39583.fb2 Sefarad. Una novela de novelas - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 17

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Sefarad

Me acuerdo de una casa judía en un barrio de mi ciudad natal que se llama del Alcázar, porque ocupa el espacio, todavía parcialmente amurallado, donde estuvo el alcázarmedieval, la ciudadela fortificada que perteneció primero a los musulmanes y desde el siglo XIII a los cristianos, desde 1234 para ser exactos, cuando el rey Fernando III de Castilla, al que llamaban el Santo en mis libros escolares, tomó posesión de la ciudad recién conquistada. Para que nos aprendiéramos la fecha con facilidad a los niños nos decían que recordáramos los primeros cuatro números consecutivos: uno, dos, tres, cuatro, y repetíamos a coro la cantinela como si fuera una de las tablas de multiplicar, Fernando III el Santo conquistó nuestra ciudad a los moros en mil, doscientos, treinta, y cuatro.

En el recinto elevado del Alcázar, casi inaccesible desde las laderas del sur y del este, estuvo primero la mezquita mayor y luego, sobre su mismo solar, la iglesia de Santa María, que aún existe, aunque lleva cerrada muchos años por obras de restauración que nunca terminan. Tiene o tenía un claustro gótico, lo único de verdad antiguo y valioso del edificio, que ha sido restaurado sin demasiado miramiento muchas veces, sobre todo en el siglo XIX, cuando se le añadió, hacia 1880, una portada confusa y vulgar, y un par de campanarios sin ningún interés. Pero el tañido de sus campanas yo sabía distinguirlo de cualquier otro de los que se oían en la ciudad a la caída de la tarde, porque eran las campanas de nuestra parroquia, y también sabía cuándo doblaban a muerto y cuándo a misa de difuntos, y reconocía los domingos, a mediodía y al atardecer, el repique caudaloso que anunciaba la misa mayor. Otras campanas casi igual de próximas tenían un sonido mucho más grave y de bronce solemne, las de la iglesia del Salvador, o más agudo y diáfano, y entonces eran las del convento de las monjas, que estaban en un torreón como de fortaleza, tan hosco como el edificio entero, con su portón siempre cerrado y sus altas tapias de piedra oscurecida de líquenes y musgo, porque les daba siempre la sombra fría del norte. De vez en cuando aquel portalón negro con grandes clavos se abría y aparecían dos monjas, siempre por parejas, tan pálidas que me parecían salidas de ultratumba, con sus hábitos marrones y sus caras ceñidas por una tela blanca bajo las tocas, la piel más blanca que la tela, y a mí me daban tanto miedo que temía que fueran a secuestrarme, y apretaba más fuerte la mano de mi madre, que se había puesto un velo negro sobre la cabeza para ir a la iglesia.

Me acuerdo de las grandes losas desiguales del claustro de Santa María, algunas de las cuales eran lápidas con nombres de muertos muy antiguos tallados en la piedra, casi borrados por el paso de los siglos y las pisadas de la gente, y de un jardín al que se abrían sus arcos ojivales y en el que había un laurel tan alto que la vista de un niño se perdía hacia arriba sin vislumbrar su final. En el jardín umbrío por la sombra gigante del laurel y lleno de helechos y maleza había siempre, incluso en verano, un olor muy poderoso a vegetación y tierra húmeda, y resonaba el escándalo de los pájaros que anidaban en su espesura, los largos silbidos de las golondrinas y de los vencejos en las tardes demoradas del verano. Desde muy lejos se distinguía el gran chorro verde oscuro del laurel, como un géiser de vegetación que ascendía más alto que los campanarios de la iglesia y los tejados del barrio, y que oscilaba en las tardes de vendaval. Cuando yo era muy niño y entraba en el claustro de Santa María de la mano de mi madre me daba vértigo asomarme al jardín para ver el laurel, y siempre notaba el frío húmedo de la tierra y la piedra y me ensordecía el fragor de los pájaros, que levantaban de golpe el vuelo cuando redoblaban las campanas.

Yo estaba seguro de que el laurel llegaba al cielo, como la mata de habichuelas mágicas en aquel cuento que me contaban las mujeres de mi casa, y que muchos años después yo leía a mi hijo mayor, siempre ansioso de historias cuando se iba a la cama, desde que tenía dos o tres años, ya impaciente cuando anticipaba que el cuanto iba a acabarse, pidiéndome que durara todavía un poco más, que le leyera o le contara otro, mejor aún, que lo inventara a su gusto, dando a los personajes los rasgos de carácter y los poderes mágicos que a él le apetecían, poniéndoles nombres que él debía aprobar. Leyendo el cuento junto a la cabecera de la cama de mi hijo imaginaba a su pequeño héroe subiendo hacia el cielo y emergiendo al otro lado de las nubes por las ramas de aquel laurel prodigioso de Santa María, igual que lo había imaginado cuando era niño y el cuento me lo contaban a mí. Si miraba muy fijo hacia arriba, aunque no hubiera viento, el laurel tenía una ligera oscilación, más inquietante porque apenas era perceptible. Cuando un viento fuerte lo agitaba el ruido de sus hojas tenía una fuerza como la de la resaca del mar, que yo no había escuchado nunca, salvo en las películas, o cuando me acercaban una caracola al oído y me decían que aún sonaba en ella un ecodel mar del que la habían traído.

A la iglesia de Santa María me acuerdo que iba todas las tardes, en el verano de mis doce años, a rezarle unas cuantas avemarías a la Virgen de Guadalupe, la patrona de mi ciudad, a la que yo le pedía que intercediera por mí para que me aprobaran la gimnasia en septiembre, porque en los exámenes de junio había suspendido de manera humillante, aunque no injustificada. No se me daba bien ningún deporte, no era capaz de subir una cuerda o saltar un potro y ni siquiera sabía dar una voltereta. Había ido creciendo en mí un sentimiento de exclusión que se acentuaba amargamente con la pérdida de las confortables certezas de la niñez y las primeras turbiedades y temores del tránsito a la adolescencia. Me sentía siempre avergonzado y aparte de los otros, mi cara demasiado redonda llenándose de granos, el bozo ensombreciendo el labio superior, todavía infantil, el vello brotando en los lugares más raros de mi cuerpo, el remordimiento agudo y secreto de la masturbación, que según las enseñanzas torvas de los curas no sólo era un pecado, sino también el principio de una serie de enfermedades atroces. Qué raro haber sido ese niño solitario, gordito y torpón que cada atardecer de verano, cuando cedía el calor, iba al barrio del Alcázar y entraba en los claustros frescos de Santa María para rezarle a la Virgen, pisando lápidas de muertos sepultados hacía cinco o seis siglos, devoto y avergonzado por dentro, porque ese verano había aprendido a masturbarse, mirando siempre de soslayo el interior de los escotes y las piernas desnudas de las mujeres, el pecho blanco, de pezón grande y oscuro y tenues venas azuladas, de una gitana descalza que amamantaba a su hijo sentada en la puerta de alguna de las casuchas de pobres que había al final del barrio, junto a las ruinas de la muralla. A veces, en la gran plaza que hay delante de la iglesia, veía de lejos, sentados en un banco de piedra, a los cuatro o cinco gamberros de mi clase, que ya fumaban y entraban en las tabernas, y que si pasaba delante de ellos, aunque fingiera no verlos, se burlarían de mí, como se habían burlado en el gimnasio y en el patio del colegio ante mi cobardía física, más aún si se daban cuenta de adonde iba, el empollón gordito que había sacado tantas matrículas y sin embargo no había sido capaz de aprobar la gimnasia, y que ahora le rezaba todas las tardes a la Virgen, y más de una se acercaba a confesar y luego se quedaba a la misa y comulgaba, con el remordimiento y la desazón de no haberse atrevido a confesarlo todo, a decirle al cura, que había hecho preguntas formularias y trazado en la penumbra el signo de la cruz al mismo tiempo que murmuraba la penitencia y la absolución, que había un pecado más, que ni siquiera podía nombrarse sino con lejanos eufemismos, que había cometido un acto impuro. Tan tempranamente la doctrina católica nos habituaba a la solitaria contienda con uno mismo, a los retorcimientos de la culpabilidad: un acto impuro era un pecado mortal, y si no se confesaba no podía ser absuelto, y si uno se acercaba a comulgar en pecado mortal estaba cometiendo otro, igual de grave que el primero, que se añadía a él en la secreta ignominia de la conciencia.

En la iglesia de Santa María me casé por primera vez, cuando tenía veintiséis años. Quizás por el aturdimiento y los nervios de la ceremonia y el mareo de la gente no llegué a fijarme esa vez en el gran laurel del claustro, aunque ahora me asalta la sospecha alarmante de que quizás lo habían talado, nada raro en una ciudad tan adicta al arboricidio. El hombre joven, con bigote, con el pelo cortado a navaja, con un traje azul marino y una corbata gris perla, me parece aún más remoto que el niño piadoso y secretamente avergonzado de catorce años atrás. A lo largo de ese tiempo había perfeccionado las aptitudes que ya atisbaba como suyas al principio de la adolescencia, el hábito de fingir que era y hacía lo que se esperaba de él y a la vez rebelarse hoscamente en silencio, la vana astucia de esconder la que él imaginaba su identidad verdadera y de alimentarla con libros y sueños y una dosis gradual de rencor mientras exteriormente presentaba una actitud de mansa aquiescencia. Así vivía en un exilio inmóvil, en una lejanía que casi nunca se aliviaba y que sin embargo era tan falsa como una perspectiva de campo abierto pintada en un muro o como esas transparencias del cine en las que un actor conduce a toda velocidad un descapotable al filo de un acantilado sin que el viento le desordene el pelo ni se sucedan y huyan en el parabrisas las sombras de los árboles.

El barrio del Alcázar, a espaldas de la iglesia de Santa María, ceñido al sur y al oeste por el camino que circunda la muralla en ruinas y por los terraplenes de las huertas, tiene calles estrechas y empedradas y pequeñas plazas en las que puede haber una casona con gran arco de piedra y dos o tres moreras o álamos. Las casas más antiguas del barrio son del siglo XV. Están encaladas, salvo los dinteles de las puertas, que muestran el tono amarillento de la piedra arenisca en la que fueron tallados, que es la misma que la de los palacios y las iglesias. El blanco de la cal y el dorado y rubio de la piedra contrastan en una delicada armonía que tiene la elegancia luminosa del Renacimiento y la austera belleza de la arquitectura popular. Ventanas altas y estrechas con rejas tupidas como celosías y grandes muros cerrados de tapias de jardines recuerdan el hermetismo de la casa musulmana heredado intacto por los conventos de clausura. Hay caserones con ventanucos estrechos como saeteras en los que a veces nos escondíamos los niños y con grandes argollas en las fachadas, argollas de hierro tan pesadas que no teníamos fuerzas para levantarlas, y en las que nos decían que los señores antiguos ataban a sus caballos. En esos caserones habitaban los nobles que regían la ciudad y que en sus sublevaciones feudales contra el poder de los reyes se hacían fuertes tras los muros del Alcázar. Al amparo de esos mismos muros estaba la Judería: los nobles necesitaban el dinero de los judíos, sus habilidades administrativas, la destreza de sus artesanos, de modo que tenían interés en protegerlos contra las periódicas explosiones de furia de la chusma beata y brutal excitada por predicadores fanáticos, por leyendas sobre profanaciones de la hostia y rituales sanguinarios celebrados por los judíos para infamar la religión cristiana. Robaban hostias consagradas y les escupían y las pisoteaban, y les hincaban clavos y las aplastaban con tenazas para repetir en ellas los suplicios que le habían infligido a la carne mortal de Jesucristo. Secuestraban a niños cristianos y los degollaban en los sótanos de las sinagogas, y bebían su sangre o manchaban con ella la harina blanca y sagrada de las hostias.

Alguien me habló de esa casa judía y yo di vueltas por el barrio del Alcázar hasta que pude encontrarla. Está en un callejón estrecho, como encogida en él, y yo la recuerdo habitada, con voces de gente y ruido de televisión viniendo a la calle por las ventanas abiertas, en las que había macetas con geranios. Tiene una puerta baja, y en los dos extremos de la gran piedra del dintel hay talladas dos estrellas de David, inscritas en un círculo, no tan gastadas por el tiempo que no pueda percibirse con exactitud el dibujo. Es una casa pequeña, aunque sólida, que debió de pertenecer no a una familia opulenta, sino a un escribano o a un pequeño comerciante, o al maestro de una escuela rabínica, a una familia que viviría, en los años anteriores a la expulsión, dividida entre el miedo y un empeño de normalidad, imaginando que los excesos amenazantes del fanatismo cristiano se apaciguarían, igual que tantas otras veces, y que en esa pequeña ciudad y tras la protección de los muros del Alcázar no iban a repetirse las matanzas terribles de unos años antes en Córdoba, o las de finales del siglo anterior. La casa, en el callejón, tiene algo de receloso y escondido, como la actitud de alguien que para no llamar la atención baja la cabeza y encoge los hombros y procura caminar cerca de la pared. Qué harías tú si supieras que de un día para otro pueden expulsarte, que bastarán una firma y un sello de lacre al pie de un decreto para que tu vida entera quede desbaratada, para que lo pierdas todo, tu casa y tus bienes, tu vida de todos los días, y te veas arrojado a los caminos, expuesto a la vergüenza, obligado a despojarte de todo lo que creías tuyo y a emprender un viaje en un buque que te llevará no sabes adonde, a un país donde también serás señalado y rechazado, o ni siquiera eso, a un naufragio en el mar, el mar temible que no has visto nunca. Las dos estrellas de David son la única prueba que atestigua la existencia de una comunidad populosa, como las impresiones fósiles de una hoja exquisita que perteneció a la inmensidad de un bosque borrado por un cataclismo hace milenios. No podrían creer que de verdad iban a expulsarlos, que en unos meses tendrían que abandonar la tierra en la que habían nacido y en la que ya vivieron sus antepasados lejanos, las calles de la ciudad que imaginaron suya, y en la que de pronto no recibían más que signos de odio. Quién puede creer que su casa, en la que está modelada la forma de su vida, le será arrebatada en el plazo de unos días, y que gente desconocida vendrá a ocuparla y no sabrá nada de quienes vivían en ella, quienes creyeron que les pertenecía. La casa tenía una puerta con clavos oxidados y un llamador de hierro, y pequeñas molduras góticas en los ángulos del dintel. Quizás la llave que se correspondía con el gran ojo de la cerradura se la llevaron los expulsados y la fueron legando de padres a hijos en las generaciones sucesivas del destierro igual que la lengua y los sonoros nombres castellanos, y los romances y los cantos de niños que los hebreos de Salónica y Rodas llevarían consigo en el largo viaje infernal hacia Auschwitz. De una casa parecida a ésta se irían para siempre la familia de Baruch Spinoza o la de Primo Levi. Caminaba por los callejones empedrados de la Judería de Úbeda imaginando el silencio que debió de inundarlos en los días posteriores a la expulsión, como el que quedaría en las calles del barrio sefardí de Salónica cuando los alemanes lo evacuaron en 1941, donde ya no volverían a escucharse las voces de las niñas que saltaban a la comba cantando romances como los que yo alcancé a escuchar en mi infancia, romances de mujeres que se disfrazaban de hombres para combatir en las guerras contra los moros o de reinas encantadas. Los franciscanos y los dominicos predicando a la multitud analfabeta desde los pulpitos de las iglesias, las campanas doblando con repiques de triunfo mientras los desterrados iban abandonando el barrio del Alcázar, en la primavera y el verano de 1492, que era otra de las fechas que nos aprendíamos de memoria en la escuela, porque era la de mayor gloria en la Historia de España, nos decía el maestro, cuando se reconquistó Granada y se descubrió América, y nuestra patria recién unificada empezó a ser un imperio. De Isabel y Fernando el espíritu impera, cantábamos apoyando con pisotones marciales los énfasis del himno, moriremos besando la sagrada bandera. Hazaña tan importante de los reyes Católicos como la victoria sobre los moros en Granada y decisión tan sabia como el apoyo a Colón había sido la expulsión de los judíos, que en los dibujos de nuestra enciclopedia escolar tenían narices aguileñas y perillas puntiagudas, y a los que se atribuía la misma oscura perfidia que a otros enemigos jurados de España, de los cuales no sabíamos nada más que sus nombres temibles, masones y comunistas. Cuando nos estábamos peleando con otros niños en la calle y alguno nos escupía le gritábamos siempre: Judío, que le escupiste al Señor. En los tronos de nuestra Semana Santa los sayones y fariseos tenían los mismos rasgos groseros que los judíos de la enciclopedia escolar. En la Ultima Cena, Judas nos daba a los niños tanto miedo como un drácula del cine, con su nariz ganchuda y su barba en punta y la cara verdosa de traición y codicia con que se volvía para mirar secretamente la bolsa con las treinta monedas.

En el hotel Excelsior, en Roma, muchos años y varias vidas más tarde, conocí al escritor rumano y sefardí Emile Román, que hablaba fluidamente en italiano y en francés, pero también en un raro y ceremonioso español que había aprendido en su infancia, y que debía de parecerse al que hablaban en 1492 los habitantes de aquella casa del barrio del Alcázar. Pero nosotros no nos llamábamos sefardíes, me dijo, nosotros éramos españoles. En Bucarest, en 1944, un pasaporte expedido a toda prisa por la embajada española le permitió salvar la vida. Con el mismo pasaporte que le había librado de los nazis escapó unos años más tarde de la dictadura comunista, y ya no regresó nunca a Rumania, ni siquiera tras la muerte de Ceaucescu. Ahora escribía en francés y vivía en París, y como estaba jubilado pasaba las tardes en el local de una hermandad de viejos sefardíes que se llamaba Vida larga. Era un hombre muy alto, parado, de ademanes graves, de piel olivácea y grandes manos rituales. En el bar del hotel Excelsior un individuo de pajarita roja y esmoquin plateado tocaba éxitos internacionales en un órgano eléctrico. Sentado frente a mí, junto a los ventanales que daban al tráfico de la Vía Véneto, Emile Román bebía con breves sorbos de una taza diminuta de espresso y hablaba apasionadamente de injusticias cometidas cinco siglos atrás, nunca olvidadas, no corregidas y ni siquiera amortiguadas por el paso del tiempo y el tránsito de las generaciones, el inapelable decreto de expulsión, los bienes y las casas vendidos apresuradamente para cumplir el plazo de dos meses que se concedía a los expulsados, dos meses para abandonar un país en el que habían vivido sus mayores durante más de mil años, casi desde el principio de la otra Diáspora, dijo Emile Román, las sinagogas desiertas, las bibliotecas dispersadas, las tiendas vacías y los talleres clausurados, cien o doscientas mil personas forzadas a marcharse de un país con apenas ocho millones de habitantes. Y los que no se fueron, los que prefirieron convertirse por miedo o por conveniencia y calcularon que al recibir el bautismo serían aceptados. Pero tampoco eso les sirvió, porque si ya no podían perseguirlos por la religión de la que habían abjurado ahora era su sangre lo que los condenaba, y no sólo a ellos, sino también a sus hijos y a sus nietos, de modo que los que se quedaban acabaron siendo tan extranjeros como los que se habían ido, incluso más todavía, pues no sólo los despreciaban los que habrían debido ser sus hermanos en la nueva religión, sino también los que permanecieron fieles a la que ellos habían abandonado. El pecador más infame podía arrepentirse y si cumplía la penitencia quedar libre de culpa, el hereje abjurar de sus errores, el pecado original podía redimirse gracias al sacrificio de Cristo: pero para el judío no había redención posible, porque su culpabilidad era anterior a él e independiente de sus actos, y se volvía incluso más turbiamente sospechoso si su apariencia era de ejemplaridad. Pero en eso España no fue una excepción, no fue más cruel o más fanática que otros países de Europa, contra lo que suele pensarse. Si en algo se distinguió España no fue por expulsar a los judíos, sino por expulsarlos tan tarde, porque en el siglo XIV los habían echado de Inglaterra y de Francia, y no crea que con más miramientos, y cuando en 1492 muchos de los que salieron de España buscaron refugio en Portugal lo obtuvieron a cambio de una moneda de oro por persona, y seis meses más tarde también los expulsaron, y los que se convirtieron para no tener que irse no tuvieron una vida mejor que los conversos de España, y también recibieron el nombre infame de marranos. Pero hubo marranos que después de varias generaciones de sometimiento al catolicismo emigraron a Holanda y en cuanto llegaron allí volvieron a profesar el judaísmo, la familia de Baruch Spinoza, por ejemplo, que tenía una inteligencia demasiado racional y libre para obedecer ningún dogma, y fue oficialmente expulsado de la comunidad judía, él que venía de un linaje de judíos expulsados de España.

Ser judío era imperdonable, dejar de serlo era imposible, dijo con su lenta ira melancólica Emile Román, cuyo nombre verdadero era don Samuel Béjar y Mayor. Yo no soy judío por la fe de mis antepasados, que mis padres nunca practicaron, y que cuando era joven a mí podía importarme tanto como a usted la creencia de sus abuelos en los milagros de los santos católicos. A mí me hizo judío el antisemitismo. Durante un tiempo aún podía ser como una enfermedad secreta, que no lo excluye a uno de la comunidad con los demás porque no se revela en signos exteriores, en manchas o pústulas que puedan condenarlo como a un leproso en la Edad Media. Pero un día, en 1941, tuve que coserme una estrella de David amarilla en la pechera de mi abrigo, y desde entonces la enfermedad ya no podía ser escondida, y si a mí se me olvidaba un instante que era un judío y que no podía ser más que un judío las miradas de los que se cruzaban conmigo por la calle o en la plataforma del tranvía (mientras nos estuvo permitido viajar en tranvía) se encargaban de recordármelo, de hacerme sentir mi enfermedad y mi rareza. Algunos conocidos volvían la cara para no tener que saludarnos o para que no les vieran hablando con un judío. Había quien se apartaba, como el que se aparta de un mendigo muy sucio o de alguien con una deformidad muy desagradable. Los que fueron mis compatriotas se habían convertido en extranjeros. Pero el extranjero era yo, y la ciudad en la que había nacido y vivido siempre ya no era mía, y en cualquier momento, mientras iba por la calle, cualquiera podía injuriarme, o empujarme a la calzada porque no tenía derecho a ir por la acera, o si tenía la mala suerte de cruzarme con una pandilla de nazis corría el peligro de que me dieran una paliza o de sufrir la humillación de echar a correr para que no me alcanzaran, como un niño torpe al que se divierten en atormentar los fuertes y los chulos de la calle.

¿Ha leído usted a Jean Améry? Debe hacerlo, es tan importante como Primo Levi, sólo que mucho más desesperado. La familia de Primo Levi había emigrado a Italia en 1492. Los dos estuvieron en Auschwitz, aunque allí no llegaron a encontrarse. Levi no compartía la desesperación de Améry, ni podía aceptar su suicidio, pero él también acabó matándose, o al menos ése fue el dictamen de la policía. Améry no se llamaba en realidad Améry, ni Jean. Había nacido en Austria y se llamaba Hans Mayer. Hasta los treinta años vivió creyendo que era austriaco, y que su lengua y su cultura eran alemanas. Incluso le gustaba subrayar su pertenencia a Austria, y se vestía muchas veces con el traje folklórico de pantalón corto y calcetines altos. De pronto un día, en noviembre de 1935, sentado en un café, en Viena, igual que estamos sentados usted y yo, abrió el periódico y leyó en él la proclama de las leyes raciales de Nüremberg, y descubrió que no era lo que había creído y querido siempre ser, y lo que sus padres le enseñaron a creer que era, un austriaco. De pronto era lo que jamás había pensado: un judío, y además no era más que eso, toda su identidad se reducía a esa sola condición. Había entrado al café dando por supuesto que tenía una patria y una vida y cuando salió de él ya era un apátrida, como máximo una posible víctima, nada más. Su cara era la misma, pero él ya se había convertido en otro, y si se miraba despacio en el espejo no le costaba nada empezar a distinguir los signos de la transformación, aunque por su apariencia física nadie habría podido averiguar su origen, los rasgos del estigma. Pagaría su café al mismo camarero de todas las mañanas, que se inclinaría ligeramente ante él cuando recibiera la propina, pero ahora sabía que muy probablemente el camarero lo miraría con el desprecio que se reserva a un mendigo inoportuno si llegaba a enterarse de que era judío. Escapó al oeste, a Bélgica, cuando aún era tiempo, en 1938, pero en aquella época las fronteras de Europa se convertían de un día para otro en cepos o alambradas, y el que había escapado a otro país despertaba una mañana escuchando por los altavoces los gritos de los verdugos que creyó haber dejado atrás en el suyo. En 1943 lo detuvo la Gestapo en Bruselas. Lo sometieron durante semanas a torturas horrendas y poco después lo mandaron a Auschwitz. Después de la Liberación renegó de su nombre alemán y de la lengua alemana que había creído suya, y decidió llamarse Jean y no Hans y Améry y no Mayer y no pisar nunca más Austria ni Alemania. Lea el libro que escribió sobre el infierno del campo. Después de terminarlo yo no podía leer nada ni escribir nada. Dice que en el momento en que uno empieza a ser torturado se rompe para siempre su pacto con los demás hombres, y aunque se salve y quede libre y siga viviendo muchos años la tortura nunca cesará, y ya no podrá mirar a los ojos a nadie, ni confiar en nadie, ni dejar de preguntarse, delante de un desconocido, si es o ha sido un torturador, si le costaría mucho serlo, y si una vecina anciana y educada le dice buenos días al cruzárselo por la escalera piensa que esa misma anciana amable pudo haber denunciado a la Gestapo a su vecino judío, o mirado hacia otra parte cuando a su vecino lo arrastraban escaleras abajo, o gritado Heil Hitler hasta enronquecer al paso de los soldados alemanes.

Me invitaron a Alemania una vez, hace unos pocos años, a dar una charla en una ciudad muy bella, como de cuento, con calles empedradas y casas de tejados góticos, con parques, con mucha gente paseando en bicicleta, Göttingen, donde habían vivido los hermanos Grimm. Me acuerdo del ruido como de seda que hacían los neumáticos de las bicicletas al deslizarse sobre los adoquines húmedos al anochecer, y del sonido de sus timbres. Había hecho un día soleado, y yo había estado desde por la mañana yendo de un lado para otro, siempre con personas muy serviciales y muy afectuosas, que se ocupaban de organizar la satisfacción inmediata de cualquier deseo que yo formulara, con una eficacia que podía ser agobiante. Si decía que tenía interés en visitar un museo inmediatamente se ponían a llamar por teléfono y al cabo de un rato ya tenían a mi disposición folletos informativos, listas de horarios, modos posibles de transporte. Por la mañana me llevaron a dar una charla a la universidad, después se angustiaron presentándome posibilidades diversas de sitios para almorzar, si prefería comida italiana, o china, o vegetariana, y cuando dije un poco por casualidad que me apetecía un italiano se desvivieron por determinar cuál sería el mejor entre varios posibles. Por la tarde, con toda la somnolencia de la comida y el cansancio acumulado del viaje, me llevaron a una librería a dar una lectura. Yo leía un capítulo de mi libro, y a continuación el traductor lo leía en alemán. Nada más ponerme a leer me desalentaba pensar en todas las páginas que me quedaban por delante y me aburría e irritaba lo que yo mismo había escrito. Alzaba los ojos del libro al tragar saliva o tomar aire y veía delante de mí las caras serias y atentas del público, que me escuchaba disciplinadamente sin entender ni una palabra, y que además había pagado por soportar ese suplicio. Me avergonzaba de lo que había escrito, me sentía culpable del tedio que debía de estar sintiendo aquella gente, y para abreviar el mal rato leía a toda velocidad y me saltaba párrafos enteros. Se me cerraban los ojos cuando el traductor leía en alemán y yo intentaba mantenerme erguido y atento, como si entendiera algo, y buscaba en las caras ahora algo menos inanimadas del público posibles reacciones a lo que yo había escrito tiempo atrás en una lengua que no se parecía en nada a la que ellos escuchaban. Distinguía alguna sonrisa, algún gesto de asentir a algo escrito por mí y que yo no sabía lo que era, y al final me sentí tan aliviado que no me importó nada la vehemencia de los aplausos, aunque sonreí e incliné un poco la cabeza, con la bajeza habitual de quien es halagado. Qué tormento recibir parabienes, contestar a preguntas de personas tan sumamente interesadas que casi me daba vergüenza que me importara tan poco su interés por lo que yo tenía que decirles. Era como caminar sobre arena y hundirse a cada paso, como bracear en arena, y yo lo único que deseaba era salir de allí cuanto antes y no tener que escribir otra dedicatoria ni mostrar interés ante otra explicación, y verme libre de la agobiante servicialidad de los organizadores, que ya tramaban y organizaban mis próximos pasos, miraban el reloj calculando el tiempo que faltaba para que cerrasen el museo al que yo tenía tantas ganas de ir, discutían si sería más rápido y más cómodo para mí que me llevaran en un taxi o en tranvía, se aseguraban de que yo seguía teniendo los folletos informativos, alguno de ellos miraba en un mapa si cerca del museo había un restaurante italiano al que me pudieran llevar a cenar, dado que ya se contaba con mi predilección por la comida italiana. Se quedaron consternados y yo me sentí horriblemente desconsiderado y culpable cuando les dije que prefería irme al hotel, y que cenaría allí mismo cualquier cosa, aunque uno de ellos se ofreció a llamar por teléfono para que le leyeran la carta y yo pudiera ir tomando una decisión, y también para que le dijeran el horario de apertura y cierre del restaurante y en su caso las posibilidades de elección que ofrecía el room service. Que no se molestaran, les dije, casi les supliqué, que no tenía hambre y lo mismo me tomaba una cerveza y una bolsa de patatas fritas del minibar de la habitación, pero enseguida me arrepentí de haberlo dicho, porque surgió la duda de si en la habitación del hotel habría minibar… No podía creer que estaba solo cuando al final me dejaron, despidiéndose de mí con un afecto del todo inmerecido en la escalera de entrada, ellos tan amables y yo maldiciéndolos por dentro, anticipando casi dolorosamente la cercanía del momento en que podría tenderme en la cama, sin hacer nada, sin hablar con nadie, sin tener que abrirme paso por un menú escrito sólo en alemán, quitarme los zapatos y doblar la almohada y quedarme tendido mirando al techo, disfrutando de todas las horas que tenía por delante para estar solo, para pasear a mi aire, hacia donde me diera la gana, con las manos en los bolsillos, sin ningún propósito, sin nadie a mi lado para someterme a una implacable cortesía.

Me adormilé un rato, en el confort alemán de la habitación, que era pequeña y tenía vigas en el techo y el suelo de madera bruñida, como en el dibujo de un cuento, echándome encima uno de esos edredones ligeros y cálidos que no hay en ninguna otra parte del mundo, recostado en la almohada grande, mullida, olorosa a lavanda, pero no quería abandonarme al sueño, porque era temprano, aunque ya estaba anocheciendo, y si me dormía ahora podría despertarme plenamente despejado a las dos de la madrugada, y pasarme el resto de la noche en uno de esos insomnios temibles de habitación de hotel. Bajé al vestíbulo tomando la precaución de comprobar que no rondaba por las proximidades ninguno de mis anfitriones, y al salir a la calle también miré a un lado y a otro, acordándome de los espías en las novelas de John le Carré que leí tanto de joven, hombres comunes con gafas y abrigo que caminan por pequeñas ciudades alemanas y se vuelven de vez en cuando y miran en los espejos de los coches aparcados para comprobar que no les persigue un agente de la Stasi. Había una niebla fría en el aire, una humedad y un olor a río y a vegetación empapada. Según caminaba iba recuperándome del cansancio y la somnolencia, notando ese principio de euforia que suele animarme cuando salgo del hotel a las calles de una ciudad extranjera y no tengo por delante ninguna obligación. Soy todo ojos, no soy nadie y nadie me conoce, y si voy contigo paseamos abrazados con una gozosa ligereza que nos devuelve a los primeros días que estuvimos juntos, porque esa ciudad a la que hemos llegado es tan nueva y tan prometedora como lo fue la nuestra cuando tenía la misma claridad inaugural que nuestra vida recién comenzada de amantes.

Recuerdo muy pocas cosas, muy nítidas: una calle adoquinada, con casas de tejados en punta a los dos lados, tejados de pizarra y vigas de madera cruzándose en las fachadas, pequeñas ventanas con postigos de madera entornados, a través de los cuales se veían interiores iluminados, forrados de madera, de libros. Me acuerdo del rumor sigiloso de las bicicletas, la vibración de los radios al girar en el silencio de la calle sin coches y el roce adhesivo de los neumáticos sobre los adoquines húmedos. Escuchaba a mi espalda la nota aguda de un timbre y enseguida me adelantaba un ciclista apacible, hombre o mujer, y no necesariamente joven, a veces una señora de pelo blanco y gafas y sombrero anticuado, o un ejecutivo de traje azul marino bajo el impermeable. Vi torres góticas con relojes dorados y tranvías que cruzaban al fondo de una calle en un silencio casi tan fantasmal como el de las bicicletas. En una esquina me llamó la atención el escaparate muy iluminado de una pastelería, de la que llegaba hasta la calle un ruido denso y jovial, aunque también amortiguado, como forrado en la quietud general de la ciudad, conversaciones y tintineo de cucharillas y de tazas, y un aroma caliente de obrador, muy nítido en el aire tan frío, de chocolate y café. Porque tenía hambre y me había ido quedando aterido durante el paseo tan largo vencí la timidez que tantas veces me impide entrar solo en un local lleno de gente, el apocamiento español que se me acentúa si estoy en un país extranjero. Debía de ser una pastelería de principios de siglo, conservada intacta, con escayolas y dorados como de barroquismo austrohúngaro, con espejos enmarcados en caoba y arañas de salón de baile, con veladores de mármol y delgadas columnas de hierro pintadas de blanco, con un brillo de purpurina en los capiteles. Había bastidores con anchos periódicos alemanes muy tupidos de letra que parecían también periódicos de principios de siglo, o al menos de la guerra de 1914. Las camareras iban vestidas con justillos blancos escotados y faldones antiguos, peinadas con rodetes o trenzas sujetas a las sienes, y eran rubias y de caras coloradas y redondas, y se movían veloces y un poco sofocadas entre las mesas llenas de gente, sosteniendo en alto con una sola mano bandejas muy cargadas de teteras y jarras de porcelana con café o chocolate y porciones de tartas, las tartas cuantiosas, exquisitas que relucían en las vitrinas, en una variedad que yo no había visto nunca, ni he vuelto a ver después.

Sentado en un rincón, junto a una mesa muy pequeña, mientras esperaba el té y la tarta de queso y moras que había pedido entendiéndome por señas con una camarera, me entretuve mirando las caras a mi alrededor, disfrutando del interior caldeado, de la tranquilidad de no tener que prestar atención al idioma que escuchaba, ya que lo ignoraba por completo, así que podía permitirme el alivio de no esforzarme en atrapar conversaciones. Había gente mayor, sobre todo, más mujeres que hombres, matrimonios de jubilados prósperos o grupos de señoras con sombreros y abrigos, y el tono general era como de sólido y civilizado deleite, cabezas que asentían y manos que levantaban tazas de té con el meñique extendido, risas prudentes, conversaciones vivaces y tan herméticas para mí como los pares de ojos claros que a veces registraban mi presencia con un leve guiño de curiosidad o tal vez de rechazo. Yo era sin duda el único extranjero en todo el local, y en un espejo que había enfrente de mí pude verme de pronto como desde fuera, como me vería la camarera que me traía el té y la tarta o el hombre de ojos muy azules y pelo muy blanco que se había vuelto ligeramente hacia mí y me examinaba mientras seguía contándole algo a la señora con pendientes dorados, pelo teñido de un negro muy fuerte y guantes blancos que estaba junto a él, muy pintada, con colorete en los pómulos, con arrugas innumerables y delgadas en el labio superior y en torno a la boca muy roja. Vi mi pelo tan negro, mis ojos oscuros, la camisa blanca sin corbata y el mentón ya sombrío de barba que me daban un aire indudable de búlgaro o de turco, la chaqueta de mi traje formal que estaba algo arrugada después de varios días de viaje y negligencia, y que parecía también una de esas chaquetas que llevan los emigrantes, las que llevan en las fotos de los años sesenta los emigrantes españoles a Alemania. Estaba muy cansado, porque los viajes de obligación profesional me agotan y me marean los desconocidos y duermo mal en los hoteles, y empezaba a ver las caras y las cosas a mi alrededor como detrás de una neblina, aunque nadie fumaba en la pastelería y no había más humo que el de las tazas o el vaho de quienes entraban desde el frío de la calle. Qué raro no haberme fijado antes en que todo el mundo, salvo las camareras, parecía viejísimo, ancianos y ancianas tan cuidadosamente conservados como la decoración y las molduras de yeso de la pastelería e igual de decrépitos, dentaduras postizas, bastones, peluquines, pelucas rubias o empolvadas de blanco, gafas de mucha graduación, zapatos y medias ortopédicas, sombreritos de Miss Marple y manos pergaminosas y artríticas sosteniendo temblorosamente bocados de tarta y tazas de delicada porcelana. Las camareras sí que eran jóvenes, desde luego, incluso muy jóvenes, pánfilas como adolescentes rosadas y carnosas, pero de algún modo eran tan antiguas como la clientela y como el local, con sus faldas abullonadas, sus rodetes y trenzas, sus justillos y sus escotes con encajes, carnales sin sensualidad, con caras de redondeces infantiles y una pesadez de mujeres maduras. Miré al hombre de pelo tan blanco y tenue como algodón y de ojos muy claros que un momento antes me había parecido que me examinaba con reprobación, y se me ocurrió que tendría unos setenta y tantos años, tal vez ochenta, aunque era delgado y nervudo, tenía la cara y las manos morenas, como atezadas de intemperie, y un aire altivo, como de militar retirado. Calculé entonces que en 1940 no habría tenido mucho más de treinta años, y con una especie de revelación súbita y arbitraria lo imaginé de uniforme, los ojos tan claros sombreados por la visera de una gorra de plato. Qué habría hecho ese hombre en la Alemania de los años treinta, y más tarde, durante la guerra, dónde habría estado. Sin darme cuenta debí de estar mirándolo con una atención indisimulada y excesiva, porque advertí en él un gesto de irritación cuando sus ojos se cruzaron con los míos. Pero al apartarlos de él fui mirando a las otras personas que había en el local, bajo la luz de las arañas que relucía en las molduras doradas y se multiplicaba en los espejos, y en cada cara de hombre o mujer quería imaginarme los rasgos y las actitudes de cincuenta o sesenta años atrás, de modo que se iba produciendo en ellas un principio inquietante y luego amenazador de transformación, una punzada negra de sospecha, y esas facciones ajadas y apacibles las veía jóvenes y crueles, las bocas con dentaduras postizas que tomaban pequeños sorbos de chocolate o de té se abrían en gritos de entusiasmo fanático, las manos con manchas pardas en el dorso y nudillos deformados por la artritis que sostenían tan pulcramente las tazas se alzaban oblicuas como bayonetas en un saludo unánime: cuántos de los que estaban a mi alrededor habrían gritado Heil Hitler qué habría en la conciencia, en la memoria de cada uno de ellos, hombre o mujer, cómo me habrían mirado al cruzarse conmigo si yo hubiera llevado una estrella amarilla cosida en la pechera del abrigo, si hubiera estado en esa misma pastelería y hubieran entrado en ella unos hombres de sombreros terciados sobre las caras y abrigos negros de cuero y se hubieran acercado a mí para pedirme los papeles, un desconocido de aire extranjero y meridional que levanta enseguida sospechas, miradas de soslayo, que abriga su taza de té entre las manos para calentárselas y no sabe que alguien, un ciudadano concienzudo, ha llamado ya a la Gestapo para advertir de su presencia, como llamaban tantas personas entonces, sin que las obligara nadie, por puro sentido del deber cívico o patriótico: quizás alguien entre los ancianos que ahora meriendan en la pastelería hizo una llamada así, formuló una denuncia, como las que todavía permanecen en los archivos como pruebas indelebles de la mezquindad casi universal, de la íntima dosis de infamia que sustentaron el edificio sanguinario de la tiranía; quizás también hay entre esta gente un perseguido o un denunciado de entonces, aunque estadísticamente la posibilidad es mucho más limitada. Pero ya me parece que hay más ojos detenidos en mí, y mi cara en el espejo que dilata el espacio y multiplica a la gente también se ha modificado, me veo más raro, más oscuro, me distingo más de los otros según voy sintiendo la incomodidad de mi diferencia. Me gustaría tener un libro o un periódico, algo con lo que distraerme y ocupar las manos, pero me palpo los bolsillos del abrigo y no llevo nada, a no ser mi pasaporte y mi cartera, y cuando se me ha agotado la paciencia de esperar me armo de valor y me pongo en pie para marcharme, e inmediatamente me vuelvo a sentar y hasta creo que enrojezco porque la camarera ha llegado con la bandeja y con una sonrisa de pepona cordial, diciéndome algo que no entiendo. Le pago antes de que vuelva a irse, bebo un poco de té y mordisqueo la tarta demasiado dulce. Muy mareado del calor excesivo salgo a la calle y agradezco la soledad y el aire limpio y frío, me interno en un parque creyendo que es el mismo que crucé viniendo del hotel y al salir de él por una alta verja a una calle iluminada y moderna que no recuerdo haber visto antes comprendo que me he perdido, con toda la brusca lucidez del despertar de un sueño.

Una solitaria caminata se confunde con otra, como un sueño que viene a desembocar en otro, y la noche alemana se disuelve en una tarde lluviosa diez años después y al otro lado del océano, pero hay un hondo olor común de vegetación húmeda y tierra empapada, y quien camina no está seguro de ser el mismo de entonces. En algún momento a lo largo de estetiempo ha descubierto lo que todo el mundo cree saber y sin embargo nadie acepta. Ahora sabe, y ese conocimiento no está nunca muy lejos de su conciencia, que es mortal, y lo sabe porque ha estado a punto de morir, y sabe también que el tiempo que ahora vive es un regalo a medias del azar y de la medicina, y que este paseo a media tarde por unas calles arboladas y tranquilas de Nueva York podía no estar sucediendo, y que si él nocruzara ahora mismo, con un poco de vértigo, la Quinta Avenida a la altura de la calle 11, hacia el oeste, con su gabardina y su paraguas, no pasaría absolutamente nada, nadie advertiría su ausencia, no habría la menor modificación en el mundo, en las casas de ladrillo rojo con altos escalones de piedra que le gustan tanto, en las hileras de gingkos con sus hojas en forma de abanico, muy jóvenes todavía, de un verde muy tierno, tan reluciente como el de las glicinias que trepan por las fachadas hasta las cornisas, enredándose a veces en la geometría metálica de las escaleras de incendios. También sabe que podía no haber vuelto nunca a la ciudad, y como sabe que eso habría sido tan fácil y sólo le quedan uno o dos días para marcharse de ella teme que ésta sea la última vez, y esa conciencia de la fragilidad de su vida, el hilo tan delgado y fácil de cortar de la vida de cualquiera, le vuelve más valioso ese paseo que ha repetido muchas veces, y que no es imposible que ahora esté dando por última vez. Entre nombres de ciudades y mujeres que han imantado desde que era niño su vida y su imaginación ahora hay un nombre nuevo, irrumpido como un alacrán, en el catálogo de sus palabras cruciales. Igual que Franz Kafka no escribe nunca en sus cartas la palabra tuberculosis él no pronuncia jamás la palabra leucemia, ni siquiera la piensa, ni la dice en silencio, aterrado de que con sólo pronunciarla le asalte el veneno de su picadura.

Camina hacia el oeste dejándose llevar por la querencia de sus pasos, buscando las calles recónditas y adoquinadas que hay ya muy cerca del río Hudson, al filo de la vasta desolación portuaria de los muelles abandonados donde en otros tiempos atracaron los transatlánticos. Ahora se ven los pilotes colosales pudriéndose en el agua gris, y en las grietas de las plataformas a las que los barcos arrimaban el costado crecen juncos y malezas espesas, como entre las columnas despedazadas de un templo en ruinas. En algunos muelles está prohibido entrar. Otros se han convertido en parques infantiles, en instalaciones deportivas. Fugitivos innumerables de Europa pisaron estas grandes planchas de madera, miraron la ciudad con miedo y espanto desde aquí. A todo lo largo de la orilla del río discurre un sendero para los corredores y los patinadores, para la gente que saca a pasear tranquilamente a su perro. Al otro lado de la anchura oceánica del río se ve la costa de New Jersey, una línea baja de árboles interrumpida por feos hangares industriales, por alguna torre de viviendas, por una ingente construcción de ladrillo que desde lejos parece la puerta almenada de la muralla de una ciudad babilonia o asiria, y que tiene su equivalente exacto frente a ella en este lado del río. Me parecían más misteriosas esas construcciones porque no tenían ventanas y no podía imaginar su utilidad. Eran como torres de Nínive o de Samarkanda erigidas no en medio del desierto sino en la ribera del Hudson: luego me enteré de que contienen los respiraderos o los ventiladores colosales del túnel Lincoln, que discurre debajo del río, yque es tan tenebroso y tan largo que cuando uno lo atraviesa en un taxi tiene la sensación agobiante de que no va a llegar nunca a la salida, y de que a cada segundo le falta el aire.

A lo lejos, hacia el sur, se levanta el acantilado de los rascacielos más modernos de la parte baja de Manhattan, los que han crecido en torno a las Torres Gemelas, que sólo tienen cierta belleza cuando las rodea la niebla o cuando el sol rojizo del atardecer les da un resplandor como de prismas de cobre. Esa tarde de nublado y llovizna las aguas del Hudson tienen el mismo gris del cielo y la parte más alta de los rascacielos se pierde entre las grandes nubes movedizas y oscuras, y en ellas brillan como ascuas bajo una leve ceniza las luces rojas de los pararrayos. Casi perdidas en la bruma se distinguen la estatua de la Libertad y las delgadas torres de ladrillo de Ellis Island.

He vuelto a la ciudad y ya estoy despidiéndome de ella. Quiero atesorar cada lugar, cada minuto de esa tarde última, el rojo del ladrillo de esas calles recónditas, el olor de las flores moradas de las glicinias, el de los pequeños jardines selváticos que hay a veces detrás de una tapia de madera, entre dos edificios, y en los que hay una umbría húmeda y una espesura de vegetación que me trae el recuerdo del jardín de la iglesia de Santa María en las tardes de mucha lluvia, cuando el agua se derramaba de las gárgolas entre los arcos del claustro y resonaba en el interior de las bóvedas. He caminado hacia el oeste, dejando atrás la Quinta Avenida, y un poco antes de llegar a la Sexta, casi en la esquina de la calle once, he encontrado el cementerio sefardí que una vez me señaló mi amigo Bill Sherzer, y en el que yo no había reparado antes, aunque solía ir mucho por esos lugares, hacia la parte baja de las avenidas, que por allí se vuelven más despejadas y bohemias, en la encrucijada de Chelsea y de Greenwich Village, con puestos callejeros de libros y discos de segunda mano y tiendas de ropa extravagante, con veladores de cafés en las aceras y escaparates de prodigiosas mantequerías italianas. Muchas veces habíamos ido a comprar a una de ellas, Balducci's, pero nunca nos habíamos fijado en ese jardín estrecho y sombrío al otro lado de una verja, que era a principios del siglo XIX el cementerio de la comunidad judía hispano portuguesa, según dice una placa en la que tampoco nos habríamos fijado si Bill no nos la llega a señalar. Fugitivos de Rusia, del hambre y de lospogroms, sus abuelos llegaron a Ellis Island a principios de siglo.

Entre los árboles, los helechos, la hiedra, la maleza, se ven unas cuantas lápidas de piedra, oscurecidas por la humedad y la intemperie, tan gastadas que apenas se distinguen las inscripciones que alguna vez hubo en ellas, caracteres hebreos o latinos, algún nombre español, una estrella de David. Pero la verja está cerrada y no es posible entrar en el cementerio diminuto, y si uno pudiera tocar las lápidas difícilmente percibiría algo más que las rugosidades y asperezas de la piedra, cuyos ángulos se han redondeado con el tiempo, se han gastado hasta un punto en el que poco a poco se borra la huella del trabajo humano, igual que esas columnas rotas y fragmentos de capiteles que en las escombreras de los foros de Roma van regresando a una primitiva rudeza mineral. Quién podría rescatar los nombres que fueron tallados hace doscientos años sobre esas lápidas, nombres de gente que existió con tanta plenitud como yo mismo, que tuvo recuerdos y deseos, que tal vez pudo trazar su linaje remontándose hacia atrás a lo largo de destierros sucesivos hasta una ciudad como la mía, hasta una casa con dos estrellas de David en el dintel y un barrio de calles muy estrechas que se quedó desierto entre la primavera y el verano de 1492. Delante de la verja, del cementerio diminuto, encerrado entre muros altos de edificios, tengo una melancólica sensación de reencuentro con mis compatriotas fantasmas, en la tarde de neblina y llovizna de Nueva York, reencuentro y despedida, porque me voy mañana y no sé si volveré, si habrá una tarde futura en la que me detenga justo en este mismo lugar, delante de las lápidas con sus nombres borrados, perdidos, como tantos otros, para el catálogo inmemorial de las diásporas españolas, para la geografía de las sepulturas españolas en tantos destierros por la anchura del mundo. Lápidas, tumbas sin nombre, listas infinitas de muertos. A las afueras de Nueva York hay un cementerio de colinas onduladas y verdes y árboles inmensos que se llama Las Puertas del Cielo, con lagos de los que se levantan en las tardes de otoño populosas bandadas de pájaros migratorios. Entre millares de lápidas, en medio de una geometría de tumbas con apellidos irlandeses, hay una que lleva un nombre español, tan modesta, tan parecida a cualquiera de las otras, que es muy difícil reparar en ella.

Federico García Rodríguez

1880-1945

Cómo habría podido imaginar ese hombre que su tumba no iba a estar en el cementerio de Granada, sino al otro lado del mundo, entre los bosques cercanos al río Hudson, o que su hijo iba a morir antes que él y no tendría siquiera una sepultura visible, una simple lápida que recordara el punto exacto del barranco en el que lo ejecutaron. Sepulturas modestas y fosas comunes jalonan los caminos de la gran diáspora española: quisiera visitar el cementerio francés donde fue enterrado en 1940 don Manuel Azaña, en medio del gran derrumbe de Europa, leer el nombre de Antonio Machado en una tumba del cementerio de Colliure. Otros muertos para los que tampoco hubo tumbas ni inscripciones perduran en la multitud alfabética de sus nombres: en una página de Internet he encontrado, en letras blancas sobre fondo negro, la lista de los sefardíes de la isla de Rodas deportados a Auschwitz por los alemanes. Habría que ir leyéndolos uno por uno en voz alta, como recitando una severa e imposible oración, y entender que ni uno solo de esos nombres de desconocidos puede reducirse a un número en una estadística atroz. Cada uno tuvo una vida que no se pareció a la de nadie, igual que su cara y su voz fueron únicas, y que el horror de su muerte fue irrepetible, aunque sucediera entre tantos millones de muertes semejantes. Cómo atreverse a la vana frivolidad de inventar, habiendo tantas vidas que merecieron ser contadas, cada una de ellas una novela, una malla de ramificaciones que conducen a otras novelas y otras vidas.

Pero me acuerdo ahora de la mañana de ese penúltimo día en Nueva York, tú y yo ya un poco aturdidos por la inminencia del viaje, en ese raro tiempo de nadie en vísperas de la partida, cuando ya no estamos del todo en el lugar del que aún no nos hemos ido, y cuando todas las cosas, los lugares, los hábitos que pasajeramente parecieron aceptarnos ya da la impresión de que nos rechazan, nos recuerdan que sólo somos extranjeros de paso, y que no quedará ninguna huella de nuestra presencia en el apartamento que hemos ocupado durante un tiempo tan breve, y en el que sin embargo, día tras día, fuimos estableciendo los signos domésticos de nuestra vida, la ropa en el armario, que al abrirlo ya olía a tu colonia, igual que nuestro armario de Madrid, nuestros libros en la mesa de noche, tus cremas y mi brocha y mi jabón de afeitar en la repisa del cuarto de baño, la parte de nosotros que hemos traído en el viaje, la que debemos llevarnos de nuevo como la impedimenta de los nómadas, borrando antes de irnos uno por uno todos los rastros que hemos ido dejando, hasta el olor de nuestros cuerpos en las sábanas, que llevamos a la lavandería a primera hora el día de la partida.

Cualquier gesto trivial proyecta la sombra rara del adiós. He ido contando con avaricia los días que aún nos quedaban, y ese mañana de la que estoy acordándome, ya plenamente despierto, en la cama de otros que ha sido nuestra durante una semanas, todavía perezoso e inmóvil, abrazado a ti, que duermes con una expresión de sosegado deleite, como si aun dormida te complacieras en la hondura del sueño, pienso que aún tenemos este día completo, y me dan ganas de conservarlo intacto y de disfrutarlo tan poco a poco como esos minutos que se concede uno cuando ya ha sonado el despertador y todavía puede tardar un poco en levantarse. Pongo luego la radio mientras preparo el desayuno, pero la sensación de cotidianidad que me ofrece la voz del locutor de todas las mañanas es falsa, porque la estoy escuchando por penúltima vez, y ya no me sirve de nada la fluidez que he adquirido en los gestos necesarios para buscar la lata de café en su armario preciso y el cartón de leche en la nevera, el automatismo con que abro el cajón de las cucharillas o giro la llave del gas o pongo el filtro en el depósito de la cafetera. Dentro de nada, mañana mismo por la tarde, seremos dos fantasmas en este lugar, los anteriores ocupantes desconocidos e invisibles para la nueva inquilina a la que nosotros no veremos, a la que dejaremos un sobre en la portería con la llave del apartamento, y que también tiene ya algo de sombra invasora, usurpadora del espacio de nuestra intimidad, no sólo de la cama en la que hemos dormido y hemos hecho el amor y de la mesa en la que cada mañana he dispuesto antes de que te levantaras las tazas del desayuno, sino también de la luz cernida de humedad que entraba a primera hora por las cristaleras que dan a la terraza, y del paisaje que veíamos cuando nos asomábamos a ella, acodados sobre una cornisa a catorce pisos de altura, como en la barandilla de un prodigioso transatlántico, sobre todo de noche, en las noches de vendaval y relámpagos de aquel mes de mayo, tormentas de una furia monzónica, los rayos cruzando oblicuamente entre las grandes nubes oscuras que ocultaban los rascacielos, o que los convertían en fantasmales resplandores irguiéndose a lo lejos entre la lluvia, perdiéndose entre las ráfagas veloces de la niebla, teñida de los colores de los focos que iluminaban los pisos más altos del Empire State, violeta algunas veces, rojo y azul, amarillo violento. Qué desgana de volver a nuestro país, del que nos han llegado casi a diario noticias de oscurantismo y de sangre, qué apetencia de lejanía prolongada, de exilio.

Antes de habernos ido de verdad ya estamos poco a poco marchándonos, pero aún nos queda un día para fingir delante de nosotros mismos, el uno para el otro, y también para sí, que nuestra presencia en esta casa, en esta ciudad, es verdadera y firme, tan real como la del portero que nos da unos cordiales buenos días con su acento cubano o como la del bengalí de la tienda de la esquina al que le compro a diario el periódico y las tarjetas telefónicas. Pasé una parte de mi vida, o una o varias de mis vidas, queriendo irme de los lugares donde estaba, y ahora, cuando el tiempo corre tan aprisa, lo que más deseo es permanecer, instalarme duraderamente en las ciudades que me gustan, tener un sentimiento tranquilo de costumbre y de veteranía, como el que disfruto cuando pienso en todos los años que tú y yo llevamos juntos. Nunca, salvo cuando era niño, me ha tentado coleccionar nada, pero me gusta guardar entre las páginas de los cuadernos o de los libros los testimonios vulgares y valiosos de un momento preciso, cajas de cerillas con el nombre de un restaurante, entradas, billetes de autobús, cualquier documento mínimo que atestigüe una fecha y una hora, nuestra presencia en un sitio, el itinerario breve de un viaje. No tengo apego por las cosas, ni siquiera por los libros o los discos, pero sí por los lugares en los que he conocido la misteriosa exaltación de lo mejor de mí mismo, la plenitud de mis deseos y de mis afinidades, y lo que quisiera atesorar como un coleccionista avaricioso y obsesivo son los instantes, las horas enteras, los minutos que pasé escuchando una cierta música o mirando pinturas en las salas de un museo, el gusto de caminar contigo una tarde por la orilla del Hudson mientras el sol enciende de oro y de cobre los cristales de los rascacielos y esa luz queda luego en una fotografía, la inquietud de aventura y de incertidumbre que nos fue ganando esa penúltima mañana en Nueva York según veíamos deslizarse tras la ventanilla de un autobús las últimas casas opulentas del Upper East Side, los primeros descampados y bloques en ruinas de Harlem.

Hay una tendencia en los días últimos de cualquier viaje a permanecer nublados y como enrarecidos, a contaminarse de la extrañeza de quien se va a ir y subrayarla de grisura. Según subíamos hacia el norte iban quedando menos pasajeros en el autobús, y de una manera gradual, casi imperceptible, desaparecían las caras blancas y sajonas, y en vez de ancianas muy pálidas y de aire quebradizo había madres muy jóvenes con bebés en brazos o niños muy pequeños, negras o hispanas, señoras gordas con el pelo teñido de rubio, las uñas largas y el habla deslenguada del Caribe, abuelas negras que permanecían en sus asientos con una majestad de matronas etíopes y que al levantarse cuando llegaba su parada se movían con mucha dificultad, oscilando paso a paso sobre sus enormes zapatillas deportivas, los cuerpos desproporcionados y torcidos, como afectados por una dolorosa enfermedad de los huesos. Y a medida que los pasajeros del autobús dejaban de ser blancos también cambiaba la ciudad tras la ventanilla, se volvía más ancha y más vacía, deteriorada, más pobre, con menos tráfico, con pocos escaparates en las aceras casi desiertas, disgregándose en amplitudes despobladas, en perspectivas de solares cercados por alambradas y con edificios quemados o en ruinas al fondo, solares de casas derribadas de las que tal vez quedaba en pie todavía un muro con los huecos de las ventanas tapados por tablones en aspa, siniestros como tachaduras. De vez en cuando pasábamos por un tramo de calle en el que por algún motivo perduraba una sombra de vida vecinal, una acera y una fila de casas salvadas del abandono, con una tienda de aire modestamente próspero en la esquina y hombres solitarios sentados en los escalones, con madres jóvenes que llevaban a niños pequeños de la mano y macetas de geranios en alguna ventana. Hacía muchas paradas que se habían bajado del autobús los últimos turistas, los que iban a los museos de la parte alta, el Metropolitan o el Guggenheim, y ya no veíamos a nuestra izquierda las arboledas de Central Park, coronadas a lo lejos por las torres de apartamentos de West Side Avenue, con sus pináculos como zigurats o templos de remotas religiones asiáticas o cúpulas o faros de escenografías de cine expresionista con crestas y gárgolas.

Cruzando por aquellos parajes despoblados el autobús ya casi vacío iba mucho más rápido, y el conductor de vez en cuando se volvía para mirarnos o estudiaba nuestra rareza en el retrovisor. Habíamos pasado junto a una plaza ajardinada a la manera francesa que tenía en el centro una estatua en bronce de Duke Ellington. El pedestal era como el filo de un escenario, y Duke Ellington, recto y con smoking, se apoyaba en un piano de gran cola también fundido en bronce. (Ahora no sé si he visto de verdad o si me acuerdo que alguien me ha contado que en otro lugar de Nueva York hay una estatua de Duke Ellington montado a caballo.) Hacía ya más de una hora que habíamos subido al autobús, en la parada de Union Square. Pero estábamos tan lejos y habíamos viajado tan despacio que parecía que lleváramos mucho más tiempo, y tampoco había indicios de que fuéramos a llegar pronto a nuestro destino, la calle ciento cincuenta y cinco. Extranjeros en la ciudad, ahora lo éramos doblemente y por añadidura en esos barrios que nunca habíamos visitado, y en los que no estábamos seguros de encontrar nuestro camino.

La parada de la calle ciento cincuenta y cinco estaba en la esquina de una avenida muy ancha, con edificios no muy altos y dispersos, con una sugestión de soledad y de límite acentuada por la grisura del día, por las tapias bajas de los descampados. No había por los alrededores nadie a quien preguntarle. Casas pobres, iglesias, tiendas cerradas, una bandera americana ondeando sobre un edificio de ladrillo con un aire a la vez desastrado y oficial. De pronto nos ganaba el desánimo y el miedo a habernos perdido, quizás a encontrarnos de un momento a otro en una zona peligrosa, dos turistas extranjeros que se distinguen a la legua y no saben dónde están, que advierten con aprensión que entre los pocos coches que circulan no se ve la mancha amarillo fuerte de ningún taxi.

Caminamos ahora junto a las tapias de un gran cementerio que al principio nos pareció un parque o un bosque. Hacia el oeste se intuyen las vastas lejanías del Hudson, y en una encrucijada, donde termina el cementerio, se ve al otro lado de la avenida, como una aparición o un espejismo, el edificio que veníamos buscando, imponente y neoclásico, no menos raro que nosotros en este paisaje periférico, la sede de la Hispanic Society of Americ, donde nos han contado que hay cuadros de Velázquez y de Goya, y una gran biblioteca que nadie visita, porque quién va a venir a este lugar, tan lejos de todo, en un barrio que desde el sur de Manhattan es fácil imaginar devastado y peligroso.

Hay una verja, y tras ella un patio con estatuas, entre dos edificios con cornisas de mármol y columnas, con nombres españoles tallados a lo largo de la fachada. Hay una enfática estatua ecuestre del Cid, y en el muro de uno de los edificios un gran bajorrelieve de don Quijote montado sobre Rocinante, jinete y cabalgadura igualmente derrotados y esqueléticos. Junto a la puerta de entrada, una mujer de pelo blanco sujeto con un pasador y aspecto general de abandono fuma un cigarrillo, con esa actitud entre obstinada y furtiva de los fumadores americanos que han de salir a la intemperie para aspirar unas caladas, defendiéndose del frío junto a alguna columna o al abrigo de un ángulo del edificio, dando chupadas rápidas al cigarrillo y disimulándolo luego, temerosos de la censura de quienes pasan a su lado. La mujer nos mira un instante, y luego recordaremos los dos que nos impresionaron sus ojos, que brillaban como ascuas en su cara ajada como detrás de una máscara, los ojos vivos y fieros de una mujer mucho más joven que su aspecto físico, una empleada o secretaria americana ya cerca de la jubilación, que vive sola y no se ocupa mucho de arreglarse, que se corta el pelo de cualquier modo y lleva jerseys oscuros y pantalones de hombre, zapatos entre ortopédicos y deportivos, gafas sujetas con una cadenilla, y que se ha quedado tan antigua que ni siquiera prescindió del hábito de fumar.

En el vestíbulo buscamos en vano la taquilla. Un portero viejo y fornido que está sentado con perezosa despreocupación en un sillón frailuno nos indica que podemos pasar tranquilamente, y por su cara y su actitud y el acento con que habla inglés se nota enseguida que es cubano. Lleva una chaqueta de uniforme gris, parecida a la de un bedel español, una chaqueta de bedel español de hace muchos años, deteriorada tras una larga veteranía, tras muchos trienios de soñolienta holganza administrativa. Nada más pisar el vestíbulo notamos con aprensión que a este lugar no viene casi nadie, y que todo en él sufre un desgaste uniforme, el de las cosas que no se renuevan, que siguen durando cuando ya están gastadas y se han quedado obsoletas, aunque todavía puedan usarse. El cartel con los horarios, pegado al cristal de la entrada, está impreso en una tipografía antigua, y se ha ido poniendo amarillento, obedeciendo al mismo principio de erosión lenta del tiempo que la chaqueta del portero, o que las fotos enmarcadas que en el interior de una vitrina recuerdan la fundación, en los años veinte, de la Hispanic Society, los grandes automóviles negros de las autoridades españolas y americanas que asistieron a la inauguración, el edificio entonces alzado en un espacio en el que no había nada más, arrogante y blanco en el clasicismo de su arquitectura, sus mármoles recién pulidos brillando con el resplandor de lo muy nuevo, de lo que parecía tener delante un porvenir triunfal. En el cielo, sobre las cabezas cubiertas con chisteras y sombreros de paja, se ve un aeroplano que sería entonces tan vertiginosamente moderno como los automóviles de los caballeros y damas que concurren a la inauguración. Pero el cartón de las fotos se ha combado, y en las esquinas interiores de los marcos se ven mordeduras diminutas de polillas.

Dónde estamos ahora, adonde hemos llegado cuando entramos en un vasto salón sombrío que tiene algo de patio de palacio español, con maderas labradas de sillerías platerescas y arcos de una piedra oscura rojiza que se ensombrece más por la poca luz del día, filtrada por las vidrieras del techo. El espacio nos niega una identificación precisa, porque podría ser no sólo del patio de un palacio sobre el que se abren galerías, sino también la sacristía desordenada e inmensa de una catedral, o el almacén de un museo cuya naturaleza exacta es tan confusa como sus normas organizativas, o como el principio que rige las adquisiciones. A principios de siglo el millonario Archer Milton Huntington, poseído por una insensata pasión de españolismo romántico, de erudición insaciable y omnívora, recorría el país comprándolo todo, comprando cualquier cosa, lo mismo el coro de una catedral que un cántaro de barro vidriado, cuadros de Velázquez y de Goya y casullas de obispos, hachas paleolíticas, flechas de bronce, Cristos ensangrentados de Semana Santa, custodias de plata maciza, azulejos de cerámica valenciana, pergaminos iluminados del Apocalipsis, un ejemplar de la primera edición de La Celestina, los Diálogos de Amor de Judá Abravanel, llamado León Hebreo, judío español refugiado en Italia, el Amadís de Gaula de 1519, la Biblia traducida al castellano por Yom Tob Arias, hijo de Levi Arias, ypublicada en Ferrara en 1513, porque en España ya no podría publicarse, el primer Lazarillo, el Palmerín de Inglaterra en la misma edición que hubo de haber leído don Quijote, la primera edición de La Galatea, las ampliaciones sucesivas del temible Index Librorum Prohibitorum, el Quijote de 1605, y tantos otros libros y manuscritos españoles que nadie apreciaba y que fueron vendidos a cualquier precio a aquel hombre que viajaba en automóvil por los caminos imposibles del país y vivía en un trance perpetuo de entusiasmo hacia todo, de prodigiosa gula adquisitiva, el multimillonario Mr. Huntington, yendo de un lado a otro con su violenta energía americana, por los pueblos muertos y rurales de Castilla, siguiendo la ruta del Cid, comprando cualquier cosa y dando órdenes expeditivas para que se la envíen a América, cuadros, tapices, rejerías, retablos enteros, desechos de la enfática gloria española, reliquias de opulencia eclesiástica, pero también testimonios de la menesterosa vida popular, los platos de barro en que los pobres tomarían sus gachas de trigo y los botijos gracias a los cuales probaban el lujo del agua fresca en los secanos interiores. Dirigió excavaciones arqueológicas en Itálica y le compró de un solo golpe al tronado marqués de Jerez de los Caballeros su colección de diez mil volúmenes. Y para albergar todo el desaforado botín de sus viajes por España construyó este palacio, en un extremo de Manhattan al que nunca llegó la prosperidad ni la fiebre especulativa que tal vez el señor Huntington había anticipado: todo está en los muros, en las vitrinas, en los rincones, cada cosa con una etiqueta sumaria, fecha y lugar de origen, siempre escrita en papel amarillento, mosaicos romanos y candiles de aceite, cuencos neolíticos, espadas medievales, vírgenes góticas, como un Rastro en el que han ido a parar, arrastrados en la confusión de la gran riada del tiempo, todos los testimonios y las herencias del pasado, los despojos de las casas de los ricos y de las de los pobres, los oros de las iglesias, los bargueños de los salones, las tenazas con las que se atizó el fuego y los tapices y los cuadros que colgaron en los muros de iglesias ahora abandonadas y saqueadas y palacios que tal vez ya no existen, las lápidas casi borradas de las tumbas de los poderosos y las pilas de mármol que contenían el agua bendita en la penumbra fría de las capillas. Y también los nombres, nombres sonoros de lugares españoles en las etiquetas de las vitrinas, y entre ellos, de pronto, junto a un lebrillo de barro verde y vidriado que reconozco enseguida, el nombre de mi ciudad natal, donde aún había, cuando yo era niño, un barrio de los alfareros en el que los hornos seguían siendo iguales a los de los tiempos de los musulmanes, una calle ancha y soleada que se llama la calle Valencia y desembocaba en el campo. De allí vino este lebrillo que ahora te señalo detrás de un cristal en una de las estancias solitarias de la Hispanic Society de Nueva York, y que en esta lejanía me devuelve al corazón exacto de la infancia: en el centro tiene el dibujo de un gallo, rodeado por un círculo, y al mirarlo casi noto en las yemas de los dedos la superficie vidriada de la cerámica y la protuberancia de las líneas del dibujo, que es un gallo inmemorial y también parece un gallo de Picasso, y se repetía en los platos y en los lebrillos de mi casa, y también en la panza de las vasijas para el agua. Me acuerdo de los grandes lebrillos en los que las mujeres amasaban la carne picada y las especias para los embutidos de la matanza, de los platos de barro sobre los que se cortaba el tomate y el pimiento verde de las ensaladas, bodegones austeros y sabrosos de la comida popular. Esos objetos habían estado siempre en las mesas y en las alacenas de las casas y parecía que tuvieran casi los atributos de una perennidad litúrgica, y sin embargo desaparecieron en muy poco tiempo, apenas unos años, desplazados por la invasión de los plásticos y de las vajillas industriales. Se han ido como las casas en cuya honda penumbra brillaban sus formas anchas y curvadas, y como los muertos que habitaron en ellas.

A mí también me trae recuerdos ese lebrillo, dice muy cerca de nosotros la mujer a la que vimos fumando en la puerta. Se disculpa por interrumpirnos, por haber estado escuchando: he reconocido su acento, yo viví hace mucho tiempo en esa ciudad. Su voz es casi tan joven como sus ojos, igual de ajena a la edad inscrita en los rasgos de la cara y a la negligencia americana de su manera de vestir. Trabajo en la biblioteca, si les interesa tendré mucho gusto en enseñársela. Hay tantos tesoros, y lo sabe tan poca gente. Vienen de vez en cuando profesores, gente muy sabia que estudia cosas españolas, pero pueden pasar semanas, hasta meses enteros sin que nadie se acerque a preguntarme por un libro. Quién va a venir tan lejos, quién va a imaginarse que aquí hay cuadros de Velázquez, del Greco, de Goya, tan cerca del Bronx, que tenemos guardados el primer Lazarillo y el primer Quijote y La Celestina de 1499. Los turistas llegan hasta la calle noventa para ver el Guggenheim y se imaginan que lo que hay más allá es un mundo tan desconocido y peligroso como el corazón de África. Yo vivo cerca de aquí, en un vecindario de cubanos y dominicanos donde no se oye hablar inglés. Debajo de mi apartamento hay una casa de comidas cubana que se llama La Flor de Broadway. Hacen la ropavieja y los daiquiris más sabrosos de Nueva York y dejan fumar tranquilamente en las mesas, que tienen manteles de hule a cuadros, como los que había en España cuando yo era muy joven. Qué lujo, fumarme un pitillo tomándome un café negro después de comer. Ya saben lo raro que se ha vuelto eso aquí, que dejen fumar en la mesa de un restaurante. El tabaco me hace daño en los bronquios, y la gente me mira mal cuando entra aquí y me ve fumando en la puerta de la calle, pero ya estoy muy vieja para cambiar, y los cigarrillos me gustan mucho, disfruto cada uno que me fumo, me hacen compañía, me ayudan a conversar o a pasar el tiempo cuando estoy sola. Y además, cuando era muy joven, yo quería escaparme de España y venir a América porque aquí las mujeres podían fumar y llevar pantalones y conducir automóviles, como se veía en las películas de antes de la guerra.

La mujer hablaba un español franco y diáfano, como el que puede escucharse en algunos lugares de Aragón, pero en su acento había adherencias caribeñas y norteamericanas, y el metal de su voz se volvía del todo anglosajón cuando pronunciaba alguna palabra en inglés. Nos había invitado a tomar una taza de té en su oficina, y nosotros aceptamos en parte porque ya sentíamos el desfallecimiento físico de los museos y en parte también porque en su manera de hablar y de mirarnos había algo hipnótico, más aún en aquel lugar deshabitado y silencioso, en la mañana gris del último día de nuestro viaje. Nos inquietaba y al mismo tiempo nos subyugaba esa mujer que no nos había dicho su nombre, que nos hablaba con una voz española de muchos años atrás y nos examinaba con unos ojos mucho más jóvenes que su cara y su figura, que sus manos pecosas y arrugadas, con nudos de artritis en las articulaciones, que su respiración de fumadora, aunque el tabaco no le había manchado los dedos ni ensombrecido su voz. El despacho era pequeño, desordenado, con un olor a papel rancio, con muebles de oficina de los años veinte, como los que se ven en algunos cuadros de Edward Hopper. De un archivador la mujer sacó tres tazas y tres bolsitas de té que dejó encima de los papeles de la mesa y conun gesto de disculpa del todo norteamericano se ausentó para buscar un poco de agua caliente. Nos miramos sin decir nada, nos sonreímos, para establecer cierta complicidad en una situación tan rara, y la mujer vuelve enseguida, nos examina con sus ojos tan vivaces como para adivinar si durante su ausencia nos hemos dicho algo sobre ella. Las gafas le cuelgan del cuello sujetas por una cinta negra. Parece una secretaria de departamento universitario al filo de la jubilación, pero sus ojos me interrogan tan desvergonzadamente como si estuvieran protegidos por el anonimato de una máscara, y la mujer que mira en ellos no es la misma que vierte el agua caliente en las tazas de té y se mueve con cautelas y cortesías de rígida etiqueta americana, y se peina de cualquier manera el pelo canoso y lleva pantalones, jerseys y zapatos de una austeridad práctica y más bien desoladora. Me mira como si tuviera treinta años y evaluara a los hombres en los crudos términos de su atractivo o su disponibilidad sexual; te mira a ti queriendo adivinar si somos amantes o estamos casados y si en el modo en que nos dirigimos el uno al otro hay síntomas de deseo o de distancia. Y mientras sus ojos magnéticos estudian cada pormenor de tu presencia y de la mía, de nuestras caras y de nuestra ropa, sus manos de anciana se desenvuelven en el ritual de la hospitalidad académica sirviendo té y ofreciendo sobres de azúcar y de sacarina y esospalitos de plástico que en los Estados Unidos sustituyen tan desagradablemente a las cucharillas, y su voz diáfana, antigua, española, con dejes cubanos y sajones, nos cuenta cosas sobre aquel millonario megalómano que levantó la Hispanic Society en la esquina de Broadway y la ciento cincuenta y cinco creyendo que esa zona de Harlem iba a ponerse muy pronto de moda entre los ricos, y sobre la extrañeza de pasar la vida tan lejos de España y rodeada sin embargo de tantas cosas españolas, tan lejos de España y de cualquier parte, hasta de la misma Nueva York, dice, señalando con un gesto hacia la ventana, desde donde se ve una acera pobre y popular que sin embargo es Broadway, una línea de casas de ladrillo rojo cruzadas por escaleras de incendios y coronadas por altos depósitos de agua, y más allá la grisura del horizonte abierto, las grandes torres renegridas de viviendas sociales del Bronx.

Ya hace más de cuarenta años que me vine de España, y no he vuelto nunca ni pienso volver, pero me acuerdo de algunos sitios de su ciudad, de algunos nombres, la plaza de Santa María, donde soplaba tan fuerte el viento en las noches de invierno, la calle Real, ¿no se llamaba así? Aunque ahora me acuerdo que entonces le habían puesto calle de José Antonio. Y esa calle donde estaban las alfarerías, se me había olvidado el nombre pero al oír que usted le hablaba a su mujer de la calle Valencia enseguida me he dado cuenta de que se refería a ella, y de una canción que se cantaba entonces:

En la calle ValenciaLos alfarerosCon el agua y el barroHacen pucheros.

Cuando era todavía joven me las arreglé para tomar unos cursos de literatura española en Columbia University con don Francisco García Lorca, y a él le gustaba que yo le cantara esos versos, decía que nada puede ser más exacto, los repetía en voz alta, para que nos fijáramos bien en que no había ni un adjetivo, ni una palabra que no fuera común, y sin embargo, el resultado, nos decía, es al mismo tiempo poético y tan informativo como una frase en una guía, igual que en los romances antiguos.

Habla mucho, nos hipnotiza contando, pero en realidad no llegamos a saber nada de su verdadera vida, ni siquiera su nombre, aunque de ese detalle nos damos cuenta luego, y no sin asombro, cuando ya nos hemos marchado. Cómo será el apartamento donde vive, sola sin la menor duda, quizás con la compañía de un gato, escuchando las voces y las músicas cubanas que suben desde La Flor de Broadway, adonde va a cenar regularmente, donde se toma un plato de frijoles con cerdo y arroz y tal vez se marea con un daiquiri, sola en una mesa con mantel de hule a cuadros, fumando luego mientras va apurando un café y mira hacia la calle y hacia los hombres y las mujeres con esos ojos de infalible examen sexual. Qué hace durante tantas horas y días en los que no llega nadie a consultar los libros de la biblioteca, los tesoros sepultados que ella cataloga y revisa, con una expresión de severa eficacia en su cara ajada, los ojos entornados detrás de las gafas sujetas con una cinta negra. Ejemplares únicos que ya sólo pueden encontrarse aquí, primeras ediciones, colecciones enteras de revistas eruditas, pliegos de cordel, cartas autógrafas, toda la literatura española y todos los saberes e indagaciones posibles sobre España reunidos en esa gran biblioteca a la que apenas va nadie. Pero a ella ya no le hacía falta abrir los volúmenes de poesía de la colección de Clásicos Castellanos porque en la época de sus clases con el profesor García Lorca había adquirido, animada por él, nos dijo, el hábito de aprenderse de memoria los poemas que más le gustaban, de modo que se sabía una gran parte del Romancero, y los sonetos de Garcilaso, de Góngora, de Quevedo, y todo San Juan de la Cruz y casi todo fray Luis de León, y Bécquer y Espronceda, que habían sido pasiones de su primera adolescencia fantasiosa y literaria, compartidas con su hermano, que era algo mayor que ella, y con quien recitaba a medias el Tenorio o Fuenteovejuna o La vida es sueño. Quizás a eso se había dedicado todos los años que llevaba trabajando en la biblioteca de la Hispanic Society, a aprenderse de memoria la literatura española, a recitársela en silencio o en voz baja, moviendo los labios como si rezara, mientras acudía cada mañana a su trabajo por las aceras caribeñas de Broadway o viajaba hacia el sur de Manhattan en lentos autobuses o en los vagones populosos del metro, mientras yacía de noche en el insomnio de su cama solitaria o recorría los salones del museo sin fijarse casi en ninguno de los cuadros y objetos cuya disposición también se sabía ya de memoria, igual que los nombres y las fechas mecanografiados en las etiquetas. Pero había un cuadro frente al que se detenía siempre, y se sentaba para mirarlo despacio, con una emoción melancólica que no se amortiguaba nunca, incluso se hacía más fuerte según pasaban los años y todo en aquel lugar parecía que permaneciera tan invariable como en un reino encantado. Las etiquetas, los carteles y los catálogos amarilleaban, los sanitarios de los cuartos de baño se iban convirtiendo en reliquias cada vez más antiguas, a los conserjes cubanos y puertorriqueños se les iba poniendo blanco el duro pelo rizoso, se les desfondaban los bolsillos de sus chaquetas grises como de bedeles españoles y se les gastaban los filos de las mangas, y a ella misma el tiempo la convertía en una desconocida cada vez que se miraba en un espejo, a no ser por sus ojos,cuyo relumbre era tan afilado y hermoso como cuando tuvo treinta años y se vio por primera vez sola y soberana de sí misma en América, poseída por un entusiasmo de vivir que podía alcanzar extremos de desasosiego y de delirio quizás aún más fervientes que el coleccionismo desatado y lunático del señor Huntington. Me gusta sentarme delante de ese cuadro de Velázquez, el retrato de esa niña morena, que nadie sabe quién fue, ni cómo se llamaba, ni por qué Velázquez la pintó, nos dijo. Seguro que ya lo han visto, pero no se vayan sin mirarlo un poco más, porque puede que ya no vuelvan y no lo vean nunca de nuevo. Con los años una deja de fijarse en las cosas, se habitúa a ellas y ya no las mira, no sólo por indiferencia, sino también por higiene mental. Los vigilantes de cualquier museo se volverían locos si vieran permanentemente todos los cuadros que los rodean, con todos sus detalles. Yo entro aquí y no veo ya nada, después de tantos años, pero a esa niña de Velázquez la veo siempre, tiene un imán que me atrae hacia ella, y siempre me mira, y aunque me sé de memoria su cara siempre descubro en ella algo nuevo, como imagino que descubre una madre o un padre en la cara de su hijo, o un amante en la de la persona amada. Los cuadros, aquí y en cualquier museo, representan a poderosos o a santos, a gente hinchada de arrogancia, o trastornada por la santidad o por el tormento del martirio, pero esa niña no representa nada, no es ni la Virgen niña ni una infanta ni la hija de un duque, no es nada más que ella misma, una niña sola, con una expresión de seriedad y dulzura, como perdida en una ensoñación de melancolía infantil, perdida también en este lugar, en los salones ampulosos y algo desastrados de la Hispanic Society, como una niña encantada en un palacio de cuento en cuyo interior el tiempo dejó de transcurrir hace un siglo. Tiene una mirada franca y al mismo tiempo de timidez y reserva, y sus ojos oscuros se posan ahora en los míos, mientras estoy escribiendo, aunque me encuentro ahora muy lejos de ella y de aquel mediodía nublado en Nueva York, en vísperas de la partida. Sólo han pasado unos meses, y los recuerdos son todavía nítidos y firmes, pero si pienso detenidamente en esas horas de la Hispanic Society, en la cara de la niña de Velázquez, en la voz y en los ojos de fuego de la mujer que no llegó a decirnos su nombre, todo tiene el temblor, la consistencia frágil de lo que no se sabe si llegó a suceder de verdad. Guardo pruebas, detalles materiales, la tarjeta Metrocard que usamos para tomar el autobús que nos llevó tan lejos, las postales que compramos en la tienda de la Hispanic Society, que es una tienda muy precaria, en la que todavía quedan existencias de postales en blanco y negro de hace casi un siglo, y guías y catálogos de publicaciones que podrían estar en esos mostradores de las librerías de lance en los que se ofrece lo más deteriorado y manoseado. Pero en ese lugar imprevisible una tienda tan modesta, con algo de apocado estanco español -cómo no compararla con las tiendas de otros museos de Nueva York, espectaculares supermercados de lujo- ocupa un salón enorme, inexplicable en su organización del espacio, circundado por completo por grandes mostradores de madera oscura, como anaqueles de un desmesurado almacén de tejidos de principios de siglo o como esas cómodas gigantes que se ven en las sacristías de las catedrales, y en las que se guardan las ropas litúrgicas. La tienda ocupa una esquina deslucida, una parte del mostrador, detrás del cual se sienta una señora muy mayor con todo el aire de ponerse a tricotar en cualquier momento, en cuanto se vayan estos dos raros visitantes que ahora repasan una colección mustia de postales. Y todos los muros, desde el suelo hasta el techo, están ocupados por pinturas ingentes, o por una sola pintura que trascurre sin interrupción en toda su amplitud, y en la que están representados, como en un delirio barroco de carnaval o en el desorden de las láminas de una enciclopedia, todos los trajes regionales, los oficios y los bailes antiguos, los paisajes de España, toda la bisutería del romanticismo folklórico pintada a destajo por Joaquín Sorolla, como una Capilla Sixtina consagrada a glorificar la pasión hispánica de Mr. Huntington, a celebrar en grandes brochazos de color cada tipo racial, cada polvoriento vestuario o tocado ancestral o particularidad antropológica, los caballistas andaluces con sus sombreros de ala ancha y los aldeanos vascos con sus boinas, y los catalanes con sus barretinas y alpargatas, y los castellanos con las caras rugosas y quemadas, y los aragoneses bailando jotas con pañuelos rojos atados a la nuca: también los naranjales, los olivares, las aguas cantábricas en las que faenan los pescadores del norte, los hórreos gallegos y los molinos de La Mancha, las gitanas andaluzas con vestidos de volantes y las falleras valencianas con sus faldas tiesas de almidón y pedrería y sus peinados rígidos como de damas ibéricas, las huertas y los páramos, los cielos violáceos del Greco y la luz clara y jugosa del Mediterráneo, metros y metros cuadrados de pintura, una profusión de caras como máscaras y ropas como disfraces que tiene toda la densidad y el mareo de un baile de carnaval, y también la minuciosidad abrumadora de un catálogo o de un reglamento, cada lugareño con sus rasgos vernáculos y su uniforme pertinente, uncido a sus costumbres eternas y a su paisaje regional, cada individuo tan clasificado en su origen y en su patria chica como los pájaros o los insectos en sus categorías zoológicas.

Pero lo que ahora tengo delante de mí, en mi cuarto de trabajo, junto al teclado del ordenador y a la concha blanca y pulida por el agua que Arturo encontró hace dos veranos en la playa de Zahara, es una de las postales que compramos en la tienda de la Hispanic Society, el retrato de esa niña morena, delicada, solitaria, perfilada contra un fondo gris, que me mira ahora como aquel mediodía, cuando fuimos a mirarla por última vez antes de marcharnos, en la víspera de nuestro viaje de regreso, cuando ya casi no estábamos en Nueva York aunque todavía nos faltara un día entero para volar hacia Madrid y el tiempo se nos deshacía entre los dedos con una inconsistencia de papel quemado, de hojas de ceniza, minutos y horas sin sosiego, como el tiempo atribulado y fugaz de los amantes clandestinos que nada más verse ya saben que ha empezado para ellos la cuenta atrás de la separación. Al inventar uno tiene la vana creencia de que se apodera de los lugares y las cosas, de la gente acerca de la que escribe: en mi cuarto de trabajo, bajo la luz de la lámpara, que ilumina mis manos y el teclado, el ratón, la concha cuyas acanaladuras me gusta acariciar distraídamente con las yemas de los dedos, la postal de la niña de Velázquez, puedo tener la sensación de que nada de lo que invento o recuerdo está fuera de mí, de este espacio cerrado. Pero los lugares existen aunque yo no esté en ellos y aunque no vaya a volver, y las otras vidas que viví y los hombres que fui antes de llegar a ser quien soy contigo quizás perduran en la memoria de otros, y en este mismo momento, a seis horas y seis mil kilómetros de distancia de este cuarto, la niña que me mira desde la pálida reproducción de una postal mira y sonríe levemente en un lienzo verdadero y tangible, pintado por Velázquez hacia 1640, llevado a Nueva York hacia 1900 por un multimillonario americano, colgado en un gran salón medio en penumbra de un museo que visita muy poca gente. Quién sabe si ahora mismo, cuando en Nueva York son las dos y cuarto de la tarde y aquí empieza un anochecer de diciembre, habrá alguien mirando la cara de esa niña, alguien que advierta o reconozca en sus ojos oscuros la melancolía de un largo destierro.

Retrato de niña , Velázquez, ca.1640.

Hispanic Society of America, Nueva Cork