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3

El otro día me ocurrió algo extraño. Me levanté temprano por la mañana para ir al trabajo. El día se anunciaba caluroso y, como siempre, el autobús estaba lleno de gente. Ya habíamos dejado atrás las últimas casas de los suburbios, al cruzar el pequeño puente que lleva a la isla de Csepel. El camino sigue entonces por una zona descampada; a la izquierda hay un edificio bajo parecido a un hangar, y a la derecha, unos invernaderos dispersos entre las huertas; al llegar allí el autobús frenó de repente. Alcancé a oír retazos de una voz que, desde fuera, mandaba apearse del autobús a los judíos que se encontraban en él. «Seguramente será para revisar los pases de frontera y los permisos», pensé.

Efectivamente, ya en la carretera me encontré frente a un policía. Sin decir una palabra, le entregué inmediatamente mi pase. Él, sin embargo, hizo primero un gesto brusco con la mano para que el autobús prosiguiera su camino. Sospeché que quizá no hubiese visto bien mis papeles, y me puse a explicarle que, como él mismo podía ver, trabajaba en una empresa militar y, no podía perder el tiempo. Pero entonces todo se llenó de voces y, de repente, me vi rodeado por mis compañeros de trabajo de la refinería. Se habían escondido detrás del terraplén, después de que el policía los había hecho bajar de otros autobuses anteriores, y ahora se reían de mi llegada. Hasta el policía sonrió, como alguien que también participa en una broma. Me di cuenta de que él no tenía nada contra nosotros, claro, qué podía tener. Le pregunté a los muchachos qué era aquello pero tampoco sabían nada.

El policía detuvo todos los autobuses que llegaron de la ciudad, y lo hizo desde cierta distancia, dando un paso hacia delante y levantando la mano al mismo tiempo; a todos los que iban bajando los mandaba esconderse detrás del terraplén. La misma escena se repitió una y otra vez: primero la sorpresa de los recién llegados, que luego se transformaba en risas. El policía parecía satisfecho. Con todo aquello había pasado un cuarto de hora, más o menos. Era una clara mañana de verano. Al tumbarnos en nuestro escondite, detrás del terraplén, sentíamos que el sol había calentado ya la tierra. Desde lejos, entre vapores azules, se distinguían perfectamente los grandes depósitos de la refinería de petróleo. Más allá, con menor claridad, se divisaban las chimeneas de otras fábricas, y todavía más allá la torre de una iglesia. De los autobuses siguieron bajando más y más muchachos; unos venían en grupo, otros solos. Llegó uno de los más populares, un chico vivaracho, con pecas y el pelo negro, muy corto, al que llamábamos Curtidor, porque, a diferencia de la mayoría de nosotros que veníamos de escuelas generales, él había estudiado ese oficio. También llegó el Fumador, que casi siempre tenía un cigarrillo en la boca. Es verdad que los otros también fumaban, yo mismo para no quedarme atrás, lo había probado también, pero él fumaba de otra manera, como con un ansia insaciable. Sus ojos también tenían una expresión extraña, ansiosa. Era callado y reservado y no gozaba de mucha simpatía en el grupo. Un día me atreví a preguntarle qué encontraba de bueno en fumar tanto, y su respuesta fue realmente escueta: «Es más barato que la comida». Me sorprendí un poco, nunca hubiera imaginado que aquélla fuera la razón. Pero más me sorprendió su mirada burlona e irónica al advertir mi asombro. Como me resultó muy desagradable, no le pregunté nada más. Sin embargo, comprendí por qué los demás mostraban desconfianza hacia él.

Todos saludaron con alegría a otro muchacho que llegaba, al que llamaban el Suave. El nombre era muy acertado: tenía la tez suave, el pelo oscuro, lacio y brillante, los ojos grandes y grises, y en general todo su ser desprendía una suave atracción; más tarde me enteré de que el apodo incluía también un segundo significado: era muy popular entre las muchachas, a las que solía tratar con suavidad. También llegó Rozi en otro de los autobuses; su verdadero apellido es Rózenfeld, pero todos lo llamamos de esta forma abreviada. Por alguna razón, goza de autoridad entre los muchachos, y normalmente nos mostramos de acuerdo con sus indicaciones en las cuestiones que nos conciernen a todos; también suele representar nuestros intereses ante el capataz. Rozi, según pude saber, estudia en un instituto mercantil. Con su cara de expresión inteligente, aunque demasiado alargada, su cabello rubio ondulado y sus ojos azules, que miran fijamente, se parece a aquellas viejas pinturas de los museos que llevan títulos como Retrato de un infante con galgo y cosas así. También llegó Moskovics, un muchacho bajito, de rostro simple, casi feo, nariz ancha y chata, que para colmo lleva gafas de gruesos cristales, parecidos a prismáticos, como mi abuela… y así fueron llegando todos.

En general, las opiniones coincidían con la mía: algo raro ocurría, aunque seguramente se trataría de un error. Rozi, animado por algunos de los muchachos, fue a preguntarle al policía si no tendríamos problemas por llegar tarde al trabajo y cuándo tenía la intención de dejarnos ir a cumplir con nuestros deberes. El policía no se enojó en absoluto con la pregunta pero respondió que no dependía de él, ni de sus decisiones. Él tampoco sabía mucho más que nosotros; mencionó unas «últimas órdenes» que reemplazarían a las vigentes. De momento sólo teníamos que esperar, tanto él como nosotros. Aunque el panorama no era muy claro, nos pareció que sonaba bastante aceptable. De todas formas, a los policías había que obedecerles. Con nuestros pases con el sello de la autoridad de una empresa militar en su poder, no veíamos razón alguna para tomarnos al policía demasiado en serio. Él, por su parte, tenía ante sí a «unos muchachos inteligentes» que, según añadió, seguramente seguirían comportándose «con disciplina»; al parecer le caíamos bien. Él también parecía simpático; era un hombre bajito, ni joven ni viejo, con la cara curtida por el sol y los ojos muy claros y limpios. Su acento me hizo pensar que era de origen provinciano.

Eran las siete, la hora de empezar el trabajo en la refinería. De los autobuses ya no bajaban muchachos, y entonces el policía nos preguntó si faltaba alguno. Rozi nos contó y le dijo que estábamos todos. El policía opinó que no podíamos seguir esperando allí, al lado de la carretera. Parecía preocupado, y yo tuve la sensación de que él estaba tan poco preparado para estar con nosotros como nosotros para estar con él. Llegó un momento que incluso nos preguntó: «Bueno, ¿ahora qué hago yo con vosotros?». Evidentemente no podíamos ayudarle. Lo rodeamos con desenfado, riéndonos, como si se tratara de nuestro tutor en una excursión. Él permaneció en medio del grupo, pensativo, acariciándose la barbilla. Finalmente, nos propuso que fuéramos a las oficinas de la aduana.

Lo acompañamos a un edificio de un solo piso, destartalado y solitario, que se encontraba bastante cerca de la carretera, en el que en un letrero medio caído podía leerse «Oficinas de Aduana». El policía sacó un manojo de llaves tintineantes y escogió la que abría la puerta. Una vez dentro, nos encontramos en una sala amplia, agradablemente fresca, aunque casi desierta, con unos bancos y una larga mesa desgastada por el uso.

El policía abrió otra puerta que conducía a una especie de despacho. Por la rendija observé que dentro había una alfombra y un escritorio con teléfono. Oímos que el policía hacía una llamada pero no pudimos entender sus palabras. Creo que trataba de acelerar la llegada de alguna nueva orden porque, cuando salió, después de cerrar la puerta cuidadosamente tras él, se dirigió a nosotros: «Nada, no se puede hacer nada, hay que esperar». Nos animó a que nos acomodáramos y nos preguntó si conocíamos algún juego para pasar el rato. Uno de los muchachos, si no recuerdo mal, el Curtidor, propuso el calientamanos. Al policía no le pareció buena idea y añadió que esperaba algo más de «unos muchachos tan inteligentes». Se pasó un rato bromeando con nosotros; yo tuve la sensación de que se esforzaba en entretenernos, quizá para que no tuviéramos ocasión de mostrarnos indisciplinados, como había mencionado en la carretera. Realmente, no parecía muy puesto en sus obligaciones. Pronto nos abandonó, no sin antes mencionar que tenía cosas que hacer. Cuando se fue, oímos que cerraba la puerta por fuera.

Lo que ocurrió a partir de entonces no puedo relatarlo con tantos detalles. La espera fue interminable. De todas maneras, no teníamos prisa alguna, al fin y al cabo no estábamos perdiendo nuestro tiempo. Todos coincidíamos en que estábamos mejor allí que sudando en el trabajo. En la refinería apenas había sombra. Rozi había conseguido convencer al capataz para que nos dejara trabajar sin camisa. Es verdad que no era totalmente reglamentario, puesto que de esta manera no se podían ver nuestras estrellas amarillas, pero el capataz lo permitió por simpatía. Sólo la piel blanca como el papel de Moskovics sufrió las consecuencias: su espalda se puso roja como el tomate y nos reímos mucho cuando se quitaba los pellejos quemados por el sol.

Recuerdo que nos acomodamos en los bancos y en el suelo pero no podría relatar exactamente cómo pasamos el rato. Contamos chistes, fumamos y comimos bocadillos. También nos acordamos del capataz, diciéndonos que seguramente le habría sorprendido el hecho de que ninguno de nosotros hubiera acudido al trabajo. Uno de los muchachos sacó unos guijarros y nos pusimos a jugar al «toro». El juego consistía en lanzar un guijarro bien alto, al aire, y recoger el mayor número posible de los otros, que se dejaban en el suelo, antes de volver a agarrar el primero. El Suave, con sus largos dedos finos, ganaba todas las partidas. Rozi nos enseñó una canción que cantamos varias veces. La gracia estaba en que las palabras, siendo las mismas, se podían traducir a tres idiomas distintos, según la terminación añadida: con es suena a alemán, con io a italiano y con taki a japonés. Claro está, no eran más que tonterías pero a mí me divertían.

Reparé entonces que fuera había varios adultos, que, como nosotros, habían llegado en autobuses y se habían visto obligados a bajar de ellos. Comprendí que el policía, durante su ausencia, había estado haciendo lo mismo que por la mañana. Se habían juntado unas siete u ocho personas, todos hombres. Éstos le daban más trabajo al policía: decían no comprender, sacudían la cabeza, daban explicaciones, enseñaban sus papeles, lo importunaban con preguntas. A nosotros también nos preguntaron quiénes éramos y de dónde veníamos. Luego, permanecieron juntos. Les dejamos un par de bancos; unos se sentaron y otros se quedaron de pie. Hablaban de muchas cosas pero yo no les prestaba casi atención. Intentaban adivinar qué razones tenía el policía para actuar de aquella forma y las posibles consecuencias de los acontecimientos. Al parecer, sus opiniones eran muy diversas y dependían, según pude entender, de los documentos que cada uno llevaba; todos ellos disponían de algún papel que demostraba su autorización para ir a Csepel, algunos por asuntos particulares, otros por razones de «utilidad pública», como nosotros.

Entre todos ellos, uno me llamó la atención. Ajeno a las conversaciones de los demás, se dedicó a leer un libro que traía. Era un hombre muy alto y delgado con una gabardina amarilla. Tenía barba de varios días y una boca fina entre unas pronunciadas arrugas que dibujaban en su rostro una expresión de tristeza. Estaba sentado en un extremo del banco, al lado de la ventana, con las piernas cruzadas, dándoles la espalda a los demás. Quizá por eso tuve la sensación de que parecía un experimentado viajero, sentado en un tren cualquiera, que consideraba inútiles las palabras, las preguntas o el contacto habitual entre casuales compañeros de viaje, y que soportaba la espera con resignación, hasta que llegáramos a nuestro destino.

Ya a media mañana, me había llamado la atención otro hombre mayor, de buen aspecto, bastante calvo y de cabello plateado en las sienes, que entró allí sin dejar de protestar. También preguntó si había teléfono y si podía hacer una breve llamada. El policía le informó que lo lamentaba pero que el aparato «sólo podía ser utilizado para el servicio». Con una mueca de disgusto, el hombre se calló.

Más tarde respondió a las preguntas de los demás, y me enteré de que, como nosotros, también pertenecía a una de las fábricas de Csepel; nos dijo que era un «experto» aunque no precisó en qué. En general, se mostraba muy seguro de sí mismo y, según mi parecer, su opinión era similar a la nuestra, sólo que a él la retención más bien le desagradaba. Observé que hablaba del policía con desdén, casi con desprecio. Dijo que el policía «probablemente obedecía una orden general» que «estaba ejecutando con demasiado empeño». Al mismo tiempo opinó que personas obviamente «más competentes» decidirían en el asunto y expresó su confianza en que eso ocurriría lo antes posible. Luego, no volví a oírle y hasta me olvidé de él. Por la tarde volvió a llamar mi atención; yo estaba también muy cansado y me di cuenta de su conducta impaciente: se sentaba, se volvía a levantar, cruzaba los brazos por delante y por detrás, miraba mucho el reloj…

Había otro hombrecito raro, de nariz pronunciada, que llevaba una mochila enorme, pantalones de golf y unas botas descomunales; hasta su estrella amarilla parecía más grande que las otras. Estaba muy preocupado y se quejaba continuamente de su «mala suerte». Lo recuerdo bien porque su historia -que repitió varias veces- era sencilla. Para poder visitar a su madre, «muy enferma», que vivía en un pequeño pueblo de la isla de Csepel, había conseguido un permiso especial de las autoridades. Lo tenía todo en orden y llegó incluso a mostrarnos los papeles. El permiso era válido para el día en cuestión, hasta las dos de la tarde. Sin embargo, le había surgido algo que «no permitía demora alguna», nos dijo, «un asunto de negocios». No tuvo más remedio que acudir a una oficina donde había mucha gente, con lo cual se retrasó. Aunque pensaba que ya no podría hacer el viaje, cogió el tranvía, a toda prisa, para llegar a la parada de donde salen los autobuses. Al llegar se dio cuenta de que no podría hacer el viaje de ida y vuelta en el plazo permitido y que era arriesgado partir. Sin embargo, en la parada estaba todavía el autobús de las doce. Entonces, según su explicación, pensó: «¡Con el trabajo que me ha costado conseguir el papel! Y mi pobre madre también me está esperando». Nos contó que su anciana madre les causaba muchos quebraderos de cabeza a él y a su mujer. Hacía tiempo que le rogaban que se fuera a vivir con ellos, a la ciudad, pero la madre se resistía, hasta que ya fue demasiado tarde. El hombre movía la cabeza de un lado a otro, mientras nos contaba que la pobre mujer sólo quería salvar su casa a cualquier precio «y no tiene siquiera cuarto de baño», observó. Pero tenía que aceptarlo, puesto que se trataba de su madre. La pobre era ya muy anciana y estaba enferma. Nos dijo que sentía que no debía desaprovechar la ocasión, que «no se lo podía permitir». Así pues, finalmente se decidió a subir al autobús. Al recordarlo, se calló un momento; levantó los brazos y los dejó caer, con un gesto de inseguridad, al tiempo que miles de arrugas dubitativas y minúsculas se dibujaron en su frente: parecía un roedor triste caído en una trampa.

Nos preguntó si pensábamos que todo aquello podría causarle algún problema; si tendrían en cuenta que él no habría sido el culpable de superar el límite de tiempo permitido. También le preocupaba lo que pensaría su madre al ver que no llegaba, y su mujer y sus dos hijos si no regresaba a casa a las dos. Por las miradas que le dirigía, me di cuenta de que esperaba la opinión del Experto, alguna frase de la boca de ese hombre tan respetable. Éste, sin embargo, no le hacía mucho caso; no dejaba de dar golpecitos con su cigarrillo en la tapa decorada con letras y arabescos de su pitillera de plata reluciente. Su expresión reflejaba recogimiento y concentración en algún pensamiento lejano; parecía no enterarse de nada. Entonces el otro se volvió a quejar de su mala suerte, diciendo que si hubiese llegado cinco minutos más tarde a la parada, ya no habría podido coger el autobús del mediodía ni ningún otro, y que por culpa de aquellos «cinco escasos minutos» estaba aquí, en lugar de en su casa.

También me acuerdo del hombre con cara de foca: era un individuo corpulento, con bigote negro y tupido, que llevaba gafas de montura dorada, y solicitaba «hablar en privado» con el policía. Cada vez que lo hacía, se apartaba de los demás y se retiraba junto a la pared o la puerta. «Señor comisario -decía con una voz ahogada y ronca-, ¿podría hablar con usted a solas?» También utilizaba la fórmula: «Por favor, señor comisario… sólo unas cuantas palabras, si me permite…». Finalmente logró que el policía le preguntara qué quería. Pero entonces él pareció dudar; sus ojos desconfiados recorrieron la sala desde detrás de sus gafas. Estaba cerca de mí, en un rincón de la sala, pero no oí sus palabras pronunciadas en voz baja: parecía explicar algo. Luego, con una sonrisa dulce, como de complicidad, se acercó al policía, primero un poco y después inclinándose totalmente sobre él. Hizo entonces un gesto extraño: parecía querer sacar algo de su bolsillo interior; como su gesto reflejaba cierta importancia, pensé que quería presentarle al policía algún papel o documento especial o adicional. No pude saber de qué se trataba, puesto que interrumpió el gesto, aunque no abandonó del todo su postura; la dejó como inacabada, olvidada, suspendida antes de llevarla a cabo. Su mano buscó, palpó y recorrió su pecho por fuera. Parecía una enorme araña peluda o, mejor aún, un pequeño monstruo marino intentando encontrar el camino para meterse en el interior del abrigo. Seguía hablando sin parar y no había abandonado su sonrisa. Todo duró unos cuantos segundos, nada más. Luego, el policía cortó la conversación con visible decisión, casi con enfado; aunque yo no comprendía exactamente qué pasaba, de alguna manera difícil de determinar tenía la sensación de que su comportamiento era, en cierta medida, sospechoso.

Apenas me acuerdo de las otras caras, de los otros acontecimientos. Según pasaba el tiempo, mis observaciones también se hacían menos agudas. Sin embargo, puedo afirmar que a nosotros, los muchachos, el policía nos seguía tratando con mucha simpatía. Con los adultos lo era menos, según pude apreciar. Por la tarde él también parecía ya agotado, como todos. Se pasaba el tiempo tomando el fresco con nosotros o encerrado en su despacho, sin hacer caso de los autobuses que iban pasando. A veces, oía que trataba de arreglar algo por teléfono y nos informaba del resultado. «No hay nada todavía», decía, con una expresión de desánimo. Recuerdo que poco después del mediodía llegó un compañero suyo, otro policía, quien aparcó su bicicleta junto al muro. Ambos se encerraron en el despacho durante un rato. Después salieron y se despidieron, estrechando sus manos durante unos segundos. No dijeron nada pero meneaban la cabeza y se miraban como lo hacían los comerciantes; yo los había observado en la oficina de mi padre, cuando hablaban de los tiempos difíciles y lo mal que marchaban los negocios. Comprendí enseguida que eso no era probable en el caso de los dos policías; sin embargo, su expresión me evocaba esos recuerdos: la misma desgana y la misma preocupación, la misma resignación frente a un destino irremediable. Luego, me venció el cansancio; sólo recuerdo que empecé a aburrirme y que tenía calor y sueño.

En resumidas cuentas, las nuevas órdenes llegaron alrededor de las cuatro. De acuerdo con ellas, teníamos que presentarnos ante la «autoridad suprema» para que revisaran nuestros documentos. Seguramente le habían informado por teléfono, puesto que desde su despacho habíamos oído sonidos y voces que delataban cierta prisa y algunos cambios. El aparato había sonado en repetidas ocasiones, y él también había telefoneado varias veces. Nos dijo que no le habían comunicado nada en concreto, pero que él pensaba que se trataría de alguna formalidad, dado que nuestra situación era, desde el punto de vista legal, tan clara y evidente.

Nos encaminamos hacia la ciudad en filas de tres, desde varios puntos a la vez, según comprobé más tarde. Al cruzar el puente, nos encontramos con otros grupos, más o menos numerosos, de personas, todas ellas con estrellas amarillas y acompañadas por uno, dos o incluso tres policías. Entre los acompañantes de uno de los grupos reconocí al policía de la bicicleta. Los policías hacían siempre el mismo saludo breve y oficial, como si hubiesen estado esperando los encuentros. Entonces comprendí el sentido de las llamadas telefónicas previas que habían mantenido ocupado a nuestro policía: seguramente habían estado calculando y ajustando los tiempos oportunos. Al final, descubrí que caminaba en medio de una multitud considerable, rodeada a cierta distancia por los policías.

Así marchamos por la carretera, durante bastante tiempo. Era una bonita y clara tarde de verano; las calles estaban como a esa hora solían estarlo, repletas de colorido y gente, aunque yo lo veía todo un poco borroso. Como íbamos por caminos y calles que no conocía bien me desorienté. Me llamaba la atención la multitud, las calles, el tráfico y, sobre todo, la dificultad para avanzar en filas cerradas, con lo que terminé cansándome muy pronto.

De todo aquel largo camino sólo recuerdo la curiosidad furtiva, poco decidida, casi vergonzosa que nuestro desfile provocaba en el público apostado en las aceras. Aquello me divirtió al principio, pero después perdí todo interés en seguir observándolos.

Avanzábamos por una concurrida avenida, en un barrio periférico en medio del fuerte ruido producido por el excesivo tráfico; sin saber cómo, de repente nos encontramos ante un tranvía. Nos vimos obligados a detenernos, para esperar que pasara, y entonces me fijé en el movimiento rápido de una prenda amarilla, más adelante, entre las nubes de polvo, el ruido y el gas de escape de los vehículos; era el Viajero. Un salto largo fue suficiente para que desapareciera entre el ir y venir de la gente y de los coches. Me quedé perplejo porque esa actitud no encajaba con su comportamiento anterior. Sentí también una sorpresa casi alegre por la sencillez de un acto: un par de hombres decididos lo siguieron sin titubear, entre la multitud. Miré alrededor, como si se tratara de un juego, ya que no veía razón alguna para escapar aunque hubiera tenido la ocasión de hacerlo. De todos modos, el sentimiento del honor resultó ser más fuerte y, cuando los policías establecieron el orden en nuestras filas, éstas se cerraron otra vez alrededor.

Seguimos andando. Entonces todo ocurrió con gran rapidez, de una manera inesperada y un tanto sorprendente. Tras doblar una esquina, tuve la sensación de que estábamos llegando a nuestro destino, porque el camino continuaba entre las dos hojas de un enorme portón abierto. Advertí que, en lugar de policías, nos acompañaban ahora otros hombres uniformados que parecían militares. Llevaban una pluma en la visera del gorro. Eran policías militares. Nos condujeron por laberintos de caminos, entre edificios grises, más y más adentro, hasta que llegamos a una enorme plaza con guijarros blancos, que parecía el patio de un cuartel.

Entonces apareció un hombre alto de aspecto imponente que se dirigió hacia nosotros desde un edificio contiguo. Llevaba botas altas y un uniforme ceñido, con estrellas doradas y un cinto de cuero que le cruzaba el pecho en diagonal. En una mano llevaba una pequeña fusta como las que se utilizan para montar a caballo, con la que golpeaba continuamente sus botas brillantes de charol. Un minuto más tarde, mientras esperábamos, inmóviles y formados en filas, comprobé que era un hombre bastante guapo, fuerte y atlético. Me recordó a los héroes de las películas: atractivo, con rasgos viriles y un fino bigote castaño, cortado impecablemente a la moda, que lucía de maravilla en medio de su rostro bronceado.

Cuando llegó a nuestra altura, el grito de «firmes» de los guardias nos paralizó a todos. De lo demás, sólo conservo dos fugaces impresiones. En primer lugar, la voz del hombre del látigo, que me sorprendió porque contrastaba con su cuidado aspecto, quizá fue por eso que no pude retener mucho de lo que decía. Comprendí, sin embargo, que esperaría hasta el día siguiente para proceder a «examinar» nuestros casos, según nos dijo. Luego se dirigió a los guardias y les ordenó, con una vozarrona que llenó todo el patio, que hasta entonces se llevaran a «toda esa banda de judíos» al sitio más apropiado para ellos, o sea los establos, y que nos encerraran allí durante la noche. Mi segunda impresión resultó del caos producido por los agudos gritos de los guardias, repentinamente espabilados, que trataban de sacarnos de allí. No sabía por dónde ir y sólo recuerdo que me entraron ganas de reír, por una parte debido a la situación inesperada, confusa y a la sensación de estar participando en una obra de teatro sin sentido, en la cual mi papel me era en parte desconocido y, por otra, por la breve visión que tuve de la cara de mi madrastra cuando se diera cuenta de que yo no llegaría a la hora de la cena.