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El Stalingrado que encontraron Swaser y sus hombres no era ya una ciudad, sino una enorme, gigantesca, tétrica tumba donde, además de los miles de muertos, yacían cientos de miles de hombres… pero no vivos, sino en cadáveres ambulantes…
Swaser acarreaba con él seis heridos, no muy graves. Por eso, antes de decidirse a ocupar un sector de defensa -nadie le esperaba para guiarle y debería ser él quien decidiese finalmente-, se encaminó hacia los sótanos ocupados por el Lazarett, siendo recibido por el doctor Suverlund.
Ulrich hizo un resumen de la situación al doctor quien ofreció un poco de falso café con un poco de sacarina.
– Creía -dijo Reiner- que Von Paulus iba a rendirse antes. No entiendo a qué espera… cuando toda esperanza se ha perdido…
– Y que usted lo diga, doctor. Antes de dejar la llanura, nos enteramos que el último intento alemán para romper el cerco había fracasado.
– ¿Se refiere a la columna blindada de Hoth?
– Sí.
– Eso quiere decir que no tenemos escapatoria.
– Así lo creo, doctor… y ahora que lo pienso, si no ve usted inconveniente, puesto que en la ciudad no hay orden ni concierto, podría situar a mis hombres para defender el Lazarett…
– Se lo agradezco mucho.
– En estos momentos, ¿qué puede haber mejor que defender a los débiles? No tengo idea de lo que los rusos hacen al penetrar en un hospital de campaña… pero no creo que sea nada agradable…
– La guerra convierte al hombre, ruso o alemán, en una bestia, sargento…
Adelheid intervino, llegando con la cafetera.
– ¿Un poco más, sargento?
– No, muchas gracias, señorita…
– Señora -sonrió Reiner-. Nos hemos casado aquí, hace dos semanas…
– Maravilloso -dijo Ulrich-. Eso sí que es tener confianza en el futuro…
Notó que había hablado demasiado y bajando la cabeza.
– Lo siento… -dijo-, no he querido mostrarme sarcástico.
– No es nada, Swaser -dijo el doctor-. Otra cosa… andamos muy mal de comida… hay trescientos heridos, de los mil quinientos que teníamos hace una semana… mis enfermeros han enterrado, día y noche, sin descansar, a todos los que han muerto… y por mucha vergüenza que me dé, he de decir que no han escaseado los fallecimientos por inanición…
«Morir de hambre -pensó amargamente Ulrich-. Mientras, el hombre de Himmler se pasea protegido y tiene a su alcance los grandes depósitos de víveres de todo el Sexto ejército, muchos de los cuales se están estropeando con toda seguridad».
Y en voz alta:
– Haré cuanto pueda, doctor.
– Danke!, Feldwebel.
– ¡Mientes!
El Unterscharführer Ketteler se mordió los labios, volviéndolos a abrir para decir, en voz baja y sumisa:
– No, señor…
– ¡No puede ser cierto! Esos perros no han podido desobedecerme.
– Así ha sido -insistió el suboficial de la Feldpolizei-. Hemos recorrido la totalidad del sector. No han dejado nada… absolutamente nada.
– Pero, ¿cómo es posible que los rusos se hayan ido?
– Quizá porque se cansaron de perder hombres en un deseo estúpido de apoderarse de Pitomnik. Lo cierto es que las unidades que mandaba el sargento Swaser se han batido tremendamente bien. El campo de batalla, como hemos podido comprobar, está lleno de cadáveres rusos.
– ¡No me hable usted de ese puerco de suboficial! Es lo que me faltaba… oír a alguien a mis órdenes decir que ese canalla traidor ha peleado como un héroe…
– No he hecho más que informarle señor -se defendió Ketteler.
– Está bien. Lo que ahora necesito saber es si vamos a poder permanecer tranquilos en la estepa o cree que los rusos volverán a las andadas.
– Dos cosas pueden ocurrir, señor -dijo el Unterscharführer molesto por no poder aplicar a aquel hombre, cuyo uniforme no llevaba insignia alguna, un grado-: o bien los rusos esperarán la caída de Stalingrado, antes de limpiar la llanura… o volverán con material blindado para apoderarse definitivamente de Pitomnik.
Leopold sintió que algo frío le corría por la espalda.
La sola idea de encontrarse solo ante un adversario al que temía más que a la peste, le procuraba una tremenda sensación de angustia.
– Creo -dijo Ketteler- haber encontrado una excelente solución.
– ¡Hable!
– Podríamos dirigirnos a Stalingrado. Si llevásemos con nosotros una buena cantidad de víveres, seríamos, sin duda, recibidos con los brazos abiertos.
– ¿Y qué haremos en la ciudad?
– Esperar a que las tropas enviadas por el Führer nos liberen.
«Imbécil -pensó Leopold-. ¡Hay que ser cretino para soñar despierto como tú lo haces! Como si ignorases que Hoth y sus blindados se han roto los dientes contra los tanques rusos… No, el Führer nos ha olvidado… y yo no quiero caer en manos de los rojos… me descuartizarían… odian el uniforme negro de la Gestapo como el de la SS más que al mismísimo demonio…»
Y en voz alta, mirando con fijeza al suboficial:
– Nos quedaremos aquí. Organice las fuerzas, alrededor del búnker… aunque estoy convencido que la ayuda del Reich no tardará en llegar…
– ¡Aviones!
Los hombres levantaron airadamente el rostro; algunos corrieron hacia los refugios, pero la mayoría permaneció inmóvil. No les importaba ya ni el dolor ni la muerte. Cuando se sabe que el final está cerca y que lo único que puede esperarse es el campo de prisioneros, en algún alejado rincón de Siberia, ¿qué puede importar que una bomba caída del cielo ponga un broche de sangre a una vida que se considera inútil?
Muchos puños cerrados se elevaron hacia las siluetas negras de los aparatos soviéticos, con la estrella roja en el fuselaje y las alas.
Swaser tampoco se movió.
Hacía ya más de una semana que el frente se había tranquilizado por completo. Ulrich, que había instalado a sus hombres formando un semicírculo alrededor del Lazarett, no estaba extrañado en absoluto de que los rusos hubieran dejado de disparar.
– Son -decía a sus hombres- como el gato que tiene a su alcance al ratón acorralado en un rincón. Juega con él, pero sin hacerle daño, como si desease prolongar la terrible angustia de su víctima… y porque sabe que, cuando quiera, un zarpazo ajustará definitivamente las cuentas al ratón…
– ¡Mirad! ¡Ya sueltan la carga esos hijos de perra! -gritó un soldado.
Hubo un instante de emoción; incluso los más valientes se contrajeron, pero alguien con mejor vista que los demás lanzó una carcajada que rompió la tensión general.
– ¡Tiran papeles! ¡Los muy cochinos! Mejor es que echaseis comida, cerdos… porque con lo que tenemos en la barriga, ni siquiera debemos limpiarnos el trasero.
Momentos más tarde, una lluvia de octavillas caía blandamente sobre las posiciones alemanas. Ulrich cogió una y se fue a un rincón de la posición para leerla tranquilamente.
Al general de división Paulus, jefe del Sexto Ejército alemán, o a su ayudante y a todos los oficiales de las fuerzas armadas alemanas copadas en Stalingrado.
El Sexto Ejército, de la misma manera que las formaciones del cuarto ejército y las unidades blindadas enviadas como refuerzo se encuentran completamente cercadas desde el 23 de noviembre de 1942.
Las fuerzas del ejército ruso rodean sólidamente a esas unidades alemanas. Todas las esperanzas que pueden tener las tropas alemanas de librarse del cerco, debido a una ofensiva germana procedente del sudoeste, han desaparecido. Las fuerzas alemanas enviadas en vuestro auxilio han sido dispersadas por el ejército rojo y se retiran en estos momentos hacia Rostov.
Debido a los éxitos conseguidos por el ejército rojo, los aviones encargados de asegurar los suministros para los sitiados deben dar una gran vuelta haciendo ineficaces todos sus vuelos. Además; las fuerzas aéreas alemanas deben cambiar constantemente de base. Por otra parte; las unidades alemanas encargadas del avituallamiento sufren grandes pérdidas en material y en hombres. Su ayuda se hace cada día más ineficaz.
Vuestras tropas padecen hambre, enfermedad y frío. Sin embargo; el crudo invierno no ha hecho más que empezar. Pronto llegarán los grandes fríos y vuestros hombres no están equipados para resistirlo. Viven en condiciones tremendamente insuficientes y francamente antihigiénicas.
Usted, como jefe, y vosotros como oficiales de las tropas sitiadas habéis de daros cuenta de que, realmente, no existe ninguna posibilidad de romper el cerco. Prolongar la resistencia es completamente inútil.
Considerando esta situación sin salida, y con objeto de evitar un derramamiento inútil de sangre, os proponemos que os rindáis bajo las siguientes condiciones:
Todas las fuerzas alemanas bajo su mando deben cesar las hostilidades.
La totalidad de las tropas, las armas y los víveres, así como los diversos equipos deben sernos remitidos en buen estado y de la forma que usted mismo dispondrá.
Garantizamos la vida y la seguridad de todos los oficiales y soldados que cesarán de combatir y, al final de la guerra, su regreso a Alemania o al país que elijan.
Todas las tropas que se rindan deben conservar sus uniformes, insignias y situación en sus respectivas unidades y, en el caso de oficiales superiores; podrán conservar sus armas blancas.
Todos los oficiales, suboficiales y soldados que se rendirán recibirán una alimentación correcta. Los heridos, enfermos y los que sufran de lesiones en los miembros producidas por el frío recibirán cuidados médicos.
Esperaremos la respuesta a este ultimátum hasta las diez, hora de Moscú, del nueve de enero, respuesta por escrito y traída por su representante personal que debe venir en un vehículo con una bandera blanca, por la carretera de Konny, cerca de la estación de Kotluban. Su representante encontrará a oficiales rusos, perfectamente autorizados, en el distrito B, a un kilómetro al sur de la cota 564, a las diez de la mañana del 9 de enero de 1943.
En el caso en que nuestra proposición sea rechazada prevenimos que las tropas aéreas y terrestres del ejército rojo procederán a la destrucción de las tropas sitiadas, de lo que usted será el único responsable.
Firmado:
General de división de artillería Vorono, representante
del Cuartel General Supremo del Ejército Rojo.
General de brigada Rokossowsky, comandante en jefe
de las tropas del Frente del Don.
– ¿Qué le parece, doctor?
Reiner levantó la mirada de la octavilla que Swaser le había llevado. Una triste sonrisa separó ligeramente los labios.
– Hay mucha propaganda en este papel, sargento… pero, lo cierto es, que deberíamos rendirnos. Porque, ¿a qué esperamos? Lo que los rusos dicen en relación a la ayuda que esperábamos es tristemente cierto. Nadie vendrá a sacarnos de aquí…
– Pero -objetó Ulrich-, usted sabe que lo que nos espera es terrible. No podemos hacernos ilusiones. Los rusos nos tratarán como nosotros hemos tratado a los prisioneros del Ejército Rojo.
– No es ese el mayor error que hemos cometido -dijo el médico-. Lo verdaderamente terrible fue la directiva del Führer en lo que concernía a los comisarios políticos; no sólo se les asesinaba al ser capturados, sin juicio alguno, sino que sus cráneos fueron enviados al Instituto de Etnografía de Berlín, como si se tratase de cráneos de animales inferiores…
– Pobre Alemania -musitó Swaser-. Era lo peor que podía ocurrimos: caer bajo el poder de un loco de atar…
Apareció Adelheid, que llevaba una tetera en la mano.
– Voy a servirles un poco de té -dijo sonriente-. Gracias a usted, sargento Swaser, que nos va trayendo lo que puede… Esas últimas latas de carne han sido el mejor obsequio para el Lazarett.
– Es verdad -intervino el doctor-. ¿Cómo diablos ha podido descubrir ese tesoro?
Ulrich sonrió, a su vez.
– Por mucho que le extrañe, doctor Suverlund, por debajo de esta miserable ciudad, rozando la miseria y el hambre que todos sufrimos, se encuentran verdaderas maravillas. Ese depósito, por ejemplo, Martin Trenke, uno de mis hombres al que ustedes conocen, buscaba un sitio donde ocultarse de los morterazos rusos cuando empujó la puerta de su sótano y tropezó con más de doscientas cajas de latas de carne. Allí estaban, a cuatro pasos de los hombres que no comen pan desde hace dos semanas y que se alimentan con galletas cocidas y un poco de manteca rancia encima…
– Pero… -dijo Reiner-, alguien debía conocer la existencia de esos depósitos, vamos… debía haber un responsable, o varios, si es que el primero murió o fue herido y evacuado…
– ¡Es usted un iluso, doctor! Tiene aquí a decenas de heridos… dígame, ¿hay entre ellos algún pez gordo de la intendencia? No, por favor… todos esos puercos se largaron hacia Pitomnik en cuanto empezaron a ponerse las cosas mal en Stalingrado. Pero, ninguno de ellos se preocupó, antes de irse, de comunicar la existencia de esos almacenes secretos…
Su voz se hizo bruscamente dura.
– Pregunte a mis hombres, doctor… dígale a Martin, por ejemplo, lo que ha tenido que hacer muchas veces para procurarnos un poco de comida… de verdad, ya que el rancho que nos daban no era más que agua de fregar… Conocí a un hombre, un cabo furriel, que era la quinta esencia de ese tipo de sucios canallas que prefieren ver estropearse a los víveres antes de dárselos a los soldados hambrientos.
– ¡Es inaudito! -exclamó el médico-. Es cierto que también lo hemos pasado mal en los hospitales de campaña… pero no tanto como ustedes…
Ulrich siguió con la mirada la grácil silueta de la enfermera que se alejaba hacia la cocina.
– Doctor…
– ¿Sí, sargento?
– ¿Ha pensado usted en su esposa?
Le tocó el turno a Reiner de fruncir el ceño.
– ¿Qué quiere usted decir, Swaser?
– Es muy sencillo, doctor: los rusos llegarán aquí, más tarde o más temprano… su mujer es hermosa y esos tipos… me entiende usted, ¿verdad?
El color desertó las mejillas de Suverlund; bajó la mirada como si fuese incapaz de sostener la de su interlocutor.
– Sí… -dijo en voz muy baja, como si hablase consigo mismo-. Lo he pensado mil veces, lo pienso cada noche, cada instante…
Levantó los ojos hacia el suboficial.
– ¿Qué puedo hacer, sargento Swaser? Cada vez que reflexiono sobre ello, me hundo en un mar de confusiones… no sé… no sé… pero, ¿qué piensa usted de ello?
– No quiero asustarle, doctor -dijo Ulrich con franqueza-. El hecho es ése… saber cómo defenderla de unos hombres a los que el triunfo va a convertir, por lo menos en las primeras horas, en bestias… Si pudiera esconderla…
– Ya he pensado en ello… pero no es válido. Si los rusos llegan, no van a tardar mucho en llevarnos hacia otra parte… y si ella está oculta, ¿cómo prevenirla de la marcha? ¿Cómo sacarla de su escondite en el momento preciso?
Una triste sonrisa se dibujó en el rostro cansado del médico.
– Mejor es no pensar en ello, al menos por ahora… espero que, en el momento preciso, Dios sabrá inspirarme…