39539.fb2 Sabotaje Ol?mpico - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 8

Sabotaje Ol?mpico - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 8

¿Qué estaba pasando en el contexto olímpico? ¿Se desmoronaba una alternativa de armonía idealista, hasta el punto de que los funcionarios bien pagados volvían a la guerrilla imaginaria y un ministro de la Gobernación creía en la existencia objetiva de la lucha de clases? Terminada la alianza entre los príncipes, los arquitectos, los traficantes y los sponsors, la fragilidad del espectáculo deportivo era excesiva. ¿Qué sentido tenía que aquellas niñas-ranas batieran récords de natación contra otras niñas-ranas? ¿Y las niñas gimnastas? Una racita feminoide cuyo único objetivo, hicieran el movimiento que hicieran, era caer con los pies juntos y sin perder el equilibrio. Y en cuanto a los deportes de equipo, el fútbol olímpico es subfútbol y el baloncesto lo sería de no haber concesiones hasta el extremo de aceptar a los malabaristas de la NBA, dirigidos por un follador afectado por el sida y más parecidos al Harlem Globbe-trotters que a un equipo de baloncesto humano. ¿Tenis olímpico? Aquellos cazadores de pelotas de oro, reconcentrados y reconsagrados como pistoleros y más trotamundos que los artistas de circo, ¿olímpicos? ¿Qué dignidad puede alcanzar un jugador como Agassi que vaya donde vaya reserva mesa en los restaurantes dedicados al pollo frito de Kentucky, porque no le cabe otro Chez Maxim's en la cabeza? El mal humor de Carvalho no sólo era fruto de la situación en general, sino, y muy especialmente, de tener que soportar el cabezón del ministro Corcuera sobre su hombro. Ya no lloraba, pero le estaba contando su vida.

– ¿Sabes a qué edad aprendí a hacer instalaciones eléctricas?

– Ni idea.

– No levantaba dos palmos del suelo.

Pero a juzgar por la estatura que marcaba con uno de sus brazos era evidente que mentía. No pudo continuar autocompadeciéndose porque por la escollera llegaba al trote el caballo preferido de la princesa Ana, con su amazona sobre los lomos. Melena rubia, de teñido algo recompuesto, al viento, la fusta en ristre, la princesa avanzaba seguida de sus caballeros guardaespaldas disfrazados según el supuesto vestuario de los componentes de la Mesa Redonda del rey Arturo. Desde el caballo, la princesa increpó a Corcuera.

– Ministro, ¿así cumples tus obligaciones?

– Majestad… Majestad…

Empezó a balbucir Corcuera hasta que de pronto recordó que el ministro era él, que aquella señora no era ni reina y que, además, Inglaterra, la pérfida Albión como la llamaban los franquistas, persistía en el empeño de no devolver Gibraltar a España. Así que, despegándose del humedecido hombro de Carvalho, Corcuera increpó a la princesa.

– ¿Pero quién te has creído tú que eres? ¡Estás rodeada de pendones por todas partes! Tu tía se da a la priba, tus cuñadas van como puta por rastrojo y tu hermano un día se va a revelar como el nuevo Jack el Destripador. Tu padre es un ecologista ful y plasta y tu madre una tacaña… A la princesa Ana de Kent le sientan fatal los sombreros y es más cursi que un guante… ¡Que yo me leo el Hola todas las semanas!

Agradó a la princesa aquella gallardía tan española, tan de torero despechado y trágico, y palmeando el trasero de su alazán, propuso a Corcuera.

– ¡Sube a la grupa de mi caballo alazán, moreno!

Carvalho cerró los ojos para recuperar el sentido de la realidad que quedaba más allá de sus ojos cerrados. ¿Cómo era posible todo lo que estaba viendo y oyendo? ¿A qué programa respondía? Y si no respondía a un programa, ¿a qué respondía? Cuando recuperó la mirada, era el ministro Corcuera quien llevaba las riendas del caballo, la princesa, sentada tras él, ceñía el cuerpo del ministro con sus brazos blancos algo aflautados y un caballero de la Mesa Redonda puso un sombrero cordobés sobre la cabeza del responsable de la Gobernación de España. Corcuera enarcó una ceja, dedicó a Carvalho una evidente mirada de superioridad y partió al trote seguido en primera instancia por los caballeros de la Mesa Redonda y a continuación por todo el muestrario de policías recodificados según la posmodernidad, coreantes de la canción que proclamaban a pulmón libre la princesa y el ministro:

Mi jacagalopa y corta el viento cuando pasa por el Puerto camini…pum pum… to de Jerez.

Cogidos a contrapié, los cámaras de televisión trataban de ganar sus vehículos para seguir la comitiva mientras la sociedad civil que paseaba por el Rompeolas, con el excesivamente ambicioso proyecto de tomar el fresco, enterada de la desaparición de Samaranch, reclamaba su devolución con los ojos llorosos y el grito estridente.

– ¡Samaranch, vuelve a casa! ¡Queremos a Samaranch! ¡Es l’avi (el abuelo) redivivo!

Increíble, las masas aplicaban a Samaranch el epíteto que en el pasado había merecido Francesc Maciá, l’avi, un patriota nacionalista catalán, cuya memoria había sido perseguida sañudamente por el franquismo. Carvalho recordaba aquellos tiempos en que los gritos sociales iban en sentido inverso y le pedían a Samaranch que se fuera.

– Samaranch, fot el camp! (¡Samaranch, lárgate…!)

Todos los seres humanos se han uniformado componiendo un único público fanático de un único partido de fútbol universal. Un zumbido luminoso pasó ante sus ojos. De nuevo un arquero oculto le había lanzado una flecha encendida, pero esta vez no permaneció oculto demasiado tiempo. De detrás del faro salió el hombre vestido de blanco, con el arco entre las manos, la caja a la espalda llena de flechas y un anuncio de la casa Dupont sobre la pechera de su camiseta. Llevaba gafas de sol a pesar de la creciente oscuridad y cuando llegó hasta Carvalho le dio la contraseña.

– Freedom for Catalonia!

Carvalho no sabía qué contestarle.

– ¿No conoce la respuesta de la consigna? Pues vaya manera de organizar estos encuentros. Usted ha de contestarme en catalán: Entre tots ho farem tot! (Entre todos lo haremos todo).

Lo repitió Carvalho y el arquero le tomó por un brazo orientando su cuerpo hacia el poniente. Luego sacó una flecha del carcaj, la encendió con un mechero Dupont y la lanzó hacia lo que quedaba de sol.

– Siga la flecha y llegará a donde tenemos a Samaranch.

La flecha pasó por encima de los muelles viejos de Barcelona y dio en la cabeza de la estatua de Colón, con tan mala suerte para el almirante que a partir de aquel momento quedó dañado el ojo que con más afán miraba hacia América y, arruinado el Ayuntamiento tras los Juegos Olímpicos, sólo una poderosa casa de óptica podía actuar como sponsor reparador. Allí estaba Samaranch y había que llegar hasta él con una celeridad que no pusiera en peligro la vida de aquel catalán universal. El ascensor había quedado cerrado al público y protegido por una extraña policía vestida de danzarines de bailes populares catalanes, sorprendida una vez más en la tarea de hacer fogatas primero, luego brasas y asar costillas de cordero y butifarras de carne de cerdo -la consabida unión de contrarios entre el animal de los rituales purificadores y el animal impuro por excelencia- que comían en grandes cantidades, acompañados siempre por rebanadas de pan con tomate sin las cuales no se explicaría la biogenética del pueblo catalán a partir del siglo XIX, fecha de incorporación del pan con tomate a las señas de identidad de la catalanidad. Los antropólogos denominan costellada a este rito del fuego y del asado. Fue pegar la hebra sobre el asado de la carne, el pan con tomate y el alioli, como complemento idóneo de la nacional-nutrición, lo que facilitó a Carvalho una progresiva aproximación al ascensor, entregados sus interlocutores a los muchos saberes nacionales que exhibía aquel desconocido, hasta que se metió en él y partió hacia sus máximas alturas. Mientras ascendía, imágenes, sensaciones, ideas contrapuestas se agitaban en un lugar indeterminable de su cerebro. ¿Iba a salvar a Samaranch sólo por una cuestión profesional? Cuando bajo el franquismo, cientos, miles de luchadores antifascistas eran detenidos, ¡y de qué manera!, ¿había acudido Samaranch en su socorro? Seguro que el interfecto podía aportar algún dato de generosidad redentora, porque esta gente siempre cuenta con el primo de alguien al que le ha ayudado a curarse las cataratas o salvado de un fusilamiento. El fascista generoso es una constante en la Historia de España desde los tiempos de Indíbil y Mandonio. En cualquier caso, era obligación de Carvalho rescatar a Samaranch y en cuanto desembocó en la estación terminal de la estatua, Carvalho empuñaba la pistola y la dirigió precisamente contra el grupo de boy scouts que rodeaban al presidente yaciente, atado mediante un tramado de cordajes tensados por gruesos punzones clavados en el suelo.

– ¿Es manera de atar a un anciano?

Se ruborizaron los seguidores de Baden-Powell y no tuvieron otra excusa a lengua que la influencia de la literatura infantil en sus vidas.

– Le hemos atado como los liliputienses atan a Gulliver, al menos según la ilustración que todos vimos en el libro de Viajes de Gulliver de nuestra escuela.

– ¿A qué escuela habéis ido?

– A Virtelia.

– Un colegio de pago.

Dijo Carvalho con desprecio y añadió:

– ¿Supongo que el detalle de llamarme la atención mediante el arquero es fruto de una modernización de la vieja táctica de pistas del scoutismo?

El más dotado de palabra se explayó en una larga disquisición sobre la modernidad en el scoutismo y el uso del rayo láser o los satélites de telecomunicación como complementos que no negaban usos tradicionales como cantar canciones tirolesas traducidas al catalán (en el caso del scoutismo catalán) y escalar las montañas sagradas o mágicas, es lo mismo, de que dispone cada país. No era momento de polemizar, sino de liberar a Samaranch de sus excesivas ataduras y en esta operación, auxiliado por los scouts más arrepentidos, Carvalho les preguntó el objetivo del secuestro y la inmediatez con que le habían puesto en la pista para descubrirlo.

– Era una demostración de fuerza que podía convertirse en demostración de debilidad si se prolongaba demasiado.

El que así hablaba era un chiquito andaluz que aseguró colaborar con los independentistas catalanes en viaje de ampliación de estudios, becado por el Partido Andalucista.

– Tenemos mucho que aprender del independentismo catalán.

– ¿Y los otros desaparecidos?

– ¿De qué desaparecidos está hablando? Si los hay, nosotros no hemos sido.

– Doy fe de ello, maestro.

Terció el andaluz que había descubierto en Carvalho un mestizo propenso a fiarse de su palabra. Por fin el rostro de Samaranch emergió más allá del entramado y, nada más verlo, Carvalho lanzó un grito de alerta.

– ¡Rápido! ¡A este hombre le ha pasado algo!

En efecto, diríase que las facciones se le habían deslizado hacia un lado, hasta el punto de que parecía Cobi, el perro mascota olímpica. Lo primero que pensó Carvalho: le ha dado una hemiplejia, pero cuando la cabeza del catalán universal quedó completamente al descubierto, Carvalho dedujo que había algo más que hemiplejia, porque así como se sabe que a los indios precolombinos los conquistadores poscolombinos, principalmente anglosajones, les cortaron la cabellera por el procedimiento de arrancarles el cuero cabelludo, técnica replicada por los indios cabellera por cabellera y que, manipulada por la cultura mediática blanca, acabó siendo atribuida a la maldad congénita del mal salvaje, utilizada en su contra por todo el cine racista norteamericano del Far West, era evidente que algo o alguien había tratado de arrancarle la piel de la cara al presidente del COI hasta el punto de desplazársela.

– ¡Nosotros no hemos sido!

Juraban y juraban los scoutistas. Si ellos no habían sido y normalmente el seguidor de Baden-Powell no miente, salvo en caso de guerra mundial y de cualquier otro tipo de genocidio sistemático contra pueblos dejados de la mano de Dios, aquel desplazamiento de piel respondía a otra causa y llevaba a otro efecto y Carvalho agarró con las manos los pliegues de piel de la escasa sotabarba del presidente del COI y tiró hacia arriba. Con una facilidad que no dio tiempo para la angustia, en las manos de Carvalho quedó vacío de músculos y hueso el que había sido rostro importante en la historia de España y del olimpismo, pero el vacío dejado por aquel rostro que colgaba de las manos de Carvalho estaba ocupado por la cara aterrorizada de otro. Es decir, metafísica aparte, lo que Carvalho tenía entre las manos era una máscara y bajo la máscara aparecía un señor casi calvo, con las mejillas rojas, un diente de oro refulgente entre los labios.

– ¿Y usted, quién es?

– Soy un aparcero de don Juan Antonio Samaranch. No me hagan daño, por favor. Tengo mujer, hijos y aún debo siete plazos del tractor.

– ¿Desde cuándo llevaba usted encima esta máscara de Samaranch?

– El señorito me pidió que me la pusiera horas antes de la inauguración de los Juegos.

¡Un doble! De pronto Carvalho concretó la imagen que rememoraba vacilante de entre las que componían el vídeo inaugural. Ya estaba bien de planteamientos. Urgía llegar al nudo de la historia.

«Los ensayistas de literatura de moda, Steiner, Frye o Teodorov, cada cual con sus raíces y con su capacidad de influencia sobre el futuro, se mueven entre la seguridad que da la especulación a partir del "topos" clásico y Teodorov, tentado por la posmodernidad, no tiene más remedio que enfrentarse a un bosque de casuísticas creado por cruces y más cruces, injertos y más injertos de patrimonios narrativos. La búsqueda de núcleos reductores parece más alquímica, a estas alturas, que científica, sobre todo desde la dramática constatación del fracaso de todo intento de cientifismo literario.» La frase no era de Carvalho, sino de uno de los jóvenes críticos partidarios del rigor, al que Carvalho consultó angustiado por el problema del nudo y del desenlace en una propuesta narrativa en la que el planteamiento estaba marcado por el encargo, por el encargo olímpico, por una narrativa de envoltorio al servicio de una operación político-cultural de envoltorio y por un lógico recurso a la desmedida, impuesto por todo lo dicho y porque sería un acto de ignominia escribir novelas por entregas, en julio y agosto, con una rigidez vertebral que ya no se permiten ni los adoradores de la novela centroeuropea de entreguerras, de entre qué guerras, no importa. El joven crítico riguroso estaba en plena redacción de una crítica positiva de la novela de un amigo, después de haber dejado para el arrastre la novela de otro escritor al que no teñía el disgusto de conocer.

– ¿Y eso es ético?