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Se volvió a Carvalho y arqueó las cejas con resignación y complicidad.

– No le haga caso. Le comprendemos y al ayudarnos se ayuda. Está angustiado y por eso queremos que usted se encargue del caso. El ministro Corcuera no está angustiado y necesita una investigación paralela y convergente, pero desde una perspectiva angustiada y privada. Nadie podría imaginar que usted dirigiera una investigación paralela a la oficial. Le pagaremos lo que usted quiera, pero tenga en cuenta que el nuestro es un movimiento filosófico y benefactor.

Ante estos calificativos, varios componentes del COI no pudieron contener el ataque de risa y hasta hubo alguno que se dejó caer al suelo sacudido por carcajadas diríase que diabólicas. Eran del sector aristocrático y desde niños sabían que no tenían por qué disimular sus sentimientos. Carvalho les miró los cuellos, como si las pupilas se le hubieran vuelto guillotinas, pero ellos seguían en el suelo, riéndose y bebiendo traguitos de Knockando Gran Reserva, fijado su modelo etílico con la ayuda de los personajes borrachos diletantes de las comedias de Hollywood de la posguerra, de una petaca de oro con incrustaciones de perlas que el COI había regalado a todos sus componentes con motivo del V Centenario del descubrimiento del baloncesto maya.

– Si no es por dinero, hágalo por patriotismo, por patriotismo catalán o español u olímpico.

Terció un adulador, muy bien considerado en el escalafón de aduladores, maleteros y poetas oficiales del COI.

Olimpia del acervo humano surgey al acervo humano vuelve como un juego de dioses que al caer se alzandesde el Olimpo a la estatura humana pues hombres son y pueden ser vencidos; polvo son y polvo morderán en la derrota o polvo de oro en los labios de Victoria polvo serán y tendrán, mas será polvo enamorado.

La princesa Ana fulminó con la mirada al inoportuno y Samaranch musitó con los dientes apretados:

– ¡No sea imbécil!

El ministro español de Economía emergió de entre las sombras y amenazó:

– ¡Carvalho, o colabora o le envío una inspección de Hacienda!

Volvió a desaparecer entre las sombras y Carvalho creyó haber vivido una ensoñación, pero no, estaba en el corazón de la fortaleza olímpica porque desde los pisos superiores llegaban los agudos de Montserrat Caballé que estaba ensayando el himno olímpico de sobremesa.

– ¡Quiero que le corten los cables a la torre de comunicaciones de Foster que han construido al lado de mi casa en Vallvidrera!

Esta vez no fue un ¡oh! de estupor, sino de angustia, el que emergió sobre las cabezas de los miembros del COI y otros figurantes, cual lenguas de fuego de butano de muy mala calidad. Sólo el poeta oficial se atrevió a enfrentarse a Carvalho.

– ¡Traidor! ¡Quieres derribar los símbolos materiales de la modernidad tan duramente conquistada!

– Que me quiten a este moderno de delante o no respondo.

– ¡Esta ciudad se ha beneficiado de la pía alianza entre el Príncipe modernizador y los arquitectos!

Con un simple parpadeo, Samaranch ordenó callar al poeta en nómina y concedió a Carvalho.

– Se caerá.

– No espero otra cosa. Desde lejos engaña mucho. Desde cerca es pura ortopedia. Cada cable que la aguanta parece una muleta. Pero, por si no se cae, que la tiren. Para las comunicaciones del año 2001 bastará con un buen tam-tam.

– Deje que pasen los Juegos, de lo contrario no podríamos emitirlos.

– Sea. Y ahora quiero un estado detallado de la situación.

Samaranch chasqueó los dedos y el exegeta de plantilla emitió un informe que quería imitar las más resabiadas normas del teatro épico.

– Todo empezó en el momento en que la antorcha olímpica fue robada en la misma Olimpia… en el primer relevo… Sopló desde el Olimpo la cólera de Zeus y no fue suficiente para impedir otros signos de desgracia… en el largo camino recorrido por la antorcha de Olimpia a Ampurias… luego por todas las Españas… para recabar finalmente en Barcelona… desapariciones… accidentes de carretera… inundaciones…

– ¿Desapariciones?

Carvalho alzó una ceja como lo hacía Gregory Peck cuando quería expresar sentimientos, falta de sentimientos, sentimientos encontrados, pasión, compasión, instinto, emotividad, cordialidad, delicadeza, conmoción, efusión, introversión, extroversión, trauma psíquico, alegría, odio, pena, patetismo y perplejidad, sobre todo perplejidad.

El barón de Coubertin creía que la educación cambiaba la conducta y en consecuencia también podía regenerarla. La revolución industrial había provocado un trasiego de trabajadores del campo a la ciudad, y el ejercicio físico condicionado por las reglas del forcejeo con la naturaleza se había encajonado en las sólidas habitaciones de las fábricas y en la predeterminación de la programación del trabajo industrial. Además, la nueva clase obrera vivía hacinada en los barrios que le sobraban a la burguesía y a la aristocracia y mala era su salud, malas sus condiciones higiénicas. Curiosamente, los benefactores del siglo XIX se inventaron el deporte social para que los esclavos industriales fueran menos infelices y las competiciones deportivas entre Estados para demostrar que, en efecto, la paz es la prolongación de la guerra y requiere una insistencia en el entrenamiento para el futuro éxito bélico. Una mayoría social bien entrenada produce mejor y mata mejor en caso de estallar la guerra inevitable. Así pensaba el bloque dominante durante la revolución industrial, hubiera dicho un pensador, ya no marxista, sino mínimamente informado, de haberle dejado decirlo en el clima de inculcación olímpica previo a los Juegos. Pero los espíritus críticos fueron considerados enemigos de la concesión de los Juegos a España y, posiblemente, herederos espirituales de los funestos afrancesados, partidarios de que los juegos se los hubieran concedido a París o, en su defecto, a cualquier ciudad situada a más de mil kilómetros de distancia de cualquier ciudad española. Frente a los marxistas antiolímpicos que habían replegado todo su canallismo obstruccionista de los frentes de la lucha de clases internacional para dar la batalla contra el optimismo competitivo del olimpismo…

– ¡Preferís el homicidio de Caín como expresión de la división humana y no la competición del angélico Abel!

… se esgrimió que el impulso de la filosofía deportiva e higienista del siglo XIX era fruto de la iniciativa modernizadora de espíritus ilustrados, como el coronel español Amorós, por ejemplo, exiliado político en Francia a la estela de los vencidos ejércitos napoleónicos, hombre liberal y gimnasta que predicó por Francia algo parecido a la gimnasia sueca sin decirles nunca a los franceses que aquella gimnasia era sueca. Consecuencia de Amorós y Thomas Arnold -un pedagogo inglés que coló en la sabiduría convencional de los ingleses términos y conceptos como entrenamiento, esfuerzo físico, sufrimiento para conseguir el objetivo de ver musculitos emergentes y respetar al adversario así en la victoria como en la derrota deportiva, a la espera de enseñarle lo que vale un peine en caso de ruptura de pacto social o de pacto internacional- fue el joven Pierre de Fredy, más conocido por barón de Coubertin, un plasta de mucho cuidado al decir de quienes le trataron. Falso que el barón de Coubertin fuera un pacifista. Era un imperialista francés, avalador de su expansionismo nacional frente al británico y lo del pacifismo le vino con la edad, al igual que los buenos sentimientos suelen ser consecuencia de la imposibilidad física y mental de tener malos sentimientos.

En todo esto pensaba Carvalho cuando comparaba el olimpismo supuestamente idealista de Coubertin con el mercantil de Samaranch y sus muchachos, dispuestos a convertir el póquer en deporte olímpico si contaba con un patrocinador adecuado. ¿Cabía atribuir el sabotaje a las mañas adversas de la momia del barón, desencantado por la corrupción del espíritu olímpico? Y de no ser así, lo más probable, ¿de dónde podía venir el sabotaje? En tiempos de Coubertin podía ser obra de un deportista despechado, obligado a demostrar su idealismo, o bien de una potencia empeñada en el fracaso organizativo del Estado convocante de los Juegos. Pero en la era Samaranch, más plausible que el sabotaje fuera consecuencia de una conspiración terrorista o del mal humor de un sponsor despechado porque los organizadores hubieran escogido una marca de cacao en polvo de la competencia. El inventario de sabotajes conducía a la casuística. Pero quizá el caso del récord contra natura de Ben Johnson era simple consecuencia de una tensión psicosomática interiorizada después del escándalo de Seúl que el atleta había sublimado en un esfuerzo sobrehumano, aunque el papa de Roma, todavía no bien repuesto de la operación de su tumor, trató de llevar el agua a su Jordán y aseguró haber rezado mucho por Johnson para que Dios ejerciera el don del perdón de los pecados a través del atleta descarriado, si bien la nueva edición del Catecismo Apostólico y Romano no contemplaba el doping como pecado. Siquiera venial.

La triquiñuela de los falsos atletas negros era consecuencia de una corrupción cultural basada en la conquista del éxito, costara lo que costara, y en la búsqueda de la evidencia de que el estuche condiciona el contenido. Más convencionalmente criminales eran las desapariciones, tan varias que hubieran podido pasar por una enumeración caótica de poema surrealista de entreguerras: alcaldes socialistas, una monja de Orihuela, un directivo del Real Madrid, un corruptor de menores sin suerte y Bernard Henry Levy disfrazado de camionero de la CGT, casi recién llegado de Sarajevo, donde había ejercido de bonsai de Malraux, junto a Mitterrand, sorprendentemente convertido en un bonsai de De Gaulle. Afortunadamente los medios de comunicación locales obedecían la consigna del COI y del gobierno español de sólo difundir verdades necesarias para la modernización de España y el éxito de los Juegos Olímpicos y las desestabilizaciones, voluntarias o no, sólo eran conocidas por un reducido grupo de adictos al Régimen. Si el sabotaje era fruto de una conspiración, el interés de los conjurados era que se conociera. ¿O se limitaban a lanzar advertencias tangenciales, destinadas a fatigar la paciencia del COI? ¿Le habían contado toda la verdad o ya existían contactos entre saboteadores y responsables de los juegos para pagar el chantaje? De ser así, ¿por qué se había recurrido a Carvalho por un procedimiento tan expeditivo? El detective había conseguido un pase total para circular por las instalaciones de los juegos cual Espíritu Santo de Olimpia. Husmeó lo suficiente por los restaurantes para atletas e informadores como para darse cuenta de que las Olimpiadas nada estaban aportando a la emancipación del paladar humano: fast food (comida rápida), proteínas, vitaminas y fibra, metidas en cualquier cosa; sondeó a destacados participantes para indagar la posibilidad de algún patrocinador especialmente despechado que contara con algún infiltrado en los Juegos. Carvalho se vinculó muy especialmente a los participantes islámicos, por si el sabotaje fuera un desquite de los sectarios del Sur contra los sectarios del Norte, incluso llegó a plantearse cherchez la femme…, un tópico tan contraindicado como atribuir a vagabundos, por lo general extranjeros, los crímenes en las novelas policíacas con prados, mayordomos servidores de un excelente, siempre excelente, Oporto y habitaciones cerradas por dentro, a la manera de las novelas policíacas de Agatha Christie, es decir, preconciliares.

¿Y terrorismo nacionalista? ¿Catalán? ¿Vasco? Los catalanes quedaban descartados porque ya habían conseguido sus objetivos: que cantaran su himno antiespañol durante la ceremonia de inauguración en presencia del rey de España y que una cuota del 15 % de los asistentes pudieran silbarle al rey si superaban la querencia monárquica que el hombre lleva dentro. El rey había consultado sus apuntes de Formación Profesional Permanente para Reyes y Príncipes en Ejercicio y dio el visto bueno tras leer el consejo: Donde estuvieres canta lo mismo que cantan los otros, complementado con el de: Si eres un buen navegante llegarás a la conclusión de que las banderas sólo sirven, y no siempre, en caso de guerra. En tiempos de paz las únicas necesarias son las de señales. Por si estos consejos no fueran suficientes, el rey consultó con Jordi Pujol, presidente del gobierno autonómico catalán y nacionalista moderado.

– Bien pensado, majestad… a los catalanes lo que nos gusta es que nos hagan caso.

– A los reyes también.

– Lástima que no se animen usted y la reina a tener otro hijo. Si es niño le ponían Jordi y si era niña, Nuria y ya tenían a los catalanes en el bolsillo para toda la vida. Somos muy sentimentales.

– Traer hijos al mundo en plena crisis no identificada del capitalismo… ¿Será la crisis cíclica de siempre? ¿Será la crisis general anunciada por los profetas? Tener más hijos, con lo caro que está todo. La vivienda para empezar. Estos acontecimientos tan gloriosos han encarecido la vivienda. Más hijos. No. Eso sería una temeridad.

– Si usted lo dice, majestad.

En cuanto a los terroristas vascos, no se atreverían a definir su imagen internacional como desestabilizadora, sin una Internacional ni siquiera residual que los avalara.

– Hay fenómenos inútiles como el récord de Johnson, no conducen a nada… las desapariciones… ahí está el quid de la cuestión.

Transmitió Carvalho a Samaranch cuando concluyó la audiencia, pero el catalán universal no parecía demasiado conmovido por las desapariciones, ahora que los periodistas se habían retirado, e, inmutable, deslizó en el bolsillo del detective medio cheque por valor de cinco millones de francos senegaleses.

– La otra mitad se la daré cuando termine su trabajo.

A pesar de todos los desastres de la razón desde la restauración francesa de 1815 hasta la subida al poder de Walesa en Polonia, Carvalho ejercía de vez en cuando de racionalista. Decidió aceptar el caso, volver a casa, recuperar la patria chica de cocina, guisarse una cazuela de judías aromatizadas y secundadas por un confit d'oie y construir una fogata en la chimenea, liviana porque apretaba el calor en aquel julio barcelonés y húmedo. El fuego lo había iniciado con un librito de información olímpica de Andreu Mercé Varela, De Olimpia a Munich, suficiente para una hoguera tan inoportuna como ritual. Mientras contemplaba y deseaba la extinción de las llamas, sonó el timbre. Desde la ventana de la habitación de su chalet de Vallvidrera, Carvalho vio ante la puerta una genéricamente ambigua figura, ambigüedad acentuada por la prenda que la recubría. ¿Una gabardina? Sospechoso. Pero, se dijo, si yo enciendo el fuego de la chimenea en julio ¿por qué un adorador de la gabardina ha de renunciar a su prenda preferida? Carvalho pulsó el conmutador del abridor automático, comprobó que la pistola estuviera cargada y se sentó en un sofá cara a la puerta por donde de un momento a otro aparecería tan ambiguo visitante. No tardó en abrirse la puerta y en el umbral apenas si cabía la percepción biplana de aquel corpachón enfundado en una ligera gabardina de seda. El rostro en sombras, de entre las solapas de la gabardina salió una voz de Marlene Dietrich acentuada por la menopausia.

– ¿Pepe Carvalho?

– Quizás.

Dio un paso adelante. Era una mujer físicamente tan poderosa que parecía un boxeador homosexual. Además, llevaba una pistola en la mano.

– ¿Y ese fuego?

Señaló la intrusa la chimenea. Y, sin esperar respuesta, recitó:

De mi pequeño reino afortunado me quedó esta costumbre de calor y una propensión al mito.

Carvalho no se dejó impresionar por unos versos tan correctamente recitados y preguntó:

– ¿Rabindranath Tagore?

Y ella contestó con religiosa unción:

– Jaime Gil de Biedma.

La mujer se quitó la gabardina, la dejó caer al suelo al igual que la pistola y ante Carvalho quedó una arquitectura de músculos color canela, breve tanga y un sostenedor de pezones que en su caso parecían también musculitos. Como dejándose llevar por una costumbre, la mujer empezó a marcar posturas de concurso culturista y Carvalho trató de recordar el nombre de los músculos que se hinchaban y deshinchaban ante sus ojos, según el control remoto del cerebro de la mujer. Sólo recordaba bíceps y tríceps y también el risorio de Buccini, músculo al que se le atribuye la posibilidad de sonreír, pero no era sonrisa lo que expresaba el rostro de la intrusa, sino una cejijunta, tenaz obstinación. Terminó su tabla de ejercicios y quedó ante Carvalho a la espera de veredicto.