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Un tabloide de la competencia cae al suelo y rápidamente lo absorbe la sangre que se cuela por debajo de la puerta de un departamento de un bloque ubicado por Departamental adentro.
– Puta, el olor. Este fiambre ha estado mucho al sol. Debe estar más podrido que la chucha. Vos, Pendejo, mejor que no respires. Te van a dar ganas de buitrear los garbanzos.
– Sí, don Saúl.
– Escalona, cuando lleguen los pacos me avisas.
– Vale, Jefe.
Alfonso mira a Escalona:
– ¿Una viuda?
– Una vecina. Este viejo dispara de chincol a jote.
Escalona y Fernández bajan dos pisos y van hacia la camioneta. El Camión está debajo de la sombra de un quiosco leyendo el diario y tomando una cerveza. Escalona y Fernández entran a la camioneta.
– Qué olor, no puedo creerlo -dice Fernández.
– No has olido nada todavía. Esto es recién el comienzo. Ya te van a tocar cosas peores. ¿Te acuerdas del choque de los trenes, la tragedia de Queronque?
– No.
– ¿Cómo que no? ¿No viste la portada color? ¿El suplemento especial, con todas las fotos? ¿Quién las tomó? Este pechito. Ahí sí que hubo muertos. El olor de los cadáveres bajo el sol llegaba de a poco, se colaba por los cerros. El valle era un solo cementerio abierto. Como para el Golpe. Ahí sí que tomé fotos. Buenas. Tenía monos de toda la masacre del río Mapocho, los fusilados frente al Mercado. Los milicos me velaron todo. No salió nada.
Alfonso saca de su mochila un libro, enciende la radio y busca una estación de rock.
– Apaga eso. Al Jefe no le gusta que escuchemos música. Dice que nos tapa los oídos. No nos deja oír lo que no nos quieren decir.
– Ah.
– ¿Qué lees?
– Hemingway. Es sobre boxeadores.
– El Jefe fue boxeador. El otro día se afilaron a un cabro en la San Ramón por haber noqueado a un osornino que tenía que ganar. Fue portada. Yo tomé la foto, ¿la viste?
– No.
– Fernández, vos vas a ser grande. Lo sé. Te he estado observando. Acuérdate de mí. Cuando seas famoso, no te olvides de Escalona. Seamos socios. Tú que lees, escribe, hazte cargo de las palabras. Yo pongo los monos. Yo voy a ser tus ojos. Yo voy a ver por ti.
Aparece una patrulla de carabineros y los niños del barrio los rodean y los tocan mientras suben las escaleras hasta el sitio del suceso. Fernández y Escalona los siguen. Del departamento vecino sale Faúndez, su prominente barriga blanca al aire bajo la guayabera que está terminando de abrocharse.
– ¿Todo bien, Jefe?
Faúndez sonríe antes de taparse la boca y la nariz con un pañuelo. Fernández hace lo mismo. Los carabineros tratan de forzar la puerta y terminan por botarla a patadas. Un enjambre de moscas se escapa del interior; vecinos gritan y vomitan.
– Ya, Pendejo, hazte hombre y entra. Mira y reportea. Quiero que te fijes en los detalles. Y no anotas. Mira, imagínate qué ocurrió, trata de pensar por qué quedó esta cagada. Te espero abajo. Y apúrate, que no tengo todo el día. Todavía hay que llegar a despachar.
Fernández entra al departamento. Es un dúplex miserable. Los sillones de plástico están tajeados. Hay sangre café, seca, en todas partes, hasta en la pared, en los paisajes pintados sobre terciopelo. De la baranda de la escalera cuelga una mujer. Está en ropa interior y aunque es blanca, parece negra. Toda su piel está café, hinchada, podrida, con sangre coagulada. Es como si la hubieran inflado. Sus piernas, cada pliegue, están aumentadas por cien. Sus ojos están fijos, blancos. Fernández vomita. Un rati se acerca, lo agarra del cuello y lo empuja fuerte contra la pared.
– No me ensucies el sitio del suceso, reportero concha de tu madre.
Camioneta rumbo al diario. Adelante, el Camión y Faúndez. Atrás, Escalona y Alfonso.
– ¿Ya, Pendejo? ¿Qué pasó allá atrás?
– El tipo, un evangélico, la mató a palos por celos y luego la colgó para que pareciera suicidio.
– ¿Motivos?
– Amor, supongo.
– Pasión, Pendejo. Celos, ansia, deseo. Pero no amor, ¿entiendes? El amor es otra cosa. Lo que pasa es que no se puede vivir sin amor; la gallada hace lo posible por encontrarlo. Por eso lo confunden todo y queda la tendalada. Por eso se habla de crimen pasional.
– Cierto.
– Recuerda esto: una persona, sea del origen que sea, da lo mismo que sea el huevón más aristocrático o el tipo más torreja, al final, la gallada es gobernada por sus emociones. Eso es lo penca. Uno trata, pero al final el animal ruge. Si el amor hubiera estado presente, Pendejo, nosotros ni siquiera estaríamos hablando de ellos.
– Estarían vivos, entonces.
– Estás aprendiendo, Pendejo. Me gusta eso.
– Este cabro va a ser famoso, Jefe -dice Escalona-. Lo presiento.
– Siempre y cuando no se deje llevar por sus pasiones.