40268.fb2 Tinta roja - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 25

Tinta roja - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 25

Vida de Santos

– ¿Te llevo?

– No, en serio. No voy para mi casa.

– ¿Adónde vas? -insiste Juan Enrique Santos. Su imponente dentadura forma una sonrisa afable, de verdad.

– A la Plaza Ñuñoa. Al cine.

– ¿Qué vas a ver?

– Una de las mejores películas del año. Es parte del festival de la Católica.

– Yo voy hacia allá. Me queda en el camino. En realidad voy a Pinto Durán. No me cuesta nada pasar a dejarte.

Alfonso se sube al auto sin demasiadas ganas. Huele a pino químico. Santos saca el cassette de rock argentino de la radio y lo esconde en la guantera.

– ¿Entrenan de noche?

– Sí, hace menos calor, pero se llena de polillas.

– ¿Y por qué no vas en radio-taxi? O sea, vas por el diario, ¿no?

– Sí, claro. ¿Crees que es muy entretenido cubrir un entrenamiento? Son básicamente todos iguales.

– Deben ser. De fútbol, la verdad es que entiendo poco.

– Increíble.

– ¿Qué?

– O sea, no sé, pero el fútbol es como el aire. A todo el mundo le gusta. Yo juego todos los sábados en una liga.

– Yo nunca jugué. No juego y dudo que alguna vez juegue.

– Los que mejor lo pasan son los buenos para la pelota -comenta Juan Enrique.

– Me lo dices a mí.

Juan Enrique maneja con fluidez, aunque por momentos sus virajes son tan excesivos que pareciera que va a perder el control. La luz ya se ha escondido y el verde de los árboles adquiere el barniz del sol.

– Supongo que si tuviera auto yo tampoco tomaría radio-taxi.

– Sabia idea. Personalmente, no tolero hablarle a gente que no me interesa. Para mí, la independencia vale oro.

– ¿Y tu sección no tiene…

– No es mi sección.

– Deportes, digo, ¿no tiene chofer y camioneta?

– Un orangután que maneja un tarro. Mira, si puedo evitarlos, mejor. No sé si me entiendes. Yo dudo que trabaje alguna vez en un diario como éste. O sea, a mí no me gusta mucho escribir, no es lo mío, pero si escribiera, me gustaría que por lo menos mis amigos o mi familia me leyeran. Y nadie decente lee El Clamor. No sé tú, huevón, pero cuento los días para que esta práctica en este diario cuafo termine.

– Es cansador, sí.

– Puta, la gallada es muy última. Deja mucho que desear. Mi polola me quiere desinfectar cuando llego a su casa. No me deja meterme a su piscina sin ducharme. Y eso que estoy en Deportes y paso todo el día en el estadio. Te compadezco, compadre, porque a vos sí que te tocó. Ese jefe tuyo es patético.

– Pero es divertido.

– A mí no me podría hacer reír.

El semáforo marca rojo. Santos detiene el auto y con el dedo aprieta el botón para que bajen ambas ventanas. Dos quinceañeras, de shorts y poleras sin mangas, cruzan la calle.

– ¿Y la Nadia? Simpática, la mina. Loca como ella sola, pero ella sí que te hace reír.

– Por ahí anda.

– Esa mina no se cambiaría por nada.

– ¿Cómo?

– Que se adora. No quiere más consigo misma.

– Puede ser.

– ¿Tú y ella…?

– Sí y no -le dice en forma seca Alfonso-. Depende.

– ¿Y vas a ir al cine con ella? ¿Se van a encontrar ahí?

– No, voy a ir solo.

– ¿Me estás hueveando?

– No.

– ¿Solo?

– Sí, solo.

– ¿Y no te da miedo? O sea, plancha. Vergüenza.

– No, qué tiene. La película es buena, no tengo nada que hacer y quiero verla.

– Sabes, Fernández, es raro porque, a pesar de que vienes de la Chile y todo, eres como distinto… pero a veces no sé, siento que eres igual a ellos.

– No entiendo.

– Es como si te mimetizaras. Es tal tu deseo de pertenencia, que te estás convirtiendo en uno de ellos. Casi como si pertenecieras a ese mundo.

– Pero si pertenezco.

Lo queda mirando un rato y agrega:

– Cada día más.