro del más breve tiempo posible, lo que resultaba vital en una campaña como aquélla.

Y finalmente llegó el día en que toda la máquina de guerra se puso en marcha. Ethelvina montó un palafrén y se situó, junto a nosotros, al frente de la tropa.

VIII

No fuera virtud de mi cálculo ni previsión. Tampoco mi querido Cenryc ni mi fiel Teobaldo lo destacaron: al igual que todos, lo dieron por supuesto. Tuvo que ser más tarde, al reunimos con Aedan cuando este genio ponderase el acierto de la invasión en aquellos momentos. Y no se debió a virtud, lo repito, sino a la circunstancia de que asaltara Thumber el castillo durante el inicio del otoño, cuando los otros ejércitos estaban concluyendo sus campañas, y al igual que el vikingo se encaminaran al refugio de sus cuarteles de invierno, para volver durante la primavera en procura de nuevas hazañas.

Resultó un acierto, según aprendimos, aunque dispuesto por el azar, atacar cuando las tropas se disolvían y los hombres retornaban a sus madrigueras, como los osos o las marmotas a sus agujeros, para soportar los restallantes latigazos del crudo invierno. Si bien la brevedad del tiempo disponible, con la amenaza de los intensos fríos, nos obligó a desarrollar un esfuerzo supremo para llegar al final antes de quedar atrapados por el hielo. En nuestro amado Reino del Norte era riguroso en extremo el invierno, por ser el septentrión del país.

Todavía el tiempo se desenvolvía con alternativas, pero se dejaba invadir por las nieblas. Algunos cordonazos presagiaban a los marineros el tiempo que aguardaba en próximas vísperas. Así lo entendían las gaviotas, los alcatraces y los cormoranes, que ya no volaban hacia el interior del océano, sino que se mantenían próximos a la protección de los acantilados, donde levantaban sus chillidos y peleaban por un agujero. Navegábamos cerca de la costa, en previsión de que se desatasen las furias marinas. Entendía también que resultaría más difícil localizarnos desde el refugio de Thumber si llegábamos a su proximidad costeando.

El asalto lo teníamos planeado con precisión, gracias a los informes de los espías. Así lo aprobaron Cenryc y Teobaldo, el obispo y los nobles que nos acompañaban con las tropas de Ivristone. Ethelvina también lo hallaba satisfactorio.

Dispuse que Alberto, situado con la mesnada en el interior, después de cruzar el territorio por las montañas, atacase el lugar con las primeras luces del alba para atraer sobre sí la horda entera de los vikingos. Entonces penetraríamos en la bahía escondida tras los promontorios, en tres secciones. Al mando de Cenryc la primera, se dirigiría al fondeadero donde arrojarían sobre sus barcos barricas de ligeras duelas de roble, que reventarían al estrellarse sobre el maderamen de la cubierta, para incendiarlos con antorchas arrojadas por los que le seguirían.

Funcionó con perfección, pues en muy breve tiempo aquellas naves que habían surcado tantas veces el océano, crepitaron bajo el diluvio de llamas que había de tragárselas. Imagino que aquellos bandidos, si tenían corazón, sentirían una opresión de muerte al contemplar la hoguera, pues nada ama tanto un vikingo como sus barcos.

La segunda sección se dirigió al poblado, y usando el mismo artificio incendiaron todas las construcciones, que eran de madera, abandonadas precipitadamente al acudir a defenderse contra el ataque de la mesnada al mando de Alberto. Batalla que entablaron muy reciamente no más lejos de dos millas al interior.

Supe después que de las casas escaparon las doncellas que trajeron cautivas, robadas como esclavas en los territorios que invadieran. Huyeron con terror en los ojos y el pánico en las gargantas. Ethelvina se ocupó, con ayuda de su escolta, y el obispo, en recogerlas y llevarlas a un extremo del campo, donde no se mezclasen con las tropas.

Juntamente con ambas acciones paralelas desembarcamos la hueste y nos dirigimos al interior, donde atacamos por la retaguardia a la horda salvaje que se enfrentaba a Alberto. Debían seguirnos los soldados al mando de Cenryc y Teobaldo en cuanto concluyesen sus tareas.

Jamás presencié otra semejante entre las mil batallas en que combatí. Eran los salvajes guerreros como osos, fornidos, vestidos con cascos de cuero o de hierro, cubierto el cuerpo de pieles, embrazado el escudo redondo y pequeño, manejado con tal habilidad que lograban cubrirse por entero. Como las lanzas fueron arrojadas contra el enemigo en la primera embestida, luchaban ahora con la espada o con el hacha, hombre contra hombre, pues había pasado el momento de usar las flechas.

La desesperación de aquellos salvajes testimoniaba que se habían percatado de su situación. Vislumbraron el incendio a sus espaldas, los barcos y el poblado convertidos en antorchas, enfrentados a un ejército que les igualaba en bravura, rodeados ahora por toda la mesnada, enemigos de tantos años. Se dieron cuenta de que era llegado el momento de morir. Mas no desmayaron: antes bien se les acrecentó el valor.

Tan superiores en número les éramos, que mantuvimos en retaguardia las tropas de Ivristone sin entrar en liza, por si eran necesarias. Al serles imposible escapar, las pruebas de coraje eran tantas como acciones emprendía cada guerrero. Pues al saberse perdidos vendían sus vidas con desprecio, hasta el instante en que se les escapaba el último aliento por la punta de la espada de un enemigo. Nuestros guerreros les perseguían con júbilo, pues en valentía les igualaban, y por vez primera en tantos años de enfrentamientos habíamos conseguido cercarles, reducidos a una situación en que no les quedaba otra posibilidad que la de morir.

Todos deseaban acabar gloriosamente. Fueran de ver las maravillas que sobre aquel campo de muerte se realizaron. Me humillaría mermar los elogios que merecía aquella horda pagana, enemiga de tantos años, que ahora sucumbía orgullosamente, pues que su gloria aumentaba la nuestra. Cada uno de mis mesnaderos luchó como un rey. Cenryc y Alberto incrementaron su fama, pues dejaron en retaguardia la tropa de Ivristone y acudieron al combate. Por nada del mundo se privarían del honor de acabar con aquella odiada y perseguida horda, por la que siempre habíamos sentido admiración. Hasta que, tras muchas horas de combate, sucumbió el último vikingo. Setecientos piratas fueron contados. Y trescientos nuestros muertos. A los que lloramos lágrimas amargas. Por todos ellos, bandidos y mesnaderos, hicimos grandes ceremonias, como se debe honrar a los valientes.

Sólo empañaba nuestra gloria y satisfacción no haber encontrado a Thumber. Por las doncellas cautivas supimos que el rey vikingo había zarpado una semana atrás y llevó consigo a Elvira y a sus doncellas, a las que todos respetaban y trataban con dignidad real. Le acompañaron treinta velas. Pensaban invernar en su reino, dejar allí a Elvira y regresar en la primavera.

Noticia cruel que todos deploramos. Hasta Ethelvina mesó sus cabellos con desesperación, sin ocultarse ante los hombres, aunque era la primera vez que manifestase en público unos sentimientos de dolor, con ser tan naturales. En muchos momentos después pensara yo si lo eran, en verdad, para ella. Hubo que consolarla, y los nobles de Ivristone, también nosotros, tuvimos cuidado hasta que se sobrepuso. Su duelo nos era justificado, pues la marcha de Thumber significaba perder definitivamente a Elvira. Tanto era el dolor que reflejaba Ethelvina como el mío. Toda la tropa se lamentaba, por la desgracia que ensombrecía la victoria. Triunfo que hasta los soldados de Ivristone consideraron justo, aun cuando no hubiesen participado en el combate, pues entendieron que era la revancha y venganza merecida por nuestros hombres, después de tantos años de perseguirla.

Triste nos resultó la jornada, pese al éxito rotundo. Aunque nos proporcionó la satisfacción de ver reunida la mesnada. Sólo nos faltaban Aedan y Penda, a quienes confiábamos encontrar pronto. Nos abrazamos todos. Recibir al valiente Alberto me llenó de júbilo.

Despachamos correos a Aedan y Penda para informarles del feliz resultado de la batalla, y nuestro llanto por no encontrar a Thumber y haber perdido a Elvira. Les prometimos reunimos con rapidez. Cabalgaríamos día y noche. Concertaríamos durante la marcha el lugar de reunión y el momento, para atraer a Raegnar con sus tropas donde nos fuera más conveniente. Urgía, antes de que nos paralizase el invierno.

A algunos heridos hubimos de obligarles a reembarcar, pues no querían abandonar la mesnada. Repuesta de su dolor, Ethelvina organizó el regreso de los barcos, que llevaban a las doncellas cautivas, quienes soñaban alcanzar sus hogares.

Por tierra nos siguieron los carros con la impedimenta. Conforme nos adentrábamos crecía nuestra confianza. Acudían los paisanos a recibirnos con muestras de su alegría por nuestra llegada, y nos animaban a exterminar a los opresores, los odiados danés, Raegnar y sus nobles, verdugos y asesinos de nuestro pueblo. Me reconocían legítimo heredero de su amado señor, y me pregonaban rey coronado. Era Ethelvina quien durante el viaje tenía a su cargo la custodia del cetro y la corona, quien la mostraba al pueblo que la aclamaba. Los paisanos y campesinos quedaban con la impresión de haberles llegado la liberación y su soberano, cuyos símbolos podían contemplar con sus ojos, inundados de lágrimas. Los jóvenes nos pedían armas y alistarse en nuestras filas. Un clamor de victoria y júbilo que a todos nos transía de emoción.

El pueblo vigilaba la presencia de espías enemigos, a los que colgaban de los árboles a la orilla de los caminos. Impedían así que Raegnar conociera nuestra situación. Nuestros propios exploradores podían llegar exhibiendo el sello que les garantizaba. Magnífica organización la de Cenryc. Nos ofrecían tal cantidad de víveres que sólo tomábamos los que pudiéramos necesitar, ya preparados en carros, conducidos por sus propios hombres, que venían a engrosar la tropa. Pronto sumaban cinco mil los que cabalgábamos, otros a pie, camino de la reunión con Aedan y Penda y sus diez mil soldados de Ivristone.

Cuando llegamos por las cercanías nos alcanzó un mensajero de Aedan y Penda. Traía el plan concebido por el primero para enfrentarnos a Raegnar, que cabalgaba con doce mil soldados en pos de ellos, quienes le confundían con hábiles maniobras para ganar tiempo a la espera de nuestra llegada. Tan perfecto resultaba como cabía esperar de su reconocida genialidad militar.

Maniobramos oportunamente y cuando Raegnar, ignorante de nuestra posición, vino a percatarse, se hallaba en el centro de una gran llanura, con dos ejércitos que le acosaban en orden de batalla, uno al frente, el otro a su retaguardia. Se encontraba cercado. ¿Sabría que Thumber no acudiría en su ayuda, a pesar de haberle enviado mensajes en solicitud de apoyo? ¿Era consciente de haber sido superado? ¿Se les acrecentaría el ánimo ante la dificultad, como los salvajes que sucumbieron gloriosamente en el refugio, o por el contrario se les helaría la sangre?

Mas, danés eran en cualquier caso: sangrientos y temidos enemigos establecidos veinte años en nuestro reino. Viejo decaía ya Raegnar, perdidas las virtudes que antaño le valieran fama, díscolos sus nobles, anarquía por doquier. Cada señor explotaba, avasallaba y robaba, ávidos de riquezas, poseedores de inmensos tesoros. Mientras el pueblo miserable era atacado y diezmado por sus tiranos, expoliado como enemigo. Muchos eran los nobles, paisanos y hasta religiosos, que no pudieron soportar la ignominia de semejante esclavitud, y organizaron bandas con las que se refugiaron en los bosques. Para subsistir asaltaban a veces aldeas y haciendas, robaban cosechas y mujeres. Un país sometido al bandidaje, a la depredación constante, sin gobierno y sin ley, donde hasta los amigos se convirtieron en verdugos.

Grande era el número de combatientes, pero la batalla no fue gloriosa. Raegnar emprendió la huida con quinientos caballeros, en busca de la seguridad de los muros de Vallcluyd. Los guerreros danés lucharon furiosamente hasta sucumbir. Pero los soldados, reclutados entre los campesinos, abandonaron las armas y huyeron. Muchos se nos entregaron. De tal modo pronto acabó la contienda. Que nos dejó el dulce sabor de la victoria y la amargura de un enemigo cobarde que nos privó de la gloria de un combate singular, que no merecía menos la conquista de mi reino. Me humillaba recuperarlo contra un felón, cobarde y traidor como me parecía Raegnar, que abandonaba a todo un ejército. El encuentro con Aedan y Penda nos colmó de alegría, mas no fue suficiente para calmar mi tristeza y mi ira. Tampoco los consuelos de Ethelvina cuando nos reunimos en la tienda. Intentó coronarme, colocando sobre mis sienes la pesada corona que me entregó mi padre, mas la rechacé. Quería recibirla con gloria; no la tendría hasta derramar con mi espada la sangre de Raegnar, que corrió a esconder su cobardía tras los muros de un castillo.

Acudieron los cinco valientes tanes y el obispo. Alegre era la ocasión a pesar de mi tristeza. Todos se lamentaron de la huida de Raegnar, de la ausencia de Thumber y la pérdida de Elvira. Ethelvina aparentó agradecerles su preocupación por la princesa, mas el corazón me estaba diciendo que se alegraba.

Reunidos todos, examinamos la situación. Los informes del castillo revelaban que a lo sumo se encerraban allí un millar de hombres. Decidimos dirigirnos a Vallcluyd para el asalto. Todos conocíamos bien y sabíamos que Raegnar lo había reconstruido. Importaba presentarse antes de que pudieran reforzar las defensas o acumular mayores tropas.

Hicimos piras con el millar de muertos enemigos, sin honores, que no merecieron. Honramos, en cambio, a los que sucumbieron en nuestra defensa, que apenas contaban cien. Tan deslucido resultara el encuentro que apenas si algunos valientes guerreros tuvieron oportunidad de morir.

De camino tratamos con Aedan sobre el asalto al castillo. Al ser danés el millar de defensores, afectos a su rey, lucharían hasta la muerte. Y el tiempo caminaba rápidamente hacia el riguroso invierno, que nos obligaría a suspender la campaña si para entonces no estaba concluida llegaron bandas armadas de hombres que permanecían en los bosques, paisanos que acudían desde sus poblados, deseosos todos de luchar contra sus opresores, que era unánime el grito y nos consideraban libertadores. Avisaban a otros grupos y otros poblados, y todos engrosaban la tropa. Otros caminaban a marchas forzadas, por distintos senderos, en dirección a Vallcluyd, que concitaba todos los odios.

Cuando llegamos a la llanura donde se asentaba el castillo ya en el bosque cercano trabajaban sin descanso millares de hombres en el corte de madera, atando gavillas, acarreando el material; y multitud de calderas derretían grasa y pez. Todo el pueblo voluntario colaboraba en la lucha contra el invasor enemigo, escondido tras los muros, al acecho, agazapados, no sabemos si con el temor que causa la contemplación de las multitudes enfebrecidas por el odio, como un hormiguero que avanza.

Cierto que los danés eran bravos. Pero la vista de aquel hervidero humano que ya alcanzaba los veinticinco mil hombres, con los pertrechos abundantes y la participación del pueblo, habría de mermarles la confianza de resistir. El espectáculo de todos los vasallos levantados contra sus verdugos, que nos acogían y ensalzaban como su legítimo rey, nos llenaba de orgullo y confianza. Todos conscientes de que aquélla era una lucha contra el invierno, más temible que el mismo enemigo.

Se imponía un asalto fulminante, pero bien organizado, capaz de romper la resistencia del millar de guerreros danés apostados tras los fuertes muros. No era tarea fácil, pero nuestros seguidores lo convertían en posible. Nos infundían valor con su trabado y entusiasmo.

Construimos con brío torres de ataque sobre ruedas, amplias de base, que pudieran ser arrastradas hasta las murallas, y convertirlas en plataformas a la altura de las bien almenadas torres. En tanto número que hicieran posible atacar el perímetro en toda su extensión, para lograr la dispersión de los mil defensores, lo que les debilitaría. Nuestra abundancia de tropas lo permitía. Desde allí inundaríamos al enemigo con dardos, arcos y ballestas, y teas para incendiar la pez y la grasa que les sería llovida por catapultas, de modo que los defensores se vieran imposibilitados de rechazar a los que saltasen sobre el muro.

Se construyeron cobertizos para que los guerreros llegasen al pie de la muralla y de las puertas protegidos contra las armas arrojadizas y el fuego, para manejar arietes contra las poternas y entradas del castillo. Dispusimos un par de ellos de gran peso y envergadura contra la puerta principal, que era de gruesa madera claveteada de hierro.

Todos entendíamos que no quedaba tiempo para usar zapadores que derribaran lienzos de la muralla, tarea pesada y lenta que no permite trabajar a multitud de hombres al mismo tiempo. Tiempo, lo único que nos era limitado y escaso.

En una semana ultimamos los preparativos. Las tropas y el pueblo dispuestos al asalto. Las torres, situadas alrededor del castillo, representaban la gran amenaza. Las catapultas, instaladas también en torno, levantaban su gigante brazo terrible, con gran acopio de gruesas piedras y barricas. Los arqueros y ballesteros provistos de inagotable provisión de saetas. Cada guerrero con resuelto ánimo y las armas prontas. En todos imperaba la determinación de iniciar el combate y concluirlo con la rendición o la muerte del odiado enemigo. Nadie confiaba en que se entregasen. Tampoco nosotros estábamos dispuestos a perdonarles la vida. Y los sitiados, con Raegnar a la cabeza, debían de adivinar que les era llegada la última hora, desesperanzados de resistir la tormenta que se les presentaba ante los ojos.

Imposible resulta narrar aquella lucha. Todos, paisanos y guerreros, fuimos asaltantes. Pero la gloria de pisar los primeros la muralla se reservó a nuestra mesnada. Se llevó el asalto con tal intensidad, y en forma tan organizada y continuada, a lo largo de todo el perímetro, que los defensores eran insuficientes para cubrir todo el frente. Las torres ofensivas tan numerosas, su dotación de arqueros y ballesteros tan considerable, que superaban a los defensores, que no encontraban amparo ni siquiera en las almenas, heridos por todos los ángulos. Esto hizo posible que nuestra mesnada pusiera pie sobre la muralla, y sorteando los incendios provocados por el material arrojado mediante las catapultas, se iniciara la lucha dentro de la fortaleza. Cuya puerta cayó abatida ante el impulso de los arietes, y del mismo modo se destruyeron las poternas. Una riada de guerreros penetró por las brechas que abrieron los paisanos hasta el patio central. Aunque multiplicaron su valor, los defensores eran impotentes para contener tal avalancha, acosado cada uno por diez aguerridos atacantes. Todos realizaron proezas. El mismo escenario de nuestra derrota, cuando murieron mi padre y sus amigos, se convertía ahora en palenque de nuestra gloria, donde quedaría purificado nuestro mancillado honor.

Todos los guerreros eludieron enfrentarse a Raegnar: recibieron mi orden de hacerlo. Incluso Aedan le encontró durante la lucha y con el solo intercambio de algunos golpes defensivos le dejó. Lo mismo aconteció con Teobaldo y Cenryc. Cuando le tuve frente a mí, me rebosaba el corazón ante el anuncio del final de una espera de veinte años.

Cubierto con el escudo, Raegnar empuñaba firmemente la espada. Aparecía erguido entre la multitud de combatientes que se prodigaban acometidas a nuestro alrededor. La lucha se decantaba a nuestro lado. El final nos sonreía feliz, aunque sangriento, pues gran mortandad reinaba sobre la fortaleza, donde nadie esperaba cuartel. El odio de los atacantes quebrantaba la resistencia de los defensores, mas no les disminuía el valor, que sólo cedía ante la muerte. Y a fe que todos la tuvieron gloriosa. Murieron como héroes.

En viéndome, Raegnar adivinó que se enfrentaba al legítimo heredero del reino que usurpaba y maniobró despacio para hacerme frente, mientras me estudiaba. Quizás en sus ojos pudiera leerse la determinación de los desesperados, pero no tenía tiempo de averiguarlo. «¡Prepárate a morir!», le grité con rabia macerada durante muchos años, en mis pupilas la visión de aquella trágica jornada en que, niño aún, abandoné el castillo donde sucumbiera mi padre, el rey. «¡Soy mi propio paladín para vengar al rey, mi padre, que no fuiste capaz de matar con tu propia espada!»

Raegnar era viejo, mas un viejo demonio de resistencia y habilidad. Ensayó todos los trucos y los secretos aprendidos en larga vida de combates. Impensable fuera que se ajustase al código de los caballeros cristianos. Pero me encontraba acostumbrado a lidiar contra paganos, y aunque poderoso no alcanzaba en astucia y experiencia a Thumber, el gran ausente, al que hubiera preferido enfrentarme en tan gloriosa jornada. Y aunque cada golpe de Raegnar arrancaba un trozo de mi armadura y abollada mi escudo, y brotaba mi sangre por gran número de heridas, por fortuna ligeras, finalmente mi furia acabó debilitando sus fuerzas. Cuando logré arrinconarle quedó contra el muro: desde allí me contemplaba, la espada hacia el suelo, el escudo caído, sin fuerzas. Pero sus ojos no solicitaban clemencia ni reflejaban el estupor que debe de sentirse ante la muerte. Al contrario, me aguardaba sereno, desafiante.

Alcé la espada y de un solo golpe hendí el casco y la cabeza se partió en dos mitades hasta los hombros. Con este tajo, que era el postrero de aquella lucha, descargué mi alma del odio que la aprisionaba. Pues desde aquel instante y durante el transcurso de mi vida imperó en ella la serenidad y la prudencia debida a un rey, y fui gobernante y regidor, olvidado de las fuertes pasiones que me condujeron hasta aquel momento supremo de mi existencia.

Me senté un momento y cerré los ojos para encontrarme a mí mismo. Pienso que es el ánimo el arma maravillosa que adapta al hombre ante las circunstancias.

El clamor de las tropas y los paisanos se levantó sobre el atardecer, reflejado sobre las nubes el incendio de la fortaleza, con lo que el cielo y la tierra fulgían tintos en rojo, de fuego y de sangre. Ascendí hasta la torre del homenaje, seguido por mis valientes tanes más Ethelvina, que siempre era acompañada por el obispo. Contemplamos el castillo a nuestros pies, la llanura, las tropas y paisanos, el bosque, el cielo incendiado por el reflejo de las llamas que ya se afanaban en apagar después del clamoreo de la victoria.

Tan intensamente como se dedicaron a destruir se aprontaban ahora a reparar los daños, despejar escalinatas y murallas, arrojar fuera cuanto estorbaba después de la batalla.

La antigua enseña del reino ondeó en el mástil. Los ojos estaban inundados al tiempo que los brazos se cerraban sobre el amigo en interminables, apretados abrazos.

Cenryc lloraba, arrodillado para agradecer al cielo nuestra ventura, reconocido por haberle concedido vida para ver cumplido el juramento hecho a mi padre, el rey. Cuyo espíritu debía encaminarse a la palestra donde se celebraban los incruentos combates de los héroes que como él mismo vagaban en espíritu por las praderas florecidas de la inmortalidad.

Los mensajeros llevaron la feliz nueva a todos los confines del reino. Se convocó a los nobles, a los sacerdotes del rey, abades principales, obispos, cabezas de la iglesia, a los diputados de los distritos, representantes gremiales, a todo lo largo y ancho del país. Nunca los opresores les concedieron la autoridad tradicional que les correspondía. Pero ahora les quedaba restituida y debían ser llamados para preguntarles si me aceptaban por rey. De todas las bocas escapó un jubiloso clamor que me proclamaba heredero, legítimo Rey, Señor y Regidor del Reino.

Quise, en la primera ocasión, cumplir una promesa que me tenía hecha a mí mismo, y fuera la primera disposición que tomé: nombrar a Penda obispo de Vallcluyd: deseaba que fuera él quien me coronase. Sabía que representaba la gran ilusión de su vida, y así me lo testimonió de rodillas, abrazado a mis piernas, mientras derramaba tiernas lágrimas. Nuestro obispo innominado revistió a Penda y le consagró con satisfacción, pues que él era conocedor de estas ilusiones y promesas, y nadie lo merecía con mayor justicia que mi fiel tane.

Tuvo lugar la coronación después de la Asamblea. Las manos consagradas de Penda colocaron sobre mi cabeza la pesada corona recibida de mi padre, el rey, y el cetro en mis manos. Le ayudaba el obispo innominado. Todos los presentes lloraban de emoción. Mis tanes vinieron, al concluir la ceremonia, para renovarme el juramento. Allí mismo, sobre el altar, concedí a todos ellos el título de aldormanes; cada uno gobernaría sobre una quinta parte del reino, que sería señalada después.

Finalizado el ritual llamé a Ethelvina. Avanzó majestuosa hasta las gradas del altar, con todo el esplendor de su belleza. Desde allí proclamé que iba a celebrarse nuestro matrimonio. No hubo vítores ni júbilos por lo sagrado del lugar, pero un murmullo de aprobación se extendió sobre los asistentes. Siempre con la ayuda del obispo innominado, Penda llevó a término nuestra unión.

Convertida ya Ethelvina en mi reina, vuelta para recibir la sumisión y parabienes de los presentes, que representaban al reino, vine en anunciar que en adelante nuestro reino y el de Ivristone quedaban fundidos, que pasarían a denominarse los Dos Reinos. Y que en virtud de la autoridad que el cielo me había conferido nombraba a mi fiel y prudente Cenryc Oficial Mayor de los Dos Reinos, que sería el cargo mayor después del rey; Aedan vino a convertirse en Gran Senescal de Guerra; Teobaldo en Gran Chambelán para armonizar el gobierno de los dos reinos fundidos; y a Penda prometí, para cuando tomase las órdenes, nombrarle arzobispo primado de los Dos Reinos, para lo que solicitaría la aprobación de Roma.

Constituí el Consejo del Reino, al que por derecho pertenecían mis cinco aldormanes y el obispo innominado, amén de otros nobles que ya designé desde aquel instante, pues se hallaban presentes, más otras personalidades cuyo nombramiento se anunciaría más tarde.

Concluyeron finalmente las fiestas, que fueron espléndidas. Todos mis vasallos rivalizaron en proveernos de víveres, contribuyendo con largueza, testimonio del gran gozo que les embargaba. Y cuando se ausentaron camino de sus hogares, pues el invierno amenazaba y muchos tenían por delante largas jornadas hasta su destino, nos quedó la tarea de reorganizar la paz.

Ethelvina no manifestó gran intensidad de sentimientos por el logro de sus más caras ambiciones. Siempre tuvo gran dominio. Pero había en ella un renovado ardor durante nuestra intimidad. Libremente expresaba allí el regocijo de su espíritu, vencida una tenue barrera de pudor o de cálculo, que con Ethelvina nunca se estaba seguro, que hasta entonces atemperase sus ambiciones. Sentirse Reina de los Dos Reinos le colmaba de dicha tal que sin pretenderlo, o proponiéndoselo, me transmitía la violencia de su propia felicidad. Pues esta superación de su propio placer y el mío no la conocía hasta ahora. Y aunque me quedaba sometida por amor, parecía saturada de una ambición con límites. Que todo lo tuviera siempre controlado y meditado, enemiga de improvisar: su límite era la cima, pues aspiraba a alcanzar la cumbre que se ofrecía ante sus ojos.

Reconozco que era impulsora y artífice de nuestro poder: suya era la creación de los Dos Reinos. Conseguido ya el título de reina tan ansiado, se extendía en concebir nuevos planes. Nuestro viejo país se encontraba distribuido en cinco reinos. En los tiempos antiguos fueron sus primeros pobladores los armoricanos, venidos desde sus tierras del otro lado del mar, que se establecieron en el sur. Acudieron posteriormente los escitas, aconsejados por los escotos que poblaban la Hibernia, otra isla cercana. Se instalaron en el norte, donde nos encontrábamos ahora.

Tiempo después, tanto se multiplicaron los escotos que debieron procurarse nuevos territorios: vinieron a tierra de los escitas, y se impusieron por ser mayor su número. Y para contentarlos, ya que solo vinieron hombres en la nave, les entregaron mujeres.

Soñaba Ethelvina con reunir todo el país, fundirlo en un solo reino, del que tendríamos cetro y corona. Nos convertiríamos en emperadores. Pero esto requería cuidadosa y paciente planificación. Comenzar por la invasión del Reino del Sur, cuyo viejo y débil rey constituía un peligro para la seguridad de nuestras fronteras, como ya conocíamos por experiencia. Tan vulnerables éramos allí que quedábamos a merced de las hordas vikingas. Además, la debilidad de aquel reino incitaba a los otros dos, que soñaban con anexionárselo. Lo que constituía un desafío y una amenaza. Debíamos emprender la conquista en la primavera, para lograr los Tres Reinos, y tomar la delantera a los otros dos reyes rivales.

Como todavía no era momento de reunir al Consejo, comenzamos informando a los cinco aldormanes y al obispo innominado, ya que habrían de llevar la responsabilidad de la campaña. A todos entusiasmó Ethelvina, a los que prometió más riquezas y tesoros, superiores a los conseguidos hasta entonces, con ser cuantiosos los acumulados por los danés, ahora nuestros. La financiación la teníamos asegurada, unidos los recursos de Ivristone y los del norte, amén de los tributos y cooperación de los nobles, que nos la debían según las leyes, los usos y costumbres. Sobre lo que no existía dudas, visto el amor que nos demostraban. No se atreverían a oponerse a ninguno de los dos reyes, siendo tan considerables nuestros recursos y nuestra fuerza. Y si lo hacían, sucumbirían sin remedio.

Algún día después nos solicitó audiencia el obispo innominado. La concedimos de inmediato, como usábamos con nuestros amigos. Con gran serenidad y determinación expresó la idea de no continuar por más tiempo en Vallcluyd, y rogaba le entregáramos las cartas de presentación pues deseaba ir a Roma a solicitar el pallium, como tenía planeado de antiguo. Se las prometimos y se dispuso fueran redactadas, pero insistimos en que sería nuestro deseo esperase todavía, y Ethelvina porfiaba graciosamente para convencerle, pues que en la primavera habríamos de emprender la nueva campaña.

Fue entonces cuando pareció reflexionar, y finalmente dijo: «Mis señores: vuestra guerra no es mi guerra. Vuestros senderos terrenos os llevan por camino diferente al que debe recorrer un alma consagrada al servicio de Nuestro Señor Jesucristo. Mis pecados son grandes y pienso que ellos han traído la desgracia para algunos seres que me son muy queridos. Deseo ir a Roma en peregrinación para lavar mis culpas, recibir el pallium de manos del Papa junto con su perdón, si soy digno de una recompensa tal, y consagrar el resto de mis días a encontrar a Elvira, para remediar mis errores y presentarme limpio de toda culpa ante Nuestro Redentor, el día que me llame a su lado».

Partió algunos días después, pese al hielo, pues no deseaba demorarse más; antes bien parecía gozarse del sacrificio y riesgo que le imponía el rigor del invierno.

Yo creía adivinar la razón de su prisa por abandonarnos. Aunque implicaba un reproche, lo amaba. No podía olvidar que era el único hombre al que consideraba bendito, envuelto en el resplandor que iluminaba su figura, con la premonición de un destino en el que había estado incluido, o continuaba estándolo, que ahora lo ignoraba, mientras le veía alejarse. Pensaba que si mi predestinación estaba cumplida hora sería de que partiese; si contrariamente se hallaba incompleta, Dios dispondría lo necesario para que volviéramos a encontrarnos. Nadie podía adivinar el futuro, incierto siempre e ignorado. Ethelvina no parecía dudar. Respetaba al obispo a través de mí, pues conocía mi devoción por aquel santo hombre, lo que influía para que expresase su enojo con sólo las palabras de obispo ingrato. Le satisfacía decidiera ausentarse, pues no le gustaba el tono crítico y de reproche que nos había dirigido.

Cuando me sentía triste o preocupado, Ethelvina me decía lamentar como madre el destino de Elvira. Pero escogiera por libre voluntad unirse al rey pagano, de lo que no podíamos culparnos. Encontrábase ahora en su reino, distinguida con tratamiento real, según sabíamos por las esclavas rescatadas en el refugio. A nosotros sólo cumplía gobernar nuestra existencia y apurar nuestro destino, como ella hiciera con el suyo. Si se excluyera por propio deseo, ¿quién podría reprocharnos?

Ethelvina tenía la virtud de sosegar mi espíritu con sus razones. Ignoraba que Elvira llevaba en sus entrañas un hijo mío, y que este recuerdo poblaba de pesadillas algunas de mis noches. En el fondo de mi alma quedaba una perenne interrogante sin respuesta. Una desazón. Una inquietud.

Invadimos el sur en la primavera. Tan simple se auguraba la campaña que no cabalgué al frente del ejército. Lo hicieron Aedan y Alberto; en sólo dos encuentros derrotaron y mataron al rey, y el reino quedó sometido. No sin gran dolor nuestro, pues sucumbió Alberto por una herida recibida en el costado, inferida por un simple peón que le atacó por la espalda cuando tenía trabada contienda con un caballero enemigo. Ignominiosa hazaña la del peón. Jamás he lamentado tanto un triunfo, al privarme de uno de mis queridos aldormanes. Le tributamos todos los honores que son debidos a los héroes.

En el verano visitamos el nuevo reino para ser reconocidos en aquella corte como Reyes de los Tres Reinos. El proyecto de Ethelvina caminaba hacia su cumplimiento.

Permanecimos un mes en el castillo de Ivristone. Mi reina Ethelvina no cesaba de planificar la paz y discurrir mejor ocasión para la guerra. Meditaba ahora un sueño definitivo: el País de los Cinco Reinos. Y aunque el empeño consumió bastantes años, lo conseguimos.

Pero antes de ser consagrada emperatriz se sintió acometida de repentina enfermedad. Cuantos físicos, alquimistas y astrólogos fueron reunidos, resultaron incapaces para conservarle la vida.

Despidióse de mí con un beso furioso y salvaje, en el que empleó, sin duda, las energías que hasta entonces había conservado, pues en el arrebato de pasión dejó la vida.

Con sus últimas palabras me expresó el orgullo de haber culminado su obra, aunque no le fuera permitido gozarla, pero quedaba yo como Señor y Rey de los Cinco Reinos.

No mencionó a Elvira.

En estos últimos años no había sido pronunciado su nombre en nuestras conversaciones.

IX

Desde la perspectiva del tiempo, al contemplar nuestros actos encontramos iluminados los ángulos que antaño quedaron en penumbra, y cobran nueva significación.

No me causó dolor la desaparición de Ethelvina. Me doy cuenta de que este reconocimiento merma mi cualidad humana, mas fuera falso si dijere lo contrario. La realidad es que con los años extrañaba más la falta de su hábil consejo de regidora que las caricias de amante. Pues llegué al convencimiento de que nunca se comportara como una esposa.

Muy al contrario ocurría con el recuerdo de la dulce Elvira. Cada vez más persistente a través del tiempo, se me revelaba muy hondo el sentimiento de la ausencia, el dolor de la evocación. Mis estancias en el castillo de Ivristone tornábanse en calvario, pues cada piedra me hacía revivir los momentos que laceraban mi alma. Remordimiento por haber renunciado a ella. ¿Y qué podía hacer si se convirtiera en esposa de otro hombre, mi peor enemigo, por propia voluntad? ¿O existieron otras razones? ¡Oh, enigma angustioso que nunca me abandonó!

Las dudas me impedían el sueño y me arrebataban el sosiego. Y con los años se incrementaban. ¿Nacería nuestro hijo? ¿Viviría? ¿Cuál podría ser su vida? ¿Y la de Elvira? ¿Habría comunicado a alguien el secreto? ¿Lo conocería él? Tantos años transcurridos, tantas preguntas sin respuesta, tantas horas para incrementar la angustia, sin confiar a nadie mis sentimientos, pues todos los vivos tenían olvidado cuanto ocurrió. Mantenerme terco en la soltería, a pesar de la insistencia de todos, lo imputaban al amor, siempre vivo, de Ethelvina, la reina que ellos conocieran. El tiempo llega a sedimentar en nosotros un fondo insondable de ausencias, y cada uno que se marcha nos hace morir un poco: si nos entretenemos en la madeja del pasado ya hemos comenzado a morir del todo. Se imponía utilizar el recuerdo para encontrar energías con que afrontar el presente y caminar hacia el futuro, flecha que nos proyecta en la vida. Aunque, a veces, resulte amargo.

¿Qué diría de la muerte de mis fidelísimos y queridos aldormanes? Cada uno llevó consigo un trozo de mi alma. Los afanes expansivos de Ethelvina condujeron a la muerte primero a Alberto, unos años más tarde a Aedan. Ellos me entregaron unido el País de los Cinco Reinos. Convirtieron en realidad el sueño de cuantos reyes me precedieron. Ningún pensamiento asaltaba mi mente en que no estuviera la imagen de ella, para la que no guardaba amor ni odio. Ya que entonces habría de odiarme a mí mismo. La pretendida influencia que sobre nosotros se ejerce, consiste muchas veces en que encontramos en la otra persona una reciprocidad, espejo donde se refleja nuestra propia imagen que hasta ese momento no había encontrado definición. ¿Qué podemos, entonces, reprocharle?

Penda murió gloriosamente como siervo de Cristo. Visitó Roma con el cortejo más numeroso y espléndido que llevase obispo en el mundo, que llegó a merecer hasta la admiración del Papa, quien comentó cómo se adivinaba el amor en que le tenía su señor, pues que le enviara como si fuera rey. Le entregó el pallium. Un año después lo elevé a arzobispo primado, y lo era de los Cinco Reinos cuando una enfermedad se lo llevó de entre sus amadísimos fieles, en cuyo favor consagrara sus días desde que entrara en religión. Nunca sentí mayor desconsuelo. Me hizo recordar a nuestro obispo innominado, que marchó de peregrino a Roma para conseguir el perdón del Papa y buscar después a Elvira y a mi hijo. ¿Moriría asesinado en cualquier sendero a manos de salteadores, pues no teníamos sus noticias? Dios le protegería, ya que era santo. ¿Y en qué consistía mi predestinación, ido él? Escalada la más alta cima a que pudiera conducirme la ambición de Ethelvina y aun la propia, envidiado y temido por todos los reyes de allende el mar, se encontraban incumplidos los ideales que me movieron desde el fondo de mi sentimiento. Largo intervalo aquel desde que mi padre me alejase del castillo en vísperas de su muerte, hasta la batalla del Estuario del Disey, que cambiara el rumbo de mi vida. Había sido constante la tortura de una pregunta: si aprovechaba separarse del sendero justo. Pues en vez de hacerme feliz lo alcanzado, me atormentaba el recuerdo de lo perdido.

Triste espectáculo el de mi interior, que sólo yo conocía, comparado con el boato y admiración que inspiraba a cuantos me rodeaban, agasajado y adulado como poderoso Rey de los Cinco Reinos. El más valiente y admirado entre todos los caballeros cristianos. Mientras hubiera preferido ser uno de mis aldormanes, muertos con honor en el ejercicio de las armas. Quienes alternarían con gloria entre los héroes participando con ellos en las incruentas batallas, junto a los dioses.

Concluyó sus días Teobaldo virtuosamente, como empleara todos los de su existencia. Tan organizado y pertrechado dejó el País de los Cinco Reinos que noticias no se tenían de otro territorio con mayor número de fortalezas, guarnecidas con diestros soldados, que infundían pavor a los ambiciosos que hubieran deseado atacarnos. Se marchó satisfecho de haber cumplido cuanto le mandé, con mayor perfección de la que podía esperarse, que era su gloria. Quizás su única insatisfacción consistió en morir de enfermedad, en vez de en el campo de batalla en defensa de su señor. Mas todos no merecemos el mismo honor, y aunque insatisfecho no le produjo inquietud, pues cumpliera cuanto juró. Y por ello le amaba.

Pero ninguno fuera tan amado como Cenryc. Sobrevivió a sus antiguos compañeros y llegó a consumirse en un recorrido de más de ochenta años, mi querido padre, mi tutor, mi sabio amigo, mi compañero, mi servidor, mi esclavo. Lo amé más que a mí mismo, pues que yo me traicioné; en cambio él fue fiel consigo y conmigo hasta su postrer aliento: «Aunque me defraudasteis os he servido fielmente, ya que me cumplía estar con vos sin juzgar el móvil de vuestros actos». Se humedecieron sus barbas con mis lágrimas, pues sus ojos los mantuvo secos hasta entonces, y le rogaba que no se despidiera de mí como servidor, sino como padre. Entonces contemplé cómo corrían las suyas por los largos cabellos de su nobilísimo rostro; realizó un supremo esfuerzo para incorporarse cuanto le fuere permitido, y nos abrazamos. Consumió el último rastro de energía que le quedaba en acercarse a mí, antes de volar su alma a reunirse con la de los héroes. Aunque nunca se lo pregunté, tengo para mí que mi imagen la llevó fundida siempre con la de mi padre, de modo que jamás abandonó a su antiguo señor. Tanta era su fidelidad que nunca existió para sí mismo. Si la tristeza de perder a su antiguo señor le atenazó siempre, ¡cuánto le atormentaría comprobar cómo olvidaba yo el sagrado juramento de vengarle en su asesino! Sin un reproche. Como si arrastrara una cruz. Que tanto hemos de perdonar a los que más amamos.

Si el recuerdo de Elvira convirtió en insoportable la permanencia en Ivristone, ominoso se tornaba Vallcluyd, porque de nuevo se me revelaba el espíritu triste y lleno de súplica del difunto rey, mi padre, que continuaba reclamándome la venganza. Pues nuestro enemigo, y asesino suyo, vivía. Su honor mancillado no le permitía convivir y alternar con los héroes, al no serles igual en dignidad, pues allí se canta a la gloria sin atisbo de mancha. Se lamentaba de que Cenryc, impoluto en su honor, no participase tampoco en sus juegos y entretenimientos, pues al quedar excluido su señor se abstenía. Que su fidelidad se prolongaba más allá de la muerte. Huía de Vallcluyd, donde mi culpa tornaba insoportable el reproche del rey, mi padre.

Perseguir a Thumber se hizo imposible. Las fortalezas situadas en nuestro territorio imposibilitaban las fulminantes incursiones en procura de botín. Y sus ataques se espaciaban en vista de las considerables pérdidas que sufría. Marchar tras él para sorprenderle, como hiciera de antiguo, ya no era factible. Por lo que le envié en distintas ocasiones a mis heraldos para retarle a duelo singular en el lugar que él mismo escogiera, y me comprometía a acudir con sólo dos escuderos; tal desprecio sentía por lo que pudiera ocurrirme después de arrebatarle la vida a aquel demonio pagano, padre putativo sin conocerlo, como nunca le revelaría Elvira, pues en la confesión le fuera el honor y la vida.

Siempre escuchó impávido a mis portavoces, amparado en una sonrisa burlona, mientras le exponían mis cargos de traidor, felón, asesino, bandido, incendiario, salteador, ladrón, raptor, y otros sin cuento. Los golpes de clarín con que se anunciaban mientras flotaba en el aire el estandarte protocolario de Avengeray, Señor y Rey del País de los Cinco Reinos, no parecían incomodarle. Soportaba impertérrito la ceremonia rodeado de sus más allegados parientes, y una vez concluida la exposición y justificación del reto los despedía con una sonora carcajada que resonaba a burla y desprecio, con un «¡Presentad a vuestro señor mis respetos y los de mi reina Elvira, que también le envía sus saludos!» Avergonzados los heraldos de la vergüenza ajena, que jamás se tomaría a chanza un reto de Avengeray otro que no fuera Oso Pagano, pues que mi palabra causaba terror a quienes la recibían, simulaban no escuchar la ironía o burla, hacían sonar de nuevo los clarines, cumplían puntualmente todo el rito del momento y regresaban a darme cuenta. Ya el relato me resultaba familiar de tan repetido.

Tan inmensa como mi indignación era la de mis vasallos. Ninguno hubo que no ofreciera perseguirle hasta acabar con su vida, los infelices. Para muchos de mis súbditos de los Cinco Reinos, Thumber no era más que un cobarde, por rehuir el reto reiterado en varias ocasiones. Para cualquier caballero resultaba inconcebible. Mis caballeros eran unos, cristianos; otros, danés y norses largamente asentados en el reino, que buscaron voluntariamente mi protección y al jurarme fidelidad establecimos pacto de servicio. Tan grande cohorte llegó a formarse que donde me dirigiera permanecía rodeado y protegido por ellos, que ocupaban a su vez los cargos más distinguidos, así en la corte como en el reino. Lo que despertaba no poca envidia en otros nobles, poderosos y ambiciosos que soñaban mantener su hegemonía. Éstos, pese a disimularlo, en el fondo de su corazón me consideraban usurpador, aunque aparentasen reverenciarme. Sin embargo, no se me ocultaban sus verdaderos sentimientos, y de ellos me guardaba.

Mis servidores y compañeros recibían armas y caballos, heredades y territorios, tesoros y dineros, y se encontraban orgullosos de estar sujetos en fidelidad al más valiente, leal y generoso de los señores. Compartían mis alegrías sentados a mi mesa, donde se regalaban con mis manjares y bebían mi hidromiel, y cuando llegaba la guerra estaban preparados a morir. Pues yo combato siempre por la victoria, mientras ellos luchan por mí. Me son leales y honrados; aman lo que amo, odian lo que odio. Nunca, voluntaria ni intencionadamente, serían capaces de un hecho, de una palabra que me enojara. Bien aprendido les quedó de Cenryc. Cuentan con mi protección como merezca su devota lealtad y cumplo escrupulosamente nuestro contrato; cuido mucho compensarles con amplitud más allá de lo señalado por la ley y el honor, pues les amo tanto como ellos me aman.

Mas ninguno de ellos fuera servidor y compañero en otros tiempos, ni visitara mi pabellón donde sobre el cojín descansaba la corona y el cetro de mi padre, que conocieron sobre mi cabeza y en mi mano cuando me mostraba con toda la solemnidad real, situado por encima de todos los hombres, juez de la suprema justicia sobre la tierra, que somos reyes por voluntad divina. Desconocían a Avengeray, Rayo de la Venganza; rendían pleitesía y se prosternaban ante el Rey del País de los Cinco Reinos, su señor.

En los últimos tiempos prefería residir en los castillos del sur, Formalhaut, Menkalinan y Eltanin. Donde los nobles acudían a recibirme. Rehuía visitar Vallcluyd e Ivristone, pues los recuerdos y los fantasmas me perseguían en ellos. También porque mi presencia en los territorios del sur advertía contra su ambición a los reyes de la otra orilla, quienes en los días claros vislumbraban en el horizonte nuestras costas, y soñaban conseguir un trozo de nuestro gran reino. Mi presencia y el establecimiento de grandes concentraciones de tropas, apoyadas en fortalezas, trincheras y potentes construcciones defensivas, moderaban sus apetitos. Pues lo pagaron con sangre cuando lo intentaron.

A la sazón encaminaban sus ambiciones por otra vía. Me ofrecían a sus hijas y hermanas en matrimonio, dispuestos a enviarme siempre dos para que escogiera, al uso germano, que era el nuestro. Ofrecimientos que siempre rechacé. Quedaban entonces los embajadores con la impresión de que mi amor por la reina muerta era tan profundo que no cabía otro en mi corazón. E insistían en que precisaba un heredero, que sus princesas eran tan dulces y bellas que me despertarían el amor en cuanto las conociera. Esgrimían en su apoyo como argumento de mayor peso la razón de Estado, que se imponía, o debía imponerse, a los mismos sentimientos de mi corazón. Que es la esclavitud de los reyes.

No menos persistentes se mostraban los conspicuos nobles de los Cinco Reinos. Alojaban a sus hijas en la corte, a las que instaban para que usasen de sus encantos en seducirme. Lo que era motivo de que no existiera sobre la tierra otra corte con mayor profusión de gracia y hermosura, pues era bello el espectáculo que ofrecían. Como enojosa la rivalidad que originaban mil pequeños conflictos entre familias deseosas de lograr una hegemonía. A la sombra de la cual procuré desarrollar una sociedad galante, adornada por el arte, donde el fasto y los artistas tenían gran acogida: se celebraban fiestas continuas, cantaban sus historias los juglares, sus predicciones los astrólogos, ejercían los médicos su sabiduría, prosperaban las mil artes que se desarrollan en las abadías, centros de estudios, y llegaron a su mayor florecimiento las órdenes monacales. Pues el ocio de un reino debe llenarse con esplendores. Nunca hubo otro más rico, mejor defendido, en mayor paz, donde brillaban los espíritus que deseaban elevarse sobre la cotidiana realidad de lo material. Sin olvidarse los ambiciosos de sus proyectos, que me sugerían concebir con sus hijas, fuera legítima o bastarda la descendencia, con tal de ganar una opción al trono.

Como la astucia de los demás me obligaba a extremar precauciones, gané fama de solitario, artista y músico, pues tañía la vihuela para acompañarme en mi retiro, que resultaba mi mejor defensa contra aquel acoso. No deseaba incrementar la lista de mis torpezas y crear obstáculos insalvables a mi hijo, habido con Elvira, si es que vivía. Pues jamás perdiera la esperanza secreta de encontrarlo un día y entregarle el trono, para compensar a él y a mi amada de los muchos sufrimientos soportados por mi culpa.

En ocasiones pensaba que podía ser un sueño considerar a mi hijo y a Elvira oprimidos por la desgracia, en espera de que los rescatase. Me confortaba pensar que aguardaban ansiosamente reunirse conmigo, que me amaban, como yo les amaba.

Tales sentimientos de culpa, recuperar a Elvira y a mi hijo y vengar la muerte de mi padre, el rey, cuyo espíritu me acosaba con sus apariciones, devinieron en obsesión. Y como Thumber había desistido de atacarnos, pues se dirigía a otros reinos por más fáciles, me acometió la decisión de ir allí a matarle o a ser muerto. Y de no conseguirlo recluirme en una abadía o marchar de peregrino a Tierra Santa, o esconderme en algún rincón ignorado de los vivos, para acabar mis días en el santo ejercicio eremita.

Mandé aparejar un barco y llevé conmigo, además de los marineros, cuatro escuderos, sirvientes y un cirujano. Los astrólogos anunciaron el fin de los tiempos, según deducían del movimiento de los astros y su conjunción. Las estrellas y cometas parecían escapar a sus órbitas y recorrer el espacio con sus senderos desconcertados, precursores de enfermedades y cataclismos; sucumbirían los hombres por el hierro y el fuego, que se anunciaba como nivelador de todos los pecados. Con lo que si perseguían frenarme lograron estimularme, pues anhelé entonces enmendar mis muchos yerros mientras Dios me concediera tiempo para ello.

Nos hicimos a la vela, rumbo a la esperanza.

Por los espías que desde tiempo atrás enviaba regularmente, sabía los movimientos de mi enemigo, que usaba a la sazón organizar invasiones por las costas del sur y el oeste del gran imperio del Andalus, donde reinaba un poderoso califa. Tan osados llegaban a ser los vikingos que escrutaban las costas en busca de anchos ríos por los que remontar sus naves y saquear el interior, donde sembraban la ruina y la muerte. Era fama que tras ellos quedaba la desolación y el terror, lo que me era bien conocido. Sin límites en sus ansias de conquista penetraron hasta el fondo del Mediterráneo, y asolaron las ciudades de ambas bandas, como Bizancio y Alejandría. Y donde no alcanzaban los barcos, cabalgaban, de modo que nada apetecible estaba seguro.

Cuando los espías señalaron el movimiento de una poderosa flota vikinga que se hacía a la mar desde el país de los normandos en que se habían reunido muchos reyes, con el propósito de llegar al mismo corazón del Andalus, la joya de Córdoba donde residía el califa, dirigimos la nave a la desembocadura del ancho río que regaba la ciudad y subimos hasta Sevilla, que ya fuera azotada por los bandidos en otras ocasiones, así como otras muchas poblaciones de la ribera. Nos recibió el gobernador con gran pompa y solemnidad, enterado de mi condición, y luego de informarme que debía proseguir el viaje por tierra, me facilitó una escolta y envió mensajeros a Córdoba para avisar al califa de mi llegada. Que se produjo ante la expectación de aquella ciudad acogedora y monumental, donde la gloria de sus gobernantes se reflejaba en las construcciones y templos, como en los palacios y defensas. Fastuoso en verdad y como producto de un sueño.

Nos recibió el Príncipe de los Creyentes con gran simpatía y afecto, y se congratuló de nuestra visita. Nos hizo los honores que cumplían a rey tan poderoso con el que desde mucho atrás intercambiaba cartas e información, y hasta me hiciera ofrecimiento de enviarme cuantas mujeres deseara para alegrarme en mi viudez, las tomara como esposas o concubinas, que tenía para ofrecerme princesas de sangre real, y mucho le hubiera contentado que aceptase una alianza entre nuestros dos reinos.

Informé a mi amigo el califa de cuanto me convenía decir, esto era, que perseguía a Thumber, a mi enemigo, motivo de mi desgracia, y noticias tenía de su llegada en potente escuadra organizada entre todos los bandidos del mar septentrional.

Dijo que a su debido tiempo fuera prevenido, y procediera rápidamente a movilizar un ejército de trescientos mil hombres, al mando de los cuales pusiera al temido Almansur, azote de los no creyentes, látigo de Alá (¡que su nombre sea alabado siempre!), a la vez que organizaban una escuadra de mil navíos reunidos entre todas las provincias marinas. Y que al tener noticias los mayus (¡Dios los maldiga!) de tan grande concentración como les aguardaba, dieron vuelta hacia el norte, con el propósito de invadir las ricas tierras del País donde concluyen los Caminos y reina el Iris, corazón religioso de la cristiandad, la segunda Tierra Santa, donde todos acudían a orar, como los buenos musulmanes en La Caba, ya que se acumulan allí ricos tesoros.

El Príncipe de los Creyentes usaba, como todos los de su raza, un lenguaje rebosante de circunloquios y exabruptos, dirigidos principalmente a los enemigos de Alá, al que siempre dedicaba una alabanza después de citarlo, como añadía una maldición (¡Dios los extermine! ¡Dios los haga perecer!) para los vikingos, que llamaba mayus. Y tanta era su desesperación por las antiguas razias que aquellos malditos habían corrido sobre el reino, pues asolaban los territorios y poblaciones, robaban, mataban, saqueaban, e incendiaban, como demonios poseídos del puro placer del exterminio, que, convertidos en azote de los creyentes y enemigos de Alá (¡Bendito sea nuestro Santo Profeta!), había decidido acabar con el peligro de una vez por siempre. Dispuso que Almansur cabalgase con la caballería por Morat y Coria hacia Viseo, capital del Reino del Iris, mientras subía la escuadra por la costa del oeste para aguardarle en el lugar convenido, donde el más ancho de los ríos se oponía a su marcha. La flota le sirvió de puente para pasar a la orilla opuesta. Desembarcaron entonces las fuerzas de infantería que se habían ahorrado larguísimas jornadas de marcha, y se aprovisionaron de víveres y aprestos. Aquel poderosísimo ejército continuó progresando hacia el norte e infundía pavor en todos los corazones: se abrió camino por montes y valles, como una marea que inunda la playa y se encrespa allí donde encuentra alguna oposición, como las olas con los acantilados y las rocas solitarias, y avanza como un rodillo que aplana cuantos obstáculos tropieza.

Me obligó el califa a descansar una jornada en su fastuoso palacio, donde reinaba una primavera feliz, poblado por la fantasía y la belleza de una arquitectura original -flores y fuentes-, y de sus mujeres. Finalmente me entregó salvoconductos especiales para que nadie me detuviese dentro de sus dominios, y me hizo acompañar por una escolta de doscientos jinetes ricamente aderezados en ropas y armas, pues rey tan poderoso como yo lo era no podía circular con menos por su reino. Todo lo cual le agradecí mucho, después de intercambiar con él espléndidos regalos.

Tanta delantera nos llevaba aquel descomunal ejército que desconfiábamos alcanzarle, por mucho que apresuráramos la marcha. Nuestra ventaja era la movilidad y rapidez de la que necesariamente carecían ellos, por lo que les ganábamos tiempo. Al seguir las claras huellas de su paso contemplábamos castillos destruidos, monasterios arrasados, ciudades abandonadas y saqueadas, muerte, violación, fuego, hierro. Cierto que nos encontrábamos en territorio cristiano, pero Almansur no perdonaba ocasión de probar su fuerza o su crueldad. Parecía escudarse en el propósito de ser cada vez más temido, para que todos temblaran y huyeran a su paso.

Vadeamos los ríos y canales por donde refluyen las aguas del océano al adentrarse en la tierra, cruzamos amplísimas llanuras y fértiles campos, ahora todo abandonado. En Iliya, cercana a la Ciudad del Iris, contemplamos su templo principal arrasado, y por el valle que más parece un paraíso nos dirigimos a la ciudad donde todos los caminos concluyen, resplandece el Arco Iris sobre los hombres y anida la Esperanza.

Al remontar las colinas que la rodean se representó ante nuestros ojos la mayor confusión. Yacía la ciudad allá abajo rodeada por el poderoso ejército del califa, que tenía encerrados en su interior a los odiados mayus (¡que Dios permita su destrucción!), los cuales se defendían con la fiereza que proporciona la desesperación. Pues que estarían convencidos de que no les quedaba otra alternativa que matar el mayor número de musulmanes para presentarse con sus almas en el Walhalla, ante su sanguinario Odín.

Díjome en aquel momento el capitán de la escolta que las órdenes de su señor quedaban cumplidas, pues que nos acompañó hasta las puertas de la ciudad. Que aún aguardaría, antes de regresar, a conocer el resultado de la batalla para llevarle noticias a Córdoba. Con lo que le agradecí sus finezas y le colmé de regalos para él y sus hombres. Nos despedimos, y quedé con mis escuderos oteando desde la colina.

Imposible me era comprobar entonces si Thumber acudiera también, pues desde aquella altura la ciudad más parecía un hormiguero donde dos fuerzas, desniveladas en número pero poseídas ambas del mismo sangriento designio, la arrasaban y destruían hasta sus cimientos, mientras luchaban entre sí. Acabó tan sin relieve, a no ser por los escombros, que nadie pudiera asegurar que allí se alzaran días antes soberbios edificios y construcciones, poderosas murallas y los mejores templos que imaginarse pueda, sólidos palacios hermosamente construidos, todo reducido a polvo, cascotes y piedras esparcidas, salpicada esta destrucción con los cuerpos de los guerreros muertos de ambos bandos, que eran multitud; tantos como piedras.

Acampamos por cinco días, hasta concluir la batalla, cuando el último pirata cayó muerto. Los hombres de Almansur se dedicaron a recoger el botín que amontonaron los mayus (¡Dios no ha permitido que ningún maldito sobreviva!); rebuscaron entre las ruinas cuanto tuviera valor, con lo que reunieron un tesoro incalculable, que jamás le viera tan rico y abundante, a pesar de la distancia en que me encontraba. Cargáronlo en carros traídos por las partidas que salieron a explorar, y reunieron millares de esclavos para transportar la carga. Por los preparativos se hacía evidente la disposición para reanudar la marcha.

Cuando se hubieron perdido tras los altibajos de las próximas montañas, bajamos despacio a lo que fuera una ciudad, Faro de la Cristiandad, donde el Iris anidaba resplandeciente sobre los hombres. Los buitres y otras aves de rapiña, en número nunca visto, sobrevolaban por cima de la destrucción. Jamás había escuchado antes tan estridente concierto de graznidos, música infernal que acompañaba a la muerte.

Mientras deambulaba entre aquella desolación, siendo preciso ahuyentar a los pertinaces carroñeros que a duras penas se apartaban para permitirnos el paso, observé cómo bajaban de las montañas los pobladores huidos que caían de rodillas y oraban, las manos elevadas al cielo, con el espanto reflejado en sus rostros.

Envuelto en tristes sentimientos e impresiones, perdido el sentido de mi incierta búsqueda, contemplaba los rostros de los mayus caídos (¡Dios ha permitido su exterminio!), y al levantar la vista me sorprendió observar el resplandor que emergía y envolvía a un hombre, a cuyo lado se encontraba un joven adornado con gorro rematado en jirones de plumas, gentil de continente y compostura.

Cuando lo inesperado de la visión me permitió enlazar las ideas sentí gran regocijo, pues el nimbo de luz no podía acompañar a otro que no fuera mi querido, inolvidable, santo obispo in nominado. Que Dios presentaba ante mí de nuevo en un reencuentro que parecía reconducir mi predestinación. A mi frente se encontraba la ilusión y la esperanza, que proporcionaban sentido a mi existencia.

Y me encaminé a su encuentro.