40268.fb2 Tinta roja - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 43

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Acuchillado por la espalda

– Dame eso, no te lo vas a comer.

– ¿Cómo sabes que no me lo voy a comer? Tengo hambre, me lo voy a comer.

– Te conozco.

– Ni en un millón de años, Nadia. Qué me vas a conocer… Te he dado tantas oportunidades que prefiero ni recordarlo. Algún día, años después, cuando sepas algo de mí, te arrepentirás.

– Quédate con el quesillo, si quieres. Allá tú. Pero cómetelo.

Alfonso parte el trozo de quesillo y se lo echa a la boca.

– Te vas a acordar de mí. Y hablarás pestes. Dirás que te traté mal, que te hice daño, que te humillé.

– Estás loco. No sabes de qué estás hablando.

Alfonso y Nadia están en un rincón del iluminado casino del diario. Nadia está de negro; Alfonso, con camisa celeste. Las inmensas ventanas dan al cerro. El aroma ácido de la salsa de tomates rebota en las paredes y lo impregna todo.

Es la hora de almuerzo y tanto los obreros como los periodistas comen en el mismo recinto. Rolón-Collazo sentenció que un diario masivo y popular no puede hacer distinciones odiosas. Cada uno almuerza cuando quiere o cuando tenga tiempo. No hay turnos. Las mesas son comunes, con capacidad para diez personas. Alfonso y Nadia están solos, tienen toda la mesa para ellos. A un lado del casino están los obreros, con sus cotonas amarillas. Al otro, los reporteros, diseñadores y otros representantes del estamento periodístico.

– No sé por qué le llaman casino al casino -dice Alfonso mientras enrolla sus tallarines-. Son esos errores del idioma. ¿Qué tiene que ver esta cocinería con el Casino de Viña, por ejemplo?

– En ambos lugares manda el azar. Nunca sabes qué te va a tocar de almuerzo, con quién tendrás que sentarte a almorzar, si te saldrá un pelo en la sopa.

– Estás creativa.

– Soy creativa -le responde Nadia con un dejo de coquetería.

En la fila de la comida, esperando a que le sirvan, está Francisco Olea, el jefe de Espectáculos. Nadia está de espaldas y no lo puede divisar. Olea se ve muy joven; presumiblemente lo es. Menos de treinta, sin duda, aunque cultiva una estética como de chico de diecisiete que recién está despertando a la vida. Viste una polera malva con rayas amarillas, una chaqueta de jeans desteñida, pantalones rojos ceñidos y botas de motorista. Está bronceado, tiene el pelo corto y su aro brilla. Francisco Olea tiene el tipo de atractivo masivo pero desechable de un galán de telenovelas.

– Para mí que Olea es medio gay -dice Alfonso.

– Ojalá, así dejaría de meterse con tanta mina. El teléfono no para de sonar. Son minas y minas que se le ofrecen. Especialmente vedettes y futuras cantantes. Son tantas mujeres que el pobre vive con sueño. No duerme nada.

– Por eso jala tanto.

– Jala a veces, no tanto.

– ¿No crees que usa el pantalón muy apretado?

– Un poco. Cuando se le para, se le marca todo.

– ¿Cómo sabes que se le para?

– Lo he visto. Tengo ojos. Unas minas lo llaman por teléfono y le dicen cosas y se le para.

– ¿Te gusta?

– Es mi jefe, Alfonso. No seas estúpido.

– Por eso te pregunto. Para no quedar como estúpido.

Nadia no le contesta; se dedica a comer su ensalada de porotos verdes y tomate. Se demora su tiempo.

– Buena portada la de hoy. Un poco movida la foto pero total. Se ha vendido como pan caliente. ¿Tú escribiste la nota?

– Sí, todo fue reporteo mío.

– ¿Por qué no la firmaste?

– No hay que firmar todo.

– Y justo estaba ahí el tipo. Qué suerte. Y en pelotas. Genial.

– Escalona es capaz de tomar fotos desde un auto moviéndose. Doblamos la esquina y ahí estaba el pobre.

– ¿Y los pacos?

– Detrás de nosotros. Lo agarraron justo después y lo taparon con una frazada.

– No tenía mal cuero, el compadre. Bonito poto.

– No sé, no tuve tiempo de mirar.

Ella lo queda mirando y sonríe como si sospechara algo. Después le pregunta:

– ¿Qué hiciste hoy?

– ¿De verdad te interesa?

– No seas denso, ¿quieres?

– Hay un sicópata dando vueltas. Don Saúl cree es un sádico, algo así. Mataron a otro chico que trabaja en un supermercado. En el Agas de Bilbao.

– Yo he comprado ahí.

– El tipo fue al supermercado, compró varias bolsas y le pidió al chico que se las llevara a su departamento que estaba por ahí. Una vez dentro, se lo echó.

– ¿Usó una bolsa?

– Exactamente igual al otro caso. Este departamento, eso sí, estaba casi vacío, sólo una colchoneta en el suelo. Llevaba varios meses sin ser habitado. El tipo es listo. No hay huellas ni datos, sólo los de la violación.

– Qué horror.

– ¿Y tú?

– Vi el ensayo de una obra de teatro que no entendí. Todos supermaquillados y hablando como si recién hubieran aprendido español. ¿Por qué los actores modulan tanto? Es patético. Lo peor es que estaban desnudos, lo que era un poquito asqueroso porque no tenían figuras muy atléticas que digamos.

– ¿De qué se trataba?

– Un grupo de fetos que se niegan a nacer. Analizan y critican las vidas de sus padres, que son todos últimos, todas las patologías habidas y por haber.

– Va a arrasar con la crítica.

– Y fui a un cóctel al Sheraton. De la Warner. Para anunciar a sus cantantes que vienen a Viña.

– ¿Y cuándo partes?

– Pasado mañana. ¿Me vas a ir a ver?

– Si tengo tiempo.

– No me respondas así.

– ¿Así como?

– Así.

– ¿Terminaste? -le pregunta Alfonso.

– Sí, tomémonos un café en el jardín.

Ambos se levantan, cogen sus bandejas y atraviesan el inmenso casino. El ruido de las cucharas contra el metal de los platos llena el recinto de un peculiar tintineo.

– Esto es una cárcel, Nadia.

Alfonso pasa al lado de Francisco Olea y le lanza una mala mirada. Olea está almorzando junto al gordito fofo de los crucigramas, que también se las da de crítico literario los domingos.

– Me encanta Danilo Reinoso, es tan chiquitito e intelectual.

– Es igual a Yoda. Patético. Vive encerrado inventando puzzles. Con qué moral critica libros si nunca ha vivido una aventura.

– Estás cada día más odioso, Alfonso.

Alfonso y Nadia dejan sus bandejas con los restos de comida en una suerte de ventanilla que da a la cocina. Después salen al caluroso aire libre. Cerca de las rotativas hay una máquina expendedora. Alfonso inserta las monedas, aprieta los botones y saca dos vasos plásticos de café.

– ¿Así que te vas? -le dice.

– Pero volveré con las primeras lluvias.

– ¿Crees que nos vamos a ver?

– Un poco, sí. Puedes ir los fines de semana. No me vas a decir que Viña es el lugar más lejano del mundo. Además, tienes donde alojar.

– Anoche soñé contigo, Nadia.

– ¿Sí?

– Y me dolió. Tanto que me desperté, no pude seguir durmiendo. Fue como si me clavaran una navaja. No, fue como si me acuchillaran por la espalda.

– Te estás juntando demasiado con Faúndez.

– Escúchame, ¿quieres? Es importante.

– Es sólo un sueño, no me culpes por tus sueños.

– No sé si era un sueño… O sea, lo era pero sentí que pudo ser verdad. Lo sentí como una advertencia.

– ¿Advertencia de qué?

– Soñé que tenías otro tipo.

– Estás loco.

– Espérate, déjame seguir. No fue eso lo que me dolió sino descubrir que lo tenías por años. Que llevabas años saliendo con él. Acostándote con él, comiendo con él, viajando con él.

– Por favor. Es ridículo. No tengo a nadie. Serías el primero en saberlo.

– ¿Me vas a dejar continuar? No te estoy atacando. Sé que no es verdad, porque si lo fuera, sería esquizofrénico. Nuestra supuesta relación sería más enferma de lo que es.

– No es enferma. Tú presionas demasiado, eso es todo.

– Lo que me impactó, Nadia, lo que me dejó mal, fue sentir que perfectamente pudo ser verdad, ¿me entiendes? Que hay todo un mundo tuyo que no conozco. Es como si yo te llenara ciertos aspectos y otros quedaran a la deriva. Y no es que yo no quiera.

– ¿Estamos hablando de sexo? ¿Ese es tu rollo? ¿Eso es lo único que te interesa?

– ¿Qué crees?

– Que sí.

– No es sólo eso. Es soñar un sueño como el que soñé y en vez de desecharlo por ridículo, que me quede dando vueltas. Como una señal, una advertencia. Es darme cuenta de que a ti no te costaría nada acuchillarme por la espalda.

– Tú tienes serios problemas, Alfonso.

– Quizás, pero son menos que los tuyos. Yo jamás te trataría como me tratas tú.

– ¿Y cómo te trato? -le pregunta Nadia mientras le toma la mano.

Alfonso la mira. Sus ojos están llenos de lágrimas.

– Me tratas mal. Me haces sentir más inseguro todavía.

Nadia le acaricia la mejilla con la otra mano. Se acercan hasta que no les queda más posibilidad que besarse. Se besan largo rato. En forma despiadadamente serena.

– No me dejes seguir soñado esas cosas, ¿quieres? Lo paso demasiado mal. Ya no quiero seguir pasándolo mal. ¿Es mucho pedir?