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Verano

Nací con tinta en las venas. Eso, al menos, es lo que me gustaría creer. O lo que algunos entusiastas decían de mí cuando mi nombre aún poseía cierta capacidad de convocatoria. Nunca he tenido muy claro qué fluye exactamente por mis venas (mi ex mujer se ha encargado de esparcir el rumor de que no es más que un suero frío y gelatinoso), pero sí estoy convencido de que la tinta fue un factor decisivo en la construcción de mi personalidad, mi vida y mi carrera.

Carrera. Ya estoy usurpando términos. Verán, carrera no es el tipo de palabra que yo use con frecuencia. No como lo hace Martín Vergara, mi joven alumno en práctica. Como todos los que se han desarrollado pero aún no se forman, Martín es bastante cándido, aunque no por eso menos incisivo.

A tal grado llega su inocencia que está convencido de que perder un verano da absolutamente lo mismo. «Total», me dijo, «me quedan miles por delante». Comete un error, claro, pero es muy joven para entender que lo único que a uno no le sobra es tiempo y veranos.

Martín se saltó el vagabundeo generacional por Perú y Ecuador. Gloria, su supuesta novia, viajó sola con el resto de sus amigos de la universidad. Vergara decidió que era más rentable quedarse acá en Santiago durante estas vacaciones para aprender el oficio y sumar contactos.

¿Cómo sé todo esto? Lo intuyo. Verán, años atrás, cuando recién comenzaba a afeitarme, también yo decidí saltarme una expedición con mochila al hombro por la entonces recién inaugurada Carretera Austral. Consideré que pasar el verano en la sala de redacción de un tabloide sería mucho más iluminador que un paseo por los hielos. Y acerté. Por única vez en mi vida. Martín Vergara, en cambio, se está perdiendo una gran aventura, y por algún motivo me siento culpable. Doblemente culpable. Por mucho que lo intente, yo nunca podré hacer por él lo que Saúl Faúndez hizo por mí. Faúndez me moldeó a punta de gritos e insultos. Convirtió a un atado de nervios autista y soñador en algo parecido a un hombre. Faúndez me tiró agua a la cara cuando yo aún estaba durmiendo.

El asunto es que continúo trabajando en Santiago como si tuviera mil veranos por delante. Aquí estoy, fondeado, esperando mis vacaciones de marzo en Europa vía canje publicitario, viático incluido. Pero marzo ni siquiera se vislumbra todavía en mi agenda. Mientras tanto, mato el tiempo, edito números anticipados en esta oficina con vista al cerro Santa Lucía y converso con Martín Vergara como si fuera un viejo amigo perdido al que he echado mucho de menos.

Desde el instante en que se presentó ante nosotros como alumno en práctica, Martín Vergara se transformó en el centro de la atención de esta predecible y curiosamente admirada revista de tarjeta de crédito con pretensiones literarias, turísticas y encima culturales que tengo la suerte (no el honor) de dirigir.

Obtuve este puesto gracias al gerente general del banco que emite la tarjeta. Leyó mi libro y concluyó que en mí confluían los dos mundos que él deseaba aunar en su proyecto: el sentido práctico y perspicaz del periodista, y la creatividad, el caché y el status de un escritor. Con la insistencia de un nuevo rico, el gerente se empeñó en conseguir lo que deseaba. Y, como buen escritor en crisis, acepté. Tuvo que pagar, claro, pero bastante menos de lo que gasta en los cuadros de pintores de moda que colecciona y que, no por casualidad, ilustran las páginas de arte de Pasaporte.

No hace mucho, en un almuerzo que clausuraba un abierto de golf, el gerente general me confesó por qué se había fijado en mí a la hora de reemplazar a su antiguo editor. El gerente, por cierto, no estaba deslumbrado con mi primer y único libro (encontró los cuentos raros y difíciles); tal como intuí, era un entusiasta admirador de mi primera (y también única) telenovela donde, entre los cientos de personajes que chocaban entre sí, había algunos periodistas de dos o tres medios de prensa ficticios que cautivaron su atención.

No solamente el gerente del banco se cuenta entre mis fans. Región Metropolitana ha sido el culebrón que más sintonía le ha dado al canal. O a cualquier canal. Han pasado más de diez años desde el histórico último capítulo y aun así todas las producciones dramáticas se siguen midiendo con esa vara que tuve la desgracia de poner tan alta. El éxito de la serie (inspirada en Manhattan Transfer, de Dos Passos) fue tan abrumador que la alargué. Lo que concebí inicialmente para tres meses terminó durando más de un año y medio. Dicen que en todo arte el verdadero talento consiste en saber cuándo parar. Yo no me detuve nunca. Seguí y seguí. Supongo que entretuve a muchos, pero no emocioné a nadie. Algunas veces culpo al medio. La mayoría de las veces a mí mismo.

Martín no oculta su aprecio y su admiración por mí, lo que no deja de conmoverme. Me ha llenado de un inesperado sentimiento de responsabilidad que ojalá me lo hubiera gatillado el nacimiento de mi hijo Benjamín.

No estoy de acuerdo con Martín. La verdad es que nunca he sido el que él cree que soy, ni menos el que a mí me gustaría ser. Mi actual estado es, según el día, de parálisis total o entumecimiento severo. En un principio me pareció inconcebible e intolerable. Pero la mediocridad es más sutil de lo que uno cree y a veces te abraza con el manto de la seguridad. Uno se acostumbra y sigue adelante. La vida creativa puede ser activa e intensa, pero carece de la estabilidad del pantano. Uno, al final, puede vivir de lo más bien sin estímulos. El hombre es un animal de costumbres y yo me acostumbré.

Hace tres noches, en un bar con mesas al aire libre, Vergara me confesó que si no lograba transformarse en escritor antes de los treinta, cambiaría su meta por la de ser un editor top.

– Si no te armas profesionalmente, Alfonso, todo se viene abajo. Es como una casa con malos cimientos. Tu mina te tiene que admirar. Si no sientes orgullo y entusiasmo por lo que haces, terminas sin hacer nada. Te paralizas y todo el resto te da lo mismo. De qué te sirve tirar todas las noches, tener feroz billete, aparecer en los diarios, si no eres capaz de mirarte al espejo y sentirte bien. A cargo. ¿Me explico?

Se explica. Perfectamente.

Martín adolece de muchas cosas, pero posee el don de intuir lo que no sabe. Es certero y tiene olfato; creo que será un gran periodista.

Yo, una vez, como tantos otros que se han sentido desplazados o no tomados en cuenta, intenté primero poner las cosas por escrito. Pensé que me podrían querer más si en vez de vivir las cosas, las escribía. Fue un error, pero a esa edad me parecía la mejor idea y abracé la causa con sangre. Por un tiempo breve las palabras brotaron y lo inundaron todo. Comencé a ganar concursos de cuentos como quien programa estaciones en la radio del auto. Antes de saber qué hacía exactamente un editor, varios de ellos me llamaron a mi casa y me invitaron a almorzar a restoranes ubicados en calles por las que yo nunca había caminado. Me ofrecieron drogas, consejos, amigas, adelantos, corbatas y casas en la playa para refugiarme y escribir. Lo fui aceptando todo por orden de llegada, y antes de que mi primer libro apareciera en la portada del suplemento literario de El Universo, ya era una estrella, un enfant terrible hecho a medida, el alma de las fiestas, los lanzamientos y las páginas de vida social.

En menos de un año mi mirada provinciana y clasemediera se diluyó en la enrarecida atmósfera a la que tanto había aspirado a ingresar y en la que tan poco trabajo me costó hacerlo. Mi lenguaje, mis costumbres y mis ingresos mutaron con asombrosa facilidad. No fue difícil; durante toda mi corta vida no había hecho otra cosa que practicar. El gran ventanal que me separaba de los capitalinos ya estaba grasoso y lleno de vaho de tanto pasarme, por años y años, apoyado en él, observando cada detalle y movimiento, convencido de que algún día se vendría abajo y yo simplemente daría un paso para entrar a esa gran fiesta a la que nunca me habían invitado porque tuve la mala suerte de nacer donde nací.

Llegar a Santiago lo dividió todo en dos, antes y después, el comienzo y el fin. No venía de muy lejos, es cierto, Quilpué primero, Viña del Mar después, pero aquí en Santiago se hallaba todo lo que yo buscaba. Desde muy joven me había embriagado estudiando los mapas, aprendiéndome de memoria las estaciones del Metro, entendiendo las sutiles diferencias entre La Reina y Peñalolén. Cruzar la frontera me parecía imposible; transformarme en capitalino, también. Dos horas en bus suman muchos kilómetros cuando se tiene la certeza de que todo lo que a uno le interesa no sólo está en otra ciudad, sino en otro universo. Leía los diarios y las revistas de Santiago y subrayaba los giros, los locales nocturnos, las claves y los códigos que me permitirían cruzar esa puerta prohibida.

Instalarme en el departamento de mi abuela e ingresar a la universidad fue fundamental. Pero al poco tiempo me di cuenta de que era más doloroso estar en la capital, a metros de las editoriales y los diarios y las librerías y los cafés, y no tener acceso a ellos, que vegetar en mi apacible ciudad balneario. Ni económica ni socialmente me hallaba cerca de mis objetivos. Entendí que sólo vía mi sangre, mi tinta, tendría alguna oportunidad.

Caer en esa escuela aclanada y promiscua, donde la única obsesión era la política y la venganza, no fue el mejor comienzo. La desesperación en que me sumergí me impulsó a continuar adelante. Me aislé, recurrí a la concentración, abracé las ficciones y tracé mi camino. Mi meta era El Universo. Estar ahí, ser parte, sentir el poder y regocijarme en él. Mi otro plan era más un sueño, menos probable pero infinitamente más seductor: antes de ser muy viejo, algún libro mío iba a estar expuesto en las vitrinas de las librerías de mármol y acero iluminadas por dentro.

Un error burocrático que sigo sin entender cambió mi carrera. La secretaria de la dirección de la escuela archivó mal mi postulación y terminé haciendo mi práctica en El Clamor, un tabloide de prensa amarilla que siempre desprecié porque era el diario que devoraba mi familia.

Pero quizás me estoy extendiendo demasiado. Tal como el gerente del banco, que tuvo que trepar mucho para llegar hasta donde llegó, también yo invertí años y años como allegado en un mundo que ignoraba mi existencia, y logré lo que kilómetros de columnas en un diario jamás podrían conquistar. Escribí un libro. Más importante aun, lo publicaron. Alfonso Fernández Ferrer de pronto apareció en el mapa.

Mi primer y único libró fue un conjunto de cuentos interrelacionados que se lanzó al mercado con el advenedizo e irritante título de El espíritu metropolitano. Tal como esperaba mi editor, fue recibido con el mismo entusiasmo e hipocresía con que un afuerino es acogido en un exclusivo club que sabe que no puede seguir prohibiendo el ingreso de nuevos miembros por pánico a quedarse sin socios. Obtuve la bendición, vendí bastante y, luego de que El Universo tuviera la gentileza de hacerme entrar al panteón, los restantes críticos me trataron como la gran esperanza blanca, recurrieron a ostentosos adjetivos y cayeron en la trampa. Dijeron que mi voz era «esencialmente capitalina y moderna», y fueron incapaces de advertir que lo único que tuve a mi favor fue un buen diccionario de sinónimos y antónimos. Me amaron, pero nunca entendieron por qué. Yo tampoco. A la hora de los premios, nadie se atrevió a contradecir a la mayoría; para ser un libro compuesto por ocho cuentecillos y doscientas dieciséis páginas, vaya que acumuló dinero y distinciones. Lo curioso es que, más allá de lo que se decía en la prensa, yo no estaba muy de acuerdo con la fanfarria. El libro, mal que mal, fue escrito con más estimulantes que corazón. En Chile, por suerte, llegar arriba no cuesta mucho si uno es capaz de tocar las fibras adecuadas. Bajar tampoco.

Mi carrera, no mi vida, comenzó a dar frutos. Mis editores lograron dos o tres traducciones en editoriales menores de países con alto índice de chilenos exiliados. Y, aprovechando que la prensa publicaba cada frase que se me ocurría pronunciar, anuncié con bombo mi primera novela, que bauticé como Recursos humanos; para demostrar que no estaba mintiendo, adelanté un primer (y único) capítulo en una revista universitaria que no tenía circulación pero sí suficiente pedigree. Lo encontraron genial.

Pero Recursos humanos se estancó muy pronto, porque yo carecía de experiencias para seguir desarrollando mi saga familiar: poco y nada sabía de mi padre, era incapaz de retratar bien a mi madre y el personaje central, que era yo mismo, me resultaba un perfecto desconocido. Por mucho que me levantara temprano, me aislara y tomara litros de café, la novela se transformó en un callejón sin salida.

Encaucé entonces mis esfuerzos en mantener la pluma firme, la tinta líquida, mi nombre en circulación y las cuentas al día. Seguí escribiendo más columnas con seudónimos, dando charlas en institutos y asesorías publicitarias. A medida que fue pasando el tiempo y el espíritu metropolitano se fue enfriando, comencé a desesperarme: escribía artículos periodísticos sobre cultura, comentaba con gracia y acidez los restoranes de moda, y reseñaba novelas que no leía. Acepté lo que me ofrecieron. Guiones de documentales, memorias de banco, discursos para políticos, biografías por encargo de empresarios y deportistas donde hacía de autor fantasma, dos o tres talleres llenos de señoras con dinero de sobra. Terminé de jurado en decenas de concursos y seguí al Presidente en embajadas culturales ambulantes por el Medio Oriente y el Pacífico Sur, antes de anexarme un nicho en una revista del corazón para aspirantes a intelectuales: durante trece meses entrevisté a cincuenta actrices de telenovelas, las mismas que luego formarían parte del extenso e insoportable elenco de Región Metropolitana, ese mamotreto de más de tres mil seiscientas carillas que me llenó de dinero (dos departamentos, acciones, una casa nerudiana a orillas del mar) y ofertas, pero me dejó más vacío que un actor que termina una obra y no encuentra el aplauso.

Martín me ha dicho que todo aquello que uno entrega, no lo recupera. Algo así. Él insiste en comparar la literatura con el agua. Dice que uno tiene acumulada dentro del cuerpo una limitada cantidad de litros y que cada vez que la usa, sea para bien o para mal, caen gotas. Una novela puede gastar unos cuatrocientos centímetros cúbicos. Un cuento, treinta. Una columna, quince. Y vamos sumando. Vergara piensa que por escribir tanto me quedé sin nada que decir. Desperdicié mis litros. Terminé vaciado. Seco.

Martín Vergara usa el pelo tan corto que cuando recién lo conocí pensé que se trataba de un lanza rapado en los sótanos de la calle General Mackenna. Su porte y su prestancia obligan a pensar que se alimentó con cereales y leche e hizo mucho deporte. Por mucho que intente disfrazarlo, sus viejas poleras de rugbista lo remiten a colegios británicos, y durante las reuniones de pauta sus menciones a capitales lejanas delatan que, más que ser un experto en geografía, ha recorrido en persona buena parte del globo.

Martín Vergara tiene la intolerable costumbre de andar siempre enchufado a su walkman, como si tuviera pánico del silencio y de sus propios recuerdos. Tampoco le falta dinero. Más bien le sobra. En este aspecto, poco tiene que ver con mis inicios. Lo mismo ocurre con su universidad. Si bien a ambos nos costó ingresar porque tropezamos con el arbitrario filtro que prueba la aptitud pero ciertamente no la vocación, el destino de Vergara se solucionó en una tarde. El mío demoró dos años y no poco dolor, pero los tiempos eran otros y, por mucho que intento anotar las semejanzas entre Martín y yo, lo honesto sería consignar que son muchas más las diferencias.

Estudiar en una universidad privada no es algo fácil para Vergara. Según Cecilia Méndez, la suspicaz, intensa y atractivamente separada directora de arte (que aún no me da el pase, por mucho que hayamos ido a varios festivales de teatro al aire libre o nos enfrasquemos en largas conversaciones telefónicas de trasnoche), la sola idea de que se sepa que asiste a un establecimiento privado y costoso, sin historia ni egresados, llena a Martín de una vergüenza agresiva.

Cecilia Méndez es el tipo de mujer con la que me gustaría pasar los domingos por la tarde. Y, por qué no, los sábados en la noche también. No me atrae particularmente que tenga una hija de casi tres años, pero, a esta edad, encontrar a una mujer atractiva, certera y mentalmente sana que no esté escapando de su marido implica necesariamente algún agregado extra. Con Cecilia tenemos todo en común menos la pasión que, eso espero, estamos aplazando para cuando ella deje de tenerme tanto miedo. Por mucho que le haya abierto mi intimidad, mi correo electrónico y mi línea telefónica, nuestra unión tiene, por el momento, esa intensa complicidad de las relaciones que recién están iniciándose.

Anoche cené con Martín y Gloria, su supuesta novia, como yo le digo, ya que él, como tantos de sus pares, no está dispuesto a hacerse cargo de ella ni menos a comprometerse. Gloria resultó ser encantadora aunque lejana; parecía su hermana mayor más que su pareja. Tenía el pelo muy corto y estaba evidentemente bronceada por el sol ecuatoriano. Su elegante traje de dos piezas le aumentaba la edad y poco tenía que ver con la imagen que me había formado de ella.

Vergara es muy joven para encontrarle méritos a la fidelidad y Gloria no está preparada para amarrarse a nadie ni a nada. Se parecen, aunque para ella es el día, la jornada laboral, lo que la enciende y la provoca. Gloria estudia derecho y colabora con un bufete. Vergara, en cambio, está en esa edad en que noche es sinónimo de oscuridad, desgaste y perdición. Como si la caída del sol amnistiara las leyes imperantes y él no pudiera controlarse. Sus impulsos, como un virus mortal, se apoderan de él y lo depositan, borracho y duro, en callejones y laberintos, discothèques y moteles. El síndrome de las cinco de la mañana: no acostarse antes del amanecer; no beber sin emborracharse; no fumar si no es hasta terminar la segunda cajetilla.

– ¿Qué es de tu hijo, Alfonso? ¿A qué se dedica?

– Perdón, ¿de qué me hablas?

– De Benjamín, tu hijo.

– ¿Cómo sabes que tengo un hijo? ¿Quién te dio el nombre?

Gloria nos interrumpió, quizás porque notó lo tenso que me había puesto.

– Sale en tu libro -me dijo secamente-. El espíritu metropolitano está dedicado a él.

– ¿Sí? -dije haciéndome el desentendido.

– A mi hijo Benjamín. Ahora sólo me falta el árbol -recitó de memoria Martín.

– Es una bonita dedicatoria -agregó Gloria.

Martín Vergara exuda ambición por litros. Lo empapa y lo define. Posee algo que pocos tienen: esa casi irresponsable confianza de sentir que estás aprovechando tu talento. Es una gran sensación y te puede llevar a muchas partes. Intuir lo contrario te paraliza. Te mata. He visto a demasiadas personas deambular por la vida con la certidumbre de que sus dones se disiparon. La última vez que estuve con mi hijo Benjamín, en el aeropuerto de Raleigh, sentí exactamente eso en su mirada.

Benjamín vive en Durham, Carolina del Norte, con su madre, dos niños que son hijos de Frank -su padrastro-, y una niña pecosa de nombre Cordelia, hija de ambos. Benjamín cumplió veintitrés el pasado ocho de diciembre. No lo llamé ni le envié una tarjeta.

Yo alguna vez también tuve esa edad. Hace casi treinta años. Fue el verano en que ingresé a El Clamor, cuando don Saúl Faúndez se metió en mi vida y la tinta empezó a circular por mis venas. Veintitrés años y la convicción de que recién estaba partiendo. Todo se imprime a esa edad, dicen, la marca queda inscrita, el destino trazado.

A veces, cuando mi inconsciencia me juega una mala pasada, pienso en Benjamín y en su limitada capacidad de sobrevivencia. Me molesta que aún viva con su madre y Frank. Siento que no es correcto que Benjamín todavía no se haya independizado. Me preocupa que no sea capaz de arreglárselas por sí mismo. Comparándolo con Martín, me destruye su falta de iniciativa. Vergara no piensa en otra cosa que en abandonar su hogar. No sólo quiere irse de su casa, también desea fugarse del país. A Vergara la idea de crecer, de ser mayor, lo alucina. A Benjamín, creo, le da pavor.

Quizás no debería ni siquiera pensar esto, menos todavía escribirlo, pero tampoco me puedo engañar. Sé perfectamente lo que pienso y me duele con algún eco de vergüenza. Mi hijo no salió como quise y lo resiento. La promesa no se cumplió. Me hubiera gustado que Benjamín fuera más deportista, agresivo, capaz de vivir al aire libre y divertirse con una pelota y con los amigos que un balón trae consigo.

Benjamín Fernández no es, ni en sus días buenos, Martín Vergara. Tengo muy procesado que compararlos es cruel e innecesario. Cada vez que tomo en cuenta a Vergara, que lo escucho o lo celebro, algo dentro de mí me hace sentir que estoy traicionando a uno de los míos. Mejor dicho: a la única persona en este planeta indisolublemente ligada a mí.

Benjamín siempre está a la defensiva y arrastra una soledad que me repele. Cuando habla conmigo, y habla mal porque el español ya no es su lengua, pareciera que no lo dijera todo. La conversación no es lo suyo y llega a ser gracioso cómo imprime mil significados a los pocos monosílabos que logran salir de su boca. Sus ojos sospechan y juzgan, y me incomoda cuando me mira; por eso tiendo a esquivar su mirada y a llenar sus silencios con anécdotas policiales. Decir que está confundido es desentenderme de él más de lo que estoy. Su eléctrica manera de reaccionar cuando lo toco me hace pensar que quizás mi mayor error fue dejarlo tan abandonado.

Verán, lo que más me disgusta de Benjamín no es que no sepa lo que quiere de la vida, que sea un vago y coquetee con las drogas y la inercia. Lo que me daña es que me recuerda violentamente a mí mismo en un período que prefiero olvidar. Un período largo que llegó a su fin, creo, ese verano en que fui arrojado al mundo real bajo la firme y a veces canallesca supervisión de don Saúl Faúndez.

Lo que acabo de admitir, lo sé, es horrible y, aunque parezca cómodo decirlo, poco tiene que ver con el hecho de si quiero a Benjamín o no. Tiene que ver, más bien, con cómo lo expreso. O lo evito. A veces creo que el hecho de que viva en otro país es una bendición. Así, ante los demás al menos, pareciera que no nos vemos porque los miles de kilómetros nos juegan una mala pasada. Lo cierto es que esos kilómetros interminables me han caído del cielo y me han permitido vivir con algo menos de culpa y bastante más libertad.

Benjamín nació cuando yo tenía veintiocho, pero por motivos que no me interesa explorar siempre he sentido que estoy al menos cinco años atrasado en comparación con el resto de los mortales. Por eso no me avergonzaría sentenciar que Benjamín nació cuando yo tenía apenas veintitrés. Pero no es un asunto de edad. Pudo ser a los dieciocho, a los treinta, la semana pasada. Yo estaba envuelto en un caos, no entendía nada y lo estaba pasando genial. Benjamín llegó en el momento menos indicado. Una cosa es abrazar a un niñito en la clínica y jugar con sus pies, y otra muy distinta es escucharlo llorar toda la noche. Yo estaba recién partiendo, mis tropiezos periodísticos iban quedando atrás y el brillo de la inmortalidad, de la promesa literaria, de comprobar cómo, por decir lo que pensaba, me iba transformando no sólo en un observador sino en un observado, me alucinaba. Estaba ahogado en un estado de vértigo y ansias, y me encantaba.

Volver a casa, donde María Teresa y el niño, no era lo más seductor para un chico de veintitantos que deseaba seguir jugando, ver cuánto era capaz de estirar la cuerda. Por primera vez en mi vida tenía dinero, amigos nuevos, las mujeres me dejaban notas en los bolsillos, todos querían que estuviera cerca de ellos. En todas partes era acariciado, seducido, mimado. Después de una vida de inseguridad, por fin me sentía seguro.

¿Qué me molestaba de Benjamín? ¿Que por su culpa una novia agradable se transformara en mi esposa? ¿Que, sin estar preparado, me viera envuelto en un infierno que me remitía al de mi padre y mi madre? Sentía que María Teresa me había quitado la libertad justo el mes en que la descubrí por primera vez. Al regreso de nuestra tensa luna de miel en La Serena, El espíritu metropolitano salió a la calle. Mis planes no incluían tener un hijo. Ella insistió en casarse cuando supo que venía en camino. Lo que yo menos deseaba en la vida era un hijo para que después, tal como me lo dijo alguna vez el Camión, pensara de mí lo que yo pienso de mi padre.

Sé que me arriesgo a quedar como un monstruo. Esa no es la idea ni tampoco la verdad. Las cosas son más complejas. Algunas cosas se me dieron como quise, otras simplemente cayeron sobre mí. Llegaba a mi casa con resaca y me daba cuenta de que era un poco tarde, que ya me había farreado mi instante. Estaba claro que la única relación real en esa casa arrendada era la que se había establecido entre María Teresa y Benjamín. Yo poco tenía que hacer ahí. Ellos tenían sus propios códigos y ritos, que yo no entendía. Trataba de acercarme a él, lo juro, pero Benjamín se alejaba. O yo me alejaba de él. Le tenía celos, creo, no entendía cómo podía estar tan cerca de ella, ni qué hacía ella para conectarse con él.

Cuando a María Teresa le ofrecieron ser agregada cultural en Montevideo, aceptó. A mí no sólo me pareció correcto sino liberador. Viajé un par de veces. En un principio con ganas, después por compromiso. Pero cuando luego se trasladó a Nueva York, a un puesto equivalente pero ante las Naciones Unidas, ya todo estaba deshecho. Frank, el profesor de literatura latinoamericana de Duke que nunca me ha incluido en sus estudios, no se demoró mucho en entrar a escena.

Cuando digo que a esa edad uno sabe mucho pero no tiene las armas para hacer algo al respecto, no estoy más que intentando exponer mi caso.

Verán, cuando tenía veintitrés y estaba en El Clamor, pasaron muchas cosas, pero una de ellas fue enterarme de que mi padre, un ser al que había visto poquísimas veces, era un delincuente. Y me acuerdo de que me prometí, con el ímpetu que uno tiene a esa edad, que si alguna vez tenía un hijo, jamás cometería los mismos errores que ese hijo de puta. Pero los cometí. Era joven, ése fue mi error. Cómo iba a saber lo que me esperaba. ¿Alguien lo sabe, acaso?

Está amaneciendo, la cabeza me late, no hay caso de que mi estómago se quede quieto y pese al cansancio que me abruma no puedo dormir. Tengo la ventana abierta. Algo me dice que llevo encerrado demasiado tiempo y necesito aire más puro.

Anoche, es decir unas horas atrás, hubo una fiesta para celebrar el cumpleaños número veinticuatro de Martín. Como era sábado, durante toda la tarde no hice otra cosa que releer El espíritu metropolitano e intentar, en vano, escribir aunque fuera una carilla de Recursos humanos. Terminé tomando más J &B de lo que acostumbro y corregí, con rabia y un grueso lápiz rojo, el segundo relato escrito por Vergara que él mismo me había pasado para que leyera. El primero me había parecido francamente cómico, al día, muy de suplemento juvenil, ágil, original y totalmente suyo.

Pero ayer tuve la mala idea de sumergirme en el segundo de sus relatos, tan largo que Martín me lo entregó anillado. Comencé a leer buscando las vueltas de tuerca y los dobles sentidos, y me topé con algo de un nivel de profundidad y emoción como no había leído en mucho tiempo. A las cuatro líneas me di cuenta de que era superior a todo lo que yo había escrito. Su simplicidad era asombrosa; me costaba continuar leyendo porque se notaba cercano, personal.

Cuando terminé el cuento, ya casi no había luz en la pieza y me costó levantarme del sofá. No me quedaba claro cuántas horas habían transcurrido; sólo sabía cuatro cosas en esta vida: Vergara escribía como los dioses, estaba solo, había conocido el dolor de verdad y el maldito se estaba acostando con Cecilia Méndez. Estas cuatro revelaciones me aplastaron; la última fue la que me acongojó más, porque me tomó de improviso. Y me rajó más de cerca.

Después de tragarme el resto del J &B, partí rumbo a la celebración que, por cierto, era en el departamento de Cecilia. Toqué el timbre. Abrió Vergara con su sonrisa de siempre. Me contuve para no volarle su dentadura tan perfecta. Intentó abrazarme pero no lo dejé. Martín lo notó. También notó la ausencia del regalo, la edición española, en tapa dura, de El espíritu metropolitano, que olvidé a propósito en el asiento trasero.

El pequeño departamento estaba repleto de gente de mi edad, todos ligados a la revista. Olí un aroma a fracaso y a decrepitud inminente: se parecía demasiado al que yo mismo desprendía. La mayoría de las asistentes eran mujeres solas que se comportaban como si se tratara de una reunión de fans-club de algún cantante de baladas en español que secretamente las excita. No estaba Gloria, ni nadie de su edad.

– Oye, Martín, ¿por qué andas siempre solo? ¿No tienes amigos, acaso?

– Están veraneando -me dijo tomándose un vodka al seco.

– ¿Y tus padres? ¿No tienes padres, familiares, abuelos? Esto no me parece normal. Celebrarte con puros desconocidos.

– Ustedes son mis amigos.

– Qué te espera a los sesenta, pendejo huevón. Esto es un poquito patético, ¿no te parece? Pareces un cachorro abandonado.

Martín tuvo el buen gusto de quedarse callado y dejarme solo con el Ballantine's, el hielo y mi mala leche.

Cecilia estaba en la cocina, poniendo las velas en la torta. Martín también estaba ahí, tomando. Los miré por la ranura de la puerta. Ella le tomó la mano. No me pude contener. Entré. Justo se estaban besando.

– Oye, Cecilia, tengo un hijo de veinte años, te lo podrías tirar también. ¿Te interesa? Por lo menos quedaría en familia.

– Alfonso, no es lo que… -me interrumpió Cecilia.

– ¿No es lo que yo creo? -le grité-. ¿Me crees huevón? Mira, esto me pasa por no partir metiéndotelo la primera vez que salimos. Faúndez decía que las únicas relaciones decentes empiezan en la cama.

Cecilia contuvo el llanto. Martín la abrazó.

– Ella no quería herirte -me dijo él.

– Qué sabes tú de dolor, imbécil -agarré a Martín y lo aparté de un empujón contra el refrigerador. Intenté estrangular a Cecilia, pero Vergara me tiró lejos. Caí al suelo.

Cecilia lanzó la torta al lavaplatos y se fue llorando a su pieza ante la mirada atónita de los invitados. Yo bebí lo que quedaba en la botella y seguí en el suelo un rato, incapaz de levantarme, tendido sobre los restos del alcohol.

– Me voy contigo -me dijo Vergara atajando la puerta del ascensor.

– ¿Qué?

– Que me voy de aquí.

– No confundas ficción con drama, cabro huevón.

– Me quiero ir.

– Yo que tú me quedaría. Aprovecha, que después se acaba, pendejo.

– Quiero hablar contigo. ¿Te da miedo?

En el ascensor sentí su olor a trago y bajo la luz blanca lo vi pálido y terminal.

– Déjame en mi casa. En Los Dominicos.

– Oye, puedes pagarte un taxi.

Cuando no pude abrir mi auto a la primera, me di cuenta de mi mal estado, pero frente a Vergara parecía recién despierto.

– Sácame la chucha si quieres -me dijo él-, pero llévame lejos de aquí. Quizás no me creas, pero estoy realmente mal.

Traté de echarlo, pero él abrió una de las puertas de atrás, se estiró y se durmió de inmediato. Manejé unas cuadras, y al llegar a un semáforo intermitente le grité que se despertara, que me diera instrucciones. Por el retrovisor vi que resucitaba.

– No me siento bien… Estoy débil.

– Apoquindo y General Blanche. No sigo más lejos.

Incapaz de hacerlo bajar, cambié de rumbo y viré a la izquierda. Tiene que haber pasado un minuto cuando sentí el viento colándose en el auto. Miré nuevamente por el retrovisor. Vergara tenía el libro en la mano, abierto, lloraba sin ruido y miraba un punto fijo en la calle.

– A Martín -me dijo-. El orgullo de cualquier padre.

Después, entre lágrimas, agregó:

– Tú ni siquiera te imaginas lo que hago con tal de estar vivo.

– Escribes.

– ¿Y? Como si a ti te hubiera servido de mucho.

Entonces oí las arcadas y le vi la cara; frené el auto.

– Para, para.

Estábamos en una calle con árboles y muros. Vergara alcanzó a abrir la puerta pero cayó al suelo, besando el pavimento. Martín se ahogaba, el vómito no tenía por donde salir. Lo agarré del torso, lo levanté y mientras vomitaba en forma desesperada, entre sollozos, como negándose a hacerlo, sentí que más allá de su prosa privilegiada o sus conquistas amorosas o ese afán triunfalista y seguro, debajo de todo eso, había un niño perdido, a punto de caer, que se hundía en un remolino de angustia y destrucción.

Lo tomé de la frente, fría y mojada, y con el otro brazo le palmoteé la espalda.

– Eso. Sácalo todo para afuera.

Hay veces en que uno sólo puede estar en el lugar del mundo que importa, ayudando a sólo una persona. Pocos tienen la suerte de estar justo ahí. Y los que están, por lo general huyen. Se asustan. Hace un rato, creo, estuve donde tenía que estar. Es una gran sensación saber que estás haciendo lo correcto. Martín, me parece, se percató. A todos alguna vez nos han ayudado, y la sensación de haber sido acogido cuando se estuvo más perdido es de tal intensidad, que uno termina sintiéndose en deuda no tanto con esa persona, sino consigo mismo. Es como si a lo largo de los años el deseo de retribuir ese apoyo aumentara. El deseo de ayudar a otro tal como te ayudaron a ti comienza a embargarte y a no dejarte tranquilo. Este era el momento, el instante en que debía devolverle la mano al pasado. Martín se percató. Paró de vomitar y de llorar y comenzó, ahí, sentado en la cuneta, a hablar. A hablar como nunca lo había hecho. Yo lo escuché. Atento.

Mientras balbuceaba me acordé de Benjamín, de cuando era niño y yo llegaba borracho; fue un dolor tan punzante que me ardió y me hizo caer también al pasto húmedo. No es fácil darse cuenta de cuánto uno ha perdido, a cuánta gente ha dañado. No pude dejar de llorar y de sentir que no era casualidad, que esta vez sí iba a estar presente cuando me necesitaran, tal como una vez, en una situación aterradoramente parecida, el viejo Saúl Faúndez me habló como nadie me había hablado.