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Alfonso destapa la cerveza y la vacía hasta que el vaso se desborda de espuma.
– Mierda.
Con un paño seca el vaso y lo lleva a su pieza. Desde el living, los parlantes disparan con fuerza la voz de Paquita, la del barrio. Alfonso se sienta frente a la máquina de escribir y la enciende. La brisa nocturna que entra por la ventana arrastra el ruido del tráfico del centro. Estira sus manos y sus dedos crujen. El reloj marca las 23:25. Comienza a tipear.
NO SÓLO LA LLUVIA MOJA
Un cuento de Aliro Caballero (seudónimo)
Justo antes de que se largara a llover entré al bar. Estaba tibio; olía a cera, cebada y pachulí. Me sentí en casa. Belisario, el barman, me saludó como si fuera mi perro regalón.
Había tenido un día pesado. Como todos, en realidad. Un asalto a una panadería, un suicidio por amor: una mina se tiró a la línea del tren y el automotor a Chillán la partió en dos.
Alfonso sorbe la cerveza y relee lo escrito. Sonríe. Ataca de nuevo:
Belisario me llenó el vaso con vino y me pasó un taco de pisco. Frente a mí había un calendario de cigarrillos con una rucia con feroces tetas. Encendí el pucho. Pedí otra caña. Me acordé del cabrito asesinado en la mañana. Tenía la misma edad del pendejo que está haciendo su práctica conmigo. Un gendarme le disparó directo al corazón, donde más duele. El chico quería escapar del juzgado. De alguna manera, lo logró. Horizontalmente.
El teléfono suena. Alfonso se detiene. Lo deja sonar varias veces. Se levanta y corre al living.
– ¿Aló?
– ¿Estás solo, bombón? ¿Vestido?
– Nadia, qué tal. ¿Estás en Viña?
– En el O'Higgins. Paga el diario. Podemos hablar todo lo que queramos.
– La última vez que hablamos desde el O'Higgins quedó la cagada.
– Se supone que habíamos superado eso.
– Tú lo superaste, yo no.
– No seas latero. Estoy en la cama. Sólo tengo puesta mi camisa de dormir.
– ¿Sí?
– Y estoy un poquito borracha. Fui a un cóctel que dio la Municipalidad. El alcalde es un encanto.
– Sabes, Nadia, me parece genial, pero no puedo hablar ahora.
– ¿Estás con alguien?
– Estoy escribiendo. Quiero entregar este cuento mañana.
– ¿Mañana? Estás loco.
– Me embalé y creo que lo tengo. El plazo vence mañana a las siete de la tarde. Creo que alcanzo. Está en primera persona y es totalmente distinto a lo que he hecho hasta ahora. Creo que puede ganar.
– O sea, ¿no puedes hablar?
– Hoy no. Mañana. Te cuento cómo quedó. Y nos podemos poner de acuerdo para cuando vaya.
– No sé si quiero que vengas.
– Voy a ir igual. Viña, por si se te olvida, es mi ciudad.
– Me acuerdo todo los días.
– ¿Nadia?
– ¿Sí?
– Nosotros nos llevamos bien, ¿no? Nos reímos. ¿Cierto?
– Es que tenemos tantas cosas en común.
– ¿Tú crees?
– No entiendo adónde quieres llegar.
– No, nada.
– Ah, no es nada.
– Es que, no sé, a veces siento que me tienes celos, que no quieres que me vaya bien.
– Por favor, cómo te voy a tener celos. ¿De qué? Si no le has ganado a nadie.
Alfonso le cuelga. Y vuelve a tipear.