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El profesor Christián Uribe Ceballos, 39 años, casado, dos hijos, dueño del preuniversitario Amanda Labarca de la comuna de Maipú, salió de la oficina donde preparaba el curriculum académico para el próximo año escolar y se dirigió al supermercado a comprar vituallas, puesto que por esos días estaba «viudo de verano».
– Saca vituallas. Muy complicado. Y siútico.
– ¿Abarrotes?
– Comida -le dice Celso Cabrera, el editor nocturno al que le falta un ojo y tiene en su lugar uno de vidrio que no deja de observar todo lo que pasa-. Además, te estás alargando. Esto es un tabloide, no un diario de vida. ¿Lo de viudo de verano es necesario?
– Quiero que entren de a poco. Que los sorprenda tal como lo sorprendieron a él.
– Déjame seguir. Además no escribas frases tan largas. Agotan y enredan.
Uribe, que además de ser profesor de castellano es aficionado al judo, manejó su automóvil Peugeot por las descongestionadas calles de la histórica comuna de Maipú. La noche estaba clara, nueva y sutil.
– ¿Cómo que sutil? ¿Qué quieres decir?
– Que era reciente, había anochecido hace poco, todavía no estaba del todo oscuro.
– Tenue. Pon tenue.
La noche estaba clara, nueva, tenue; el profesor tomó la calle Pajaritos, bajó las ventanas y disfrutó del aire fresco mientras duró su excursión hasta el supermercado Economax, ubicado en la misma calle, a la altura del 4900.
– ¿Entonces? No te puedo dar tanto centimetraje. Estos incendios forestales del sur están llenando la página.
– Don Saúl me dijo que le metiera color.
– ¿Faúndez está acá? No lo veo. El editor nocturno soy yo.
En efecto, Celso Cabrera era el editor nocturno, además de tener a su cargo la columna dominical Recuerdos de un Pato Malo. Años atrás, mientras viajaba por el mundo con la llamada beca Rolón-Collazo, Cabrera escandalizó a los lectores de El Clamor con su célebre columna/diario de vida llamada La Decadencia de Occidente, que despachaba desde el lugar del globo donde estuviera en ese momento.
El aspecto de Cabrera contribuía a su aura de maldito y no era sólo el ojo de vidrio lo que asustaba. Quizás era ese pelo azabache, imposiblemente negro y lacio, que le daba un impostado aspecto juvenil a un rostro maltrecho y abusado, donde una notoria cicatriz le partía en dos una mejilla y subía hasta separar una de sus espesas cejas.
Cabrera era un símbolo de El Clamor, tan ligado a su lema de masivo y popular como el color amarillo o la trompeta del logotipo. Fue descubierto por el viejo Leónidas Rolón-Collazo años atrás, más de treinta en rigor.
El encuentro ocurrió en el barrio chino, calle Bandera al llegar a Mapocho, en El Zepelín. Rolón-Collazo, festejando su etapa de rebelde y bohemio, estaba con un granado grupo de amigos -periodistas, escritores, actores- tomando y arreglando el mundo cuando se produjo una gresca afuera. Fue tan grande que, sin querer, algunos de los participantes de la rosca ingresaron al local en medio de gritos, insultos y golpes que se fusionaron con los bongos de la orquesta tropical. El violento rebaño incluía todo tipo de fauna nocturna: dos prostitutas, un cadete naval, un cafiche boliviano, un travesti con la nariz quebrada y Celso Cabrera, delincuente habitual, lanza del sector, que por ese entonces no tenía más de veinte años.
La música se detuvo y hasta los suspiros quedaron suspendidos. El cafiche boliviano, en un abrir y cerrar de ojos, le tajeó la mejilla, pifiándole el paño a Cabrera. En medio de ese río de sangre amoratada que burbujeaba en su cara, Celso tomó una navaja filuda, oxidada, y le dio un solo puntazo en el corazón al cafiche. Rolón-Collazo estaba a un lado y, dicen, las miradas de ambos se toparon. Cabrera entonces levantó la navaja para rematarlo y extrajo el arma con un sonido parecido al de un corcho que sale de una botella de vino envejecido.
– Tome -le dijo a Rolón-Collazo pasándole la viscosa navaja-. Sé quién es usted. Si van a publicar algo, al menos digan la verdad.
Celso Cabrera desapareció entre la multitud alcoholizada de la calle Bandera y, dicen, saltó al río Mapocho. No fue detenido hasta seis meses después, cuando mató en defensa propia a uno de los pocos negros que circulaban en Chile, en una hospedería de la calle San Pablo abajo. Cuando el entonces jefe de crónica roja averiguó que lo iban a «pasar al frente», de La Pesca a la Cárcel Pública, le informó a Rolón-Collazo. En ese entonces, Ortega Petersen recién se estaba incorporando al diario. Lo fueron a ver a la cárcel; se hicieron amigos, encontraron más de un tópico común. A pesar de la cicatriz, Cabrera tenía pinta de sobra, era una especie de Jorge Negrete, moreno hasta llegar a molestar y con dientes intensos, intachables. El Chacal lo puso en la portada y siguió dándole por una semana. El pueblo lo amó sin vuelta, porque Cabrera era inteligente. Leía y opinaba de política y economía. Era un galán y las mujeres, organizadas por El Clamor, le llevaban novelas y revistas. Profesoras se ofrecieron para enseñarle más materias. Al año de estar en prisión, comenzó a escribir su columna dominical El Interior del Infierno. Cuando salió libre, ocho años después, Rolón-Collazo le ofreció integrar la planta del diario. Lenka Franulic lo entrevistó y Hernán del Solar le prologó su novela Barrio bravo, editada por Zig-Zag, comparándola con El río de Alfredo Gómez Morel. Según Tito Mundt, Celso Cabrera fue el primer ex presidiario que obtuvo un carnet de socio del Colegio de Periodistas. Saúl Faúndez dice que eso es una falacia, que casi todos los reporteros tienen su ficha de antecedentes manchada.
– Bueno, y, ¿qué pasó con el profe? La edición de Santiago cierra a las once y media, huevoncito.
– ¿Cómo?
– ¿Estás en la luna? Aterriza. ¿Qué pasó con el profe?
– Compró cosas, tres bolsas con mercadería. Al llegar al auto, las dejó en el suelo y comenzó a abrir la maleta. Ahí lo atacaron.
– ¿Quiénes?
– Los pacos dicen que…
– ¿Hablaron con testigos? ¿Tienes declaraciones que sirvan?
– Hablamos con todos. Llegamos al poco rato. Don Saúl escuchó todo por la radio. Interceptamos la señal. Estuvimos en el sitio del suceso antes que la Be-Hache.
– Y Faúndez, ¿dónde está?
– Tenía algo que hacer. Me dejó redactado esto.
– ¿Una mina?
– No tengo idea.
– Bueno, ya, me da lo mismo. ¿Quiénes lo atacaron?
– ¿A don Saúl?
– Al profesor.
Fue abordado por tres individuos jóvenes, uno portando un arma de fuego corta y los otros cuchillos. Al parecer, los tres vestían chaquetas de cuero y tenían el pelo largo.
– ¿Hippies? ¿Estos thrashers que hay ahora?
– No lo sé.
– Da lo mismo. Y córrete para el lado. Necesito espacio para leer.
Se supone que pretendieron robarle dinero o lo que había comprado. Lo que sí está claro es que los tres delincuentes juveniles encontraron tenaz resistencia por parte del profesor. Esto hizo que el sujeto que llevaba el arma de fuego le disparara a quemarropa, impactándolo en el ojo izquierdo. Los otros le asestaron varias heridas con sus cuchillos.
– Patos malos, los huevones.
– Pero ahora viene lo mejor, don Celso.
– Cabrera.
– Lo del dedo.
– ¿Cómo?
– Bueno, me falta escribirlo. Cuando llegaron los peritos, al revisar el cuerpo ocurrió algo.
– ¿Qué?
– Después de desnudar y medir el cadáver, lo dieron vuelta y justo ahí algo salió de su boca. Cayó al suelo con el movimiento. Era un dedo.
– ¿Qué?
– Un dedo en la boca. Encontraron un tercio de dedo. El profesor, al parecer, trató de defenderse y mordió al victimario. Le cercenó un dedo a la altura de la primera falange. Murió con el dedo en la boca.
– ¿Y los otros reporteros? ¿Estaban?
– Parece que no. Se fueron. Lo que pasa es que don Saúl aprovechó de entrar al supermercado a comprar algunas cosas para un malón al que estaba invitado.
– ¿Te das cuenta de lo que me estás diciendo, cabro concha de tu madre?
– En realidad, no sé si era una fiesta. Yo creo que era para su casa. Creo que su señora ha estado medio enferma.
– No me mientas. Me dan lo mismo Faúndez y su supermercado. ¿Acaso no te das cuenta? Me tienes aquí perdiendo el tiempo, relatándome huevadas sobre lo sutil que está la noche o lo amable que era el occiso culeado. He matado por menos, ¿te queda claro? Mírame, no tengo buen carácter. Supongo que eso ya lo sabes. Ya te tienen que haber hablado de mí. ¿Te han hablado?
– Un poco.
– Deberían haberte advertido, entonces. ¿Cómo crees que me entretenía en la cárcel? Almorzaba cabritos como tú. Y me quedaron gustando.
– …
– Un dedo en la boca. Tenemos titular, ¿no te das cuenta? Tenemos portada. A lo mejor, golpeamos. ¿Qué chuchas te enseñaron en la Escuela? El único lugar donde se puede aprender algo es la calle. Y la cárcel.
– La cárcel.
– Sólo he matado a culeados que me sacaron los choros del canasto, así que manéjate con cuidado cuando te toque conmigo.
– Es un buen caso, entonces -le dice Alfonso después de una pausa contaminada de miedo que se alargó innecesariamente.
– Esto va a dar para mucho. Faúndez estaba curado, ¿no? No se dio cuenta. Dime la verdad. Faúndez es muy zorro como para que se le escape algo así, como para que se lo dé a alguien tan huevón como tú.
– El hijo de don Saúl estaba enfermo. Por eso me hice cargo.
– No eres sapo. No delatas. Me parece bien. Capaz que sobrevivas con el culo intacto. Pero ten ojo. Muchos te van a querer limar. Te lo digo porque sé. Cuídate y ándate tranquilo por las piedras. Otro día podemos hablar más. Hay muchas cosas que te podría enseñar.