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– Quítate la mano de la frente, anda, no tienes arrugas tú, no te empeñes en tenerlas. Te aseguro que ahora, a esta luz, eres exactamente la amiga de mamá que estaba abrazada a ella junto a las rocas de una playa que nunca he sabido cuál sería, las dos tan jóvenes, yo os veía como niñas; era una foto preciosa, no sé si sabes cuál te digo, estáis en una carretera delante del acantilado con dos bicicletas apoyadas y se ve el mar detrás, papá la tuvo muchos años en su despacho, luego la he dejado de ver, la quitaría Colette. Pero ya Ves, aunque me encantaba, no he querido andar volviendo a buscarla, y con esa historia que me has contado de la herencia del baúl menos ganas me dan; es un morbo muy malo el de las fotos, yo siempre que pierdo alguna pienso: "podía no haberse hecho esa foto, no llevar nadie máquina aquel día", y con eso me consuelo, porque no vas a llorar por todas las sonrisas y los gestos que se han quedado sin fijar, no haría uno más que llorar en ese caso, claro que da mucha rabia perder una foto, pero yo mismo, si ahora encontrase esa que te digo, con lo que la he echado de menos, seguro que la miraría como un tesoro y me empeñaría en legarle a mis hijos la emoción con que de niño, recién muerta mamá, me levantaba algunas noches a buscarla para dormir con ella debajo de la almohada; total que ese rectángulo de cartulina podría llegar a ser un agobio para alguien, igual que para ti lo son ahora esa caterva de entes desteñidos que almacena la abuela en el baúl, y no hay derecho a cargar a nadie con emociones ajenas; así en cambio, habiéndola perdido de vista, la compañía que me hizo muchas noches de invierno no morirá jamás, mientras yo no me muera, quiero decir, porque a otros siempres y jamases es tontería andar aspirando. Me parece que os estoy viendo a las dos a la luz de mi lamparita de noche: surgíais allí delante del mar, tú pensativa y como misteriosa, mamá no, ella muy alegre, su gesto era perfectamente descifrable para mí, se la sentía totalmente congraciada con el paisaje, tan entregada a aquel momento en que la estaban retratando que daba confianza ver su sonrisa, le duraba la sonrisa de aquel día, a mí me llegaba entero él beneficio, te lo aseguro, por mucho que llegara de un lugar tan remoto; pensaba, no sé, que más lejos está el sol y lo tomas y siempre te calienta. Tú, en cambio, me producías una especie de inquietud, me perturbabas, hacía poco que te habías ido al extranjero y luego oí que te habías casado, recordaba perfectamente tus manos y tu voz, algunas conversaciones que habíais tenido papá y tú a raíz de la muerte de mamá aquel verano en Torrelodones sobre la conveniencia de tomar una institutriz para nosotros, que, por cierto, luego un día le dije yo a Marga: "si ella hubiera seguido aquí, nos habría elegido una cosa mejor que Colette" porque Colette vino, creo, por un anuncio; recordaba también tus caricias muy apasionadas sobre mi pelo, besos que nos habías venido a dar cuando estábamos en la cama y algo de tu risa, pero el perfil completo de tu persona no lo lograba coger, se me iba. Papá sacaba a relucir muchas veces tu nombre pero las cosas que contaba resultaban confusas para mi inteligencia que andaba a esa edad a la caza y captura de imágenes claras. La tuya estaba completamente desenfocada, tal vez por eso me atraía. No lograba, por ejemplo, saber si eras mala o buena, si eras inteligente o no, si papá te apreciaba o te tomaba un poco a beneficio de inventario. Pero tu nombre levantaba como por encanto las conversaciones que estaban decayendo y él se animaba al instante, gesticulaba y se ponía de pie como si necesitara espacio para imitar tu voz y tus ademanes. Entrabas en el relato teatralmente, a lo grande. "Y en esto entró Eulalia"; y abría él de verdad la puerta y se le veía irrumpir a pasos grandes -que en eso de las zancadas no te tenía que imitar porque andáis los dos igual-, indignado o riéndose o como entrases tú el día que fuera, y empezaba la función, y allí todos callados, no por cumplir, a ningún amigo de papá de los que han presenciado estos números le noté nunca que fuera por cumplir, es que disfrutaban, yo por lo menos pensaba eso, juzgaba por Marga y por mí que lo pasábamos genial, ya te digo, nadie metía baza como no fuera para reírse, un auténtico espectáculo, y tú la reina o el diablo o el payaso, según, y a veces se metía contigo, pero lo que se sacaba en limpio aunque sus comentarios fueran para ridiculizarte o hasta de antipatía era que tú, desde luego, no estabas entre ese grupo de gentes que pasan por la vida sin dar frío ni calor, eso quedaba perfectamente claro, son cosas que un niño coge muy bien. Siempre me acordaré de un día, era por Navidades, estaba papá de muy buen humor, de esas veces, ya sabes, que se pone encantador y querría uno que no se callase nunca, y nada, se puso a contar una riña que habíais tenido que debió ser terrible, creo que aquí en esta casa, una que terminasteis encima de la cama a patadas y mordiscos y que luego hicisteis las paces allí mismo y tú le leíste versos que habías hecho durante la guerra, y decía al mismo tiempo que los versos eran rarísimos y que tú eras unas bestia parda, que ninguna chica pegaba tan fuerte como tú, decía: "Ésa es de temer", lo decía con risa y censura y orgullo, mirando una carta con dibujos que le habías mandado para felicitarle las Pascuas y que había sido el motivo de ponerse a hablar de ti, sin dejar de beber, animadísimo, y Colette, que ya comía en la mesa, aunque era sólo nuestra institutriz, no quitaba los ojos de él y se iba poniendo cada vez más hosca, con esa mirada suya de cuando no soporta verse excluida de la conversación, y de pronto me quedé de piedra porque dijo con un tono de enfado que no venía a cuento: "Pero, Germán, usted está enamorado de su hermana", y recuerdo que, a pesar de la extrañeza, pensé: "¡qué bien! ¿será posible?", porque a esa edad, tendría yo once años, por mucho que las leyes escritas en tablas y catecismos te hagan aborrecer ciertos sentimientos como monstruosos no pasan de ser eso, letra escrita, tabús que no consiguen cuajar en la sangre ni en los sueños, y miré a papá con esperanza, a ver si su respuesta me aclaraba que, efectivamente, para él tu cuerpo y tu cara tenían un significado parecido al que tomaban para mí algunas noches cuando te miraba en la foto aquélla y me parecías tan lejana como las actrices de cine más guapas e inalcanzables; pero él apuró el vaso de vino y con una voz ya completamente distinta y, si quieres que te diga la verdad, hasta demasiado brusco el giro al tono seguro y sensato, dijo que antes le cortarían el cuello que enamorarse de bruja semejante ni de nadie que se le pareciera, que ojalá Dios quisiera tenerle reservada mejor suerte que al pobre Andrés, que fue, por cierto, la primera vez que yo oí el nombre de tu marido, y Marga dijo: "¿Cómo, está casada la tía?", pero papá ya no nos hacía caso, ni la oyó. estaba mirando a Colette, y no sé si sería por renegar de ti de esa manera por lo que Dios o el diablo le han venido a dar la suerte que le cayó encima más o menos desde entonces. Son así los quiebros de papá, de pronto se aburre de algo y se acabó, te deja tirado, y yo aquel día encontré injusto, más que lo que había dicho, el notar que con aquello de nombrar al pobre Andrés daba por zanjada una conversación que nos estaba embelesando, igual que cuando de niños nos apagaba la luz en mitad de un cuento porque se cansaba: "hala, adiós, a dormir". Aquello de Andrés lo había dicho para otro auditorio, para Colette, y ya sin transición estaba ocupándose de ella, sirviéndole vino, mirándola, sonriéndole; nos dejaba a oscuras, plantados, a nosotros y a ti, para, que a ella le pudieran volver a brillar los ojos y se le pasara aquel extraño enfado, lo nuestro nada, un manotazo, al suelo, como si no existiéramos. Y yo me levanté, tiré la servilleta y me fui rabioso a mi habitación. Menos mal que los humores de los demás te dejan de alterar con el tiempo, se acostumbra uno a que cada cual haga lo que quiera y elija lo que se le antoje, si es tu padre como si es el ministro de Educación Nacional, allá ellos, lo ves como un espectáculo. A mí ahora a veces me da pena que papá eligiera tan mal, por él sobre todo, porque le noto que empieza a darse cuenta de dónde se ha metido, pero me da igual, no sé cómo decirte, no se me ocurre pensar que ha cometido traición contra nadie, y me parece absurdo mi llanto de aquel día encerrado en mi cuarto y pensando con desesperación que mamá a Colette nunca la hubiera escogido para retratarse con ella en las rocas de aquella playa, ya ves tú qué argumento para odiarla, porque la verdad es que ése era el principal que tenía en aquel momento, aparte de recordar un gesto muy irritante que hacía con la boca y que todavía lo hace cuando viene gente, un frunce así como de hacerse la deliciosa y exquisita, no sé si te has fijado, "boca piquito" como la llamábamos Marga y yo desde que entró en casa; pero su mayor culpa era la de que, en aquel mismo instante en que acababa de descubrir de modo fulminante las relaciones entre ella y mi padre, hubiera quedado también de manifiesto su incompatibilidad como amiga de mamá. Durante mucho tiempo, todos mis sueños se concentraron en torno a vuestra amistad, en hacer conjeturas sobre lo que os habríais contado aquella tarde de la foto, adonde habríais ido luego y en imaginar de qué color serían vuestros vestidos, el tuyo era de rayas, me acuerdo, del largo que vuelve a estar de moda ahora, por media pierna, ya ves qué casualidad, parecido al que llevas en este momento, con vuelo y eso. Precisamente así, a esta luz, tienes un aire idéntico al de la foto, ese gesto que no se entiende bien pero que invita a ser descifrado, no pone la barrera como otras veces, no echa para atrás.
Es increíble lo que puedes llegar a cambiar de unos ratos a otros. Antes, cuando entraste y te quedaste parada ahí en el quicio de la puerta sin saludarme ni dar señales de haberme conocido, me diste miedo, no sabes bien la cara que traías, como si acabaras de ver al diablo. Claro que, según parece, casi lo habías visto, pero eso se avisa, se pone uno en el caso del que tiene enfrente, yo por qué iba a saber lo que te había pasado ni qué culpa tengo, bastante tenía con lo mío, con la hora y pico que llevaba aquí esperándote como cogido en una ratonera; fíjate lo que es llegar a un sitio como éste que no tienes ni idea de él porque lo has dejado de ver a la tierna edad de tres años, ya medio arrepentido de haber decidido venir, con la noche encima y sabiendo que se está muriendo una señora ahí, entrar en esta habitación casi a oscuras llamándote, porque la puerta la teníais abierta, y que en vez de salir tú salga un bulto que no conozco de nada oliendo a aguardiente y a pajar, la tal Juana, oye, que parece una bruja de las de Macbeth, y se me abrace llorando y riendo y buscándome la boca para besarme sin más explicaciones que repetir "Germán-germán-germán", no sé cuántas veces dijo mi nombre hasta que se separó a mirarme y comprendió, claro, que no soy mi padre, y ahí empezó el calvario; tú no sabes lo que ha sido aguantar el silencio que siguió hasta que has vuelto tú, que no había manera de arrancarle más que monosílabos. Se metía de vez en cuando por esa cortina, supongo que la alcoba estará yendo por ahí, y vuelta a salir otra vez sin ruido; cuando menos lo esperaba volvía la cabeza y estaba de pie detrás de mí mirándome como a un bicho raro, me pegaba unos sustos horribles, ya se me quitaron las ganas de asomarme al balcón a mirar las estrellas ni de sentarme aquí en el sofá ni de ponerme en ninguna postura que le diera la espalda a la cortina ésa siniestra por donde sale y se mete, como el diablo en los autos sacramentales, me senté en una silla contra la pared porque por lo menos así me sentía más defendido, y ella nada, simplemente mirándome y diciendo a ratos que no con la cabeza, no sé si querría decir que no venías o que la abuela no se había muerto o que no era yo el Germán que esperaba ella ver, una vez se acercó y me tiró de la manga señalándome la cortina, como pidiéndome que entrara a ver a la abuela y no sé ni cómo pude decirle: "no, no, mejor cuando venga Eulalia", ni me salía casi la voz, oye; cuando le preguntaba que si tardarías mucho se encogía de hombros, eso era todo, si no la hubiera oído decir tantas veces ni nombre a lo primero, habría creído durante mucho rato que era sordomuda; yo estaba preocupado por ti, te digo la verdad, porque un chico me dijo antes que te habían visto por lo alto del Tangaraño y fue un nombre que ya sólo oírlo y mirar el monte que lo lleva me dio miedo, palabra, sería la luz que tenía con el caer de la noche, o el dibujo que hace la cresta, no sé, pero fue así, no te creas que es por lo que tú me has contado, al contrario, cuando me lo estabas contando pensaba: "le pega a ese monte todo lo que dice Eulalia y más, ya lo creo", te admiraba como a un buen novelista de terror cuando da con eficacia un ambiente. "¿Se habrá perdido?-le digo a Juana viendo ya que era noche cerrada-, le puede haber pasado algo", y ella hizo una mueca que supongo que intentaba ser de risa y se pone: "bueno, hombre, bueno", que es lo más largo que dijo; y en vez de tranquilizarme me dio más sentido de la responsabilidad, porque me dejaba solo con mi preocupación y me la aumentaba, pero no me atrevía a salir a buscarte porque por dónde te iba a buscar si no conozco esto, y además esta habitación te paraliza, oye, no sé lo que tiene, sobre todo desde que me senté en la silla, ya clavado, y mira que pensaba "me podía largar", pero imposible, te quedarías horas en la misma postura, es como un maleficio, como lo de El ángel exterminador de Buñuel, que no se podía la gente mover de aquel cuarto, por más que quería, habrás visto la película ¿no?, pues lo mismo. Conque figúrate en esa situación que se prolonga un tiempo insoportable lo que puede suponer oír un ruido que por fin no es el de los grillos en la noche, un rumor de pasos de persona subiendo la escalera y el "ahí está" de Juana, madre mía, qué liberación. Era como abrirle a uno la puerta de la cárcel, no te puedo explicar el alivio con que recordé tu cara y la embellecí en esos segundos mientras esperaba verte aparecer, y luego qué decepción, qué jarro de agua fría. Porque es que oye tú, por mucho que hubieras visto un borracho a caballo, que yo también llevaba una hora encerrado en un cuarto con una loca a la que no conozco más que de oídas, y además, si venías con angustia o con miedo o con lo que fuera, razón de más para haberte alegrado de verme, yo creo que una persona como yo, me quieras mucho o me quieras poco, si aparece aquí de pronto en una ocasión como ésta, se puede suponer lo que te dé la gana menos que viene a incordiar o a pedir cuentas de nada, creo que algo de compañía te podré hacer, ¿o no te la estoy haciendo?, y, vamos, no me digas que te alegraste de verme, con esa expresión helada y ausente no se mira ni a un perro. Porque lo malo tuyo es que miras, preferiría uno que no miraras, pero ese estilo tan ofensivo de mirarle a uno sin verle más que como un estorbo que le está cortando paso al viaje de tus ojos es algo que no se puede soportar; me congelaste la palabra, me hiciste literalmente desaparecer, sentirme como el vacío mismo; y encima Juana en cuanto tú llegaste se puso a hablar, no había nadie en la habitación más que ella y tú hablando del baúl de la abuela, de si había dicho no sé qué, y os metisteis y ese último rato que estuve aquí sentado solo ha sido el peor, entonces sí que noté lo del maleficio de la habitación, porque con la ira que me entró en lo único que pensaba era en marcharme y sin embargo no me era posible moverme de la postura en que estaba, pero una ira horrible, no te lo puedes figurar, te odiaba y más todavía cuando vuelves a salir, ya como si nada, te arrodillas a recoger un poco esos libros del suelo y, con toda naturalidad: "¿Y tú qué haces aquí?", que, vamos, es el colmo, ¿crees que se le puede preguntar "tú qué haces aquí" a un señor que acaba de cruzar media España para recoger el último suspiro de su bisabuela? Será una chaladura o una ventolera, como dijo Colette, pero eso que lo diga Colette, bueno, no tú, tú tenías que haberme dicho nada más entrar: "¿Sabes lo que te digo, Germán? Que chapeau, que te doy un diez", era lo que esperaba, lo que me ha venido manteniendo y animando durante todo el viaje y también mientras pasaba ese purgatorio con Juana. Vamos, que qué he venido a hacer aquí, mira que la ocurrencia, pues nada, lo que tú, y a darte conversación para que no se te haga la noche tan larga, ¿te parece poco?, y lo grande es que te lo digo ahora, cuando ya estoy a gusto y me alegro de haberme quedado, y no en el momento del cabreo que es cuando te tenía que haber dado un buen corte, decirte, por ejemplo: "¿Que a qué he venido? Pues a declararte que eres el ser más grosero que pisa baldosa, me vale la pena, ya ves, el haber hecho tantos kilómetros, me quedo más ancho que largo, porque es una declaración que llevo años queriéndotela hacer", y luego haber roto alguna porcelana de esas de la consola y largarme en plan duro del oeste. Claro que también me contuvo acordarme de Colette; ella estaba convencida de que a cualquiera que apareciéramos por aquí nos ibas a recibir con displicencia, dice que te encanta ejercer de protagonista incomprendida y solitaria, eso me influyó mucho, acordarme del tono de sus advertencias, tan cargadas de razón que de lo único que te dan ganas es de quitársela, y según te estaba viendo ahí agachada cerrando esos libros de la Ilustración, me acordé de eso de la protagonista solitaria y me entró como una reacción de simpatía hacia ti y de antipatía contra ella y me dije: "Pero bueno, por Dios, que ejerza de lo que quiera y que me trate como le dé la gana, todavía hay clases", pero sólo por eso, ya te digo, por compararte con Colette y no poder soportar ni de lejos la idea de su boca piquito enunciando el consabido "ya te lo decía yo", que lo que es si no a estas horas no sé a quién le ibas a haber contado que has visto a la Muerte, no se lo habrías podido contar a nadie, porque a Juana no creo, así que sería igual que no haberlo visto; dime tú para qué se contarían las cosas si no fuera para creérselas el mismo que las cuenta, ¿es así o no?, pues claro, el que oye hace papel de comparsa, importa mucho menos. Y por supuesto que yo la historia ésa del caballo negro no sé bien si me la creo, para qué te voy a engañar, pero el oírla yo te ha servido para que nazca como tal historia, para que tú te la creas a pies juntillas, pues menudo favor; pero además no te enfades, guapa, la cuentas muy bien, las cosas como son, y lo que está bien contado es igual que si fuera verdad, qué más da la verdad que la mentira. Vaya, te sonríes, menos mal, sale el sol, no pareces ni hermana de la de antes. ¿Sabes antes al volver del paseo la cara que tenías?, exactamente igual que el día último de año en casa de aquel escultor barbudo donde coincidimos por casualidad. Yo no sé si tú conocerías mucho a aquella gente, yo casi de nada, fui a parar allí por amigos de amigos, esos remolinos que se forman en noches así en que hay que divertirse a la fuerza, por encima de lo que sea y que cuanta más gente se junte y menos peguen unos con otros, mejor. Total que yo tenía una noche fatal y me dijeron que ir allí, que iba a estar animadísimo y dije: "venga lío", llevaba bebiendo desde media tarde porque había terminado con Ester, esa chica con la que estoy saliendo hace tres años, tú creo que conoces algo a su padre, Ester Rodero, bueno, digo que había terminado pero es que con ella se pasa uno la vida así, terminando y volviendo a empezar, es de las de "ni como ni dejo comer" y un poco también por culpa mía, no digo que no, hay seres que han nacido para traer en jaque al personal y otros, como yo, para dejarse agarrar por los conflictos ajenos, y no es que ella se invente los conflictos que tiene, pobrecilla, es una víctima de su familia, como en el fondo lo somos un poco todos, pero está de psiquiatra y a veces ya no puede uno más, total que esa noche me había ido por ahí con gente precisamente para olvidarme de Ester y para no estar en casa si llamaba, había decidido que estamos en un círculo y vicioso y que por mucho que la quiera se acabó, que año nuevo vida nueva, pero son decisiones postizas, lo dices porque bebes unas copas y luego de repente se te cae el entusiasmo al suelo y te das cuenta de que eres un mentecato, que no se libra uno así por las buenas de la gente sólo con decidirlo y decir "se acabó", yo por lo menos no puedo, no sé si habrá gente capaz. Y precisamente en aquella especie de Babel llena de pasillos y de escaleritas que era la casa del barbudo me sentí muy perdido y comprendí que siempre voy a seguir preocupado por ella y que la echaba de menos y que nadie de la gente que andaba por aquellos cuartitos saliendo y entrando me importaba un pito, todas las caras me aburrían y en esto le oí decir a no sé quién que te habían visto, alguien desconocido que se lo decía a otro sin saber que eras familia mía: "No, Andrés Echevarría no, la que está es su mujer", y me pareció providencial poder encontrar de pronto tu cara entre todas aquellas que no tenían para mí el menor sentido, la tuya para qué te voy a contar el sentido que tiene y las cosas que me recuerda, la vea donde la vea, y más esa noche. Además, oye, es que todo el año pasado me tenían aburrido en casa con las versiones contrarias que se traían sobre vuestra separación, que si tenía la culpa Andrés, que si tenías la culpa tú, Colette y papá es horrible, andan siempre a vueltas con eso de las culpas se hable de quien se hable; ¿pero qué culpas?, ¿quién tiene culpa de nada?, a mí me ponen frenético, en vez de contar una historia clara, que te interese, que saques algo en limpio de los motivos, del alma de la gente, lo que sea, pues no, parece que lo único que importa es descubrir a un culpable y a la víctima entregarle la palma del martirio; yo no me he enterado nunca de lo que os pasó, en parte por lo mal que lo cuentan ellos y luego porque me aburren los chismes, eso de "pues también ella", "y mira que lo que él dijo", pero ¡qué más dará! si además las cosas nunca son tan esquemáticas como se ven desde fuera, yo lo único que sabía es que tú no eres un ser así de elemental ni ningún marmolillo y que algo te habría pasado para dejar a un señor con el que has vivido diez años, me refiero a pasar por dentro, a que estarías sufriendo, y alguna vez he estado incluso a punto de llamarte, pero no me atreví; así que ya te digo, se me abrió el cielo: "Eulalia, ¡qué maravilla!", además había bebido bastante y no sentía ninguna timidez, me desprendí de una niña pesadísima que me pone ojos de carnero a medio morir y me lancé en seguida a buscarte, qué agradable sentarme a tu lado sin necesidad de decir más, pasarte el brazo por los hombros, darte un beso y ya, qué falta hace decir nada en una noche así, lo que quería era que entráramos en el año bebiendo de la misma copa y según te buscaba por entre toda aquella aglomeración, con verdadera urgencia porque ya eran menos diez, lo único que pensaba era que a ver si se había confundido aquella persona, ojalá que no y ojalá también que te encontrara sola, eran las únicas pegas, la idea de que no fueras a alegrarte tú no se me ocurría siquiera. Y por fin te encontré, sola, ¡qué suerte!, sentada en la moqueta de un cuarto empapelado de rojo, te vi como en los sueños, tenías apoyado el codo en una mesita y yo iba hacia ti despacio, sin estar seguro de si me habías visto o no, desde luego los ojos no los levantaste, pero cuando ya estaba cerca me pareció que me habías visto porque me empezaste a hacer una seña rara, un gesto cada vez más insistente parecido al que se hace a las avispas cuando se las quiere espantar y miré alrededor y no había más que gente en grupos y nadie te hacía caso o sea que o estabas pirada o aquello iba conmigo, y cuando ya estaba casi delante de ti me paro allí con los zapatos en la alfombra cerquísima de tus pies y quieto, digo: "a ver lo que resiste sin levantar los ojos" y cada vez más angustiado sin atreverme a decirte "Eulalia, por favor, mírame", hasta que por fin muy despacio levantaste la cara y tenías ese mismo gesto contraído que traías antes, el mismo, como si no pudieras soportar que entre tú y el horizonte vacío de la nada se hubiera interpuesto aquella sombra incómoda, fueron sólo unos segundos pero se me cayó el alma a los pies y toda la pena qué tenía por lo de Ester se me redobló y me di cuenta de lo importante que es mirarse la gente y que el que te niega la mirada te niega el pan y la sal, y en esto giraste la cabeza bruscamente, la apoyaste contra la pared y te tapaste los ojos con la mano, todo señales inequívocas de fastidio, así que disimulé y me acerqué a la mesa como si hubiera ido a servirme bebida, pero estuve allí un rato apoyado cerca sin resolverme tampoco a irme para que si me querías hablar pudieras hacerlo, porque no sé qué pasa contigo, en eso eres como papá, le estáis pisando a uno la barriga y todavía entran ganas de daros una oportunidad para rectificar, hasta que por fin comprendí que me habías visto de sobra porque miré para ti de reojo y te pillé, aunque cerraste los dedos en seguida, mirándome por entre ellos, y eso ya me hizo gracia, digo: "pero bueno, ésta es como un niño chico". En fin, en esos casos lo último que quieres es molestar, así que te dejé por imposible y me volví a buscar a la niña ésa con la que estaba que es muy tonta pero se me da muy bien y ya tomé las uvas con ella y nos cogimos una sopa fenomenal y amanecimos en un cuarto solos ya por la mañana cuando se había ido casi todo el mundo y la chica llorando que la iban a reñir en su casa, cuando se había estado haciendo todo el rato la progre, y yo no me acordaba de nada, sólo de que tenía una depresión horrible y de que tú no me habías querido mirar y de que ya te habrías ido y hasta con mala conciencia por no haberte preguntado si te encontrabas mal, obsesionado con la cara que me habías puesto, con lo que te pasaría conmigo, ya ves, seguramente me espantaste por puro capricho, porque te dio por ahí. Y hoy, en el avión, me acordaba y aunque luego te he visto un par de veces en casa y has estado simpática, esa imagen de la fiesta era la que se me metía en la cabeza y por mucho que quería borrarla y pensar que aquella noche podías estar bebida o haber contribuido el estarlo un poco yo a atribuirte gestos que tal vez no llegaste a hacer, el caso es que a ratos me arrepentía de venir, sobre todo en Barajas, durante hora y media que hay que esperar el enlace del avión que cogí en Barcelona con el que trae para acá. Ese rato fue el peor porque me dio por acordarme de los consejos de Colette, con repulsa, sí, y con deseos de desafiarla, pero pensando también que buena gana de exponerme a que me recibieras mal como ella había predicho y que total a mí aquí no se me había perdido nada. Claro que tampoco se me ha perdido gran cosa en otro lado, pero en Madrid tengo amigos que no han salido de veraneo y era una tentación estar allí aburrido todo ese tiempo en Barajas, tenía en el bolsillo la llave de casa que estaría vacía y fresca, podía darme una ducha y dormir un rato hasta el atardecer sin más proyectos ni historias ni tener que dar cuentas a nadie de mi rumbo, y lo estaba dudando allí en un sillón medio durmiéndome, hasta que de pronto oigo en los altavoces "Germán Orfila, Germán Orfila", porque se me había ido el santo al cielo de la hora y resulta que mi avión estaba esperando por mí para salir y ya, claro, eché a correr porque eso de que te llamen por un altavoz siempre te sobresalta, fue como un resorte automático, es lo que me decidió. De todas maneras, las cosas hay que hacerlas de un tirón, si no, te vuelves atrás, yo por lo menos soy así, como se me enfríe el primer impulso estoy perdido, así que este viaje con eso de tener que estar renovando la decisión en cada etapa, se me ha hecho larguísimo, y la más trabajosa ha sido la del taxi hasta aquí, no sabes hasta encontrarlo y apalabrarlo, ahí sí que estaba preguntando ya horarios de trenes para volverme a Madrid, y encima hemos tenido un pinchazo con todo el calor y ha tardado el tipo una eternidad en arreglarlo, total ya ves poco más de cien kilómetros, pues lo peor. Papá cuenta de no sé qué profesor vuestro que estuvo una temporada en América con toda la familia y que cuando le preguntaron al volver por el viaje dijo que todo muy bien, que lo peor había sido, al final, un transbordo en Medina del Campo, no te rías, que igual ha sido lo mío. En fin, gracias a que a lo largo de todo el camino, tanto por aire como por tierra, me ha venido manteniendo un estímulo de curiosidad, qué cosa la curiosidad, tú, es lo más fuerte que hay, y no sabes el pío que tengo yo desde siempre con ver esta casa que ya nadie pisa, lo que pasa es que no se terciaba, hasta pensaba que me iba a acordar algo de ella al entrar, pero nada, claro, yo aún no tenía tres años y Marga no existía el último verano que vinimos. Pero no deja de tener cierta importancia en mi vida, ¿sabes que aquí aprendí a hablar?, mamá lo ha dejado escrito en un cuaderno pequeño donde apuntaba cosas de los veraneos; aún no había nacido la niña y escribe ella con mucho entusiasmo: "Estábamos en la huerta y el niño de repente ha dicho «lú», quiere decir «luz», qué bonito que sea esa la primera palabra que ha pronunciado, una alegría mayor no me la podía dar", tengo yo ese cuadernito, te lo enseñaré un día. Ya ves, yo vengo aquí en cierta manera a buscar el rastro de la luz y tú más bien parece que el de las sombras, aunque sabe Dios lo que te habrá movido a ti que, según papá, eres más rara que las monjas. Él se ha quedado con los ojos cuadrados con tu telegrama porque parece que con la abuela estabas reñidísima y luego tanto tiempo sin venir a esta casa, él dice que tú hace más de veinte años, y que la habías aborrecido; bueno la habéis aborrecido los dos, no sé cuántas veces os habremos oído decir, tan pronto a uno como al otro, que por vosotros que se la llevara el diablo. Yo a veces lo he hablado con Marga: "Oye, tendríamos que ir nosotros a ver aquello, a mí me da pena que se hunda" y el año pasado hablamos de fundar aquí una comuna con gente del grupo de ella y había tíos que estaban muy animados, a papá parece que le hizo poca gracia, pero eso habría sido lo de menos, lo peor fue que se rajó la gente y que Marga es más abúlica todavía que yo, además no tenemos los mismos amigos y eso, y a mí venir en el plan que decían ellos me apetecía poco, total que nunca ha pasado de proyecto lo de venir. Para mí este de la abuela ha sido el primer pretexto de fuste, aunque, a ver si me entiendes, es desde luego el que menos puede tener que ver con el argumento de mi propia vida, pero en cambio tiene que ver con la vida de la casa, y yo soy de la opinión que las cosas hay que verlas en su salsa; a mí que se muera una señora de cien años con la que no he tenido apenas tratos me deja en sí bastante indiferente como comprenderás, eso fue lo primero que dijo Colette, naturalmente que no es por la vieja, pero ella cómo lo va a entender si no lo entiendo ni yo mismo, me dijo, claro, y en eso un poco de razón tenía, que a mí quién me llamaba aquí contigo, que lo tuyo era más lógico. Y fue cuando añadió que además era el típico número para protagonizar a solas en plan de primera actriz, dijo que eso estaba muy dentro de tu estilo, no te puede ni ver, oye, desde luego, le sale una antipatía ancestral; y papá se enfadó, riñendo los dejé cuando me vine, le dijo: "Pero, bueno, Eulalia será rara, pero tú ¿qué sabrás de ella?, si te callaras un poco cuánto ganaríamos, no digo todo el día callada, que eso sería pedir ya gollerías, pero a ratitos", pero se lo dijo porque llevan todo el verano tirándose los trastos a la cabeza, a él también no te creas que no le ha chocado tu decisión de venirte de pronto aquí con la abuela, yo digo que más todavía que a Colette, como además en el telegrama no explicabas nada de cómo ni de por qué. Se quedó un rato absorto, no salía de su asombro: "Pero si con la abuela estaba a matar antes del verano, si ya no la iba a ver nunca, ¿qué mosca le habrá picado ahora? " Luego dijo que buena gana de andarle buscando tres pies al gato en las cosas que haces tú, que todas son resultantes del azar que preside tu vida entera, que andas a la deriva y ya se sabe, pero se sonreía: "Ella hace siempre lo que menos se espera -dijo-; habrá sido todo por casualidad".