39583.fb2 Sefarad. Una novela de novelas - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 14

Sefarad. Una novela de novelas - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 14

Eres

No eres una sola persona y no tienes una sola historia, y ni tu cara ni tu oficio ni las demás circunstancias de tu vida pasada o presente permanecen invariables. El pasado se mueve y los espejos son imprevisibles. Cada mañana despiertas creyendo ser el mismo que la noche anterior y reconociendo en el espejo una cara idéntica, pero a veces en el sueño te han trastornado jirones crueles de dolor o de pasiones antiguas que dan a la mañana una luz ligeramente turbia, y esa cara que parece la misma está cambiando siempre, modificada a cada minuto por el tiempo, como una concha por el roce de la arena y los golpes y las sales del mar. A cada instante, aunque te mantengas inmóvil, estás cambiando de lugar y de tiempo gracias a las infinitesimales descargas químicas en las que consisten tu imaginación y tu conciencia. Regiones enteras y perspectivas lejanas del pasado se abren y cierran en abanico como las líneas rectas de los olivares o los surcos para quien las mira desde la ventanilla de un tren que avanza a toda velocidad quién sabe hacia dónde. Durante unos segundos un sabor o un olor o una música de la radio o el sonido de un nombre te hacen ser quien fuiste hace treinta o cuarenta años, con una intensidad mucho mayor que la conciencia de tu vida de ahora. Eres un niño asustado en su primer día de escuela o un chico con la cara redonda y los ojos huidizos y una sombra de bigote sobre el labio superior y cuando miras al espejo eres un hombre de cuarenta y tantos años que empieza a tener el pelo negro entreverado de canas y en quien nadie puede encontrar rastros de una cara infantil, y ni siquiera de esa especie de vaga y permanente juventud en la que te imaginas instalado desde que ingresaste en la vida adulta, en la primera de ellas, en el trabajo y en el matrimonio, en las obligaciones y los sueños secretos y la crianza de los hijos. Eres cada una de las personas diversas que has sido y también las que imaginabas que serías, y cada una de las que nunca fuiste, y las que deseabas fervorosamente ser y ahora agradeces no haber sido.

Al mismo tiempo que tú se transfigura la habitación donde estás y la ciudad o el paisaje que se ve desde la ventana, la casa que habitas, la calle por la que caminas, todo alejándose y huyendo nada más aparecido al otro lado del cristal, sin detenerse nunca, desapareciendo para siempre. Ciudades, recuerdos y nombres de ciudades en las que parecía que ibas a vivir siempre y de las que te fuiste para no volver, estampas de ciudades en las que pasaste unos días, recién llegado y ya a punto de marcharte, y que ahora son en la memoria como un desorden de postales en colores fuertes y rancios, como los azules en las postales de las ciudades marítimas en los años sesenta. O ni siquiera eso: ciudades que apenas son nada más que sus hermosos nombres, despojados de toda sustancia por el paso del tiempo, Tánger, Copenhague, Hamburgo, Washington D.C., Baltimore, Göttingen, Montevideo. Quién eras cuando caminabas por cualquiera de ellas, sumergiéndote con miedo y fervor en el anonimato que te ofrecían, en la suspensión y en la pérdida de una identidad que era invisible para cualquiera de los que se cruzaban contigo.

Si acaso lo que menos cambia, a través de tantos lugares y tiempos, es la habitación en la que te recluyes, ese cuarto del que según Pascal no debería uno salir nunca para que no le sobreviniera la desgracia. Estar solo en una habitación es tal vez una condición necesaria de la vida, le escribió Franz Kafka a Milena. Hay en ella un ordenador en vez de una máquina de escribir, pero mi habitación de ahora se parece mucho a cualquiera de las que he ocupado a lo largo de mi vida, de mis vidas, a la primera que tuve a los diecisiete años, con una mesa de madera y un balcón que daba al valle del Guadalquivir y a la silueta azul de la sierra de Mágina. Me encerraba en ella para estar solo con mi máquina de escribir, mis discos, mis cuadernos, mis libros, y a la vez que me sentía apartado y protegido el balcón me permitía asomarme a la anchura del mundo, hacia donde yo quería huir cuanto antes, porque aquel refugio, como casi todos, era también un encierro, y la única ventana por la que deseaba asomarme era la del tren nocturno que me llevaría muy lejos.

Laura García Lorca, que nació en Nueva York y habla un español nítido y castizo que a veces tiene un quiebro de fonética inglesa, me enseñó en Granada, en la Huerta de San Vicente, la habitación de su tío Federico, la última que tuvo, de la que debió irse un día de julio de 1936, en busca de un refugio que no iba a encontrar. Todas las desgracias le vienen al hombre por no saber quedarse solo en su habitación. Vi la habitación de Lorca y se parecía a un recuerdo de habitaciones vividas o soñadas, y también a la expresión exacta de un deseo. Yo había vivido en ese lugar, yo quería vivir alguna vez en una habitación como ésa. Las paredes blancas, el suelo de baldosas como las que había en mi casa cuando yo era niño, la mesa de madera, la cama austera y confortable, de hierro pintado de blanco, el gran balcón abierto a la Vega, a la extensión de huertas salpicadas de casas blancas, a la silueta azulada o malva de la Sierra, con sus cimas de nieve teñidas de rosa en los atardeceres. Me acuerdo de la habitación de Van Gogh en Arles, igual de acogedora y austera, pero con su hermosa geometría ya retorcida por la angustia, la habitación que se abría a un paisaje tan meridional como el de la Vega de Granada y que también contenía las pocas cosas necesarias para la vida y sin embargo tampoco salvó del horror al hombre que se refugiaba en ella.

Me pregunto cómo sería la habitación de Ámsterdam en la que Baruch Spinoza, descendiente de judíos expulsados de España y luego de Portugal, expulsado él mismo de la comunidad judía, redactaba sus tratados filosóficos de seca claridad y pulía las lentes con las que se ganaba la vida: la imagino con una ventana por la que entra una luz clara y gris como la de los cuadros de Vermeer, en los que siempre hay habitaciones que protegen cálidamente de la intemperie a sus ensimismados habitantes y en las que algo les recuerda la amplitud del mundo exterior, un mapa de las Indias o de Asia, una carta llegada desde muy lejos, unas perlas que fueron pescadas en el océano índico. Una mujer de Vermeer lee una carta, otra mira seria y ausente hacia la luz de la ventana y tal vez lo que hace es esperar la llegada de una carta. Encerrado en su habitación, quizás el único lugar en el que no era del todo apátrida, Baruch Spinoza da forma a la curvatura de un cristal que permitirá ver cosas tan diminutas que no las distingue el ojo humano y quiere abarcar sin más ayuda que la de su inteligencia el orden y la sustancia del universo, las leyes de la naturaleza y de la moral humana, el misterio riguroso de un Dios que no es el de sus mayores, que abjuran de él y lo han echado de la sinagoga, ni tampoco el de los cristianos, que acaso lo.quemarían si viviera en un país menos tolerante que Holanda. En una carta a Milena Jesenska Franz Kafka olvida por un momento a su destinataria y se escribe a sí mismo: Eres después de todo judío y sabes lo que es el temor.

Y entonces me viene a la memoria Primo Levi en su piso burgués de Turín, la casa donde había nacido y en la que murió, tirándose o cayendo por azar al hueco de la escalera, donde vivió toda su vida, salvo apenas dos años, entre 1943 y 1945. En septiembre de 1943, cuando lo detuvieron los milicianos fascistas, Primo Levi se había marchado de su habitación segura y su casa de Turín para unirse a la resistencia, y llevaba consigo una pequeña pistola que apenas sabía manejar, y que en realidad no había disparado nunca. Había sido un buen estudiante, licenciándose en Química con notas excelentes, disfrutando de lo que aprendía en los laboratorios y en las aulas igual que de la literatura, que para él tuvo siempre la misma obligación de claridad y exactitud que la ciencia. Un hombre joven, menudo, aplicado, con gafas, educado en una familia ilustrada y burguesa, en una ciudad culta, laboriosa, austera, acostumbrado desde niño a una vida serena, en concordancia con el mundo exterior, sin la menor sombra de alguna diferencia que lo separase de los otros, ni siquiera su condición de judío, ya que en Italia, y más aún en Turín, un judío era, a los ojos de los demás y para sí mismo, un ciudadano idéntico a los otros, sobre todo si pertenecía, como Primo Levi, a una familia laica, ajena a la lengua hebrea o a cualquier práctica religiosa. Sus antepasados habían emigrado de España en 1492. Dejó su habitación, su casa segura, en la que había nacido, y probablemente al salir al portal lo estremeció el pensamiento de que no volvería, y cuando regresó, tres años más tarde, flaco como un espectro, sobrevivido del infierno, debió de sentir que en realidad estaba muerto, que era el fantasma de sí mismo el que volvía a la casa intocada, al portal idéntico, a la habitación ahora extraña en la que nada había cambiado durante su ausencia, en la que ningún cambio visible se habría producido si él hubiera muerto, si no hubiera escapado del lodazal de cadáveres del campo de exterminio.

Qué cantidad mínima de patria, qué dosis de arraigo o de hogar necesita un ser humano, se preguntaba Jean Améry, acordándose de su huida de Austria en 1938, tal vez en la noche del 15 de marzo, en el expreso que salía a las 11.15 de Viena hacia Praga, de su viaje atribulado y clandestino a través de las fronteras de Europa hasta el refugio provisional de Amberes, donde conoció la incertidumbre absoluta de los judíos desterrados, la hostilidad del nativo hacia los extranjeros, las humillaciones de la policía y de los funcionarios que examinan papeles y atribuyen o niegan permisos y hacen volver al día siguiente y al otro y miran al refugiado como a un sospechoso de un delito, el más grave de todos, que es el de haber sido despojado de la nacionalidad que uno creía inalienablemente suya y no ser aceptado por completo en ninguna otra parte. Uno necesita al menos una casa en la que sentirse seguro, dice Améry, una habitación de la que no puedan echarlo con malos modos en medio de la noche, de la que no deba huir a toda prisa al oír pasos en las escaleras y silbatos de la policía.

Eres quien ha vivido siempre en la misma casa y en la misma habitación y recorrido las mismas calles camino de la oficina en la que permaneces de ocho a tres todos los días de lunes a viernes y también eres quien huye sin sosiego y no encuentra amparo en ninguna parte, quien atraviesa fronteras de noche por sendas de contrabandistas, quien viaja con papeles falsos o dudosos en un tren y permanece insomne mientras los demás pasajeros duermen ruidosamente a tu lado, temiendo que los pasos que se acercan por el corredor sean los de un policía, calculando el tiempo que falta para llegar a la frontera, para que los hombres de uniforme que estudien tus papeles te indiquen con un gesto que te quedes a un lado, y entonces los otros viajeros, los que llevan pasaportes en regla y no temen nada, te mirarán con caras de sospecha, y también de alivio, porque el infortunio que ha caído sobre ti los deja indemnes a ellos, que empiezan a ver en tu cara los síntomas de la culpa, del delito, de la diferencia, que es aún más letal por no ser perceptible a simple vista, y por ser independiente de la voluntad y de los actos de uno, una marca que no se ve y sin embargo no puede borrarse, una mancha indeleble que no está en la cara ni en la presencia exterior, sino en la sangre, la sangre del judío o la del enfermo, la de quien sabe que será expulsado si se descubre su condición. Encerrado en su cuarto de enfermo, en un sanatorio para tuberculosos, Franz Kafka recuerda los comentarios antisemitas que ha hecho otro enfermo en la mesa del comedor y escribe una carta acuciado por el insomnio y la fiebre: La situación insegura de los judíos, inseguros en sí mismos, inseguros entre los hombres, explica perfectamente que crean que sólo se les permite poseer lo que aferran en las manos o entre los dientes, que además sólo esa posesión de lo que está al alcance de sus manos les da algún derecho a la vida, y que lo que alguna vez han perdido no lo recuperarán jamás, se aleja tranquilamente de ellos para siempre.

En la habitación de un hotel de Port Bou Walter Benjamín se quitó la vida porque ya no le quedaba otro camino por el que seguir huyendo de sus perseguidores alemanes. A Jean Améry, cuando lo detuvo la Gestapo, cuando fue interrogado y torturado luego por las SS, se le atribuían dos identidades posibles de enemigo y de víctima: podía ser un alemán, desertor del ejército, y en ese caso lo fusilarían por traidor después de un consejo de guerra; podía ser un judío, y entonces sería enviado a un campo de exterminio. A Jean Améry lo habían detenido en Bruselas, donde él y su pequeño grupo de resistentes de lengua alemana imprimían octavillas y las tiraban de noche en las proximidades de los cuarteles de la Wehrmacht, jugándose la vida a cambio de la fútil esperanza de que a algún soldado alemán se le removiera la conciencia al leerlas. A Jean Améry, que entonces se llamaba Hans Mayer, lo detuvieron en mayo de 1943. A Primo Levi sólo unos meses más tarde, armado con su pequeña pistola que no sabía manejar, no más dañina para el III Reich que las octavillas de Améry. Ninguno de los dos había profesado el judaísmo, y Primo Levi se consideraba sobre todo italiano, igual que Améry nunca pensó hasta 1935 que él fuera otra cosa que un austriaco. Pero los dos, al ser detenidos, al ser confrontados con la elección de una identidad, eligieron declararse judíos, unirse al número de las víctimas absolutas, los que eran condenados no por sus actos ni por sus palabras, no por profesar una religión o una ideología, no por arrojar octavillas que no iban a influir sobre nadie ni por echarse al monte sin ropas ni calzado de invierno y sin más armas que una pistolilla ridícula, sino por el simple hecho de haber nacido.

Eres quien desde la mañana del 19 de septiembre de 1941 tiene que salir a la calle llevando bien visible sobre el pecho una estrella de David impresa en negro sobre un rectángulo amarillo, igual que los judíos en las ciudades medievales, pero ahora con todo tipo de precisiones reglamentarias sobre su tamaño y disposición, minuciosamente explicadas en el correspondiente decreto, que también prevé las sanciones para quien salga sin la estrella o intente disimularla, tapándola, por ejemplo, con una carpeta o con los paquetes de la compra, o incluso con el brazo que sostiene un paraguas. En el gueto de Varsovia, la estrella era azul, y el brazalete blanco.

Eres cualquiera y no eres nadie, quien tú inventas o recuerdas y quien inventan y recuerdan otros, los que te conocieron hace tiempo, en otra ciudad y en otra vida, y se quedaron de ti como una imagen congelada de quien eras entonces, una de esas fotos olvidadas que a uno le extrañan y hasta le repelen cuando vuelve a verlas al cabo de los años. Eres quien imaginaba porvenires quiméricos que ahora te parecen pueriles, y quien amó tanto a mujeres de las que ahora ni te acuerdas, y quien te avergüenzas de haber sido, quien fuiste a veces sin que lo supiera nadie. Eres lo que otros, ahora mismo, en alguna parte, cuentan de ti, y lo que alguien que no te ha conocido cuenta que le han contado, y lo que alguien que te odia imagina que eres. Cambias de habitación, de ciudad, de vida, pero hay sombras y dobles tuyos que siguen habitando en los lugares de los que te marchaste, que no han dejado de existir porque tú ya no estés en ellos. De niño corrías por la calle imaginando que cabalgabas, y eras al mismo tiempo el jinete que espolea al caballo con gritos de vaquero de película y el caballo que corre al galope, y también el niño que veía esa cabalgada en una película, y el que al día siguiente se la cuenta con fervor a sus amigos que no fueron a verla al cine de verano, y el que escucha a otro contar historias o películas, con la mirada atenta y las pupilas brillantes, el que pide un cuento más para que su madre no se vaya y apague la luz, el que termina de contarle un cuento a su hijo y ve en su mirada, reconociéndose en ella, todo el entusiasmo nervioso de la imaginación, las ganas de seguir escuchando, de que no se quede en silencio la voz afectuosa que cuenta ni se haga la oscuridad en la habitación rápidamente invadida por las sombras del miedo.

Cambias de vida, de habitación, de cara, de ciudad, de amor, pero aun despojándote de todo queda algo que permanece siempre, que está en ti desde que tienes memoria y mucho antes de alcanzar el uso de razón, el núcleo o la médula de lo que eres, de lo que nunca se ha apagado, no una convicción ni un deseo, sino un sentimiento, a veces amortiguado, como una brasa oculta bajo las cenizas del fuego de la noche anterior, pero casi siempre muy agudo, latiendo en tus actos y tiñendo las cosas de una duradera lejanía: eres el sentimiento del desarraigo y de la extrañeza, de no estar del todo en ninguna parte, de no compartir las certidumbres de pertenencia que en otros parecen tan naturales o tan fáciles, la seguridad con que muchos de ellos se acomodan o poseen, o se dejan acomodar o poseer, o dan por supuesta la firmeza del suelo que pisan, la solidez de sus ideas, la duración futura de sus vidas. Eres siempre un huésped que no está seguro de haber sido invitado, un inquilino que teme que lo expulsen, un extranjero al que le falta algún papel para regularizar su situación, un niño gordito y apocado entre los fuertes y los brutos del patio de la escuela, el lento de los pies planos entre los soldados del cuartel, el afeminado y retraído entre los agresivamente machos, el alumno modelo que se muere por dentro de soledad y vergüenza y quisiera ser uno de esos réprobos de la clase que se burlan de él, el padre de familia embalsamado de tedio y rencor conyugal que mira de soslayo a las mujeres mientras pasea del brazo de la suya un domingo por la tarde, por una calle de su ciudad de provincia, el empleado interino que no acaba de lograr un contrato fijo, el negro o el marroquí que salta a una playa de Cádiz desde una barca clandestina y se interna de noche en un país desconocido, empapado, muerto de frío, huyendo de los faros y las linternas de los guardias civiles, el republicano español que cruza la frontera de Francia en enero o febrero de 1939 y es tratado como un perro o como un apestado y enviado a un campo de concentración, a la orilla hosca del mar, encerrado en una geometría siniestra de barracones y alambradas, la geometría y la geografía natural de Europa en esos años, desde las playas infames de Argelès-sur-Mer donde se hacinan como ganado los republicanos españoles hasta los últimos confines de Siberia, de donde regresó viva Margarete Buber-Neumann para ser enviada no a la libertad sino al campo alemán de Ravensbrück.

Eres lo que no sabes que podrías ser si te vieras arrojado de tu casa y de tu país, si te hubiera detenido una patrulla de la Gestapo mientras lanzabas octavillas al amanecer en una calle de Bruselas y te colgaran de un gancho sujeto a las esposas que te atan las manos a la espalda, de modo que al levantarse la cadena y separarse tus pies del suelo escuchas el ruido de las articulaciones de tus brazos al descoyuntarse, si te encerraran en un vagón de ganado en el que hay otras cuarenta y cinco personas y tuvieras que pasar en él cinco días enteros de viaje, y escucharas de día y de noche el llanto de un niño de pecho al que su madre no puede amamantar ni callar y tuvieras que lamer el hielo que se forma en los intersticios de los tablones del vagón, porque en los cinco días no se reparte alimento ni agua, y cuando por fin se abre la puerta en una noche helada ves a la luz de los reflectores el nombre de una estación que no has visto ni escuchado nunca antes y no te sugiere nada, sólo una forma aguda de terror, Auschwitz. Nadie sabe de antemano si va a ser cobarde o valiente cuando llegue la hora, me dijo mi amigo José Luis Pinillos, que en una vida remota, cuando era un muchacho de veintidós años, luchó con uniforme alemán en el frente de Leningrado: uno no sabe si cuando vea acercarse al enemigo saltará hacia él o si se quedará paralizado, blanco como un muerto, cagándose literalmente por las patas abajo. Yo no soy quien era entonces, y estoy muy lejos de las ideas que me llevaron allí, pero hay algo que sé y me gusta saber, sé que fui insensato y temerario, pero no fui cobarde, y sé también que no es mérito mío, que pude haberlo sido, igual que lo fueron otros, incluso algunos que se las daban de muy valerosos antes de que empezaran a silbar los disparos. Pero también yo estoy vivo, y otros murieron, valientes o cobardes, y muchas noches, cuando no puedo dormir, me acuerdo de ellos, me parece que vuelven para pedirme que no les olvide, que diga que existieron.

No sabes lo que hubieras sido, lo que podrías ser, pero sí lo que de un modo u otro has sido siempre, visiblemente o en secreto, en la realidad y también en los ensueños de la imaginación, aunque tal vez no a los ojos de otros. ¿Y si fueras de verdad lo que otros perciben, y no lo que tú imaginas ser, igual que no eres quien tú ves en el espejo, y que tu voz no suena como tú la escuchas? Hans Mayer, nacionalista austriaco, hijo de madre católica, agnóstico él mismo, aficionado a la literatura y a la filosofía, a vestirse en los días de fiesta el pantalón corto con peto y los calcetines altos del traje folklórico, rubio, con los ojos claros, comprendió que era judío no porque su padre lo hubiera sido, ni porque algún rasgo físico o costumbre o creencia religiosa determinara esa filiación, sino porque otros decretaron que lo era, y la prueba indeleble de su judaísmo acabó siendo el número de prisionero que llevaba tatuado en el antebrazo. En su habitación de Praga, en casa de sus padres, en su oficina de la compañía de seguros contra accidentes laborales, en las habitaciones de los sanatorios, en la habitación del hotel de la ciudad fronteriza de Gmünd donde aguardaba la llegada de Milena Jesenska, Franz Kafka inventó anticipadamente al culpable perfecto, al reo de Hitler y de Stalin, Josef K., el hombre que es condenado no porque haya hecho nada, o porque se haya distinguido por algo, sino porque ha sido designado culpable, y no tiene defensa porque no sabe cuál es la acusación, y cuando van a ejecutarlo en vez de rebelarse acata con mansedumbre la voluntad de los verdugos, incluso con vergüenza de sí mismo.

Puedes despertar una mañana a la hora ingrata del madrugón laboral y descubrir con menos extrañeza que vergüenza que te has convertido en un enorme insecto, puedes entrar al café de todos los días creyendo que nada se ha modificado ni en ti ni en el mundo exterior y comprobar en el periódico que ya no eres quien creías que eras y no estás a salvo de la persecución y la infamia. Puedes llegar a la consulta del médico creyéndote invulnerable a la muerte, titular de un tiempo de vida prácticamente ilimitado, y salir media hora más tarde sabiendo que hay algo que te aleja y te separa de los otros, aunque nadie todavía pueda advertirlo en tu cara, que a diferencia de ellos, que se imaginan eternos, tú llevas contigo, dentro de ti, por la misma calle por la que viniste con tanta despreocupación, una sombra que ellos no ven y en la que no piensan, aunque también les ronde y les esté esperando. Eres el médico que aguarda en la penumbra de su despacho al paciente a quien debe darle la noticia de su enfermedad, y teme el momento de su llegada y el de las neutras palabras necesarias, pero sobre todo eres el otro, el enfermo, que todavía no sabe que lo es, que aún viene tranquilamente por una calle habitual dándose tiempo porque llega temprano a la cita, hojeando un periódico que acaba de comprar y que se quedará olvidado en la mesita de la sala de espera, un periódico con una fecha igual a cualquier otra en la sucesión de los días y que sin embargo marcará la frontera, el antes y el después, el último día de una vida y el comienzo de otra en la que ya no puedes ser el mismo, en la que recordarás a quien fuiste hasta ese momento como alguien más ajeno a ti que un desconocido.

Eres quien sube la escalera con el periódico bajo el brazo, quien ha estado a punto de olvidar la cita con el médico, incluso de cancelarla, tan trivial parecía el reconocimiento, la prescripción de los análisis, quien empuja la puerta de la consulta y da su nombre a la enfermera, sin saber que ese nombre ya no designará a la misma persona, eres quien se acomoda en un sofá de la sala de espera y mira el reloj sin saber que está marcando los últimos minutos de su antigua vida, quien todavía imagina que posee un patrimonio intacto de tiempo futuro, virtualmente ilimitado, una garantía de vigor y salud. Miras el reloj, cruzas las piernas, abres el periódico, en la consulta de un médico o en un café de Viena en noviembre de 1935, y entonces sucede algo que va a cambiarte para siempre la vida, a expulsarte de la normalidad y del país a los que creías pertenecer, y en los que de pronto sabes que eres extranjero. Eres el huésped de un hotel que una noche se despierta con un golpe de tos y escupe de pronto un chorro de sangre. En el periódico lees las leyes de pureza racial que acaban de promulgarse en Nüremberg y descubres que aunque no lo parezcas ni lo hayas pensado ni deseado nunca eres un judío, y estás destinado a la persecución y al exterminio. La enfermera aparece sonriendo en el umbral de la sala de espera y te dice que el doctor ya está dispuesto a recibirte, y cuando te levantas para seguirla dejas sobre la mesa el periódico que no has empezado a leer, y al salir de la consulta, convertido en otro, ya no te acordarás de recogerlo. Una mañana, al despertarse, Gregori Samsa se encontró convertido en un enorme insecto. Algunas veces me cruzaba en las calles de la ciudad que imaginaba la mía con judíos pobres emigrados del Este, con sus largos abrigos de brillo grasiento y sus sombreros negros, con los rizos muy sudados en las sienes, y me repelían un poco y me sentía aliviado de no ser como ellos, de no parecerme en nada a aquellas figuras obstinadamente singulares y arcaicas que se movían por las calles despejadas de Viena igual que por las aldeas de Polonia, de Galitzia o de Ucrania de las que habían emigrado. Nadie me tomaría por uno de ellos, pensaba, a mí nadie me impedirá la entrada a un parque o a un café, ni me hará caricaturas zafias en la prensa amarilla que publica a diario calumnias y diatribas contra los judíos. Pero ahora sé que aunque mi aspecto exterior no permita adivinarlo, aunque siga teniendo cara de salud y aire de respetabilidad yo estoy tan marcado como ellos. Eres lo que otros ven en ti, y te transfiguras delante de sus ojos, y el hombre saludable y rubio que lee el periódico en un café de Viena, una mañana de domingo, vestido con pantalón corto y calcetines altos y peto tirolés será muy pronto, a los ojos del camarero que le ha servido tantas veces, tan repulsivo como el judío pobre y ortodoxo al que humillan por diversión unos jóvenes con brazaletes rojos y camisas pardas, y viajará con él en un vagón de ganado y acabará teniendo exactamente el mismo aire de cadáver ambulante por los barrizales del campo de exterminio, vistiendo ahora el mismo gorro y el mismo uniforme de rayas y compartiendo al final la misma muerte de asfixia, oscuridad y pánico en la cámara de gas. Eres lo que no sabías y lo que tal vez adivinó el médico al verte la primera vez, con su mirada experta en dilucidar lo que todavía permanece secreto, el médico que juega con una concha blanca entre los dedos y roza con el mismo sigilo el ratón del ordenador, buscando en el archivo los datos que confirman el dictamen, la segura condena, el nombre que ninguno de los dos pronuncia. Cuando sales a la calle, al cabo de no más de una hora, deslumbrado al principio por el sol, después de que tus ojos se habituaran a la penumbra de la consulta, la ciudad a la que vuelves ya no es la misma que creías conocer, y ahora los hombres y las mujeres que se cruzan contigo ya no son tus semejantes, y hasta la textura de la realidad ha cambiado, aunque superficialmente permanezca idéntica, igual que tu cara y tu aspecto general son los mismos cuando los ves de soslayo en el espejo de un escaparate. Caminas por la ciudad que ya no es la tuya con una sensación de agrio despertar, de haber abierto los ojos a la luz rara del amanecer y descubierto con menos asombro que vergüenza que te has convertido en algo inusitado, en un gran insecto, en un enfermo, en alguien que sabe que va a morir; pero la sensación también es la de estar soñando, la de moverte en el interior de una pesadilla, más siniestra porque todas las cosas que aparecen en ella son las cosas normales, y los lugares los de cada día, y la luz la de una mañana soleada de Madrid. Caminas por una acera familiar de Berlín pisando los cristales de los escaparates apedreados durante la noche, oliendo la gasolina con la que fueron quemadas las tiendas de tus vecinos judíos. Y ahora cae sobre ti, regresa inundándote desde lo más lejano del pasado, el sentimiento de la extrañeza y de la lejanía, la sospecha amarga y ahora confirmada de no pertenecer al mismo mundo, a la normalidad de los otros, y con la extrañeza y la lejanía, inseparable de ellas, vuelve o llega el miedo, no el desagrado abstracto ante la idea de morir, sino un principio de vértigo o de fragilidad que te estremece el cuerpo entero, te debilita ligeramente las rodillas, el pánico a la inminencia de la muerte, que te separa de los otros, que te aísla mientras caminas ahora mismo como una celda invisible, mientras pasas junto al mismo kiosco donde compraste al venir el periódico que sólo ahora recuerdas haber dejado entre las revistas de la sala de espera, abierto y no leído, el periódico de anchas hojas sujetas por un bastidor de madera bruñida que el camarero del café recoge de la mesa en una taza vacía y un cenicero con colillas.

Recordarás luego los titulares, la foto del canciller Hitler en un estrado de Nüremberg, gesticulando delante de una panoplia de banderas y águilas, las grandes letras que anunciaban tu destino futuro, que te atribuían una identidad de apestado, todavía ignorada para cualquiera que se cruzase contigo por esa ciudad en la que desde ahora mismo te sabes extranjero, aunque todavía no te obliguen a llevar una estrella amarilla en la solapa, o un brazalete blanco con una estrella azul. Desde ahora irás por la ciudad reconociendo a los tuyos sin que ellos lo sepan y apartando la mirada para que la vergüenza y el remordimiento no te opriman el corazón, fingiendo todavía, mientras te es posible o te está permitido, que perteneces al reino de los otros, los buenos ciudadanos arios que no tienen nada que temer y empezarán muy pronto a negarte el saludo en la escalera o a fingir que no te ven, los limpios de linaje y de sangre, fortalecidos por la convicción de la salud, seguros de que ellos están a salvo, de que no se encontrarán nunca en el número de los posibles enfermos y víctimas.

Eres Jean Améry viendo un paisaje de prados y árboles por la ventanilla del coche en el que lo llevan preso al cuartel de la Gestapo, eres Evgenia Ginzburg escuchando por última vez el ruido peculiar con que se cierra la puerta de su casa, adonde nunca va a volver, eres Margarete Buber-Neumann que ve la esfera iluminada de un reloj en la madrugada de Moscú, unos minutos antes de que la furgoneta en la que la llevan presa entre en la, oscuridad de la prisión, eres Franz Kafka descubriendo con asombro, con extrañeza, casi con alivio, que el líquido caliente que estás vomitando es sangre. Eres quien mira su normalidad perdida desde el otro lado del cristal que te separa de ella, quien entre las rendijas de las tablas de un vagón de deportados mira las últimas casas de la ciudad que creyó suya y a la que nunca volverá.