39553.fb2
Bastante antes del alba se dejó oír el sordo rumor de los motores de los camiones pesados que llegaban al poblado. Venían del Oeste y desembocaban directamente en la calle principal del lugar que, días antes, había sido ensanchada, derribando las fachadas salientes, para dar paso a los colosos de la carretera.
Llevaban en sus cajas enormes todo lo necesario para convertir a la maltratada 16.ª División en una fuerza formidable, capaz no solamente de rechazar la presión enemiga, sino de contribuir de forma activa a los proyectos de conquista que los hombres del Tercer Reich habían forjado.
Erich Zimmer había trabajado durante toda la noche, sin concederse un sólo segundo de descanso. Tampoco habían descansado sus hombres, a los que no había cesado de gritar un solo momento. Con un libro en la mano, iba anotando cuidadosamente la carga de cada camión y sus ojos brillaban como los de un avaro contando y recontando sus tesoros.
Ninguna otra unidad funcionaba tan a la perfección como la mandaba por el cabo Zimmer. En este aspecto, hubiese podido dar lecciones a más de un oficial y hasta a algunos jefes.
Pero el misterio de la estricta disciplina que reinaba en la Intendencia residía exclusivamente en la táctica de Zimmer que sabía que un hombre puede hacer todo… mientras tenga el estómago lleno. Y nadie como él para proporcionar a sus hombres esa clase de satisfacción digestiva.
Por eso podía permitirse el lujo de reinar en su unidad como un triunfo.
Los camiones iban parándose ante el control de Intendencia. Bajando de la cabina, los conductores saludaban a Zimmer, entregándole, la hoja de ruta, yendo después a tomar una taza de café y un vaso de alcohol que el cabo les ofrecía.
Entonces, los hombres subían a los camiones y controlaban la carga, dando después el visto bueno a su jefe. Estaban tan acostumbrados a aquella clase de trabajo que les bastaban pocos minutos para llevar a cabo un control estricto de la carga de cada vehículo.
Uno de aquellos camiones acababa de alejarse cuando Zimmer oyó unos pasos que se acercaban. Se volvió, sonriendo a Seimard, su superior, el Feldwebel de suministros.
– ¿Cómo van las cosas, Erich? -preguntó el recién llegado.
– Perfectamente, Leopold. Estamos recibiendo un verdadero tesoro…
– Ach so! Pero la verdad es que parecemos una banda de gitanos. Tantas cosas no hacen presagiar nada bueno. ¿Tienes idea del lugar al que nos van a enviar?
– No, en absoluto. De todas formas, puedes apostar sin peligro a perder que vamos a vernos liados en una ofensiva… y de las gordas.
– No hay duda. Esperemos, de todos modos, que en lo que a nosotros respecta, podamos encontrar un sitio potable. Lo que me cabrea es que estaba pensando que me diesen permiso… y esta maldita ofensiva ha echado todo a rodar.
– No te preocupes demasiado. Ya sabes que, si fuera necesario, podemos contar con Franz.
Los ojos del Feldwebel brillaron como ascuas.
– Quería justamente hablarte de él… Tú tienes más confianza que nadie con Humbeler y puedes hacer que diga al doctor que necesito reposar urgentemente… un par de semanas en Berlín. Tengo muchas ganas de volver a ver a mis amigotes de la ciudad… y demostrarles que, a pesar de estar en el frente, lo paso mil veces mejor que ellos. Además, ¿me prepararás una buena maleta bien llena de cosas buenas… no es cierto?
– Pues claro -rió Zimmer-. Mejor dos maletas que una… lo suficiente para que tus amigotes de Berlín se mueran de envidia y que las chicas te llamen a gritos… No olvides que somos los amos, Leopold. A pesar de no ser más que un cabo y un Feldwebel, tenemos, en lo que respecta al suministro, más autoridad que un general de división… y eso me gusta.
– A mí también -sonrió Seimard-. Siempre te gustó mandar, amigo mío… pero desde la sombra. Sé que te ríes de los uniformes y de las medallas, de los galones y de los que los llevan y gritan como locos… y no ignoro que desde tu rinconcito, sin que nadie lo sepa, das órdenes que llegan muy arriba… Eres un tipo muy hábil Zimmer…
Erich se hinchó como un pavo.
Era cierto que nunca le había gustado dar la cara. De niño, se aprovechaba de los demás, moviéndolos como marionetas, lanzando los unos contra a los otros. Y era él siempre quien tenía más canicas, más sellos o cromos… con lo que ejercía un mando oculto pero efectivo.
– ¿Hablarás con Franz? -insistió el sargento.
– Sí, pierde cuidado.
Seimard encendió un cigarrillo y se alejó tras saludar a su amigo.
La historia de Seimard era muy parecida a la de otros que habían aprovechado poderosas influencias para quedarse en la retaguardia, gozando de puestos privilegiados. Leopold había estado bastante tiempo en una sección secundaria del Estado Mayor, en Berlín, pero su cabeza loca le había hecho matar a la gallina de los huevos de oro.
Olvidando toda prudencia y deseando demostrar a sus amigos, y sobre todo a sus amigas, que disponía de dinero de forma inagotable, había cometido el error de retirar ciertas cantidades de la caja fuerte de su departamento.
Sin sus poderosos amigos, Leopold Seimard hubiese terminado en una unidad de castigo, en el frente del Este, donde hubiese muerto probablemente.
Pero las influencias se pusieron en marcha y el «castigo» se limitó a la incorporación de una unidad de Intendencia en la que Seimard no tenía nada que perder.
En realidad, al incorporarse como sargento-jefe a la 16.ª División, Leopold, debió ser, y lo era en realidad, el superior jerárquico de Zimmer, pero comprendió en seguida, nada más conocer al astuto cabo, que era mucho mejor dejarle las manos libres, sacando de esta «cesión de mando» todos los beneficios que pudiera.
Erich Zimmer prosiguió infatigablemente su tarea. Lucía plenamente el sol cuando terminó el trabajo. Todos los camiones habían sido controlados.
Se dirigió a su despacho, ubicado en las antiguas oficinas de los sindicatos soviéticos del lugar. Allí guardó los libros echando una ojeada, en la caja fuerte que tenía, al dinero que había reunido llevando a cabo un mercado negro que sólo él conocía.
No había cosa más sencilla, sobre todo cuando alguien se iba de permiso, que «engrosar» el paquete individual haciendo que el permisionario llevase algo a su casa. Entonces, el soldado se desprendía de la paga ahorrada con sudores, ya que el dinero de poco iba a servirle en una retaguardia donde todo faltaba y cualquier cosa costaba un ojo de la cara.
Era mejor llevar un poco de mantequilla, chocolate para los niños o algunas latas de carne que harían la delicia de la familia. A cambio, se entregaban los marcos amasados con sudor a lo largo de muchos meses… o se recibía dinero del cabo para comprar medias de seda o alcohol que luego podrían jugar un papel importante en los trueques en los que Zimmer era un verdadero especialista.
Tras cerrar la caja fuerte, Erich se sentó tomando de una caja de habanos un cigarrillo que encendió con vivo placer.
Recordando entonces lo que el Feldwebel le había dicho, llamó a Kas y cuando el gigante estuvo ante él:
– Ve a decir a Franz Humbeler que venga a verme en seguida.
– ¡A sus órdenes!
Zimmer entornó los ojos, dando chupadas de su magnífico habano. Su imaginación se puso a volar, y formó nuevos planes. Esperaba ansiosamente un permiso para llevar el dinero reunido a algún sitio seguro. Pero más que los marcos escandalosamente robados a los soldados con permisos, Erich contaba con los objetos de oro, relojes, medallas, brazaletes, que se amontonaban en un saquito, en el fondo de la caja fuerte.
Aquel oro, tomado por los soldados en las ciudades y pueblos conquistados y que cambiaban voluntariamente por tabaco o comida, constituía el verdadero tesoro del cabo Zimmer.
– Una vez terminada esta asquerosa guerra -murmuró con los ojos entornados-, tendré fondos suficientes para poner un buen negocio… y si perdiésemos la guerra, el oro me servirá para irme lejos de una Europa empobrecida y hambrienta…
Había pensado en todo.
– ¿Se puede?
Abrió los ojos, sonriendo al enfermero que esperó un gesto para penetrar en el despacho.
Franz Humbeler era un hombre extraordinariamente delgado, de aspecto macilento y rostro de color ceniza. Se veía en seguida que estaba dominado por algo oculto que no hubiese engañado un solo instante al ojo experto de un médico.
Tenía el rostro de lo que era: un toxicómano.
A pesar del puesto que ocupaba, Franz había tenido que convertirse en el esclavo de Zimmer, ya que todo, hasta las drogas de las enfermerías de la división, pasaba por las manos de Erich.
Zimmer tenía fama de hombre honesto y el jefe de la división le había confesado, además de otras cosas, el control de las sustancias que Berlín expedía en cuentagotas, especialmente las drogas destinadas a los quirófanos de los Kriegslazarett.
– ¿Cómo va eso, Franz?
– Bien, gracias a ti… y hablando justamente de eso… pronto tendré necesidad de algunas dosis más…
Erich frunció el ceño.
– Si mal no recuerdo -dijo con voz dura-, te di la semana pasada una caja completa, con seis ampollas… ¿no es cierto?
– Sí -repuso el enfermero con un hilo de voz-, pero debes comprenderlo… Hemos trabajado mucho en el quirófano… y el doctor Suverlund es un puerco… no me ha dejado ni dormir… creo que he descansado unas seis horas en esta última semana… por eso he consumido más de la cuenta.
– Bueno. Ya veremos cómo lo arreglamos. Por el momento, necesito que me proporciones un permiso de una quincena de días… con cualquier motivo… es para un buen amigo mío…
– El matasanos no está de humor para pedirle…
– Eso es asunto tuyo. Sé que el médico tiene confianza en ti… y no te será difícil obtener lo que te pido.
– ¿Quién es ese amigo?
– Leopold Seimard.
– Comprendo, haré todo lo que pueda, Erich… pero no sabes como está el doctor…
– ¿Que demonios le pasa?
– Tenemos demasiado trabajo. Ahora que se habla de una nueva ofensiva, los tipos se precipitan a la enfermería, luchando para obtener una baja… el miedo cunde, Erich… no puedes imaginarte el canguelo que tiene la gente. Baste decirte que hemos tenido once casos de automutilación… naturalmente, esos once desgraciados han terminado ante el pelotón de ejecución… el médico está negro.
– Ya veo.
– Todo el mundo quiere esconder la cabeza. Y se comprende, ya que durante la retirada, los ruskis han hecho una verdadera escabechina…
– Y son los veteranos, supongo, los que intentan salvar el pellejo, nicht wahr? [7]
– Pues claro, Zimmer. Los novatos son como borregos. No saben a que clase de matadero van a llevarlos. Pasan el tiempo cantando y riendo… y lo que se prepara es gordo, puedes creerme… Nunca había visto tantos cañones y tantos tanques… alguien me ha dicho que hay dos mil aviones preparados para apoyar el ataque…
– Pero, ¿se sabe algo en concreto?
– Sólo rumores. Hay quien dice que vamos a lanzarnos nuevamente sobre Moscú, otros hablan del Don… y hay quien afirma que el objetivo es Turquía.
– ¡Memeces!
– Lo mismo pienso yo; pero, de todos modos, la que va a armarse será de órdago.
– Ya lo veremos. Por el momento, creo que es idiota preocuparse por anticipado. Ocúpate de lo que te he encargado…
– Naturalmente, Zimmer. Sabes perfectamente que puedes contar conmigo.
Franz dudó unos instantes. Frente a él, sabiendo perfectamente lo que preocupaba al toxicómano, Zimmer sonreía, ocultando apenas la satisfacción que le causaba la angustiosa dependencia del otro. En realidad, los hombres no eran para él más que piezas de ajedrez, con las que jugaba fríamente despreocupándose de su destino personal.
– Erich…
– De acuerdo. No lloriquees… voy a darte otra caja, pero no abuses…
Se levantó. Abriendo con una de las llaves de su voluminoso llavero uno de los armarios metálicos, tendió la caja al enfermero cuyos ojos se iluminaron.
– Danke… -dijo con voz emocionada-. Esta misma tarde te traeré el permiso del Feldwebel firmado por el médico.
– Así espero. Y ahora, déjame solo.
– En seguida.
– Entre, mi teniente, por favor… siéntese… voy a servirle algo…
El Oberleutnant Olsen estrechó la mano del cabo yendo luego a ocupar una de las sillas. Zimmer que había sacado una botella de excelente coñac francés sirvió generosamente al oficial, llenándole la copa hasta el borde; él no se vertió más que la mitad de la suya.
– Da gusto venir a verle, cabo -sonrió Olsen que mandaba la sección de transportes de la Intendencia divisionaria-. De verdad que da gusto venir aquí…
– Exagera usted, señor.
– ¿Ha conseguido las cargas de los camiones?
– Todo ha sido contabilizado, mi teniente.
– Perfecto. Ahora, la noticia, Erich.
– ¿Cuál?
– Salimos esta noche.
Zimmer no dijo nada. No obstante, la pregunta le quemaba la lengua, pero era demasiado hábil para demostrar su curiosidad. Dio al teniente un magnífico habano y volvió a llenar, hasta rebosar, la copa del oficial.
– Vamos a atacar Stalingrado -dijo Olsen tras dar un par de chupadas al cigarro.
– ¿No atacan otras unidades por ese lado?
– En realidad, no. Ha habido avances, hacia el sur, hacia el Cáucaso, pero seremos nosotros, formando parte del Sexto Ejército de Von Paulus, los que tendremos el honor de apoderarnos de la ciudad que lleva el nombre de ese tirano del Kremlin.
– Magnífico.
– Más de lo que usted puede imaginarse, Zimmer. Porque, por vez primera, será el Führer quien dirigirá personalmente las operaciones. Esta vez, esos imbéciles de generales no tendrán más oportunidad de cometer barbaridades, como hicieron frente a Moscú.
Lanzó un suspiro.
– No volverá a haber ninguna «retirada estratégica».
– Comprendo.
– Esta vez, una vez ocupado Stalingrado, pasaremos al otro lado del Volga y avanzaremos por la estepa. Turquía tendrá que rendirse a la evidencia y ponerse de nuestro lado. Por Asia Menor, llegaremos a establecer contacto con el Afrika Korps de Rommel… y demostraremos al mundo que el soldado alemán es invencible.
Continuó hablando, mientras Erich simulaba escucharle con una atención absoluta, pero la mente del cabo furriel estaba muy lejos de los lugares del mundo que la portentosa y calenturienta imaginación de Olsen hacía recorrer a los hombres de la Wehrmacht.
A Erich le importaba un bledo todo aquello, especialmente la sorda lucha que, desde hacía mucho tiempo, enfrentaba al Ejército y al Partido.
Pensaba únicamente en los formidables beneficios que podía obtener en todas las regiones que la división atravesara. No obstante, empezó a preguntarse si el teniente iba a permanecer todo el día allí.
Por fortuna, Bruno Olsen, tras haber bebido su cuarta copa de coñac, se levantó despidiéndose del cabo, quien le ofreció otro habano.
<a l:href="#_ftnref7">[7]</a> ¿No es cierto?