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Existen situaciones en que parece imposible que se puedan agravar o empeorar. Yo mismo, al cabo de tanto esfuerzo, de tanto afán, de tanto empeño, acabé encontrando la paz, la tranquilidad y el alivio. Ciertas cosas, por ejemplo, que antes me habían parecido sumamente importantes, perdieron por completo su significado para mí. Así, estando en la fila durante el recuento, si me cansaba -y sin mirar si me encontraba en medio de un charco o si había barro-, me dejaba caer, me sentaba y me quedaba sentado o acostado hasta que mis vecinos me levantaban a la fuerza. No me molestaban ni el frío ni la humedad, ni el viento ni la lluvia: simplemente no me llegaban, ni siquiera los sentía. Desapareció hasta el hambre, me seguía llevando a la boca todo lo que encontraba, todo lo que fuera comestible, pero sin prestar atención, como por costumbre y de manera mecánica. En el trabajo no cuidaba ya ni las apariencias. Si tenían algún inconveniente, lo más que podían hacer era pegarme, y con eso tampoco me hacían mayor daño, sólo me hacían ganar tiempo, puesto que con el primer golpe me acostaba en el suelo y ya no sentía los otros porque me quedaba dormido.
Una sola cosa se había hecho más fuerte dentro de mí: el enfado. Si alguien me molestaba, me tocaba o me rozaba, si me equivocaba en el paso (lo que ocurría con frecuencia) y alguien me pisaba, por ejemplo, habría sido capaz de matarlo allí mismo, sin titubear, si hubiera tenido las fuerzas para matar y si al levantar la mano no me hubiese olvidado ya de lo que quería hacer. Tenía broncas hasta con Bandi Citrom; «me abandonaba», yo era una carga para el destacamento, traía problemas para todos, le contagiaba mi sarna: todo eso me reprochaba. Yo parecía molestarle en un aspecto especial. Me di cuenta aquella vez que por la noche me llevó a los aseos. Yo pataleaba, protestaba, pero al fin consiguió quitarme toda la ropa a la fuerza, y por mucho que tratase de golpearle el cuerpo y la cara con el puño, me frotó el cuerpo con agua helada. Le había dicho mil veces que me dejase en paz, que no me pusiera bajo su tutela, que se ocupase de su propia mierda. Me preguntó si quería morir allí o si quería volver a casa, y no sé qué respuesta habría leído en mi cara, pero yo vi en la suya un asombro repentino, una especie de susto como cuando miramos a los desgraciados, a los condenados o a los enfermos graves contagiosos: fue entonces cuando me acordé de lo que había dicho sobre los musulmanes. El hecho es que desde entonces me evitaba, y yo, por fin, me libré de esa última carga.
Sin embargo, de mi rodilla no me podía librar: el dolor me acompañaba siempre, a todas partes. Un día me atreví a mirarla, y aunque mi cuerpo estuviera acostumbrado a casi todo, pensé que sería mejor volver a esconder enseguida esa nueva sorpresa, ese bulto rojo en el que se había convertido mi rodilla derecha. Sabía perfectamente que en nuestro campo había un dispensario, pero la hora de la consulta coincidía con la hora de la cena, y ésta me parecía más importante que la salud. Por otra parte -debido a las experiencias ya adquiridas- mi confianza en los «servicios médicos» era relativa. Además, estaba dos tiendas más adelante, y en aquel entonces, debido a los fuertes dolores, ya no me arriesgaba a tales caminatas, por lo menos si no era indispensable. Al final, me llevó Bandi Citrom con otro compañero, haciéndome sentar entre sus manos unidas, cargando conmigo. Al llegar me obligaron a sentarme sobre una mesa y me dijeron que probablemente me iba a doler, puesto que era necesario operarme de inmediato y sin anestesia, ya que no disponían de ella. Con una navaja me hicieron dos cortes entrecruzados encima de la rodilla y me sacaron todo lo que se había acumulado en mi muslo; luego me vendaron con papel. Enseguida reclamé mi cena, y me aseguraron que ellos se cuidarían de ese asunto, y resultó ser verdad. La sopa era de remolacha y colinabo, una de mis favoritas, y a los que estábamos «hospitalizados» nos dieron la parte más espesa. Yo estaba muy contento. Pasé la noche en la tienda del dispensario, en uno de los compartimientos de arriba, totalmente solo. Lo único desagradable fue que, a la hora habitual de la diarrea, no pude utilizar mi propia pierna, por lo que tuve que pedir ayuda -primero en voz baja, luego más alto y al final a gritos-, pero nadie acudió a socorrerme. Al día siguiente por la mañana, junto con otros cuerpos, el mío fue arrojado encima del suelo mojado de un camión y trasladado a la cercana localidad de «Gleina» -no sé si me enteré bien del nombre-, donde se encontraba el hospital propiamente dicho de nuestro campo. Nos vigilaba un soldado, sentado en un práctico taburete portátil, con su fusil brillante en el regazo: estaba visiblemente disgustado, hacía muecas, seguramente con razón, considerando lo que tenía que ver y oler sin quererlo. Sobre todo me molestó pensar que hubiera sacado ya sus conclusiones y que creyese que eran verdaderas; yo tenía ganas de disculparme, diciendo que no era yo el único culpable, que en el fondo yo no era así, pero hubiera sido difícil de demostrar, por supuesto.
Al llegar, tuve que soportar los inesperados chorros de agua a presión que salían de una manguera y que me mojaban por todo el cuerpo, hiciese lo que hiciese, quitándome todo: ropa, suciedad, vendas de papel, lo que fuera. Luego me llevaron a una sala donde me dejaron un camisón y un lecho, la parte de abajo de una litera de madera, donde por fin pude acostarme encima de un colchón aplastado y desigual, hecho con paja, cubierto con una sábana endurecida por el que había dormido en la misma cama que yo, una sábana llena de manchas sospechosas, que desprendían un hedor igualmente sospechoso; pero al fin tenía un colchón entero sólo para mí, y pronto me dejaron en paz, para que pasara el rato como quisiera, lo que al principio se tradujo en dormir.
Parece que nuestras viejas costumbres las llevamos con nosotros también a los lugares nuevos; así, en el hospital, tuve que luchar al principio contra numerosos condicionamientos, numerosas ideas fijas del pasado. Por ejemplo, el sentido del deber; al principio me despertaba sobresaltado al alba, pensando que no me había presentado al recuento y que me estarían buscando; me costó mucho trabajo admitir que había sido un error y acostumbrarme a la idea -cuya evidencia quedaba demostrada por la realidad- de que me encontraba en mi casa, de que todo estaba bien: alguien estaba gimiendo, más allá otros conversaban, otro callaba, se quedaba con la mirada fija a lo lejos, por donde le indicaba su nariz aguileña, mirando al techo, boquiabierto; a mí, sólo me dolía la herida y, como siempre, tenía mucha sed, debido lógicamente a la fiebre. El hecho es que me costaba convencerme de que no había recuento, de que no tenía que ver a soldados y, sobre todo, de que no tenía que ir al trabajo: todas esas ventajas eran tan importantes para mí que ninguna circunstancia secundaria, ninguna enfermedad las podía echar a perder. A veces me llevaban a una salita del piso de arriba, donde trabajaban dos médicos, uno más joven y el otro mayor; a mí me tocó ser «paciente» de este último. Era un hombre moreno y delgado, muy amable, vestido con bata blanca, zapatos limpios y una cinta alrededor del brazo, con cara fácilmente reconocible de viejo zorro simpático. Me preguntó de dónde era y me contó que él había llegado hasta allí desde Transilvania. Me despojó de mis vendas de papel, que para entonces se habían vuelto verdes y se habían endurecido, y luego, con las dos manos, me sacó del muslo todo lo que se había acumulado. Para terminar, con la ayuda de un instrumento parecido a una aguja, me metió una gasa enrollada por debajo de la piel, explicándome que era para «permitir el drenaje» y facilitar así «el proceso de limpieza y de curación», no fuera que la herida se cerrase antes de tiempo. Yo, por mi parte, estaba encantado con la idea puesto que no tenía nada especial que hacer fuera, no tenía ninguna prisa por nada, ni siquiera por curarme. Otra observación suya me gustó menos. Como, según su opinión, un solo canal de drenaje en la rodilla no bastaría creía que había que abrir otro, por un lado, y unirlo con el primero por un tercer corte. Me preguntó qué me parecía y yo me sorprendí porque me miraba como si de verdad estuviera esperando mi respuesta, mi consentimiento, por no decir mi autorización. «Como a usted le parezca», contesté y entonces dijo que no había más tiempo que perder. Enseguida se puso manos a la obra, pero yo me vi obligado a comportarme de una manera un tanto ruidosa y eso pareció molestarle. Me lo hizo saber. «Así no puedo trabajar»; yo traté de disculparme, diciendo: «No puedo remediarlo». Avanzó un par de centímetros más, y lo dejó, sin acabar el plan original en su totalidad. Aun así, parecía bastante contento, y observó: «Por lo menos es algo», puesto que de esa manera podría drenar el pus por dos sitios, en lugar de por uno.
El tiempo pasaba más deprisa en el hospital: cuando no dormía, estaba ocupado con el hambre, la sed, el dolor, la herida, alguna que otra conversación, la visita al médico, pero incluso sin ningún tipo de ocupación me encontraba también muy bien, o justamente por eso, por esa sensación dulce y placentera de no tener que ocuparme de nada. También hacía preguntas a los recién llegados para enterarme de las noticias del campo, de qué bloque eran y si conocían por casualidad a un tal Bandi Citrom, del bloque cinco, ni alto ni bajo, con la nariz rota y sin dientes, aunque nadie parecía acordarse. Observaba las heridas de los demás en la consulta: eran parecidas a las mías, sobre todo en las piernas y los muslos, aunque también las había más arriba, en caderas, traseros, brazos e incluso cuellos y hombros: las llamaban «infecciones», y su aparición y masiva propagación no eran -según los médicos- extrañas ni anormales en los campos de concentración. Más tarde empezaron a llegar enfermos a quienes había que amputar algún dedo de los pies, en el peor de los casos todos, pues, según contaban, fuera, en el campo era invierno, y sus pies se habían congelado en los zapatos de madera. En una ocasión entró una persona vestida con un uniforme de preso hecho a medida; era obvio que se trataba de una autoridad. Lo oí decir claramente, aunque en voz baja, «Bonjour»; por eso y por la letra «F» de su triángulo rojo adiviné que era francés; por la cinta que llevaba en el brazo con la inscripción «O. Arzt» también me enteré de que era el médico en jefe de nuestro hospital. Me quedé mirándolo porque hacía mucho que no veía a un hombre tan atractivo: no era muy alto, pero su uniforme estaba debidamente relleno de carne por todas partes, su cara también era rellenita, y todos sus rasgos eran inequívocamente los suyos propios; conservaba las proporciones y los distintos matices para expresar sus sentimientos: su barbilla era redonda y tenía un hoyuelo en el medio, su piel morena y aceitosa brillaba como las pieles solían brillar antaño, en casa, entre la gente normal. No me parecía mayor, calculé que tendría unos treinta años. Los otros médicos parecían estar muy ajetreados, buscando su aprobación, explicándole todo con pelos y señales y, según observé, no a la manera acostumbrada en el campo sino más bien a la antigua usanza, de fuera -que tantos recuerdos me traía-, con la distinción, la educación y el buen comportamiento que se manifiestan en sociedad, cuando se nos presenta la ocasión de demostrar que conocemos y manejamos bien un idioma culto, en este caso concreto el francés. Sin embargo, me di cuenta de que todo eso no significaba nada en absoluto para el médico en jefe: lo miraba todo, respondía brevemente a todo, asentía con la cabeza, pero todo lo hacía muy despacio, como apagado, taciturno, tenebroso, con una constante expresión de desaliento, casi de abatimiento en el rostro y en los ojos oscuros. Yo estaba asombrado, no entendía en absoluto a qué se podía deber todo eso en el caso de una persona de tanta autoridad, tanto poder y tanto rango. Trataba de adivinarlo fijándome bien en su cara, en sus gestos, y poco a poco llegué a la conclusión de que al fin y al cabo él también estaba allí; comprendí entonces, no sin extrañarme, que él estaba simplemente apenado por su condición de preso. Me entraron ganas de decirle que no se preocupara, que eso era lo de menos, pero no me atreví, y luego también me acordé de que yo no hablaba francés.
Casi todo el tiempo que duró el traslado lo pasé durmiendo. Había oído decir que en Zeitz estaban terminando la construcción de unos barracones de piedra, en lugar de las tiendas, para pasar el invierno, y que no se habían olvidado de acondicionar uno como hospital. Me arrojaron sobre el suelo de un camión -era de noche, todo estaba a oscuras y, por el frío que hacía, calculé que probablemente estaríamos a mediados de invierno-; lo siguiente que vi fue una sala enorme y bien iluminada, con una fría antesala que olía a productos químicos y con una bañera de madera en el medio, donde tuve que sumergirme hasta la coronilla. No sirvieron ni peticiones, ni quejas ni protestas; me estremecí al sentir el líquido helado y al pensar que muchos enfermos se hubiesen sumergido ya en el mismo líquido pardusco, con heridas y todo.
El tiempo pasaba más o menos igual que antes, excepto por algunas diferencias. En el nuevo hospital, por ejemplo, las literas eran de tres pisos. Nos llevaban con menor frecuencia al médico, por lo que mi herida se limpiaba más o menos sola, como podía. Para colmo, empecé a sentir dolor en la parte izquierda de la cadera, y apareció el conocido bulto rojo e inflamado. Al cabo de un par de días, durante los cuales esperé que se me pasara, que pasara algo, tuve que decírselo al enfermero, y al cabo de otros dos o tres días de apuros y de esperas, me tocó el turno del médico, instalado en la parte delantera del barracón, donde me practicaron otro corte del tamaño de la palma de una mano en la cadera. Otra circunstancia molesta se debía al lugar que yo ocupaba, en una de las camas de abajo, justo enfrente de una pequeña ventana alta, que miraba al cielo invariablemente gris, y que no tenía vidrio, sólo unos barrotes de hierro, en los cuales se formaban unas eternas estalactitas de hielo, debido probablemente a la acumulación de los vapores que subían del interior. Yo estaba vestido como correspondía a todos los enfermos: con un camisón corto y sin botones y una gorra de lana verde que nos habían distribuido debidamente al empezar los fríos; tenía dos orejeras y un corte en «V» sobre la frente, por lo que recordaba el gorro de un campeón de patinaje sobre hielo, o de algún actor que estuviera en las gradas representando el papel de Satanás; también debo reconocer que la gorra resultó sumamente útil. Así pues, pasaba mucho frío, sobre todo desde que había perdido una de mis dos mantas con cuyas tiras hubiera podido entonces apañarme para rellenar los agujeros y roturas de la otra. El enfermero me había dicho que se la prestara, que me la devolvería pronto. En balde me agarré a ella con las dos manos, él resultó ser el más fuerte. Además de la pérdida, me preocupaba bastante la idea de que las mantas se las quitaran normalmente a los enfermos cuyo fin estaba próximo, según todas las previsiones y cálculos. En otra ocasión, una voz ya bien conocida a esas alturas que procedía de una de las camas de abajo me previno de la llegada de un enfermero con otro enfermo nuevo en los brazos, buscando con cuál de nosotros lo podría acostar. Al enfermo de aquella voz, sin embargo, la autorización del médico le aseguraba el derecho a una cama para dormir solo debido a su gravedad. Así protestaba y chillaba vivamente: «¡Protesto! ¡Tengo derecho! ¡Pregúntenle al médico!». Así una y otra vez hasta que los enfermeros tuvieron que llevar su carga a otra cama, en este caso la mía: me tocó un muchacho de mi edad. Me pareció que su cara estaba amarilla y sus ojos ardientes, pero ya todos teníamos las caras amarillas y los ojos ardientes. Enseguida me preguntó si tenía agua para beber, a lo que le respondí que ya me gustaría a mí también, y luego que si tenía tabaco para fumar… y claro, tampoco tuvo suerte. Me ofreció darme su ración de pan a cambio pero le dije que no insistiera, que no dependía de eso, que no tenía, y entonces se quedó callado. Me imaginé que tendría fiebre porque su cuerpo, en constante temblor, desprendía un calor que yo no dejaba de aprovechar con gusto. Por la noche dio muchas vueltas en la litera, y eso me gustó menos, puesto que no siempre tenía debidamente en cuenta la ubicación de mis heridas. Le dije que se estuviera quietecito y, al final, me hizo caso. Por la mañana me di cuenta de por qué me había obedecido: en vano traté de despertarlo para el café. Sin embargo, como había prisa, yo le entregué sin tardanza su tazón al enfermero, puesto que me lo pedía justo cuando yo iba a explicarle lo ocurrido. También cogí su ración de pan, y por la noche su sopa, y así, hasta que un día empezó a comportarse de manera muy rara y tuve que avisar; al fin y al cabo no podía seguir guardándolo así en mi cama. Estuve un tanto preocupado, porque la tardanza se había hecho más que evidente, y la explicación era obvia, dadas las circunstancias, pero el caso se selló sin mayores consecuencias, se olvidó como otros, y a mí -gracias a Dios- me dejaron otra vez sin compañero.
También tuve la ocasión de conocer a fondo todo tipo de bichos. Las pulgas resultaban imposibles de agarrar, eran más rápidas que yo, claro, estaban mejor alimentadas. Los piojos eran más fáciles de cazar pero no tenía mucho sentido hacerlo. Cuando estaba muy enfadado con ellos, pasaba la uña del dedo gordo a través del camisón por cualquier sitio de mi espalda, y podía apreciar la magnitud de la venganza por el número de ejemplares que se dejaban aplastar con un chasquido; yo disfrutaba de la matanza, pero al cabo de un escaso minuto podía repetir la operación en el mismo sitio y con idéntico resultado. Estaban en todas partes, escondidos en todos los rincones, mi gorro verde parecía gris por la cantidad de piojos allí acumulados: casi se movía solo. Para mi mayor sorpresa, asombro y horror, hube de descubrir -buscando un día las razones de un repentino picor en la cadera debajo de las vendas de papel- que se habían instalado hasta en mis heridas, alimentándose de mi carne. Traté de sacarlos de allí, uno por uno, como fuera, obligándolos a detenerse, a esperar un poco más, y puedo afirmar que nunca en mi vida lucha alguna me había parecido tan desesperada como ésa, ninguna resistencia tan tenaz, tan descarada como ésa. Así pues, abandoné el intento y me dediqué simplemente a contemplar ese ir y venir, esa insaciabilidad, esa hambre, esa indisimulada felicidad: yo mismo la conocía de alguna manera. Advertí que podía comprenderlos hasta cierto punto. Eso me alivió, casi logré librarme de la aversión. No digo que me alegrara, seguía igual de desesperado, creo que es fácil de comprender, pero admití que así eran las leyes de la naturaleza; con lo cual me volví a cubrir la herida, no luché más con ellos, ni volví a molestarlos.
Puedo afirmarlo: ni las experiencias acumuladas, ni la tranquilidad más perfecta, ni la total aceptación de nuestras situaciones pueden impedirnos dejar una última posibilidad a la esperanza, en el supuesto de poder hacerlo, se entiende. Así pues, cuando, junto con otros enfermos cuyas posibilidades para reincorporarse al trabajo eran visiblemente escasas, me enviaron otra vez a Buchenwald, como de vuelta al remitente, yo compartí -con lo que me quedaba de fuerzas- la alegría de los demás puesto que me acordaba de los días pasados allí y, sobre todo, de la sopa que se distribuía por las mañanas. Reconozco, sin embargo, que no me planteé el hecho de que antes tenía que llegar hasta allí y, para colmo, en tren y en las condiciones que ese tipo de viajes normalmente implicaban; puedo afirmar que hay cosas que antes yo no había comprendido y que difícilmente hubiera podido imaginar. Por ejemplo, la expresión tantas veces oída «los restos mortales» de alguien se refería, para mí, a una persona que estuviera forzosamente muerta. No había duda alguna de que yo estaba vivo; aun débil, medio apagado, todavía no se había extinguido en mí la llama de la vida, como la denominan. Allí estaba mi cuerpo y yo era consciente de todo lo que le pasaba, aunque no estuviera por completo dentro de él. Sin ninguna dificultad asumí la sensación de que aquella cosa, con otras cosas parecidas alrededor, estuviera tirada encima de un montón de paja húmeda y maloliente, en el suelo de un camión, de que las vendas de papel se hubiesen roto y deshecho, de que la camisa y los pantalones que me habían suministrado para el viaje estuvieran adheridos a mis heridas abiertas: todo eso no significaba nada para mí, no me interesaba, ni tenía influencia sobre mí; incluso puedo afirmar que hacía mucho que no me sentía tan liviano, tan en paz, como en un sueño, sí, tan agradablemente bien. Después de tanto tiempo también logré librarme de la tortura que representaba para mí el enfado: ya no me molestaban los otros cuerpos, parecidos al mío; al contrario, casi me alegraba de que estuvieran allí, conmigo, tan similares, tan familiares; por primera vez creo que me invadió un sentimiento extraño, anormal, el sentimiento tímido y torpe del amor. Lo mismo experimenté por parte de los demás, aunque no había mucha esperanza para ninguno. Quizás esto también contribuyera -junto con las dificultades de otra índole- a que estuviéramos tan silenciosos y tan unidos en nuestras quejas, suspiros y gemidos, y a que se oyeran igualmente algunas palabras de consuelo y de aliento. No eran sólo palabras, todos hacíamos también todo cuanto podíamos, y así me llegó -en el momento oportuno y quién sabe desde qué distancia-, pasando por manos piadosas y aplicadas, la lata amarilla de conservas que servía de orinal. Cuando finalmente sentí que no estaba tendido sobre el suelo del vagón sino encima de unos guijarros, en medio de unos charcos helados -no sabía ni cuándo ni cómo había llegado hasta allí-, la verdad es que ya no significaba mucho para mí haber tenido la suerte de llegar a Buchenwald, y hasta se me había olvidado que era el lugar al que tanto había deseado regresar. No sabía dónde estaba, si todavía en la estación o ya dentro del campo, no reconocía los alrededores, no veía los caminos, ni las casas, ni la estatua que recordaba perfectamente. De todas maneras, parecía que había estado acostado allí, tranquilamente y en paz, sin curiosidad, con paciencia, allí donde me habían dejado. No sentía frío ni dolor, ni tampoco sentía -más bien me daba cuenta por deducciones mentales- que mi cara estuviera salpicada por algo parecido al agua y la nieve. Me pasaba el tiempo reflexionando, observando lo que veía sin tener que esforzarme en absoluto: el cielo bajo, gris y sin brillo, las nubes pesadas como plomo que desfilaban lentamente ante mis ojos, cubriendo el cielo invernal. Las nubes se apartaban durante breves momentos, se veía la luz a través de algún pequeño hueco, por alguna minúscula rendija, y eso reflejaba de cierta manera el misterio repentino de las profundidades, desde las cuales me llegaba como un rayo, desde arriba, la mirada rápida y avizor de unos ojos de color indefinido pero ciertamente claro, unos ojos parecidos a los del médico de Auschwitz, delante del cual había tenido que pasar a mi llegada. A mi lado había un objeto contundente, un zapato de madera, y al otro lado se veía una gorra de diablo parecida a la mía, con dos ángulos en los dos extremos: la nariz y la barbilla, y en el medio un hueco: la cara. Más allá había más cabezas, cosas, cuerpos, claro, los restos de la carga recién llegada, los desechos, para utilizar una palabra más exacta, que de momento habían depositado allí. Pasó un tiempo -no sé si fue una hora, un día o un año- y por fin se oyeron voces, ruidos, señales de que algo estaba pasando. La cabeza que estaba a mi lado se movió, y vi unos brazos con uniforme de preso que agarraban el cuerpo para arrojarlo sobre una carretilla, o algo así, encima de otros cuerpos que ya yacían allí acumulados. Al mismo tiempo, llegaban a mis oídos unos retazos de palabras, y en aquel susurrar apenas audible reconocí una voz antaño más potente que balbuceaba: «Pro… tes… to…». Su cuerpo se detuvo un momento, suspendido en el aire, antes de seguir su vuelo, y yo escuché otra voz, probablemente la del que lo sujetaba por el hombro. Era una voz agradable, masculina, que pronunciaba una frase con el típico acento chapurreado del alemán del campo, una voz que reflejaba sorpresa o asombro, más que crítica: «Was? Du willst noch leben?» [¿Qué, aún quieres vivir?], preguntaba, y yo mismo no podía más que estar de acuerdo en que la protesta no era la respuesta más apropiada para aquel momento. Por mi parte decidí ser más sensato. Pero ya se estaban inclinando sobre mí, y me vi obligado a parpadear, puesto que una mano se movía delante de mis ojos, hasta que me encontré encima de una carretilla repleta que ya estaban empujando hacia algún lugar, no me apetecía preguntar cuál. Me obsesionaba una sola idea que se me había ocurrido pensar. Probablemente fuera por mi propio descuido, pero no había sido tan precavido como para enterarme de las costumbres, usos o prácticas que existían en Buchenwald, y no sabía cómo lo hacían: con gas, como en Auschwitz, o con medicamentos como me habían contado, también en Auschwitz, o quizá con balas o de alguna de las mil maneras existentes que yo, presumiblemente, no podía ni siquiera imaginar. De todas formas, tenía la esperanza de que no dolería y, aunque parezca extraño, esa esperanza era tan real y me invadía como lo hubiera hecho cualquier esperanza más real relativa al futuro. Me di cuenta también de que la vanidad es un sentimiento que parece acompañar al hombre hasta en sus últimos momentos, porque por muy intrigado que estuviera no se me habría ocurrido preguntar nada, ni pedir nada; permanecí todo el tiempo callado, ni siquiera miraba atrás, hacia los que me empujaban. El camino ascendía por una colina, y tras una curva divisé el panorama de abajo. Contemplé el paisaje grandioso, la falda de la colina, las casas de piedra, todas iguales, los barracones verdes, unos bien cuidados y otros nuevos, quizá más austeros, todavía sin pintar; la red complicada pero ordenada de los alambres de púas entre las columnas, toda aquella inmensidad que se perdía entre los árboles sin hojas, en medio de aquella niebla. Al lado de uno de los edificios de la entrada había muchos musulmanes desnudos, unos cuantos dignatarios paseando, esperando algo, por supuesto; reconocí a los barberos por sus taburetes y sus movimientos aplicados, bueno, todo indicaba que estaban aguardando la ducha y la entrada en el campo. Más adentro, ya por los caminos de piedra se observaban todas las señales de una constante y ferviente actividad, de un continuo quehacer: los antiguos habitantes, los convalecientes, los dignatarios, los encargados del almacén, los afortunados miembros elegidos de los destacamentos internos iban y venían, cumpliendo con sus tareas cotidianas. Humos de procedencia sospechosa se mezclaban con vapores más agradables; oí el conocido y simpático tintinear en alguna parte que me llegaba como en sueños, como si fueran unas suaves y dulces campanadas, y mis ojos encontraron, más abajo, la comitiva que cargaba la pesada olla, transportándola sobre unos palos sostenidos por encima de los hombros; en medio de aquel aire frío, punzante y húmedo sentí el olor inconfundible de la sopa de zanahoria. Aquella visión y aquel olor me provocaron un sentimiento en el pecho entumecido que fue creciendo en oleadas y consiguió llenarme los ojos -completamente secos- de lágrimas. No servían ni la reflexión, ni la lógica ni la deliberación, no servía la fría razón. En mi interior identifiqué un ligero deseo que acepté con vergüenza -porque aun siendo absurdo, era muy persistente-, el deseo de seguir viviendo, por otro ratito más, en este campo de concentración tan hermoso.