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Sólo en Zeitz comprendí que la vida de un preso también tiene días laborables, mejor dicho, que la vida de un preso sólo tiene días laborables, todos iguales. Era como si ya hubiera estado en una situación similar, en el tren, camino a Auschwitz. Allí también todo dependía del tiempo y de la habilidad de cada uno. Pero en Zeitz era peor; para seguir con el mismo ejemplo, tenía la sensación de que el tren se había detenido indefinidamente, pero, por otra parte, delante, a mi alrededor e incluso dentro de mí era como si corriera a toda velocidad: apenas podía asimilar los repentinos cambios que se producían alrededor y en mi interior. Puedo, sin embargo, afirmar una cosa con total seguridad: he recorrido todo el camino aprovechando honradamente todas y cada una de las posibilidades que se me iban presentando.
En primer lugar, todo lo nuevo hay que empezarlo con buena voluntad, incluso en un campo de concentración; ésa fue mi experiencia -de momento, bastaba con convertirme en un buen preso, lo demás vendría después-, ésa era mi convicción, en eso se basaba mi comportamiento, al igual que el de todos los demás. Enseguida comprendí que las opiniones favorables que había oído en Auschwitz sobre la situación del Arbeitslager en cierto modo podían considerarse algo exageradas. Sin embargo, todavía no había percibido hasta qué punto podían ser exageradas esas opiniones y sus consecuencias -no podía, claro que no-, y lo mismo les ocurría, sin excepción, a los aproximadamente dos mil presos de nuestro campo, naturalmente sin contar los suicidas. Sin embargo, se producían muy pocos suicidios, no era la regla, eso lo reconocía todo el mundo. Yo me enteré de unos cuantos casos, oía los comentarios y las opiniones: algunos lo desaprobaban por completo, otros lo comprendían, los conocidos lo lamentaban, pero todos parecían estar hablando de un hecho excepcional, lejano, extraño y difícil de explicar, de un acto frívolo o quizás incluso respetable pero de todas formas de algo que era consecuencia de una conducta precipitada.
Lo principal era no abandonarse; algo siempre pasará porque nunca ha pasado que algo no pasara, eso me enseñó Bandi Citrom, afirmación llena de sabiduría que él había aprendido en el campo de trabajo. La primera cosa, la más importante era, en todas las circunstancias, el lavarse (las pilas en filas paralelas, los tubos de hierro con sus agujeros a la intemperie en la parte del campo que daba hacia la carretera). También era sumamente importante administrar la ración de comida, la hubiera o no. Por difícil que resultara esa dura disciplina había que guardar algo para el desayuno de la mañana siguiente. Es más, otro trozo debería quedar para la hora de la comida, procurando evitar que nuestros pensamientos y, sobre todo, nuestras manos se encaminaran a los bolsillos. Así, y sólo así, se evitaba el penoso pensamiento de no tener nada que llevar a la boca. Me enteré de que aquel trapo que yo creí siempre que era un pañuelo, servía para envolver los pies antes de meterlos en los zapatos; aprendí que en el recuento o en la marcha, los únicos sitios seguros eran los de la fila del medio; que en el momento en que distribuían la sopa había que ponerse atrás para recibir una porción más espesa; que el mango de la cuchara se podía transformar en un instrumento parecido a un cuchillo. Todo esto -y muchas cosas más, todas muy importantes para la vida de un preso- lo aprendí de Bandi Citrom, observándolo y tratando de imitarlo o comportarme como él.
Nunca lo hubiese creído y, sin embargo, es una verdad como un templo: en ninguna otra circunstancia importa tanto llevar una vida ordenada, ejemplar y hasta virtuosa como estando preso. Todo eso estaba claro. Bastaba con echar un vistazo a los alrededores del bloque uno, donde vivían los presos más antiguos. El triángulo amarillo en su pecho nos lo decía todo, y la letra «L» nos informaba que procedían de la lejana Letonia, exactamente de la ciudad de Riga, según me dijeron. Entre ellos había unos sujetos extraños que al principio me sorprendieron; eran todos muy viejos, con la cabeza hundida, la nariz prominente y el sucio uniforme colgando sobre sus hombros: parecían cuervos frioleros incluso en los días más calurosos del verano. Con aquel aspecto, aquellos pasos difíciles y penosos parecían preguntar: «¿Vale la pena el esfuerzo?». Eran como signos de interrogación vivientes. Por su forma y hasta por su volumen no podían llamarse de otro modo. Me enteré de que en el campo de concentración los llamaban «los musulmanes». Bandi Citrom me advertía: «Al verlos se te quitan las ganas de vivir», y tenía algo de razón, aunque más tarde comprendí que para eso hacía falta mucho más.
Por encima de todo estaba el recurso de la terquedad. Había muchas clases y grados de terquedad, pero ésta nunca faltaba en Zeitz, hay que reconocerlo, y muchas veces nos era de gran ayuda. Contábamos, por ejemplo, con la presencia de una compañía, comunidad o especie -no sé cómo llamarla- cuyo primer representante, que estaba a mi izquierda en la fila, me había llamado la atención al llegar. Bandi Citrom me contó más cosas sobre ellos, me dijo que los había apodado «fineses», puesto que cuando se les preguntaba de dónde eran, siempre decían -si es que decían algo- «Fin Minkács», es decir «de Munkács», o «Fin Sarada», que ya era más difícil de adivinar, de Sátoraljaújhely. Bandi Citrom los conoció en el campo de trabajo, y su opinión sobre ellos no era muy buena. Estaban por todas partes, en el trabajo, en la marcha o en el recuento, en la fila, balanceándose para atrás y para adelante, murmurando sus rezos como si fueran deudas de nunca acabar. En las pausas nos decían con disimulo: «Cuchillo para vender», pero no les hacíamos caso. Menos aún, por muy tentador que fuera, cuando por la mañana nos decían: «Sopa para vender», porque ellos no comían sopa, ni wurst cuando había: no comían nada que prohibiera su religión. Entonces, ¿cómo sobreviven?, cabría preguntarse, y Bandi Citrom habría respondido que no había por qué preocuparse por ellos; y es verdad, puesto que -como era evidente- sobrevivían. Entre ellos y con los letones hablaban el yiddish, pero conocían también el alemán, y el eslavo y quién sabe cuántos idiomas más; el húngaro sólo lo empleaban para hacer negocios.
Una vez -no pude evitarlo- me pusieron en el destacamento en que estaban ellos. «Reds di jiddish?» [¿Hablas en yiddish?], me preguntaron enseguida. Cuando les dije que no, habían terminado conmigo, no me hicieron el menor caso, me miraban como si fuera aire, como si no existiera. Traté de hablarles, de hacerme ver, pero todo fue en balde. «Tú no eres judío», repetían moviendo la cabeza. Me sorprendió mucho porque no comprendía cómo aquella gente -todos tan buenos comerciantes- podía aferrarse a una cosa sin sentido que sólo le causaría problemas. Aquel día volví a sentir la misma tensión, el mismo escozor en la piel, la misma torpeza que había experimentado muchas veces cuando todavía vivía en Budapest y estaba entre ellos, como si hubiera algo anormal en mí, como si yo fuera distinto, diferente de su ideal; lo que quiero decir es que me sentía judío, y ese sentimiento resultaba extraño, puesto que estaba entre judíos, en un campo de concentración.
También Bandi Citrom me sorprendía a veces. Lo oía cantar a menudo, en el trabajo, en el descanso, y pronto aprendí de memoria su canción favorita. La cantaba con sus compañeros en el campo de trabajo, en el batallón disciplinario:
Por los campos de Ucrania vamos desactivando minas,
no tenemos miedo, somos valientes.
Así empezaba; me gustaba en especial la última estrofa:
Si cae un compañero
a casa el recado mandaremos.
No importa lo que nos espere,
hermosa patria nuestra,
de ti nunca nos olvidaremos.
La canción me gustaba mucho, su melodía era triste y lenta, y la letra me impresionaba cada vez que la oía; en mi mente se dibujaba la imagen de aquel guardia del tren que quiso recordarnos que éramos húngaros: al fin y al cabo, a ellos también la patria los había castigado. Un día se lo mencioné a Bandi, y él no hizo ningún comentario en contra de mi observación, pero parecía un poco molesto, como enfadado. Al día siguiente, en un momento dado, empezó a silbar la canción, a tararearla y cantarla, como si no se acordara de nada. Otra frase que repetía con frecuencia era: «Algún día volveré a pisar el asfalto de la calle Nefelejcs». Bandi hablaba tanto de la calle, del número de su casa, que llegué a encariñarme con ella y a desear volver a verla, aunque en realidad para mí no tuviera un atractivo especial; la suya era una calle pequeña e insignificante, cerca de la estación de ferrocarriles del este. Me hablaba mucho de la ciudad, me recordaba las plazas, las calles y también algunos edificios típicos que tenían algún letrero o inscripción especial. Cuando se refirió a «las luces de Budapest», tuve que corregirlo, explicándole que tales luces ya no existían, debido a que se tenían que tapar con papeles por los ataques aéreos, y que las bombas también habían cambiado bastante el aspecto de la capital. Me escuchó, pero no le agradaba lo que oía. Al día siguiente volvió a hablarme de las luces de Budapest.
No es posible enumerar todas las formas de terquedad, todas las formas entre las que elegir, si hubiera habido posibilidad de elección en Zeitz. Se hablaba del pasado, del futuro, y se hablaba muchísimo, sí, puedo decir que nunca antes había oído hablar tanto como allí, entre los presos, de la libertad: claro, era lógico. Otros se divertían contando chistes, dichos o bromas. Yo también los escuchaba, por descontado. Había una hora especial del día, entre el regreso de la fábrica y el recuento vespertino, una hora muy agitada y despreocupada, que siempre esperaba con ansiedad: la hora de la cena. Un día, a esa hora, yo estaba tratando de abrirme paso entre la gente que iba y venía, compraba y vendía, hablaba y escuchaba, cuando de repente tropecé con alguien que me miró sorprendido; su cara, su nariz, sus ojos me resultaban familiares: «¡Vaya!», exclamamos ambos a la vez, puesto que él también me había reconocido. Era el hombre de la «mala suerte». Pareció muy contento de verme, y me preguntó dónde dormía. Le contesté que en el bloque cinco. «Qué lástima», dijo, porque él dormía en otro bloque. Se quejó de «no ver nunca a los conocidos», y cuando le dije que yo tampoco los veía, no sé por qué pero se puso muy triste. «Nos hemos perdido, nos hemos perdido todos», observó. No supe muy bien qué significado darle a sus palabras y a sus gestos. Luego, su rostro se iluminó de repente, y me preguntó: «¿Sabes qué significa la letra "U"?», me preguntó señalándome esa letra en su pecho. Le respondí que claro que sabía que quería decir Ungarn, húngaro. «¡Qué va! -me respondió-, es Unschuldig [inocente]», y se rió, asintiendo con la cabeza, pensativo, disfrutando de su chiste, no sé por qué. Observé la misma expresión en el rostro de los que contaban el mismo chiste, lo que ocurría con bastante frecuencia, sobre todo al principio. Parecía que en aquella palabra habían encontrado un sentimiento alentador, por lo menos eso indicaba la misma risa, la expresión idéntica de sus caras, la misma sonrisa dolorida pero encantada con la que contaban y escuchaban el chiste una y otra vez, como cuando uno oye una melodía que le llega al corazón o un cuento que le conmueve de una manera especial.
Todos ellos se esforzaban por igual en una misma cosa: todos trataban de mostrarse buenos presos. Claro, ése era su interés, eso requerían las circunstancias; nuestra vida, en realidad, se limitaba a eso. Por ejemplo, si el orden de las filas era ejemplar y los números cuadraban perfectamente, el recuento vespertino duraba menos, por lo menos al principio. Si nos mostrábamos aplicados en el trabajo podíamos evitar las palizas, por lo menos al principio.
Sin embargo, por lo menos al principio, puedo afirmar que no sólo esa clase de beneficios guiaba nuestra manera de actuar. Por ejemplo, en el trabajo, la primera tarde para no ir más lejos, nuestra tarea era descargar un vagón entero de guijarros grises. Siguiendo el ejemplo de Bandi Citrom -después de que el guardia, esta vez mayor y más amable, nos diera su permiso- nos quitamos las camisas. Fue la primera vez que vi su piel amarillenta, los músculos bien desarrollados y el lunar debajo de su pecho izquierdo, Bandi dijo: «¡Vamos a enseñarles a éstos lo que sabemos hacer en Budapest!», con un tono realmente serio. Puedo afirmar que aunque era la primera vez en mi vida que yo tenía una pala en la mano, tanto nuestro guardia como aquel hombre de la fábrica -que iba y venía y tenía aspecto de capataz- parecían contentos, lo que, por otra parte, aumentaba nuestro entusiasmo, por supuesto. Por el contrario si las palmas de mis manos empezaban a arder o veía que mis dedos estaban rojos de sangre y el guardia me preguntaba: «Was ist denn los?» [¿Qué ocurre?], y yo sonreía y le mostraba mis manos, él se ponía muy serio, llegando incluso a dar un estirón del cinto del que colgaba su fusil, y me decía: «Arbeiten! Aber los!» [¡Vamos! ¡A trabajar!] Estaba claro que yo tenía que dejar de preocuparme por mis manos.
Desde el primer día, sólo me importaba saber una cosa: cuándo podía escabullirme del trabajo, cuándo podía robar unos minutos de descanso, cómo cargar menos la pala, la laya, la horca, y puedo afirmar que he aprendido todos los trucos, todas las mañas, las he asimilado y las he puesto en práctica en todos los trabajos que tuve que ejecutar. Al fin y al cabo ¿quién se beneficiaba?, como había preguntado en una ocasión el Experto. Estoy seguro de que allí había algún fallo, algún problema, algún obstáculo, algún fracaso. Cualquier palabra de reconocimiento, cualquier señal, por pequeña que fuera, nos hubiera sido más útil, por lo menos a mí. Porque, a fin de cuentas, personalmente, ¿qué teníamos los unos contra los otros? El sentimiento de vanidad permanece aun entre los presos, y ¿quién no anhela un poco de comprensión y de buena voluntad? ¿Acaso no se llega más lejos con eso? En el fondo, estas experiencias tampoco han cambiado mi opinión. El tren avanzaba y si miraba hacia delante, divisaba a lo lejos la meta; en los primeros tiempos -los tiempos dorados como los llamamos más tarde con Bandi Citrom- Zeitz parecía un lugar bastante tolerable (siempre que se tuviera un buen comportamiento y buena suerte), por lo menos en aquellos momentos transitorios, hasta que el futuro nos trajera otra cosa, claro. Dos veces a la semana tocaba medio pan, tres veces un tercio, y sólo dos veces un cuarto. Zulage también, muy a menudo. Una vez a la semana, patatas cocidas (seis patatas que te echaban en el gorro: claro, sin Zulage, puesto que eso hubiera sido ya una exageración), y una vez sopa de leche.
El primer disgusto del temprano despertar se olvidaba pronto con el rocío del alba, el cielo limpio y el café caliente, aunque convenía darse prisa en la letrina puesto que pronto se oían las llamadas para pasarnos revista. Los recuentos por la mañana eran más cortos y enseguida empezaba el trabajo. Una de las puertas laterales de la fábrica que utilizábamos nosotros, los presos, se encontraba a la izquierda de la carretera, en medio de una franja de tierra, a unos diez o quince minutos de camino desde el campo. El ruido se oía desde lejos: murmullos, chasquidos, zumbidos y resoplidos; los ruidos secos y cortos de las tuberías de hierro. Así nos saludaba la fábrica, con sus caminos principales y laterales, sus grúas y excavadoras, sus vías y un laberinto de chimeneas, cámaras frigoríficas, sistemas de tuberías y talleres: parecía más bien una ciudad llena de laberintos. Los grandes boquetes, cunetas, ruinas y partes derrumbadas, las tuberías rotas y los cables destrozados daban fe de la llegada de los aviones. La fábrica se llamaba Brabag -según me enteré el primer día, a la hora de la comida-, forma abreviada de Braun-Kohl-Benzin Aktiengesellschaft, «empresa que cotizaba en Bolsa», según me informó un compañero corpulento, que resollaba apoyado sobre el codo, mientras sacaba un pedazo de pan ya masticado del bolsillo. En el campo se decía de él, siempre entre risas y aunque a él no pareciera importarle, que poseía un porcentaje de las acciones. Según me dijeron -y también adiviné por el olor que me recordaba al de la refinería de Csepel-, estaban intentando obtener petróleo, pero utilizaban algún truco para no sacarlo del aceite mineral sino del carbón. La idea me pareció interesante, pero comprendí que mi opinión importaba poco. Las posibilidades laborales eran un tema interesantísimo. Unos preferían la pala, otros el pico; para unos lo mejor era tender cables, para otros, la mezcla de argamasa, y -quién sabe cómo- también había gente que escogía los trabajos de reparación de tuberías, en los que el barro amarillo y el aceite negro te llegaban hasta la cintura; aunque nadie negaba la existencia de esas razones, los trabajos de reparación de tuberías solían escogerlos los letones y sus amigos los fineses.
Una vez al día, la palabra antreten [retirada] sonaba dulce, lenta y entrañable: por la noche, designaba el momento de regresar a casa. Bandi Citrom se abría paso entre la multitud que rodeaba los aseos, gritando: «¡Fuera musulmanes!», y luego vigilaba atentamente la forma en que yo procedía a mi limpieza. «Lávate también el pito, ahí viven los piojos», me decía y yo reía pero siempre le hacía caso.
Nos gustaba aquella hora especial, la hora de los recados, chistes y quejas, la hora de las visitas, de las conversaciones, de los tratos y negocios, la hora de intercambiar información, que sólo quedaba interrumpida por el tintineo de las cazuelas, esa señal que nos hacía movernos a todos, que nos hacía espabilar a todos: la hora de la cena, cuya duración dependía de la suerte. Al cabo de una, dos o como máximo tres horas (ya estaban encendidos los focos) empezaban las carreras dentro de las tiendas, por la estrecha franja del medio, entre las triples filas de cabinas que llamaban «compartimientos» para dormir. Durante un largo rato, las tiendas se llenaban de voces que susurraban en la oscuridad: era la hora de conversar sobre el pasado, el futuro, la libertad. Así me enteré de que antes de ser privados de libertad todos habían sido felices y ricos. Había quienes contaban lo que acostumbraban cenar, y a veces también hablaban de temas íntimos, usuales entre los hombres. En una ocasión, mencionaron -algo que nunca volví a oír- que en la sopa se ponía un tranquilizante llamado «bromuro», por lo menos eso decían, con una expresión cómplice y misteriosa.
Bandi Citrom también solía mencionar la calle Nefelejcs, las luces y «las mujeres de Budapest», tema que yo desconocía por completo.
En otra ocasión, un viernes por la noche, me llamó la atención la voz suave y melodiosa de alguien que se encontraba en un rincón de la tienda: era un sacerdote, un rabino. Me acerqué, trepando por encima de las literas, y en medio de un grupo de gente hallé al rabino que ya conocía. En aquel grupo se practicaban los rezos tal como estaban, con su uniforme de preso y su gorro; no me quedé mucho rato con ellos puesto que tenía más ganas de dormir que de rezar.
Bandi Citrom y yo dormíamos arriba del todo. En nuestro compartimiento había además otros dos jóvenes que también eran de Budapest. Los compartimientos eran de madera, con un montón de paja y un saco encima. Teníamos una manta para dos pero en verano no la utilizábamos. Desde luego, el sitio no sobraba: si yo me daba la vuelta, también el vecino debía dársela; si éste cambiaba de postura, yo me veía obligado a hacer lo mismo. Pero, como siempre, el sueño profundo y reparador lo hacía olvidar todo: la verdad es que aquéllos fueron días dorados.
Los cambios empezaron más tarde: primero fueron las raciones. Desaparecieron las de medio pan, como si nunca hubiesen existido, y llegaron las de un tercio o un cuarto, muchas veces sin Zulage. El tren también empezó a avanzar más lentamente y, al final, se paró. Yo trataba de mirar hacia delante pero sólo veía el día siguiente, y éste era como el anterior, exactamente igual, en caso -por supuesto- de que siguiera acompañándonos la suerte. Ya no tenía ganas ni fuerzas para nada; todos los días me levantaba más cansado; cada día que pasaba soportaba peor el hambre; me movía con más y más dificultad; todo se me volvía una carga, incluso yo mismo. Ya no siempre éramos buenos presos y sentíamos las consecuencias por parte de los soldados y de los que ostentaban algún cargo entre nosotros, sobre todo el Lagerältester [comandante de campo].
Éste, fuera donde fuera, siempre iba vestido de negro. Daba la señal de silbato para despertarnos y efectuaba el último examen por la noche. La gente no dejaba de hablar de las excelentes condiciones en que vivía. Su idioma era el alemán, su sangre, gitana -así lo llamábamos nosotros, los húngaros, «el gitano»-; ésta era la primera razón por la que se encontraba en un campo de concentración, y la segunda, algo que Bandi Citrom había descubierto a primera vista: el color verde de su triángulo advertía que había robado y matado a una señora mayor, según decían, muy rica, que le había dado trabajo. Así, por primera vez en mi vida pude ver a un asesino con mis propios ojos. Él era el encargado del orden y de la justicia, su trabajo consistía en asegurar el cumplimiento de las leyes; en principio, no parecía ningún pensamiento alentador: eso opinábamos todos, incluido yo. Por otra parte, tuve que reconocerlo: llegado un punto determinado, los matices se confunden. Yo, por ejemplo, tuve más problemas con un Stubendienst, aunque era un hombre muy honrado. Por eso había sido elegido por votación, al igual que el doctor Kovács, el cual no era doctor en medicina sino en derecho, para Blockältester. Los dos eran de la ciudad de Siófok, a orillas del precioso lago Balaton. Su nombre era Fodor, y era un hombre pelirrojo al que todo el mundo conocía.
Decían -¡ignoro si era verdad o no!-, que el Lagerältester utilizaba su bastón y su puño por puro placer, porque eso le producía una cierta satisfacción similar a lo que buscaba con los hombres, los chicos o las mujeres: eso decían los más informados. Sin embargo, en estos casos el orden no era un pretexto sino una auténtica necesidad, un interés común; nunca se le olvidaba insistir en ese punto cuando -viéndose en la necesidad- tenía que hacerlo. Por otra parte, el orden nunca era perfecto; en realidad, lo era cada vez menos. Por eso él se veía obligado a pegar con su cucharón de hierro a los que se movían demasiado en la fila, a los que no sabían cómo había que formar delante de él o cómo había que colocar el plato, al lado de la cazuela; éstos dejaban caer entonces el plato, la sopa, todo; de forma que imposibilitaban su trabajo y nos causaban problemas a todos. Por eso tiraba de los pies de los que se quedaban durmiendo por la mañana, puesto que las irregularidades las cometía una sola persona, pero todos, incluso los inocentes, teníamos que cargar con las consecuencias. Las intenciones de las personas no eran siempre las mismas, por supuesto, pero a partir de cierto punto las diferencias eran sólo cuestión de matices y los resultados eran idénticos.
Aparte de ellos, había otro encargado alemán, que llevaba un uniforme a rayas impecable y una cinta amarilla alrededor del brazo: a éste, por suerte, no lo veía mucho; más tarde -para mi mayor sorpresa- aparecieron varias personas con la cinta negra, con la inscripción -menos ostentosa- de Vorarbeiter [capataz]. Allí estaba yo cuando apareció por primera vez -en la cena- con la cinta en el brazo uno de los que dormían en nuestro bloque: antes no me había fijado mucho en él puesto que no tenía ninguna característica especial ni nada que lo distinguiera, aunque era fuerte y alto. Sin embargo, todo cambió: a partir de entonces ya no sería un perfecto desconocido; los amigos se le acercaron, lo rodearon, le desearon suerte y lo felicitaron por el nombramiento, saludándolo y ofreciéndole la mano, que él aceptaba o no, según el caso (los rechazados se retiraban enseguida). El momento más solemne -por lo menos para mí- fue cuando en medio de aquel silencio casi reverente, en medio del interés general y de las miradas envidiosas de todos, él se levantó lentamente, con dignidad y sin prisa, para recoger la segunda ración que le correspondía por el cargo; el Stubendienst se la sirvió con la complicidad de dos personas que se encuentran en el mismo nivel.
En otra ocasión, me fijé en la cinta distintiva de un hombre con andar gallardo y pecho erguido. Lo reconocí enseguida: era el oficial de Auschwitz. Un día me encontré bajo su mando y ahora puedo decir que es verdad que por algunos de sus hombres habría puesto la mano en el fuego, mientras que no aguantaba a los que vagueaban y «hacían que otros les sacasen las castañas del fuego»; él mismo había utilizado esas palabras para explicarse al empezar el trabajo. Al día siguiente, Bandi Citrom y yo nos las ingeniamos para cambiar de destacamento.
También advertí otros cambios, sobre todo en las personas ajenas al campo, como la gente de la fábrica, nuestros guardias, algunos representantes de la autoridad, etc. Al principio no entendía el porqué de esos cambios, me parecía que el aspecto de todos ellos era mucho más saludable. Luego reparé en que el cambio se había producido en nosotros, no en ellos, sólo que era más difícil de percibir. Por ejemplo, cuando miraba a Bandi Citrom no veía en él nada especial, pero cuando trataba de acordarme de él, de la primera vez que lo había visto, en la fila o en el trabajo, y había observado sus músculos fuertes, imponentes y durísimos, apenas podía dar crédito a lo que ahora veía. Comprendí entonces que a veces el tiempo nos engaña. No había advertido esa cuestión tan obvia al observar, por ejemplo, a la familia Khollmann. Allí todos la conocíamos; procedía de un pueblo llamado Kisvárda, igual que otras muchas personas del campo, y donde era seguramente gente respetable; por lo menos los otros los trataban con deferencia y hablaban de ellos con reverencia. Eran tres: el padre, bajito y calvo, el hijo mayor y el más pequeño -los dos tenían unas facciones diferentes a las del padre, pero eran casi idénticos, por lo que deduje que se debían de parecer a la madre-; eran dos muchachos rubios, de ojos azules. Los tres iban siempre juntos, y siempre que podían, cogidos de la mano. A medida que pasaba el tiempo observé que el padre se iba quedando atrás y los dos hijos tenían que ayudarlo, cogiéndolo de las manos. Más tarde, el padre ya no iba con ellos, entonces era el hijo mayor el que tenía que arrastrar a su hermano pequeño, que acabó desapareciendo también; finalmente era el mayor el que se arrastraba solo, hasta que no lo vi más. Al reflexionar ahora sobre todas estas cosas, comprendo que yo asistí a aquel proceso de una manera gradual, acostumbrándome a cada fase, sin verlo en realidad. Me imagino que yo también habría cambiado porque el Curtidor, con quien me crucé un día al entrar en la cocina, donde había encontrado un trabajo envidiable de pelador de patatas, no me reconoció. Cuando logré convencerlo de que tenía delante a su compañero de la Shell, le pregunté si por casualidad no habría alguna sobra en la cocina, algún resto, lo que fuera. Me dijo que iría a verlo, y que por su parte no quería nada a cambio, pero me preguntó si tenía cigarrillos puesto que el Vorarbeiter de la cocina estaba «loco por el tabaco». Al confesarle que no tenía se marchó. Al instante comprendí que no tenía mucho sentido esperar y que la amistad es una cosa pasajera, limitada por las leyes de la vida, y que eso es natural.
Otro día fui yo quien al principio no reconocí a una criatura muy rara que pasaba a mi lado, probablemente en dirección a las letrinas. Llevaba el gorro calado hasta las orejas, su cara flaca y huesuda estaba llena de magulladuras y de su nariz caían gotas amarillas. «¡Suave!», grité pero él ni siquiera se inmutó. Se arrastraba de una forma penosa, agarrando sus pantalones con una mano; yo pensé que nunca habría imaginado que alguien pudiera cambiar tanto. Otro día vi también al Fumador -creo que era él-, todavía más amarillo y más flaco que el Suave, con los ojos más grandes y febriles.
En ciertas circunstancias, no basta con la buena voluntad. En una ocasión, cuando todavía estaba en casa, había leído que con el tiempo y con el esfuerzo necesarios uno puede incluso acostumbrarse a vivir preso. No dudo de que esto sea verdad cuando se está encerrado en una casa o en una prisión normal, civil, pero en un campo de concentración, según mi experiencia, es imposible. Y estoy totalmente convencido de que no es por falta de esfuerzo, ni de buena voluntad; el problema es que simplemente no te dejan tiempo para ello.
Sé que en un campo de concentración hay tres formas de evadirse, puesto que había visto y oído cómo otros lo hacían y yo mismo llegué a ponerlas en práctica. Yo escogí la primera forma, quizá la menos pretenciosa, pues existe una parcela de nuestra naturaleza que -según aprendí- es verdaderamente un don eterno que le impide al hombre caer en la locura. Es un hecho demostrado que nuestra imaginación permanece libre incluso en condiciones de privación de libertad. Yo podía, por ejemplo, hacer lo siguiente: mientras mis manos estaban ocupadas con la pala y el pico -ahorrando fuerzas, suministrándolas bien, limitándome a realizar sólo los movimientos más necesarios-, yo lograba escapar de allí. Al mismo tiempo, me di cuenta de que la imaginación no es ilimitada, pues con el mismo esfuerzo me habría podido trasladar a Calcuta, Florida o a cualquiera de los lugares más bellos del mundo. Sin embargo, como eso no me parecía bastante serio y no me habría resultado muy convincente, la mayoría de las veces me quedaba en casa. La verdad es que tampoco era menos atrevido que estar en Calcuta, pero por lo menos tenía algo de humildad, y daba cierto trabajo que igualaba el esfuerzo y lo hacía auténtico. Pronto advertí que cuando era libre no había vivido de la mejor manera posible, que había malgastado mis días, que tenía de qué arrepentirme… Sin ir más lejos, me acordaba de que algunas comidas no me gustaban, no las comía o sólo lo hacía a medias, simplemente porque no eran de mi agrado; eso me pareció una falta incomprensible e imperdonable. O la eterna discusión entre mi padre y mi madre por mi persona. «Cuando esté de nuevo en casa terminaré con todas estas discusiones para que haya paz», pensé de una manera sencilla y con estas mismas palabras, sin vacilar ni un instante, como si sólo me interesaran los problemas derivados de ese hecho completamente natural. Había también cosas de mi vida previa que me ponían nervioso o que, por ridículo que parezca, me daban miedo: ciertas asignaturas en el colegio, los profesores que las enseñaban, los exámenes y sus resultados, el comportamiento de mi padre al enterarse de las notas; me acordaba de esos temores y me divertía. Uno de mis pasatiempos favoritos era imaginarme una y otra vez un día completo, un día íntegro en casa, desde la mañana hasta la noche, ateniéndome siempre a la regla de la humildad. El mismo esfuerzo me hubiera costado imaginarme un día especial, un día perfecto, pero yo me imaginaba un día malo: madrugar, ir a la escuela y agobiarme, comer mal… y al imaginarme todo eso, enmendaba todas aquellas posibilidades malgastadas y fallidas o, simplemente, inadvertidas. Lo había oído decir, y ahora también puedo dar fe de ello: es verdad que las paredes de la cárcel no pueden poner límites a nuestra imaginación. El único problema era si mi imaginación me llevaba tan lejos como para olvidarme de mis manos, porque entonces la realidad restablecía sus derechos de la manera más concreta y contundente.
Más tarde, empezaron a no cuadrar los números en los recuentos de las mañanas, como sucedió un día en el bloque seis, que estaba junto al nuestro. Todos sabíamos qué ocurría, puesto que el toque de diana en un campo de concentración arranca del sueño a todo el mundo: aquellos que no despertaban ya no lo harían nunca más, y allí quedarían sus cuerpos. Pues bien, en esto consiste la segunda forma de evasión, ¿quién no ha tenido la tentación, aunque sea una sola vez, de abandonarse? Yo sí, con seguridad, sobre todo por la mañana cuando me despertaba y debía afrontar un nuevo día en el alboroto de la tienda. Así me ocurrió en repetidas ocasiones, pero Bandi Citrom nunca dejó que lo hiciera. Al fin y al cabo, el café no importaba tanto, y al recuento ya llegaríamos: eso piensa uno, eso pensaba yo también. Naturalmente, no podíamos quedarnos acostados, hubiera sido algo infantil; debíamos levantarnos y luego… conocíamos algún sitio, algún rincón del todo seguro. Lo teníamos previsto, calculado, porque habíamos encontrado aquel lugar por pura casualidad, sin buscarlo, casi sin darnos cuenta. Nos acostábamos, nos metíamos, por ejemplo, debajo de las cabinas. Cualquier rincón, cualquier sitio o escondite bastaban. Nos cubríamos bien con paja, mantas, con lo que fuera. Al mismo tiempo, considerábamos la idea de estar presentes en el recuento; los más atrevidos hasta llegaban a pensar que la falta de una sola persona quizá no llamaría la atención, que quizá contarían mal -a fin de cuentas todos podemos equivocarnos-, que quizá precisamente aquel día la falta de una sola persona no llamaría tanto la atención, y ya por la noche -estábamos seguros- cuadrarían los números; los más atrevidos incluso llegaban a estar seguros de que en aquel escondite nunca los encontrarían. Sin embargo, los verdaderamente atrevidos no pensaban ni siquiera en eso, porque ellos simplemente creían -como yo lo he llegado a creer también- que una hora más de sueño justifica cualquier riesgo, cualquier precio, lo que sea.
En realidad, nunca era una hora ya que por las mañanas las cosas se sucedían muy rápido: enseguida se formaban los destacamentos de búsqueda. Aquel día, como otros muchos, el Lagerältester iba delante, vestido de negro, recién afeitado y perfumado, con su gallardo bigote; el guardia alemán y un Blockältester y un Stubendienst les seguían de cerca. Todos armados con palos, porras y garrotes entraron en el bloque seis. Desde dentro se oyeron voces y gritos y, al cabo de unos minutos -¡vaya!-, el aire se llenó del vociferar triunfante y victorioso de los que acaban de encontrar lo que buscaban. También oímos otra voz, cada vez más débil, que se calló pronto. Lo que sacaron de la tienda sólo parecía un bulto, una cosa sin vida, un montón de trapos que dejaron tirado al final de la fila, allá, echado. Sin embargo, algún detalle, algún rasgo típico llamaron mi atención, y pude reconocerlo: el hombre desafortunado. Siguió entonces el grito de «Arbeitskommandos antreten» [Comandantes, ¡empezad!] y ya sabíamos que los soldados serían más severos con todos nosotros.
Por último, hay una tercera manera de escapar: la literaria, la verdadera. Hubo un caso, un solo caso en nuestro campamento. Los fugitivos eran tres, los tres letones, hombres experimentados, que hablaban alemán y conocían perfectamente los alrededores, es decir, se movían con seguridad -según corrió la noticia como un murmullo-, y nosotros estábamos orgullosos, disfrutamos con malicia del desconcierto de nuestros guardias, algunos incluso empezaron a considerar con entusiasmo la posibilidad de seguir el ejemplo. Después estuvimos furiosos con ellos, ya de madrugada, a eso de las dos o las tres, cuando como castigo por sus actos todavía permanecíamos en las filas, en el recuento, formados o, mejor dicho, tambaleándonos. A la tarde siguiente, intenté no mirar hacia la derecha, donde había tres sillas, y encima de ellas, sentadas, tres personas o tres cosas parecidas a personas. Me pareció más sensato no mirar el aspecto que podían tener, ni la inscripción de las letras grandes y torpes que llevaban en unas cartulinas colgadas del cuello (más tarde me enteré, puesto que lo repitieron mucho en el campamento: «Hurrah! Ich bin wieder da!», es decir «¡Hurra! ¡Estoy aquí otra vez!»); también vi un artilugio de madera del que colgaban tres sogas con nudo corredizo; comprendí que se trataba de una horca. Cena no hubo, por supuesto, y en su lugar los gritos de «Appell! Das ganze Lager: Achtung!» [¡A formar filas! Todo el campo: ¡Atención!], en la voz del mismísimo Lagerältester en persona. Se prepararon los ejecutores, aparecieron también los representantes de las autoridades militares, y pasó lo que tenía que pasar, lo previsto, por decirlo así, por suerte bastante lejos de donde nosotros estábamos, al lado de los aseos. Yo no miré, preferí dirigir la vista a la izquierda, de donde llegaba una voz, un murmullo, una especie de melodía. En esa dirección pude distinguir una cabeza que temblaba, un cuello flaco inclinado hacia delante, con la nariz y los ojos iluminados, casi enloquecidos, llenos de lágrimas: los ojos del rabino. Pronto me enteré también de lo que decía porque muchos empezaron a repetir sus palabras. Primero los fineses, todos ellos, y muchos más. No sé de qué manera pero sus palabras también se repetían en los bloques colindantes. Se veían las bocas que se movían, las cabezas, los cuellos, los hombros que se balanceaban suavemente pero con firmeza. El murmullo se transformó, en medio de las filas, en un ruido apenas audible pero constante que sonaba por todas partes, como si viniera de las entrañas de la tierra: «Iskadal, voiskadal» se oía, y hasta yo sé que es el «kaddis», la oración que los judíos rezamos a los muertos. Reconozco que no fue otra cosa que terquedad, la única y definitiva manera de terquedad, casi obligatoria, casi forzada, casi impuesta -hay que reconocerlo-, y al mismo tiempo inútil (puesto que allí delante nada se alteraba, no había ningún cambio, ningún movimiento más que las últimas convulsiones de los ahorcados); yo comprendí, sin embargo, el sentimiento que hacía que la cara del rabino casi se diluyera y que su nariz temblara de una manera extraña. Como si hubiese sucedido aquel momento tan esperado, aquel victorioso momento de la llegada del cual nos había hablado en la fábrica de ladrillos. A mí, por primera vez me dio pena, sentí un vacío, incluso cierta envidia, deseando saber rezar -aunque fuese una sola oración- en la lengua de los judíos.
Sin embargo, ni la terquedad, ni las oraciones, ni nada pudo liberarme de una cosa: del hambre. Ya antes había experimentado -o así lo creía- el hambre; había tenido hambre en la fábrica de ladrillos, en el tren, en Auschwitz e incluso en Buchenwald, pero no conocía el hambre «a largo plazo», por decirlo de alguna manera. Tenía un hueco, un espacio vacío, y quería, con todos mis esfuerzos, llenar ese hueco sin fondo, ese espacio cada vez más vacío, aniquilar, silenciar el hambre. Mis ojos no veían otra cosa que comida, mis pensamientos, mis actos, todo mi ser se ocupaba exclusivamente de eso, y si no me comía la madera, el hierro o los guijarros, era sólo por la imposibilidad de masticarlos y digerirlos. Sin embargo, he comido arena y también hierba; las comía sin pensar, pero no había mucha hierba ni en el campo, ni en el territorio de la fábrica. Por un solo cebollín se pedían dos rebanadas completas de pan, y por el mismo precio se vendía una remolacha azucarera o una forrajera. A mí, me gustaba más la forrajera porque era más jugosa y por lo general más grande, aunque los entendidos decían que las azucareras tenían más valor nutritivo, más cosas que aprovechar; pero apenas había elección, aunque la forrajera fuera más dura y tuviera un sabor más picante. A veces, me bastaba incluso con ver comer a los otros. A nuestros guardias les traían la comida a la fábrica y yo no les quitaba los ojos de encima cuando comían. Sin embargo, no me dejaban disfrutarlo de verdad porque comían demasiado deprisa, sin masticar bien, parecían no darse cuenta de lo que hacían. En otra ocasión estuve con un destacamento en el taller, donde los capataces sacaban la comida que traían de sus casas; recuerdo que estuve mirando durante mucho tiempo una mano amarilla, con grandes nudillos, que sacaba de un bote de vidrio alargado judías verdes enteras, una tras otra. No podía dejar de mirar aquella mano, quizá con un sentimiento inseguro y poco definido de esperanza. Sin embargo, aquella mano -que ya conocía perfectamente bien- sólo se movía entre el bote y la boca. Un poco después, ni siquiera eso, puesto que el hombre se dio la vuelta y a partir de entonces sólo me mostró la espalda; comprendí que lo hacía guiado por un sentimiento humanitario, y me habría gustado decirle que no se preocupara, que siguiera comiendo tranquilamente, que yo apreciaba también el hecho de poder ver cómo lo hacía, que eso era mejor que nada, por supuesto. El primer plato de mondas de patatas se lo compré a un finés. Me lo enseñó en el descanso de mediodía, y yo tuve la suerte de que Bandi Citrom no estuviera conmigo y pusiera pegas. Se lo puso delante, sacó lentamente un trozo de papel con sal muy gorda, cogió un poco con los dedos, se lo llevó a la boca, lo probó y me dijo, como sin darle importancia: «Se vende». Por lo general, un plato así cuesta dos rebanadas de pan o una ración de margarina, él pedía la mitad de mi sopa de la cena. Traté de regatear, alegando mil razones, incluso nuestra raza común. «Tú no eres judío», decía, sacudiendo la cabeza como lo hacen los finlandeses. «Entonces ¿por qué estoy aquí?», le pregunté. «¿Cómo quieres que lo sepa?», respondió, encogiéndose de hombros. Le dije: «¡Maldito judío!». «Por eso no te voy a vender esto más barato…», me respondió. Al final se lo compré por el precio que pedía, y por la noche apareció en el momento en que me sirvieron la sopa; no sé cómo pudo haberse enterado de que había sopa de leche.
Puedo decir con certeza que ciertas nociones sólo se comprenden cabalmente en un campo de concentración. Aquellos cuentos tontos de mi infancia, por ejemplo, hablaban de un «vagabundo» o un «peregrino» que llegaba a la corte del rey y, para ganarse la mano de su hija, se comprometía a servirle, muy contento, porque sólo se trataba de siete días. «Pero acuérdate que en mi castillo siete días son siete años», le decía el rey: pues lo mismo puedo decir yo del campo de concentración. Nunca me habría imaginado que podría envejecer tan pronto. Si en una situación normal hacen falta cincuenta o sesenta años para envejecer, en el campo bastaron tres meses para que mi cuerpo me abandonara. Puedo asegurar que no hay nada más molesto, más decepcionante que llevar la cuenta, día a día, de lo que se ha degradado de nosotros mismos. En casa, aunque no le hubiese prestado mucha atención, generalmente estaba en armonía con mi organismo, me gustaba esa maquinaria. Me acuerdo de aquella tarde de verano en la que estaba leyendo una novela de aventuras en el fresco del salón, mientras con una mano acariciaba con placer la piel suave y sedosa, llena de pelitos dorados, de mi fuerte muslo. Ahora, esa misma piel estaba arrugada, colgaba, estaba seca, áspera y amarillenta, cubierta de abscesos, manchas marrones, grietas, heridas y escamas que -sobre todo entre los dedos- me producían un picor desagradable. «Sarna», me aseguró Bandi Citrom cuando se lo enseñé. Observaba atónito con qué velocidad, con qué desenfrenada rapidez disminuía, día a día, la carne de mis huesos, hasta que no quedaba nada, hasta que desaparecía toda mi materia blanda. Cada día me sorprendía algo nuevo, algún nuevo fallo o algún defecto, en aquella cosa que me resultaba cada vez más rara y extraña, aunque hubiese sido un buen amigo: mi cuerpo. Ya no podía ni verlo, sin tener una sensación de desequilibrio, de horror. Con el tiempo dejé de quitarme la ropa y luego dejé de lavarme, puesto que eso también era desagradable y doloroso en medio de aquel frío. También estaban los zapatos.
Los zapatos eran causantes, por lo menos para mí, de muchos disgustos. Por lo general, era imposible estar muy contento con las prendas de vestir que nos habían asignado en el campo de concentración: eran poco funcionales y tenían muchos defectos, con lo cual se transformaban en fuentes de disgusto o simplemente eran inútiles. Por ejemplo, con las lluvias finas y grises, tipo calabobos -que eran constantes durante el cambio de estación-, los trajes de lienzo se transformaban en rígidos tubos, cuyo contacto húmedo nuestra piel trataba en balde de evitar. No servían los capotes para lluvia -que distribuyeron enseguida-, pues sólo eran otra capa húmeda más, otro engorro; tampoco me parecía una solución envolverse en el papel áspero de los sacos de cemento robados, como muchos hacían, entre otros Bandi Citrom, desafiando todo riesgo, puesto que ese tipo de delitos se descubrían enseguida: bastaba con un golpe de palo en la espalda o en el pecho y el ruido resquebrajado del papel te delataba. Y cuando ya no producía ese ruido seco, entonces la nueva capa, mojada y desagradable, ni siquiera se podía quitar sin esconderse.
Lo más desagradable eran los zapatos de madera. Todo empezó, en realidad, con el barro. Mi experiencia con él era insuficiente. Por supuesto, en mi vida previa había visto y pisoteado barro, pero nunca había imaginado que éste pudiera convertirse en nuestra mayor preocupación, en el asunto principal de nuestras vidas. No podía saber lo que significaba hundirme en el barro hasta la pantorrilla, sacar el pie con todo el esfuerzo del que fuera capaz, con un movimiento definitivo, rápido, produciendo un ruido de chapoteo, sólo para hundirme en él otra vez, unos veinte o treinta centímetros más adelante. No lo sabía, no estaba preparado para ello, aunque tampoco me hubiera servido de mucho estar preparado. Por otra parte, a los zapatos de madera, con el tiempo, se les rompían los tacones. Entonces caminábamos sobre una suela gorda y redondeada -que de repente se hacía más fina y adquiría una forma de góndola-, balanceándonos a la manera de unos muñecos tentetiesos. La suela fina que quedaba tras romperse el tacón se agrietaba pronto y, a cada paso, entraba por las grietas una mezcla de barro frío, minúsculos guijarros y otro tipo de sedimentos con partículas cortantes. También el forro de los zapatos se desprendía de la madera, rozándonos el tobillo, abriendo heridas por todas partes. Estas heridas -por su naturaleza- desprendían un líquido pegajoso y, así, al cabo de un tiempo, era ya imposible librarse de los zapatos, que ya no se podían quitar, se pegaban, se adherían al cuerpo, formando otro miembro más. Yo llevaba puestos los zapatos todo el día, y tampoco me los quitaba para acostarme, entre otras cosas para no perder tiempo cuando tuviera que levantarme saltando de mi cama, dos, tres y hasta cuatro veces cada noche.
Por la noche más o menos me las arreglaba y, al cabo de saltos, andanzas y arrastres, llegaba al barro de fuera y bajo la luz de los focos encontraba lo que buscaba. Pero ¿qué hacer durante el día si nos entraban las ganas -irrefrenables debido a la diarrea- estando en un destacamento? Había que hacer entonces de tripas corazón, quitarse la gorra y pedirle al guardia permiso para ir al retrete. En el supuesto de que hubiera uno en los alrededores para uso de los presos y de que el guardia fuera bondadoso, podíamos pedir permiso una vez y luego otra, pero ¿quién se atrevería a pedírselo una tercera vez, poniendo a prueba su paciencia? Entonces sólo nos quedaba la lucha silenciosa -con los dientes bien apretados y la tripa temblorosa- para ver quién resultaba vencedor: nuestro cuerpo o nuestra voluntad.
Como último recurso -esperándolo o no, provocándolo o tratando de evitarlo- siempre quedaban las palizas. Yo también recibí las mías, naturalmente, ni más ni menos que otros, el promedio, como cualquiera de nosotros, en justa correspondencia con las condiciones generales de nuestro campo, nada personal ni nada accidental. Parece ilógico, pero así fue: a mí no me tocaron los más autorizados o los designados habitualmente para ello, los miembros de las SS, sino un soldado de los llamados Todt, un cuerpo menos definido, cuyos miembros llevaban uniforme amarillo y desempeñaban funciones de capataz en el trabajo. Él era quien nos vigilaba y quien se dio cuenta -con qué vozarrona, con qué salto lo demostró- de que yo había dejado caer el saco de cemento. La verdad es que el trabajo de cargar sacos de cemento era uno de los más apreciados -y con toda razón- en los destacamentos, un trabajo excepcional que se recibía con una alegría apenas demostrable. Había que inclinar la cabeza para que otro te colocara un saco en el hombro y en el cuello; con el saco a cuestas había que ir hasta un camión donde alguien te lo quitaba; luego regresabas -dando una vuelta de tamaño variable según las posibilidades del momento- y, si tenías suerte, todavía había gente en la fila, con lo cual se ganaba más tiempo, hasta el saco siguiente. El saco no pesaba más de diez o quince kilogramos, lo que en condiciones normales parece un juego de niños, hasta se podría jugar a la pelota con ellos, pero yo tropecé y lo dejé caer. El saco de papel se rompió, volcándose en el suelo su contenido, esa materia valiosa, el cemento. Al instante el soldado estaba a mi lado y yo sentía su puño en la cara; me tiró al suelo y puso sus botas en mis costillas y su mano en mi cuello: me empujaba la cara contra el suelo, contra el cemento, para que lo recogiera, lo recuperase; pretendía que chupara el cemento. Me agarró y me volvió a poner de pie, diciendo que me demostraría «Ich werde dir zeigen, Arschloch, Scheisskerl, verfluchte´ Judehund» [Te enseñaré lo que es bueno, gilipollas, cabrón, maldito perro judío], que yo no dejaría caer ningún saco más, me prometía. A partir de entonces, él mismo me ponía los sacos encima, sólo se ocupaba de mí, sólo me seguía a mí con los ojos hasta el camión y, de regreso, me hacía poner el primero aunque hubiese gente en la cola delante de mí. Al final, actuamos perfectamente coordinados, ya nos conocíamos, yo veía en su rostro cierta satisfacción, cierto aliento, por no decir cierto orgullo, y en cierta manera tuve que reconocer que con razón, al fin y al cabo, puesto que aguanté, yendo y viniendo, llevando y trayendo -aunque me tambaleaba, me agachaba, con los ojos cubiertos por un velo oscuro-, sin dejar caer ni un saco más; a fin de cuentas eso le dio la razón a él. Al terminar ese día sentí, por primera vez, que algo se había degradado definitivamente en mi interior, y a partir de aquel día todas las mañanas me levantaba con el pensamiento de que aquélla sería la última mañana en que me levantaría; hacía cada movimiento con el pensamiento de que se trataba de mi último movimiento; sin embargo, los seguía haciendo, por lo menos de momento.