40268.fb2 Tinta roja - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 16

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Quedar fuera

Intersección de Fermín Vivaceta y Avenida Francia. Una micro se incrustó detrás de una camioneta utilitaria roja. Dos muertos, un niño de cuatro años, Serafín Robles, sentado en la parte de atrás. Causa del accidente: una camioneta frenó bruscamente por hacerle el quite a un cuchepo en estado de ebriedad que se deslizaba, impulsándose con sus manos, sobre un carrito con ruedas. Escalona toma fotos, usa un gran angular para aumentar el tamaño del cuchepo.

Faúndez y Fernández caminan por la estrecha Avenida Francia rumbo a la camioneta que reposa bajo las verdes y polvorientas acacias.

– No se puede uno fiar de un hombre al que le faltan sus presas, Pendejo. Un hombre sin piernas no es un hombre. Es un espectáculo.

Llegan a la camioneta. El Camión tiene todas las ventanas abiertas; se oye la radio Panamericana con su desfile de canciones románticas en español.

– ¿Qué hora es?

– Cuarto para las dos

– Bonito reloj. Caro.

– Me lo regaló mi madre, el día que finalmente pude ingresar a Periodismo, después de dar la Prueba de Aptitud Académica por segunda vez.

– Qué ridículo tener que ir a la universidad para aprender lo que uno ya sabe.

– Pero ahora es distinto. Si uno no entra a una universidad, no puede trabajar en ningún medio. Yo traté de colaborar con radios pero no pude. Tuve que pasarme un año metido en un preuniversitario del barrio Almendral.

– ¿Haciendo qué?

– Estudiando álgebra, don Saúl. Y geometría, logaritmos. Aprendí bastante. Saqué harto puntaje, pero así y todo, con la ponderación, no me alcanzó. Me embarraron las malas notas en el colegio. Quedé en lista de espera. Primer lugar, como en las malas series de la tele. Al borde, pero suficientemente lejos para quedar fuera.

– Qué estupidez. ¿Cómo entraste? ¿Coimas? ¿Aceitaste a alguien?

– La lista no se movía. Estaba destrozado. Hasta que dos semanas después ocurrió el milagro. Un tal Isaac Latorre decidió emigrar, irse a otro país, algo así. Nunca supe adónde. Quise llamarlo para darle las gracias. A veces siento que le debo la vida a ese Latorre.

– Hubieras sido periodista igual, Pendejo. Lo llevas en la sangre. Es parte de ti aunque no lo quieras. Al final, hubieras terminado escribiendo igual. Cuando uno nace con una pasión, no hay grifo que la apague.

– Puede ser, pero eso de estar cerca y no poder entrar a lo que uno siente que es el lugar de uno, ha sido una de las sensaciones más horribles que me han tocado vivir.

– Eso nos diferencia, Pendejo. Yo toda mi vida he estado fuera, nunca logré llegar al lugar donde quise estar. Pero uno se acostumbra. A la larga, eso juega a tu favor.