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Entonces los «lobos» aparecieron…
Nadie esperaba que tal fenómeno se produjese, pero la guerra en el Este había procurado sorpresas de todas clases. Y los lobos eran una de ellas.
Cuando todas las esperanzas desaparecieron, cuando las tropas supieron que toda ilusión era vana y que tarde o temprano caerían en poder de un enemigo implacable, cuando la comida empezó a faltar, cuando la disciplina se resquebrajó como ocurre siempre al acercarse la derrota, muchos hombres se negaron rotundamente a seguir peleando por algo que había perdido totalmente su significación.
Abandonando sus unidades, vestidos de harapos, medio muertos de frío y de hambre, se movieron por la retaguardia con un solo deseo: vivir a costa de lo que fuera.
Eran los «lobos».
Por grupos más o menos numerosos, atacaban a cualquiera, buscando afanosamente los centros de la intendencia, los depósitos de víveres y también los lugares donde los celosos furrieles guardaban los cigarrillos y el alcohol destinado, en principio, a los puestos de mando y a los estados mayores.
Los hombres que quedaban en el frente se preguntaban ansiosamente cómo terminaría todo aquello. La proximidad del cautiverio les corroía el alma como un ácido.
Muchos de ellos lloraban en silencio, besando las fotos de sus familiares o mojando con lágrimas la última carta llegada de Alemania.
Otros juraban, maldecían, contestaban mal a los oficiales a los que perdían rápidamente el respeto.
Y los más duros, los cargados de odio, abandonaban las posiciones yendo a engrosar los contingentes anárquicos de los lobos.
Patrullas de la Feldpolizei daban constantes batidas, matando como a perros a los lobos que encontraban aislados; pero, a menudo, eran los lobos los que dejaban en el suelo nevado los cuerpos de los policías militares, a los que muchas veces mutilaban horriblemente, vengándose así de un cuerpo al que habían temido desde siempre.
Mientras, Leopold Seimard, al que los papeles traídos de Berlín habían proporcionado toda clase de facilidades, había constituido su «unidad especial» y fuertemente protegido, contando con los pocos vehículos que aún podían circular en aquel tiempo de creciente penuria de carburante, recorría los sectores, mostrándose cada vez más furioso al oír hablar sin descanso de las fechorías de los lobos.
– ¡Hay que cazarlos como a perros furiosos! -gritaba-. ¡Aplastarles la cabeza como a serpientes venenosas!
Porque eran ellos, los lobos, los que amenazaban con echar por tierra su plan.
Hasta entonces y merced al control ejercido sobre los víveres, había conseguido que, en general, muchas unidades, ante la amenaza de no recibir comida, se pegasen al terreno, rechazando con fiereza los ataques soviéticos.
Pero, ¿hasta cuándo estarían seguros sus depósitos de víveres con aquellos lobos sueltos?
Se había rodeado de hombres sin escrúpulos, Feldgendarmes y miembros de la SS. Sus «soldados» comían como príncipes y bebían como cosacos, poseyendo las mejores armas y munición en cantidad ingente…
Leopold había instalado su puesto de mando en un búnker que podía resistir cualquier ataque. Tres tanques permanecían constantemente cerca del fortín, con las armas dispuestas, entre ellas un monstruoso lanzallamas, para repeler cualquier intento de agresión.
Aquella mañana, la línea telefónica del búnker, una de las pocas que aún funcionaba, le permitió recibir una llamada urgente.
– ¿Diga?
– Aquí el jefe de la 376.ª División. Le llamo, aconsejado por el jefe del cuerpo de ejército, para comunicarle que el enemigo acaba de desencadenar un ataque furioso contra nuestras posiciones, alrededor del aeródromo de Pitomnik.
– Voy inmediatamente.
– Entendido.
Algunos minutos más tarde, Leopold, a bordo de su Panzerpähwagen especial, dotado de ocho enormes ruedas y completamente blindado, abandonaba el búnker, seguido por uno de los tanques.
Todas las precauciones eran pocas para atravesar la llanura helada donde merodeaban los lobos.
Franz Humbeler, el enfermero toxicómano que había obtenido el permiso para Leopold Seimard, había conseguido resistir durante los primeros días la ofensiva rusa, gracias a algunos robos de droga llevados a cabo en el Lazarett divisionario.
Pero desde que la morfina desapareció del hospital de vanguardia, la situación de Franz cambió por completo.
Nunca supo cómo pudo resistir aquellos días, vagando como un loco después de comprobar que los armarios de los quirófanos estaban completamente vacíos, no solamente de calmantes, sino de todo lo demás. Incluso el algodón y las vendas habían dejado de existir.
Se vendaba con papel y se procuraba calma o anestesia con las pocas botellas de alcohol que quedaban, aturdiendo más que durmiendo a los que podían ser operados todavía.
Humbeler abandonó el Lazarett sin saber exactamente hacia dónde dirigirse. Preguntó por Zimmer, pensando que el furriel no podía abandonarle, pero nadie sabía dónde se había establecido el servicio divisionario de intendencia.
Enloquecido por la falta de droga, Franz vagó por las afueras de Stalingrado, pensando muchas veces en dejarse caer sobre la nieve y esperar pacientemente la muerte.
Fue entonces cuando encontró a los lobos.
Se trataba de un pequeño grupo que mandaba un tal Funker, un hombre pequeño, macizo con un rictus cruel que no abandonaba su boca de labios tan finos que parecían un simple repliegue de la piel.
Justamente, Funker acababa de enterarse del lugar donde Zimmer había instalado su nuevo despacho, en una casa situada a una decena de kilómetros de Pitomnik.
– Conozco a ese Zimmer -dijo Franz-, y os aseguro que es el mayor hijo de perra que he conocido jamás. Seguro que tiene escondidos verdaderos tesoros.
– ¿A qué estamos esperando? -gruñó Funker que entregó al enfermero una ametralladora Smeisser.
Zimmer se llevó a los labios la copa de alcohol. Frente a él, Kas había bebido de un solo trago la suya.
– Leopold ha hecho mal de llevarse a los hombres que hacían guardia aquí -dijo el gigante.
– Está loco con esos malditos lobos -replicó Zimmer-. Anda, coge el fusil y date una vuelta por afuera…
– ¿Con este frío? -protestó el gorila, pero ante la mirada de su jefe-: ¡De acuerdo! Daré una vuelta… aunque creo que no tenemos nada que temer. Nadie sabe que estamos aquí… y, además, las cosas están perfectamente escondidas… tuviste una idea genial, Erich…
– ¡Lárgate de una vez! -gruñó el furriel llenándose de nuevo la copa.
Kas abandonó el ambiente cálido del interior; al cerrar la puerta tras de sí, se estremeció, mirando con rabia los torbellinos de nieve que ofrecían un aspecto fantasmal, bajo la luz amarillenta de una luna en cuarto creciente.
– Sakrement! -gruñó-. No valía la pena que me enviase fuera… aquí no corremos ningún peli…
No terminó la frase.
El largo cuchillo de Funker le seccionó el cuello, separándose casi la cabeza del tronco.
Kaslheinz Vertasen murió sin darse cuenta de lo que le ocurría. Cayó como una enorme masa a los pies del jefe de los lobos quien le propinó una patada en la cabeza.
– Vosotros -murmuró Funker- esperad aquí y abrid bien los ojos. Tú, Franz… ven conmigo a saludar a tu amigo el furriel.
Zimmer abrió los ojos como platos al ver entrar a los dos hombres. Su mirada asustada se encontró en el largo cuchillo, todavía manchado de sangre, que Funker tenía en la mano.
– Franz… -musitó con un hilo de voz-. ¿Qué deseas?
– Vengo con unos amigos… y te presento a mi nuevo jefe, Funker. Queremos comida, bebida, chocolate y dinero… sabemos que tienes de todo…
– No es verdad -intentó defenderse el furriel.
Funker dio un paso hacia la mesa.
– No tenemos mucho tiempo que perder, Zimmer. Y si no quieres terminar como ese gorila que estaba fuera, al que he degollado como a un cerdo, date prisa…
– Pero -dijo Zimmer sin poder separar la mirada del cuchillo de Funker-, ese hombre miente -y señaló a Franz-. ¡No poseo absolutamente nada! Si quieres convencerte, no tienes más que echar una ojeada a mi depósito… está prácticamente vacío.
Funker dio la vuelta a la mesa y se acercó, con gesto amenazador, al furriel.
– Basta de idioteces… si no quieres morir ahora mismo, dinos dónde escondes tus tesoros…
Funker debió leer en los ojos del furriel una disposición a seguir negando, a defenderse como fuera, a dejar pasar el tiempo, quizá porque esperaba la llegada de alguien.
Pero no fue él quien tomó la iniciativa, sino Franz, al que seguramente la falta de droga estaba haciendo enloquecer.
Se lanzó sobre Zimmer, golpeándole con saña, con rabia. El furriel cayó de rodillas, recibiendo entonces una tremenda patada en plena boca, que le proyectó hacia atrás, quedando tendido en el suelo.
Loco, furioso, Franz tendió la mano hacia Funker.
– ¡Dame tu cuchillo!
Una vez con el arma en la mano, Franz se arrodilló junto a Zimmer, colocando la punta del cuchillo a pocos milímetros del ojo del furriel.
– O te decides o te saco ahora mismo el ojo…
– ¡No! -gritó Zimmer-. Os daré todo… pero no me hagáis daño…
Momentos después, temblando aún de miedo, con los labios hinchados por el golpe recibido, Zimmer condujo a los lobos a uno de los escondites donde había ocultado parte de sus tesoros.
Los lobos lanzaron gritos de alegría al descubrir lo que allí había, aunque se trataba de un escondite secundario. Mientras sus compañeros cargaban con latas de carne y botellas de legítimo coñac francés, Franz buscaba lo que deseaba, no tardando en hallar una gran caja de cartón que contenía doscientas ampollas de morfina.
Como la cantidad de lo que allí había era enorme, los lobos decidieron apoderarse de una de las camionetas para transportar el producto de su robo a su propia guarida.
Cuando terminaron de cargar el vehículo, Funker se acercó al enfermero.
– ¿Qué hacemos con tu amiguito? -inquirió sonriendo.
– Échame una mano -dijo Franz-. Hace tiempo que deseaba hacer pagar a ese hijo de perra todo lo que me ha hecho sufrir…
– ¿Qué quieres que hagamos con él?
– Colgarle.
Cuando la camioneta se alejaba, Franz volvió la cabeza, asomado a la ventanilla de la cabina.
El cuerpo de Zimmer se balanceaba dulcemente, pendiendo de la cuerda atada al montante de la puerta.