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8

Tuve que reconocerlo: nunca habría podido explicar ciertas cosas de una manera exacta si me hubiera valido solamente de la esperanza, la norma, la razón, esto es la lógica de las cosas y de la vida, por lo menos según mi experiencia vital. Así, cuando volvieron a bajarme al suelo desde la carretilla, no entendía qué podía yo tener que ver con las tijeras del barbero y con la cuchilla de afeitar. Aquella sala repleta, que a primera vista parecía una ducha de verdad y donde me tiraron sobre el suelo resbaladizo de madera, entre talones y plantas de pies que me pisoteaban y numerosas y tibias piernas, llenas de abscesos, se correspondía mejor con mis previsiones. Según éstas, me pasó por la cabeza que aquí existiría la misma costumbre que en Auschwitz. Fue grande mi sorpresa al sentir -después de unos minutos de espera y unos sonidos burbujeantes- que inesperadamente empezaba a salir agua por los grifos de arriba: agua caliente en chorros abundantes. Mi alegría disminuyó puesto que me habría gustado disfrutar más del agua caliente, pero no pude hacer nada cuando una fuerza irresistible me elevó de repente desde aquel bosque de piernas a las alturas, mientras me envolvían en una sábana y me cubrían con una manta. Luego, me acuerdo de una espalda, de la que yo colgaba con la cabeza hacia atrás y las piernas hacia delante; de una puerta, unas escaleras empinadas, otra puerta más y al final una sala, casi una habitación, donde aparte de la luminosidad y la amplitud me sorprendió el lujo digno de un cuartel en el mobiliario, y donde al final llegué hasta una cama, una cama normal, real, claramente destinada a una sola persona, una cama con colchón y con dos mantas grises: allí me pusieron.

Me acuerdo también de dos hombres, dos hombres normales, atractivos, con rostros y con cabello normales que vestían camisetas y pantalones blancos y zuecos de madera: yo me deleitaba observándolos, mientras ellos me miraban. Entonces me fijé en su boca y en el sonido de un idioma lleno de musicalidad que resonaba en mis oídos. Tuve la sensación de que esperaban algo de mí, que querían saber algo, pero yo sólo meneaba la cabeza, puesto que no entendía sus palabras. Entonces, uno de ellos me preguntó, con un raro acento, en alemán: «Hast du Durchmarsch?», es decir, si tenía diarrea, y yo me sorprendí al oír mi voz que -quién sabe por qué- respondía: «Nein», me imagino que por la misma vanidad de siempre. Después de unos momentos de titubeos y de ir y venir, depositaron dos cosas en mis manos: un recipiente lleno de café tibio y un pedazo de pan, un sexto, según mis cálculos. Podía cogerlo y comerlo sin pagar ningún precio por ello, ni tener que aceptar trueque alguno. Durante un rato tuve que ocuparme de mis entrañas que estaban dando señales de vida, revolviéndose y protestando, y esforzarme para que no me pusieran tan pronto en evidencia. Más tarde me despertó uno de los dos hombres que llevaba botas, un precioso gorro azul marino y el uniforme de preso con un triángulo rojo.

Otra vez sobre los hombros, bajar las escaleras, y salir al aire libre. Pronto llegamos a un barracón de madera grande, pintado de gris, que era una especie de enfermería o dispensario. La verdad es que allí todo se asemejaba más a lo que yo había estado esperando, lo que me parecía normal; eso hacía que me sintiera casi como en casa, pero en este caso no cuadraba el trato previo con el café y el pan. A lo largo del camino, por toda la extensión del barracón, vi las filas de literas de tres pisos bien conocidas. Estaban todas repletas, y con unos ojos expertos, como los míos, era posible distinguir incluso entre un caos indescifrable de caras de antaño, miembros llenos de abscesos y de sarna, huesos, trapos y todo lo demás, que todos aquellos accesorios pertenecían a cinco o seis personas por cabina. Para colmo, no había ni siquiera paja -al contrario de lo que sucedía en Zeitz-, aunque para el rato que esto duraría, pensé, no necesitaría nada en especial. Pero entonces, mientras nos deteníamos y el individuo que me llevaba hablaba con alguien, se me presentó otra sorpresa. Al principio no sabía si veía bien, pero no podía equivocarme puesto que aquella parte del barracón estaba bien iluminada, por luces potentes. A la izquierda distinguí las dos filas usuales de cabinas, pero encima de las tablas había una capa de colchas rojas, rosadas, azules, verdes y moradas, con otra capa encima, del mismo tipo de colchas, y entre las dos capas, unas al lado de las otras, cabezas afeitadas de niños que miraban, algunos más grandes, otros más pequeños, pero la mayoría de mi edad. Todavía estaba absorto mirando, cuando sentí que me bajaban al suelo, apoyándome contra algo para que no me cayera; me quitaron la manta, me cambiaron las vendas de mis dos heridas, la de la rodilla y la de la cadera, me pusieron un camisón y me metieron entre las dos capas de colchas y entre dos muchachos que enseguida me hicieron un hueco, en el piso del medio.

Me dejaron allí, otra vez sin ninguna explicación, y entonces me dejé guiar por mi propio razonamiento. «De todas formas -pensé- aquí estoy, éste es un hecho, no puedo negarlo»; y el hecho se iba renovando, y con cada segundo que pasaba duraba más y más. Más tarde me enteré también de cosas importantes. Tenía que ser aquélla la parte delantera del barracón puesto que enfrente de mi cama había una puerta que daba al exterior, y delante, un espacio bien iluminado, evidentemente reservado para el trabajo y los quehaceres de los dignatarios, escribanos, médicos; en el centro, en el lugar más visible distinguí incluso una mesa cubierta con una sábana blanca. Los que dormían en las cabinas de atrás debían de tener disentería o fiebre tifoidea, y los que no tuvieran ni una ni otra, pronto tendrían alguna. El primer síntoma -que se manifiesta por su olor persistente e inconfundible- es la diarrea, a la que también llamaban Durchfall o Durchmarsch. Los dos hombres del destacamento de la ducha me habían preguntado; si les hubiera respondido la verdad, yo también habría estado allí. Las raciones de comida que se distribuían durante el día eran más o menos iguales que en Zeitz: por la mañana el café, a media mañana la sopa; la ración de pan era un tercio o un cuarto y, en este caso, generalmente se acompañaba de Zulage. Las partes del día eran difíciles de determinar, debido a que la iluminación era siempre la misma y no había ninguna ventana para ver la luz o la oscuridad de fuera; no obstante, podía guiarme por señales inconfundibles: el café significaba la mañana y las buenas noches del médico señalaban la hora de dormir. Al médico lo conocí el primer día. Me fijé en un hombre que se había parado delante de nuestra cabina. No debía de ser muy alto porque su cabeza estaba más o menos a la altura de la mía. Su cara era redonda, casi gorda, como rellena y blanda, y tenía no sólo un bigote casi blanco y bien tupido sino que -para mi mayor asombro ya que no había visto otra en ningún campo de concentración- también lucía una barba blanca bien arreglada, corta y puntiaguda en la barbilla. Llevaba un sombrero grande y elegante, pantalones oscuros de tela y una chaqueta de uniforme de preso con la cinta, la señal roja y la letra «F». Me miró como si mirara a un recién llegado, y me dijo algo. Yo le respondí con la única frase que sabía en francés: «Je ne comprends pas, monsieur» [No le entiendo, señor] «Oui, oui», me dijo él, con una voz amplia y amable, un poco ronca. «Bon, mon fils» [Bien, hijo mío], dijo después, y me puso un terrón de azúcar encima de la manta, un verdadero terrón de azúcar, igual a los que había en casa. Recorrió luego las dos filas de literas de tres pisos, entregando a cada muchacho el terrón de azúcar correspondiente. A la mayoría se lo ponía cerca de la cabeza; a veces se detenía con algunos, hablaba con los que podía, les daba palmaditas en la cara, les pellizcaba en el cuello, charlaba, los mimaba, como quien -a la hora acostumbrada- mima a sus canarios favoritos. Me di cuenta también de que algunos de sus favoritos -sobre todo los que hablaban en francés- recibían un terrón adicional de azúcar. Entonces comprendí -como en casa siempre me habían enseñado- lo importante que es la cultura en general y el conocimiento de idiomas extranjeros en particular.

Todo eso lo comprendí y lo asimilé pero siempre con la sensación, la condición, de estar esperando constantemente algo, algo que no sabía definir con exactitud, sino como un cambio, la solución al misterio, el despertar, por así decirlo. Al día siguiente, por ejemplo, seguramente en un hueco entre sus múltiples tareas, el médico me señaló también a mí. Me sacaron de mi sitio y me pusieron delante de él, encima de la mesa. Emitió algunos sonidos amables, me miró, me examinó, me palpó, puso su oreja fría y unos pelitos duros del bigote sobre mi pecho y en la espalda, indicándome que respirara y que tosiera. Luego me indicó que me acostara y su ayudante me dijo que me quitara las vendas y miró mis heridas. Primero las observó de lejos, luego las tocó por alrededor y examinó la supuración desprendida. Emitió entonces unos sonidos desaprobatorios, meneando la cabeza con preocupación, como si el resultado lo hubiese desanimado. Volvió a vendarme las heridas, en un intento de hacerlas desaparecer; yo sabía que no le habían gustado, que no lo habían convencido en absoluto.

Fracasé también en otros exámenes, tengo que reconocerlo. Por ejemplo, no había forma de hacerme comprender por los muchachos que tenía a mi lado. Ellos, sin embargo, se pasaban el día hablando por encima de mi cabeza, como si yo fuera un simple obstáculo que les molestase. Me habían preguntado de dónde era. Les había respondido: «Ungar», y ellos lo repitieron de diversas formas: «vengersky, vengria, magiarsky, magiar, hongrois». Uno de ellos me dijo: «kenyér», es decir, pan; sus risas y las de todos los que se le unieron revelaban claramente que conocía bien a mis compatriotas. Me sentí molesto y deseé hacerles comprender que estaban equivocados, porque los húngaros no me consideraban igual a ellos, y que a grandes rasgos mi opinión sobre los húngaros coincidía con la suya y me resultaba extraño e indigno que justamente fueran ellos los que me mirasen con malos ojos; pero recordé que sólo podría decírselo en húngaro o, como mucho, en alemán, lo que hubiera sido incluso peor.

Había otro fallo también, otra falta más que -con el paso de los días- no podría seguir disimulando. Aprendí pronto que cuando se presentaba la necesidad, había que llamar al auxiliar de enfermería, un muchacho de nuestra edad. Entonces él se presentaba con un cacharro debidamente equipado con un mango largo, y nos lo ponía debajo de la colcha. Luego había que llamarlo otra vez: «Bitte! Fertig! Bitte!» [¡Por favor! ¡Ya está! ¡Por favor!] para que viniera a recogerlo. Una o dos veces al día era indiscutiblemente normal que se presentasen esa clase de necesidades. Pero yo me veía obligado a molestarlo tres y hasta cuatro veces al día, y eso, me di perfecta cuenta, ya le gustaba menos, lo que encontré absolutamente normal. En una ocasión le llevó el cacharro al médico y le explicó algo mientras le enseñaba el contenido. El médico estuvo unos minutos meditando con la cabeza inclinada sobre el cuerpo del delito, y al final hizo una inconfundible señal de rechazo con las manos. Por la noche llegó el terrón de azúcar, por lo que comprendí que todo estaba en orden. Podía acomodarme tranquilamente en aquella seguridad de las colchas y los cuerpos calientes que duraría otro día y otro más y que parecía inquebrantable.

Al día siguiente, en un momento dado entre el café y la sopa, entró en el barracón un hombre del mundo exterior, una verdadera autoridad, según aprecié enseguida. Llevaba un gorro negro de artista, una bata impecablemente blanca, pantalones bien planchados, zapatos normales que relucían; me asustó un poco su rostro casi brutal, de rasgos demasiado masculinos, como tallados en piedra, su piel entre rojiza y morada que llamaba la atención porque parecía en carne viva. Por lo demás, era alto y corpulento, con el pelo negro ya canoso en las sienes, una cinta distintiva, que yo no veía bien desde donde estaba y un triángulo rojo sin más señas: el signo maléfico de la sangre alemana pura. Por otra parte, fue la primera ocasión que tuve de admirar a una persona cuyo número no era de cinco o cuatro dígitos, ni siquiera de tres, sino un simple número de dos cifras. Nuestro médico se apresuró a saludarlo, dándole la mano y palmaditas en el brazo, para ganarse su simpatía, como se hace con un invitado muy esperado, que dignifica la casa con su presencia. Al cabo de un rato comprobé, para mi asombro, que los dos estaban, sin la menor duda, hablando de mí. El médico llegó incluso a señalarme con un gesto circular de la mano; alcancé a entender las palabras «zu dir» [para ti], aunque hablaban un alemán muy rápido. El médico siguió hablando, argumentando, tratando de convencer, acompañando su explicación con más gestos, como si ofreciera su mercancía para venderla y deshacerse de ella lo antes posible. El otro, al principio, se limitaba a escucharlo, sin decir palabra, pero como una persona más importante, un comprador difícil; luego pareció más convencido, según pude apreciar en sus ojos pequeños y oscuros que me miraban, punzantes, con la expresión del que se siente ya dueño de la mercancía. A continuación hizo una breve señal de despedida con la cabeza, estrechó rápidamente la mano al médico y se fue: a este último se le iluminó la cara de alegría.

No pasó mucho tiempo hasta que la puerta volvió a abrirse y apareció un hombre que -según indicaba el triángulo rojo en su uniforme de preso con la letra «P»- era obviamente polaco. La inscripción Pfleger en su cinta negra del brazo revelaba que se trataba de un enfermero. Parecía joven, de unos veinte años, tenía un bonito gorro azul. El pelo castaño le cubría las orejas y parte del cuello. Su cara era alargada y sus rasgos, regulares y agradables; su piel, rosada; su boca, grande y dulce. En una palabra, era guapo, y yo habría podido deleitarme más tiempo mirándolo, pero enseguida buscó al médico, el cual le indicó dónde estaba yo, para que me sacara de allí, me envolviera en una manta según la costumbre del lugar y me echara al hombro. Su tarea no le resultó muy fácil puesto que yo me agarré con las dos manos del barrote que separaba las cabinas, el primero que pillé de una manera instintiva y casual. Sentí vergüenza. Comprendí entonces cómo incluso la idea de un día más o menos de vida puede alterarnos la mente y causarnos serios problemas. Pero él era más fuerte, y por mucho que yo gesticulara, que lo golpeara con ambos puños en la cintura y los riñones, él no hacía más que reírse de mí, como pude darme cuenta por las sacudidas de sus hombros; así desistí de mi intento y dejé que me llevara donde quisiese.

Hay sitios muy raros en Buchenwald. Tras pasar al otro lado de una alambrada, llegué a uno de los barracones verdes bien cuidados que hasta entonces, como preso del campo pequeño, sólo había podido admirar desde lejos. Así me enteré de que dentro había -en éste por lo menos- un pasillo donde brillaba y relucía de manera sospechosa la limpieza. Al pasillo daban varias puertas -puertas de verdad: blancas, normales- y, al cruzar una de ellas, llegué a una habitación caliente y bien iluminada y a una cama vacía, preparada expresamente para mí, como si me hubiese estado esperando. En la cama había una colcha roja y un colchón blando y cómodo para el cuerpo, y entre ambos una capa fresca y blanca: una sábana, una sábana de verdad, sin duda alguna. Debajo de la nuca, una sensación extraña, pero cómoda: una almohada, también con funda blanca. El Pfleger dobló la manta en la que me había transportado y la dejó a mis pies: al parecer eso también me correspondía, obviamente para el supuesto caso de que no estuviera satisfecho con la temperatura ambiental. Luego cogió una ficha y un lápiz, se sentó en el borde de la cama y me preguntó mi nombre. Le dije: «Vier-und-sechzig, neun, ein-und-zwanzig» [Sesenta y cuatro mil novecientos veintiuno]. Lo apuntó pero siguió insistiendo, hasta que comprendí -me llevó tiempo- que también le interesaba mi nombre, el Name, y también me llevó tiempo encontrarlo entre mis recuerdos. Me lo hizo repetir tres o cuatro veces, hasta que pareció haber comprendido. Luego me mostró lo que había escrito, en el margen superior de una ficha de las de hospital. Me preguntó si estaba dobro jes, es decir, bien, y yo le contesté que sí en alemán, que gut; después dejó la ficha encima de la mesa y se fue.

Como disponía de tiempo, me dediqué a mirar, a observar todo para informarme. Comprobé entonces -no me había dado cuenta antes- que en la habitación también había otras personas. Sólo con verlos supe que eran enfermos como yo. Observé que el tono rojizo -tan cálido y agradable para los ojos- de la habitación se debía al color del parquet y a que las colchas de las camas eran del mismo tono. Había, más o menos, una docena de camas. Todas eran camas individuales, con excepción de tres literas: una situada al lado de un biombo blanco -y en cuyo piso inferior me encontraba yo- y otras dos en el extremo opuesto, junto a otro biombo. No podía creer lo que veía: una habitación tan amplia y espaciosa, en la que las camas estaban separadas por más de un metro e incluso había espacios vacíos. Contemplé las ventanas de vidrio, todas divididas en cuadrados más pequeños, por los cuales entraba la luz, y observé que la funda de la almohada tenía un sello marrón que representaba un águila con el pico curvado, junto con la inscripción «Waffen SS» [Propiedad de las SS].

El examen de los rostros me resultó más difícil: no aprecié ni la mínima señal de un cambio producido por mi llegada; no percibí el menor interés, ni ninguna expresión de desengaño, de alegría, de disgusto, o de algo, ni siquiera una ligera curiosidad que descubrir; con el tiempo, eso resulta cada vez más incómodo, el silencio se hace más y más misterioso.

Entre las camas había una pequeña mesa cubierta con un paño blanco; en la pared de enfrente, otra mesa más grande con sillas alrededor, y junto a la puerta una estufa de hierro, en pleno funcionamiento, con un recipiente negro y brillante al lado, para guardar el carbón.

Aunque me rompiera la cabeza no hallaba explicación a esa broma: la habitación, la cama, la colcha, el silencio. Intentaba recordar, hacía deducciones, buscaba entre mis experiencias, tratando de escoger las apropiadas. Podía ser que se tratara de uno de los lugares que me habían mencionado en Auschwitz, donde los enfermos eran tratados de maravilla, hasta que empezaban, por ejemplo, a sacarles las tripas a cachitos para investigar en beneficio de la ciencia. Pero ésa era una sola y única suposición de las muchas posibles y, de momento, tampoco había más indicios que un trato excelente. Por el contrario -me acordé-, en otro lugar ya estarían repartiendo la sopa, y aquí no había ni rastro, auditivo u olfativo, que señalase su llegada. Aun así, tuve un pensamiento quizá dudoso, pero quién podría juzgar lo que era posible y creíble, quién podría dilucidar -aun con mucho conocimiento- entre aquella infinidad de ideas, hallazgos, juegos, burlas y pensamientos, la consideración de que pueden hacerse reales, de que pueden realizarse en un campo de concentración, transfiriéndose automáticamente del terreno de la fantasía al de la realidad. «Vamos a ver -pensé-, lo traen a uno a una hermosa habitación. Lo acuestan en una hermosa cama, con colcha y todo. Lo cuidan, lo miman, y satisfacen todos sus caprichos, pero hay un detalle: no le dan de comer.» Si se desea, pensé, es posible observar cómo muere de hambre una persona, al fin y al cabo, incluso puede tener interés científico. Cuanto más lo pensaba, más me convencía de que la idea era verosímil y posible. Pensé que si se me había ocurrido a mí, también se le habría podido ocurrir a cualquier otro más competente. Miré a mi vecino, el enfermo que estaba a mi izquierda, a un metro aproximado de distancia. Era mayor, calvo, y su cara conservaba todavía algo de los rasgos de antaño e incluso parte de su carne. Sin embargo, observé que sus orejas se parecían a los pétalos encerados de las flores de papel, y que el color amarillento de su nariz y los contornos de sus ojos eran también bastante significativos para mí. Estaba echado boca arriba, y su colcha subía y bajaba rítmicamente: parecía estar dormido. De todas formas, ¿por qué no intentarlo? Le pregunté susurrando si comprendía el húngaro. Nada, no sólo parecía no comprender sino que tampoco parecía haber oído. Ya me daba la vuelta, para pensar más en ello, cuando mis oídos se percataron de una palabra pronunciada en voz muy baja. «Sí.» Había sido él, sin duda, aunque no había abierto los ojos ni cambiado de postura. Me puse tan contento que, de una manera idiota, hasta se me olvidó por unos momentos lo que quería preguntarle. Le pregunté de dónde venía. Tras un silencio que me pareció infinito, me contestó: «Budapest». Le pregunté cuándo, y me respondió que en noviembre. Entonces, por fin le pregunté: «¿Dan aquí de comer?», y tras una pausa que parecía necesitar cada vez que respondía, me dijo: «No…». Yo le iba a preguntar si…

Pero en aquel momento entró otra vez el Pfleger, que precisamente venía en su busca. Le quitó la colcha, lo envolvió en una manta y con una facilidad asombrosa lo cargó al hombro y se lo llevó fuera, aunque -como pude apreciar- era un cuerpo de considerable peso, con una venda de papel a la altura de la tripa que flotaba en el aire, como diciendo adiós. Al mismo tiempo oí un chasquido breve y un susurro eléctrico. La voz dijo: «Friseure zum Bad, Friseure zum Bad», o sea, «barberos a las duchas, barberos a las duchas». Era una voz que se tragaba las erres pero que por lo demás era agradable, insinuante, armoniosa, casi irresistiblemente melodiosa, de las que reflejan la expresión del emisor; al oír esa voz, por poco me tiré de la cama. Sin embargo, los demás enfermos habían acogido la noticia con la misma indiferencia con la que habían reaccionado ante mi llegada, así que deduje que debía de ser una cosa bastante usual. Descubrí una pequeña caja de madera marrón encima de la puerta, una especie de caja de resonancia, y adiviné que por aquel aparato llegaban las órdenes de los soldados. En breve regresó el Pfleger a la cama que había al lado de la mía. Estiró las sábanas, volvió a cubrirla con la colcha y arregló la paja del colchón, metiendo la mano por una abertura. Por sus gestos, comprendí que probablemente no volvería a ver al hombre de antes. No podía remediarlo, mi imaginación volvió a darle vueltas a la misma cuestión, preguntándome si no habría sido un castigo por haber revelado el secreto y que -¿por qué no?- habrían podido oírlo valiéndose de alguno de aquellos aparatos de allá arriba.

Escuché otra voz, la voz de un enfermo, en la tercera cama desde la mía, en dirección a la ventana. Era un enfermo joven, de cara blanca, que tenía el pelo largo, rubio y ondulado. Repitió la misma palabra dos o tres veces seguidas, gimiendo, alargando las vocales; al final comprendí que estaba diciendo un nombre: «¡Pietka!… ¡Pietka!…». El Pfleger contestó, alargando también su respuesta, y en un tono bastante simpático: «Co?» [¿Qué?]. El enfermo dijo entonces algo más largo, y Pietka -porque según eso así se llamaba el Pfleger- se acercó a su cama. Estuvo susurrándole frases largas, como si deseara convencerlo de algo, pidiéndole un poco más de paciencia, un poco más de firmeza. Al mismo tiempo, metió la mano debajo de su espalda para arreglarle la sábana, luego la colcha, y todo con simpatía, con gusto, con amor: en fin, de una manera que acabó por desmoronar, casi por destruir mis fantasías anteriores. El rostro del enfermo reflejaba placidez, serenidad, cierto alivio, al igual que sus palabras susurradas pero comprensibles: «Dinkuie, dinkuie bardzo» [Gracias, muchas gracias]. Lo que disipó totalmente mis dudas fue el ruido cada vez más cercano y cada vez más fuerte que ya se escuchaba desde el pasillo: el inconfundible tintineo que revolvió todo mi ser, llenándolo de un deseo cada vez más irrefrenable y que acabó confundiendo mi ser con ese deseo, con esa espera. Desde fuera se oían pasos de zuecos, y luego el impaciente grito de una voz profunda: «Zal zex! Esnhola!», es decir «Saal sechs! Essenholen!», es decir: «¡Sala seis! ¡La comida!». El Pfleger salió de la habitación y -ayudado por alguien cuyo brazo apareció en la puerta- volvió a entrar con una cazuela enorme y pesada, que, gracias a Dios, llenó la habitación de olor a sopa, aunque fuese la peor que podía haber: la sopa de ortigas, con lo cual concluí que había vuelto a equivocarme. Con el paso de las horas y de los días, tuve ocasión de observar otras cosas y aclarar más detalles. Al cabo de cierto tiempo tuve que admitir y acertar -con reservas y precaución- la realidad de los hechos: todo aquello era posible, real y agradable aunque extraño, si bien no más extraño que cualquier otra cosa que pudiera ser posible y real en un campo de concentración, el derecho y el revés, todo allí era posible. Era justamente eso lo que me molestaba, me preocupaba, me volvía inseguro: porque mirándolo bien, no podía encontrar ninguna razón aceptable, lógica o admisible para estar justamente allí y no en otro lugar. Poco a poco descubrí que todos los enfermos llevaban vendas, no como en el barracón anterior, y entonces llegué a la conclusión de que en aquél se encontraba la sección de patología interna, y en el nuestro la de cirugía. Pero naturalmente ni siquiera eso me pareció una razón o explicación suficiente para que toda aquella cadena de manos, hombros e intenciones me hubiese traído en la carretilla justamente hasta allí, a aquella cama. Traté también de calibrar a los enfermos, de conocerlos un poco mejor. Por lo que observé, la mayoría de ellos debían de ser presos muy antiguos. Ninguno parecía ser ningún dignatario, aunque dependía, por ejemplo, de si los comparaba con la gente que había en Zeitz. También me llamó la atención el hecho de que en el pecho de los que venían a visitarlos por la tarde, para acompañarlos un momento e intercambiar un par de frases, los triángulos eran todos rojos y -algo que no echaba en falta- ninguno verde, negro o -algo que ya me hubiese gustado más- amarillo. Eran, pues, distintos por su sangre, por su edad, su idioma y por más cosas, distintos a mí y a otras personas que yo había conocido, y eso me molestaba un poco. Por otra parte -intuí- en esa diferencia podía estar la explicación. Pietka, por ejemplo: por las noches nos dormíamos con su «dobrá noc» [buenas noches], y por las mañanas nos despertábamos con su «dobre ránó» [buenos días]. El orden impecable en la habitación, la limpieza con la ayuda de un trapo fijado al final de un palo, el transporte diario del carbón, el mantenimiento del fuego en la estufa, el reparto de las raciones y la limpieza de los correspondientes platos y cucharas, en caso necesario el transporte y cuidado de los enfermos, y quién sabe cuántas cosas más; todo, absolutamente todo dependía de él. No hablaba mucho, pero siempre tenía una sonrisa, siempre se mostraba bien dispuesto, en una palabra, no parecía una autoridad, sino una persona encargada del cuidado de los enfermos, un Pfleger, como en realidad se leía en su inscripción.

O el médico, porque resultó que el hombre con cara de bruto era médico, médico en jefe. Su visita -digna de un hospital de verdad- era un ritual que se repetía de la misma manera cada mañana. Cuando la habitación estaba recién recogida, los cafés ya tomados, las tazas guardadas detrás de la cortina, improvisada con una manta, donde Pietka tenía sus cacharros, se oían unos pasos conocidos por el pasillo. En un santiamén, una mano enérgica abría la puerta de nuestra habitación. Se oía un saludo, probablemente «Guten Morgen», [Buenos días], pero del cual sólo se oía un largo «Moo´gn», y entraba el médico. Ni esperaba ni deseaba -quién sabe por qué- que le devolviéramos el saludo, con la excepción de Pietka, que le recibía con su sonrisa habitual, con la cabeza descubierta y con respeto, pero -según tuve ocasión de observar con el tiempo- no con el mismo respeto bien conocido con el cual se honra a una autoridad superior, sino con simple y puro respeto, por propia iniciativa, por propia voluntad. Luego el médico cogía, una por una, todas las fichas previamente colocadas en su mesa por Pietka y las examinaba como si fueran fichas de verdad en un hospital de verdad, donde, naturalmente, nada había más importante que el estado de los enfermos. A veces se dirigía a Pietka para hacer una observación sobre el contenido de las fichas, pero no esperaba una respuesta del enfermero, que habría sido tan inoportuna como devolverle el saludo matutino. «Der kommt heute ´raus!», decía después, lo cual significaba -según comprendí con el tiempo- que tenía que presentarse, en el curso de la mañana, por sus propios pies o por medio de los hombros de Pietka, entre sus cuchillos y navajas, sus tijeras y sus vendas de papel, en la pequeña habitación de la consulta, a unos diez o quince metros de la salida de nuestro pasillo. (No me pidió autorización, como el médico de Zeitz, ni parecieron importarle mis protestas, cuando con una de sus extrañas tijeras abrió otros dos cortes en la carne de mi cadera, pero por la forma en que extrajo todo lo acumulado y me limpió por dentro con una gasa, untándome cuidadosamente una pomada, comprobé que era un auténtico experto.) Su segunda posible observación era: «Der geht heute nach Hause!», lo que significaba que el enfermo estaba curado, y que se podía ir nach Hause, es decir, a casa, a su bloque del campo, a su trabajo, a su destacamento, naturalmente.

Al día siguiente todo ocurría igual, según las mismas normas, las mismas reglas, el mismo ritual, en el cual Pietka, nosotros, los enfermos, e incluso el mobiliario participaba con la misma seriedad, cumpliendo con su papel, echando una mano, manteniendo la misma situación, día a día, ejercitándola más y más, inmovilizándola, justificándola: como si fuera completamente natural y lógico que él, nuestro médico, tuviera como tarea curarnos, y nosotros, los enfermos, tuviéramos la misma tarea, curarnos, ponernos bien lo antes posible, y luego irnos a casa; ésa era nuestra tarea principal y evidente, por supuesto.

Más adelante aprendí otra cosa sobre él. A veces se juntaba mucha gente en la consulta. Entonces Pietka me sentaba en un banco lateral y yo esperaba hasta que el médico me llamaba con la palabra: «Komm, komm» [Venga, venga] o me daba un tirón de orejas simpático pero no muy agradable y me echaba con un solo y único movimiento sobre su mesa de operaciones. En ocasiones se formaban verdaderos atascos, con enfermeros que entraban y salían llevando enfermos. En la habitación de la consulta había otros médicos que atendían a otros enfermos; a veces uno de ellos, de menor jerarquía, me cambiaba las vendas, humildemente, en una mesa lateral, un tanto alejada de la mesa central. Conocí a uno de ellos, un hombre bajo, de pelo blanco y nariz de ave rapaz, que llevaba el mismo triángulo rojo sin más señas, y un número -si bien no de los más elegantes, los de dos o tres dígitos- de cuatro cifras: puedo decir que nos hicimos amigos. Él me comunicó, lo que Pietka confirmaría más tarde, que nuestro médico llevaba doce años en el campo de concentración: «Zwölf Jahre im Lager», decía en voz baja, meneando la cabeza, con una expresión de reconocimiento ante un récord apenas imaginable. Le pregunté: «Und Sie?» [¿Y usted?]. «O, ich» [Yo también], respondió, cambiando su expresión. Luego añadió: «Seit sechs Jahren bloss» [Pero sólo llevo seis años], e hizo un gesto despreciativo con la mano, indicando que era algo sin importancia, que no merecía la pena ni mencionarse. Él me preguntó también muchas cosas, cuántos años tenía, cómo había llegado hasta allí, y así empezó nuestra charla: «Hast du was gemacht?» [¿Has hecho algo malo?]. «Nichts» [No], repuse yo. ¿Entonces por qué estaba allí?, me preguntó y yo respondí que por la simple y sencilla razón de ser judío, como muchos de mi raza. Pero, insistió, ¿por qué me habían arrestado?, «verhaftet», y yo le conté brevemente, como pude, la historia de aquella mañana, lo del autobús, la aduana, la policía militar. «Ohne dass deine Eltern», dijo, con lo que quería confirmar que, naturalmente, mis padres no sabían nada de mí. Le contesté que sí, que naturalmente «ohne». Parecía muy sorprendido, como si nunca hubiera oído nada parecido, y yo pensé que había estado muy alejado del mundo durante esos seis años. Enseguida transmitió la información al otro médico que estaba trabajando a su lado, y aquél al otro, al siguiente, a todos los demás médicos, enfermeros, enfermos, a todos. Finalmente me vi rodeado de personas que me miraban incrédulos, con asombro, y eso me molestaba: no quería que sintieran pena por mí. Me dieron ganas de decirles que no se preocuparan, que en aquel momento por lo menos no había por qué preocuparse, pero no dije nada, algo me retuvo, fue como si el corazón me lo impidiera porque me di cuenta de que aquel sentimiento les producía cierta satisfacción, les causaba placer. Así me pareció, y más adelante, cuando volvieron a preguntarme, a interrogarme, tuve la impresión de que buscaban, anhelaban la ocasión, la manera, el pretexto para hacerlo, por alguna razón, alguna necesidad, como queriendo tener la prueba de algo, de sus métodos, para ver de lo que eran capaces; por lo menos, ésa fue mi impresión. Luego se miraron de una manera que me aterrorizó, y dirigí mis ojos alrededor para comprobar si había alguien que pudiera ser peligroso, pero lo único que vi fueron frentes sombrías, cejijuntas y labios apretados, como si otra vez se hubiesen cerciorado de algo, y ese algo debía de ser la razón por la cual se encontraban allí.

También estaban los visitantes, a quienes miraba y observaba; intentaba comprender por qué motivo acudían una y otra vez. Al principio reparé en que siempre llegaban por la tarde, más o menos a la misma hora, y entonces comprendí que en Buchenwald, en el campo grande también debía de haber una hora parecida a la de Zeitz, entre el regreso de los destacamentos y el recuento vespertino, probablemente. La mayoría de los que llegaban llevaban la letra «P», pero también había otras como «J», «R», «T», «F», «N» y «No», y quién sabe cuántas más: puedo decir que ciertamente vi cosas interesantes, aprendí cosas nuevas y empecé a entender mejor las circunstancias del lugar, las condiciones, la vida social, por así decirlo.

En Buchenwald, los habitantes más antiguos eran casi guapos, sus caras estaban rellenas, sus movimientos y su manera de andar eran rápidos, muchos tenían permiso para dejarse crecer el pelo y sólo llevaban el uniforme a rayas en el trabajo, como Pietka, quien por la noche, después de repartir nuestras raciones de pan (el cuarto o el tercio de siempre, con la eventual ración de Zulage), se marcha, por ejemplo, de visita. Se pone una camisa o un suéter y -tratando de disimular ante los enfermos pero con visible placer en la cara y en los gestos- escoge un traje marrón a rayas, a la moda, cuyos únicos fallos son un parche en la parte de atrás y unas manchas de pintura roja imposibles de quitar, más el triángulo rojo y el número de preso en el pecho. A mí me causaban mayor disgusto, por no decir molestia, las visitas que Pietka recibía. La razón de mi malestar se debía a la desafortunada disposición del mobiliario: el enchufe estaba justo al pie de mi cama. Por más que tratara de ocuparme de algo en aquellos momentos, fijando la atención en la blancura impecable del techo, en la pantalla esmaltada de la lámpara o en mis propios pensamientos, cuando Pietka se acurrucaba, con su cazuela y el hornillo eléctrico de su propiedad, yo percibía el ruido de la margarina caliente derritiéndose en la sartén y tenía que tragarme todo el olor penetrante de las rodajas de cebolla, las patatas y hasta el wurst y el Zulage, y tenía que soportar el ruido característico de la cáscara al romperse, de la margarina deshaciéndose, mientras se freía ante mis atónitos ojos una cosa amarilla por dentro y blanca por fuera: un huevo. Cuando todo estaba frito y refrito aparecía el invitado: «Dobre vecher!», decía, contento, Pietka, porque aquél también era polaco. Su nombre era Zbisek, pero a veces Pfleger lo llamaba Zbisku, que era quizás una forma cariñosa o abreviada. Llegaba muy peripuesto, con botas, chaqueta corta de color azul marino, tipo cazadora de deporte, aunque con el mismo parche en la parte de atrás y el número en el pecho, y un suéter negro de cuello alto. Alto, corpulento y con la cabeza rapada por obligación o por higiene, me parecía un hombre agradable y simpático. Su cara era redonda, y su expresión, serena, pícara e inteligente; de todos modos nunca lo hubiese cambiado por Pietka. A continuación se sentaban frente a la mesa de atrás para cenar y charlar; a veces los acompañaba un enfermo polaco, que decía un par de palabras en voz baja; otras veces se ponían a jugar, o echaban un pulso, que por lo general -para mayor regocijo de todos en la habitación- ganaba Pietka, aunque el otro parecía más fuerte. Por lo tanto, ambos compartían todas las ventajas y desventajas, tristezas y alegrías, tareas y preocupaciones, e incluso sus tesoros, sus raciones, esto es, eran amigos, como suele decirse. Aparte de Zbisek, otras personas iban a ver a Pietka para intercambiar alguna palabra, o algún objeto. Otros acudían a visitar a algún enfermo, con muchas prisas, siempre susurraban algo a escondidas, casi en secreto. Se sentaban en el borde de sus camas unos minutos; algunas veces depositaban un paquetito envuelto en papel de mala calidad, humildemente, casi disculpándose. Luego les preguntaban, aunque yo no oyera ni comprendiese sus palabras, cómo se encontraban, qué noticias tenían, y les informaban cómo iban las cosas fuera, quién les mandaba saludos y quién había preguntado por su salud. Más tarde se despedían porque el tiempo pasaba, dándose palmaditas en el hombro, diciendo que volverían pronto, y se iban, con prisas como habían venido, contentos, sin haber conseguido ningún beneficio, ninguna utilidad, sólo por eso, por esas palabras compartidas, sólo para visitar al enfermo en cuestión.

La brevedad de sus visitas revelaba -aunque yo no fuera consciente de ello- que estaban haciendo algo prohibido, que sólo era posible probablemente gracias a la permisividad de Pietka. Sospeché que precisamente ese riesgo, esa testarudez, esa rebeldía formaba parte del acontecimiento. Así lo deduje de la expresión poco definible de sus rostros, que era de alegría y de triunfo, como si hubieran conseguido cambiar algo, abrir una brecha, un pequeño agujero en el orden previsto de las cosas, en la monotonía de los días, en la propia naturaleza misma.

Los hombres más extraños se reunieron alrededor de la cama de uno de los enfermos que se hallaba al lado del biombo opuesto al mío. Había llegado una mañana, sobre los hombros de Pietka que casi no se movió de su lado. Se veía que era un caso grave y oí decir que el enfermo era ruso. Por la noche, la habitación se llenó de visitas. Se veían muchas letras «R» pero también había otras, gorros de piel, pantalones raros, afelpados. Gente con la cabeza afeitada a medias, con el pelo de un solo lado. Otros con el pelo largo pero con una raya afeitada en el medio desde la frente hasta la nuca. Chaquetas con el parche habitual, pantalones con dos rayas rojas en forma de cruz, como si fuera para hacer desaparecer una letra, una señal, un número que ya no era necesario. En otras espaldas había un círculo rojo, con un punto rojo en el medio, bien visible, muy llamativo, muy tentador, como señalando: aquí es donde hay que disparar si se presenta la ocasión. Allá estaban, hablando bajito; uno se inclinó sobre el enfermo para arreglarle la almohada, otro trataba quizá de comprender lo que decía, de interpretar alguna mirada, luego apareció en medio un objeto amarillo y, con la ayuda de Pietka, también una navaja, y una taza de latón. Oí el ruido metálico de unas gotas y, aunque no podía dar crédito a mis ojos, percibí un olor inconfundible: el objeto amarillo era, sin duda, un limón. La puerta se volvió a abrir y entró -para mi mayor sorpresa puesto que jamás había aparecido a esas horas- el médico. Le abrieron paso enseguida; se inclinó sobre el enfermo, lo examinó, palpó algo por unos momentos y salió rápidamente, con gesto severo, casi antipático, sin decir nada ni mirar a nadie, incluso evitando en lo posible las miradas de los demás, según me pareció. Los visitantes se habían quedado en silencio. Alguno se acercó a la cama y se inclinó sobre ella. Luego se fueron, de uno en uno, de dos en dos, según habían venido. Sin embargo, ahora parecían más vulnerables, más desgastados, más cansados que antes, y a mí me dio pena por ellos, porque era obvio: parecían haber perdido una última esperanza celosamente guardada, una última confianza en algo secretamente velado. Al cabo de un rato, Pietka cargó el cadáver sobre sus hombros y lo sacó de allí.

También puedo contar el caso de mi amigo. Me encontré con él en los aseos. Ni siquiera recordaba que pudiera lavarme en otro sitio que no fuera el lavabo con grifo que se abría y se cerraba, al final del pasillo, en el lado izquierdo, y ni siquiera por obligación, sino más bien por educación, como poco a poco me fui acostumbrando. La sala no tenía calefacción, el agua estaba fría y no había toallas. Allí mismo estaba también aquel aparato rojo y portátil, parecido a un armario abierto, cuya taza no sé quién mantenía siempre limpia, ordenada y recogida. En una de esas ocasiones, cuando ya me iba, entró un hombre en los lavabos. Era guapo, de pelo negro peinado hacia atrás pero que le caía sobre la frente, de piel aceitunada como la mayoría de los hombres de pelo tan oscuro; por su edad, por su aspecto cuidado y su bata blanca lo hubiera podido tomar por un médico, si su cinta no me hubiese indicado que se trataba de un Pfleger, y la letra «T» de su triángulo rojo de que era checo. Se detuvo al verme, como sorprendido, atónito, y se quedó mirando mi cara, mi cuello que asomaba de la camisa, mi pecho, mis piernas. Me preguntó algo, a lo que le respondí, como pude, que no hablaba en su lengua. Entonces me preguntó en alemán quién era y de dónde venía. Le respondí que era húngaro y estaba en la sala seis. Entonces me dijo, acompañando sus palabras con movimientos del dedo índice: «Du: warten hier. Ik: wek. Ein moment zurückk. Verhstehen?» [Tú esperar aquí. Yo fuera. Un momento volver. ¿Comprender?]. Contesté que sí, que esperaría. Se fue y, cuando regresó, me encontré en posesión de un cuarto de pan y una pequeña lata de conserva abierta pero intacta de jamón. Levanté la vista para agradecérselo pero sólo vi la puerta que se cerraba tras él. Al regresar a mi habitación, al tratar de describírselo a Pietka, él supo enseguida que se trataba del Pfleger de la sala siete, la que estaba inmediatamente después de la nuestra. Me dijo su nombre, y yo entendí Baúsch, pero creo que en realidad era Bohús. Lo mismo me dijo mi vecino, porque en nuestra habitación rotaban los enfermos. En la litera de arriba, por ejemplo, ya no estaba el enfermo que había en el momento de mi llegada. Pietka se lo había llevado y lo había sustituido por un chico de mi edad, de mi raza, como me enteré, y de nacionalidad polaca, cuyo nombre, cuando lo pronunciaban Pietka o Zbisek, me sonaba como Kuhalski o Kuharski, siempre con el «harski» articulado más fuerte, más acentuado. A veces le gastaban bromas y le tomaban el pelo porque se enfadaba, lo que yo podía advertir por su hablar rápido y nervioso y porque me caían pequeños trozos de paja por las rendijas de las tablas de madera, para mayor regocijo de todos los polacos de nuestra habitación. A mi lado, a la cama del enfermo húngaro, también llegó alguien, un muchacho, pero yo no veía bien qué clase de muchacho era. Se entendía de maravilla con Pietka, pero mis oídos expertos me decían que no era polaco. No contestó ninguna de mis preguntas en húngaro; sin embargo, por su pelo corto, rojizo y las pecas de su cara bastante gordita, por sus ojos azules que parecían escrutarlo todo, me pareció sospechoso desde el primer momento. Mientras se acomodaba distinguí, en la parte interior de su muñeca, una señal azul: un número bastante largo de Auschwitz.

Una mañana se abrió la puerta y entró Bohús para dejar su ración ya acostumbrada de pan y la lata de jamón sobre mi cama, cosa que hacía un par de veces a la semana. Se marchó enseguida, sin darme siquiera tiempo para agradecérselo, tras saludar a Pietka con un gesto de la cabeza. Entonces me enteré de que aquel chico hablaba húngaro tan bien como yo puesto que me preguntó: «¿Quién es ése?». Le contesté que era el Pfleger de la otra sala, un tal Baúsch, a lo que me corrigió: «Debe de ser Bohús», un nombre bastante común en Checoslovaquia, su país de origen. Le pregunté que por qué no había hablado en húngaro antes, y él me respondió que porque no le caían muy bien los húngaros. Reconocí que tenía razón y que a mí tampoco me caían especialmente bien. Entonces me propuso que habláramos en el idioma de los judíos, pero tuve que confesarle que no lo hablaba, así que nos quedamos con el húngaro. Al oír que su nombre era Luiz o Loiz o algo parecido, yo deduje: «O sea, Lajos», pero él protestó diciendo que Lajos era un nombre húngaro y que él era checo, y me lo repitió otra vez: Loiz. Le pregunté cómo había aprendido tantos idiomas y me contó que era de las Tierras Altas, una región de donde habían huido ante «la invasión de los húngaros», con su familia y amigos; entonces recordé el día en que en casa nos habíamos enterado por los desfiles, banderas, música y festejos de que «las Tierras Altas eran otra vez húngaras». Había llegado al campo de concentración desde «Terezin» y añadió: «Tú seguramente lo conoces por Theresienstadt». Al decirle que no lo conocía se extrañó bastante, como yo solía extrañarme antes cuando me encontraba con alguien que no conocía la aduana de Csepel. Me lo aclaró: «Es el gueto de Praga». Mi vecino podía conversar sin dificultad, aparte de con los húngaros y los checos, con los judíos y con los alemanes, eslovacos, polacos, ucranianos y hasta con los rusos si hacía falta. Al final nos hicimos bastante amigos, y yo le conté, puesto que quería saberlo, cómo había conocido a Bohús, después de mis primeras experiencias e impresiones, mis pensamientos del primer día sobre nuestra habitación. Él lo encontró todo tan interesante que se lo tradujo a Pietka, a quien le hizo mucha gracia; también le contó lo de mi susto con el enfermo húngaro y él me tradujo la respuesta de Pietka, según la cual había sido una casualidad que aquel hombre muriera justo en aquel momento y otras cosas más. Me resultaba molesto que empezara todas sus frases diciendo «ten magiar», o sea, «ese húngaro» dice eso o dice lo otro, pero Pietka no hacía caso de ese apodo que casi se me pegó. También me di cuenta de que él cumplía otras tareas, bastante largas, pero yo no pensaba en nada en concreto, no me imaginaba nada, hasta que un día regresó con pan y una lata de jamón, que estaba claro procedían de Bohús. Entonces sí me sorprendí -de manera poco lógica, lo reconozco-, pues me contó que se había encontrado con él por casualidad en los lavabos, igual que yo. A él también le había hablado, igual que a mí, y todo lo demás ocurrió de la misma forma. La única diferencia había sido que él sí había podido hablar con él, y habían descubierto que eran compatriotas, con lo cual Bohús se alegró muchísimo; eso era natural, opinaba, y yo también tuve que reconocerlo. Todo eso, desde un punto de vista lógico, parecía comprensible, claro y admisible, y estaba totalmente de acuerdo, con la excepción de su última frase: «Me tendrás que perdonar por haberte quitado a tu amigo», de lo que deduje que en adelante le correspondería a él, y no a mí, lo que hasta entonces había sido para mí, y yo tendría que mirarlo comer, como él me había mirado a mí. Me sorprendí bastante cuando un minuto después entró Bohús y se paró junto a mi cama. Desde entonces, sus visitas siempre eran para los dos. Traía una ración para cada uno, o una para los dos, según pudiera, me imagino, pero en este último caso nunca se olvidaba de advertirnos con un gesto de la mano que lo repartiésemos como hermanos. Siempre venía con prisa, no tenía tiempo que perder; su cara reflejaba estar ocupado, incluso preocupado a veces, y en otras ocasiones furioso, casi rabioso -como alguien que tiene una doble preocupación que afrontar, un peso doble que llevar sobre los hombros, y no puede hacer otra cosa que llevarlo, ya que le ha caído encima-. Lo único que pude pensar era que él también encontraba cierto placer en el asunto, lo necesitaba, era su método, por decirlo de alguna manera; no podía encontrar otra razón diferente, si teníamos en cuenta los problemas que planteaba la adquisición, el precio y la gran demanda de productos tan difíciles de encontrar: lo mirase como lo mirase no podía haber otra razón. Entonces comprendí más o menos a esos hombres porque con toda mi experiencia acumulada no podía tener dudas. Yo conocía bien aquel método: en última instancia era el mismo recurso de la terquedad, aunque en una forma más compleja y difícil, la más eficaz de todas las que yo había conocido, y para mí, por supuesto, era en aquel momento la forma más útil de la terquedad.

Puedo decir que con el tiempo uno se acostumbra hasta a los milagros. Empecé a bajar a la consulta -si el médico me lo ordenaba por la mañana- con mis propios pies, descalzos, echándome la manta por encima de los hombros. El aire fresco descubría, entre tantos olores conocidos, un goce nuevo: era la primavera que llegaba. Un día, al regresar, me fijé en que desde el barracón gris contiguo al nuestro, aunque al otro lado de la valla, unos hombres con uniforme de preso sacaban un carro grande, con neumáticos, que parecía un carruaje de los que se enganchan a los tractores. De la carga del carro asomaban algunas extremidades amarillas y secas, congeladas. Me envolví mejor en mi manta para no resfriarme y traté de llegar lo más pronto posible a la habitación, donde después de limpiarme un poco los pies me acosté otra vez en mi cama, cómodamente.

Cuando regresaba de la consulta solía conversar con mi vecino; como el otro ya se había ido, «nach Hause», ahora era un hombre maduro, de nacionalidad polaca el que ocupaba su lugar. Me entretenía mirando lo que había para ver, oía las órdenes procedentes del aparato que había en la pared, y puedo decir que sólo con eso y con un poco de imaginación podía seguir el curso de los acontecimientos y tener una idea cabal de todo desde mi cama; podía tener presentes todos los colores, olores y sabores del campo, todos los trajines, desde la primera hasta la última hora, y todavía más. Como el «Friseure zum Bad, Friseure zum Bad», que sonaba varias veces al día, y cada vez más a menudo, indicando que acababa de llegar un nuevo transporte. Otra frase que se repetía era: «Leichenkommando zum Tor», o sea, «transportadores de cadáveres a la puerta», y, si se pedían refuerzos, se daban más datos sobre la calidad y la cantidad del transporte. Ese anuncio siempre se acompañaba de otro, que informaba que los «Effekten», los trabajadores del almacén, también tenían que presentarse en sus puestos, a veces «im Laufschritt», a marchas forzadas. Por el contrario, si pedían zwei [dos] o vier [cuatro] Leichnamträger [camilleros], por ejemplo «mit einem» o «zwei Tragbetten sofort zum Tor» [Dos camillas a la puerta. ¡Rápido!] era seguro que se había producido un accidente individual, en el trabajo, en un interrogatorio, en el sótano, en el desván o quién sabe dónde. Me enteré de que el «Kartoffelschäler», es decir, el destacamento de peladores de patatas, hacía turno de día y también de noche, y de muchas cosas más.

Cada tarde, exactamente a la misma hora se oía un mensaje misterioso: «Elá zwo, Elá zwo aufmarschieren lassen», que al principio me causó muchos quebraderos de cabeza. Sin embargo, era sencillo, pero me costó mucho trabajo, hasta que con el silencio solemne, enorme, digno de una iglesia, oía las órdenes de mando «Mützen ab!» y «Mützen auf!» [¡Quitaos las gorras! ¡Poneos las gorras!] acompañadas a veces de música, y entonces lo comprendí: fuera, en el campo se llevaba a cabo el recuento vespertino, «aufmarschieren lassen» seguramente significaba formar filas, «zwo» era «zwei» [dos] y «elá» probablemente era L.Ä, o sea Lagerältester, lo que indicaba que en Buchenwald había Lagerältester primero y segundo; no me pareció extraño, tratándose de un campo tan grande donde se acababa de asignar el número noventa mil, según me había enterado.

Gradualmente se producía el silencio en nuestra habitación. Zbisek se marchaba si había estado de visita, Pietka echaba el último vistazo, y apagaba la luz con su habitual «dobrá noc». Entonces buscaba la postura más cómoda que mi cama y mis heridas me permitían, me cubría hasta las orejas con la manta y me dormía enseguida, libre de preocupaciones: no podía desear nada más, en un campo de concentración no podía tener más.

Sólo dos cosas me preocupaban un poco. En primer lugar mis dos heridas: allí estaban, ardientes, rojas, en carne viva, si bien ya con unas pequeñas costras que se empezaban a formar en los bordes, costras oscuras; el médico ya no me ponía gasa y pocas veces me llamaba a la consulta; cuando lo hacía, terminaba enseguida y la expresión de su cara era de satisfacción, lo que a mí me causaba inquietud. Mi otra preocupación tiene que ver con un acontecimiento por otra parte muy feliz, no lo niego. Cuando Pietka y Zbisek, por ejemplo, interrumpían su conversación, se quedaban callados y pedían silencio a todos, yo también oía aquellos ruidos bruscos y lejanos, como si unos perros estuvieran ladrando a lo lejos. Al otro lado del biombo, se oían ruidos en la habitación de Bohús, últimamente muy animada; sus conversaciones se oyeron hasta bien entrada la noche. El ruido de las sirenas era un acontecimiento que se repetía a diario, y a menudo nos despertaba por la noche la voz del aparato: «Crematorios, ausmachen!», y luego más fuerte: «Crematorios, sofort ausmach´n!», lo que significaba que no querían que las llamas atrajeran la atención de los aviones.

No sé cuándo dormían los barberos; delante de las duchas -según me contaron- se formaban colas tan largas que los recién llegados pasaban a veces dos o tres días, desnudos, antes de entrar; el Leichenkommando -lo oigo- no paraba jamás. En nuestra habitación ya no quedaban camas libres y, junto con los casos de abscesos y las heridas por corte, el otro día llegó un muchacho húngaro con una herida de bala, que ocupó una de las camas de enfrente. Había recibido el disparo durante una marcha de varios días, procedente de un campo llamado Ohrdruf, si entendí bien, un campo provinciano parecido al de Zeitz; venían esquivando al enemigo, el ejército norteamericano, y la bala -en realidad- iba destinada a otro hombre que caminaba a su lado y se estaba quedando retrasado, pero le dieron a él en la pierna. «Por suerte -me dijo- la bala no me ha tocado hueso.» Yo pensé entonces que a mí no me podría ocurrir eso, pues en mis piernas ya no quedan más huesos para balas o cualquier otra cosa. Enseguida se supo que el muchacho sólo llevaba en un campo de concentración desde el otoño, y tenía el poco elegante número, según la jerarquía de nuestra habitación, de ochenta y tantos mil.

Comencé a recibir noticias confusas e inquietantes y a percibir cambios inminentes. Pietka pasaba, a veces, preguntándonos a todos, a mí también, si podíamos andar, caminar. Yo le contesté: «Nie, nie. Ich kann nicht» [No, no. No puedo], y él respondió: «Doch, doch, du kannst» [Sí, sí. Sí puedes], y a continuación puso mi nombre en una lista, como los de todos los de la habitación, incluido el de Kuharski, que tiene las dos piernas hinchadas llenas de cortes paralelos, que parecen bocas abiertas.

Otra noche oí -acababa de comerme el pan- por los altavoces: «Alle Juden im Lager sofort antreten» [Todos los judíos del campo, ¡formar filas inmediatamente!]. Era una voz tan potente que yo me incorporé en la cama sin tardanza. «¿Qué haces?», me preguntó Pietka con cara de curiosidad. Le señalé el aparato, pero él, como siempre, sólo sonrió mientras gesticulaba con las dos manos: tranquilo, no pasa nada ¿a qué viene tanta prisa?

Los altavoces no cesaban de transmitir noticias, incluso por la noche; entre los ruidos típicos de la transmisión, hasta llamaban al Lagerschultz, convocaban al trabajo a los miembros equipados con porras del destacamento de mando del campo; tampoco parecían estar satisfechos con eso, porque llamaban también -yo apenas podía oírlo sin temblar- al jefe del Lagerältester y al del Lagerschultz, las dos máximas autoridades del campo. Otras veces se oían preguntas y reproches: «Lagerältester! Aufmarschieren lassen [¡Encargado! ¡Que desfilen!], Lagerältester! Wo sind die Juden?» [¡Encargado! ¿Dónde están los judíos?]. El aparato seguía llamando, transmitiendo órdenes, con los mismos ruidos de siempre, pero Pietka, como si no oyera nada, sólo hacía un ademán despreciativo con la mano y decía: «Kurvá jego máti!». Me conformaba pensando que él sabía más que yo, y seguía durmiendo tranquilamente.

Si por la noche las cosas no habían salido bien, a la mañana siguiente nos llamaban a todos: «Lagerältester! Das ganze Lager: antreten!». A continuación se oían ruidos de motocicletas, ladridos de perros, disparos, golpes, ruido de piernas a la carrera y botas que corrían detrás; entonces comprobábamos que hasta los soldados -si lo querían- eran capaces de dirigir las operaciones y que con las protestas no se conseguía nada. Y, de pronto -quién sabe cómo-, volvía otra vez el silencio. El médico llegaba inesperadamente, aunque ya hubiera llevado a cabo la visita de la mañana como si en realidad no ocurriera nada, como de costumbre. Ya no era tan reservado ni tenía tan buen aspecto como antes: su cara parecía cansada, su bata estaba llena de manchas, sus ojos inyectados en sangre; miraba hacia todas partes, obviamente buscando una cama libre. «Wo ist der, der, mit dieser kleinen Wunde hier?» [¿Dónde está aquél, aquel que tenía una pequeña herida?], le preguntó a Pietka, haciendo un gesto indefinido a la altura del muslo y de la cadera y recorriendo con la mirada todas las caras, entre ellas la mía; creo que no me reconoció, aunque enseguida volvió a mirar a Pietka, como esperando una respuesta por su parte, delegándole la responsabilidad. No dije nada, aunque ya estaba preparándome para levantarme, vestirme e irme fuera, al caos; entonces observé, con gran sorpresa, que Pietka -al menos, por la expresión de su cara- parecía no tener la menor idea de quién era el individuo en cuestión. Después de unos momentos de inseguridad, se le iluminó el rostro, como si se hubiera dado cuenta de algo de repente, y dijo: «Ach… ja» [Ah… sí], señalando al muchacho de la herida de bala. El médico pareció quedarse tranquilo y haber resuelto su problema. «Der geht sofort nach Hause!» [Debe irse a casa inmediatamente], dijo. Entonces ocurrió algo muy extraño, casi indecente, algo que yo no había visto hasta entonces en nuestra habitación y que apenas podía contemplar sin sentirme molesto, casi avergonzado. El muchacho de la herida de bala primero se levantó de la cama y juntó sus dos manos delante del médico, como si fuera a rezar. Éste se echó hacia atrás, sorprendido, y, entonces, el chico se abalanzó sobre él, a sus pies, agarrándole las piernas con las dos manos. Luego sólo vi el movimiento relampagueante del médico y oí el sonido que siguió: la bofetada. Imaginé su indignación aunque no pudiera comprender las palabras que pronunció al apartar el obstáculo del camino. Luego salió deprisa, con la cara aún más roja y enojada que de costumbre. A la cama vacía llegó un enfermo nuevo, otro muchacho, con una venda que permitía apreciar claramente que no tenía ni un solo dedo en los pies. Cuando Pietka estuvo a mi lado, susurré: «Ginkule, Pietka» y él me preguntó: «Was?» [¿Qué?], a lo que yo respondí: «Aber früher, vorher…» [Pues hace un momento]. Por su expresión ingenua, ignorante y sorprendida advertí que debía de haber metido la pata, pues había cosas que uno tenía que asumir por sí mismo. Sin embargo, consideré que aquello había sido justo por varias razones: yo llevaba más tiempo en la habitación; él estaba en mejores condiciones que yo; él tendría, no cabía duda -por lo menos para mí-, más posibilidades que yo allí fuera y, por último, me resultaba más fácil aceptar que fuera él quien sufriera una situación desfavorable. Ésa fue mi conclusión. Analizara el tema como lo analizara, ésa era la conclusión.

Dos días más tarde se rompió una ventana y una bala perdida se incrustó en la pared de enfrente. Ese mismo día mucha gente sospechosa visitó a Pietka, y él también se ausentó durante largos ratos y en repetidas ocasiones, hasta que regresó por la noche con un bulto alargado, envuelto en un trapo. Me pareció que era una sábana, pero al ver un mango, pensé que sería una bandera blanca. Lo era, efectivamente, pero envolvía algo, algo que nunca había visto en manos de un preso, algo que toda la habitación recibió con entusiasmo y admiración cuando Pietka nos lo enseñó a todos durante unos segundos con una sonrisa, abrazándolo sobre su pecho, antes de guardarlo debajo de su cama. Tuve una sensación como si se tratara de un regalo valioso y esperado en el árbol de Navidad. Era un objeto de madera y de metal: un rifle; recordé la palabra de mis lecturas favoritas, los libros de criminales y detectives.

El día siguiente también fue agitado, pero quién podría acordarse de cada día, de cada acontecimiento. Una cosa es cierta: la cocina funcionó hasta el final según el orden establecido y el médico también más o menos puntual.

Una mañana, poco después del café, se oyeron pasos rápidos por el pasillo, luego un grito, como una voz de llamada, a lo que Pietka sacó el paquete de su escondite y desapareció con él. Más tarde, alrededor de las nueve, el aparato llamó por primera vez a los soldados y no a los presos: «Zu allen der SS Angehörigen» y hasta dos veces seguidas: «Das Lager sofort zu verlassen», indicando que abandonaran el territorio del campo inmediatamente. Luego oí disparos, como si fuera se estuviera entablando un combate, se acercaban y se alejaban; a veces los oía tan cerca que parecían proceder de la misma habitación donde me encontraba, y luego se alejaron definitivamente. Se hizo el silencio, demasiado silencio; por más que intentara oír, no logré distinguir los ruidos relacionados con la comida, como las llamadas de los que llevaban la sopa, ni en la hora habitual de la sopa, ni después. Eran alrededor de las cuatro de la tarde cuando se oyó un ruido procedente del aparato y poco después una voz anunció que era el Lagerältester, el Lagerältester al habla. «Kameraden [Camaradas] -dijo, luchando evidentemente con sus emociones que lo dejaban sin habla o, al contrario, agudizaban su voz- wir sind frei!» [somos libres]. Pensé que, según eso, el Lagerältester también compartía las opiniones de Pietka, Bohús, el médico y los demás, y que por eso había anunciado el acontecimiento justamente él y con tanta alegría. Luego siguió un discurso breve, bien pronunciado; después otros en distintos idiomas: «Attention! Attention!», dijeron en francés, «Pozór! Pozór!» en checo, «Nimánie, nimánie, ruski tovarischi nimánie!», en ruso. Un tono melodioso me trajo un recuerdo agradable, el idioma que hablaban los hombres del destacamento de la ducha a mi llegada: «Uvaga! Uvaga!» [¡Atención! ¡Atención!]. Al instante el enfermo polaco se sentó en su cama y nos dijo en húngaro: «¡Honor a los comunistas polacos!»; sólo entonces recordé las vueltas que había estado dando en la cama aquel día. Para mi sorpresa, de repente oí en húngaro: «¡Atención, atención! La comitiva de los húngaros del campo…». Ni siquiera imaginaba que existiera tal cosa. Por mucho que escuchara, siempre hablaban de lo mismo, la libertad, pero no decían ni una palabra de la sopa. Yo estaba, por supuesto, muy contento de que fuéramos libres, pero no podía evitar pensar que el día anterior no había ocurrido nada por el estilo pero teníamos sopa.

La tarde de abril comenzaba a oscurecer cuando volvió Pietka, con la cara colorada, muy contento, con mil noticias. Por el aparato se volvió a oír la voz del Lagerältester. Esta vez llamaba a los miembros del Kartoffelschälerkommando para que ocuparan sus sitios en la cocina, y pedía a los habitantes del campo que no se durmieran puesto que se estaba preparando una sopa «gulasch» para todos. Entonces me recosté, aliviado, sobre mi almohada, y algo se relajó poco a poco en mi interior. Al fin yo también pude pensar -por primera vez en serio- en la libertad.