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El día está flojo y la víspera estuvo peor. Ningún hecho de sangre digno de reportear. El único muerto fue un electrocutado al que se le cayó la radio dentro de la piscina de plástico.
Faúndez deja su taza de café y revisa unas hojas que están sobre el escritorio del detective Vega.
– ¿No tiene nada para mí?
– Roxana despachó esto hace poco. Llegó recién. Nos golpeó. La brigada de Temuco no alcanzó a avisarnos cuando ya Roxana se lo había contado al mundo.
– Así es ella. ¿Algo bueno?
– No tan malo. Un araucano, Rubén Paillán, estudiante de ingeniería que trabaja de noche en uno de esos minimercados que hay en las bombas de bencina, mató a un chico de sociedad que andaba de vago, perdido.
– ¿Racismo?
– Algo así. Y resentimiento. El cabro parece que era un sicópata en potencia. Ex marino mercante.
– Como el Camión.
– No dejaba al indio tranquilo. Su misión en la vida era acosarlo. Temuco está que arde. La ciudad tomó partido.
– Alfonso, acuérdate de contactar al corresponsal. Que te mande algo. Tú después le pones color.
– Vale.
– Bueno, mi detective, lo dejo. Ya que no me tiene nada, tendré que arreglármelas sólito.
– Hacemos lo posible.
– Lo sé -le dice Faúndez con simpatía antes de tirar su vaso de café al basurero-. Ya, Pendejo, nos vamos.
– Pero Escalona y el Camión no han vuelto.
– Nos vamos a pie. Tomemos un poco de aire. Detective, si ve a mis muchachos los manda de vuelta.
– Si no los encerramos antes.
– Me haría un favor.
Faúndez y Fernández saludan al guardia de la entrada de La Pesca y salen a General Mackenna. Una brisa tibia baja desde la parte alta de la ciudad. Al frente, en la Cárcel, hay día de visitas.
Caminan lentamente rumbo al barrio chino.
– Estoy cansado, Pendejo. Me tocó una larga noche.
– ¿Problemas?
– La huevona no acababa nunca; no me gusta dejarlas a medio camino. Tuve que recurrir a mis dedos. A la comadre no se la servían hacía tiempo. Hay maridos así. Yo, sin ir más lejos, pero eso es otra historia.
– …
– ¿Te acuerdas del derrumbe del Metro?
– La semana pasada, ¿no?
– Le tocó el turno a una de las viudas de los obreros sepultados. La de la María Caro. Tú andabas conmigo, ¿te acuerdas?
– Perfectamente. La de los niños chicos.
– Le devolví la foto, le di mi pésame, la consolé y le hice el favor. Después no quería que me fuera. Y eso que el pobre finado todavía no estaba frío. Puta, su cama estaba pasada a él. Pero la mujercita necesitaba consuelo. Así que la consolé.
– Un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer.
– Exactamente. Es la ley de la vida, Pendejo. Uno no puede hablar hasta estar ahí o ponerse los zapatos del otro.
Al llegar a Bandera, Faúndez inspecciona el quiosco y compra una cajetilla de cigarrillos. Cuando dan la luz verde, cruzan la calle hacia la Estación Mapocho y el puente Independencia.
– ¿Ves a esa mina?
– ¿La de lila? ¿La de la peluca?
– Estás mirando un monumento nacional, Pendejo. Fíjate cómo camina.
– ¿Quién es?
– Betsabé Trujillo, Premio Nacional de Arte. Una de las grandes putas de este país, te digo. Algunos de los picos más importantes han pasado por esa concha. Y algunos de los peores, también. ¿Qué edad crees que tiene?
– ¿Cuarenta y cinco?
Faúndez se apoya en un farol y enciende un cigarrillo. La mujer, de tacos altos y un llamativo sombrero antiguo, se bambolea en dirección al centro.
– No es mucho mayor que yo. Es increíble cómo las mujeres envejecen más que los hombres. Compáranos. La pobre es una abuela con un pasado y yo estoy como membrillo. En mi mejor momento. ¿Estás de acuerdo?
– Un lolo, don Saúl. Con más vitalidad que muchos compañeros míos.
– Aparte de la próstata, todo perfecto.
Faúndez calla un instante y deja pasar una micro antes de seguir su historia:
– Recién se lo pude meter, Pendejo, cuando ya estaba entrando en su decadencia. Me la tiré en ese hotel que está ahí. El Bandera. Con mi primer sueldo de Las Noticias Gráficas. Me vine corriendo hasta el Hércules y no salí hasta que la maraca apareció. Me hizo esperar toda la noche. Tuve que sacar número. Se culeó como a tres clientes antes que me tocara a mí. Pero valió la pena. Claro que ya no. Ahora tendría que pagarme a mí. Ya no patina. Administra, no más.
– ¿Un prostíbulo?
– Por desgracia, no. Y eso que partió con la propia Tía Carlina en Vivaceta. Es un negocio en decadencia ése, ahora que todos ustedes se tiran a sus pololitas. La Betsabé está a cargo del topless El Peloponeso del Caracol Bandera, aquí en la otra cuadra. ¿Sabes cómo le dicen en el ambiente?
– No sé.
– La Drácula. ¿Adivinas por qué?
– Te lo chupa tan bien que te saca sangre.
– Bien, Pendejo, bien. Así me gusta -y le palmotea la espalda-. No, no es por eso, pero me gustó igual. Está bueno. Estás aprendiendo rápido. ¿Quién lo hubiera dicho?
– ¿Por qué le dicen la Drácula, entonces?
– La Trujillo estaba mal, ¿ya? Vieja. Tetas caídas, las carnes sueltas de tanto darle. Esto fue antes de lo del topless. El barrio chino se había ido a la mierda y la pobre se ganaba sus pesos en los cines de la periferia.
– ¿Haciendo qué?
– Ejerciendo su oficio. Cuando uno es profesional, es profesional. Se dedica a lo suyo. No se iba a dedicar a cuidar niños.
– Cierto.
– La Betsabé Trujillo llegó a un acuerdo con los del cine Alessandri de la Estación Central. Terminó viendo más películas que la María Romero. Entraba a las once de la mañana y cuando veía a algún tipo solo, se iba a sentar a su lado, lo tocaba y, si el tipo accedía, llegaban a un acuerdo.
– ¿Acuerdo?
– O lo pajeaba o se lo chupaba. Una transacción comercial digna y limpia, como cualquier otra. No te vengas a hacer el cartucho, Pendejo. Si la huevona era puta. Claro que tenía sus exigencias. No permitía que los huevones acabaran en su boca.
– Sano hábito.
– A lo mejor, pero personalmente me parece una mala educación por parte de ella. No tolero las minas que lo escupen. Me siento rechazado. No creo que sea el único. Esa maña de la Drácula fue un mal cálculo, porque fue lo que la condenó. Causó su fin.
– ¿Cómo? Si está viva.
– Le arruinó su fama. Porque una cosa es ser conocida y respetada en el ambiente y otra, muy distinta, es saltar a la primera plana del diario. Se metió en un escándalo más o menos y, como ya no era un lirio, cagó. Nunca se recuperó. El sobrenombre la destrozó. Hay apodos que tienen ese poder. Socavan a una persona.
– ¿Pero qué pasó?
– El mito es así. No me consta pero eso dicen. Cuando el río suena, piedras trae.
– No siempre.
– Casi. La huevada es que la Trujillo llega a un acuerdo con un cliente, ¿ya? Es la matiné. Poca gente en la sala. Pleno invierno, un frío de los mil demonios. El tipo es un lolo, un colegial del barrio alto, hijo de un conocido empresario. Se lo empieza a chupar. Parece que la Trujillo no estaba bien. Dicen las malas lenguas que estaba dura, llena de pepas. De pronto se oye un grito pavoroso. El colegial comienza a gritar como un becerro cuando lo van a degollar, pero como era una película de terror, nadie se dio cuenta. La Trujillo tenía los dientes muy afilados. Y eran suyos, no falsos. Verdaderos colmillos. Se enrabió tanto con el colegial que le mordió la pichula hasta casi sacarle el cabezón. El cabro comenzó a desangrarse. Después la muy puta se levantó y le susurró: «Te dije, lolo, que no acabaras adentro».
– El cuentecito… ¿Será cierto? Cuesta creerlo.
– Moraleja, Pendejo: nunca hay que mentir en ese tipo de cuestiones. Cuando uno dice la puntita, es la puntita no más. ¿Te queda claro?
Una de las palmeras de la Avenida La Paz tapa el letrero azul con amarillo que dice Yerbas Buenas. En letras más pequeñas está escrito yerbas deshidratadas y el nombre de su dueño: Belisario Peralta, yerbatero. Desde 1948.
– Éste es el mejor local de Santiago, Pendejo. Tú, que crees ser un experto en la vida capitalina, tienes que conocer el boliche de don Belisario.
La yerbería es un local chico y oscuro, anexado a una bodega importadora de plátanos que huele a fruta podrida. Un grupo de peones carga un carretón empujado por un caballo pardo. Adentro casi no hay espacio. Decenas de mujeres esperan su turno. Un gran afiche con el diagrama de las dolencias del cuerpo humano adorna una de las paredes. Otros más pequeños publicitan sahumerios. Varias de las mujeres leen El Clamor.
– Nuestras lectoras -dice Alfonso.
– Nos debemos a nuestro público, Pendejo. No te olvides de eso.
Belisario Peralta es un hombrecillo de pelo blanco y mejillas rosadas que perfectamente podría trabajar de viejo pascuero para la temporada de Navidad. Tal como en el aviso que sale publicado todos los días por canje, don Belisario luce un delantal blanco y un estetoscopio.
– ¿Es médico?
– No, pero cura bastante más, te digo.
– Don Saúl, qué gusto -le dice el viejo, limpiándose las manos-. Hace tiempo que no se daba su vuelta. Su señora anduvo por aquí buscando algo para las várices.
– Y le hizo muy bien. Dejó de quejarse.
– ¿Sabe quién más se dio su vuelta por acá? La señorita Roxana. Qué encantadora, ¿no? Una gran profesional, además.
– Una gran profesional, es cierto.
– Le di una tisana para adelgazar. Y otra para darse tinas que la relajen.
– Entiendo.
– ¿Y el joven?
– Le presento a mi delfín. Alfonso Fernández, un gran cabro.
– Un gusto, joven -le dice-. ¿Y en qué lo puedo ayudar, don Saúl? ¿Alguna dolencia o malestar?
Faúndez baja la voz y se acerca al yerbatero:
– Problemas allá abajo.
– ¿Impotencia?
– Ojalá. Me ahorraría varios problemas. Más bien es la próstata. Usted sabe, la edad.
– Y lo he sufrido en carne propia -contesta don Belisario susurrando-. Tengo exactamente lo que necesita. La tisana número 20, para la próstata y la vejiga. La preparé esta mañana. Está compuesta de puras yerbas chilenas. Le lleva caña de hinojo, encino, huingán, manzanilla, oreganillo, pingo pingo…
– ¿Pingo pingo?
– Sí, es excelente. Y también le puse la yerba de la plata fina, que es realmente milagrosa. ¿Sabe cómo la tiene que hacer?
– La hiervo y me la tomo.
– Dos cucharadas del preparado para dos litros, don Saúl. Lo hierve por un minuto. Nada más. Le puede decir a su señora. Doña Berta sí que sabe. Se lo puede tomar caliente o frío. Y las veces que lo desee.
– ¿Y sirve?
– Por favor. Me extraña la pregunta. Me ofende, don Saúl. Esto le combate eficazmente el ardor de la próstata, el escozor al orinar, las inflamaciones en el bajo vientre, la orina turbia y la falta de fuerzas cuando hace pipí.
Saúl Faúndez toma el paquete y se da vuelta. Todas las mujeres lo están mirando fijo. Después empiezan a cuchichear entre ellas.
El Pasaje Rosas es una suerte de conventillo multicolor con entradas a ambos lados. Una por Avenida La Paz, no lejos del «Yerbas Buenas», y la otra por calle Salas, en el corazón de la Vega Central.
Faúndez -con un paquete de plástico en la mano- y Fernández caminan por el pasaje. La vereda es tan angosta que no deja espacio para autos. Los bares clandestinos se ubican uno tras otro, dejando a veces espacio para ínfimos locales de aliños, frutos secos y racimos de ají cacho de cabra que se secan al sol. Casi al llegar a Salas, tres pionetas duermen su borrachera al aire libre. Otro, tambaleando, se apoya en la pared.
– ¿Número? -le grita Faúndez.
– Ocho -le contesta el hombre.
– ¿Ocho qué? -pregunta Alfonso mientras cruzan la calle.
– Ocho cañas. De vino litreado. Los huevones cargan un camión o le llevan las bolsas a una vieja, y con la plata se vienen aquí al pasaje. Puta, a las cuatro de la tarde algunos ya se han mandado catorce o quince cañas al pecho.
Frente al pasaje se ubica el restorán Los Chacareros. En la ventana está pintada la oferta del día: causeo de patitas, porotos granados, ajiaco.
– ¿Quieres almorzar acá?
– Aún es temprano. A lo mejor podemos tomar algo más allá.
– Conozco un local. Los mejores desayunos de Santiago.
La cocinería «Rosita» se ubica en plena Vega, entre los puestos de frutas, las carnicerías y un local especializado en aceitunas y pickles que expele un implacable aroma a vinagre.
– Qué se le ofrece, casero.
– Yo, una maltita con huevo. ¿Y tú, Pendejo? ¿Una con harina tostada? Eso te hace bien.
– No gracias. Paso.
– Cómo que vas a pasar. Toma algo. No seas ofensivo. Yo invito.
– Tengo mote con huesillo -ofrece la mujer.
– Jugo de huesillos, nada de mote. Y nada de huesillos.
– Mañoso le salió el cabro, casero. ¿Algo más? ¿Una cazuelita de pava?
– Eso por ahora, mi amor.
Faúndez enciende otro cigarro. Lo fuma pausadamente, disfrutándolo. La mujer regresa con los vasos.
– ¿Desde cuándo que no remojas el cochayuyo, Alfonso?
– ¿Perdón?
– Quiero saber. Me preocupo. ¿Desde cuándo que no te echas una cachita?
– No sé.
– ¿No lo sabes o no te acuerdas? ¿Ayer, la semana pasada?
– Más.
– ¿Te has cepillado a esa Nadia? Es tu polola, ¿no?
– Yo no soy muy bueno para hablar de estas cosas, don Saúl.
– ¿Te incomoda?
– Un poco.
– O sea, no te la has tirado. Cuando uno lo inserta, habla no más. Como los homicidas. Si mataron, terminan soltando la pepa.
– Quizás.
– Perdona que me meta, pero la tal Nadia ya está en edad de merecer. De hecho, yo creo que le gusta el que te dije. Se le nota en cómo camina. Que la cabra es coqueta, es coqueta. No es tan buena, pero se sabe sacar partido. Los deja locos. El mismo Chacal le quiere hacer el favor.
– Llama la atención, es cierto.
– Contéstame. ¿Te la has comido?
– Casi.
– ¿Cómo que casi?
– Casi. Se puso nerviosa. Dice que no le gusta.
– Cómo que no le gusta. O sea, lo ha hecho. Si no, cómo sabría que no le gusta.
– Está un poco traumada. La primera vez le fue mal.
– Tú te estás traumando, Pendejo. Tus bolas deben estar azules. No me vengas a decir que estás enamorado de ella porque, y perdona que me siga metiendo, esa huevona no es de fiar. No puedes pasearte como puta y después rezar en misa. Esa Nadia a lo mejor no lo hace contigo, pero tampoco es Sor Teresita. Y yo sé de estas cosas, Pendejo. Ten cuidado. Vas a tener que solucionar esto pronto. ¿Te has metido alguna vez con una puta?
– No, señor.
– No me digas señor.
– No, nunca.
– Conozco un lugar por aquí cerca. Unas amigas muy cariñosas.
– En serio, don Saúl, no se preocupe. Estoy bien.
– Qué vas a estar bien. Aunque te conozco poco, ya te conozco, Pendejo. Ya sé lo que te pasa. Pero se te va a quitar. Te lo prometo.