40268.fb2
El cuartel general de la Policía de Investigaciones se conoce como La Pesca, porque ahí es donde los detectives llevan a los sospechosos cuando son aprehendidos. O sea, es donde los tiras -los ratis- encierran a los detenidos cuando finalmente «los pescan».
La Pesca es un gran edificio de cuatro pisos construido con ese tipo de monumentalidad que sólo fructificó durante la etapa estatista que tuvo su apogeo durante los años cuarenta. El cuartel general posee un edificio gemelo, el Archivo Nacional de Identificación, que está exactamente al lado; ambas sedes ocupan toda la larga cuadra de General Mackenna entre Teatinos y Amunátegui, en la parte norponiente del sector céntrico de Santiago. Lo más curioso de La Pesca es que está estratégicamente ubicada en el corazón de uno de los barrios más duros de la capital, casi como si los arquitectos hubieran querido ahorrarles tiempo a los detectives en la caza de delincuentes.
Sin ir más lejos, basta cruzar la calle o «pasar para el frente» y se está ante la vieja Cárcel Pública de ladrillo y adobe, con sus Tercer, Cuarto y Quinto Juzgados del Crimen anexos. Una cuadra más allá, en pleno barrio rojo, calle San Martín y alrededores, se levanta el Terminal de Buses Norte, el segundo rodoviario más grande del país, por lo que el sector está plagado de bodegas y servicios de encomiendas. Por ahí cerca, entremedio de las excavaciones para el Metro, se alza la Estación Mapocho, reliquia del siglo pasado que ahora, desde que no llegan más trenes, es una ruina y un lupanar; resulta mucho más rápido y conveniente viajar a la costa en bus.
Las cuadras hacia el nororiente de La Pesca se tropiezan con la Estación y es como si el propio río Mapocho fuera el mar, porque todo el barrio chino que se arma en ese triángulo que es el final de la calle Bandera, el cercano Mercado Central y el propio Cuartel General, recuerda indesmentiblemente al puerto. Por eso no es sorprendente la cantidad de prostíbulos y hoteles galantes, bares, picadas y cocinerías, salones de pool y botillerías, topless y quintas de recreo y boîtes y todo tipo de comercio barato, ropa usada norteamericana, hojalaterías, el Mercado Persa y el de las Pulgas, también.
La camioneta amarilla de El Clamor se detiene ante la puerta principal de La Pesca. Al frente, bajo el sol, una larga fila de mujeres espera ingresar a la cárcel para visitar a sus familiares. Faúndez y Fernández se bajan; el Camión sigue más allá, al otro lado de la manzana, cerca de la entrada oculta, el callejón Suspiros, por donde ingresan a los detenidos. El Camión estaciona la camioneta en un sector reservado para autoridades y cruza al frente al billar Eloy, donde se topa con algunos conocidos. El Camión ya conoce la rutina y sabe que, por lo bajo, estarán media hora enfrascados en el rito y la burocracia de La Pesca. Faúndez, además, sabe dónde encontrarlo. Si no es ahí, entonces está en el Café Villorca, a la vuelta, por San Pablo, o en la fuente de soda El Nortino comiendo queso de cabra recién llegado de Ovalle.
El interior de La Pesca es fresco, sombrío, como la bóveda de un banco. La sala de prensa es una suerte de closet sobredimensionado, con un par de teléfonos y viejas máquinas de escribir Olivetti. Hay un par de sillones cubiertos de cuerina celeste y afiches institucionales
– Siéntate aquí, Pendejo. Revisa este parte. Marca los casos que te parezcan más entretenidos.
La sala de prensa da a la antesala del departamento de Relaciones Públicas y Comunicaciones. Por lo general ahí está la acción. Un detective, Aldo Vega, asistente del Prefecto Jefe, está todas las mañanas a mano, a disposición de los periodistas. Vega se encarga de redactar el parte, de mover los hilos, de intentar conseguir lo que los sabuesos andan buscando. En La Pesca, los periodistas básicamente consiguen dos cosas: retratar a los detenidos y averiguar qué pasó durante el día anterior para así salir a la calle y averiguar más datos que los proporcionados por la oficialidad.
– ¿Tú quién eres? ¿Te conozco?
Alfonso levanta la vista. Frente a él se halla una mujer de edad indefinida, pero de peso absolutamente excesivo. Luce un vestido de verano ceñido, en tonos pastel, con un diseño tipo papel mural en oferta. La tipa está bronceada, roja más bien, y su piel es de ésas que vienen con pecas incluidas.
– Alfonso Fernández -le dice, de pie-. Estoy haciendo la práctica en El Clamor. Con don Saúl Faúndez.
– ¿Con Amarillito? Puta, te compadezco, la huevada en que te fuiste a meter.
Alfonso nota que su jefe ha ingresado a la sala. Éste mira a la mujer de arriba a abajo. Se saborea los labios.
– Deja de joder al crío, Roxana. El cabro es mío y no se te ocurra venir a corrompérmelo. Si te lo vas a tirar, primero me tienes que pedir permiso.
– No ando tan urgida, Faúndez.
– ¿Ya volviste de donde los pacos, cariño? -le dice él con algo de coquetería mientras abre una botella de agua mineral que hay sobre una bandeja llena de bebidas y tazas de café.
– Le tengo una docena de muertos, tal como a usted le gusta.
– Pero venga, abráceme; que yo recuerde, no pasamos el Año Nuevo juntos.
– Porque tú no quisiste, viejo cobarde.
Se abrazan de una manera carnal, obscena. Faúndez toquetea sus rollos, su mal disimulada voluptuosidad. La besa en el cuello, en la oreja. Es una mujer grande y, a diferencia de muchas que sufren de sobrepeso, parece francamente orgullosa de que su presencia no pase desapercibida.
– Fernández, levántate. Te presento oficialmente a la famosísima y atractiva Roxana Aceituno, quizás la más grande de todas las reporteras policiales de la capital.
– La única, huevón, por eso. No hay nadie que me haga la competencia.
Alfonso la saluda con la mano.
– Mucho gusto.
– Tímido, ¿ah? Ya me estás cayendo mejor, cariño.
– Roxana controla todo el ámbito de los pacos, Pendejo. Huevada que huele verde, Roxanita la agarra. Es la vedette de Bulnes 80. ¿No es cierto, mi amor?
– Depende de quién esté a cargo. Este año parece que viene bueno.
Un tipo joven, de corbata y camisa de manga corta, aparece con varios papeles en la mano.
– Feliz Año, detective. Cada día más atractivo.
– Feliz Año a usted, pues, Roxanita.
– Detective, éste es el cabro del que le hablé. Va a trabajar conmigo y con Escalona. ¿Dónde anda Escalona?
– Abajo, en los calabozos.
– Bueno, este cabro, Alfonso Fernández, está autorizado. ¿Tienes credencial?
– No aún pero pronto tendremos.
– Capaz que algunas veces venga solo. Fernández, aquí el detective es el hombre. Cualquier cosa, se la pides a él. Es un gran tipo.
– Bienvenido a Investigaciones, entonces.
– Tanto gusto -le dice Alfonso.
– Encantado, pues. Bueno, disculpen, yo tengo que bajar.
– Detective, ¿puede bajar con usted? Después se lo encaleta a Escalona. Yo tengo que hablar algo con la señorita Aceituno en privado.
– Venga, sígame.
Alfonso camina detrás del detective Vega. Atraviesan varias puertas y cruzan largos pasillos que chocan entre sí en ángulo recto. El recorrido es laberíntico y a medida que descienden la luz se disipa. Finalmente llegan a los calabozos, dos pisos de celdas oscuras que despiden un olor animal.
Un fotógrafo está frente a una pared iluminada por una ampolleta sin foco. La pared está pintada de dos colores, lúcuma de la mitad para abajo, crema hacia arriba.
Antes de que el detective pueda hablarle al fotógrafo, otros detectives ingresan con un detenido a cuestas. El tipo está esposado. Es un delincuente habitual y, para ser tan joven, sus entradas en el pelo son notorias. El fotógrafo, que anda de terno gris y corbata negra y acarrea un gran bolso al hombro, camina unos metros y saca de detrás de un escaño de madera un gran trozo de plumavit blanco.
– Jefe -le dice a uno de los detectives que acompañan al reo-, ¿me la sujeta? Una cosita corta, eso es todo.
El fotógrafo tiene la nariz picada, llena de huellas de acné, lo mismo que su frente. Enfoca al delincuente. Deja el bolso en el suelo. De la parte superior de la máquina, libera un aparatoso foco y con la mano lo apunta hacia el plumavit.
– Más cerca mío -le dice al mismo detective que ahora está sujetando el trozo-. Eso, perfecto.
El reo mira directo a la cámara.
– ¿Cómo te llamas?
– Luis Hinojosa.
– Ya, Lucho, ¿quieres salir bien? Mírame directamente al lente, yo estoy detrás. Pero más, así, duro, con odio. Recuerda la mirada que le pegaste al culeado antes de matarlo. Eso, así, bien, se lo merecía, ¿no? Perfecto, ya lo tengo. Eso. Estamos. Tomemos otra, por si acaso. Así, claro, bien. Ahora todos te van a reconocer. Vas a matar, compadre, las minas van a recortar esta foto, acuérdate de mí.
El reo le da las gracias y lo devuelven a su celda.
– ¿Qué hago con esto? -le pregunta el detective, con el plumavit en la mano.
– Guárdalo en el lugar de siempre.
El fotógrafo se da vuelta y comienza a guardar la máquina en el bolso. Lo más notable de su rostro es la mordida. Es como si la quijada le quedara grande. Esto lo hace aparecer sonriendo todo el tiempo. La quijada y los ojos. Ojos redondos, inflados, caricaturescos, como de sapo, casi sin pestañas.
– Escalona -le dice el detective Vega-, este cabro te anda buscando.
El fotógrafo se detiene, saca la máquina y en el más completo de los silencios le dispara a Alfonso. El flash es tan fuerte que los encandila a todos.
– Alfonso Fernández -le dice Escalona con una gran sonrisa papiche-. Te estaba esperando. ¿Por qué cresta te demoraste tanto?