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Y tú qué harías si supieras que en cualquier momento pueden venir a buscarte, que tal vez ya figura tu nombre en una lista mecanografiada de presos o de muertos futuros, de sospechosos, de traidores. Quizás ahora mismo alguien ha trazado una señal a lápiz al lado de tu nombre, ha dado el primer paso en un procedimiento que llevará a tu detención y acaso a tu muerte, o a la obligación inmediata del destierro, o por ahora tan sólo a la pérdida del trabajo, o a la de ciertas ventajas menores a las que en principio no te cuesta demasiado renunciar.
A Josef K. le notificaron su procesamiento y nadie lo detuvo ni pareció que estuvieran vigilándolo. Tú lo sabes, o al menos deberías imaginarlo, has visto lo que les ocurría a otros muy cerca de ti, vecinos que desaparecen, o que han tenido que huir, o que se han quedado como si no hubiera ningún peligro, como si la amenaza no fuera con ellos. Has oído de noche pasos en la escalera y en el corredor que llevan a la puerta de tu casa y has temido que esta vez vinieran por ti, pero han cesado antes de llegar o han pasado de largo, y han sonado en otra puerta los golpes, y el coche que has oído alejarse más tarde se ha llevado a alguien que podías haber sido tú, aunque prefieras no creerlo, aunque te hayas dicho a ti mismo, queriendo en vano serenarte, que a ti no tienen motivo para detenerte, que ni tú ni los tuyos estáis incluidos en el número de los condenados, al menos por ahora. De qué podrán acusarte, si tú no has hecho nada, si no te has señalado nunca. En ningún momento, a Josef K. lo acusaron de nada, salvo de ser culpable. Perteneces al Partido desde que eras muy joven y admiras sin reserva al camarada Stalin, cuyo retrato tienes colgado en el comedor de tu casa. Eres judío, pero sólo de origen, tus padres te educaron en la religión protestante, en el amor a Alemania, te alistaste voluntario en el verano en cuanto se declaró la guerra, te concedieron cruz de hierro por bravura en el combate, no perteneces a ninguna organización judía, no sientes la menor simpatía hacia el sionismo, pues íntimamente, por tu educación, por tu lengua, hasta por tu aspecto físico, eres sólo alemán.
Quién quiere o puede irse de un día para otro, romper con todo, con la vida de siempre, los lazos del corazón y los hábitos de la vida de quien no se aflige al pensar que debe perder casa, sus libros, su sillón preferido, la normalidad que ha conocido siempre, que sigue durando a pesar de los golpes en la puerta de los vecinos o el disparo que ha segado en un instante una vida o la pedrada en los cristales de la sastrería o de la tienda de ultramarinos del vecindario, en cuya fachada aparece groseramente pintada una mañana una estrella de David y una sola palabra que contiene en su brevedad el máximo grado posible de injuria: judío. Vas a comprar a la misma tienda de todos los días pero hay delante de ella un grupo de hombres con camisas pardas y brazaletes con esvásticas que sostienen una pancarta: Quien compra a los judíos apoya el boicot extranjero y destruye la economía alemana, y entonces bajas la cabeza y disimuladamente cambias de camino, entras en una tienda cercana, conteniendo la vergüenza íntima, al fin y al cabo el boicot a los comercios judíos tiene lugar sólo los sábados, por lo menos al principio, en la primavera de 1933, y si al día siguiente o esa misma tarde te cruzas con el tendero habitual que sabe que no fuiste a comprarle, es posible que apartes la mirada o cambies de acera en vez de aproximarte a él y estrecharle la mano, o ni siquiera eso, decirle unas pocas palabras normales, mostrar un gesto de fraternidad ni siquiera judía, sino tan sólo humana, de vecinos de siempre. Las cosas ocurren poco a poco, muy gradualmente, y al principio prefieres imaginar que no son tan graves, que la normalidad es demasiado sólida como para romperse con tanta facilidad, de modo que te irritan más que nadie los agoreros, los catastrofistas, los que señalan la cercanía de una amenaza que se vuelve más real porque ellos la formulan, y que tal vez desaparecería si se fingiera no advertir su presencia. Esperas, no haces nada. Con paciencia y disimulo no será difícil aguardar a que pasen estos tiempos. En 1932, viajando en un barco por el Rhin, María Teresa León había visto miles de banderitas con esvásticas que bajaban llevadas por la corriente, clavadas en boyas diminutas. El jueves 30 de marzo de 1933 el profesor Victor Klemperer de Dresde, anota en su diario que ha visto en el escaparate de una tienda de juguetes un balón de goma infantil con una gran esvástica. Ya no puedo librarme de la sensación de disgusto y vergüenza. Y nadie se mueve; todo el mundo tiembla, se esconde. Pero el profesor Klemperer no piensa marcharse de Alemania, al menos no por ahora, porque adónde va a ir, a su edad, casi con sesenta años, con su mujer enferma, ahora que han comprado una pequeña parcela en la que proyectan construir una casa. Tanta gente emprendiendo nuevas vidas en otros lugares y nosotros esperamos aquí, con las manos atadas. Pero quién en su sano juicio puede pensar que una situación así vaya a mantenerse mucho tiempo, que tanta barbarie y sinrazón pueden prevalecer en un país civilizado, en pleno siglo veinte. Seguro que los nazis no durarán mucho, siendo tan brutales y dementes, el pueblo alemán acabará rechazándolos, la comunidad internacional se negará a admitirlos. Y quién sabe, además, si creyendo alejarte del peligro no estarás acercándote hipnotizadamente a él, como si hubiera un imán en la trampa que tienden, un deseo poderoso de ser atrapado y que así termine de una vez la angustia de la espera. Tampoco el fugitivo está a salvo. En la remota México, en una casa convertida en una fortaleza, protegida por garitas con hombres armados y alambradas, por muros de hormigón, Leon Trotsky aguarda la llegada del emisario de Stalin que vendrá a matarlo, que sabrá eludir puertas blindadas y guardias y se quedará solo frente a él y le disparará un tiro en la cabeza o se inclinará sobre él con la solicitud de Judas y le hincará en la nuca un pico de escalador tan afilado como una daga, tan eficaz como una bala. Es verano, agosto de 1940. El 6 de julio el ex profesor Klemperer anota sin dramatismo en su diario que desde ese día los judíos tienen prohibido entrar en los parques públicos. A principios de junio, en Francia, tres hombres que huyen juntos del avance del ejército alemán se internan en un bosque, en el atardecer demorado y cálido. Uno de ellos, el mayor y más corpulento, acaso el mejor vestido, aparece ahorcado varios meses después, su cadáver putrefacto caído en el suelo, medio oculto bajo las hojas otoñales. La rama de la que se colgó o le colgaron se rompió bajo su peso, pero él ya estaba muerto. En el bolsillo de la chaqueta quizás lleva una estilográfica. Ese hombre, que era alemán, huía de los alemanes, pero también de quienes en otro tiempo fueron los suyos, los comunistas que le habían declarado traidor y decretado su ejecución. Los dos compañeros de cautiverio que huían con él eran agentes soviéticos que habían viajado a Francia con el único fin de encontrarlo y matarlo. Ni aunque te escondas entre las multitudes fugitivas de la guerra ni detrás de muros de hormigón coronados de vidrios rotos y marañas de alambre estarás a salvo. Escaparás de tu país y te convertirás en un apátrida y una mañana al despertarte en la habitación del hotel para Extranjeros donde malvives escucharás altavoces que gritan órdenes en tu propio idioma y verás por la ventana los mismos uniformes de los que creías haberte salvado gracias a las fronteras y a la ley. En 1938 el judío vienés Hans Mayer escapa de Austria, atraviesa con documentos falsos una Europa de vaticinios negros y fronteras hostiles, se refugia en Bélgica, en Amberes, y sólo dos años después las mismas botas y motores y músicas marciales que invadieron Viena, retumban en las calles de esta ciudad en la que nunca ha dejado de ser un extranjero y en las que desde ahora también será un perseguido. En 1943 lo alcanzan los hombres de abrigos de cuero y sombreros flexibles de los que estaba huyendo desde 1938, exactamente desde la noche del 15 de marzo, recién entrado en Viena, cuando él, Hans Mayer, tomó el expreso de las 11:15 hacia Praga: había previsto tan minuciosamente la escena de su detención, durante tantos años, que cuando al fin llegó tuvo la sensación haberla ya vivido. Sólo una cosa no había osado imaginar ni prever: quienes le detuvieron, quienes le hicieron las primeras preguntas y le dieron las primeras bofetadas, no tenían caras de hombres de la Gestapo, ni siquiera de policías. Si un miembro de la Gestapo tiene una cara normal, entonces cualquier cara normal puede ser la de alguien de la Gestapo.
En Moscú, la noche del 27 de abril de 19 37, Margarete Buber-Neumann advirtió que uno los funcionarios de la NKVD que se presentaron a detener a su marido llevaba unas gafas redondas, pequeñas, sin montura, que le daban a su cara joven un cierto aire desvalido de intelectual. No debía de ser una impresión casual, o infundida. Nadezhda Mandelstam, que padeció muy de cerca el acoso de los miembros de la policía secreta, cuenta que los chekistas más jóvenes se distinguían por sus gustos modernos, muy refinados, y su debilidad por la literatura. A la una de la madrugada sonaron los golpes en la puerta de la habitación, que estaba en el hotel Lux, donde se alojaban los empleados y activistas extranjeros del Komintern. En el hotel Lux se había alojado en 1920 el profesor Fernando de los Ríos, enviado por el Partido Socialista Obrero Español con la tarea de informarse sobre la Rusia sovietista, como él la llamaba. Se entrevistó con Lenin y le sorprendió su parecido con Pío Baroja, y le espantó su desprecio por las libertades y las vidas de la gente común.
Con el corazón golpeando fijábamos nuestra atención en el ruido de las botas que se aproximaban. Como cada noche, Margarete, Greta, había estado despierta en la oscuridad, escuchando pasos por los corredores, sobresaltándose cada vez que se encendían las luces de la escalera. Si después de medianoche se encendían de golpe las luces en las escaleras y en los pasillos del hotel Lux era porque habían llegado los hombres de la NKVD, que recorrían las calles oscuras y vacías de Moscú en furgonetas pintadas de negro a las que llamaban cuervos. Nunca usaban los ascensores, tal vez por miedo a que un fallo en su mecanismo, un corte de corriente eléctrica, permitiera escapar a alguna de las víctimas. Pero las víctimas no escapaban nunca, ni siquiera lo intentaban, permanecían inmóviles, paralizadas en sus habitaciones, en la normalidad cada vez más sombría de sus vidas, y cuando llegaban a buscarlas no oponían resistencia, ni lloraban ni gritaban de rabia o de pánico, no tenían preparada un arma con la que abrirse paso allí cuando llegara la visita nocturna o con la que volarse la cabeza en el último instante. Desde hacía años Heinz Neumann, dirigente del Partido Comunista Alemán, sabía que estaba marcado, que su nombre figuraba en la lista de condenados y traidores posibles, y sin embargo se fue con su mujer a la Unión Soviética después del triunfo del nacional socialismo en Alemania y no intentó buscar refugio en ningún otro país y vivió en Moscú percibiendo cada DIA cómo se estrechaba el círculo de recelo y hostilidad hacia él, cómo dejaban de hablarle antiguos amigos, cómo uno tras otro desaparecían camaradas en los que había confiado, y que resultaban ser traidores, conspiradores trotkistas, enemigos del pueblo. Ya nadie los visitó a él y a su mujer en la habitación del hotel Lux y ellos tampoco visitaban a nadie, por miedo a comprometer a otros, a contagiar a otros con su desgracia siempre inminente, día a día y noche a noche postergada. Si sonaba el teléfono se quedaban mirándolo sin atreverse a cogerlo, y cuando levantaban el auricular escuchaban un clic y sabían que alguien estaba espiando. Hubo un tiempo en que se cubrían con mantas o ropas de abrigo los teléfonos porque se corrió el rumor que aun sin los auriculares levantados era posible escuchar a través de ellos lo que se estaba hablando en una habitación.
En el verano de 1932, Heinz Neumann y su mujer habían sido huéspedes personales de Stalin en un balneario del Mar Negro. La noche del 27 al 28 de abril de 1937, cuando los golpes sonaron en la puerta, Greta Neumann tenía los ojos abiertos en la oscuridad, pero su marido no se despertó, ni siquiera cuando ella encendió la luz y los hombres entraron. Los tres hombres rodearon la cama y uno de ellos gritó su nombre, tal vez el más joven, el de las gafas sin montura, y Heinz Neumann se revolvió entre las mantas y se volvió de cara a la pared, como negándose a despertar con todas las fuerzas de su alma. Cuando por fin abrió los ojos, un horror casi infantil inundó sus rasgos, y luego su rostro se volvió flaco y gris. Mientras los hombres de uniforme registran la habitación y examinan cada uno de los libros, Heinz y Greta Neumann están sentados el uno frente al otro, y las rodillas les tiemblan a los dos. De uno de los libros cae al suelo un papel y el guardia que lo recoge del suelo comprueba que es una carta enviada a Heinz Neumann por Stalin en 1926. Tanto peor, murmura el guardia, doblándola de nuevo. Las rodillas del hombre y de la mujer se rozan entre sí con su temblor idéntico, como de una tiritera que no llega a apaciguarse. Fuera de la habitación, en los pasillos del hotel, al otro lado de la ventana, empiezan a oírse los rumores de la gente que despierta, de la ciudad reviviendo antes de la primera luz del día. El alba venía lentamente detrás de los visillos.
Ven ante sí, lo mismo a la luz de la mañana que en la negrura del insomnio, el vacío vértigo del miedo, y les agobia la conciencia permanente de que han sido señalados, elegidos, que en cualquier momento pueden sonar golpes en la puerta o los timbrazos repentinos del teléfono, puede acercarse alguien por detrás mientras caminan por la calle y arrastrarlos hacia un móvil en marcha, o dispararles en la nuca, sin embargo no huyen, no hacen nada, se refugian en la sugestión de una normalidad que no es más que un simulacro, al menos para ellos, pero a la que se aferran como a una esperanza frágil de salvación. En 1935 el profesor Klemperer fue expulsado de la universidad, pero le quedó una pequeña pensión, en su calidad de veterano de guerra. Aún faltaban unos pocos años para que le prohibieran conducir un coche, poseer una radio o un teléfono, o ir al cine, o tener animales de compañía. Al profesor Klemperer y a su mujer, tan delicada siempre de salud, propensa a la neuralgia y a la melancolía, gustaban mucho los gatos y las películas, sobre todo los musicales.
Han sido amenazados, saben que pueden caer presos o muertos en cualquier instante, pero en la calle la luz del sol es la misma de todos los días, hay coches que pasan, tiendas abiertas, vecinos que se saludan, madres que llevan de la mano a sus hijos camino de la escuela, que se acuclillan para subirles las solapas del abrigo o envolverlos mejor en la bufanda y en el gorro antes de dejarlos en la verja de entrada. Un día de noviembre de 1936, el profesor Klemperer, que aprovechaba el ocio forzoso de la jubilación para escribir una obra erudita sobre la literatura francesa del siglo XVIII, llegó a la biblioteca de la universidad y la bibliotecaria que le había atendido cada día durante muchos años le dijo con pesadumbre que ya no estaba autorizada a prestarle más libros, y que a partir de entonces no debía volver. Tú has sido señalado, pero las cosas a tu alrededor no han sufrido ningún cambio que pueda ser el reflejo objetivo, la confirmación exterior de tu desgracia inminente, de tu solitaria condena. En la sala de lectura a la que ya no puedes entrar la gente sigue inclinándose pensativamente sobre los volúmenes abiertos, a la luz suave de lámparas bajas con pantallas verdes. Sales a la calle sabiendo que tienes los días contados, que deberías aprovechar para huir el tiempo que te queda todavía, para intentarlo al menos, pero el kiosquero te vende el periódico como todas las mañanas, y el autobús sigue deteniéndose con puntualidad cada pocos minutos en la misma parada, Y entonces te parece que el maleficio está dentro de ti, que hay algo en ti mismo que te vuelve distinto a los otros, más vulnerable, peor que ellos, indigno de la vida normal que ellos disfrutan, y de la que tú tienes indicios sutiles pero también indudables para saber que te han excluido, aunque no puedas explicarte por qué razón, aunque te obstines en creer que sin duda se trata de un error, de un malentendido que se despejará a tiempo. En mayo de 1940 el profesor Klemperer es denunciado por un vecino, a causa de que no había cerrado debidamente sus ventanas durante las horas nocturnas de apagón obligatorio: lo detienen, lo encierran solo en una celda, pero lo sueltan después de una semana.
La espera de un desastre inevitable es peor que el desastre mismo. El 1 de septiembre de 1936, Evgenia Ginzburg, profesora en la universidad de Kazán, dirigente comunista, editora de una revista del Partido, esposa de un miembro del Comité Central, recibe la noticia de que tiene prohibido dar clases. Es una mujer joven, entusiasta, madre de dos hijos pequeños, seguidora fervorosa de todas y cada una de las directrices del Partido, convencida de que el país está lleno de saboteadores y espías al servicio del imperialismo, de traidores que es justo desenmascarar y castigar con la misma firmeza. Cada día, en las reuniones de células de comités, en los periódicos, en la radio, hay noticias de nuevas detenciones, y a Evgenia Ginzburg le extrañan o le desconciertan algunas de ellas, pero sigue convencida de la necesidad y la justicia de tal represión.
Un día, Evgenia Ginzburg descubre que no estaba tan a salvo como imaginaba, que también ella es sospechosa: nada muy grave, parece al principio, pero si irritante, y hasta desagradable, una equivocación que sin duda acabará por resolverse, ya que es impensable que el Partido acuse a alguien inocente, y ella, Evgenia Ginzburg, no encuentra en sí misma la menor sombra de culpa, la más leve incertidumbre o flaqueza en su fe de revolucionaria. Crees saber quién eres y resulta de pronto que te has convertido en lo que otros quieren ver en ti, y poco a poco vas siendo más extraño a ti mismo, y tu propia sombra es el espía que te sigue los pasos, y en tus ojos ves la mirada de quienes te acusan, quienes se cambian de acera para no saludarte y te miran de soslayo y con la cabeza baja al cruzarse contigo. Pero la vida tarda en cambiar, y al principio uno se niega a advertir las señales de alarma, a poner en duda el orden y la solidez del mundo que sin embargo ya ha empezado a disolverse, la realidad diaria en la que empiezan a abrirse grandes oquedades y zanjas de oscuridad, en la plena luz del día, en los espacios usuales de la vida, en la puerta en la que en cualquier momento retumbar unos golpes, el comedor en el que los niños toman la merienda o hacen los deberes de la escuela y en el que el teléfono va cobrando una presencia enconada y ominosa, porque cada timbrazo atravesará el aire como una hoja helada de acero, con la instantaneidad letal de un disparo.
A Evgenia Ginzburg la convocan a deshoras para reuniones que acaban siendo interrogatorios, le sugieren que probablemente será sancionada, porque alguna vez tuvo trato en la universidad o en el Partido con alguien que resultó un traidor, o porque no denunció a alguien con la adecuada vigilancia revolucionaria. Pero termina la reunión, el interrogatorio, y la dejan volver a su casa, y hay personas que han empezado a fingir que no la ven o a apartarse si ella se acerca, otras la tranquilizan, le ofrecen consuelo, le dicen que seguramente no será nada, que ya verá como al final todo se resuelve. Sólo una mujer le advierte de lo que va a ocurrirle, del peligro que corre, la madre de su marido, que es una aldeana vieja y tal vez analfabeta, que mueve resignadamente la cabeza y recuerda que estas cosas ya pasaban en tiempos de los zares. Evgenia, te están tendiendo una trampa, y es preciso que escapes mientras puedas, antes de que te partan el cuello. Pero cómo voy yo, una comunista, a esconderme de mi Partido, lo que tengo que hacer es demostrarle al Partido que soy inocente. Hablan en voz baja, procurando que los niños no escuchen nada, temiendo que el teléfono, aunque está colgado, sirva para que les espíen las conversaciones. El 7 de febrero Evgenia Ginzburg es convocada a una nueva reunión, que transcurre menos desagradablemente que otras veces, y al final el camarada que la ha interrogado se pone en pie con una sonrisa y ella piensa que va a estrecharle la mano, quizás a decirle que poco a poco los malentendidos o las sospechas han ido despejándose, y el hombre le pide con cierto aire de trivialidad, como recordando un detalle burocrático menor que había estado a punto de olvidársele, que por favor le deje su carnet del Partido. Ella al principio no entiende, o no puede creer lo que ha oído, mira al camarada y de su cara serena ha desaparecido la sonrisa, y entonces abre su cartera o su bolso y busca el carnet que siempre lleva consigo, y cuando lo entrega el otro lo recoge ya sin mirarla y lo guarda en un cajón de su mesa.
Durante ocho días Evgenia Ginzburg espera. Permanece en casa, encerrada en su habitación, sin contestar el teléfono, percibiendo con vaguedad lo que sucede a su alrededor, la cercanía de sus hijos, que se mueven con sigilo como en una casa donde hubiera un enfermo, la presencia de su marido, que entra y sale como una sombra, que cuando vuelve a casa toca muy suavemente la puerta y dice en voz baja: abrid, que soy yo. Porque ya dudan de que la inocencia de alguien pueda bastar para salvarlo queman papeles y libros, cartas antiguas, cualquier hoja manuscrita o impresa que pueda llamar la atención en un registro. De noche permanecen despiertos, callados y rígidos en la oscuridad, y se estremecen cada vez que escuchan un motor acercarse por la ciudad silenciosa o que la luz de unos faros entra por la ventana y cruza diagonalmente las paredes de la habitación. El sobresalto dura desde que empieza a oírse lejos un motor hasta que se amortigua y se pierde al final de la calle. En Kazán, igual que en Moscú, los únicos coches que circulan a esas horas son las furgonetas negras de la NKVD. Rusia es muy grande, Evgenia, toma un tren y vete a esconderte a nuestra aldea, nuestra casita de campo está vacía y con las ventanas tapiadas y tiene un huerto con manzanos.
Los estuvieron esperando noche tras noche, imaginando el motor que se apagaba delante de la casa y los golpes en la puerta, pero ocurrió de día, en la mañana del 15 de febrero, y no llamaron a la puerta, sino al teléfono. Cómo vas a creer que la vida diaria que amas y conoces y que está hecha de repeticiones y sobreentendidos pueda acabarse de pronto y para siempre, que esta mañana con frío y luz de nieve que se parece a tantas vaya a ser la última. Evgenia estaba planchando y bebía un gran tazón de desayuno sobre la mesa de la cocina. La niña había salido a patinar.
Sonó el timbre del teléfono y al principio ella y su marido se lo quedaron mirando sin moverse, sin mirarse entre sí. Pero podía ser una llamada de cualquiera, quizás de la escuela, la niña podía haberse lastimado mientras patinaba y llamaba la maestra para que fueran a recogerla, que no era nada grave; al cabo de varios timbrazos el marido se acercó al teléfono, levantó con brusquedad el auricular, y asintió con la cabeza mientras le decían algo.
Evgenia, dijo, queriendo en vano que sonara normal, preguntan por ti. Tal vez él mojaba un trozo de pan en el tazón de leche, ni siquiera había levantado la cabeza. Camarada X, una voz joven y educada en el teléfono, ¿tendrás un momento a lo largo del día para pasarte por nuestra oficina? Evgenia Ginzburg abrigó bien al niño y lo mandó a patinar con su hermana. Le caló bien el gorro, le envolvió media cara en la bufanda, salió con él a la puerta y le dijo adiós con la mano mientras se alejaba por la calle nevada y ya no lo vio nunca más. Pero nadie había venido a buscarla, no le apuntaban con una pistola, no la habían esposado ni encerrado en una furgoneta negra, podía salir como cualquier mañana y caminar hacia la estación, podía confundirse con la multitud que asaltaba los andenes en cuanto se acercaba un tren y subir a él, tal vez nadie repararía en su cara. No tengo nada que hacer, le había dicho al hombre educado del teléfono, iré ahora mismo. Hubiera querido ir sola, pero su marido se empeñó en acompañarla. Salieron y cuando escuchó a su espalda el ruido familiar y cuando escuchó a su espalda la puerta al cerrarse, pensó con serenidad y lejanía que nunca volverla a oírlo, que no iba a cruzar nunca más esa puerta. Caminaban en silencio sobre la nieve intacta, que irradiaba blancura en la mañana gris de febrero. No se abrazaron al separarse junto a la entrada del edificio en el que la estaban esperando: despedirse habría sido reconocer el abismo de la separación que ya se abría entre ellos. Dijo su marido: ya verás como a la hora de comer estás de vuelta en casa. Ella asintió y empujó la puerta. Cuando ya iba a entrar se volvió hacia él, y lo vio inmóvil sobre la nieve, en medio de la calle, con la boca abierta y los ojos de pánico. Durante años, en celdas de castigo, en vagones hediondos de trenes que nunca llegaban a su destino, en barracones helados, en desiertos de nieve, en las alucinaciones de la fiebre y el hambre, en la extenuación un animal del trabajo, en el crepúsculo eterno del Círculo Polar, Evgenia Ginzburg siguió viendo esa cara, el gesto que no habría sorprendido en ella si no se hubiera vuelto por última vez antes de empujar una puerta al otro lado de la cual había un rumor atareado de pasos y voces, de máquinas de escribir, de manojos de llaves.
Tres semanas más tarde, el 8 de marzo de 1937, Rafael Alberti y María Teresa León, que estaban de viaje en Moscú, fueron recibidos por Stalin en un gran despacho del Kremlin. María Teresa León lo recordaba encorvado, sonriente, con los dientes cortitos, como serrados por la pipa. Hablaron de la guerra de España, de la ayuda soviética, de la República. En una pared había un gran mapa de España con alfileres y banderitas que indicaban las posiciones de los ejércitos. En otra, un plano de Madrid. Stalin le preguntó a María Teresa León si le molestaría que encendiera su pipa. Estuvo conversando con ellos más de dos horas, les procuró armas, aviones, instructores militares. Nos sonreía como se sonríe a los niños a los que hay que animar. Muchos años después, lejos de España, extraños en la duración y la anchura del destierro, María Teresa León se acordaba de Stalin con una especie de lejana ternura. Nos pareció delgado y triste, abrumado por algo, por su destino tal vez.
Vendrán por ti, pero no sabes cuándo, hasta es posible que te olviden, o que prefieran prolongar tu espera, alimentar el suplicio de tu incertidumbre. Abrumado por algo. Cuando eran las deportaciones de judíos en Dresde el profesor Klemperer se sintió provisionalmente a salvo porque estaba casado con una mujer aria. Por el momento todavía estoy seguro. Tan seguro como pudo estarlo alguien en el patíbulo con una cuerda al cuello. Cualquier día una nueva ley puede derribar de una patada los peldaños sobre los que me mantengo pie y entonces estaré colgado. A Greta Buber-Neumann fueron a buscarla el 19 de junio de 1938, pero cuando le enseñaron la orden de detención observó que estaba fechada nueve meses antes, en octubre de 1937. Se habría traspapelado en la confusa burocracia de los interrogadores y los asesinos, intelectuales de gafas redondas con ideas exquisitas sobre la literatura y sobre la necesidad de reivindicar la Revolución a través de la sangre; o tal vez alguien la mantuvo guardada en un caja deliberadamente, la examinó día tras día sobre una mesa de despacho, como se considera un manuscrito valioso, en una oficina con ruido de máquinas de escribir y de puertas pesadas y cerrojos, alguien decidió prolongar día y noche durante más de un año el suplicio de la mujer alemana que iba de cárcel en cárcel de Moscú buscando en vano noticias de su marido, y que en su pequeña habitación helada tenía siempre dispuesta una maleta con unas pocas cosas necesarias para cuando llegara la detención y el viaje a Siberia. Nunca llegó a saber cómo o cuándo murió Heinz Neumann. Con un paquete de comida bajo el brazo y una carta iba por Moscú en medio del tumulto de los preparativos para el Primero de Mayo, apartándose de la multitud como una apestada o una leprosa, una mujer extranjera que no hablaba bien ruso y que no podía confiar en nadie, porque sus antiguos camaradas o estaban detenidos o muertos o le volvían la espalda, que caminaba entre la multitud no queriendo ver las banderas rojas ni las pancartas colgadas sobre las calles ni escuchar la música que retumbaba en los altavoces, la marcha heroica de Aída, recordaba años más tarde, valses de Strauss.
El 30 de abril de 1937, Greta Buber-Neumann camina hacia la prisión Lubianka queriendo averiguar el paradero de su marido, que fue detenido hace ya tres días, y por todas partes ve retratado a Stalin, en los escaparates de las tiendas, en las fachadas de las casas, en las puertas de los cines, retratos rodeados de guirnaldas de flores o de banderas rojas con hoces y martillos. Al pasar junto a un grupo de personas que se han detenido, ve como unos obreros alzan con poleas y cuerdas un retrato inmenso de Stalin que cubre la fachada entera de un edificio. Greta aparta la cara y sujeta más contra su regazo el paquete con ropa y comida que no sabe si podrá entregar. Si por lo menos pudiera no ver más esa cara. En la plaza de la Gran Ópera se acaba de levantar una estatua de Stalin de más de diez metros tallada en madera, rodeada de un pedestal de banderas rojas, Stalin caminando enérgicamente con gorra y capote de soldado. Qué harías tú si fueras esa mujer perdida en una vasta ciudad extranjera y hostil, si te hubieran quitado tu pasaporte y el documento provisional de identidad que te acreditaba como funcionaria del Komintern, si te hubieran echado del trabajo y estuvieran a punto de echarte de la habitación que compartiste con tu marido, y en la que no has ordenado nada todavía, después del registro, no has hecho la cama donde no dormiste ni un solo minuto durante tu última noche con él ni recogido del suelo los libros tirados y pisoteados, la borra del colchón que destriparon con expertas navajas en busca de documentos escondidos, de armas, de pruebas. Esperas en la habitación, sentada en la cama deshecha, escuchando pasos en el corredor del hotel, viendo cómo la luz gris de la tarde declina enseguida hacia la oscuridad, sabes que también van a venir por ti y hasta deseas que lleguen cuanto antes, y ya tienes preparada la maleta o la bolsa que llevarás contigo, pero pasan días, semanas, meses, y nada sucede, sólo que te has vuelto invisible, que nadie te mira a los ojos al cruzarse contigo, que haces cola en comisarías y prisiones junto a los parientes de otros detenidos y cuando te llega el turno algunas veces ya es tarde y cierran groseramente la ventanilla delante de tu cara, o no te contestan si tu marido está encerrado allí o no, o fingen que no entienden las palabras que dices en ruso, y que has preparado tan cuidadosamente, repitiéndolas mientras ibas por la calle como esas mujeres locas que hablan solas. Desde que los alemanes entraron en Praga Milena Jesenska sabía que más tarde o más temprano irían a buscarla, pero no hizo nada, no se escondió, no dejó de escribir en los periódicos, tan sólo tomó ciertas precauciones, envió a su hija de diez años a pasar una temporada con unos amigos y le pidió a alguien de toda confianza, el escritor Willy Haas, que le guardara las cartas de Franz Kafka.
En un parque lejano, al que llega después de largos viajes en tranvía, casi en las afueras de Moscú, Greta Buber-Neumann se cita con un antiguo amigo, tan asustado como ella, pero todavía leal. Eres esa mujer que salta de un tranvía en marcha y se vuelve por si alguien la sigue, y toma otro tranvía y al bajarse de él da un largo rodeo para llegar con la media luz del atardecer a un parque de extrarradio. Habrá gente que pasee, hombres mayores con bastón y abrigo y gorro de piel, padres que llevan de la mano a niños forrados con bufandas y abrigos. Greta y su amigo se ven lejos, pero todavía no van el uno hacia el otro, primero se aseguran de que nadie los sigue. ¿Es manera de huir?, dice él, ¿es preciso que nos dejemos degollar como conejos? ¿Cómo hemos podido aceptar todo esto durante tantos años sin ponerlo en duda, sin abrir los ojos? Ahora tenemos que pagar por toda nuestra ciega credulidad.
La siguiente vez el hombre no acude a la cita. Greta espera hasta que se ha hecho de noche y después vuelve a su habitación sin preocuparse de comprobar que no la siguen. Imagina con melancolía, casi con dulzura, que su amigo ha podido escapar.
Una noche de enero de 1938 por fin suenan los golpes en la puerta. Pero no han venido para llevársela a ella, tan sólo a confiscar las últimas propiedades del renegado Heinz Neumann. Los policías uniformados recogen los pocos libros que Greta no ha malvendido aún para procurarse comida, y unos zapatos viejos de su marido, y al marcharse entregan un recibo. Alguien le cuenta que el hombre con quien se citaba en el parque fue detenido cuando intentaba subir a un tren hacia Crimea.
Llegaron una mañana muy temprano, el 19 de julio, y al comprobar que esta vez sí que venían de verdad por ella, Greta no sintió pánico. Si bien alivio.
En el asiento de atrás de una pequeña camioneta negra la llevaron hacia la Lubianka, entre dos hombres de uniforme azul celeste que no la miraban ni le dirigían la palabra. Esta vez no le temblaban las rodillas, y a sus pies iba la maleta que estuvo preparada tanto tiempo. Se acordaba de la última cosa que vio en una calle de Moscú, antes de que la furgoneta cruzara las puertas de la prisión: un reloj luminoso, que tenía un resplandor tenue y rojizo en el amanecer. El 12 de julio el profesor Klemperer recuerda en su diario a algunos amigos que se marcharon de Alemania, que han encontrado trabajo en Estados Unidos o en Inglaterra. Pero cómo irse sin nada, él, un viejo, y su mujer una enferma, sin conocimientos de idiomas extranjeros, sin ninguna habilidad práctica, cómo dejar la casa que por fin han construido con tanto esfuerzo, el jardín que Eva casi ha convertido en un vergel. Nosotros nos hemos quedado aquí, en la vergüenza y la penuria, como enterrados vivos, enterrados hasta el cuello, esperando día tras día las últimas paletadas.