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– ¿Así que piensas abandonarnos, Celso?
– Después de tantos años metido en una celda, cuesta volver a encerrarse en este valle, amigo. Necesito más aire del que sopla acá. Cada tanto, al menos. Al final, y tú, Faúndez, lo sabes mejor que yo, un criminal siempre vuelve al sitio del suceso.
– Así es, Cabrera. Así es. ¿Y adonde piensas arrancarte?
– Estuve hablando con el Chacal y Rolón-Collazo. Se les ocurrió una buena idea: que repitiera mi numerito de La Decadencia de Occidente.
– Gran columna. Una de las mejores que se han publicado en este país, Celso.
– Pero ahora quieren que sea en Asia. La Decadencia de Oriente. Una suerte de segunda parte. La idea es que me vaya a meter a los peores tugurios del sudeste asiático. Y Japón y China y la India y el Medio Oriente, también. Me han hablado muy mal de Turquía, por eso quiero partir en Estambul.
– Tienes que hablar con el Camión. Ese huevón qué no hizo en Tailandia.
– ¿Sí?
– Si fue marino mercante. Parece ballena, pero es lobo de mar.
El local se llama Los Buenos Muchachos, está al final de Ricardo Cumming, cerca de Mapocho, y es de ese tipo de locales que fusiona parroquianos, gente del barrio alto que baja y turistas extranjeros en busca de folclor.
– ¿Por qué elegimos este local? -reclama Leopoldo Klein con su vozarrón grave-. ¿Alguien tendría la decencia de ofrecerme una explicación? No tolero la algarabía de burócratas enfiestados.
– ¿No toleras la qué? -le pregunta secamente Celso.
Klein tose hasta ponerse rojo y agrega:
– ¿Por qué no fuimos a la Casa de Cena? Ahí sí que uno se siente cómodo. Me tratan de usted. Saben quién soy.
– Deja de reclamar -lo amenaza Cabrera.
– Tejeda reservó la mesa -explica Faúndez-. Le hicieron un descuento.
– Espero que tengan la gentileza de llegar pronto -agrega Klein-, porque yo no tengo toda la noche. Como ustedes saben, tengo la virtud de levantarme al alba a escribir mis apuntes y completar mis archivos.
Los Buenos Muchachos tiene capacidad para más de mil personas en varios salones. De un tiempo a esta parte se ha legitimado como centro de eventos donde legiones de oficinistas organizan despedidas o celebran cumpleaños, promociones o aumentos de sueldo.
– Faúndez, hombre -continúa Klein-, ¿a qué hora dijeron que iban a llegar?
– Mira, Leopoldo, agradece que te invitaron. ¿Pagaste tu cuota?
– Conozco a López Suárez desde la matanza del Seguro Obrero -le responde antes de comenzar a toser una vez más. Es una tos densa, de fumador tuberculoso. Pareciera que la figura pequeña y veterana de Klein fuera a partirse en dos.
La mesa es muy larga y el mantel rojo recuerda una alfombra por la cual han pasado demasiados dignatarios importantes.
– ¿Y Escalona? -pregunta Celso.
– Marcando tarjeta. Con su mujer y los cabros. Los iba a llevar a una función de títeres a El Llano.
– Marido ejemplar ese Escalona.
– Algo bueno que tenga.
Faúndez está en la cabecera más cercana a la pared, justo debajo de unas espuelas. Cabrera, Klein y Fernández apenas logran ocupar la décima parte de la mesa. Un mozo se acerca a ellos y les pregunta qué desean ordenar.
– Estamos esperando a un grupo numeroso.
– ¿Algo para tomar mientras tanto?
Leopoldo Klein lo interrumpe:
– Yo voy a pedir. No puedo esperar toda la noche. ¿Tiene algo que no sea parrillada? Me parece un verdadero insulto gastronómico.
– Como entrada le puedo ofrecer un ceviche de cochayuyo con erizos.
– Sobre mi cadáver. ¿Me quiere matar?
– Yo quiero uno -dice Celso-. Ideal para mantener dura la pichula cuando más hace falta.
El mozo lo mira y trata de desentenderse.
– No le haga caso, es un ex recluso -le explica Klein-. A mí me trae un consomé sin huevo y después una pechuga de pollo a la plancha con una papa cocida.
– ¿Qué más tiene? -pregunta Celso jugando con el cuchillo.
– Tenemos arrollado de chancho con pebre, que está muy bueno. Y el charquicán con plateada acá es muy famoso, lo mismo que el chanchito campero con puré picante.
– Tráigame uno de ésos -le acota Celso-. ¿Faúndez?
– Yo quiero una cucharada de aceite de oliva virgen.
– ¿Y una ensalada de porotos verdes con palta, quizás?
– Nada de huevadas. Me trae el tarrito, me trae la cuchara y listo. Esta noche quiero tomar y el aceite me cicatriza el estómago. Quedo protegido y listo para la foto.
– ¿Y ese truco, huevón?
– Me lo enseñó la Roxana.
– ¿Qué otras huevadas te ha enseñado?
– Esas no las puedo mostrar en público.
La mesa se ha llenado y no hay un solo puesto vacío. En la otra cabecera, a varios metros de Faúndez, está el festejado, don Florencio López Suárez, muy de traje y corbata. Su pelo canoso tiene un leve tinte a nicotina que contrasta con el blanco rutilante de su placa dental.
Rolón-Collazo no está presente pero sí Ortega Petersen, de jersey ceñido y bronceada de club de golf, lo mismo que Darío Tejeda, que no deja de encenderle cigarrillos a Guillermina Izzo, que los fuma con boquilla.
– Ya está borracho el tonto de Reinoso -critica Cabrera-. Se toma una Bilz y queda mareado.
– Un gran hombre -lo defiende Leopoldo Klein.
– Si es un mono de taca-taca. ¿Cuánto mide? ¿Uno cuarenta? ¿Menos? Imposible tomar en serio las críticas literarias de alguien que se puede parar bajo la mesa.
– Estás cada día más demente, Cabrera. Una cosa no tiene nada que ver con la otra.
– ¿Realmente crees que los centímetros no importan nada?
– Nunca debieron dejarte salir de la cárcel, huevón.
– ¿Tú crees que si Danilo…? ¿Cómo se puede llamar Danilo? ¿Alguien me lo puede explicar? Desde ahí ya estamos mal.
– Sigue, por favor -le pide Faúndez.
– Si el esponjoso del Danilo Reinoso no tuviera esa estatura de juguete, esa fofería, esa incapacidad congénita de enfrentar la vida, ¿tú realmente crees que sería crítico? Es porque no tiene otra cosa que hacer. Si tuviera una vida propia, dejaría de criticar a los demás.
– La crítica es un arte incomprendido -le replica Klein intentando cerrar la discusión.
– Los grandes críticos y los grandes escritores son aquéllos que, pudiendo estar en la calle, optaron por ingresar a la biblioteca y dedicarse a las letras. Desprecio a los que abrazaron la causa porque no les quedó otra. ¿Quién es Danilo Reinoso para andar opinando sobre los demás? ¿Qué sabe de la vida? Dedica su tiempo libre a inventar crucigramas, por la puta.
– No los hace mal -sugiere Faúndez.
– Cierto -replica Cabrera-, pero ésa es su cumbre. Le he insistido mil veces al Chacal que lo despida, pero el insecto es protegido de Tejeda. Lo que El Clamor necesita es recuperar su lugar de vanguardia de las artes.
Cabrera llena su vaso y se lo toma al seco. Su ojo de vidrio parece tornarse más brilloso.
– Tú, Leopoldo, y te lo digo no más porque estoy medio tomado, eres el mejor crítico de cine del país. Tus análisis de cintas pornos son las mejores de América Latina. Salud.
– Eróticas, no pornos.
– Uno te lee, Klein, y sabe perfectamente si se va a calentar o no.
– Trato de ser objetivo.
– Y lo eres. Donde te caes es con tu gusto por el cine europeo y las comedias musicales, pero no te voy a atacar más, porque te quiero, huevón culeado. Tú sabes que te quiero, ¿cierto?
– Me lo temía, sí.
– Tú y Faúndez eran los grandes. Notables críticos insobornables. Y al mando de Arístides Ceballos, que hizo de El Clamor la ventana literaria de este país. Que Danilo Reinoso publique en nuestras páginas es un insulto a la memoria de Ceballos y las prestigiosas firmas que han aparecido en este importante diario. Salud otra vez.
– Salud -responden los otros al unísono.
– Faúndez -le dice Cabrera-. Contéstame en forma sincera. Si alguno de los malditos publicara hoy, ¿cómo crees que sería evaluado por el fofo de Danilo Reinoso?
– No les daría la luz del día.
– A eso quería llegar. ¿Estás de acuerdo, viejo?
– Ahí sí. Reinoso vomita con Gómez Morel. Diría que El río es basura.
– Oye, Alfonso, ¿lo has leído? -le pregunta Cabrera.
– Es increíble. Envidiable. El Dickens del Mapocho.
Faúndez les llena los vasos a los cuatro. Se ven tan absortos que parece que estuvieran a solas en la mesa.
– De acuerdo -dice Leopoldo-, veo tu punto, pero los tiempos han cambiado, Cabrera. Realmente dudo que hoy alguien como Méndez Carrasco, para nombrar a un amigo de todos, tuviera más cabida que antes.
– Menos. Tendría menos. Eso es lo que quiero decir, lo que les quiero explicar. Toda la gallada escribe para ganar premios. Todos usan el arte para entrar, no para quedarse fuera, que es donde hay que estar.
– Te encuentro toda la razón. Ninguno de estos nuevos iría a los bares y las casas de putas a vender sus libros.
– Yo vi a Juan Firula y al Paco Rivano vendiendo en una feria, en un carretón.
– Hoy todos andan buscando premios y becas. Me acuerdo como si fuera hoy de cuando Méndez Carrasco me dijo: «Después de la injusticia que cometieron con Nicomedes Guzmán, jamás aceptaría el Premio Nacional de Literatura». Nunca, claro, anduvo cerca siquiera de estar nominado, pero el muy culeado sentía que estaba optando por un código de ética superior.
– Eso es lo que se ha perdido.
– El populismo literario terminó qué rato. Es cierto. Ya nadie quiere imprimir sobre papel roneo.
– Una noche estábamos con Gómez Morel en La Unión Chica. «Cabrera», me dijo, «quien presuma de escritor, o desee convertirse en tal, jamás debe posar de héroe ni de víctima». Ya estaba viejo, en las últimas, pero tenía su dignidad. Y me dio un consejo que sigo hasta hoy: «Trata de decir la mayor cantidad posible de verdades, aunque te perjudiquen. Desconfía de toda verdad que no duela».
Todos quedan en silencio. Faúndez vuelve a llenar las copas. La nariz de Leopoldo Klein está bermellón.
– Escuchaste, Pendejo. Ahí tienes una lección de vida.