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En el tren, lo que más escaseaba era el agua. La comida parecía suficiente para varios días, pero no teníamos nada para beber, y eso era muy desagradable. Los otros viajeros nos decían que se trataba de la primera sed, que pasaría pronto, incluso, que la olvidaríamos. Hasta que volviera a aparecer. Es posible aguantar seis o siete días sin agua, afirmaban los expertos, los que teniendo en cuenta el tiempo caluroso, siempre que se esté sano, que no se sude mucho y que no se coma carne ni especias. Por el momento, así nos animaban, todavía nos quedaba tiempo: todo dependía de cuánto durase el viaje, añadían.
La verdad es que esa cuestión me preocupaba. En la fábrica de ladrillos no nos habían dicho nada al respecto, sólo nos comunicaron que los que así lo desearan podían ir a trabajar, nada más y nada menos que a Alemania. La idea me pareció atractiva, a mí y a muchos de mis compañeros de fábrica. De todas formas, los hombres de un comité judío que llevaban sus cintas distintivas en el brazo, nos dijeron que, antes o después, de manera voluntaria u obligatoria, todos los que estábamos en la fábrica de ladrillos seríamos trasladados a Alemania, y los que fuéramos como voluntarios tendríamos la ventaja de obtener mejores puestos. Además, sólo viajaríamos sesenta en un vagón, mientras que más tarde lo harían por lo menos ochenta, debido al número insuficiente de trenes. Después de aquellas explicaciones, no tuve dudas con respecto a mi decisión.
Existían además otros argumentos en relación con la falta de espacio en la fábrica de ladrillos y todas sus consecuencias higiénicas, y los problemas de suministro de alimentos. Yo ya lo había sufrido en carne propia. Cuando nos trasladaron desde el cuartel militar Guardia Armada (algunos hombres advirtieron que se llamaba «Cuartel Andrássy») a la fábrica de ladrillos, ésta se hallaba ya repleta de gente. Se veían hombres y mujeres, niños de todas las edades e innumerables personas mayores de ambos sexos. Por donde pisara, tropezaba con mantas, mochilas, maletas y paquetes de todo tipo, sacos y otros bultos. Naturalmente, me cansé pronto: todo eso, todos los pequeños inconvenientes, disgustos y fastidios que, al parecer, implica la vida comunitaria. También contribuyeron a mi decisión la inactividad, la estúpida sensación de espera y el aburrimiento: de los cinco días que pasamos allí, no recuerdo ninguno en especial, y apenas conservo algunos detalles. Por supuesto, era un alivio que a mi lado estuvieran los muchachos: Rozi, el Suave, el Curtidor, el Fumador, Moskovics y todos los demás. Por lo que veía, no faltaba ninguno, todos habían sido honrados como yo. No tuvimos mucho trato personal con los guardias, quienes permanecían casi siempre al otro lado de la valla, junto con algunos policías. De estos últimos se decía que eran más comprensivos que los guardias, más humanos, claro está, a cambio de algo, materializado en dinero o cualquier objeto de valor. Por lo menos era eso lo que se comentaba. Más que nada se encargaban de enviar cartas o mensajes, aunque había quien decía que también habían colaborado en algunas fugas aisladas y arriesgadas; sobre esta última cuestión habría sido muy difícil conseguir datos más fiables. Fue entonces cuando comprendí lo que el hombre con cara de foca había estado hablando con el policía. Así me enteré también de que nuestro policía había sido honrado. Este hecho explicaría la circunstancia de que en mis andanzas por el patio o esperando en la cola delante de la cocina, en aquel bullicio de caras desconocidas, reconociera alguna que otra vez al hombre con cara de foca.
Entre la gente que había conocido en el edificio de la aduana, me volví a encontrar con el hombre de la «mala suerte». Acostumbraba sentarse con nosotros, «los jóvenes», para «levantar el ánimo». Había encontrado un lugar cerca de nosotros, en uno de los muchos edificios abiertos, sin paredes y con techo de paja, que originalmente habían servido para el secado de los ladrillos. El hombre parecía agotado, tenía chichones y huellas de golpes en la cara. Nos contó que todo ello era el resultado del interrogatorio al que lo habían sometido los guardias por haber encontrado alimentos y medicamentos en su mochila. En vano intentó explicarles que se trataba de objetos propios que pretendía llevar a su madre gravemente enferma; lo acusaron de comerciar con ellos en el mercado negro. De nada le valió el permiso, ni tampoco le sirvió haber sido un hombre honrado y respetuoso con las leyes hasta la última cláusula. «¿Puede alguno de ustedes decirme qué será de nosotros?», nos preguntaba. También volvió a mencionar a su familia y su mala suerte, por supuesto. Recordó el tiempo que había esperado hasta obtener el permiso y lo contento que estaba una vez lo hubo conseguido. Entonces empezó a mover la cabeza con amargura, repitiendo que nunca se habría imaginado que las cosas terminarían de esa manera; todo por cinco minutos. Si hubiera tenido mejor suerte… Si el autobús…, esas cosas repetía. Sin embargo, parecía estar contento con lo del castigo: «Yo estaba al final de la cola, quizás en eso haya consistido mi suerte porque ya andaban con prisa». Resumiendo, podía haber sido peor tratado, puesto que había visto «cosas peores» en el cuartel militar. Eso era verdad: yo también lo había visto.
Aquella mañana del interrogatorio en el cuartel nos habían advertido que no tratáramos de esconder nuestros crímenes y pecados, nuestro oro, dinero u objetos de valor. Yo también, al llegar frente al escritorio, tuve que entregarles lo que llevaba, el dinero, el reloj, la navaja, todo. Un guardia corpulento me cacheó, con movimientos rápidos y expertos, desde la axila hasta donde me cubrían mis pantalones cortos. Detrás del escritorio se hallaba el primer teniente, según se desprendía de las palabras de sus subordinados, el hombre de la fusta, que se llamaba Szakál. A su izquierda había otro guardia bigotudo y gordinflón en mangas de camisa que tenía en la mano un utensilio más bien ridículo que se parecía a un rodillo de los pasteleros. El primer teniente fue bastante simpático conmigo; me preguntó si tenía papeles, aunque cuando se los entregué no mostró el menor interés en ellos. Me quedé sorprendido, pero como el guardia bigotudo me estaba haciendo señas de que debía retirarme y dándome a entender cuáles serían las consecuencias en caso contrario, pensé que sería más sensato no protestar.
Después, los guardias nos sacaron del cuartel y nos metieron primero en un tranvía que ya nos estaba esperando. Cuando llegamos a un punto determinado de la orilla del río, nos trasladaron a un barco, y tras una caminata después de desembarcar llegamos a la fábrica de ladrillos, más exactamente, como me enteré al llegar, a la fábrica de ladrillos de Budakalász.
Durante la primera tarde que pasé en la fábrica de ladrillos, tuve ocasión de enterarme de más cosas referentes al viaje. Allí estaban los miembros del comité, que nos respondían con mucho gusto todas las preguntas. Principalmente buscaban jóvenes emprendedores que estuvieran solos. También aseguraban que habría sitio para las mujeres, los niños y los ancianos y que todos podíamos llevar nuestras pertenencias. Según ellos, la cuestión más importante era que nos apañáramos entre nosotros, humanamente, para que no fuera necesaria la intervención de los guardias. Por lo que nos explicaron, el tren sólo partiría con un número preestablecido de viajeros, y si las listas no se llenaban, serían los guardias los que nos alistarían. Yo, como muchos, opinaba que era más ventajoso alistarse como voluntario.
Sobre los alemanes había también diversas opiniones. Muchos afirmaban, preferentemente las personas de mayor edad y con experiencia, que, independientemente de lo que pensaran sobre los judíos, los alemanes eran en el fondo -como todos sabíamos- gente limpia, honrada, amante del orden, la puntualidad y el trabajo y que apreciaban estas mismas cualidades en los demás. A grandes rasgos eso era lo que yo también pensaba, y estaba seguro de que me sería útil lo poco que había aprendido de su idioma en el colegio. Principalmente esperaba encontrar en el trabajo una vida nueva, ordenada y ocupada, experiencias nuevas y algo de diversión; una vida más agradable y placentera que la que había tenido hasta entonces, según nos prometían. Eso mismo comentaban todos los muchachos. Llegué incluso a pensar que, de esa forma, podría conocer un poco de mundo. A decir verdad, si consideraba algunos de los últimos acontecimientos -los guardias armados, el asunto de mis papeles, la justicia en general-, no tenía un gran sentimiento del amor a la patria.
Había también gente más desconfiada, que parecía saber otras cosas, conocer otros aspectos del carácter alemán, gente que no sabía qué hacer y que pedía consejo; otros opinaban que, en lugar de fomentar la discordia, tendríamos que oír la razón y comportarnos con dignidad ante la autoridad. Todos esos argumentos, junto con otros, contrarios, todas las noticias, toda la información se discutía y se volvía a discutir alrededor, en grupos grandes o pequeños que se formaban y se volvían a formar en el patio. Se mencionó también a Dios y «su inescrutable voluntad», como dijo alguien. Al igual que el tío Lajos, él también hablaba de nuestro destino, el destino de los judíos, y también como el tío Lajos, opinaba que «habíamos abandonado al Señor» y a eso se debían nuestros infortunios. Aquel hombre llamó mi atención porque era fuerte y decidido y tenía una cara interesante: una nariz fina y aguileña, ojos brillantes y mirada vidriosa, una corta barba redondeada y bigote con canas. Siempre estaba rodeado de gente que lo escuchaba atentamente. Supe que era un sacerdote, pues oí que alguien lo llamaba «señor rabino». Me acuerdo de algunas de sus palabras y expresiones, como cuando dijo que «guiado por unos ojos que ven y un corazón que siente» comprendía que «nosotros, viviendo en la Tierra, cuestionaríamos la exagerada severidad del juicio», y su voz, que normalmente sonaba fuerte y limpia, se quebró al final de la frase. Se quedó mudo por un momento, con la mirada todavía más vidriosa. No sé por qué pero tuve la extraña sensación de que había querido decir otra cosa y que a él mismo le habían sorprendido sus palabras. Continuó diciendo que no se quería «engañar», que sabía muy bien, que le bastaba con mirar alrededor y «ver todas esas caras atormentadas en este atormentador lugar para saber que su misión sería muy difícil». A mí me sorprendió su compasión, puesto que él también estaba entre nosotros. Sin embargo, no pretendía, puesto que no lo necesitaba, «ganar almas para la eternidad», ya que nuestras almas «eran de Él y venían de Él». Nos interpeló a todos, diciendo: «¡No viváis en guerra con el Señor!, no sólo porque es pecado sino porque nos llevará a la negación del sentido sublime de la vida». Según él, no podíamos vivir «con esta negación en el corazón»; por ligero que fuera un corazón así, estaría vacío, abandonado y solitario: es muy difícil ver la sabiduría del Padre Eterno entre tanta calamidad y sufrimiento, pero es nuestro único consuelo y alivio, puesto que, seguía diciéndonos, «algún día llegará su victoria y sufrirán los que se hayan olvidado de su poder y lo invocarán, arrastrándose en el polvo».
Al decirnos que debíamos tener fe en su misericordia (y que nuestra fe debía ser un pilar y una fuente inagotable de fuerza en las largas horas de las duras pruebas), también nos explicó en qué consistía la única manera de vivir. Para él esa manera era «la negación de la negación», puesto que sin esperanza «estábamos perdidos», y la esperanza sólo se encuentra en la fe, en la confianza en que Dios se apiadará de nosotros y en que alcanzaremos su gloria.
Tuve que reconocer que sus argumentos me parecían claros, aunque al final no nos dijera qué era lo que podíamos hacer para vivir como él decía; tampoco aconsejaba a los que le pedían su opinión acerca de viajar a Alemania o quedarse allí.
También estaba el hombre de la «mala suerte», que iba de un grupo a otro, mirando a todas partes con sus ojos enrojecidos e inquietos. Tras pedir disculpas por molestar, preguntaba a todos los que pasaban a su lado, con una expresión tensa e indagadora, chasqueando los dedos y frotándose las manos, si tenían intención de viajar, y las razones de su decisión, y si pensaban que era la mejor opción.
En un momento dado también llegó para alistarse otro conocido del edificio de la aduana: el Experto. Ya lo había visto en otras ocasiones en la fábrica de ladrillos. Su ropa estaba arrugada, su corbata había desaparecido y su cara estaba cubierta con una barba gris de varios días, pero aún conservaba todos los rasgos de su aspecto distinguido. Su llegada llamó la atención hasta el punto de que enseguida estuvo rodeado de gente curiosa y excitada y apenas pudo responder a la cantidad de preguntas que le formularon. Como pronto me enteré, había tenido ocasión de hablar con uno de los oficiales alemanes. El hecho había sucedido cerca de las oficinas del mando del cuartel y de las autoridades investigadoras, donde efectivamente se habían visto en los últimos días algunos oficiales con uniforme alemán que pasaban a toda prisa. Según el Experto, él ya había intentado antes hablar con los guardias. Su intención había sido ponerse en contacto con la empresa donde trabajaba. Los guardias le habían negado ese derecho fundamental, «a pesar de tratarse de una empresa de carácter militar, donde la gestión de la producción no podía llevarse a cabo sin él». Así lo había reconocido también la autoridad, a pesar de que lo «habían despojado» de los documentos que daban fe de ello y de todas sus demás pertenencias. Así me fui enterando de todo poco a poco, según él iba respondiendo a nuestras preguntas deshilvanadas. Parecía profundamente indignado, aunque nos aseguró que no tenía intención de entrar en detalles. Por la misma razón había pedido hablar con aquel oficial alemán que se disponía a marcharse y que, casualmente, se encontraba cerca de él en aquel momento. «Me planté delante de él», nos dijo. Varias personas que habían sido testigos nos describieron su atrevimiento. Él se limitó a encogerse de hombros, añadiendo que sin atrevimiento no se llega a ningún lado y que él sólo pretendía hablar con alguien competente. «Soy ingeniero y hablo perfectamente alemán», continuó. Así se lo había dicho al oficial alemán, a quien le informó cómo le «habían impedido, de hecho y derecho, trabajar» y todo, según sus palabras, «sin ninguna razón ni fundamento jurídico, aun considerando las disposiciones vigentes». «¿Quién se beneficia de esto?», le había preguntado al oficial alemán. Le había dicho, como ahora nos estaba diciendo a nosotros: «No quiero ningún favor ni ningún trato especial. Sólo quiero que sepan quién soy y qué es lo que sé hacer, y quiero que sepan que estoy deseando trabajar según mis capacidades, eso es todo». El oficial le aconsejó que se inscribiese en la lista con los demás. No le había hecho ninguna promesa, pero le había asegurado que Alemania en esos momentos necesitaba a todo el mundo y en especial a gente preparada. Esa «objetividad» del oficial demostraba, según sus palabras, una «actitud correcta y realista». También mencionó los «buenos modales» del oficial, en contraste con la «brutalidad» de los guardias; los describió como «razonables, mesurados, intachables en todos los sentidos». En respuesta a otra pregunta reconoció, sin embargo, que no tenía ninguna garantía de nada, sólo sus impresiones sobre el oficial, pero eso era todo lo que podía decir de momento y pensaba que no se equivocaba. «En todo caso -añadió-, creo conocer bien a las personas»; a mí me pareció que tenía toda la razón.
En el momento en que abandonó el lugar donde estábamos, vi al hombre desafortunado, que se separaba de un grupo de personas, dando brincos como si fuera una marioneta, para correr detrás del Experto o, mejor dicho, delante de él. Me pareció nervioso, pero al mismo tiempo muy decidido, y pensé que ahora sí se atrevería a hablarle. Sin embargo, iba tan deprisa que tropezó con un hombre alto y corpulento del comité que llegaba con un lápiz y una lista en la mano. Entonces, se detuvo, lo examinó de arriba abajo y se inclinó para preguntarle algo; no sé qué pasó después, porque Rozi me llamó: nos iba a tocar el turno.
Después sólo recuerdo que nos fuimos con los muchachos hacia nuestro lugar para dormir. Aquella última noche fue especialmente pacífica y tibia, con el sol rojo que se ponía detrás de las colinas. Del otro lado, hacia el río, divisé por encima de la valla de madera los vagones verdes de un tren que pasaba. Me sentía cansado y -lógicamente- algo nervioso por el alistamiento. Los muchachos parecían contentos. Llegó entonces el hombre desafortunado y nos dijo, con expresión solemne, aunque algo perpleja, que él también estaba ya en la lista. Aprobamos su decisión, y eso le agradó visiblemente, después dejé de prestarle atención.
En aquella parte posterior de la fábrica de ladrillos se estaba tranquilo. Aunque la gente también se juntaba en pequeños grupos para intercambiar opiniones, otros se estaban preparando para cenar y acostarse, algunos recogían sus pertenencias o permanecían callados, escuchando el silencio del anochecer. Pasamos delante de un matrimonio, a quienes yo conocía de vista. La mujer era menuda y frágil, de rasgos finos, y el hombre delgado y con gafas; le faltaban algunos dientes, la frente le sudaba y siempre parecía muy atareado. Ahora también estaba ocupado: acurrucado en el suelo, ayudado por su mujer, recogía todas sus pertenencias y las ataba con una correa de cuero, juntándolo todo, absorbido en esa tarea. El hombre desafortunado se paró a su lado; parecía conocerlo, puesto que le preguntó casi enseguida si ellos también habían decidido partir. El hombre levantó la vista y lo miró a través de sus gafas, sudando, parpadeando, con la mirada cegada por los últimos rayos de sol, y le respondió con un tono de perplejidad en la voz: «Hay que partir, ¿no es así?…». Me pareció una observación sencilla pero, al fin y al cabo, acertada.
Al día siguiente partimos temprano. El tren salía de un andén cercano, casi junto a la fábrica. Era un tren de carga, del mismo color que los ladrillos, con el techo y las puertas cerradas. Dentro del vagón éramos sesenta, con todo nuestro equipaje más el de los miembros del comité: montones de pan y gran variedad de latas de conservas, sobre todo carne; un verdadero tesoro en aquellas circunstancias, tuve que admitir. Desde que nos alistamos, nos trataron con atención, distinción, casi con respeto, y aquel trato también me pareció un signo de recompensa, al menos para mí. También estaban los guardias, con sus fusiles, su mala leche, sus uniformes abotonados hasta arriba y su actitud, como si estuvieran cuidando una mercancía apetecible pero que no podían tocar, seguramente porque habían recibido la orden de la autoridad pertinente, es decir, de los alemanes. Luego, cerraron la puerta detrás de nosotros y oímos martillazos, señales, silbidos y pitidos; unas cuantas sacudidas y nos pusimos en marcha. Al subir, los muchachos nos habíamos instalado en los mejores sitios, en la parte delantera del vagón, debajo de las dos ventanas pequeñas y altas, aseguradas con alambres de púas. En el vagón, surgió pronto el problema del agua y de la duración del viaje.
Por otro lado, no podría decir muchas más cosas sobre el viaje en sí. Al igual que en el edificio de la aduana y en la fábrica de ladrillos, en el tren había que pasar el tiempo de alguna manera. Allí resultaba más difícil, debido, naturalmente, a las circunstancias. No obstante, al ser conscientes del destino de aquel viaje, y de que todos los movimientos lentos y sistemáticamente interrumpidos del tren nos acercaban a ese fin, nos ayudó a sobrellevar las dificultades. Ninguno de nosotros perdió la paciencia. Rozi también nos animaba, diciendo que el viaje sólo iba a durar hasta que llegáramos. Al Suave le tomaban constantemente el pelo a causa de una chica que -según los muchachos- estaba allí con sus padres y que él había conocido en la fábrica de ladrillos: el Suave desaparecía a ratos en el interior del vagón, para ir a verla, y los muchachos no dejaban de hablar de ellos dos. Allí estaba el Fumador, quien todavía podía encontrar en sus bolsillos unos restos sospechosos de tabaco, un pedazo de papel de fumar y un par de cerillas que encendía para acercárselas a su boca con la voracidad de las aves rapaces, incluso durante la noche. Moskovics (chorros de sudor ennegrecido por el hollín le recorrían la frente, los ojos, las gafas, la nariz chata y la boca gruesa: todos chorreábamos un sudor negro, incluido yo, lógicamente) y algunos otros seguían animándonos con palabras alegres incluso hasta el tercer día. El Curtidor también seguía contando chistes aunque cada vez con menos ímpetu. No me imagino cómo, pero algunos de los adultos sabían que nuestro destino era una localidad llamada Waldsee; cuando sentía sed o calor, la promesa que contenía ese nombre me aliviaba inmediatamente.
A los que se quejaban por la falta de espacio, se les recordaba que en los trenes siguientes los vagones irían cargados con ochenta personas. En el fondo, y pensándolo bien, yo había estado en lugares todavía más pequeños: en las cuadras del cuartel de la Guardia Armada, por ejemplo, donde el único remedio para la falta de espacio había sido sentarnos todos en el suelo, acurrucados. En el tren estábamos más cómodos. También nos podíamos poner de pie e incluso dar unos pasos en dirección del cubo que se encontraba en la parte posterior del vagón. Al principio, decidimos utilizarlo lo menos posible y sólo para orinar. Sin embargo, según iba pasando el tiempo, muchos nos vimos obligados a reconocer que las leyes de la naturaleza eran más potentes que nuestras promesas y a obrar en consecuencia, tanto los muchachos como los hombres y las mujeres.
Los guardias armados tampoco nos causaron grandes molestias aunque yo me asusté un poco cuando uno de ellos apareció de repente, justo encima de mi cabeza, por la ventana de la izquierda, iluminándonos con su linterna en el curso de la primera noche, mientras estábamos detenidos; de todos modos, pronto supimos que tenía buenas intenciones. «¡Escuchadme! Habéis llegado a la frontera húngara», nos advirtió. Quería hacernos una interpelación a todos, una petición por así decirlo. Deseaba que le entregásemos los objetos de valor: dinero o lo que fuera. «A donde os dirigís, no necesitaréis ninguno de vuestros objetos de valor. Además, lo que llevéis os lo quitarán los alemanes -nos aseguró-. Entonces -continuó diciéndonos desde lo alto de la ventana-, ¿no es mejor que se quede en manos húngaras?» Después de una corta pausa que me pareció solemne, añadió con una voz cálida, casi íntima que parecía olvidarlo todo y perdonarlo todo: «Al fin y al cabo, vosotros también sois húngaros…». Tras unos momentos de titubeo e inseguridad, desde el interior del vagón le respondió una voz profunda de hombre, que reconoció el valor de sus argumentos y sugirió que, a cambio, el guardia nos daría agua, a lo que él se mostró dispuesto, como dijo «a pesar de la prohibición». Sin embargo, no llegaron a un acuerdo, puesto que la voz insistía en recibir el agua primero y el guardia los objetos de valor, y ninguno de los dos parecía dispuesto a ceder. Al final, el guardia se enfadó: «Judíos asquerosos, pretendéis hacer negocios hasta con lo más sagrado». Con una voz ahogada por la indignación y el odio se marchó, deseándonos que «nos muriéramos de sed». Y eso ocurrió, efectivamente, más tarde, por lo menos así lo dijeron algunos en nuestro vagón. De hecho, yo también oí aquella voz proveniente del vagón de atrás, a partir de la tarde del segundo día, más o menos: no era nada agradable. La vieja -así la llamaban algunos en nuestro vagón- estaba enferma y probablemente se había vuelto loca por la sed. La explicación parecía lógica. Tuve que reconocer que tenían razón los que al principio del viaje habían señalado que era una suerte que en nuestro vagón no hubiese niños pequeños, ni personas mayores, ni enfermos. La tercera mañana, la vieja se calló. Decían que había muerto de sed. Bueno, la verdad es que sabíamos que era vieja y que estaba enferma, y todos, incluido yo, consideramos que al fin y al cabo era comprensible que se muriera.
Puedo asegurar que la espera no conduce a la alegría. Por lo menos ésa fue mi experiencia cuando por fin llegamos a nuestro destino. Es posible también que estuviera cansado, y el ansia por llegar me hiciese olvidar la idea: más bien me quedé apático. Recuerdo que me desperté sobresaltado, probablemente por el sonido agudo de las sirenas que aullaban fuera: la luz débil que entraba por la ventana anunciaba el alba del cuarto día. Me dolía un poco la parte inferior de la columna, a causa de las horas que llevaba en el suelo del vagón. El tren se había detenido, como otras muchas veces, siempre que sonaban las alarmas de combate aéreo. Todos nos agolpábamos detrás de las ventanas como siempre en esos casos, intentando ver algo. Al cabo de un rato, conseguí acercarme a una ventana. No vi nada. El alba era fresca y perfumada, los extensos campos estaban cubiertos por una niebla gris. De repente percibí por detrás de mí, de una manera inesperada, pero aguda y bien definida, como si sonara una trompeta, un fino rayo rojo; comprendí que era el sol que se levantaba. Aquél me pareció un momento magnífico: en casa a estas horas todavía estaría durmiendo. También vi, a mi izquierda; un edificio que anunciaba una estación, pequeña o grande, todavía no podía saberlo, pero una estación ferroviaria. Resultó ser un edificio minúsculo, gris y totalmente desierto, con pequeñas ventanas que estaban cerradas, y aquel techo ridículamente escarpado que había visto el día anterior por aquellos parajes. En la niebla matinal, el edificio iba cobrando una forma cada vez más definida delante de mis ojos, su color se iba transformando de gris a violeta, y las ventanas se iluminaron de repente con los primeros rayos de la luz roja del sol. Otros también vieron el edificio, y yo se lo conté a los que estaban alrededor. Me preguntaron si veía el nombre de alguna localidad. Y sí, lo vi: eran dos palabras que a la luz del sol se distinguían perfectamente; el cartel colgaba del lado más estrecho del edificio, debajo del techo, justo enfrente de nuestro vagón: «Auschwitz-Birkenau», eso leí, estaba escrito con las típicas letras alemanas, altas y onduladas. Traté en vano de acordarme de mis estudios de geografía, los demás tampoco tenían idea de dónde estábamos. Me senté, pues tenía que ceder el puesto a otro y, como todavía era temprano y tenía sueño, pronto me volví a dormir.
Más tarde, me despertaron los movimientos y el alboroto de los demás. Fuera, el sol brillaba ya con toda su fuerza y el tren avanzaba. Les pregunté a los muchachos dónde estábamos y me respondieron que en el mismo sitio, que el tren se acababa de poner en marcha: me habría despertado por eso. Delante de nosotros se veían fábricas, junto a otros edificios. Un minuto después, los que estaban al lado de las ventanas nos comunicaron que estábamos pasando por debajo de un arco o portón, lo cual era evidente por el cambio de luz. Al cabo de otro minuto, el tren se detuvo, y entonces nos dijeron, muy excitados, que ahora podía verse una estación con soldados y con más gente. Muchos empezaron a recoger inmediatamente sus cosas, a abrocharse las camisas; las mujeres a peinarse, asearse como podían, ponerse guapas. Desde fuera, se oían golpes, puertas que se abrían, ruidos de la gente que bajaba de los vagones; tuve que reconocerlo porque no había la menor duda: habíamos llegado a nuestro destino. Estaba contento, por supuesto que sí, pero sentía que mi alegría habría sido distinta si hubiéramos llegado la víspera o el día anterior. Luego, se oyó un golpe seco de algún instrumento que se accionaba en la puerta de nuestro vagón y alguien o más bien algunos descorrieron la enorme y pesada puerta.
Primero oí unas voces, en alemán u otro idioma similar; parecía que todos hablaran a la vez. Por lo que entendí querían que bajáramos. Sin embargo, eran ellos los que subían o eso me parecía, porque no había forma de ver nada. Se corrió la voz de que teníamos que dejar todas nuestras pertenencias. Más tarde, como nos explicaron, nos las devolverían, pero desinfectadas y sólo después de la ducha que nos esperaba. «Ya era hora», pensé.
Entonces, en medio de aquella masa humana, vi por primera vez a los hombres que se encontraban allí. Me sorprendió mucho, puesto que era la primera vez en mi vida que veía yo, por lo menos desde tan cerca, unos presos de verdad, con el típico uniforme a rayas de los delincuentes, el gorrito redondo y la cabeza afeitada. Mi primera reacción natural fue retroceder. Algunos de ellos respondían a las preguntas de la gente, otros examinaban el vagón y empezaban a desalojar el equipaje con la experiencia de mozos de carga profesionales y con una rapidez extraña, típica de los zorros. Todos ellos llevaban en el pecho, al lado del número típico de los presos, un triángulo amarillo; aunque no tuve dificultades para descifrar el significado de aquel color, de repente tomé conciencia de que durante el viaje casi me había olvidado de ese asunto. Sus caras tampoco inspiraban mucha confianza: orejas separadas, narices aguileñas, ojos pequeños, hundidos y pícaros. Según todos los indicios, parecían judíos. A mí todos me parecieron sospechosos o, cuanto menos, extraños. Cuando nos vieron a nosotros, a los muchachos, su excitación fue evidente. Empezaron a susurrar frases rápidas, y entonces descubrí que los judíos no sólo teníamos el idioma hebreo, como yo había creído: «Reds di jiddish, reds di jiddish?». [¿Habla usted yiddish?] preguntaban. Por nuestra parte sólo respondimos: «Nein» [No], lo que no les puso muy contentos. Entonces, lo comprendí fácilmente en alemán, querían saber cuántos años teníamos. Les dijimos: «Vierzehn, fünfzehn» [Catorce, quince], según el caso. Protestaron enseguida, gesticulando con manos y cabezas, moviendo todo el cuerpo: «Zescáin» [Dieciséis], nos susurraron por todas partes, «Zescáin». Eso me sorprendió y les pregunté: «Warum?» [¿Por qué?] «Willst di arbeiten?» [¿Quieres trabajar?], preguntó uno de ellos, clavando su mirada vacía y cansada en la mía. Le respondí: «Natürlich» [Naturalmente], para eso estaba allí. Después él me agarró del brazo con sus manos amarillentas, huesudas y duras, y me sacudió diciéndome: «Zescáin… Verstaist di?… Zescáin!…». [Dieciséis… ¿Lo entiendes?… Dieciséis.] Al ver que estaba enojado y que le daba tanta importancia a la cuestión, nos pusimos de acuerdo entre los muchachos, y entre bromas le prometí: «Bueno, pues tengo dieciséis años». Y que no hubiera entre nosotros -dijeran lo que dijeran, no tendría nada que ver con la realidad- hermanos, y menos -qué raro- gemelos o mellizos, y sobre todo: «Jeder arbeiten, nist ká mide, nist ká krenk». [Todos trabajan. No hay que cansarse, no hay que enfermarse.] Eso pude oír en los escasos dos minutos que por entre el tumulto me costó llegar desde mi sitio a la puerta, donde por fin di un salto fuera, al sol, al aire libre.
Lo primero que apareció ante mí fue un inmenso terreno llano. Por unos instantes no pude ver nada, porque tanta luminosidad y tanto brillo blanquecino del cielo y de la tierra herían mis ojos. Pero no tuve tiempo para contemplaciones; a mi alrededor todos iban y venían, no dejaban de hablar, de preguntar, de tratar de poner orden. Las mujeres -se decía- tenían que separarse de nosotros, puesto que no nos podíamos duchar todos juntos. Los viejos, los enfermos, los niños pequeños con sus madres y los que estaban agotados por el viaje irían en camiones que los estaban separando. Todo eso nos lo comunicaron otros presos que había en todas partes. Me di cuenta, sin embargo, que había también soldados alemanes, con gorros y solapas verdes, que los vigilaban y dirigían todo con gestos expresivos y decididos: su presencia llegó a tranquilizarme un poco, puesto que como iban tan bien vestidos y arreglados, eran los únicos en medio de todo aquel caos que inspiraban firmeza y tranquilidad. Oí a algunos de los adultos que se encontraban entre nosotros decir que tratáramos de colaborar, limitándonos en las preguntas y en las despedidas, para presentarnos delante de los alemanes como seres inteligentes, no como una banda de animales: yo no podía más que estar de acuerdo. Me sería difícil relatar el resto: una corriente fuerte e incontrolable de cuerpos humanos me llevaba, arrastrándome. Detrás de mí, una voz femenina gritaba algo a alguien sobre un «bolso pequeño» que se había quedado en sus manos. Por delante, una vieja trataba torpemente de avanzar, y yo oí que un muchacho bajito le decía: «Hágales caso, madre, ya verá cómo nos volveremos a ver pronto». Con una sonrisa cómplice, como de persona mayor, se dirigió a uno de los soldados que había a su lado, y le dijo: «Nicht wahr, Herr Offizier, wir werden uns bald wieder…» [¿Verdad, señor oficial, que pronto volveremos a vernos?]. Entonces, me llamó la atención un niño de cara sucia y de pelo rizado, vestido como un maniquí, que chillaba y trataba de liberarse con tirones y empujones de las manos de una mujer rubia, su madre. «¡Quiero ir con mi papá! ¡Quiero ir con mi papá!», gritaba, chillaba, aullaba, pataleando de manera ridícula con sus zapatos blancos sobre los guijarros blancos y el polvo blanco. Yo trataba de seguir los pasos de los muchachos, guiados por las indicaciones de Rozi, mientras una señora con un vestido de verano estampado trataba de abrirse camino, apartándonos a los demás, para ir hacia los camiones. Más adelante, un señor mayor, con sombrero negro y corbata también negra, daba vueltas, dejándose arrastrar y empujar delante de mí, mientras buscaba por todos lados, y gritaba: «¡Ilonka! ¡Mi Ilonka!». Un hombre alto con la cara huesuda y una mujer de pelo negro largo se abrazaban, apretándose estrechamente, y se besaban, impidiéndonos el paso a los que queríamos avanzar, hasta que la corriente arrastró a la mujer, o más bien la muchacha, separándola de su compañero, tragándosela por completo; todavía la volví a ver un par de veces, esforzándose por asomar la cabeza y hacer señas de despedida.
Todas esas imágenes y voces, todos esos acontecimientos me confundieron y me aturdieron un poco; era tanta la cantidad de gente que se unía en un solo torbellino raro y multicolor, casi disparatado que no pude observar bien las cosas, quizá más importantes. Por ejemplo, no podría afirmar con exactitud si fue nuestro esfuerzo o el de los soldados o el de los presos o el de todos juntos el que consiguió formarnos en una sola y larga fila de cinco hombres -ya sólo de hombres-, que lenta pero decididamente avanzaba paso a paso. Allá adelante, nos dijeron otra vez, nos esperaba la ducha, pero primero teníamos que pasar el examen médico. Nos explicaron, aunque era fácil adivinarlo, que se trataba de un examen de aptitud para el trabajo.
Entretanto, tuvimos unos momentos de descanso. Los muchachos merodeaban: delante, detrás, a los lados; nos hacíamos señas, nos saludábamos; estábamos todos. Hacía calor. Tuve también la ocasión de mirar alrededor, para ver dónde estábamos. La estación parecía limpia y cuidada; el suelo era de guijarros, como es habitual, y tenía unas franjas de césped con flores amarillas, un camino asfaltado, impecablemente blanco, que se perdía en el horizonte. También me di cuenta de que el camino estaba separado del inmenso terreno colindante por una fila de columnas iguales, entre las cuales se extendía una alambrada de púas. Era fácil adivinar: allí debían de estar los presos. Empezaron a intrigarme por primera vez -quizá porque por primera vez tuve tiempo para ello- y tuve curiosidad por conocer sus crímenes.
Me volvió a sorprender el tamaño de aquel llano. Sin embargo, en medio de tanta gente y de tanta luminosidad, no pude apreciar los detalles; apenas pude divisar los edificios de un piso que se extendían en la lejanía, alguna que otra construcción tipo torre de caza, torres, chimeneas. Varios compañeros señalaron hacia arriba: era un objeto alargado, inmóvil y brillante, anclado en el cielo limpio, sin nubes, pero que estaba descolorido y cubierto por vapores blancos. Era un Zeppelin. Alguien explicó que se utilizaba para detectar ataques aéreos. Me acordé del sonido de las sirenas que habíamos oído al alba. Sin embargo, los soldados alemanes no parecían ni mucho menos preocupados o asustados. Al recordar los ataques aéreos que había vivido en casa, el susto y el miedo, la tranquilidad casi despreciativa, la invulnerabilidad de los soldados, me hizo comprender por qué en casa siempre se había hablado con tanto respeto de los alemanes. Me fijé también en las dos líneas en forma de rayos que llevaban en el cuello del uniforme. Así comprobé que pertenecían a las famosas unidades SS, de las que había oído hablar largo y tendido. Ahora puedo afirmar con toda seguridad que entonces no los encontré peligrosos: iban y venían despreocupadamente, al lado de nuestras filas, respondiendo a preguntas, asintiendo con la cabeza, dándonos simpáticas palmaditas en la espalda o en los hombros.
En aquellos momentos ociosos de espera advertí otra cosa más. En mi ciudad también había visto ya muchos soldados alemanes, por supuesto que sí, pero siempre parecían apresurados, ocupados, impecablemente vestidos y poco comunicativos. Aquí se comportaban de otra manera, con menos formalidad, se sentían más como en su casa. En sus vestimentas, gorros, botas o uniformes más o menos reglamentarios, se podían apreciar diferencias según hicieran un trabajo u otro. Todos llevaban su arma colgando del hombro; era natural, a fin de cuentas eran soldados. Muchos llevaban también un bastón, lo cual me sorprendió porque ninguno parecía tener defectos para caminar, todos eran sanos y fuertes. Al cabo de un rato tuve ocasión de observar aquel objeto más de cerca. Un soldado que estaba delante de mí se llevó el bastón a la espalda, lo cogió por los dos extremos, en posición horizontal, a la altura de la cadera, y empezó a blandido con movimientos que parecían aburridos. Cuando llegó a mi altura en la fila comprobé que ni era de madera ni era un bastón, sino que se trataba de un látigo. Me causó una sensación un tanto extraña, pero no le di mucha importancia, puesto que hasta aquel momento nadie lo había utilizado y, además, había muchos presos entre nosotros.
Después me puse a escuchar los llamamientos sin hacer mucho caso; me acuerdo que preguntaron si había entre nosotros mecánicos o gente que supiera de mecánica, luego por gemelos o mellizos, gente con deficiencias físicas y -en medio de alguna que otra risita- si había algún enano; siguieron por los niños, asegurándonos que todos ellos recibirían un trato especial, estudios en lugar de trabajo, en fin, todo tipo de ventajas. Algunos de los adultos nos animaban: decían que no perdiéramos la ocasión de pasar por niños. Pero me acordé de los consejos de los presos que habían subido a nuestro vagón; de todas formas, yo prefería trabajar a vivir como un niño, claro que sí.
Habíamos avanzado bastante en la fila. Pude ver que ahora había más soldados y más presos alrededor. Las filas de cinco se iban transformando en una fila india. Nos dijeron que nos quitásemos las chaquetas y las camisas para que estuviéramos delante del médico con el pecho descubierto. Avanzábamos cada vez más deprisa. Vi dos grupos que estaban formados más adelante: a mi derecha había un grupo mixto grande, y a mi izquierda, otro, más pequeño y más atractivo, con algunos de nuestros muchachos. Enseguida supuse que estos últimos debían de ser los considerados aptos para trabajar. Yo avanzaba cada vez más deprisa, hacia un punto que parecía fijo en medio del bullicio y del caos, donde podía verse un uniforme impecable, con el típico gorro alto y arqueado de los alemanes; me sorprendió que me tocase tan pronto mi turno.
El examen propiamente dicho duró sólo unos dos o tres segundos. Justo delante de mí estaba Moskovics; el médico le indicó enseguida la dirección del grupo más numeroso, extendiendo el dedo índice hacia el otro lado del camino. Oí que Moskovics trataba de explicarse: «Arbeiten… Sechzehn…» [Trabajo… Dieciséis], pero una mano lo apartó de allí, y yo ocupé su lugar. A mí el médico me examinó con más detenimiento, dirigiéndome miradas reflexivas, serias y atentas. Me erguí para enseñarle mi pecho y -me acuerdo- sonreí ligeramente para paliar lo de Moskovics. Sentí confianza en aquel hombre, puesto que tenía buen aspecto y una cara simpática, alargada y bien afeitada, con labios finos y ojos azules o grises, en todo caso, claros y bondadosos. Pude fijarme bien en él, mientras apoyaba sus manos enguantadas en mis mejillas y me apartaba la piel de debajo de los ojos, con el típico gesto rutinario de los médicos. Al mismo tiempo, en una voz baja pero clara, característica de los hombres cultos, me preguntó, como sin darle importancia: «Wieviel Jahre alt bist du?». [¿Cuántos años tienes?] «Sechzehn», le respondí. Asintió con la cabeza, como aceptando la respuesta correcta, no la verdad, por lo menos ésa fue mi impresión. Tuve la sensación -quizás equivocada- de que estaba contento o aliviado, de que yo le caía bien. Entonces, moviéndome la cara hacia un lado e indicándome la dirección con la otra mano, me mandó al otro lado, donde estaban los aptos para el trabajo. Los muchachos ya me estaban esperando, sonriendo, contentos y victoriosos. Viendo sus caras relucientes comprendí la diferencia que había entre el otro grupo y el nuestro: era la victoria, si lo interpreté bien.
Mientras me ponía la camisa, intercambié unas pocas palabras con mis compañeros; luego tuvimos de nuevo que esperar. Desde donde me encontraba, pude observar mejor lo que ocurría al otro lado del camino. La gente no dejaba de llegar y de distribuirse en dos grupos delante del médico. Llegaron más muchachos y, naturalmente, yo también participé en su recepción. Vi a las mujeres, más allá, en otra fila; estaban rodeadas de soldados y de presos, pasaban delante del médico, todo ocurría igual, excepto que ellas no tenían que descubrirse el pecho, claro está. Todo se movía, todo funcionaba, todos estaban en su sitio, cumpliendo con su trabajo, con puntualidad, serenidad y automatismo. Había sonrisas en muchas caras, unas humildes y otras más seguras, unas dubitativas, otras que parecían prever los resultados, pero al fin y al cabo todas eran sonrisas, como la que yo tenía en el rostro. Con la misma sonrisa se dirigió a un soldado una mujer morena, muy guapa, que llevaba aretes y un impermeable blanco que mantenía cerrado con las manos cruzadas en el pecho; con la misma sonrisa pasó delante del médico un hombre moreno de buen aspecto: resultó apto para trabajar. Así llegué a comprender el trabajo del médico. Si llegaba un hombre viejo: lo mandaba al otro lado, claro; si llegaba uno más joven: a nuestro lado; llegaba otro, panzudo, aunque se pusiera muy erguido: no servía… sí servía, el médico lo mandaba a nuestro lado, aunque yo no estaba muy convencido, lo veía más bien entrado en años. También advertí que la mayoría de los hombres tenían barba de varios días, por lo que no podían causar una impresión muy buena. Al mirarlos con los ojos del médico, me di cuenta de cuántos viejos e inútiles había. Uno era demasiado flaco, el otro demasiado gordo, a otro sus tics lo convertían en neurótico: la nariz, la boca y los ojos se movían de una manera muy rara, como si fuera un conejo husmeando; él también sonreía de buena gana, como cumpliendo con su deber, mientras con pasos precipitados y torpes se dirigía al grupo de los no aptos para trabajar. Llegó otro, con la chaqueta y la camisa en la mano, los tirantes de los pantalones caídos hasta las rodillas; en sus brazos y en su pecho se adivinaba la flaccidez de los años. Cuando llegó delante del médico, éste, naturalmente, lo mandó con los no aptos; el rostro cubierto de barba, su expresión, la sonrisa, igual pero más familiar, los labios resecos y partidos me trajeron recuerdos: parecía querer decirle algo al médico. Sin embargo, éste ya no le hacía caso, miraba al siguiente; ya entonces una mano lo llevó hacia allá, probablemente la misma que se había llevado a Moskovics. El hombre hizo un gesto, se volvió hacia atrás, con una expresión estupefacta e indignada: sí, era el Experto, no me había equivocado.
Tuvimos que esperar un par de minutos más. Había mucha gente haciendo cola para la revisión. En nuestro grupo éramos unos cuarenta, según mis cálculos; nos dijeron que nos fuéramos a duchar. Un soldado vino a nuestro lado, pero yo no pude saber de dónde había salido. Era un hombre bajito, más bien mayor y de aspecto pacífico que llevaba un enorme fusil, parecía un simple soldado sin rango. «Los, ge´ ma´ vorne!», nos dijo, o algo así, sin ningún respeto por las reglas gramaticales. Lo dijera como lo dijera, a mí me sonó agradable, puesto que ya nos estábamos impacientando no tanto por el jabón sino por el agua, claro está. Seguimos un camino que se extendía por debajo de un portón con alambres de púas, hacia un rincón donde debían de estar las duchas. Íbamos en grupos pequeños, sin prisas, hablando y mirando alrededor; detrás de nosotros iba el soldado, sin pronunciar palabra, indiferente. A nuestros pies, el camino era ancho e impecablemente blanco; delante de nosotros se extendía el llano infinito y abrumador en el aire caluroso que parecía temblar y ondear. A mí me inquietaba el hecho de que el lugar adonde nos dirigíamos estuviera muy alejado, pero resultó que el edificio de las duchas estaba tan sólo a diez minutos de la estación. Todo lo que vi durante el trayecto resultó de mi agrado. Sobre todo, un campo de fútbol que estaba en un claro, a la derecha, y que parecía estar en perfecto estado: con su prado verde, sus porterías, sus líneas debidamente trazadas; todo bien cuidado y ordenado. Enseguida nos pusimos a hacer planes: después del trabajo iríamos allí a jugar al fútbol. Aún me gustó más lo que vimos al otro lado: una de esas fuentes típicas que se encuentran en los campos. En ella, un letrero con letras rojas prevenía: «Kein Trinkwasser» [No potable], pero en aquel momento no nos importó en absoluto. El soldado esperó pacientemente; puedo decir que nunca me había causado tanto placer beber agua, aunque después me quedara un sabor fuerte y nauseabundo, como a residuos químicos. Seguimos andando y, más allá, divisamos algunas casas, las mismas que habíamos visto desde la estación. La verdad es que de cerca parecían edificios un poco raros, largos y bajos, de un color indefinido, con aparatos de aire o de luz que asomaban colgados del techo. Cada edificio estaba rodeado por un sendero de guijarros rojos y separado del camino principal por franjas de césped bien cuidado. Observé, divertido, que algunas de aquellas granjas eran como pequeñas huertas, con repollos plantados y con flores de todos los colores. Todo era pulcro, cuidado y hermoso. Tuve que reconocer que tenían razón los que en la fábrica de ladrillos nos habían hablado bien de los alemanes. Sólo faltaba un pequeño detalle: no había ninguna señal de vida. Pensé que eso era natural, al fin y al cabo, a esas horas la gente estaría trabajando.
Después de girar a la izquierda y de pasar por otro portón con alambres, llegamos a las duchas, que se encontraban en medio de un patio. Allí nos estaban esperando, y nos explicaron todo con paciencia y con amabilidad. Primero, entramos a un lugar con el suelo cubierto de baldosas, que era como una antesala. En el interior había mucha gente, algunos de ellos llegados en nuestro tren, por lo que comprendí que la rueda seguía girando sin cesar. De la estación llegaba más y más gente, en grupos, para ducharse. Dentro nos ayudaba un preso, un preso -tuve que reconocerlo- muy elegante; vestía el mismo uniforme a rayas pero con hombreras y un corte impecable, como si fuera a la última moda, bien planchado y todo; su cabello era negro y bien peinado, como el nuestro, las personas que estábamos en libertad. Nos recibió de pie, en el otro extremo de la sala, junto a un soldado que estaba sentado detrás de un pequeño escritorio. El soldado era bajito, de aspecto campechano y muy gordo; tenía una gran papada que casi se confundía con su enorme barriga; dos minúsculos y pícaros ojos apenas se reconocían en su rostro, bien afeitado, amarillento y lleno de arrugas: me recordó a los enanos que habían estado buscando entre nosotros en la estación. Sin embargo, llevaba el gorro del uniforme que inspiraba respeto y tenía ante sí una cartera nueva y brillante, y un látigo de cuero blanco -una verdadera pieza de artesanía, tuve que reconocer-, que sin lugar a dudas le pertenecía. Todo aquello pude verlo, entre las cabezas y los hombros de los demás, mientras entrábamos en la sala y nos uníamos a los que ya estaban dentro. El preso, entretanto, salió y volvió a entrar por una puerta que estaba en frente, y luego le dijo algo confidencial al soldado, inclinándose sobre su oreja. El soldado parecía satisfecho y, al responderle, pudimos oír su voz fina, aguda y entrecortada por suspiros, como la de un niño o una mujer. Después de ponerse erguido, levantó un brazo bien alto en el aire, mientras el preso se dirigía a nosotros, pidiéndonos «silencio y atención»; entonces experimenté por primera vez la agradable sensación, tantas veces recordada por los mayores, de oír palabras húngaras en el extranjero; el preso era, pues, un compatriota nuestro. Enseguida sentí pena por él, pues veía que se trataba de un hombre joven y a todas luces inteligente, distinguido aunque estuviera preso; me entraron ganas de preguntarle qué delito le había llevado allí. Nos dijo que nos comunicaría nuestros deberes y transmitiría los deseos de Herr Oberscharführer. Si, como era de esperar, nosotros colaborábamos, todo se arreglaría «de manera rápida y eficiente», lo que repercutiría en nuestro interés y satisfaría plenamente los deseos de Herr Ober, dijo dirigiéndose a él de una forma más familiar, como si descuidara las formas oficiales.
Después, nos explicó un par de detalles evidentes en esas situaciones; el soldado acompañaba sus palabras con movimientos de cabeza aprobatorios para afirmar la credibilidad de un hombre que, al fin y al cabo, era un preso, dirigiendo su rostro simpático y sus ojos alegres hacia él o hacia nosotros. Nos enteramos, por ejemplo, de que en la siguiente sala, a la que llamó «vestuario», nos tendríamos que quitar toda la ropa y colocarla de manera ordenada en unos percheros que tenían sus correspondientes números. Mientras nos estuviéramos duchando, desinfectarían nuestras ropas. Era necesario -lógicamente, como nos decía- que recordáramos nuestros respectivos números. También me pareció lógico que nos propusiera atar nuestros zapatos para «evitar extravíos o pérdidas». A continuación, unos barberos profesionales nos cortarían el pelo y, según nos prometía, después de todo eso llegaríamos a las duchas.
Antes de proceder con nuestro cometido solicitó que aquellos que todavía llevaran cualquier objeto de valor, como oro, joyas, piedras preciosas o simplemente dinero, se lo entregaran a Herr Ober de manera voluntaria, puesto que era la última ocasión para «deshacerse de ese tipo de pertenencias sin ninguna consecuencia penal». Según nos explicó, estaba «terminantemente prohibido» poseer objetos de valor o comerciar con ellos en todo el territorio del lager o sea campo; aquella expresión alemana me resultó del todo conocida. Después de la ducha, todos tendríamos que pasar por «un aparato de rayos X especial», según nos explicó; el soldado asintió con vehemencia y alegría al oír la palabra «rayos X», pues seguramente pudo reconocerla. Entonces me acordé del guardia armado del tren, quien, al fin de cuentas estaba bien informado. El preso añadió que el intento de delito de contrabando tendría como consecuencia una severa pena para el culpable y el riesgo de manchar nuestro honor frente a las autoridades alemanas y, por lo tanto, sería «absurdo e ilógico». Aunque yo no estuviera implicado, me pareció que tenía toda la razón. Un breve silencio, intenso y un tanto incómodo, siguió a sus palabras. Entonces, alguien entre la gente más cercana al escritorio, se abrió paso para acercarse y colocar algo delante del soldado, después regresó a su sitio. El soldado dijo algo que sonó como una aprobación y, tras un breve examen visual, colocó el pequeño objeto -desde donde yo estaba, no se veía muy bien qué era- en el cajón del escritorio. El soldado parecía contento. Hubo otro momento de silencio, más corto que el anterior, y alguien se movió, otro hombre, y luego otro y otro, y así muchos, de manera cada vez más rápida, más decidida; todos pasaban por delante del escritorio y colocaban sus objetos en el pequeño espacio que quedaba entre el látigo y la cartera. Con excepción del ruido de los pasos y de los objetos y las breves palabras aprobatorias o alentadoras del soldado, todo se desarrolló en el más absoluto silencio. También observé que el soldado procedía de la misma manera con todos los objetos. Aunque alguien pusiera dos objetos sobre la mesa, él siempre los examinaba uno por uno. Luego abría el cajón, colocaba uno de los dos objetos, cerraba el cajón, en la mayoría de las ocasiones, empujándolo con la barriga, para proceder a examinar la pieza siguiente, de la misma manera que había hecho con las anteriores.
Yo estaba perplejo por la cantidad de cosas que iban apareciendo, puesto que los guardias armados ya habían requisado un montón de artículos parecidos. También me sorprendió la prisa, la diligencia que ponía la gente en entregar sus pertenencias, después de haberlas guardado durante tanto tiempo y de haber afrontado los riesgos que eso pudiera traerles. Seguramente a eso se debía la expresión un tanto vergonzosa y solemne, pero en todo caso aliviada. De todas formas, comprendí que la situación no era la misma que en las dependencias del cuartel: ahora nos encontrábamos al comienzo de una nueva vida y se trataba de otra cosa totalmente distinta, por supuesto. Todo ese proceso duró unos tres o cuatro minutos.
De lo demás, no puedo decir más que todo ocurrió según las indicaciones previas del preso. Se abrió la puerta y entramos en una sala donde había largos bancos con perchas encima de ellos. Encontré el número que me correspondía y lo repetí mentalmente varias veces para no olvidarlo. Até los dos zapatos con el cordón, como nos habían aconsejado. Entramos en una sala enorme y bien iluminada, donde había presos trabajando con navajas y máquinas rasuradoras: eran los peluqueros. Me acerqué a uno de ellos que estaba situado a la derecha. Probablemente me indicó que me sentara -yo no hablaba su idioma- en el taburete que había delante de él. Me cortó el cabello hasta el último pelo, dejándome la cabeza totalmente afeitada. Después cogió la navaja, me indicó que levantara los brazos y me afeitó los sobacos. A continuación se sentó delante de mí, en un taburete bajito. Sin decir palabra, me agarró el órgano más delicado y me quitó todo el vello con su navaja, toda aquella pelambrera que apenas había empezado a crecer y que constituía mi orgullo como hombre. Es posible que parezca absurdo pero la pérdida de aquel vello me resultó aún más dolorosa que la pérdida de mi cabello. Estaba muy sorprendido y un tanto molesto pero comprendí que sería ridículo salirme de las casillas por una cosa que, al fin y al cabo, no tenía mayor importancia. Los demás muchachos se encontraban en la misma situación y le gastaban bromas al Suave, preguntándole cómo se defendería así con las chicas.
Pero ya nos estaban llamando: nos esperaba la ducha. En la puerta, un preso le entregó un pedazo de jabón color marrón a Rozi que iba delante de mí, dándole a entender que era para tres personas. En la ducha nos esperaban un suelo resbaladizo de tablas de madera y un sistema de tuberías en el techo con duchas incorporadas. Adentro, ya había muchísima gente: todos estaban desnudos y olían bastante mal.
Me sorprendió el hecho de que el agua empezara a correr por sí sola, después de buscar todos, yo incluido, los grifos inútilmente. El agua no caía a chorros demasiado abundantes, pero su temperatura me pareció agradable. Antes que nada, bebí un buen trago y sentí que tenía el mismo sabor que la de la fuente; luego simplemente me deleité dejando caer el agua por todo mi cuerpo. Alrededor, los otros también se estaban duchando; soplaban y resoplaban, disfrutando de aquellos momentos de despreocupada alegría. Los muchachos nos hicimos bromas por nuestras cabezas rapadas. El jabón que nos habían entregado formaba muy poca espuma y contenía pequeñas partículas duras y cortantes. Un hombre regordete que estaba a mi lado, con pelos negros y rizados por la espalda y el pecho que no le habían afeitado, se enjabonó durante largo rato, con movimientos solemnes, casi rituales. Yo notaba que algo, aparte de su cabello, naturalmente, le faltaba pero no sabía qué. Entonces me di cuenta de que en la mandíbula y alrededor de la boca tenía el rostro más blanco y lleno de pequeños cortes recientes. Reconocí enseguida que era el rabino de la fábrica de ladrillos: así pues, él también había venido. Sin su barba, me pareció menos extraño; podía haber pasado por un hombre cualquiera, con la nariz un poco más grande de lo normal. Estaba enjabonándose los pies cuando, de la misma manera inesperada con que había empezado a correr, se cortó el agua; entonces, dirigió su cabeza hacia arriba, luego miró su cuerpo con resignación, como alguien que comprende y acepta y se somete ante la voluntad de una autoridad suprema.
Yo tampoco pude hacer otra cosa que dejarme llevar pues me estaban empujando y arrastrando hacia fuera. Entramos en una sala mal iluminada, donde un preso nos dio a cada uno un pañuelo, no, mejor dicho, una toalla, diciendo que se la devolviéramos después de utilizarla. Un poco más adelante, otro preso me untó con un pincel en la cabeza, las axilas y las ingles. El pincel contenía un líquido de color indefinible que picaba y olía mucho a desinfectante. Todo aquello lo hacían de una manera automática, con movimientos rápidos y hábiles.
A continuación nos encaminamos por un pasillo con dos ventanas iluminadas a la derecha y una pequeña salita sin puerta al final; por cualquier lugar que pasáramos había presos, que distribuían ropa. A mí, como a todos, me dieron una camisa que parecía haber sido azul con rayas blancas y que no tenía cuello -era similar a las que acostumbraban usar nuestros abuelos-, unos calcetines también de la misma época, un par de cordones para los pantalones, un traje de lienzo muy usado, de rayas blancas y azules, igual que el traje de los presos: la mirase como la mirase, aquella ropa era un uniforme de preso. En la pequeña salita abierta pude elegir yo mismo entre los muchos pares de zapatos que había con suela de madera, forrados con tela, y que no tenían cordones sino tres botones a los lados; encontré unos que eran aproximadamente de mi número. También recogí los dos paños de tela gris, que parecían pañuelos, más otra prenda imprescindible, el gorro redondo, bastante destrozado, a rayas, también típico de los presos.
Durante unos instantes estuve indeciso, no sabía exactamente qué hacer, pero no me podía entretener en medio de tantas prisas, tanto jaleo, tanta gente vistiéndose, puesto que tampoco quería quedarme atrás. Me até los pantalones -que eran anchos y no tenían cinturón ni nada parecido- como pude y corriendo; los zapatos eran también muy raros, puesto que la suela era totalmente rígida. Terminé de vestirme y me puse el gorro en la cabeza. Cuando acabé los otros muchachos también estaban ya vestidos, nos miramos atónitos, sin saber si reír o llorar. Menos mal que no tuvimos tiempo ni para una cosa ni para otra, porque cuando quisimos darnos cuenta ya estábamos otra vez fuera. No sé quién estuvo dándonos órdenes, ni sé muy bien qué ocurrió; sólo recuerdo que alguien me golpeó, entre empujones y tirones, y yo me dejé llevar, tratando de no caerme con mis zapatos nuevos, escuchando, aturdido, unos golpes sordos, como si estuvieran pegando a la gente por detrás, por la espalda. Así continuamos hacia delante, atravesando plazas y patios, por caminos rodeados de alambres, más portones que se abrían y se volvían a cerrar, hasta que al final ya todo se me hizo confuso y caótico y no supe siquiera dónde estaba.