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– A ver, Pendejo, hoy tú mandas -le dice Faúndez mientras baja el vidrio de su ventana-. ¿Qué nos depara el día? Dile al Camión adónde tenemos que ir.
Alfonso revisa atentamente los dos partes policiales.
– El de Carabineros tiene más cosas acá en Santiago.
– ¿Pero cuáles? No somos adivinos. Te dije en la mañana que hoy el alumno en práctica sería yo.
– Bueno, hay varios hechos que podríamos investigar.
– ¿Como por ejemplo?
– Una peruana ilegal hizo un ceviche con su amante lesbiana. La metió a la bañera y la picó en pedacitos y después le echó limón de Pica.
– Eso da para titular, Jefe -comenta Escalona desde el asiento trasero.
– El jefe es Fernández, yo estoy disfrutando el paseo.
– Podemos fotografiar la tina -le explica a Alfonso-. Y si pasamos al Matadero, les digo que me muelan unas merluzas.
– El señor Ortega Petersen envió un memo señalando que no desea más recreaciones fotográficas.
– Se puso ético el maraco -reclama Faúndez.
– ¿Y dónde es la huevada? -pregunta Sanhueza.
– En San Bernardo.
– Lejos. Dejemos eso para el final, Fernández. ¿Te parece?
– Vale, Camión.
Están detenidos en la esquina de San Ignacio y Avenida Matta. Un chico se acerca al parabrisas y comienza a lavarlo.
– ¿Se lo limpio, patrón?
– Ya lo estás lavando, cabro culeado -le responde, enojado, Sanhueza-. Y no me lo dejes engrasado, ¿escuchaste?
– Hay algo en la comuna de El Bosque -agrega Alfonso-. En la población de la FACh. Un aviador mató a su suegro.
– Podemos pasar, pero Tejeda lo va a atajar -le explica Faúndez-. En Chile los militares no matan, recuerden. ¿Qué más? Sigue. Estoy haciendo el trabajo por ti.
La luz se torna verde y el chico termina de limpiar el vidrio. El Camión saca un ejemplar de El Clamor enrollado como un panqueque y se lo pasa como propina.
– Para que te informes, cabrito.
– ¿Al sur lo boletos, entonces?
– Sí -responde Fernández.
La camioneta ingresa a la Carretera Norte-Sur. En la radio suena Cecilia, Baño de mar a medianoche:
«Un baño en el mar fue nuestro comenzar…»
– ¿Te has tirado a una mina en el agua, Camión?
– Una negra en Panamá. Le entró hasta arena.
– Yo una vez estaba en Acapulco, invitado a un congreso de periodistas -cuenta Saúl Faúndez bajando el volumen de la radio-. El convite era para Rolón-Collazo pero creo que, para variar, estaba en su isla del sur, así que me tocó a mí. Fui, ni huevón. Puros comunistas, lleno de cubanos. Se hablaba de la libertad de prensa, el imperialismo, los agentes de la CIA, lo que estaba de moda. La cosa es que hice migas con un nicaragüense que trabajaba para el diario de los Chamorro y nos dedicamos a parrandear. Tomaba mezcal al desayuno el huevón. Con jugo de naranja. Yo había tratado de meterme con las putas que circulaban por el congreso, que eran más buenas, unas gomas que no te cuento, pero muy caras. Y en dólares, compadre. Pero este Ángel -Ángel Pérez Crespo, se llamaba- había estado en Acapulco mil veces y me llevó a los cerros, que es como Valparaíso, a la punta, donde no hay hoteles ni palmeras y donde, si llega a caer un gringo, se lo comen a pedacitos. Ahí sí que había minas. Miles. De todas las edades. Cabritas de doce y trece, desarrolladitas.
– ¿Y baratas? -pregunta el Camión.
– Regaladas.
– Esa es la maravilla de esos países. Llegar y llevar. En el sudeste asiático, olvídate.
– Yo estoy contando el cuento -lo interrumpe Faúndez-. ¿Puedo seguir?
– Siga no más. Lo estamos escuchando.
– Nos poníamos de acuerdo con ellas y nos encontrábamos en la playa más apartada, como a diez cuadras del hotel. Y las culeábamos en el mar. Tibio, de noche. Rico. Lo único malo es que me acostumbré al agua.
– ¿Cómo?
– Mira, el último día del congreso y a la hora del almuerzo decidí darme un chapuzón en la piscina del hotel, que era como un riñón del tamaño de la elipse del Parque O'Higgins. No te miento. Tenía hasta bar adentro. Así que comencé a tomar y tomar dentro del agua. Esos tragos con frutas y ron y guindas y huevadas. Obviamente, como soy humano, me dieron ganas de mear. Si la noche antes había acabado en el mar, por qué no mear en el agua.
– Lógico.
– Así que me echo la corta dentro del agua, pero de pronto veo que sale color verde.
– ¿Verde?
– Los gringos dueños del hotel le habían agregado al cloro una sustancia anti-pichí para disuadir a los clientes de mear dentro. Comenzaron los gritos y la alharaca. Me vi rodeado de una gran mancha verde-calipso. La gente se salió del agua, los salvavidas tocaban sus pitos, sonó una alarma. Llegó el gerente y con un megáfono me conminó a salir. Clausuraron la piscina y comenzaron a vaciarla. Me cargaron el agua a la cuenta pero terminó pagándola el diario.
– Por suerte no se le soltaron las cabritas, Jefe, quién sabe de qué color se hubiera puesto el agua.
Faúndez aumenta el volumen de la radio. Lucho Barrios ahora le canta a Valparaíso, puerto principal.
– Disculpe -interrumpe en forma discreta Alfonso-. Pero tengo otros posibles sitios donde podemos investigar.
– Tú eres el jefe, tú mandas.
– Balearon al júnior de una industria textil por meter un autogol en un partido que se jugó ayer.
– Está bueno eso -opina Escalona-. Me encantó. ¿Dónde?
– Las Vizcachas.
– Todo hacia el sur -confirma el Camión-. Queda en el camino. Lo agarramos a la vuelta.
– ¿Algo más? -le pregunta Faúndez.
– Lo del choque del sábado en la madrugada y sus víctimas -le contesta Alfonso sin dejar de leer-. Podemos indagar las reacciones.
– Quizás.
– El Universo tituló con eso. Le dio bastante espacio.
– Le dio como caja -replica Faúndez con rabia-. Se matan cinco lolos pijes y creen que el mundo se va a acabar. Para qué toman tanto si no saben controlarse. El pueblo toma mucho más y no choca.
– Tampoco maneja -le responde Alfonso.
– No te vengas a hacer el listo, Pendejo, o te bajo de la camioneta. Aunque lo niegues, tú también eres pueblo. No vengas a identificarte con los del puto barrio alto, maricón. No eres de ahí y ojalá nunca lo seas. ¿Tienes la dirección del taxista al que chocaron? El que manda soy yo ahora.
– Sí. En San Miguel.
– Perfecto. Lo vamos a perfilar como la víctima que es. Asesinado por rubiecitos aburridos que salen de juerga, sin permiso y sin licencia, en el auto de su papá corrupto y burgués. ¿Qué datos tienes? Rápido, que no tengo todo el día, cabro tonto.
– Casado, dos niños chicos.
– Estupendo. Tengo otra viuda. Y un lindo caso. Camión, acelera. A San Miguel nos vamos.
La casa es un modesto chalet de la calle Sebastopol, cerca de la Ciudad del Niño. Todas las cortinas están cerradas y la felpa rosa de los sillones amortigua los sollozos. La suegra lleva a los dos niños pequeños a la cocina. Saúl Faúndez le toma la mano a la joven viuda, que está de negro. Escalona dispara su máquina.
– Por favor, más respeto -le grita Faúndez-. Nada de fotos. ¿Es necesario comercializar el dolor de la pobre señora Verónica? Basta con leer lo que voy a publicar para que el país tenga claro lo que pasó.
– Gracias -dice la mujer entre lágrimas.
– Usted no se preocupe -le dice Faúndez pasándole un pañuelo con sus iniciales-. Con lo que voy a escribir, no va a haber juez que se atreva a dejar a ese cabro Risopatrón libre. Él y su familia van a pagar. Cuando esto termine, señora, el jovencito va desear haberse matado junto a sus amigos. Lo va a implorar.
– Es usted muy amable.
– No se trata de amabilidad. Se trata de la verdad, señora. De justicia. Un choque como éste, a esa velocidad, con esa cantidad de alcohol y drogas en el organismo, merece un castigo más severo que un homicidio con robo a mano armada. Imagínese, dejar a una mujer tan joven y buenamoza sola, viuda, sin ahorros, con esos niños a los que siempre les faltará un padre…
Faúndez se detiene. La mujer está llorando sobre su hombro, destrozada.
– Eso es todo, muchachos. Pueden retirarse. Yo ya salgo. Me pueden esperar en la camioneta.
Escalona y Fernández están apoyados en la camioneta. Uno a cada lado de la puerta del chofer. El Camión está sentado en su puesto, fumando, con la ventana abajo, su codo y su antebrazo absorbiendo el sol.
– Lo hace siempre -parte Escalona-. Cada vez que hay una viuda. Ya estoy acostumbrado. En realidad, todo es un acto. Una actuación.
– No entiendo -le dice Alfonso-. ¿No se enojó contigo por las fotos?
– Esa es la parte principal del show. Si no me reta, su modus operandi se va a la cresta. Falla.
– Perdóname, Escalona, pero te juro que no entiendo. ¿Cómo que está actuando? ¿Actuando qué? Lo que dijo es cierto. Esos cuicos mataron a ese taxista.
El Camión y Escalona se ríen de buena gana.
– Este cabro es muy lento -le dice el Camión a Escalona.
– Lo que pasa es que el viejo es muy pillo. Cuesta entender cómo funciona su mente.
– ¿Podrían tener la amabilidad de ponerme al día? -les ruega Fernández-. No me parece muy gracioso.
– Funciona así -le dice el Camión mirándolo a los ojos durante un buen rato.
– ¿Qué, qué pasa? ¿Por qué me miras así?
– Te miro así porque así mira el Jefe a las viudas. Las hace entrar en confianza. Las hace creer que pueden confiar en él.
– ¿Cómo?
– Mira, cabro, el Jefe es el Jefe y hay que respetarlo. Tiene sus vicios y éste es uno de ellos. Le gusta seducir viudas.
– ¿Viudas?
– Por eso se queda con las fotos.
– Quedarse con las fotos, eso es clave -agrega el Camión-. Si se la entregan, están servidas. ¿Cuánto apuestas, Escalona?
– Apuesto a que sí. Tres lucas. Lo va a lograr con ésta. Si no fuera por la vieja y los niños, se la culea ahí mismo, antes del funeral.
– Yo también apuesto a que sí.
– ¿Apostar a qué? -pregunta Alfonso con exasperación.
– Relájate. Mira. Según Faúndez, cuando una mujer enviuda, en especial si es joven y la muerte del marido fue violenta, queda en un estado de gran emotividad. Se llena de tantas sensaciones que no es capaz de distinguir una de otra. Además, cae en un vacío. Necesita que alguien la proteja.
– Ahí entra Faúndez.
– El viejo la hace sentir que está a su lado. Por eso me echa. Habla mal de los otros diarios. Se transforma en su amigo. Le da confianza.
– Hay veces que se queda tres o cuatro horas -agrega el Camión-. Perdemos toda la mañana.
– Pero vale la pena porque el viejo sale con una gran historia. Y con fotos exclusivas del muerto. Aquí es donde Faúndez juega su jugada maestra. Por eso le dicen «el Peligro Amarillo», por eso todos lo temen y lo respetan. Uno de los motivos por los que la gente no entrega las fotos de los fiambres es que no desean perderlas. Les da miedo que no se las vayan a devolver.
– Como el tipo está muerto, no va a ser tan fácil tomarle fotos nuevas.
– Todas, en el fondo, saben que una vez que esa foto se fue al diario, nunca la van a volver a ver.
– Entonces nuestro Faúndez recurre al viejo truco de la caballerosidad.
Los tres se quedan en silencio.
– Se las devuelve el muy concha de su madre -concluye Alfonso.
– Exactamente -le responde Escalona-. Deja pasar una semana y después se aparece por la casa. Le lleva las fotos, el recorte del diario y una cosita poca. La viuda queda impactada. Y muy agradecida.
– Tan agradecida que se abre de patas -comenta el Camión con una carcajada.
– Sólo ha fallado una vez. El Jefe se las trae. Conoce el pensamiento femenino. Esa es su gracia.
Es capaz de culearte el cerebro. Sabe cómo manipular a la gente. Es un don que muy pocos tienen.
La puerta de la casa se abre y Faúndez aparece. Mientras camina hacia la camioneta, se coloca su jockey. Los tres lo observan atentos. Antes de llegar a la camioneta, Faúndez saca de su libreta una foto en blanco y negro y la muestra con una inmensa sonrisa.
– Puta el viejo maldito -opina el Camión-. No falla nunca. Por eso siempre se puede confiar en él. Por eso, en el fondo, lo quiero.