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CAPÍTULO XXXV

– ¿Nombre? -le espetó Macro al legionario que estaba frente al escritorio.

– Cayo Valerio Máximo, señor. -¿Tribu? -Velina.

– ¿Cuánto tiempo has servido con las águilas? -Ocho años, señor. Siete con la vigésima tercera Marcia antes de que fuera disuelta, y luego me mandaron a la octava.

– Ya veo. -Macro asintió con un grave movimiento de la cabeza. La vigésima tercera había estado muy implicada en el motín de Escriboniano y había pagado el precio máximo por su tardía lealtad hacia el nuevo emperador. Fuera como fuera, el hombre que estaba ante él era un veterano y parecía bastante fuerte. Y lo que era aún más revelador, su equipo estaba en perfectas condiciones: correas y hebillas brillaban al sol y estaba equipado con una de esas nuevas armaduras laminadas que estaban teniendo mucho éxito en el ejército.

– Veamos tu espada, Máximo -gruñó Macro. El legionario se llevó la mano al costado y con rapidez sacó la espada de su vaina, le dio la vuelta y presentó la empuñadura al centurión. Macro cerró el puño sobre el mango de una manera respetuosa y alzó la hoja para inspeccionarla de cerca. El cuidado puesto en mantenimiento era evidente de inmediato y un ligero roce en el filo reveló un agradable afilado.

– ¡Bien! Muy bien -Macro le devolvió el arma-. Al final del día sabrás la unidad a la que te han asignado. ¡Puedes retirarte.

El legionario saludó, se dio la vuelta y se alejó, con demasiada rigidez para el gusto de Macro.

– ¿Lo anoto para la segunda, señor? -preguntó Cato, que estaba sentado junto a Macro con cuatro pergaminos desenrollados ante él. Mojó la pluma con tinta y la sostuvo preparada sobre el pergamino de la segunda.

Macro sacudió la cabeza en señal de negación. -No, no podemos quedarnos con él. Mírale la pierna izquierda.

Cato vio una vívida línea blanca que le iba del muslo a la pantorrilla y se dio cuenta de que la tirantez del tejido de cicatrización hacía que el hombre arrastrara ligeramente la pierna.

– Sería un lastre para sí mismo y, lo que es más importante, para nosotros en una marcha forzada. Anótalo para la vigésima. Sólo está en condiciones de realizar servicios de reserva.

Macro levantó la vista hacia la fila de legionarios que estaban a la espera de asignación.

– ¡El siguiente! A medida que iba pasando el día, la larga hilera de reemplazos se fue reduciendo lentamente al tiempo que las listas de nombres en los pergaminos de Cato se hicieron más largas. El proceso no se terminó hasta última hora de la tarde cuando, bajo la luz de la lámpara, Cato cotejó sus listas con el recuento que había mandado el cuartel general de la octava legión para asegurarse de que no se hubiera omitido ningún nombre. Dicho sea en su honor, Macro había compensado las cifras de manera que cada legión obtenía unos reemplazos proporcionales a sus bajas. Pero los mejores soldados se destinaron a la segunda legión.

A la mañana siguiente Cato se levantó al clarear el día e hizo que cuatro hombres de su centuria reunieran a los reemplazos de cada legión y los alojaran en las unidades que les habían sido asignadas para que así se acostumbraran a su nuevo destino lo antes posible. Macro se entretuvo yendo al cuartel general para ver qué pasaba con los equipos de los reemplazos. De algún modo las solicitudes se habían traspapelado y un administrativo había ido a buscarlas, dejando al centurión sentado en uno de los bancos alineados en la entrada del cuartel general. Mientras esperaba, Macro empezó a sentirse como un cliente rastrero que esperara a su patrocinador en Roma y se revolvió enojado en el banco hasta que al final no pudo aguantar más. Al irrumpir en la tienda se encontró con que el administrativo estaba de vuelta en su escritorio y tenía las solicitudes a un lado.

– ¿Las has encontrado entonces? Bien. Ahora vendré contigo mientras arreglamos las cosas.

– Estoy ocupado. Tendrás que esperar. -No. No voy a esperar. Levántate, muchachito. -No puedes darme órdenes -respondió el administrativo con aire altanero-. Yo no pertenezco al ejército. Formo parte del servicio imperial.

– ¿Ah, sí? Debe de ser un buen chorro. Ahora vamos, antes de que retrases más la campaña.

– ¿Cómo te atreves? Si estuviéramos en Roma te denunciaría al prefecto de la guardia pretoriana.

– Pero no estamos en Roma -gruñó Macro al tiempo que se inclinaba sobre el escritorio-. ¿O sí?

El administrativo vislumbró una amenaza de violencia inmediata en la ceñuda expresión del centurión.

– De acuerdo entonces, «señor» -dijo, dándose por vencido-. Pero que sea rápido.

– Tan rápido como quieras. No me pagan por horas. Con Macro a la zaga, el administrativo corrió de un lado a otro del depósito y autorizó la provisión de todas las armas y el equipo solicitados, así como unos carros para transportarlo todo durante la marcha de vuelta al Támesis.

– No puedo creer que no tengas ningún barco de transporte disponible. -lo provocó Macro.

– Me temo que no, señor. Todos los barcos disponibles se han enviado a Gesoriaco para el emperador y sus refuerzos.

Por eso nos han mandado a nosotros delante. Para echar una mano con el papeleo.

– Me preguntaba qué hacíais todos vosotros en el cuartel general.

– Cuando hace falta organizar algo como es debido, -el administrativo sacó pecho-, hay que llamar a los expertos.

– ¡No me digas! -dijo Macro con desdén-. ¡Qué tranquilizador!

Tras la comida de mediodía Macro reunió a los nuevos reclutas de su centuria y los hizo formar frente a su tienda.

Eran todos buenos soldados: aptos, experimentados y con unas hojas de servicio ejemplares. Cuando condujera de nuevo a la sexta centuria contra los britanos, se abriría camino por el centro de las filas enemigas. Satisfecho con su selección, se volvió hacia Cato con una sonrisa.

– Muy bien, optio. Será mejor que presentes a éstos a la segunda legión.

– ¿Yo? -Sí, tú. Es una buena práctica de mando. -¡Pero, señor!

– Que sea algo inspirador. -Le dio un suave golpe con el codo-. Adelante. -Retrocedió y entró en su tienda donde, sentado en un taburete, empezó a afilar la hoja de su daga tranquilamente.

Cato se quedó solo frente a dos filas de hombres con el aspecto más duro que había visto nunca. Se aclaró la garganta con nerviosismo, puso la espalda rígida y se irguió cuanto pudo, con las manos entrelazadas detrás mientras su mente se apresuraba a buscar las palabras adecuadas.

– Bueno, me gustaría daros la bienvenida a la segunda legión. Hasta ahora hemos tenido bastante éxito en la campaña y estoy seguro de que pronto estaréis tan orgullosos de vuestra nueva legión como lo estabais de la octava. -Recorrió con la mirada las filas de rostros inexpresivos y la confianza en sí mismo mermó.

– Cre-creo que os vais a encontrar con que los muchachos de la segunda os reciben bastante bien; de alguna manera, somos como una gran familia. -Cato apretó los dientes, consciente de que se estaba revolcando en el fango de los tópicos-. Si tenéis algún problema del que queráis hablar con alguien, la puerta de mi tienda está siempre abierta.

Alguien dio un resoplido burlón. -Me llamo Cato y no dudo que muy pronto me aprenderé vuestros nombres en nuestro camino de vuelta a la legión… Esto… ¿Alguien quiere hacer alguna pregunta en este momento?

– ¡Optio! -Un hombre de un extremo de la fila levantó la mano. Tenía unas facciones sorprendentemente duras y, Por suerte, Cato logró acordarse de su nombre.

– Cicerón, ¿no es cierto? ¿Qué puedo hacer por ti? -Sólo me preguntaba si el centurión nos está tomando el pelo. ¿De verdad eres nuestro optio?

– Sí. ¡Claro que lo soy! -Cato se sonrojó.

– ¿Cuánto tiempo hace que estás en el ejército, optio? Una serie de risitas recorrieron ligeramente la línea de soldados.

– El suficiente. Y ahora, ¿algo más? ¿No? Bien, se pasa lista al despuntar el día en orden de marcha completo. ¡Podéis retiraros!

Mientras los reemplazos se alejaban con toda tranquilidad, Cato apretó los puños por detrás de la espalda, enojado, avergonzado de su actuación. Por detrás de él, en el interior de la tienda, se oía el regular sonido áspero de la hoja de Macro sobre la piedra de afilar. No podía hacer frente a las inevitables burlas de su centurión. Por fin el ruido cesó.

– Cato, hijo. -¿Señor? -Puede que seas uno de los muchachos más inteligentes y valientes con los que he servido.

Cato se ruborizó.

– Bueno… gracias, señor. -Pero ése fue el peor discurso de bienvenida que he presenciado en toda mi vida. He oído alocuciones más inspiradoras en las juergas de jubilación de los administrativos de contaduría. Creía que tú lo sabías todo sobre este tipo de cosas.

– YO he leído sobre este tipo de cosas, señor. -Entiendo. Entonces será mejor que complementes tu teoría con un poco más de práctica. -Eso le sonó muy bien a Macro y sonrió ante la afortunada expresión. Se sentía más que satisfecho de que su subordinado no hubiera podido hacerlo bien a pesar de su privilegiada educación palatina. Tal como ocurría a menudo, la evidencia de un punto débil en el carácter de otro hombre le producía un cálido y afectuoso sentimiento, y le sonrió a su optio.

– No importa, muchacho. Ya has demostrado muchas veces lo que vales.

Mientras Cato se esforzaba por encontrar una respuesta satisfactoria, percibió que una oleada de entusiasmo se extendía por el depósito. En el lado que daba al embarcadero, los hombres subían apresuradamente por el terraplén interior hacia la empalizada, donde se apiñaban a lo largo de la ruta de los centinelas.

– ¡Pero bueno! ¿Qué está pasando? -Macro salió de la tienda y se quedó al lado de su optio.

– Debe de ser algo que llega del mar -sugirió Cato. Mientras miraban, se amontonaron más hombres en la empalizada al tiempo que otros surgían de entre las tiendas para unirse a ellos. Entonces se oyeron unos gritos, apenas audibles por encima del creciente barullo del excitado parloteo. ~¡El emperador! ¡El emperador! ~¡Vamos! -dijo Macro, y se dirigió a paso rápido hacia el otro extremo del depósito con Cato pisándole los talones. Pronto se mezclaron con la demás gente que se apresuraba hacia el canal. Tras muchos empujones y jadeos, consiguieron abrirse camino con dificultad hasta el camino de la guardia y avanzaron como pudieron hacia la empalizada.

– ¡Abrid paso ahí! -bramó Macro-. ¡Abrid paso! ¡Que pasa un centurión!

Los soldados respetaron el rango a regañadientes y momentos después Macro se encontraba apretujado contra las estacas de madera, con Cato a su lado, ambos mirando fijamente hacia el canal, observando el espectáculo que serenamente se iba acercando desde el mar. A unos cuantos kilómetros de distancia, bañada de lleno por el resplandor del sol de la tarde, la escuadra imperial avanzaba hacia ellos. El buque Insignia del emperador iba flanqueado por cuatro trirremes que a su lado empequeñecían de forma considerable. Era una 'norme embarcación de gran eslora y ancha manga con dos mástiles altísimos que se alzaban entre la proa y la popa, ambas almenadas de manera elaborada. Dos enormes velas de color púrpura colgaban de sus palos, extendidas y bien sujetas en su sitio de manera que las águilas doradas que llevaban estampadas causaran la mejor impresión. Cato había visto ese barco en otra ocasión, en Ostia, y se había maravillado ante sus enormes dimensiones. Unos inmensos remos se alzaban por encima del agua, se movían hacia adelante a un reluciente unísono y volvían a sumergirse suavemente en el mar. Por detrás del buque insignia, toda una hilera de barcos de guerra entró en el canal, seguida de unos barcos de transporte y luego de la escolta de retaguardia de la armada, y para entonces el buque insignia ya se acercaba a la costa con toda la majestuosa elegancia de que fue capaz su altamente cualificada tripulación. El buque insignia tenía tal calado que, de haber intentado dirigirse hacia el pantalán, hubiese encallado. En cambio, la embarcación viró hasta situarse a unos cuatrocientos metros de la costa y se echaron las anclas a proa y popa. Los trirremes siguieron adelante rápidamente con rumbo al embarcadero con sus cubiertas atestadas de los uniformes blancos de la guardia pretoriana. Cuando los barcos de guerra echaron las amarras, los pretorianos desembarcaron en fila y formaron a lo largo de la pendiente en el exterior del depósito.

– ¿Ves al emperador? -preguntó Macro-. Tus ojos son más jóvenes que los míos.

Cato escrutó la cubierta del buque insignia, recorriendo con la mirada el remolino de tropas del séquito del emperador. Pero no había ninguna señal de clara deferencia y Cato movió la cabeza en señal de negación.

Los legionarios esperaban, nerviosos, un indicio de Claudio. Alguien inició una cantinela que se impuso con rapidez con el grito de: «¡ Queremos al emperador! ¡Queremos a Claudio!». Sonaba a lo largo de la empalizada y se propagaba por el canal hacia el buque insignia. A pesar de algunas falsas alarmas, seguía sin haber ni rastro del emperador y poco a poco el clima cambió de la expectación a la frustración y luego a la apatía mientras las cohortes pretorianas marchaban hacia el lado del depósito más alejado del matadero de campaña y empezaban a acampar para pasar la noche.

– ¿Por qué no desembarca el emperador? -preguntó Macro.

De su niñez en el palacio imperial Cato recordaba los largos protocolos de los que iban acompañados los desplazamientos oficiales del emperador y no le costó mucho imaginarse la razón de aquel retraso.

– Supongo que lo hará mañana, cuando se le pueda brindar una ceremonia de bienvenida digna de su autoridad.

– ¡Vaya! -Macro estaba decepcionado-. ¿Entonces esta noche no hay nada que valga la pena ver?

– Lo dudo, señor. -Bueno, vale, supongo que habrá algún trabajo que podamos hacer. Y todavía queda un poco de ese vino por beber. ¿Vienes?

Cato ya conocía a Macro lo suficiente como para reconocer la diferencia entre una verdadera alternativa y una orden dictada con educación.

– No, gracias, señor. Me gustaría quedarme a mirar un rato.

– Como quieras. A medida que iba anocheciendo, los soldados que había en el parapeto empezaron a dispersarse poco a poco. Cato se inclinó hacia adelante con el codo apoyado en el espacio que había entre dos estacas y la barbilla sobre la palma de la mano Mientras observaba el despliegue de embarcaciones que en esos momentos llenaban el canal alrededor del barco insignia. Algunas de las naves transportaban soldados, otras llevaban a los miembros del servicio imperial y algunas otras a los ricamente ataviados integrantes del séquito imperial. Más a lo lejos se hallaban anclados unos grandes barcos de transporte con unos curiosos bultos de color gris que asomaban por el borde de sus bodegas. Cuando los trirremes que habían descargado a los pretorianos se alejaron, los grandes transportes se colocaron junto al embarcadero y Cato pudo ver con más claridad la carga que contenían.

– ¡Elefantes! -exclamó. Compartieron su sorpresa los pocos hombres que quedaban a lo largo de la empalizada. Hacía más de cien años que los elefantes no se utilizaban en combate. Aunque ofrecían un espectáculo aterrador a aquellos que se enfrentaban a ellos en el campo de batalla, los soldados bien entrenados podían neutralizarlos rápidamente. Además, mal manejados, los elefantes podían constituir un mismo peligro tanto para el enemigo como para los soldados de su propio bando. Los ejércitos modernos casi no los utilizaban y los únicos elefantes que Cato había visto alguna vez eran los de los recintos para las bestias que había detrás del Circo Máximo. A saber qué hacían aquellos allí, en Britania. Seguramente, pensó él, el emperador no tenía intención de usarlos en combate. Debían de haberlos traído con algún propósito ceremonial, o para infundir el temor a los dioses en los corazones de los britanos.

Mientras observaba uno de los transportes en los que estaban los elefantes, quitaron una sección del lateral de la embarcación y llevaron a pulso una ancha plataforma hasta el embarcadero. Los marineros bajaron una rampa muy desgastada hasta la bodega y sobre ella, así como por encima del portalón, extendieron una mezcla de paja y tierra. A los animales debía de hacerles mucha falta el consuelo de aquellos olores familiares tras el vacilante movimiento durante el viaje por mar desde Gesoriaco. Cuando se hubo cerciorado de que todo estaba en su sitio, el capitán dio la orden de descargar a los elefantes. Al cabo de un momento, y en medio de un ansioso barritar, un conductor de elefantes consiguió que uno de ellos subiera por la rampa hasta cubierta. A pesar de que Cato ya los había visto antes, la repentina aparición de la inmensa mole gris de la bestia con sus siniestros colmillos lo intimidó, y se quedó sin respiración hasta que se tranquilizó al ver que allí donde estaba se encontraba a salvo. El conductor del elefante dio unos golpecitos con su vara en la parte posterior de la cabeza del animal y éste subió pesadamente y con vacilación hacia el portalón, haciendo que el transporte se inclinara un poco debido al desplazamiento del peso. El elefante se detuvo y levantó la trompa, pero el conductor le propinó un varazo y el elefante cruzó hasta el embarcadero con unas evidentes expresiones de alivio por parte de la tripulación.

El último elefante pisó tierra firme cuando la luz del sol se desvanecía y las lentas y pesadas bestias fueron conducidas hacia un recinto situado a cierta distancia de aquellos otros "animales temerosos de los elefantes. Mientras Cato y los legionarios que quedaban los miraban alejarse con su curioso modo de andar, lento y oscilante, los transportes cedieron el espacio a más embarcaciones todavía; entonces se trataba de los barcos de guerra elegantemente pintados que llevaban a los sirvientes del emperador y a su séquito. Por el portalón desfiló la élite de la sociedad romana: patricios vestidos con túnicas ¡de rayas rojas y sus esposas envueltas en sedas exóticas y muy ‹bien peinadas. Tras ellos salieron los miembros de la nobleza menor, los hombres ataviados con caras túnicas y sus esposas con respetables estolas. Por último sacaron el equipaje, que fue transportado por la pasarela por un montón de esclavos Supervisados con meticulosidad por el mayordomo de cada casa, que se aseguraba de que nada se rompía.

Mientras los miembros de cada una de las casas se reunían en diferentes grupos a lo largo del embarcadero, los administrativos del cuartel general del depósito corrían de un lado a otro en busca de los nombres que tenían en sus listas y acompañaban a sus invitados hasta la zona de tiendas preparada para ellos en un recinto fortificado anexo al depósito. De los recién llegados, pocos se dignaron a levantar la vista hacia los legionarios alineados en la empalizada. Por su parte, los legionarios observaban en silencio, maravillados ante la exuberante riqueza de la aristocracia romana, cuyo estilo de vida dependía de la sangre y el sudor derramados por los soldados de las legiones.

Mientras la mirada de Cato recorría sin rumbo la colorida multitud que había en el embarcadero, un rostro entre el gentío se volvió bruscamente hacia él de una manera que le llamó la atención de inmediato. Sintió que el corazón se le encogía en el pecho y notó una rápida aceleración de su pulso. Su respiración se calmó al tiempo que se empapaba de aquella larga cabellera negra, sujeta hacia atrás con peinetas, de la fina línea de las cejas y del rostro en forma de corazón que terminaba con una suave punta en la barbilla. Llevaba una estola de color amarillo brillante que resaltaba las esbeltas curvas de su cuerpo. Era inconfundible y él se quedó estupefacto, ansioso por gritar su nombre pero sin atreverse a hacerlo. Ella se volvió hacia su ama y ambas siguieron con su conversación.

Cato se apartó de golpe de la empalizada y bajó corriendo por el terraplén interior en dirección a la puerta principal del depósito; todo el cansancio de las últimas semanas desapareció de su cuerpo ante la perspectiva de volver a estrechar a Lavinia entre sus brazos.